NOTAS DE AUTOR

¡Muy buenas a todos!

Aquí vuelvo otra semana más con un nuevo capítulo de esta humilde historia de escritora aficionada. Agradezco de corazón los mensajes que me habéis enviado por privado. No esperaba que verdaderamente fuera a gustaros tanto lo que escribo, pero espero que sigáis disfrutando como hasta ahora y mucho más.

La trama empieza a desplegarse poco a poco. Hasta este momento habéis conocido solo los pensamientos de la rutina diaria de nuestros queridos protagonistas Sasuke y Sakura, pero ahora las cosas comienzan a tomar otro color. Quizás un color de esos pegajosos que se os quedan en la ropa y ya no hay forma de que salgan, por más que lo lavéis. Ojalá tenga este efecto para vosotros, queridos lectores de FanFiction, jejeje.

Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.

Sin más, ¡a seguir disfrutando!


6. PASATIEMPO

El estruendo de un cristal haciéndose añicos, por alguna razón, era algo que había estado esperando de un momento a otro.

–¡Oh, mierda! –exclamó Fûka, pegando un brinco y desmontándose de mis piernas.

Capté en una ojeada que se abotonaba la blusa apresuradamente.

–¿Es que no sabes llamar? –soltó molesta hacia la persona que había interrumpido nuestro genial calentón.

Giré la cabeza hacia la puerta, preguntándome quién había sido tan despistado como para no llamar antes de entrar. Y fue en ese preciso momento cuando la reconocí.

–Ah, Sakura –dije con voz neutral.

La chica que tenía como compañera de pupitre estaba allí, con un pañuelo en la cabeza que ocultaba parcialmente su llamativo pelo rosa y el uniforme color caqui característico de aquel karaoke. Tenía una expresión trastocada, y sus ojos verde jade estaban tan abiertos, que por un segundo me los imaginé cayéndose al suelo. Se había quedado petrificada.

La contemplé con inapetencia –su apariencia de monja hortera la acompañaba incluso cuando trabajaba–, y sentí inmediatamente cómo se me iba bajando la erección.

–¿La conoces, Sasuke-kun? –me preguntó Fûka, con una nota de palpable indignación en la voz.

–Sí –me limité a responder.

Miré a la chica de la melenita castaña rojiza, y descubrí que sus afilados ojos azul oscuro se entornaban bajo el fuerte ceño fruncido; su boca contraída provocó que el lunar que tenía debajo se alzara. Nunca la había visto tan cabreada.

–¡Eres una incompetente! ¿Qué haces todavía ahí mirando? ¿Acaso esperabas unirte? ¡Acabas de reventarnos un polvo! –empezó a gritar.

Entrecerré los ojos. Odiaba cuando las chicas se volvían tan chillonas.

–Pe-perdón –se disculpó Sakura con torpeza.

Volví la cabeza para mirarla. Aún conmocionada, se agachó dispuesta a recoger los trozos de cristal del suelo y a ponerlos en la bandeja; sin embargo, un instante después, se detuvo. Fruncí el ceño, extrañado; parecía como si acabara de despertar de su instantáneo trance. Se levantó y, de pronto, nos lanzó una mirada decidida.

La misma mirada que me había dedicado cuando le pedí que me cambiara el sitio en clase.

–Lo siento, pero esto no es un Hotel del Amor. Si desean satisfacer sus necesidades, pueden pagar la cuenta y marcharse –nos soltó.

Advertí la exclamación ahogada de Fûka a mi lado, y noté el ambiente repentinamente más cargado.

Menuda tía más problemática… ¿Cómo puede soltar las cosas tan a bocajarro?

–Pero ¿quién te crees que eres para decirnos lo que podemos o no podemos hacer? ¡Si quiero follar aquí, follaré, pedazo de imbécil! –espetó la del pelo caoba.

Sus palabras no me agradaron del todo. Había sido demasiado ofensiva.

–Fûka-senpai –intervine, en un tono lo suficientemente evidente como para que comprendiera que tenía que calmarse.

Ella me miró con una expresión anonadada en su rostro de diamante.

–¿Por qué me llamas la atención? ¿Acaso yo tengo la culpa?

–En realidad, sí. Ha sido idea tuya lo de hacerlo en un karaoke.

–No parecías contrariado mientras te frotaba el paquete…

–Si me lo ofreces sin reservas, ¿por qué debería negarme?

La chica de la melena caoba me lanzó una mirada de cólera; no obstante, no me dijo nada. Volvió a mirar a Sakura, y en el brillo fiero de sus ojos pude detectar la frustración y la furia que sentía. El triple de grande que la mía.

–¡Tú, mocosa! ¡Tú eres la culpable de esto! –casi escupió; me pareció que toda la belleza y la sensualidad por la que la conocía se esfumaban, como si todo ese tiempo hubiera tenido una bestia escondida en su interior–. ¿Cómo coño no se te ocurre que en una sala tan íntima como esta puede haber dos personas follando? ¿Tus padres no te dieron más dedos de frente? Somos tus clientes. Nunca debes molestarnos. Entendería que alguien como tú recibiera alguna subvención, porque eres tan retrasada que jamás se te ocurriría que hay gente a la que le gusta tener sexo en público, ¿verdad? Es algo nuevo para ti, ¿cierto? Imagino que algo que, en tu situación de desigualdad mental, jamás tendrás.

Esbocé una media sonrisa. Indiferente. Fría.

Había sido suficiente.

–Fûka-senpai, creo que es hora de que te vayas –solté.

Mi voz había sido impasible, clara, contundente. Moví los ojos hacia ella, y examiné su expresión de absoluta incredulidad. Esperaba que no me hiciera repetírselo dos veces.

–Sasuke-kun…, ¿lo dices en serio? –susurró estupefacta.

Asentí con la cabeza en silencio, sin alterar mi semblante inexpresivo. Ella me contempló boquiabierta unos segundos más; luego, se volvió hacia Sakura. Pero aquella vez guardó silencio, y se limitó a atravesarla profundamente con la mirada. Aquel gesto me aborreció aún más.

Era repulsivo que una chica humillara a otra más joven.

Estás en la universidad, joder. Acabas de perder todos los papeles.

Transcurridos unos segundos, Fûka cogió su bolso, que estaba en el extremo opuesto del sofá, se levantó, se reajustó la minifalda y se encaminó hacia la puerta. Pasó junto a Sakura, mirándola con un profundo desdén, y se detuvo a su lado un instante.

–No me voy a olvidar de esto, mojigata –oí que le murmuraba.

No añadió nada más, y finalmente se largó.

No comprendía por qué se había tomado tan a mal la presencia de la peli-rosa. Cierto era que nos había pillado desprevenidos –no era agradable que se quedaran mirándote mientras estabas en pleno lío–, pero tampoco era la primera vez que nos encontrábamos en esa situación.

Tuve la sensación de que haberle dicho que Sakura era mi compañera de clase le molestaba, como si fuera una amenaza.

Pero ¿qué podía haber en ella que se percibiera como una amenaza?

Era larguirucha, una pésima fanfarrona, empollona y, encima, una friki de pelo rosa que decía que era natural. Para más inri, me había dado cuenta de que era una pesada, aunque no sabía si etiquetarla en el prototipo de «fan enloquecida que pretende hacerse la dura» o en el de una patosa innata.

Solté un sonoro y largo suspiro, y al ver que ella volvía a recoger los trozos de cristal del suelo, me levanté del sofá y caminé en su dirección.

–Después de esto, podría decirse que eres experta en interrumpir momentos interesantes de los demás –comenté, quedándome de pie a su lado. No la ayudé.

Ella no me miró, pero era evidente que me había escuchado.

–Tus momentos interesantes pueden cumplirse en un sitio diferente a este. Como ya he dicho, hay hoteles donde la gente va a hacer estas cosas –respondió con cierta tirria. Hizo una breve pausa y entonces preguntó–: ¿No estabas con Naruto y Hinata?

Las comisuras de mis labios se elevaron ligeramente. Noté que estaba un poco alterada cuando, al poner uno de los cristales sobre la bandeja, su mano tembló.

–Como no venías, tu amiga decidió dejarlo para otro día, y el dobe y el resto de los que venían con nosotros han estado aquí hasta hace solo una hora. ¿No te has encontrado con él?

Esperé unos segundos a ver si me respondía, y al comprender que no iba a suceder, la observé un poco más. Me divertía comprobar que estaba agitada por la situación que acababa de vivir.

–Tampoco deberías escandalizarte con esto –continué–. Imagino que no hemos sido los primeros que has visto.

–¿Los primeros en qué?

–En enrollarse en este karaoke, obviamente.

Sakura se ruborizó.

–¿Lo hemos sido? –inquirí, un poco indiferente. Rodé los ojos con aburrimiento–. Bueno, aún así, tu reacción ha sido exagerada. ¿Por qué te has quedado parada? Ni que fuera la primera vez que ves una pareja follando.

Un penetrante silencio absorbió el ambiente, y yo me quedé mirándola comprendiendo.

–¿Eres virgen?

El repiqueteo que producían los cristales ante el contacto con la bandeja metálica cesó de repente. Sakura permaneció agachada en el suelo durante unos segundos; luego, se movió en cuclillas hasta la mesa de té y empezó a recoger los platos sucios que había en ella.

Seguía sin mirarme.

–Vaya, la verdad es que no me sorprende.

Mis palabras surtieron el efecto que había deseado. Aquella chica de media melena rosa pastel y ojos del color de la esmeralda levantó la cabeza finalmente. Me lanzó una mirada cargada de rabia; su amplia frente parecía haberse hecho incluso más grande por el ceño apretado.

–Lo que yo haga o deje de hacer con mi vida no es asunto tuyo, Uchiha –gruñó.

Arqueé las cejas.

¿Otra vez se atrevía a desafiarme?

Observé con detenimiento su rostro, y mientras pensaba en lo verdadera e imperceptiblemente bonito que era –a pesar de la furia que lo corroía–, detecté que una de sus cejas perfiladas temblequeaba un poco en el ceño. Estaba nerviosa. Le había puesto nerviosa.

Lentamente, me agaché junto a ella.

–¿De veras crees que ahora tu vida no me incumbe? Has chafado uno de los polvos más esperados de mi semana, y estoy considerando seriamente devolverte la gracia –amenacé con voz fría.

–¿De qué hablas, Uchiha? –Sakura no apartó su expresión desafiante.

Esbocé una sonrisa maquiavélica.

–Espero que entiendas la situación en la que te encuentras. A mí nadie me arrebata lo que tengo en mi poder, y quien osa hacerlo, se arriesga a compensarme. Así que, dime, Sakura –enfaticé su nombre como si lo acariciara–, ¿cómo piensas pagar esta maravillosa hora de sexo que me has quitado?

Inmediatamente, las redondeadas mejillas de la peli-rosa se tiñeron de un intenso rubor. Se quedó inmóvil, mirándome con sus grandes ojos desorbitados y la boca tensa.

–Pe-pero ¿qué dices? ¿Cómo quieres que te pague…? ¿Qué?

Ladeé la cabeza, contemplándola con intensidad, tanto que ella sintió la necesidad de desviar la mirada. Me di cuenta de que le había afectado, y su respuesta había sido tan ambigua que me había dado la oportunidad perfecta para jugar un poco más.

–Sabes a lo que me refiero, Sakura –volví a pronunciar su nombre del mismo modo que antes–. Una hora de sexo maravillosa que me has censurado y que debes recompensarme. ¿Y cómo crees que se hace eso?

Ella frunció de nuevo el ceño y su sonrojo pareció acentuarse.

Fue entonces cuando empecé a notar un conocido calor en mi vientre.

Aquella expresión de mosqueo, repentinamente encantadora: con el sonrosado de su piel avivándose, las densas pestañas asemejando un abanico de plumas desplegado y la boquita llena estremeciéndose por la impotencia, hizo que me sintiera curioso.

Siempre la había visto a la defensiva cuando le hablaba.

Siempre la descubría mirándome en la distancia, y un momento después, haciendo como la que piensa en las musarañas.

Siempre se hacía la fuerte delante de mí, pero, en el fondo, era débil como todas.

Una sabihonda ordinaria y molesta que intentaba ponerme en evidencia constantemente. Había mandado incluso a la mierda a mi senpai por ella. Había sido la culpable de que aquella buenorra universitaria que adoraba sacara su lado más oscuro, y me hubiera visto obligado a echarla.

Pero en aquel rostro pillado con la guardia baja lo encontré.

La pizca de atractivo que me hacía falta para iniciar mi revancha.

–Lo siento, pero no voy a pagarte nada, Uchiha.

Y al oír cómo pronunciaba mi apellido, no esperé un segundo más.

Mi boca se estampó en la de Sakura, como el sello que se imprime sobre un juramento. Sentí aquellos labios muy cálidos, casi candentes: dos almohadillas convertidas en fuego al contacto con los míos. A través de mis ojos entrecerrados, pude comprobar lo impactada que estaba. Todos los músculos de su cara se tensaron, con sus ojos muy abiertos: dos platos plagados de estupor.

La estaba besando, de improviso, sin señas previas que le hubieran permitido prepararse. Mis manos sostenían su rostro, sintiendo con nitidez el fuerte ardor de sus mejillas. Me estaba haciendo con el control de su cuerpo y su respiración azorada me cosquilleó en la piel.

Su aturdimiento me excitó. La tenía a mi merced; podía hacer lo que quisiera con ella. Era suave y frágil, casi como un gatito que tiembla bajo la lluvia. Era dulce y ácida al mismo tiempo, como el sabor de una manzana bañada en caramelo.

Presioné un poco más mis labios contra los suyos e intenté deslizar sutilmente mi lengua hasta el interior de su boca rígida, sin apartar la mirada de ella. Quise saborearla, bebérmela hasta vaciarla. El brillo de sus ojos era más intenso que nunca, y adiviné que tenía el corazón desbocado. Por alguna razón, aquella piel blanca y pecosa, aquellos pómulos llenos, el trazo de aquella nariz respingona, la silueta redondeada de las cejas cortas y finas, el lagrimal inmaculado de sus ojos almendrados…, todo en ella comenzó a resultarme extrañamente tentador.

Como si detrás de aquella apariencia simplona se ocultara un mundo de placer.

Entonces logré que mi lengua tocara la suya…

… y de pronto me vi despedido hacia atrás.

Abrí los ojos de par en par, casi tanto como estaban los de ella, y la miré estupefacto. Todo el universo de lujuria que me había invadido se desvaneció al instante.

Me había empujado.

Y vaya si lo había hecho.

Había tenido que poner ahínco en los brazos para evitar caerme de cabeza hacia atrás.

¿De dónde coño saca esa fuerza?

–¡Paga o no la cuenta, pero lárgate! –me gritó.

Alcé la mirada hacia ella y lo que vi me turbó por un momento. El efecto de mi beso había calado en sus huesos, y aunque tenía un puño preparado, no fue capaz de realizar ni un solo movimiento más. Pude cerciorarme de la respiración desenfrenada en su pecho, que subía y bajaba muy deprisa. Sus ojos verdes me miraban con una mezcla de espanto y timidez, como no pudiera decidirse sobre qué sentir. Y advertí que estaban ligeramente húmedos; sus lágrimas amenazaban con resbalar por sus mejillas.

La había asustado. Y la había emocionado. Y la había excitado. Y la había desarmado.

Y había estado a punto de hacerle llorar.

Pero ella, una vez más, pese a que nunca pudo descargar aquel puñetazo sobre mí, pese a que el llanto no se desprendió de su garganta, me había rechazado.

Sus palabras lo habían demostrado, de sobra.

Me mantuve en silencio, inmóvil un rato más, hasta que decidí que era el momento de terminar con aquella situación. No pronuncié palabra, me levanté del suelo y saqué la billetera del bolsillo del pantalón. Dejé el dinero sobre la mesa de té, junto a una Sakura que continuaba mirándome conmocionada, y sin concederle más atención, di media vuelta y salí de aquella habitación. El rumor de la televisión encendida se fue apagando poco a poco a mis espaldas.

Por enésima vez desde que la conocía, no podía entenderlo.

Había estado seguro hasta entonces de que era una de mis «admiradoras», sobre todo por lo que había mencionado aquella vez Ino. No podía haber otra explicación a sus miraditas furtivas en las clases.

Y sin embargo, acababa de besarla, creyendo que me estaba apoderando de sus debilidades; creyendo que podía derrocar su férrea resistencia y su fingido desprecio hacia mi persona. Y ella me había alejado con un empujón; un empujón que me había infligido con todas sus fuerzas. Y aunque había tenido preparado aquel puño, no intentó siquiera propinármelo. Y había puesto esa desoladora cara…

Sacudí la cabeza, intentando despejar de mi mente aquellos ojos acongojados.

Es demasiado terca, un completo fastidio.

Aquel fastidio de mujer había vuelto a enfrentarse a mí.

Ninguna chica se había atrevido nunca a negarme el contacto físico.

En fin, no tiene sentido si es a la fuerza

Irritado, solté un resoplido y, cuando salí del karaoke, eché a andar hacia el oeste de la ciudad. Me obligué a pensar en todo aquello como un mísero traspiés de aquel fantástico viernes, y recordé rápidamente lo que me esperaba para el resto de la noche.

Temari debe de estar ya abriéndose de piernas esperándome.

Cuadré los hombros y pisé con fuerza sobre la acera. Aunque no había podido cepillarme a Fûka antes de encontrarme con la rubia de las coletas, por lo menos sabía que tenía asegurado un fin de semana cargado de placer y sexo sin descanso.

Y ninguna peli-rosa amargada y frígida me lo arruinaría.

Como había predicho, aquel fin de semana de abril fue inolvidable. Me había follado a Temari día y noche sin parar, en cada rincón de la casa que compartía con sus hermanos: en su cama, en el sofá, en la ducha, en la cocina, en el balcón… Solo nos habíamos detenido para comer –terminando en otros polvos desenfrenados– y para dormir algunas horas que nos permitieran recobrar un poco de energía.

El cuerpo de Temari era un paraíso de deleite, un edén de erotismo que provocaba en mí un deseo ilimitado. A veces, era incluso mejor que hacerlo con mi senpai. El interior de su vulva era más suave, más caliente, más tierno, como colchones húmedos de pasión. Su boca era sabrosa, más apetitosa que cualquier plato celestial, y su lengua era el postre más exquisito que había probado hasta entonces.

Me encantaba saber que no se cansaba. Aunque mi miembro se infiltrara en cada recoveco de su figura, por estrecho que fuera, ella nunca me detenía, y siempre parecía querer más y más.

Pero lo que más me gustaba era comprender el poder que me estaba otorgando al entregarse de forma tan insaciable a mí. Era la hermana mayor del capullo más grande que podía existir en mi instituto. Y aunque la primita de Neji Hyûga no correría la misma suerte –por respeto al idiota de Naruto–, con Temari bastaba para satisfacer mis ansias de quedar por encima de todo el que me tocara las pelotas. Aquel enano pelirrojo de Gaara podría ladrarme todo lo que quisiera, pero siempre se la devolvería haciendo que su hermana se corriera de espaldas sobre la mesa del comedor.

Era una suerte para Temari que el sadomasoquismo no fuera lo mío, porque creo que ya tuvo suficiente con todas las posturas y formas en las que la penetré desde el viernes por la noche hasta el domingo por la tarde.

Regresé a casa aquel último día entre bostezos; el cansancio embargaba cada centímetro de mi cuerpo. Había sido un fin de semana tan movidito que apenas podía sentir mis extremidades, y me pregunté si no había perdido un poco de sensibilidad en el pene. Había sufrido tanta fricción bajo los preservativos que casi no diferenciaba el frío del calor.

De nuevo, Itachi no estaba en casa; Izumi parecía estar llenando sus horas muertas con charlas que solo podían interesarle a él. Entré en mi habitación y tiré mi riñonera sobre el escritorio; luego, me dejé caer sobre la cama con un largo suspiro. Estaba tan fatigado que solo tenía ganas de meterme bajo las sábanas y dormir hasta la tarde del día siguiente. Sin embargo, sabía que aquel último deseo no podría cumplirse esta vez.

Aparte del instituto, el lunes tenía revisión de la vista muy temprano.

Dejé la mirada perdida en la penumbra del techo, sintiendo una honda pesadez ante aquella idea. Hacía algunos años que los médicos me llevaban advirtiendo de la amenaza de un desorden en mis genes que podría dejarme sin visión, parcial o completamente. Lo llamaban retinosis pigmentaria, y se podía decir que era un conjunto de enfermedades oculares transmitidas de forma hereditaria.

Mi madre la padecía.

Los últimos años que la había visto, recordaba, la estaba padeciendo.

Pero llevaba tanto tiempo ignorando su paradero que nunca había contemplado la posibilidad de preguntarle nada al respecto.

No era seguro. Era posible que a mí no me sucediera. Pero según mi predisposición genética, si alguien en la familia iba a sufrirlo, ese sería yo.

Ni siquiera Itachi.

Ni el cabrón de Itachi podría ser castigado con la misma mala suerte por una vez.

Me removí incómodo sobre el colchón y me incorporé. Haber evocado el rostro de mi madre no era algo que me agradara del todo. Menos cuando conocía de primera mano el legado que me estaba dejando. Sentía que podía ver con tanta nitidez todo, que una parte de mí esperaba que aquel privilegio no me fuera arrebatado jamás.

Ya serían demasiadas sorpresas desagradables las que me estaría regalando mi madre en la vida.

Aquella noche apenas cené y me acosté muy temprano, dejando la alarma puesta para que me despertara por la mañana. Pero cuando sonó a las 7:00, creí que era una pesadilla. Me había parecido como si hubiese dormido solo cinco minutos, y tuve que obligarme de mala gana a despegarme de las sábanas y a arreglarme. Pillé un plátano y salí pitando hacia el hospital. No quedaba muy lejos de mi casa, y para mí no era un problema ir andando; me gustaban los lujos, pero prefería llegar a los sitios por mi cuenta, sin necesidad de que me llevara nadie. Cuando cumpliera la mayoría de edad, bastaría con tener una moto con la que poder desplazarme más deprisa.

El oftalmólogo tardó una hora en hacerme todos los análisis que necesitaba para mi diagnóstico.

–¿Has tenido algún episodio donde se te emborronara la vista? –me preguntó cuando acabó con la última de las pruebas.

Digo yo que es normal que se te emborronen un poco los ojos cuando estás en pleno éxtasis sexual.

–No –contesté con voz neutral.

–Bien, de momento es buena señal –contestó.

Aunque no fue un comentario demasiado detallado, sentí un alivio inmenso recorriéndome de arriba abajo. Perder aunque fuera un poco de visión me inquietaba, sobre todo, por los recuerdos que conservaba del día en que mi madre empezó a perder la suya.

Todo lo que sucedió después, como consecuencia de aquello, es ya lo último que un niño desea experimentar en su vida.

Cuando terminé con la revisión, me encaminé hacia el instituto. Iba una hora tarde, pero lo cierto es que no me preocupaba. Bostecé mientras caminaba con calma hacia mi destino. La siguiente clase era con Kurenai, la esposa del entrenador Asuma del Club de Kárate, según me había contado Naruto. Estaba seguro de que ella había influido en el hecho de que el instituto ayudara a poner un sustituto para aquel entrenador inepto; por tanto, era culpable de que ahora viera a Itachi tan a menudo. No me caía demasiado bien…

Al llegar al instituto, abrí la puerta corredera del aula y entré sin miramientos, tranquilo al saber que estaban en el cambio de clase.

–¡Sasuke-kun! –exclamó Ino nada más verme.

Saludé con un gesto de la cabeza sin molestarme en abrir la boca, y ella se pegó a mis talones como un perrito faldero mientras me dirigía a mi asiento.

Mis ojos buscaron casi al instante la figura de Sakura, solo un par de metros en el siguiente pupitre, y endurecí el rostro cuando pasé a su lado. No me miraba. Miraba absorta hacia la amplia ventana, lo que provocó un profundo sentimiento de envidia en mis entrañas. Envidia e irritación.

¿De verdad esta estúpida no se ha percatado de mi presencia?

Dejé arrastrar la silla sonoramente cuando fui a sentarme.

–Sasuke-kun, ¿por qué has faltado a la primera hora? ¿No te encontrabas bien? –me preguntó en ese momento Ino, poniendo una ridícula voz aniñada.

No me ponía nada cuando las chicas hacían eso.

–Tenía que hacerme una revisión médica, nada importante –resumí.

–¿Y todo bien? Infórmame en cuanto sepas los resultados.

Obviamente, no lo haría.

La rubia platino de la interminable coleta alta guardó silencio unos instantes, pero no tardó mucho en intentar sacarme conversación de nuevo. Lanzó una rápida mirada a Sakura, y luego volvió a posar sus ojos celestes en mí.

–Por cierto, Sasuke-kun, ¿cómo llevas el trabajo de Historia? El profesor Kakashi ha dicho en la clase anterior que tenemos que darle un documento con la información que hemos recopilado hasta ahora.

Ya empiezan a tocarme los cojones con los trabajitos de los huevos

Miré por el rabillo del ojo a mi compañera pelo-chicle. Ya no escrutaba el horizonte o lo que fuera que había llamado su atención en la ventana. Se había vuelto al frente de la mesa y sus ojos caían sobre sus manos con ambigüedad.

Mis pupilas se detuvieron un momento en los labios de Sakura. Debía reconocer que era una boca curiosa, como una golosina no muy azucarada; que no solo conservaba la forma, sino también el sabor. ¿Estarían tan cálidos como el viernes?

–Sasuke-kun, ¿me escuchas?

Miré a Ino directamente, por primera vez desde el rato que llevaba hablándome.

–No llevo el trabajo de ninguna forma, aún no he empezado nada de él –repuse ignorando su tono indignado.

La rubia me miró en silencio, de una manera extraña, como si pretendiera adivinar lo que pensaba; luego, alzó la mirada de nuevo hacia Sakura. De pronto, su entrecejo se cerró en un ceño fruncido, y giré la cabeza en la dirección que estaban enfocando.

Sakura se acercó a nosotros con cierta vacilación.

Se detuvo delante de mí, y aunque sostuvo mi mirada más segundos de los que había esperado, sus ojos se movieron hacia algún punto del aula.

–Necesito hablar contigo –dijo.

Aunque no mencionó siquiera mi apellido, como solía hacer, sabía perfectamente que se dirigía a mí.

–Sakura, él y yo estamos ocupados hablando –saltó Ino, visiblemente celosa–. ¿Podrías decírselo más tarde? No es de buena educación interrumpir a la gente.

La rubia y la peli-rosa intercambiaron miradas de hostilidad entre ellas, pero la segunda no tardó en darse por vencida. Sus ojos volvieron a centrarse en mí.

–Es importante –puntuó.

Procuré que mi semblante permaneciera inexpresivo, pero en mi fuero interno me resultó ligeramente satisfactorio que se dirigiera a mí. O más bien, que me necesitara para hablar sobre algo. Especialmente el hecho de la necesidad de hablar conmigo.

Como suponía, no va a seguir fingiendo después de ese beso.

–Bien –dije, y acto seguido, me levanté de mi asiento.

Percibí la mirada perpleja, casi dolida, de Ino mirándonos de hito en hito. Aquello me irritó; no me gustaba nada cuando se ponía tan celosa, hasta el punto de parecer que de verdad estaba sufriendo.

–Sasuke-kun…

–No me llevará mucho –la interrumpí rápidamente.

No pasé por alto que sus ojos se encendían de emoción, probablemente porque había notado que me incomodaba su malestar. Al menos así no sentiría ni una pizca de remordimientos por mi parte.

Seguí a Sakura hasta la puerta y salimos al pasillo, sin alejarnos mucho del aula. Como le había asegurado a la rubia, supuse que no tardaríamos mucho; Kurenai solía ser puntual, y la pelo-chicle no parecía el tipo de persona que se permitiera llegar tarde.

Apoyé los codos en el marco de una ventana y, transcurridos unos segundos en silencio, miré de reojo hacia donde se había quedado Sakura: inmóvil y un poco alejada de mí.

–¿Y bien? –solté con voz apática.

Ella tardó un poco en mirarme.

–Hay que empezar a reunir información para el trabajo –espetó con firmeza.

Arqueé una ceja.

Me puse de espaldas a la ventana, y mientras me cruzaba de brazos, mis ojos escanearon la figura de Sakura de arriba abajo. Ella me miraba con su característica determinación, pero el contraste con la austeridad de su falda alargada y el cuello apretado de la camisa me chirriaba la visión.

Volví a detenerme en su boca. Tenía unos labios realmente sensuales.

¿Por qué coño tiene que ser tan monja y repelente?

Esbocé una media sonrisa y mis ojos atravesaron los suyos.

–Pensaba que querías hablar conmigo sobre lo que ocurrió el viernes.

Noté inmediatamente que sus piernas se tensaban.

–No hay nada de lo que hablar sobre ese día; lo importante es el trabajo que tenemos que hacer, Uchiha.

Sostuvo mi mirada penetrante, pero percibí un ligero temblequeo en la comisura de su boca. Me acerqué a ella despacio y di un rodeo a su alrededor, examinando cada tramo de su figura, mientras me acariciaba el mentón en una burlesca actitud de juez. Ella me siguió con la mirada y frunció el ceño cuando comprobó que mis ojos frenaban un par de segundos en su trasero. Me había dado cuenta de que no estaba mal del todo; es más, ahora que la observaba con atención, no me dio la impresión de que su cuerpo fuera tan flacucho y aburrido como había creído. Tenía unas pantorrillas bien formadas y su culo parecía redondito.

–Pero ¿se puede saber qué estás mirando tanto? –protestó cabreada.

–Me he quedado con muchas ganas de saber lo que hay debajo de esa ropa tan recatada que llevas siempre, Sakura –repliqué, colocándome de nuevo frente a ella.

El rostro de la chica del pelo rosa se tiñó de un rojo escarlata.

–¿Qué estás hablando? Te-te he dicho que no te dirijas de forma tan directa a mí –balbució.

–¿Qué tal «Sakura-chan»? –sugerí en tono sarcástico.

Odiaba utilizar aquel sufijo con las chicas, pero era típico de un galán hacer esas cosas. Si quería divertirme un rato, bastaba con rebajarle aquellos aires de sabelotodo y burlarme de ella.

–Pero ¿de qué vas? ¿Quieres dejar de cambiarme de tema? –se quejó–. No pasó nada el viernes, ¿de acuerdo?

–¿Quién está mencionando el viernes aquí?

Sakura pareció a punto de estallar, consumiéndose poco a poco en la cólera.

–¡Uchiha de mierda, déjame de una puñetera vez! He venido solo para hablar del trabajo de Historia, no para que me estés recordando lo de ese beso.

–Así que lo estás pensando… ¿No decías que no había pasado nada?

–¡Vete a la mierda!

–Ey, ey, cálmate, gatita, el otro día no me sacabas tan rápido las uñas.

Hizo ademán de levantar el puño, y enarqué una ceja al verla tan predispuesta a atacarme.

Parece que es de las violentas… ¿Le irá el rollo sado?

Sin embargo, como aquella vez en el karaoke, el puño nunca llegó a descargarse sobre ningún punto de mi persona. Sonreí con satisfacción cuando ella bajó la mano, apretando fuertemente el ceño y los ojos cerrados. Exhaló un par de bocanadas de aire y, tras varios segundos, abrió los ojos.

–Por favor, Uchiha, necesito sacar buena nota en ese trabajo. Hablemos de él y dejemos las tonterías a un lado.

Entorné los ojos.

El verbo necesitar(me) sonaba demasiado bien en su boca.

–Te escucho –le cedí finalmente, volviendo a mi voz neutral.

–El profesor Kakashi ha dicho que tenemos que entregar la poca información que hayamos encontrado de momento y, como muy tarde, tiene que ser el lunes a primera hora. Ha pasado casi una semana y tú y yo todavía no hemos empezado a buscar nada. Así que he pensado que podríamos quedar en algún sitio para hacerlo.

–¿Hacerlo?

Ella entendió a la perfección el doble sentido de mis palabras.

–Sabes bien que ni en sueños me referiría a eso –masculló. Hizo una pausa y se aclaró la garganta–. ¿Estás libre el sábado por la tarde?

–Sí.

–Bien… ¿Dónde podríamos quedar?

–No sé. ¿En tu casa o en la mía?

Sakura me fulminó con la mirada.

–Esto no es un cachondeo, Uchiha. Puede que para ti no signifique nada, pero tener las notas que tengo me cuesta mucho y es necesario para mí.

Solté un bufido y dejé caer los párpados en una expresión aburrida.

–No es asunto mío que no puedas pagar tu plaza en este centro con tu propio dinero.

Mi comentario pareció enfurecerla aún más.

–Claro, porque no todos vivimos en la burbuja de oro en la que te has criado tú –me soltó.

De modo que es una pobre acomplejada porque no puede ser rica.

Mostré una media sonrisa apática, sin sentimiento alguno, en realidad. Las burbujas de oro se pagaban caro, sobre todo, si tenías la familia que tenía yo. Pero eso era algo que alguien como ella no debía saber.

–¿En tu casa o en la mía? –repetí con voz gélida.

Casi pude sentir el escalofrío que le recorrió por la espalda.

–En la biblioteca –alegó.

Sostuve sus ojos verde jade, henchidos de una increpante decisión.

–No iré a la biblioteca un sábado por la tarde. En tu casa o en la mía –insistí.

–Irás, porque también necesitas esa nota. En la biblioteca.

No me gustó nada la forma en la que había empleado el verbo necesitar(le) esta vez.

–No me hace falta un trabajo para ganar una buena nota. Ya lo solventaré en los exámenes, y en caso de que no fuera suficiente, tampoco me preocupa. Yo sí tengo dinero suficiente para mantener mi plaza en el Instituto Konohagakure.

Los ojos de Sakura se entrecerraron con fuerza. Tuve la sensación de que aquello último le había dolido; sin embargo, no rectifiqué. Su insolencia me estaba sacando de mis casillas.

Nos mantuvimos en un tenso silencio durante unos segundos más.

–Muy bien, lo haré por mi cuenta –sentenció ella.

Dio media vuelta y echó a andar hacia el aula.

¿De verdad pensaba hacerlo ella sola? Era patética. La chica más patética y tozuda que había conocido jamás.

Una completa molestia.

–El profesor Kakashi se terminará enterando de que lo haces sola. Entonces, lo que conseguirás será una amonestación –me apresuré en advertir, al ver que no se detenía.

Los pies de Sakura frenaron en seco. Conté los segundos: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis.

–Ven a la biblioteca del centro el sábado por la tarde, por favor –insistió, girándose para mirarme.

En sus ojos verdes advertí un sutil brillo de desesperación.

No, no pensaba hacerlo sola.

Sabía que no podía hacerlo sola.

–En tu casa o en la mía –repetí por enésima vez.

Su boca permaneció cerrada, y en su mirada comenzó a manifestarse la impotencia. Adiviné que en su cerebro se estaba imaginando mi cabeza estampada contra la pared. Sin embargo, ya me había demostrado dos veces que no podía hacerme nada; era incapaz de utilizar aquel puño intermitente contra mí.

En ese preciso momento detectamos la silueta de Kurenai entrando en el aula, algunos metros más allá. La clase estaba a punto de empezar.

–Adiós, Uchiha.

La voz de Sakura había sonado tajante y dura, como el tiro de un rifle que se disipa en el viento. Dio media vuelta y siguió los pasos de la profesora. Me quedé mirándola, de espaldas a mí; aquellos cabellos rosáceos balanceándose sobre la nuca lechosa en cada paso firme.

No quería ceder ante mí. Tenía mucho orgullo, uno casi tan recio como el mío. Y a pesar de ello, cuando abrió la puerta corredera del aula, logré percibir en un instante el temblor de su mano derecha.

Los cimientos de un muro que comenzaban a tambalearse.

Era obvio.

Tenía poder sobre ella.

En los sucesivos días no mencionamos nada sobre el trabajo de Historia. La peli-rosa empollona se dedicó a ignorarme, tanto como lo hacía yo. No cruzábamos mirada alguna, pese a que solo nos separaban un par de metros de distancia. Aquello relajaba a Ino, y al parecer, a las demás chicas de la clase también.

Temari me buscó en un par de ocasiones. Le daba igual hacerlo donde fuera, y a mí no me costaba corresponderle, por supuesto. Los inhóspitos pasillos de la última planta, antes de llegar a la azotea, eran siempre una buena opción si sentías la necesidad de echar un polvo rápido.

Por lo menos esta semana solo tenía a Itachi en las clases de Educación Física; Asuma ya había vuelto de aquel congreso. Mi hermano trabajaba menos horas en los edificios de Bachillerato, por lo que estaba tranquilo de que no me atraparía follando con la rubia de las coletas por ahí.

Pillé a Sakura un par de veces mirando por la ventana durante las prácticas deportivas de los de Secundaria. No sabía muy bien hacia dónde apuntaban sus ojos, pero me hacía una idea rápida cada vez que reconocía la figura de Itachi entre los sujetos que llenaban las pistas. Y a veces me descubría a mí mismo observándola y preguntándome qué se le pasaba por la cabeza en ese momento.

Me fastidiaba hacer eso.

El miércoles quedé con Fûka en mi casa por la noche. Itachi la vio y la saludó, y aunque yo sabía que no le hacía demasiada gracia su presencia, no me dijo nada. Izumi había venido también aquella noche; no obstante, ellos dos se dedicaron a charlar entre risas en el balcón, mientras nosotros nos envolvíamos en una ardiente velada de sexo en mi habitación.

Había echado de menos el cuerpo lujurioso de mi universitaria preferida: los pechos tiesos y esféricos, la curva de su cintura de avispa, los prolongados cabellos caoba cayendo en cascada sobre su espalda marcada, los ojos felinos del color del zafiro. Y, sobre todo, la forma en la que su pelvis ondeaba encima de mí, en un vaivén apasionado que caldeaba por completo mi miembro. O el modo en que su boca fina y señalada jugueteaba con él.

–Pensaba que te habías enfadado conmigo, Sasuke-kun –dijo, cuando yacimos tras el primer asalto sobre mi cama.

–¿Por qué iba a enfadarme, senpai?

–Parecías querer defender mucho a esa chica.

Guardé silencio. Recordaba perfectamente lo que había sentido el viernes anterior, cuando Fûka había empezado a gritar a Sakura de la manera en que le gritó; cuando le soltó todas aquellas acusaciones sin sentido, y mi sangre comenzó a alterarse.

Al ver que no pronunciaba palabra, ella trepó hasta mi rostro y me besó la mejilla con una tranquilidad peligrosa.

–¿Te gusta esa vulgar camarera, Sasuke-kun? –continuó con voz insinuante, como si fuera una adulta seductora.

Mis ojos bajaron hasta los suyos y la examiné con detenimiento. Podía notar sus celos y su inquietud como si fueran míos. No sabía bien la tontería que acababa de soltar por aquella boquita, pero sentí un inminente deseo de dejarla sufrir un rato con la duda. Por ello, me mantuve callado.

Fûka bajó la mirada, cortando el contacto visual conmigo. Tendida sobre mi pecho, capté una fuerte rabia en su infantil expresión de mosqueo. Su fingida madurez se esfumó.

–No me importa, de todas formas. No es como si fuera a enamorarme de un niñato como tú. No es que puedas proporcionarme mucho más que esto.

Esbocé una media sonrisa.

–¿Niñato?

Sin previo aviso, la tomé de las muñecas, la hice rodar a un lado y me coloqué sobre ella. La miré con intensidad y noté su sonrojo bajo la tenue luz de la lámpara de lava. Ella me sonrió con cierta lascivia y sus ojos recorrieron mi cuerpo desnudo.

–No te las des tan de guay, Sasuke-kun. Hagas lo que me hagas, seguirá siendo simple sexo –me desafió.

Enarqué una ceja, y acto seguido, junté sus muñecas en una mano; la otra empezó a dibujar un camino descendente: lento y sinuoso, hacia su pecho. Sonreí con satisfacción al sentir su débil gemido. Su piel se erizó y sus pezones se enderezaron.

–¿Simple sexo? –repetí con voz sugerente.

No me había gustado en absoluto el modo en que había empleado aquellas palabras. No me había gustado el débil deseo que se escondía detrás de ellas.

El dedo índice de mi mano describió un círculo alrededor de su ombligo, y después se deslizó poco a poco hacia su entrepierna. Toqué de una forma casi imperceptible: pausada y suave, su clítoris, y ella se estremeció, reprimiendo otro gemido.

–Fûka-senpai, ¿tengo que recordarte todo lo que te hace sentir tener simple sexo con este niñato?

Sus ojos azules resplandecieron con deseo. Entreabrió su boquita y los dedos de mi mano exploraron paulatinamente su zona íntima: primero, en redondeles sinuosos; después, al notar su incipiente humedad, resbalaron lentamente hacia adentro. Directos al corazón de la rosa. Acaricié sus labios con los míos, deleitándome con los suspiros que se escapaban a través de ellos, y mi lengua degustó el rocío de su boca: un océano de placer que transpiraba sus mayores debilidades.

Mis dedos índice y anular mecieron las cálidas paredes de su intimidad, como si cabalgaran dentro de ella.

–Sasuke-kun –susurró Fûka, arqueando la espalda.

Aquel movimiento me permitió lamer de cerca los botones de sus pechos, y pasé los labios delicadamente por debajo de su esternón, mientras mis dedos cabalgaban más deprisa dentro de ella. Volvió a gemir de placer, y mis ojos la contemplaron, rendida enteramente a mí con aquellos simples movimientos.

Tenía que recordarle por qué quedábamos todas las semanas.

No podía permitir que se emocionara por una razón distinta a la que le proporcionaban mis manos y mi miembro.

Tenía que evitar que se confundiera y pensara que de verdad sentía la necesidad de algo más que el mero hecho de mantener una relación estrictamente sexual conmigo.

Fûka era de las inteligentes; no me sería fácil ni agradable alejarme de ella si algo así ocurriera.

No podía enamorarse de mí.

Continué haciendo que se retorciera de placer hasta que sentí sus fluidos derramándose entre mis dedos. No la dejé descansar para que comenzara a cavilar de nuevo, y me apresuré en ponerla de espaldas, me puse un condón y la penetré con brío. Recuerdo que utilizó aquella forma tan típica de las japonesas en negarme que hiciera eso, mientras me agarraba las nalgas para que lo hiciera con más fuerza. Las primeras veces que me había ocurrido me había detenido, asustado, pero con el tiempo había aprendido a discernir cuándo me lo pedían en serio de cuándo lo utilizaban como intento de excitarme más.

Aunque a mí no me excitaba en absoluto; de hecho, me asqueaba un poco. Pero si a ellas les hacía felices, ¿quién era yo para impedírselo?

Odiaba la idea de hacer algo que pudiera hacerlas sentir forzadas.

Las veía como meras zorras egoístas, con las que debía tener cuidado si no quería que me engañaran, pero ello no significaba que estuviera interesado en herirlas directamente. No de esa forma, desde luego. Simplemente me limitaba a disfrutar de ellas como una fuga de estrés cuando conocía su atracción por mí, y a las más tontas les concedía enamorarse porque sabía que sus sentimientos no eran auténticos. Aprenderían a olvidarse de mí en poco tiempo, pero al menos me las había tirado. Y ellas a mí, en cierto modo.

Fûka y yo terminamos algunas horas después, y cuando ya estuvimos vestidos de nuevo, pedí un taxi para que la dejara en casa. Era medianoche, y prefería no sentirme responsable si algo le pasaba. Aunque eso no era algo que solía hacer con las chicas con las que me acostaba; solo Fûka tenía tal derecho, ni siquiera Temari.

Presionó sus labios contra los míos un momento en la puerta, y se despidió de la forma coqueta en la que le gustaba comportarse.

–¿Ya habéis acabado? –preguntó Itachi, entrando en el salón con una taza de té en una mano y un libro en la otra.

Se sentó en el sofá, al tiempo que yo me giraba para mirarle.

–¿Y tú con Izumi? –contraataqué.

Me molestaba que empleara aquel tono inquisitorio conmigo.

–Izumi solo ha venido para cenar; después, se ha ido –recalcó–. ¿Has cenado tú?

–Me he ido directamente al postre.

Itachi me lanzó una mirada fulminante ante mi ácida broma, pero yo le ignoré y caminé hasta la cocina. Tomé un cuenco, lo rellené de cereales y leche y regresé a mi dormitorio. Ni siquiera miré a mi hermano cuando pasé a su lado, y tampoco él me miró a mí.

Al día siguiente me sentía fortalecido, como si me hubieran insuflado una carga extra de energía. Solía ocurrirme cuando me pasaba la noche anterior practicando sexo y descansaba lo suficiente para despertarme sin cansancio. Durante el entrenamiento en el Club de Kárate realicé los ejercicios con menor esfuerzo de lo que ya era normal. Estaba más atento a los ataques de mi contrincante, cuando el profesor nos sacó a mí y a otro chico a combatir.

Sin embargo, en los vestuarios, me di cuenta de que mi vivacidad había eclipsado por completo la autoestima del tonto de Naruto. Aquel día le había costado manejar la espada de madera, el doble que en las clases anteriores.

Teme, qué facilidad tienes para usar cualquier tipo de arma… –dejó caer apesadumbrado, mientras se cambiaba los zapatos.

Me giré para mirarle, al tiempo que me ponía la camisa del uniforme.

–Estás un poco verde últimamente. ¿Qué te pasa?

–No tengo ni idea.

Sonreí de medio lado y le dediqué una mirada burlona.

–¿No será Hinata lo que te pasa? –inquirí en tono irónico.

–Ojalá sea eso…

Levanté las cejas y me acerqué a él, abrochándome el cinturón.

–¿Aún no te la has follado?

Naruto alzó una mirada airada hacia mí.

–¡Cabrón! ¡Deja de juntar ese verbo y su nombre en la misma frase! Yo jamás me la follaría; yo haría el amor con ella, teme.

Solté una carcajada.

–¡Menudo moñas te estás volviendo! –tuve que esperar unos segundos para poder recomponerme de la risa. Hice una breve pausa y me aclaré la garganta–. Bueno, pues eso: que si todavía no habéis tenido nada, pregunto.

–Es imposible…

–¿Por qué?

–No estoy seguro de que yo le guste.

–¿Vas en serio?

Naruto se levantó de la banca y se echó la mochila al hombro.

–Sí –me respondió con aires de pesimismo.

Echó a andar hacia la salida del gimnasio y yo le seguí de cerca, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón. Al ver que no le preguntaba nada más, el rubio idiota me miró consternado.

–¿No te interesa saber por qué lo pienso?

–En realidad, me la suda un poco –confesé.

Él soltó un gruñido por lo bajo y yo le miré por el rabillo del ojo. Su mirada azul estaba baja, como el resto de su rostro broncíneo. Era como si alguien tirara de un hilo hacia abajo todas sus facciones alocadas. Nunca le había visto tan desanimado.

–Está bien, dobe –solté tras un suspiro de resignación–. ¿Y qué es lo que te hace pensar eso?

–Se pone muy nerviosa cuando le hablo.

Le miré con cierta exasperación.

–¡Gilipollas, eso significa precisamente que le gustas!

–No me entiendes… Le pongo muy nerviosa; creo que en realidad le asusta que me dirija a ella.

–Lo dudo. ¿Evita hablarte?

–Claro que no. Hinata-chan no hace esas cosas con nadie.

–¿Y estás seguro de que no lo hace simplemente porque eres tú y no le asustas? Se pondrá nerviosa como toda mujer cuando ve a un hombre que le gusta.

–No lo sé.

–¡Naruto! –una voz interrumpió abruptamente nuestra plática.

Ambos nos detuvimos y miramos hacia atrás al oír unos pasos removiendo la gravilla del suelo. Identifiqué los cabellos rosados y la piel blanca y pecosa, y sentí inmediatamente una sensación de hastío embargarme.

Ya estaba la pesada de Sakura otra vez acercándose.

Aquel jueves había sido bastante coñazo durante el entrenamiento. El entrenador Asuma se había ausentado unos minutos de la clase para atender una llamada urgente, y ella había estado contando las katas en su lugar, con excesiva exigencia para ser solo una encargada. Su voz me irritaba en demasía.

–Espera, Naruto –dijo, y cuando llegó hasta nosotros se apoyó en las rodillas, jadeando.

Ni que hubiera hecho los cien metros.

–¿Sakura-chan? –inquirió el aludido, extrañado.

Ella tardó unos segundos más en recobrarse.

–Quería decirte algo –comenzó. Pero guardó silencio en cuanto se percató de mi presencia. Me lanzó una mirada iracunda, y acto seguido, volteó hacia el rubio idiota–. ¿Podemos hablar en privado?

Arqueé una ceja, sintiéndome inmediatamente ofendido. ¿Acaso no podía decírselo delante de mí? Si era algo sobre su amiga Hinata, no tenía por qué tratarlo como algo confidencial. Era obvio que yo lo sabría.

–Claro –respondió el imbécil de Naruto.

¿En serio piensa dejarme fuera?

–Sasuke, ¿te importa si te vas adelantando? Luego te alcanzo –me apremió.

Mis ojos se movieron automáticamente hacia Sakura, y aunque procuré mantener mi semblante lo más inexpresivo posible, no podía negar que me jodía sentirme apartado. Nunca había sido cotilla en absoluto, pero intuía que todo aquel secretismo se debía únicamente a que ella detestaba mi presencia.

La miré, y sentí aún más rabia cuando descubrí que no me miraba a mí.

Más bien fingía no mirarme.

Fingía que yo no existía para ella.

Solté un resoplido irritado.

–Te veo luego, dobe.

–No creo que tarde –añadió Naruto.

Sin embargo, cuando me alejé de aquellos dos tuve la corazonada de que las palabras del rubio idiota no iban a cumplirse. Y minutos más tarde, a medio camino entre el instituto y mi casa, mi móvil vibró en el bolsillo del pantalón: tenía un mensaje suyo.

Si tienes algo que hacer ahora, no me esperes más, teme. Me quedo con Sakura a hacer unas cosas importantes. Mañana hablamos.

Cerré el aparato con fuerza dentro de mi mano. ¿Qué coño tenía esa chica que con todos parecía estar siempre bien, salvo conmigo?

Apreté el paso hacia mi casa con decisión.

Me daba igual. Dijera lo que dijese, se me resistiera como se me resistiese, aquella puritana del pelo rosa caería en mi poder tarde o temprano. Igual que todas.