NOTAS DE AUTOR
¡Hola, mis queridos lectores!
Me adelanto a esta madrugada para subir el siguiente capítulo, puesto que mañana estaré bastante liada y me será imposible. Este ha sido uno de los que más me ha gustado escribir, espero que también sea de vuestro agrado.
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Sin más, ¡A DISFRUTAR!
11. CATACLISMO
–En realidad, es un puesto genial, Sakura-chan –intentó animarme Hinata dulcemente.
Mis ojos estaban clavados en el enorme tablón del pasillo principal de Bachillerato, donde rezaban los nombres de los cincuenta mejores estudiantes del instituto. El mío se encontraba entre los diez primeros, pero mi cuerpo había experimentado una parálisis fulminante en el instante en que descubrí el número que acompañaba a mi apellido.
Segundo.
La segunda mejor estudiante del Instituto Konohagakure.
Y por encima de mí, Sasuke Uchiha.
–Apenas he dormido este último mes estudiando... –sabía que mi voz era apenas un murmullo.
Sentí la mirada preocupada de mi amiga sobre mí.
–Ha dado buenos resultados. Yo he quedado la decimosexta en estos primeros exámenes; he bajado un poco la media. Pero tú te mantienes en tu posición, lo que significa que nadie ha podido quitártela.
–O que no soy lo suficientemente buena para quitarle la suya a ese miserable –mascullé.
Hinata posó una mano delicadamente sobre mi hombro. Aunque tardé un poco, decidí apartar la mirada del tablón y la miré a ella. Sus ojos violáceos contenían un brillo cariñoso.
–Una nota no define que seas peor que él; es más, yo creo que eres la mejor estudiante de todos los cursos. Nadie trabaja ni se esfuerza tanto como tú, Sakura-chan. Debes sentirte orgullosa.
Mi rostro se derritió en una sonrisa de agradecimiento. Hinata era, sin duda, la mejor amiga que una persona podía pedir en la vida. Siempre que menospreciara mis sacrificios, ella estaría allí para recordarme que tenían un valor. Un gran valor.
Aun así, no podía evitar sentirme avergonzada. No por haber quedado la segunda entre los diez mejores estudiantes, como siempre. Era mucho más frustrante saber que volvía a ese lugar, después de que la semana anterior le hubiera gritado a Sasuke que no le permitiría volver a superarme.
Y mis palabras habían sido revocadas de la manera más gráfica.
Me enfurecía recordar aquella tarde en el aula. Me había puesto tan nerviosa al verle, que mi corazón se aceleraba cada vez que revivía la escena. No había podido evitar pensar en lo cruel que era el destino, al permitir que el chico que odiaba y que me encantaba al mismo tiempo interrumpiera mi calma, días antes del último examen.
Era injusto haber recibido finalmente un segundo beso suyo, cuando ninguno de los dos sentíamos lo mismo. Era injusto que mi cuerpo hubiera reaccionado de forma tan entregada, al simple contacto de sus manos sobre mi espalda. Era injusto que se me recalentara la cara al evocar la sensación de su lengua enredándose con la mía. Era injusto que sintiera unos deseos incontrolables de volver a besarle.
Las hormonas de esta puñetera edad me están afectando demasiado.
Imaginé lo que habría dicho la tía Tsunade si me hubiera visto. «¿Un beso y ya estabas a punto de permitir que te toqueteara? Sakura, no te estás dando a valer como mujer», me habría reprochado. Y con toda la razón.
Porque no había sido únicamente el beso de un chico que me gustaba.
Había sido el beso de un chico que me gustaba y que solo se estaba riendo de mí.
Y ahora él también sabía que aquellos habían sido siempre mis sentimientos. Cuesta mucho asimilar que alguien que no ha salido nunca de tu cabeza, no se haya acordado de ti en tanto tiempo.
Era obvio que a Sasuke le importaba más bien poco.
Aquel día era el último del primer cuatrimestre. Las clases del Club de Kárate se suspenderían durante el mes de agosto, pero aquella tarde el entrenador Asuma había dejado a cargo de todo al profesor Itachi. En noviembre tendría lugar un campeonato, en el que los más preparados del equipo participarían. A menudo las ausencias del entrenador se debían a que formaba parte del comité coordinador de aquel torneo.
Supongo que sabía que los entrenamientos del profesor Itachi y la presencia de Sasuke estaban mejorando a todo el grupo.
Aquella vez me adelanté para prepararlo todo yo sola en el gimnasio. Naruto llevaba sin entrenar conmigo desde el mes pasado y algo me decía que tampoco hoy tendría ganas de hacerlo. En el tablón de notas había quedado el quincuagésimo. Me pregunté por enésima vez cómo era posible que hubiera caído en la misma clase que Hinata.
–Me dijo que se esforzó mucho en primavera, por lo que consiguió el puesto 30 en la lista –recordé que me había comentado mi amiga.
Aun así, ¿cómo se podía ser tan tonto como para bajar veinte posiciones?
Adoraba la pareja que podrían llegar a formar mi amiga de ojos perlados y él, aunque me preocupaba la poca inteligencia o la enorme pereza que manifestaba el rubio de rasgos zorrunos. Además, la historieta que me había relatado Hinata aquella mañana me había dejado intranquila.
–Hace unos días fui en busca de pasta importada de Italia para el cumpleaños de mi madre –me había contado, recordándome que el próximo sábado nos habían invitado a mi humilde familia y a mí a una cena en casa de los Hyûga–. Fui hasta Roppongi porque conozco una tienda especializada donde venden productos extranjeros. Mientras me dirigía hacia allí, me encontré a Naruto-kun por la calle. Estaba paseando muy tranquilo solo, y en cuanto me vio, se acercó a mí tan alegre como siempre.
»Me preguntó qué estaba haciendo allí. Al parecer, Naruto-kun suele jugar al baloncesto por aquella zona. Dice que se siente muy bien cuando ve extranjeros por allí, imagino que porque su padre y su madre tenían mezclas con Occidente.
Había pensado en lo mucho que Naruto y yo teníamos en común; mi padre también era de fuera. Quizás Hinata se sentía atraída por las personas que eran distintas al resto, puesto que en su familia ya existía la herencia de sus particulares ojos gris violáceos. En Japón los Hyûga eran muy populares por aquella distinción, aunque yo sabía que a mi amiga le había costado algunas burlas y repudios en su infancia.
Era inevitable sentirme identificada tanto con Naruto como con ella.
–Me hizo muy feliz que Naruto-kun me dijera que quería acompañarme a comprar la pasta italiana –recordé que Hinata había continuado relatando–. El problema fue que me puse tan nerviosa que le hice una faena.
»En la tienda habían colocado un ponche al estilo británico, de muestra, y él me contó que de niño su padre hizo una vez uno sin alcohol en casa. Parecía melancólico, pero de repente me miró con su gran sonrisa. Se me aceleró tanto el corazón que, en un intento de disimular, le sugerí probar aquel ponche. No esperé ni siquiera a que me respondiera, cogí el cazo y llené un poco en un vaso de plástico. Pero la mano me tembló al querer entregárselo y, sin querer, se lo derramé encima de la camiseta que llevaba. ¡Qué vergüenza pasé, Sakura-chan!
–Fue un accidente, y seguro que a él ni le molestó. Con lo puerco que es a veces... –había respondido yo.
–No lo sé... Si mi abuela me hubiera visto, habría dicho que soy un desastre como mujer –había insistido ella, y me acordé entonces de lo afanosa que era la familia Hyûga con las tradiciones japonesas, como servir bebidas elegantemente.
Hinata había hecho una breve pausa y, segundos después, una sonrisa se había cruzado por su boquita de fresa.
–Sin embargo, Naruto-kun fue encantador, y aunque le dije que le pagaría la lavandería, me sonrió y me aseguró que todo estaba bien; que a él le ocurrían esas cosas continuamente –había explicado con una risita dulce, que me había hecho sonreír a mí también. Luego, había proseguido con la historia–: Compramos la pasta y salimos tranquilamente de la tienda. Pero yo me sentía tan mal al ver su ropa empapada de aquella mancha rosa, que quise solucionarlo. Le pedí que me esperara y fui deprisa a comprarle una camiseta de repuesto. Cuando la vio, Naruto-kun me lo agradeció enormemente y me contestó que no había sido necesario.
»Fuimos hasta Mohri Garden porque la mancha de ponche le había calado más allá de la camiseta y quería limpiarse un poco con el agua del lago. ¡Me puse rojísima! ¡Naruto-kun tiene un cuerpo muy musculoso, Sakura-chan! ¿Lo sabías?
–Me hago una idea. Las artes marciales te ponen así, ya ves que yo tampoco puedo quejarme.
–Es verdad. Tú tienes un cuerpo muy atlético, Sakura-chan. Pero, en este caso, no fui capaz de mirar a Naruto-kun mucho tiempo de esa forma. Creo que pensó que me enfadé, porque se puso muy deprisa la camiseta que le había comprado y miró hacia otro lado, avergonzado –se había sonrojado, y pensé en la envidiable inocencia que envolvía el contacto entre aquellos dos–. Fue aún peor después, cuando quise lavar su camiseta sucia en el lago. ¡No sé qué me pasaba, Sakura-chan! Estaba muy torpe.
»Me levanté del césped y Naruto-kun empezó a decirme que no hacía falta, otra vez. Cuando vi que se acercaba a mí, me puse nerviosa de nuevo y, no sé cómo, tropezamos el uno con el otro. Al abrir los ojos me lo encontré muy cerca... ¡Me había caído encima de él!
En aquella parte de la historia, mi mente había viajado hasta el recuerdo de aquel día en la habitación de Sasuke. También habíamos tropezado entre nosotros, tan cerca que podíamos sentir el corazón del uno y del otro.
Qué bonito me pareció entonces.
–Naruto-kun quiso decirme algo en ese momento –Hinata se había mostrado pensativa, de pronto–, pero no sé qué era. Solo pronunció mi nombre y yo creí que me iba a morir de la emoción. Me gusta mucho cuando dice mi nombre; es en ese momento cuando de verdad pienso en la imagen del «sol» que significa.
A mí también me gustaría sentir eso cuando Sasuke pronuncia el mío.
–¿Y bien? ¿Te besó? –le había preguntado, expectante.
–Para nada, Sakura-chan –había contestado ella con decepción–. Aunque digas que sí, yo no estoy nada segura de que le guste. Él se limitó a dejar que me quitara de encima; luego, metió la camiseta sucia en la bolsa donde había traído la nueva, se levantó y con una sonrisa despreocupada me dijo que me acompañaría de vuelta a casa. Y ahí fue donde sucedió lo peor de todo.
»Naruto-kun y yo estuvimos hablando alegremente hasta que llegamos a Shiodome. Mi casa no está muy lejos de la estación, así que me quedé tranquila ante la idea de que él pudiera regresar pronto a la suya; ya sabes que Shinjuku queda un poco lejos. Aun así, quería que él pasara a tomar un té, pero en ese momento apareció Neji por la puerta.
»Yo ya conocía la poca simpatía que le tiene mi primo a Naruto-kun, sobre todo, porque Neji espera que siga la tradición familiar y me case con un japonés puro. Pero Naruto-kun tiene raíces extranjeras, y al contrario que saludarle, mi primo le soltó: «No quiero volver a verte acompañando a mi prima, gaijin». Así lo llamó, como si fuera un vulgar inmigrante.
–Eso no tiene ningún sentido. También yo soy mitad japonesa, mitad irlandesa, y nunca he escuchado en boca de tu familia ningún insulto hacia mí o hacia mis padres, ni siquiera de Neji –había replicado, perpleja.
–Lo sé, pero tú eres mi amiga, Sakura-chan, y mis padres siempre han apreciado a los tuyos. Neji es un poco más extremista. La muerte de su padre, mi tío Hizashi, le hizo más conservador y siempre ha intentado anteponer el honor de nuestra familia a todo. Considera que todos los Hyûga tenemos que casarnos con personas de sangre completamente japonesa, porque eso es lo que dicen siempre nuestros abuelos.
–¿Y qué hizo Naruto ante esa acusación? –había querido saber, al conocer la actitud impulsiva del rubio.
–Por un momento pensé que iban a pelearse, pero Naruto-kun se limitó a fulminarle con la mirada y a despedirse de mí, ignorando a mi primo. No hubo nada más después de aquello, salvo que Neji se pasó el resto del día sin hablarme.
Me había ofendido muchísimo la actitud del primo de Hinata, a pesar de que ella me había asegurado que generalmente no tenía nada en contra de los mestizos ni de los extranjeros.
–Aunque siempre esté de mal humor, Neji os aprecia mucho a ti y a tu familia. Lo único que rechaza es la posibilidad de que yo salga con Naruto-kun; además de gaijin, lo considera un idiota –me había aclarado.
El rostro de Tenten acudió a mi mente fugazmente. Hinata y yo conocíamos muy bien los sentimientos de nuestra amiga hacia Neji, como también sus orígenes. Había nacido en Japón, pero su madre era china y su padre tailandés. Aunque se llevaran bien, la posibilidad de que el primo de Hinata aceptara a Tenten como novia se me antojaba bastante remota.
La vida se divierte creando amores no correspondidos.
Regresé al presente y me percaté entonces de que algunos de los miembros del Club de Kárate habían entrado en el gimnasio. Localicé al profesor Itachi en el centro, colocando barras entre soportes de madera.
–Profesor Itachi, déjeme a mí hacer eso –le dije, acercándome a él.
Me observó curioso cuando me entregó unas cuerdas para asegurar las barras.
–¿Has dormido bien esta noche, Sakura-chan? –me preguntó.
Alcé la mirada hacia él y noté la cara un poco enrojecida. Últimamente el profesor Itachi se había estado preocupando mucho por mí. Se me aceleraba el corazón cada vez que me miraba, cuando sus oscuros ojos líquidos entraban en los míos, contemplándome con una intensidad silenciosa.
Evocar aquella mañana en el bosquecillo junto al patio del instituto, con mis manos agarradas a su recia espalda en un abrazo de consuelo, me disparaba los nervios.
–En realidad, no he dormido mucho..., pero estoy bien –dije algo tímida.
El profesor Itachi me miró largamente en silencio y, de repente, esbozó una media sonrisa, tan cautivadora como su mismo porte de valeroso guerrero. Regresó a su labor con las barras, y yo me creí a punto de desfallecer.
No haga eso, profesor. Entre usted y su hermano vais a acabar conmigo.
Sacudí la cabeza.
–¡Sakura-chan, enhorabuena! –exclamó una voz de pronto.
Me giré y encontré frente a mí las gruesas y pobladas cejas de Rock Lee, que me sonreía de oreja a oreja con aquellos dientes blancos destacando contra la piel bronceada. Me guiñó un ojo y levantó el pulgar.
–Muchas gracias, Lee. Casi me había olvidado –contesté, y aunque intenté sonar complacida, lo cierto es que mis palabras ocultaban un sentido irónico.
–Has vuelto a quedar segunda en los exámenes del cuatrimestre. Habrá que celebrarlo, ¿no? –insistió con entusiasmo.
–No es para tanto, sinceramente. Hoy tengo que trabajar, además.
–¡Ve a celebrarlo, Sakura-chan! –intervino la voz del profesor Itachi.
Me volví para mirarle. Continuaba con aquella atractiva sonrisa ladeada, pendiente de unas mantas.
–No sabía que hubieras conseguido de nuevo un puesto tan importante en la lista. Supongo que lo daba por hecho, viniendo de ti –comentó.
Me sonrojé.
–De verdad que no es para tanto. Lo he intentado hacer lo mejor posible.
–Y no podía haber terminado mejor –prosiguió Lee, llamando mi atención–. Tengo que esforzarme mucho más por estar a tu altura, Sakura-chan. Eres perfecta.
–No exageres...
–¡No lo hago! Incluso Neji lo reconoce, ¿verdad?
Detecté en ese preciso momento la figura del aludido, al lado del chico del peinado de cacerola. Recordé inmediatamente lo que Hinata me había contado y me sentí irritada al verle.
–Sí, bueno, ¿qué tal has quedado tú, Lee? –pregunté, contrariada ante la idea de dirigirme al Hyûga.
–Bastante mejor que la última vez –respondió el moreno.
Percibí a Naruto y a Sasuke entrando en el gimnasio en ese instante. El rubio de rasgos zorrunos me miró casi enseguida e hizo ademán de venir hasta mí. Sin embargo, se retractó al reparar en la figura de Neji. Frunció el ceño y permaneció junto al menor de los Uchiha.
Para mi sorpresa, no solo Naruto nos observaba, sino que también Sasuke.
–Vaya, Lee. Imagino que si sigues así, pronto coincidiremos en la misma clase.
Mi comentario, que había soltado un poco por agradecer sus constantes elogios, pareció llenar al chico de las cejas anchas de una profunda emoción.
–¡Claro que sí, Sakura-chan! Haré que te sientas orgulloso de mí, y algún día te demostraré que mis sentimientos merecen la pena. Que sepas que llevo un tiempo buscando a las niñatas que están acosándote, y no pararé hasta dar con ellas y detenerlas. Te lo prometo –espetó.
Mis ojos se abrieron mucho involuntariamente. Nunca me había esperado lo que aquel chico me dijo aquel día. Se me formó un nudo en la garganta y se me aceleró el corazón, siendo consciente de lo que podía significar.
Se me vino rápidamente a la cabeza mi taquilla desatascada hacía unos meses y la pared donde había desaparecido aquel garabato inmundo de los grifos, en el patio trasero. ¿Todo eso lo había hecho él?
–Lee, tú... ¿lo dices en serio?
–¿Cómo no iba a ir en serio? Aunque ahora mismo no sientas lo mismo, yo estoy enamorado de ti, Sakura-chan. Voy a esforzarme por hacerte feliz en todo lo que necesites.
Neji enarcó una ceja y le miró incrédulo.
–¿Cómo puedes decir algo así tan fácilmente? –inquirió.
Rock Lee enrojeció hasta las orejas y se giró bruscamente para mirarle.
–¡Quiero a Sakura-chan con todo mi corazón, y no voy a permitir que la gente le siga haciendo daño! Puede que tú no me entiendas, pero no me importa. Deberías besarle los pies por ser la gran encargada que es en este club –le soltó.
–Lee, tranquilo. Nadie tiene que besarme nada –repuse apurada.
Y tan pronto como empleé aquellas palabras, mis ojos buscaron automáticamente la figura de Sasuke. Le encontré allá donde le había visto al principio, y me di cuenta de que me estaba mirando. Sus pupilas contenían una grave seriedad y sus facciones una dureza inusitada. Casi parecía molesto, como si algo de lo que estábamos hablando le ofendiera.
Desvié la mirada, incómoda al evocar en mi cabeza el beso de la semana pasada.
Demasiados besos llevo ya de esa serpiente malhumorada.
–Chicos, suficiente con toda esta cháchara. Poneos en fila, vamos a comenzar –ordenó de pronto el profesor Itachi.
Había notado un cariz irritado en su voz. Imaginé que para un profesor no era plato de buen gusto escuchar las conversaciones personales de sus alumnos. El profesor Itachi era tan joven que, supongo, a todos se nos olvidaba tratarle completamente como a un superior.
El entrenamiento del club dio comienzo a los pocos minutos, y yo me dediqué a tomar nota sobre lo que veía, como era habitual. Sin embargo, al cabo de una hora empecé a cabecear. Estaba agotada por toda la tensión y el insomnio acumulados durante semanas. Se me antojaba como una pesadilla la perspectiva de ir a trabajar al karaoke bajo ese estado. Por suerte, aquel día no serían más de dos horas. El resto de turnos estaban más que cubiertos y agradecí internamente por primera vez, a pesar de lo poco que convenía a mis beneficios, que en verano contrataran más empleados que nunca. Mañana pediría el doble de horas extras, pensaba.
Me sentí observada innumerables veces mientras escribía. Y en alguna ocasión localicé la mirada de Sasuke fija en mí. Tampoco estaba segura de si era por él, o por Lee, que me lanzaba guiños y sonrisas cada vez que le miraba. Pero no dejé de notar que el menor de los Uchiha estaba de malas pulgas.
¿Te ha mordido otra chica por fin, imbécil?
El profesor Itachi se acercó a mí un rato después.
–Sakura-chan, te veo hecha polvo, así que te concederé irte si lo deseas. Sé que trabajas más tarde y te recomendaría que fueras a descansar a casa antes de hacerlo.
Parpadeé por el cansancio, un poco aturdida.
–No se preocupe, profesor Itachi. Puedo continuar –quise asegurarle.
Él se agachó frente a mí, igual que había hecho aquella mañana, meses atrás. Mi corazón volvió a latir muy deprisa cuando una de sus manos se posó en mi hombro. Me miró tiernamente.
–Sakura-chan, lo necesitas –insistió.
–Pero, profesor...
–Siempre has sido así: valiente y empeñada –me cortó rápidamente–. Por mucho que la gente te diga cosas en tu contra, y aunque te muestres débil a veces, te obstinas en seguir adelante. Por mucho que te rechacen o hablen mal de tu aspecto físico, ¿verdad? Pero, en ocasiones, necesitas parar.
Creí quedarme sin respiración unos segundos.
¿Mi aspecto físico?
A pesar de que hacía tiempo que no recibía críticas sobre mi enorme frente o la rareza de mi pelo –sin contar con Sasuke–, el profesor Itachi había hablado como si conociera perfectamente la situación.
Como si me conociera desde hacía tiempo.
Fruncí el ceño y le miré con una honda confusión. Abrí la boca dispuesta a preguntar, pero mis palabras fueron interrumpidas por otra voz.
–Profesor Itachi, tengo una duda sobre un movimiento –saltó Kiba, acercándose a nosotros.
Venía acompañado de Naruto, que me sonrió en cuanto lo miré. El profesor Itachi se levantó y sus ojos oscuros me contemplaron una última vez.
–Vete y reposa. Te deseo unas buenas vacaciones; te las mereces –me dijo.
Quise preguntar muchas cosas. Quise comprender qué había detrás de las palabras que me había dedicado; de dónde procedían aquellos conocimientos sobre mí; por qué parecía que, de repente, sabía por lo que había pasado.
Pero decidí que habían sido imaginaciones mías. Después de todo, cualquiera podía imaginarse lo que había sufrido una chica con el pelo rosa en su infancia.
Estás demasiado reventada, probablemente no lo hayas entendido bien.
Le dediqué al profesor Itachi una reverencia a modo de despedida y me dispuse a alejarme de allí. Pero cuando di media vuelta, alguien me llamó.
–Sakura-chan, antes de que te vayas, quería felicitarte –Naruto se aproximó a mí con calma y una sonrisa amable.
No recordaba haberle visto tan cauteloso nunca antes.
–Me alegro mucho de que hayas vuelto a quedar en tan buen puesto en los exámenes. Coincido con los demás en que te lo mereces. Como amigo, estoy feliz de que puedas seguir quedándote en nuestro instituto por esto –continuó.
Había hablado con tal cariño que me fue imposible no sonreír.
–Muchas gracias, Naruto. Yo también me alegro de poder quedarme aquí y tener a personas como vosotros conmigo –respondí. Me acerqué un poco más a él y dejé caer una mano sobre su hombro–. Oye, ánimo con Hinata, ¿de acuerdo?
La tez broncínea de su cara se tornó de un fuerte granate.
–¿Es tan obvio lo que siento por ella? –inquirió tímidamente.
–¿Recuerdas cuando me dijiste que me querías, en Secundaria? –él asintió con la cabeza–. Jamás te vi mirarme a mí como la miras a ella.
Se rascó una mejilla, en un gesto nervioso.
–Pero creo que yo no le gusto, Sakura-chan, y además, su primo...
–¿De verdad vas a permitir que te impidan estar con ella? ¿A ti, que eres lo más plasta del mundo?
Se echó a reír.
–Haz el favor de esforzarte más. No te revelaré nada acerca de cómo piensa sobre ti, pero te aseguro que no es nada malo –le guiñé un ojo.
–Tienes razón, Sakura-chan –me sonrió, y pareció que su actitud chispeante regresaba a su sitio. Hizo una breve pausa y de pronto miró hacia el techo, como si hubiera recordado algo; seguidamente, volvió a mirarme con entusiasmo–. Por cierto, hoy es el cumpleaños de Sasuke. Esta noche iremos a jugar a los bolos y a cenar pizza en su casa. ¿Querrías venir? También pensaba invitar a Hinata-chan.
Mi corazón experimentó un tumbo agitado.
Recordé el día en el que estábamos: veintitrés de julio, y sentí un ligero mal sabor de boca.
Le había felicitado hasta hacía tres años, cuando aún pensaba que éramos amigos. En aquel entonces siempre me había gustado la idea de que fuera unos meses más mayor que él. Estúpidamente me había dicho a mí misma que era casi su senpai, a sabiendas de lo atractivas que resultaban las chicas un poco mayores para algunos. Y me había devanado los sesos durante años pensando en regalos que pudieran complacerle. ¿Conservaría el peluche de Lobomon que le había dado cuando éramos pequeños?
Qué ironía que ahora haya dejado de estar tan pendiente como antes.
Solté un suspiro.
–Trabajo esta noche y la verdad es que preferiría descansar. Felicítale de mi parte, aun así –contesté finalmente, con la boca chica.
–Está bien. De todos modos, tienes mi móvil, ¿no? Si cambias de idea y te animas, avísame –insistió el rubio.
Aunque, en el fondo, sabía que no le llamaría.
Para terminar la conversación, asentí y finalmente me despedí de él. Tomé el camino hacia la puerta de salida, pero tan pronto como mis pies tocaron la luz exterior, me giré antes de cerrarla. Mis ojos buscaron una última vez a Sasuke en la distancia, preguntándome si aún tendría aquella expresión severa en su rostro de esfinge. Y cuando le identifiqué, entrenando con Suigetsu en una esquina, como siempre me ocurría, sentí aquel nervioso cosquilleo en mi vientre.
Tal vez esté enfadado porque no le he dicho nada sobre su cumpleaños.
Pero resolví que se lo tenía merecido. Aprendería a controlar esa boca revoltosa suya antes de intentar besarme otra vez.
A pesar de que, en mi fuero interno, ardía en deseos por que volviera a hacerlo.
Los días siguientes me limité a trabajar día y noche. Intentaba paliar las pérdidas que habíamos tenido en primavera con horas extras en el karaoke. Había conseguido también trabajo de azafata y me habían destinado a una cafetería maid en Shibuya.
Además de pillarme tan lejos de casa que tenía que coger la bicicleta a diario, aquel era el empleo a tiempo parcial más vergonzoso que había realizado hasta entonces. Tenía que promocionar la cafetería en la calle, junto a algunas de las camareras que ya eran famosas, con la obligación de vestir igual que ellas. El problema era que las maid tenían una indumentaria muy poco convencional. Sus uniformes no consistían en una casaca y unos pantalones negros, sino en un vestido de doncella inspirado en la época victoriana: pomposo, con enaguas de vuelo y un delantal ribeteado. Corto. Demasiado corto.
Nunca en la vida me había sentido tan ridícula y vulnerable como la primera vez que salí a la calle con aquel llamativo atuendo puesto: maquillada con muchos brillos y mi cabello rosa lleno de tirabuzones, que caían bajo una cofia blanca. Era, quizás, la más joven de todas aquellas maid, y detestaba que los hombres que pasaban me miraran con ojos lascivos.
Era asqueroso que se les cayera la baba, cuando era obvio que estaban contemplando a una menor. Intentaba enfocar mis ánimos en que aquello implicaba mayor número de clientes y, por tanto, más dinero con el que pagarme. Sin embargo, resultaba tremendamente frustrante saber que todos aquellos pervertidos tenían el poder para decidir si hoy comería o no con su dinero. Aunque solo miraran, debía disponer mi cuerpo con una apariencia frágil, servil y manipulable. Éramos cuerpos de chicas jóvenes que no teníamos rostro ni historia para ellos: tan solo unas piernas enfundadas en medias de colegiala y un pecho que destacaba sugerentemente bajo el lazo atado al cuello. Maniquíes humanos que procurábamos las fantasías más repugnantes para los que fingían decoro.
Y cuando la sociedad aceptaba aquella imagen, me daba cuenta. «Es lo que has querido tú», me habrían dicho, si se me hubiera ocurrido quejarme en voz alta, cuando aquellos extraños se chupeteaban los labios al mirarme. Porque nadie se atreve a imaginar que, cuando se es pobre y mujer, el mundo no te deja demasiadas opciones. Porque nadie se atreve a pensar que no somos las mujeres las que elegimos exhibirnos para trabajar, sino que cuando te dicen: «esta es la condición» en casi todos los trabajos que solicitas, priorizas que haya leche en tu nevera por delante de tu dignidad. Y eso es algo que muchas personas no conocen.
Los hombres tienen suerte de que la sociedad no aprecie la forma de sus cuerpos de manera sistemática. Comer de tu cerebro es mucho más saludable que hacerlo por los centímetros de piel que te exijan enseñar.
Pasaron los días y el viernes por la tarde quedé con Shino y Kiba –que se trajo a su inseparable perro Akamaru– antes de ir a trabajar. Fuimos en busca de un regalo para la madre de Hinata; ellos también habían sido invitados a la cena, aunque sus padres no asistirían.
Me propusieron ir el quince de agosto a la playa de Isshiki con ellos y algunos chavales del club, entre otros Tenten y una chica con media melena castaña que se llamaba Matsuri. Sería una semana, y aunque me parecía una idea genial, les dije que no podía costeármelo.
–Te invitamos nosotros –intervino Shino, encogiéndose de hombros.
–Claro que sí, ¡será por dinero! No tendrás que pagar nada si estás con nosotros –convino Kiba alegremente.
Pero, aun sabiendo que lo decían en serio, no me gustaba que los demás gastaran dinero en mí.
–Me lo pensaré –les contesté.
Decidimos comprar entre los tres un difusor grande de aromas a té verde, incienso y almizcle, aunque ellos pagaron un poco más que yo. No me sentí muy satisfecha con ello, así que decidí que me adelantaría el sábado para hacerle un peinado bonito a la señora Hyûga. Era lo mínimo para tranquilizar mi conciencia por la parte no pagada.
La mañana de aquel sábado estuve en el hospital ejerciendo mi voluntariado. Me enteré de que Tanishi, el niño del cabello color berenjena y el lunar en el entrecejo despejado, había vuelto a ingresar por complicaciones en sus diálisis. Estaba tan preocupada que, durante la hora de juegos en la sala de entretenimiento, me apegué a él como si se fuera a romper de un momento a otro, pese a que parecía bastante resuelto sujetándose a su porta-sueros al caminar.
–Tanishi-chan, si estás cansado, puedes decírmelo –intenté ser lo más dulce que pude con él.
–No te preocupes, Sakura-senpai. Solo estoy un poco más flojo que de costumbre –me aseguró con calma.
Un rato después, algunos compañeros me recomendaron ir a visitar a la nueva paciente del grupo de ancianos que regía el hospital. Me habían comentado que necesitaba un poco de apoyo moral, especialmente porque tenía un carácter difícil.
Tanishi quiso acompañarme para verla, y aunque temía que en su estado pudiera ocurrir algo, insistió tanto que me fue imposible rechazarle. Me llevé unos aceites y toallas con idea de ofrecerle un masaje a la anciana. Sin embargo, cuando aparecí delante de ella, su cara me indicó que no le agradaba la idea.
–Espero que no estés de voluntaria solo para ganar renombre como masajista o presumir de benévola por atreverte a quitar nudos de las carnes rancias de una vieja como yo –me soltó antes de que pudiera hablar.
Sí que tiene un carácter curioso, sí.
–En realidad, señora...
–Chiyo me llaman; Chiyo Akasuna, señorita –me ayudó.
–Quería decirle, señora Akasuna, que a mí me gusta ofrecer masajes para el bienestar de los pacientes, pero si desea que no lo haga, intentaré que se sienta cómoda de otra forma –continué.
–Llámame solo Chiyo. Mi apellido no me gusta –protestó.
Me senté a su lado en una silla, y Tanishi me imitó.
–¿Por qué no le gusta su apellido? Significa «arena roja», ¿no es cierto? Mi abuelo dice que la arena roja es la más peculiar del mundo y, por ello, uno de los tesoros más especiales que podemos encontrar –comenté.
Ella encogió un poco la boca en un gesto gruñón, pero no replicó.
–Yo me llamo Sakura Haruno –me presenté, intentando buscar un modo de obtener su confianza. Acto seguido, señalé al niño que estaba sentado junto a mí–. Él es Tanishi-chan. Hemos oído que usted será nuestra nueva compañera por un tiempo, así que esperamos ser de su agrado, señora Chiyo.
–Tu nombre va acorde con tu color de pelo, ¿verdad, jovencita? El tinte que usas debe ser muy bueno, apenas te sale la raíz oscura –observó.
Dejé que creyera que era teñido; sería muy difícil de explicar a una anciana que parecía obsesionada con ponerse el pelo violeta, por encima de las canas.
El resto del tiempo nos enzarzamos en una larga conversación sobre la vida de aquella mujer mayor, de cara redonda y rugosa, y grandes pecas: una en la frente y otra en la mejilla. Debía rondar los setenta años. Descubrí que no era la cascarrabias que me habían pintado mis compañeros. En realidad, era más bien una guasona enmascarada, que simplemente estaba molesta por haber ingresado en el hospital y haberse olvidado sus marionetas en casa.
–Mi nieto también ha seguido la tradición familiar del arte de las marionetas. ¿Os gusta ese mundo? Es apasionante. No hay nada como hacer una marioneta nueva y utilizarla en algún teatrillo. Los niños son el mejor público que puede existir –nos contó a Tanishi y a mí; seguidamente, hizo una pausa y de pronto me dijo–: Por cierto, Sakura-chan, si no tienes novio, deberías conocer a mi nieto. Es un poco mayor que tú, pero estoy segura de que sería un buen esposo.
El tema de las marionetas me había hecho pensar en Sasuke y las sombras chinescas, y cuando la señora Chiyo mencionó la palabra «esposo», la fugaz imagen del Uchiha caminando hacia el altar me ruborizó.
–No estoy interesada en ningún tipo de relación ahora mismo, señora Chiyo, pero agradezco sus palabras –me apresuré en responder.
No pasé por alto la amplia sonrisa de Tanishi.
–De todas formas, algún día ese holgazán tendrá que pasarse por el hospital, y como será probablemente en fin de semana, me aseguraré de que lo conozcas –insistió ella.
No me hacen falta bodas concertadas ahora mismo.
En cuanto terminé en el hospital, fui a trabajar al karaoke, y después, corrí hasta casa en la bicicleta.
Me di prisa en arreglarme con un vestido que mamá me había prestado. Habíamos vendido la mayoría de las pertenencias de nuestros tiempos como familia adinerada, así como los coches, pero ella aún guardaba algunas prendas bonitas y ciertas joyas: las menos lujosas, pero más valiosas. El anillo que le había regalado papá por su compromiso no se lo quitaba nunca.
La cena en casa de los Hyûga era a las seis en punto, pero Hana se preocupó por maquillarme antes de que saliera con la cara lavada.
–Me adelanto contigo a la cena porque no me gusta quedarme aquí sola; a mamá van a ir a recogerla a su trabajo. Además, quiero ver cómo peinas a la señora Hyûga –me dijo, una vez terminó de echarme máscara en las pestañas.
Hana también llevaba un peinado hecho por mis manos. Le había recogido sus mechones bermejos en un moño alto y desenfadado. Su pelo estaba lleno de ondas naturales, de forma que aquellos peinados le quedaban bien sin demasiada parafernalia. Por el contrario, yo solo me puse una cinta azul eléctrico en el pelo, del mismo tono del vestido que me había dejado mamá.
Nos recogió un coche enviado, y cuando llegamos hasta la enorme puerta de madera de la casa Hyûga, fue como si retrocediera muchos años atrás, a la época en la que mi familia y yo no teníamos que preocuparnos por deudas ni facturas impagadas. Era consciente del privilegio del que gozábamos al tener amigos como Hinata y sus padres; no todos los pobres podían relacionarse con ricos.
Los Hyûga vivían en una gran mansión al más puro estilo japonés, donde podías perderte en un jardín repleto de flores silvestres, los tradicionales montes Shumi y Hôrai formados por rocas, un mar de piedras claras rodeándolos, arces, pinos, bambú, y un lago donde cruzaba un pequeño puente. Por otro lado, dentro, la decoración se había modernizado, y aun cuando todavía se conservaran algunas puertas de papel de arroz y un antiguo tatami en una de las salas de estar, la mayoría de las habitaciones fusionaban lo occidental con lo minimalista. Todo estaba construido con las maderas más valoradas del país, y el comedor en el que tendría lugar la cena era la zona más folclórica de la casa, protagonizado por una grandiosa mesa rectangular acompañada de sillas acolchadas sin patas, a ras de suelo.
Apenas acabé con el peinado de la señora Hyûga, los invitados comenzaron a aparecer. Mi madre llegó tan guapa y deslumbrante, que me recordó a la mujer que había conocido de pequeña: sin uñas rotas por usar paños con lejía ni bolsas hinchadas bajo los ojos por no dormir.
Kiba y Shino se presentaron después. Los tres juntos entregamos nuestro regalo a la madre de Hinata, que nos lo agradeció infinidad de veces seguidas, diciendo modestamente que no teníamos que habernos molestado. Luego, asistieron un par de amigos más de los Hyûga, entre los que estaban Rock Lee.
Por lo que sabía, el chico del peinado de cacerola era huérfano y había sido adoptado de pequeño por Might Guy (o Maito Gai, como decían en Japón), un famoso presentador de televisión muy carismático del que había heredado su estilo estrafalario. Pero aquella noche le tocaba trabajar, y por lo que había oído, el señor Hiashi no lo tragaba demasiado. A pesar de ello, Lee se preocupó por traerle su propio regalo a la señora Hyûga: un surtido de hierbas aromáticas y sales minerales para el baño. Ella se lo agradeció como si fuera su hijo, y comprendí entonces de dónde venía la amistad de Neji con el cejotas.
Me di cuenta de que la vida de Rock Lee se parecía bastante a la de Naruto.
–Sakura-chan, me has dejado sin palabras. No sabía que tú también estarías hoy aquí, mucho menos tan elegante –me dijo el moreno, mirándome impresionado de arriba abajo.
–Gracias, Lee. Mi familia y yo somos amigos íntimos de los Hyûga. El señor Hiashi trabajó varias veces con mi padre cuando vivía –le expliqué.
–Tu padre debió ser un hombre extraordinario. Me hubiera encantado conocerle.
Le sonreí, complacida de verdad. Lee era peor que un grano en el culo la mayoría de las veces, pero me gustaba que me dijera cosas agradables. A fin de cuentas, era obvio que le salían del corazón.
Durante la cena, me senté junto a Hinata. Se había puesto un vestido vaporoso inspirado en el corte de los kimonos: cruzado, floral y con mangas anchas. Y también se había maquillado un poco, lo suficiente como para resaltar su belleza de muñequita kokeshi, y se había recogido la mitad de su larga melena negra con un broche de cristales coloridos.
–Sakura-chan, te sienta muy bien ese vestido –me alabó.
–Creo que no tengo ni punto de comparación hoy contigo. Me encantan tus pendientes, por cierto –respondí, señalando las tiras brillantes que caían de sus lóbulos.
Ella se llevó las manos a las orejas en un gesto distraído y tuve la sensación de que su mente divagaba sobre algún asunto importante.
–Kiba-kun y Shino-kun te dijeron lo de la playa, ¿no? –dijo de repente.
Me llevé un trozo de atún fresco a la boca y la miré con curiosidad.
–Sí, ¿por qué?
–¿Qué has respondido?
Solté un suspiro.
–Todavía no lo sé, Hinata-chan. ¿Tú también vas a ir?
–Bueno, depende de la gente que se apunte. Es posible que Naruto-kun vaya...
Le dediqué una sonrisa traviesa.
–Así que, en el fondo, estás deseando ir, ¿eh? Si está Naruto, será suficiente. Admítelo, Hinata.
Me siseó suavemente y dio un rodeo con la mirada; sin embargo, todos estaban distraídos con sus propias conversaciones.
–No digas su nombre en voz alta, Sakura-chan. Temo que mi primo se entere; él también está invitado al viaje –me dijo cautelosa.
–¿En serio? ¿Cuántos van a ir allí?
–De momento solo sé que nuestros amigos, Neji y, quizás, Naruto-kun.
Enarqué una ceja, recelosa.
–¿Crees que irá Sasuke? Si va ese, me niego a aparecer. Paso de que me amargue las vacaciones –refunfuñé.
–No te puedo asegurar nada, Sakura-chan, pero por lo que he oído a Sasuke-kun no le gusta mucho tomar el sol.
–Espero que eso baste para que ni se le ocurra presentarse.
Hinata abrió mucho los ojos, mirándome esperanzada.
–¿Quieres decir que vendrás? –inquirió con una nota de ilusión en la voz.
Compuse una expresión de apuro. Era difícil decir que no cuando ponía aquella carita adorable.
–No puedo decirte nada con seguridad, Hinata-chan. No tengo dinero para ir y, aunque Kiba y Shino me dijeron que me invitarían, no me gusta la idea de que mis amigos pongan dinero por mí...
–La casita donde vamos pertenece a la familia de Kiba, por lo que no supone ningún gasto. Y eres nuestra amiga, no nos importará invitarte a comer o a lo que necesites.
–La comida podría pagármela yo, supongo –comenté pensativa; no obstante, volví a resoplar–. ¡Uf! Aun así, me sentiría muy culpable si me voy de vacaciones por mi cuenta y dejo a Hana. Normalmente vamos a casa de la tía Tsunade con mamá para descansar algunos días, pero sería un poco feo tener un plan un poco más divertido con mis amigos y que mi hermana no pudiera disfrutar de lo mismo.
–Trae a Hana-chan. Puede estar con nosotras y dudo mucho que sea un problema para Kiba-kun, mira...
Intenté detener a Hinata cuando se volvió para buscar al chico de ojos salvajes, pero sus manos fueron más rápidas alcanzando su hombro.
–¿Sakura-chan podría traerse a Hana-chan a la playa? –le preguntó.
Mi hermana también la escuchó.
–¿Vamos a ir a la playa, hermanita? –sus ojos relucieron de entusiasmo.
Ahora sí que no puedo negarme.
Suspiré largamente.
–Solo si Kiba nos da permiso –repuse.
El aludido esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
–¡Por supuesto que puede venirse Hana-chan! –sus ojos echaron una rápida ojeada a mi hermana, y me pareció que se iluminaban de pronto–. Para mí será un placer acogeros en mi casa de Isshiki. Es lo suficientemente grande como para alojar a cincuenta personas.
–¿Tantos vamos a ser? –inquirí repentinamente asustada.
–Espero que no –murmuró Shino inexpresivo, reajustándose las gafas a la nariz.
–¿Sakura-chan y su hermana vienen a la playa? ¡Ahora sí que me apunto, Neji! –saltó Lee, atestando un codazo al aludido, que emitió un gruñido bajo.
Me pregunté cuánto tiempo llevaba el moreno poniendo la oreja.
–¡Qué plan tan divertido! –intervino en ese preciso momento la voz de mi madre.
La miré y descubrí que me miraba con cariño. Sus ojos castaños se habían encogido un poco en una sonrisa de emoción contenida.
–No dudéis en ir, chicas. Os lo pasaréis en grande. Yo me quedaré con la tía Tsunade y los abuelos de mientras, así que ya sabéis que estaré perfectamente –nos aseguró con dulzura.
Me acaricié una sien y decidí darme por vencida. Ahora tenía la aprobación-orden de mamá para ir. Encima, ya me había quedado claro que para Hana era una idea emocionante.
Sin embargo, había un problema aún mayor: ¿dónde estaba mi bañador?
Contrariada ante la perspectiva de que nos invitaran a todo tipo de cosas en la playa, me esforcé como una posesa en mis dos trabajos. Quería ahorrar el dinero suficiente como para cubrir las necesidades de mi hermana y las mías. Sobre todo, las de ella. Poco me preocupaba limitarme a pedir ensalada en algún chiringuito de playa o negarme a comprar mis antojos, con tal de que Hana disfrutara al cien por cien. Intuía que muy pocos de los sitios que visitaríamos serían económicos.
Pero nadie me dijo que odiaría tanto la cafetería maid.
Recuerdo perfectamente cuando decretaron el Día de los Animalitos Moe Moe. Era trece de agosto, un par de días antes de irme a la playa con mis amigos, y hacía un calor insoportable. Cuando había tanta humedad, el nivel de clientes de la cafetería bajaba, de manera que mi jefa había pensado en establecer una forma de atraerles. No se le ocurrió mejor método que el de sus camareras usando trajes de doncella y maquillajes inspirados en animales domésticos y adorables.
Y por supuesto, las azafatas teníamos que llevarlos también.
Mi vestido tenía la misma forma que el normal, pero era de color grisáceo, y de la parte de atrás sobresalía una larga cola, con el curioso detalle de la punta doblada grácilmente hacia adentro. La cofia que siempre llevaba en la cabeza ahora tenía unas orejas de gato y habían añadido tres bigotes al maquillaje refulgente de mi cara.
Ya me miraban con una falda de vuelos que casi enseña mi chichi, hoy no me dejarán en paz entre las puñeteras orejas y la cola que me sale del culo.
Aun así, procuré cumplir con mi trabajo. Tenía que hablar con voz de niña, como siempre, pero ahora debía añadir «nya» a cada frase y mover las manos cerradas de arriba abajo, con los brazos encogidos frente al pecho. Se suponía que, de ese modo, evocaba el comportamiento de un gato. Un gato porno muy atontado.
Y lo peor era que aquel día me tocaba estar sola de azafata.
–¿Se supone que te han cogido para el live-action de Kaichô wa maid-sama o eres ese tipo de friki a la que le mola hacer cosplay? –inquirió de pronto la voz ronca que menos quería haber escuchado aquella tarde.
No, estaba claro que trabajar sola en la calle con ese traje no era lo peor.
Que Sasuke Uchiha me viera de esa guisa era lo peor de lo peor que podía pasarme.
–¡¿Por qué estás aquí?! –casi ladré, tan roja que hasta sentí un leve mareo.
El chico del erizado cabello azabache me evaluó con la mirada lentamente, de arriba abajo. Sus ojos negros eran inexpresivos; por sus párpados caídos, casi parecía aburrido. Pero cuando volvió a clavar sus pupilas en mi rostro, reconocí un ligero pliegue en la comisura de sus labios. Le divertía.
–Eso debería preguntártelo yo, que te encuentro de este modo tan peculiar en pleno centro de Shibuya –replicó.
–¡Estoy trabajando, no me molestes! –le exigí.
–¿Ya te han echado del karaoke por dejarles sin vasos que servir? –contraatacó, recordándome el incidente a principios de curso, cuando le descubrí allí practicando sexo con la chica del pelo caoba.
–Los pobres podemos mantener más de un trabajo a la vez, algo que seguro no entenderá un niño rico.
–Hmmm –dejó escapar de manera sugerente–. Así que decías que no volvería a quedar por encima de ti, pero no solo has quedado segunda en la lista de mejores estudiantes, sino que ahora también vas vestida de sirvienta con orejitas de gato. Tu forma de derrotarme es bastante curiosa; quizás te contrate como criada.
Chasqueé la lengua, mirándole con una profunda rabia. Mis puños se crisparon, dispuestos a descargarse sobre su cara bonita, pero inspiré hondo y me recordé dónde estaba. Airada, desvié la mirada y le di la espalda, intentando ignorarle y cumplir con mi trabajo. Sin embargo, percibí que se acercaba a mí. Segundos después, sus manos alzaron mi falda.
–¡¿Qué coño haces, guarro?! –rugí, girándome automáticamente para darle un rápido manotazo y cubrirme las voluminosas enaguas.
–Quiero saber si también llevas braguitas con dibujos de gatos –respondió despreocupadamente, volviendo a esconder las manos en los bolsillos del pantalón.
–¡¿Eso qué leches te importa?! ¡Haz el favor de dejarme en paz!
–¿Así tratas a tus posibles clientes? Uy, ya estoy viendo cómo te despiden pronto...
–¿Acaso te van estas frikadas? –sonreí con sarcasmo.
–Bueno, podría apetecerme. Al fin y al cabo, ahora mismo no tengo nada más que hacer. Puedo estar tranquilo porque he vuelto a ser el primero en la lista de mejores estudiantes –se recochineó de nuevo.
Fruncí tanto el ceño que creí que me iba a explotar la cabeza, pero me esforcé por no responderle de la manera que quería responder allí en medio. Él esbozó una sonrisa ladeada, orgulloso de mi impotencia.
–Vamos, convénceme, Sakura-chan –pronunció aquel sufijo con burla–. Quizás hoy me sienta generoso y entre en tu cafetería.
–Yo no sirvo, por si te apetece verme de camarera en las mesas. Solo soy azafata –mascullé.
–Con más razón: atráeme como cliente.
Mis mejillas se coloraron de nuevo al escuchar sus palabras. Estaba allí, con su collar de placas militares y el piercing de su oreja, vestido con un polo oscuro de mangas cortas y cuellos alzados, unas descoloridas bermudas vaqueras y unas deportivas gruesas. Parecía un modelo; uno sacado de un catálogo de ropa urbana. Y yo estaba allí, con un provocativo traje de doncella, que incluía una cofia con orejas felinas y una cola estúpida que me abultaba aún más el culo. Ni siquiera mis tirabuzones me hacían menos vulgar.
Sasuke sabía siempre cómo aprovecharse de su poder, pero en ese momento no podía llevarle la contraria a lo que me pedía. Tan abochornada que me quería morir, levanté lentamente las manos, cerradas hacia adelante como antes. Las coloqué frente a mí y, dudosa, moví una de ellas como hacían aquellos gatos dorados de la fortuna.
–Nya, mi amo, mis compañeras y yo estamos esperando que vengas a visitarnos a nuestra cafetería maid. Hoy es el Día de Animalitos Moe Moe, nya. Tenemos omelette preparado con mucho amor, tarta de fresas a la que hemos añadido ternura e infusiones de cariño, nya. Amo, por favor, venga a visitarnos, queremos jugar con usted, nya.
Fui consciente de que había hablado con voz temblorosa y casi sin mirar a Sasuke. Mis movimientos tampoco habían llevado el toque de gracia que solía otorgarles, pero mi corazón latía tan deprisa que solo podía pensar en lo ruborizada que estaba mi cara.
Me atreví a mirar finalmente al Uchiha, y tan pronto lo hice, me arrepentí. Su semblante permaneció impasible; no supe si estaba aburrido u horrorizado.
–Apesta –espetó de repente.
Su comentario fue como un balazo en el pecho. Pero, antes de que pudiera decirle nada, se le escapó un carraspeo; seguidamente, apartó la cabeza y se agachó un poco para echarse a reír por lo bajo. Aunque apenas podía escuchar su carcajada ahogada, parecía estar muriéndose de la risa.
Su actitud me enfureció todavía más.
–Si ya estás satisfecho y no piensas entrar en la cafetería, ¿podrías dejarme tranquila trabajar? –refunfuñé, cruzándome de brazos.
–No, espera –me pidió entre risas, intentando recobrar la compostura.
Mis ojos detectaron los retazos de sonrisa que se le habían escapado. Por un momento, creí que me había quedado sin aire. Parecía verdaderamente animado y, si lo pensaba con detenimiento, nunca antes había visto sonreír a Sasuke. Nunca de una forma que no fuera falsa o sarcástica.
Pedazo de cabrón, no sonrías así o me olvidaré de por qué estoy enfadada.
–¿De verdad es eso lo que te obligan a decir para promocionar esa cafetería? –inquirió, cuando estuvo más calmado.
Aún podía ver su sonrisa dibujada en la boca, y tuve que sacudir la cabeza para centrarme.
–Así es. ¿Vas a entrar o no? –exigí saber, molesta.
Me observó largamente, y de pronto fue como si todo lo que había a mi alrededor se detuviera. Su rostro se mantuvo relajado durante unos segundos, de una manera que no conocía en él. Sus facciones afiladas se habían descongelado, y la belleza que las caracterizaba se me antojó aún más irresistible que antes. En el fondo, tenía la mirada de un niño; un niño al que le habían enterrado la inocencia.
Sasuke Uchiha siempre había parecido mayor de la edad que tenía. No solo se debía a que tenía un cuerpo bastante desarrollado o a que fuera algo más alto que el resto. Su rostro solía ser tan serio, y su mirada tan sagaz, que daba la sensación de que había visto demasiadas cosas para ser tan joven.
Pero en ese preciso instante descubrí algo más en sus ojos rasgados.
Creí ver un deseo callado en él, como la estela de un cometa guardada bajo llave. Me pregunté qué podía estar interfiriendo en su vida para que casi nunca mostrara aquella mirada sosegada, y la posibilidad de que hubiera respuesta para aquella pregunta me inquietó.
No me di cuenta de que me había quedado mirándole tan fijamente, hasta que las comisuras abiertas de su boca se cerraron. Su expresión volvió a ser súbitamente la misma de siempre: inescrutable, ligeramente arrogante.
–No voy a entrar. Solo quería comprobar si te ponías aún más ridícula de lo que ya estás con ese uniforme –me lanzó fríamente.
En otra ocasión le hubiera mandado a la mierda por aquel comentario, pero aún me sentía impactada por la sonrisa que me había mostrado instantes antes. Ni siquiera su voz me había sonado tan dura como otras veces.
Al ver que no respondía, enderezó los hombros y echó a andar.
–Adiós –se despidió cuando pasó junto a mí, en ademán de marcharse.
Me giré para buscarle, pero perdí la visión de Sasuke entre el gentío que me envolvía.
En ese preciso momento apareció frente a mí un hombre.
–Hola, señorita –me saludó.
Es inútil. Olvida a Sasuke. Tienes que trabajar.
Suspiré y me dispuse a recuperar mi absurdo teatro de doncella gato.
–Nya, mi amo, mis compañeras y yo estamos esperando que venga a visitarnos...
–No hace falta que me sueltes toda la charla, preciosa –me interrumpió el hombre.
Guardé silencio y le observé con atención. Al principio, me pareció un ejecutivo más entre todos los que transitaban por aquella zona. Llevaba un traje de chaqueta, corbata roja y el cabello negro engominado hacia atrás. Se cubría los ojos con unas gafas oscuras, de aspecto lujoso, y un denso bigote le tapaba el labio superior. Tenía las paletas separadas.
–Dígame, señor –respondí.
–Verás, llevo días observándote. Trabajo muy cerca de la estación y paso por aquí a diario. Me he fijado en ti porque tienes un color de pelo muy particular y he visto que tus ojos son preciosos. ¿Eres extranjera?
–Estoy un poco mezclada.
–Qué exótico... –susurró, dedicándome una sonrisa extraña.
Arqueé una ceja, intentando averiguar cuáles eran sus intenciones.
–Te explico –continuó, adelantándose a mi pregunta–. Trabajo en una agencia y estamos buscando a chicas jóvenes y guapas para un evento. ¿Conoces la revista Seventeen?
–Sí, señor.
–Los patrocinadores asistirán a este evento, y estoy seguro de que una chica tan dulce y glamurosa como tú estaría ilusionada con aparecer en una de sus portadas, ¿cierto?
En realidad, no tiene ni idea de lo poco que me ilusiona.
–Bueno, lo cierto es que yo no creo que...
–Estamos buscando a alguien como tú, te lo aseguro. No todos los días podemos encontrar a chicas con el pelo rosa y los ojos de tu color que se puedan llamar japonesas. Podrías provocar una gran revolución –insistió aquel hombre, sacando una tarjeta.
Me la mostró y la leí. Tenía un título en francés: «Nuit Rouge».
–Ya, pero es que... –quise objetar.
Pero mis palabras quedaron suspendidas, cuando mis ojos identificaron la figura que se acercó. Sasuke apareció detrás del hombre enchaquetado. Antes de que él fuera consciente de su presencia, alargó la mano y le arrebató la tarjeta que me estaba enseñando. La leyó rápidamente.
–Si no me equivoco, Nuit Rouge es el nombre de una agencia escort, es decir, una agencia de prostitución de lujo –desveló con voz neutral.
Abrí los ojos de par en par, sorprendida. El hombre enchaquetado no tuvo tiempo de responder, Sasuke le arrojó la tarjeta en la cara como si fuera un pedazo de basura.
–¿Quién eres tú? –le interpeló el tipo de bigote y pelo engominado, visiblemente indignado.
–Lárguese y tendremos la fiesta en paz –le amenazó Sasuke, colocándose frente a mí.
Su cuerpo pareció querer ocultarme.
–¿Acaso eres su novio?
–Lo que yo sea no le incumbe. Márchese si no quiere problemas. ¿O prefiere que le rompa esos dientes tan alineados que tiene?
Aquel extraño hizo ademán de abrir la boca para replicar, pero a través de la luz que esclarecía sus gafas percibí que sus ojos me lanzaban una mirada fugaz. Luego, regresó a Sasuke.
–Esto no va a quedar así, chico –gruñó.
Resopló y se reajustó los pantalones con un gesto furioso; sin embargo, no hizo nada. La mirada de Sasuke estuvo señalándole con una calma sospechosa hasta que dio media vuelta y desapareció entre la multitud que caminaba a nuestro alrededor.
Transcurrieron unos segundos de tensión, en los que solo pude escuchar mi pulso acelerado. Había sentido pavor ante la idea de que aquel hombre y Sasuke llegaran a las manos.
–Sasuke –le llamé.
Él no me miró, pese a que se mantuvo a escasos centímetros de mí, dándome la espalda.
–Sasuke –repetí.
–Eres un incordio. Aprende a quitarte los moscardones de encima, antes de que tenga que hacerlo yo –me reprochó.
Fruncí el ceño, ofendida.
–¡No te he pedido que vengas!
Continuó sin mirarme y, de repente, echó a caminar con idea de marcharse otra vez.
–¡Oye, espera! –él no se volvió–. ¡Sasuke-kun!
Y solo entonces sus pies se detuvieron. Giró un poco la cabeza y me miró a través de la comisura del ojo. No sabía si a esa distancia podría oírme, pero ya había sido suficientemente bochornoso atreverme a llamarle de aquella manera. Hacía años que no usaba –kun para dirigirme a él.
–¿Qué quieres? –inquirió.
Me acordé repentinamente de algo importante.
–El último día que tuvimos clase... fue tu cumpleaños, ¿verdad?
Él no me respondió, aunque yo sabía que se había enterado.
–Por si no te lo dijo Naruto, felicidades. Atrasadas –le expresé con la boca chica. Me debatí un poco con mi orgullo hasta que finalmente mascullé–: Y gracias por lo de ahora.
Se hizo el silencio entre nosotros, únicamente interrumpido por los pitidos lejanos de los coches, la alarma de los semáforos y las conversaciones animadas de los transeúntes.
–Ese uniforme no te queda bien –me soltó de repente.
Fue una sentencia, en la que comprendí inmediatamente que nuestro tiempo aquel día había concluido. Él volvió a mirar al frente y siguió por su camino, mientras yo le contemplaba en la distancia, luchando contra mis deseos de salir corriendo tras sus pasos.
No había entendido aquel comentario, pero tuve la impresión de que escondía algo bueno.
Y a pesar de que dos días atrás había sentido aquellos impulsos, el quince de agosto, cuando Hinata, mi hermana y yo llegamos a Isshiki, quería enterrarme bajo tierra.
–¡Sakura-chan, tú también has venido al final! –exclamó Naruto en el momento en que nos encontramos frente a la casita rural de Kiba.
Mis ojos recorrieron a los circundantes. Además de los que ya había tenido en cuenta, reconocí a Shikamaru, Chôji –no me sentiría tan culpable sabiendo que no era la única que no pagaría–, Gaara –muy pegado a Neji y Rock Lee, aunque me sorprendió mucho su presencia– e Ino. Pero la que me puso los pelos de punta no fue Ino.
Tal y como había temido, Sasuke también estaba allí.
–¡Es Sasuke-senpai, hermanita! –me susurró Hana al oído.
La miré y casi podía verla saltando de la alegría. Fulminé súbitamente a Hinata con la mirada.
–Naruto-kun no me dijo nada –se excusó con timidez.
Puse los ojos en blanco, exasperada.
–¿Es tu hermana, Sakura-chan? –me preguntó el rubio de ojos azules.
–Me llamo Hana Haruno –se presentó ella, antes de que yo abriera la boca–. Es un placer conocerte, Naruto-senpai. Me han hablado mucho de ti.
–Sakura-chan, ¿le hablas a tu hermana de Naruto? –inquirió exaltado Lee.
Ni siquiera le importaba que le vieran tan celoso.
–Oh, no. Yo también estoy en vuestro instituto, aunque todavía soy estudiante de Secundaria –explicó rápidamente Hana.
–¡Ah! Entonces sabes quiénes somos todos, ¿no? –dijo el chico de las cejas anchas con ilusión.
–Bueno, todos, todos no... Discúlpame, senpai, pero ¿podrías decirme tu nombre? –respondió apurada mi hermana.
Todos los presentes se echaron a reír, mientras Lee componía una dramática expresión de tristeza. No obstante, yo permanecí seria. Y Sasuke también.
Miré a Hana una vez más y, seguidamente, me volví hacia el Uchiha. Él parecía tan indiferente y distante como siempre, pero no era aquello lo que me incomodaba.
Me sentí angustiada por el hecho de tener a Hana allí conmigo cuando, en lugar de rechazo, había experimentado una honda emoción al comprender que Sasuke pasaría aquellas vacaciones con nosotras.
