NOTAS DE AUTOR
¡Muy buenas a todos!
Regreso un día más para subir otra conti y no asustaros de faltar a mi palabra. ¿La verdad? No sabía que aquí gustaran los capítulos largos, pero me alegro de que sea así. Este en concreto no es uno de los más extensos, pero sí que es bastante intenso. Os recomiendo que os preparéis para experimentar muchas sensaciones y seguir el hilo de la trama al pie de la letra. Las cosas puede que se pongan un poco feas.
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No pienso dejaros con la miel en los labios (DE MOMENTO), así que no me enrollo más... ¡A DISFRUTAR!
16. GUARDIÁN
Itachi estaba acompañado. Podía asegurarlo por el par de bailarinas que encontré apostadas en la entrada, junto a sus zapatos. Chasqueé la lengua. Si había alguien más, quizás no quisiera responder a mis preguntas.
Pero, cuando entré en el apartamento y reconocí la larga melena castaña y lisa de Izumi, supe que no tendría motivos para postergar mis dudas.
Estaba sentada junto al ventanal que exhibía toda Ginza, en la mesa alta del salón, la cual aguardaba con el mantel burdeos y la vajilla de acero inoxidable, perfectamente preparada. Desde la cocina, un aroma intenso y delicioso inundaba la estancia.
–Llegas antes de lo que esperaba –comentó Itachi de repente, apareciendo con un par de platos humeantes en la manos.
Eché una ojeada a su contenido y aprecié una suculenta ternera de Kobe.
–Te dije que estaría aquí para la hora de la cena –resumí con voz neutral.
Itachi dejó los platos en la mesa. No fue hasta que colocó el suyo delante, que Izumi levantó la cabeza del móvil y se percató de mi presencia.
–¡Ah, Sasuke-kun! Perdona, no te he oído entrar –dijo con su voz empalagosa y una forzada sonrisa de apuro.
Me quedé mirándola largamente, pero no respondí.
Joder, ¿vas a comer todos los días aquí?
Sin embargo, de entre todas las personas que había podido invitar mi hermano esa noche, Izumi era la que menos me preocupaba que escuchara nuestra conversación.
Me senté a su derecha, de frente a donde sabía que se pondría Itachi. Izumi me miró con detenimiento, abriendo tanto los ojos que su lunar pareció casi difuminarse. A su lado, mi hermano se limitó a observarme en silencio.
–¿Qué te pasa? –quise saber, al tiempo que dejaba la cartera sobre la silla vacía más cercana.
Ella sacudió la cabeza.
–No es nada. Solo me sorprende verte aquí, con nosotros... Creo que nunca hemos comido juntos los tres –repuso.
La miré de nuevo sin decir nada. Se estaba haciendo unas ilusiones excesivas. Cenar con ellos –especialmente con Itachi–, para mí, era lo mismo que asistir a un banquete de cucarachas. Por lo general, esperaba a que él comiera antes, me llevaba la comida al dormitorio o me la cocinaba yo, simplemente. Pero aquella ocasión era especial. Necesitaba comunicarme con Itachi.
Y creo que él lo entendió.
No pronunció palabra, pero regresó a la cocina y reapareció con un plato y un vaso para mí. Mientras él se sentaba, me ofrecí a llenar de vino tinto sus copas de cristal; yo me bastaba con un poco de agua.
Observé a Itachi y a Izumi durante unos segundos. Había más silencio del que era normal entre ellos dos y sentí que el ambiente se encontraba un poco tenso; sin embargo, no quise demorarme demasiado. Poco me importaba lo que les pasara.
–Quería preguntarte una cosa.
Aunque no le miré directamente, Itachi supo de inmediato que me dirigía a él.
–¿De qué se trata?
No pasé por alto la fugaz mirada que le lanzó a Izumi. Tenía la sensación de que habían discutido o algo parecido antes de que yo llegara.
–¿Te suena de algo Sai Shimura?
Noté que nuestra prima postiza erguía la espalda, como si hubiera reprimido un escalofrío.
–¿Por qué lo preguntas? –Itachi me miró con su habitual calma–. Sé que así se llama el chico nuevo de tu clase.
–¿Chico nuevo...? –inquirió Izumi de pronto, en un susurro.
La miré unos segundos, pero volví a centrarme en mi hermano enseguida.
–He oído que entrenaba con Madara –dejé caer.
–Puede ser –Itachi se encogió de hombros.
Partió con el cuchillo un jugoso trozo de ternera y se lo llevó a la boca. Pese a que parecía mantener todo bajo control, percibí que tenía los dedos un poco rígidos. Entorné los ojos.
–¿Ese nombre no te dice nada? –insistí.
Itachi tragó su trozo de ternera y, acto seguido, bebió un poco de vino. En silencio.
–Yo conozco un Shimura –intervino entonces Izumi.
Por el rabillo del ojo, observé la reacción de Itachi. No me habría extrañado que la hubiera mirado de un modo reprobatorio, dada la atmósfera tan tirante que nos rodeaba; no obstante, él la observó con expresión pensativa.
Izumi no esperó a que ninguno de los dos contestáramos.
–Cuando estabas en los ANBU, debiste de conocerlo –intentó recordarle a mi hermano.
Aquella era la razón por la que sabía que podía hablar sobre ese tema, estando Izumi presente. Junto a mi hermano y, como muchos otros miembros de la familia Uchiha, nuestra prima había ingresado en los ANBU siendo adolescente. Aunque no fuera una prima de sangre, al parecer, gozaba de gran habilidad con el manejo de armas: tenía puntería y precisión. Además, era muy inteligente; se le daban especialmente bien las matemáticas, o todo lo que se relacionara con la lógica y el razonamiento. Por eso, ahora trabajaba en la oficina de inteligencia antiterrorista de Tokio.
–¿Te refieres a Danzô Shimura? –la voz de Itachi atrajo de nuevo mi atención.
–¿Quién es ese? –inquirí.
Lo único que sabía de los ANBU era lo básico; afortunadamente, había evitado entrar en aquel grupo de lunáticos. Y, a pesar de que la profesión de nuestra prima podía sonar más interesante, Itachi agradecía mucho más haberse convertido en profesor.
–Danzô fue uno de los fundadores de los ANBU. Por lo que sé, también trabajó de mediador entre el Gobierno y las fuerzas militares en los años setenta –continuó Izumi. Guardó silencio unos segundos y arrugó la frente, componiendo una repentina expresión de inquietud–. Pero, desde que se eligió el dôjo de vuestro abuelo para entrenar a los nuevos reclutas, Danzô mostró una clara disconformidad. Lo ha estado aguantando a regañadientes. Por lo visto, no estaba de acuerdo con los métodos de entrenamiento que se estaban utilizando los últimos años. Y, encima de todo, por alguna razón, siente cierto resentimiento hacia nuestra familia.
»Por ello, hace un par de años decidió dividir los ANBU. Creó otro departamento de entrenamiento, no oficial, al que ha llamado «Raíz». Según he oído, adoptó a algunos de los reclutas más jóvenes de los ANBU como a sus hijos y, ahora, los mantiene entrenando en un dôjo que ha pertenecido a la familia Shimura durante generaciones.
»En realidad, no se sabe lo que Danzô pretende hacer con ellos. De momento, puede que los haga participar en campeonatos; quiere rivalizar con vuestro abuelo, probablemente para demostrar que su dôjo es mejor. Quizás solo quiera quitarle protagonismo a la familia Uchiha, pero, como no estamos seguros, la oficina de inteligencia antiterrorista lleva unos meses pendiente de sus movimientos.
Arqueé una ceja. Hasta donde sabía, Sai era un experto del dibujo, no un luchador innato. No había querido apuntarse siquiera al Club de Kárate. Aunque eso no significaba nada, en realidad. Tal vez tenía incluso sentido, sabiendo que dos miembros de la familia Uchiha participábamos en él.
Aquello me sonaba más a una película de serie B que a algo real.
–Ya entiendo –susurró Itachi.
Comprendí entonces que no había sido el único en sospechar de ese chico.
–¿Por qué le han admitido en el Konohagakure? –le pregunté–. No sabía que hubieran abierto el plazo de matrícula también en septiembre.
–Y no lo han abierto, pero con él han hecho una excepción –repuso Itachi, sin mirarme.
–¿Los otros profesores o la directora han mencionado algo sobre él? ¿Se sabe de qué familia viene?
–Eso es confidencial.
Itachi volvió a cortar otro pedazo de carne y lo masticó tranquilamente. Me tomé mi tiempo para digerir toda la información que Izumi había proporcionado, a la vez que degustaba también mi plato.
–Últimamente Sakura anda mucho con él, ¿no?
Por alguna razón, aunque no fuera algo que solía hacer, había esperado que Itachi añadiera –chan al nombre de la pelo-chicle.
–Al parecer, se han hecho amigos –respondí con neutralidad.
Itachi no añadió nada más, y ni siquiera se sintió que Izumi estuviera con nosotros. El sonido de los cubiertos contra la vajilla chirrió en medio del mutismo que embargó la mesa.
Oprimí el cuchillo y el tenedor con más fuerza que antes.
¿Por qué tiene que preguntar por ella?
Contemplé el agua de mi vaso, donde titilaban las luces de la lámpara central del salón. Recordé en ese preciso momento todo lo que había sucedido la noche anterior, en Shibuya, después de haber dejado la cafetería donde trabajaba Sakura. Habérmela encontrado allí, poco después, en un callejón en el que había entrado por casualidad para tirar los restos de mi Red Bull, me había resultado casi deliberado.
Desde que la había descubierto trabajando en aquella cafetería, todo me había parecido extraño. ¿Por qué cambiar de trabajo de la noche a la mañana? Ser camarera en una cafetería era más sacrificado que en un karaoke, y dudaba de que el salario se diferenciara mucho. Pero, claro, tenía sentido ahora que sabía que había estado siendo perseguida.
Además, estaba ese tipo... No solo el gordo de las paletas separadas y el sombrero, sino el otro también: el chaval del pelo castaño.
¿Tendrían alguna relación Sai Shimura y ese chico?
El lunes resolví finalmente el modo para llegar hasta donde quería.
Había recordado que tenía de mi parte a una persona que me podía ayudar a hacer algunos malabares para recabar más información. Al menos, la que pudiera rescatarse mínimamente de Internet.
–¿Quieres que hackee la página web de un puticlub? –la voz de Karin se elevó algunos decibelios.
–Es una agencia escort de la que ya había oído hablar antes; en la plazoleta donde nos encontramos en Shinjuku, conozco a algunos que han sido clientes.
–¿Y no es más fácil preguntarle a ellos?
Miré a la pelirroja con seriedad, lo que provocó que desviara la mirada y se sonrojara.
–No busco cómo contactar con esa agencia, sino averiguar quién la dirige y, sobre todo, qué hay detrás. Tengo el presentimiento de que no es solo prostitución de lujo de lo que estamos hablando –me limité a explicar.
El sábado anterior había ido a la cafetería de Sakura, a la misma hora de siempre. Había estudiado bien el horario del chico de la melenita lacia y había procurado entrar cuando sabía que él estaría allí. Me había hecho a la idea de seguirle, una vez se hubiera ido, pero pensé en que habría sido demasiado caótico. Primero, debía entender a qué podía estar enfrentándome, sin levantar posibles sospechas.
–A ti... –Karin vaciló antes de hablar–. ¿A ti te gustan esas cosas, Sasuke-kun?
Enarqué una ceja y se ruborizó. Me había preguntado una tontería tan grande que ni siquiera me molesté en contestarle. Solté un resoplido y me centré en el tema que me atañía.
–La agencia se llama Nuit Rouge, pero no puedo proporcionarte más nombres, por ahora.
No hizo demasiada falta darle más detalles, Karin abrió su portátil y se puso manos a la obra. Estábamos en la pista de baloncesto de la última planta, la que daba al exterior. Como nos encontrábamos en la hora del almuerzo, estaba seguro de que nadie nos interrumpiría en ese momento. Y, por lo que había observado otras veces, la pelirroja trabajaba bastante rápido si se lo proponía.
Su rostro afilado se volvió muy serio, con los ojos absortos en la pantalla luminosa del aparato, que se proyectaba en sus gafas ovaladas.
–Tienen un sistema de vigilancia muy potente –observó.
–¿Puedes burlarlo? –inquirí.
Examiné por encima el procedimiento que había seguido para rastrear la base de datos de la web de la agencia, pero reconozco que me perdí a la mitad. Karin era bastante buena; quizás fuera incluso mejor hacker que muchos de los que trabajaban para el Ministerio de Defensa o algunos cuerpos militares.
–Creo que puedo inventarme algo para despistarles, pero no estoy segura de cuánto tiempo aguantaré –respondió.
–Recopila lo que puedas.
Tecleó como si sus dedos fueran centellas moviéndose por las letras del ordenador. Sobre una pantalla negra, sin gráficos ni imágenes, escribió una retahíla de códigos y palabras que, pese a mi elevado nivel de inglés, desconocía. Era un lenguaje específico que no había visto en mi vida. ¿Dónde había aprendido a hackear de esa forma? Me resultaba casi inverosímil que esa chica tuviera un mínimo de correlación sanguínea con el mongolo de Naruto.
–Acabo de encontrar algo –dijo, tras varios minutos de silencio.
–¿Qué es?
Ella señaló con un dedo la pantalla y me incliné un poco para leerla, ignorando su agitación. Logré identificar una palabra: Anfitriones.
–¿Dónde has entrado?
–He localizado el servidor desde el que han construido su página web y, como sospechaba, no estaba en manos de una empresa de informática –explicó la pelirroja–. Por lo que puedo ver aquí, tienen a alguien trabajando exclusivamente para su difusión en Internet. Y, además, es también quien sustenta algunos de sus datos, como las cuentas que llevan al día, el número de clientes o, como parece indicar este archivo, quiénes están al mando.
Karin enmudeció y entornó los ojos, como si hubiera algo que no le cuadrara.
–Has descubierto algo más, ¿cierto? –adiviné.
–Es que... Me has dicho que es una agencia escort, que se supone que no tiene un local fijo, pero el área donde me lleva esto es un hostess, y uno bastante conocido. Parece como si todo estuviera encubierto, como si quisieran impedir que cualquiera de estos archivos cayese en manos de la Policía.
Sopesé detenidamente las palabras de la pelirroja. No era que, en Japón, la prostitución de lujo se viera con muy buenos ojos, pero, mientras no se practicara en un local fijo o en la calle, tal y como indicaba la ley, no estaban saltándose ninguna norma. Sin embargo, si ya hablábamos de un hostess, uno de esos clubes donde había chicas emperifolladas que te servían bebidas y te daban conversación, la cosa podía cambiar.
Los hostess eran lugares que casi nadie quería admitir que frecuentaba. Había muchos bulos con respecto a ellos, pero, por lo que tenía entendido, no se permitía tocar a las mujeres de allí dentro. No obstante, si la agencia Nuit Rouge tenía algo que ver con él...
–Una tapadera –comprendí.
Karin me miró y, aunque mantuvo su semblante grave, atisbé un matiz temeroso en sus ojos. Supe sin verlo que había sentido un escalofrío.
Aún no sabíamos qué era exactamente, pero quedaba claro que aquello con lo que estábamos tratando era algo peligroso.
–Eso parece –asintió ella con la cabeza y, seguidamente, regresó al portátil–. Voy a descargarme todos estos archivos antes de que el software detecte mi actividad.
Se abrió en ese preciso instante una barra en medio de la pantalla, con un porcentaje numérico que marcaba el tiempo restante de descarga.
–¿Cómo has podido rastrear todo esto en solo un cuarto de hora?
Mi pregunta pareció conmocionar a la pelirroja. Se me quedó mirando anonadada y, luego, se sonrojó hasta las orejas.
–De pequeña solía entretenerme con los ordenadores. Se metían conmigo por llevar gafas, así que decidí hacer de la informática mi vía de escape para no pensar tanto en las burlas y en las críticas.
Mi mirada le puso más nerviosa de lo que ya estaba. No podía entender por qué a las personas parecía afectarles tanto los comentarios de la gente, por desagradables que fueran. ¿Eran peor que recibir un latigazo de tu padre? ¿O que encontrarle partiendo todo cuanto le rodeaba, porque tenía mal beber?
Llevaba tanto tiempo insensibilizado ante las palabras de los demás, que me costaba creer que algo así pudiera hundirte.
Nos mantuvimos en silencio hasta que, de repente, Karin chasqueó la lengua.
–El servidor ha descubierto la trampa –farfulló.
Los archivos terminaron de descargarse en ese preciso instante, y sus dedos saltaron por el teclado como gacelas huyendo del ataque del león. Todas las ventanas que había abierto empezaron a cerrarse, una detrás de otra.
Fruncí el ceño.
–¿Te han detectado? –exigí saber.
–Todavía no.
Karin se mordió los labios; la tensión hacía saltar chispas en su interior. Observé sus manos y, por un momento, pensé que el portátil iba a echar humo. La pantalla se cubrió de negro por completo y aparecieron letras, códigos y símbolos que no podía descifrar.
Pero, en menos de sesenta segundos, lo solucionó.
Soltó un largo suspiro, apoyándose con las manos hacia atrás.
–Por los pelos –susurró, y me di cuenta de que hablaba, más bien, para sí misma.
Dejé que se tranquilizara un rato, pero se recuperó a los pocos segundos y volvió al ordenador.
–Aquí están todos los archivos –abrió una carpeta con infinidad de ficheros y documentos desperdigados sin orden ni concierto.
Entrecerré los ojos.
–Abre la de Anfitriones –le indiqué.
Ante nosotros se desplegó un documento en PDF con las fotografías y los datos personales de todos los que, suponía, estaban al frente de la Nuit Rouge.
–¿Te interesa algo de esto? –me preguntó Karin.
Como había esperado, en la tercera posición, reconocí a la perfección el rostro rechoncho del tipo con sombrero, pelo engominado y paletas separadas que había estado acosando a Sakura.
–Salte de ahí y déjame ver el resto de carpetas –le ordené a la pelirroja.
A pesar de no haber respondido a su pregunta anterior, ella me obedeció. Movió el cursor hacia abajo, enseñándome el resto de archivos hasta que, en una esquina, localicé uno que me resultaba sospechoso. Subordinados.
–Abre ese –señalé.
Y, en cuanto se abrió aquella ventana, en la primera posición, con un semblante serio que apenas mostraba en la cafetería, encontré al chaval del pelo lacio y castaño.
En mi boca se dibujó una media sonrisa.
Ahí estaba. La prueba que necesitaba.
–¿Qué sucede, Sasuke-kun? –quiso saber Karin, al observar mi expresión.
Estoy seguro de que pudo ver en mi cara todo el regocijo que se había expandido dentro de mí. Incliné la cabeza y la miré, con una intensidad que le puso la piel de gallina.
–No elimines nada –me apresuré en sacar de mi maletín un pendrive– y mételos todos aquí.
–Claro –la pelirroja se quedó mirando el aparato detenidamente, dubitativa; luego, volvió a centrarse en mí–. Sasuke-kun, este sitio... esta agencia... sé que no me dirás por qué te interesa tanto, pero, por favor, ten cuidado.
Aunque sus palabras sonaron tímidas, sabía que sus sentimientos eran de verdad. La miré largamente, y recordé de pronto a Ino.
Me había acostumbrado a que fuera la rubia de larga melena la única en mostrar atención y preocupación hacia mí; sin embargo, los últimos meses apenas había tratado con ella y, desde el incidente en la playa, la sentía más lejos que nunca. Además, tenía la sensación de que, pese a que Ino siempre había parecido muy pendiente de mí, nunca había hecho realmente nada parecido a lo que estaba haciendo Karin en ese momento. A pesar de que ahora era consciente de lo que sentía por mí, la rubia nunca se habría arriesgado de esa forma por algo que le hubiera pedido. Y, quitando los absurdos arrebatos en los que intentaba conquistarme, debía reconocer que la pelirroja era menos cargante y ruidosa que ella.
Conocía de mucho menos tiempo a Karin, pero tenía la impresión de que me ayudaba y me protegía mucho más que Ino.
Karin introdujo el pen en su portátil y, conforme copiaba los archivos allí, noté que mis facciones se relajaban.
–Gracias.
Bastó esa palabra para que aquellos ojos suyos, de un tono caramelo, se iluminaran. Si pensaba que ya pasaba el tiempo suficiente detrás de mí, entendí que, después de eso, ahora no habría forma de que se me despegara.
Ni siquiera me hizo más preguntas; haberle agradecido su trabajo era más de lo que podía esperar.
Sakura estaba distinta.
Cuando terminó la hora del almuerzo, había entrado en clase con una apariencia muy diferente a aquella que había mostrado durante la mañana. Se había puesto la raya de su media melena a un lado, recogiéndose un mechón detrás de la oreja, donde se descubrían unos pequeños pendientes que nunca le había visto. Llevaba la falda (¡por fin!) más corta, a la altura de los muslos, lo cual me hipnotizaba cada vez que la miraba, y el cuello de la camisa estaba algo menos apretado. En una ocasión, aprecié que sus uñas cortas estaban limadas, alineadas, con una base transparente de esmalte que las embellecía. Además, se había maquillado un poco: volvía a llevar la máscara de pestañas y aquel brillante color melocotón en los labios.
Creo que no hubo ni una sola persona en la clase que no apreciara su drástico cambio de imagen. Los cuchicheos de las chicas y los ojos iluminados de los chicos se expandían por cada rincón del aula. Pero, una vez se colocó en su asiento, reconocí aquella expresión suya: en la que entornaba los ojos y fruncía la boca, desvelándome lo tremendamente incómoda que se sentía.
Sakura odiaba ser el centro de atención.
Solo unos segundos después, Ino apareció con una acusada energía. Al ver que se aproximaba hacia la última fila, pensé por un momento que venía a decirme algo. Pero, en lugar de eso, ignoró mi presencia y caminó apresuradamente hasta Sakura.
–Ya sabes: péinate a partir de ahora con la raya a un lado, a menos que me dejes cortarte el flequillo, y adórnate el pelo con diademas y cintas, si quieres. Pero, de ninguna manera, vuelvas a dejarte la raya en medio o destacarás esa pedazo de frente que tienes. ¡Ah, y no te bajes más la falda! –oí que le soltaba.
Arqueé una ceja y observé que Sakura hacía un mohín. Ciertamente, coincidía con la rubia platino en que debía dejarse la falda corta; resultaba imposible no fijarse en las piernas torneadas de la peli-rosa. Era peor que un insulto ocultarme algo así.
Sin embargo, no fue eso lo que me llamó tanto la atención. ¿Desde cuándo Ino se había hecho tan íntima de Sakura? Tuve la impresión –y me parece que había acertado– de que había sido la Yamanaka quien había ayudado a la pelo-chicle a mejorar su aspecto. Aunque no concebía el motivo.
Instintivamente, volví la mirada al frente. Como había esperado encontrar, Sai tenía medio cuerpo girado y observaba fijamente a las dos chicas que conversaban a mi lado, con aquel semblante inexpresivo, que camuflaba todos sus pensamientos a la perfección.
Era evidente que a él también le había sorprendido el cambio de Sakura.
Fruncí el ceño.
¿Qué coño quieres de ella?
Recordé los archivos que Karin me había pasado de la Nuit Rouge. Aquella misma tarde comprobaría en mi ordenador si todas y cada una de mis sospechas habían dado en el clavo.
Horas más tarde, me di por vencido.
No había encontrado ni un solo rastro que relacionara a Sai con la agencia escort.
Hacía rato que había dejado el ordenador atrás, junto al apartamento de Itachi. No sé muy bien qué había esperado encontrar saliendo a aquellas horas de la noche; había indagado en aquellos documentos de cabo a rabo, sin parar, y había sido suficiente para dejarme claro que aquel paliducho medio muerto no tenía nada que ver con la Nuit Rouge. Y quizás había creído dar con algo fuera que me diese la razón, o quizás solo había necesitado despejarme.
Lejos de aquella casa. Lejos de aquellos pensamientos. Lejos de tantos recuerdos. Lejos de tantos nombres. Lejos de todos.
Mientras sorbía otro trago de mi soda, allí, sentado bajo un árbol frente al estanque del Shinjuku Gyoen, me picaban los nudillos. Por dentro, me consumía una rabia aplastante.
¿Quién era Sai Shimura? ¿De verdad estaba relacionado con el tal Danzô Shimura del que había hablado Izumi y no con la Nuit Rouge? ¿Por qué, diera el paso que diera en esta puta ciudad, parecía como si todo tuviera un vínculo con mi pasado?
Algún día me largaré de aquí.
Aun cuando sabía que me convenía quedarme, sobre todo, por la posibilidad de que desarrollara aquella puñetera enfermedad de la vista, en el fondo, estaba deseando pirarme de Japón. Aquel país solo me llenaba de mierda, aunque temía que, fuera a donde fuese, encontraría lo mismo.
Solté un resoplido.
Serían ya las once y media y, por lo que sabía, la cafetería donde trabajaba Sakura ya estaba cerrada. No había podido acercarme ese día, sencillamente porque me había pasado la tarde entera examinando todos los documentos que Karin había conseguido sustraer de la agencia. No era difícil de entender que la Nuit Rouge se dedicaba a la trata. A la Trata de blancas.
Había decidido informar de todo aquello al Ministerio de Defensa; sin embargo, me había negado en redonda a dirigirme personalmente a mi padre. Había extraído todos los documentos personales que tenía en mi pen, dejando solo los de la Nuit Rouge. Luego, lo había puesto en un sobre y se lo había metido a mi padre en el buzón de su casa, sin que se enterase de que había pasado por allí. Esperaba que no fuera terco y lo abriera cuanto antes, aunque me había cuidado de escribir mi nombre.
No quería que pensara que ahora me dedicaba a las investigaciones policíacas.
–Menuda sorpresa encontrarte aquí –una voz me arrancó bruscamente de mis cavilaciones.
Me giré y descubrí a un tipo alto y fornido, con un llamativo pelo naranja zanahoria, muy erizado. Lo identifiqué inmediatamente: era el amigo de Suigetsu, con el que había estado a punto de liarme a hostias la última vez, en la plazoleta de Shinjuku.
–Vaya, lo mismo digo –repuse con voz neutral.
Por su expresión desafiante y la forma en que apretaba las rodillas, comprendí que se había puesto en guardia. No venía solo: había un par de tipos más a su lado, con las mismas pintas que caracterizaban a la gente que frecuentaba la Plazoleta.
Me levanté con tranquilidad, y noté enseguida su agitación.
Nunca tuve previsto que aquella noche terminara en una pelea.
–Veo que eres un lobo solitario, Sasuke Uchiha –observó el musculitos del pelo naranja.
Esbocé una sonrisa ladeada, cargada de un profundo cinismo.
–Interesante comparación –comenté–. ¿Me refrescas la memoria? No recuerdo tu nombre y me gusta conocer los nombres de quienes me tocan las pelotas.
–Vaya, ¿y eso por qué?
–Por si un día tengo que borrarte del mapa.
Pese a lo robusto y lo grandioso que parecía por su físico, me percaté de que aquel idiota del pelo naranja había reprimido un escalofrío.
–Muy bien. Me llamo Jûgo Tenpin –respondió. Hizo una breve pausa y estudió con detenimiento mi aparente postura sosegada–. Así que quieres enfrentarte a mí.
–No te confundas. No tengo ningún interés en gastar energías contigo aquí ahora mismo.
–¿Y qué me dices de la Jaula?
Entorné los ojos. Sabía de lo que me estaba hablando; no era la primera vez que me lo proponían. Y tampoco era como si nunca hubiera estado allí.
Más bien, al contrario.
Pero me había prometido a mí mismo que lo dejaría. Además, tendría al imbécil de Naruto dándome la morga si se me ocurría volver a pisar aquel sitio.
Fui a replicar cuando, en ese preciso instante, sonó mi móvil.
–Al parecer, te reclaman –dijo Jûgo. Hizo ademán de irse, pero se detuvo y me miró por encima del hombro–. Avisa a Suigetsu cuando estés preparado para luchar contra mí.
Chasqueé la lengua ante la soberbia de su comentario; sin embargo, aquella vez preferí contenerme. Cogí el móvil sin ni siquiera preocuparme por ver quién era; mis ojos se clavaron en las espaldas de aquel camorrista, mientras se perdía en la distancia.
–¡Sasuke, menos mal que lo has cogido! –la voz de Naruto sonó alarmada desde la otra línea.
–¿Qué quieres? –inquirí un poco áspero.
–Es Sakura-chan... ¡Teme, está en peligro!
Experimenté un súbito tumbo contra las costillas.
–¿De qué coño hablas? –me alteraba la perspectiva de que el dobe estuviera exagerando con algo así.
–¡Que sí! No ha vuelto a su casa, me lo acaba de decir Hinata-chan, que se lo ha dicho Hana-chan. Hace horas que no responde ni a los mensajes ni a las llamadas. Tendría que haber vuelto hace tiempo. Por lo visto, hoy hacía el cierre...
Y, conforme pronunciaba las últimas palabras, el móvil vibró en mi oreja. No era otra llamada, por lo que me apresuré en mirar la pantalla. Se había abierto una ventana con un punto rojo parpadeante.
La alarma del busca que le había dado a Sakura.
–Te dejo –me limité a despedirme de Naruto.
–¡Pero, teme...!
Corté rápidamente la llamada y abrí la notificación del busca. Aquel dispositivo estaba conectado directamente con mi móvil y, gracias al GPS que tenía incorporado, me permitía localizar con facilidad a todo aquel que lo usara.
Fruncí el ceño.
Sakura estaba a solo unos minutos de donde me encontraba yo.
Cerca del Jardín Nacional Shinjuku Gyoen había un barrio llamado Kabukichô. Aquel lugar se lo conocía como el «barrio rojo» por excelencia de Japón y, debido a todo lo que solía transitar en él, la gente normal solía mantenerse alejada de aquella zona. Al sur, la mayoría de los locales procuraba un ambiente comercial y arquetípico, pero el problema era al norte.
Y era precisamente al norte donde me indicaba el dispositivo que se encontraba Sakura.
Corrí siguiendo la dirección que me marcaba el GPS. Al poco de alcanzar el último tramo del barrio, giré hacia una calle que me llevó a una gran avenida, repleta de coches aparcados a los laterales. Me interné en un parking solitario, flanqueado por dos edificios que parecían vacíos y varios camiones estáticos en fila.
Tan pronto como llegué hasta el destino que me señalaba el punto rojo del mapa, escuché unas risas macabras. Intentando ser lo más sigiloso posible, seguí el sonido de unos pasos removiendo la gravilla del suelo y me escondí detrás de una furgoneta. Me agaché y, cuando asomé un poco la cabeza, reconocí el cabello rosáceo y los ojos verdes jade, destacando bajo la luz de la farola a la que se apegó.
Sakura estaba acorralada contra la verja que marcaba el límite del parking, frente a un círculo de hombres que la miraban como hienas hambrientas.
–Has venido justo hasta donde habíamos planeado. ¡Qué despistada! –estaba diciendo una voz masculina.
Moví los ojos e vi la figura de un hombre que vestía muy oscuro y estrafalario, acercándose a Sakura unos pasos por delante de los demás. En su cuello identifiqué la cabeza dibujada de un dragón. Quitando algunos casos como el mío, que procuraba esconderlo casi siempre, en Japón los tatuajes eran prácticamente un tabú –razón por la que había tenido ciertos problemas con algunas chicas–. Se vinculaban automáticamente con la yakuza y los criminales, y sabía que aquel tipo no era precisamente una excepción.
Detrás de él, conté ocho más.
Comprendí súbitamente la estrategia que habían seguido para atrapar a Sakura. Habían jugado al ratón y el gato, apareciendo probablemente en el metro en el que había subido ella y consiguiendo, uno por uno, que se desviara hasta aquella trampa.
La miré a ella y, al ver que mantenía una postura envarada y desafiante, me alivió entender que se había dado cuenta de todo. Pero, seguramente, no había podido hacer nada mejor que usar el busca.
Estaba claro que aquellos gilipollas eran de la Nuit Rouge.
–¿Por qué nos tienes tanto miedo? Solo queremos negociar –continuó hablando aquel tipejo.
Mis puños se crisparon. Su voz asquerosa me estaba inflando los huevos.
Localicé al más cercano de todos ellos: un tipo corpulento y bajito, que llevaba el mismo chándal negro que el primero. En una mano, sostenía una barra metálica, que estaba dispuesto a utilizar contra Sakura.
Pero yo sería más rápido que él.
No medité un segundo más. Al comprobar que todos estaban pendientes de la peli-rosa, salí de mi escondite y me lancé a por el gordo. Le hice una llave corta y precisa, con la que le quité la barra y le dejé inmóvil en el suelo.
Como había supuesto, mi presencia alertó a todo el grupo.
–Pero ¿qué coño...? –acallé al siguiente con un golpe en la cabeza.
Tranquilamente, me deshice del tercero, clavándole la barra en el estómago, y del cuarto, con una patada circular en la sien. El quinto lanzó un grito desesperado, que se cortó a la mitad, cuando dejé caer con fuerza la barra metálica en medio de su cráneo. Acto seguido, otro intentó arrojarse sobre mí con su propia barra, pero fui más raudo: con un movimiento serpenteante, la atrapé, se la robé y le hice caer de bruces barriéndole con las dos a la vez.
Hubo uno que consiguió asirme desde atrás. Quise alcanzarle con las barras, pero esquivó todos los ataques. Detecté, de pronto, a otro más abalanzándose sobre mí y pensé deprisa. Cuando lo tuve a solo un metro de distancia, pegué un brinco, trepé con los pies por su cuerpo, atestándole una última patada en la frente, y giré sobre el que me tenía apresado. Aquel movimiento inesperado provocó que me soltara, y me apresuré en golpearle el estómago en seco y barrerle los pies. Al caer de espaldas, pude descubrir su rostro. Me quedé petrificado unos segundos.
Era el chaval del pelo lacio y castaño que había estado visitando la cafetería.
Los dos nos miramos detenidamente. Deduje, por el brillo de sus ojos, que me había reconocido.
–¡Serás perra! –detecté de repente la voz de otro tipo.
Levanté la cabeza y encontré a Sakura defendiéndose de los últimos maleantes que quedaban, varios metros por delante de mí. Realizó una finta y, siguiendo la dirección del puño que uno había intentado propinarle, le burló, le atrapó y le hizo rodar en el suelo. Repitió una llave parecida con el siguiente y, a otro, le atestó un puñetazo que lo dejó tieso contra la verja.
Pero comprendí que eran demasiados, en una distancia muy corta. Uno consiguió cortarle un esquive. La agarró del brazo y la tiró al suelo. Seguidamente, sin ni siquiera permitirle respirar, se montó encima de ella y sus manos rodearon su cuello con saña. El rostro de aquel hombre era una máscara retorcida de odio.
–¡Muérete, zorra! –rugió.
Mi sangre comenzó a hervir, y todo ocurrió en un parpadeo.
Salí disparado hacia aquel pedazo de cabrón, e le hinqué la rodilla en la oreja. El golpe consiguió que liberara a Sakura, y ambos rodamos por el suelo, lejos de ella. Me levanté por instinto. Aferrando con fuerza la barra metálica que había caído más cerca, me monté sobre él y presioné la nuez de su cuello, como si se tratara de un clavo que debía hundir en la madera.
–Muérete tú, hijo de la gran puta –mascullé.
No sabía qué aspecto debía tener mi rostro, pero, por la forma en que me miró, parecía estar contemplando la viva imagen del Diablo.
–Sí, eso es, cabrón. Témeme. Teme esta cara, porque es lo último que vas a ver en esta vida –le dije, en una voz tan profunda que solo podía entenderlo él.
Su cara redondeada se enrojeció y se llenó de venas: asfixiado por la presión que ejercía la barra en su tráquea. Sabía que si seguía oprimiéndole de esa manera, lo mataría.
Tal y como él había intentado hacer con Sakura.
–¡Sasuke, para! –escuché lejanamente la voz de la peli-rosa–. ¡Para, por favor!
No quise prestarle atención, aunque, una parte de mí, me decía que debía hacerle caso. Estaba haciendo lo incorrecto. Sin embargo, no podía detenerme. Cuando los ojos de aquel hombre se cerraron y perdió el conocimiento, experimenté una extraña ola de satisfacción, como un reflujo que avivaba mi sangre de una energía desconocida. No estaba muerto todavía, pero sentía que solo necesitaba un poco más.
Un poco más y me desharía de aquella cucaracha inmunda.
–¡Suéltame! –gritó entonces Sakura.
El temor inusitado en su voz me despertó de mi ensimismamiento.
La miré súbitamente y descubrí, encendiendo aún más mi furia, que el chico de la melenita lacia la retenía desde atrás, como había hecho conmigo. En aquella ocasión, había sacado una navaja, que había colocado frente al cuello de Sakura.
–¡Ni se te ocurra dar un paso más o me la cargo! –me soltó.
Por pleno impulso, dejé de presionar con la barra la garganta del tipo que tenía debajo y me levanté. Observé con detenimiento la imagen que se presentaba ante mis narices, y mis manos comenzaron a temblar de ira. Di un paso adelante y, tal y como me había advertido, aquel niñato clavó un poco la navaja en la piel de Sakura. Por su cuello blanco corrió un fino hilo de sangre.
Me picó la nariz y la parte superior del labio.
–Vamos a hacerlo así: yo la suelto y tú me dejas marchar, ¿eh? ¿Hacemos ese trato? –su voz reflejó una desesperación casi palpable.
Me tenía miedo. Mucho miedo.
Y yo sonreí con placer.
–Y una mierda con ese trato –gruñí.
Noté que las manos del chico temblequeaban sobre el cuello de Sakura. Pero, cuando di el siguiente paso, él presionó un poco más y la peli-rosa compuso una mueca de dolor. Mi ceño se apretó tanto que casi me dolió.
–Por favor, Sasuke... –jadeó Sakura.
–Te lo está suplicando, ¿no lo ves? ¿Acaso quieres que la degüelle? Estoy acostumbrado a hacer estas cosas –el muy gilipollas soltó una carcajada propia de un lunático.
Entorné los ojos y entendí que, aunque me temiera, sería capaz de cortarle el cuello a Sakura sin vacilar. Rechiné los dientes, con una quemazón abrasándome brazos y piernas. Quería abalanzarme ahora mismo sobre él, quitarle la navaja y rebanarle los sesos. Sentía que podía partirle el pescuezo infinidad de veces seguidas sin cansarme. Veía la fina sangre que se derramaba de la carne de la peli-rosa y solo deseaba la más tortuosa de las muertes para aquel tremendo hijo de perra.
Noté de pronto que se iba separando, lentamente, de Sakura. La navaja no dejó de morder su cuello, hasta que se hizo con suficiente rango de huida. No dejó de mirarme, acojonado, y yo no dejé de mirarle a él, preparado de un momento a otro para saltarle encima. El silencio se entrecortaba únicamente por la respiración nerviosa de la peli-rosa. Y cuando se cercioró de que lo había conseguido, echó a correr despavorido.
Fui a correr detrás de él, tan furioso que creía por momentos que saldría ardiendo de verdad. Pero, apenas avancé un par de metros, alguien me retuvo fuertemente por el brazo.
–¡No, Sasuke! ¡Déjalo, por favor! –me imploró una voz.
Estaba ciego de rabia; era incapaz de ver cuanto me rodeaba. Seguí con la mirada el cuerpo lánguido de aquel pedazo de cagueta, corriendo como un cervatillo asustado. Me había desafiado, creyéndose importante cuando solo era una masa insignificante de huesos, una garrapata cobarde, un parásito infecto.
–¡Sasuke-kun!
Y al girarme bruscamente para deshacerme de aquel insistente contacto, fui consciente de lo que estaba pasando.
Sakura me contempló con los ojos muy abiertos, sobrecogida.
–Soy yo –susurró.
Sus pupilas miraron un instante por encima de mi cabeza, y solo entonces caí en la cuenta de que tenía un brazo levantado. Había estado a punto de golpearla. Inspiré hondo y me percaté de que tenía la respiración agitada. Cuando acompasé el ritmo de mis pulmones, volví a mirarla fijamente.
Estaba temblando. Por mi culpa.
–Has venido –dijo.
Y entonces comprendí que no temblaba por que me tuviera miedo.
Fue algo instintivo, que no había hecho nunca con nadie. Pero examiné el corte de su cuello y, aunque sabía que era superficial, un instante después me vi abrazándola. Sakura no era una chica muy bajita, quizás incluso sobrepasara con creces la media de las mujeres niponas; sin embargo, seguía siendo más pequeña que yo. Y allí, estrecha entre mis brazos, parecía la criatura más diminuta que había tocado jamás. Su aroma, a pesar del sudor, me invadió. Cerré los ojos y, por un momento, sentí que todo estaba bien.
Sakura estaba a salvo.
–¿Sasuke-kun? –su voz, tan cerca de mi oído, me sobresaltó.
Me separé rápidamente de ella y me aclaré la garganta. Por el rabillo del ojo, descubrí sus mejillas muy coloradas y sus ojos verdes tan abiertos y tan brillantes que parecía haber vuelto a encontrar la estrella fugaz que vimos pasar en Isshiki.
Chasqueé la lengua.
Eres una molestia.
No esperé más, abrí el móvil y pulsé el último nombre de la lista de llamadas recibidas.
El sonido de la línea comunicando se cortó en el segundo pulso.
–¡Teme! ¿Has encontrado a Sakura-chan? –preguntó Naruto desde el otro lado.
–Sí, manda de inmediato un coche en la dirección que te voy a enviar. Tienes que llevarla al hospital.
–¿Qué? ¿Sakura-chan está herida? ¿Está bien?
–Está bien, pero tiene un pequeño corte que hay que sanar.
–De acuerdo, ahora mismo voy para allá con alguien.
Di un rápido rodeo con la mirada, observando el panorama: la mayoría de los tipos que había noqueado continuaban yacientes en el suelo.
–Ah, y tráete también a la Policía, si no te importa –añadí.
–¿La Policía? ¡Joder, Sasuke! ¿Qué coño ha pasado?
–No tengo tiempo, ya te lo explicaré.
–Vale, pero... ten cuidado.
No dije nada más, colgué y me apresuré en mandarle al idiota rubio la ubicación de donde nos encontrábamos Sakura y yo. Me giré para mirar a la peli-rosa.
–Toma –extraje de mi billetera una tarjeta, donde aparecía mi nombre y una firma a manos de mi padre, y se la entregué–. Cuando llegue la Policía, dales esto. Lo entenderán en cuanto lo vean.
Ella examinó detenidamente la tarjeta y, luego, me miró a mí.
–¿A dónde vas? Puede que tú también estés herido –inquirió preocupada.
No me atreví a mirarla directamente a los ojos. Sentía que, si lo hacía, cambiaría automáticamente de parecer.
–Tengo asuntos que atender –me limité a contestar.
Y, tan pronto lo dije, me arrepentí.
Había revelado que tenía un propósito y yo nunca revelaba nada, ni siquiera eso.
Me volví y le di la espalda, queriendo evitar darle más información de la necesaria. Fue entonces cuando percibí, a lo lejos, las sirenas de los coches de la Policía.
–Adiós.
–Sasuke-kun –ella volvió a retenerme por el brazo.
Aquella vez no me giré, ni tampoco hice ademán de mirarla. Pero tampoco quise deshacerme tan fácilmente de su contacto; su mano era cálida incluso ante la frialdad de la noche.
–Por favor, no hagas locuras.
Y no la miré, ni me giré, ni la busqué. Y, sin embargo, sentí como si dentro de mí se abriera algo que llevaba mucho tiempo dormido.
Algo dulce.
Algo frágil.
Algo débil.
Finalmente, me zafé de su contacto; apenas tuve que hacer esfuerzos, comprendiendo que me dejaba marchar. Me alejé de allí entre las sombras, aliviado al comprobar que la Policía ya había parado frente a la entrada del parking. Corrí calle abajo y, una vez me aseguré de que estaba completamente solo, saqué el móvil.
Karin descolgó al tercer pitido.
–¿Estás despierta? –pregunté.
–Sí, pero me sorprende que me llames a estas horas.
–Necesito que me hagas un favor.
Se escuchó un suspiro desde el otro lado de la línea.
–¿Qué es ahora?
–Rastréame la ubicación de la sede de Nuit Rouge.
La dirección que me envió Karin, tal y como ella había adivinado la primera vez, me llevó hasta un hostess. Entré sobornando a los seguratas que custodiaban la puerta de entrada y me filtré entre la multitud. Había memorizado el nombre del viejo gordo del sombrero y las paletas separadas: el señor Hideki, y me hice pasar por un interesado que le estaba buscando. Me llevaron por un pasillo, que conectaba con la parte trasera de una nave industrial, y me dejaron allí dentro, despreocupadamente, mientras los guardias se fumaban unos cigarrillos entre risas, afuera.
En cuanto me vio llegar, los ojos de aquel gordo apestoso se abrieron tanto, que pareció un sapo gigante a punto de reventar. El chaval de la melenita castaña estaba frente a él, arrodillado. Cuando se giró y me vio, fue como si ante él se hubiera presentado su peor pesadilla.
Ni siquiera le permití el lujo de que comenzara a gritar, me abalancé sobre él, le corté la voz con un golpe fuerte y preciso en la garganta y le agarré los brazos por detrás.
–Querías degollarla, ¿verdad? Estás acostumbrado a hacer esas cosas, ¿no es así como me lo dijiste? Tranquilo, porque has caído en manos de alguien que está acostumbrado a hacer esto.
Con una pierna presioné su espalda, tiré de sus brazos hacia atrás y, solo un segundo después, se escuchó un fuerte crujido. El señor Hideki contempló horrorizado cómo los brazos de su súbdito caían descolgados junto a su cuerpo, desplomado en el suelo.
Mis ojos le señalaron, y supo que aquella había sido su sentencia.
