NOTAS DE AUTOR
Hoy subo este capítulo con todo el amor del mundo, pero... con toda la tristeza que soy capaz de soportar. Creo que todos podéis entender por qué. Espero sinceramente que todos estéis bien y, sobre todo, lo siento. Desde aquí, con mi más sincero respeto, doy mi pésame a aquellas personas que, hace dos días, perdieron a seres muy queridos por las circunstancias tan horrendas que mi país acaba de vivir. Sí, mi país, donde verdaderamente no creía que fuera a suceder nada. No tengo palabras para tanto horror.
Enfocándome en este nuevo capítulo que os traigo que, ojalá, amaine ligeramente para vosotros estos momentos tan duros, os traigo algunas novedades de mi humilde fanfic. Será una parte que, como su mismo título reza, empezará a suscitar algo más de emoción. Y espero que cause el efecto deseado.
De verdad, doy las gracias por las nuevas reviews que he recibido estos días. Me encantaría poder responderos a los anónimos, pero por desgracia la página web no me lo permite. Igualmente, gracias de corazón.
Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.
Sin más, disfrutad mucho de este nuevo capítulo. Espero con ilusión, como siempre, vuestros comentarios. ¡Un besazo!
5. IMPACTO
Si hubiera podido retroceder atrás en el tiempo, pensaba, y hubiera sido un poco más paciente…
Si no me hubiera centrado solo en la parte externa de las cosas…
Si mi mente de niña caprichosa hubiera sido un poco menos superficial…
… ¿habría conocido a Itachi Uchiha antes?
Plantada frente a la taquilla de mi instituto, ya calzada con los zapatos de goma, recordé en silencio lo que había experimentado aquel instante en el Club de Kárate, cuando el entrenamiento había acabado.
Aquella profunda y extraña fascinación.
Evoqué al profesor Itachi y la sonrisa tan dulce que me había dedicado tras entregarle el parte diario de las clases.
–Buen trabajo, Sakura-san. Es una verdadera maravilla trabajar contigo. Se nota que conoces bastante bien las artes marciales, y eso es impresionante.
Aquellas habían sido sus palabras.
Las primeras palabras agradables que me había dedicado un Uchiha.
Ciertamente, su aspecto físico era muy parecido al de Sasuke; incluso algunos de sus gestos se asemejaban. Pero su personalidad era completamente distinta. Aunque el profesor Itachi fuera algo serio, también albergaba una ternura especial en la mirada, como si en el fondo tuviera un corazón fácil de conmover.
No imaginaba que alguien capaz de mostrar una sonrisa tan gentil pudiera ser un familiar directo de Sasuke Uchiha.
Imposible. Eran dos polos opuestos.
Era como si alguien hubiera extraído toda la belleza y el atractivo natural de Sasuke, y retirándole todo lo amargo, hubieran espolvoreado por encima con una personalidad madura y amable.
Todo lo que marchitaba a Sasuke brotaba en Itachi.
Solté un largo suspiro.
Ahora podía afirmar que no todos los Uchiha eran igual de repugnantes.
Cerré la taquilla de los zapatos y, a continuación, me encaminé hacia mi aula.
Habían pasado cuatro días desde la primera clase de Educación Física que habíamos tenido con el profesor Itachi, y tres desde que sustituía al entrenador Asuma en el club. Ya era viernes, y por primera vez desde que trabajaba después de todas las actividades escolares, no me sentía cansada.
Me alegraba que la primavera me estuviera ayudando a sobrellevarlo todo bien.
Hana, al parecer, seguía tan feliz y activa como siempre. En alguna ocasión nos veíamos por el instituto, aunque la mayoría del tiempo el único punto en el que coincidíamos era la puerta principal, cuando llegábamos juntas. Sin embargo, había algo que le llevaba intrigando desde antes del inicio del curso, que a mí me estaba empezando a cabrear.
Subiendo las escaleras hacia mi clase, rememoré en la cabeza la conversación que habíamos mantenido el miércoles por la noche, cuando había vuelto a casa después de mi larga jornada instituto-club-trabajo.
–Me he enterado de que Sasuke-senpai está en la 2-1. ¿No es esa acaso tu clase, hermanita? –me había preguntado, mientras poníamos la mesa para cenar.
Se me había tensado toda la espina dorsal al escucharla. No podía imaginar que mi hermana pequeña se estuviera convirtiendo en una admiradora de Sasuke Uchiha, aún más entusiasta de lo que fui yo en su momento.
–Ni siquiera me he dado cuenta –le había contestado entonces.
Pero sabía que mis mentiras eran tan visiblemente malas, que era imposible que se tragara aquello.
–Anda ya, hermanita… Seguro que todas en la clase están murmurando cosas sobre él –me había insistido Hana, obviamente escéptica a mis palabras–. ¿Se sienta muy cerca de ti o muy lejos? ¿Es del tipo que participa mucho en las actividades de clase o que prefiere estar callado escuchando?
No pienso dejar que se entere de que se sienta a mi lado.
El resto de la conversación apenas había respondido a sus continuas preguntas con monosílabos y frases como «ni idea» o «no me interesa mucho».
Rechiné los dientes y cerré las manos en puños.
Aquel puñetero Sasuke Uchiha, robando corazones incluso a alumnas de Secundaria. ¿Qué tendría tan especial que a todas parecía enloquecerlas?
Y te lo preguntas tú, que has estado lamiéndole el culo media vida…
Lo que más rabia me daba era que Hana, al igual que me había ocurrido a mí y a una inmensa mayoría de chicas en aquel instituto, era invisible a los ojos de aquel ricachón imbécil e injustamente guapo.
–¿Te ocurre algo, Sakura-chan? –una conocida voz aguda me trajo de vuelta al presente.
Me giré súbitamente para mirar a mi dulce amiga Hinata.
–Buenos días, Hinata.
–Buenos días… ¿Todo bien? Te noto como enfadada.
Compuse una expresión de apuro. Nadie, ni siquiera mi mejor amiga, podía enterarse de que Sasuke Uchiha continuaba dando la lata en mi mente.
Pensaba rápidamente en algo que inventarme cuando, de pronto, aproximándose con pasos cautelosos, advertí la figura de Naruto a espaldas de Hinata.
Sasuke caminaba a solo un par de metros detrás de él.
–¿Qué ocurre? –dijo mi amiga de ojos perlados al percatarse de que no la miraba a ella.
Y antes de que se diera la vuelta, Naruto pegó un brinco y se colocó frente a nosotras con exagerada energía.
–¡Ohayô, Hinata-chan, Sakura-chan! –soltó en un canturreo alegre.
Me di cuenta de que Hinata se sonrojaba a mi lado.
–Ella ya te había pillado, dobe.
Las inesperadas palabras de Sasuke me petrificaron. Vi que me señalaba con la cabeza y el rubio de la cara zorruna se rascó la nuca con una sonrisa nerviosa.
¿Se había percatado de que yo había visto venir las intenciones de Naruto? ¿Me había estado mirando?
Sentí al instante que las mejillas se me colmaban de un calor insoportable.
Era la primera vez que tenía consciencia de que Sasuke me había mirado.
Él nunca me miraba. Nunca lo había hecho. De pequeña siempre había intentado captar su atención con cada cosa que hacía o decía; siempre había intentado hacer que me mirase o que se percatara de que existía. Y en alguna ocasión, muy forzosamente, lo había conseguido, pero jamás de forma deliberada por su parte.
Inspiré hondo.
Hubiera sido una situación aún más extraña y antinatural que no reparara en mi presencia, pensé. Estaba sentado a mi lado, y encima, ahora teníamos que hacer un trabajo de clase juntos.
¿Por qué narices me latía el corazón tan deprisa por algo tan lógico?
Fruncí mucho el ceño y desvié la mirada, molesta. El acusado rubor de mis mejillas me incomodaba en demasía.
–Sakura-chan, ¿estás bien? –me preguntó de nuevo Hinata.
Asentí repetidamente con la cabeza, resistiendo el impulso de mirar hacia ella; Naruto y Sasuke estaban justo detrás. Sin embargo, su frágil mano blanca me tocó las mejillas, y me obligó a mirarla a la cara. Ahogó una exclamación.
–Sakura-chan, estás ardiendo. ¿Seguro que estás bien? Parece que tengas fiebre.
¡Dios Santo! ¿Tanto se me ha recalentado la cara con esto?
–Hinata…, no te preocupes más –alcancé a decir, con un notorio esfuerzo; contuve el tartamudeo, por fortuna–. Voy a entrar ya en clase. Nos vemos después.
No añadí nada más y, antes de permitirle replicar, di media vuelta y me encaminé hacia mi aula.
–Debe de estar trabajando muy duro últimamente –escuché que decía Naruto, a mis espaldas.
Ojalá fuera el trabajo lo que me pone tan atacada…
Entré en clase, ya ocupada por la mayoría de mis compañeros, y me dirigí derechita a mi pupitre. Me dejé caer en mi asiento, con la mochila sobre la mesa, y volví a inspirar hondo. Sentía una presión fuerte en el pecho, como si algo estuviera a punto de explotar. El pulso me martilleaba los oídos.
Tampoco te ha dicho nada para que te pongas así. No te tiene que afectar. Existes, siempre has existido. No actúes como si fuera él quien hace que te des cuenta de ello. Eres más valiosa que esto.
Pero los ánimos de mi conciencia estaban consiguiendo el efecto contrario.
Reconocer que me afectaba el trato que Sasuke me concedía era concederle importancia a él en mi vida.
Ni hablar.
Levanté la mirada y, en ese preciso instante, entró el diablo en persona. El chico del pelo negro azabache caminó hacia su pupitre con sus andares sugerentes y resueltos: las manos hundidas en los bolsillos del pantalón; los párpados caídos en su arrogante expresión de indiferencia. Percibí que Ino se levantaba de su asiento, directa hacia él, y me la imaginé por un segundo meneando la colita, como un perrito que va al encuentro de su amo.
Desvié una vez más la mirada, ceñuda, y me encogí sobre la mochila que había dejado reposando en el pupitre.
Me había vuelto a sonrojar.
Aquel día me sentía demasiado vulnerable para encarar al gran capullo de Uchiha. ¿De qué iba eso? ¿Desde cuándo se daba cuenta de lo que yo miraba o dejaba de mirar por ahí?
Es tu compañero de pupitre, intenté recordarme. Me aferraba a la lógica de que ya nos conocíamos y de que él era consciente de ello. La gente normal se da cuenta de lo que las personas que conocen miran o dejan de mirar.
–Pelo-chicle.
Pegué tal bote que las patas de mi silla chirriaron bruscamente.
No me moví. Me había vuelto a quedar helada.
–Eh, pelo-chicle –su voz profunda resonó cerca de mis oídos.
Alcé rápidamente la cabeza y, al girarla, mi corazón dio un vuelco.
Duró un mísero instante.
A escasos centímetros de mí, su rostro no se movió ni un ápice. Tuve aquellos ojos profundos suyos: de una oscuridad insondable, mirándome muy de cerca; tanto que era la primera vez que reparaba en sus pestañas: largas, lisas, densas, casi femeninas. No hubo interés alguno en aquella mirada; apenas me contemplaba con emoción. Casi me pareció vacía, como siempre me había resultado. Y sin embargo, sentí que se clavaba en el centro de mis pupilas. Su respiración me acarició la nariz, y yo parpadeé un segundo, inhalando su aroma: un olor parecido al de la madera recién pulida y el té verde que se acaba de moler en el mortero.
Y otro segundo después, pegué un bote hacia atrás.
–¿Qué-qué coño haces? –inquirí azorada.
Notaba la cara roja, y el bochorno me atacó las manos, que comenzaron a sudar.
–¿Acaso eres un gato, pelo-chicle? –Sasuke enarcó una ceja, observando mi instantánea postura envarada.
¿Por qué se ha acercado? ¿No estaba con Ino?
Mis ojos se movieron hacia la chica de la larga melena rubia platino. Detecté rápidamente que estaba irritada, mucho; su Sasuke no le estaba prestando la atención que quería. Aquel ceño fruncido suyo y los furiosos ojos celestes me atravesaron.
–Pelo-chicle, ¿puedes hacer el favor de mirarme?
Fulminé con la mirada inmediatamente al estúpido Uchiha que tenía delante.
–Me llamo Sakura, no pelo-chicle –gruñí.
–Cuando dejes de teñirte el pelo de rosa, dejaré de llamarte como tal –me soltó con pasividad.
–No es teñido; nací así –cerré los ojos y fruncí con fuerza el ceño, conteniéndome las repentinas ganas de atestarle un puñetazo.
–Bromeas, ¿no?
Abrí de nuevo los ojos y descubrí que me miraba con escepticismo.
–Piensa lo que quieras, no perderé tiempo en intentar convencerte –repuse. Hice una breve pausa, y al notarme un poco más tranquila, relajé el cuerpo, me senté correctamente en mi silla y continué–: ¿Qué te trae a interrumpirme?
Mi voz altiva había sonado tan patética, que estaba segura de que aquel engreído había captado mi nerviosismo al vuelo. Me percaté de que su boca se contraía, conteniendo probablemente las ganas de reír.
–Mira, no es nada que me importe a mí, pero Naruto me ha insistido en que te diga que saldremos a hacer algo después de las actividades del club. Tu amiga nos ha dicho que trabajas, pero él quería invitaros a las dos.
–¡¿Ella también va a venir?! –exclamó Ino a espaldas de Sasuke, visiblemente indignada.
Sin embargo, el chico del pelo negro hizo caso omiso a sus palabras; ni siquiera se giró, sino que se limitó a mirarme a mí. Resistí las ganas de tragar saliva.
¿Me estaba invitando a salir con ellos?
No, como había dicho, a él bien poco le importaba.
Era idea de terceros. Siempre de terceros.
Y aún así, sentí enseguida cómo mis mejillas empezaban a traicionarme por enésima vez.
Volví a cerrar los ojos, en un intento absurdo de calmar mi agitación. Si no le miraba directamente, no sería tan difícil.
Por mucho asco que me diera su personalidad, era horriblemente guapo.
–Como ha dicho Hinata, trabajo, así que no puedo ir a ninguna parte. Le agradeceré a Naruto la invitación después; gra… –mi orgullo se empeñó en fatigarme para dedicarle aquellas palabras–… gracias también a ti.
Sasuke me miró unos segundos en silencio; sin embargo, un instante después, se encogió de hombros y el semblante apático regresó a sus facciones finas. Dio media vuelta y se sentó en su silla. A su lado, Ino me miró con una sutil sonrisa triunfante.
Decidí ignorarla.
A aquella rubia le había gustado pelearse conmigo desde que habíamos conocido a Sasuke. Antes de aquello, tenía lagunas sobre su amistad sincera, pero supongo que nos volvimos tan rivales que, incluso en aquel momento en que yo repelía al Uchiha, ella me sentía como una amenaza.
Pensé en que así era como yo también había tratado a Hinata una vez.
¿Aprendería Ino a darse por vencida de un tipo que apenas le hablaba cuando estaba cerca de él? Me parecía verdaderamente irracional que una mujer se enfrentara a otra por un hombre, y más aún si ese hombre era Sasuke Uchiha.
Solté un suspiro, y me decidí a preparar los libros de la asignatura que tocaba.
Intentaba parecer distraída. Intentaba que no se notara que todavía tenía el vello de mis brazos en punta. Intentaba que nadie se diese cuenta de que mi corazón no había dejado de palpitar con excesiva rapidez.
Ni siquiera yo quería darme cuenta.
Pero mientras Sasuke sacaba sus propios libros con una calma asquerosa, mis ojos no dejaron de robarle miradas furtivas. En contra de mi voluntad. Y a favor de ella.
Me obligué a mirar a mi mesa y, desesperada por encontrar algo que me entretuviera, contemplé las palabras del libro que tenía frente a mis narices. Historia.
Fue entonces cuando recordé algo aún peor de lo que estaba experimentando durante toda aquella mañana. Tenía que quedar pronto con Sasuke para empezar el proyecto de Psiqué y Cupido.
Mierda.
–¡Naruto, utiliza la espada con más precisión, no la dejes caer sin más! –la grave voz del profesor Itachi resonó por todo el gimnasio.
El chico del alocado pelo rubio soltó un resoplido suave. Parecía tan ansioso por concentrarse, que al final solo conseguía desquiciarse.
Entorné los ojos, y casi sentí la misma impotencia que estaba sintiendo él.
Naruto era bueno en kárate. Siempre le había visto realizar los ejercicios correctamente, y cuando en alguna ocasión le había ayudado a sostener un pao de cuero mientras le atestaba patadas, me había dado cuenta de que tenía bastante fuerza.
Sin embargo, las katas con espada no parecían ser lo suyo.
El profesor Itachi le ordenó detenerse y, acto seguido, caminó hasta él. Todos observamos cómo le mostraba la posición de las manos y la tensión que tenía que infligir en brazos y piernas con cada movimiento. Se mantuvo a su lado y le mandó reiniciar las katas; no obstante, en aquella ocasión le frenó en cada paso que daba, y se agachaba y le sacudía las rodillas para recordarle que las flexionara más, y se levantaba y hacía lo mismo con sus codos y sus antebrazos.
Parpadeé seguidamente.
El entrenador Asuma solía ser mucho más pasivo con respecto a la precisión de los movimientos. Era bueno en su trabajo, pero el profesor Itachi exigía perfección en cada ejercicio, en cada desplazamiento, en cada embestida, en cada golpe, en cada patada, en cada puñetazo. Y hasta que sus alumnos no lo consiguieran, repetiría la misma práctica una y otra, y otra vez.
De momento, llevábamos dos días haciendo el mismo ejercicio, y Naruto aún no lo había logrado.
–Me parece que tendrás que largarme pronto esos mil yenes –oí que le decía Kiba a Shikamaru al oído.
El otro chasqueó la lengua con irritación.
Rodé los ojos. Los chicos siempre apostando por ver quién era más torpe entre todos. Era aquello lo que creaban las artes marciales como el kárate: un tremendo afán de competitividad, que les llevaba a mofarse del que más veces se equivocaba.
Nada que ver con el aikido, habría dicho mi abuelo, de estar allí.
Qué gran sabio era.
El entrenamiento siguió su curso, y el profesor Itachi dejó a Naruto practicando solo en una zona más alejada de la pista, mientras sacaba a Rock Lee y a otro chico a realizar las mismas katas. Continuaron de ese modo durante toda la tarde, saliendo en parejas en medio del tatami, y yo permanecí en silencio, cogiendo apuntes en el parte diario de lo que observaba.
En un momento determinado, mis ojos buscaron la figura de Sasuke.
Me preguntaba si ya habría salido a la pista, y me sorprendí al encontrarle sentado en una banca, bastante alejado del grupo. Permanecía muy quieto y en silencio; su semblante era gravemente serio y sus ojos oscuros se perdían en algún punto del tatami. Desde aquella distancia, me pareció estar contemplando una estatua de mármol: la piel pálida y lisa destacaba notoriamente contra el erizado cabello azabache, y el rostro de esfinge dibujaba una expresión inescrutable. Estaba ensimismado, extraviado en los rincones más recónditos de su mente, pero en su expresión detecté un atisbo de malestar, como si hubiera algo que le incomodara.
El profesor Itachi se acercó a él, y contemplé callada la escena.
El mayor de los Uchiha cargaba con dos espadas de madera; cuando llegó a la altura de su hermano, le extendió una de ellas. Sasuke tardó un rato en reaccionar; alzó sus ojos negros hacia la figura del profesor, y en su mirada se percibió un fuerte rastro de desafío. Se levantó con una calma peligrosa, como si calculara los segundos. Su mano se alzó despacio…
… y en un parpadeo, las dos espadas de madera entrechocaron.
Se miraron mutuamente, pero fueron los coléricos ojos de Sasuke lo que provocó un escalofrío en mi espalda.
Todos los alumnos enmudecieron, y los gritos que se despedían en las katas se esfumaron al instante.
–¡Continuad con vuestros ejercicios! –ordenó el profesor Itachi.
Observé a los demás, inquieta; los alumnos se miraban entre ellos con desasosiego. Todos nos estábamos preguntando si estábamos a punto de presenciar una situación seria, o solo algo que formaba parte del entrenamiento. Sin embargo, el equipo decidió proseguir con los ejercicios, tal y como había mandado el profesor.
Mis ojos volvieron a centrarse en los dos hermanos Uchiha.
Transcurrió un único segundo más, y las espadas se separaron para volver a buscarse. Sasuke alzó su arma y el sonoro encontronazo retumbó por todo el gimnasio. Las maderas se mordieron en una sucesión de embestidas furiosas, como si se hubiera desencadenado una danza de zuecos enloquecidos. El profesor Itachi giró sobre sí mismo, en un movimiento que eludió a tiempo el ataque de su hermano. Soltando un grito impetuoso, Sasuke volvió a lanzar otra estocada. Se respondieron repitiendo las arremetidas, pero se movían con una velocidad tan vertiginosa que mis pupilas no alcanzaban distinguir cuándo despegaban las espadas de cuándo volvían a colisionar.
A su alrededor, realizando vagamente sus katas, los alumnos les contemplaban a ambos, en un palpable asombro.
Miré a Sasuke con especial atención.
Me quedé sin aliento al reparar en lo buen luchador que era. Ya me había fijado en entrenamientos anteriores que tenía una gran agilidad, pero hasta ese momento no había entendido lo excelente que era su técnica. Se movía casi sin esfuerzo, de un modo continuo y fluido, como si aquella espada de madera fuera una prolongación más de su cuerpo. No había ni un solo fallo en sus desplazamientos, ni siquiera un mínimo indicio de que fuera a embestir por el lado que no era o a desequilibrarse. Era como una serpiente que se arrojaba precisa y hambrienta contra su presa, esquivando los obstáculos con ligereza, camuflándose con el viento cortante en cada choque.
La garra, la resistencia, la fuerza, la pureza de todos y cada uno de los movimientos de Sasuke me embelesaron.
Y por un instante, creí volver a sentir la devoción que había sentido por él en el pasado.
Sacudí la cabeza, intentando recobrar mi firmeza.
Debía recordarme que era Sasuke Uchiha, el chico que me había demostrado que nunca le había importado. Sabía que ni siquiera se acordaba de mí ni de cuándo nos habíamos conocido de pequeños.
No valía la pena. Tan solo era una cara bonita y un cuerpo que sabía pelear.
Como persona, era mejor olvidarse de él.
Los hermanos Uchiha continuaron enfrentándose unos minutos más, hasta que de pronto el profesor Itachi detuvo la espada de su hermano con una mano, cuando las maderas volvieron a tocarse.
–Basta. Ha sido suficiente –dijo con voz grave.
No había vacilado y tampoco parecía fatigado, pero en su mirada pude notar que necesitaba parar.
Sasuke dejó su espada retemblando en la mano cerrada de su hermano, visiblemente dispuesto a volver a atacar. Su mirada era ardiente, y la severidad del fruncido ceño me preocupó.
–Sasuke, basta –repitió el profesor Itachi, y sentí súbitamente un estremecimiento.
Segundos después, la espada del aludido dejó de vibrar. Poco a poco, sus hombros empezaron a destensarse y su cuerpo se fue irguiendo, mientras adoptaba la rectitud orgullosa de su columna vertebral.
Fui consciente solo entonces de que la clase entera se había detenido, tan expectante como yo observando la escena.
Tragué saliva.
–Bien, chicos, por hoy es todo –sentenció un rato después el profesor Itachi.
El gimnasio se mantuvo en un silencio sepulcral; únicamente el rumor de los keikogi al caminar agitó la atmósfera de mutismo. Con cierta confusión, todos se encaminaron hacia los vestuarios, y yo permanecí quieta, todavía atenta a los Uchiha.
El profesor Itachi y Sasuke continuaron en el sitio unos segundos más; luego, el segundo decidió marcharse a los vestuarios, como el resto había hecho. Desapareció tras las puertas, y seguidamente, el mayor de los Uchiha caminó en mi dirección. Adiviné enseguida que venía buscando su macuto.
Cuando estuvo a solo un metro de mí, descubrí que su estrecha frente brillaba por el sudor; los cabellos oscuros le caían húmedos a ambos lados del rostro fino y anguloso. Y cuando bajé la mirada hacia sus manos, que deslizaban la cremallera de la mochila, me di cuenta de que la palma de la derecha le sangraba.
–¡Profesor Itachi, está herido! –exclamé involuntariamente.
El aludido se miró el rasponazo en silencio.
–No tiene importancia –y continuó con su macuto.
Le miré preocupada. Recordé enseguida el mini botiquín que solía llevarme al instituto, y pese a las palabras del profesor, me levanté de la banca y me acerqué apresuradamente a mi mochila, algunos metros más alejada. Como no tenía tiritas lo suficientemente largas para aquel raspón, cogí unos algodones, un esparadrapo, una botella pequeña de agua, un frasco pequeño de jabón y otro de antiséptico. Regresé rápidamente junto al profesor, que estaba bebiendo agua de su botella.
–Deme su mano, por favor, profesor Itachi –le pedí.
Aquel hombre de la larga coleta me miró desconcertado; sus ojos oscuros advirtieron mis manos ocupadas.
–No es necesario que…
–Insisto.
Tardó un poco en decidirse, y finalmente, se agachó junto a mí y me extendió su mano, con cierto titubeo.
–Se ve que estás familiarizada con esto –comentó, mientras me observaba echando agua y jabón sobre un algodón fino.
–Tengo una tía médica, y llevo tiempo haciendo cursillos de primeros auxilios para menores de edad –dije, limpiando la sangre del rasponazo de su mano, en primer lugar.
Su piel era un poco rugosa; la piel que tenían los hombres que acostumbraban a coger armas o a trabajar con objetos ásperos.
La piel que esperas encontrar en un obrero, no en un niño rico.
El profesor Itachi intentó contener su expresión de desagrado cuando apliqué el antiséptico sobre la herida.
–¿Tienes pensado dedicarte a esto? –me preguntó.
–De hecho, el motivo principal por el que quise entrar en este instituto es la recomendación que ofrecen a la Universidad médica de Tokio. Sé que el Konohagakure tiene muy buenas relaciones con ella, y yo quiero convertirme en doctora.
Me detuve, sobresaltada. Pero ya era tarde. No tenía ni idea de por qué lo había hecho, pero acababa de confesar mi gran sueño a alguien que apenas conocía de unos días.
Solté la mano del profesor Itachi, ya atendida y vendada, y él me sonrió.
–Es una meta admirable, Sakura-chan… ¿Te puedo llamar así?
Alcé la mirada hacia él, y contemplé sus rasgados ojos amables. Entre sus palabras y la sonrisa tan gentil que me dedicó, me sonrojé inevitablemente. Asentí con la cabeza, con un profundo bochorno recorriéndome las extremidades, y noté que mis brazos y mis piernas se tensaban. Aquello me había turbado un poco. Había pasado mucho tiempo desde que un profesor otorgaba el cariñoso –chan a mi nombre.
Sin embargo, en cierto modo, me sentí calmada. Pensé en que no era tan horrible que aquel hombre se enterara de cuál era mi sueño.
Al fin y al cabo, además del hermano de Sasuke, también era profesor.
Mi profesor.
Tras las intensas clases de aquel día, me sumergí en una ajetreada jornada de trabajo. Por alguna razón, aquella tarde-noche parecía que el número habitual de clientes en el karaoke se había multiplicado, y tuve que llevar los pedidos de una habitación a otra, sin parar. Me había tocado el turno más horrendo de todos: no podría salir de allí hasta las diez y media.
Transcurrió una hora muy agitada hasta las nueve, y mi estómago comenzó a rugir por el hambre. Por fortuna, ya había llegado mi media hora de descanso para cenar.
Me apreté el pañuelo aún más a la cabeza y, soltando un suspiro de desahogo, me encaminé hacia la cocina.
–¡Sakura-san, aquí estás! –escuché de pronto.
Me giré y encontré a uno de mis compañeros de trabajo corriendo hacia mí con desesperación. Cargaba una bandeja con dos vasos de refrescos encima, que procuraba no derramar, a pesar de las prisas.
–¿Sería mucho problema si llevas este pedido por mí? Necesito ir al servicio urgentemente.
Miré a mi compañero con un poco de sorpresa.
–Pero…
–¡Muchas gracias, Sakura-san! ¡Cuento contigo! –dijo apresuradamente, dejando la bandeja entre mis brazos.
No me dio tiempo a replicar, él dio media vuelta y echó a correr como una centella hacia el cuarto de baño, con las manos tapándose el trasero. Solté un resoplido. Entendía que un apretón era involuntario, pero yo solo tenía media hora para comer.
Decidí acabar con aquella situación lo antes posible y leí la nota que me había dejado sobre la bandeja: habitación 107. Aliviada al saber que no quedaba muy lejos de allí, me encaminé hacia mi destino. Doblé la esquina del tramo final del pasillo, a la derecha, y pasé por delante de un par de puertas donde, a pesar de no percibirse sonido alguno, sabía que detrás habría alguno o algunos cantando a lo loco Ai wo torimodose o Gatchaman.
A mí nunca me había gustado demasiado el karaoke. No se me daba mal cantar, gracias a que mi padre me había enseñado a tocar la guitarra y a entonar de pequeña; sin embargo, aquello de reunirse con muchos amigos y hacer un espectáculo delante de todos con tu canción favorita no era lo mío. Me ponía nerviosa cantar delante de tanta gente. Tan solo podía hacerlo con los niños y los ancianos del hospital.
Volví a suspirar.
Qué ironía que hayas terminado trabajando aquí…
Llegué finalmente a la habitación a la que le había correspondido ir a mi compañero; no había estado allí en toda la noche. Apenas habían pedido un par de refrescos, por lo que imaginaba que ya estarían servidos de comida y bebida.
Entonces, me dispuse a abrir la puerta de forma normal, tal y como había estado haciendo con el resto de habitaciones. No llamé; era normal que un camarero entrara en aquellas habitaciones para dejar los pedidos. Y tampoco abrí despacio; era normal pensar que me apresurara en cumplir con mi trabajo.
Pero lo que encontré allí dentro no fue, en absoluto, normal.
La televisión estaba encendida, con una canción en funcionamiento que nadie estaba interpretando; fue lo primero en lo que me fijé. En la mesa había algunos platos vacíos, con ciertos restos de pollo frito y judías verdes. La luz estaba claramente encendida; aquella luz amarillenta que otorgaba un aire extrañamente íntimo a los sofás rojos y la moqueta estampada.
Y sobre uno de dichos sofás, mis ojos captaron rápidamente dos cuerpos.
Una chica de larga melena caoba de espaldas, cuyas caderas se movían de un modo fluctuante sobre las piernas de un chico, el cual ocultaba su rostro entre los voluptuosos pechos de ella.
Eran solo dos.
Dos que practicaban sexo en una de las salas de un karaoke de Tokio.
Y cuando el muchacho movió la cabeza para mirar a la chica de la melena caoba, mientras sus manos acariciaban en incitantes círculos sus nalgas y le provocaban suaves gemidos de placer, sentí que me quedaba sin aire.
Identifiqué el rebelde cabello regaliz, la nariz recta, la boca dibujada, los ojos negros rajados en el lagrimal y las comisuras, la piel nívea como el mármol.
Era inconfundible.
–Sasuke… –se me escapó en voz alta.
Apenas fui consciente del instante en que la bandeja se me resbaló de las manos.
