NOTAS DE AUTOR
¡Muy buenas, mis queridos lectores!
Perdonad por no haber actualizado hasta ahora, he estado más liada de lo que pensaba. De verdad, muchísimas gracias por todos esos comentarios que me habéis dejado, sobre todo, por ese de que debería tener 1000 reviews. Me ha hecho muy feliz que os hayáis tomado ese tiempo para mostrarme cuánto os está gustando mi fic. Y tengo buenas noticias: las cosas se ponen mucho más interesantes a partir de ahora.
Estaré esperando ilusionada las nuevas impresiones que me escribáis de este capítulo.
Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.
Sin más, dejo de poneros los dientes largos, ¡A DISFRUTAR!
15. ALARMA
–Sakura, despierta.
Identifiqué una voz familiar muy cerca de mi oído y di un respingo. Levanté la cabeza y descubrí a Shino mirándome fijamente, a través de sus redondas gafas negras.
–¿Me he quedado dormida? –inquirí, repentinamente asustada.
–Sí, pero la profesora todavía no ha llegado –me aseguró él con tranquilidad–. ¿Estás bien? ¿Quieres ir a la enfermería?
Negué rápidamente con la cabeza.
–No te preocupes, es solo que últimamente me cuesta dormir.
Solté un largo suspiro y apoyé la cabeza entre mis brazos. Sin embargo, me arrepentí enseguida de haberlo hecho.
Sasuke estaba rodeado de un grupo de chicas de otra clase, aunque él permanecía con una actitud indiferente y sosegada, sentado en su pupitre. Al parecer, una de ellas le estaba pidiendo que se reuniera con él, durante la hora del almuerzo, en la parte de atrás del instituto; su amiga se le iba a confesar.
–Por favor, Sasuke-kun, Rukia-chan se está esforzando mucho. Dale una oportunidad –le decía, con las mejillas encendidas.
Incluso cuando ella fuera solo la mensajera, resultaba evidente su atracción hacia Sasuke.
–Está bien, iré –respondió el chico de cabellos azabaches con apatía.
Aquel grupito pareció darse por satisfecho. Pero, antes de que salieran de la clase, todas me lanzaron una mirada de desprecio; se habían percatado de mi presencia desde el principio. Me pregunté entonces qué habrían pensado si supieran que él había estado conmigo la noche anterior. Claro que no del modo que me hubiera gustado.
Desde que me había descubierto allí la semana pasada, Sasuke Uchiha había venido todos los días a la cafetería.
Me ponía de los nervios saber que lo hacía solo para incomodarme. Era obvio. Aun cuando luchaba siempre por que no se notara, creo que él se daba cuenta de que su presencia me alteraba.
Lo peor era que todas mis compañeras de trabajo se revolucionaban cada vez que él cruzaba la puerta.
–Me parece que ese chico tan guapo está interesado en alguien de aquí –había supuesto Michiko, la más coqueta de la cafetería: con su larga melena rubia llena de ondas y la cara siempre muy maquillada.
En mi opinión, esperaba que todas le dijéramos que era por ella.
–¿Tú lo conoces, Sakura-chan? –me había preguntado Aika, una chica muy fantasiosa que llevaba el pelo oscuro casi tan corto como el mío; era una de las compañeras con la que mejor me llevaba.
–Por desgracia, sí –había reconocido yo, hastiada.
Ella me había dedicado una mirada de picardía.
–Te mira mucho, quizás vaya detrás de ti –había sugerido.
–¡Qué va! Ese pedazo de mujeriego engreído solo intenta hacerme la puñeta. Simplemente necesita tenerlas a todas loquitas para quedarse a gusto; no me ve de esa manera. De hecho, no creo que pueda ver a nadie de esa manera. Es un... cínico.
Ante mi respuesta, Aika se había echado a reír.
–Veo que te gusta un montón, Sakura-chan.
–Pero ¿qué dices? ¿Por qué piensas eso, Aika-senpai?
–Te brillan los ojos cuando le miras –había señalado ella con una sonrisa juguetona en los labios, antes de marcharse a atender las mesas.
Aquella vez me había parecido que las deducciones de Aika habían ofendido a Michiko, por lo que había decidido guardar silencio y sentenciar la conversación. Pero, desde ese día, no había dejado de meditar sus palabras.
¿De verdad me brillan los ojos cuando le miro?
–Sakura, ¿qué es Bunkasai?
Arqueé las cejas y volví la cabeza, regresando súbitamente al presente. Sai me miraba con aquel semblante inexpresivo suyo, a pesar de que su pregunta había indicado una profunda curiosidad.
–¿No sabes lo que es el Bunkasai? –inquirí perpleja.
Era prácticamente imposible que un joven japonés no supiera lo que era eso. Pero Sai negó tranquilamente con la cabeza.
–Pues, ya sabes, es un evento cultural con actividades de todo tipo... Se hace en los institutos, y también en las guarderías y creo que en la universidad, aunque no sé si ahí es obligatorio –expliqué–. ¿Acaso no se hacía en el instituto de donde vienes? ¿O lo llamabais de otra manera?
–No se hacía.
Abrí mucho los ojos, estupefacta.
–Qué raro...
–He oído que en algunas escuelas de Osaka no se celebra, no es tan raro últimamente –intervino Shino, que había tenido la oreja pegada a la conversación desde el principio.
–Pero ¿ni siquiera habías oído hablar de ello, Sai? –pregunté, todavía incrédula.
Él volvió a hacer un gesto negativo con la cabeza.
–Estaba en un instituto masculino bastante... aburrido –me pareció como si le resultara difícil dar con aquel término.
Lo miré largamente.
–De todas formas –saltó de nuevo mi amigo de las gafas negras y el pelo a lo afro–, este año vas a vivir el Bunkasai de una manera poco habitual. Me he enterado de que la directora quiere unirlo con la fiesta de Halloween.
–¿Halloween? Pero eso no es una festividad japonesa –dije.
Se me formó un nudo en la garganta. Halloween me recordaba demasiado a mi padre. Era una de las fechas que más le habían divertido: siempre había celebrado fiestas por la noche con los amigos más cercanos de la familia, incluso nos había comprado disfraces a mamá, a Hana y a mí. Cada año. Como si fuéramos la familia Addams.
Pese a que había abandonado casi todas sus raíces irlandesas, Halloween era una de las pocas celebraciones que había conservado de su cultura. Y había sido solo unos días después de Halloween, tres años atrás, cuando le había visto cerrar los ojos por última vez.
Odiaba Halloween precisamente por eso.
–Nos divertiremos igualmente, porque nos lo merecemos. Sobre todo, tú, Sakura –las palabras de Shino hicieron que me temblara la barbilla un instante.
Respiré hondo, suavemente, e hice acopio de fuerzas para calmarme. No quería que la gente notara mis repentinas ganas de llorar.
–El delegado me ha dicho que quiere que prepare algunos decorados para la clase, por el Bunkasai y Halloween..., pero tampoco sé qué es Halloween.
Miré a Sai otra vez; toda mi tristeza se había disipado ante la perplejidad. ¿Hablaba en serio?
–¿No sabes qué es la fiesta anglosajona de los muertos? ¿Disfrazarte de zombi o de bruja? ¿Ir por las casas diciendo: «truco o trato»? –solté anonadada.
–Mi instituto también era bastante... anticuado –de nuevo fue como si le costara encontrar una palabra adecuada para describirlo.
Crucé una mirada con Shino, y creo que los dos nos estábamos preguntando lo mismo.
¿De dónde ha salido Sai?
–Pero es muy pronto para que te pida hacer un decorado, ¿no? –objeté.
Sai no dijo nada. Rebuscó en un bolsillo de su pantalón y me mostró un papel. En él había varios bocetos de seres mitológicos: vampiros, hombres-lobo, fantasmas, etc.
–¿Qué es lo que quiere que hagas con todo esto? –pregunté curiosa.
–Pintar un muro. Ha visto mis dibujos y dice que quiere que cree algo nuevo pensando en esos dos eventos y en estas cosas.
–¿Y qué vas a hacer?
Yo no tenía ni idea sobre ese tema; mi habilidad para el dibujo estaba al nivel de un niño de parvulitos. No podía imaginar cómo había personas a las que se les ocurrían cosas extraordinarias de la nada. Y no había podido ver aún los dibujos de Sai, pero, por lo que les había oído decir a los compañeros de clase esa semana, debían ser muy buenos.
El chico moreno de tez pálida guardó silencio unos segundos. De repente, sus ojos apagados me miraron con una intensidad inusitada. Sentí que mis mejillas se llenaban de un fuerte calor. Su rostro continuaba inalterable, pero en sus pupilas pude detectar un brillo especial.
–Necesito inspiración –dijo, y pareció como si su voz acariciara las palabras.
–¿Inspiración?
Sai no apartó la mirada de mí. No sabía por qué no dejó de hacerlo y, aunque la situación empezaba a incomodarme, por alguna razón, me sentí atrapada en aquellos ojos suyos: sin luz, sin emoción, y a la vez cargados de enigma. Como los ojos de un halcón que otean desde la oscuridad.
Algo en mí me dijo que sus palabras escondían otro sentido.
Nos mantuvimos en silencio, mirándonos de hito en hito durante un rato, hasta que de pronto alguien chocó contra el hombro de Sai. Él cortó el contacto visual conmigo y giró la cabeza para descubrir de quién se trataba.
–Oh, perdón –dijo Sasuke con un tono ligeramente irónico.
Parpadeé y miré al menor de los Uchiha con cierto aturdimiento. ¿Cuándo se había marchado de clase? Capté que ambos cruzaban una mirada, y no supe bien si se dedicaban indiferencia o antipatía. Los dos eran casi igual de inexpresivos.
Sin embargo, la atmósfera se hizo repentinamente pesada y noté una tensión que me puso los pelos de puntas. No se dijeron nada y, aunque un segundo después Sasuke desvió la mirada y continuó con su camino a su asiento, me pareció haber estado en medio de dos tigres que se enseñaban los dientes.
–No rompas tantos corazones, Sakura –me susurró de pronto Shino.
Di un respingo y le miré sorprendida. Pero no me dio tiempo a decirle nada.
La profesora Kurenai entró en el aula, y Sai regresó a su sitio. Me quedé mirando fijamente la nuca de mi amigo de las gafas negras, debatiéndome en mis adentros por lo que acababa de soltarme. Por el rabillo del ojo, muy disimuladamente, me atreví a mirar a Sasuke.
¿Romper corazones? ¿El de Sasuke? Imposible.
Sin embargo, intenté ocultar la emoción que se había apoderado de mí.
Habían sido las palabras de un amigo, simplemente. Habían pronunciado algo inverosímil, que ni ahora ni en un millón de años se cumpliría. Pero fantasear con que podía existir una vida en la que Sasuke me mirara de la misma forma en que le miraba yo, provocaba que el corazón se me acelerase hasta dolerme.
No quería admitírmelo a mí misma. A pesar de que sus visitas a mi trabajo me pusieran nerviosa, en el fondo, agradecía el instante en que había pasado por esa calle aquella tarde. Sobre todo, porque me sentía mucho más segura sabiendo que él andaba cerca.
Llevaba algo más de un mes volviendo a casa con las llaves apretadas en la mano, temerosa de aquel tipo que siempre me seguía.
Mi horario en la cafetería-restaurante era algo más estricto que el del karaoke. Trabajaba todos los días, salvo los domingos, y terminaba más o menos a la misma hora, aunque normalmente buscaba la forma de librarme del cierre. Las últimas semanas había temido regresar a casa tan tarde.
Pero aquel jueves por la noche no tuve otra alternativa que ser una de las últimas en irme.
–¿Te quedas tú con las llaves, Shuji-kun? –le pregunté al otro compañero que se había quedado a cerrar la cafetería conmigo, un muchacho de mi edad: delgado y de apariencia adorable.
–De acuerdo, Sakura-san. Otsukaresama –me dijo, despidiéndose de mí y deseándome un buen descanso por lo mucho que había trabajado ese día.
–Otsukaresama deshita –correspondí con una sonrisa.
Ciertamente, aunque mi apariencia física se asemejara más a la de una extranjera, las costumbres japonesas me resultaban mucho más naturales que las occidentales.
Al salir del local, me recibió una brisa helada, que me contrajo los hombros. Llevaba una sudadera de mangas cortas y unos vaqueros largos, pero las temperaturas parecían haber descendido aún más que la semana pasada. Se me pusieron los pelos de punta ante la penumbra de la noche y la soledad que se cernía en la calle, con el único cobijo de las farolas y de los mosquitos que iban a quemarse dentro de ellas. No había ni un alma paseando por allí.
Inspiré hondo y, tras varios segundos de vacilación, emprendí la marcha a casa. Me aferré a mi enorme bolso con fuerza, como si con ello toda mi inquietud fuera a disiparse. Mi casa quedaba en Setagaya, así que tenía que apresurarme en llegar a la Estación de Shibuya. Había olvidado por completo la bicicleta en casa, confiándome porque ya no trabajaba en la zona más alejada del distrito, como cuando ejercía de azafata de la cafetería maid.
Error. Gran error.
Mis ojos miraron ansiosos a mi alrededor. Todo cuanto podía ver eran paredes y muros, luces artificiales que titilaban de vez en cuando, sombras que formaban figuras extrañas y grotescas. Escuché inesperadamente el ruido de algo metálico cayéndose y, asustada, me giré. Casi se me cayó el alma al suelo, cuando comprobé que había sido solo un gato callejero tirando un cubo de basura.
Cálmate, Sakura. No va a pasarte nada.
Quise retomar mi camino, pero en ese preciso instante detecté algo en la distancia. Entorné los ojos y vislumbré una sombra inmóvil proyectándose en el suelo. Al principio, quise pensar que se trataba de un contenedor; sin embargo, era demasiado redondo y corpulento. Esperé unos segundos, intentando identificar con desasosiego qué podía ser, hasta que percibí que se movía un poco.
Supe entonces que era la sombra de un hombre. Y, a juzgar por lo quieta que permanecía, estaba esperando algo.
Estaba esperándome a mí.
¡Es él!
No resistí un segundo más, eché a correr calle abajo.
Lo recordaba bien. El Día de los Animalitos Moe Moe, cuando me había encontrado con Sasuke por primera vez vestida con aquel uniforme tan llamativo, había aparecido un tipo pidiéndome hacer de modelo adolescente, que, en realidad, había resultado ser un proxeneta.
Sabía que podía enfrentarme a aquel hombre, pero siempre dudaba de que estuviera solo. Ese tipo de personas nunca andaban solas. Y tampoco desarmadas. Agitada, eché una ojeada hacia atrás, intentando calcular cuánto margen de distancia tenía para despistarle. Se me puso el corazón en la garganta. No estaba allí.
¿Dónde puñetas se ha metido?
El trabajo de aquel día me había dejado hecha polvo. Cuando noté que empezaban a fallarme las fuerzas, giré en una esquina y me interné en un callejón. Jadeé exhausta, deseando con toda mi alma haber sido lo suficientemente rápida como para que me perdiera la pista. El cansancio y el hedor de los contenedores que tenía a mi lado me provocaron unas repentinas ganas de vomitar.
De pronto, un ruido ensordecedor.
Volteé la cabeza y observé, con el corazón en un puño, el fondo del callejón. No podía ver nada más que una abrumadora oscuridad; las pocas farolas que había apenas iluminaban aquella zona. Habría jurado que era como la tapa de un contenedor cerrándose y, segundos después, el chirriar de un hierro volvió a estremecerme.
Rápidamente, tensé los músculos y separé las piernas, preparada para atacar ante el más mínimo movimiento. Oí unos pasos. Lentos. Seguros. Sobrecogedores. Y apreté los puños.
Levanté la mirada y, en el instante en que detecté una figura en las sombras, mis manos buscaron velozmente las suyas. Las localicé al segundo, las separé y me agaché decidida a desplazarlo y tirarlo al suelo; sin embargo, adivinó mis intenciones. Su cuerpo se tensó y opuso resistencia. Un instante después, me vi girando detrás de él, directa al suelo. Pero fui más rápida y deslicé una pierna entre las suyas, evitando la caída. Apenas doblé la mitad de la espalda. Como bloqueó mi empuje, me lancé desesperadamente a su cuello. Volvimos a girar el uno con el otro, como una danza mortífera. Sus ágiles movimientos me indicaron algo que me aterrorizaba: sabía luchar.
Y entonces flaqueé. De repente, me vi acorralada y no fui capaz de pensar lo bastante deprisa; la fatiga me había asaltado en el momento decisivo. Intenté sortearle, pero fue inútil. Cuando quise darme cuenta, sus brazos me habían envuelto, atrapándome. Me inmovilizó justo enfrente de él.
¿Cómo pudo haberme esquivado de esa manera?
–¡Suéltame, joder! ¡Suéltame! –me debatí desesperada, sin querer mirar aquel rostro libidinoso, con el espeso bigote señalándome como si fuera su presa.
–¡Para ya de una vez, Sakura! ¡Soy yo!
Abrí los ojos de par en par y me detuve. Reconocí las cejas angulosas y despobladas, la nariz recta y firme, los ángulos de sus pómulos altos, la boca dibujada, la piel nívea.
Sasuke me miró de un modo que nunca había hecho: alarmado, casi asustado. Las rebeldes hebras de su cabello azabache se confundían ligeramente con las sombras que había detrás de él. Por un segundo creí que se trataba de una ilusión.
–Tú... –se me escapó en un susurro.
No entendía cómo ni por qué, pero verle fue como si hubiera encontrado unas alas con las que echar a volar.
Ante la conmoción, las piernas me fallaron y mi cuerpo tiró de mí hacia abajo. Mis párpados se dejaron caer con pesadez, pero Sasuke siguió mi descenso y se agachó conmigo en el suelo. Aunque aflojó su fuerza, no dejó de sujetarme. Y lo agradecí.
Quizás, si no lo hubiera hecho, habría terminado partiéndome en pedazos.
–¿A qué coño ha venido eso? –exigió saber.
Estaba alterado. Haciendo acopio de fuerzas, volví a mirarle, pero las palabras se me quedaban atascadas en las cuerdas vocales. Me frotó los hombros y solo entonces fui consciente de que estaba temblando.
–Estás muerta de miedo –afirmó en voz baja. Hizo una breve pausa, puede que a la espera de que el ritmo de mi respiración se regularizara; luego, continuó con un tono mucho más serio–: ¿Quién creías que era yo?
Respiré hondo, y mis pulsaciones comenzaron a normalizarse.
–Ese hombre... me está siguiendo, y yo... Bueno, no importa.
–Sí importa –su voz ronca se hizo más profunda.
Sentí un sudor frío en la nuca.
–Es... –pero no tuve tiempo de decirlo.
En medio de aquel silencio, mi oído captó unos pasos en la distancia; venían por el lado opuesto de donde había aparecido Sasuke. Incluso desde las sombras, fui capaz de identificar la silueta del proxeneta.
–Viene hacia aquí –susurré angustiada.
El terror volvió a oprimirme las entrañas.
Me quedé paralizada y todo sucedió muy deprisa. En un abrir y cerrar de ojos, Sasuke me levantó por los hombros, pegándome a la pared del callejón, me cubrió la cabeza con la capucha de mi sudadera...
... y me besó.
El corazón se me disparó como en una lluvia de meteoritos.
La calidez de sus labios avivó mi sangre; todo el frío que me había acompañado hasta entonces se evaporó. Sus manos abrazaron mi cuello y sus brazos me rodearon como si quisieran ocultarme por completo. El pánico se entremezcló con el placer dentro de mí, causando un torbellino de emociones desenfrenadas.
Mantuve los ojos entrecerrados y observé, a través de las pestañas, cómo aquel tipo bigotudo con sombrero se paseaba a escasos metros de nosotros. Pensé que evitaría mirarnos, sencillamente por una cuestión de pudor, pero olvidaba que se trataba de un hombre que trabajaba con prostitutas. Hubo un instante en que su mirada se posó en mí, y me pregunté en mis adentros si había visto algo en nuestra pequeña actuación que resultara sospechoso. Me temblaron las manos, pero sentí inmediatamente las de Sasuke cubriéndolas, y me estrechó un poco más entre sus brazos.
Finalmente, el tipo del bigote nos ignoró. Experimenté una honda sensación de alivio al escuchar sus pasos alejándose del callejón.
Y aun cuando desapareció, Sasuke no dejó de besarme.
Poco a poco, casi como algo involuntario, su lengua se abrió paso entre mis labios. Hizo un movimiento circular y acabó enredándose con la mía, como dos imanes que se buscan por instinto. Percibí sus dedos acariciando delicadamente mi nuca, al tiempo que, con otra mano, describía un camino de lentas ondas por mi espalda. Se apretó aún más a mí, envolviéndome de pies a cabeza. Me pareció, de repente, mucho más grande y robusto.
Allí, arropada entre sus brazos y su boca, me sentí indefensa. Era una sensación turbadora y, a la vez, irresistible. Cuando noté una de sus manos descendiendo hasta mis piernas, moviéndose despacio por mis muslos, una parte de mí sabía que era el momento de detenerle. Sabía que había sido el momento hacía unos cuantos segundos. Pero no podía. O no quería, en realidad.
Y entonces recordé el sueño que había tenido con él en Isshiki.
La lluvia. La fuente. El tatuaje. Los cuernos. Los besos. La humedad.
Aquella mano resbaló hasta mi entrepierna. Fue un roce breve, conciso, suave, el trazo de un círculo que me pulsaba con anhelo; e, inevitablemente, las piernas me temblaron como flanes. Volvía a notar aquella incipiente humedad.
–Sasu... –se me escapó en un gemido.
Pero él no me dejó decir nada más. Sus labios se imprimieron de nuevo en los míos, y su lengua volvió a inundarme. Bebió de mí, como si mi boca fueran gotas de rocío en medio de un páramo. Sus caricias esparcieron descargas eléctricas por cada tramo de mi cuerpo y, sin poder controlarlo, me arrancaron suspiros de placer. Mis manos se aferraron a su pecho, agarrándose con fuerza a la ropa, y advertí aquel pectoral duro, vigoroso, demasiado formado para un estudiante normal y corriente.
Me sentí muy extraña. Era como si no tuviera dominio sobre mi propio cuerpo; como si aquellas manos estuvieran despertando en mí sensaciones que nunca había experimentado; como si quisiera entregarme a todas ellas, sin importarme lo que pudiera pasar después. Igual que en aquel sueño.
Salvo que aquello no era un sueño.
¿Qué estoy haciendo?
Abrí los ojos y, súbitamente, aparté a Sasuke de mis labios.
–Ya está..., por favor..., paremos –no podía mirarle directamente a la cara.
Fui consciente en ese preciso momento de lo que acababa de suceder.
Meses atrás, le había gritado que no volviera a tocarme; que no era un objeto del que podía adueñarse. Le había mordido y me había alejado de él, sintiendo un profundo odio hacia su persona.
Sin embargo, aquella vez había vuelto a besarme. Y me había tocado. Me había tocado de verdad, no en un sueño. Me había desvelado una emoción completamente desconocida, que me asustaba y me hipnotizaba, a la vez.
Y todo ello lo había permitido yo.
Sabía que no estábamos en igualdad de condiciones. Para mí, era algo totalmente nuevo, pero para él...
¿Con cuántas chicas habría hecho ya eso?
De pronto, sentí como si mi mundo se derrumbara por las esquinas.
Había sido débil.
–Por favor..., no hagamos más esto... –mi voz sonó estrangulada.
Él continuó en silencio, y me pregunté con intranquilidad qué cara había puesto. Reuní el valor para mirarle, finalmente, y contemplé su rostro. La cercanía a la que estaba me aturdió unos segundos. Sus rasgados ojos oscuros me contemplaron con detenimiento, centelleando bajo la tenue luz de la farola. ¿Por qué tenía unos ojos tan bonitos?
Hizo algo que removió el deseo en mis entrañas, y lo odié por eso. Lentamente, su dedo pulgar recorrió mis labios, observándolos con una intensidad que me erizó los vellos de los brazos. Y yo me sentí al borde de la locura.
–Está bien –el sonido de su voz se me antojó tan grave y tan rudo, que toda mi euforia se apagó de sopetón. Por suerte.
Pensé que iba a separarse; pero, para mi sorpresa, apoyó las manos en la pared, acorralándome, y se inclinó hacia un lado.
–Emm... ¿Sasuke?
–Calla, ahora me quito. Deja que me relaje un momento –me cortó rotundamente.
Giré un poco la cabeza y descubrí que tenía los ojos cerrados; intentaba respirar con normalidad. Noté entonces un vacío y, por curiosidad, mis ojos se movieron hacia abajo.
Sasuke no se había separado de mí, pero sí había echado para atrás la cintura. Entorné los ojos. Allí, en el centro de sus pantalones, asomando de una forma que era imposible eludir, había un gran bulto.
Me sonrojé de pies a cabeza.
–¿Estás...?
–¡Cállate! –me ordenó irritado.
Miré su cara y, a pesar de que todo estaba muy oscuro, me pareció entrever un ligero rubor en sus mejillas. Sin poder evitarlo, se me pintó una sonrisa en los labios.
Qué mono es, en verdad.
Se mantuvo de aquel modo durante unos segundos más y, finalmente, se apartó. Alcancé a ver de reojo que aquel bulto había desaparecido, tal y como me había confiado, antes de que se diera la vuelta y me diera la espalda.
Sentí el impulso de decir algo, pero lo que acababa de pasar me había impactado tanto que era incapaz de articular palabra. ¿Qué podía decir, de todas formas? Me había dejado llevar como todas las demás. ¿A dónde habría ido a parar mi dignidad?
–Aquel era el viejo de la agencia escort, ¿no es así? –inquirió Sasuke de repente.
Me sorprendió un poco que lo recordara.
–Sí... –callé unos segundos, dudando de si debía contárselo o no–. Lleva rondándome un tiempo. No sé qué es lo que busca realmente, cuando ya le dije que no quería unirme a su agencia, pero no creo que sea algo bueno.
–No, no lo es.
La frigidez de las palabras de Sasuke cayó sobre mí como un jarro de agua fría. Enmudecí, sin saber muy bien cómo continuar. Él soltó un suspiro.
–¿Es esta la razón por la que ya no trabajas en el karaoke?
–Así es. De algún modo, averiguó dónde trabajaba, incluso cuando dejé de hacer de azafata para la cafetería maid.
–Lástima, me apetecía de verdad hacerte mi sirvienta...
La áspera broma del chico de pelo azabache me sentó como una patada en el estómago. ¿Acaso se estaba burlando de mi situación?
Me recordé entonces con quién estaba hablando; las cosas que me había hecho y lo poco que le había importado siempre. ¿Por qué ahora parecía como si le interesara saber de mí? No entendía sus visitas diarias a la cafetería, ni por qué en clase no dejaba de mirarme, ni siquiera el motivo por el que me había ayudado a que aquel viejo verde no me encontrara. Pensé que quizás estuviera aburrido, o que las chicas habían empezado a ignorarle (aunque esto no me pareció lo más realista).
Torcí el gesto, pero no le respondí al chiste.
Fuera por la razón que fuere, me había salvado la vida aquella noche.
–Será mejor que vuelva ya a casa. No quiero encontrarme otra vez con ese degenerado por el camino –alegué, separándome de la pared.
Sasuke me miró de reojo. La luz de la farola marcó su silueta, y por un momento adoptó un aspecto enigmático, como el de un ángel de la noche.
–Te acompañaré a casa –decidió.
Me quedé sin aliento un instante, y el corazón reemprendió su pálpito acelerado. Acababa de mofarse de mí y, de nuevo, me ofrecía su ayuda.
¿Qué eres? ¿Bipolar?
–No tienes que molestarte, en serio –negué rápidamente–. Solo tengo que llegar hasta la estación.
–En ese caso, cogeré el mismo tren que tú –insistió él.
Se volvió completamente para mirarme, y mis manos comenzaron a sudar.
–Vives en Ginza, eso queda por el otro lado. Te agradezco que te preocupes, pero creo que es mejor que te vayas a casa –objeté.
Él chasqueó la lengua.
–Qué pesada eres...
Fruncí el ceño y desvié la mirada, sintiendo que el rubor empezaba a atacar mis mejillas.
Eres tú el pesado que quiere acompañarme.
–No me acompañes hasta mi casa; vete tú a la tuya, por favor.
Probablemente, había sonado borde, pero había intentado ser lo más tajante posible. Tardé un poco en levantar la mirada y, cuando lo hice, hallé el rostro inexpresivo de Sasuke observándome.
El silencio volvió a hacerse entre nosotros durante algunos segundos.
–Como quieras –dijo finalmente.
Sentí súbitamente todas mis fuerzas abandonándome. Por un momento, quise dar marcha atrás y pedirle que viniera conmigo. Su presencia era lo más seguro que podía sentir frente a todo cuanto me rodeaba, y me sentí estúpida por haberle hablado de una forma tan desagradable.
Pero me obligué a mí misma a ser más fuerte.
El único camino que compartimos esa noche fue el que llevaba a la Estación de Shibuya, bajo un mutismo que me retorció la garganta hasta que nos separamos.
Al día siguiente, en clase me fue casi imposible concentrarme. Luché casi con obsesión por no mirar a Sasuke, aunque no fue suficiente. Temía que toda aquella agitación afectara gravemente a mis notas, pero los recuerdos de la noche anterior me invadían cada dos por tres.
Nos habíamos vuelto a besar. Y aquella vez de un modo diferente: mucho más apasionado, mucho más receptivo por parte de los dos. Debía haber alguna razón por la que mi cuerpo no hubiera reaccionado con rechazo como otras veces; una razón por la que me había sentido tan sola, una vez él había cruzado las puertas del metro, en la dirección opuesta a la que iba yo.
Era absurdo seguir negándome a mí misma que me gustaba, pero ¿acaso tenía tanto poder sobre mí? ¿Acaso me importaba tanto?
Reprimí un estremecimiento, mientras la voz del profesor Aoba explicaba una fórmula matemática en la pizarra. Me asusté. Volver a concederle una importancia tan grande en mi vida a aquel Uchiha suponía un riesgo.
Aunque llegara a significar algo para él, estaba segura de que nunca me vería como la mujer de su vida.
No era posible. A sus ojos, debía de haber tantas otras ahí fuera, mucho más guapas e interesantes que yo. Y había, en general, tantas cosas que seguramente le preocupaban mucho más.
Sasuke era sumamente discreto con sus relaciones; de hecho, nunca me había percatado de que las tuviera, a excepción de la serie de fortuitas casualidades por las que había descubierto a algunas de sus amantes aquellos últimos meses. Sin embargo, conocía su apabullante popularidad y podía imaginar que, en su vida, habrían habido muchos más nombres, muchas más caras, muchos más cuerpos enredados entre sus sábanas.
Aun así, siempre me había parecido como si hubiera asuntos que priorizara mil veces a lo que hacía con todas esas chicas. Tenía éxito entre las mujeres, pero supongo que solo éramos un entretenimiento esporádico para él. Su mente estaba ocupada de temas más importantes que, quizás, ataran otros sobre su vida, completamente desconocidos para mí.
De haberme mirado como mujer, probablemente solo representaría otro entretenimiento más, pensaba.
–Toma.
Pegué un respingo en mi asiento, regresando bruscamente al presente. Alcé la cabeza, y me quedé helada al encontrar a Sasuke mirándome fijamente, de pie, a mi lado. Arqueó las cejas y me indicó con la mirada un objeto que había colocado delante de mí. Me volví hacia la mesa y descubrí un aparato pequeño y rectangular, con varios botones y una pantallita oscura.
–¿Qué es esto? –inquirí confusa.
–Es un localizador, parecido a un busca, pero tiene incorporado GPS –me explicó con neutralidad.
Le dirigí una mirada de incomprensión.
–¿Para qué es?
–Tenlo, por si acaso. Puede serte de ayuda cuando te toque cerrar en tu trabajo.
Entrecerré los ojos. Iba a decirle que no me hacía falta, pero creo que él leyó mis pensamientos. Antes de que pudiera pronunciar palabra, dio media vuelta y salió del aula. No me di cuenta hasta entonces de que la clase de Matemáticas había terminado hacía rato.
Fruncí el ceño y observé aquel dispositivo extraño. Me desconcertaba el hecho de no haber encontrado ni un atisbo de indignación en los ojos de Sasuke, a pesar de cómo había acabado todo la noche anterior.
Cuando finalizaron todas las clases, ocurrió algo que nunca hubiera esperado que pasara ese día.
Estaba recogiendo mis libros con un poco de prisa. Se me había echado el tiempo encima y tenía que prepararme para ir al Club de Kárate. Me había quedado prácticamente sola en el aula; tan solo había algunos compañeros conversando sobre ir a contemplar el momiji en octubre, y otras actividades que hacer durante el otoño. Miré un segundo por la ventana, pero el enrojecimiento de los árboles todavía no había empezado a manifestarse.
–Sakura –me llamó de pronto una voz familiar.
Giré la cabeza y descubrí el rostro de Ino mirándome con una expresión de seriedad. No obstante, parecía más cautelosa que enfadada.
–¿Quieres algo? –le pregunté curiosa.
Desde el viaje a Isshiki, le había notado algo menos irascible conmigo. La mayoría del tiempo fingía ignorarme, pero había empezado a juntarse con mi grupo e, inevitablemente, nos veíamos bastante a menudo.
Hacía mucho que no se acercaba a Sasuke. Al parecer, por lo poco que me había contado Hinata, se sentía muy incómoda con su presencia.
Antes de adivinar lo que quería, Ino estiró los brazos y me mostró un pañuelo. Instintivamente, lo observé con detenimiento, y el corazón me dio un vuelco. Era un pañuelo rojo, sencillo, demasiado pequeño ya para el tamaño de mi cabeza.
–¿Por qué me das esto? –mis ojos la examinaron con cierto recelo.
Percibí que le retemblaba un poco la barbilla.
–Lo usabas de pequeña, ¿te acuerdas? Te lo regalé cuando teníamos siete años. Me dijiste que habías decidido echarte el flequillo hacia atrás, para no ocultar más tu frente... No me acuerdo quién fue que te dijo eso de que enseñar nuestros defectos te hace más fuerte, pero creo... creo que tiene razón. Deberías ponértelo. Ten.
Sus palabras habían sido titubeantes, casi como las de una niña temerosa de que le griten por haber hecho las cosas mal. Acepté el pañuelo y lo miré otra vez. No recordaba que fuera tan pequeño, ahora que lo tenía entre mis manos.
Se me escapó una risa melancólica.
–Pero, Ino..., esto no me queda ya.
–Póntelo –insistió ella, y se acercó un poco más a mí.
Lo agarró y, sin atreverme a detenerla, lo enroscó en una de mis muñecas. Justo al lado de la pulsera que Hinata me había regalado por mi cumpleaños, meses atrás.
–Póntelo y no te lo quites, a menos que te lo exijan en el trabajo, ¿me oyes? –su voz sonó un poco agitada.
No me miraba, sino que tenía los ojos fijos en el pañuelo. Guardó silencio un momento y, justo cuando quise hablar, ella se me adelantó.
–Yo te lo robé, Sakura. Fui yo la que te quitó el pañuelo cuando estábamos en sexto –sus ojos celestes se humedecieron. Hizo una pausa y, cuando se aventuró a mirarme, dos lágrimas brillantes rodaron por sus mejillas; sin embargo, su mirada era decidida–. Te tenía envidia. Mucha envidia. Estabas tan guapa con este pañuelo rojo carmín, destacando con tu pelo rosa pastel, que me corroía por dentro no parecerme más a ti.
Abrí mucho los ojos, impactada por su confesión.
–Pero ¿qué dices? Si todo el mundo se reía de mí...
Ella se enjugó las lágrimas.
–Pero tú siempre estabas sonriendo. Siempre te reías de ti misma y de tus propios defectos. No dejaste que nadie cambiara tu personalidad, y odiaba no poder hacerlo igual que tú.
Arrugué la frente, sintiéndome repentinamente mezquina.
No es verdad. Sí cambié mi personalidad por alguien, y mi cuerpo, y mi pelo, y mi forma de vestir y de hablar.
No podía reconocerle eso; era demasiado vergonzoso hasta para mí misma. Sin embargo, se me dibujó una sonrisa en la boca.
–Creo que tú siempre fuiste más guay que yo, Ino –dije con suavidad. Vi que sus mejillas se sonrojaban, y proseguí–: Siempre me ha gustado tu pelo rubio, y el color cristalino de tus ojos. Además, caminas como si tuvieras el mundo a tus pies y, aunque a veces me irrita que seas tan arrogante, creo que es admirable que mantengas ese espíritu.
–Te equivocas. Nunca he tenido el mundo a mis pies... Nunca he tenido lo que verdaderamente quería –replicó ella, con un profundo pesar.
Nunca la había visto tan abatida como en aquel momento.
–¿De qué hablas?
Inspiró hondo y me lanzó una súbita mirada de determinación.
–Sasuke me rechazó –aquellas palabras me dejaron un instante sin respiración–. Sí, exacto, Sasuke me rechazó –volvió a repetir, al observar mi reacción–, y supongo que tengo que darme por vencida.
»Oh, no es el fin, por supuesto. Tengo a muchos chicos que harían lo que yo quisiera con solo chasquear los dedos, y no me puedo quejar en cuanto a lo que sexo se refiere.
–Ya, bueno, tampoco hace falta que entres en detalles...
–¡Y no lo estoy haciendo, frentona! –me fulminó con la mirada y ya pareció que recuperaba un poco de su vitalidad. Se aclaró la garganta, y continuó–: No, no me disgusta mi físico, ni mi vida, ni mi forma de ser, pero he de admitir que he estado demasiado tiempo conservando esperanzas hacia una persona que nunca fue mía. Y también he estado demasiado tiempo odiándote a ti.
Nunca lo hubiera dicho de Ino antes, pero sus palabras removieron algo dentro de mí. Podía entenderla perfectamente; también yo había compartido aquel sentimiento de decepción al saber que Sasuke no me veía como le veía yo. Sin embargo, nunca había llegado a odiar a Ino. Me parecía desagradable, escandalosa, posesiva y demasiado susceptible, pero no la odiaba. Nunca la había odiado.
Incluso cuando siempre había sabido que quien me había robado el pañuelo rojo había sido ella.
Aunque eso era algo que prefería ocultar; también yo tenía derecho a disfrutar un poco de su disculpa.
La chica de larga melena rubia platino soltó un suspiro.
–Así pues, me rindo. Renuncio a Sasuke y a mantener cualquier tipo de contacto con él. Después de todo, no puedo ser su amiga de verdad; soy demasiada mujer para él –sentenció orgullosa. Enmudeció unos segundos y me miró con una intensidad que me inquietó–. Ahora te toca a ti; lo dejo todo en tus manos.
Enarqué una ceja y, cuando comprendí lo que quería decir, me puse roja como un tomate.
–¿Qué hablas, Ino? No pienses lo que no es. Yo tampoco quiero tener nada que ver con ese... imbécil.
Ella me miró de arriba abajo, con una cara que dejaba claro lo poco que se tragaba mis palabras.
–¿Imbécil? Sakura, no intentes disimular delante de mí, ni te engañes a ti misma; son ya muchos años conociéndonos –entornó los ojos y me lanzó una mirada autoritaria–. Escucha, no me hagas arrepentirme por dejarte abierta la veda. A mí no me ha salido bien, pero a ti no te puede ir peor, ¿te enteras? Como no consigas a Sasuke, vas a saber lo que vale un peine.
–Bueno, no es como si estuviéramos hablando de un premio...
–¡Sí, exacto! Es precisamente de eso de lo que estamos hablando. Así que –sus ojos estudiaron rápidamente mi figura– tenemos que empezar por hacer algo con ese estilo. Tú nunca has sido tan hortera ni mojigata, idiota.
Puse los ojos en blanco, preguntándome por qué a la gente le afectaba tanto mi manera de vestir.
–No sé si sabes que estoy en una situación económica bastante chunga y no me puedo permitir lujos. Además, ahora tengo que ir al Club de Kárate y... –eché una ojeada al reloj de la clase–. ¡Ay, madre mía! Voy tardísimo.
–Está bien –Ino se acarició el mentón, observándome mientras terminaba de recoger deprisa las últimas cosas que me faltaban–. Vete al club ahora; luego, te llamaré para que vengas a mi casa.
–Pero trabajo...
–Entonces iré yo a la tuya.
Se me puso la carne de gallina solo de pensar que la snob de Ino pisaría mi vieja y cochambrosa casa. Pero sabía que no pararía de insistirme hasta que consiguiera lo que quería.
–Mejor voy yo a la tuya –zanjé.
Antes de marcharme, Ino me dedicó una amplia sonrisa, de esas que hacía mucho tiempo no me dedicaba. Me recordó un poco a las que Naruto solía poner cuando estaba muy contento, y quizás por eso había terminado haciéndome muy amiga de él.
De pequeña, siempre me había gustado que Ino me sonriera de esa forma.
Era la manera que había tenido de decirme que éramos amigas de verdad.
