NOTAS DE AUTOR

Me encantáis. Es lo primero que tengo que decir. La verdad es que creo que he tenido suerte de que me leáis personas tan entusiastas y apasionadas, tanto en esta web como en la otra donde publico. Me hace muy feliz saber que mi fanfic está causando tantas sensaciones para vosotros.

Aquí os traigo la continuación, un día más. Esta es algo más larga que la anterior y creo que muy profunda porque suceden muchas cosas en la vida de nuestros personajes y también en los pensamientos de Sakura, la narradora en esta ocasión.

Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.

Sin más, espero que os guste... ¡A DISFRUTAR!


17. HILOS

Me miro en el ventanal del salón y lo que veo, como siempre, no me gusta. Por más que me ponga el pelo del flequillo encima, se sigue notando que tengo una gran frente. ¿Por qué tengo la frente tan ancha?

Me paro a pensar un rato.

En realidad, no sabía que tener la frente ancha provocaba tanta risa. Me he dado cuenta ahora, viendo la tele, porque los programas de televisión dicen que las chicas son más guapas cuando tienen la frente pequeña; además, los niños se burlan de mí. También he oído que es muy importante ser delgada, o nunca se enamorarán de nosotras. Pero yo estoy gordita. ¿También tengo que ser tan canija como esas chicas que salen en las revistas? Solo tengo cinco años, pero a veces pienso que ellas parecen más pequeñas que yo. O, al menos, más delicadas. Como si de un momento a otro fueran a romperse.

–¡Sakurichi! ¿Puedes ir a comprar tomates a la tienda? Me hacen falta para la comida de hoy –grita papá desde la cocina.

–¡Voy! –respondo sonriente.

Me levanto del sofá y me acerco hasta donde está él.

–Toma –extiende una billetera pequeña llena de monedas–. Te he dejado un poco más de dinero, por si te apetece comprar dumplings de anko.

Resoplo y se me mueven algunos mechones del flequillo, que me apresuro en volver a colocar en su sitio.

Me encanta caminar, pero el problema es que papá me tienta a comprar cosas de esas que los niños dicen que te ponen más gorda. Pero es que los dumplings de anko, esas bolitas de harina de arroz dulce, rellenas de pasta de judías rojas... tan esponjosas, suaves y tiernas... ¿Quién puede resistirse a ellas?

Me encojo de hombros. Papá dice que puedo, así que me compraré algunas.

Salgo de casa y me encamino tranquilamente hasta la tienda, tarareando la última canción que nos ha enseñado la maestra en Música. Papá sabe tocarla con la guitarra. Algún día, tocaré y cantaré como él.

El señor de la tienda es muy amable. Me ha regalado más dumplings de anko de lo que esperaba, y me ha dicho que las niñas como yo tenemos que crecer fuertes y sanas; que no me preocupe nunca de lo que digan los demás. Aun así, mientras me voy comiendo este dulce, me siento un poco culpable. ¿De verdad que nadie se enamorará de mí, si no me convierto en una de esas chicas?

Me detengo y, de pronto, por delante de mí pasa un chico. Tiene un palillo en la boca y me fijo en que sostiene en las manos un cartón con algunos takoyaki. El aroma de esas bolitas fritas de pulpo entra en mi nariz, atrayéndome; sin embargo, sacudo la cabeza y me contengo. Mamá dice que antes del almuerzo no se puede comer mucho, y yo ya tengo mis dumplings.

El chico se detiene y sus ojos me enfocan. Por un momento, he sentido como si se me escapara el aire. ¿Qué es esto? Me late muy fuerte el corazón. La cara de este chico es mucho más bonita que la de todos mis amigos. Creo que tiene mi edad. Está muy serio y parece un poco chulito, pero su pelo negro como el regaliz, que contrasta completamente con su piel blanca, es muy guay: revoltoso y erizado, con mechones largos cayéndole sobre la frente. Tiene unos ojos muy oscuros, tan negros como el fondo de un pozo, aunque brillan un poco, y me acuerdo de los túneles que he visitado este verano en Okinawa: daban mucho miedo, pero, al final, siempre te está esperando una intensa luz. Nunca he visto unos ojos así.

Sus pupilas bajan hasta las dos bolsas que tengo entre las manos.

–Oh, qué tomates –comenta embelesado.

Miro rápidamente esos frutos rojos y redondos, que destacan a través del plástico de la bolsa. Levanto la vista, pero el chico sigue atento a mis tomates. Ladeo la cabeza y, sin pensarlo mucho, saco uno.

–¿Lo quieres? –le ofrezco.

Él abre mucho los ojos. Parece como si se hubiera encendido una lamparita en sus pupilas.

–¿De verdad? –me pregunta con ilusión.

–Claro, hay muchos –le sonrío yo–. Pero sabes que esto se come con ensalada, ¿no?

Agarra el tomate tan rápido que casi ni me doy cuenta, y le da un gran mordisco.

–Yo me los como así también –sonríe triunfante.

Me quedo mirándole embobada. Este chico se está comiendo unos takoyaki, pero su estómago también tiene espacio para mis tomates. Mis ojos le examinan de arriba abajo; es más delgado que yo, pero parece que a los dos nos gusta comer.

Tímidamente, le muestro los dumplings de anko que tengo en la otra bolsa. Sé que me he puesto muy colorada. Me arden las mejillas.

–¿Quieres esto también?

Él asoma el morro y observa el contenido, pero niega con la cabeza.

–No me gustan las cosas dulces –responde.

Antes de que yo pueda decirle nada, algo impacta contra mi bolsa de plástico. No soy capaz de hacer nada, los tomates caen desperdigados por el suelo: espachurrados. Y, en medio de ellos, detecto una piedra.

–¡Deja ya de comer tanto, Bubú! –grita de repente una voz.

Me giro y descubro a esos niños estúpidos de mi guardería, riendo victoriosos. Han sido ellos los que han tirado la piedra contra mis tomates.

–¡Vuélvete con Goku y Vegeta, o acabarás zampándonos a nosotros también! –me siguen gritando.

Me encojo un poco y dejo de mirarles; solo quiero echarme a llorar. ¿Por qué no me dejan tranquila de una vez? Ahora papá me castigará por no poder llevarle lo que necesita.

–Habéis tirado todos esos maravillosos tomates –la voz del chico moreno de piel blanca suena enfadada.

Levanto la mirada y veo que ha agachado la cabeza. No puedo ver su hermosa cara, pero sus manos están temblando, cerradas en puños. Si fuera un volcán, estaría a punto de echar lava.

–Oye, ¿eres Sasuke Uchiha? –uno de los niños habla con cierto miedo.

–¿Por qué estás tan cabreado? –salta otro, temeroso también.

Curiosa, les miro y compruebo que los tres niños que han aparecido para molestarme están retrocediendo, como los gatos escuálidos de la calle cuando ven perros grandes.

–¿Esos tomates eran tuyos? –pregunta el más alto de todos.

Este chico, que he descubierto que se llama Sasuke, tarda bastante en contestar. Finalmente, alza la cabeza y les lanza una mirada fulminante.

–¡Os vais a enterar!

Me agazapo en el suelo, amedrentada; no me gustan las peleas. Sin embargo, por un huequito que se abre entre mis brazos, logro ver lo que sucede ahí fuera.

El cuerpo de Sasuke ahora es más alto y estilizado. Viste el uniforme negro de Secundaria y lleva una bufanda atada al cuello. Hace mucho frío, mucho más que antes. ¿En qué momento hemos llegado al invierno de nuestros doce años?

Se interpone delante de mí y, aunque hunde las manos en los bolsillos, sé que sus músculos están preparándose para luchar.

–¿De qué coño vas, chaval? Ha sido ella la que ha meneado su falda por delante de nosotros –la voz del niñato que tiene delante es áspera y desagradable, marcando mucho las erres, como los típicos macarras tokiotas.

–¡Cierra la puta boca, cabrón! ¡No tenéis ningún derecho a tocar a nuestra amiga! –exclama inesperadamente la voz chillona de Naruto.

No me he dado cuenta hasta ahora de que él también está aquí, al lado de Sasuke. Ambos están de espaldas a mí y no puedo verles las caras, pero sé que el amor de mi vida está mostrando una de esas sonrisas ladeadas suyas.

–Qué decepción más grande sois para el sexo masculino –suelta con frialdad.

Siento como si algo fuera a explotar dentro de mí por la emoción. ¡Sasuke-kun me está defendiendo! Sé que Naruto también está con él, pero es mucho más raro que él se esté arriesgando de esa manera por protegerme. El abuelo Kosuke me diría ahora mismo que me levantara y saliera a defenderme a mí misma, pero es que no puedo hacerlo...

Hoy no tengo fuerzas ni siquiera para patearles el culo a esos guarros, como he hecho otras veces. Acabo de saber que mi padre padece de cáncer y, por lo que cuentan los médicos, la enfermedad está muy avanzada. Con suerte, vivirá un año más. ¿Qué más da si hoy quieren meterme mano unos capullos?

Además, si Sasuke-kun descubre que tengo una fuerza impresionante, pensará que soy una machorra y, todo el esfuerzo que he hecho por que me preste un poco de atención, se irá al traste.

Ahora mismo, todo mi mundo se va a pique.

Pero sé que tengo que levantarme. Tengo que hacerlo.

No puedo dejar que Sasuke-kun salga herido.

Y, en cuanto veo que se precipita sobre esos tipos, decido deshacerme de mi orgullo. Reuniendo todas las fuerzas que soy capaz, me pongo en pie. El viento se hace algo más cálido, pero no lo suficiente como para que me quite la sudadera.

Ya no es invierno.

Mis ojos buscan desesperadamente al chico de rebeldes cabellos negros, bajo la escasa luz que nos ilumina. A mi alrededor, descansa una masa de hombres aturdidos en el suelo. Estoy en Kabukichô, Shinjuku, y tengo dieciséis años otra vez.

Localizo a Sasuke a solo unos metros por delante de mí. Y a ese hombre que retiene debajo de él. Y esa barra metálica presionándole la garganta. Y esa sonrisa sádica, siniestra, maquiavélica en la boca de quien ha sido mi amor platónico desde pequeña.

Su expresión es casi demoníaca.

–Sí, eso es, cabrón. Témeme. Teme esta cara, porque es lo último que vas a ver en esta vida –amenaza con una voz mucho más profunda al maleante.

Se me pone la carne de gallina al oírle. Lo va a matar.

–¡Sasuke, para! ¡Para, por favor! –le grito.

Y es en ese momento cuando aparece otra figura. El chico de cabellos castaños de la cafetería, que creía tan amable, se abalanza sobre él, con una navaja en alto.

–¡No! –vocifero.

Pero, por más que intento correr hacia él para detenerlo, mis piernas no se mueven. Miro hacia abajo y descubro, para mi horror, que tengo los pies pegados al suelo. A través de la tela de mi pantalón, como si fuera el ojo de una bestia, está parpadeando el punto rojo del busca. Todo esto ha sido culpa mía.

Levanto la cabeza, angustiada, y justo entonces lo presencio.

El muchacho del pelo castaño clava el cuchillo en la espalda de Sasuke.


–¡Sasuke-kun!

Escuché el eco de un grito y tardé algunos segundos en darme cuenta de que lo había lanzado yo. Me detuve de golpe, y me quedé mirando como una tonta mis manos, hasta que fui consciente de que estaba tocando unas sábanas blancas.

Las sábanas blancas de una cama de hospital.

Recordé entonces qué hacía allí y mis nervios se dispararon. Como si algo me hubiera llamado, giré la cabeza.

Por un segundo, creí que se me iba a salir el corazón por la boca.

Sasuke me miraba con los ojos entrecerrados por el cansancio, tumbado sobre la cama, a solo unos centímetros de mí.

–Sasuke, estás... ¡Oh, Dios mío!

Instintivamente, me lancé sobre él y le abracé con fuerza.

–Sakura... me duele... –se quejó forzosamente.

Me separé un poco para mirarle a la cara, y fue entonces cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo. De un brinco, me alejé de él y regresé al asiento donde me había quedado dormida.

–Lo siento –me disculpé, sonrojándome hasta la coronilla.

Sin embargo, me embargó una emoción tan intensa que apenas fui capaz de estarme quieta. Tenía ganas de reír y de llorar al mismo tiempo. Sin poder controlarme, noté las lágrimas resbalando por mis mejillas.

–Estás bien, estás vivo –susurré, más para mí misma que para él.

Sasuke arqueó una ceja, incrédulo ante mi reacción.

Pero recordé de pronto la razón por la que estábamos allí, en el hospital; la razón por la que él permanecía entubado con sueros y la última bolsa de transfusión de sangre que le habían traído. Los pitidos del monitor cardíaco chirriaron en mis oídos.

Fruncí el ceño, y toda la alegría que me había inundado se transformó en exaltación.

–¡Tú eres gilipollas! –espeté. Observé que el rostro de Sasuke no se alteraba ni un poco; esa era la reacción que había estado esperando desde el principio–. ¿Cómo se te ocurre ir tú solo hasta ese falso hostess?

Sus labios no se separaron para hablar todavía, y mis lágrimas aumentaron.

–¡Has estado a punto de morir, so imbécil! ¿Por qué lo has hecho? ¡Esos locos ya se habían ido!

–No es asunto tuyo, Sakura –replicó.

Escuchar su voz débil me puso peor.

Me mordí la lengua, intentando contener todo el sofoco que se estaba apoderando de mí. Mis ojos volaron hacia el vendaje que cubría su hombro izquierdo y, automáticamente, él miró en aquella dirección. Intentó mover el brazo, pero sus finas facciones se contrajeron en una mueca de dolor.

Nadie había querido explicarme nada de lo que había sucedido. Tan solo sabía que la agencia escort que había mandado a todos aquellos tipos a secuestrarme era, en realidad, una tapadera de traficantes de mujeres, escondida tras un famoso hostess al norte de Kabukichô. Había bastado con entregarle aquella tarjeta con el nombre de Sasuke a la Policía para que se pusieran en contacto con su padre, el concejal del Ministerio de Defensa, y averiguaran todo.

Y me había alegrado gratamente de que hubieran atrapado a aquellos cabrones, pero me había llevado un susto de muerte al enterarme de que habían encontrado al menor de los Uchiha allí. Inconsciente. Y herido.

Habían disparado a Sasuke en el hombro con una pistola de calibre 22, por lo que la bala no había hecho una perforación muy grande. Además, había sido un milagro que tuvieran mala puntería y no hubieran rozado ni un solo órgano vital. Apenas le habían atravesado el deltoides, sin llegar a ninguna articulación.

Pero había perdido mucha sangre debido a que la bala le había abierto la arteria humeral, y el plomo le había infectado la herida, contaminándole un poco la sangre. Por ello, había tenido que recibir asistencia inmediata y un sinfín de transfusiones.

Hasta ahora, había temido que entrara en coma.

Volver a pensar en la situación que tenía frente a mí me causaba un profundo malestar. Me levanté y le di la espalda a Sasuke; el nudo que se me había formado en la garganta estaba a punto de estrangularme. Me enjugué las lágrimas y aspiré, recordándome a mí misma que me estaba exponiendo más de la cuenta ante él. No debía ser tan débil.

–No esperaba una bienvenida de tu parte –dijo el Uchiha de repente, entre suspiros.

Me volví y descubrí que intentaba incorporarse; sin embargo, se rindió al ver que solo tenía fuerzas para apoyarse sobre un codo.

–Creía que te alegrarías de verme tieso y acabado –continuó.

Su broma me ofendió. Le miré largamente, pero él no sonrió y ni siquiera me miró. ¿Por qué decía esas cosas? ¿Acaso quería alejarme aún más de él? Lo sopesé detenidamente. Tenía sentido que quisiera verme lejos, en realidad.

Saqué el busca que me había dado la semana anterior y lo contemplé en silencio.

–Ha sido culpa mía –murmuré.

Advertí que movía la cabeza en mi dirección, pero esta vez fui yo la que se negó a mirarle. De nuevo, sentí que se me humedecían los ojos.

Deja ya de llorar, idiota. Estás incomodándole.

¿Cómo podía seguir viendo a Sasuke como al chico sin corazón del que me había estado quejando, después de que me hubiera salvado la vida? Era como si, de pronto, se hubiera postrado ante mí un muro con todas las verdades que había estado evitando hasta ahora.

Él nunca había sido culpable de nada, sino yo.

Todos aquellos meses le había despreciado, centrándome en frustraciones que pertenecían al pasado; creyendo que se había aprovechado de mí por besarme.

Pero, si nunca hubiera querido que lo hiciera, habría apartado la cara antes.

Era yo, supongo, la que había terminado aprovechándome de él. De verdad. Y casi había provocado su muerte.

Debía haber sido más inteligente y nunca haberme desviado hasta Kabukichô. El temor a que el primero de aquellos asesinos me siguiera hasta Setagaya, si lo pensaba bien, había sido absurdo; estaba claro que todos sus compañeros le habían estado esperando en Shinjuku. Había sido un plan muy simple y, para cuando me había dado cuenta, ya había sido tan tarde que solo se me había ocurrido utilizar ese maldito busca.

Pero nunca hubiera imaginado que Sasuke atendería realmente a mi llamada.

–No te atribuyas el mérito de guiar mis decisiones. Fui allí porque quise. Nada más que eso –sus palabras resonaron en mis oídos.

Alcé la vista y me encontré con sus ojos negros traspasándome. Me contempló callado, durante algunos segundos, en los que me reconcomí en mis adentros por pensar como una niña egocéntrica.

Al cabo de un rato, él cortó el contacto visual conmigo y se desperezó, con un poco de dolor.

–Pensaba que te habías decidido finalmente a hacer de sirvienta para mí, así que cuando vi que me llamabas con el busca, me dije: «¿por qué no?». Pero me encontré con la sorpresa de todos aquellos tipos intimidándote, y no me gusta tener cargos de conciencia, por lo que decidí echarte una mano –explicó con cierta soberbia; hablaba cada vez con más energía, menos fatigado–. Además, ¿con qué iba a entretenerme después de los entrenamientos del club, si te hacían algo? Debo admitir que disfruto observando lo ridícula que eres.

Oprimí el borde de mi blusa blanca de crespón entre las manos, invadida por una inminente rabia. Ahí estaba el Sasuke que me ponía de los nervios; el capullo de todos los días que se creía mejor que nadie.

En ese momento, me sentí idiota por haberme puesto algo de la ropa que Ino me había regalado. ¿Qué sentido tenía intentar que él me viera guapa? Era ingenua si creía que me había ofrecido su ayuda sin intereses. Y, si de verdad lo había hecho de ese modo, ¿por qué puñetas tenía que ser tan orgulloso y soltarme esas perlitas?

En mi mente reviví el comentario que había hecho Rock Lee en Isshiki: «Sí, a él se le da bien eso de dárselas de héroe».

–¡Podía defenderme yo solita! –le solté cabreada.

–Sabes que no; eran demasiados para ti sola. Por eso, pulsaste ese botón –me contradijo él.

Esbozó esa puñetera media sonrisa cínica, y yo le respondí con un mohín. Lo que más me jodía de todo era que tenía razón.

–Pues, por culpa de excederte en ayudarme y hacer lo que te vino en gana, ahora estás así –gruñí, cruzándome de brazos.

Esperé a que él contestara, pero no dijo nada; de hecho, había dejado de mirarme. Sus ojos se habían clavado en la pantalla del televisor, que permanecía apagado. Apreté el entrecejo, cabreada ante su poco interés por escucharme.

–Los médicos dicen que tienes que quedarte aquí para recuperar tu nivel de hierro; temen que te entre anemia, porque has estado a punto –continué explicándole. Comencé a caminar sin rumbo por la habitación, atenta por si despegaba los labios o, si acaso, pillaba alguna mirada de soslayo–. Has tenido mucha suerte porque solo te pondrán vendajes, pero tendrás que llevar un cabestrillo para sujetarte el brazo durante un mes..., si tus heridas sanan bien, claro.

Intentaba no mirarle mucho, pero me inquietaba que ni siquiera parpadease. Un poco frustrada, mientras trataba de recordar más cosas que había oído de los médicos, me senté de manera impulsiva en el borde de su cama. Aunque me cuidé de que nuestros cuerpos se tocasen.

Era la única forma de no hostigar su rostro continuamente.

–No debes hacer esfuerzos excesivos, o se te abrirá la herida, por lo que podrás descansar en la Enfermería o entretenerte con otras cosas durante las clases de Educación Física... y este mes no podrás continuar con los entrenamientos del Club de Kárate... –enmudecí un momento, reflexionando–. El profesor Itachi debe de estar muy preocupado.

Aquellas palabras parecieron despertar a Sasuke de su estado de momificación.

–Ah, claro, Itachi... –susurró. No me giré, pero agudicé el oído, pendiente de lo que fuera a comentar sobre su hermano mayor. Pero, para mi descontento, cambió de tema–: ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

La pregunta me pilló un poco desprevenida.

–Vine al poco de que te trajeran al hospital –reprimí un repentino bostezo; recordar las horas que llevaba allí, sin dormir, me provocaba un sueño tremendo. Aun así, ignoré mi cansancio y me apresuré en comentarle algo que consideraba importante–: El profesor Itachi ya estaba aquí cuando llegué. Ha salido a comer algo ahora mismo...

Y caí de pronto en la cuenta de que había olvidado hacer algo primordial.

–¡Mierda! Tengo que avisar a todos de que estás despierto...

Pero ni siquiera tuve tiempo de levantarme.

Apenas hice el gesto, sentí un brazo rodeándome; tan solo un instante después, me vi tumbada en la cama, junto a Sasuke. Le tenía detrás de mí, y su cuerpo rozó toda mi espina dorsal, transmitiéndome un calor que, por el contrario, me erizó de arriba abajo.

–¿Sasuke-kun? –inquirí con la voz ahogada por la sorpresa.

Me ardieron las mejillas y las orejas. Tímidamente, moví la cabeza e intenté buscarle, pero él no me lo permitió.

–No me mires –dijo, obligándome rápido con una mano a volverme hacia el lado opuesto al que se encontraba.

El corazón me latía tan deprisa que parecía un reloj enloquecido. Su brazo bueno me agarraba con resolución, pegándome a él como si fuera una almohada. No me soltó en ningún momento, y me invadió ese aroma que le caracterizaba: té verde mezclado con madera de pino. Por dentro, sentí un millón de chispazos asaltándome a la vez.

–¿Qué estás haciendo? Te vas a hacer daño si te quedas en esa posición –me tembló la voz, entre los nervios de estar recostada a su lado y la preocupación de que aplastara mucho tiempo su brazo herido.

–Cállate de una vez, y duérmete –me ordenó con un siseo.

Su voz ronca y grave, que había sonado tan cerca de mi oído, provocó una agitación en mi vientre. ¿De verdad yo hablaba tanto?

Le tenía ahí, casi piel con piel si no fuera por la ropa que llevábamos encima, en la misma cama, con su musculoso brazo aferrándome. Y el fuego amenazó con explotar desde lo más profundo de mi ser.

Habría sido políticamente correcto separarme de él. Habría sido más responsable levantarme e ir en busca de los médicos y del profesor Itachi. Habría sido más digno volver a rechazarle y recordarle que, aunque me hubiera salvado la vida, no significaba que ahora podía hacerme esas cosas cuando le apeteciera.

Pero comprendí que era yo la que no quería moverse.

Como cuando me había abrazado en aquel parking, algo que solo en mis sueños más secretos había imaginado posible, me quedé quieta.

Tener a Sasuke tan cerca me hacía volver a sentir a la niña que había dentro de mí.


No sé en qué momento me quedé dormida, ni cuánto tiempo estuve así aquella noche, pero cuando desperté ya había amanecido y el sol despuntaba débil a través de las finas aberturas de las cortinas. Me moría de la vergüenza solo de imaginar que el profesor Itachi o cualquiera de los enfermeros que atendían a Sasuke pudo habernos encontrado de aquella guisa: los dos durmiendo juntos, abrazados en la cama del hospital.

Sin embargo, no parecía haber signos de que alguien hubiera entrado; la última transfusión de sangre que le habían inyectado aún no se había vaciado. Aun así, aprovechando que Sasuke se había quedado bocarriba y me había soltado –probablemente ante el dolor que le provocaba ladearse–, me levanté con cautela y recogí mis cosas. Pero, solo unos segundos antes de salir de allí, me detuve y mis ojos le buscaron: su semblante relajado era el de un desconocido. Era extraño encontrar paz y sosiego en aquellas facciones que él solía ensombrecer y petrificar cuando estaba despierto. Y, al mismo tiempo, tan hermoso que pensé que nunca me cansaría de mirarle.

Fuera, no encontré al profesor Itachi, aunque estoy segura de que no dejó el hospital en ningún momento. De todas formas, informé al primer enfermero que encontré de que el chico al que habían disparado ya estaba consciente y, viendo que mi labor allí había concluido, me marché.

Cuando crucé la puerta de mi casa, mi madre y Hana solo me hicieron un par de preguntas sobre el estado de Sasuke, al principio; luego, me dejaron dormir todo lo que quise, a pesar de que sabía que mi hermana había estado ansiosa por enterarse de mucho más. Odié haber faltado a clase y al Club de Kárate, pero, por mucho que intenté hacer esfuerzos, el cansancio me venció.

Aquella semana Sasuke no vino ni un solo día a clase.

Ardía en deseos por saber cómo se encontraba, pero me negaba a pisar aquel hospital otra vez. Quise preguntarle al profesor Itachi muchas veces, pero, en el fondo, siempre tenía miedo de descubrir si de verdad nos había visto durmiendo juntos. Por lógica y por probabilidad, debía ser así, aunque en el momento de estar allí no hubiera hallado ningún indicio. Y si era cierto, ¿cómo es que todavía no me había mencionado nada al respecto?

Por si las moscas, preferí tragarme las preguntas y limitarme a poner la oreja cada vez que alguna de las chifladas admiradoras de Sasuke preguntaban por él. Y, por lo que me enteré, la recuperación progresaba adecuadamente. Si continuaba de esa forma, le darían el alta el sábado.

Las bromas pesadas parecieron detenerse un tiempo.

En realidad, lo que la gente había oído sobre aquella historia estaba lleno de enormes lagunas y muchos chismes. Nadie había aclarado nada, porque la directora lo consideró un tema privado, exento de la opinión pública; en cambio, surgieron muchos rumores. Algunos decían que Sasuke se había dislocado un brazo entrenando; otros que yo le había ayudado a huir de un lunático y, en medio de la agitación, se había caído brutalmente –quizás, por ese último, sus fans habían optado un poco por dejarme tranquilas–. Pero nadie escuchó absolutamente nada sobre la bala que le había atravesado, ni relacionó jamás con él el sonado caso del hostess que se usaba de tapadera para la Nuit Rouge.

Intuí que el padre de Sasuke había movido hilos para que, igual que yo no sabía exactamente qué había ocurrido, el mundo no vinculara nunca a su hijo con aquel suceso.

Y, aunque era algo ciertamente oscuro e ilegal, podía entenderlo.

Me descubrí a mí misma pensando en Sasuke más de lo que debía. Era casi obsesivo. Los días se me hacían más largos, difíciles de llevar. Había empezado a quedarme en el trabajo hasta el cierre, todo el tiempo con la esperanza de verle aparecer por el escaparate. Ya no temía volver a casa tarde, sino que fuera él quien nunca más volviera a entrar en mi cafetería. Y, pese a que me decía a mí misma que no traería nada bueno atesorar aquellos sentimientos, no podía evitar que se me acelerase el corazón cada vez que detectaba un cabello azul azabache revoloteando entre la multitud.

Me angustiaba el hecho de estar descentrándome de mi rutina. Temía que llegaran los exámenes y no hubiera estudiado lo suficiente para mantener mi media. ¿Cómo iba a superarle algún día, si últimamente él ocupaba más espacio en mi mente que mi meta de convertirme en doctora?

Pero necesitaba volver a verle. Volver a contemplar aquel rostro dormido y tierno que había encontrado en el hospital. Volver a sentir el calor de sus brazos abrazándome. Volver a creer que aún había esperanza y, tal vez, pudiera hallar a la buena persona que era en realidad.

Porque, pese a su arrogancia y su desvergüenza, había comprendido que Sasuke Uchiha era buena persona.


–Sakura, no te hagas la tonta. Sé perfectamente que le haces peinados increíbles a tu hermana, ¿cómo no ibas a saber hacer uno para ti?

–Te digo que, cuando se trata de mi pelo, no me salen igual. Además, me dijiste que también me quedaría bien llevar diademas, así que me he decantado por ponerme una hoy.

Ino rodó los ojos y, por un segundo, pareció sufrir ese trance que se ve en las películas de terror antes de convertirte en zombi.

–Está bien. Supongo que, aunque estés simple, tampoco estás fea –soltó un suspiro, y me repitió–: Pero como vuelvas a bajarte la falda, te vas a enterar.

Sus amenazas no me daban ningún miedo, pero era peor cuando sabías lo tremendamente irritante que podía llegar a ser la rubia platino con aquellas cosas.

Eché un último vistazo a mi falda y, aunque me incomodaba demasiado que estuviera a solo unos centímetros de exponer medio culo al aire, decidí dejarlo pasar. Al fin y al cabo, era mitad de semana y llevaba unos días estresada por todas las cosas que habían sucedido últimamente. No tenía fuerzas para rebatir más a Ino y, en el fondo, apreciaba que hiciera todo aquello para compensar nuestros años perdidos de amistad. Al menos, se esforzaba por mí.

–Bueno, voy un momento al servicio –dije, queriendo cambiar de tema.

–Te lo advierto, Sakura Haruno. Esa falda, haz el favor –pero ella no parecía dispuesta a ceder ni por un segundo.

–Que sí –puse los ojos en blanco.

Me alejé de allí y, como había dicho, fui al cuarto de baño. Pero, al caminar, sentí que todo el mundo podía ver mis nalgas, y una vez en el servicio, me bajé ligeramente la falda. Esperaba que no, pero, por si acaso, preparé una cadena de posibles respuestas para lo que pudiera soltarme Ino, si se daba cuenta.

Regresé con cierta vacilación a clase y mis ojos buscaron con inquietud a la rubia de la larga coleta. Para mi satisfacción, no estaba mirando en mi dirección, sino que se había perdido en algún lugar más allá de la ventana.

No podía ver su expresión, pero observé el decaimiento de sus hombros y su postura lánguida sobre el pupitre. Parecía melancólica, alicaída. Me pregunté si en su cabeza, a pesar de que ella lo negaba continuamente, estaría evocando a Sasuke.

Tenía las emociones a flor de piel y, ante aquellas situaciones, aunque me alegraba de que Ino y yo fuéramos amigas otra vez, echaba de menos a Hinata. Sabía que la rubia se había dado por vencida y, ni en broma, volvería a intentar algo con él. Pero, si algo teníamos en común, era nuestro gusto por los hombres.

Por supuesto, Ino tampoco sabía qué había ocurrido exactamente el lunes por la noche. Me aseguré de que no se enterara de que Sasuke había arriesgado su vida por mí; que me había abrazado y, para colmo, habíamos dormido algunas horas juntos en la cama del hospital.

Recordar todo aquello me ponía el corazón a mil.

Al igual que a mi hermana, no quería hacer daño a Ino por culpa de lo que sentía por Sasuke.

Estar enamorada de él es muy problemático.

Decidí regresar a mi asiento, sin querer apartarla de su ensimismamiento; soñar es gratis, dicen. Pero, cuando crucé el aula por la penúltima fila, me percaté de algo que cambió todas mis perspectivas.

Vi a Sai ligeramente ladeado en su mesa, concentrado en un cuaderno grueso con las páginas lisas en blanco. Al pasar a su lado, reparé en que estaba dibujando algo y, curiosa porque todavía no había podido apreciar ninguna de sus obras, me acerqué para echar un vistazo. No tardé en reconocer la figura esbelta, la larga melena lisa recogida, y los dedos largos y finos, impolutos, perfectamente plasmados en los trazos suaves de aquel dibujo.

–¿Ino? –se me escapó en un hilo de voz.

Sai me escuchó. Giró la cabeza y me miró con su semblante inexpresivo.

–Ah, Sakura, eres tú –dijo con voz neutra.

Me sentí un poco inquieta por haberle interrumpido, pero me sorprendía encontrar a mi amiga cascarrabias representada en aquel cuaderno blanco. Era ella, exactamente igual a como estaba en ese momento: mirando absorta por la ventana, con la cabeza reposando sobre una mano y los hombros un poco encogidos, reclamando una caricia.

–Esa es Ino, ¿verdad? –quise asegurarme.

En silencio, Sai volvió a su cuaderno. Tomó un cúmulo de páginas entre los dedos y las dejó caer una detrás de otra. Por un momento, creí que iba a enseñarme dibujos de todos los que estábamos en aquella clase, pero no fue así.

Todos y cada uno de aquellos dibujos reflejaban a Ino.

Ino con el chándal de Educación Física. Ino ayudando a los delegados con algunas cajas. Ino mirando su bentô plagado de verduras para seguir sus obsesivas dietas. Ino retocándose el pintalabios. Ino y su ceño fruncido. Ino y su sonrisa (que rara vez la mostraba).

–Sai, esto...

–Es mi musa –dijo, mirándome de nuevo.

Examiné detenidamente su rostro. Aunque su expresión parecía seguir sin mostrar emociones, noté un brillo especial en sus profundos ojos oscuros. Había creído que Sai era casi inhumano, como un extraterrestre disfrazado que no podía sentir ni padecer nada. ¿Qué persona normal podía mantenerse con la misma cara de muermo todo el santo día? Sin embargo, comprendí que le había juzgado mal.

Siempre había tenido la sensación de que no era muy feliz con su vida, pero en aquellos ojos de apariencia vacía pude identificar un sentimiento.

Sai Shimura sentía algo por Ino Yamanaka.

–Oh, ¿estás dibujando algo nuevo, Sai?

Ambos nos volvimos casi a la vez, y descubrimos a Chôji acercándose, con una bolsa de patatas fritas en las manos. Mis ojos buscaron a Sai y, aunque mantuvo aquel semblante ecuánime, supuse que temía que alguien más, además de yo, supiera lo de sus dibujos.

Antes de que el chico regordete llegara hasta nosotros, le arrebaté el cuaderno a Sai de la manos y lo cerré rápidamente.

–No es nada. Solo le estaba enseñando una cosa a Sai –mentí, ocultando disimuladamente el cuaderno detrás de mí.

Chôji me miró enarcando una ceja, y sus ojos pequeños parecieron agrandarse un poco.

–¿Qué tienes en el cuello? –inquirió de pronto.

Me llevé una mano a la zona que me señalaba con la mirada. Casi había olvidado que todavía llevaba el esparadrapo con el antiséptico, cubriéndome el corte que me habían hecho la noche del parking en Kabukichô.

–Me lo hice el otro día... en el jardín... de mi abuelo... Fui a visitarle –tenía pocas esperanzas de que se tragara una mentira tan obvia.

–¿Tu abuelo Kosuke? ¡Hace mucho que no le veo! –para mi alivio, se la tragó–. ¿Por qué no me avisaste para acompañarte? Me encanta el pollo frito que hace tu abuela –y casi se le cayó la baba imaginándolo.

Fui a replicar, pero el profesor de Biología entró en ese preciso momento. Chôji se apresuró en regresar a su asiento, y yo solté un suspiro. Le entregué deprisa el cuaderno a Sai. Él se quedó mirándolo largamente. Cuando ya daba media vuelta para volver a mi asiento, oí su voz.

–Gracias, Sakura.

Me giré un momento para mirarle. Sus facciones seguían en el mismo sitio, pero sus ojos me enfocaban atentamente a mí, y aquel brillo titilante también. Le dediqué una ancha sonrisa, le guiñé un ojo y, finalmente, regresé a mi pupitre.

Por él. Por Ino. Guardaría ese secreto.


Y entonces llegó el sábado, y el corazón se me revolucionó.

Ya eran las seis, por lo que estaba trabajando en la cafetería-restaurante. Recuerdo bien que llevaba un par de tés y unas porciones de tarta de fresas y nata en una bandeja. Aquella tarta era mi preferida de todas las que hacían allí: era especialmente cremosa y siempre estaba fresca.

El aroma de las fresas inundó mis fosas nasales, cuando abrí la puerta de la terraza y una suave brisa me acogió. Estaba concentrada en que mis manos mantuvieran el equilibrio de la bandeja y mis ojos apuntaban al destino donde iría aquel pedido. Pero, de pronto, justo antes de llegar hasta aquella mesa, experimenté algo extraño. Como un pálpito. Un impulso que mi cerebro no había ordenado. Y giré un instante la cabeza. La fragancia de las fresas se intensificó y creí que me había perdido instantáneamente en un sueño.

Sasuke estaba allí. A pesar del cabestrillo que le rodeaba el cuello y mantenía flexionado su brazo izquierdo, estaba allí. Y su porte continuaba orgulloso. Y sus hombros en una actitud despreocupada. Y su mirada indiferente, que, por supuesto, no me enfocaba a mí.

–Señorita, tenga cuidado –una voz me arrancó súbitamente de mi distracción.

Me volví al frente y, de milagro, evité que los tés se derramasen sobre la pareja de ancianos que tenía delante. Me apresuré en dejarles sobre la mesa todo el pedido.

–Disculpen, no volverá a ocurrir –me incliné repetidas veces.

El hombre hizo un gesto con la mano para restarle importancia, y decidí dejarle tranquilo comiendo con su mujer. Me volví deprisa, deseando en mis adentros que lo que acababa de ver no fuera un espejismo.

Era real: Sasuke continuaba allí sentado.

Con la emoción disparándome el pecho, hice ademán de llegar hasta él. Pero, cuando solo estaba a un par de metros de alcanzarle, apareció Michiko.

–Vaya, señorito, hacía tiempo que no te veía por aquí –la rubia de grandes ondas miró a Sasuke con cierta coquetería, y su voz pareció casi un ronroneo–. ¿Qué te ha pasado? Ese brazo no tiene muy buen aspecto.

Sasuke alzó la mirada.

–Me caí montando a caballo –mintió.

Ella abrió mucho sus ojos llenos de potingues.

–¿Montas a caballo? ¡Vaya! Eres como un príncipe encantador –canturreó.

Pese a que Sasuke mantuvo una apariencia flemática, imaginé que le agradaba bastante la vista que tenía delante. Michiko tenía veintidós años, y recordaba que a él le gustaban las maduritas. Y, joder, el cuerpo de Michiko era mucho más que el de una simple madurita, aun cuando era evidente que sus pechos eran operados.

Apreté la mandíbula.

¡Imbécil! Sé que has venido hasta aquí por verme a mí. Llámame, o búscame, o haz algo para que me acerque, pero no te pongas a tontear con ella.

Como mandando mis pensamientos a la mierda, aquellos dos continuaron charlando un poco más. Sentí unas ganas tremendas de regañar a Michiko por coquetear, en lugar de hacer su trabajo de camarera; sin embargo, dejó de hacerlo a tiempo. Sasuke le pidió una hamburguesa con arroz y verduras, y la rubia por fin se marchó.

Fue entonces cuando él me miró, por el rabillo del ojo, con esa actitud chulesca que le caracterizaba. Se había percatado de mi presencia desde el principio.

–¿No vas a saludar siquiera, Sakura? –inquirió.

Oírle pronunciar mi nombre me puso la piel de gallina. Vacilé un poco, pero me dije a mí misma que no debía achantarme. ¡Por favor! ¿Cómo podía ponerme tan nerviosa sin que apenas hiciera nada?

–Sí, esto... Hola –Estúpida, ¿qué mierda es eso?–. Bueno, quería decir... Me alegra verte.

Él ladeó la cabeza y me miró a través de sus pestañas densas y finas.

–¿Te alegra? –repitió.

Caí en la cuenta de que aquella palabra había sido demasiado expresiva.

–A ver, me refiero a que todo el mundo estaba preocupado... Ahora Naruto volverá a darte más la lata a ti que a mí –intenté justificarme.

Sasuke me observó en silencio, con una intensidad que hizo estallar los latidos en mis oídos.

–Pensaba que tenías ganas de acostarte conmigo otra vez.

Fue como si sus palabras me acribillaran el estómago con una metralleta.

–¿Q-qué dices? –quise sonar cabreada, frunciendo el ceño, pero mi vergüenza lo superaba.

Estaba segura de que él podía ver el efecto del ardor en mis mejillas.

–Hmph, no lo niegas. Así que tienes ganas de verdad, ¿eh? –insistió con socarronería.

Rechiné los dientes, colérica. Me contuve solo porque era consciente de que estaba trabajando, pero el deseo de molerle a puñetazos me enloquecía. Inspiré hondo, intentando calmarme.

–No digas que nos acostamos porque se puede malinterpretar. Solo me quedé dormida. Llevaba toda la noche allí, velando por ti... ¡Joder, es normal que estuviera cansada!

–Lo sé.

Enmudecí, sorprendida de que lo afirmara. No supe muy bien cómo seguir quejándome.

Sus ojos me miraron de un modo que me erizó el vello de la nuca. Había algo de burla en las comisuras de sus labios, pero la negrura de sus pupilas albergaba una luz suave, bajo un sentimiento que no lograba entender. Un sentimiento agradable.

Sasuke estaba allí, realmente, después de días sin saber absolutamente nada de él. No había ido a verle al hospital en todo ese tiempo, y había procurado que el profesor Itachi no le dijera que había preguntado por él. Y, a pesar de todo eso, estaba allí y me miraba... ¿con ternura?

Confusa, desvié la mirada. ¿Qué era eso? Si Sasuke pretendía volver a esos jueguecitos de seducción que tan bien se le daban, no quería seguirle el rollo. No quería volver a ilusionarme como una idiota. Me asustaba la perspectiva de confundir las cosas.

Me asustaba que él empezase a tratarme con amabilidad y yo acabara comportándome como la tonta pesada que había sido en el pasado.

–Tengo que seguir atendiendo las mesas –murmuré.

Sasuke no respondió y, aunque al principio esperé a que lo hiciera, decidí retirarme. Por alguna razón, me dijera lo que me dijese, siempre le saltaba con una actitud defensiva, y entendía que no es agradable que la persona a la que has salvado la vida te conteste con la escopeta cargada. Pero él me hacía sentir de esa manera: desprotegida. Y me ponía furiosa.

Al poco rato, Michiko pasó a mi lado, sorteándome, como si fuera una mera piedra en su camino. Aprecié que cargaba una bandeja con un plato de comida, y le seguí disimuladamente con la mirada. Dejó el pedido de Sasuke sobre su mesa y retomó la conversación que habían mantenido minutos antes.

Ahí estaba: otra razón más por la que estaba furiosa. La rubia de pelo ondulado podría convertirse en su nueva conquista. Aunque fuera un poco superficial, la belleza de Michiko era notoria a los ojos de todos; Sasuke no sería menos.

Pero él no tenía esos ojos para mí.

Muchas me dirían que debía contentarme con que, ahora, me tuviera estima. Era suficiente con saber que había arriesgado su vida por mí, ¿no?

Y, de verdad, ansiaba contentarme. ¡Claro que era suficiente! Y más que eso.

Pero no podía seguir engañándome a mí misma. Había podido evitar aquellos sentimientos durante los últimos años; sin embargo, ya me era imposible. Lo peor era entender que ni antes ni ahora eran correspondidos de igual manera. Me lo había demostrado demasiadas veces. Ni siquiera se había acordado de quién era yo, al reencontrarnos a principios de curso. Que hubiera arriesgado su vida no significaba nada, en realidad: ya lo había hecho con Hana en Isshiki.

Sasuke Uchiha me tenía cierta estima, pero no me quería.


Regresar al hospital Aiiku urgía desde hacía semanas en mi conciencia.

Con toda la historia del acoso que había sufrido aquel último mes, había evitado salir a menudo a la calle sola y aquello había incluido, pese al dolor que me había supuesto, alejarme un tiempo del voluntariado en el hospital.

–¡Qué alegría que hayas vuelto, Sakura-san! –me saludó muy contento uno de mis compañeros coordinadores.

Les había dicho a todos que adaptarme al horario del trabajo nuevo me había costado y que, por ello, no había podido venir las últimas semanas. Mi mentira había sido convincente. Aunque me sentía mal por haberla dicho, comprendí que era lo mejor. Nadie tenía por qué saber que había sido el blanco de la Nuit Rouge todo ese tiempo.

Me enteré de que habían dado de alta a Tanishi, el niño de la melenita con reflejos morados y lunar en el entrecejo, varios días atrás. Me entristecía que ya no fuera a verle tan a menudo, pero era una gran noticia saber que sus riñones estaban un poco mejor.

Por lo que me dijeron, Tanishi había continuado sin relacionarse demasiado con el resto de los niños. En cambio, escuché de una enfermera que había hecho tan buenas migas con la anciana Chiyo que vendría con frecuencia a visitarle, aparte de su diálisis semanal.

En un momento en que me quedé libre de mis actividades como coordinadora, decidí hacer una pequeña visita a la señora Chiyo. Hacía mucho tiempo que no la veía y, al parecer, su salud había mejorado un poco. Me había acordado de ella y le había traído una tela de terciopelo rojo, para el pequeño escenario de títeres que tenía en casa, del cual me había contado que tenía un telón raído y estropeado por los años. No podía ni imaginar la cara que pondría cuando lo viera.

Pero, al cruzar la puerta de su habitación, me detuve en seco.

Dormía plácidamente en su cama, pero no estaba sola. Delante de ella, contemplando su rostro ausente y sosegado, había un chico. Notó mi presencia casi de inmediato, y se volvió.

Era un chico verdaderamente atractivo. Tenía el pelo de un rojo intenso, casi artificial, de una textura lisa, aunque muy revuelto y desordenado. Era lo que más me llamó la atención de él. Su cuerpo era estilizado, y podía apreciar la forma de sus músculos, no demasiado definidos, bajo las mangas de la camiseta que llevaba puesta. Su rostro estaba lleno de facciones finas y su mirada era interesante, casi felina: de párpados grandes, largas pestañas y ojos del color del café. Hasta entonces había creído que nadie podía igualar en belleza los ojos de Sasuke.

–Oh, lo siento. Venía a ver a la señora Chiyo... Soy una voluntaria del hospital –me apresuré en aclarar.

–¿Eres Sakura-san?

Abrí mucho los ojos, sorprendida.

–Sí, soy yo... Perdona, ¿has sido paciente de aquí antes?

–No, pero mi abuela me ha hablado mucho de ti –confesó.

Entorné los ojos, y me pareció entenderlo todo en un instante.

–¿Eres su nieto? ¿Sasori-kun?

El chico del pelo rojo asintió con la cabeza.

–Veo que mi abuela sigue siendo tan maruja como siempre.

Aunque fue un poco incómodo de oír, no me sorprendió su comentario. Tenía entendido que el nieto de la señora Chiyo llevaba un tiempo evitándola. Pero me resultaba extraño que supiera de mi existencia.

Él dejó de mirarme y sus ojos volvieron a enfocar a su abuela. Me aclaré la garganta.

–Será mejor que os deje solos –comenté.

–No, yo ya me iba –dijo rápidamente.

Se acercó a la mesita de noche que descansaba junto a la cabeza de la anciana y, del interior de la mochila que cargaba en la espalda, sacó una marioneta. Era de madera, pero estaba tan bien hecha que parecía increíble que se tratara de un simple muñeco.

–Ah, la señora Chiyo me dijo que tú también te dedicabas a hacer títeres –recordé, esbozando una sonrisa.

–Y algún día la superaré –repuso tranquilamente.

Dejó la marioneta apoyada en la lámpara y se encaminó hacia la puerta. Como no quería despertar a la anciana, opté por salir de allí también. Él no se marchó; me había estado esperando.

–No hace falta que le digas que he venido –me dijo de repente–. Con la marioneta, lo entenderá.

Asentí y fruncí los labios, rememorando todas las cosas que la señora Chiyo me había contado sobre su familia. En realidad, me sentía un poco violenta. Por cómo me lo había descrito siempre, había imaginado a su famoso nieto como el típico nerd que se encerraba en su habitación todo el día, repudiando la idea de relacionarse con el mundo exterior. Pero su apariencia reflejaba a un chico universitario normal y corriente.

Bueno, quizás más guapo que un chico normal y corriente.

Aunque, a mi parecer, siempre bajo el juicio de las anécdotas de la anciana, él se estaba alejando demasiado.

–La señora Chiyo te quiere mucho. Se pondrá muy contenta cuando sepa que has venido a verla –le aseguré.

–Sí, pero es mejor no despertarla ahora mismo –volvió a mirar hacia el interior de la habitación, y compuso una expresión pensativa–. Aunque sea una vieja irritante, quiero que se recupere y que sus pulmones no den tanto la lata. Eso le pasa por usar tanto acrílico.

A pesar de que sus palabras eran un poco rudas, detecté preocupación en su voz. El carácter de la señora Chiyo era fuerte y altanero, y entendía que su familia, en general, pudiera ser un poco así. Aquel chico, Sasori, hablaba de esa forma solo por orgullo.

–Yo también quiero que se recupere. Es una mujer increíble –reconocí con una sonrisa.

Él apartó la mirada de la habitación y se centró en mí. Me contempló con un silencio y un detenimiento que me puso nerviosa. De verdad que tenía unos ojos preciosos.

–¿También te ha dicho que deberías conocerme?

No me esperaba esa pregunta.

–Eh..., bueno..., eso no tiene importancia. Todas las abuelas quieren presumir de sus nietos –intenté salvar la situación.

Sasori ladeó la cabeza y esbozó una sonrisa, que me aturdió un segundo. Percibí un matiz de dulzura en sus ojos castaños.

–No te preocupes, se lo dice a todas las chicas que conoce... Aunque tú eres mucho más joven que yo, ¿no?

No lo expresé en voz alta, pero me había molestado un poco eso de que se lo dijera «a todas las chicas».

–Estoy en segundo de Bachillerato. Si mal no recuerdo, tú estás en el penúltimo curso de Bellas Artes, ¿verdad?

–Exacto. Como suponía, eres mi kôhai.

Me miró con tanta intensidad que no pude evitar mover los ojos hacia otro lado, turbada. Al cabo de un rato, oí que soltaba un suspiro.

–No sé si mi abuela te lo habrá contado, pero en mi familia hay una creencia ancestral en el Musubi. Tradicionalmente se ha pensado que el mundo está enlazado, conectado a través de unos hilos que no podemos ver, o, más bien, no podemos percibir. He ahí todos esos rituales japoneses sobre cómo nos atamos el kimono, o juntamos los granos de arroz. Esto también se aplica a las relaciones entre las personas –hizo una breve pausa, y sentí que volvía a atravesarme con aquella mirada suya: poseedora de un sosiego envidiable, y una profundidad asoladora–. Yo nunca he terminado de creerme todas esas historias, pero ¿quién sabe? Supongo que no siempre será malo que mi abuela intente emparejarme. Tal vez nuestros hilos nos han llevado a que nos encontremos tú y yo por algo. Y, la verdad, no me desagrada.

Aquel sugerente comentario provocó un vuelco dentro de mi pecho. Levanté la vista y mis mejillas se sonrojaron al descubrir que me dedicaba otra amplia sonrisa. No fui capaz de decir nada más.

–Espero verte otra vez, Sakura-san –su voz sonó aterciopelada y arrolladora.

Dejándome de aquella forma: muda y petrificada, aquel chico llamativo dio media vuelta y se perdió en la lejanía del pasillo.

¿Hilos? ¿Entre él y yo?

Y, como algo que ya era inevitable, mi mente evocó el rostro de Sasuke.