NOTAS DE AUTOR

¡Minna-san, konnichiwa!

Primero de todo, agradezco mucho las observaciones que hacéis en vuestros comentarios. Me alegra enormemente ver que os estáis empezando a animar poco a poco y que ya he conseguido lo que, en el poco tiempo que llevo por aquí, para mí es mucho: 6 favoritos y 11 seguidores.

¡Gracias de corazón!

Os adelanto aquí un nuevo capítulo para ir empezando a entrar en pequeñas sorpresillas.

Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.

Sin más, let's continue.

¡A DISFRUTAR!


4. PACIENCIA

Itachi me tenía hasta los cojones.

No solo me había tenido que llevar la grata sorpresa de que sería mi profesor de Educación Física durante todo el curso, sino que también haría las veces de entrenador en el Club de Kárate. Club en el que había decidido entrar por voluntad propia, en un intento de deshacerme de mi abuelo Madara.

Y a pesar de que tenía la nuca un poco abombada por todos los varazos que me había llevado de su caña de bambú entrenando, por culpa de mi hermano me estaba replanteando regresar junto a aquel viejo psicópata.

Ya tenía suficiente con aguantar su careto en Educación Física.

–¿Por qué te has apuntado? ¿Tu abuelo Madara ha dejado de aguantarte? –saltó Naruto en los vestuarios, cuando terminamos la clase de kárate.

Esbocé una media sonrisa a sus espaldas, mientras me quitaba la chaqueta delante de mi taquilla. Me hacía reír la forma tan absurda que usaba aquel idiota para atacarme.

–¿Temes que te robe alguna chica del club? –inquirí.

–No hay ninguna chica que puedas robar aquí. Las únicas atractivas que hay son Tenten-san y Sakura-chan, pero tú no eres de su estilo.

El tono de voz de Naruto me irritó. Solté un bufido por lo bajo.

–Hmph, Tenten es la china de los moños, ¿verdad?

–Es mestiza.

–Lo que sea.

–Olvídate porque creo que ya tiene novio.

–¿Quién?

–Neji Hyûga, me parece que es.

Puse los ojos en blanco.

–Ese inaguantable no tendría novia ni aunque se la compraran –rezongué, al tiempo que me ponía los pantalones del uniforme escolar.

–No es que tú seas muy distinto de él.

Volví la cabeza para mirar a aquel rubio imbécil. Sabía cuánto me molestaba que me compararan con aquel tipo, por lo que estaba claro que lo había hecho aposta para provocarme.

Me puse la camisa blanca y me acerqué a Naruto mientras me la abotonaba, mirándolo de forma maliciosa.

–A ti quien te gusta es la pelo-chicle, ¿no?

El rubio de piel canela tensó el cuello un instante.

–Ya te he dicho que quien me gusta de verdad es Hinata-chan; Sakura-chan solo me parece linda y admirable –respondió con la boca chica.

Enarqué una ceja.

–¿Qué tiene esa Jigglypuff de admirable?

Naruto se volvió para mirarme con una expresión de indignación.

–No tienes ni idea, Sasuke. Está en Bachillerato, y es una de las mejores estudiantes de todos; es la mejor encargada que un club puede tener y, encima, trabaja a diario para pagarse sus estudios aquí.

–Ignoraba que fuera pobre –dije perdiendo el interés.

–Para ti todo el que no tiene dinero no merece admiración, ¿verdad? –los avispados ojos azules del idiota rubio centellearon con un brillo intenso.

Volví a bufar y regresé a mi taquilla. Ya empezaba con los sentimentalismos.

–No sé qué mosca te ha picado este curso, pero estás muy pesado con eso de defender a las chicas –dije, mientras metía la corbata del uniforme en mi maletín. Ahora que las clases habían acabado al fin, pasaba de volver a ponérmela.

–Quizás es que tú te estás pasando con eso de menospreciarlas y tratarlas como tu divertimento sexual –espetó Naruto.

Me giré un poco para mirarle, y mostré una sonrisa cínica.

–¿Acaso no son solo para eso?

El idiota rubio abrió tanto los ojos que, por un momento, me pareció que fuera a explotar.

–Algún día tus jueguecitos se volverán en tu contra. Estoy seguro de que intentarás seducir a una chica que te ignorará completamente, y cuando menos te lo esperes, te habrás enamorado de ella. Pero para entonces conocerá tan bien lo capullo que eres, que decidirá mantenerse lejos de ti.

–¿Me estás intentando echar una maldición o algo así? –intenté contener las tremendas ganas que sentía de reírme.

–No, solo estoy adivinando tu futuro –el idiota rubio se ató una cinta oscura a la frente, con el símbolo de una espiral en el centro. Hasta su forma de vestir era de subnormal.

Hice un mohín y, acto seguido, cerré mi taquilla. En ese preciso instante, Naruto y yo sentimos la presencia de alguien más entrando en los vestuarios; creíamos haber sido los últimos en cambiarnos, por lo que nos sorprendió.

Pero no me costó reconocer en absoluto aquel pelo rojo intenso y el tatuaje con la palabra «amor» escrita en kanji de su frente, a la izquierda, sobre las cejas despobladas y albinas.

–Así que ahora formamos parte del mismo club –Gaara no tardó ni un minuto en dirigirse a mí.

Le miré con poca emoción, sabiendo que me hablaba con la única intención de molestarme. Sin embargo, tuve que frenar las comisuras de mis labios, que intentaban sacar a relucir mi sonrisa de victoria. Recordaba bien mi planeado encuentro con Temari para aquel fin de semana.

–Al parecer, tenemos cosas en común; por ejemplo, la buena relación que tenemos con tu hermana, solo que la mía es distinta a la tuya –solté sin miramientos; no obstante, guardé para mí mismo el secreto de que pasaría el fin de semana en su casa. Dejaría que se enterara a la semana siguiente.

Los gélidos ojos turquesa de Gaara se abrieron ligeramente, pero yo supe enseguida que mis palabras le habían impactado más que eso.

–Advertiré a mi hermana de tu buena relación con ella, no te preocupes –me amenazó.

Esbocé una media sonrisa mientras me echaba el maletín al hombro, y acto seguido, caminé hacia la puerta. Me detuve un momento junto al pelirrojo y volví un poco la cabeza para encararlo. Su ojerosa mirada me enfocó con atención, desde abajo; era tan bajito que apenas sobrepasaba algunos centímetros por encima de mi hombro.

–No deberías hablar de ese modo a tu senpai. Aunque ahora también hayas pasado a Bachillerato, no olvides que sigo siendo mayor que tú, al igual que lo es tu hermana. Si mal no recuerdo, creo que ella es libre de decidir con quién tener buenas relaciones –enfaticé la última palabra, consciente de que él entendería mi doble sentido.

Gaara movió la cabeza para mirarme con más atención. Sus tenebrosos ojos eran desafiantes, pero a mí no me intimidaban lo más mínimo. Con absoluta tranquilidad, corté el contacto visual con aquel gnomo mal follado, y retomé mi camino para salir del vestuario.

Naruto me siguió enseguida.

–¿Seguís llevándoos mal? En el Club de Kárate es importante que haya buen rollo –comentó, visiblemente preocupado tras observar nuestra tensa conversación.

–No haré nada a un kôhai, a menos que sea él quien me toque las pelotas –repuse.

El rubio idiota me miró con inquietud, pero no continuó con el tema.

Aquella tarde, por lo menos, me quedé ligeramente tranquilo de que no siguiera evitándome. Era tan estúpido cuando se comportaba de ese modo que sentía ganas de reventarle la cabeza. Pero reventar cabezas era un tremendo coñazo, más tratándose del cabezón de Naruto.

Mi hermano Itachi no apareció cuando regresé a casa.

Supuse que estaría con Izumi, a quien frecuentaba últimamente. Aquella chica era un quebradero de cabeza para mí; siempre gritando como una flipada, con aquellas continuas sonrisas empalagosas. No podía imaginar qué se traerían entre manos aquellos dos juntos. Era la hija del hombre con el que se había casado una tía lejana nuestra, por lo que oficialmente pertenecía a la familia Uchiha.

Pero Izumi estaba enamorada de Itachi.

Sabía que a mi hermano no le escaseaban precisamente las relaciones, y mucho menos podía quejarse del sexo. Desde que había empezado a vivir con él, se había llevado unas cuantas chicas a casa, y aunque nunca me lo había asegurado, yo no era tonto; en alguna ocasión había sentido algún gemido suave proveniente de su habitación.

Sin embargo, nunca habría podido utilizar aquello como el pretexto de que era una mala influencia para mi vida. Las chicas solo me saludaban cuando las veía, y si se habían quedado a dormir en algún momento, jamás habría podido confirmarlo.

En todo caso, la mala influencia era yo.

Me llevaba constantemente chicas para follar en mi cuarto, y a veces, cuando Itachi no estaba, en otras partes del apartamento también. Siempre las más guapas y las más tontas de entre mis «admiradoras». No me interesaban chicas listas que pudieran idear un modo de retenerme a su lado, como pincharme un condón para quedarse embarazadas o algo por el estilo. Solo me había acostado con algunas más inteligentes, pero siempre con la certeza de que buscaban lo mismo que yo: salvaje, continuo y exclusivo sexo.

Y creo que Itachi, en el fondo, era igual que yo en ese aspecto, o al menos en la cuestión de que no quería compromisos.

No obstante, me extrañaba que estuviera manteniendo una relación tan estrecha con nuestra prima postiza Izumi. Creo que todo el mundo era bastante consciente de sus sentimientos hacia Itachi. Si de algo estaba seguro era que mi hermano –al contrario que yo– no era el tipo de persona que se aprovecharía de una mujer que estaba enamorada de él, a menos que sintiera lo mismo. Y tenía claro que él no sentía lo mismo.

¿Para qué mantener la amistad entonces?

Decidí dejar de darle vueltas al asunto. Aquel día estaba muy cansado, y tener a Itachi y sus gilipolleces continuamente en la cabeza me cansaba aún más. Mañana tendría que aguantarlo en el instituto, y sentía que debía mentalizarme para soportar una vez más un día tan largo y tortuoso.

Ojalá la puñetera asistencia a clase no fuera obligatoria.

Cené solo, ojeando de vez en cuando el móvil mientras veía una película, y me fui a dormir antes de lo normal. Había recibido algunos mensajes de ciertas chicas –no tenía idea de cómo habían conseguido mi número–, pero me limité a ignorarlos. Naruto me habló un par de veces, y también le ignoré la tercera vez que me escribió.

Pasaba de hablar con nadie aquella noche. No estaba de humor.

Tenía a Itachi en cada rincón de mi vida, y lo que me molestaba era que estaba ocurriendo cuando ya no era necesario.

Si se arrepentía de lo que había sucedido años atrás, ahora me parecía ya tarde para enmendarlo.

Nunca debió haberse marchado; regresar había sido una estupidez.

Me había librado de las palizas de mi padre, pero sentía que mi pasado me golpeaba aún más fuerte cada vez que veía a mi hermano. Había pasado tanto tiempo enterrándole en los recuerdos más oscuros de mi vida, que su presencia provocaba que toda aquella toxicidad volviera a arremolinarse en torno a mi paciencia, mi calma y mi libertad.

Me sentía apresado.

Sí, eso era. Apresado. Como un pájaro que encierran en una jaula gigante: por alto que pudiera volar, seguía dentro de una prisión.

Suspiré y me volví hacia el otro lado de la cama.

Tenía que recuperar el control. Tenía que hacerme con mi poder y mi pasividad de nuevo. No podía permitir que aquello me afectara. Trataría a mi hermano con indiferencia, igual que trataba a todos.

Después de todo, Itachi era débil; no tenía poder para herirme de verdad.

A la mañana siguiente, partí hacia el instituto con la apatía que me caracterizaba. Ignoraba dónde había pasado la noche mi hermano (en realidad, no creía que fuera con Izumi), y como imaginé que había ido al instituto antes, igual que el resto de profesores, ni siquiera me había molestado en comprobar si estaba en casa cuando me había despertado.

Caminaba con pasos tranquilos hacia la puerta del instituto, cuando alguien me estampó un manotazo en la espalda. Casi me tropecé hacia adelante, sorprendido. Me volví a la velocidad del rayo, con el puño preparado para descargarlo sobre el culpable de aquel contacto, pero me detuve cuando descubrí de quién se trataba.

–Siempre con el careto de mala hostia, teme.

Naruto venía acompañado de Ino, que me sonreía con su usual emoción, y los pardillos de Shikamaru y Chôji. Fulminé con la mirada al idiota rubio, ardiendo en deseos de estrangularlo.

Dobe –gruñí por lo bajo; sin embargo, me contuve, consciente de que era una pérdida de tiempo molerle a golpes.

–Démonos prisa o llegaremos tarde. Tengo a alguien en clase que me está esperando –Naruto echó a correr ilusionadamente hacia el interior del instituto, sin dejarme tiempo siquiera para protestar por su empujón.

Está más atontado con Hinata de lo que creía.

Subí las escaleras en dirección a mi clase, con poco ánimo; en contraposición, Ino y los otros dos charlaban alegremente detrás de mí. Abrí la puerta corredera del aula, entré y me dirigí a mi asiento. Ino se acercó a mi pupitre como siempre, seguida de aquel par de paletos, pero me limité a ignorarles. Miré fugazmente a mi alrededor, y capté a Karin observándonos desde lejos; parecía estar taladrando a la rubia con la mirada, a través de sus gafas ovaladas.

Las mujeres son ridículas.

Pocos segundos después, la chica del pelo rosa, aquella tal Sakura, entró en el aula. Me quedé mirándola con desgana, preguntándome otra vez, aburrido, cómo era posible que su estrafalario color de pelo pareciera tan realista; ni siquiera se le notaban las raíces. Cuando se sentó en el pupitre de al lado, me percaté de que estaba un poco agitada. Tenía las pecosas mejillas muy coloradas y el sudor le brillaba un poco entre la nariz menuda y la frente despejada. Parecía que hubiera corrido la maratón.

Al cabo de unos segundos, dejé de mirarla también a ella. Aunque no se podía negar que tenía unas facciones bonitas, resultaba tan poco atractiva en su manera de actuar que me aburría enormemente. No entendía qué era lo que a Naruto podía parecerle interesante de ella.

Escuché por encima y sin participar la conversación que mantenían Ino, Shikamaru y Chôji, hasta que Kakashi llegó finalmente: quince minutos más tarde de la hora en la que comenzaba la clase, como era ya costumbre en él.

–Luego seguimos hablando, Sasuke-kun –me dijo la rubia, a pesar de que había quedado bastante claro el poco interés que sentía yo por «seguir hablando».

Se apresuró en sentarse en su sitio, al igual que los otros dos, y yo saqué el libro de Historia.

–Perdonad mi tardanza, chicos –se disculpó Kakashi, como hacía a diario. Hizo una breve pausa y se aclaró la garganta–. Hoy tengo noticias para vosotros. Como sabéis, este primer mes nos centraremos en el bloque de la Mitología y las Leyendas; sin embargo, me parece un gran desperdicio para vuestra capacidad de conocimiento limitaros a estudiar solo la mitología de nuestro país.

»Por esta razón, he pensado que sería una gran idea que profundizarais en la mitología del resto del mundo: tanto en la Oriental como en la Occidental. Así que he diseñado un proyecto con distintos mitos famosos, que deberéis desarrollar vosotros.

La idea del profesor pareció conmocionar a toda la clase. Todos sabíamos lo que significaba un proyecto: trabajar el doble de horas para hacerlo. Y a nadie le gustaba tener que invertir tiempo de más en algo como un trabajo de clase; ya era suficiente con los deberes y los exámenes.

–No os preocupéis –Kakashi leyó casi de inmediato nuestras caras de contrariedad–. No será un proyecto aburrido. Tendréis que recabar bastante información, incluyendo cuadros, novelas, música…, obras inspiradas en estos mitos, y más tarde –buscó con una mano uno de los folios que guardaba en su desordenada carpeta–, en estas fechas que vienen establecidas en las fichas que pasaré a entregaros ahora, haréis una presentación creativa de todo aquello que habéis averiguado sobre vuestro mito. Una presentación que cuente la historia, la biografía de quién la escribió o lo que se sepa del autor, las curiosidades del mismo, cómo era la sociedad en la que vivía y, a ser posible, si la tiene, la motivación de la historia.

Se escucharon bufidos de rechazo. Era mucho más trabajo de lo que se esperaba.

–Bien, como veo que todos estáis de acuerdo –ironizó el profesor. Al muy cabrón le dará igual lo que pensemos de esto–, antes de entregaros estas fichas con las fechas y las instrucciones que se recomiendan seguir para el proyecto, voy a decir ya los nombres de las parejas que he formado.

¿Parejas formadas? Aquel tipo con pelos grises y tiesos había decidido por su cuenta juntar a quienes presentarían cada mito. Y, encima, en parejas. Éramos treinta en la clase; estaba seguro de que sería el proyecto donde se elaborarían más cantidad de presentaciones de todo el curso.

Vaya pedazo de mierda

–La primera pareja en exponer estará formada por Ino Yamanaka y Shikamaru Nara, y su mito será la Fauna del Bosque de Himmapan, de Tailandia –anunció Kakashi.

Observé inmediatamente a los aludidos. La chica del pelo rubio platino lanzó una mirada de desilusión a su compañero, y acto seguido, giró la cabeza para mirarme a mí. No me preocupé por mostrar emoción alguna en mi rostro. Me daba igual con quién le tocara a aquellos dos, pero imaginaba que era mejor si estaban juntos, por lo menos.

–La siguiente pareja será Karin Uzumaki y Shou Kurosawa, y su mito consistirá en la Venganza de Horus, de Egipto –prosiguió el profesor.

La pelirroja me miró del mismo modo que Ino; de hecho, me di cuenta de que la mayoría de las miradas de las chicas de la clase estaban puestas en mí. Solté un resoplido de hastío. A veces era una verdadera pesadilla ser el centro de atención de tantas mujeres desesperadas.

–La cuarta pareja la compondrán Sasuke Uchiha –alcé la cabeza con atención para escuchar al profesor– y Sakura Haruno. Os encargaréis del mito griego de Psiqué y Cupido.

De entre todas las tontas de mi clase, me tiene que tocar con la peor.

Mis ojos se movieron automáticamente hacia la peli-rosa que se sentaba a mi lado. Descubrí con cierta confusión que se había quedado petrificada: sus almendrados ojos verdes parecían más grandes que de costumbre, abiertos de par en par, como si acabara de oír un disparo.

Quise dejar de mirarla cuando, de pronto, antes de que Kakashi continuara con la lista, noté que se alzaba de sopetón sobre su asiento.

–¡Me niego!

La clase entera se volvió para mirarla, sorprendida. Fruncí el ceño, sintiéndome ligeramente ofendido.

¿A esta qué coño le pasa?

–Disculpe, Haruno-san, ¿hay algún problema? –inquirió Kakashi, enarcando una ceja.

La aludida vaciló un instante.

–Lo lamento, profesor, pero no quiero hacer el proyecto con Sasuke Uchiha.

Me percaté rápidamente de los murmullos de estupefacción de nuestros compañeros. Las chicas dispararon sus miradas asesinas hacia la pelo-chicle; por un segundo, pareció que más de una hacía ademán de abrir la boca para replicar.

La mayoría de las mujeres que conocía se sentían satisfechas con la idea de estar cerca de mí; que les asignaran un proyecto de clase conmigo era casi como un sueño para ellas. Entendía que ver a alguna rechazándolo les sabía peor que el hecho de que no les hubiera tocado.

Y a mí me supo peor que haberme enterado de que me tocaría con aquella bicho raro.

¿Quién se creía que era para rehusarse a ser mi compañera de trabajo? Ya era la segunda vez que me decía que no, y aquello me enfurecía. Era una palurda puritana que pretendía llamar mi atención a base de negármela, al igual que hacía con su pelo.

Volví a mirar al profesor canoso del parche en el ojo, y percibí su mirada tediosa contemplando a la rarita de mi compañera, sin mucha inquietud.

–No se trata de si quiere o no quiere hacerlo, Haruno-san. En este proyecto no se le permite cambiar de pareja a menos que yo lo decida, y le advierto que si opta por abstenerse a hacerlo, su media académica bajará considerablemente. Prácticamente, le llevaría al suspenso de esta materia, tanto por no haber llevado a cabo su exposición como por incumplimiento de las normas.

»Y no, tampoco le dejaré realizar el proyecto sola. La idea es trabajar en equipo, y así se hará con todas las parejas.

La cara sonrosada de la chica empalideció. Tensó los labios y, por un momento, me pareció que temblaba. Durante unos largos segundos se quedó allí plantada, de pie frente a su pupitre: muda y rígida como una tabla. Sin embargo, acabó desistiendo.

Sentí que se estaba tragando la lengua mientras volvía a sentarse sobre su silla, con un movimiento lento y tirante. No pude verle la cara, pero me di cuenta.

Era como si su cuerpo estuviera conteniendo una oleada de huracanes por dentro.

¿Qué cojones le pasa a esta tía?, me pregunté por enésima vez.

Recordaba perfectamente lo irritada que había parecido el primer día de clase cuando me dirigí a ella. No sabía qué podía haberle hecho para que se pusiera tan a la defensiva conmigo; sin embargo, decidí que era mejor no darle vueltas al coco por su estúpida frustración.

También algunas tenían derecho a odiarme por pasar de ellas.

Dejé de mirarla, y al volver la cabeza al frente, detecté a Ino observándola. Sus ojos azul claro enfocaban a la pelo chicle con un profundo rencor. Una vez más aquella idea relampagueó en mi mente.

Las chicas son ridículas.

Terminé de atarme el cinturón del keikogi en el vestuario, con una sensación de pesadez recorriéndome las extremidades. Naruto me miró curioso cuando solté un bufido.

–Te noto molesto, teme.

–¿Por qué crees que será? –inquirí de forma sarcástica.

–Vamos, ya le ves todos los días en casa. No será tan raro encontrártelo aquí también.

–La cuestión es esa: que le veo tanto que ya le tengo aborrecido.

Mi expresión fue tan dura, que Naruto se dio cuenta de que era mejor dejar a un lado el tema de mi hermano mayor como entrenador del club.

Caminé junto al rubio idiota hacia el interior del gimnasio, unos metros alejado de la puerta del vestuario. Antes de llegar allí, se acercaron a nosotros Shikamaru y Kiba, un tipejo algo animal que Naruto conocía desde la infancia. Comenzaron inmediatamente una conversación con el último, en la que me limité a escucharles sin intervenir.

–Uzumaki, se te ha olvidado otra vez pagarme el ramen del otro día –dijo el tipo de la coleta alta.

–Y a mí me tienes que devolver ya el juego que te presté; mi hermano no para de darme la vara con que lo necesita –le siguió el de las marcas raras en las mejillas.

Naruto se rascó la nuca con apuro, mostrando una sonrisa nerviosa.

–Perdonad, chicos, pero últimamente tengo la cabeza en las nubes y se me olvida todo. Sobre lo del ramen…, te pido que esperes un poco más, Shikamaru. Mis últimos ahorros los he invertido en un regalo especial para una persona especial.

El aludido arqueó una de sus cejas depiladas.

–¿Te has pillado de una chica?

–¿Y te enteras ahora? –le soltó Kiba irónicamente.

Naruto dejó escapar un atontado suspiro de emoción, y no añadió nada más. Al ver que su rostro se derretía, en una expresión propia de un gilipollas que acaba de mearse encima, puse los ojos en blanco.

Era tan absurdo que la sola idea de volverme como él por una tía me amargaba.

Entramos los cuatro finalmente en el gimnasio, seguidos de los demás compañeros del club. Me había fijado en que había pocas chicas, lo cual, en cierto modo, me aliviaba. Detestaría escuchar grititos de excitación entrenando; habrían colmado mi paciencia, mi temple y mi autocontrol. En ocasiones era mejor que mis «admiradoras» se mantuvieran lo suficiente alejadas de mí como para poder hacer mi vida normal.

Y sentí un tumbo en el pecho cuando identifiqué la figura que se movía al fondo de la estancia.

Itachi había llegado antes que todos nosotros al gimnasio. Vestía un chándal un poco diferente del que había usado en la clase de Educación Física del día anterior: negro, con el logo rojo del Club de Kárate en el pecho de la sudadera. Y aunque estaba ocupado colocando unas sábanas que caían de una larga cuerda, suspendida entre dos postes, su apariencia era ya seria y decidida. La apariencia que esperas encontrar de un profesor exigente que está dedicado a su trabajo.

Me irritaba.

–Oye, teme, ¿cómo es tu hermano en kárate? –me preguntó Naruto.

Noté una nota de incertidumbre en su voz, y fruncí el ceño.

–No te duermas en los laureles –le advertí.

Casi pude oír que tragaba saliva.

Todo el mundo temía a los Uchiha. Además de grandes consejeros tanto en política como en economía, teníamos una merecida fama de estrictos. A veces incluso de lunáticos de la disciplina y la obediencia, y conociendo a algunos como mi abuelo Madara, en realidad no me extrañaba.

Detecté de pronto la figura de la chica peli-rosa corriendo hacia mi hermano. Llevaba la media melena recogida en una pequeña coleta austera como ayer, con el mismo chándal que vestía Itachi, y cargaba un palo largo con un guante de boxeo atado a un extremo.

Ella llegó hasta él, y entonces vi que la expresión severa de mi hermano cambiaba a una sonrisa amable.

–Muchas gracias, Sakura-san.

¿Sakura-san? ¿Ya se conocían? ¿Acaso mi compañera de pupitre llegaba tan temprano al club?

Recordé en ese momento que era una encargada; su trabajo consistía precisamente en tener preparado todo antes de que el equipo llegase. Sin embargo, había pillado a Itachi ayudándola.

Entorné los ojos, observándoles con detenimiento.

Por alguna razón, tenía la extraña impresión de que mi hermano parecía más relajado ahora que había aparecido la pelo-chicle.

Supuse que también él me había visto llegar.

–Qué divertido es tener a dos de los Uchiha en tu club; algo para partirse, si lo que quieres es destacar en el equipo –murmuró una sarcástica voz conocida junto a mí.

Mis ojos se movieron hacia la derecha y localicé a Suigetsu, aquel tipejo de pelos blancos, pasando a mi lado. Nuestras miradas se encontraron un instante. Luego, le vi acercándose a Gaara y a su hermano Kankurô, el mellizo de Temari. Entre los tres habían formado su propio grupito de imbéciles dentro del club, de la mano de Neji Hyûga y un tipo extraño de cejas anchas y un corte de pelo abombado.

Fruncí el ceño de nuevo.

Últimamente todos parecían dispuestos a tocarme las pelotas.

–Buenas tardes a todos –saludó Itachi, una vez aparecieron el resto de los alumnos del Club de Kárate–. Como imagino que el entrenador Asuma os habrá explicado, yo seré su sustituto en los días que él no pueda dar la clase. Para los que no me conozcáis aún, soy el profesor Itachi Uchiha, de Educación Física de Secundaria y segundo de Bachillerato. Será un placer para mí ser vuestro entrenador esta tarde.

Realizó una inclinación solemne, la cual me vi obligado a corresponder junto al resto de mis compañeros. Apreté la mandíbula cuando volví a erguirme. Detestaba inclinarme ante él, como si fuera alguien a quien rendía pleitesía. Sentía una profunda impotencia al saber que las normas del instituto me forzaban a tratarle con un respeto especial.

De repente, me percaté de que alguien me observaba con insistencia.

Miré en derredor y descubrí entonces a la bicho raro de Sakura Haruno desviando la mirada rápidamente, de forma sospechosa. Enarqué una ceja y me quedé mirándola en silencio. Percibí un ligero rubor en sus mejillas, mientras sus ojos verde jade enfocaban el suelo en un forzado disimulo, frunciendo el ceño. Mi mirada se deslizó a través de su figura, pasando por el pecho oculto tras su holgado chándal hasta la acusada tensión de sus brazos, que apretaban con fuerza el bloc de notas que sostenía. Sus manos temblaban levemente; tenía unos dedos un poco anchos, que parecían agitarse de vez en cuando por el nerviosismo.

Ella sabía que la estaba mirando.

Y continué mirándola un rato más. Callado e inexpresivo. Para que nadie sospechara de que me estaba divirtiendo de lo lindo. Tan bravucona que se comportaba en clase, y ahora era incapaz de sostenerme la mirada.

Es fácil de manejar. Solo se hace la dura, pero con lo mínimo se acojona.

Itachi pasó a explicarnos el entrenamiento que tenía preparado para aquella sesión. Yo lo conocía bien: se trataba de una práctica en pareja, donde uno se colocaría a un lado de la sábana que había colgada al fondo de la pista, con el guante de boxeo atado al palo, y el otro en el lado opuesto, desarmado, preparado para eludir los golpes.

Era uno de los entrenamientos que más nervioso me ponía de pequeño, sobre todo, cuando lo había practicado con mi abuelo Madara. Sin embargo, ahora había alcanzado un control absoluto sobre mi percepción espacial y la propiocepción de mi cuerpo. No sería un ejercicio complicado.

Como esperaba, mi hermano me sacó para poner un ejemplo, usándome a mí como el cebo. Me coloqué tras la sábana, apartándome de la visión del resto de mis compañeros, y me puse en guardia. Imaginaba que sería Itachi el que me atacaría.

–Sakura-san –la voz de mi hermano atrajo mi atención–, necesito que estés muy atenta en esta práctica. Hay que tomar nota de cada golpe recibido y cada esquive conseguido. Estoy seguro de que podrás hacerlo sin problemas, pero avísame si hay algo que se te haya escapado. Estaré contando.

Miré hacia donde se encontraban ambos y vi que la peli-rosa asentía con la cabeza. En ese preciso instante, me di cuenta de algo extraño.

Cuando Itachi echó a andar en mi dirección, con el palo-guante en la mano, los ojos de Sakura no se despegaron un momento de él.

¿Qué es eso? ¿A qué viene esa mirada?

No lo comprendía.

No comprendía a aquella niñata extravagante.

Acababa de contemplar en ella una especie de sentimiento de devoción hacia mi hermano. Devoción. Curiosidad. Interés.

Todo aquello que parecía negarme a mí, y que todas las demás chicas me regalaban constantemente, ella se lo entregaba al gilipollas de Itachi. Aunque pudiera haber sido una fan mía en algún momento, no creía que fuera una de las que más hubiera investigado sobre mi vida privada, y estaba seguro de que sabía de la existencia de mi hermano desde ayer.

¿Y solo un día había hecho falta para mirarle así a él?

Sacudí la cabeza, intentando volver a la realidad.

Mi hermano estaba al otro lado de aquella manta vieja, y no tardaría mucho en descargar el primer golpe.

–¿Estás preparado, Sasuke-san? –me preguntó.

Entrecerré los ojos al escucharle pronunciar el honorífico.

No hace falta que te las des de profesor conmigo. Aquí todos saben que eres mi hermano.

Tensé las piernas y el vientre, listo para comenzar.

Y cuando recibí el primer golpe, al interponer el brazo entre mi cuerpo y el guante, mi furia comenzó a despegar.

Me irritaba la presencia de Itachi. Me irritaba que se hubiera presentado en mi vida así, de pronto. Me irritaba que me hubiera dejado solo durante tantos años. Me irritaba que pretendiera comportarse como un ejemplo ahora. Me irritaba saber que era el único que me podía alejar de vivir con el violento de mi padre. Me irritaba su seriedad. Me irritaba reconocer que era un buen profesor. Me irritaba que todos le obedecieran.

Y aún más, me irritaba que incluso la tonta de mi compañera de pupitre le tuviera un respeto que a mí, por alguna razón, me negaba.