NOTAS DE AUTOR
¡Konnichiwa a todo el mundo!
Empezamos la semana con un capítulo largo, pero cargadito de eventos. Poco a poco nuestros protagonistas se van acercando. Vuelvo a agradeceros a todos los que seguís mi fanfic este apoyo que me estáis dedicando, me hace mucha ilusión.
Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.
Sin más, ¡A DISFRUTAR!
8. (DES)CONTROL
Era simplemente patético.
La friki de pelo-chicle se había dedicado a reírse con sus amigos y a actuar como la enorme pardilla que era, durante los días posteriores al suceso del martes.
Evita el tema porque prefiere no tener bullas, como una cobarde.
Me ponía de los nervios.
Sobre todo, porque estaba seguro de que tanto ella como yo nos hacíamos una idea del perfil de persona que había hecho aquella novatada. Muchas de las chicas que andaban detrás de mí estaban demasiado obsesionadas.
Sin embargo, no pensaba actuar como mi hermano en absoluto. Ni siquiera entendía a qué había venido aquella mala leche con la que amenazó a toda la clase. ¿Era realmente ese tipo de profesor que se preocupaba tanto por sus alumnos?
Me acordaba todos los días de las palabras que me había dedicado el martes, tras haber borrado aquel estúpido garabato en la pizarra, antes de dejar mi clase.
–Te estás pasando, Sasuke.
¿Me estaba pasando? ¿En qué? ¿Acaso era culpa mía que las tías estuvieran como una puta cabra?
Se volvían locas cuando me veían, con todos aquellos grititos de pavas y sus miradas desesperadas, y se criticaban entre ellas en el momento en que alguna descubría que me había estado acostando con su amiga, la amiga de su amiga o la amiga de la amiga de su amiga. Y luego, estaba el prototipo Sakura: la que iba de preocupada por la vida con sus buenas notas, que fingía no estar interesada en tipos como yo, pero que seguro que se hacía dedos en su casa pensando en mí.
No comprendía por qué Itachi la había defendido de aquella forma, aunque algo me decía que apreciaba de verdad a la peli-rosa.
Y el miércoles aquellas sospechas se confirmaron.
Salí del vestuario ya vestido con el keikogi, en dirección al gimnasio. Estaba solo; Naruto llevaba toda la semana desapareciendo y adelantándose a las clases del club. No se me ocurría una razón por la que hiciera eso, pero tampoco me interesé mucho por saberla.
Cuando entré en el gimnasio, él ya estaba allí.
–¡Teme! Llegas puntual –me dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
¿Por qué está tan contento?
–Llego puntual a los sitios cuando no tengo a cierto dobe calentándome la oreja con sus charlas –repuse fríamente.
Naruto hizo un mohín; no obstante, no pareció verdaderamente enfadado.
Miré detrás de él, más allá, y percibí casi al instante la figura de Itachi, que se estaba vendando las manos. Hoy le tocaba sustituir de nuevo a Asuma, a pesar de que anoche le atacó una extraña tendinitis en los dedos.
Y cerca de él, tal y como había esperado encontrar, estaba Sakura.
La observé detenidamente. Aun cuando desde allí solo podía verla de espaldas, adiviné que estaba haciendo recuento de los materiales del club. Llevaba aquel chándal negro con el logotipo rojo en el pecho –el mismo que mi hermano–, y tuve la impresión de que le quedaba un par de tallas más grande. ¿Por qué se empeñaba tanto en usar ropa holgada? No había podido tocarla todavía, pero sospechaba que tenía mejor cuerpo de la simpleza que aparentaba.
Poco femenina, empollona, pesada y cobardica. ¿Quién da más?
Cuando el equipo entero se reunió en el gimnasio, Itachi se levantó de la banca donde se había estado vendando las manos. Vi que estiraba y flexionaba los dedos, con una expresión de molestia en la cara, y supe que su dolor no era fingido. Pero había optado por asistir a su trabajo, en vez de ir al médico y averiguar qué le pasaba.
Era asunto suyo, no mío.
Varios minutos después, se decidió a empezar con su trabajo.
–Buenas tardes, chicos –saludó, mirándonos a todos–. Hoy quiero que repitamos por última vez las katas con espada que llevamos practicando desde hace dos semanas. Tengo la sensación de que no estáis entendiendo muy bien el concepto, y quizás esté siendo fallo mío por no enseñároslo bien.
Guardó silencio y sus ojos se dispararon hacia un punto más alejado del grupo, a nuestra derecha.
–Sakura-chan, ven aquí –dijo.
¿Sakura-chan? ¿A qué viene esa confianza?
La aludida vaciló algunos segundos. Su mirada mostró inquietud, pero no supe muy bien si era porque le había llamado o por la forma en que le había llamado. ¿Desde cuándo mi hermano usaba –chan con sus alumnas?
Caminó un par de pasos hacia él, pero Itachi la detuvo enseguida.
–Deja la carpeta, y ven –ordenó.
Ella le miró extrañada. Sin embargo, retrocedió y le confió aquel bloc con los apuntes y el parte diario de las clases a Tenten, la chica de los moños de china. Después, la peli-rosa retomó su camino, y cuando llegó junto a él, Itachi colocó las manos en sus hombros.
–Quédate aquí –le indicó. Hizo una pausa y se separó de ella. Se acercó al material del club, apostado en un extremo del gimnasio, y cogió una espada de madera; luego, se colocó a unos dos metros de distancia de Sakura–. Muy bien; ahora voy a atacarte.
A mi alrededor se desencadenó un cúmulo de murmullos agitados.
Entorné los ojos y observé a la joven de la media melena rosácea. Sus grandes ojos verdes se habían abierto mucho, en una expresión de pura sorpresa; no parecía estar muy al tanto de las intenciones de mi hermano. Quise volverme hacia Itachi, curioso por descubrir qué narices estaba pensando, pero el rostro de Sakura llamó mi atención otra vez. Miró a Naruto, a mi lado, con un gesto entre exigente y angustiado.
–Te prometo que no he dicho nada –oí que susurraba el idiota rubio, con cara de preocupación.
Fruncí el ceño. Si había algún secreto entre aquellos dos, estaba claro que Naruto no mentía; yo no me había enterado y, por tanto, los demás tampoco.
–Sakura-chan –volvió a reclamar Itachi la atención de la chica–, no tienes nada que temer. Llevas mucho tiempo ocultando en vano tus magníficas habilidades; estás en un club de artes marciales, de manera que nadie te juzgará por ello. No todos los clubes gozan del honor de tener una encargada experta en aikido.
¿Experta en aikido? ¿La pelo-chicle?
Mis ojos examinaron el rostro de Sakura; ya no parecía tan sorprendida, si no, más bien, resignada. El rumor de los murmullos pareció incrementarse.
–Ay, madre mía, Sakura-chan, mira que lo sabía… –dijo Kiba en voz baja, llevándose una mano a la frente.
¿Podía ser verdad? Que una chica tan poca cosa como Sakura supiera mínimamente alguna técnica de aikido. O que fuera directamente experta, como había dicho Itachi. ¿Estaría exagerando con ella hasta ese punto?
De todas formas, el aikido es el arte marcial de los miedicas.
–Profesor Itachi, preferiría no participar en esto; como usted ha dicho, solo sé aikido –soltó al fin la chica del pelo rosa pastel.
Más murmullos de estupefacción. Así que lo admitía.
–Precisamente por eso te necesito en este ejercicio: quiero que me quites la espada –replicó Itachi.
Ella volvió a mirarle con sorpresa. Mi hermano se limitó a sonreír levemente y no añadió nada más. Su postura permaneció aparentemente calmada, pero yo detecté de inmediato que sus músculos se empezaban a endurecer.
–No te contengas –dijo.
Todos enmudecieron súbitamente, y yo contemplé a Sakura. Parecía seguir sin asimilar lo que se le venía encima, pero no estaba seguro de si fingía o de si realmente se encontraba así de conmocionada.
Reacciona, pelo-chicle. No hagas el ridículo delante de todos.
El combate duró solo un instante.
De repente vi a Itachi levantando en alto la espada y con un veloz movimiento dio un paso hacia adelante, decidido a descargarla contra Sakura.
Y entonces todos los músculos de ella se tensaron. Sus manos se lanzaron directas a la espada y giró hacia un lado con una asombrosa agilidad, como si se hubiera transformado en un fragmento del viento. Ella dejó una mano sobre la de Itachi, permitiendo que el movimiento de la embestida continuara su camino descendente, mientras que con la otra le estampó un fugaz puñetazo en el costado. Me sorprendió descubrir a mi hermano dando un traspiés, desequilibrándose; luego, la peli-rosa posó rápidamente la mano que le había golpeado sobre el extremo de la espada. Casi sin esfuerzo, tiró de ella agresivamente hacia adelante, en un movimiento sinuoso, alzándola un poco y provocando que los brazos de Itachi se doblaran hacia arriba. Al hacerle perder momentáneamente la fuerza, de pronto empujó hacia abajo y en un segundo se apoderó de él por completo.
Mi hermano salió rodando hacia adelante, y su mano se zafó automáticamente de la madera. La espada se quedó señalándole: recta y desafiante, como si se preparara para morderle al más mínimo movimiento.
Sakura jadeaba por la adrenalina, y sus ojos estaban muy abiertos.
Pero quizás, en aquel momento, los míos lo estuvieron más.
Itachi… ha perdido.
–Vaya –susurró mi hermano; al cabo de unos segundos, se incorporó y se giró para mirar a la peli-rosa, dedicándole una sonrisa–. Debo felicitar al maestro que te ha enseñado a desarmar así; tienes un buen gancho. Creo que nos has dejado boquiabiertos a todos.
Como él decía, el equipo entero se había quedado petrificado ante la escena. Y aunque me jodía reconocerlo, yo también.
Mis ojos se clavaron en la figura de Sakura. Su respiración comenzó a acompasarse, y mientras relajaba la postura y bajaba el arma, noté que las mejillas se le sonrojaban, como siempre. Parecía más tranquila, como si lo que acabara de hacer no fuera verdaderamente grave o portentoso. Sin embargo, no tardé en comprenderlo. Miré a Itachi, y luego regresé a ella.
Ambos habíamos entendido que mi hermano le había dejado ganar.
Itachi se levantó del suelo, finalmente, y nos miró de hito en hito, analizando nuestras caras.
–Con esto he querido demostraros por qué es importante que corrijáis vuestros movimientos en las katas –dijo con su habitual voz solemne–. Las artes marciales son casi un estilo de vida. Es muy común encontrarnos con enemigos a nuestro paso, pero tenemos que saber cómo enfrentarnos a ellos sin que descubran nuestros puntos débiles; porque todos tenemos puntos débiles.
»Nunca sabréis con qué tipo de luchador vais a toparos, como tampoco con qué tipo de persona. El aikido es un arte marcial diferente del kárate, que se preocupa por analizar los movimientos del enemigo y aprender a reaccionar ante su ataque. Una persona cualquiera puede ser nuestro «contrincante de aikido»; como nosotros haremos también, intentará averiguar nuestros fallos y flaquezas para aprovecharse de ellas en su favor. Y dependerá únicamente de nosotros contrarrestar su análisis y evitar que se apodere de nuestro control.
Calló unos segundos y observó a todos en silencio; después, se acercó a Sakura. Cerró los ojos y soltó un suspiro débil, frunciendo un poco el ceño. Aquella era la cara que solía poner cuando sentía un poco de vergüenza y no quería que nadie lo notara. Inesperadamente, dejó caer una mano sobre la cabellera de la peli-rosa; ella se sonrojó todavía más.
–Por cierto, respetad más a vuestra encargada –añadió, mientras palmeaba su cabeza en un gesto protector.
Entrecerré los ojos, siendo inmediatamente consciente de lo que acababa de pasar.
No era que Itachi hubiera pretendido darnos una lección magistral sacando a Sakura a combatir. No era que hubiera encontrado un modo de que el equipo entendiera que tenían que tomarse en serio las katas. No era que hubiera querido quitar sus tontos complejos a nuestra encargada. No era que sintiera vergüenza de que sus alumnos le hubieran visto perder contra ella, cuando le tocó la cabeza.
Era que quería que todos la defendieran delante de los demás.
A la mañana siguiente, el despertador resonó en mis oídos como un canto divino, a pesar del chirrido incesante y el ataque al corazón que me asaltó. Había tenido uno de esos sueños que no puedes llamar sueños; de los que quieres huir en cuanto descubres que el corazón se te llena de una negrura sorda, donde nadie puede verte ni escucharte.
Había sido la pesadilla de un antiguo recuerdo; uno que deseaba fervientemente olvidar.
En general, no ocurría nada en él; era más bien el malestar que me transmitía. Eran solo los ojos oscuros de mi madre, mirándome con aquella bella sonrisa de simulada alegría, mientras colocaba en mis brazos la tarta con las cuarenta y dos velas. La tarta de cumpleaños de mi padre.
El cumpleaños. Y mi padre. Y mi madre y su sonrisa. Y mi madre y aquella mancha de su piel, que le asomaba por debajo de la rebeca. Y mi hermano en la puerta, sonriéndome igual.
Y los ojos. Y la sonrisa. Y la mancha.
Solté un largo suspiro. Sentí en ese momento el pecho pesado, y al mirar hacia abajo, descubrí a una chica durmiendo plácidamente sobre él. No me acordaba muy bien de su nombre, pero sí de que pertenecía a mi instituto. El día anterior había venido con Naruto y los demás al karaoke, después del Club de Kárate, y aunque tenía novio o algo así, había estado tonteando toda la noche conmigo hasta que consiguió excitarme lo suficiente como para traérmela a casa y follármela. Nos debíamos haber quedado dormidos después del clímax.
Me vestí con el uniforme del instituto y la desperté. Sabía que Itachi se había ido antes de que nos levantáramos, por lo que no me importó que desayunara en la cocina conmigo.
–¿Tu novio no te ha mandado ningún mensaje? –le pregunté mientras me comía mi bol de cereales.
Seguía sin recordar su nombre.
–Cientos de ellos, pero no me importa. He dormido con Sasuke-kun y me he divertido un montón –me sonrió de una forma tan falsamente dulce, como lo eran sus pestañas postizas.
Era el ojito derecho de un banquero multimillonario; uno entre tantos de esos que había en Japón, que olvidaban la historia de por qué habían luchado por su puesto de trabajo y terminaban consumidos por su ego y su ambición, poniéndole los cuernos a su mujer y escapándose de vez en cuando a fiestas eternas colmadas de prostitución de lujo y alcohol. Era lógico que su hija fuera más superficial que el flotador de plástico de una piscina de cloro.
Por lo menos está buena y sabe chuparla bien.
Caminamos juntos hasta el Instituto Konohagakure, y nos despedimos en la puerta, donde ella detectó desde lejos a su grupo de amigas.
–¡Megumi-chan! –oí que la llamaban.
Claro, se llama Megumi.
Se despidió de mí, y me alegré de que no me hubiera pedido un beso en público; era un rechazo y un momento incómodo que me había ahorrado. No me importaba practicar sexo en lugares públicos donde pudiera esconderme, pero no aguantaba las demostraciones románticas.
Entré en el instituto y me dirigí a mi taquilla. Me calcé los zapatos de goma y dejé los de la calle allí, poco preocupado ante la perspectiva de que alguien los robara. Ni los de goma ni aquellos mocasines oscuros me gustaban.
Y cuando me dispuse a ir a mi clase, escuché una voz familiar cerca.
–¡Me cago en todo lo que se menea! –exclamó.
Me asomé por la esquina y, al otro lado del mueble de las taquillas, de espaldas, identifiqué enseguida la media melena rosada y la falda de cuadros por las rodillas.
–¡Les voy a arrancar la cabeza a mordiscos! –gruñó Sakura visiblemente cabreada, mientras daba golpes a su taquilla.
Qué fina es esta chica hablando…
La observé largamente, apoyándome en el mueble y entornando los ojos. Su cuerpo ocultaba mi visión, pero no era difícil adivinar que estaba teniendo problemas con abrir la puerta de la taquilla.
–¿Y ahora cómo cojo mis zapatos? –se preguntó retóricamente.
Se giró un poco y, sacando la lengua en un gesto de concentración, intentó introducir forzosamente una mano por una rendija de la taquilla. Aquella presión resultaba dolorosa incluso para mí. Estaba loca si pretendía coger los zapatos de esa manera.
¿Por qué coño no se lo dice a los profesores? Ellos le darán otro par.
Sakura sacó la mano, frunció el ceño de nuevo, dio otro par de manotazos furiosos en la puerta de la taquilla y, luego, volvió a intentarlo. Era verdaderamente estúpida, o demasiado obstinada. A menudo me recordaba a aquellos gatos callejeros que se preocupan por mantener el tipo, pero que si intentas tocarlos o jugar con su comida, se les eriza todo el lomo y te sacan las uñas, rabiosos.
Un par de minutos después, con un esfuerzo que casi le deja sin piel, logró sacar uno a uno sus zapatos de goma. Esbozó una sonrisa de oreja a oreja, orgullosa de haber cumplido con su objetivo; sin embargo, yo contemplé horrorizado el estado en que se encontraba su muñeca y la parte externa de su mano. Parecía como si se hubiera pasado un cepillo de pinchos por encima.
–Se creían que podían conmigo, pero de eso nada monada. Un poco de chicle no va a achantarme –dijo para sí misma, mientras se ponía los zapatos y dejaba los suyos dentro de su mochila.
En ningún momento pareció percatarse de mi presencia. Escuchó que la llamaban desde el pasillo que dirigía al interior del instituto, se recolocó la mochila y echó a correr hacia allí. Mis ojos la vieron desaparecer en la distancia.
Resoplé. Con la curiosidad de descubrir lo que había impedido que Sakura abriera su taquilla, me acerqué a ella. Examiné detenidamente la cerradura y enarqué una ceja. La peli-rosa había hablado de chicle, pero en lugar de eso, alguien había usado una especie de adhesivo sólido muy pegajoso para bloquear la puerta. Me encogí de hombros y me dispuse a alejarme de la zona de taquillas.
Sin embargo, me detuve.
En mi memoria resonaron las puñeteras palabras de Itachi: «te estás pasando, Sasuke».
Volví a mirar hacia la taquilla de Sakura, dejando los ojos clavados en la cerradura. No era mi problema que aquella chica estuviera siendo acosada por un grupo de neuróticas, pero ¿estaba bien que el motivo fuera yo? Incluso el capullo de mi hermano estaba tomando parte en todo aquello.
Y lo peor era que ella parecía llevarse de puta madre con Itachi.
Casi me la imaginaba babeando por él y no por mí, y aquel pensamiento hizo que sintiera el repentino impulso de largarme y dejar la taquilla tal y como estaba. O presionarla un poco más para que se quedara completamente cerrada. La pelo-chicle tenía que aprender a pedir ayuda a quienes tenían más poder, no callarse y esperar que imbéciles como mi hermano la cubrieran.
Pero, por alguna razón, no fui capaz de nada de eso.
Me bajé la cartera del hombro y rebusqué en mi estuche para sacar unas tijeras. Recordaba que tenía un mechero en el bolsillo, de un universitario que había venido ayer con nosotros al karaoke; se lo había olvidado allí con la borrachera, y la chica con la que me había acostado anoche, Megumi, me lo había dado a mí. Ahora podía darle un buen uso, puesto que no fumaba y tampoco me iba el rollo de encender velas para un revolcón.
Quemé el acero de las tijeras durante algunos segundos y, rápidamente, introduje las cuchillas por la rendija de la taquilla. Apreté un poco el mango y, como si fuera mera mantequilla, el adhesivo se dividió; después, arranqué los restos con los dedos. No tenía las llaves de la cerradura, de modo que me limité a comprobar que no había ninguna dificultad más al abrir y cerrar, y dejé finalmente la taquilla. Nadie parecía haber visto la escena, pero me alejé de allí con un suspiro exasperado, llevándome la cartera al hombro de nuevo.
Pensaba hacer que la pelo-chicle me recompensara por aquello, sí o sí.
–Así que Sakura te está ayudando a entrenar –comenté en tono desapasionado.
–Cuando tu hermano reveló que sabía aikido, temí que pensara que se lo había dicho yo. Pero creo que nos pilló entrenando ese mismo día –respondió Naruto.
Era jueves por la tarde-noche y nos encontrábamos en un pub jugando al billar y bebiendo unos refrescos. Habíamos ido allí después del entrenamiento en el Club de Kárate. Solo estábamos nosotros; Ino, Shikamaru y Chôji no se habían apuntado aquella vez.
Era bastante obvio que la rubia platino no tenía ganas de verme.
Llevaba así desde la última vez que salimos, y me imaginaba que se debía a que la semana pasada me había largado temprano a mi casa para follarme a Temari, en lugar de quedarme con todos ellos en el centro comercial. Pero no tenía motivo para sentir que debía haberme reprimido; Ino y yo no teníamos nada, tan solo algo que podía llamarse amistad. Ella era libre de alejarse cuando quisiera, pero me fastidiaba que actuara como si hubiera pretendido hacerle daño adrede. Sabía lo que había; no era la primera vez que elegía el sexo por delante de una quedada rutinaria con amigos.
Shikamaru se unía a ella simplemente porque me tenía la misma simpatía que yo le tenía a él, y Chôji siempre seguía al Coletas de Cejas Depiladas.
Con Naruto era suficiente, en realidad.
–¿Y te está sirviendo de algo entrenar con la pelo-chicle? –le pregunté, tras golpear la bola blanca con el palo de billar.
Metí una verde.
–Sakura-chan es impresionante –contestó el idiota rubio. Hizo una pausa y golpeó una bola, que no llegó a entrar en el agujero. Soltó un suspiro y prosiguió–: Supongo que flipaste cuando la viste tumbando a tu hermano.
Me mantuve en silencio, sin asentir ni negar. No admitiría ante nadie que cuando vi volando a Itachi a manos de Sakura se me puso el corazón en la garganta.
–¿Sabes, teme? Antes de Hinata-chan, estaba muy enamorado de Sakura-chan. Una vez incluso llegué a confesarle mis sentimientos… ¡Qué locura pensar que ahora estoy pirado por su mejor amiga! –continuó.
Enarqué una ceja.
–¿Desde cuándo conoces a Sakura?
Naruto se quedó repentinamente inmóvil, mirándome con sus ojos azules muy abiertos.
–¿Lo dices en serio, Sasuke?
Fruncí el ceño, sin comprender bien a qué se refería.
–¿Cómo?
El rubiales de la piel morena fue a replicar, pero se detuvo cuando mi móvil sonó en el bolsillo de mi pantalón. Lo saqué para leer el mensaje que había recibido.
Fûka: ¿Vienes a mi casa? Tengo vodka, hielo y un enorme calentón…
No me gustaba el vodka; prefería el ron. Pero aquella era la ventaja de tirarse a una universitaria: aunque la ley no me permitía beber alcohol hasta los veinte, ella me conseguiría todo el que quisiera. Aún así, si me daban a elegir entre bebida y sexo, definitivamente me inclinaba por la segunda opción. El alcohol no me entusiasmaba en exceso; sabía cómo darle un mejor uso para cuerpos como el de Fûka. Derramar un poco de Smirnoff entre sus tetas, mientras la penetraba sentado, era un modo interesante de beber.
Respondí afirmativamente en unos pocos segundos a mi universitaria favorita, cerré el móvil y lo devolví a su sitio; luego, miré a Naruto. Su expresión continuaba siendo de un completo estupor.
–Oye, me tengo que ir; Fûka me está buscando.
–Y te ha encontrado… –susurró el rubio idiota.
Dejé a un lado el palo de billar y me reajusté el cuello de la camisa de cuadros.
–Teme, lo que has dicho antes…
Me volví para mirar a Naruto con curiosidad; sin embargo, sacudió la cabeza.
–Es igual, ya lo hablaremos. Ahora ve y disfruta de tu encuentro con Fûka… –guardó silencio de repente, como si hubiera recordado algo–. Oye, mañana por la tarde, ¿qué harás? No tenemos entrenamiento.
Y justo en ese preciso instante, fui yo el que se acordó de algo importante.
–Te iba a decir que nada, pero me acabas de recordar que tengo que hacer el puñetero trabajo de Historia con Sakura. Aún no le he hablado desde que me dio su número el lunes.
Naruto abrió aún más los ojos que antes.
–¡Serás gilipollas! ¡Corre y llámala! Ya son casi las nueve; no puedes tenerla en ascuas toda la semana –me sermoneó.
–La verdad es que creo que ni le preocupa que no me haya puesto en contacto con ella. De todos modos, la habría visto mañana en clase; podría decírselo directamente allí.
El rubio idiota se estampó una mano contra la frente.
–Sasuke, por favor, contacta con ella.
Rodé los ojos y solté un resoplido.
–Me largo –dije secamente.
Di media vuelta y me encaminé hacia la salida del local. A Naruto le tocaba pagar las bebidas esta vez.
Fuera, me detuve a mitad de camino. Ya era de noche y las calles parecían haberse colmado de transeúntes que habían cumplido con su jornada laboral. La primavera se extendía entre las nubes nocturnas que se paseaban lentamente frente a la luna creciente, y los edificios creaban luces enigmáticas, raspando los límites del firmamento.
Saqué el móvil y lo contemplé largamente. No debía ignorar a Sakura ahora que había recordado que tenía que contactar con ella. Me pregunté si también lo habría olvidado, o si pretendía evitar la situación de venir a mi casa. Después de todo, tal y como había reaccionado la primera vez que se lo propuse, dudaba en el fondo de que la idea hubiera salido naturalmente de ella.
Resoplé, y con una honda irritación, busqué su número en mi agenda. Había pensado en enviarle un mensaje, al principio; pero ya que la había hecho esperar tanto tiempo, consideré justo llamarla por teléfono.
La línea descolgó en el tercer pitido.
–¿Diga? –inquirió su voz desde el otro lado.
–Vivo en la planta 50, segundo apartamento, del edificio nº 16 de Ginza. Ven mañana a las 16:00; solo tienes que llamar al porterillo de arriba –contesté.
No me había preocupado en decirle quién era, suponiendo que ella lo adivinaría sin problemas. Sin embargo, al notar que tardaba en responder, quise abrir la boca para especificarlo.
–Vale –contestó entonces ella, interrumpiendo mi propósito.
Esperé unos segundos más por si quería añadir algo, pero solo se escuchó el runrún de las líneas telefónicas.
–De acuerdo. Te espero mañana –sentencié.
Ninguno de los dos dijimos nada más, y finalmente colgué.
¿Tan solo un mísero «vale»? ¿Ni siquiera mi nombre ni una despedida con un ínfimo «hasta mañana»?
Chasqueé la lengua, indignado. Aparte de las veces en que me enfrentaba al plasta de Naruto, o al capullo de Itachi, aquella friki sabelotodo era la única persona que conseguía exasperarme. Mi autocontrol caía por la borda cada vez que mantenía una conversación con ella, y los nervios se me alborotaban en las palmas de las manos y el entrecejo. Era tan estúpida y soberbia que me daban ganas de aplastarla como a una mosca.
Quizás solo esté cabreada porque he contactado con ella muy tarde.
Me encogí de hombros, y decidí reemprender mi camino a casa de Fûka. Sin embargo, me embargó una tremenda curiosidad. ¿Cómo reaccionaría Sakura mañana, cuando estuviera dentro de mi territorio?
Durante las clases del viernes, noté lo mucho que Sakura se esforzó en no mirarme ni una sola vez. Y contra mi voluntad, me descubrí a mí mismo sintiéndome un poco inquieto.
¿Habrá captado que quien le llamó ayer fui yo?
Decidí que sí, y me recordé que ella nunca pareció ilusionada con la perspectiva de venir a mi casa, ni siquiera cuando mi apartamento se encontraba en el distrito de la moda y los lujos en Tokio.
Al volver a casa, como siempre, estaba solo. El año anterior, cuando todavía Itachi estaba en la universidad, me encontraba más a menudo con él; entonces era yo el que procuraba llegar tarde a casa.
Últimamente empezaba a notar que mi hermano me estaba evitando. Era mucho más casero que yo, y sabía cuánto le gustaba nuestro apartamento: él mismo lo había diseñado a su gusto, con los muebles minimalistas de abedul, las puertas de ébano, el sofá chaise longue de color gris perlado, la chimenea digital y las lámparas de diseño italiano. Era casi como una maruja –muchas veces ni siquiera me dejaba hacer la colada, ya que prescindíamos de sirvientes o criados en casa–; era obvio para mí que estaba huyendo. Sin embargo, poco me importaba verle cada vez menos; ya tenía suficiente con el instituto.
Haciendo tiempo hasta que llegara la hora acordada con Sakura, decidí darme una ducha. Había quedado para ir a Shibuya más tarde con Naruto y los demás, aunque tenía pocas ganas. Podría acabar la noche follándome a alguna tía buena, pero aquel día ni siquiera sentía un especial entusiasmo ante aquella posibilidad.
Me enjuagué tranquilamente el cuerpo y el pelo con la alcachofa, me di un cálido remojón en la bañera, y cuando terminé de secarme, caminé hacia mi habitación, desnudo. Teníamos un gran ventanal acaparando la pared frontal del salón, pero no me importaba en absoluto mostrar mis dotes al horizonte nipón. Cogí unos bóxer y unos vaqueros, y en el momento en que fui a sacar una camiseta del sifonier, llamaron a la puerta de casa. Miré por el rabillo del ojo el reloj de mi mesilla de noche.
Qué puntual.
Me dirigí a la puerta, mientras me pasaba la toalla pequeña por el pelo para secarlo. Eché un fugaz vistazo a la mirilla, y confirmando mi suposición, abrí sin demorarme más.
Sakura me miró un instante a la cara, y otro instante después, sus ojos bajaron hasta mi torso. Súbitamente, se puso colorada como un tomate, cerró los ojos y se volteó.
–¡Madre mía! ¿Qué haces en pelotas? –dijo con una exaltada voz aguda.
–No te emociones tanto; solo estoy sin camiseta –repuse con neutralidad.
Ella vaciló un poco hasta devolverme la mirada al fin, tímidamente. Sus pupilas examinaron mi cuerpo, y se detuvieron unos segundos en el enorme tatuaje que me cubría medio pecho izquierdo y el hombro. Luego, se relajó, aunque continuaba ruborizada.
La evalué rápidamente con la mirada. Con lo empollona que era, esperaba encontrármela con el uniforme del instituto, pero la ropa que llevaba resultaba incluso más aburrida. La sudadera de mangas cortas y los vaqueros anchos remangados, con las zapatillas de lona, palidecían el atractivo de su cabello rosa pastel. Parecía una simple friki. No había ni un solo signo de femineidad en su aspecto, salvo, quizás, la máscara de pestañas y el antiojeras que se había puesto.
Últimamente los lleva mucho.
–Pasa –resolví finalmente.
Di media vuelta para regresar al salón, pero a medio camino me detuve y me volví para asegurarme de que me seguía. Se había quedado quieta a solo unos pasos de la puerta, mirando fijamente a un punto de mi espalda. Antes de que hablara, ya me había dado cuenta de qué era lo que había captado su atención.
–¿Te has caído hace poco? –preguntó con cierto reparo.
Percibí la preocupación en su mirada, y se me escapó una sonrisa sarcástica.
–No creo que algo tan simple te deje una cicatriz tan grande –repuse.
No lo entendería; una caída también podía marcarte el cuerpo.
Pero nada en el mundo podía marcarte de la forma en la que a mí me había marcado aquella cicatriz.
Sakura me miró con una expresión extraña; tal vez un reflejo de la confusión que estaba sintiendo por dentro. Sin embargo, no me hizo más preguntas al respecto, y yo lo agradecí en mis adentros.
Entró despacio, un poco vacilante, y cerró la puerta tras de sí. Continué mi camino hacia el salón, seguro de que al fin me seguía, y me detuve frente al sofá. Cuando me giré para mirarla, sus ojos se habían agrandado, recorriendo de arriba abajo toda la estancia.
Seguramente sea la primera vez que ve un sitio así.
–Haremos el trabajo aquí –anuncié. Ella dio un último rodeo con la mirada, tímida, como si buscara a alguien–. Itachi no está, si es lo que te preguntas.
Sakura me miró y sus ojos parecieron hundirse con cierta decepción. Me pregunté por un segundo si la razón por la que había aceptado venir a mi casa era él.
¿De qué vas? Solo porque te haya defendido no tienes que hacerte esas ilusiones.
–Voy a ponerme una camiseta –proseguí, con una ligera irritación.
La dejé en el salón y me encaminé a mi dormitorio. Saqué del sifonier la camiseta grisácea que había pensado ponerme y devolví la toalla del pelo a su sitio. Cuando regresé al salón, Sakura continuaba de pie.
–¿Por qué no te has sentado?
–Ah, ¿podía hacerlo? –inquirió sorprendida.
–¿Necesitas que te dé permiso para todo? –contesté con ironía.
La miré esperando que reaccionara, y para mi sorpresa, decidió sentarse sobre la moqueta blanca, junto a la mesita de té. Confuso, me senté en el sofá, cerca de ella.
–No voy a echarte de mi casa porque uses el sofá –comenté.
–Lo sé, pero… aquí estoy más cómoda –repuso, sonriéndome forzosamente.
Está muy, muy nerviosa.
–Está bien –un repentino silencio se interpuso entre nosotros, y miré la deshilachada cartera que llevaba–. ¿Vas a enseñarme la información que le presentaste a Kakashi o no?
Sakura dio un respingo, como si mis palabras la hubieran espabilado; acto seguido, sacó de la cartera un cúmulo de papeles, que colocó a lo largo de la mesita de té.
–El profesor apenas los miró, pero creo que aquí recogemos todos los puntos principales del tema –explicó; su voz me sonaba más tensa que de costumbre. Hizo una breve pausa y, con notorio esfuerzo, me miró a la cara–. ¿Sabes de qué va el mito de Psiqué y Cupido?
Me encogí de hombros y negué con la cabeza. Ella soltó un suspiro difícil de interpretar.
–Es una historia de amor entre la princesa Psiqué y el dios del amor, Eros, que se conoce popularmente como Cupido, su nombre latino –se detuvo y examinó mi semblante inexpresivo, un poco en la duda de si debía continuar o no.
Me divertía que tuviera tantos reparos conmigo; normalmente se limitaba a soltarme lo que quería, poco preocupada en cómo me afectaba a mí. Era muy satisfactorio pensar que, de algún modo, estaba condicionando su comportamiento.
Justo lo que había estado esperando cuando la invité a mi casa.
–¿Qué sucede en la historia? –pregunté, alentándola.
Sakura cogió uno de los papeles que había traído.
–Hice un resumen –comentó. Seguidamente, se aclaró la garganta y empezó a leer–: Psiqué es la princesa menor de tres hermanas, y posee una extraordinaria belleza. La diosa Afrodita siente envidia de ella, y le ordena a su hijo Cupido que la atraviese con una de sus flechas y haga que se enamore del hombre más horrible y malvado del mundo. Pero cuando la ve, es Cupido el que se enamora de ella.
»A pesar de su belleza, Psiqué no encuentra esposo, y ante esta situación, el Oráculo de Apolo vaticina su futuro. Pero no recibe buenas noticias: Psiqué terminaría casándose en la cumbre de la montaña con una serpiente alada, un monstruo.
Guardó silencio unos segundos y dejó la mirada prendida entre las líneas del papel; sus ojos reflejaron una ligera conmoción. Estuve a punto de preguntarle, pero ella se apresuró en continuar.
–Como las predicciones del Oráculo eran irrevocables en la cultura grecorromana, la familia de Psiqué acepta su destino, y la dejan en lo alto de la montaña. Pero el Céfiro (que era lo que se conocía como Viento del Oeste) se la lleva hasta un prado, y allí Psiqué descubre que el monstruo que supuestamente la desposaría resulta ser alguien amable y cariñoso, que le regala fortuna y felicidad, aunque por alguna razón le oculta su aspecto.
»Psiqué se siente feliz, pero con el paso del tiempo echa de menos a sus hermanas. Cuando se reencuentra con ellas, las dos comienzan a sentir envidia de las riquezas de Psiqué, y provocan que ella sospeche de la identidad de su marido. Le instan a matarlo por la noche, y Psiqué, envenenada por la desconfianza de las otras, mientras él está durmiendo, enciende la luz e intenta acuchillarlo. Pero al ver su cara y descubrir que se trata de Cupido, se detiene; sin embargo, un poco del aceite de la vela que ella sostenía lo despierta al herir su espalda…
Volvió a detenerse y entonces me miró. No supe muy bien qué era lo que estaba buscando en mi figura, pero me inquietó que me observara de aquella manera. Segundos después, regresó al resumen.
–Cupido se marcha, dolido al ver la desconfianza de su esposa, y Afrodita descubre entonces toda la historia y monta en cólera. Arrepentida, Psiqué le pide a la diosa que le deje ser su sirvienta para, así, poder ver a Cupido. Afrodita, anegada en su ira y sus celos, le ordena hacer trabajos imposibles, pero la humana consigue cumplirlos todos. La diosa, desesperada, exige que vaya hasta el Inframundo y que le pida a Perséfone un poco de su belleza en un cofre. Psiqué lo hace, pero cuando está a punto de salir hacia la luz, su curiosidad le lleva a abrir el cofre y cae presa de la oscuridad.
»Entonces, Cupido se recupera de sus heridas, descubre lo que está haciendo su madre Afrodita y sale en busca de Psiqué. La despierta de su sueño con un beso y, luego, le pide a Zeus que la haga inmortal para que pueda vivir con él en el Olimpo. Finalmente, Psiqué y Cupido se casan y viven juntos para siempre.
Sakura permaneció en un profundo silencio, con la mirada clavada en el papel. Me quedé mirándola largamente, preguntándome qué estaría pensando. El brillo de sus ojos era el mismo de las veces en que la descubría mirando absorta por la ventana de clase, inmersa en unos pensamientos que no podía alcanzar.
Contemplé callado el perfil de su nariz: liso y limpio, con la punta fina señalando ligeramente hacia arriba. Su boca pequeña estaba entreabierta: llena y suave, perfectamente dibujada en aquel rostro de muñeca. Por un mísero instante, sentí que era la criatura más hermosa del mundo; los cabellos rosados que enmarcaban sus facciones le otorgaban un aspecto celestial, como si hubiera emanado de un sueño.
De repente me miró, y su expresión volvió a ser la de una aburrida empollona difícil de soportar. El cosquilleo que noté en el bajo de mi vientre se disipó inminentemente.
–Bueno, esa es la historia. Un poco… retorcida, pero ya se sabe que así es como le gusta a la gente –hizo una pausa e indagó entre los papeles que había dejado sobre la mesita de té–. El otro día te pregunté por tu nivel de inglés, ¿recuerdas?
–Sí.
–Bien, pues –sacó un cúmulo de folios grapados y los colocó delante de mí–, he encontrado un artículo muy interesante de un estudiante de Humanidades de la Universidad de Oxford, en el que hace un análisis exhaustivo del mito. Podemos basarnos en él.
Solté un suspiro de pesadez.
Empieza el espectáculo.
Bajé del sofá para acercarme más a la mesita de té y me senté algo más cerca de Sakura. Por el rabillo del ojo, detecté que ella se tensaba; sentada sobre sus propias piernas, al modo tradicional, noté sus brazos rígidos y las manos muy apretadas sobre los muslos. Intentaba concentrar su mirada en los folios esparcidos frente a nosotros, en vano.
Recordaba el beso que le había dado aquel viernes, un par de semanas atrás, y me preguntaba si ella estaría pensando en él en ese momento. Llevaba días haciéndose la dura conmigo otra vez, y sin embargo, ahora la tenía allí, casi temblando por la turbación de estar a mi lado. Sabía que mi presencia provocaba sudores fríos en su espalda, y quizás, algún que otro hormigueo por su barriga. Su inquietud me excitaba.
Aún así, decidí ignorarla y me dediqué a ojear algunos de los papeles que había derramado por la mesa. Al cabo de un rato, comentó que necesitaba ir al baño, agitada; no pude reprimir la sonrisa de triunfo que se me cruzó por la boca, a espaldas de ella. Sakura regresó pocos minutos después, aparentemente más calmada. Se sentó de nuevo en la moqueta blanca, al otro lado de la mesita de té, lejos de mí. La miré fugazmente a través de las pestañas; seguía frunciendo el ceño, y sus ojos caían hacia algún punto perdido debajo de la mesa. Parecía muy cabreada, como si en su interior se estuviera liberando una jauría de lobos coléricos.
Eres peor que un libro abierto.
Me concentré en leer con seriedad el artículo del estudiante de Oxford que me había sugerido, y al rato, ella levantó la cabeza. Me miró con decisión, y entonces soltó un suspiro resignado.
–¿Crees que podamos usar algo de ese artículo?
Casi volví a reírme; sus intentos de parecer resolutiva eran patéticos.
–Creo que tenemos que empezar a hacerlo cuanto antes. He quedado a las seis y media –respondí con frialdad.
Sakura frunció el ceño de nuevo; sin embargo, fuera lo que fuere lo que pensaba, no lo manifestó.
–Bien, pues escribámoslo todo a mano y luego lo paso a ordenador en mi casa –dijo.
Sin decir una palabra, me levanté del sofá y me encaminé a mi dormitorio. Había notado la mirada inquisitoria de la pelo-chicle hasta que regresé al salón, con mi portátil debajo del brazo.
–¿Para qué hacerte pasarlo todo a ordenador si aquí tengo el mío? –repliqué, colocando el portátil sobre la mesita de té.
Observé de reojo que Sakura se sonrojaba, y supe inmediatamente que era una reacción entre la rabia que sentía hacia mí y el sentimiento de vergüenza al haber tenido tal consideración con ella. Seguramente, pese a su orgullo, agradecía que le facilitara el trabajo; había impedido que ella tuviera tarea doble en casa. No me costaba adivinarlo.
El tiempo pasó entre nosotros como un cuentagotas, inmersos en una tensión únicamente paliada por nuestro propósito de terminar rápido con el trabajo. Mantuvimos una conversación superflua sobre cómo estructurarlo, y lo escribimos sin mucho esfuerzo; la pelo-chicle había tenido preparado casi todo desde el principio.
Y continuamos de aquella forma hasta que llegamos al apartado de la conclusión.
–En las instrucciones dice que tenemos que dar una opinión objetiva sobre el mito, pensando en cómo afecta a la realidad –dijo Sakura.
–Piénsalo tú; tienes mayor capacidad analítica que yo –repuse.
Nunca habría imaginado lo que aquellas palabras provocaron en ella.
En ese preciso momento, percibí su mirada fija en mí, e inevitablemente se la devolví. Nuestros ojos se encontraron, tras la larga hora que habíamos evitado el contacto visual. Y fue apenas un instante, un suspiro en medio de la nada, su rostro entero pareció encogerse, o expandirse, o suavizarse en un inmenso gesto de dulzura.
Me sonrió.
Me sonrió como sonríe la ilusión cuando contemplas una estrella saltando en la noche. Me sonrió como una niña cuando destella en su nariz el adorno de un árbol de Navidad. Me sonrió como un bebé cuando le haces una mueca absurda. Me sonrió como parece sonreír el sol cuando las nubes le abren el paso gentilmente.
Y algo en mi pecho pareció removerse.
Aquella fue la primera vez que Sakura me dedicó una sonrisa.
–Muy bien, entonces… ¿me dejas escribir a mí? –preguntó, devolviendo la mirada a la pantalla del portátil.
Parpadeé, y deslicé casi sin ser consciente el ordenador hacia ella. Aunque aún mantenía las distancias, Sakura se acomodó de una forma mucho más relajada que antes; yo, sin embargo, tuve que obligarme a reaccionar.
Sacudí la cabeza y me levanté del suelo, alejándome de ella, que se había enfrascado en la escritura como si le diera la vida en ello. Aún turbado, caminé hacia la cocina y abrí la nevera, buscando sin demasiadas ganas un refresco. Bebí algunos sorbos de una Coca-Cola, que no me supieron a nada; luego, recuerdo que me pasé una mano por la cara. Aunque no quise admitírmelo a mí mismo, sentí mis mejillas ruborizarse.
Qué pesadilla de chica. ¿A qué coño ha venido ahora esa sonrisa? ¿Y por qué cojones me ha afectado tanto? Soy yo el que tiene que afectarle a ella, no al revés. No puede ser que la muy estúpida te rechace y, encima, tú te estés descontrolando así, solo porque se ha dignado a sonreírte de una vez.
–¡Ya he acabado! –escuché que anunciaba de pronto Sakura.
Decidí dejar a un lado mis ridículas divagaciones, y regresé al salón. Sentándome en el sofá como al principio, moví el portátil para ponerlo delante de mí y leí rápidamente lo que había escrito, mientras ella esperaba al otro lado.
–No está mal, para ser tú –contesté.
Sakura hizo un mohín.
–Ya, ¿qué tal lo de que la belleza representa en este mito un punto negativo? –me preguntó, cambiando de tema–. No se me ocurría otro símil que la historia de la Bella y la Bestia para compararlo, por lo de que, a pesar de su hermosura, Psiqué no encuentra marido, ya que todos se casan con mujeres incluso menos agraciadas; y luego se enamora de Cupido, aunque no puede verle ni sabe que es él. Se parece al tema de «la belleza está en el interior».
–Es una buena comparación.
Sakura volvió a sonreír, esta vez con la mirada clavada en el portátil, pero mi cuerpo reaccionó con la misma agitación de antes.
Fruncí el ceño, molesto.
–Por cierto –la voz de la peli-rosa atrajo de nuevo mi atención–, el profesor Kakashi dijo que esperaba una exposición excelente de nosotros, y en clase comentó que quería que fuera original. ¿Qué se te ocurre?
Miré hacia otro lado y cavilé en mis pensamientos. No era una persona especialmente creativa, pero pensando en los recursos de los que podía servirme, no me costó dar con la solución a nuestro último problema.
Me levanté del sofá y miré a Sakura.
–Acompáñame.
Ella me observó sin entender, pero obedeció casi de inmediato. Caminé hacia el pasillo de la izquierda, pero la peli-rosa adivinó el destino y se detuvo detrás de mí.
–¿Vamos a tu cuarto? –inquirió en tono receloso.
Me giré para mirarla, con semblante inexpresivo.
–Sí, ¿por qué te paras?
–Prefiero quedarme en el salón.
–Tengo algo que enseñarte. Se me ha ocurrido una idea para la exposición.
Sakura continuó mirándome con desconfianza, y yo puse los ojos en blanco.
–No me interesa violarte, si es lo que temes.
Su rostro se contrajo en una mueca de enfado.
–¡Claro que no vas a violarme! ¡Ni por encima de mi cadáver lo conseguirías!
Chasqueé la lengua, exasperado.
–Qué pesada eres… Anda, cállate y sígueme.
Me volteé y retomé el camino hacia mi habitación. Sakura vaciló un poco a mis espaldas, pero finalmente sus pasos acortaron la distancia con los míos. Abrí la puerta de mi dormitorio y entré; sin embargo, tuve que girarme por enésima vez para comprobar que ella me imitaba. Tal y como esperaba, se había quedado paralizada delante de la puerta.
–Desde aquí está bien, ¿no? –dijo con la boca chica.
Rodé los ojos y caminé hacia el armario. Abrí la última puerta de la derecha, y me agaché para coger un baúl que había en la parte baja. Noté la mirada curiosa de Sakura cuando lo abrí.
–¿Sabes lo que es el Piying? –le pregunté.
–Es un teatro chino de sombras, ¿no? –replicó, aún desconcertada.
–Cuando era pequeño viajé a Hong Kong una vez, y mis padres me llevaron a ver una obra de estas sombras chinescas –guardé repentinamente silencio, al evocar aquel recuerdo de forma tan viva en mi cabeza. Resultaba incómodo, pero tenía que centrarme en el plan que había ideado para la exposición. Localicé una figura alargada con varillas pegadas al cuerpo, la saqué del baúl y entonces proseguí–: Como necesitamos explicar la historia primero, podemos diseñar títeres que representen a los del mito e introducir la exposición con ellos. Lo grabaríamos en vídeo y lo añadiríamos a la presentación de diapositivas mientras la vamos contando.
–¿Cuánto tiempo nos llevaría hacer los títeres?
–Quizás el fin de semana… La exposición es el próximo miércoles, ¿verdad? –ella asintió y yo me llevé una mano al mentón, pensativo–. Tal vez sea mejor otro plan.
–No, a mí me encanta este.
Miré a Sakura y, una vez más, su sonrisa me deslumbró.
¿Qué le pasa hoy con tanta sonrisita? Lo normal es que me gruña o que refunfuñe todo el tiempo.
–¿Sabes manejar esos títeres? –preguntó; podía percibir un claro entusiasmo en su voz.
–Me las podría apañar con ellos si me ayudas.
–Muy bien, entonces pongámonos manos a la obra…
Y fue entonces cuando ocurrió.
Al fin, la pelo-chicle se atrevió a entrar en mi habitación, dispuesta a echarme una mano con las figuras. Caminó con tal emoción que, en el instante en que estuvo a solo un metro de mí, no advirtió la alfombra negra del suelo y tropezó con el borde, levantándola. Como acto reflejo me lancé directo a ella, preparado para alcanzarla. Pero la fuerza de la gravedad y su peso me traicionaron, y un segundo después caíamos los dos juntos sobre el suelo. Refrené el descenso con un codo, haciendo una mueca de dolor ante el rasponazo contra la alfombra.
Tenía a la peli-rosa encima de mí.
–¡Dios mío! ¡Perdóname! Yo… ha sido sin querer –la escuché disculpándose, de los nervios.
Cuando fui consciente de lo que había pasado, miré al frente. El rostro de Sakura estaba a escasos centímetros del mío, con el sonrojo de las mejillas destacando incluso en la penumbra del dormitorio.
Me quedé inmóvil, y de pronto me embriagó su aroma: un perfume sutil a cereza, mezclado con champú. Estábamos tan cerca que creí sentir su corazón acelerándose desbocado contra mi pecho. No dijimos nada; ella había dejado de balbucear. Ambos nos miramos fijamente a los ojos; pupilas mudas que escondían deseos reprimidos.
Inevitablemente, mi mirada descendió hasta su boca, y en mi vientre sentí un silencioso anhelo golpeándome. Noté que ella también miraba mis labios; los dos observando de hito en hito cada fibra de la carne que los formaban. Sentí su respiración a una distancia más corta, cada vez más y más corta. Mi nariz tocó su mejilla candente, y mi lengua empezó a alterarse, ansiosa por beber del manantial dulce que prometía aquella boquita de piñón. Respiré con dificultad, y aunque procuré no reflejarlo, su débil jadeo engendró un calor conocido en el bajo de mi vientre, que fue resbalando poco a poco hacia abajo. Estaba tan excitada como yo. Cuando ella cerró los ojos fue como si todos los poros de mi piel despertaran de un profundo sueño. Nuestros labios se rozaron muy lentamente…
… y el sonido de unas llaves abriendo una puerta nos sobresaltó.
–¿Sasuke? –se escuchó de repente la voz de Itachi, al fondo del pasillo.
–¡Mierda! –exclamó Sakura.
Como impulsada por una descarga eléctrica, se levantó sin mirarme, y yo apreté la mandíbula y di un rápido puñetazo contra la alfombra.
Has estado a punto de caer, imbécil.
El deseo de besarla permaneció latente, aun cuando me alcé del suelo y me mantuve a una prudente distancia. Una parte de mí estaba furiosa por aquellas emociones; la otra, ansiaba estrangular a mi hermano por habernos interrumpido.
Miré a Sakura y me encontré con sus ojos verdes desorbitados; tenía la misma cara que la primera vez que la había besado, aquel día en el karaoke. No dijo nada, impactada, pero yo tampoco sabía qué decir ni qué pensar.
Estaba perdiendo el control de mí mismo.
La peli-rosa continuó mirándome trastornada, y se apresuró en salir del dormitorio. Sin embargo, se detuvo y sus ojos volaron hacia otro lado, dentro del pasillo.
–Profesor Itachi… –susurró.
Me enderecé e inspiré hondo; acto seguido, la imité y salí de mi habitación.
Itachi nos miraba de frente, a poca distancia de nosotros. Sus ojos se pasearon de Sakura a mí, y de mí a Sakura; luego, se clavaron solamente en mí, lanzándome una mirada dura. Detecté detrás de él otra figura, y reconocí inmediatamente a Izumi, que nos miraba con cierta incomprensión.
–Hola, Sasuke-kun –me saludó con su voz empalagosa–. ¿Hoy estás acompañado?
Me mantuve en silencio, sosteniendo la mirada fulminante de mi hermano. Me irritaba el modo en que Itachi actuaba, como si fuera un padre o alguien a quien debía obedecer. Nunca me decía nada cuando traía chicas a casa, por poco que pudiera agradarle la razón por la que me las llevaba.
Era exasperante que al tratarse de Sakura reaccionara de esa forma.
–M-me tengo que ir –oí a la peli-rosa.
Ella se apresuró en abandonar el pasillo, y entonces Itachi cortó el contacto visual conmigo para buscarla. No me moví, a pesar de que mi hermano e Izumi siguieron los pasos de la pelo-chicle.
–Perdónanos, ¿hemos interrumpido algo importante? –escuché que le preguntaba nuestra prima postiza desde el salón.
Hubo un silencio largo.
–No, es que tengo que irme ya a trabajar –respondió al fin Sakura.
Percibí que recogía los papeles de la mesita de té y que los guardaba con prisa en su cartera estropeada. Sus pasos resonaron contra el mutismo de todo el apartamento, hasta que la vi aparecer delante de la puerta de casa, varios metros más allá. Entonces sus ojos me buscaron en el cristal de una de las columnas de la entrada; ambos podíamos contemplar nuestros reflejos a través de él. No obstante, ella fue incapaz de mantener mi mirada.
–Te he dejado mi e-mail sobre la mesa; envíame el trabajo después, por favor. Ya se me ocurrirá algo para la exposición –sentenció con la cabeza gacha.
No esperó un minuto más, se calzó sus zapatillas de lona, abrió la puerta y se marchó.
Antes de que Itachi viniera a sermonearme por lo que pensaba que habíamos hecho, regresé a mi habitación, cogí mi chaqueta de cuero y mi riñonera, y caminé apresuradamente hacia la entrada.
–¿Tú también te vas, Sasuke-kun? –preguntó Izumi a mis espaldas, con una notoria voz preocupada.
–He quedado –respondí de forma cortante, al tiempo que me ponía mis zapatillas anchas.
Sentí la mirada de Itachi traspasándome, y no hizo falta que me dijera nada para saber que me estaba dando de guantazos mentalmente. De no estar Izumi presente, me habría soltado todos los reproches habidos y por haber. Sakura es una buena chica, ni se te ocurra aprovecharte de ella, estaba seguro de que me diría.
No aguanté un segundo más allí, abrí la puerta y me largué de forma apresurada.
Busqué a Sakura cuando salí de casa, pero no la encontré. Ni siquiera sabía dónde vivía, pero descarté la idea de mandarle ningún mensaje. De todas formas, ya era prácticamente la hora en la que debía reunirme con Naruto y los demás.
Horas más tarde, regresé a casa sin apenas haber cenado. No me llevé a ninguna chica a mi dormitorio y, cuando entré, Itachi ya debía estar acostado, o quizás no durmió en casa. No me preocupé por averiguarlo; aquel de entre todos los días fue el que menos quise verle. Me fui directo a la habitación y saqué del mismo baúl donde guardaba los títeres de Piying un proyector de luz.
Aquella noche de viernes no dormí, y en lugar de eso, decidí hacer algo más importante. Había comprado cartulinas y varillas en una tienda veinticuatro horas.
Por alguna razón, sentí la necesidad de recorrer el último tramo que faltaba para terminar con el proyecto de clase.
