NOTAS DE AUTOR
Me adelanto una vez más a subir dos contis en un mismo día porque mañana me será imposible hacerlo. Espero que la anterior os haya gustado mucho, los pocos a los que os ha dado tiempo a leerla.
La cosa empieza a ponerse tensa (juas, juas, juas)
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Sin más, ¡a disfrutarlo!
14. RECELO
–Sasuke-kun, te noto muy activo esta noche –observó Fûka entre suspiros.
No me apetecía responderle, y me limité a besar y mordisquear su cuerpo. Descendí hasta su ombligo e inicié un fino camino de soplidos hasta llegar más abajo. Vi su piel erizándose y su espalda se curvó.
–Hazlo, por favor –me suplicó débilmente.
Mi lengua contorneó su clítoris y la oí gemir. Acto seguido, me deslicé hacia su centro, ya enrojecido y dilatado por todas las veces que la había penetrado antes. Quería comprobar una vez más algo que no terminaba de tranquilizarme. Me sumergí en sus adentros, dando círculos lentos durante un rato, y succionando a través de chupetones durante otro rato.
–Sasuke-kun…, se siente demasiado… bien –suspiró mi senpai.
Pero por más que la saboreaba, por más que cabalgaba con mis dedos dentro de ella, la sensación no era lo que había esperado. No me estaba excitando igual que siempre.
El sexo y la lucha eran las únicas cosas que ponían un poco de emoción a mi vida. No comprendía por qué me estaba empezando a aburrir.
Miré hacia abajo; a pesar de todo, mi miembro estaba eréctil. No quise esperar mucho más, y me apresuré en penetrar a Fûka con brío. A los pocos minutos, la cambié de posición, logrando girarla sin necesidad de salirme de ella, y la invadí desde atrás. Hice que se arrodillara, con el cuerpo extendido hacia adelante, y agarré sus glúteos y la cacheteé, sin dejar de embestirla.
Nada.
Probé sentándola sobre mí.
Nada.
–Sasu… más fuerte, por favor –me imploró.
Obedecí únicamente porque quería acabar cuanto antes. Mi pene seguía duro, pero mis ganas me abandonaban por momentos. Quizás estuviera cansado. Aunque yo nunca me había cansado de aquello, menos si se trataba de Fûka.
La sentí derramarse sobre mi miembro a los pocos minutos y, haciendo algo más de esfuerzo de lo normal, la seguí yo.
Pero no fue tan satisfactorio como cabía esperarse.
–¿Te pasa algo, Sasuke-kun? Estás muy serio –me dijo la chica de la melena caoba, mirándome fijamente.
Me separé de ella y le di la espalda, buscando mis bóxers.
–¿Te vas ya? –inquirió, a pesar de que no le había contestado siquiera a la primera pregunta.
Al ver que permanecía en silencio, abrió el cajón de su mesita de noche y sacó un paquete de cigarrillos. Se encendió uno y, tras un par de caladas, la sentí aproximándose a mí por detrás. Me coloqué los pantalones, aún sentado, y giré la cabeza hacia ella cuando percibí que se echaba sobre mi espalda. Dio otra calada, mientras me miraba de cerca con una estudiada sensualidad.
–¿Me ayudas a terminarlo? –me sugirió, soltando el humo en mi cara.
El olor a tabaco inundó mis fosas nasales. Ella no esperó a que le respondiera y colocó el cigarrillo en mi boca. Di una sola calada y dejé escapar el humo entre mis labios.
–¿A que es divertido, Sasuke-kun? –dijo con voz infantil, sonriéndome.
No hay nada de divertido aquí.
Me separé de ella sin mucho esfuerzo y me levanté en busca de mi camiseta. El tabaco no me seducía, ni ningún tipo de vicio en general. A excepción de lo que la sociedad consideraba «drogas de verdad», ya había probado todo con Fûka, simplemente porque a ella le entretenía y yo lo único que había querido siempre era follármela tranquilo. Nunca me había importado ceder en ese aspecto, pero aquel día, por alguna razón, no me encontraba de humor para algo así.
Ella no dijo nada mientras terminaba de recoger mis cosas, pero cuando abrí la puerta para marcharme, sentí sus ojos taladrándome desde la distancia. Llegué a oír el rumor de otra calada desdeñando desde su garganta, y me marché.
Esa pedazo de coñazo pelo-chicle….
Desde que había tenido aquel sueño en Isshiki, no encontraba la forma de comportarme como quería.
¿Por qué había soñado con Sakura el día antes de volver a Tokio?
Aunque no de su hermana, había conseguido mantenerme alejado de ella desde la noche en que había discutido con Hinata. No podía ni quería reconocerme a mí mismo por qué había actuado de esa manera. En cierto modo, ahora estaba haciendo lo que la Hyûga me había suplicado aquella noche.
Pero no.
En el fondo, no.
No estaba siendo sincero conmigo mismo cuando me negaba que, en aquel sueño, el sabor de Sakura era mucho más dulce, mucho más tierno, mucho más delicioso que el de Fûka. O cuando me negaba que ansiaba volver a tener esa boca llena entre mis labios. O cuando me negaba que quería que repitiera mi nombre, con y sin el –kun, y me dijera que yo no era tóxico, ni veneno, ni demonio.
Cerré los ojos con fuerza, deteniéndome en mitad del camino. No me había dado cuenta de que ya era noche cerrada; el sonido de las cigarras tañendo se me antojó por un instante turbador. Transcurrieron algunos minutos, hasta que opté por ir a un lugar que hacía tiempo no pisaba. Donde había conocido a Fûka.
Quedaba cerca de Shinjuku, en una plazoleta detrás de un centro comercial. La gente que iba por allí tenía el cuerpo plagado de piercings y, en cada centímetro de piel, tatuajes. Al final, yo solo había acabado sucumbiendo a uno y a uno, pero era suficiente para recordarme que no pertenecía del todo ni a ellos ni a lo que cargaba conmigo a rastras. Además, como ya he explicado otras veces, ni el alcohol ni los estupefacientes ni la hierba me interesaban, así que supongo que no me podía considerar parte de ellos ni en un cincuenta por ciento.
Sencillamente, me entretenían de vez en cuando.
–¡Pero si es Sasuke-kun! –reconocí entre la multitud una voz burlona que me aludía.
Identifiqué, no muy lejos, el cabello gris plateado y la figura fibrosa de Suigetsu. Me sonreía con aquellos dientes picudos y afilados suyos, de un modo satírico. Sus ojos saltones, de grandes párpados, me examinaron de pies a cabeza mientras me acercaba.
–¿Cómo tú por aquí? –me preguntó.
Observé detenidamente quiénes acompañaban a aquel tocapelotas. A su izquierda había un tipo muy alto y fornido, con un destacado pelo rebelde de color naranja zanahoria. A su derecha, para mi sorpresa, reconocí otra figura: Karin.
–¿Desde cuándo te juntas con esta plebe? –me dirigí directamente a ella, ignorando la pregunta de Suigetsu.
El capullo del pelo plata soltó un gruñido bajo.
–¡Oye, Uchiha, te estoy hablando! –protestó.
Pero yo observaba únicamente a Karin. Ella agachó un poco más la cabeza y el brillo de sus gafas ocultó su expresión. Estaba avergonzada de que yo le hubiera pillado allí.
–¿Eres Sasuke Uchiha? –inquirió otra voz.
Aparté la mirada de la pelirroja y miré al chico sentado al otro lado de Suigetsu. Debía de tener unos cuantos años más que nosotros.
–He oído hablar cosas sobre ti –continuó, pese a que yo no le había confirmado mi identidad–. Tu padre es concejal del Ministerio de Defensa, pero antes ha pertenecido al cuerpo de inteligencia militar del Estado, ¿cierto? Tu apellido tiene un linaje ancestral de guerreros que luchaban al servicio del shogun, pero con su caída debieron resignarse a la vergüenza de abandonar sus armas y adaptarse a las normas del nuevo emperador. Lástima que, durante la Segunda Guerra Mundial, se os fuera un poco de las manos… Tu abuelo debe de ser un hombre persistente.
Esbocé una media sonrisa colmada de frialdad.
–Vaya, conoces la vida de mi familia mejor que yo –espeté con ironía.
–Sí, pero también conozco cosas exclusivamente tuyas… Y me preguntó qué piensa la familia Uchiha, al ver que el menor de sus herederos ha adquirido la misma sangre de renegado que su madre.
Tan pronto como lo dijo, mis manos volaron al cuello de su camiseta. Aunque era vigoroso y pesado, los músculos de mis brazos fueron capaces de elevarlo de donde estaba sentado. Apreté instintivamente la ropa alrededor de su garganta, sin ningún temor a que dejara de respirar de un momento a otro.
–¡Sasuke, para! Le vas a asfixiar –me suplicó Suigetsu.
Tanto él como Karin se habían levantado y me miraban desde una prudente distancia, sin atreverse a dar un paso más. La preocupación hacia su amigo era casi tan alta como el miedo que me tenían.
–Jûgo, tío, déjalo estar, te va a matar –le advirtió el de la cara de tiburón al musculitos, con una nota de alarma en la voz.
Pero el gilipollas de los pelos naranjas se echó a reír: entrecortadamente por la opresión que mis manos ejercían contra su cuello. Su rostro se había enrojecido, repleto de venas hinchadas.
–Adelante…, deja otra mancha más en tu familia… deshónrala… que vean que eres capaz de esto y más… –logró decir forzosamente.
Entorné los ojos.
Deseé en mis adentros acabar con él y silenciar aquella boca asquerosa, que solo soltaba mierda. Aunque poco me importaba lo que decía, me tocaba demasiado los huevos que siguiera desafiándome. No le conocía en absoluto, pero ya venía con los cables cruzados de antes y sus palabras habían sido la guinda que había desbordado mi paciencia.
Sin embargo, di un rápido rodeo con la mirada y vi que todo el mundo nos estaba mirando. Quizás fue mi pereza ante la idea de continuar formando un escándalo, decidí soltarle finalmente. Suigetsu lo agarró de forma automática, mientras el tipo de pelo naranja intentaba recuperar la respiración entre jadeos y toses.
Suspiré, intentando calmar la intempestiva ira que se había apoderado de mi cuerpo.
–Sasuke, te has pasado –me recriminó el capullo de la melenita plateada.
No le contesté.
Les di la espalda y me dispuse a alejarme de allí. La muchedumbre me miraba absorta: entre horrorizada y fascinada. Sabía perfectamente que, para aquellos frikis, lo que acababan de presenciar incrementaba sus gustos por lo sadomasoquista. Eran yonquis del terror, y todo lo que estimulara un poco de adrenalina en sus cuerpos, aunque les inquietara, les volvía locos. Sería la comidilla de la plaza durante una semana, por lo menos.
Era mejor no aparecerme por allí en un tiempo.
Cuando conseguí dejar aquella plazoleta atrás, me detuve en seco. Había notado aquellos pasos siguiéndome desde el principio, pero había querido que estuviéramos lo suficiente alejados como para charlar tranquilamente.
–¿Qué estabas haciendo allí, Karin?
La pelirroja dio un respingo cuando me volví para encararla. Vaciló algunos segundos.
–Yo… bueno… Suigetsu me dijo que ibas allí a veces –susurró.
La miré largamente.
–No deberías rondar sitios como esos.
–¡Pero quería verte!
Se dio cuenta de lo que había dicho, y desvió la mirada y se sonrojó.
–Hace tiempo que no voy por allí. Ha sido solo hoy, por casualidad. No tenía nada que hacer –confesé.
Karin me volvió a mirar. De nuevo, dudó antes de hablar, aunque ya intuía qué era lo que iba a proponerme.
–Podemos… podemos ir a tomar una tontería, si quieres. Tal vez en un karaoke….
Una idea resplandeció inmediatamente en mi cabeza.
–Ya tengo algo en mente –le dije a Karin.
No esperé su respuesta, y eché a andar hacia mi destino.
Karin me acompañó en silencio por las calles de Shinjuku. Eran las diez de la noche y, para acortar un poco el recorrido, cogimos el metro para llegar hasta Shibuya. En realidad, no estaba completamente seguro de que fuera a encontrar lo que quería, pero si tenía en cuenta lo que habíamos gastado todos durante los días de vacaciones en la playa de Kiba, las probabilidades aumentaban.
Bajamos en Yoyogi y nos encaminamos hacia el centro del distrito, atravesando el parque. Aquella noche de verano, las calles estaban a rebosar de gente y las luces de los locales parecían brillar más que nunca.
Seguramente esté allí.
Nos detuvimos finalmente frente a un edificio con puertas automáticas de cristal y un letrero de luces rojas que rezaba: «Karaoke».
–¿Al final querías hacer esto, Sasuke-kun? –me preguntó Karin, contemplando detenidamente el local–. Aunque podríamos habernos quedado en Shinjuku; allí ya hay muchos karaokes. ¿Por qué has querido venir hasta aquí?
Y entonces la encontré.
La mesa de recepción podía verse desde fuera, así como todas las personas que se acercaban a ella. Y detrás de la imagen de una parejita que acababa de entrar, estaba ella.
Llevaba una bandeja vacía bajo el brazo y parecía hablar con el recepcionista sobre unos papeles que tenía en la mano. Iba vestida con el uniforme color caqui y el pañuelo en la cabeza, ocultando torpemente su vistosa media melena rosácea.
–¿Esa es Sakura Haruno? ¿Trabaja aquí? –me preguntó Karin. Hizo una pausa, esperando una respuesta por mi parte. Al ver que no llegaba, continuó–: ¿Necesitas decirle algo, Sasuke-kun?
Parpadeé, despertando de mi distracción. Sopesé la última pregunta de la pelirroja.
¿Necesitaba decirle algo a Sakura?
En realidad, ¿qué estaba haciendo allí?
No podía verla ni debía: en primer lugar, porque trabajaba; en segundo lugar, porque no tenía motivos para haber ido a buscarla. No entendía por qué mis pies me habían llevado hasta allí, ni tampoco qué hacía dando vueltas sin rumbo por la calle a esas horas.
De nuevo, empezaba a perder el control sobre mí mismo.
–Bueno, ¿vamos a entrar o…? –Karin prosiguió preguntando, al ver que yo no reaccionaba.
Reflexioné un par de segundos más y, finalmente, di media vuelta.
–Entra tú, si quieres. Yo me largo a casa –repuse fríamente.
La pelirroja arqueó una ceja y me miró estupefacta.
–Pero, Sasuke-kun….
Solté un resoplido y, en el momento en que me giraba para repetirle lo mismo, me detuve en una figura que pasaba a mi lado. Observé la barriga prominente y el espeso bigote destacando en medio de su cara rechoncha. Él no me miró, pero estaba seguro de haberle visto antes, en alguna parte.
Le seguí con la mirada, y vi que se volvía un instante hacia Karin y que la saludaba tocándose el sombrero, lo que provocó que ella se sonrojara otra vez.
¿Quién lleva sombrero por la noche?
Me quedé mirándole fijamente, pero aquel tipo se perdió de mi campo de visión, una vez entró en el karaoke donde trabajaba Sakura.
–¿Lo conoces, Sasuke-kun?
Bajé la mirada hacia Karin.
–Haces demasiadas preguntas –me limité a contestar.
No alegué nada más, a pesar de sus refunfuños, y retomé mi camino de vuelta a casa, con ella pisándome los talones.
¿De qué me suena ese tío?
Y una hora más tarde, cuando ya me había deshecho de la pelirroja y tocaba la puerta de mi casa, la respuesta acudió a mi mente como un destello.
Aquel era el tipo de la agencia escort; el que había intentado engañar a Sakura para llevársela y prostituirla, varias semanas atrás.
Las vacaciones de verano terminaron algunos días más tarde.
Las clases dieron comienzo con un trivial ambiente de alumnos que charlaban sobre los costosos viajes que habían hecho en las últimas semanas. Y yo llegué a mi aula con el mismo sentimiento de aburrimiento de siempre; sin embargo, di un rodeo con la mirada.
Sakura no había llegado todavía.
–¡Teme! –irrumpió la voz de Naruto en la calma de la estancia.
Me giré y lo vi precipitándose sobre mí con entusiasmo.
–¿Qué haces aquí, dobe? Esta no es tu clase –le gruñí.
Me sonrió muy cerca de mi cara, enseñándome todos sus dientes a la perfección.
–En serio, no sé cómo puede haber chicas detrás de ti… –me zafé de su contacto con cierta brusquedad.
–¡Déjate de refunfuños, que pareces un viejo, idiota!
Me propinó un manotazo en la espalda y me volví automáticamente, dispuesto a devolvérsela. Pero me abstuve de ser el nuevo cotilleo de Segundo.
–¿Dónde estuviste ayer? –prosiguió el imbécil, al comprobar que me detenía–. Estuve llamándote todo el día, me he enterado de que viene alguien nuevo al instituto.
–¿Y a mí qué coño me importa eso?
Le di la espalda y me encaminé a mi asiento, pero él me siguió de cerca.
–Dicen que entrenaba en el dôjo de tu abuelo y que su familia tiene antepasados ninja, como la tuya –continuó con aquella estúpida nota de emoción en la voz–. ¿Puede ser que le conozcas?
–Ni idea. Probablemente no. Yo no hablaba con el resto de los alumnos de mi abuelo; es más, rara vez entrenaba con ellos.
–Lo mismo se apunta al Club de Kárate con nosotros. ¿Y si es una chica? –los ojos de Naruto se iluminaron, recreándose por un momento en a saber qué imágenes guarras de su cabeza.
–Capullo, ¿a ti no te gustaba Hinata?
Guardó silencio y me miró con una repentina sorpresa.
–Te noto raro, teme.
–¿Raro por qué? –levanté una ceja.
–Nunca me haces ese tipo de planteamientos.
–¿De qué planteamientos hablas?
–No sé, es como si quisieras decirme que le debo ser fiel a Hinata-chan. Quiero decir, estoy de acuerdo con que a quien le debo lealtad y fidelidad es a ella, puesto que la quiero, pero es muy extraño que tú me lo recuerdes.
Callé unos segundos y comencé a colocar mis cosas sobre la mesa.
–Ah, sí, es raro –afirmé secamente.
El imbécil rubio fue a preguntarme algo más, pero no tuvo tiempo.
–¡Naruto-kun! –le llamó de repente una voz.
Ambos levantamos la mirada y encontramos a Hinata apostada en la puerta, con una expresión tímida.
–Menos mal que el gilipollas de Neji aún no está aquí –musitó Naruto–. ¡Ya voy, Hinata-chan!
–¿Qué te pasa con Neji? –pregunté con cierta curiosidad.
–Nos tenemos un asco mutuo, pero ya te contaré después. Me piro, teme.
Pegó un brinco y acudió hasta la Hyûga como un perrito faldero.
Sakura entró justo después, cuando aquellos dos tortolitos se marcharon. La observé largamente. El leve bronceado que había adquirido durante las vacaciones, de un tono melocotón, prácticamente se le había quitado. Volvía a llevar el uniforme del instituto como nadie lo llevaba: igual que una puritana. Su amiga Hinata debería haberle dicho que la falda ya no se llevaba a la altura de la rodilla.
Recordé entonces el cuerpo que le había descubierto en la playa, con aquel inolvidable bikini verde esmeralda, y el sueño que había tenido con ella solo unos días después, en un templo de Isshiki que ni siquiera sabía si existía…. Mis ojos bajaron automáticamente hasta donde se suponía que estaba su entrepierna. Tuve que obligarme a no mirar más. Las temperaturas habían descendido en general en el ambiente, pero a mí me embargaba un calor que no me convenía sentir en ese momento.
Al pasar a mi lado, fingió no verme, pero ya me había dado cuenta de que me había mirado por el rabillo del ojo. Se estaba haciendo la dura, como siempre. Llevábamos sin vernos desde el viaje a Isshiki y, suponía, las semanas siguientes se habría acostumbrado a estar lejos de mi presencia. Pero…
¿Alguna vez habría tenido ella un sueño como el que yo tuve en Isshiki?
Volví a mirarla. El reflejo del sol impactando contra la ventana hacía resplandecer su pelo rosado. La observé colocando todas sus cosas sobre el pupitre, de forma un poco más desordenada que yo. Un lápiz fue a parar al suelo y, en el momento en que lo recogió, me devolvió la mirada.
–¿Quieres dejar de hacer eso, por favor? –masculló.
–¿De qué hablas?
–No me mires –me gruñó.
–No sabía que tuviera prohibido mirar la ventana, solo porque estás tú en medio.
Mi comentario provocó que me lanzara una mirada cargada de desdén. Pero de poco me importaba. Su rabia me divertía demasiado.
Se volvió hacia el frente en su mesa e intentó distraerse hablando con el rarito de las gafas, Shino. Aun así, no dejé de mirarla. Sabía que podía sentir mis ojos sobre ella. Aunque era normal que la molestara, no comprendía por qué aquella vez le costaba tanto ignorarme. Sus orejas estaban coloradas.
Eres tan pequeña...
Al poco rato, Kakashi entró en el aula. El silencio se hizo de forma inminente entre los presentes y, cuando me aventuré a mirar al frente, entendí qué los había acallado. La presencia del profesor no era algo que intimidara a la mayoría; de hecho, nadie estaba intimidado. Era otra cosa lo que había atraído una honda curiosidad a la clase.
Junto a Kakashi, había un chico alto y delgado. Tenía el pelo muy oscuro, pero, a diferencia del mío, el suyo era más corto y lacio. Su piel era de una blancura que daba miedo, a pesar de que yo siempre me había considerado de tez pálida, y la expresión de su rostro era casi tan mustia como su pelo. Gozaba de rasgos finos y, en realidad, se podía encontrar un cierto atractivo en la curva de sus labios y la forma de sus pómulos; sin embargo, se mantenía tan serio, tan flemático, que más parecía una estatua de mármol a un estudiante de Bachillerato.
Bueno, podía entenderle. No había razón por la que echarse a reír ahora.
–¡Buenos días a todos! Como veis, la entrada de este segundo cuatrimestre nos ha traído a un compañero nuevo. Chicos, os presento a Sai Shimura –anunció Kakashi.
En murmullos, algunas chicas a mi alrededor expresaron sentimientos contradictorios hacia el chico nuevo.
–Os pido que cuidéis bien de él y que, en la medida de lo posible, todos le ayudemos a integrarse en nuestro instituto –continuó el profesor del parche en el ojo. Hizo una pausa y dio una mirada en derredor–. Vaya, hoy Minamoto-san no ha venido, así que… ¡Ah, lo había olvidado! –cuadró los hombros y se aclaró la garganta–. Kobayashi-san sufrió un accidente la semana pasada. Está bien, pero se ha hecho un esguince, de modo que no podrá asistir a clases estos días –clavó la mirada en mi fila–. Sai-san necesitaría a alguien que le guíe y le enseñe el instituto estos días. Si no le supone un problema, dado a que sé lo responsable que es y el buen trato que ofrece siempre a sus compañeros, ¿le importaría ser usted quien lo hiciera, Haruno-san?
Sakura abrió mucho los ojos.
–C-claro –respondió un poco azorada.
La rojez de sus mejillas se había intensificado. Enarqué una ceja.
¿Qué leches te pasa?
–¿Le parece bien, Sai-san? –le preguntó Kakashi.
–Como usted me diga, profesor Kakashi –asintió el aludido.
Alcancé a escuchar nuevos comentarios de las chicas que me rodeaban.
¡Qué voz tan bonita tiene!
Sí, pero es como si su cara no tuviera ninguna emoción… ¡Me da miedo!
Es muy guapo, pero también un poco escalofriante.
Y volví a mirar a Sakura. ¿Qué pensaría ella? Le había tocado sustituir al delegado y a la subdelegada en la tarea de hacer de lazarillo para aquel Casper. Eso significaba que pasaría tiempo con él. Tiempo a solas.
Si yo hubiera sido aquel chico, ¿ella habría aceptado tan fácilmente ser mi guía?
Sacudí la cabeza, recordándome que estaba pensando de más en una chica, y no una cualquiera, sino en una friki antipática y frígida. No entendía por qué me inquietaba. No había razón para inquietarse.
Mejor no tener nada que ver con ella.
Kakashi le indicó al nuevo que su asiento quedaba dos por delante del mío. Contemplé el cuello de aquel chico extraño; era verdaderamente blanco. Recordé de pronto lo que Naruto me había comentado solo unos minutos antes. ¿Sería ese el chico que había entrenado con mi abuelo, en el mismo dôjo, bajo las mismas técnicas que las mías? Entorné los ojos.
No me sonaba en absoluto, así que contemplé la posibilidad de que perteneciera a los ANBU, un grupo especial que preparaba a jóvenes para el espionaje. No eran directamente el alumnado de mi abuelo Madara, pero entrenaban en su dôjo a petición del Gobierno, el cual les hacía firmar un acuerdo de confidencialidad que nadie se atrevía a quebrantar. Muchos de los que se formaban en los ANBU eran huérfanos, aunque Itachi había sido parte de ellos durante la adolescencia.
Quizás conociera a aquel chico.
Aun así, me resultaba extraño. Salvo mi hermano, que había contado siempre con cierto privilegio por su apellido, los ANBU recibían clases particulares; no podían asistir a la escuela, ni pública ni privada. Y también era raro si el caso se trataba de que aquel chico había abandonado los ANBU; ni siquiera estaba seguro de que pudiera hacerse eso, salvo, como ya he dicho, con el asunto de Itachi.
Decidí descartar, por el momento, la idea de que fuera un futuro espía y opté por que se tratara solo de un alumno más de mi abuelo que no conocía o no recordaba. Últimamente tenía mala memoria para recordar a la gente.
Cuando acabó la clase de Kakashi, Sakura se acercó a hablar con él.
–Sai-san, ¿hoy traes comida? –le preguntó con voz dulce.
Sería impensable que se hubiera dirigido a mí de esa forma.
–Haruno-san, ¿verdad? No, pensaba ir a comprarla durante el descanso –respondió aquel leucocito con su tono apático.
–¡Perfecto! Entonces te llevaré a la cafetería y, de paso, te enseñaré el patio –sonrió la peli-rosa. Fue a regresar a su asiento, pero se detuvo y volvió a mirar al chico–. Por cierto, llámame solo Sakura. No necesitas usar tampoco –san conmigo.
Recordé inmediatamente lo que me dijo la primera vez que me había encontrado con ella en aquella aula: «Preferiría que me llamaras por mi apellido: Haruno. No te he concedido ni el permiso ni la confianza para que te dirijas a mí por mi nombre».
¿Por qué a él si le has dejado que te llame así y a mí me lo negaste?
A pesar de que los últimos meses me había comportado como un cabrón con ella, seguía sin entender por qué ya me profesaba un odio tan profundo antes de aquello, cuando ni siquiera la recordaba.
–De acuerdo, Sakura –respondió Sai, con una leve inclinación de cabeza.
Me obligué a mí mismo a dejar de mirar la escena. Igual que aquella noche en Isshiki, cuando había encarado a Hinata, no comprendía ni quería comprender qué impulsos me llevaban a observar tanto lo que Sakura hacía.
Estás perdiendo facultades. No te reconozco, capullo.
Durante la hora del almuerzo, fui a buscar comida a la cafetería. El Konohagakure era una edificación moderna en pleno centro de Tokio, rodeada de los rascacielos de las mayores empresas del país. Contaba con la mejor tecnología y las mejores instalaciones de todos los centros educativos de la ciudad, y su arquitectura vanguardista, con un inmenso tragaluz en lo más alto del edificio principal iluminando todos los pasillos centrales, había sido aclamada por ingenieros de fama internacional.
Pero la comida que servían en la cafetería…
Si algo fallaba, eran los cocineros de la cafetería. Por eso, detestaba tener que ir a comprar algo que comer allí. Para mi desgracia, aquel día me había levantado más tarde de lo normal y no había tenido tiempo de prepararme nada. Itachi tampoco había estado muy por la labor de dejarme ni la arrocera hecha.
Salí con cierta desgana de la cafetería, una vez pillé una Coca-Cola y un par de chuletas empanadas y troceadas (lo único apetecible en aquella área de comida precocinada). Karin venía pegada a mis espaldas, con su ordenador portátil entre los brazos como si fuera un bloc de notas. Me mantenía en silencio, aunque a ella no parecía molestarle. Pensé en que tal vez le bastaba con estar cerca de mí; últimamente era muy normal tenerla pisándome los talones.
Cuando alcanzamos la techumbre que conectaba el edificio de la cafetería con el de las aulas, me detuve en seco. Identifiqué al vuelo la figura de Sakura, fuera, sentada sobre un banco. Y, al lado de ella, el paliducho de Sai.
–Sasuke-kun, ¿pasa algo? –preguntó Karin, acercándose un poco más a mí.
No contesté a la pelirroja y les observé a ellos en silencio. Desde donde nos encontrábamos, dudaba que aquellos dos pudieran vernos.
Es verdad. Dijeron que comerían juntos.
–¿Qué te has comprado al final, Sai? –¿La pelo-chicle ya le llama solo por su nombre?
Casper sacó de su cartera un bocadillo de yakisoba.
–¿Te gustan los fideos en pan? Tengo un amigo que adora los fideos, sobre todo, si se hacen con ramen –continuó Sakura.
Como si con sus palabras le hubiera invocado, Naruto apareció por el otro lado. Venía acompañado, a su vez, del cejotas de Lee y, un poco más alejada, Ino. Contemplé a esta última con detenimiento. Desde lo que había ocurrido en la playa, no habíamos vuelto a hablar; es más, estaba más distante que nunca conmigo. Ya apenas la pillaba mirándome de soslayo y, si lo hacía, lo único que encontraba en sus ojos celestes era un profundo resentimiento hacia mí.
Pero prefería que fuera de ese modo a lo que ella había esperado aquel día en la playa.
–¡Hola, chicos! ¿Habéis venido a comer con nosotros? –les saludó Sakura.
–Sí, aunque… estaba buscando a Hinata-chan –repuso Naruto, dando un rodeo con la mirada.
–Vendrá un poco más tarde. Me ha dicho que quería hablar con Kiba sobre una tarea de clase.
–Ah, ya, esa tarea… –el imbécil rubio hizo un mohín sutil.
Qué ridículo eres, dobe… Contén un poco esos celos o los descubrirá todo el mundo.
–Por cierto, os presento a Sai. Acaba de llegar al instituto –dijo Sakura, desviando el tema.
–¡Ah, tú eres el chico nuevo! He oído hablar de ti. Entrenas en el dôjo del abuelo del teme, ¿a que sí? Debes de ser tan bueno como él luchando –exclamó Naruto, cambiando súbitamente de humor.
Fruncí el ceño. Ni que entrenar en el dôjo de mi abuelo significara igualarse a mí.
–¿Quién es el teme? –inquirió Sai con su voz inanimada.
–Sasuke Uchiha –intervino Rock Lee, y me pareció como si escupiera mi nombre–. Pero, vaya, creo que es más la fama que tiene que lo que es capaz de hacer en realidad. Su hermano es el profesor de Educación Física y sustituye a veces al entrenador Asuma en el Club de Kárate, así que le hace protagonizar muchos de los ejercicios que nos enseña.
Chasqueé la lengua. ¿Es que acaso se habían puesto todos de acuerdo para tocarme las pelotas?
–Me han hablado de él –comentó quedamente Sai; sin embargo, no añadió nada más y tampoco respondió a las presuposiciones de Naruto.
Entorné los ojos. Quizás fuera verdad que había entrenado con mi abuelo.
El grupito se presentó uno por uno, y luego intercambiaron algunas palabras más que carecían de importancia para mí. Me fijé en que las mejillas de Ino adquirían un ligero rubor cuando miraba a Sai, pero esperaba que no lo estuviera comparando internamente conmigo.
Estaba dispuesto a reemprender mi camino cuando, sin pensarlo mucho, eché un vistazo a Sakura. La vi abriendo su mochila, en ademán de buscar su almuerzo, y de pronto su rostro compuso una expresión de horror, como si acabara de pasarle una cucaracha por la mano.
–No puede ser… –murmuró.
–¿Qué pasa, Sakura-chan? –preguntó Naruto con curiosidad.
–Mi… mi… –la conmoción no le permitía articular palabra.
Introdujo una mano en la mochila y lentamente sacó una fiambrera. Estaba completamente cubierta de nattô, una soja fermentada muy pegajosa; parecía que alguien había tirado un kilo entero de aquella masa viscosa dentro de su mochila. Por lo que había escuchado durante las vacaciones en Isshiki, Sakura odiaba el nattô. Y yo también.
–¿Quién te ha hecho eso? –saltó el imbécil rubio, alarmado.
–¡Han sido esas cabronas otra vez, seguro! Te juro que voy a encontrarlas, les haré pagar por esto, Sakura-chan –dijo el cejotas moreno, con una exagerada expresión de cólera.
Al parecer, las acosadoras de mis fans seguían dando la lata.
Sai abrió su cartera y extrajo un paquete de toallitas.
–Toma, Sakura.
–Ah, muchas gracias, Sai. Espero que con esto salga bien esta… asquerosidad… inmunda… maloliente.
Observé detenidamente a Sakura limpiando furiosa su bentô y el interior de su mochila, componiendo muecas de asco cada vez que sus manos rozaban el nattô. Sai la miraba en silencio, ayudándola a mantener la mochila abierta para que pudiera retirar los restos de la masa con facilidad.
También él le había llamado tranquilamente por su nombre.
–Me pregunto si son algunas chicas en concreto las que están causándole todos estos problemas a Sakura, o si son todas en general –la voz de Karin atrajo inmediatamente mi atención.
La miré durante unos segundos, pero ella no fue capaz de mantener el contacto visual y se sonrojó. Solté un resoplido.
–Qué más da. No es asunto mío.
No quise dar más explicaciones; ni siquiera me apetecía continuar con aquel asunto. Sintiéndome repentinamente estúpido por haber escuchado a aquellos idiotas a hurtadillas, decidí continuar con mi camino hacia el edificio principal. Fue entonces cuando todos se percataron de mi presencia.
–¡Ah, teme, estás ahí! ¡Ven! ¡Aquí está el chico nuevo del que te hablé esta mañana! –me llamó el capullo de Naruto desde la distancia.
Sin embargo, hice caso omiso a su invitación. Mis ojos intentaron eludir la figura de Sakura, que ya la buscaban de forma casi instintiva. En lugar de eso, toparon con el rostro inexpresivo de Sai.
Sus ojos eran tan negros como los míos. En cierto modo, éramos del mismo estilo: serios, reservados, aunque quizás él fuera algo más simpático. A mí de poco me interesaba; tenía otros fines en mi vida. No obstante, cuando nuestras miradas se cruzaron, noté un ligero matiz de molestia en sus pupilas. Y estaba seguro de que no era, ni mucho menos, por la peli-rosa que tenía a su lado.
–Sasuke-kun –los labios de Sakura trazaron las letras de mi nombre en un susurro.
Aunque fue muy sutil, Sai entrecerró los ojos.
Pero opté por no responder a nada. Corté el contacto visual y me interné en el edificio, dejando a aquel grupito de bobos atrás. Le pedí a Karin que se fuera con Suigetsu; por alguna razón, sentía unas ganas urgentes de quedarme solo. Ella no rechistó, a pesar de que su mirada me decía lo contrario, y cuando se largó subí las escaleras hasta la última planta. Allí arriba, había una pista de baloncesto que nadie usaba durante la hora del descanso. Era un sitio donde me gustaba estar: las vistas a los rascacielos, que se apreciaban nítidamente a través de la red metálica, eran preciosas.
Necesitaba calmarme y comer relajado si quería evitar partir alguna pared del instituto. No podía entenderlo, pero me sentía furioso. Y cada día era más consciente de ello. Aquella pelo-chicle presuntuosa me estaba debilitando.
Era más vulnerable, porque se trataba de ella.
Solamente ella.
Uno de los presentimientos que todos habíamos tenido con la llegada del paliducho de Sai, afortunadamente, falló. No se apuntó al Club de Kárate, pese a que Naruto estuvo convencido desde el principio.
–¡El Club de Arte! ¿Te lo puedes creer? –me repitió continuamente, cuando vino en mi busca al vestuario, después del entrenamiento.
–¿Hoy no te ha esperado la Ojitos Perla? –me burlé, cambiándole de tema.
–Calla..., su puñetero primo se me ha adelantado –su expresión malhumorada se acentuó.
–Creía que yo era el único que no soportaba a ese cabronazo.
Me adelanté a la salida, echándome la cartera al hombro, y el imbécil rubio siguió mis pasos.
–Verás..., Neji no me caía mal antes. Siempre me había parecido un poco subidito, pero estoy acostumbrado a ti, así que no le daba importancia –fruncí el ceño ante aquel ataque gratuito. Hizo una breve pausa y vaciló un poco antes de continuar–: Puede ser... remotamente... que a Hinata-chan le guste yo.
Rodé los ojos.
–¿Remotamente?
–Bueno, no quiero adelantarme a nada, pero en Isshiki... ¿cómo decirlo?... nos besamos.
Arqueé las cejas, mirándole sorprendido.
–Es más, fue... ella –sus mejillas señaladas se ruborizaron y compuso una expresión de atontado, como si fuera un niño al que acaban de acariciar la cabeza.
–¿Ella te besó? –me parecía increíble que la Hyûga hubiera sido capaz de dar un paso así por su cuenta.
–Sí, fue de repente... y me puse tan nervioso que no supe bien cómo reaccionar –explicó el dobe–. Luego nos encontramos con el gilipollas de su primo y todo se arruinó. Me humilló delante de ella y pensé que Hinata-chan no querría volver a acercarse más a mí. Fue gracias a que me equivoqué y ella insistió en seguir viéndonos, la razón por la que no le partí los piños a ese miserable.
–Yo se los hubiera partido igualmente –dejé escapar un suspiro de pesadez–. Imagino que no os habéis vuelto a besar.
Su cara se tornó de un rojo granate y me miró como si acabara de escupir fuego por la boca.
–¡Pero lo haremos! –me replicó, haciéndose el gallito.
–Pues no sé a qué estás esperando. Deberías haberle metido la lengua hasta la campanilla al momento de volver a verla después de esa vez. Es más, deberías haberla retenido y habértela follado esa vez.
–Joder, teme..., ¿cuántas veces tengo que decirte que Hinata-chan no es una chica a la que me quiera follar?
–Sí, sí, ya... hacer el amor. Llámalo como prefieras: es sexo.
–¡Con ella sería más que sexo! ¡La quiero muchísimo, teme!
–¿Entonces? –me detuve y le miré fijamente–. ¿Por qué estás aquí conmigo ahora y no haciendo frente al cabrón de Neji para recuperarla? Si te basta con caminar a su lado, incluso cuando no os besáis, no te lo pienses dos veces. Ni siquiera tú harías algo así por otra chica.
Los chispeantes ojos azules de Naruto se abrieron de par en par, mirándome como si fuera la primera vez que me veían.
–Tú estás muy raro, en serio... –me soltó anonadado–, pero, de algún modo, me gusta más que seas así.
Me sonrió con aquella sonrisa suya de idiota: exhibiendo todos los dientes, con los ojos cerrados como un anciano. Puse los ojos en blanco de nuevo.
–Creo que seguiré tu consejo –añadió.
–Venga, ¿a qué esperas?
Se giró y, antes de marcharse, me miró.
–¡Gracias, teme! Ya te contaré mañana –dijo, y echó a correr.
–No me interesa –repuse.
–¡Anda que no! ¡Con pelos y señales! –gritó el muy capullo desde la distancia, al tiempo que agitaba una mano en el aire.
Aquella segunda vez que nos separamos ese día fue un poco menos incómoda. Al menos había un buen motivo –y no andar con un zombi y una friki como eran ese Sai y Sakura– y, en aquella ocasión, me era imposible no comprenderle. Detestaba a Neji por lo altivo que era y porque, en el pasado, había sido uno de tantos necios que habían querido desafiarme. Ahora, su amigo Gaara suplía sus deseos y, al parecer, había adoptado la postura de dejar que fuera él quien me encarara.
Por lo menos, el gnomo pelirrojo tiene más huevos que tú.
No comprendía cómo alguien como Neji Hyûga podía llevarse bien con Sakura.
Fruncí el ceño. Al recordarla, sentí una tremenda curiosidad por saber si aquella tarde también se vería con el nuevo. En el entrenamiento del club apenas había podido fijarme en ella; Asuma se había puesto muy exigente porque se acercaba el campeonato de noviembre.
Por un momento, me planteé la cuestión de si ambos se entendían porque, al parecer, al Casper le gustaba pintar y ella ya llevaba el pelo de un color extravagante. Parecían tan distintos que me costaba encajar la imagen que había contemplado aquella mañana durante el descanso. Cuando Kakashi dijo que Sakura hiciera de su lazarillo por el instituto, nunca hubiera imaginado que ambos pudieran formar un ambiente tan natural y agradable con tan poco tiempo de conocerse.
Conmigo parecía imposible, desde luego.
Me volví hacia el lado opuesto por donde se había largado Naruto. Sentí de nuevo unos impulsos extraños de caminar en aquella dirección; Shibuya quedaba a solo un cuarto de hora andando. Dudé durante unos minutos, mirando a mi alrededor. Hacía rato que los estudiantes habían dejado el Konohagakure, y los clubes habían terminado ya sus prácticas, por lo que nadie había tenido motivos para quedarse por allí a esas horas.
¡Bah, al diablo con todo!
No me lo pensé más veces, mis pies echaron a andar en dirección a Shibuya. Pero, cuando alcancé el distrito y me dirigí hasta aquel establecimiento del intenso letrero en rojo, no supe muy bien qué hacer. Pensé que sería estúpido esperarla como un acosador, pero hubiera sido muy bochornoso para mí entrar y preguntar por ella.
Decidí inclinarme por la primera opción.
Me senté en el banco más cercano, sin comprender del todo con qué me quedaría conforme. ¿Me bastaría solo con verla pasar? ¿O necesitaría hablar con ella? En realidad, ¿qué coño quería?
Mírate, estás aquí: sentado en un banco frente a las puertas automáticas de un karaoke, sin saber siquiera si esa chica trabaja hoy o no; sin saber qué es lo que verdaderamente harás o dirás si la ves. ¿Qué estás haciendo, pedazo de gilipollas?
Esperé un rato, no sé cuánto. Quizás estuve allí cinco minutos o media hora, ni siquiera me atrevía a controlar el tiempo. Me avergonzaba la perspectiva de poder sentirme más patético de lo que ya me sentía.
Pero aquella vez, a través de las puertas automáticas, Sakura no se dejó ver en ningún momento.
Resistí unos minutos más y, finalmente, decidí que aquella situación era ya demasiado triste como para seguir insistiendo.
Me levanté del banco. Alcé la vista hacia el cielo y, tras comprobar que estaba atardeciendo, reemprendí mi camino de vuelta a casa. Tenía que ir a la estación de metro más cercana, ya que mi casa quedaba en la otra punta de la ciudad. Atravesé las concurridas calles de Shibuya intentando reprimir el sentimiento de desilusión que se había apoderado de mí.
Tal vez hoy ha decidido librar en el trabajo... Aunque no debería, porque es una pobretona.
Me reconcomía por dentro por haber repetido la tontería de ir a buscarla hasta donde trabajaba, igual que el otro día con Karin, y que, encima, no hubiera salido bien. Nunca antes se me había ocurrido hacer eso, mucho menos tratándose de una chica tan vulgar como Sakura. Tenía que poner remedio a aquel sinsentido.
Y anduve un poco más lamentándome en mis adentros hasta que, de pronto, algo llamó mi atención. Había sido una luz extraña, de una tonalidad que me resultaba familiar, y cuando giré la cabeza hacia el ventanal que había a solo un metro de mí, sentí una sacudida en el pecho.
Sakura llevaba su cabello rosa pastel recogido en una coleta corta; le había crecido un poco el pelo desde primavera. No vestía aquel uniforme caqui que más parecía un saco de patatas, sino un delantal marrón encima de una falda de tubo negra (que enseñaba, menos mal, un poco más de lo que mostraba con la del instituto) y una camisa de rayas verticales en tonos azules y parduscos. Tenía un bolígrafo y un cuadernillo sujetos a la cintura, y estaba recolocando unas sillas y sonriendo a un niño sentado con sus padres en la mesa más cercana.
Aparté un momento la mirada de ella y observé el sitio. Era una cafetería-restaurante de aspecto rústico: con plintos, paredes, sillas y mesas de madera, algunos sofás, el suelo de tarimas flotantes, lámparas poco ornamentadas y plantas de interior. La mayoría de las mesas estaban ocupadas y, desde allí, podía entrever una puerta al otro lado, que conectaba con lo que parecía una terraza.
Supongo que vi absurdo negarme a entrar si acababa de dar con mi objetivo, a pesar de que admitirlo era una tortura para mi orgullo. De todos modos, me apetecía un café.
–Buenas tardes, seño... –la sonrisa de bienvenida de Sakura se quedó paralizada en su rostro al reconocerme.
–Ah, buenas tardes –contesté con desgana.
No esperé a que ella me indicara mi mesa, me dirigí directamente a aquella terraza que había localizado desde afuera. Estaba cubierta por unos listones de madera y la rodeaba una pared rocosa, con focos de luz reducida, y plantas colgantes, algunas de ellas envueltas en una enredadera de bombillas. Aquel ambiente vintage (como lo llamaban los más resabidos) me recordaba al de las cafeterías que había visitado en Nueva York de niño.
Sakura dejó caer frente a mí con un estruendo la carta del menú, devolviéndome súbitamente al presente.
–¿Se puede saber qué narices buscas aquí? –inquirió entre dientes, intentando disimular la furia que la corroía.
Esbocé una media sonrisa.
–La tuya no, desde luego; es demasiado pequeña y afilada para mi gusto.
–Tu nariz es mucho más afila... –se detuvo al darse cuenta de que solo me estaba burlando de ella–. ¡Ag! Respóndeme: ¿por qué estás aquí?
–Estaba de paso y me han entrado ganas de tomar algo. No esperaba encontrarte aquí; pensaba que trabajabas en el karaoke.
–Trabajaba allí hasta hace unos días...
Guardó silencio y su rostro se contrajo ligeramente en una expresión extraña. La arruga que se formó en su frente me indicó que le había pasado algo. Pero ella se aclaró la garganta y cuadró los hombros antes de que pudiera preguntarle nada.
–Bueno, me toca ser tu camarera; te has sentado en el área que me corresponde atender. Aquí tienes el menú. Míralo y dime qué quieres, aunque es un poco tarde para que meriendes, ¿no te parece? Hay un restaurante muy bueno un par de locales más abajo...
–Si pretendes convencerme para que me vaya, olvídalo. Aquí se está bastante bien, aunque espero que no me traigas la comida toqueteada por esas manos tan descuidadas que me traes –señalé rápidamente con la mirada los padrastros levantados de sus uñas cortas y mordisqueadas.
La peli-rosa se ruborizó de pies a cabeza. Ocultó inmediatamente sus manos detrás del delantal y frunció el ceño.
–¿Qué quieres? –masculló.
–¿Por qué me tuteas? Deberías hablarme de usted: soy un cliente.
Me pareció oír que rechinaba los dientes.
–Muy bien. ¿Qué desea tomar, señor?
Casi me reí.
–Veo que trabajar como azafata de maid te ha dejado secuelas –continué mofándome, contemplando con gusto cómo torcía el gesto ante mi comentario–. Un capuchino estaría bien, gracias.
Se dio la vuelta con un cabreo que podía sentir hasta en los poros de mi piel, pero yo me quedé mirándole el culo mientras se marchaba. Con aquella falda tan estrecha era imposible no admirarlo. ¿Por qué puñetas no se vestía así más a menudo?
Mi móvil vibró en ese preciso momento. Lo encendí y descubrí que tenía varios mensajes pendientes.
Fûka: ¿Nos vemos hoy? Tengo ganas de jugar un ratito y estoy aquí en mi casa, muy solita...
Temari: Voy a cenar en el Hard Rock Café con algunos amigos, ¿vienes? Hay un hotel cerca, por si te apetece que se alargue la noche.
Megumi: Mi novio se acaba de ir con sus primos para hacer el Camino de Shikoku. Quiero verte, Sasuke-kun.
Cualquiera de aquellas invitaciones se me antojaban siempre interesantes, y normalmente solía inclinarme por la de Fûka, en primer lugar, y quizás Temari, después. Sin embargo, aquel día fueron lo que menos me apetecía leer en mi móvil.
Apagué el aparato y lo devolví a mi bolsillo, sin contestar ni un solo mensaje y quitándole la vibración. Levanté la mirada, por si acaso encontraba a Sakura revoloteando de aquí para allá con bandejas.
–Aquí tiene, señor –la irritación de su voz, cuando dejó repentinamente la taza de café delante de mí, me dio ganas de echarme a reír.
Me mantuve en silencio y toqué con un dedo la taza.
–Hmph, podría estar más caliente.
Mis palabras la enfurecieron aún más, y tuve que contenerme de nuevo para no desternillarme en su cara.
–Yo no hago el café aquí, lo siento –farfulló.
Hizo ademán de largarse, pero la detuve.
–Perdona, te has olvidado del azúcar.
Ella me miró un poco confusa.
–No, Sasuke, lo tienes ahí en la mesa –me contradijo.
–Es azúcar moreno lo que yo quiero, no blanco.
Chasqueó la lengua y rodó los ojos, pero me obedeció sin rechistar. Me quedé embobado otra vez con su culo balanceándose al ritmo de sus pasos, antes de que entrara en el interior de la cafetería. Creo que la picaba tanto porque era la forma más fácil de mirárselo sin que se diera cuenta. Estar sentado me daba un mejor ángulo de visión.
Regresó a los pocos minutos con un azucarero entre las manos.
–Ya está. ¿Contento?
Fue a largarse, pero la retuve una vez más.
–¿A dónde vas? Tienes que echarme el azúcar en el capuchino.
–¡¿Qué?! ¡Hazlo tú!
Un camarero se acercó a nosotros al escuchar la exclamación de Sakura.
–¿Sucede algo, Haruno-san?
Ella le miró con apuro.
–N-nada, encargado. Solo estaba... estaba...
–Bien –el hombre la cortó con severidad, y luego me miró a mí, sonriéndome con una forzada amabilidad–. Si hay algún problema, hágamelo saber y le atenderá otro camarero, ¿de acuerdo, señor?
–No se preocupe, está todo bien por ahora –respondí con otra sonrisa fingida.
El encargado asintió, hizo una leve inclinación con la cabeza y se alejó, no sin antes dar una advertencia con la mirada a Sakura.
–Vaya, te han regañado –dije desapasionadamente. Alcé la mirada hacia ella de nuevo y observé que mantenía la cabeza agachada por el bochorno–. ¿Qué? ¿Me pones el azúcar?
Vaciló antes de hablar. Sus manos se contrajeron sutilmente en puños.
–Sí –dijo finalmente, con voz sombría.
No quiso mirarme mientras abría el azucarero.
–¿Cuántos? –preguntó de forma seca.
–Uno.
Abrió mucho los ojos y me miró por fin.
–¿Me has hecho traerte el azúcar para una única cucharada? –musitó atónita.
–Es solo una, pero una muy preciada. No me gustan las cosas dulces.
Ella puso los ojos en blanco, pero echó solo una cucharada de azúcar moreno en mi capuchino, tal y como le pedí.
–¿Desea algo más, señor? –volvió a hablarme con ironía.
Le sonreí de medio lado con cinismo.
–De momento, espera a que me termine el café.
–Pues ojalá se te vaya para el otro lado –alcancé a oírle decir en un murmullo.
Dio media vuelta y regresó al interior de la cafetería.
Mientras me tomaba el capuchino, mis ojos la buscaron continuamente. No tenía ganas de reprimirme. Tenía derecho a mirar lo que quisiera, cuando quisiera, y yo quería mirarla a ella. Todo el rato.
Era entretenido observar a Sakura.
Siempre la había tenido por una chica torpe, pero allí, en su trabajo, de cara a los clientes parecía que lo tenía todo resuelto. Se movía incluso con gracia, con elegancia, al servir el té, el café, una copa de vino o una mísera soda. Sus brazos y sus manos eran capaces de llevar cuatro platos al mismo tiempo, y ni siquiera se le resbalaba un solo tenedor. Bastaba únicamente con que un cliente levantara la cabeza un poco para que ella acudiera a su mesa y tomara nota de qué sería lo siguiente que consumiría. Y siempre sonreía. A pesar de que sus pies no pararan de moverse, siempre estaba sonriendo.
Pero hubo un momento en que las cosas se salieron un poco de su control.
Un chico joven, con el pelo castaño y flequillo lacio, se levantó de una mesa cerca de donde yo estaba sentado. Se dirigía al interior de la cafetería, dispuesto a pagar la cuenta, cuando Sakura apareció con una bandeja que llevaba una jarra de limonada y algunos vasos. Ambos chocaron el uno contra el otro y la jarra se tambaleó peligrosamente; sin embargo, no sé cómo, la peli-rosa consiguió evitar que se cayera.
–¡Lo siento muchísimo! –se disculpó y se apresuró en dejar la bandeja cerca, en una mesa vacía. Rápidamente le dedicó al chico una inclinación, algo agitada–. Perdóneme por no haberle visto, señor.
Pero él le sonrió con amabilidad.
–No se preocupe, yo tampoco me había dado cuenta de que venía hacia aquí. Ha sido también culpa mía –dijo con voz suave. Hizo una pausa y miró a Sakura de un modo que me molestó, como si fuera la cosa más bella que había visto nunca–. Además, tengo que agradecer el buen servicio que me ha ofrecido. No todos los días me atiende tan bien una camarera tan... linda como usted.
Arqueé una ceja.
Pero ¿este es gilipollas? ¿Por qué le hablas con tanta cortesía? Es imposible que tengas más de veinte años, pagafantas.
Como esperaba, Sakura se ruborizó como una idiota.
–¡Qué va! Solo hago mi trabajo, señor. Muchísimas gracias –dijo tímidamente.
Él le dedicó una amplia sonrisa.
–Volveré por aquí solo para que me atienda otra vez. Gracias por todo –respondió mientras agitaba una mano y se marchaba.
Creo que aquella conversación hizo que la comida me sentara como el puto culo, porque al poco de terminarme el sándwich ya no tuve más ganas de probar nada. Ni siquiera de mirar a Sakura.
Me levanté sin decir nada y me acerqué al mostrador para pagar la cuenta.
–¿Ya te vas? –me preguntó la peli-rosa al encontrarme allí.
–Sí, la comida dejaba mucho que desear –contesté sin miramientos.
Detecté que la camarera que me estaba recogiendo el dinero se ponía un poco rígida, ofendida por mis palabras.
–Bien, me alegro de que no te haya gustado –Sakura me dedicó una estúpida sonrisa de victoria.
–No te emociones. No he probado los postres todavía –repuse mientras recogía la vuelta.
La sonrisa se congeló en su boca y, esta vez, quien sonrió fui yo. Me eché la cartera al hombro y salí de allí, dejando a Sakura reconcomida de ira. Iba a ser la primera vez en bastante tiempo que regresaría a casa sonriendo satisfecho.
Ahora sabía dónde trabajaba, y dudaba mucho que el rumor se extendiera enseguida en el instituto, por lo que podría ir allí durante algún tiempo. Aquel lugar me había transmitido una calma que no sentía desde hacía mucho, y tener la posibilidad de chinchar a Sakura cada vez que quisiera, sabiendo que no podría replicarme de vuelta, me llenaba de un placer casi mejor que el sexo que había tenido las últimas semanas.
No llamé a Fûka. Ni a Temari. Y, por supuesto, tampoco a Megumi.
Aquel día no me hizo falta. Mi nivel de diversión había alcanzado su límite y solamente tenía ganas de irme a descansar.
Sin embargo, una vez regresé a la calle, ya un cúmulo de luces artificiales y esquinas ensombrecidas por la noche, detecté algo que me desconcertó. Un poco más alejado, cruzando el paso de peatones, había un coche oscuro delante de aquella cafetería. Al principio, no le concedí ninguna importancia, pensando que era otro vehículo más de muchos aparcados por aquella zona. Pero cuando pasé al lado de él, percibí una sombra en su interior. Mis ojos buscaron automáticamente de lo que se trataba.
El chico de la melenita lacia y la sonrisa empalagosa aguardaba dentro del coche, con la mirada clavada en la cafetería que hacía un buen rato, se suponía, había dejado atrás.
¿Quién era ese tío?
