NOTAS DE AUTOR

Aprovecho este huequecito que tengo para actualizar ahora; si lo hubiese dejado para más tarde, me habría sido imposible subir capítulo.

Hoy quería anunciar que me he llevado una grata sorpresa porque dos webs en Facebook, llamadas Mundo Sasusaku y Sasusaku *Eternal Love*, han recomendado mi historia. Lo he descubierto gracias a laucx10. He escrito en ambas agradeciendo este gesto con mi Facebook personal, en el que tengo otro seudónimo más: Kaira Gs. Lo cierto es que, como podéis comprobar, soy la tonta de los seudónimos, pero quien haya visto esos mensajes supongo que ya conocerá mi cara. Debería preocuparme, quizás... Aunque espero que seáis buenos y no os burléis demasiado de mi careto. Puede que me haya equivocado al comentar allí. Sinceramente, yo no entiendo mucho de normas-no-oficiales en estas cosas y no sé hasta qué punto no se ve con buenos ojos o sí que un autor de fanfic haga eso. Pero creí conveniente escribiros porque, para mí, todo esto es algo importante, a lo que dedico mucho tiempo y esfuerzo. Considero que era una de las formas que tengo para agradeceros el valor que le estáis dando a mi trabajo. De verdad, me hacéis muy feliz, sobre todo, en estos momentos de mi vida un poco complicados.

Por todo esto y los comentarios recibidos en el capítulo anterior, ¡GRACIAS!

Por cierto, escribiré una nota muy parecida a esta cuando al fin actualice en mi otra web. Los que me leéis desde allí, no os preocupéis. Subiré la conti muy, muy pronto.

Centrándome en el capítulo de hoy, os aviso de que este es otro de mis favoritos. Preparaos porque el drama comienza a desplegarse en serio.

Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.

Sin más, me disculpo por haberos dejado semejante Biblia escrita y... ¡A DISFRUTAR!


18. TEMPESTAD

Compuse una mueca de dolor al intentar levantar un poco el hombro. Sabía que habían pasado solo un par de semanas, pero nunca hubiera imaginado lo desesperante que es andar con un cabestrillo todos los días, de la noche a la mañana. Por momentos, tenía la sensación de que, aun cuando me lo quitaran, me quedaría con el brazo encogido para siempre.

En qué líos me metes, puñetera peli-rosa.

Aunque sabía que, en aquella ocasión, no podía culparla a ella. Haber ido a buscar a aquellos miserables había sido únicamente idea mía. Y, quitando el pequeño contratiempo del balazo, no me arrepentía en absoluto.

Había disfrutado de lo lindo desencajándole los brazos al melenitas de la cafetería, y partiéndole las muñecas al gordo de las paletas separadas. Lo único que me fastidiaba era que no me hubieran dejado un poco más de tiempo para retorcerle el pescuezo. Pese a que había sido rápido y me había apartado, esa puñetera bala me había mordido el hombro. A partir de ahí, supongo que debía dar las gracias por que la Policía hubiera intervenido, aplacando a los secuaces armados y deteniendo a los dirigentes de la Nuit Rouge.

Luego, habían encontrado al Melenas y al Sombreritos abatidos en el suelo, muy cerca de mí, y habían estado a punto de llevarme también, pero me había desmayado antes de lo previsto.

Itachi me había dicho que mi padre había exigido terminantemente que se ocultara mi identidad a toda la prensa nacional e internacional en aquel suceso, y que en los archivos de la Policía figurara bajo secreto de sumario. Me había librado de someterme a un juicio muy problemático.

Chasqueé la lengua al recordarlo.

Genial.

Ahora le debía una al cabrón de Fugaku Uchiha.

Intenté no pensarlo demasiado, con la ingenua esperanza de que lo olvidaría. Odiaba la idea de tener que rendirle cuentas a mi padre.

Solté un suspiro y, regresando al presente, eché un vistazo al reloj de mi habitación. Era sábado por la tarde. Supuse que Sakura todavía no había entrado a trabajar. Con la tontería de ir a su cafetería a diario, me había aprendido de memoria todos los turnos de la peli-rosa, así que me limitaba a ir solo cuando sabía que ella estaría allí. Los deberes que habían mandado para ese fin de semana los había hecho por la mañana. No tenía nada interesante que hacer.

Decidí finalmente salir un rato a pasear; estar entre cuatro paredes me ponía de los nervios. Me vestí con unos vaqueros rotos y una camiseta de mangas largas –ya empezaba a hacer frío–, me recoloqué el cabestrillo y salí del dormitorio. Cuando pasé por el salón, vi a Itachi acompañado de un par de chicos.

–¡Vaya! Con que este es el famoso hermanito pequeño de Itachi –exclamó uno de ellos, antes de que alcanzara la puerta.

–Sasuke –me llamó mi hermano, y me maldije internamente por no haber llegado más deprisa al pomo.

Qué remedio. Me giré para encarar a los circundantes, y examiné a aquellos chicos rápidamente.

Uno tenía una larga melena rubia, medio recogida, peinada con la raya a un lado y muchos mechones que le ocultaban un ojo. Un poco extravagante. Su mirada era inquietante, con pupilas pequeñas, casi como las de Kiba; su iris azulado apenas se apreciaba. Sus rasgos faciales, en general, eran chispeantes: los de un chiflado. Por alguna razón, me recordó a Ino.

El otro chico llevaba el pelo corto y alborotado, de un fuerte color rojo, como una llamarada. Tenía la piel pálida y unas facciones muy finas; casi parecían las de una mujer, y era de complexión delgada, pero fibrosa. Me miraba con una expresión de aburrimiento, por lo que entendí que no había sido él quien había hablado antes.

No los había visto en mi vida.

–Quiero presentarte a Deidara y a Sasori –dijo Itachi–. El año pasado fueron mis compañeros en el Club de Kendo de la universidad. Son mis kôhai, aunque ellos estudian Bellas Artes.

–Hola –me limité a responder, secamente.

–Creo que nunca había traído a gente del club a casa... Ah, sí, a Konan y a Nagato.

–¿En serio le presentaste a tu hermano a esa gótica de las papiroflexias y al flipado de Pain, antes que a nosotros? –inquirió el rubio con exagerada indignación. Me di cuenta de que era un idiota.

–Bueno, a ellos dos los conocía de más tiempo; además, eran los mejores del club, debéis reconocerlo. Tenían que pisar mi casa los primeros –bromeó mi hermano.

–Más que buenos, eran «La Pareja» del club. Por eso, no había quien los venciera –intervino el del pelo rojo fuego.

Enarqué una ceja y lo miré con atención.

–¿Eso qué tiene que ver? –salté contrariado–. Ser pareja de alguien no te hace mejor luchador. El que es bueno, es bueno.

Itachi y el rubito, ese tal Deidara, me miraron sorprendidos por mi intervención. En cambio, los ojos de Sasori, el pelirrojo, me mostraron su irritante desgana.

–Ser pareja de alguien no te hace mejor luchador, pero ayuda a que tu grupo sea un poco más flexible contigo. Exhibir lo feliz que eres junto a alguien que, encima, comparte tus aficiones y está en el mismo club que tú, te proporciona cierta inmunidad. La gente no quiere ser la causante de una ruptura, ni mucho menos del sufrimiento de alguien a quien aprecia y a quien ve todos los días alegre, aunque sea un simple entrenamiento –replicó, con un tono de voz tan desapasionado y presuntuoso a la vez, que me alteré.

–Exageras. Una derrota no es motivo para el sufrimiento de nadie.

–Quizás puedas acostumbrarte, pero hay personas que no saben perder. Si no ganan, se hunden.

–Entonces no saben ganar tampoco. Ni qué decir tiene, que sus compañeros les hacen un flaco favor permitiendo que ganen siempre. Es absurdo pensar que, a raíz de ahí, su relación de pareja se irá a la mierda; si se rompe es porque no funcionaban juntos. Y, ante el jurado de un campeonato nacional o ante un enemigo de verdad, nadie va a mirar con quién te acuestas o te dejas de acostar. Sencillamente, nadie mirará por tus sentimientos.

–Por ello, he especificado que es el grupo quien se comporta de esa manera contigo, cuando te emparejas con alguien del mismo sitio.

–Y en ese caso, repito, ese grupo es inepto.

–Sasuke, ya está –me cortó inmediatamente Itachi.

Su voz había sonado severa y autoritaria, más grave de lo normal. No me había intimidado en absoluto. Itachi nunca me intimidaba; sin embargo, comprendí que aquella conversación no llevaría a ninguna parte.

Mantuve un silencio tenso con Sasori, en el que nos miramos mutuamente, sin decirnos nada o, tal vez, diciéndonos de todo. Pero nada bonito.

Era la primera vez que lo veía, y ya supe que aquel cara-afeminada no iba a caerme bien.

–En fin, confirmo que la cabezonería es cortesía de la Casa Uchiha –comentó Deidara, intentando cortar aquella tensión que había envuelto el ambiente.

Ignorando su broma sin gracia, me decidí a continuar con mi camino. Di media vuelta y volví a la puerta de entrada.

–¿A dónde vas? –quiso saber Itachi, una vez la abrí.

–Por ahí. No me esperes para cenar.

No contesté nada más y, aunque oí el murmullo de Deidara comentando lo antipático que era respondiendo, me largué. A medio camino, me salió del alma poner los ojos en blanco. ¿Itachi no podía conocer a gente que no me tocara siempre los huevos?


Deambulé por Ginza sin un rumbo fijo. Hacía un frío de cojones y soplaba un viento muy desagradable; lo único que me apetecía era buscar el calor de los edificios. Entré en la tienda de Apple y ojeé sin mucho interés los nuevos productos que ofrecían, y lo mismo hice con Sony, donde, además, eché algunas partidas en Tekken con el nuevo modelo de PlayStation que habían lanzado. Después, me paseé por el edificio Wako para echar un vistazo a algunos relojes y pulseras, pero salí de allí a los pocos minutos. En realidad, no me apetecía ver tiendas ni comprar nada.

Ginza es, por excelencia, el distrito más caro de Tokio, a pesar de que últimamente Shibuya y Shinjuku se están ganando también ese protagonismo. Allí, puedes encontrar las últimas tendencias en moda, tecnología, joyería, estética, gastronomía... Todo lo que lleve la palabra «tendencia» va directo a Ginza, sea de la índole que sea.

Sin embargo, aunque siempre lo había considerado un lugar tranquilo para vivir, a mí poco me interesaban las marcas, los ornamentos o el último grito en peluquería. No quiero que se me malinterprete, me encantaban los lujos y mi dinero, pero no veía por qué tenía que destacarlos sobre mi cuerpo. Los prefería exclusivamente para mí y mi intimidad. Detestaba que la gente me señalara con el dedo, creyéndose que sabía quién era yo, solo porque conocían mi nombre y mi renta familiar.

Al cabo de una media hora de mucho entrar y salir por aquellas tiendas, di con algo que llamó verdaderamente mi atención. Fue delante de Versace. Alguien miraba con extrema atención, casi pegando la nariz al escaparate, un vestido de seda de un tono esmeralda oscuro, con una raja a un lado para mostrar la pierna y un pronunciado escote que se disimulaba de forma elegante por el corte. Pero no fue ese vestido lo que me interesó.

Reconocí enseguida el cabello rubio bermejo, cayendo en suaves ondas hasta la mitad de la espalda; la piel pecosa como un revoltijo de granos de café sobre leche; los ojos celestes, grácilmente rasgados en el lagrimal, rastro del exotismo que corría por sus venas.

Ella advirtió mi presencia, como si hubiera oído mis pensamientos nombrándola.

–¿Sasuke-senpai? –Hana me miró con los ojos muy abiertos, anonadada.

Cuando llegué hasta ella, casi pude palpar su agitación. Se ruborizó de los pies a la cabeza.

–N... no es lo que piensas. Solo estaba mirando... Te preguntarás qué hago tan lejos de mi casa, ¿verdad?

Ladeé la cabeza y entorné los ojos. Comprendí inmediatamente que acababa de pillarla tramando algo. Por el rabillo del ojo, eché un vistazo al vestido que había estado mirando tan afanosa. 65.000 yenes.

–Quieres ese vestido –no fue una pregunta.

Hana dudó en responderme.

–Bueno, he cogido prestado un poco de dinero...

Su tono de voz me indicó que me estaba mintiendo.

–¿Prestado? ¿Seguro?

La miré directamente a los ojos, escrutándola. Se mordió el labio inferior; no pudo sostener mi mirada.

–Es que hace mucho tiempo que no tengo un vestido nuevo... y los de mi hermana me quedan un poco grandes porque ella es algo más ancha que yo...

–Es decir, has robado dinero de casa para venir a Ginza y comprarte ese vestido caro de Versace, que alcanza la mitad del sueldo que ganan tu hermana y tu madre.

Hana pegó un respingo, pasmada; mi sospecha había dado en el clavo. Me miró boquiabierta y, durante unos largos segundos, se quedó muda. Se debatió en sus adentros, desesperada por justificarse.

–¡Pensaba devolverlo! –soltó.

–¿Cuándo?

–No lo sé, mi hermana no me deja trabajar todavía. Dice que antes tengo que estudiar..., pero de verdad que iba a devolverlo.

–A mí no tienes que convencerme, sino a ti misma.

Volvió a enmudecer, sin saber cómo continuar. Después de un buen rato en silencio, solté un suspiro de pesadez.

–Honestamente, ¿cómo pensabas ocultar este vestido en casa? Me trae sin cuidado la razón por la que quieras comprártelo, pero nunca me ha gustado que los mentirosos se salgan con la suya.

Entrecerró los ojos. Aquello le había dolido.

–¿Crees que soy una mentirosa, Sasuke-senpai? –inquirió, con un abatimiento que se reflejó en cada centímetro de su rostro–. Solo quería estar más guapa para que, en la fiesta de Halloween...

Dejó suspendidas las palabras, pero no me hizo falta saber el resto. Aquella puñetera fiesta, que se celebraría la noche del Bunkasai, estaba obsesionando a todo el instituto.

Observé con detenimiento el rostro de la menor de las Haruno y todo lo que encontré fue un profundo arrepentimiento. Su aspecto era tan frágil como sus propias mentirijillas. Era tan solo una niña jugando a ser mayor. Mayor, como su hermana Sakura.

Rodé los ojos. Si la hacía llorar, estaba seguro de que tendría a la pelo-chicle dándome la coba toda una eternidad.

–Te invito a merendar –sentencié.

Hana levantó rápido la cabeza, mirándome estupefacta. Sus ojos claros relucieron de un modo que me recordó a los de su hermana mayor. No esperé a que aceptara, di media vuelta y eché a andar calle abajo. Oí sus pasos detrás de mí, casi al momento.


La cafetería donde llevé a la pequeña de las Haruno tenía los mejores pasteles de la ciudad. Aunque la de Sakura poseía un aire encantador, no tenía nada que hacer contra aquella de Ginza, ni en calidad ni en ambiente. Pero ya era un hecho, más que admitido por mi parte, que yo no iba hasta Shibuya por la comida de su cafetería-restaurante.

Hana estaba tímida. Se había pedido solo un par de trozos de yôkan, una gelatina espesa cortada en pequeños bloques, que se hace con anko y azúcar, y también un té de frutos rojos. En aquella cafetería, que traía tantos productos importados, se podía probar chocolate suizo, tarta Sacher o pastel de limón con merengue, pero ella había optado por lo más insignificante. Yo tenía excusa: no me gustan los dulces, y me decanté solo por un capuchino. Pero sabía que ella lo hacía para evitar que pensara que era una glotona.

Como cualquier japonesa joven que estuviera sentada en una mesa con un chico.

Pasaron los minutos, en un incómodo silencio. Al cabo de un rato, levantó la mirada de su ínfimo plato.

–Sasuke-senpai, ¿de qué te vas a disfrazar en la fiesta de Halloween? –me preguntó con vacilación.

–¿Hay que disfrazarse de algo?

–Bueno, sí, es Halloween... No tiene por qué ser un traje muy elaborado. Incluso puedes ponerte uno normal de chaqueta, añadiendo una máscara. Lo importante es que se vea que estás disfrazado.

Dejé escapar un resoplido. Qué coñazo que no pudiera librarme de esos eventos raros del Instituto Konohagakure.

–No lo he pensado –me limité a contestar.

–Claro... –Hana hizo una pausa, en la que aproveché para beber un poco de mi capuchino. Cuando solté la taza, ella continuó–: Creo que podrías vestirte de fantasma pirata o de conde vampiro.

–Hilas fino en eso de las cosas originales.

Ella se tomó mi comentario como un cumplido, y se sonrojó con una sonrisa sutil.

–Yo voy a vestirme de princesa fantasma –confesó. Se detuvo un momento y me miró a través de las pestañas, con cierta vergüenza–. Si no sabes qué ponerte, podrías ser otro fantasma como yo, Sasuke-senpai, y así no me sentiría sola con mi disfraz.

–No creo que seas la única que se disfrazará de fantasma en esa fiesta.

–Sí, es verdad –creo que ahí le había cortado todo el rollo.

Pensativa, dio unos sorbos cortos a su té de frutos rojos y, luego, con suma timidez, se metió un yôkan en la boca. Pareció dudar, mientras se comía su dulce, entre si hablarme o no.

–¿Sacarás a bailar a mi hermana, Sasuke-senpai?

Confieso que aquello me pilló con la guardia baja. La miré largamente, apreciando cómo sus pecosas mejillas se volvían de un rojo granate. No me miraba a mí, sino a su taza de té.

Tardé un poco en responder.

–No creo que tu hermana sea de las que bailan.

Hana esbozó un amago de sonrisa, que se marchitó al instante.

–Mi hermana tiene muy buen ritmo, aunque no lo parezca. Sabe tocar algunos instrumentos, cantar y, puede que lo haga menos, pero también baila. De niña, estuvo en ballet.

Entorné los ojos, receloso. Su dulce voz albergaba un matiz taciturno. Desde fuera, podía parecer que intentaba convencerme de que Sakura era un buen partido; sin embargo, yo sabía que estaba escondiendo algo detrás.

–En ese caso, podría sacarla a bailar –me encogí de hombros, fingiendo indiferencia.

Quise provocar a Hana para saber cuál sería su reacción. Di otro sorbo tranquilamente a mi capuchino, sin dejar de mirarla.

–¿Y sacarás a bailar a otras chicas, después de ella? –la pequeña Haruno levantó su taza y bebió también.

–No lo sé. Quizás me baste con Sakura.

El golpe que produjo su taza de té, al caer bruscamente sobre la mesa, me alarmó un poco. Afortunadamente, no se partió.

–Os escuché en Isshiki, la noche en que dejaste a mi hermana en su cama.

Por alguna razón, había estado esperando aquella confesión de un momento a otro. No hablé, ni siquiera produje ningún sonido con la garganta. Noté que su respiración estaba algo agitada; el corazón le latía muy deprisa. Seguía sin mirarme.

–Escuché lo que te dijo Hinata-chan esa noche, y también lo que tú le respondiste –al fin, se atrevió a alzar la cabeza y encararme–. Sasuke-senpai, te gusta mi hermana, ¿verdad?

Me mantuve en silencio, inexpresivo.

–Por eso fuiste a rescatarla ese día, ¿a que sí? No fue como cuando me salvaste a mí en la playa; sabías que para ti no habría riesgo con esas olas –calló unos segundos, pero viendo que no abría la boca, prosiguió–: No sé qué es lo que pasó esa noche; mi hermana no ha querido entrar en detalles. Pero estoy segurísima de que esta vez has arriesgado de verdad tu vida por ella, Sasuke-senpai.

Sus ojos se lanzaron un momento a mi hombro vendado, con el cabestrillo rodeándome el cuello; acto seguido, volvió a mirarme a la cara.

–Te gusta mi hermana Sakura, ¿cierto? –me repitió.

No respondí. Ella inspiró hondo.

–Aunque no quieras decírmelo, sé que así son tus sentimientos por ella –se detuvo para estudiar mi semblante impenetrable, y frunció el ceño, con una repentina mirada de decisión–. Pero a mí no me importa, Sasuke-senpai. Yo estoy enamorada de ti, y me da igual lo que sientas por mi hermana. Sé que no me miras a mí igual que lo haces con ella, pero te prometo que voy a luchar por conseguirlo. Solo necesito que aceptes mis sentimientos. Aun cuando no los correspondas, no me importa. Por favor, acéptalos.

–No.

Aquel monosílabo salió tajante, firme, rotundo de mi boca. Hana se quedó de piedra, mirándome fijamente, con los ojos tan abiertos que titilaban como si fueran a caerse.

Y ahí estaba mi gran dilema: la hermana de la pesada de Sakura confesándoseme con toda su pasión, y yo y mi falta de tacto ante ese tipo de situaciones.

Joder, lo que me faltaba.

–No puedo aceptar tus sentimientos, si dices que a ti te dan igual los míos –intenté explicarme. Hice una pausa, en la que esperé a ver cómo reaccionaba. Cuando comprobé que sus facciones se suavizaban un poco, reanudé mi discurso–: Dices que yo no te miro igual que a ella, así que supongo que entiendes eso porque es así como tú me miras a mí, ¿no?

Hana asintió despacio.

–Entonces estás siendo injusta y cruel. No solo conmigo o con Sakura, sino también contigo misma –resolví–. No se puede obligar a nadie a sentirse atraído por ti, y nadie se merece gustar por obligación. Si quieres forzarme a quererte, puesto que no ha sido de forma natural, solo provocarás que lo haga a medias.

–¿Eso es lo que sientes por mi hermana? ¿La quieres?

Me irritó un poco ese modo tan descarado de darle la vuelta al tema e intentar sonsacarme información.

–Lo que sienta o no por tu hermana Sakura, es solo cosa mía.

Hana arrugó la frente, y pareció como si acabara de clavarle un dardo en el corazón. Lentamente, desvió la mirada y soltó su té. Casi podía ver sus huellas selladas en la porcelana de la taza, a la que se había agarrado con un ahínco doloroso.

En silencio, giró sobre su silla y metió las manos en su bolso.

–Ya está pagado todo –le aclaré, comprendiendo que buscaba su billetera.

Se quedó unos segundos inmóvil, con el cuerpo ladeado hacia el bolso, pensando qué debía hacer. Su bochorno y su dolor rezumaban por todo su cuerpo, desde cada tramo de su ropa: en sus mangas, en las puntas tiesas del cuello abotonado, en el satén de su blusa color maquillaje, e incluso debajo, desde la piel.

Finalmente, con la cabeza agachada y oculta bajo el flequillo para que no pudiera ver su expresión, se levantó y agarró el bolso.

–Disculpa, tengo que irme, Sasuke-senpai –susurró en un hilo de voz.

La vi cruzar la puerta de la cafetería y, luego, perderse más allá del semáforo que se visualizaba en el exterior. Y me asaltó un agudo escozor en la palma de las manos.

Estupendo. Ahora también te odia la hermana.


Cuando empezó a anochecer, regresé a casa porque había recibido un mensaje de Fûka. Quería verme y, aunque sabía perfectamente con qué intenciones iba, no me negué. Llevaba todo el santo día sin hacer una mierda, por culpa de ese maldito brazo. Tenía ganas de entrenar y de dar algunos puñetazos al saco, o incluso de ir a echar unas canastas con Naruto, pero en mi estado era imposible. La herida no se había cerrado todavía y, si hacía el más mínimo esfuerzo, todo el tiempo que llevaba de recuperación se iría a tomar por culo.

Para colmo, no había dejado de darle vueltas a la confesión de Hana y a lo afligida que se había mostrado ante mi rechazo. Esperaba una llamada furiosa de Sakura de un momento a otro.

Vaya mierda de día.

Estaba solo en el apartamento; Itachi debía haberse marchado con aquellos dos deficientes mentales a alguna parte. Fûka no tardó mucho en llegar. Cuando abrí la puerta para dejarla pasar, miró mi cabestrillo con los ojos como platos.

–Admito que no te creí cuando me lo dijiste –dijo sorprendida.

–Yo no soy mentiroso.

Cerré la puerta detrás de ella, preguntándome si no debería dejarla abierta. Quizás quisiera marcharse, ahora que había comprobado cómo estaba. Sin embargo, ella se internó en el salón y se sentó en el sofá, dejando su chaqueta de cuero sobre el respaldo. La seguí y me quedé de pie mirándola.

–¿Te apetece tomar algo? –le ofrecí.

–Cualquier cosa que nos ponga a tono a ti y a mí.

–Tengo sake.

–Perfecto entonces.

Di media vuelta y me dirigí a la cocina, directo al armario donde reposaban las bebidas.

No sé por qué me extrañaba que quisiera hacer algo conmigo, a pesar de cómo estaba. A Fûka le habían molado siempre los tipos con pinta de peligrosos. Puede que yo me viera a mí mismo muy ridículo con el brazo inmovilizado, pero a ella parecía calentarle como una perra. Era una de las pocas que nunca se había asustado la primera vez que vio las cicatrices de mi cuerpo. El resto de las chicas, incluso las que parecían más desesperadas por tener algo conmigo, siempre habían reaccionado algo desconfiadas, aunque hubiera acabado cepillándomelas.

Serví sake en dos vasos y volví al salón. Al levantar la cabeza para coger el vaso que le ofrecía, los ojos azul oscuro de Fûka me recorrieron con un intenso brillo de lascivia.

–Te he echado de menos estas semanas, Sasuke-kun –ronroneó.

Tan pronto como me senté a su lado en el sofá, se agarró a mi espalda con jugueteo. Sus labios finos rozaron mi oreja, y apretó muy suavemente con los dientes mi lóbulo.

–¿Dónde has estado para terminar tan malherido? No deberías jugar tanto a las peleas con los demás niños.

Entendí enseguida por qué me insinuaba eso. Hacía tiempo que lo había dejado, pero Fûka conocía bien aquella faceta mía. Y le ponía tanto que sabía que estaba a la espera de que la retomara.

Giré la cabeza para mirarla y ella estampó un beso pausado en mis labios. No se detuvo, y poco a poco su lengua entró en mi boca. Me inundó aquella humedad ardiente, recorriendo todos mis recovecos y enlazándose con mi gusto.

Pero en ningún momento me excité.

Impaciente, chasqueé la lengua, separándome de su boca. Un poco a la desesperada, mi mano libre la tomó de la nuca y reclamé de nuevo sus labios. La besé con tanta demanda que sus manos se revolucionaron, moviéndose con histeria por mi espalda y por mi pelo, indecisa por no saber dónde dejarlas. Sus dedos bajaron hasta mi cinturón, lo desabrochó y empezó a desabotonarme los vaqueros. Comprobó que mi pene todavía estaba lánguido y, ansiosa, lo sacó de mis bóxers y empezó a magrearlo. Para mi satisfacción, la fricción de sus manos lo estimuló.

–Quiero que te corras en mi boca hoy, Sasuke-kun –dijo y, antes de que pudiera prepararme, succionó mi miembro afanosamente.

Logró arrancarme algunos gemidos de placer. Con los ojos entrecerrados, observé su cabeza subiendo y bajando; estaba arrodillada a mi lado, con la espalda arqueada como una gata en celo. Era una visión tan erótica, que apenas podía resistir el voltaje de energía que inflamaba mis venas.

Sentía mi pene palpitando dentro de su boca húmeda y cálida, y dejé caer la cabeza hacia atrás, gozando de un placer que no había sentido desde hacía semanas. Su lengua dio círculos alrededor de mi pene, meciéndolo, degustándolo como si fuera la cosa más deliciosa que había saboreado nunca. Con la mano que el cabestrillo no paralizaba, enredé los dedos entre sus cabellos, obligándola a que aumentara el ritmo.

No pude evitarlo, dentro de mis ojos cerrados se proyectó la imagen de una media melena rosácea, sacudiéndose con el vaivén de los lametazos, llenándome de todo el rocío de esa boquita de piñón que me enloquecía. Estaba a punto de llegar a mi límite. Sí, estaba a punto de hacerlo. Solo necesitaba ver aquellos ojos verdes, como el jade recién pulido, una vez más. Lentamente, bajé la cabeza y abrí los ojos para buscar los suyos...

... pero experimenté una súbita sensación de malestar.

Aquella melena que cubría la visión de mi felación era larga, de un color caoba muy llamativo. La verdad me golpeó como un mazo de acero cuando caí en la cuenta de que, mentalmente, acababa de sustituir a Fûka por Sakura.

Sacudí la cabeza y, pese a las succiones que mi senpai continuaba brindándome, noté que mi sangre empezaba a congelarse.

–Fûka-senpai, para –le ordené.

Ella obedeció, y su boca soltó mi miembro. Todavía desde esa posición, agazapada sobre mi regazo, me dedicó una mirada desconcertada.

–¿Te he hecho daño, Sasuke-kun?

No respondí a su pregunta. Con cierto cuidado, me separé de ella y me levanté, dándole la espalda. Me subí los pantalones, pero no me molesté en abrochármelos. Era demasiado lento con una sola mano.

–Sasuke-kun, acabamos de empezar... ¿Te pasa algo?

Solté un resoplido y me volví para encararla.

–No me apetece seguir –me limité a decir.

Ella enarcó una ceja, sorprendida.

–¿Por qué?

–Me he cansado. Además, tengo el brazo inmovilizado.

Se levantó del sofá y se acercó a mí, entre cautelosa y juguetona. En las comisuras de su boca entreví que se elevaba una sonrisa divertida, y el pequeño lunar que tenía a un lado del labio inferior me pareció más grande y oscuro que nunca.

–Vamos, Sasuke-kun, podemos seguir divirtiéndonos. Hacerlo con tu brazo así solo le dará más morbo a esto –intentó disuadirme.

Mantuve una expresión inalterable. De nuevo, me mordió el lóbulo de la oreja, y sus manos buscaron mi miembro por encima de la ropa, acariciándolo para que volviera a erguirse.

–Sabes que conmigo siempre lo pasarás bien –susurró en mi oído, con voz tentadora.

Sin embargo, no me inmuté en absoluto.

–Hoy prefiero que vuelvas a casa.

Mis palabras provocaron que se detuviera. Se separó un poco para mirarme a la cara, sin soltarme los hombros, y sus ojos me dedicaron una mirada incrédula.

–Hemos estado sin follar semanas, ¿y ahora me vienes con estas? ¿Qué coño te pasa? –exigió saber indignada.

–No tengo ganas de follar contigo, tan claro como eso –espeté.

Su expresión mostró una desesperación que me molestó.

–Pero ¿por qué? ¿Qué quieres? Dímelo y lo haremos. No me importa experimentar lo que quieras, Sasuke-kun. Sé que yo siempre te pido cosas y que normalmente las aceptas sin problemas, pero hoy podemos invertir los papeles y que seas tú quien lo elija, ¿eh?

–No quiero ser quien elija; sencillamente, no me apetece echar ningún polvo.

–¡Oh, vamos! –bufó. Se separó de mí y empezó a caminar de un lado a otro por el salón. Al rato, se detuvo y me miró desafiante–. ¿Es porque has encontrado a otra guarra que te la chupa mejor?

–Siempre ha habido otras, y muchas de ellas la chupaban mejor.

Su rostro se encogió en una mueca de ira.

–¿Ah, sí? ¿De dónde? ¿De tu instituto? ¿Disfrutas más con esas niñas que conmigo? –esperó a que le contestara, pero conservé mi silencio–. Sé que siempre ha habido otras, igual que para mí ha habido otros, pero nunca me habías rechazado tanto como lo estás haciendo últimamente. Si no querías follar, ¿por qué me has dejado venir?

No fui capaz de responder a eso. Por fuera, supe mantenerme impasible, pero en mi fuero interno se había desencadenado un torbellino de dudas que no podía resolver.

Había tenido claro en todo momento que había querido que Fûka viniera para echar un polvo con ella, como siempre; no obstante, me estaba costando más que nunca disfrutarlo. Y la gota que había colmado el vaso había caído en ese momento de ensoñación, cuando, cerrando los ojos, había creído que era Sakura la que me hacía las cosas que, en realidad, estaba estimulando mi senpai.

No, no había sido Fûka la que lo había estimulado.

Lo que había conseguido que empezara a deleitarme había sido pensar que se trataba de Sakura.

Igual que en aquel sueño durante las vacaciones en Isshiki.

Igual que en aquel callejón, cuando la besé para burlar al cabrón de la Nuit Rouge.

–Vete –solté sin miramientos.

Fûka se quedó muda. Me miró largamente, y su boca hizo varias veces ademán de volver a abrirse; sin embargo, fue incapaz de articular palabra. Estaba a punto de repetirle que se fuera cuando, de pronto, sonó el timbre de la puerta.

Fûka y yo nos quedamos en un silencio sepulcral un par de segundos y, finalmente, me encaminé hacia la entrada.

Mis ojos se abrieron desmesuradamente al descubrir quién aguardaba fuera.

–Esto... Hola, Sasuke –saludó con cierta vacilación Sakura.

Ya está. Ha venido a matarme por lo de su hermana.

–¿Qué haces aquí? –no podía camuflar mi sorpresa.

–He terminado antes de lo previsto en el trabajo... y he venido a traerle una cosa al profesor Itachi.

Endurecí el gesto al escuchar la última parte de su explicación.

–Itachi no está –mi voz fue, quizás, demasiado áspera.

–Entiendo –desvió la mirada y sus ojos se movieron en actitud pensativa–. Entonces, ¿podría dejárselo aquí? El entrenador Asuma quiere que le eche un vistazo antes del campeonato. Me lo dio ayer en el club, pero no tuve tiempo de entregárselo a él.

Sentí que mis músculos se destensaban un poco. Debía haber imaginado que venía para algo relacionado con el instituto.

–Entra –le abrí más la puerta para que pudiera pasar.

Con cierta timidez, Sakura cruzó el umbral de la entrada. Pero sus ojos miraron más allá del rellano, atravesando el salón, y se quedó petrificada al identificar la figura de Fûka.

–Vaya, será mejor que... –dejó las palabras tendidas y se movió con nerviosismo.

Sus ojos se lanzaron a mi mano libre, y depositó una carpeta sobre ella. Enarqué una ceja, mirándola confuso.

–Toma, dáselo tú al profesor Itachi. No quiero interrumpir –alegó.

Puse los ojos en blanco. Intentó abrir la puerta para marcharse, pero yo la cerré rápidamente.

–No interrumpes nada –me apresuré en aclararle, antes de que empezara a protestar–. Fûka-senpai ya se iba, ¿verdad?

Miré hacia el interior del salón y, como esperaba, la chica de pelo caoba estaba de pie, observándonos con atención. Aunque parecía indiferente, sabía que la rabia estaba quemándole las papilas gustativas.

–No, de verdad, es mejor que me vaya ya. Se hace tarde y me están esperando en casa –insistió Sakura, apurada.

No dejé de mirar a Fûka. Ante las palabras de la peli-rosa, entrecerró los ojos. En su boca fina, difuminada por los restos de pintalabios que habían quedado tras nuestros besos, se extendió una sonrisa agria.

–Oh, pero si yo te conozco a ti: la chica torpe del karaoke. ¿Ya has podido solicitar alguna subvención para tu retraso? –se echó a reír con mordacidad–. Anda, quédate, ricura. Sasuke-kun te lo ha dicho: no interrumpes nada.

Aferró su chaqueta de cuero del sofá y avanzó hasta la entrada, con andares sinuosos y chulescos, que revelaban la típica actitud pasota de los que se movían por los círculos más sombríos de la ciudad. Cuando llegó hasta nuestra altura, se removió la larga melena, que golpeó el final de su cintura con majestuosidad, y lanzó una mirada fulminante a Sakura. Volvió a sonreír con cinismo.

–Pásalo muy bien mientras puedas, monina. Durará poco –le guiñó un ojo con burla.

Se puso sin sentarse los botines de tacón, abrió la puerta y caminó sonoramente, de nuevo moviendo las caderas con chulería y los brazos flojos. Antes de largarse, detecté que me miraba de soslayo; después, se perdió tras el toque de la cerradura.

Me volví hacia Sakura. No estaba furiosa ni molesta, y me sentí aliviado. Parecía ser que todavía no había hablado con su hermana. Sus ojos no me sostuvieron la mirada, probablemente afectada por lo que Fûka acababa de soltarle. Pero, al bajarlos, descubrió que seguía con el cinturón desabrochado y los botones del pantalón sin cerrar. Mi vaquero estaba un poco caído, exhibiendo mis bóxers y, por lo que imaginaba, el bulto que formaba mi miembro debajo.

Se sonrojó de pies a cabeza. Como si estuviera enfadada, me arrebató la carpeta que me había dado minutos antes, se quitó los zapatos empujándolos con los pies y entró apresuradamente en el interior del apartamento.

Rodé los ojos y me puse a abrocharme dificultosamente los pantalones con la mano.

Es tan molesta.

Cuando lo conseguí, la seguí hasta la cocina y vi que dejaba la carpeta sobre la encimera. Seguidamente, rebuscó en los armarios hasta encontrar un vaso y abrió el grifo. Se bebió el agua de un tirón, y sonreí con guasa, ante su exagerada reacción.

–¿Has venido hasta aquí solo para traer esa carpeta? Ginza está como a media hora de Shibuya, y a unos cuarenta minutos de Setagaya. ¿Por qué no has esperado al lunes para dársela en el instituto? –le pregunté, apoyándome en el marco de la entrada a la cocina.

Ella enderezó la espalda, resistiendo un estremecimiento. Dudó en formular una excusa convincente.

–Temía... que se me olvidara –estaba seguro de que mentía.

Enterré mi mano libre en el bolsillo del vaquero y la miré de arriba abajo, reiterando mi sonrisa burlona. Sin embargo, mis ojos se dilataron un poco al reparar por primera vez en su aspecto.

Traía una blazer gris ceniza que todavía no se había quitado, y una blusa abotonada de color negro debajo, de una textura sedosa, con estampados finos de espirales grisáceas que apenas destacaban sobre el otro tono. Dejando ver su cinturón, de forma garbosa, se había metido la parte delantera de la blusa dentro de sus vaqueros anchos y desgastados, estilo boyfriend de talle bajo, que se enrollaba a la altura de los tobillos. Dentro de mi casa, tal y como exigía la tradición japonesa, estaba descalza, pero en la entrada había dejado sus deportivas blancas y limpias. Llevaba un par de colgantes finos en el cuello, que hacían juego con la colorida pulsera de cuentas y el pañuelo rojo que había empezado a ponerse en la muñeca derecha. De los lóbulos de su oreja pendían un par de grandes pendientes: largos, turquesas, con forma de rombo cortado a la mitad. Su media melena rosada, peinada con la raya a un lado, parecía algo menos estirada. ¿Cuándo se había cortado a capas?

Había conservado su estilo sencillo y desenfadado, pero claramente con un toque muy distinto. Se lo agradecí internamente a Ino; que Sakura anduviera de aquella guisa las últimas semanas, solo podía deberse a ella.

Entrecerré los ojos y observé que miraba a su alrededor, aún agitada, como si de repente se hubiera dado cuenta de dónde estaba.

–Bien, ahora que ya he traído eso, me voy –dijo, tras un suspiro.

Arqueé las cejas.

–¿Por qué no te quedas a cenar?

Me miró con los ojos muy abiertos, sorprendida por mi sugerencia.

–Yo... bueno... no creo que deba.

–¿Por qué?

–Me están esperando en casa para eso.

–¿Ya has avisado a tu familia de que has salido antes del trabajo? ¿Saben que estás aquí?

Tragó saliva. No, no lo sabían.

–Es igual, es mejor que me vaya –insistió.

–Dame un motivo.

Me sorprendí tanto como ella ante mi exigencia, aunque procuré no manifestarlo. Vaciló antes de hablar, desviando la mirada.

–No veo bien quedarme si estás con otra chica –murmuró.

–Esa chica ya no está aquí.

–Pero estaba.

Levantó la cabeza y nos miramos mutuamente. En silencio. Descifré a la perfección el brillo de sus ojos, y me irritó la situación. Suspiré con pesadez. ¿Qué esperaba? No era difícil suponer que se estaba sintiendo como el plato de las migajas. Encima, esa misma tarde había hecho sufrir a su hermana, a pesar de que ella aún no lo supiera.

Lo único que me extrañaba era que aquella vez pareció tolerarme más que otras veces. Estaba seguro de que, en otra ocasión, me habría insultado, o me habría tirado la carpeta a la cara, o no me habría dirigido en ningún momento la palabra, al ver que había estado con otra chica, después de todas las cosas que habían pasado en las últimas semanas.

Y, aunque sabía que era mejor no sufrir ninguna de esas reacciones, me exasperé. ¿Qué significaba tanta transigencia?

–Haz lo que quieras –concluí.

Salí de la cocina y caminé hasta el salón. Me dejé caer en el sofá, justo en el mismo sitio donde Fûka me había estado haciendo la mamada, y encendí el televisor. Puse las noticias.

–Sasuke –la voz de Sakura fue titubeante.

Antes de que dijera nada, me incliné hacia adelante y recogí mi móvil de la mesita de té.

–Llamaré a un taxi para que te lleve de vuelta a casa. No te preocupes, corre a cuenta mía –fui seco y contundente.

Ella enmudeció. El eco del televisor hormigueó en medio de nuestro mutismo.

Alcé el brazo bueno para poner el móvil frente a mí, y di un respingo, soltando por acto reflejo el aparato.

–Joder... –me quejé dolorido.

Había hecho algún movimiento o algo que había provocado un pinchazo en mi hombro izquierdo, justo detrás de la zona donde había entrado la bala.

–¿Qué te pasa? –Sakura acudió de inmediato a mi lado.

El reflejo del dolor persistió, haciéndose casi insoportable, como si me estuvieran clavando un cuchillo en el omóplato. Temí mover el hombro más de lo debido, pero sentí la mano de la peli-rosa y me sobresalté.

–¿Cuándo ha sido la última vez que te has cambiado las vendas? –me preguntó con un tono de voz serio, mientras palpaba el vendaje.

–Esta mañana, después de ducharme –respondí forzosamente.

–¡Sasuke, te las has puesto mal! –observó alarmada.

Lógico, pensé. Con una sola mano, podía darse el caso de que me vendara de forma incorrecta. Aunque ni de coña me permitiría depender de Itachi para hacerlo.

Sakura examinó mi hombro dolorido.

–¿Dónde tienes las vendas?

–En mi habitación.

Su expresión me indicó que estaba dudando, otra vez.

–Muy bien. Te las cambiaré.

–No hace falta, puedo hacerlo yo.

Me lanzó una mirada tan autoritaria que sentí un leve escalofrío en la nuca.

–Tú solo no puedes con esto. Lo haré yo.

No me atreví a llevarle la contraria. Tenía razón.

Me levanté del sofá y ella se pegó a mis talones. Hice otra mueca de molestia, que preocupó a Sakura. Caminando esa mierda dolía incluso más.

Entramos en la habitación, muy callados. Recordaba, como si fuera ayer, la última vez que había estado con ella en mi dormitorio. Me embargaron unos deseos exasperantes de retomar lo que se había quedado allí pendiente, y sacudí la cabeza. No debía tentar a la suerte.

Esa noche estaba yendo todo demasiado bien entre nosotros.

Me agaché y extraje de debajo de mi cama una caja de plástico, con todas las cosas que había tenido que comprar para continuar la recuperación de mi herida.

–¿Para qué me vas a cambiar las vendas? ¿No puedes simplemente recolocar las que llevo puestas ahora? –inquirí, mientras le extendía a Sakura un rollo grueso de gasas.

Ella lo tomó entre las manos, y rebuscó en la caja el antiséptico. Me senté en el suelo, y se sentó junto a mí.

–Esas ya no valen –empezó a desenrollar las vendas que envolvían mi hombro y parte del brazo. Me mostró una parte impregnada de un líquido casi imperceptible, un poco amarillento–. ¿Ves? Ya están manchadas y necesitas unas limpias, o toda la suciedad que ha recogido el antiséptico volverá a tu herida.

La observé en silencio. Se había quitado la blazer y pude ver que llevaba mangas cortas, bastante abiertas. Mis ojos descendieron hasta su discreto escote y me percaté de que los botones de la blusa estaban un poco separados, permitiendo vislumbrar retazos de su piel y apenas una línea del sujetador que llevaba debajo. Aunque no se veía nada realmente, me sorprendió. Sakura era tan puritana que nunca la hubiera imaginado poniéndose algo así.

Y yo tuve que obligarme a mí mismo a no curiosear más esa zona.

Levanté la mirada hasta su rostro y comprobé que no estaba atenta a lo que mis ojos exploraban traviesamente. En lugar de eso, estaba completamente concentrada en lo que hacía.

Con sumo cuidado, retiró el último tramo del vendaje que llevaba encima. Examinó mi herida: un agujero oscuro, cuyos pliegues se unían a través de un cúmulo de puntos. No esperó más, dejó caer unas cuantas gotas de antiséptico sobre la tela fina de las vendas nuevas, y colocó aquel trozo sobre la herida, rodeando mi hombro; luego, repitió el mismo proceso algunas veces más.

–¿Cómo sabías lo que tenías que hacer? –le pregunté.

Ella no apartó la mirada de mi hombro, abstraída en el vendaje. Contemplé con atención sus pestañas: espesas, largas, y tan oscuras que no parecían suyas, contrastando completamente con su piel albina.

Aquella imagen provocó que algo en el interior de mi vientre se agitara.

–Hago voluntariado en el Hospital Aiiku. No puedo curar enfermos, pero estoy en contacto con ellos y los médicos casi siempre, aparte de hacer actividades con niños y animar a ancianos. Además, he asistido a cursos de primeros auxilios en verano...

Dejó de hablar bruscamente. Noté que sus manos se detenían un instante y que erguía la espalda, como si hubiera recordado algo de pronto. Pero no tardó en reanudar su tarea.

–Hmmm –emití desde mi garganta, en tono pensativo–, no sabía que te gustaran esas cosas.

–Bueno, hay gente para todo –comentó, sin concederle demasiada importancia.

Comprendí que no era un tema del que quisiera hablar conmigo, y no insistí. Tampoco es que fuera a morirme por no saberlo.

Poco rato después, terminó de colocarme el vendaje.

–Espera un momento, no te muevas –me ordenó.

Se levantó y salió del dormitorio. De lejos, pude oír que abría los cajones del refrigerador, hasta que dio con lo que quería. Regresó un poco acelerada, con una bolsa de hielo envuelta en un trapo.

–Toma, presiona con esto tu omóplato durante un rato. Te aliviará el dolor de la contractura que te había hecho el vendaje –me indicó.

Le hice caso. El frío fue tan inesperado al contacto con mi cuerpo, que se me erizó toda la piel.

Me miró a la cara y volvió a vacilar.

–Ahora sí, te agradecería que llamaras a ese taxi –me pidió, con un poco de vergüenza.

La idea no me agradaba, en absoluto, pero no podía negarme. Después de todo, me había ayudado con el vendaje. Me levanté y regresé al salón. Solté la bolsa de hielo para recoger mi móvil del sofá y empecé a marcar un número.

–Oh, mierda –oí que susurraba Sakura.

La miré y descubrí que sus ojos se habían perdido en algún punto detrás de mí. Curioso, seguí aquella dirección hasta el enorme ventanal del salón. Ya era de noche. Fuera, como si de un tifón se tratara, estaba cayendo una lluvia torrencial, con finas gotas de agua que impactaban furiosas contra el cristal.

–Mierda, no pensaba que fuera a llover hoy. No me he traído el paraguas –se angustió la peli-rosa.

Ignorándola, pulsé el botón de llamada. En ese preciso momento, la voz del meteorólogo que ocupaba el primer plano de la televisión atrajo mi atención.

Están llegando a Tokio unas fuertes precipitaciones, procedentes del norte de Corea, que han ocasionado huracanes en la zonas costeras de Hokkaidô e inundaciones en el centro del país. Se espera que para mañana las lluvias sean menos intensas, pero esta noche rogamos tengan cuidado al salir a la calle. El viento ha alcanzado entre los 42 y los 47 nudos en la Escala de Beaufort.

El pitido de la llamada dejó de sonar, sin que contestara ninguna voz.

–No me lo cogen –comenté extrañado.

–¿Y eso? –Sakura se estaba empezando a inquietar.

–Voy a intentarlo otra vez –pero la línea de ese teléfono apareció cortada–. Buscaré otro número.

Dejé a Sakura en el salón y me adentré en la cocina. Rebusqué en los cajones un folleto donde sabía que estaban los números de todas las empresas de taxis de la ciudad. La luz de la lámpara parpadeó un instante, de manera siniestra.

Verás tú...

Y justo cuando abrí el cajón que estaba buscando, todo se sumió en una profunda oscuridad. Al momento, un grito desgarrador retumbó por toda la casa.

Alarmado, saqué mi móvil del bolsillo y salí corriendo hacia el salón. Iluminé toda la estancia con la luz del aparato, hasta que encontré a Sakura, encogida en el suelo. Estaba temblando.

–¿Qué te ocurre? ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? –disparé preguntas sin ton ni son.

Ella sollozó y, lentamente, alzó la cabeza.

–¿Qué es lo que ocurre? ¿Por qué no hay luz? –su voz sonó aterrada.

Rodé los ojos y solté un suspiro, sintiendo que toda la tensión abandonaba mis extremidades.

–No me jodas, te da miedo la oscuridad.

En un parpadeo, un rayo alumbró el salón a través del ventanal; solo un instante después, resonó el trueno.

–¡Cállate, que me pongo peor! –me chilló Sakura, como una niña pequeña.

Torcí la boca y la miré con vergüenza ajena.

Todo lo guay que te has puesto vendándome el brazo, y ahora te acojonas por un simple apagón y un trueno de mierda.

De repente, sonó mi móvil.

–¿Sasuke? –era Itachi–. ¿Estás en casa?

–Sí.

–¿Has visto las noticias? Ha caído un rayo en uno de los postes eléctricos de Ginza. No ha sido grave, pero tardarán en arreglarlo. Ha provocado un apagón general en la zona.

–Ya, me he dado cuenta –aclaré con obviedad.

–¿Estás solo?

–No, estoy con Sakura.

Se hizo un silencio extraño.

–Bien –dijo mi hermano, con un tono que no terminaba de ubicar–. Escucha, no puedo volver a casa esta noche. Salí fuera de la ciudad por la tarde, y ahora tienen la carretera cortada por la tempestad. Me quedaré en casa de Deidara. Creo que en la nevera hay onigiri y algo de sushi y sashimi que sobró anoche.

–Vale. Hasta mañana.

–Hasta mañana... Oye –su voz volvió a detenerme–, no te sobrepases con Sakura.

Fruncí mucho el ceño, y colgué de sopetón. De verdad que me ponía enfermo cuando me daba órdenes relacionadas con ella.

–¿Era el profesor Itachi? –inquirió de repente Sakura.

La miré y comprobé que estaba un poco más calmada.

–Sí –hice una pausa y me levanté del suelo–. Iré a por unas velas.

–¡Espera!

Me giré para enfocar a la peli-rosa con la luz del móvil. Sus pupilas me mostraron un profundo miedo.

–Voy... voy contigo –soltó.

Enarqué una ceja, incrédulo ante el efecto que aquel apagón estaba provocando en ella. La vi avanzar hasta mí y, antes de volverme hacia el pasillo, le extendí el brazo bueno.

–¿Necesitas agarrarte a mí?

Me lanzó una mirada orgullosa y levantó la barbilla.

–No, gracias –dijo con soberbia.

Casi me eché a reír. Era tan infantil.

Sakura me acompañó hasta la habitación, de nuevo. Había velas y un mechero en el cajón del escritorio. Le di un par de ellas y se las encendí. Pareció más tranquila cuando, a nuestro alrededor, se expandió un poco más de luz. Volvimos sobre nuestros pasos hasta el salón, despacio para que las velas no se apagaran, y encendí las últimas que quedaban. Las colocamos por toda la estancia, y también en la cocina.

–Me temo que vas a tener que esperar a que recuperemos la electricidad para volver a casa. Además, no creo que haya muchos taxis circulando por ahí con este temporal. No sé si habrás oído las noticias –apostillé, regresando a la cocina por enésima vez.

Sakura me siguió detrás, pisándome los talones.

–¿Y qué hay del profesor Itachi? ¿Cuándo vendrá? –preguntó inquieta.

Abrí la nevera y saqué los onigiri, el sushi y el sashimi que había mencionado mi hermano. Me apresuré en cerrar la puerta para que el frío que se había acumulado no se escapara, mientras no arrancase el sistema de refrigeración.

–No vendrá. Hoy duermo solo.

Me detuve, invadido por una repentina idea que provocó un conocido calor en el bajo de mi vientre. Me volví y, con ayuda de la frágil llama de una vela cercana, recorrí con los ojos la figura de Sakura. Se me dibujó una sonrisa ladeada en los labios. La situación me divertía en demasía.

–¿Quieres dormir conmigo, Sakura? –arrullé su nombre con lentitud.

Con satisfacción, observé que se ponía rígida como una tabla.

–Pero ¿qué dices? ¡Haz el favor de llamar a ese taxi! Tengo que volver a casa –me exigió.

Sin previo aviso, le lancé mi móvil. Ella lo atrapó torpemente entre sus manos, a tiempo de que cayera al suelo.

–Llama tú, verás que nadie te contesta –le acerqué el folleto con los números de los taxis.

Terca como ella sola, empezó a marcar los números, mientras yo me limitaba a preparar la cena. Pillé un par de platos. Sabía qué iba a pasar.

Y, en efecto, al cabo de unos minutos de mucha insistencia, Sakura dejó caer el móvil en la mesa.

–¡Es increíble! –exclamó irritada–. No responde ninguno.

–Te he dicho que, por culpa de este temporal, no están trabajando. Te guste o no, vas a tener que quedarte aquí esta noche –dije, colocando un plato con un par de onigiri y bastante cantidad de sushi y sashimi delante de ella.

Casi pude sentir el escalofrío que le recorrió la espalda, como si fuese mío. Dentro de mí, se mezclaron sentimientos contradictorios. Me seducía tanto la oportunidad que se estaba presentando ante mí, que no podía pensar en otra cosa. Y era precisamente eso lo que me agobiaba.

Me senté en un taburete junto a la alta mesa central de la cocina, coloqué soja en un recipiente pequeño y comencé a comer de mi plato. Tras un buen rato de debates internos, en los que yo mismo me vi enzarzado en mis adentros, Sakura dejó escapar un suspiro de lamento.

–No me puedo creer que esto esté pasando de verdad –susurró.

Se dejó caer en un taburete al lado de mí, llevándose las manos a la cabeza. Inspiró hondo y, con derrota, extrajo su móvil del bolsillo de sus vaqueros.

–Voy a hacer una llamada –dijo, y sonó como si fuera una sentencia de muerte.

Mientras ella marcaba un número, me concentré en tragar mi comida. En vano.

Allí, a la tenue luz de las velas, con aquella blusa fina de botones ligeramente separados, me pareció contemplar la mujer más exquisita que se había puesto nunca ante mis ojos. Mis pupilas callejearon por cada centímetro de su figura atlética, deteniéndose en sus labios llenos cuando se los mordió, a la espera de que contestaran a su llamada.

Joder, ¿puedo violarte ya?

–Hola, mamá. Te llamo porque tengo que comentarte algo... Hoy no podré dormir en casa.

Y aquellas palabras se me antojaron la melodía más placentera del universo.

Sakura Haruno se quedaba a dormir en mi casa.