NOTAS DE AUTOR

¡Hola, mis queridos lectores!

Os traigo el segundo capítulo de esta semana. Si ya en el anterior experimentasteis ese momento de tensión entre nuestros protagonistas, os adelanto que en este las cosas empezarán a exaltarse aún más. ¡Gracias una vez más por leerme! Lo cierto es que estoy más acostumbrada a la otra web, donde todas mis respuestas a los comentarios que recibo son visibles; aun así, siempre que me lo permita FanFiction, os contestaré a vuestras reviews.

Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.

Sin más, devorad, degustad, saboread y, sobre todo, disfrutad de esta conti. ¡Un beso enorme!


9. DESENGAÑO

Después de colocarme el uniforme del trabajo aquel viernes, sentía el corazón más exaltado que nunca y las puntas de mis dedos vibraban, como si un millar de cascabeles se agitaran dentro de ellas.

Has estado a punto de besar a Sasuke Uchiha.

No solo él a ti.

has estado a punto de compartir ese beso con Sasuke Uchiha.

Y casi os pilla el profesor Itachi.

Me había prometido tener más ojo, andarme con cuidado cuando llegara a su casa. Y aunque había creído mantener todo bajo control, pese a lo poco que había dormido la noche anterior y lo nerviosa que sé que me había mostrado, en el último segundo había estado al filo de caer de nuevo en las cuchillas de su hechizo.

¿Acaso su belleza era tan poderosa como para derrotarme?

El mito de Psiqué y Cupido hablaba de la traición de la belleza; de la búsqueda del interior por encima del exterior, algo en lo que yo había creído ciegamente desde que papá falleció. Me lo estaba diciendo aquel mito; me lo estaba diciendo la vida; me lo estaban diciendo mis propias vivencias.

¿Qué podía haber en el interior de Sasuke que pudiera considerarse hermoso?

Sin embargo, reparé en que no me había tratado mal en todo el día; es más, había sido atento. Aunque siempre con su frialdad, había tenido el detalle de traer su portátil, en vez de hacerme pasar todos los apuntes al mío en casa; y había valorado mi búsqueda de la información, añadiendo que tenía una buena capacidad analítica. ¿Las personas malvadas hacían y decían esas cosas?

Y después, me había hablado de las sombras chinescas; debían gustarle mucho si aún guardaba títeres en un baúl. Y aquella cicatriz… ¿Qué había sucedido para que un niño rico cargara con una cicatriz tan grande en la espalda?

Recordaba mi vida de acomodada como un exquisito paraíso, donde no había lugar para el dolor o el sufrimiento. Mis padres siempre se preocuparon por ofrecerme tanto lujos como cariño, y casi nunca me daba cuenta de los problemas que acontecían a mi alrededor.

Sasuke llevaba un tatuaje enorme, cuyos cortes no habían burlado mis ojos, que ya habían apreciado cisuras similares en otras partes de su torso. Tenía que reconocer que poseía el cuerpo atlético y desarrollado que había imaginado, con el férreo pecho, el abdomen marcado y los brazos fibrosos; sin embargo, aquellas marcas me resultaron demasiado extrañas. Eran como las de una persona acostumbrada a combatir contra armas blancas.

Se me ponía la piel de gallina con solo pensarlo. Ahora más que nunca afirmaba que Sasuke Uchiha era un chico sumamente misterioso; la sangre de sus antepasados samurái parecía revelarse en su cuerpo. Y de algún modo, evocar aquellas cicatrices hacía que sintiera una irreconocible preocupación por él.

Tal vez sea verdad, y no es oro todo lo que reluce.

Cuando llegó el lunes, mis nervios estaban a punto de acabar conmigo. Solo dos días después tocaba exponer el proyecto de Historia, y yo no había sido capaz de idear nada tan creativo como lo que había propuesto Sasuke con el Piying.

Me había pasado todo el fin de semana dándole vueltas al coco; tanto que había sido incapaz de rendir lo suficiente en el hospital, y en el trabajo había roto un par de vasos. Pero ni siquiera Hana, que solía ser más ducha que yo en estas cosas, había sabido sugerirme algo que sirviera.

Maldito el momento en que me caí sobre Sasuke y casi le beso.

Aquella mañana, mi taquilla no pareció sufrir bromas pesadas de ninguna admiradora sasukiana. No tenía idea todavía de cómo había desaparecido aquel chicle sólido la semana pasada de mi taquilla, pero imaginaba que no iba a tener la misma suerte siempre.

Y de hecho, cuando llegué a mi pupitre y metí las manos en el hueco que tenía debajo, donde solía dejar los libros, me acordé de una frase que mi abuelo solía repetirme de pequeña: «Nunca hay día más gris que aquel en el que sospechas de su brillante sol».

Traducido: si piensas que va a suceder, sucederá.

Compuse una profunda y expresiva mueca de asco, cuando retiré las manos de aquel hueco y contemplé aquella masa viscosa pringándome hasta la punta de los dedos. Gelatina líquida del laboratorio de Química.

Como las pille, van a tener que rezarle a todos los dioses del mundo para que no las mate a pellizcos.

Cerré los ojos e inspiré hondo varias veces seguidas, intentando contener la furia que amenazaba con quebrantar mi autocontrol. Y cuando abrí los ojos, inesperadamente, apareció ante mí una toallita húmeda para manos.

–Toma –me alentó una voz familiar.

No hizo falta que buscara al dueño de aquella voz para saber su identidad, pero necesitaba comprobar que era verdad.

Sasuke me miraba con su semblante inexpresivo, esperando con la toallita frente a mí, sin la menor señal de estar bromeando. Mis ojos se abrieron de par en par, incrédula, y él agitó la toallita en el aire.

–Si no la quieres, me la guardo.

Y entonces reaccioné.

–¡No, espera!

Antes de que pudiera apartarla de mí, me apresuré en cogerla. Él la dejó caer prácticamente, muy seguro de que la atraparía; dio media vuelta y regresó a su pupitre. Mientras me limpiaba las manos con cierta prisa, no dejé de observarle recelosamente. No se sentó, sino que rebuscó en su maletín hasta dar con lo que quería.

–Ya he acabado con lo que dijimos el viernes –comentó desapasionadamente.

–¿Qué dijimos el viernes?

No me respondió enseguida. Sacó una carátula con un CD dentro, se acercó de nuevo a mí y me la extendió.

–Mi parte del trabajo –repuso entonces.

Su voz parecía sonar tan gélida como siempre, pero creí percibir un brillo diferente en sus ojos negros. Miré el CD con extrañeza, y en cuanto lo cogí, él regresó a su asiento, sin volver a dirigirme la palabra.

Y mi estupor continuó durante el resto del día.

En el Club de Kárate, Sasuke no me miró, como hacía siempre. Pero mis ojos me traicionaron una y otra vez, robándole miradas que plasmaban su imagen como en fotografías. Cuando él sentía que le observaban y giraba la cabeza, me concentraba en el parte diario, con las manos delatándome en temblequeos estúpidos; luego, volvía a buscarle. Conté las horas, los minutos y los segundos que me faltaban para llegar a casa, y por primera vez en mucho tiempo, deseé no tener que ir a trabajar después del club.

Estaba deseando saber qué era lo que contenía aquel CD.

Al finalizar el entrenamiento eché un último vistazo a su espalda, recordando la gigantesca cicatriz, y lo vi desaparecer por la puerta, de camino a los vestuarios junto al resto del equipo. Me volví y, de pronto, sentí la mirada del profesor Itachi encima de mí.

Me sonrojé.

–El viernes… –las palabras habían surgido sin más, por impulso, y me detuve. Sin embargo, comprendí que era necesario explicar mi presencia el viernes anterior, y segundos después, decidí continuar–: El viernes fui a su casa porque Sasuke-san y yo teníamos que hacer un trabajo de Historia.

El mayor de los Uchiha me contempló con detenimiento. No entendía muy bien qué era lo que sus ojos pretendían decirme, y tampoco podía imaginar lo que estaría pensando; su expresión era seria e inescrutable. Pero, al cabo de unos segundos, me sonrió.

–No te preocupes. Me hubiera gustado que te quedaras a cenar, sencillamente –respondió con voz dulce.

Sentí que mi corazón se aceleraba.

–Tenía que ir a trabajar…, pero me hubiera encantado –admití con timidez.

–¿Qué te pareció nuestro apartamento?

–Es precioso: con algunas paredes de haya, los muebles asimétricos, la chimenea digital junto al sofá, el ventanal con las vistas a la ciudad… Era lo que esperaba encontrar en un apartamento de Ginza.

Callé súbitamente; quizás aquello último no había sonado muy bien. A pesar de ello, el profesor Itachi volvió a esbozar una sonrisa amable.

–Me alegro de que fuera de tu agrado –repuso–. Espero que Sasuke se comportara como es debido.

Aquel comentario hizo que recordara el modo en el que se habían mirado los dos hermanos, cuando Sasuke y yo salimos de la habitación. Caí en la cuenta, en ese preciso instante, de que imaginaba que habíamos hecho algo indecente antes de que él llegara. Seguramente era sospechoso que su hermano llevara a una chica a su dormitorio, cuando no había nadie más en casa.

Reflexioné sobre la posibilidad de que Sasuke hiciera esas cosas a menudo, y mis mejillas se recalentaron más de la cuenta. ¿El profesor Itachi pensaba que habíamos estado haciendo eso en su casa?

–No es lo que cree –me apresuré en aclarar, completamente abochornada–. Sasuke-san no hizo nada que pudiera incomodarme… o al menos no creo que lo pretendiera –el profesor enarcó una ceja–. Lo que quiero decir es que solo me estaba enseñando una idea que había tenido para la exposición, con unos títeres…

–¿Títeres?

–Sí, títeres de sombras chinescas…, del tipo que se usan en el Piying. Sabe de lo que hablo, ¿verdad?

El Uchiha de la larga coleta desvió la mirada, mostrando una expresión pensativa. Supuse que tal vez aquello le había hecho revivir algún recuerdo. Un rato después, me miró de nuevo.

–Eres especial, Sakura-chan –me soltó con suavidad.

Abrí mucho los ojos y mi pecho experimentó otro tumbo fortuito. Me quedé paralizada, pero él no añadió nada más.

Se marchó del gimnasio, dejándome casi de la misma forma en la que Sasuke me había dejado aquella mañana, tras entregarme el CD. Y yo me llevé una mano al corazón y oprimí con fuerza la tela de la sudadera.

Para de emocionarte tanto. Por una vez, Sasuke solo ha sido amable al darte la toallita, y el profesor Itachi está siendo solo agradecido, como siempre.

Y realmente esperaba que solo hubiera sido eso.

Tanto por un hermano como por el otro.

Pero ¿por qué Sasuke había sido amable? ¿Y qué había hecho yo para pensar que el profesor estaba siendo agradecido?

Los Uchiha eran hombres francamente inquietantes cuando querían.

A las diez de la noche regresé finalmente a mi casa, con unos nervios a flor de piel que llevaban dándome la lata desde la primera hora del trabajo. Hana se había internado en la cocina para prepararse el almuerzo del día siguiente. Sabía que nos había dejado la cena en el microondas a mamá y a mí, pero yo necesitaba llegar a mi habitación cuanto antes.

Sin embargo, cuando pisé uno de los peldaños de la escalera, resbalé con un estrépito. Había sentido el sonido de una madera partiéndose, y cuando miré hacia abajo descubrí el escalón dividido en dos; mi pie estaba dentro de un agujero.

Hana apareció al instante.

–Ah, lo siento, hermanita –se disculpó con una nota de alarma en la voz–. Esta mañana se rompió mientras bajaba. Lo he intentado arreglar, pero ya veo que no ha aguantado. Se ha debido desgastar con la humedad y el paso del tiempo.

Genial. Luego toca hacer de carpintera.

Saqué el pie del agujero con cuidado, intentando no clavarme ninguna astilla.

–¿Te has hecho daño? –inquirió mi hermana preocupada.

–Parece que no, aunque esto es un peligro. Avisa a mamá en cuanto la escuches entrar; después lo soluciono. Voy un momento a mi cuarto.

Hana asintió y regresó a la cocina. Me levanté con cierta dificultad y cojeé un poco al subir las escaleras. No me había hincado nada, pero el dolor de la caída se empeñaba en fastidiarme el tobillo.

Aunque sea lo mejor que se puede tener con nuestra renta, vivimos en una ruina.

Entré en mi dormitorio y fui directa al portátil que descansaba sobre el escritorio. Aquel ordenador había sido un regalo de Hinata, el más preciado que tenía hasta ahora; no por lo que era, sino por lo que había significado que me lo regalara. Hoy en día es necesario tener ordenadores incluso para mandar currículums, y los cibercafés no son rentables si necesitas usar uno a menudo para más de una hora. Tener un portátil no es una prioridad, pero ayuda bastante.

Cuando se encendió y se inició por completo, introduje el CD de la carátula que me había entregado Sasuke aquella mañana. La curiosidad me abrumaba de tal manera que podía sentir el pulso golpeándome los oídos. Se abrió la ventana del reproductor de vídeo y pulsé el botón de «play».

Creí quedarme sin respiración en los primeros segundos.

En la grabación había una luz reflectando contra una pared lisa, y en el centro, las sombras de unas figuras misteriosas; incógnitas de un mundo etéreo. Las varillas que conectaban sus brazos y sus cabezas translucían sobre la blancura de la pared, pero los movimientos eran tan livianos, tan enigmáticos, que era imposible no atender a lo que transmitían. Eran las siluetas de algo que pertenecía a tierras milenarias, entremezclando culturas diversas para una historia que subrayaba sentimientos universales. Títeres que procedían de técnicas de la Antigua China, hablando de un mito del remoto mundo grecolatino, y transportados a la habitación de un adolescente de la actual sociedad japonesa.

Una historia relatada a la perfección. Sin música, sin sonido, y aún así impecable.

Lo había hecho Sasuke.

Lo había construido solo; lo había preparado solo; lo había grabado solo.

La representación del mito de Psiqué y Cupido a través del Piying.

Mi parte del trabajo, había dicho, y como si de una pesada loseta se tratara, caí en la cuenta de la realidad que se presentaba ante mis narices. Todo aquel tiempo, mientras yo le rehuía y me comportaba de forma egoísta con él, pensando llevarme el mérito del trabajo, Sasuke solo había intentado actuar del modo en que le correspondía. Como un buen compañero de equipo.

Y de pronto creí que todas las piezas encajaban.

¿Y si nunca fue verdad lo que dijo sobre que le era indiferente que le suspendieran el proyecto? ¿Y si en el fondo no había querido dejarme sola en el trabajo? ¿Y si cuando me besó lo hizo porque, en realidad, no soy invisible para él?

Un torrente de emociones teñidas de dudas y conjeturas se apoderó de mí.

De niña había soñado con que Sasuke me prestara atención. Había cambiado mi aspecto físico, siempre tan descuidado, y me había vestido con los trajes más femeninos: llenos de moñas y adornos que me concedieran la dulzura de la que creía carecer. Me ataviaba el cabello con un lazo rojo, tan intenso que desviaba ligeramente la rareza de mi color de pelo. Me dejé crecer una larga melena y abandoné voluntariamente los dulces y los carbohidratos –a pesar de que mi obsesión estuvo a punto de provocarme un daño renal–, convencida de que, así, sería más atractiva para él. Pero, incluso después de haberme confesado una vez con torpeza en el colegio, no se había interesado en conocerme. Y aun cuando le había obligado a hacerlo, pendiente de él cada día, atenta a su entero bienestar, detrás de él para recoger cualquier migaja de aprecio, no había obtenido su atención.

No había sido hasta ahora, muchos años después, cuando prácticamente le detestaba, que él me había mirado. Y me había hablado de verdad. Y había trabajado conmigo. Y me había besado.

Y había estado a punto de besarme otra vez.

Cerré los ojos e inspiré hondo, en un intento de calmar el desenfreno de mi corazón. La grabación de las sombras chinescas se detuvo un segundo más tarde, con el cenit de un beso entre los títeres que representaban a Psiqué y Cupido.

¿Soy importante para Sasuke?

Al día siguiente, me miré en el espejo y pareció como si hubiera reparado por primera vez en mi aspecto. La falda era demasiado larga –¡ni siquiera se me veían las rodillas!– y los botones de mi camisa estaban demasiado apretados debajo del jersey ambarino sin mangas. Decidí soltarme un par de ellos, pero fui incapaz de subirme la falda.

Me percaté de lo mucho que destacaban mis pecas contra la piel lechosa, y al sonrojarme me sentí aún más ridícula. No podía hacer nada con mi cara; quizás lo único bonito que tenía fueran mis pestañas densas y rizadas, pensaba. Me pasé la máscara de pestañas por ellas (ya había aprendido el truco para aplicármela sin mancharme los párpados) y usé antiojeras, porque la palidez de mi rostro las marcaba demasiado.

De todas formas, llevo días poniéndome estas mierdas.

Sin embargo, aquel día, con suma vergüenza, también le pedí un poco de pintalabios a Hana.

–¿De verdad lo quieres? –inquirió ella, mirándome con los ojos brillantes de emoción.

–Sí –afirmé con la boca chica.

–¿Y de qué color? Tengo aquí un brillo que creo que te vendría genial para tu color de pelo, hermanita.

Contemplé fascinada la barra de labios que sacó: de un tono coral rosado. Hana no esperó a la posibilidad de que me arrepintiera, y me lo extendió por todo el grosor de mis labios.

–Te gusta alguien, ¿no? –me soltó con picardía, justo antes de terminar.

Abrí los ojos de par en par y me ruboricé.

–¡Para nada! Solo… Tengo una exposición pronto –justifiqué de forma absurda.

–Ya, ya –replicó ella, no convencida; acto seguido, cambió de pintalabios y aplicó un rosa más suave en su boca–. Eres afortunada, hermanita. Ojalá pudiera estar yo en tu clase para intentar conquistar a Sasuke-senpai con algo como este pintalabios nuevo.

Desvié la mirada, incómoda.

Si supiera que me besó hace unas semanas, el único maquillaje que vería en ella sería el de su rímel, emborronándose por las lágrimas.

Sentí unas repentinas ganas de volver a ponerme los botones que me había soltado, lavarme la cara y reiniciar el día; sin embargo, habría sido un comportamiento demasiado sospechoso para mi hermana. Hana no podía enterarse de que Sasuke me había besado, y aún menos que los dos habíamos estado a punto de hacerlo de nuevo el viernes pasado.

Mantendría en silencio la ilusión de saber que, ahora, podría significar algo para él.

Más tarde, nos encaminamos juntas hacia el instituto y, como siempre, nos despedimos en la puerta.

–¡Ánimo para conquistar al chico que te gusta, hermanita! –me alentó Hana, agitando una mano en el aire y guiñándome un ojo.

Volví a sonrojarme, pero correspondí al gesto de su mano y la vi marchar a lo lejos para reunirse con su grupo de amigas. Me volví hacia la gran puerta de entrada del edificio de Bachillerato e inspiré hondo. Sabía que sería de persona educada buscar a Sasuke para agradecerle lo que me había mostrado en el CD, pero mis piernas querían retroceder cada vez que lo pensaba.

No te emociones, aún no sabes si de verdad te aprecia.

Me calcé los zapatos de goma y subí las escaleras con cierto temor a llegar a mi aula. Toda la seguridad que había labrado para inmunizarme contra su presencia se iba derruyendo poco a poco, me daba cuenta. Y cuando entré por la puerta corredera de la clase, empecé a sentir esa molesta aceleración en el pecho, que se inicia intempestivamente en los momentos menos oportunos.

Sasuke estaba en su pupitre: puntual como siempre. No se encontraba solo, sin embargo; Karin, la pelirroja de las gafas, parecía haber tomado el relevo de Ino, aun cuando recibía casi la misma atención de él que la rubia. Mis ojos volaron hasta mi pupitre, en ademán de rehuirle, pero mi mente me obligó a caminar hacia él. Parecía aburrido, con la mejilla apoyada sobre la palma de una mano y la mirada perdida en la nada.

Cuando me situé delante de él, ignorando la presencia de Karin sobre su mesa con un pequeño portátil, fui levemente consciente de que mis hombros habían perdido resolución. Sasuke me miró con ojos inexpresivos.

–Quisiera… yo… bueno… –las palabras quedaron súbitamente estancadas en mi garganta.

Eché una rápida ojeada a su compañera pelirroja, cuyos ojos me señalaban con una mirada sombría detrás del ordenador, y luego regresé a él.

Sasuke pareció entender lo que mi boca no me permitió expresar. De repente se levantó de su asiento, con gesto tranquilo enterró las manos en los bolsillos del pantalón y echó a andar.

–¿A dónde vas, Sasuke-kun? –le preguntó Karin de inmediato.

Advertí que ella me miraba fugazmente, aunque en sus ojos no detecté el usual desdén que solía dedicarme Ino.

–Ahora vuelvo –se limitó a responder Sasuke.

Él continuó su paso y me indicó con la mirada que le siguiera. Salimos fuera del aula, pero no se detuvo en el pasillo, como de costumbre; había bastante gente circulando de aquí para allá, y supongo que buscaba la misma intimidad que yo. Le seguí de cerca, un poco inquieta, pero me mantuve callada. Subió las escaleras de la tercera planta, luego la cuarta y la quinta, y finalmente ascendimos hasta el exterior. Por fortuna, aún quedaban cinco minutos para que empezaran las clases.

La azotea me recibió con un pequeño latigazo de viento en la cara y un fuerte revoloteo de mis cabellos cortos.

–¿Y bien? –inquirió Sasuke con voz neutral, de espaldas a mí.

Su figura contra el horizonte matinal era como la de una estatua de alabastro: inmóvil, elegante, serena.

–He visto el CD –logré decir.

Él se volvió para mirarme entonces, y sentí de nuevo el corazón atizándome las costillas. El recuerdo de su nariz pegada a mi piel, junto a aquel fugaz roce de sus labios sobre los míos, invadió mi mente.

Sasuke permaneció en silencio mirándome, a la espera de que yo continuara.

–Me ha gustado –confesé, pese a que mis impulsos me pedían retirarle la mirada. Hice una pausa, en la que intenté relajar mi estúpida agitación, y continué–: No tenías que haberlo visto como si fuera «tu parte» del trabajo; ya te dije que lo pensaría yo… Ha tenido que ser muy difícil.

Esperaba que mi último comentario dulcificara mis palabras anteriores; tenía la sensación de que sonaba como una reprimenda. El rostro de Sasuke no se alteró lo más mínimo, pero desvió la mirada y dejó los ojos clavados más allá, en algún punto del cielo.

–Buscaste toda la información y escribiste la parte de valoración, es decir, lo que verdaderamente le interesa saber a Kakashi. Contribuir a que la exposición sea original supongo que es lo mínimo; no voy a dejar que seas tú la que se lleve toda la gloria.

En mi boca se formó una sonrisa involuntaria. A pesar de que podía haber sonado un poco rudo y frío, comprendí que había apreciado mi trabajo. Y aquello me hizo sentir una inmensa felicidad.

Que Sasuke Uchiha reconociera que había trabajado duro era más de lo que había esperado en mi vida.

–Gracias –solté sin más.

Porque me has hecho siempre daño te odio, pero te agradezco que ahora hayas tenido consideración conmigo.

Sus ojos rasgados volaron de vuelta hasta mí, pero no fui capaz de descifrar su mirada. Parecían ligeramente más grandes, como si mis palabras le hubieran sorprendido; sin embargo, sus pupilas continuaban con poca luz, como apagadas. De todos modos, estaba tan acostumbrada a verle inexpresivo que percibir un ligero cambio en sus facciones perfectas me cautivó.

De nuevo, se me escapó una sonrisa, pero me sonrojé tanto que tuve que dar media vuelta para ocultarlo. Como ya me había girado hacia la puerta –y ya le había dicho lo que quería decirle–, decidí marcharme para que no se notara mi nerviosismo.

–Te veo en clase –murmuré rápidamente; fue una suerte que no me hubiera temblado la voz.

Abrí la puerta y me apresuré en volver al interior del edificio. No obstante, Sasuke se quedó en la azotea unos minutos más.

Mayo comenzó el miércoles, el día de la exposición del proyecto de Historia.

La tarde anterior le había dejado al profesor Kakashi un dossier con todo lo que hablaríamos en la presentación de diapositivas.

–Ya veo que por fin habéis podido poneros de acuerdo Uchiha-san y tú –había dicho el profesor del parche en el ojo.

Me había sonrojado al revivir de golpe todas las emociones que había sentido el viernes anterior en casa de los Uchiha.

–Espero con muchas ganas vuestra exposición. Tengo el presentimiento de que nos tenéis preparada alguna sorpresa especial –había añadido el profesor Kakashi.

Luego, con mucho esfuerzo, había ahorrado el valor suficiente para contactar con Sasuke por teléfono.

Visto bueno del profesor Kakashi. Voy a hacerme un guion para organizarme lo que diré en la exposición. ¿Quieres que te prepare uno a ti también?

Tras enviarle el mensaje, había tenido la sensación de sonar como la típica esposa que le pregunta a su marido qué quiere para cenar, e instintivamente había arrugado la nariz, disgustada. Me había prometido en mis adentros que no sería el tipo de mujer que se pasaría la vida planchando las corbatas y limpiando los platos de nadie.

Para mi sorpresa, Sasuke me había respondido casi enseguida.

Sasuke: No lo necesito.

Por cierto, encárgate tú de introducir el mito y la Conclusión; yo me centraré en todo lo demás.

Todo lo demás suponía un setenta por ciento de la exposición, por lo que me había sentido casi apurada al comprobar que lo había dicho en serio.

Yo: ¡Eso es mucho! Puedo introducir el mito, exponer la Conclusión, hablar de las obras artísticas inspiradas en Psiqué y Cupido y de la novela donde se escribió por primera vez. No voy a dejar que cargues con el grueso de la exposición tú solo.

Había esperado con cierta agitación su respuesta, creyendo que cambiaría de parecer por su propio bien.

Sasuke: Todo lo relativo a la información sobre el mito: obras, la novela, la influencia en la sociedad grecorromana, etc., correrá a mi cargo. Adiós.

Y en mi pecho había empezado a notar un ligero sentimiento de compasión.

¿Por qué se estaba comportando de forma tan amable? Sasuke nunca había tenido tanta consideración conmigo; siempre se había enfocado en aquello que únicamente le beneficiaba a él. Cavilé entre las múltiples razones que podían explicar su actitud; sin embargo, ninguna resultaba adquirir el fondo egoísta e interesado que le caracterizaba.

¿Quizás su interés sea yo?

Pero aquel último pensamiento se me antojaba imposible. No había motivo en realidad por el que pudiera interesarse en mi bienestar, y me pregunté si había sido yo la que le había estado juzgando mal.

Fuera como fuere, cuando a la mañana siguiente llegué a clase y le vi sentado en su pupitre, parecía como si los sentimientos de furia y rencor que había alimentado contra él los últimos años se hubieran dormido en algún rincón de mi ser.

Exponíamos después del equipo de Ino y el de Karin.

–Déjame ver tu guion –me dijo Sasuke en voz baja, mientras esperábamos junto a la pizarra nuestro turno.

Se me puso la piel de gallina cuando su fresca respiración acarició mi oído, y obligué a mis ojos a no buscar sus labios de nuevo. Sin mirarle, roja hasta la coronilla, le pasé el guion y su mirada se perdió en su contenido. Me pregunté si lo leía para aprobar o rechazar lo que diría. Pero, como siempre me ocurría antes de hacer una exposición, estaba tan inquieta que no quise saber si era de su agrado o no.

–Muy bien, como no hay más preguntas sobre el mito que nos han presentado estos compañeros, pasemos a la siguiente pareja: Sasuke Uchiha y Sakura Haruno –anunció de pronto el profesor Kakashi.

Sasuke me devolvió el guion y entonces me miró a los ojos; estaba tan cerca de mí que, entre mis nervios por exponer y su belleza, noté un ligero aturdimiento.

–Indícame con la cabeza cuando estés preparada, y yo te pondré el vídeo.

Cuando me hablaba bajito, a pesar de lo frío e inanimado que era el tono que empleaba, se sentía como el susurro de un ángel entre los hilos de la vigilia.

Sasuke se acercó al portátil conectado al proyector e introdujo un pendrive en uno de los puertos USB. En la pantalla blanca que el profesor había colocado sobre la pizarra apareció nuestro proyecto, con una diapositiva que indicaba en letras pintorescas: «Psiqué y Cupido». El vídeo de las sombras chinescas ocuparía toda la pantalla en cuanto pulsara el botón de «siguiente».

Sasuke me miró a través de sus pestañas, a la espera de que yo le diera pie para iniciarlo. En ese preciso instante me invadió un torrente de inseguridad. Sentía como si me hubieran extraído las fuerzas de las piernas, que temblaron como flanes.

Te está mirando, pero has trabajado muy duro para hacer este trabajo. Pero te está mirando. Pero has trabajado muy duro… ¡Madre mía, relájate!

Inspiré hondo con sutileza, intentando evitar que la clase entera fuera consciente de mi nerviosismo. Sabía que algunas de las admiradoras del Uchiha que me acosaban se encontraban en aquella aula, y no permitiría de ninguna manera que se aprovechasen de mis flaquezas. Recordando las palabras del profesor Itachi, me dije a mí misma que yo era la «contrincante de aikido»: si alguien tenía que utilizar las debilidades de la otra persona, esa sería yo.

Finalmente, miré a Sasuke con determinación y asentí. Los títeres de Piying irrumpieron con sus sombras enigmáticas detrás de mí, y las palabras de lo que contaban se desprendieron de mis cuerdas vocales.

–¿Qué tal ha ido?

Hinata me miró expectante, con sus redondos ojos perlados observándome fijamente. Me senté a su lado en el banco del patio, junto a la techumbre que conectaba las clases de los de primero con los de segundo de Bachillerato.

–No lo sé, aún me he atrevido a abrirlo –respondí.

En mis manos descansaba el dossier del proyecto de Historia que le había entregado al profesor Kakashi. Hacía dos días que Sasuke y yo habíamos presentado la exposición, y el hombre del pelo cano nos había devuelto hoy todos los trabajos corregidos, junto a la nota final, antes de que finalizara la clase de Historia.

Nos encontrábamos en la hora del almuerzo.

–¿No será mejor que lo veas con Sasuke-kun? –inquirió Hinata.

–No parecía muy interesado en saber la nota.

Mi amiga colocó una mano sobre mi hombro. La miré y descubrí una expresión decidida bajo su flequillo recto.

–Sea lo que sea, aquí estoy yo –me dijo con una sonrisa cómplice, y agitó en su muñeca la misma pulsera de cuentas que tenía yo en la mía.

Sus palabras me infundieron la confianza que necesitaba. Solté una bocanada de aire y me enfrenté al dossier; acto seguido, abrí la carpeta en la que lo había guardado. A la derecha, sobre una breve anotación donde se detallaba el porqué, había un enorme y rojo número cien. La puntuación máxima.

–«Ha sido el mejor trabajo y la mejor exposición de todas. Enhorabuena, no esperaba menos de vosotros» –leí la nota del profesor Kakashi con voz contenida.

–Sakura-chan…

Hinata me miró con los ojos muy abiertos y una sonrisa gigantesca inundando sus facciones de porcelana. Cuando la miré, las dos nos echamos a reír entre grititos de emoción, levantándonos del banco, abrazándonos y saltando al mismo tiempo.

–¡Lo has conseguido, Sakura-chan! ¡La mejor nota de la clase!

–¡No me lo creo todavía! –tuve que separarme de ella y volver a mirar el dossier–. También pone que la Conclusión ha sido muy interesante y que le ha parecido muy original que contáramos el mito con el Piying.

–¿De quién fue la idea? Estoy segura de que a Tenten le hubiera encantado veros; su tío es artista de Piying –señaló mi amiga de los ojos violáceos.

–Sasuke lo diseñó solo…

Mi voz y mi sonrisa se apagaron paulatinamente.

Recordé en ese momento lo increíble que había estado el menor de los Uchiha cuando expuso toda la parte de investigación del trabajo. Lo contó como si realmente lo hubiera hecho él, con una seriedad que había salvado mis leves tartamudeos y mis tics cuando presenté la historia del mito. No creía que hubiera sido capaz de mantenerme tan resolutiva y tranquila durante tanto tiempo, como hizo él, y en el fondo agradecía que hubiera tomado el control de la situación. El esfuerzo que había hecho para narrar el mito a través de las sombras chinescas había sido el remate.

La exposición había salido perfecta gracias a él.

–¿Qué pasa, Sakura-chan? –me preguntó Hinata, al ver mi semblante abstraído.

–Sasuke ha sido un buen compañero, después de todo.

Mi amiga me miró con detenimiento.

–Ha ocurrido algo, ¿verdad? –adivinó de repente.

Me ruboricé al recordar inmediatamente el beso que Sasuke me había robado en el karaoke, semanas atrás, y el momento en que habíamos estado a nada de repetirlo en su casa. Desvié la mirada.

–Sakura-chan, sé que aún sientes algo por él… –insistió Hinata con voz dulce.

Tardé un poco en responder.

–No es que sienta algo por él… –refunfuñé por lo bajo, frunciendo el ceño.

Solté un suspiro de resignación.

No es tan fácil engañarla.

–Sasuke… me besó –confesé finalmente.

Los ojos perlados de mi amiga se abrieron de par en par.

–¡¿Sasuke-kun te ha besado?! –repitió con perplejidad.

Siseé tapándole la boca.

–No lo digas tan alto. Sus puñeteras fans tienen oídos hasta en las paredes.

–¿Cuándo fue? –continuó ella, en voz baja.

–Hace algunas semanas… cuando Naruto quiso invitarme contigo al karaoke. Resulta que vinieron al mismo donde yo trabajo.

–¿Y cómo es que te besó? –el asombro de mi amiga era comprensible; ni yo podía entenderlo.

–Lo hizo sin más..., aunque, obviamente, le empujé. ¿Qué derecho se cree que tiene para hacer eso?

–Pero ¿crees que siente algo por ti?

–Claro que no… –mi voz fue menguando, a medida que las dudas comenzaban a aflorar en mí–. No es posible, ¿no? Al fin y al cabo, es Sasuke Uchiha… y creo que ni siquiera se acuerda bien de mí…

¿Y si en realidad sí siente algo? Tal vez solo sea malo expresándose.

Hinata no habló durante algunos segundos, contemplándome.

–¿Qué es lo que sientes tú? –me cuestionó.

Alcé la mirada hacia ella y parpadeé, confusa. ¿Qué sentía yo? Era evidente que me afectaba todavía –demasiado– su presencia, pero ¿eran los mismos sentimientos de cuando era más pequeña? ¿Eran distintos?

Sacudí la cabeza.

–Prefiero cambiar de tema –sentencié.

Mi amiga arrugó la frente y yo inspiré hondo.

–¿Cómo te va a ti con Naruto?

Y de pronto el rostro de Hinata se tiñó de un intenso rubor.

–¿P-por qué lo preguntas?

Ladeé la cabeza y entorné los ojos.

–Diría que muy bien, ¿no? Cuéntame, ¿se te ha confesado?

–¿Q-qué dices, Sakura-chan? Naruto-kun no está interesado en mí de esa manera –murmuró con timidez, jugueteando con sus dedos.

–¡Venga ya! Se le cae la baba contigo, incluso yo me he fijado. Pero es tan tonto que seguro que no se ha dado cuenta de que a ti también te gusta. ¡Tienes que confesárselo!

–N-no puedo, Sakura-chan. ¿Y si me rechaza?

–No va a rechazarte. Ya te he dicho que está loco por ti.

–¿Cómo lo sabes? ¿Te lo ha dicho?

–No, pero es evidente.

–A lo mejor te equivocas…

–Lo dudo.

Hinata desvió la mirada, incómoda, y comprendí que quería dar por finalizada la conversación. Volví a suspirar.

Estamos apañadas las dos.

–Oye, deberías decirle la nota del trabajo a Sasuke-kun, ¿no? –dijo mi amiga.

Devolví la mirada al dossier, abierto con el reluciente cien, sobre el banco. Nuestras fiambreras descansaban justo al lado.

–Tienes razón. Después de comer iré a buscarle, ¿me acompañarás?

Hinata asintió casi automáticamente.

Comimos nuestros bentô tranquilamente, y cuando acabamos, nos internamos en el edificio. Como siempre que se trataba de Sasuke, el corazón me latía con fuerza, mientras caminaba en su busca. Aunque no había prestado mucha atención cuando el profesor Kakashi nos entregó el dossier corregido, me moría de ganas por saber qué cara pondría cuando le dijera la nota.

Quizás no se sorprenda demasiado. Después de todo, es Sasuke Uchiha, el mejor alumno de Bachillerato del Instituto Konohagakure.

Pero nunca me replanteé la idea de que él tuviera tantos defectos.

De repente, cuando Hinata y yo caminábamos cerca de la cafetería de la planta inferior, el ambiente se tornó muy agitado. Noté que había estudiantes a nuestro alrededor murmurando en tonos alarmados, y algunos de ellos echaron a correr escaleras arriba.

–¿Qué ha pasado? –escuché que preguntaba un chico próximo a nosotros.

–Es el tío ese del pelo rojo y el tatuaje de la ceja… se está peleando con el del pelo negro, ese que su hermano es profesor aquí… –jadeó otro delante de él.

Mis ojos se abrieron como si acabara de ver un fantasma.

–¿Sasuke-kun? –susurró Hinata junto a mí.

Me acerqué rápidamente al chico que respiraba con dificultad.

–¿Estás hablando de Sasuke Uchiha? –inquirí.

Aquel estudiante recobró el aliento y me devolvió la mirada.

–Sí, ese es. Todavía no han empezado a darse de hostias, pero están a punto, diría yo.

Entrecerré los ojos.

–¿Qué es lo que ha pasado? –exigí saber.

–No tengo ni idea…, creo que algo con la hermana del pelirrojo.

No aguanté un segundo más. Eché a correr como si hubiera oído un disparo, escaleras arriba, y apenas fui consciente de que Hinata me llamaba detrás. En mi mente empecé a divagar sobre la identidad del pelirrojo que habían mencionado. Solo había un chico en todo el instituto con un tatuaje sobre su ceja casi invisible; solo uno que respondiera a esa descripción y que, además, tuviera una hermana.

Cuando alcancé el segundo piso, mis suposiciones fueron confirmadas.

Estaban en el pasillo, a mitad de camino entre las escaleras donde yo me encontraba y las contiguas, que dirigían a la tercera planta. Desde mi posición, solo podía ver el rostro de Sasuke, más lejos, detrás de Gaara, que al ser más bajo revelaba casi la figura completa de su contrario. La hermana del pelirrojo –recordaba que se llamaba Temari– estaba justo detrás de él, agarrándole de un brazo en ademán de retenerle. Kankurô, el otro hermano, también estaba a su lado, en una actitud extraña; no parecía ni apoyar ni oponerse a Gaara, y estaba sospechosamente distante con respecto a la chica de pelo rubio pajizo. La gente les rodeaba entre expectantes y asustados.

–¡Eres un hijo de puta, Uchiha! ¿Quién te crees para hacer algo así? –estaba gritando el pelirrojo.

Puesto que estaba de espaldas a mí, ignoraba cuál era exactamente su expresión, pero por su forma de hablar imaginaba que era una mueca enrojecida de cólera. Sin embargo, el semblante de Sasuke permaneció impasible.

–Gaara, basta ya, déjale –intentó detener al pelirrojo su hermana.

Él se zafó de su contacto agresivamente y la miró con furia.

–¡Cállate! ¡Esto es culpa tuya! ¡Lo has hecho a sabiendas de que le odio a muerte! ¿Cómo puedes haberle dejado entrar en nuestra casa? –vociferó lleno de ira.

Hinata había llegado a mi lado casi enseguida; estaba tan atenta como yo a la escena.

–Nunca he visto a Gaara-kun así –murmuró inquieta.

Por mi parte, continuaba muda.

¿Por qué Sasuke entra en la casa de los Sabaku? ¿Qué ha hecho Temari para molestar así a Gaara?

Mis ojos volaron hacia el menor de los Uchiha. Esbozó una repentina sonrisa ladeada, arrogante, mirando al pelirrojo como si fuera un mero insecto en su camino.

–No deberías culpar a tu hermana de hacer lo que quiera con su vida. Más bien, deberías culparte a ti mismo por no darte cuenta hasta casi un mes después de que haya pasado –soltó.

Fruncí el ceño, desorientada.

Casi un mes después… ¿el qué?

–¡Cabrón! ¿En qué partes de la casa te la follaste, eh?

–¡Gaara, por favor!

–¡Cállate, Temari! ¡Hace tres semanas, joder! ¡Hace tres semanas, desde el viernes hasta el domingo, en mi casa!

Fue entonces cuando creí que el corazón se me paralizaba un instante.

A mi alrededor, casi todo el mundo ahogó exclamaciones, escandalizado, pero mis ojos enfocaron toda su atención en Sasuke. No lo negó. En su rostro no había indicios que desmintieran lo que había dicho el pelirrojo. En lugar de eso, las comisuras de sus labios continuaban ligeramente elevadas.

Estaba disfrutando. Contra Gaara.

Y mi cerebro quiso reaccionar. Contra él.

Hacía tres semanas. El fin de semana. El viernes. El karaoke. La chica del pelo caoba. Los vasos rotos. El beso.

Sobre todo, el beso.

Y él después con Temari…

De pronto empecé a escuchar un sutil pitido en mis oídos. Sentí mi cabeza extraña, como si alguien manoseara mi cerebro, y los ojos me picaron.

–Sakura-chan… –susurró Hinata junto a mí, mirándome fijamente.

Pero yo la ignoré.

Cerré los ojos para contener las lágrimas, mientras los gritos entre Gaara y su hermana continuaban embargando la tranquilidad del pasillo. No quise ver aquel rostro de esfinge sonriendo, por sutil que fuera; no quise ver el rostro fino y simétrico de aquel chico de cabello negro azabache. El bello rostro de la mentira.

En ese momento solo quería arrancarme los labios, por sentir todavía el tacto de los suyos en ellos. Solo quería chillar y desgarrarme la garganta por haber deseado que su respiración inundara mis pulmones. Solo quería abofetearme la cara por ruborizarse cada vez que había pensado en él las últimas semanas. Solo quería odiarme a mí misma por haber caído, por enésima vez, en su abominable trampa.

Abrí los ojos y, en ese preciso instante, Gaara soltó un grito furibundo. Seguidamente, lo vi precipitarse hacia Sasuke, que pareció relajado, aunque yo sabía que había tensado todos los músculos, preparado para contraatacar.

Y ya no pude soportarlo más.

Como movida por un resorte, salí disparada hacia Gaara. Capté el puño que lanzó directo hacia Sasuke y lo atrapé entre mis manos. Había trasladado toda su energía a él, de forma que me beneficié de la fuerza de la gravedad un segundo, y desvié su brazo hacia atrás con un brusco movimiento circular. Pude apoderarme del control de su cuerpo, y le hice girar empujándolo hacia abajo. Cuando su espalda tocó el suelo, no le solté; rápidamente, situándome a un lado, le hice rotar hasta ponerle bocabajo. Mantuve su brazo torcido hacia el lado contrario, en alto, dejándole completamente inmovilizado. Le presioné el hombro para acentuar su dolor, y su cara adquirió casi el mismo tono de su pelo rojo.

Si hubiera apretado más, se lo habría desencajado.

–¡Suéltame! ¡Duele mucho…, joder! –dijo dificultosamente, debatiéndose y agitando las piernas.

Cuando me aseguré de que no se le ocurriría levantarse y repetir el ataque contra el Uchiha, le solté. Acto seguido, eché a andar hacia Sasuke; detecté entonces que Naruto también estaba allí, junto a él.

–Sakura-chan, eso ha sido flipante… –empezó a decir.

Pero no tuvo tiempo de continuar alabándome. Me situé frente a Sasuke y, súbitamente, mi mano voló hasta su mejilla. La bofetada hizo eco en el mutismo estupefacto del pasillo.

Y jadeé, tan alterada que creí que el corazón se me saldría del pecho.

–¡Basta! –exclamé.

Sasuke volteó lentamente la cabeza para mirarme; le había dado tan fuerte que se la había girado. La señal de la palma de mi mano relucía contra su piel pálida. Me miró con los ojos muy abiertos, de un modo que nunca antes había visto en él. Se había quedado alucinado.

–¡Basta de jugar con las mujeres a tu antojo, pedazo de gilipollas!

No me di cuenta del nivel de mi voz en ese momento, pero no pasé por alto que se habían asomado al pasillo nuevas caras: los estudiantes menos curiosos, que habían decidido ignorar la pelea hasta ahora.

Él continuó mirándome asombrado, y yo, poco a poco, fui recuperando el ritmo normal de mi respiración. De pronto sentí que algo se deslizaba rápidamente por mis mejillas, y al notar que algo goteaba debajo de mi barbilla, fui consciente de que había roto a llorar.

Las lágrimas que llevaba tiempo reprimiendo por fin se habían liberado.

Las había sentido cuando me había besado la primera vez, desde antes de que reuniera el valor de propinarle aquel empujón. Las había sentido el viernes de la semana pasada, en su casa, cuando caí en la cuenta de lo emocionada que me había puesto al saber que habíamos estado a punto de besarnos de nuevo. Y las volvía a sentir ahora, al comprender que todas las ilusiones que me había estado haciendo se derrumbaban una vez más bajo mis pies.

Como un castillo construido con palillos de polvo.

Y fueron las lágrimas las que, en realidad, me indicaron que era el momento de largarme de allí.

El silencio se prolongó aún más, pero decidí dar media vuelta y correr a toda mecha de vuelta al exterior.

–Sakura-chan, espera –oí que me pedía Hinata, cuando pasé veloz junto a ella.

Sin embargo, yo no pude parar. No podía estar un segundo más en presencia de aquel chico. Ni siquiera todas aquellas miradas inquisitivas fueron tan dolorosas como su misma existencia.

Y sentí un profundo bochorno estrangulándome. Se me formó un desagradable nudo en la garganta, y me sentí asfixiada con mis propias lágrimas. Corrí como si no hubiera límites, como si mis piernas no cumplieran otra función. Crucé la pista de deportes, afortunadamente desocupada en ese momento, y cuando sentí que las fuerzas me empezaban a fallar, me apresuré en llegar hasta el bosquecillo que la rodeaba.

Caí de rodillas sobre el césped, apoyándome en el tronco añejo de un árbol, exhausta. Solo entonces me percaté de mi amargo llanto.

Qué vergüenza. Qué rabia. Qué dolor. Qué asco.

Me encogí sobre mí misma, tornando al recuerdo de la niña que fui una vez: débil y llorica, porque todo el mundo la señalaba con el dedo por su gran frente y su pelo rosa. Ahora me deshacía en lágrimas por el mismo chico que llevaba toda la vida ignorándome, tratándome como si no existiera, convirtiéndome en alguien invisible e insignificante.

Como una tonta, había vuelto a confiar en él; a creer que podría formar parte de un mísero hueco en su frío corazón. Pero me había tratado de la misma forma en que trataba a las demás chicas: una más, nada especial, probablemente la menos apetecible. Aquel beso no había significado nada para él, tal y como había supuesto al principio. Mientras que, para mí, lo había significado todo a la vez: deseo, rechazo, cariño, rabia, ilusión, nostalgia. Y lo más importante: mi primer beso.

Impulsivamente, me froté los labios con el reverso de la mano. Como si hacer eso hubiera podido borrar que habían sido besados por él. Lloré aún más, invadida por un profundo sentimiento de impotencia, y me detuve finalmente. Me miré la mano y vi manchas oscuras entremezcladas con motas brillantes sobre mi piel. Estaba derramando lágrimas negras por la máscara de pestañas, corrida por mis mejillas, y me había deshecho de los restos de pintalabios que habían subsistido después del almuerzo. Me sentí como desnuda, al recordar que había usado esos cosméticos inconscientemente para que él me viera algo más guapa.

–Sakura-chan, ¿qué haces aquí? –inquirió de pronto una voz conocida.

Sobresaltada, alcé la mirada hacia el responsable, y en ese preciso momento sentí que perdía las pocas fuerzas que me quedaban.

El profesor Itachi descubrió mi rostro enrojecido, acuoso y manchado, y su expresión seria se transformó en una mueca de preocupación. Tenía una pronunciada arruga en su frente lisa y los rasgados ojos muy abiertos.

–¿Qué te ha pasado? –preguntó con voz alarmada.

Se agachó frente a mí y me tomó de los hombros. Creí derretirme, incapaz de eludir los sentimientos de lástima hacia mí misma, que tanto él como mi propio cuerpo me transmitían. La inquietud del profesor Itachi fue como un abrigo de piel contra el vendaval, y mi llanto volvió a brotar desde lo más profundo de mi ser.

–No soy nada… él… yo… yo… –era incapaz de articular nada coherente.

–¿De quién hablas, Sakura-chan? ¿Quién te ha hecho esto?

Tu hermano, Sasuke Uchiha.

Sin embargo, aquel pensamiento nunca salió de mi boca. En mi mente centellearon todas las miradas de rivalidad que había visto entre ambos hermanos, y comprendí que no podía contribuir aún más a su hostilidad.

Los hermanos jamás deben ser enemigos.

Traté de calmarme.

–No ha pasado nada… estoy bien, no se preocupe –logré decir, algo más tranquila.

–¿Han sido esos que te acosan? ¿Quién es él? –insistió el profesor Itachi.

Negué con la cabeza.

–De verdad…, no es nada. No se preocupe, todo está bien… Me lavaré la cara y seguiré con las clases… Todo está bien.

Mis palabras no parecieron convencerle. Me miró largamente en silencio, observando mi rostro de hito en hito; sin embargo, decidió no rizar más el rizo.

Y de repente, me abrazó. Fuerte y firme, pero cuidadoso. Como si fuera un pedacito de cristal. Mi cabeza se quedó instantáneamente en blanco y el corazón me latió muy deprisa, abochornándome la posibilidad de que él pudiera sentirlo. No fui capaz de decir absolutamente nada, y en lugar de eso, las lágrimas volvieron a florecer de mis ojos.

–Puedes llorar cuanto quieras. Yo te cubriré, no estás sola –me susurró al oído.

Su voz entró en mí como el agua que revive el cuerpo sediento en medio del desierto. Y lloré otra vez, manchando su sudadera oscura sin darme cuenta; a él no pareció importarle en absoluto. Ahogué mi llanto contra su hombro y correspondí a su abrazo, como una niña que se aferra a los brazos de un adulto cuando tiene miedo.

Sabía que, desde fuera, nuestra estampa podía malinterpretarse. Sabía que no era políticamente correcto que un profesor se acercara de esa forma a una alumna, pese a que sus intenciones fueran inocentes. Sabía que algo así ponía en peligro el puesto de trabajo del profesor Itachi, e incluso su propia reputación.

Pero fui incapaz de alejarme de él.