NOTAS DE AUTOR
¡Muy buenas a todos!
Como prometí, continuaré subiendo los capítulos hasta igualarlos con los de la otra web donde también publico. Aquí en concreto os traigo uno que, quizás, os va a gustar mucho (y eso espero). Es uno de mis favoritos y suceden unas cuantas cosas que marcan puntos de inflexión en la actitud de los personajes.
Ojalá tenga buenos resultados, espero impaciente vuestras reviews, y gracias a los que ya me habéis comentado.
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Sin más, ¡A DISFRUTAR!
12. VACACIONES
Sakura me miraba con los ojos entrecerrados desde el otro extremo de la mesa. Estábamos solos en el comedor, desayunando en un silencio tan incómodo que me costaba tragar. Los demás no se habían despertado aún.
Me había levantado temprano aquella mañana para salir a correr y entrenar un rato en la playa. Aunque el sol ardiendo no me agradaba demasiado, a las siete la temperatura era fresca y me gustaba escuchar el rumor de las olas chocando contra las rocas y deshaciéndose en la arena. Luego había vuelto a la casa para picar algo, cansado del ejercicio, pero no había esperado que los inquilinos se levantarían tan pronto. Mucho menos Sakura.
Intenté ignorar su presencia mientras me comía mi tostada y ojeaba las noticias en el móvil. El día anterior había sido pacífico, con una continua actitud indiferente entre nosotros. No había esperado su asistencia ayer, y tampoco me lo había imaginado cuando Naruto me propuso la idea de venir, a pesar de que sabía que Hinata también se había apuntado. Aquella era una casa de ricos a punta de playa, en la zona más bonita de toda la costa. ¿Cómo podía esperar que una chica pobre también podría permitírselo?
Sin embargo, recordaba que no solo la hija de los Hyûga era amiga de la peli-rosa. Kiba debía apreciarla de verdad si no le importaba que ella no pagara nada.
–¡Buenos días a todos! –saludó de pronto la voz de Naruto.
Le miré y me encontré con aquella estúpida sonrisa ancha ocupando la mitad de su rostro. Tenía una energía tan exultante incluso recién levantado.
–Buenos días, Naruto –le correspondió Sakura.
Me limité a emitir un sonido con la garganta a modo de saludo.
–En cuanto desayune me adelantaré para coger buen sitio para todos en la playa –comentó, mientras abría los armarios de la cocina y cogía un triturador para hacerse un zumo de naranja.
–Yo no sé si iré hoy tampoco... –dijo Sakura con la boca chica.
–¡Vamos, Sakura-chan! Ayer también hiciste lo mismo. Estas también son tus vacaciones, así que anímate y ven con nosotros.
En ese preciso momento apareció otro de los invitados en el comedor. Giré la cabeza y encontré a la hermana pequeña de la peli-rosa: ya vestida, con shorts y una camiseta veraniega. Llevaba el bikini debajo.
–Hola, chicos –dijo con voz dulce.
Todos le correspondimos de forma automática.
Noté que sus mejillas se sonrojaban un poco al mirarme. No era el mismo rubor intenso que solía atacar a su hermana mayor, y debía reconocer que tenía encanto. Se sentó al lado de Sakura, pero en la misma fila que la mía. Se acomodó en la silla de forma recatada, con la espalda muy recta.
–¿Puedo robarte una de esas tortitas, hermanita? –preguntó tímidamente.
–De hecho, he dejado estas de la derecha para ti: cómetelas –respondió Sakura.
Se levantó y la observé disimuladamente mientras tomaba un sorbo de mi café. Naruto activó el triturador para hacerse su zumo, y la peli-rosa aprovechó para calentar una taza de leche con cacao en polvo.
–Hoy tenemos un desayuno muy americano, ¿no? –observó sonriente su hermana.
–Ayudé a Kiba a hacer la compra antes de ayer y se me ocurrió que podríamos volver a desayunar como hace tiempo.
–Ah, Sakura-chan, he cogido estas galletas, ¿son tuyas? –preguntó Naruto inquieto.
–Todo lo que hay aquí es para todos, no te preocupes.
Contemplé unos segundos mi taza de café. Había utilizado mi marca favorita, y no era precisamente una barata. ¿De verdad la pelo-chicle se había gastado dinero en algo así? El idiota rubio podría haberme dicho que se necesitaba contribuir.
–Sasuke-senpai –me llamó de pronto la hermana de Sakura.
No recordaba bien su nombre, de modo que solté un murmullo con la garganta en señal de atención.
–¿Sabes hacer surf? –me interpeló.
–Sí.
–Hana, ¿en qué estás pensando? –inquirió Sakura con recelo.
Es cierto, su nombre significaba «flor», parecido al de su hermana.
–Quisiera aprender surf este verano. ¿Podrías enseñarme, Sasuke-senpai? –ella volvió a mirarme, ignorando a la peli-rosa.
Observé detenidamente sus ojos celestes y su sonrisa tierna. Tenía el tipo de facciones adorables que esperas encontrar en el rostro de una niña extranjera. A pesar de que Sakura también conservara una gran mayoría de rasgos occidentales, Hana se asemejaba directamente a esas criaturas que describen los cuentos de la cultura celta, como un hada o un duendecillo. Sus cejas oblicuas eran tan claras que casi desaparecían contra su piel albina. Dependiendo de cómo incidiera la luz en él, su pelo adquiría una tonalidad rubia cobriza o caramelo claro. Era más delgada que su hermana mayor y, aunque se parecía a ella, me di cuenta de que Hana tenía más pecas y la nariz aún más respingona.
–Puedo enseñarte, si quieres, pero habrá que conseguir una tabla –le respondí.
–Creo que Kiba tiene algunas en el garaje de atrás –intervino Naruto, sentándose frente a nosotros.
–Hana, ¿y si te caes? –saltó Sakura.
Reparé en que utilizaba un tono sobreprotector, como el de una madre.
–Ya estaría en el agua. Además, Sasuke-senpai me ayudará, ¿verdad? –resolvió Hana, mirándome de nuevo con aquella ilusión titilante.
–No tienes de qué preocuparte, Sakura-chan. El teme es un gran profesor si se lo propone. Yo mismo le he dicho muchas veces que debería ser monitor de surf –dijo el idiota rubio.
–No me hace falta dar clases si ya soy rico, dobe –contesté con neutralidad.
–Bueno, pues da clases gratis.
Suspiré con resignación y me terminé la taza de café.
Un rato después, cuando empezaron a aparecer todos los invitados de Kiba, me dirigí a la cocina para lavar mi plato y mi vaso en el fregadero. Sentí en ese momento una presencia cerca de mí. Al mover los ojos y detectar aquel pelo rosa pastel, ni siquiera me hizo falta girarme.
–Ni se te ocurra hacerle nada perverso a mi hermana, ¿me oyes, Uchiha?
Se me dibujó una inevitable sonrisa burlona en la boca. Acabé de secar el plato y la taza, y me volví para mirar a Sakura. Su cabeza estaba a la altura de mi garganta, e incliné el cuello para aproximarme un poco más y encararla. Noté que intentaba retroceder.
–¿Ahora me llamas Uchiha cuando el otro día me saliste tan emocionada con «Sasuke-kun»? Creía que ya habías roto esas barreras, querida sirvienta –le susurré con sorna.
Me siseó, alarmada.
–¡No digas eso tan alto! –protestó en voz baja.
–Así que nadie más sabe lo de tus orejitas de gato –esbocé una media sonrisa–. Muy interesante.
–¡De interesante nada! Te juro que como te atrevas a decir algo...
–¿Qué vas a hacerme?
Me acerqué a ella aún más y, antes de que pudiera darse cuenta, la arrinconé contra la pared. Vacilé unos segundos, hasta que comprobé que continuaba con la guardia baja. Osé aproximar mi rostro al suyo y rocé levemente su nariz con la mía, sintiendo su respiración agitada contra mis labios. Experimenté una profunda satisfacción, acompañada de un irremediable calor en la zona más baja de mi vientre.
–¿Volverás a morderme si te beso, Sakura? –inquirí con voz aterciopelada.
Nuestros ojos se encontraron en ese preciso instante. El verdor de su iris centelleó en mi pupila, como el musgo que ilumina las raíces de la oscuridad. Mi mirada bajó hasta sus labios y algo dentro de mí se agitó, anhelante.
–Hazle esto a mi hermana y despídete de tus huevos –masculló ella de repente.
Y sentí que toda mi excitación abandonaba súbitamente mis extremidades.
Tan cortante como siempre.
Lentamente, solté un resoplido y me separé de Sakura.
–No podrás protegerla eternamente. Tiene derecho a hacer lo que le plazca con su vida. Si quiere estar con un chico, no lo podrás evitar.
La peli-rosa me miró como si acabara de escupir la barbaridad más horrenda que había escuchado nunca.
–¿Tú no tienes escrúpulos o qué? ¡Solo tiene catorce años! –me espetó.
–Para tener esa edad sabe bien cómo ingeniárselas para pedirle una cita a un chico, por lo que veo –dije con frialdad.
–Eres... tú... ¡Ag!
Cuando dio media vuelta y se marchó como una bala de la cocina, comprendí su impotencia y su furia. Sabía que había hablado como un completo cabrón, pero me tocaba los cojones la forma tan fácil que tenía de rechazarme.
Me jodía que pareciera tener las cosas más bajo control que yo.
Un rato más tarde acompañé a Naruto a buscar sitio en la playa. Estábamos en plena temporada vacacional y, aunque nos habíamos alejado de la zona más poblada, Isshiki estaba a rebosar de gente. Aun así, encontramos hueco cerca de un chiringuito, junto a la zona de surf. Era una suerte que aquella parte estuviera rodeada de individuos tan forrados como nosotros, si no, hubiera sido una locura que cualquier desgraciado reconociera tantos rostros de millonarios compartiendo su mismo aire.
El idiota rubio y yo estuvimos la mayoría del tiempo con Kiba y el glotón de Chôji, que se comió un total de cuatro helados aquella mañana. Ino y los demás se mantuvieron un poco más alejados, apiñados entre sus monótonos cuchicheos. Hinata, Sakura y su hermana aún no habían llegado.
Estaba irritado, en el fondo. El imbécil de Naruto no solo me había ocultado la grata sorpresa de que el primo insoportable de la Hyûga vendría, sino también el enano pelirrojo de Gaara. Estaba allí, entre el rarito de las gafas de sol que adoraba hablar de bichos y el capullo de Shikamaru, mirándome con un odio tan profundo que incluso me molestaba.
–Recuérdame por qué has invitado a ese enano –le pregunté a Kiba.
–Es parte del equipo y se lleva bastante bien con Matsuri, Neji y Rock Lee –noté que el de las cejas anchas me fulminaba repentinamente con la mirada, y por un momento creí que nos había escuchado–. Además, ya es hora de que hagáis las paces, ¿no? Solo echaste unos polvos con su hermana, como siempre. Tampoco ha sido nada grave.
–Pero el teme le ha herido en el orgullo porque esta vez fue en su casa –intervino Naruto.
–De todas formas, Gaara es un cascarrabias. Se cabrea por cualquier tontería –mencionó Chôji, que daba en ese momento lametazos a su tercer helado, pese a tener la boca llena.
Enarqué una ceja y lo miré sorprendido.
¿Pretende el gordito que le pague algo por ponerse de mi parte?
Procuré ignorar la mirada de Gaara taladrándome, indiferente ante la idea de seguirle el rollo. Además de irritarme, me aburría.
Pocos minutos después, Naruto agitó un brazo en el aire, captando mi atención. Su rostro zorruno había compuesto una expresión de alborozo que yo conocía muy bien. No me miraba a mí.
–¡Estamos aquí, Hinata-chan! –voceó.
Me volví para seguir la dirección de sus ojos y localicé a la Hyûga, acompañada de las hermanas Haruno. Me detuve unos segundos en evaluar el aspecto que traían aquellas tres.
Siempre me había percatado de los enormes pechos de Hinata (como para no hacerlo), y aquel día llevaba un bikini que los resaltaba especialmente, aunque era sobrio, poco detallado, de un tono mate que destacaba su piel nívea. Pese a que sería estúpido no reconocer que tenía un cuerpo apetecible, a mí poco me interesaba. Pero estaba seguro de que, a mi lado, Naruto estaba a punto de morir de una hemorragia nasal.
Hana me sorprendió un poco. No me gustaban demasiado las canijas, pero había que admitir que su cuerpecillo era interesante. Se había puesto un bikini de volantes que enfatizaba su apariencia vivaracha, tan pequeña, en realidad, que la curva de sus ingles resultaba sugerente. Sus pechos destacaban: redondos y firmes, entre los pliegues del sujetador, y el blancor de su piel relucía terso y exquisito en sus frágiles caderas.
Mi gran decepción fue, por supuesto, Sakura.
Incluso con treinta y cinco grados, prefería asarse bajo una sudadera varias tallas más grandes de lo que le correspondía y unos shorts anchos. Tuve mis dudas sobre si llevaba puesto el traje de baño bajo todas aquellas capas.
Lo que se espera encontrar en una friki de pelo rosa.
–¡Sasuke-senpai, has traído la tabla de surf! –exclamó de pronto Hana, adelantándose hacia nosotros con una exagerada ilusión.
Eché un rápido vistazo hacia la tabla de la que hablaba.
–No es mía, sino de Kiba –contesté señalando al aludido con la cabeza.
Me di cuenta de que el loco de marcas en la cara enderezaba la espalda.
–B-bueno…, podéis usarla si queréis –repuso con la boca chica.
Le miré extrañado.
¿Qué le pasa a este tío?
–Muchas gracias, Kiba-senpai.
Hana esbozó una sonrisa tan dulce como un algodón de azúcar y realizó una cortés inclinación. Pensé en que estaba siendo demasiado educada, pero Kiba desvió la mirada y se levantó como si algo le hubiera molestado. Le chasqueó los dedos a su enorme perro blanco y echó a andar hacia el chiringuito.
–¿Queréis algo de beber? Voy a por un refresco –preguntó lánguidamente.
–No, gracias, Kiba-senpai. ¡Quiero probar la tabla cuanto antes! –respondió Hana con mucha emoción.
Reparé inmediatamente en el rubor que recorrió las mejillas del chico con pinta de indio mohicano, y cuando se giró con brusquedad para retomar su camino, supe qué era lo que sucedía.
Tienes futuro como asaltacunas, Kiba.
Aunque me pregunté internamente por qué había aceptado enseñarle a hacer surf, no esperé mucho más, agarré la tabla y me encaminé junto a Hana hacia el agua.
–Hana, por favor…, con cuidado –le advirtió Sakura, temerosa.
Su hermana le sacó la lengua para restarle importancia.
En realidad, la actitud de la peli-rosa me parecía natural. Pero me fastidiaba. No era un novato con la tabla y tampoco era la primera persona a la que enseñaba. Me había follado a muchas chicas con esa excusa… Claro que era eso precisamente lo que ella temía.
Me adentré lo suficientemente profundo en el agua como para que la aleta de la tabla no tocara la arena, y Hana me siguió muy de cerca. Me miraba fijamente, atenta a cada mínima tontería que hacía. Parecía realmente interesada en aprender.
–Sasuke-senpai, me gusta mucho tu tatuaje. Pero la cicatriz de tu espalda… ¿cómo te la hiciste? –me preguntó de repente.
Tardé unos segundos en contestar, mientras estabilizaba la tabla entre las pequeñas olas para que ella pudiera montar.
–Me atacó un tiburón mientras surfeaba –mentí apáticamente.
Hana se echó a reír de forma un poco escandalosa.
–¡No me digas eso, Sasuke-senpai! Quiero aprender de verdad –me replicó con voz infantil, divertida.
Esbocé una media sonrisa y fui consciente de que le había aturdido un poco.
Casi instintivamente, miré hacia atrás y busqué a Sakura. La descubrí junto a Hinata y los demás, escrutándome como un águila al acecho de su presa. Nuestras pupilas se encontraron, y ella me fulminó con la mirada, y yo rodé los ojos.
Qué tía más pesada. Ni que fuera a violar a esta pequeñaja.
Con cierta dificultad por los balanceos de las olas, Hana consiguió montarse en la tabla. Le expliqué que el truco consistía en nadar mar adentro con las manos, tumbándose boca abajo como si la tabla fuera una parte más de ella; luego, cuando vislumbrara el principio de una gran ola, debía sumergirse en el agua y bucear hasta ella sin soltarse. Surfearía la ola si lograba levantarse y mantenerse sobre la tabla una vez emergiera del agua.
Era complicado, por supuesto. El surf se centraba fundamentalmente en el equilibrio, algo que no se ganaba en dos días. Sin embargo, Hana puso empeño en intentarlo. Como una chica obediente, acató todas las indicaciones que le había dado. Nadó con la tabla algo más adentro, y yo me mantuve cerca de ella. Cuando estuvimos a varios pies de distancia del suelo firme, se detuvo y esperó a que apareciera algún indicio de una gran ola. No tardó en llegar una y, rápidamente, Hana se sumergió en el agua y buceó hasta ella. Pero tan pronto emergió e intentó levantarse, resbaló y cayó hacia a un lado, como un pato mareado. No me reí siquiera. Era de esperarse.
–No lo has hecho tan mal, pero obsérvame a mí y localiza los fallos –le dije, haciéndome con la tabla.
Le indiqué lo que había hecho mal con cada uno de mis movimientos, y me aventuré a cazar una ola para mostrarle la forma correcta en que debía hacerse. Monté en la tabla, nadé y me sumergí en cuanto percibí una no muy lejos. La sensación del aire replegado cuando emergí, bajo una cápsula gigantesca de agua, me inundó de recuerdos. Mi mano se hundió en aquella cortina líquida, al tiempo que mi nariz se perdía en el intenso aroma a salitre que rezumaba a mi alrededor. Todo se ensombreció y en mi piel se dibujaron ondas plateadas que navegaban como si siempre hubieran formado parte de ella. El sol centelleaba sobre mi cabeza, a través del mar, oscilando cual bandera orgullosa frente a su patria.
Me recorrió la misma emoción que sentía cuando era pequeño y, por un instante, el rostro de Itachi relampagueó en mi memoria. Él me había enseñado a surfear. Yo, igual que Hana ahora, le había suplicado deseoso que lo hiciera. Y me había caído y magullado cientos de veces hasta que, al fin, lo logré. Venir a la playa a surfear con él era uno de esos quehaceres rutinarios del verano que inundaban mis recuerdos. Parecía que fuera ayer cuando había decidido dejar de hacerlo.
Hana pasó la siguiente media hora intentando cazar olas con lo que le había enseñado. De vez en cuando le tenía que corregir la posición, pero poco a poco fue mejorando.
A veces, cuando Hana se entretenía buscando olas, yo miraba a Sakura.
Ignoraba su postura envarada escudriñándome desde la distancia y me preguntaba por qué no se había deshecho de toda aquella ropa todavía. Recuerdo que ese día hacía un calor insoportable.
Seguro que lleva puesto el bañador de preescolar.
No quería reconocérmelo a mí mismo, pero me intrigaba descubrir qué habría debajo de aquella sudadera.
Fue entonces cuando apareció un vendedor ambulante cargado de refrescos y comida: en el centro del carrito que portaba, había una gran jarra de té verde helado. Caminaba muy cerca del grupo, a escasos metros de Sakura. Lo vi avanzar con cierta inestabilidad por el suelo irregular hasta que, de pronto, una de las ruedas topó con un hundimiento de arena. El carrito se inclinó y el té helado salió volando. Un instante después, la peli-rosa se levantaba de un respingo del suelo, empapada de arriba abajo.
–¡Disculpe, señorita! Ha sido sin querer. No he visto el bache –alcancé a oír al vendedor en la distancia. Gritaba mucho, como todos los pueblerinos de aquella zona.
Se me escapó un bufido de risa. Empezaba a pensar que la pelo-chicle era un poco gafe. Intentó parecer impasible, pero por la forma en que se curvaba su boca pude percatarme de su fastidio. El vendedor se inclinó varias veces, disculpándose, mientras ella negaba con la cabeza y con las manos, apurada. Una vez se alejó el hombre, Hinata se acercó a ella y le dijo algo con expresión preocupada. Sakura suspiró con resignación.
Estuve a punto de apartar finalmente la mirada cuando, de repente, capté a la peli-rosa quitándose la sudadera. Fue extraño, pero en el pecho experimenté un calor punzante, como si el corazón si me hubiera agrandado un instante. Sakura se deslizó los shorts por las piernas y yo observé su cuerpo. Lejos del bañador de colegiala que había imaginado, encontré un bikini verde, similar al color de sus ojos, cubriendo parcialmente una figura esbelta y contorneada. Su piel blanca rosada destellaba contra la calidez de la arena. Tenía el vientre un poco redondeado, pero unos muslos muy definidos y unos hombros marcados, bastante atractivos. Al igual que su hermana, carecía de un gran pecho; sin embargo, su forma gozaba de una redondez exquisita y, al menos, rellenaba el sujetador. Era algo menos delgada que Hana, y me sorprendió descubrir la curva tan bien delineada de sus caderas.
No esperó más y se lanzó al agua para lavarse.
Sacudí la cabeza y solo entonces fui consciente de que me había quedado embobado mirándola.
–Sasuke-senpai, ¿tienes novia? –oí que me preguntaban de pronto.
Giré la cabeza y encontré los ojos celestes de Hana mirándome. ¿Cuánto tiempo llevaba distraído con la pelo-chicle?
–No estoy demasiado interesado –repuse secamente.
Percibí que ella componía una mueca de desilusión.
–¿Es por algo en particular o simplemente porque no ha llegado la indicada? –continuó preguntándome.
–¿Quién sabe? –contesté encogiéndome de hombros.
Las mujeres reclamáis demasiadas atenciones.
Hana se quedó en silencio, pensativa, durante unos segundos.
–Me gusta estar contigo, Sasuke-senpai –me soltó inesperadamente.–. Eres muy tranquilo y eso me calma. Mi hermana es demasiado inquieta a veces.
La miré largamente.
–¿Por qué?
Me devolvió una mirada de curiosidad; seguidamente, recostó la cabeza en la tabla, soportando el balanceo sosegado de las olas.
–¿Que por qué es inquieta, preguntas? Supongo que hace tantas cosas a la vez a lo largo del día que, al final, no es capaz de desconectar. Y a mí me pone muy nerviosa; siempre necesito distraerme cuando llega a casa. La quiero mucho, pero en ocasiones cansa….
Dio un respingo, levantando la cabeza, y en ese momento pareció ser consciente de lo que había dicho. Me lanzó una mirada de apuro.
–No estoy diciendo que sea insoportable… –intentó corregirse–. En realidad, no sé qué digo…, perdona, Sasuke-senpai. Olvida todo esto.
La contemplé con detenimiento durante un rato.
–Deberías entenderla un poco más. Gracias a lo pesada que es, hoy tú puedes estar aquí y comer tranquila –espeté.
Hana me miró con cierta aprensión.
–Sí, es verdad –susurró, visiblemente afectada–. He dicho algo horrible… Quizás sea una mala persona o no esté a la altura de alguien como ella….
Desvió la mirada y comprobé que estaba profundamente abochornada.
–Voy a intentar surfear de nuevo…, ahora vengo.
Antes de que pudiera decirle nada, Hana dio media vuelta con la tabla y braceó con cierta desesperación para entrar más profundo en el agua. Me había dado cuenta de que sus ojos estaban húmedos; estaba a punto de echarse a llorar.
El viento se agitó repentinamente. Me había parecido muy extraño que el mar estuviera tan en calma. Conocía bien lo que ocurría por aquellas zonas de la costa cuando todo parecía tranquilo. Las olas comenzaron a removerse de un modo violento, y entorné los ojos. Oteé en la distancia el inicio de lo que parecía una ola gigantesca. Solo a unos metros delante de ella, estaba Hana.
¿Por qué coño no se da la vuelta?
La hermana de Sakura se sumergió de pronto en el agua, dispuesta a surfear aquella ola colosal. Emergió de forma abrupta y, cuando intentó alzarse sobre la tabla, el oleaje la desequilibró. La gran ola se elevó sobre ella y la engulló, al tiempo que ahogaba su fortuito grito.
–¡Hana! –oí chillar a Sakura en ese preciso instante desde la orilla.
Todo sucedió muy deprisa.
La imagen de la peli-rosa echando a correr de nuevo directa hacia el agua y el cejotas de Lee detrás deteniéndola, se me quedó grabada en la retina. Volví la cabeza buscando a Hana y me inquieté al no encontrarla entre el oleaje.
¡Joder!
Como movido por un resorte, eché a nadar hacia el interior del mar.
–¡Teme! –resonó la voz de Naruto a lo lejos.
–¡Sasuke! –identifiqué el grito de Ino seguidamente.
No me detuve. Nadé furiosamente hacia el lugar donde había visto a Hana desaparecer. Pareció como si el oleaje se tornara más agresivo conforme avanzaba. Me desesperé hasta que, como un rayo de sol en medio del cielo encapotado, atisbé los cabellos bermejos de Hana flotando en el agua. Su mano se hundía justo al lado. Me apresuré en alcanzarla. La agarré con fuerza y saqué su rostro. Al ver que respiraba aún, débilmente, me la eché a la espalda y aproveché la corriente para nadar hasta la orilla.
Salí del agua y tumbé a Hana sobre la arena mojada. A Sakura le faltaron segundos para llegar a nosotros.
–¡Hana! ¡Respóndeme, Hana! –gritó, tirándose desesperada a su lado y tomándole el pulso en la muñeca.
Hana no respondía.
–¿Respira? ¡Dime que está respirando, por favor! –escuché la voz del imbécil rubio muy cerca.
Apenas fui consciente de que todo el grupo se había reunido a nuestro alrededor, asustado. Sin esperar un segundo más, le practiqué a Hana la reanimación cardiopulmonar. Le presioné el pecho y le hice el boca-boca varias veces. Por el rabillo del ojo, capté a Sakura con los ojos desorbitados por la tensión.
–Vamos, vamos –oí que murmuraba en voz baja, sin soltar la muñeca de su hermana.
Y Hana comenzó a toser. El agua que le había llenado los pulmones brotó de su boca como una fuente y sus ojillos celestes, enrojecidos por el salitre, se abrieron. Estaba desorientada. Cuando la miró, Sakura rompió a llorar.
–Dios mío, Dios mío, Dios mío –repitió infinidad de veces mientras la abrazaba con fuerza.
–Hermanita, duele… –se quejó Hana.
Percibí que el siguiente en soltar un largo suspiro fue Kiba.
–Perdona, Kiba-senpai –se disculpó de pronto la hermana de Sakura–, he perdido tu tabla.
–¡Que le den a esa mierda! ¡Estás viva! –exclamó él.
Exhausto, solté un profundo suspiro de alivio y me dejé caer a un lado. Todos se replegaron en Hana, queriendo comprobar que se encontraba bien, y lo agradecí internamente. El ambiente comenzó a suavizarse.
Las Haruno son lo más problemático del mundo.
Por la tarde, horas después de que almorzáramos, Chôji se intercambió por el rarito de Shino en nuestro grupito de cuatro. Aunque Kiba seguía trayéndose a su enorme perro consigo. Estábamos sentados en una pequeña duna de la playa, tomándonos unos refrescos. Más abajo, el gordito y Shikamaru jugaban distraídamente a las raquetas. Hacía rato que Sakura y su hermana se habían marchado a la casa de Kiba con Hinata y Tenten.
Frente a nosotros, el cielo comenzaba a teñirse de la luz crepuscular.
–Menudo susto nos hemos llevado antes –suspiró Naruto de repente.
–Ha sido frustrante no haber hecho nada –susurró por lo bajo Kiba.
–El teme se ha encargado de salvar a Hana-chan, por fortuna.
–Kiba se refiere a que es él quien querría haberla salvado –intervino Shino con voz neutral.
–¿Qué hablas, imbécil? –replicó el aludido, fulminándole con la mirada.
–¿Eh? ¿Por qué? –preguntó con curiosidad Naruto, realmente perdido.
En serio, dobe, eres gilipollas.
Advertí en ese momento a Ino y Rock Lee acercándose a nosotros. Habían dejado a los capullos de Neji y Gaara y a aquella chica tan callada, Matsuri, abajo, continuando con su paseo por la orilla.
El cejotas se aproximó a Naruto y, por su parte, Ino se sentó a mi lado. Mientras bebía tranquilamente un sorbo de mi Red Bull, la observé por el rabillo del ojo. Estaba algo encogida, con los brazos rodeando sus rodillas, y su entrecejo se fruncía ligeramente.
–No vuelvas a hacer eso –supe inmediatamente que su murmullo iba dirigido a mí.
Su rostro reflejaba una acusada señal de inquietud.
Sin decir nada, me levanté y eché a andar cuesta abajo. Cuando tiré mi lata en la papelera que había al final de la duna, percibí que Ino se había levantado también. Caminé hacia la orilla y noté sus pasos detrás de mí; sin embargo, se mantenía a una prudente distancia. Transcurrieron largos minutos en los que deambulamos por la playa, pringándonos los pies de arena mojada. Nos habíamos alejado tanto del grupo que, si mirábamos atrás, solo veíamos puntos indefinidos en la distancia.
El sol caía de un rojo intenso en el horizonte. Me detuve a contemplarlo.
–Pensaba que tú y yo no nos hablábamos ya –comenté con voz fría.
Ino permaneció a mis espaldas.
–Nunca he dicho que no quiera hablar contigo –repuso. Hizo una pausa, probablemente a la espera de que yo le respondiera algo. Al ver que no lo hacía, continuó–: ¿Por qué has arriesgado así tu vida?
–No seas exagerada. No era imposible nadar en esa corriente –repliqué apáticamente.
–Aun así, nunca antes habías movido un dedo por ayudar a ninguna persona.
–No me gusta tener cargos de conciencia.
–Pero conmigo te da igual, ¿verdad?
Su voz había sonado tan lastimera que me molestó. Irritado, giré la cabeza y la miré al fin. Su mirada contenía una profunda rabia, que se entremezclaba con un dolor incomprensible para mí.
–Si hubieras sido tú la que se ahogaba, tampoco habría dudado en salvarte –admití.
La rubia platino de la larga coleta se sonrojó de arriba abajo y desvió la mirada, un poco incómoda.
–¿A qué viene eso? Ni siquiera me escuchas cuando te hablo. ¿Para qué ibas a salvarme?
–Piensa lo que quieras –me encogí de hombros.
–¿Y ya está? ¿Eso es todo lo que vas a decirme? ¿Acaso no merezco más explicaciones? He permanecido durante años a tu lado, preocupándome por ti, velando por tu bienestar, queriendo siempre que seas el chico más feliz del mundo.
–Y te lo agradezco, pero yo no te lo pedí.
Ino entrecerró los ojos, dolida.
–¿No significo nada para ti? Ni siquiera me consideras una amiga, ¿verdad?
Solté un resoplido de exasperación.
–¿Qué es lo que quieres? ¿Quieres que te diga que estoy enamorado de ti? Lamento decepcionarte, pero yo no siento ese tipo de cosas. Tienes a Naruto y a Kiba, e incluso a ese idiota cejotas, para poder explayarte con esas historias. De mí no esperes lo mismo.
Ella frunció mucho el ceño, con la mirada agachada. Me percaté de que apretaba los puños.
–No les quiero a ellos; te quiero a ti –masculló.
–Te permito mi compañía; sinceramente, la tuya no me molesta en absoluto. Pero si lo que necesitas es satisfacer tus caprichosas emociones, debo aclararte que no soy un objeto que puedes comprar.
Tan pronto como pronuncié aquellas palabras, apareció en mi mente el rostro furioso de Sakura, tras haberme mordido el labio la segunda vez que la besé.
Ya empiezo a sonar igual que esa pelo-chicle. Tengo que sopesar las cosas mejor antes de decirlas.
Miré a Ino con atención y estudié su sospechoso silencio. Los nudillos se le marcaban mucho en los puños y, por un instante, la creí capaz de golpearme. Pero las cosas sucedieron de un modo que no había esperado.
Sin previo aviso, se abalanzó sobre mí. Ambos caímos sobre la arena seca.
–¿Qué coño…? –se me escapó por la sorpresa.
Pero antes de que pudiera decir nada más, ella, que estaba sobre mí, me silenció con un beso. Tardé un par de segundos en reaccionar.
–¡Ino! –le grité cabreado, apartándola.
Ni siquiera me dejó respirar un segundo, y volvió a besarme. Intenté quitármela de encima, aunque con cierto temor a hacerle daño si era demasiado brusco. Pero al comprobar que ella se resistía, decidí emplear la fuerza y la hice girar a un lado, colocándome yo encima de ella.
Los ojos azules de Ino me miraron muy abiertos, entre sorprendida y asustada. La tenía atrapada por las muñecas y mis piernas acorralaban las suyas. Le arrojé una mirada penetrante y severa.
–¿De verdad estás dispuesta a entregarte de esta forma a mí? ¿Estás segura de lo que quieres hacer? –inquirí con voz sombría.
Vaciló un poco antes de hablar.
–Sí, Sasuke-kun –intentó sonar cautivadora, pero yo notaba su temblor en la garganta–. Sí, estoy segura… Quiero ser tuya ahora mismo. Por favor.
–¿Entiendes siquiera lo que implica que seas mía?
Ino tragó saliva, pero me miró con decisión.
–No serías el primero. Ya ha habido otros. Muchos. Y con todos ellos esperaba conseguir estar lo suficiente preparada como para hacer esto. Toda mi vida he querido estar a la altura de lo que esperas, Sasuke-kun. Siempre he deseado ser lo bastante buena para ti –confesó.
Enarqué una ceja y tardé unos segundos en responder.
–Muy bien –dije finalmente.
Ella temblaba, como un cervatillo que acaba de nacer. Cuando me aproximé a su cuello, capté que cerraba los ojos; ni siquiera me hacía falta acercarme a su pecho para escuchar su corazón desbocado. Mis labios presionaron delicadamente la piel debajo de su oreja y, acto seguido, mi lengua le rozó el lóbulo. Acerqué mi boca a su oído.
–De modo que has estado acostándote con todos esos chicos para que yo apruebe lo que puedes ofrecerme, ¿eh?
Ino asintió repetidamente, inquieta, muy colorada.
–Es todo para ti, Sasuke –me respondió.
Pausadamente, bajé la cremallera de su sudadera. Hice ademán de acercarme a su pecho, semidesnudo por el bikini. La piel de Ino no era tan blanca como la de Sakura, y parecía ligeramente más áspera. No obstante, poseía unos pechos casi tan voluminosos como los de Hinata y, en esos instantes de tensión, se me antojaban casi comestibles. En una ojeada detecté que ella seguía sin mirarme, con los ojos cerrados y el ceño fruncido. Mi respiración le erizó la piel de los senos…
… y me separé de ella.
Me levanté y le di la espalda, y no tuve que volverme siquiera para saber que ya había abierto los ojos.
–Pues resérvatelo para ti misma. Lo necesitas más que yo –le solté.
Noté que se incorporaba y que se me quedaba mirando mientras me alejaba.
Eres tú, Ino, la que no tiene que volver a hacer eso.
Era madrugada cuando mis ojos decidieron abrirse por su cuenta. Notaba el corazón latiendo como loco y, tras varios segundos intentando recordar dónde estaba, fui consciente de los sudores fríos que me recorrían la frente y la nuca. Había vuelto a soñar con aquella maleta, y la puerta abriéndose, y la falda deslizándose por la madera, y el perfume a loto y lirios extendiéndose hacia mí mientras ella se alejaba…
Era la tercera vez aquella semana que soñaba con mi madre.
Sabía que cuando mi memoria removía aquellas imágenes en mi cabeza, pocas esperanzas había ya de que lograra volver a dormir. Por ello, a pesar de que aún fueran las cinco de la madrugada, decidí levantarme. Me puse una camiseta y unos pantalones cortos, y salí de mi habitación. Bajé las escaleras hasta el genkan y me calcé las chanclas.
La noche era profunda y el cielo parecía un océano invertido. Las estrellas relucían en él de un modo que pocas veces había podido contemplar: aglutinadas como manchas de purpurina, libres como ninfas de la nocturnidad. Era luna nueva, por lo que todas las constelaciones habían salido para lucirse en todo su esplendor. Ninguna lámpara ni vela habría podido iluminar el cielo como lo iluminaron las estrellas aquella noche.
Me senté sobre la hierba de una pequeña loma que se extendía frente a la casa de Kiba. El mar resoplaba delante de mí, a lo lejos, pero su oleaje podía oírse tan cercano como si estuviera a solo un par de metros. Mi vida estaba tan llena de agujeros y parches que los sonidos del mundo, para mí, eran lo que más se acercaba a la palabra «paz».
Nadie podía dañarte dentro de esa música natural, porque lo que representaba era tan poderoso que solo podías aceptar ser insignificante frente a ella.
–¿Sasuke-kun? –oí inesperadamente una voz detrás de mí.
En realidad, no me habría hecho falta volverme para saber de quién era, pero necesitaba cerciorarme. Y cuando mis ojos toparon con los jades de Sakura, no supe muy bien qué sentir.
Otra vez llamándome así…
–¿Tú tampoco puedes dormir? –me preguntó.
A la luz del firmamento estrellado, sus cabellos parecían celestiales, como hilos rosáceos traídos de otro universo. Era gracias a su camiseta deshilachada y a sus pantalones anchos que podía recordar que era humana, al igual que yo.
Me volví de nuevo hacia el mar, sin responderle. Aunque, en realidad, no entendía por qué había reaccionado así.
Mirarla me hacía sentir extraño en ese momento.
Ella suspiró y, seguidamente, se sentó a mi lado.
–Creo que te debo una disculpa –dijo.
Se me escapó una sonrisa torcida.
–¿Ya te estás arrepintiendo por lo de esta mañana?
Giré la cabeza hacia ella, esperando encontrarla abochornada. Pero por un segundo me quedé sin aliento. Sus ojos verdes me miraron fijamente, con una expresión diferente. Parecía haber madurado muchos años de pronto.
–Nunca me arrepentiré de lo que te dije esta mañana: Hana es todo lo que tengo y no permitiré que nadie le haga daño. Por eso mismo, agradezco que la salvaras cuando yo no pude. Lamento haberte acusado tan deprisa de intentar lo contrario.
Sus palabras provocaron hormigueos en las puntas de mis dedos. Sí, me estaba pidiendo disculpas, y también me estaba dando las gracias, pero en sus pupilas no había asomado ni un ápice de timidez. Me daba cuenta de lo mucho que Sakura había cambiado en todos aquellos años, quizás incluso en aquellos meses.
Y algo se removió dentro de mí cuando lo pensé; algo que no entendía si me terminaba de gustar o, en cambio, me hacía recelar. Seguía despertando en mí una inusitada rabia. Ella parecía mantener todo bajo control. Otra vez.
Aun así, procuré que ninguna de aquellas emociones se reflejara en mi rostro, y devolví la mirada al mar nocturno y centelleante.
–No sabía que sufrieras de insomnio –salté secamente, cambiando de tema.
–Es la cama… –alegó ella, receptiva–. Aunque es más cómoda que la mía…, bueno, supongo que nada es nunca como estar en casa.
–Depende de lo que llames «casa» –repuse.
Noté que se me quedaba mirando, pensativa.
–Mi padre decía que eso solo lo pueden sustituir algunas personas –comentó con voz suave–. Es decir, en ocasiones la vida nos permite encontrarnos con ciertas personas que, aunque estemos lejos del lugar donde hemos crecido, tienen la capacidad de hacernos sentir como en él. Personas que se convierten en un «hogar» para nosotros.
En medio de aquella semioscuridad, entorné los ojos. Por aquel entonces no terminaba de comprender a lo que se refería, y una parte de mí pensó que estaba desvariando. Sin embargo, no sabía bien si por la manera en la que lo dijo, no quise llevarle la contraria.
Ni siquiera entendía del todo lo que era el hogar.
–Tu padre era un romántico, ¿eh? –decidí contestar.
–Sí, yo también pienso que eso de las «personas-hogar» es un poco tontería –soltó una leve risa.
Ahí había intentado hacerse la fuerte. Ridículamente.
Volví a mirarla, y descubrí que ella ya no me miraba a mí. Se había perdido en algún punto del cielo estrellado; en algún astro con el que poder extraviar aquella cabeza suya, que aparentaba tanta seriedad, y en el fondo estaba llena de fantasías. Nadie cambia nunca al cien por cien, y la Sakura que yo había conocido años atrás se pasaba las horas imaginando historias y hablando tantas chorradas como aquella misma que me acababa de soltar sobre el «hogar».
Hogar.
¿Dónde estaba el mío?
–¡Una estrella fugaz! –exclamó de repente.
Seguí automáticamente la dirección de su mirada y alcancé a ver la estela de un cometa que caía en algún lugar impreciso del firmamento. Su fulgor me deslumbró un instante.
–¿La has visto? –la voz de Sakura contenía una exaltada nota de emoción.
–Sí, la he visto.
–¿Has pedido un deseo?
–¿Un deseo? ¿Es que acaso tienes cinco años?
–¡Pídelo, antes de que sea demasiado tarde!
–Ya ha pasado.
–Da igual, date prisa, todavía puedes.
Puse los ojos en blanco. Por el rabillo del ojo, la observé. Seguía sin mirarme a mí; había cerrado los ojos.
Mírame. Soy yo el que está aquí, la estrella ya se ha ido.
No lo entendía, pero en ese momento experimenté una honda sensación de soledad. Era como si me hubieran quitado la única manta con la que podía abrigarme. La tenía ahí, justo a mi lado, y estaba tranquila y cordial. Pero en mi mente relampagueaban todas las miradas de decepción y de furia que me había dedicado aquellos meses: la bofetada que me había atestado, las lágrimas que se le habían escapado, el beso que me había rechazado. Sabía que aquella noche me hablaba con complicidad, pero, al día siguiente, ya no se acercaría de la misma forma.
Aquella era la Sakura que había conocido hacía mucho tiempo. La Sakura que todavía me admiraba. La Sakura que quería mostrarme su ternura.
Pero también era la Sakura que se había enfrentado a mí. La Sakura que siempre me decía lo que pensaba. La Sakura que, horas después, desaparecería.
Ese fue mi deseo.
Que ambos nos quedáramos congelados en aquel instante, entre la noche y el día, entre las estrellas y el mar, entre la nada y el todo.
Que se quedara un poco más conmigo, antes de que me volviera a odiar.
Pero ella no abrió más los ojos.
–¿Sakura? –la llamé.
No me respondió. Toqué su hombro con un dedo, y entonces advertí su respiración acompasada y la relajación de sus brazos. Se había quedado dormida.
Los deseos no están hechos para mí.
Fruncí el ceño, pero me sentía demasiado cansado como para pelearme con mis propias emociones. De alguna forma, el aroma a salitre y el rumor de las olas estaban surtiendo efecto, y empezaba a notar los músculos lacios.
–Sakura, despierta, vámonos a casa de Kiba a descansar –le dije, acercándome más a ella.
Pero, en lugar de despertarla, lo único que conseguí fue que se dejara caer hacia un lado. Antes de que pudiera golpearse contra algo, la agarré por los hombros y su cabeza se desplomó sobre mi pecho. Su olor azotó mi nariz: aquel intenso perfume a cereza y champú. Tuve que resistir la tentación de besarla de nuevo, recordándome a mí mismo el mordisco que había sufrido la última vez.
Me repele tanto que, incluso dormida, me volvería a morder.
No esperé más y, con cuidado, la sujeté por debajo de las piernas y la alcé. Al principio, di un ligero traspiés, un poco sorprendido por su peso, pero no me costó llevarla el resto del tiempo. Cargué con ella de vuelta a la casa de Kiba y subí las escaleras hacia su dormitorio.
Cuando abrí la puerta, detecté una figura mirándonos desde la habitación contigua. El rostro blanco de Hinata reflejó una expresión cautelosa. Nuestras miradas se sostuvieron durante unos segundos, pero yo fui el primero en cortar el contacto visual. La ignoré y, a pesar de que percibí sus pasos a mis espaldas, entré en la habitación de Sakura.
La Hyûga no pronunció palabra hasta que dejé a la peli-rosa tendida sobre su cama.
–Sasuke-kun, por favor, no juegues así.
Las palabras de Hinata no me sorprendieron, y tampoco la miré. Contemplé a Sakura, durmiendo como un bebé, completamente ajena a nuestras presencias en ese momento.
–No te incumbe lo que yo haga o deje de hacer, Hinata –respondí con voz gélida.
–Sakura-chan ha sufrido mucho intentando olvidarte. Déjala ir, no se merece seguir con la esperanza de algo que no puede suceder –insistió la chica de ojos perlados.
Esbocé una media sonrisa, cargada de cinismo.
–¿Desde cuándo tienes el poder de predecir el futuro? –contraataqué.
Noté que Hinata vacilaba un instante.
–Te conozco, Sasuke-kun. Sé lo que has hecho con otras chicas y sé que no confías en ninguna por lo que ocurrió con tu madre…
Chasqueé la lengua.
–¿Qué sabrás tú de eso? –le interrumpí con gravedad.
–Sé lo suficiente como para entender que, aunque en realidad seas buena persona, mi amiga sería muy infeliz a tu lado. Le harás daño.
Levanté la cabeza y le dediqué a Hinata una profunda mirada de resentimiento.
–Tú no puedes decidir por ella.
–Por favor, Sasuke-kun, sabes que tengo razón….
Observé la mirada gris violácea de la morena. Su expresión era de una alarma inminente, suplicante. Sabía de lo que hablaba, por supuesto. Y, en el fondo, comprendía su miedo.
Me encontraba frente a una de esas personas que, aunque ella misma lo desconocía, era el hogar de Sakura. Todo lo que me decía era únicamente por protegerla.
Yo era lo externo. Era la amenaza.
Nos mantuvimos en silencio unos segundos más, hasta que por fin decidí terminar con aquella inquisición. Dejé de mirarla directamente, pero al pasar a su lado, me detuve un momento.
–Aunque tus sentimientos por ella sean sinceros, será Sakura la que elija si quiere que yo forme parte de su vida o no, y tú no podrás impedir nada –sentencié.
Y un segundo antes de que mis pies tocaran la salida, Hinata reaccionó.
–Cuídala, por favor.
No hubo más palabras. Fue suficiente. No era una aprobación por su parte, y mucho menos una bendición. Pero supe que aceptaba que yo no me alejaría de Sakura tan fácilmente.
Regresé a mi habitación y me dejé caer sobre la cama, dispuesto a volver a dormir. Mañana ya tendría tiempo de enfrentarme a mí mismo y a aquellas emociones que me descontrolaban.
