NOTAS DE AUTOR

¡Muy buenas a todos!

Traigo buenas noticias (creo). Desafortunadamente, la otra web donde publicaba está dando bastantes problemas. Me da mucha rabia porque tengo grandes lectores en ella, a los que he cogido especial cariño, y ciertamente me motiva un montón ver que mi contador de lectores ha superado ya los 25.000, algo que nunca en mi vida hubiera imaginado que fuera posible para mí al escribir un fanfic, mucho menos siendo el primero. Pero he de reaccionar ante las circunstancias, y también aprovechar el motivo por el que empecé a subir mi fic aquí.

Por ello, a partir de hoy intentaré subir todos los días un capítulo hasta llegar al último subido en la otra web. Por desgracia, no puedo subir más de uno al día porque no tengo tanto tiempo y, ya de por sí, me va a costar sacarlo para subir un capítulo cada día. Pero me esforzaré. Es algo que muchos lleváis tiempo pidiéndome.

Para mí subir aquí es casi como empezar de cero siempre; sin embargo, me siento realmente motivada al ver que mis capítulos vuelven a causar un buen efecto. Y me parece que debo de escucharos, en especial, por una de las últimas reviews que me habéis escrito. Sí, tú, Salunoon, y no, no tengo pensado publicar mi fanfic en más sitios; si lo hiciera, os avisaría previamente. Si encontrarais este fanfic en una web que no fuese esta o Fanfic ES, por favor, comunicádmelo de inmediato e ignorad esa publicación, porque no sería yo. Y no te preocupes porque aquí no tendrás que esperar mucho hasta que actualice al último capítulo, ya que no son 30 capítulos lo que llevo en realidad en la otra web. Sale esa cantidad de capítulos porque ya el Prólogo me lo cuenta como uno, además de los que tuve que dividir en su momento. Pero, en total, llevo 25. Aun así, intentaré seguir actualizando también en la otra web por los que ya me seguíais en ella, aunque es verdad que ahora, cada vez que entro a través de Google, me dirige a la web de fanfics tipo yaoi que ya estaba ligada desde antes a la otra web. Eso hará que tarde más en actualizar allí, por una mera cuestión personal de seguridad. No sé qué estará pasando con los administradores, pero ojalá se arregle pronto.

Os he dejado, como veis, una pedazo de nota de autor para introducir este capítulo. Lamento mucho si os he aburrido con ella. Ahora sí, aquí tenéis la conti. Os adelanto que ya la cosa empieza a animarse bastante en esta historia. Y, por cierto, acabo de notar que aquí no me deja separar las escenas con dos espacios, así que a partir de ahora cada cambio de escena lo marcaré con una señal. Perdonad mi despiste.

Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.

Sin más, ¡A DISFRUTAR!


10. REMINISCENCIA

El atardecer enfatiza las hojas rojizas del otoño, con un cielo despejado y majestuoso. Mis ojos están perdidos entre los frágiles jirones de nubes anaranjadas, más allá de la ventana, imaginando formas abstractas y difusas que se convierten en criaturas fantásticas. Itachi siempre dice que me equivoco identificándolas, pero estoy seguro de que esta vez no podrá negarme que la nube de la derecha se parece a un perro.

Suspiro. El aula adquiere un aura de melancolía durante esta hora del día.

–Sasuke-kun –me llama de pronto la voz de una niña.

Con cierta irritación, muevo la cabeza para mirar a la responsable. Odio cuando interrumpen mis ensoñaciones.

Es una niña que se sienta muchas veces a mi lado, la que tiene el pañuelo rojo en la cabeza y el pelo de un raro color rosa claro. Me mira desde abajo, delante de la primera fila, y su cara está muy colorada, como los tomates maduros que a mamá le gusta comprar en el mercado artesanal. Qué ricos están esos tomates…

–¿Qué quieres? –le pregunto.

Ella parece ponerse muy nerviosa, desviando mi mirada y frotando una mano contra la otra en su barriga.

–Verás, es que yo… –tarda un poco en continuar, hasta que de repente me devuelve una mirada decisiva, con ojos apasionados– yo estoy enamorada de ti, Sasuke-kun.

Mi corazón empieza a latir muy deprisa, y frunzo el ceño y dejo de mirarla. Su expresión ha sido muy guay; me ha parecido una guerrera. Pero me molesta. El único guerrero de la clase tengo que ser yo, o Itachi volverá a ganarme en el próximo entrenamiento. Tengo que hacer que esté orgulloso de mí.

Qué niña tan pesada.

–Y tú… ¿quién eres? –le suelto.

La miro por el rabillo del ojo y su cara deja de ser increíble. Arruga mucho la frente y sus ojos se hunden; parece estar a punto de llorar. Y antes de que pueda decirle nada, da media vuelta y sale corriendo por la puerta de la clase. No sé muy bien si se ha ido triste o enfadada.

¿Qué culpa tengo yo de no saber su nombre?

Me levanto del asiento, y entonces el ambiente parece hacerse más frío. El aula cambia y los largos pupitres se deslizan hacia abajo, se dividen y se convierten en mesas individuales sobre suelo plano. La pizarra es algo más pequeña ahora, pero el diseño de la clase es más moderno, de un estilo más occidental. La visión que tengo de mis piernas se altera, y noto que ahora soy más alto; mi ropa se ha transformado en un uniforme oscuro.

Recuerdo ahora que es invierno y acaban de darnos las vacaciones de Navidad. Cuando salgo del aula, por el pasillo aún hay estudiantes, y algunas chicas suspiran en el instante en que paso a su lado. Sin embargo, las ignoro, a ellas y a todo lo demás. Las mujeres son como hienas hambrientas de dinero, igual que lo es mi madre; no les importa lo que te pase, con tal de que ellas mantengan su vida cómodamente, lejos del sufrimiento. Yo soy el que tiene que aguantar al capullo de mi padre, no ella. Además, Itachi ya no está.

En la entrada del instituto me está esperando Naruto.

–¡Sasuke! –me saluda desde lejos, con esa estúpida sonrisa enorme que pone siempre.

No está solo. Viene acompañado de la charlatana de Ino y los imbéciles de Shikamaru y Chôji. Me percato de la presencia de alguien más: una chica con unos ojos verdes muy llamativos y una extraña melena de color rosado que le toca la mitad de la espalda. No me acuerdo muy bien de cómo se llama, pero sé que no es de nuestro instituto. Viene a menudo con nosotros porque es amiga de esos cuatro.

–Sakura-chan nos ha propuesto la idea de ir a comer ramen –comenta alegremente Naruto.

Ah, eso; se llama Sakura, como su color de pelo. Me doy cuenta de que ella e Ino cruzan una mirada de hostilidad.

–Suena a que eso es más idea tuya –respondo con neutralidad al rubio idiota.

Últimamente Naruto no se despega de mí. Se está esforzando mucho por hacerse amigo mío e invitarme a un lado y a otro, cuando a mí lo único que me apetece es llegar a mi cuarto y dormir. Odio las Navidades.

–Me piro –anuncio, antes de que me vuelvan a proponer otra idea para salir.

–Sasuke-kun… –susurra Ino.

–¡Vamos, Sasuke! –replica Naruto.

No les hago caso, les sorteo y emprendo el camino hacia mi casa. Pero antes de perderles de vista, alguien me agarra de una mano. La única razón por la que no me zafo de su contacto es porque es cálido y suave; hace mucho frío.

–Sasuke-kun, por favor, ven con nosotros –me dice una voz femenina.

Giro la cabeza y encuentro a la peli-rosa mirándome con intensidad, sujeta a mi mano. Su cara pecosa se sonroja por completo, pero no aparta mi mirada, y frunzo el ceño. Es tan adorable como empalagosa, igual que su pelo.

–Por favor, no es lo mismo si tú no estás –me insiste.

Sus ojos me miran con una profunda pasión; una determinación que, de pronto, se me antoja familiar. Creo que he visto esa mirada antes. Es una mirada que me deja paralizado, provocando un cosquilleo extraño en mi pecho. ¿Por qué estos ojos verdes hacen que sienta una gustosa tranquilidad? Ya estaba tranquilo yo solo, joder.

–Lo siento, me tengo que ir –contesto con voz fría.

Finalmente, me deshago de su contacto y entierro mi mano en el bolsillo de mi abrigo, al notar que vuelve a congelarse contra la brisa helada. Me doy la vuelta y sé que ella se queda mirando mis espaldas.

A mi alrededor, los árboles desnudos por el tiempo invernal empiezan a florecer detrás de cada paso que doy. Emergen las pimpinelas, los gladiolos, los perales y los naranjos. Camino bajo una senda de cerezos, cuyos pétalos se arremolinan entre las hebras del viento. Vuelvo a tener calor y me quito el abrigo, dejándolo caer detrás de mí. ¿Ya es primavera?

–¡Sasuke Uchiha! –grita de pronto una voz airada.

Me vuelvo y, al fondo del pasillo de la segunda planta del edificio de Bachillerato del Instituto Konohagakure, Gaara me mira enfurecido, con un rostro tan rojo que casi se confunde con su pelo erizado. Detecto a Temari a un lado de él, con una expresión de preocupación, y a Kankurô al otro lado. Adivino casi de inmediato la razón por la que el pelirrojo está tan furioso. Vaya, sí que ha tardado en descubrirlo.

Me grita una sarta de maldiciones e insultos, con suma indignación, y casi me parto de la risa. Ese enano es todavía más ridículo cuando se enfada.

–No deberías culpar a tu hermana de hacer lo que quiera con su vida. Más bien, deberías culparte a ti mismo por no darte cuenta hasta casi un mes después de que haya pasado –le suelto, con una sonrisa cínica.

¿Quiere intentar pegarme? ¿Acaso no sabe ya quién soy?

Temari y él siguen discutiendo.

–¡Cabrón! ¿En qué partes de la casa te la follaste, eh?

–¡Gaara, por favor!

–¡Cállate, Temari! ¡Hace tres semanas, joder! ¡Hace tres semanas, desde el viernes hasta el domingo, en mi casa!

Y de repente aparece esa chica, la que he llamado hasta ahora como la «pelo-chicle friki y empollona», la que también es la encargada del Club de Kárate. Veo a Gaara abalanzándose sobre mí e, inesperadamente, ella lo detiene con una técnica de desplazamiento. ¿De dónde coño saca esa fuerza? Lo bloquea en el suelo y siento una fuerte emoción embargarme. ¿Me ha protegido? Al fin, después de todo este tiempo despreciándome y rechazándome, Sakura se ha lanzado a defenderme. ¿Es normal que me sienta feliz por ello?

Pero ella se levanta y descubro una dura expresión en su rostro.

–Sakura-chan, eso ha sido flipante… –empieza a decir Naruto, a mi lado.

Ella viene hacia mí, y en el instante en que detecto que alza una mano, lo sé. La sensación de la bofetada es fría y dolorosa, remueve la sangre de mi mejilla y deja una sensación de salpicadura bajo mi piel.

–¡Basta! –me grita.

No me lo creo. ¿Por qué?

Tardo algunos segundos hasta voltear la cara y mirarla, estupefacto.

–¡Basta de jugar con las mujeres a tu antojo, pedazo de gilipollas!

Mujeres. A mi antojo. Fûka. Temari. La tal Megumi de la otra noche. Sakura.

Ante todo, Sakura.

Jadea, está muy cabreada. Tiene el corazón a mil, pero no es por algo bueno que yo le haya hecho. Es por algo malo.

La he besado. A ella, entre los besos que ya había dado a Fûka y los venideros que le di a Temari. Solo fue un beso inocente; ni siquiera pude saborearla con mi lengua. Pero la he tratado como a una más.

Y ella se ha esforzado mucho por el proyecto de Historia. Y trabaja a diario, según me cuenta siempre Naruto. Y me ha sonreído.

Ahora vuelve a mirarme con ese odio.

El corazón me da un vuelco cuando veo que ha roto a llorar.

Las lágrimas caen por su carita de muñeca, emborronando sus mejillas coloradas, dejando el rastro acuoso de la máscara de pestañas en su piel. Ya no me mira enamorada. Ya no me mira con esa expresión guay. Ya no me mira feliz y sonriendo. Me mira con rabia e impotencia.

Le he vencido, lo sé. Tan lista que se creía retándome y hablándome como si fuera escoria, y ahora sé que piensa obsesivamente en mí, como todas las demás.

Le he vencido, ¿y por qué no me siento bien?

Y cuando da media vuelta y se larga corriendo, tengo la absurda sensación de que una parte de mí se está marchando con ella.

Porque su melena ya no es corta y rosada, y tampoco lleva un uniforme. Tiene el pelo muy oscuro y largo, un traje gris y un pañuelo de seda verde.


Desperté de aquella pesadilla con una sensación amarga en la boca. Me costó escapar de ella; durante los primeros segundos, mi cuerpo sintió el impulso de salir corriendo tras Sakura. O la conocida mujer en la que se había transformado solo un instante más tarde. Después, recordé que era domingo y que todo había sido un sueño. Un sueño de algo que había sido real, no solo al final, sino desde el principio. Me acaricié la frente con la mano.

¿Desde el principio?

Sakura había aparecido en cada parte del sueño: cuando estaba en Primaria, cuando estaba en Secundaria y ahora, en Bachillerato.

Me sentí extraño, y por un momento quise convencerme de que solo lo había imaginado. Pero recordaba aquel día de otoño de mis siete años; al volver a casa, mi madre había cocinado casualmente una ensalada de cebolla caramelizada, con los tomates que la cara ruborizada de Sakura me había sugerido: mi comida favorita. Y también recordaba aquella tarde invernal en Secundaria; por aquel entonces, solo había pasado un año desde todo lo que había acontecido en mi familia, y era un chico más solitario que ahora.

¿Sakura había estado presente en todos aquellos momentos de mi vida?

No quise quedarme con la incertidumbre, y supe inmediatamente a quién tenía que acudir para averiguarlo.

Me vestí con una camiseta, una sudadera sin mangas y unos vaqueros, pillé una manzana y salí de casa apresuradamente. Tomé el autobús hacia Roppongi y caminé hasta un parque cercano. Como había imaginado, encontré a Naruto dentro de una cancha de baloncesto, intentando encestar algunos balones.

Aquella era una zona humilde, una que muchos japoneses consideraban «peligrosa», donde casi nunca aparecían ricos. Pero estaba llena de extranjeros y al idiota rubio le transmitía nostalgia. En vida, su madre fue finlandesa –aun cuando su nombre artístico fuera japonés–, y su padre, mitad estadounidense. Por esa razón, Naruto se sentía cómodo entre las personas de otros países, aunque a mí lo único que me repelía era la condición económica y social de los que vivían por allí.

Bajé las escaleras hasta la cancha y me quedé apoyado en la puerta alambrada, observándole. Falló por tercera vez un tiro libre.

–Eres malo hasta cuando lo haces por escaquearte del estudio –solté con voz burlona.

Naruto dio un respingo y se volvió para mirarme.

–¡Teme! –exclamó, pintando aquella sonrisa alborozada suya, de oreja a oreja–. ¡Qué raro que vengas aquí sin que yo te llame!

–Estaba aburrido.

–Ya, claro –dijo poco convencido.

Volteó hacia la canasta y lanzó otro tiro libre; esta vez entró, y a mí se me escapó una leve sonrisa. Sabía que con mi presencia las cosas le salían mejor. El muy imbécil necesitaba un apoyo rival para que su orgullo se activara.

–¿Te hace unos tiros? –me propuso.

Solté un suspiro de resignación, y acepté. Quería hablar con él sobre lo que mi sueño me había hecho recordar, pero nunca venía mal un poco de estímulo.

Estuvimos jugando durante una hora, y como había esperado, le gané. Refunfuñó en el camino hacia el centro de Roppongi, y aún continuaba picado cuando compramos unas bebidas y nos sentamos en un banco, bajo un roble frente al estanque de Mohri Garden.

Mi mente desconectó de sus quejas en ese momento, y me incliné hacia adelante, contemplando la escultura en forma de corazón que se erguía sobre el agua. En mi memoria relampagueó aquella peli-rosa de siete años que, nerviosa y colorada hasta la coronilla, me confesaba su amor.

–Naruto, ¿desde cuándo conozco a Sakura? –solté de pronto.

El idiota rubio frenó su discurso sobre mi supuesta suerte en los deportes, y me miró fijamente, con sus chispeantes ojos azules bien abiertos.

–Creía que el otro día estabas de coña –dijo atónito.

Me acordé de nuestra conversación de la semana pasada, en el club de billar.

–La verdad es que no –reconocí con voz neutral, sin dejar de mirar el estanque.

Naruto me miró dubitativo algunos segundos, y luego, soltó un suspiro.

–Sakura-chan asistía al mismo colegio que nosotros en Primaria. De hecho, si mal no recuerdo, estaba en tu clase; yo estaba en otra: de las últimas, como siempre. A mí no me conocías, pero yo a ella sí. La veía de lejos muchas veces pegada a ti, aunque tú ya eras un gilipollas subidito por aquel entonces y pasabas mucho de ella. Solo te importaba tu hermano Itachi y presumir de los famosos orígenes de tu apellido.

Guardó silencio un instante, quizás a la espera de que yo le respondiera algo; sin embargo, me mantuve en silencio. Aun cuando los últimos comentarios me habían irritado un poco, mis ojos continuaron perdidos entre las bolas que conformaban la escultura de corazón, y mi mente: ausente, intentando recolectar hilos de los tiempos que él hablaba.

Es verdad que Itachi era así de relevante para mí...

–En Secundaria, Sakura-chan fue a un instituto diferente al nuestro, aunque también tenía sobrenombre –prosiguió–. Ahí fue cuando tú y yo empezamos a tener contacto, y te presenté a Ino, a Shikamaru y a Chôji, ¿recuerdas?

Asentí y bebí un trago de mi Red Bull. Recordaba bien cuándo empecé a salir con él y con los otros tres.

–¿Sakura era rica? –inquirí.

–Hasta segundo de Secundaria lo fue, claro que no tanto como tú o como yo. Su padre era dueño de una empresa consultora bastante popular aquí en Tokio, que colaboraba tanto con pequeños negocios como con grandes compañías. Pero cayó enfermo… y falleció.

Giré la cabeza para mirar al rubio idiota. Tenía una expresión apesadumbrada en el rostro bronceado, y su mirada seguía fija en mí.

–¿De verdad que no te acuerdas de eso? –me preguntó en tono lastimero.

Devolví la mirada hacia el estanque, y tardé un poco en responder.

–Ahora que lo mencionas, me acuerdo de haber oído que alguien que conocía había perdido a un familiar, pero no sé por qué ignoraba que fuera Sakura.

–Lo cierto es que apenas le prestabas atención… –comentó Naruto con recelo. Hizo una pausa y dejó escapar un resoplido pesaroso; luego, continuó–: Dejó de juntarse con nosotros después de eso. La empresa de su padre quebró y ella recuperó el apellido de su madre: Haruno. Por lo que sé, tuvo que asistir a un instituto público el último año de Secundaria, y se puso a trabajar en cuanto cumplió los quince. Por eso, me sorprendió mucho cuando me enteré de que entraría en el Instituto Konohagakure.

Permanecí callado durante un rato, asimilando todo lo que Naruto me había contado sobre la peli-rosa. Era extraño haberme olvidado de la existencia de una persona hasta ese punto, pero recordaba que por aquella época había hecho caso omiso de la mayoría de las cosas, mucho más de lo que hacía ahora. Probablemente hubiera olvidado a mucha más gente, y quizás solo Naruto, Ino y los otros dos eran los que se habían salvado, gracias a que les veía todos los días del año.

Si Sakura no había estado en Secundaria con nosotros, era lógico que hubiera desaparecido de mi mente en el momento en que se alejó del grupo. Nada ni nadie me habían importado nunca, pese a que me había terminado acostumbrando a la presencia de Naruto.

–¿Sabes? A Sakura-chan le gustabas mucho; tanto que, por eso, yo siempre quería enfrentarme a ti antes, cuando estaba colado por ella.

Miré de nuevo al idiota rubio.

–Sigues queriendo enfrentarte a mí, dobe –apuntillé.

–¡Pero no es igual!

Naruto se cruzó de brazos y compuso aquella estúpida expresión de chino furioso, achicando los ojos; era un gesto ridículo que delataba sus rasgos orientales. Esbocé una sonrisa ladeada y di otro trago a mi Red Bull.

–¿Qué le hiciste para que te diera esa hostia, teme? –me preguntó entonces.

No le miré, pero sabía que había hablado con cautela y sospecha. Sin embargo, tampoco le respondí, y él suspiró.

–Bueno, sea lo que sea, por favor, trata bien a Sakura-chan. Lo ha pasado muy mal.

Fruncí el ceño y apreté los puños disimuladamente.

¿También tú?

Me irritaba el modo en que todos parecían proteger a aquella niñata. Se había atrevido a levantarme la mano, me había avergonzado y, encima, ¿tenía que ser considerado con ella?

Había comprendido, tan pronto como lo hizo, que me había abofeteado porque se había enterado de que me había liado con Temari aquel viernes, solo unas horas después de robarle un beso a ella. Entendía que le hubiera molestado, pero esa no era razón para haberme dado una hostia delante de todo el instituto.

Sin embargo, preferí no contarle nada a Naruto. Normalmente no me importaba hablar de las tías con las que me enrollaba, acabara en sexo o no, pero aquella situación era distinta. Pensaba que por fin había conseguido dominar su desdén hacia mí; incluso me había comportado de forma justa con el proyecto de Historia. Pero ella me había dejado claro que me había confiado.

Y no iba a permitir que todo se me volviera a ir de las manos.


Las siguientes semanas Sakura se dedicó a esquivarme continuamente. El espacio que había entre nuestros pupitres se hizo más grande que nunca; a veces se me antojaba como un océano, donde yo mismo me negaba a mirar hacia la otra orilla.

Kakashi fue el que me dijo que habíamos conseguido la mejor nota de la clase.

–¿No te informó Haruno-san? Pensaba que sí. Le entregué a ella el dossier corregido, pídeselo –me recomendó.

Pero yo nunca le pedí semejante cosa a la pelo-chicle. Siempre me dio igual aquella nota, aunque hubiera preferido enterarme de que había sido tan buena a través de ella, no del profesor.

Los viernes Naruto retomó nuestras quedadas en el karaoke donde Sakura trabajaba; no obstante, a ella nunca me la encontré. Me preguntaba si había dejado de trabajar en aquel sitio o si sencillamente tenía constancia de aquellas reuniones y evitaba ser nuestra camarera. Fûka me tentó varias veces para follar allí, pero al final siempre conseguía darle la vuelta a la tortilla y llevármela a mi casa. No me apetecía que una posible intromisión incómoda por parte de la peli-rosa me cortara de nuevo el rollo, y ya ni siquiera me excitaba la idea de cepillarme a nadie en ese karaoke.

Por su parte, Ino había decidido alejarse casi por completo de mí. Salía con nosotros muy de vez en cuando, pese a que incluso Shikamaru y Chôji hacían más esfuerzos.

En su lugar, Karin era la que acudía a mi pupitre casi en cada cambio de hora. Era un poco extraña; solía llevar siempre consigo su mini-portátil MAC a mi mesa, y muchas veces se limitaba a escribir en él, ignorándome aparentemente. De todos modos, parecía tan concentrada que su silencio me relajaba.

–¿Eres hacker? –le pregunté una vez.

Recuerdo que se tensó de arriba abajo y que sus dedos se quedaron congelados sobre el teclado.

–Más o menos –admitió con la boca chica.

No le pregunté nada más porque realmente me gustaba espiar lo que hacía. No se me daban mal los ordenadores, sus entresijos no eran ningún misterio para mí, aunque suponía que Karin era mejor que yo con ellos. No quería que me privara de observar.

Descubrí al poco tiempo que tenía el mismo apellido que Naruto porque, precisamente, era una prima lejana suya.

–Exacto, la hija de una prima de mi difunta abuela paterna. No hace mucho que me enteré; también es medio finlandesa, y su madre, que sería como una tía segunda o tercera mía, es modelo en Francia –me contó el rubio idiota.

Karin tenía más pecas que Sakura, y la cara más afilada, o eso parecía bajo el flequillo desfilado. Era casi tan alta como ella, y creo que más delgada (aunque no podía estar al cien por cien seguro porque no había forma de descubrir qué cuerpo tenía la peli-rosa). A pesar de que en clase tuviera pinta de rata de biblioteca, cuando salía y se arreglaba, reflejaba la influencia de la moda francesa en su estilo: pañuelos de seda atados al cuello, pitillos, bailarinas y a veces boinas. En alguna ocasión me tiraba la caña e intentaba ponerse muy sexy: se echaba la melena roja carmín –teñida, aunque intuía que era pelirroja natural– sobre un hombro, se quitaba las gafas y mordisqueaba el filo mientras me guiñaba un ojo. Y obviamente, ante una forma tan ridícula de ligar, yo no le hacía ni puto caso.

No me seducía en absoluto. Ino era mucho más atractiva; sin embargo, no podía obligar a la rubia a juntarse conmigo. No iba a ceder a sus celos, los cuales sentía taladrándome cada vez que Karin venía a mi encuentro. Ya me había prometido a mí mismo que no intentaría nada con alguien a quien conocía desde pequeño...

… a pesar de que sabía que no había mantenido mi promesa.

Con Sakura no.

A Sakura la había olvidado incluso para eso.

Había creído que me sentiría satisfecho al descubrir que podía hacerla caer a mi merced; que en su vida cobraría importancia mi nombre. Y ahora que estaba seguro de que siempre había sido así, pese a lo mucho que me divertían normalmente ese tipo de situaciones, notaba el pecho pesado, como si alguien lo estuviera oprimiendo en una mano.

Me ponía furioso y, al mismo tiempo, me angustiaba.

Mis ojos empezaron a buscarla en clase, en un debate sanguinario con mi orgullo. La miraba de reojo cuando me aseguraba de que todos atendían a la pizarra. La observaba en los pasillos, cuando se reunía con su amiga Hinata. La contemplaba en el Club de Kárate, cuando hacía recuento de los materiales o escribía en el parte diario.

Y me cabreaba conmigo mismo. Y me cabreaba con ella.

No me mira ni una vez. Otra vez haciéndose la dura.

Sabía que mis «admiradoras» la estaban atacando más que nunca. Desconocía quiénes eran, pero desde que Sakura se había atrevido a levantarme la mano, habían aumentado las amenazas y las bromas pesadas contra ella. Terminaron robándole las zapatillas de goma del instituto, y tuvo que pedir unas nuevas; mancharon su uniforme con pintura durante la hora de Educación Física; echaron picapica en sus mocasines; vaciaron toda la tinta de sus bolígrafos y gastaron sus rotuladores sobre las páginas de sus apuntes, que ahora lucían de todos los colores.

Una vez, pasando por las fuentes del patio trasero, detecté una pintada en la pared, junto a uno de los grifos. Era el mismo garabato que habían hecho de Sakura aquel día de abril en la pizarra: el de la cabeza cortada y el mensaje amenazador de: «¡Te vas a enterar, mosquita muerta!». Aquella zona no era muy transitada; solo algunos conserjes y encargados de los clubes la frecuentaban. Quedaba claro por qué la habían hecho allí.

Recuerdo que, instintivamente, le había tirado agua por encima, pero habían dibujado con pintura permanente. Se necesitaba alcohol para borrarla.

No era que me molestara que incordiaran a la pelo-chicle; en realidad, por una parte me complacía que su mala leche y su soberbia se escarmentaran un poco. Sin embargo, saber que yo era la causa, en lugar del simple hecho de que les caía mal, me convertía en algo así como el culpable. Una carga que nunca había pedido acarrear. Y suponía que el motivo por el que nunca habían actuado de ese modo con ninguna otra era porque Sakura me menospreciaba en público, mientras las demás me idolatraban.

Tenía fans muy fieles, había que reconocerlo al menos.

Y así, concluyó mayo, y con ello la primavera. Y no fue hasta junio cuando volví a cruzar una mirada con Sakura.

Los exámenes darían comienzo a mediados de aquel mes, repartidos en distintas semanas hasta finales de julio. Descubrí a la peli-rosa mirándome de reojo desde su pupitre, mientras Kakashi apuntaba en la pizarra todos los detalles del examen de la semana siguiente.

Le devolví la mirada, sin pensármelo mucho, y ella me la sostuvo unos segundos. En sus ojos percibí un penetrante rencor, y me vino a la cabeza aquella conversación que había mantenido con Naruto a principios de curso, cuando me enteré de que ella había quedado segunda en la lista de los diez mejores alumnos del instituto.

Quiere ganarme.

Aquel día, cuando sonó la campana que marcaba la pausa para el almuerzo al mediodía, la peli-rosa pasó junto a mi pupitre.

-Esta vez no será igual -me dejó caer.

No sabía si lo había dicho intencionadamente o si solo se le había escapado por la propia rabia que sentía. Y aunque no me miró directamente, a mí se me dibujó una sonrisa cínica en los labios.

-Que tengas suerte -le solté.

Sus pies se detuvieron durante un instante; sin embargo, no se giró para mirarme. Entendí inmediatamente que mi comentario le había molestado -seguro que en demasía-, pese a que no quiso mostrármelo. Luego, reemprendió su camino y desapareció por la puerta del aula.

Después de aquello, los exámenes iniciaron su curso.

Se desarrollaron como de costumbre. Todo lo que preguntaban en ellos me parecía sencillo de responder; ningún problema donde tuviera que indagar más allá de la lógica o de lo que ya sabía. Atender a los profesores en clase resultaba latoso siempre, pero me era bastante fácil retener lo que decían.

La tensión se acumulaba en cada esquina del instituto, y a menudo tenía la sensación de que explotaría de un momento a otro como una burbuja de jabón. Todo el mundo parecía más cansado e irascible; decían que los exámenes del Instituto Konohagakure eran los más difíciles de todo Japón.

En contraposición, el Club de Kárate me resultó más agradable últimamente, pese a que se había alargado para que cada uno pudiera asistir a lo largo de la tarde, antes o después de estudiar. Itachi no tuvo que sustituir mucho a Asuma, por lo que solo me sentía irritado en las clases de Educación Física, y aprovechaba el tiempo que no invertía en el estudio para entrenar.

El tiempo pasaba por mi vida como una nube rutinaria que taponaba cada chispa de diversión que se atrevía a escapar. Ni siquiera el sexo con Fûka me entretenía lo suficiente, y con Temari no había vuelto a hablar desde el enfrentamiento con Gaara. Había salido con algunas chicas más para tirármelas cuando estuviera aburrido, pero apenas tenían nada interesante que aportarme.

Por lo menos con la pelo-chicle me reía.

Y entonces llegó julio.


Aquella tarde estival no me importó demasiado quedarme en el club un par de horas más, y al salir del vestuario, de nuevo con el uniforme puesto, me encontré con un ocaso tiñendo cada franja del instituto, en cálidas pinceladas de color azafrán. Me disponía a volver a casa, cuando reparé en que me había dejado en clase un libro importante para el examen de la semana siguiente. El último de todos.

Regresé con parsimonia al interior del instituto y subí las escaleras, un poco incordiado por los rayos cobrizos del sol que me disparaban a través de las ventanas. Cuando llegué a mi aula, me percaté de que la puerta estaba entreabierta. Pero al entrar, no sé por qué, no me sorprendió demasiado lo que encontré allí dentro.

Sakura no se había ido todavía. Normalmente se marchaba rápido a trabajar después de las clases; de hecho, las últimas semanas se había largado antes de lo que debía. No obstante, había imaginado que alguien tan empollona como ella no podía faltar a la oportunidad de escaquearse para estudiar en la biblioteca.

Ella levantó la mirada y, por un instante, pareció quedarse petrificada al verme. Se encontraba frente a su mesa, e intuí que también se había olvidado algo en clase. Al pasar a su lado en dirección a mi pupitre, por el rabillo del ojo detecté en sus manos el mismo libro que yo había ido a buscar.

El silencio nos invadió solo unos segundos.

–¿No se supone que tendrías que estar trabajando ahora? –inquirí con voz neutral.

Ella tardó un poco en contestar, probablemente debatiéndose por dentro.

–No es de tu incumbencia lo que yo haga o deje de hacer –resolvió bruscamente.

–Últimamente no estás cumpliendo con tu trabajo de encargada como es debido –contraataqué.

–Mi trabajo de encargada terminó hace una hora y media. Si lo pones en duda porque quieres tener un público, contrata a alguien; tengo cosas mejores que hacer.

La miré con el ceño fruncido.

¿Otra vez empleando ese tono desafiante?

La pelo-chicle sostuvo el libro ante su pecho y se encaminó hacia la puerta del aula. Fingió ignorarme, con un esfuerzo tan desesperado que casi me hizo reír, y sentí un repentino deseo de detenerla en ese mismo momento.

Quizás en otra ocasión me hubiera desentendido de aquella inmunda friki, pero llevaba demasiado tiempo sin tener el placer de burlarme de ella.

Demasiado tiempo sintiendo que podía estar tranquila fingiendo que yo no existía.

Antes de que ella pudiera alcanzar la puerta, los recuerdos que habían evocado aquel sueño de mayo centellearon en mi mente.

–Es curioso que hagas como si no quisieras formar parte de ese público, cuando de pequeña me confesaste con tanta efusividad que me querías –solté.

Los pasos de Sakura frenaron en seco, y la miré con detenimiento. Su cuello blanco estaba tenso y sus hombros rígidos, como si acabara de recibir un chispazo.

–¿De qué hablas...? –su voz fue apenas un susurro.

En mi boca se esbozó una sonrisa de satisfacción. La contemplé allí, de espaldas a mí, inmóvil como una estatua.

–Tenías el pelo corto como ahora y llevabas ese pañuelo rojo en la cabeza. Eras algo más femenina, también más rellenita, y tenías la esperanza de que correspondería a tus sentimientos, ¿cierto?

Sakura se giró lentamente para mirarme. Descubrí un brillo extraño en sus ojos verde jade, y no supe muy bien si mis palabras le habían provocado dolor o alivio.

–¿Te acuerdas de ese día? –preguntó con un hilo de voz.

–Hace no mucho lo recordé.

No articuló palabra durante unos segundos, incapaz de procesar la información.

–¿Todo este tiempo has sabido...? ¿Sabías quién era yo?

–No te voy a mentir: al principio no te recordaba, pero Naruto me ha ayudado a refrescar un poco la memoria.

Ella entornó los ojos y sus pupilas reflejaron una dura indignación.

–Como sospechaba, no tenías ni idea de quién era yo cuando me viste a principio de curso, ¿verdad?

Me encogí de hombros.

–No es culpa mía que seas fácil de olvidar.

Ante aquel comentario, el rostro de Sakura enrojeció, contrayéndose en una mueca de furia; su entrecejo se cerró de tal forma que pareció a punto de arrancar la piel de su frente. El libro que sostenía entre los brazos cayó al suelo y, acto seguido, la vi precipitándose hasta mí. Mis músculos se tensaron, dispuestos a defenderme, pero cuando su puño se alzó preparado para atacar, me di cuenta de que no había usado ni la suficiente velocidad ni el suficiente empeño para cumplir con su cometido.

Su mano se aflojó y se desplomó sobre mi pecho con un choque débil. Y volvió a golpearme de aquella manera en el pecho, en un pulso continuo: una, dos, tres, cuatro veces. Su mirada se había quedado clavada en aquella zona: absorta, conmocionada.

De nuevo su cólera se había desinflado como un globo en el aire.

–¿Por qué? ¿Por qué nunca te fijaste en que existía? Yo era amiga de Naruto... era amiga de Ino... era amiga tuya. ¿Por qué no podías acordarte? Ni siquiera cuando me confesé...

Fruncí el ceño, sintiendo una profunda incomodidad embargándome. Sus golpes apenas me hacían daño, pero la insistencia con la que los atestaba resultaba agobiante.

Qué chica tan pesada.

–No tengo que recordar cada persona con la que me topo en mi vida –repuse fríamente.

Molesto, la agarré por la muñeca para evitar que siguiera golpeándome. Intenté no oprimirla con mucha fuerza, pero mi pulso fue lo bastante firme como para advertirle de que odiaba que me tocaran sin permiso. Sin embargo, Sakura no pareció intimidada.

–Yo solo he sido una más, ¿verdad? Me has besado, e incluso así no has sentido nada. Solo te divertías..., lo único que sabes hacer es jugar con los sentimientos de los demás. Eres así de cruel, ¿a que sí?

Entorné los ojos y bajé la cabeza hasta ella. Reconocí en ese preciso momento aquella expresión apasionada en sus facciones aniñadas, con los almendrados ojos verdes clavados en mi persona, bajo un ceño seguro.

Era aquella expresión que había revivido en mi sueño: la expresión de la vez en que quise cambiarle el sitio en clase; la expresión de la chica que dijo que haría el trabajo de Historia sola; la expresión de la niña que se atrevió a confesarme su amor; la expresión guay que de pequeño me había dejado sin respiración. Noté que mi corazón empezaba a agitarse, y experimenté una inmensa rabia.

¿De qué coño va hablándome de ese modo? ¡Solo fue un beso! En abril me odiaba a muerte, ¿y ahora tengo que mirar por sus sentimientos?

Pero no respondí nada. Me quedé en silencio, observándola de hito en hito. Y ella no suavizó ni un poco aquella mirada de osadía, a pesar de que mi mano continuaba aferrando su muñeca.

–Se acabó –dijo de pronto–. No voy a dejarte ganar esta vez. La gente te importa una mierda, y yo no voy a permitir que me sigas menospreciando así. A partir de ahora, no quedarás por encima de mí.

Y entonces algo en mi interior comenzó a removerse. Las emociones afloraron en tropel bajo mi piel, atacando la boca de mi estómago y destellando en mis pupilas. Por un momento creí ver a una Sakura más grande, más alta, más madura. Su rostro se me antojó como el grabado de una diosa, o la estampa de una poderosa reina, que te silencia con una efímera mirada. Me pareció más hermosa de repente; los cabellos rosáceos que enmarcaban sus facciones eran como hilos de un mundo celestial. Y tuve miedo al reflexionar detenidamente en sus palabras. ¿Acaso pretendía decirme que de verdad se olvidaría de mí?

Fue un impulso. No pude resistirlo un instante más. Mis ojos cayeron hasta sus labios y, un segundo después, los besé. Mi boca los apretó, los acarició y los envolvió en un abrazo afanoso. Era como tener una golosina que nunca me cansaba de saborear; que deseaba devorar como si no hubiera otro alimento en el mundo, y que me enloquecía al saber que nunca la arrancaría de aquella carita de muñeca. No vacilé y mi lengua consiguió deslizarse al fin hacia su interior. Me inundé de su aliento y bebí de su saliva como si fuera el néctar de una rosa. Dulce y húmedo. Cálido caramelo en mi gélida piel. Noté el calor descendiendo por mi vientre a una velocidad vertiginosa y mis manos agarraron a Sakura con más ahínco, pegándola por completo a mi cuerpo. Casi gemí de placer al descubrir la curva de su cintura, más pronunciada de lo estrecha que me la había imaginado bajo sus ropas holgadas.

Sentí el arrebato de arrancarle el uniforme y desnudarla; de penetrarla contra la ventana que se había convertido en su patrimonio aquellos meses; de hacerla gritar de gozo mi nombre, mientras mi miembro se resarcía en sus recovecos; de hacerla vibrar contra mi cuerpo, agitarse hasta que su espalda se arqueara y sus fluidos se derramaran por mis testículos.

Pero mis perversas fantasías una vez más se suspendieron en la nada.

Antes de que mis manos pudieran si quiera rozar sus glúteos, sentí un fuerte pinchazo en el labio. Se me escapó un gemido de dolor y me separé automáticamente de Sakura. Noté que algo se deslizaba por mi boca y me llevé unos dedos para comprobar qué era. La sangre manchó mis yemas con un color intenso; me había mordido. Miré a la peli-rosa y sentí un tumbo en el corazón.

Ella ya no me miraba con impacto. Ni con temor. Ni con arrepentimiento.

Ella me miraba con ira.

–¡Ni se te ocurra volver a tocarme! ¡No soy un objeto del que puedas apropiarte! –me gritó.

La conmoción se apoderó de mí. Pero, como siempre, permanecí en silencio. Sakura dio media vuelta, apresuradamente recogió el libro de texto que había dejado caer antes al suelo y salió corriendo del aula. Sin embargo, no corrió por miedo como tantas otra veces. Tampoco fue porque se viera incapaz de controlarse en mi presencia.

En lugar de eso, era yo quien se había dado cuenta de que no tenía control sobre nada.


Me reuní con Naruto algo más tarde. Me había vestido con ropa de calle, sin demasiados miramientos. Sin embargo, llevaba notando una sensación de incomodidad en el cuerpo desde aquella tarde, y a menudo sentía la camisa apretada o los vaqueros rotos demasiado caídos. Quise ignorarlo, pero el rostro de Sakura se me aparecía constantemente en la cabeza.

Me preguntaba hasta qué punto estaba enamorada la peli-rosa de mí. Me había percatado de que aquella vez había podido besarla durante más tiempo, por lo que sospechaba que una parte de ella lo disfrutaba también. Pensaba que lo más probable era que me hubiera alejado de aquella forma tan brusca por orgullo. Estaba claro que no le gustaba sentirse sometida, a pesar de que había podido percibir su placer cuando mi lengua había jugueteado con la suya.

Me llevé las manos a la boca y, aunque sentía un ligero dolor cuando tocaba la zona donde me había mordido, aún ardía en deseos de volver a besarla. Y detestaba sentir aquello, y me detestaba a mí mismo por conocer el motivo por el que lo detestaba. Había querido follármela de arriba abajo, solo por haber averiguado que tenía un cuerpo más femenino de lo que había imaginado. Si hubiera podido tocarla un poco más, ¿qué habría sido capaz de hacer?

No obstante, me desagradaba que sus sentimientos fueran demasiado intensos e indomables.

Me traerá más problemas de los que quiero.

Sacudí la cabeza y me esforcé por regresar al presente. Fûka y algunos de sus amigos universitarios se habían apuntado a nuestra quedada en el club de billar, y me dije que no me convenía estar en la inopia por las paranoias de la pelo-chicle.

Naruto se comportó de forma extraña aquella noche, más pendiente del móvil que de costumbre, haciendo caso omiso de las chicas que nos acompañaron en aquella ocasión. Desde que se había enamorado de Hinata, no follaba mucho. El idiota rubio tenía su atractivo, aunque estuviera majareta y fuera un poco lento en la mayoría de las cosas. Su atontamiento por la hija de los Hyûga estaba sobrepasando los límites, y se sentía privado de poder acostarse tranquilamente con otras mientras con ella no tuviera nada.

Para mí, aquello era absurdo. Siempre lo había pensado.

Pero aquella noche sucedió algo que nunca había experimentado.

A mitad de la velada, mientras los demás echaban una partida al billar, Fûka vino a mi encuentro con aires de seducción. Se sentó a mi lado en el sofá negro y se apoyó sobre mí, con sus dedos caminando por mi pecho de forma juguetona, intentando abrirse paso entre los botones de mi camisa negra.

–Sasuke-kun, ¡qué guapo te pones cuando sales por la noche! Hoy vienes especialmente atractivo; tengo que admitir que estoy empezando a excitarme –ronroneó.

La miré con cierto aburrimiento. Cuando se acercaba de aquel modo, resultaba bastante predecible.

–Fûka-senpai, ¿de verdad tienes ganas de echar un polvo delante de tus amigos?

–No pensaba hacerlo aquí. ¿Qué tal tu casa? Mañana no tienes que ir a clase, ¿cierto?

Asentí con la cabeza. Sin embargo, la idea de llevármela a casa no me apetecía. Aquella noche tenía ganas de dormir sin ninguna mujer en mi cama.

–Vamos al baño –resolví.

No esperé a que ella replicara, me levanté y la agarré de una mano. Aun así, no pareció contrariada ante mi proposición, y supuse que le bastaba con que se la hubiera hecho yo.

Aquel era un club de Shibuya donde nos movíamos los círculos más adinerados de toda la ciudad. Por ello, tener sexo en el cuarto de baño no podía considerarse algo poco higiénico; los retretes eran de última generación, con una programación automática de lavado interno y externo. De hecho, el perfume a vainilla del ambientador y las paredes rojas y negras invitaban bastante a la decisión de hacerlo detrás de las puertas.

Fûka era más ansiosa que yo. En cuanto cerré la puerta de uno de los inodoros, me desabrochó el vaquero y me bajó inmediatamente los bóxers. Acto seguido, se arrodilló y sentí un estremecimiento cuando la profunda humedad de su boca envolvió mi miembro erecto, con un vaivén continuo y estimulante. Lo meció con su lengua y lo succionó repetidamente, arrancándome ligeros suspiros. Mi mano acarició su cabeza y oprimió su larga melena caoba durante algunos minutos, hasta que le indiqué que quería que se levantara, suficiente excitado como para tomar mi turno. Ella obedeció, y me apresuré en abrir con los dientes un preservativo que guardaba en el pantalón y ponérmelo. Seguidamente, me deshice de su tanga, alcé sus piernas y me adentré entre sus muslos, sin quitarle si quiera la falda.

La penetré con fuerza, con brío: profundo y duro hacia adentro. Ella clavó sus uñas largas en mi espalda y me provocó un ligero cosquilleo al arañar por encima de la camisa. La miré entre las pestañas; su rostro hecho jirones de placer, mordiéndose el labio entre gemidos entrecortados, entre quejidos hambrientos. Me aferré a sus glúteos para entrar aún más en ella y llené su cuello de mordiscos pequeños, que le arrancaron ciertas exclamaciones de placer.

–Sasuke-kun –susurró de pronto.

Y fue entonces cuando caí en la cuenta de lo que estaba haciendo.

Mis ojos contemplaron detenidamente a Fûka, mientras su cuerpo oscilaba junto al mío, sacudido por las penetrantes arremetidas. Sus cejas se cerraban y su boca se abría en signos de un hondo placer. Siempre me había sentido poderoso cuando la descubría de aquella forma al follármela. Siempre me había llenado de un inmenso orgullo tenerla de aquel modo frente a mí: rendida, dócil ante la fluctuación de mi pene dentro de ella.

Pero el rostro de Sakura relampagueó en mi mente. Y su mirada fulminándome con dolor y con furia. Y sus golpes suaves en mi pecho, al compás del corazón. Y su sonrisa cómplice de aquella mañana en la azotea del instituto. Y sus manos llenas de tiritas escribiendo en el parte diario del club. Y el dibujo de la pizarra. Y el garabato en la pared del patio trasero.

De repente, me sentí extraño.

–Más fuerte, Sasuke-kun –me alentó la universitaria de la melena caoba, entre suspiros.

Y a pesar del deleite que envolvía aquel tórrido momento, fui incapaz de sentir satisfacción. Ni siquiera comodidad.

Estaba repitiendo lo mismo que meses atrás. La misma historia que hería a una chica, a quien no había tenido la decencia de recordar hasta ahora. Una chica con la que había traicionado mi promesa de no hacer daño a quienes habían formado parte de mi infancia, cuando aún era bonita. Una chica que estaba siendo acosada en el instituto, porque era la única que tenía el valor o la insensatez de enfrentarse a mí.

Me di cuenta de lo sucio que era tirarme a Fûka cuando había besado antes a Sakura.

–Sasuke-kun –volvió a susurrar mi senpai, anunciándome lo que había estado esperando.

La embestí unas cuantas veces más hasta que, finalmente, noté sus fluidos expandiéndose. Su cuerpo se relajó y sus manos temblaron un poco sobre mis hombros; sin embargo, sabía perfectamente que estaría dispuesta a una segunda ronda.

Y fui yo el que decidió acabar con la fiesta.

–¿Qué haces? –inquirió ella, al ver que me alejaba y tiraba el preservativo a la basura junto al inodoro, en lugar de continuar hasta correrme.

–Por hoy está bien –respondí.

Me puse los pantalones y me recoloqué el cuello de la camisa.

–¿Ocurre algo? Nunca te vas sin terminar tú –continuó Fûka, con un ligero tono de preocupación.

–Me voy, Fûka-senpai –no quería dar explicaciones.

Aun así, cuando abrí la puerta, ella me retuvo por el brazo.

–Quiero hacerlo un rato más contigo, Sasuke-kun. Solo han sido unos minutos...

Giré la cabeza y la miré con inexpresividad.

–Naruto ha traído a otros amigos, y tú ya has venido con algunos más. Seguro que puedes cubrir con alguno de ellos el resto del tiempo que deseas –repuse con frialdad.

Fûka frunció el ceño, molesta; no obstante, no opuso resistencia cuando me deshice de su contacto. A fin de cuentas, ambos sabíamos lo que había, y yo no tenía ganas de nada más.


Regresé a casa tan pronto como el reloj de mi muñeca marcó la una de la madrugada. Era bastante temprano; normalmente, cuando no tenía clase al día siguiente, llegaba casi por la mañana. Sin embargo, cuando alcancé el salón, me sorprendió enormemente encontrar a Itachi sentado en el sofá, con la única compañía de la lámpara de pie junto a él. Ni siquiera estaba encendida la televisión, y reparé en que estaba leyendo un libro.

Decidí no dirigirle la palabra, principalmente porque no me interesaba demasiado saber si sus planes aquella noche se habían chafado o no, y me encaminé hacia la cocina. Pero en ese preciso momento sentí a mi hermano cerrando su libro y levantándose del sofá. Sus pasos me siguieron hasta la entrada de la cocina, próximo a la mesa central de aluminio.

Intenté ignorar su presencia, pero sus ojos serios estaban fijos en mí, observando mis movimientos de hito en hito. Desconcertado, le devolví finalmente la mirada.

–¿Qué quieres? –inquirí secamente.

–¿Qué pretendes hacerle a Sakura Haruno?

Aquella pregunta fue como un torpedo, que desequilibró la ínfima calma que había conseguido reunir en aquel día de mierda.

–¿A qué coño viene eso? –solté.

–Soy su profesor y he observado que últimamente está algo deprimida. Por lo que sé, es una alumna excelente, pero a menudo llega muy cansada a clase y al terminar los exámenes muchas veces la descubro dormida.

Enarqué una ceja.

–¿Qué tengo que ver yo con que se quede dormida en clase?

Me percaté un poco tarde de que había respondido a la defensiva: más irritado de lo que ya solía mostrarme con mi hermano.

Itachi guardó silencio algunos segundos, observándome detenidamente. Me costaba descifrar el brillo de sus pupilas.

–Hace tiempo la encontré llorando en el patio, cerca del gimnasio. Fue el mismo día en que Gaara y tú os enfrentasteis, y cuando le pregunté qué le pasaba, no quiso decirme nada. Sin embargo, sí comentó algo sobre un chico... En ese momento no pude sacar nada en claro, pero os he estado observando estos últimos meses a ella y a ti. Se pone muy tensa cuando andas cerca, y tú la miras más de lo que sueles hacer con otras chicas. Sé que se siente intimidada con tu presencia, y aunque no quiera pensar así de ti, parece que disfrutas con eso. ¿Estás jugando con ella?

Entorné los ojos, y experimenté un escozor en las yemas de los dedos. Aquel tono autoritario me sacaba de quicio.

–Si quieres ir de su ángel guardián, adelante, pero la relación que pueda tener o no con Sakura no es asunto tuyo –convine con voz gélida.

Itachi frunció el ceño y me miró con indignación.

–Aléjate de esa chica, Sasuke.

Chasqueé la lengua y en mi boca se formó una sonrisa cínica.

–No recuerdo que tú des órdenes en mi vida.

–Está siendo acosada en el instituto, haz el favor de dejarla en paz –insistió, y pareció aún más enfadado.

Mis manos se cerraron en puños, ocultas de su visión tras la mesa central.

–Por mucho que hables, no tienes nada que hacer en ese tema. No pertenece a una familia rica y, por ello, su matrícula becada supone un gasto de dinero bastante grande para el Instituto Konohagakure. Y tú solo eres un títere de ese centro. El único que puede hacer algo por ella soy yo, así que no te metas.

Mis palabras fueron tan tajantes como verdaderas, ni más ni menos que la cruda realidad. Itachi enmudeció; en el fondo, sabía que yo tenía razón. Sakura podía ser muy buena estudiante, pero no aportaba ningún beneficio económico al instituto.

Y el dinero movía aquel mundo de élites y privilegios.

Si la acosaban, ni los profesores ni el propio centro se encargarían de auxiliarla de la forma que lo harían con otro alumno de buena familia. En Japón y una inmensa mayoría de países era así, fuera el tipo de sociedad que fuere. Los únicos que podíamos echarle una mano éramos, al menos, los que nos encontrábamos en una situación parecida a la de ella; es decir, los estudiantes. Y más en concreto, yo.

Transcurrieron varios segundos, hasta que Itachi decidió abandonar la conversación. Soltó un suspiro débil, algo disimulado, y dio media vuelta, en actitud de marcharse. Sin embargo, se detuvo un instante y me miró una última vez.

–Ni se te ocurra volver a hacerla llorar –sentenció.

Apreté la mandíbula, pero no respondí. Y cuando desapareció por detrás de los muebles que separaban parcialmente la cocina de nuestro enorme salón, sentí ganas de reventar la encimera a puñetazos. Entendía que aquello había sido como una amenaza; como la vez en que amenazó a toda la clase por el garabato contra Sakura en la pizarra.

Acababa de tratarme igual que a todas aquellas zorras que intentaban hacerle la vida imposible a la pelo-chicle, y notaba mi pecho arder, colérico por toda la situación. ¿Quién cojones se creía mi hermano para hablar como su protector? Si era por su afán de quedar de profesor guay, podía bajar aquellos humos conmigo, pensaba.

Esa peli-rosa es una jodida molestia.


Y el lunes reventó mi paciencia.

Salía del Club de Kárate, ya atardeciendo como llevaba haciendo las semanas anteriores, cuando recordé aquella puñetera conversación con Itachi. Por impulso, mis pies me condujeron hasta el patio trasero, donde se encontraban los antiguos grifos sobre las pilas de mármol. Y mis ojos contemplaron una vez más el dibujo insultante de la cabeza cortada y el mensaje amenazador.

No lo esperé más, corrí directo hacia la tienda veinticuatro horas más cercana y compré lejía, alcohol y un cepillo grueso de cerda. Cuando regresé al instituto, ni siquiera vacilé al esparcir los productos hacia aquella zona de la pared. Recuerdo que mis manos terminaron despellejadas y ásperas después de horas al contacto con el etanol y el hidróxido sódico, y que al volver finalmente a casa, ya noche cerrada de verano, temblaban enrojecidas. De hecho, al día siguiente casi seguí sintiendo la madera del cepillo incrustada contra la palma de mis manos.

No era que me molestara que incordiaran a Sakura. Era sencillamente que nadie debía hacerlo, salvo yo.