NOTAS DE AUTOR

¡Hola, señorines!

Me adelanto y os traigo aquí la tercera parte de este humilde fanfic. Espero que os haya gustado la anterior, a pesar de que nuestro segundo protagonista pueda ser un poco desagradable a veces. Todo irá aumentando poco a poco; de momento, pretendo que asimiléis bien las perspectivas de los personajes. La acción irá in crescendo, y espero podáis ser un poco pacientes. Me encantaría saber qué es lo que pensáis de estos capítulos, siempre me tomaré tiempo para leeros y responderos porque me siento muy motivada con eso.

Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.

Sin más, let's continue.

¡A DISFRUTAR!


3. IMPREVISTOS

Las piernas me temblaban solo con recordar el tono en el que había hablado a Sasuke Uchiha ayer. No tenía ni idea de cómo había reunido en realidad el valor para sacar mi mal genio a relucir y descargarlo sobre él. Sabía que únicamente me había pedido cambiarme el asiento, pero el hecho de que fuera él quien lo quisiera había sido suficiente para guardarme la generosidad.

Después de todo, aun cuando a mí me diera igual un sitio que otro, no podía soportar la idea de atender a los deseos de Uchiha.

Era egoísta y le importaban una mierda los sentimientos de los demás, ¿por qué debían importarme a mí los suyos?

Se lo tenía merecido por engreído.

Sí, y debía sentirme orgullosa. Había encarado al fin al magnífico Sasuke Uchiha. Le había rechazado. No había caído como una pava ante él. Había sido capaz de resistirme a su destacada belleza, al sonido aterciopelado de su voz grave y hasta a los ángulos blancos entre su mandíbula y su fuerte cuello.

Aquella era la gran Sakura Haruno.

Suspiré, y entré en el instituto con la cabeza bien alta. Me dirigí a mi taquilla y cambié mis mocasines por los zapatos de goma que utilizábamos en el instituto. Continué un rato más jactándome en mis adentros de la pedazo de tía que estaba hecha, cuando escuché unas risitas sospechosas cerca de mí. Curiosa, asomé la cabeza por la esquina del mueble de taquillas y reconocí de espaldas una figura varonil, con el conocido cabello azabache alborotado, rodeada de un grupo de chicas agitadas por su presencia.

Sasuke giró ligeramente la cabeza, y mi primer impulso fue esconderme tras las taquillas.

Seguridad a la mierda, ya vuelve a ponerme de los nervios que me vea, como siempre…

Sacudí la cabeza.

Debía recordarme que ya me había enfrentado una vez a él. No podía permitirme el lujo de que, con solo uno de sus movimientos, ya se me fuera la olla. Era guapísimo, pero eso era todo.

Yo ya no estaba enamorada de Sasuke Uchiha. En absoluto.

Me aclaré la garganta y me enderecé. Tras un suspiro, retomé mi camino al aula. Pasé junto a Sasuke, que continuaba de cháchara con las chicas (con poco interés por su parte, me imaginaba), y no le dediqué siquiera una mirada. Sin embargo, él tampoco me la dedicó a mí.

La jornada de clases prosiguió bajo el mismo silencio entre los dos. No había vuelto a insistir sobre intercambiar asientos (¿Le habré intimidado? Espero que sí) y ambos nos limitamos a atender a lo que los profesores explicaban y a charlar entre horas con nuestros amigos.

Al parecer, él solo hablaba con Ino Yamanaka –que me fulminaba a menudo con la mirada– en esa aula, y de vez en cuando con un tipo extraño llamado Suigetsu y una chica con el pelo muy rojo llamada Karin, la cual parecía no llevarse muy bien con la rubia.

Por lo visto, Shikamaru y Chôji conocían a Sasuke y salían muchas veces con él a karaokes y sitios similares, pero el primero no lo aguantaba demasiado.

–Si nos juntamos con él es porque Naruto e Ino son nuestros amigos de la infancia y son ellos los que se lo llevan. A mí me cansa muchísimo su actitud de «todo me aburre; solo sois unos simples mortales que no saben cómo divertirme» –confesó el chico que siempre llevaba una coleta alta, durante la hora del almuerzo.

–En cierto modo, es como Neji –murmuró Chôji hacia mí.

Volví la cabeza hacia el aludido. Estaba sentado a solo un par de metros de las mesas donde estábamos comiendo nosotros tres, con su habitual actitud altiva mascando la comida de su bentô. Le acompañaba Shino, y aunque el de las gafas también era serio, Neji se mostraba casi molesto, con el ceño levemente fruncido; sin embargo, dudaba que fuera por la presencia del otro.

Luego, miré a Sasuke, y observé que su postura era prácticamente igual. No fruncía mucho el ceño, pero comía con aquel talante de arrogancia entre Suigetsu, Karin e Ino (entre las que saltaban chispas de rivalidad).

Puse los ojos en blanco.

Empezaba a pensar que, salvo Hinata, tanto las amigas que tenía (Tenten) como las que tuve (Ino) compartíamos un gusto pésimo por los hombres.

En la hora de Educación Física me retrasé. Creía haber dejado mi ropa de deporte en la taquilla, pero con las prisas de llegar a mi aula aquella mañana –fingiendo resolución frente a Sasuke–, me había olvidado de sacarla de la mochila. Acudí deprisa a los vestuarios para cambiarme y creo que llegué a ponerme la camiseta interior del revés, porque cuando salí de allí, algunas chicas de la clase me señalaron disimuladamente entre risas.

–Al fin llegas, pensaba que te habías caído por el retrete –bromeó Chôji cuando llegué a su altura y a la de Shikamaru.

Jadeé apoyándome en las rodillas.

–Vengo… todo el camino… corriendo… de arriba abajo… por todo el instituto –logré decir.

–Pues prepárate, porque dicen que ha venido un Uchiha –saltó Shikamaru.

–¿Cómo?

Me incorporé súbitamente, con el corazón latiendo muy rápido, tanto por las prisas de llegar a tiempo a clase como por las palabras de mi amigo. ¿Un Uchiha? ¿Se refería a Sasuke? ¿Qué era lo que quería decir exactamente?

Miré en derredor, pero al único Uchiha que encontré fue el que había sido el amor platónico de mi infancia. Y le observé con detenimiento; me parecía notar que estaba un poco tenso.

En ese preciso instante, la puerta del gimnasio se abrió y entró un hombre. Todos en la sala le miramos expectantes.

Era alto y esbelto, y tenía una melena oscura muy larga y lisa recogida en una coleta baja, de donde se desprendían graciosamente algunos mechones. Su apariencia era llamativa y atractiva, como la de un guerrero errante del medievo japonés.

Pero cuando vi su rostro, sentí el mío palidecer.

Tenía la misma cara que Sasuke Uchiha: prácticamente los mismos rasgos, el mismo rostro anguloso, la misma nariz. Tan solo se diferenciaba en que tenía las mejillas cortadas por las ojeras, extendidas casi como cicatrices, y en que sus labios eran algo más finos y su piel un poco menos blanca. Por lo demás, era como si estuviera contemplando la viva imagen del Sasuke adulto.

–Buenas tardes a todos –saludó aquel misterioso hombre–. Me llamo Itachi Uchiha y este año seré vuestro profesor de Educación Física.

Abrí los ojos de par en par, anonadada. Recuerdo que en ese momento se escuchó un murmullo entre todos los presentes, que me ayudó a asimilar el hecho de que ni mis ojos estaban viendo una ilusión ni mis oídos habían distorsionado las palabras.

Un Uchiha iba a darnos clase.

¿Y quién era ese Uchiha?

–Eh, Sasuke-kun, ¿es tu hermano? –oí de pronto el susurro de una chica.

Miré hacia el lugar donde lo había percibido y descubrí a Karin, aquella muchacha de la melena rojiza, cerca de Sasuke. El interpelado mantenía la postura tensa con la que le había visto instantes antes; en un movimiento firme (y visiblemente irritado), asintió con la cabeza.

Volví a mirar al profesor Itachi con incredulidad.

Sasuke tenía un hermano. Un hermano mayor.

¿Un hermano tan estúpido como él?

–¿Tú lo sabías, Sakura-chan? –Chôji me dio un codazo suave.

–No tenía ni idea –confesé.

Durante mi infancia, Sasuke siempre había sido solo un chico que veía y perseguía en el colegio, y con quien apenas cruzaba palabra más que para decirle lo genial que me parecía. No recordaba muy bien cuándo ni cómo le había conocido, pero en los momentos clave en los que estuvimos juntos rondábamos los nueve años. Y ni siquiera a esa edad le había visto con un hermano mayor. Ni con sus padres. Ni siquiera con alguna niñera que pudiera haberse encargado de él cuando los anteriores no estaban.

Tampoco estaba segura de que hubiera tenido niñera.

O de si sus padres estaban vivos.

Solo sabía que tenía mucho dinero y que siempre me había parecido guapo y enigmático; un chico muy guay con el que todas soñábamos estar.

Caí en la cuenta, justo en ese momento, de lo poco que conocía la vida de Sasuke Uchiha. Había sabido de su existencia desde pequeña; le había idolatrado y le había acosado como todas las demás chicas que andaban coladitas por él. Sin embargo, lo realmente importante, aquello que conocía de todos mis amigos (al menos en términos generales): su historia, la ignoraba por completo.

Y al ver a su hermano me lo planteé.

¿Habría alguna razón por la que Sasuke Uchiha era tan frío y arrogante?

–Muy bien, chicos –el profesor Itachi dio una palmada en el aire, y yo desperté de mi ensimismamiento–. Empecemos la clase: formad dos filas.

En medio de todo el tumulto, mis ojos se movieron instintivamente buscando a Sasuke. Pero sacudí la cabeza y me detuve.

Basta de pensar en él. El año pasado también sabías que estaba en el instituto y apenas te percatabas de su presencia.

Claro que el año pasado no me había tocado en la misma clase que él, ni mucho menos había sido mi compañero de pupitre.

Una vez más, como tremenda gilipollas que era, busqué con la mirada a Sasuke Uchiha.

Le descubrí solo unos metros más allá, aproximándose a su hermano. En un intento de escuchar su conversación por encima de las charlas animadas de mis compañeros, me acerqué con disimulo. Me coloqué en la zona de la fila más próxima a los dos hermanos y miré al frente, como quien no quiere la cosa.

La voz de Sasuke me resultaba inconfundible incluso entre las más graves de los de mi clase.

–¿Qué es esto, Itachi? ¿Qué haces en mi instituto? Y además de profesor –estaba diciendo el chico de pelo azabache.

–Ya te lo dije ayer cuando llegaste a casa: «me han contratado en un nuevo centro». No quisiste preguntar nada, así que consideré innecesario entrar en detalles –le respondió el profesor Itachi.

El menor de los Uchiha chasqueó la lengua con irritación.

No añadió nada más, y al ver que las dos filas estaban prácticamente formadas, Sasuke se apresuró en reunirse con sus amigos.

Por el rabillo del ojo, observé al profesor Itachi con detenimiento. Su mirada me resultó un poco… triste. No parecía contento con la confusión que había manifestado el otro. Después, miré a Sasuke. Entre sus ojos negros y el ceño fruncido parecía haberse implantado un sentimiento muy oscuro, entremezclado con la ira… ¿y el odio? No estaba segura, pero no tenía una buena sensación de ello.

Al percibir la distancia que existía entre ambos hermanos, me di cuenta de que no se llevaban muy bien.

Sentí una ligera desazón.

Mi hermana Hana y yo discutíamos muchas veces, pero casi enseguida nos volvíamos a hablar de nuevo, incluso de forma alegre, y desde luego, ni ella ni yo habíamos lanzado jamás una mirada tan resentida hacia la otra. Habíamos pasado por tantas cosas desagradables juntas que no creíamos necesario quedarnos con nuestro orgullo y continuar enfadadas. La vida es tan frágil que nunca se sabe cuándo vas a perder lo más preciado.

Quizás Sasuke Uchiha nunca había perdido algo muy preciado.

Sí, debía ser eso.

Tal vez él no entendía lo que era que el mundo te arrancara de tu lado aquello que más amabas, y por ello, no le importaba tener una relación aparentemente tormentosa con su hermano. Era probable que su comportamiento frío y arrogante fuera solo el reflejo de estar podrido de dinero.

Fuera lo que fuese, me recordé que la vida de Sasuke ya no debía importarme.

Por la tarde, volví a ponerme un conjunto de ropa deportiva, pero aquel era distinto. El curso anterior había decidido apuntarme al Club de Kárate del instituto, aunque solo como encargada del equipo. Formar parte de un club escolar me otorgaba puntos para mi media académica, por lo que había decidido elegir uno en el que tuviera conocimientos especiales.

Yo no sabía kárate, pero de pequeña mi abuelo materno Kosuke me había enseñado aikido. Era jardinero, pero su padre y el padre de su padre le habían transmitido aquel arte marcial moderno para que aprendiera a defenderse en su infancia en el campo. Gracias al aikido, había sido uno de los afortunados en sobrevivir a las batallas de la Segunda Guerra Mundial. Pese a que imaginaba la cantidad de atrocidades que había podido ver y experimentar, tenía la sensibilidad propia de un niño.

Mamá decía que había sido el abuelo quien había elegido mi nombre.

Por lo que me habían contado, el abuelo Kosuke había estado observando cómo florecía el capullo de un cerezo cuando la abuela le anunció que mi madre había roto aguas. Horas más tarde, nací yo, y al verme a mí y a mi anómalo y rimbombante color de pelo, el abuelo sentenció que mi nombre debía ser Sakura. Porque había nacido bajo la protección de un cerezo, decía.

El caso era que el abuelo Kosuke me había tomado como prueba de sus buenos y mágicos genes, y no paró hasta enseñarme casi a la perfección todas las técnicas del aikido, con y sin armas. Y ahora (aparte de en casos fortuitos con algún ladrón confiado), en mis años de Bachillerato por fin encontraba el modo de sacarle buen provecho.

Sin embargo, me negaba a aprender kárate. Había sufrido suficientes caídas, fintas, luxaciones de muñeca, vuelos innecesarios y demás meneos en mi niñez como para experimentar otros nuevos donde, encima, tenía que ser yo la que atacara.

Al menos el aikido se basaba en defenderse, no en ver quién era más fuerte.

–¿Vas al Club de Kárate? –me preguntó Hinata cuando salí del cuarto de baño con el chándal.

A pesar de que no era la vestimenta tradicional del club, mi amiga de ojos perlados sabía perfectamente por qué me cambiaba el uniforme por ropa deportiva. A mí, como encargada, no me hacía falta el kimono típico de kárate.

–Ha empezado hoy, y tengo que dejar listo el gimnasio para cuando el equipo llegue –respondí.

–Y después tienes que ir a trabajar al karaoke, ¿verdad?

–Hoy solo hasta las ocho.

Hinata me miró con una sonrisa dulce. Sabía que se preocupaba mucho por mí y mi bienestar, y supongo que a mí me preocupaba el que ella se preocupara de esa forma.

Yo estaba bien.

Aunque hiciera mil cosas a la vez, siempre estaba bien.

Me despedí de mi hermosa y delicada amiga con una amplia sonrisa, y eché a correr hacia el gimnasio.

Me había enterado de que el pabellón de los de voleibol estaba en reformas, y les habían dejado el gimnasio del Club de Kárate para continuar con sus entrenamientos. Aquello no me había hecho demasiada gracia, pero imaginaba que por grande que fuera aquel prestigioso instituto, no siempre podían ofrecer soluciones de oro. Esperaba al menos que el encargado del Club de Voleibol hubiera dejado todo en su sitio después de que su equipo terminara.

Sin embargo, cuando entré en la sala, confirmando lo que me había temido, encontré todos los materiales de aquel club de las narices desperdigados por los cuatro tatamis. Por un instante, pensé en vengarme y tirar todos aquellos trastos fuera del gimnasio. Pero solo un segundo después me reconocí a mí misma que era incapaz de hacer algo por el estilo; mi sentido de la responsabilidad me lo impediría.

Solté un pausado suspiro.

–Bienvenido seas, segundo de Bachillerato –me dije en voz alta.

Suspiré y, sin más dilación, me dispuse rápidamente a reordenar todos los balones, las cintas y las redes que había utilizado el Club de Voleibol para entrenar. Los guardé en el trastero y, a continuación, me dediqué a pasar como una centella la mopa de un lado para otro de la pista. Abrillanté el suelo durante una media hora, y luego, haciendo acopio de todas mis fuerzas, recogí las colchonetas. Las levanté a pulso y las llevé de dos en dos a una esquina de la pista, poniéndolas una encima de la otra.

Me sentía orgullosa de mi extraordinaria fuerza. La tía Tsunade decía que era como ella en ese aspecto; siempre se me había dado bien abrir botes de comida, cargar cajas pesadas o mover muebles sin ayuda de nadie. Los largos entrenamientos de aikido no solo me habían servido para bloquear las manos de algún pervertido en el metro, sino que también me habían aportado el vigor digno de un luchador de sumo.

Aunque, por supuesto, prefería mantener en secreto esta capacidad.

Era útil, pero poco femenina, y a menudo asustaba a la gente que se enteraba de que la tenía. Por el momento solo la conocían bien Hinata, Shino y Kiba, y esperaba que la lista no se ampliara demasiado.

Estaba ensimismada limpiando unas tonfa de madera cuando escuché unos pasos entrar en el gimnasio.

–¡Sakura-san, qué pronto llegas siempre! –exclamó una voz conocida.

Me giré, dejé aquellas herramientas a un lado y me levanté para saludar al entrenador Asuma Sarutobi, con una inclinación cortés.

–No sé qué haríamos si no tuviéramos una encargada como tú –continuó halagándome aquel hombre sonriente de incipiente barba y pelo pincho, que casi siempre fumaba cigarrillos en los alrededores de la escuela.

Me sonrojé. No creía que mi función en el equipo fuera tan importante, en realidad; tan solo había dejado en su sitio las cosas que pertenecían al club anterior.

Observé en silencio al resto del grupo que entraba por la puerta; todos ellos vestidos con el característico kimono blanco, que allí llamaban keikogi. Naruto Uzumaki me saludó enérgicamente en cuanto me vio, y Tenten apareció justo detrás de él, seguida de Neji, Rock Lee, Kiba, Shikamaru y Chôji, entre otros diez alumnos más. Para mi sorpresa, el tipo del pelo blanco plateado, Suigetsu, también brotó de la luz que emergía desde la puerta de entrada. Aquel era nuevo.

Mi amiga de los moños chinos se me acercó rápidamente con una amplia sonrisa, y se abalanzó sobre mí para abrazarme.

–¡Cuánto me alegro de que este año también participes en el club como encargada! –dijo visiblemente feliz.

–Yo también me alegro de haber conseguido cuadrar mi horario y sacar tiempo para esto. Ahora estoy con vosotros en estas clases, por lo menos –convine igual de contenta.

Naruto, Shikamaru y Chôji se aproximaron a nosotras, y no tardaron en hacer lo mismo Kiba y Lee. Por su parte, Neji se mantuvo un poco más alejado, enroscándose unas bandas blancas en torno a las manos.

–¡Qué bien te queda el pelo recogido, Sakura-chan! –me aduló de repente el rubio de chispeantes ojos azules, al ver mi coleta alta y cortita.

Me di cuenta de que Lee le fulminaba con la mirada.

Dediqué una sonrisa de agradecimiento a Uzumaki, sintiéndome ligeramente azorada. Aunque aquel rubiales de rasgos zorrunos me sacara a menudo de mis cabales por su torpeza y su alto nivel de perversión, tenía que reconocer que era un buen chico. De entre mis amigas, Hinata parecía ser la que mejor ojo tenía para enamorarse.

Ojalá yo también pudiera enamorarme de alguien tan amable como Naruto.

Sacudí inmediatamente la cabeza. Debía recordarme que no tenía ni tiempo ni paciencia para soportar volver a enamorarme de ningún otro chico.

Era mejor quedarme como estaba.

–Atención, tropa –se escuchó en ese preciso momento la voz del entrenador Asuma–, me gustaría deciros un par de cosas.

Todos formamos un círculo en torno al entrenador de los cigarrillos, expectantes ante sus palabras.

–En primer lugar, me gustaría daros formalmente la bienvenida un año más a todos. Este nuevo curso viene cargadito de sorpresas y posibles campeonatos –remarcó mucho aquella palabra, lo que provocó la excitación entre los circundantes, que estallaron en murmullos agitados–. De manera que espero que todos cooperéis debidamente, sobre todo, porque este nuevo curso tendremos de nuestro lado piezas fundamentales para completar el equipo.

»Esta es la segunda de mis noticias: os traigo a dos nuevos compañeros. Chicos, presentaos.

¿Dos nuevos compañeros? Yo solo he visto a Suigetsu.

–Me llamo Suigetsu Hôzuki y soy nuevo en este club, encantado de conoceros –dijo el chico del pelo blanco y marcados dientes afilados.

Hizo una breve inclinación, pero yo apenas le miré. Mis ojos buscaron, casi desesperadamente, al segundo miembro que formaría parte del equipo los próximos meses. Tenía una corazonada.

–Yo soy Sasuke Uchiha y también soy nuevo aquí, mucho gusto.

Aquella voz se manifestó como un relámpago entre nosotros, y por un instante, todo el mundo pareció contener la respiración.

–¿Sasuke? –alcancé a oír la voz de Naruto en un susurro.

¿Ni siquiera él lo había esperado? Me moví como por inercia allá donde había emergido la voz del chico del pelo azabache. Y entonces le vi.

Ya tenía puesto el keikogi: atado perfectamente a su cintura; pulcro y liso sobre sus brazos y sus piernas. Las manos nervudas sobresalían por las mangas, casi tan blancas como el traje, y su revoltoso y erizado cabello negro destacaba junto a los rasgados ojos oscuros. Incluso cuando en los últimos años había adquirido un aspecto más rebelde: con el pendiente negro de la oreja y el collar con placas militares que nunca se quitaba, de entre todos los que formaban el Club de Kárate, Sasuke Uchiha parecía el más guerrero.

Por enésima vez desde que lo conocía, aquel capullo arrogante volvía a destacar sobre todos los presentes.

–Por supuesto, tanto Suigetsu-san como Sasuke-san conocen bien el arte del kárate; es más, han ganado varios premios nacionales, ¿me equivoco, Sasuke-san? –saltó el entrenador Asuma.

El interpelado negó tranquilamente con la cabeza.

Como la lava que trepa por las paredes de un volcán, comencé a sentir una profunda rabia embargándome.

Genial, no solo me toca aguantarlo en clases, sino que también en el club.

–No sabía que Sasuke hiciera kárate, ¿no me dijiste que practicaba jiujitsu? –escuché que Kiba le susurraba al oído a Naruto.

–Practica jiujitsu, nunjutsu, kendo y kárate desde los cuatro años. Toda su familia tiene un linaje militar muy fuerte. Sus antepasados sirvieron a políticos como samuráis y ninjas –le respondió el rubio.

Abrí los ojos de par en par, estupefacta. Aquella era otra de las cosas que desconocía por completo de Sasuke Uchiha. ¿De verdad poseía unas raíces tan importantes? Nunca hubiera encasillado a aquel presuntuoso en el mundo de la milicia. Por misterioso y guay e inteligente que fuera a ojos de todos, no me lo imaginaba cargando con el peso de unos orígenes tan poderosos como eran los de un samurái.

¿Le dejarían tener espadas en casa?

–Bien, y ahora que ya tenéis consciencia de las dos novedades principales, debo anunciar otra más –el entrenador Asuma no parecía haber reparado en sorpresas para aquel nuevo curso–. Me temo que este año no voy a poder entrenaros todo el tiempo; me han surgido nuevos proyectos laborales, y estaré con la agenda tan apretada la mayoría de las veces que he tenido que solicitar ayuda al instituto. Me han mandado un profesor subalterno, que os dará clases los días en que me ausente.

De nuevo, la corazonada.

–Tengo entendido que algunos ya lo conocéis… –el hombre de la barba de gánster se rascó la cabeza, como si por un segundo le costara recordar lo que pretendía decir. Hizo una breve pausa, y entonces pareció que se le iluminara una bombillita en el cerebro–. Es el profesor Itachi Uchiha, de Educación Física. Es tu hermano, ¿no, Sasuke-san?

El interpelado compuso una expresión extraña; una que nunca antes había visto en él. Sorpresa.

Una gran y desagradable sorpresa, estaba segura.

Me pregunté hasta qué punto podían llegar a estar dos hermanos sin hablarse, para que el más pequeño se enterara por boca de otros de que el mayor trabajaría no en una, sino en dos áreas del instituto donde cursaba: sus clases escolares y sus clases extraescolares.

–Sakura-san –la voz del entrenador Asuma me sobresaltó–, a partir de ahora, deberás asistir al entrenador suplente en todo lo que necesite. Controlarás junto a él todo tipo de asunto relacionado con el club, desde cualquier material que falte o que requiera reponerse hasta el propio fondo común del grupo.

–Sí, entrenador Asuma –contesté inmediatamente, haciendo una breve inclinación.

–Genial –dio una palmada en el aire y esbozó una sonrisa tan ancha que parecía que su cabeza se había hecho más grande–. Tropa, os quiero ver con las pilas puestas desde ahora mismo. Solo hoy podré venir en toda la semana y necesito quedarme tranquilo, ya sabéis, sin necesidad de daros unas buenas collejas.

–¿Solo hoy? –inquirió Shikamaru, cerca de mí.

–Sí, exacto. A partir de mañana tendré asuntos que atender en un congreso, que durará hasta la semana que viene. Así que, venga, dejémonos de holgazanear y a calentar todos.

Me despedí de Tenten rápidamente y me alejé del grupo para reunirme con el entrenador. Mientras los chicos empezaban a hacer los ejercicios de calentamiento con Kiba de portavoz, el entrenador Asume ordenó frente a mí una pila de cronogramas y planes que tendría que seguir durante las próximas semanas.

Mi mano tembló cuando apunté en mi bloc la fecha.

De manera inconsciente, mis ojos buscaron la figura de Sasuke por un instante. ¿De verdad iba a participar en el Club de Kárate? ¿Y por qué aquel cambio repentino? ¿Por qué el año pasado no había querido apuntarse y este sí? ¿Vendría mañana, ahora que sabía que su hermano mayor sería el entrenador suplente?

No entendía cuál podía ser el motivo de la rivalidad entre dos hermanos que compartían raíces tan preciadas como las suyas; que, además, tenían dinero y un trabajo estable (el profesor Itachi debía estar amasando una fortuna ahora que había conseguido ejercer en el Instituto Konohagakure).

¿Qué podía poner en conflicto a dos personas que lo tenían todo?

Tenía la sensación de que jamás lograría asimilar el afán por complicarse la vida de las personas del Primer Mundo.