NOTAS DE AUTOR

¿Cómo estáis, mis queridos lectores?

Me adelanto una vez más con un capítulo donde el destino de nuestros protagonistas favoritos empezará a inclinarse entre ellos. ¡Gracias por los nuevos follows y favs que me habéis dado! Espero de verdad que esta conti os guste.

Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.

Sin más, ¡A DISFRUTAR!


7. OBSTINACIÓN

Lo sentía como si acabara de ocurrir hace solo unos segundos, aunque hubiera transcurrido casi una semana.

Lo sentía como algo mil veces más cercano que un recuerdo, o incluso que la misma realidad.

Lo sentía a quemarropa, abrasándome los labios y salpicándome en el vientre.

Lo sentía como si palpitara dentro de mí.

Sasuke Uchiha me había besado.

Y lo había hecho del modo más cruel y dañino que un hombre puede besarte: sin interés, sin sentimientos, sin verdad.

En el momento en que aquellos labios suaves y carnosos tocaron los míos; en el momento en que aquel aliento cálido y moderado entró en mí; en el momento en que fui consciente de que mi pecho enloquecía, mientras sus pupilas negras me miraban impasibles…

… en ese momento comprendí que aquel beso nunca fue para mí.

Era para él. Solo para él y su ego. Para su satisfacción personal y su afán de quedar por encima de todo aquel que se atreviera a llevarle la contraria.

No era tonta; estaba claro para mí.

Y lo peor era que aquel había sido el primero.

Mi primer beso en los labios de un amor que ni antes ni ahora me correspondía.

Porque me había dado cuenta en ese momento de que verdaderamente había deseado que me correspondiera.

Aquella situación me horrorizaba.

Ni siquiera con el fuerte empujón que le atesté me había quedado tranquila. Y la charla que habíamos tenido el lunes había sido, directamente, el último eslabón de la cadena de catástrofes que estaba engendrando aquel malnacido en mi vida.

Pero me daba igual lo que me dijera: entregaría la información de aquel trabajo por mi cuenta. Después del beso, lo peor que podía ocurrir era ir a su casa. Me imaginaba una gran mansión propia del periodo Edo, con un jardín impecable, lleno de bonsáis, fuentes zen y demás elementos decorativos propios de la cultura tradicional. O bien, un apartamento de lujo en una de las últimas plantas de un rascacielos, con vistas a toda la ciudad.

Me imaginaba cualquiera de los dos sitios, y a mí dentro, con la guardia baja una vez más ante aquel frívolo pervertido.

Debía recordarme a mí misma lo que había sentido en mi pasado. No podía permitir que mi cuerpo se dejara llevar de aquella forma otra vez.

¡Joder, qué fácil se lo puse cuando me besó! Ni un poquito de resistencia le di, si quiera.

Sacudí la cabeza, obligándome a volver a la realidad.

Era sábado por la mañana y estaba en el hospital Aiiku, en una sala de ocio para pacientes, junto al resto del equipo voluntario. Algunos niños del hospital se habían reunido allí, y uno de mis compañeros estaba haciendo de cuentacuentos para ellos.

Intentaba concentrarme en la historia que relataba; sin embargo, mi mente divagaba más allá. En un relato venenoso con forma de caricia en mis labios y mordisco en mi amor propio.

¿Cuánto tiempo tenía que pasar para que lo que hiciera Sasuke Uchiha dejara de afectarme?

¿Cuánto para dejar de pensar en él?

–Sakura-senpai –escuché que me llamaba una voz infantil.

Levanté la vista y detecté a un niño mirándome fijamente entre sus compañeros. Reconocí inmediatamente sus ojos parduscos, el pelo liso y oscuro, con reflejos morados, que le caía largo hasta el final del cuello, y el lunar que tenía entre las cejas livianas.

–Dime, Tanishi –era uno de los que más trataba últimamente; además, tenía una tonalidad de pelo casi tan rara como la mía y, de algún modo, me sentía identificada con él en ese aspecto.

–¿Estás bien? –me preguntó en voz baja.

Eché una ojeada al cuentacuentos y al resto de los niños, y al comprobar que nadie más había notado mi ensimismamiento, asentí enérgicamente hacia Tanishi. Intenté transmitir positividad con aquel gesto animoso, aunque era evidente que había algo que me angustiaba.

Y en efecto, Tanishi me miró con poca convicción; no obstante, me hizo el favor de no insistir y devolvió su atención a mi compañero.

Me quedé mirándole durante algunos segundos. Últimamente había notado que aquel niño ponía especial atención en lo que hacía, más incluso que al resto de mis compañeros. Conocía bien su historia: tenía una salud muy débil y había sufrido un fuerte ataque de neumonía crónica, que se le había complicado entre la diabetes y su insuficiencia renal. Llevaba varias semanas hospitalizado, pero sus padres trabajaban tanto que apenas venían a verle. Estaba la mayoría del tiempo solo; no parecía llevarse demasiado bien con los demás niños.

Pero conmigo, al parecer, se comportaba de una forma completamente distinta. Aun cuando no hablara mucho, parecía más por la labor de atenderme a mí que de dejar que yo le atendiera a él. Era cuidadoso y observador. Le gustaba preguntarme lo que estaba haciendo cada vez que me encontraba preparando algún juego o estudiando mientras los pacientes se entretenían, y se quedaba a mi lado, ayudándome o leyendo en silencio mis apuntes. En alguna ocasión había llegado a confesarme retazos de su vida: todos ensombrecidos por algún momento triste, donde él me dejaba entrever los problemas que le había causado su salud delicada. Mi corazón se encogía a menudo cuando le escuchaba hablar de aquella manera. Parecía un niño un poco perdido, pero tan curioso por averiguar lo que le rodeaba que me resultaba injusto que alguien como él tuviera un cuerpo tan frágil.

Hay demasiadas cosas injustas en la vida.

Le miré con ternura otro rato más, y luego, finalmente conseguí concentrarme en el cuento de mi compañero.

A las dos salí del hospital. Me apresuré en comer un bocadillo; tenía un hambre increíble, pero a media mañana no había podido almorzar en condiciones. Era más importante darles de comer a los ancianos: necesitaban una hora fija; yo era más joven y podía permitirme un poco de descontrol. Había quedado con Naruto una hora después, y quería mantener mi promesa de ayudarle con las katas de espada.

Aquel rubio de carita morena, de pequeños ojos azules que a menudo encogía como un chino viejito, podía considerarse amigo mío. Podía, aunque no fuera una persona con la que saliera a menudo.

Sin embargo, me inspiraba compasión. Era un pesado de narices cuando quería, pero sería una falacia hablar de él como una mala persona. Y por mucho que fuera estúpido, o uno de los peores alumnos de Bachillerato del Instituto Konohagakure (no entendía cómo había terminado en la misma clase que Hinata), en realidad era muy trabajador y persistente cuando se lo proponía. Su popularidad no solo era consecuencia de su amistad con Sasuke Uchiha, sino que también resultaba muy atractivo e interesante para muchas personas. Y supongo que haberse quedado huérfano y tener que criarse con aquel productor loco de Jiraiya, había hecho que muchos se compadecieran de él.

Pero a mí me conmovía su perseverancia.

Tanto que incluso había decidido revelarle mi auténtica relación con el mundo de las artes marciales, y consecuentemente, la fuerza física que poseía. Para mi suerte, se lo había tomado bastante bien.

Habíamos quedado junto al río, en la explanada donde los niños jugaban a menudo al fútbol. Pero era lo suficiente temprano como para que estuviera libre, así que no tendría que sufrir las miradas sorprendidas de los curiosos.

Corrí por el puente al ver la figura de Naruto abajo, sentado sobre el césped de la cuesta.

–¡Naruto! –le grité.

Él alzó la cabeza y pegó un brinco, levantándose y mostrándome una de sus enormes sonrisas. El blanco de sus dientes destellaba contra su piel bronceada desde la distancia.

–Sakura-chan, no puedes imaginar lo mucho que te agradezco que me ayudes con esto –dijo cuando llegué hasta él.

–No es ningún problema para mí. Solo prométeme que no se lo dirás a nadie, y mucho menos a Sasuke.

Se puso muy recto, sacando pecho, golpeó una pierna contra la otra y se llevó una mano a la frente, como si fuera un soldado.

–Señora, sí, señora. El teme no se enterará absolutamente de nada.

Puse los ojos en blanco.

–Está bien, comencemos –resolví, y acto seguido di una palmada en el aire–. A ver, ¿te has traído el palo que te dije?

–Aquí está, Sakura-chan –me mostró un palo de madera que había cogido de su casa.

–Vale, ¿has calentado?

–Sí.

–Bien, pues –retrocedí unos cuantos pasos hacia atrás–, ahora atácame.

Naruto abrió mucho los ojos, sorprendido.

–¿Cómo?

–Que me ataques, Naruto.

–Pero ¿cómo voy a atacarte? No puedo –negó repetidamente con la cabeza.

–¿Por qué no? Hemos venido a entrenar, ¿no? –enarqué una ceja, confusa.

–Sí, pero no puedo enfrentarme a ti. ¡Eres una chica!

Crucé los brazos ante el pecho, sintiéndome ligeramente ofendida.

–¿Crees que no puedo contra ti?

–No digo que no puedas…, pero yo no puedo enfrentarme a una chica.

–Naruto, tienes que enfrentarte a mí. Es parte del entrenamiento. Lo que haces en las katas son ejercicios de ataque real. Vamos, atácame con ese palo, como si fuera una espada.

El rubio de facciones zorrunas arrugó la frente y me miró un poco contrariado.

–Pero…

–No te contengas –le interrumpí.

Me contempló largamente, y luego, soltó un suspiro. Separó las piernas y sus manos se enroscaron en torno al palo de madera, con cierta vacilación. Estudió mi postura, aparentemente relajada, y calentó un poco el cuello y agitó los hombros. Sabía que, de primeras, no iba a estar muy satisfecho con la idea de luchar contra mí, pero no le dejaría ninguna alternativa.

Si iba a sacrificar horas de estudio, al menos que fuera por una buena razón.

Examiné la posición y la firmeza de sus pies, y después sus brazos. No tardé en detectar el error principal: sus codos estaban demasiado estirados. Debía flexionarlos un poco, de forma que no los fatigara a la hora de atacar. Además, su tronco estaba poco recto, ligeramente curvado. Aquello le quitaría fuerza y le desequilibraría.

Alcé la mirada hasta sus ojos y percibí su incertidumbre en el brillo azulado del iris.

–Cuando quieras –le alenté.

Observé que inspiraba un par de veces, intentando concentrarse. Y solo un instante después, se abalanzó sobre mí con el palo de madera en alto. Su fatídico ataque fue fácil de prever; sería cuestión de un par de segundos.

Cuando solo lo tuve a unos centímetros de mí, me desplacé hacia la derecha súbitamente; a continuación, mi mano voló hacia el hueco que había dejado entre las dos manos que sostenían el palo, y acentué el curso que había previsto describir en su embestida: hacia abajo, aprovechando la fuerza gravitatoria en mi favor. Naruto dio un traspiés, y aquel punto de inestabilidad me ayudó a manejarle. Mis manos no se soltaron del palo y tracé un círculo hacia arriba, apoderándome de su control; lo subí por encima de mi cabeza, teniéndole a él aún agarrado, y volví a bajar, como si bailara con el viento primaveral que nos acompañaba. Aquella oscilación había provocado que el cuerpo del chico rubio se girara por completo. Al rotarle el brazo, por pleno impulso se desenganchó del palo y cayó de espaldas, junto a mis pies. El impacto había sido tal que su tronco se dobló y sus piernas se elevaron en el aire. Por último, separé los pies y, con una rotación rápida, llevé el palo hacia atrás, lejos de él.

Le observé atentamente, desde arriba. Cuando logró ser consciente de lo que había sucedido, me miró impactado.

–¿Cómo leches has hecho eso? ¿Y cómo has conseguido quitarme el palo? Lo tenía bien sujeto…

–Es una técnica básica de desarme…, y ya he entendido en qué has estado fallando todo este tiempo.

Se incorporó sobre los codos y noté su respiración agitada. Parecía haberse llevado un buen susto, aunque sus ojos chispeantes relucían como si le embargara la euforia. Alzó la cabeza y esbozó una sonrisa enardecida.

–¡Sakura-chan, otra vez!

Me da a mí que este niño es masoca.

Naruto y yo decidimos que entrenaríamos todos los días, un rato antes de que empezara el Club de Kárate. No era ningún problema porque el gimnasio solía estar abierto durante todo el día, y podríamos utilizar las herramientas puesto que pertenecíamos al club; además, los de voleibol ya habían vuelto a sus pistas.

El rubio de la cara de zorro también se había ofrecido a ayudarme a diario a dejarlo todo en orden para cuando llegara el resto del equipo, pero en eso preferí negarme. Era mi trabajo como encargada y me gustaba hacer las cosas por mí misma.

Me sentía útil de ese modo.

Tras el entrenamiento de aquel sábado, regresé a casa hecha polvo. Aquel día, finalmente, no me había tocado trabajar. Llevaba tanto tiempo haciendo tantas cosas a la vez y durmiendo tan poco que, como cabía esperarse, el cansancio estaba empezando a dejar estragos en mí.

Encontré a mamá sentada en el sofá maltrecho del salón, viendo la televisión mientras se limaba las uñas; por lo que sabía, aquel día no había podido trabajar la jornada completa por culpa de su alergia al polen. Un intenso aroma a comida inundaba la casa y me dirigí a la cocina. Hana estaba cortando unas patatas cuando entré.

–Hola, hermanita, ¿qué tal el día? –me preguntó, sonriéndome dulcemente.

–Muy bien –cogí una judía verde que descansaba en un plato de la mesa, y antes de comérmela, la miré largamente, recordando algo–. ¿Sabías que en España la fruta cuesta incluso menos que el yakisoba aquí? Me lo ha contado el señor Watanabe, que vivió en Andalucía un tiempo. Es un gran artista de la guitarra española.

–Andalucía… Suena muy exótico, como la canción de Masahiko Kondo: Andalusia ni akogarete, bara wo kuwaete odotteru, chika no sakaba no Karumen to… –canturreó.

–Yo también pensé en ella –hice una pausa y observé la olla grande que se estaba calentando en los fuegos–. ¿Hoy haces tú la cena?

–Sí, mamá ha llegado muy cansada, y creo que no es buena idea dejarte a ti la responsabilidad de alimentarnos –respondió, al tiempo que iba cortando y dejando caer en la olla trozos de una patata pelada.

Hice un mohín, pero tenía razón. Mis habilidades culinarias estaban un poco dormidas.

Me senté en una silla y dejé escapar un largo suspiro. Pensé en cenar deprisa; estaba deseando meterme en la cama y dormir.

–El otro día te vi saliendo del Club de Kárate –dijo Hana de repente.

Percibí un tono extraño en su voz aguda, pero no fui capaz de descifrarlo.

–¿Cuándo?

–El jueves. Estabas con Naruto-senpai y… Sasuke-senpai.

Sentí que mi corazón daba un tumbo.

Siempre intentaba tener cuidado al salir del club; siempre procuraba que nadie me viera acompañada de ninguno de los miembros del equipo. Mucho menos ahora que Sasuke formaba parte de él.

Y era precavida precisamente porque sabía que Hana, aunque en un grado inferior, también estaba en el mismo instituto.

–¿Ah, sí? –intenté hablar con la mayor indiferencia posible, buscando la forma de evitar el tema al que sabía que ella quería recurrir.

–No me habías dicho que Sasuke-senpai estaba en el equipo.

Y agárrate, porque tampoco sabes que es mi compañero en un trabajo de clase.

–Se me olvidó por completo, aunque tampoco creo que sea algo importante, ¿no? –mi voz sonó ligeramente tirante en la última palabra.

Hana tardó en responder.

–¿Te llevas bien con Sasuke-senpai ahora, hermanita? –me preguntó.

Yo tampoco contesté enseguida. Me quedé mirándola, de espaldas a mí mientras cortaba zanahorias. Mi corazón se acompasó con los golpes secos del cuchillo contra la madera.

–No, no me llevo bien con él, Hana.

Más golpes seguidos de un mutismo momentáneo.

–¿Por qué? –inquirió.

–No es buena persona.

Los golpes cesaron. La columna de mi hermana se irguió, y los músculos de mis manos se tensaron sobre la mesa. Segundos después, se giró para mirarme.

–¿Por qué siempre dices cosas negativas de los chicos? –me recriminó.

Abrí mucho los ojos, sorprendida.

–Nunca digo cosas negativas de los chicos…

–Sí, sí las dices. Cada vez que me intereso por alguno me sacas pegas de él.

–Hana, ese chico no es como crees.

–¿Y tú qué sabes? Dejaste de ser su amiga cuando eras más pequeña. Estoy segura de que, en realidad, no tienes ni idea de su vida.

Fui a replicar, y sin embargo, enmudecí. ¿Qué podía contestarle a eso? Admitir que había estado enamorada de Sasuke Uchiha durante mi niñez y mi pubertad sería vergonzoso, pero que, encima, no supiera prácticamente nada sobre su vida sería incluso peor. Y ella tenía razón; no lo sabía.

En cierto modo, había sido culpa de Sasuke: siempre tan callado, siempre tan reservado, siempre tan misterioso. Pero también había sido culpa mía.

El amor no debía ser tan superficial ni tan platónico.

Mi silencio provocó que Hana se arrepintiera de su actitud.

–Perdona, hermanita, no he debido decir eso –dijo de forma apurada.

Se volvió con nerviosismo hacia los fuegos y echó los trozos de zanahoria en la olla. Removió un poco, y me percaté de que le temblaban las manos.

La miré con preocupación.

–Está bien, Hana. Olvidémoslo, ¿vale? –traté de sonreír.

No añadió más nada, y pese a que tampoco me miró de nuevo, yo sabía que se sentía mal por haber sacado el tema. Aquello me hizo incluso más daño del que había sentido al ver que me encaraba.

No era ella la culpable. Y quizás tampoco lo fuera Sasuke; no se puede pretender que las personas actúen como nosotros queremos.

La única culpable era yo.

Nunca debí tener esperanzas con alguien que no me correspondía igual.

¿Qué podía exigirle a él?

–No aceptaré esta información de momento, Haruno-san.

El profesor Kakashi me miró de forma severa, incluso cuando sus ojos de párpados caídos siempre albergaban una excesiva calma. Los papeles que había imprimido con la calderilla de mis bolsillos descansaban junto a su brazo, encima de la mesa. Apenas los había leído.

Arrugué la frente. De todos modos, era la respuesta que había esperado en cuanto entré en la sala de profesores.

Soltó un largo suspiro y cruzó los brazos ante el pecho.

–No sé por qué motivo no tenéis una buena relación Uchiha-san y tú, pero debéis tomaros este trabajo en serio. Está pensado para hacerse en pareja –hizo una breve pausa y me evaluó con la mirada; después, prosiguió–: El día de mañana podrás encontrarte en la situación de trabajar con alguien que no soportes, y la solución no es romper con las normas e intentar hacerlo todo por tu cuenta, o dejarlo: tienes que aguantar y cumplir con tu deber. Alumnas como tú saben lo que es pasar hambre; hay que adaptarse a las circunstancias que se nos presentan.

Entorné los ojos. Aun cuando sabía que tenía razón, su comentario me irritó un poco. Sin embargo, comprendía que quejarme de lo inmerecidas que en ocasiones eran aquellas circunstancias no serviría de nada.

El mensaje del profesor Kakashi era claro. Y real.

Inspiré hondo.

–¿Qué me aconseja hacer?

–Te aconsejo que hables con tu compañero, Haruno-san. Por esta vez lo dejaré pasar y no os amonestaré. Eres una buena estudiante; de hecho, honestamente, creo que eres la mejor: sabes analizar todo lo que aprendes y lo pones en práctica de manera eficiente.

»Os uní a Uchiha-san y a ti en este trabajo porque sé que ambos sois capaces de hacer una exposición excelente. Sois los primeros estudiantes con la mejor media del Instituto Konohagakure; no me decepcionéis.

Sus palabras removieron mi pecho. Me estaba pidiendo algo que iba en contra de mi voluntad; en contra de lo que menos había estado deseando los últimos tres años. Pero, como él decía, debía hacerlo.

Y en el fondo, agradecía de verdad que no me castigara. Aquel mes estábamos obteniendo pocas ganancias en casa, y la idea de que por culpa de aquel desliz peligrara mi beca me asustaba.

Asentí sin decir nada más; hice una inclinación respetuosa y me dispuse a salir de la sala de profesores. Antes de cruzar la puerta, percibí la mirada de la profesora Mei Terumî sobre mí. No supe cómo tomármela; no sabía si se estaba riendo de mí o si, en cambio, estaba molesta conmigo.

Me acordé de la chica del pelo caoba que pillé con Sasuke en el karaoke, dos semanas atrás. La profesora Mei y ella se parecían bastante físicamente; además, las malas lenguas decían que habían visto a la profesora coqueteando con el Uchiha alguna vez.

Puse los ojos en blanco.

Lo mismo es que le gustan las maduritas.

Pero caminando por el pasillo me dije a mí misma que tenía que empezar a ocuparme de aquellos sentimientos. Se me iban de las manos, y debía recordarme que eran un problema. Tenía que permanecer con la mente fría; dejar de mezclar emociones con deberes.

Encontré a Sasuke en nuestra aula; era el cambio de clase entre Biología y Matemáticas. Como de costumbre, esperaba hallarle acompañado de Ino, ya que ella aprovechaba cada hueco que teníamos libre de clases para acercársele. Pero me sorprendió descubrir que aquella vez no fue así.

Mi examiga de la larga melena rubia platino permaneció en su sitio; en torno a ella solamente se habían sentado Chôji –que comía casi sin masticar una bolsa de galletitas de chocolate– y Shikamaru. La contemplé unos segundos; su rostro anguloso parecía triste, o quizás inquieto. No estaba segura, pero en la arruga de su frente pude cerciorarme de que algo en su relación con el Uchiha no andaba bien.

Reparé entonces en que la semana pasada la había notado menos entusiasta con él de lo que era habitual. Había sido un poco distante, e incluso algunas veces había vuelto demasiado pronto a su pupitre durante la hora del almuerzo. ¿Se estaría dando cuenta de que pelear por el Uchiha era en vano?

Fuera lo que fuere, no era asunto mío.

Tras expulsar una larga bocanada de aire, decidí encaminarme hacia Sasuke. Estaba de pie, apoyado contra la ventana, mirando absorto más allá del cristal, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón en una actitud despreocupada. Él notó mi presencia antes de lo que había esperado; giró la cabeza y me miró, y yo cerré mis manos en puños, sintiéndome repentinamente impotente ante aquellas profundas pupilas negras. Mis ojos cayeron inconscientemente hasta sus labios y me esforcé por reprimir el recuerdo de su tacto sobre los míos.

¿Los besos siempre saben a salsa agridulce?

Tragué saliva; de repente, sentía mucha sed.

–¿Puedes salir un momento? Hay algo que tengo que decirte.

Sasuke se mantuvo unos segundos inmóvil, observándome; acto seguido, sin la más mínima emoción: ni de irritación ni de alegría, se separó de la ventana.

Me siguió en silencio hasta el pasillo.

–¿Kakashi ya nos ha suspendido el trabajo? –inquirió con ironía.

Sentí un inesperado remordimiento en algún rincón de mi cabeza; me había parecido notar un poco de molestia en sus palabras. Obviamente, a pesar del comportamiento indiferente que él había querido mantener sobre el asunto, no le hacía demasiada gracia la posibilidad de que le suspendieran un trabajo de clase.

Me giré para mirarle y examiné su expresión facial durante unos segundos. Era impenetrable, de una inexpresividad y una frialdad dignas de ser premiadas; pero me pregunté si el hecho de que no lo manifestara, no significaba que no le fastidiara que le bajaran la nota, porque su compañera se negaba a hacer el trabajo en su casa.

Tal vez soy yo la que estoy exagerando las cosas.

Fruncí súbitamente el ceño y me preparé para formular las palabras que quería expresar. No le pediría perdón; no cuando él nunca me lo había pedido a mí. Pero no estaba en posición de exigir más de la cuenta.

Inspiré hondo un par de veces seguidas, desviando la mirada.

–En tu casa –solté al fin.

Alcé los ojos y observé a Sasuke otra vez. Había arqueado las cejas.

–¿Qué?

–Pues eso… que en tu casa…

–En mi casa… ¿qué?

Mi entrecejo se cerró aún más, y el rubor se manifestó de nuevo en mis mejillas. Estaba sonando muy mal.

–¡En tu casa! Haremos el trabajo en tu casa, ¿de acuerdo? –especifiqué exaltada.

Se mantuvo en silencio algunos segundos.

–¿Cuándo?

Me sorprendió que no me hubiera saltado con ningún tipo de burla.

–¿Te importaría que fuera el sábado por la tarde? –pregunté.

–Tengo planes ese día.

Seguramente haciéndolo con La Madurita otra vez

–Es el único hueco que tengo libre, en realidad. El resto de días estoy entre la espada y la pared con el club y el trabajo –expliqué.

–Este viernes no hay entrenamiento en el club, ¿recuerdas? Tanto Asuma como Itachi dijeron que lo consideráramos como un descanso.

Intenté recordar cuándo nos habían anunciado aquello, y de pronto sentí que había oído algo parecido en alguna parte. Tenía tantas cosas en la cabeza que casi olvidaba las primordiales.

–Está bien. Entonces, ¿el viernes después de las clases? Cuanto antes lo acabemos mejor; al menos ya tengo buscada la información principal… –callé un instante, y evoqué en mi cabeza unos textos que había encontrado en una página web. Eran interesantes, pero no estaba segura de si serían fáciles de leer para él–. Por curiosidad, ¿cómo llevas el inglés?

–Viví algunos años de mi infancia entre Londres y Nueva York, si te basta para creer que lo llevo bien.

Le miré un poco impresionada. Mi padre era de origen irlandés (razón por la que entendía suficientemente bien el inglés), pero nunca había tenido una buena relación con mis abuelos, de modo que desconocía por completo a mi familia paterna. Y ni siquiera cuando habíamos gozado de una exquisita estabilidad económica en casa, habíamos contemplado la posibilidad de viajar tan lejos de Japón.

No imaginaba por qué Sasuke sí se había encontrado en aquella situación.

–Vale, eso nos servirá –dije, adoptando una actitud más positiva.

Sasuke me miró extrañado; sin embargo, no preguntó nada al respecto. Inesperadamente, sacó el móvil del bolsillo de su pantalón y empezó a escribir algo en él.

–Dame tu número –dijo de pronto, aún atento a la pantalla del aparato.

Sentí en ese momento que mi corazón se aceleraba. Mis orejas se llenaron de un calor conocido, y no me di cuenta, hasta que alzó la mirada hacia mí, de que mis ojos se habían abierto exageradamente.

–¿Mi número? –inquirí en un hilo de voz.

–Tiene que haber un modo de que contactemos –me miró detenidamente, por debajo de sus largas pestañas lisas–, ¿o prefieres establecer una hora ya y que te diga la dirección de mi casa?

Creí notar que me sonrojaba todavía más.

Medité sus palabras un momento. En realidad, me interesaba que estuviéramos en contacto de una forma directa y rápida; si algo ocurría, tener su número de teléfono sería de gran ayuda. Mi móvil era bastante anticuado, pero el buzón de mensajes me funcionaba, al menos.

Y por otro lado…

¡Madre mía! ¡Sasuke Uchiha me está pidiendo mi número!

Quise reprimir inmediatamente la emoción que contenía aquel pensamiento. Me estaba empezando a molestar mucho conmigo misma. El descontrol de mis hormonas era exasperante; me hacía desear cosas que hacía años que había enterrado, junto a mi antiguo mundo de caprichos, nadería y egoísmo.

Todo es culpa de ese puñetero beso

–¿Estás bien? –la voz de Sasuke me espabiló.

–Mi número… Te doy mi número –respondí al fin.

Era inevitable.

Aunque le detestara, compartía un deber muy importante con Sasuke.

Mientras apuntaba mi teléfono, le miré de la forma más disimulada que fui capaz. Me preguntaba si él sería del tipo que pedía el número a cualquier chica. No tenía demasiada pinta, pero me sorprendía que hubiera hecho falta tan poco para pedirme el mío. Igual que aún era incapaz de asimilar que hubiera hecho falta tan poco para que me diera un beso. Especifico: mi primer beso. Arrebatado.

¿Tan poco? ¿Tantos años de espera para tan poco?

En un intento de castigarme por volver a permitir aquellas descabelladas ideas en mi mente, y de reprimir mis instintos de mirar una vez más su dibujada, afilada y carnosa boca, me pellizqué una mano. Evocar aquel beso y sentir que lo quería de nuevo me estaba atormentando.

Ay, cabecita, te estás pasando

Sasuke dejó de teclear en la pantalla táctil de su móvil; lo volvió a guardar en el bolsillo del pantalón y me miró de nuevo a la cara.

–Bien, te mandaré un mensaje antes del viernes –sentenció.

No dijo nada más, y con su característica expresión de indiferencia, dio media vuelta y regresó a nuestra clase. Sin permitirme siquiera replicar.

Solo entonces fui consciente de que mis manos habían estado aferrando mi falda de franela con fuerza. Como si aquella tela canalizara el torrente confuso de emociones que se había adueñado de mis entrañas.

Sasuke tenía mi número.

Sasuke me había robado un beso.

Y en mi vientre empecé a sentir aquel famoso y frenético revoloteo.

Al día siguiente, tras calzarme los zapatos de goma del instituto, me fui directa al cuarto de baño.

Tenía la cara rara; lo llevaba notando desde que me había despertado. En el espejo de uno de los lavabos, contemplé mi rostro una vez más. Debajo de mis ojos verdes se habían manifestado unas ojeras malvas, señal de lo poco que había dormido durante la noche; de hecho, había tenido que pedirle a Hana un poco de antiojeras y máscara de pestañas para disimularlas. Sin embargo, mis mejillas se habían teñido de un perenne rubor, que me avergonzaba enormemente. Parecía como si me hubiera pasado la noche haciendo cosas indebidas…

Pero todo era culpa del trabajo. Del trabajo y de Sasuke.

No me había enviado ni un solo mensaje. Ni siquiera uno tonto con el que pudiera guardar también yo su número. Y demostrando por enésima vez lo imbécil que era, no había pegado ojo esperándolo.

Para colmo, había tenido un sueño en el que volvía a besarme, y lo peor era que, al despertar y ser consciente de que no era real, había experimentado una profunda y abrumadora angustia.

Mi rabia se reflejó en el espejo: la cara contraída en el ceño y la nariz, con mis manos cerradas fuertemente, resaltando los nudillos. Detestaba que él no hubiera cumplido con lo que había dicho…

… y detestaba que, en realidad, no hubiera incumplido lo que había dicho y yo necesitara creer que sí para justificarme. Las palabras de Sasuke habían sido: «antes del viernes», y yo había estado esperando desesperadamente: «mañana».

Estábamos solo a martes.

Ojalá poder recortaros en trocitos muy pequeños y tiraros gustosamente a la basura, sentimientos asquerosos.

Inspiré hondo, y me recordé que debía controlar aquellas emociones. Intenté evocar todo el desprecio y la indiferencia con las que me había tratado Sasuke siempre; hice hincapié en el hecho de que ni siquiera parecía acordarse de que nos conocíamos desde antes del instituto. Busqué insistentemente el modo de mantener aquellos desagradables recuerdos palpitantes en mi mente, junto a la realidad que me subyugaba.

Ni aun cuando no se hubiera comportando con indiferencia; ni aun cuando hubiera sido amable conmigo, tendría futuro a su lado.

Era demasiado rico y yo demasiado pobre.

Aunque las leyes permitan que asciendas de categoría socioeconómica, las personas serán las encargadas de recordarte que oro y hojalata no casan.

Sacudí la cabeza.

¡Ni falta que hace con ese capullo!

Salí finalmente del baño y me encaminé hacia mi aula.

Decidí mostrar resolución en mi actitud. Tenía muchos motivos para estar en paz conmigo misma y mil cosas más importantes en las que pensar. Por ejemplo, tenía que empezar a buscar algún trabajo complementario para el verano; nos quedaba más de la mitad de las deudas por pagar, y el último mes estaba siendo un desastre. Mamá se había puesto muy mal con su alergia al polen, y habíamos tenido que comprar medicinas y comida especial que habían consumido una parte considerable de su sueldo. Y echar horas extra en el karaoke no estaba dando los resultados que yo había esperado.

De estas cosas no tiene que preocuparse alguien como Uchiha, por supuesto.

Cuando subí a la segunda planta, reconocí la figura de Hinata de espaldas en el pasillo, caminando hacia su clase.

–¡Buenos días, Hinata-chan! –la saludé alegremente.

Ella me dedicó una de sus dulces sonrisas.

–Buenos días, Sakura-chan –hizo una pausa y me miró con atención–. Hoy vienes muy guapa, ¿no?

Sí, preciosa como una mariposa

–Estoy como siempre, creo –respondí, haciéndome la sueca.

Hinata me observó unos segundos, y luego, soltó una risita que no pude entender.

–¡Sakura-chan! –una voz conocida me sobresaltó.

Giré la cabeza a la derecha y descubrí al cejotas de Rock Lee mirándome con una sonrisa muy entusiasta. Se había puesto a nuestro nivel, y como siempre, Neji estaba a su lado, con su expresión malhumorada y presuntuosa. No nos miraba, pero tampoco comprendía por qué se quedaba cerca.

–¡Qué feliz soy cuando empiezo mi día contemplando tu cara, Sakura-chan! –continuó Lee con aquel tono zalamero suyo.

–Buenos días, Lee –rodé los ojos y desvié la mirada.

–Me da tanta envidia que Neji haya caído en tu clase, y no yo. ¿Cómo puedo conseguir estar a tu altura? Eres tan perfecta, Sakura-chan; prácticamente eres la mejor estudiante del instituto… bueno, ya lo eres entre todas las chicas. No te ofendas, Hinata-chan.

La aludida compuso una expresión inocente.

–No te preocupes, Lee-kun. Yo ya sé que Sakura-chan es muy inteligente –dijo con su voz suave.

Fruncí los labios, sintiéndome un poco incómoda por aquellos intempestivos halagos.

Lee prosiguió con sus piropos y alabanzas hacia mi físico y mis cualidades. Llegó incluso a mencionarme como «la mejor encargada que un club puede tener en el Instituto Konohagakure» y me preguntó si había pensado en presentarme a delegada alguna vez. Intuí que aquel interrogante era un modo de sugerirme serlo y, así, él también se presentaría y tendría una oportunidad de pasar más tiempo conmigo si le elegían.

No es que fuera malpensada; es que Lee era muy predecible.

Caminamos los cuatro hasta el aula 2-1. Estaba comenzando a exasperarme con el cutre imitador de Bruce Lee cuando, algunos metros más allá, identifiqué la figura del profesor Itachi en el pasillo. Venía en nuestra dirección, pero no nos miraba; estaba distraído con unos cuadernillos que sostenía en los brazos.

Entonces todo sucedió muy deprisa.

En el momento en que alcanzamos la puerta del aula, Chôji apareció agitado, apoyándose en el marco jadeando. Los cuatro nos detuvimos frente a él, confusos, y le miramos con atención mientras tomaba aliento. Cuando relajó un poco su exaltada respiración, sus ojos se posaron en mí.

–Sakura-chan, es… es urgente. Entra, tienes que ver esto.

Enarqué una ceja y crucé una mirada con Hinata. Ella se adelantó algunos pasos y entró en el aula; yo la seguí. Miró a la derecha y ahogó una exclamación. Sus ojos perlados mostraron un notorio espanto. Capté en una ojeada el rostro de Ino; me pareció extraño descubrir que me observaba con una arruga en la frente. ¿Preocupada?

Miré hacia el mismo lugar donde estaba mirando mi amiga Hinata…

… y fue en ese preciso instante cuando comprendí todo.

En la pizarra habían hecho un dibujo, bastante desproporcionado, de mi figura. Era yo y mi pelo coloreado con refulgente tiza rosa, y mi cara representada con la expresión propia de una persona irritante, y mi cabeza decapitada, saltando del resto de mi cuerpo de una forma grotescamente chistosa. Mi falda se extendía hasta casi tocarme los tobillos, y a un lado, había un mensaje escrito: «¡Te vas a enterar, mosquita muerta!».

No lo había hecho Chôji. No lo había hecho Hinata. Impensable era que lo hubieran hecho Lee o Neji. Y tampoco parecía haber sido Ino.

Lo había hecho alguien que verdaderamente me odiaba.

Y yo supe inmediatamente el motivo.

–¿Quién coño…? –escuché el susurro de Lee a mis espaldas, visiblemente indignado.

Sentí como si mi corazón se congelara. Todos me estaban mirando –Shino y Shikamaru también estaban allí–: atentos a mi reacción, entre cuchicheos nerviosos, semejantes al caminar crujiente y siseante de un montón de insectos. Aquel sonido se tornaba terrorífico para mí. No sabía qué decir, y mis manos comenzaron a sudar.

Tenía miedo; pero no miedo hacia las personas que me habían dibujado de forma degradante y amenazadora en la pizarra.

Lo primero que acudió a mi mente fue el rostro de Hana.

–¿Qué es esto? –una voz grave silenció súbitamente el murmullo que se extendía a mi alrededor.

Mis ojos buscaron al responsable, y detecté en la puerta al profesor Itachi. Su mirada se había clavado en la caricatura de la pizarra.

Oh, no, más problemas no.

Sin embargo, fui incapaz de moverme. Mi cuerpo había perdido la comunicación total con mis estímulos, al parecer.

Los ojos oscuros del profesor Itachi cayeron sobre mí, y un escalofrío recorrió mi espalda. Aquellas pupilas me contemplaron con un brillo indescifrable; no estaba segura de si me miraban con dureza o con compasión.

El silencio se prolongó unos segundos más, y entonces apareció otra figura indeseada en la escena.

Sasuke venía acompañado de Naruto. Su mirada circuló por toda la clase mientras entraba, y se detuvo un instante en mí; luego, se dirigió allá donde todos habían centrado su atención. Esperaba verle riéndose; en cambio, no dijo ni hizo nada. Continuó inexpresivo, como siempre, mirando fijamente la pizarra.

–Sakura-chan, ¿quién te ha hecho esto? –saltó Naruto, una vez imitó a todos los que nos encontrábamos en el aula.

Quise contestarle, pero ¿qué podía decir? Tenía una ligera idea del porqué; el sujeto por el que lo habían hecho acababa de entrar, con su conocido talante arrogante. Pero ignoraba quién había sido el artífice de aquella pintoresca obra de arte; es más, no me parecía la cuestión más importante.

Que me lo hubieran hecho era incluso peor; sobre todo, por las consecuencias que podría acarrear.

Pero el profesor Itachi no permitió que aquella angustiosa situación se extendiera más tiempo.

Inesperadamente, se dirigió a la pizarra; la fricción furiosa que despedían sus pantalones de chándal al caminar fue lo único que se escuchó en medio del mutismo. Se subió a la tarima, cogió el borrador y, con movimientos firmes y rápidos, se deshizo del dibujo. Después, se giró y soltó el borrador sobre el escritorio del profesor, con un sonoro golpe de la madera.

–Si ha sido alguno de vosotros, ya puede empezar a dar la cara.

Todos permanecieron en un temeroso silencio, abrasados por la penetrante mirada del profesor.

–Muy bien. Esto es un aviso: como pille a quien haya dejado esta vergüenza en la pizarra, o como a alguno se le ocurra llevar a cabo esa amenaza, ya puede ir contando sus días en este centro. Que sea la última vez que hacéis esto, ¿entendido? –no alzó la voz, pero el tono que empleó fue escalofriante.

Una amenaza contrarrestada con otra amenaza.

Una contra mí; la otra de él contra los que me lo habían hecho a mí.

Éticamente, no estaba bien que un profesor se pusiera tan a la defensiva, ¿no? O, bueno, eso debíamos pensar todos. Pero el profesor Itachi era nuevo; podían perdonárselo, más aún si había sido por una causa como aquella.

Por un momento, me sentí más culpable que antes, al ver que me defendía de aquella manera. Y sin embargo, un momento después, noté que mi corazón reaccionaba al hecho de que me había defendido.

A mí casi nadie me defendía; nadie que tuviera una autoridad tan alta, al menos. Era un Uchiha; el mayor de los hermanos Uchiha. Y era profesor; profesor en un instituto para ricos al que yo acudía gracias a una mísera beca. Mi matrícula no aportaba beneficio económico a aquel centro, y mis conocimientos eran solo para mí. ¿Por qué debían defenderme?

Y aún así, él lo había hecho.

El profesor Itachi era capaz de poner en riesgo su puesto de trabajo y de saltarse todos los intereses de aquella institución, con tal de proteger mi dignidad.

Le miré detenidamente, y entonces sentí que me picaban los ojos.

¿Cómo se hace para restarle importancia a tanta amabilidad, cuando el mundo parece tan cruel? Parpadeé para contener las lágrimas de emoción. No iba a permitir que, en el caso de que el culpable se encontrara entre los presentes, me viera llorar.

Nadie dijo nada, y el profesor Itachi nos observó de hito en hito. Acto seguido, su mirada volvió a clavarse en mí. Me preparé para corresponderle si me decía algo; no obstante, permaneció callado. Debió darse cuenta de que la humedad de mis ojos le suplicaba terminar con el asunto.

Su postura se relajó lentamente y, luego, bajó de la tarima. Pasó junto a Sasuke y ambos cruzaron una mirada. No tenía ni la menor idea de lo que había significado para ellos aquel breve intercambio, pero me hizo pensar que el profesor Itachi conocía o sospechaba la causa por la que me habían dibujado en la pizarra. Le dijo algo a su hermano menor, tan rápido y tan bajito, que fui incapaz de escucharlo. Una última vez más, me lanzó una fugaz mirada, y a continuación, se marchó.

Su ausencia fue como si, de repente, me hubieran despojado de mi armadura frente a un dragón.

No quise girarme, porque temía que al hacerlo volvería a encontrar todos aquellos ojos curiosos sobre mí. Sin embargo, no podía huir como una cobarde; tenía que enfrentarme a la situación. Después de todo, nada me aseguraba que el o los culpables de aquel dibujo ofensivo estuvieran allí.

Una mano se posó delicadamente sobre mi hombro.

–¿Estás bien, Sakura-chan? –me preguntó cautelosamente Hinata.

Cuando me aseguré de que ya no había probabilidad de lagrimear, mis ojos se alzaron hacia ella, y fui consciente de la preocupación que embargaba sus finas facciones. El resto de mis amigos también me estaban mirando del mismo modo.

Y ya era el momento de dejar de compadecerme a mí misma.

–¡Por supuesto! –haciendo acopio de todas mis fuerzas, esbocé una ancha sonrisa–. Ha sido una chorrada. Será mejor que volváis todos pronto a clase; no todos los profesores son como Kakashi, y no quiero que os echen la bronca.

Hinata arrugó la frente, pero no dijo nada más. Intercambió una rápida mirada con el resto, y vi que Naruto asentía con la cabeza. El rubio de la cara zorruna me sonrió.

–Está bien. Luego nos vemos, Sakura-chan –dijo.

Recordé enseguida que tenía que entrenar con él antes de que empezara el club.

Naruto, Lee y Hinata se despidieron de mí sin añadir nada sobre lo que había ocurrido; no obstante, el chico del pelo cacerola no parecía muy satisfecho con la idea de dejarme en paz. Estaba serio, de un modo que nunca le había visto, pero decidí que era mejor no enredar más el rizo.

Sasuke fue el que más callado se mantuvo. Casi ni se despidió de Naruto, y acudió a su asiento antes que yo. Su actitud indiferente me seguía enfureciendo, pero aproveché aquel comportamiento suyo para repetirme a mí misma lo gilipollas que era.

No había razones para estar enamorada de él. Menos después de que sus fans me hubieran amenazado de una forma tan humillante y él no hubiera hecho ni dicho nada, al contrario que su hermano.

Y a pesar de ello, mis ojos continuaron fisgoneándole durante toda la mañana, a la espera de algún indicio que me indicara que lo que había pasado no le daba igual.

Eres tan patética como ese dibujo, Sakura.

Pero ahora tenía un problema mayor: esperaba con todo mi corazón que el profesor Itachi no hubiera alertado a nadie sobre aquel suceso.

Llamar la atención como la acosada no sería bueno para la tranquilidad de mi familia.