NOTAS DE AUTOR
¡Konnichiwa minna-de!
Me he dado cuenta de que el capítulo anterior os ha dado buenas vibraciones, así que estoy bastante contenta. En esta conti que os traigo aquí os debo de advertir que habrá una escena un poco... picante. Dejémoslo ahí. No os adelanto nada más porque también me encantó escribir este capítulo.
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Como digo siempre, devoradlo, degustadlo, saboreadlo y, sobre todo, disfrutadlo.
13. ILUMINACIÓN
Tendría que haberme enfadado. Tendría que haberme enfadado mucho.
Pero quizás era más débil de lo que quería reconocerme a mí misma.
Era por culpa de él que Hana había sufrido aquel accidente.
Pero cuando le tuve frente a mí, bajo aquel cielo repleto de estrellas eternas, con aquellas luces reflejándose en sus cabellos negros como el alquitrán, sereno delante de un mar que susurraba en la lejanía…
Solo había sido capaz de ver que había salvado a mi hermana.
Aunque el alborozo de Hana había sido insoportable durante todo aquel día. Presumía de que la reanimación cardiopulmonar que él le había practicado había sido un beso; sin embargo, no había querido rebatirle mucho porque, por un lado, no me gustaba quitarle las ilusiones y, por otro, temía que aquella conversación pudiera desvelar temas que ella no debía conocer. Temas que nunca debían haber ocurrido.
Y a pesar de ello, despierta, inmóvil aún sobre mi cama, recordaba el rostro de Sasuke aquella madrugada, con los ónices de sus ojos iluminados como una obra divina, y lo último que deseaba era no haber experimentado jamás sus besos.
¿Cómo enfadarme contigo si me miras así?
Giré la cabeza en la almohada y observé la cama que había al otro lado del dormitorio. Hana parecía seguir dormida. Me pregunté entonces en qué momento de la noche me había quedado dormida yo. Lo que más me inquietaba era saber cómo habría llegado hasta la habitación. No me imaginaba a Sasuke transportándome.
Sacudí la cabeza y me incorporé finalmente.
Es Sasuke Uchiha. El mismo que se enrolló con varias chicas a la vez después de besarte a ti; el mismo que te ha tratado a su antojo.
Anoche solo había sido un sueño. Uno en el que había caído una estrella fugaz y, como una imbécil, había deseado que él pensara en mí al pedir su deseo. Pero era parte del ayer, y aquel día sería algo nuevo.
Sin más miramientos, salí del dormitorio y dejé a Hana a mis espaldas. Aquel día todos se habían levantado antes que yo. Incluso Sasuke. Hinata nos había dejado preparado a Hana y a mí un desayuno al más puro estilo japonés: sopa de miso, arroz blanco y pescado a la parrilla. Mi hermana bajaba las escaleras cuando yo había empezado a picotear un poco de mi arroz.
–Buenos días –la saludé.
Ella me sonrió, pero no pronunció palabra. Aunque parecía afable, noté algo extraño en su mirada.
Iba a preguntarle qué sucedía, cuando alguien nos interrumpió. Tenten apareció por la puerta. Había cambiado los moños por un par de trenzas y llevaba un vestido veraniego, por encima del bikini rosa que se le entreveía en el cuello. Sin embargo, no fue su aspecto lo que llamó mi atención.
–¿Qué te pasa? ¿A qué viene esa cara de pena? –le pregunté, mientras bebía un sorbo de mi sopa de miso.
–Es Neji… no sé qué más hacer –confesó derrotada.
–¿Qué más hacer? ¿A qué te refieres?
No me respondió enseguida, y se dejó caer en una silla frente a mí. Ocultó el rostro entre los brazos y creí que se iba a echar a llorar.
–Intento parecer más japonesa…, más femenina…, o lo que sé que él considera femenina. Pero no me mira. No de la forma que quiero que me mire –se limitó a hablar en susurros. Suspiró un momento, y prosiguió–: Encima está esa kôhai… Matsuri.
–¿Qué pasa con ella?
–Creo que encaja perfectamente en el ideal de Neji... Para colmo, parece llevarse mejor con él que yo.
Busqué en una ojeada a Hana y la localicé cerca de mí, recalentándose la sopa en el microondas. Aparentaba tranquilidad, pero yo la seguía notando rara.
–No sé, no creo que Matsuri sea el prototipo de Neji. No deberías preocuparte por ella; además, es más joven y Neji es estricto con la edad –respondí, continuando con la conversación de mi amiga–. ¿Has intentado quedarte a solas con él?
–¡Cientos de veces! Pero ese Gaara…, es como si fueran siameses: no se despegan el uno del otro ni sin querer.
Enarqué una ceja. La actitud del primo de Hinata resultaba inusual incluso para mí. Sabía que tenía una mente conservadora con respecto a las personas con raíces extranjeras, pero Tenten llevaba un tiempo vistiéndose y arreglándose de un modo encantador. A veces ni siquiera yo podía ignorar lo guapa que estaba.
–¿Y estás segura de que Neji no es…?
–¡Por supuesto que no! A Neji le gustan las mujeres –me negó rotundamente, adivinando mis insinuaciones sobre su orientación sexual–. Solo es un chico callado y respetuoso. Y sé que está muy implicado con la reputación de su familia, pero… ojalá pudiera robar para mí un poco de esa atención que pone a todo lo que le importa… u ojalá yo fuera una de esas cosas que le importan.
–Creo que, en realidad, a Neji le importas, Tenten –repuse.
Conocía el carácter del Hyûga y sus principios, pero también había observado cómo se había comportado siempre con Tenten. No podía asegurar que fuera amor, porque Neji era complicado de entender en sí; sin embargo, mi amiga podía estar tranquila con que, a ella, pese a los orígenes de sus padres, la apreciaba. Nunca la había tratado de forma ruda y, al menos, le dirigía la palabra. Aquello era ya mucho a tener en cuenta de él.
–Y tampoco pienso que debas cambiar tu forma de ser ni de vestir por gustarle –añadí–. Sea quien sea el chico al que quieras, debe de aceptarte tal y como eres.
Detecté en ese momento que Hana se quedaba mirándome, atenta a mis palabras. Le devolví la mirada y le sonreí con cariño. A pesar de que ella me correspondió, todavía percibía aquel cariz indescifrable en su semblante.
–Tienes razón –la voz de Tenten atrajo mi atención. La miré y me alegré al ver que recomponía la postura–. Aunque sea Neji a quien quiero, tengo que seguir siendo yo misma.
–¿Por qué no le confiesas tus sentimientos? –intervino de pronto Hana.
Ambas la miramos un poco sorprendidas.
–¿Te refieres a declararme? ¿Y si me rechaza? –contestó Tenten con incertidumbre. Noté que sus mejillas se habían enrojecido ligeramente.
–Pero eso no lo sabrás hasta que lo hagas, ¿no?
Miré a mi hermana con extrañeza. Había un brillo de decisión muy poco usual en su mirada y no supe bien si la veía más mayor, o si me transmitía otro tipo de sensación. Estaba distinta aquella mañana.
–No lo sé…, creo que no podría… ¿qué opinas tú, Sakura-chan? –Tenten me miró a la inquisitiva.
Mis ojos saltaron de ella a mi hermana, y de mi hermana a ella, un par de veces. Hana continuaba mirándome con aquel matiz incomprensible: seria y expectante. ¿Qué sería lo correcto responder delante de ella? Tenía la impresión de que, dependiendo de lo que dijera, lo aplicaría a sus sentimientos por Sasuke. Quizás se estuviera sintiendo identificada con Tenten.
Fui a responder, dispuesta a romper aquel extraño momento de tensión, cuando, de repente, Kiba y Rock Lee entraron en la sala.
En el fondo, me sentí aliviada.
–¿Todavía no habéis bajado a la playa, chicas? –preguntó el chico de aspecto perruno. Akamaru venía justo detrás de él, con la lengua afuera.
–Sakura y Hana se acaban de despertar; yo simplemente he venido a ver cómo estaban –mintió Tenten.
Kiba asintió con la cabeza, entendiendo; seguidamente, se dirigió a los muebles de la despensa. Cogió una bolsa grande de patatas fritas y, luego, sacó un par de refrescos de la nevera. Rock Lee le seguía de cerca, aunque sus intentos de disimular que me miraba no le sirvieron.
–¡Vaya, se ha acabado el tonel! –exclamó entonces el chico de las marcas en las mejillas, examinando el dispensador de agua–. Hay que ir a comprar otro.
–Iba a salir ahora a por él –comenté. Me volví hacia Hana y le dije–: Adelántate tú, si quieres, con Tenten a la playa. Os buscaré cuando acabe.
–Esos toneles pesan mucho, Sakura-chan… –saltó Rock Lee con voz vacilante–. Te acompañaré.
Miré al chico del peinado de cacerola con una sonrisa un poco forzada. Recordaba la conversación que había tenido con él cuando salió la lista de las mejores notas del instituto, y me sentí abrumada.
Aquel chaval me estimaba en demasía, y lo peor era que no tenía ningún reparo en mostrarlo.
Fuera de la playa, Isshiki era el típico pueblo japonés de costa: con sus casas de techo bajo, sus cuestas y caminos rectos. Las colinas destacaban por su espléndido verdor en el paisaje que abrían las callejuelas, entre edificios quejumbrosos, roídos por la sal marina que los había salpicado durante años. No era la playa más bonita de Japón, ni tampoco la más concurrida, pero algunas celebridades y personajes de sobrenombre se escapaban allí, precisamente, porque sabían que era un sitio perfecto para el anonimato.
Por eso, cuando Lee entró en la tienda de comestibles conmigo, nadie se percató de que era el hijo adoptivo del famoso presentador Might Guy. Creo que, si lo miraban, era simplemente por su llamativo aspecto físico.
–Sakura-chan –me llamó el chico de anchas cejas mientras esperábamos en la cola de la tienda; no había pasado por alto su titubeo antes de hablar.
–Dime, Lee.
–Siento mucho lo que pasó ayer con Hana-chan… Debería haber sido más hombre y haberme lanzado a salvarla.
Le miré detenidamente.
–No creo que sea algo exclusivo de los hombres salvar a una persona –repliqué.
–¡Claro que no! No me malinterpretes, Sakura-chan… Lo que quería decir es que me gustaría haber podido hacer algo más –dijo en tono abatido.
–Lee, estabas tan lejos como yo de ella. El único que podía hacer algo era Sasuke –contesté, en un intento de calmar sus repentinos remordimientos.
Pero, para mi sorpresa, torció el gesto.
–Sí, a él le sale bien eso de dárselas de héroe… –murmuró a regañadientes.
No quise echar más leña al fuego, principalmente porque yo misma me sentía en un mar de contradicciones con respecto a ese tema. Guardé silencio hasta que pagamos el tonel de agua y salimos de la tienda. Caminamos sosteniendo aquel tanque de plástico entre los dos. Pesaba tanto que, en realidad, agradecía que Rock Lee se hubiera ofrecido a ayudarme, sobre todo, porque el camino de vuelta a la casa de Kiba tenía dos cuestas empinadas.
Aquel día era especialmente húmedo. La temporada de lluvias iba a estallar de un momento a otro, y ya el cielo mostraba jirones de nubes que escondían el sol minuto sí, minuto no.
–Kiba debería pagarte por estar haciendo esto, Sakura-chan –saltó de repente Lee entre jadeos.
Acabábamos de cruzar una de las vallas que rodeaban la playa.
–¿Por qué? –inquirí, con la respiración entrecortada también–. En ese caso, debería hacer lo mismo contigo, ¿no?
–¡A mí no me hace falta! Además, no he ayudado ni la mitad de lo que has hecho tú hasta ahora. Eres tan buena persona que muchos de los que estamos aquí no somos dignos de tu amabilidad.
Solté un resoplido y, gracias a la situación en la que nos encontrábamos, no se notó que lo había hecho por las cansinas alabanzas de Lee.
El viento procedente del mar nos acogió como una bienvenida, al tiempo que nuestros pies se hundían en la arena suave. Ambos nos sentimos algo más revitalizados. Lejos de los callejones estrechos del pueblo, a campo abierto, la humedad era menos pesada.
Me entristeció, eso sí, que el cielo se estuviera nublando.
–Hoy no hace tan buen tiempo para estar todo el rato dentro del agua –observó Lee, como si hubiera leído mis pensamientos.
Avanzamos por la playa con más torpeza que antes por el suelo irregular. A mitad de camino, decidimos detenernos para hacer un descanso. Lee extrajo de una bolsita de plástico un dango industrial, un pincho de masa dulce envuelta en azúcar que se hacía con una harina de arroz. Lo había comprado en la tienda de comestibles.
–¿Quieres uno, Sakura-chan? –me ofreció.
–No, gracias –le sonreí amablemente.
–Me pregunto qué estarán haciendo los demás, ahora que el tiempo se ha puesto así.
Sopesé las palabras de Lee en mi cabeza, y observé el oleaje durante unos segundos. El mar parecía más revuelto incluso que ayer.
¿Habrá intentado Hana hacer surf otra vez?
Y tan pronto como la pregunta se formulaba en mi mente, atisbé en la distancia unas figuras familiares. Reconocí el pelo rubio platino de Ino y las gafas redondas de Shino, así como todas las particularidades del resto del grupo. Pero lo que verdaderamente llamó mi atención fue el objeto que identifiqué volando sobre sus cabezas.
Había esperado encontrar una tabla de surf perdiéndose entre las olas grisáceas y, en lugar de eso, hallé una cometa roja. Y a Sasuke debajo, orientándola. Y a Hana, a su lado, mirándole.
Ambos se encontraban un poco más alejados del resto, en una pequeña elevación de arena. La cometa era gigantesca, del tipo que se usa para practicar ese deporte acuático que estaba tan de moda: kitesurf. De hecho, a los pies de Sasuke había una tabla más pequeña que la de ayer. Me di cuenta, en ese preciso instante, de que la cometa iba ligada a unas fibras, las cuales se enganchaban a la cintura del chico de rebeldes cabellos oscuros: llevaba puesto un arnés y, debajo, lo que parecían unas mayas negras.
Solo entonces fui consciente de que no era una cometa parecida a las de kitesurf, sino que, de hecho, Sasuke se estaba preparando para hacer kitesurf.
–¿Hana-chan piensa aprender eso también? –inquirió Lee, acercándose a mí.
Fue instintivo, salí corriendo hacia mi hermana y el menor de los Uchiha. El viento era favorable aquel día, pero también peligroso. Solo de pensar que Hana tenía la intención de ponerse aquellos artilugios y montar sobre la tabla, igual que pensaba hacer Sasuke, me puso el corazón en la garganta. El surf ya era lo suficiente arriesgado, no quería imaginar lo que sería llevar una cometa como aquella con aquel temporal.
El sol pareció abrirse un poco cuando mi desesperación aumentó aún más.
–¡Hana! –grité a pleno pulmón.
Tanto ella como Sasuke me miraron desde la distancia.
–¡Hana! ¿Qué haces? –seguí gritando.
Ninguno me respondió, a pesar de que sabía que me habían escuchado. Empezaba a cabrearme. ¿Es que no habían tenido suficiente con ayer?
Sasuke enterró los pies en los soportes de la tabla que descansaba en el suelo y volvió la vista hacia la cometa. Mi hermana le miró de nuevo.
–¡Hana! –chillé otra vez, apremiando el ritmo de mis piernas.
Fui a abrir la boca para gritarle una vez más y que me mirara a mí, pero en ese momento Sasuke pegó un brinco. La tabla resbaló por la pequeña colina de arena y, antes de que tocara la última parte, volvió a saltar. La cometa tiró de él hacia adelante; en un abrir y cerrar de ojos, ya había entrado en el agua.
Realizó un salto que provocó que me detuviera en seco, y le observé sobrecogida. El viento se había intensificado y el oleaje se alzaba furioso desde lejos. Sasuke surfeó una ola y se elevó en el aire de nuevo, con una agilidad que hacía que pareciera lo más fácil del mundo. Volví la mirada hacia Hana y la vi allí: absorta, observando al chico de piel blanca y cabello azabache.
Conocía aquella mirada porque era la misma que yo ponía de pequeña cuando miraba a Sasuke.
Quería estar con él, y su forma de hacerlo era fingir que le gustaba cualquier tipo de actividad que implicara su compañía. Estaba segura, porque Hana era propensa a sufrir ataques de pánico con los deportes de riesgo. Me sorprendía lo mucho que se estaba esforzando por ocultarlo, con tal de estar cerca del menor de los Uchiha.
–Pues parece que Hana-chan no se ha atrevido a hacerlo esta vez –la voz jadeante de Lee me sacó de mis cavilaciones.
Lo miré y me di cuenta entonces de que llevaba el tonel de agua cargando en la espalda.
–Suéltalo, yo lo llevaré contigo –me apresuré en ayudarle a dejarlo en el suelo–. Perdona, me he asustado.
–Lo entiendo, Sakura-chan. Es normal que te preocupes por tu hermanita –Lee esbozó una sonrisa amable.
–¡Sasuke-senpai, eres increíble! –oí inesperadamente el grito de Hana, asombrada.
La miré a ella y, un segundo después, volteé a Sasuke. Contemplé con estupor la forma en la que sorteaba las olas que rechazaba, y cómo galopaba aquellas que quería, para coger impulso y brincar en el aire. Desde allí arriba, ahora que el sol se había abierto en su plenitud, parecía un fénix desplegando sus alas a contraluz. Dejaba un rastro de agua tras de él en cada salto, que brillaba como si fuesen llamas de cristal. Su cuerpo se contraía y se estiraba para controlar las distancias, y los músculos de sus brazos descollaban incluso desde donde yo me encontraba. Había belleza en todos y cada uno de los movimientos que realizaba, aun cuando no fuera intencionada. Era ligero, sutil, como si llevara toda una vida entre las nubes y las olas.
Y, por un momento, creía que estaba viendo una alucinación.
–¿Qué sientes por Sasuke Uchiha, Sakura-chan?
La pregunta me pilló desprevenida. Miré a Rock Lee y caí en la cuenta de que llevaba un buen rato mirando embobada a Sasuke. Me pregunté inquieta si de verdad mi cara me había delatado, y observé el semblante serio del moreno de cejas anchas.
Sacudí la cabeza.
–No sé de qué hablas, Lee –intenté hacerme la tonta.
–No tienes que fingir conmigo, Sakura-chan.
Entorné los ojos.
–Si tus sentimientos por Sasuke Uchiha son tan profundos, supongo que no puedo hacer otra cosa que aceptarlos –continuó. Hizo una breve pausa y respiró hondo, cerrando los ojos–. Sin embargo, si tienes dudas… Sakura-chan, conozco a Sasuke Uchiha y sé que es un tipo presuntuoso y despiadado, al que no le importa dañar el corazón de cualquier mujer con tal de satisfacer sus propias necesidades.
Me lanzó una mirada de fiera determinación.
–Sakura-chan, si tienes dudas, pienso luchar por ti. Si tengo que enfrentarme a él, a pesar de que para ello deba ignorar tus sentimientos, lo siento, pero lo haré.
Sentí mis latidos golpeándome los oídos.
–Lee…, por favor…, olvida lo que has podido pensar ahora mismo al verme…, no siento nada por Sasuke –ni yo misma me tragaba mis palabras.
Él guardó silencio unos segundos, sopesando mi respuesta.
–No soy tonto, Sakura-chan. Si lo que temes es que lo vaya pregonando por ahí, puedes estar tranquila: no le diré nada a nadie. Pero, con lo que me has dicho, deduzco que, afortunadamente, sí tienes dudas, por lo que aún tengo esperanzas de que puedas mirarme como hombre a mí, y no a él.
Le miré preocupada.
–No estoy enamorada de él…
–Sakura-chan, por favor, no me ofendas.
Entendí inmediatamente su indignación. Rock Lee era inteligente, y lo que había visto en mí ya no había forma de borrarlo de su memoria.
Suspiré con resignación.
–No tendrás que enfrentarte a él; esto no es una guerra por conseguirme. Él no tiene ningún interés auténtico en mí, y yo misma pretendo mantenerme alejada.
–¿Puedo tomarme eso como que me aceptas?
Abrí los ojos de par en par, sorprendida.
–Lee…, de verdad, no quiero hacerte daño…, pero no te veo de esa forma…
Temí que mis palabras pudieran deprimirle; sin embargo, él conservó su semblante decidido.
–Entonces aún tengo trabajo por hacer –antes de que pudiera adivinar sus pensamientos, asió el tonel de agua y volvió a echárselo a la espalda, con una fuerza de la que antes había parecido carecer–. Descuida, Sakura-chan. Conseguiré que te enamores de mí, porque voy a hacerte la mujer más feliz de este mundo. Y ningún Uchiha ni ningún donjuán engreído va a derrotarme.
No fui capaz de pronunciar palabra. De alguna forma, su determinación me había dejado atónita.
Nunca nadie, ni siquiera Naruto cuando éramos niños, me había hablado con tanto afán por conseguir mi amor.
Rock Lee no me permitió que volviera a cargar con el tanque de agua; es más, dio un sprint para que no le alcanzara. Estaba tan ansioso por demostrarme su valía que no parecía importarle partirse la espalda, con tal de que me fijara en él. Y su coraje me conmovía.
Pero volví la mirada al mar y, de nuevo, mis ojos se perdieron en la figura que saltaba hacia el cielo con la cometa roja.
No estoy enamorada de él… No te lo crees ni tú, Sakura.
En mi fuero interno, a pesar de que dolía como un aguijonazo admitirlo, sabía que no había otro, nadie más que ocupara ese lugar en mi corazón, salvo Sasuke Uchiha.
Aun cuando sabía que Hana, solo a unos metros de distancia de mí, le observaba casi de la misma forma…
Aun cuando a ella la quisiera por encima de todo y de todos en el mundo, y que jamás permitiría que le hicieran daño, mucho menos yo…
… las veces en que él parecía mirar a tierra, internamente, me daba el doloroso capricho de imaginar que a quien miraba era a mí.
Los siguientes días transcurrieron del mismo modo pacífico y sosegado que el primero. No hubo más sustos de accidentes ni ahogamientos. Hana se había limitado a meterse en el agua únicamente para bañarse, aunque a menudo la pillaba observando a Sasuke surfear o acercándose a él para pedirle consejos sobre cualquier tontería.
Me alivió, a pesar de ello, que se estuviera integrando bien en el grupo. Todos éramos más mayores que ella, pero especialmente Kiba ponía empeño en que se sintiera cómoda y yo se lo agradecía. Mi hermana le había cogido un enorme cariño a Akamaru, tanto que a veces parecía que el perro fuera más suyo que del chico de facciones salvajes. Y aunque Kiba siempre había sido muy celoso con él, al parecer, con Hana era permisivo.
Con Naruto también se llevaba muy bien. Tenía la sensación de que el rubio de rasgos zorrunos estaba más animado que nunca. Pese a la presencia de Neji, su gigantesca sonrisa se había hecho perenne y, estaba segura, Hinata tenía mucho que ver.
Sin embargo, un par de días antes de que aquellas paradisíacas vacaciones concluyeran, noté una tensión especial entre el primo de mi amiga y él.
–¿Ha pasado algo? –le pregunté a Hinata, en cuanto encontré un momento en el que estar a solas con ella en la playa.
Habíamos decidido almorzar todos juntos ese día en la casa, y tanto Naruto como Neji se habían mantenido en un sepulcral y tirante silencio. Había sido demasiado obvio que ambos evitaban el contacto visual. Al recoger los platos, cuando uno había rozado sin querer la mano del otro, habíamos estado a punto de presenciar una pelea. Por fortuna, nada más que se habían desencadenado un par de gruñidos entre ambos.
Hinata encogió las piernas, haciéndose un ovillo con los brazos. Tras varios segundos de silencio, soltó un suspiro.
–Tenía la esperanza de que mi primo había empezado a aceptar a Naruto-kun. Ya se me hacía raro que no se hubieran peleado en todos estos días, pero supongo que el hecho de que estuvieran sus mejores amigos aquí les ha contenido –hizo una breve pausa y dejó la mirada tendida en el horizonte un momento, reflexionando–. Neji nos vio anoche.
–¿Anoche? ¿Qué ocurrió anoche? –inquirí curiosa.
–Naruto-kun me llevó al bosque. Me dijo que conocía un lugar desde donde podía verse mucho más bonito el cielo. Y así fue, Sakura-chan. El sitio al que me llevó era precioso, nunca he visto nada igual. Era como un claro y había un lago en medio, donde se reflejaban la luz de la luna y la de las estrellas. Parecía como si hubiera luciérnagas en el agua, o como si flotaran millares de dientes de león en el aire.
»Naruto-kun me contó que era un lugar secreto donde había ido de pequeño, cuando todavía sus padres seguían en vida. Es uno de los pocos recuerdos que conserva de ellos. Dijo que me lo quería enseñar porque… porque soy especial para él –las albas mejillas de mi amiga de ojos perlados se coloraron con intensidad. Se las tapó con las manos y cerró los ojos con fuerza, muerta de la vergüenza–. ¡Sakura-chan, no sabes cómo de rápido me latía el corazón! Pensaba que se me iba a salir del pecho y, por momentos, me costaba respirar adecuadamente. ¡Me sentía como una niña, te lo prometo!
Se me escapó una sonrisa.
–Sí, sé a lo que te refieres –reconocí, recordando cómo había creído que me moriría de la emoción al encontrar a Sasuke sentado bajo las estrellas, varias noches atrás.
Era una sensación estúpida, que te hacía sentir continuamente desprotegida. Pero, al mismo tiempo, se tornaba dulce y extraña, como si todas tus corazas se te cayeran de repente, sin poder evitar ser tú, con tus defectos y virtudes, y tus miedos y tus deseos. Como si no pudieras contener el flujo de emociones y sobresaltos que recorrían todas y cada una de tus extremidades y, a la vez, te diera igual no contenerlo.
Arqueé una ceja y le lancé una mirada pícara a mi amiga de cabellos negros.
–Bueno, y entonces… ¿hubo tema o no hubo tema?
Hinata me devolvió una mirada de absoluto bochorno y su sonrojo se pronunció.
–S-Sakura-chan…, pero ¿qué dices? ¿Cómo podría hacer eso con Na…? ¡No!
Sacudió la cabeza, y me eché a reír.
–¡Vamos, Hinata-chan! Solo estoy hablando de besos. Nadie ha mencionado lo otro.
–Ni siquiera podría imaginarme… lo otro… –calló unos segundos, mirando fijamente hacia el mar; luego, volvió a negar con la cabeza–. ¡No me hagas pensar en cosas indecentes, Sakura-chan!
Volví a reírme.
–¿Entonces no hubo beso siquiera? –insistí divertida.
Ella desvió la mirada hacia otro lado, de forma que yo no pudiera ver su expresión. Se mantuvo un rato así, en silencio; después, lentamente, me miró por el rabillo del ojo.
–Solo uno…
Se me escapó una exclamación.
–¿En serio? ¿Naruto y tú os habéis besado? –la noticia me emocionó casi como si fuera mía.
Hinata me siseó para que bajara el volumen.
–No lo digas en voz alta, Sakura-chan… –suspiró–. Fue un accidente, en realidad.
–¿Un accidente?
–Sí… Como sabes, soy un poco torpe. Me pasó algo parecido a aquella vez en la tienda de productos extranjeros, cuando le tiré el ponche encima.
»En esta ocasión, fue bajando por el camino empinado del bosque. El suelo estaba repleto de piedras resbaladizas por la humedad del ambiente y, entonces, antes de poder reaccionar a tiempo, pisé en falso y caí hacia adelante. Naruto-kun intentó evitar que tocara el suelo, pero terminé tropezando con él y haciéndole caer también. Me sujetó con fuerza, mientras se arañaba la espalda en el descenso –se quedó unos segundos en silencio, recreando la escena en su mente; instintivamente, sus manos acariciaron sus hombros y su mirada se dulcificó–. Cuando consiguió frenar, quise comprobar que estaba bien y entonces… entonces ocurrió.
–¿El qué? –la intriga me tenía en ascuas.
A Hinata le costó un poco soltarlo.
–Él me miró, me sonrió y en ese momento sentí como si alguien me hubiera dado un aguijonazo en el pecho. Quizás era un sentimiento muy egoísta, Sakura-chan, pero yo no quería que dejara de mirarme. No quería… y cuando me di cuenta, ya me había acercado a él y le estaba besando –volvió a sonrojarse hasta las orejas, y apretujó los ojos como si acabara de ver la cosa más vergonzosa del mundo–. ¿Cómo fui capaz de hacer algo así? Ahora me odiará….
–Estarás de coña, ¿no? ¿Cómo te va a odiar? –casi me reí.
–No lo sé, Sakura-chan.… Cuando dejé de besarle, me miró muy sorprendido y no fue capaz de articular palabra…
–Pero ¡eso es porque le gustas!
–De verdad, no lo sé.… Solo sé que yo me moría de la vergüenza y, por impulso, me separé de él y me levanté de un salto. Estábamos ya en la linde del bosque, así que eché a correr hacia la casa de Kiba. Él vino detrás de mí, corriendo también, llamándome. No sé cómo parecía desde fuera, pero debía de interpretarse de un modo muy distinto a como era en realidad, porque justo cuando llegué a la playa, me encontré de frente con mi primo….
–¿Y qué pasó? –la irrupción de Neji en escena se me antojaba casi premeditada.
–Creo que debió de pensar que yo estaba huyendo de Naruto-kun –la frente de porcelana de mi amiga se arrugó en un gesto de intranquilidad–. Ni siquiera me dio tiempo a explicar nada, él me agarró y me colocó a sus espaldas, en una actitud defensiva frente a Naruto-kun. «¿Qué le has hecho, desgraciado? ¡Te dije que te mantuvieras lejos de ella!», le gritó, como si fuera un criminal.
Este Neji y sus pajas mentales. No puede existir persona más fiable en este mundo que Naruto para estar cerca de Hinata.
–Intenté explicarle a mi primo que él no me había hecho nada, pero no me escuchó –continuó ella–. Naruto-kun le miró muy ceñudo, y le soltó: «¡Métete en tus asuntos de una puñetera vez, amargado! No le ha ocurrido nada malo…, yo jamás permitiría que le ocurriera nada malo, mucho menos en mi presencia». Pero mi primo se cabreó aún más. «¡No eres digno de acercarte ni un solo milímetro a la hija de Hiashi Hyûga, ni siquiera para presumir de protegerla! Solo eres una alimaña sin futuro ni pasado», le recriminó.
Entorné los ojos. Neji podía ser muy dañino cuando quería.
–Pobre Naruto-kun, yo no quería que pasara eso… –se lamentó Hinata. Por un momento pensé que se echaría a llorar. Me miró y, aunque no se le cayeron las lágrimas, noté sus ojos húmedos–. Él se mordió la lengua y no respondió a las provocaciones de mi primo. Yo me encaré con Neji, pero no fui capaz de replicarle nada más cuando me soltó: «¿Qué pensaría tu padre si te viera tonteando con alguien como este idiota? ¿Es este el futuro que piensas dejar para la familia Hyûga?» –se mordió los labios y su barbilla retembló un instante; estaba luchando mucho por contener el llanto–. De verdad, Sakura-chan, querría haberle respondido, pero sentí tantas emociones a la vez que me quedé paralizada.
–No ha sido culpa tuya, Hinata –me apresuré en asegurarle con suavidad–. Y de Naruto tampoco. Es tu primo, Neji, que parece que le han metido un palo por el culo y no hay forma de sacárselo para que se quede a gusto.
Mi amiga agachó la cabeza con sumo pesar.
–Ojalá fuera tan valiente como tú, Sakura-chan –me soltó de pronto.
–¡No digas más tonterías! Tú ya eres valiente… ¡Coño, si lo eres! Te has lanzado a besar al chico que te gusta. Créeme, eso no lo hacen las personas cobardes.
–¿Y para qué me sirve atreverme a hacer esas cosas si, luego, me quedo callada ante las que de verdad importan?
–Un beso es importante, sobre todo, ese beso. Tenía importancia porque, para ti, Naruto la tiene –recalqué.
–Pero no pude defenderle como habría querido ante mi primo…
–Creo que él ni siquiera te habría dejado que hicieras más de lo que hiciste –objeté. Callé unos segundos y examiné su rostro; sin embargo, mis palabras no terminaron de convencerla–. ¿Qué pasó después? ¿Naruto le dijo algo?
–No, se limitó a despedirse de mí, fulminó a mi primo con la mirada y, finalmente, se marchó de vuelta a la casa de Kiba. Neji tampoco dijo nada más sobre el tema, pero me obligó a esperar un rato para que Naruto-kun entrara antes y, así, no tener que encontrarse con él otra vez. Desde entonces, no se hablan entre ellos y… bueno… Naruto-kun tampoco ha querido hablar más conmigo.
La miré largamente.
–No creo que esté enfadado contigo, si es lo que te preocupa. Probablemente prefiera no caldear más el ambiente; te buscará cuando esté seguro de que Neji no anda cerca –supuse.
Hinata devolvió la vista al horizonte y dejó escapar un largo suspiro. El atardecer comenzaba a despuntar a través de las olas.
–Ojalá tengas razón –susurró.
Me acerqué a ella un poco más y, sin poder evitarlo, la abracé. Torpemente. Los abrazos no eran lo mío; de hecho, el contacto físico en general era uno de mis puntos flacos. Pero encontrar a Hinata de aquella manera tan desanimada, tan triste, tan abatida, me ponía la piel de gallina y me enfurecía al mismo tiempo. Sentí unas ganas locas de levantarme y de buscar a Neji para soltarle cuatro palabritas bien dichas, o para ponerle a hacer doscientas flexiones, o para darle un buen hostión en la nuca. ¿Con qué derecho se metía en la relación entre Naruto y Hinata…?
Y, de repente, la imagen de Hana sonriendo a Sasuke acudió a mi memoria.
Sacudí la cabeza.
No, no era lo mismo. En absoluto.
Hana era solo una niña y Sasuke…
Sasuke era…
No era para ella.
–Muchas gracias, Sakura-chan –la dulce voz de Hinata me sacó de mi ensimismamiento.
–Nunca me agradezcas por esto –le contesté y, automáticamente, la abracé un poco más fuerte.
Ella me correspondió y, segundos después, nos echamos a reír. Como cuando éramos niñas. Como cuando jugábamos a pegar saltos sobre los charcos que había dejado la lluvia y nos manchábamos de pies a cabeza.
No era un sentimiento justo, quizás solo fuera egoísmo, y sabía que me odiaría a mí misma más tarde por tenerlo, pero en aquel momento de mi vida con Hinata podía sentirme más tranquila. Más segura que con Hana.
Mi amiga de los ojos perlados era la única mujer conocida que no se había enamorado ni se enamoraría jamás de Sasuke Uchiha.
Tengo que llegar al templo; ha empezado a llover.
Es lo malo de las zonas de costa en verano: caen lluvias torrenciales cuando menos te lo esperas. Ni siquiera llevo paraguas y la casa de Kiba está muy lejos desde donde me encuentro ahora. Sigo sin entender por qué la tienda de comestibles del otro día no está abierta. Por culpa de eso, he tenido que venir hasta la otra punta del pueblo para buscar una donde comprar un tanque de agua nuevo.
Espero que Hana se haya resguardado a tiempo.
Subo las escaleras empinadas hacia el templo. Al final, no he encontrado ninguna tienda más, así que voy a refugiarme un rato bajo un techo; cuando amaine, seguiré buscando el tonel.
La lluvia casi provoca que me desuelle las rodillas en las escabrosas escaleras de piedra, pero consigo llegar a la cima ilesa. Echo un vistazo a mi alrededor. Se trata de un templo pequeño, rodeado por un gigantesco bosque, y por un momento creo que está deshabitado. Sin embargo, detecto la presencia de una mujer, una sacerdotisa anciana que está barriendo en la entrada.
¿Por qué barre bajo la lluvia?
No espero más y acudo a ella.
–Disculpe –en realidad, no sé qué decirle; no es como si estuviera prohibido refugiarse de la lluvia en un templo–: Disculpe, ¿dónde puedo encontrar una tienda de comestibles cerca?
La anciana se gira y me mira; ha dejado de barrer. Su pelo gris, recogido en una coleta baja, enmarca un rostro poco agraciado: muy redondo, ajado y lleno de pecas por la vejez. Tiene un gran lunar, un tanto desagradable, en el centro de la frente; casi parece un tercer ojo. Sus rasgos, en general, son abruptos y vastos. Lo único que me asegura que se trata de una mujer es su vestimenta de miko: el pantalón rojo, la camisa blanca y los tabi, esos tradicionales calcetines abiertos, que siempre he detestado.
–¿Qué necesitas exactamente, joven? –a pesar de su rudo aspecto físico, su voz es bastante amable.
–Estoy buscando una tienda donde pueda comprar un tanque de agua para un dispensador –paro un segundo, no muy segura de que me esté entendiendo–. ¿Sabe a lo que me refiero, señora?
–Claro que sí; de hecho, tenemos un tonel de sobra ahí atrás. Si quieres, te lo regalo.
Abro los ojos de par en par, sorprendida.
–¡Oh, no, señora! No se preocupe. No quiero dejarles sin agua….
–Insisto. No es ningún problema. Llévatelo tú –hace una pausa y esboza una sonrisa que no termino de entender–. Pero, antes, ¿por qué no te quedas aquí un rato? Resguárdate de esta lluvia. Es peligroso cargar con objetos pesados bajo el temporal.
Le sonrío complacida.
–Muchas gracias, señora –me inclino cortésmente.
–Eso sí, ¿podrías hacerme un favor ahora?
–Lo que necesite.
–Ve a la parte de atrás del templo.
–¿Necesita que le traiga algo de allí?
–Acércate a la caseta de abluciones y, si encuentras a un chico allí, dile que no hace falta que se purifique otra vez. Tú ya has llegado.
Sus palabras me dejan un poco confusa. Pero no le replico y decido obedecerla. Me vuelvo, dispuesta a encaminarme hacia el lugar que me ha indicado; sin embargo, recuerdo algo que quiero decirle antes.
–Por cierto, señora, no se preocupe por el tonel. Yo misma puedo… –me quedo muda.
Al girarme, ya no hay nadie allí. Tan solo se ha quedado la escoba, apoyada sobre uno de los escalones que dan acceso al pabellón central del templo.
Desconcertada, retomo mi camino a la caseta de la que me ha hablado. No me cuesta encontrarla y, en un estúpido intento por no mojarme más de lo que ya estoy, voy corriendo hasta ella. Jadeo por la agitación y, no es hasta que estoy bajo el techo de aquella caseta, que reparo en la presencia de alguien más. Al otro lado de la gran fuente de piedra que la protagoniza, reconozco una figura esbelta y oscura.
–Sasuke… –susurro su nombre.
Él me mira y mi corazón da un vuelco.
–Ah, eres tú –responde con su voz fría.
Trago saliva. ¿Es él a quién se refería la anciana?
–¿Qué haces aquí? –le pregunto.
Espero a que me suelte una de esas frases típicas suyas, como «no es de tu incumbencia»; sin embargo, no lo hace. Se gira un poco más para observarme al completo, y se queda en silencio. Sus ojos recorren de arriba abajo mi cuerpo, de un modo que me incomoda.
Por un segundo, siento como si me estuviera desnudando.
–¿Qué miras tanto? –le suelto, desviando la mirada, avergonzada.
No habla, pero se mueve, y yo le observo por el rabillo del ojo. Agarra uno de los cazos de madera que descansan sobre la fuente y, aún sin pronunciar palabra, vierte un poco de agua sobre su mano izquierda.
–¿Para qué te purificas?
El sonido del agua derramándose sobre la fuente, por alguna razón, me pone los pelos de punta. Noto la garganta seca de repente, pero sé que no es por miedo. Es por… expectación.
–Tengo el alma podrida de pecados –me contesta con voz sombría.
Siento un escalofrío recorrerme la espalda. Aquí, bañándose los brazos y la boca del agua impoluta del manantial, me parece estar viendo a un Sasuke que no conocía: uno indefenso, asustado de algo que no alcanzo a entender.
Se detiene y deja la mirada perdida en el agua. La lluvia continúa cayendo a nuestro alrededor; a veces, parece como si quisiera partir el grueso techo que nos protege.
El rostro de Sasuke, pese a que pretende ser inexpresivo, representa un abatimiento desconocido para mí. Me acerco a él un poco más y, sin atreverme a decir nada, mis brazos le abrazan desde atrás.
Debo de estar soñando, porque jamás en la vida se me ocurriría hacer algo como esto con él.
Su espalda se tensa.
–No hace falta que te purifiques más. Tu alma no está podrida –le digo, recordando el mensaje de la anciana.
Tarda en responder.
–No sabes nada de mí, Sakura. Todo lo que he hecho…, todo lo que sigo haciendo es puro tóxico. No puedes entenderme. No soy como tú o los demás, no puedo hacer como si mi pasado no hubiera sucedido.
Habla de un modo lúgubre y noto un cierto matiz de pesar. Siempre he sabido que algo en la vida de Sasuke le atormenta, como si estuviera soportando una pesada carga sobre los hombros.
Odio la forma que tiene de despreciar a todos los que no están a su altura, pero, en el fondo, creo que me duele mucho más verle de esta manera.
–Sea lo que sea, no es culpa tuya. No puede serla –aseguro, enterrando el rostro en sus anchas espaldas.
Entonces él se gira e, inesperadamente, se quita la camiseta. No soy capaz de quejarme siquiera: las marcas de su torso, como cicatrices de cuchillazos, incluso de espadas, impactan en mi retina como la primera vez. A pesar de que durante todos esos días en la playa las he estado viendo, no termino de acostumbrarme.
Desvío la mirada, incómoda.
–Mírame, Sakura –me reclama Sasuke–. Tienes un monstruo ante ti, ¿no puedes verlo?
Mis ojos vuelven a buscarle y contemplan, sobrecogidos, que el tatuaje de su trapecio se está agrandando. Esas llamas negras se expanden hacia su cuello y suben hasta su rostro. Él cierra los ojos y, cuando la tinta alcanza el izquierdo, lo abre. En lugar de ese color ónice de su iris, su pupila se ha enrojecido y lo blanco se ha vuelto de un tono ámbar asolador. El tatuaje se extiende hasta su otro ojo, integrándolo en esa mirada diabólica; después, asciende y se filtra entre sus cabellos azabaches. De los laterales de su cabeza se despliegan súbitamente dos bultos, como los cuernos de un toro, y su piel adquiere una tonalidad violácea.
Lo miro horrorizada. Es como un demonio.
–¿Lo ves ahora? –su voz ha cambiado: suena como dos voces entrecruzadas, mucho más grave, mucho más siniestra.
Entorno los ojos y le examino detenidamente.
Sí, esto tiene que ser un sueño.
Los demonios no existen y, si es así, ninguno se manifestaría de un modo tan explícito.
Avanzo despacio hacia él; a través de la lluvia, un repentino trueno parece partir el cielo y el relámpago acentúa los rasgos demoníacos de Sasuke. Sin embargo, sus pupilas se iluminan y puedo comprobar que no es maldad lo que queda bajo esa apariencia monstruosa.
–No, esto es solo lo que tú te crees. Solo estás escondiéndote detrás de esta máscara porque, en realidad, tienes miedo.
Él suelta una sonora carcajada y su rostro se retuerce en una sádica mueca de escepticismo.
–¿Miedo? ¿Acaso no quieres ver la verdad? ¡Soy yo el que provoca el miedo, no al revés! –ruge.
Niego tranquilamente con la cabeza. Estoy tan cerca de él que casi puedo sentir su respiración.
–Deja de ocultarte así. Este no es Sasuke Uchiha.
–¡Uchiha! ¡Eso es! ¡Ese apellido! Mi gran condena.
–Entonces sé solo Sasuke.
Es algo instintivo, algo que a lo que no puedo dar una explicación, mis manos buscan su rostro. Sé que no se lo esperaba, pero sus labios encajan en los míos, como si fueran la pieza que faltaba de un puzle. Ya nos hemos besado antes, pero en esta ocasión puedo sentirme más segura. Se lo he dado yo.
Es un beso breve y, cuando nos separamos un poco para mirarnos, confirmo satisfecha el efecto que sabía que tendría. El tatuaje ha vuelto a su lugar de origen: no más ojos amarillos, ni cuernos, ni rasgos demoníacos.
–Sé solo tú mismo, Sasuke-kun –susurro.
La lluvia sigue golpeando estruendosa por encima de nosotros, pero tengo la sensación de que si alzo un poco más la voz todo se quebrará.
Él me mira fijamente, en silencio, con esos ojos suyos: negros como el regaliz, que no parecen decir nada y, al mismo tiempo, lo expresan todo. No me había dado cuenta hasta ahora de que tiene las pestañas largas y finas, casi como las de una mujer. Y, en conjunto, ahora que me detengo a contemplarle tan de cerca, sus facciones son tan finas como las de un niño.
Su boca vuelve a imprimirse contra la mía, y noto las mejillas ardiendo, la garganta deshidratada. Sus labios acarician los míos de una forma demandante y su lengua se abre paso al interior de mi boca. Se enreda con la mía y siento que todo fluye de un modo natural entre ellas: una humedad colmada de ternura, combinada con deseo. El corazón me golpea fuerte las costillas. Estoy segura de que él también lo nota contra su torso desnudo.
Sus manos descienden por mi cuello y trazan un camino desde mi espalda hasta mi cintura. Sus caricias me dejan sin aliento un segundo.
–Sasuke… –se me escapa entre sus labios.
Pero él no me suelta. En lugar de eso, sus manos continúan recorriendo mi cuerpo, mientras me sigue besando. Ascienden y, de pronto, se colocan entorno a mis pechos. Seguidamente, sus dedos rozan mis aureolas por encima de la ropa mojada. Juguetean con ellas, acariciándolas en círculos, hasta que noto que mis pezones se endurecen.
–Sasuke-kun –repito, azorada, y él se separa de mi boca.
Se me eriza la piel, mientras sus labios buscan mi cuello y dejan un reguero de besos sobre él. Mis piernas tiemblan inquietas, y percibo un humedecimiento extendiéndose entre ellas. Es una sensación extraña. No sé si me gusta o me aterra, pero mis ojos se entrecierran solos, ansiando explorarla un poco más.
Algo dentro de mí se remueve: un impulso que pretende abandonar mi razón y ceder completamente ante las caricias y los besos que Sasuke me ofrece. Y cuando siento sus manos deslizándose hacia el interior de mis muslos, me ataca una especie de fuego, que se expande desde mi pecho hasta más abajo.
Él abre los ojos y su mirada penetra en mis pupilas. Me siento muy pequeñita de repente, como si frente a mí estuviera contemplando el rostro de un dios.
–Sé mía, Sakura –su voz es aterciopelada, ronca, cautivadora.
Un nuevo estremecimiento atraviesa mi espina dorsal.
Sin decir nada más, baja hasta mi vientre. Sus labios se posan en él delicadamente, y lo presionan. Cuando desciende un poco más, me creo cayendo hacia atrás. Tengo que apoyarme en la fuente que hay a mis espaldas. Sus manos desabotonan mis pantalones cortos y bajan suavemente la cremallera. Él estampa un nuevo beso ahí, en la zona más baja de mi abdomen, y se me escapa un gemido. Sigue descendiendo.
–Sasuke-kun…, nos van a ver –digo entrecortadamente.
Pero él hace caso omiso a mi advertencia. Acaricia la piel de mis caderas y, cuando menos lo espero, comienza a bajar lentamente mis bragas. Sus labios impregnan mis piernas de besos, que se propagan como descargas eléctricas por cada centímetro de mi piel.
Una parte de mí me exige obligarle a parar. Sé que no puedo dejar que continúe; sé que tendría que haberle detenido hace tiempo.
Pero otra parte de mí, una que se ha hecho más fuerte en los últimos minutos, desea fervientemente que prosiga. De hecho, provoca que mi cuerpo le reclame mucho más.
Cuando deja mis bragas y mis pantalones a la altura de mis rodillas, siento unas incontrolables ganas de sentirle; su contacto es como un imán que me atrae y me alivia. Fuera, hace frío, pero mi piel está como incandescente.
En ese momento se aproxima ahí, donde ningún otro hombre me ha visto jamás, y noto que su boca me roza ligeramente, con un beso inofensivo. Su lengua lame y me sonrojo al comprender el rocío que se ha apoderado de mí. Pero a él poco parece importarle. Recorre cada rincón de mí y siento sus dedos introduciéndose lentamente hacia adentro. El tacto es fresco y me hace dar un leve respingo, pero pronto siento otra vez ese fuego embargarme.
Me quemaré. Seguramente me quemaré.
Pero ya nada importa.
Cierro los ojos de nuevo y dejo que mi cuerpo se destense.
Quizás sea solo lujuria por su parte y, por tanto, otro pecado más con el que martirizarse.
Quizás solo sea debilidad por la mía y, por tanto, otro error más por el que lamentarme.
Pero él está aquí y no quiere que me vaya. Ni yo tampoco quiero que se vaya él.
–Sakura, por favor, no sigas odiándome –me dice, y estampa otro beso en mi muslo.
Desperté con el corazón en un puño y los ojos tan abiertos que, solo unos segundos después, comenzaron a doler.
Tal y como me había dicho a mí misma, solo se trataba de un sueño. Pero, inevitablemente, experimenté una honda sensación de frustración al comprenderlo. Miré a mi alrededor por inercia, asimilando poco a poco que estaba en la habitación de la casita de Kiba, tendida sobre mi cama, y no en aquel templo misterioso del pueblo de Isshiki.
A pesar de que las últimas palabras de Sasuke habían sonado tan reales.
Me volví y me puse bocarriba. Dejé la mirada perdida en algún punto de la penumbra que inundaba el techo; la luz de las estrellas, que asomaba por la ventana, era lo único que me permitía reconocer las formas de todo cuanto me rodeaba.
¿Qué hora es?
Giré la cabeza hacia la mesita de noche que descansaba a mi izquierda; sin embargo, en lugar de fijarme en el reloj, miré instintivamente más allá. Hana seguía plácidamente dormida en la otra cama.
Esperaba no haber hecho ningún ruido mientras soñaba con aquellas cosas tan…
Me sonrojé inmediatamente al recordar la escena. Era algo inverosímil, pero podía sentir todavía los besos de Sasuke en mi cuerpo. Me llevé unos dedos a la boca. Allí también.
Sacudí la cabeza y me dije a mí misma que tenía que dejar de imaginar locuras. Había sido solo un sueño, que ni siquiera entendía qué podía haberlo provocado. Sin embargo, en mi mente me repetía aquellas últimas palabras como si, de verdad, mis oídos las hubieran escuchado.
Sentí una repentina brisa fría erizarme la piel de los hombros y, automáticamente, me volví. La puerta estaba entreabierta. Y juraría que la había cerrado antes de irme a dormir.
Me levanté y la volví a cerrar. No comprendía cómo se podía haber abierto, pero el sueño comenzaba a atacarme de nuevo y preferí dejarlo estar por esa noche. Regresé a mi cama y me tumbé mirando hacia Hana. Su rostro angelical, profundamente inconsciente, no se había alterado ni un poco.
Deseé internamente que no se enterara nunca de mis sentimientos hacia Sasuke. Aun cuando una parte de mí era egoísta y me hacía sentir los estúpidos impulsos de retenerlo para mí, me importaba mucho más que ella fuera feliz. Odiaba la idea de que él se implicara con ella, aparte de por mis propias emociones, porque sabía cómo era. No soportaría ver a mi hermana sufrir por su culpa.
–Buenas noches, Hana. Te quiero –susurré, aun sabiendo que ella no podía escucharme.
Cerré los ojos e intenté volver a dormir.
Pero, en el fondo, ansiaba regresar a aquel templo, a la caseta de abluciones, bajo la lluvia, y sentir una última vez a Sasuke conmigo.
Al día siguiente, cuando debíamos volver a Tokio, empezó a llover.
El padre de Kiba y el de Hinata vinieron a recogernos en dos monovolúmenes de nueve plazas cada uno.
–Sakura-chan, ¿te molestaría si Ino-chan viniera con nosotras?
Hinata y yo montaríamos en el monovolumen de su padre, y la idea era que Hana, Tenten, Neji, Gaara, Rock Lee y Matsuri también. Ya ocupábamos todas las plazas.
–A mí me da igual, pero alguien tendrá que cambiarse con ella para que pueda entrar –repuse.
¿En el otro coche no va ya Sasuke?
Dirigí una breve mirada a la aludida. Sus ojos reflejaban un sentimiento que no lograba entender: parecía molesta y, al mismo tiempo, triste.
–¡Yo me cambiaré por Ino-senpai! –exclamó Hana, que había estado escuchando la conversación.
La miré y descubrí un brillo entusiasta en sus ojos celestes.
–Tú tienes que venir conmigo, Hana. Si vas en el coche de Kiba, tendrás que obligarles a que sigan el mismo recorrido que nosotros para que te dejen en casa –repliqué contrariada.
–No importa, hermanita. Puedo coger el metro desde la casa de cualquiera de ellos; todavía me quedan viajes en el bono –resolvió ella.
Me volví hacia Hinata.
–¿Qué le pasa a Ino? –interpelé.
Mi amiga me miró con un matiz de súplica en sus ojos gris violáceos.
–No te lo puedo explicar, Sakura-chan, pero ella me ha pedido por favor volver a casa en un coche donde no vaya Sasuke-kun –me dijo en voz baja.
Lancé otra rápida ojeada a la rubia y, en ese preciso momento, la pillé mirando de reojo a Sasuke. Detecté un inusitado resentimiento en su mirada. Ella nunca miraba así al menor de los Uchiha.
Suspiré.
Fuera lo que fuere, algo me decía que podía entenderla.
Miré a mi hermana y me embargaron sentimientos contradictorios. No quería dejar que ella fuera en un coche donde no iría yo, y tampoco quería que en ese coche estuviera Sasuke. Pero, al mismo tiempo, sabía que no había opción mejor: si era yo la que se cambiaba con Ino, ella me haría mil preguntas hasta que, finalmente, discutiríamos.
–Está bien, ve tú con ellos, Hana –respondí finalmente.
Ella pegó un brinco de alegría, me abrazó para agradecérmelo y fue directa a decírselo a Ino. La rubia platino me miró desde lejos, y en su rostro no noté aquella antipatía que solía dedicarme. En lugar de eso, sus facciones se relajaron y acudió hasta donde nos encontrábamos Hinata y yo.
Durante la siguiente media hora, cargamos los monovolúmenes con nuestras maletas, entre paraguas y refunfuños de algunos por la imperecedera lluvia. Hinata se sentó junto a su padre, en el sitio del copiloto, y yo iba justo detrás, con Ino a mi izquierda, y el resto a nuestras espaldas.
Miré el coche de Kiba e hice acopio de fuerzas para reprimir los celos que se acrecentaban en mis adentros. Empezaba a tener asco de mí misma por sentir aquellas cosas hacia mi propia hermana y, a la vez, tuve asco de Sasuke, por el hecho de que su sola presencia me hiciera sentir así.
No tenía motivos para envidiar a Hana.
No tenía motivos para querer estar en su lugar.
No tenía motivos para querer estar con Sasuke.
Y entonces recordé el sueño que había tenido aquella noche, y los besos que había creído sentir afloraron en mi piel como si, realmente, me los hubiera dado.
Olvídalo. Debes pensar en cosas más importantes.
–¿Sabéis que en esta playa se dice que el dios Aizen aparece en los días de lluvia? –oí de pronto la voz del señor Hiashi.
Miré al padre de Hinata con curiosidad desde detrás.
–El dios Aizen es el dios del amor, ¿no, papá? –inquirió Hinata.
–Y de la lujuria –apuntilló él–. Se supone que representa la pasión y el amor con la idea de la iluminación y la máxima misericordia. Hay un templo cerca de la colina donde, se dice, se le ha visto a veces con forma humana.
Hinata soltó una risa dulce.
–Debe de llamar mucho la atención, en ese caso. Un dios budista, con un tercer ojo en la frente, no es algo que se vea todos los días –comentó.
Entorné los ojos.
De repente, desde mi ventana, una luz me cegó. Sorprendida, me giré para buscar la causa y, creyendo que un poco de sol se había abierto entre las nubes, allí, en la distancia, vislumbré una figura. No podía asegurarlo, sobre todo, porque mi ventanilla estaba borrosa por la tormenta. Pero creo que, entre un cúmulo de árboles arremolinados en torno a una empinada escalera, reconocí aquellos anchos pantalones rojos y la camisa blanca.
La anciana del templo de mis sueños me saludaba desde lejos.
–Ojalá se me hubiera aparecido a mí –escuché que decía Rock Lee con la boca chica, detrás de mí.
Me sonrojé de pies a cabeza.
Todo ha sido un sueño. Imaginaciones tuyas. Nadie te besó anoche, nadie te tocó anoche, nadie te acarició anoche. Mucho menos Sasuke Uchiha.
