NOTAS DE AUTOR

¡Hola, mis queridos lectores!

De verdad, me apena muchísimo no poder responderos ni siquiera por privado a todos los que me escribís reviews anónimas, así que quería agradeceros especialmente vuestros comentarios. Me animáis muchísimo cuando me los escribís.

Hoy os dejo con un capítulo que creo que os transmitirá muchas sensaciones. Al menos eso pretendí al escribirlo. Ojalá os guste mucho.

Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.

Sin más, siendo más escueta en esta nota, pero bastante extensa en la conti... ¡A DISFRUTAR!


19. NOCTURNO

Esto me pasaba por capulla.

¿Quién me mandaba a mí venir a casa de los hermanos Uchiha un sábado por la noche, después de trabajar? Como había dicho Sasuke, esa puñetera carpeta podía haberse quedado en casa hasta el lunes. No era tan urgente.

Sí, esto era por capulla.

Había creído que, como todos los días hacía, Sasuke vendría a la cafetería, pero no encontrarle aquella vez había causado una inminente sensación de vacío en mis extremidades, quitándome hasta las ganas de seguir trabajando. Luego, tras un largo debate conmigo misma, se me había ocurrido la excusa perfecta para ir a verle: la carpeta. Suerte que ayer no la había sacado de la mochila, me había dicho en mi fuero interno.

No podía evitar inquietarme.

¿Has qué punto me había vuelto tan dependiente de mis sentimientos por él?

Lo peor había sido al encontrar en su salón a aquella hermosa universitaria de interminable melena caoba, la misma con la que le había pillado teniendo sexo meses atrás en el karaoke. Pude sentir que el corazón se me había resquebrajado un poquito.

Mis sentimientos no eran iguales a los suyos.

Sasuke seguía viéndose con otras chicas.

Pero había comprendido que, a pesar de que me hirviera la sangre ante cosas así, no tenía motivos para exigirle nada. Le miraba y recordaba enseguida en qué estado se encontraba por haber acudido aquella noche a rescatarme. ¿Cómo podía enfadarme porque continuara su vida? Era un chico soltero, y entre nosotros no había absolutamente nada. Quizás, muy lejanamente, una cierta amistad. O algo parecido.

Los amigos se quedan a dormir en las casas de otros, ¿verdad?

Suspiré. Me encontraba en el cuarto de baño, frente al espejo, con la mísera luz de una vela aislándome de la oscuridad. Seguíamos sin una pizca de electricidad en todo aquel barrio de Ginza, bajo el espectáculo de una tormenta desatada que no parecía darnos tregua. Sasuke estaba ya en la habitación, preparando el futón sobre el que me había asegurado que dormiría él; a mí me había dejado su cama. Y su ropa también.

Sentía mis pulsaciones tan fuertes en las sienes que me dolía la cabeza.

¿Por qué mamá era siempre tan flexible? Debería haber sido más severa conmigo y haberme dicho que, ni en broma, me quedaría a dormir en casa de ninguna amiga. Habría sido la excusa perfecta para huir de allí, pero es que ni siquiera me había preguntado qué amiga era.

Sin duda, confiaba demasiado en mí.

Apreté la mandíbula, mirando una vez más la ropa que descansaba a mi lado, sobre la superficie de madera junto al lavabo de pladur. Casi temerosa, miré por enésima vez la camiseta azul marino y los pantalones de rayas que Sasuke me había prestado para dormir. Madre mía, ese embriagador olor a té verde se percibía incluso sin que me hubiera puesto nada todavía.

Vale, o te lo pones ya, o vas a provocar que entre y se dé cuenta de tus tonterías.

Tragando saliva por los nervios, desabotoné mi blusa negra de seda y me quité el sujetador. El algodón de su camiseta era tan fino y suave que me recorrió una onda eléctrica por toda la piel del torso. Me miré de nuevo en el espejo y comprobé, alarmada, que mis pezones se habían erguido; se veían perfectamente bajo la tela. Me apresuré en cambiarme los vaqueros por los pantalones del pijama y, automáticamente, me cubrí los pechos con las manos. Si Sasuke descubría que con solo ponerme su ropa mi cuerpo reaccionaba de esa forma, se me caería la cara de vergüenza.

Inspiré hondo varias veces y, con el corazón golpeándome los oídos, me aventuré a salir del baño. A medida que avanzaba por aquel pasillo anegado en una turbadora oscuridad, mis latidos se sentían cada vez más violentos. Casi no podía oír nada. El pecho me iba a explotar.

Encontré a Sasuke tumbado sobre el futón del que había hablado. En aquella habitación no habíamos puesto velas. Su cara estaba nítidamente iluminada, gracias a la luz que despedía la pantalla de su móvil, y cruzaba las piernas en alto, en una actitud despreocupada y distraída. Al entrar, se percató casi inmediatamente de mi presencia y giró la cabeza para mirarme.

Sus ojos me recorrieron de arriba abajo.

–Bueno, eres tan enclenque que te entra mi ropa sin problemas –observó con voz indiferente.

Sentí unas inminentes ganas de estamparle un puñetazo en toda su cara bonita. Yo no es que fuera enclenque, ni canija; solo un poco delgada. Me cago en su vida...

Evitando caer en su juego de piques, guardé silencio y soplé la vela para apagarla. La dejé junto a mi ropa doblada sobre el mueble más cercano, y caminé hacia la cama, encogida, ante la posibilidad de que Sasuke pudiera ver mis pezones empinados.

En cuanto me metí debajo de las sábanas, le di la espalda.

–Buenas noches –dudé un poco en decirlo.

Sasuke no me contestó, pero la pantalla de su móvil se apagó.

Aun cuando tenía la oreja pegada a la mullida almohada, sentía el cuerpo engarrotado por los nervios. Intenté acomodarme varias veces, rodando de un lado a otro, pero siempre terminaba volviéndome para no mirar su figura. Era suficiente con estar impregnada de su puñetero aroma.

Pasó un buen rato, ni idea de cuánto tiempo. Solo se oía el crepitar de la lluvia contra las ventanas del apartamento. En un momento dado, un rayo cayó una vez más, iluminando terroríficamente la habitación; las gruesas paredes del apartamento mitigaron el estruendo del trueno. Pegué un botecito bajo la colcha, pero disimulé para que no se notara, removiéndome como dormida. Me había sacado de mis casillas que Sasuke me hubiera mirado con esa burlona decepción, al descubrir mi miedo a las noches de tormenta.

Hoy había descubierto demasiadas cosas sobre mí.

Menos mal que no había llegado a confesar que tenía el sueño de convertirme en doctora.

Sasuke se reiría de algo así. Seguro.

Cuando creí que estaba rindiéndome a los brazos de Morfeo, de pronto, sentí que algo pesado caía sobre la cama. Se me disparó el pulso. Volví la cabeza hacia atrás y examiné entre las sombras la figura que se había tumbado a mi lado.

–¡¿Qué coño estás haciendo?! –exclamé sobresaltada.

Ante el volumen de mi voz, Sasuke frunció el ceño y chasqueó la lengua. A escasos centímetros de mí, permaneció con los ojos cerrados como si intentara dormir.

–Joe, no grites, pesada. Creía que estabas dormida.

–Bueno, pues, ya ves que no.

Esperé a que bajase de la cama, pero él se limitó a resoplar, sin moverse.

–¡Vuelve a tu futón, Sasuke! –le ordené.

–Esta es mi cama –replicó él.

Rechiné los dientes. Maldita sea, tenía razón.

–Pero dijiste que yo dormiría aquí y tú en el futón –repuse.

–Hace mucho frío ahí abajo.

Sin previo aviso, se acercó a mí mucho más, tanto que apenas quedó espacio entre nosotros. Me quedé paralizada, con los ojos clavados en el techo. Sentí su brazo bueno estrechándome, aferrándose a mí de una forma casi posesiva. Sus labios rozaron el borde de mi oreja, y su respiración dejó una sensación de cosquillas en el interior de mi oído.

–Hmmm –soltó desde lo más profundo de su garganta–, qué bien hueles y qué calentita eres.

Abrí tanto los ojos que casi se me salieron de las órbitas. Qué estúpida. Debí imaginar que tendría esto planeado desde el principio.

–¡Está bien! ¡Yo dormiré en el futón!

Cuando estuve a punto de bajar de la cama, sorteando su cuerpo como si me quemara, me agarró un brazo y tiró de mí hacia atrás. Se me puso encima, y su mano buena me levantó ese brazo sobre la cabeza, acorralándolo contra el colchón. Sus ojos negros me atravesaron con un brillo tan intenso que me abrumó.

–¡Sasuke, suéltame! –empujé su agarre con mi mano libre, intentando zafarme de su contacto. Pero, incluso cuando solo podía mover un brazo, Sasuke tenía mucha fuerza–. No voy a permitir que te aproveches de mí, como siempre haces.

Me debatí un poco más, agobiada. Sus actos me hicieron pensar que, a pesar de que me lo había negado, querría que le recompensara por haberle privado de una buena noche con su querida universitaria. La tía Tsunade lo decía mucho. Los hombres son como animales en cuestiones de sexo.

Me imaginaba ya sintiendo su lengua paseándose por mi cuello, impidiéndome escapar; sin embargo, la mano de Sasuke aflojó mi muñeca. Se dejó caer sobre mí y apoyó la cabeza en mi pecho. Su cuerpo era muy pesado, aunque me di cuenta de que estaba intentando tener cuidado para no aplastarme.

–Te late muy rápido el corazón.

Enrojecí desde la punta del pie hasta el último hilo de mi pelo.

–¡Quítate, golfo!

Le empujé con todas mis ganas hacia un lado, y al fin logré bajarme de la cama. Hice ademán de salir de la habitación, pero me detuve en seco. Quizás me había pasado de violenta.

–Eso ha dolido –se quejó.

Me giré despacio. A través de lo poco que mis ojos pudieron identificar en la oscuridad, observé que se había sentado sobre la cama, mirándome fijamente. Se tocaba con una mano el hombro izquierdo. A pesar de la situación, me preocupó haberle hecho daño de verdad.

Sin poder aguantarlo más, regresé furiosa sobre mis pasos y me situé frente a él.

–¡Es culpa tuya! No te quitas, me abrazas y, encima, dices que...

–¿Estás nerviosa?

–¡Ag, no! ¡Déjame! Tendrías que estar durmiendo. Eres tú quien está malherido, no yo –apoyó la mejilla sobre su mano libre, mirándome con una expresión de aburrimiento–. No sé ya si estás de broma o vas en serio. ¡No tengo ni idea de cómo comportarme contigo! Yo dormiré en el futón, no te preocupes, pero deja ya de ponerme...

–¿Te pongo?

–¿Qué hablas? ¡Digo que me estás volviendo loca!

–Hmmm, ¿de verdad te vuelvo así?

Me desquicié por cómo le estaba dando la vuelta a todo lo que decía. Se lo estaba pasando pipa con mi cabreo.

–¡No hagas más eso! Siempre te estás burlando de mí, pedazo de... Ojalá te atragantes con tu propia saliva si me contestas así otra vez. ¿Es que no te da vergüenza? ¿No puedes estarte quietecito ni un momento? Igual que esa vez en el hospital. ¡Podría habernos visto cualquiera! Un enfermero... o un médico... o el profesor Ita...

Mi voz quedó ahogada por completo. Un instante, había visto su brazo alzándose hacia mí y, al siguiente segundo, estaba arrodillada ante él, con la cabeza enterrada en su pecho. No me salieron las palabras.

Sus dedos empezaron a acariciar mi pelo.

–¿Ya estás más tranquila? Joder, rajas por los codos y te enfadas demasiado. Pareces un gato rabioso.

Su voz era tan bajita, tan suave... Nunca antes me había hablado así.

No podía creerlo. ¿Sasuke me estaba abrazando de verdad? Recé por que, desde esa posición, no pudiera sentir mi corazón. Ahora sí que me latía deprisa.

Transcurrieron segundos, minutos, horas... Yo que sé cuánto fue, pero era como si el tiempo se hubiese congelado. Y no me soltaba. Ni yo era capaz de alejarme de él.

Al cabo de un rato, su mano me dio unas palmaditas en la coronilla. Seguidamente, sentí su cuerpo separándose de mí.

–Me voy a mi futón –sonó agrio, pero no frío.

Como si, por primera vez, quisiera mostrarme que tenía sentimientos.

Le seguí con la mirada y comprobé que se tumbaba en aquella colchoneta desplegable, cubriéndose con las sábanas. Me dio la espalda y percibí que estaba... ¿molesto? Sasuke nunca exponía ningún tipo de emoción frente a mí, a pesar de que siempre me había hablado con pedantería.

Sacudí la cabeza y, sin demorarme un segundo más, regresé a la cama.

¿Qué quería? Me había salvado la vida, sí, y también me había alojado en su casa ante aquella intempestiva tormenta. Vale. Pero no podía hacer por él otra cosa más que intentar ser pacífica y resistir las ganas de golpearle cuando se ponía tan tocapelotas conmigo.

Yo no era para él más que una persona a la que, tal vez, pese a sus bromas pesadas, respetara.


Pasó un mes, y ni Sasuke ni yo mencionamos palabra sobre aquella noche. Ni siquiera me gustaba recordar lo violento que había sido el despertar al día siguiente. Había salido pitando de su casa, sin desayunar.

Octubre fue frío y estresante. Los exámenes comenzaron a revolotear por los pupitres de toda la clase. Se me hizo más difícil que nunca organizar mi vida para estudiar y, de nuevo, tuve que sacrificar el voluntariado de los domingos en el hospital por invertir tiempo entre los libros.

Sasuke empezó a frecuentar menos la cafetería.

No tenía idea de dónde andaba, pero al menos le veía en el club a diario, aunque no participase. Naruto me comentó que a él le gustaba memorizar los movimientos, las katas y las técnicas de lucha que se enseñaban durante el entrenamiento. No parecía preocuparle en absoluto que faltara cada vez menos para el Campeonato Nacional y que Sasuke aún no hubiera podido quitarse ni el vendaje. Y al entrenador Asuma tampoco.

Con todo, en los primeros resultados de la evaluación pude estar tranquila de que mi media no había bajado. El menor de los Uchiha seguía encabezando la lista de los mejores estudiantes, pero de momento a mí me bastaba con no desviarme demasiado. Me costaba la vida concentrarme en lo que los profesores decían en las clases. Tenía a Sasuke las veinticuatro horas metido en la cabeza.

Me aferré a la esperanza de que solo parecía distante porque él tampoco paraba de estudiar, pese a que no terminaba de visualizar esa imagen. ¿Cuándo había necesitado estudiar para los exámenes? Suerte que Sasuke no era un chico de redes sociales –solo tenía Line y ni siquiera se ponía foto de perfil–, porque habría estado hostigando su vida de la noche a la mañana.

Cada vez que no se pasaba por la cafetería, me preguntaba de manera enfermiza si ese día habría salido con alguna chica, o si habría quedado otra vez con la universitaria del pelo caoba, o si habría conocido a alguien más. Alguna que pudiera significar algo más para él, no solo sexo.

Eso era lo que realmente me asustaba.

Ahora que había vislumbrado una pizca de sus emociones, le veía más humano. Más real. Comprendía que, igual que para todo el mundo, existía la posibilidad de que Sasuke encontrara a alguien por quien sentir algo especial.

Alguien de quien se enamorase y que, como siempre, no sería yo.

Hana estaba susceptible últimamente. No lo manifestaba, sino que se mantenía a menudo en silencio, pero yo sabía que ese mutismo ocultaba algo. Se encerraba en su habitación casi todo el día, o evitaba charlar conmigo y se iba deprisa para salir con sus amigas. No quiso decirme nada cuando le pregunté.

–Solo estoy liada con el disfraz de la fiesta. No te preocupes –me decía continuamente.

Ah, sí. Esa fiesta. La fiesta que vendría después del Bunkasai.

La directora había hecho un gran esfuerzo por que toda la junta aceptara que aquel festival tradicional japonés coincidiera con Halloween. Decía que quería modernizar (o, más bien, occidentalizar) un poco el instituto. Y creo que la idea había encajado de maravilla por las circunstancias en sí. El Bunkasai solía celebrarse el 3 de noviembre, pero siempre tenía que ser un fin de semana, y ese año caía en martes. Halloween era el sábado.

Hinata insistió en prestarme uno de sus antiguos disfraces para la fiesta. Sinceramente, me molestaba que todo el mundo pareciera más pendiente de ese tema que del Bunkasai y todo el ajetreo que había que preparar. Por favor, éramos japoneses, ¿no? Sin embargo, agradecía enormemente aquel gesto de mi amiga de ojos perlados.

Ella era en quien verdaderamente confiaba. Era la única a la que le había contado lo de la noche en que Sasuke me había salvado la vida. Y que había dormido dos veces en su compañía, una más cerca que la otra.

Pero ese último asuntillo había intranquilizado a mi amiga de cabellos negros.

El 31 de octubre por la mañana, mientras colocábamos carteles sobre el Bunkasai y la fiesta de Halloween por los pasillos, Hinata no dejó de mirarme con una arruga en la frente.

–¿Te pasa algo? –le pregunté, al tiempo que situaba un cartel en la pared.

Ella pegó un respingo y se agitó un poco, indecisa.

–Sé que no debería meterme, pero es que... no entiendo la actitud de Sasuke-kun... –murmuró.

Me pasó unos trozos de adhesivo y los pegué en los cuatro lados del cartel.

–Ya, yo tampoco. Después de esa noche en su casa, apenas hemos cruzado palabra –confesé.

Hinata mantuvo una expresión pensativa durante un buen rato. Emprendimos nuestro camino a la siguiente planta, en un silencio que me turbaba. Por las escaleras, ella empezó a abrir mucho los ojos, como si de repente hubiera descifrado una incógnita.

–¿Qué? –inquirí.

Me miró y en sus ojos grises violáceos identifiqué un brillo de ilusión.

–No es nada –me sonrió de oreja a oreja. Antes de que pudiera replicar, me arrebató de las manos el resto de carteles y dio unas zancadas enérgicas hacia el interior del pasillo–. Me toca colgar a mí; tú corta los adhesivos, Sakura-chan.

Enarqué una ceja, pero no hice ningún comentario. A saber qué era lo que a veces rondaba por la cabecita de Hinata.


Horas más tarde, Sasuke se presentó en la clase vestido con un frac negro, un chaleco oscuro cruzado debajo y zapatos acordonados de piel. Llevaba también unos guantes blancos. En ambas manos. Sin vendas. Ni cabestrillo.

Después de un mes muy largo, su herida de bala se había cerrado.

–¡Sasuke-san, al fin te has quitado ese cabestrillo! ¡Estás guapísimo! –exclamó la profesora Mei Terumî, que había venido a echarnos una mano para finiquitarlo todo.

Aquella imagen tan renovada de Sasuke impactó en mi retina. Verle allí, al fin curado, recuperando en todo su esplendor aquel porte de guerrero samurái, con una vestimenta que le otorgaba la elegancia propia de un aristócrata inglés, me dejó sin aliento.

Todas las chicas a mi alrededor sintieron lo mismo. Estaba claro: los murmullos y grititos bajos fueron un tormento. En aquella aula había tantas mujeres interesadas en Sasuke, que solo tuve ganas de enterrar mis estúpidos sentimientos bajo tierra. ¿Por qué tenía que enamorarme del chico más popular? Sabía, y lo había experimentado demasiadas veces, que aquello solo traía desgracias.

Pero, en cierta ocasión, mis ojos chocaron con los de Sasuke, y descubrí que hacía rato que me miraba. En aquellas pupilas negras, como el firmamento en una noche de luna llena, encontré un centelleo que me hipnotizó. Fue como si me mirara con gozo; como si de verdad le agradara verme. Yo iba vestida con un simple traje de criada, mucho más discreto que lo que me habían hecho llevar trabajando de azafata para la cafetería maid. No había riesgo de que se me viera el culo, y ni siquiera podía apreciarse la forma de mis pechos.

Aun así, Sasuke no me quitó ojo de encima.

El Bunkasai se desarrolló como cabía esperarse.

Sai acudió a mí varias veces para preguntar dónde iban algunos pedidos; era un poco torpe memorizando esas cosas. Pillé a Ino lanzándonos miradas de reojo. Me llamó la atención que estuviera tan atenta cuando él se me acercaba, pero no tuve tiempo de hablar con ella sobre el asunto.

Por enésima vez en mi vida, Sasuke me dejó boquiabierta. Tal y como indicaba su traje, le había tocado ejercer de camarero como a mí; sin embargo, en ningún momento tuve que intervenir para echarle una mano. Parecía desenvolverse tan bien, que cualquiera hubiera dicho que llevaba años trabajando de eso. Sentí cierta rabia. Puede que fuera incluso más bueno que yo, y detestaba esa idea. Servir mesas era mi terreno.

Hubo un momento en que ambos coincidimos en la mesa donde se recogían los pedidos. Pese a las sensaciones que me había transmitido antes, desde la distancia, la atmósfera entre nosotros se hizo densa cuando estuvimos cerca. Al principio, con orgullo, Sasuke se hizo el loco y actuó como si no se hubiera dado cuenta de que yo estaba allí. Pero estaba segura de que me había visto y puse los ojos en blanco, sin entender por qué de repente se comportaba como si no nos conociéramos de nada.

Me aclaré la garganta y le encaré.

–Oye, ¿se puede saber por qué parece como si me estuvieras evitando?

No me miró.

–No sé de qué hablas –se limitó a decir con voz indiferente.

–Ya, claro... –ironicé. Hice una pausa y le observé fijamente, pero sus pupilas no me buscaron–. Oye, si necesitas ayuda, solo dilo. Ser camarero es complicado a veces.

Colocaron frente a él una bandeja metálica con platos de tortilla y hamburguesa, y algunos refrescos.

–Al contrario. He descubierto que es algo sumamente fácil. Podría hacerlo con los ojos cerrados, no entiendo por qué tú pareces tan cansada.

Y, dejándome muda con aquel comentario tan mordaz, tomó la bandeja entre las manos y regresó a las mesas.

Como había dicho Hinata, el comportamiento de Sasuke era ininteligible.

Justo cuando parecía que empezábamos a entendernos, volvía a mostrarme aquella máscara de hielo. Y no sabía decir si era peor cuando me ignoraba completamente al inicio del curso, o cuando hacía eso.

Lo que yo diga: bipolar hasta la médula.


Aquella noche llegó tan rápido que apenas fui consciente de cuándo el sol había desaparecido y el cielo se había cubierto de sombras. La fiesta de Halloween daría comienzo en un par de horas, que era el tiempo que teníamos para retirar todo el decorado del aula y devolverla a su estado original, así como para arreglarnos como correspondía en la Noche de los Muertos.

Mi disfraz aguardaba en los vestuarios del gimnasio. Era tan voluminoso que había tenido que dejarlo colgado fuera de la taquilla, con un cartel que recitaba: «Propiedad de Sakura Haruno». Hinata e Ino vinieron conmigo.

Cuando entramos en el vestuario femenino, había varias chicas arreglándose. Mis amigas sacaron un disfraz de bruja (Hinata) y otro de animadora zombi (Ino). Por cómo movía siempre los ojos cuando se exasperaba, pensé que a la rubia platino le venía al pelo algo así.

La miré con detenimiento mientras se ajustaba la falda plisada y vertía sangre artificial sobre su cuerpo. Recordé las veces en que la había pescado escudriñándonos a Sai y a mí durante el Bunkasai, y me pregunté en mis adentros qué estaría pensando. Conocía el sentimiento secreto que aquel chico inexpresivo albergaba hacia ella, pero dudaba de que Ino nos hubiera mirado tanto porque lo sospechase. Probablemente, ni se lo imaginaba.

Fui a abrir la boca para aclarar mis dudas, pero Hinata me interrumpió.

–Yo ya estoy lista –giró sobre sí misma, moviendo su falda tricolor de tul: abombada y larga hasta los tobillos, unida a un corsé que acentuaba sus grandes pechos. La punta de su sombrero de pico permaneció tiesa, a pesar del balanceo.

–Madre mía, cuando Naruto te vea con eso le va a dar un infarto –comentó Ino. También ella se había dado cuenta de lo que sentía el Uzumaki hacia ella.

Hinata se ruborizó hasta las orejas, pero prefirió no alegar nada.

–Te esperamos fuera, Sakura-chan. Aquí dentro hay demasiada gente –me dijo mi amiga de ojos perlados.

Asentí conforme.

Las dos salieron del vestuario, y yo recogí mi estuche de maquillajes de la taquilla. El disfraz que me había dejado Hinata consistía en un vestido de la época victoriana, con ribetes y bajos de color negro que destacaban sobre el tono vino de la tela. No era tan pomposo como otros trajes de la época, pero tenía corsé, como el de mi amiga, y un pronunciado escote que me asustaba un poco. Lo que me gustaba realmente de él eran los dos lazos que tenía en los costados y las rosas de tela que circundaban el borde del escote.

Se suponía que iba a disfrazarme de vampiresa con ese traje, así que me esmeré por ensombrecer mis ojos para parecer siniestra. Como si fuera un hilo de sangre, dibujé una línea cayendo de la comisura de mi boca, pintada en un tono burdeos, y di el toque final con unos colmillos postizos. Tras un suspiro, me desnudé y agarré mi vestido. Pero tan pronto lo quité de la percha, reparé en algo que trastocaría todos mis planes.

–Pero ¿qué...?

Enmudecí, cuando alcé el traje por las mangas. Una de ellas cayó lánguida hacia atrás. Estaba desgarrada por la mitad.

Supe inmediatamente que aquello había sido otra jugarreta de las admiradoras piradas, obsesivas y resentidas de Sasuke. Joder, ¿acaso no me habían dejado ya en paz?

Di un rodeo con la mirada y comprobé que todavía había unas cuantas chicas en el vestuario. Esperé un rato hasta que se marcharan y, cuando lo hicieron, Hinata entró detrás.

–Sakura-chan, ¿aún no has acabado? La fiesta está a punto de empezar.

Levanté la cabeza, y debí mirarla con una angustia que le heló hasta la sangre, porque vino hasta a mí muy deprisa, arrodillándose para que la viera. Su tersa frente se arrugó.

–¿Qué te ha pasado?

Cuando le mostré la prenda rota, empezaron a escocerme los ojos. Era suya, me la había prestado sabiendo que yo no tenía el dinero suficiente como para permitirme comprar un disfraz nuevo. Y en cuanto había caído en mis manos, había terminado mancillada e inutilizable.

De repente, el recuerdo de las palabras frías y arrogantes de Sasuke aquella mañana golpeó cada esquina de mi mente. Un segundo después, las lágrimas se desbordaron inevitablemente de mis ojos.

–Estoy harta. ¿Por qué siempre me pasa esto? ¿Por qué parece como si la Tierra entera estuviera en mi contra? ¿Tan mala soy? No les he hecho nada, yo no he hecho nada para merecerme esto... –gimoteé, y me sentí la persona más patética del mundo.

Hinata me siseó suavemente. Con un pañuelo, limpió mis lágrimas pulsando la piel debajo de mis ojos, con cuidado de no estropear el maquillaje.

–Sakura-chan, tú no eres mala en absoluto. No es culpa tuya que otros sí lo sean.

Me abrazó y, en ese preciso instante, Ino apareció por la puerta.

–¿Qué es esto? –quiso saber, al vernos en aquel estado a las dos.

–Alguien ha estropeado el disfraz de Sakura-chan –resumió Hinata.

La rubia recogió el traje que descansaba junto a mí, encogido en el suelo. Lo alzó y lo examinó con detenimiento.

–Tranquilas, esto tiene arreglo –nos miró con una sonrisa enérgica en la boca.

Viendo el estado en que mis acosadoras habían dejado aquella manga voluptuosa, la única solución que encontramos fue arrancarla del todo y hacer lo mismo con la otra. Así, el que fuera un vestido con escote enmarcado, se transformó en un palabra de honor. Parecía incluso que los diseñadores habían pensado en el adorno de las rosas para situaciones de ese tipo.

Lo único que me molestó fue la altura a la que se habían quedado mis tetas. Solo tenía una copa B de pecho, pero con aquel escote me sentía como si hubiera aumentado hasta una D. Resultaba un poco agobiante pensar que sería el blanco de todas las miradas; luego, observaba el traje de mi amiga de ojos perlados y me aliviaba entender que, al menos, ella acapararía todo el protagonismo. Por primera vez deseé no tener sus tetas.


La fiesta de Halloween se estableció en el Salón de Actos, en la séptima planta del edificio principal. Habían retirado muchas sillas y mesas, y habían abierto todos los ventanales, permitiendo la entrada al sosegado panorama nocturno que el cielo nos ofrecía. Toda la sala estaba repleta de telarañas falsas, tumbas de cartón, murciélagos de plástico revoloteando por doquier y algunas calabazas gigantes hechas de poliuretano. No era nada terrorífico, pero el ambiente resultaba divertido.

Al fondo, sobre el escenario donde se daban discursos, habían colocado el muro de materiales reciclados sobre el que Sai había hecho su dibujo. Se trataba del rostro de una mujer enfocado a la izquierda, que miraba hacia abajo con melancolía, con largos cabellos que se extendían, se fragmentaban y se transformaban en criaturas de la noche. Sonreí para mí misma, al reconocer las facciones de Ino en aquel retrato. Puede que yo fuera la única en darse cuenta; casi nadie había visto a la rubia platino con esa expresión.

Naruto apareció al momento de que llegáramos a la fiesta. Se había disfrazado de pirata, imitando a ese personaje estadounidense llamado Jack Sparrow. No había añadido ni una mota de sangre o tripas asquerosas a su traje, pero creo que, de por sí, las rastas negras quedaban bastante espeluznantes junto a sus pintas alocadas.

–¡Sakura-chan! –me llamó entre la multitud.

Vino corriendo hasta mí, alborozado.

–¡Guau! Te sienta genial ese vestido –me admiró de arriba abajo con sus chispeantes ojos azules.

Miró hacia mi lado, donde se encontraba Hinata con su traje de bruja. El rubio de rasgos zorrunos se quedó sin aliento unos segundos.

–Vaya, Hinata-chan, estás... –ni siquiera pudo encontrar un adjetivo para describirla, maravillado.

Las mejillas de porcelana de mi amiga se coloraron de forma encantadora.

–Me gusta mucho tu disfraz, Naruto-kun... El moreno te queda bien –comentó ella tímidamente.

Ino y yo cruzamos una mirada. Ella rodó los ojos sonriendo, y decidió adelantarse hacia la zona donde aguardaban los aperitivos y las bebidas. Una melodía de música electro house se expandió por toda la sala.

–Voy a ir a picar algo, tengo mucha hambre –le comenté a Hinata.

Me dedicó una mirada de nerviosismo, pero su expresión me reveló que me lo agradecía. Emprendí la marcha hacia el lugar que había mencionado y, al pasar por al lado de Naruto, me incliné un poco.

–Haz el favor, y sácala a bailar ahora. Antes me ha dicho que lo está deseando. No pierdas la oportunidad –le susurré al oído.

El rubio de ojos azules enderezó la espalda, impactado por mis palabras. Avancé unos pasos más y, cuando estuve segura de que no me verían, eché una mirada atrás. Por el rabillo del ojo, observé que Naruto se aproximaba a Hinata. Se sonrieron con mucha timidez y, luego, se echaron a reír. Empezaron a balancearse al son de la música y, al poco tiempo, ya bailaban agarrados.

Suspiré con alivio.

Cuando alcancé finalmente la mesa donde reposaba la comida, Ino se movió antes de que pudiera decirle nada. Se internó entre el gentío, que bailaba animado en medio de la sala, iluminado por focos de muchos colores. Con un poco de dificultad, seguí su melena rubia platino con la mirada. No muy lejos de ella, mis ojos advirtieron la presencia de Sai, que la observaba fijamente.

¡Vamos, lánzate tú también!

Pareció como si la cantidad de gente en la sala aumentara y, solo un momento después, perdí de vista a aquellos dos entre los cuerpos apiñados de los circundantes.

Una repentina sensación de soledad me invadió las extremidades.

Mis ojos buscaron, ya por costumbre, la figura de Sasuke entre el tumulto de personas que me rodeaba. Reconocí a algunos alumnos –a Karin y a Suigetsu, sentados cerca el uno del otro en unas sillas: ella en silencio con su inseparable portátil; él charlando animadamente con otros dos chicos– y a algunos profesores –Kurenai se había abrazado al pecho del entrenador Asuma, con un gesto de la mano que hizo relucir su anillo de casada, mientras conversaban con el profesor Kakashi–.

Pero no pude encontrar a Sasuke.

–Hermanita –la voz de Hana atrajo inmediatamente mi atención.

Me volví y la examiné un momento. Se había puesto el disfraz de princesa fantasma del que había hablado en casa: un vestido pomposo, de un color rosa salmón tornasolado, que tanto le había costado coser. Levanté la mirada para admirar su maquillaje, y ahogué una exclamación.

–Hana, ¿te encuentras bien? –inquirí alarmada.

Su rostro estaba completamente pálido y, bajo sus ojos, habían crecido unas profundas ojeras malvas. No era un efecto del maquillaje. Me percaté solo entonces de que venía acompañada de un par de amigas de su clase.

–Hana-chan acaba de vomitar en el baño. Creemos que tiene la gripe –me dijo una de ellas, preocupada.

La tenían agarrada por el brazo para evitar que se desplomara. Inquieta, le toqué la frente con la mano.

–¡Dios, Hana! ¡Estás ardiendo!

–No, estoy bien, de verdad... Solo es la comida, que me ha sentado un poco mal –quiso asegurarme, con una voz tan débil que derruyó al instante sus afirmaciones.

–No, Hana, estás muy mal. Tienes fiebre y tus amigas dicen que acabas de vomitar. No deberías estar aquí.

Ella arrugó la frente.

–No, por favor, deja que me quede, hermanita –me suplicó.

Saqué mi móvil del bolso de mano que había traído.

–Créeme que me encantaría, Hana, pero tu salud es mil veces más importante que una fiesta. Si te quedas aquí, te pondrás peor.

Por encima de los pulsos de la línea del móvil comunicando, percibí un sollozo. Miré de nuevo a Hana y vi que de sus ojos se derramaban unas lágrimas gruesas, arruinando todo su maquillaje.

–Yo quería quedarme... –hipó–. Quería que Sasuke-senpai apreciara todo el esfuerzo que he hecho para que me viera guapa.

Aquellas palabras me encogieron el corazón.

Mi hermana Hana se había pasado horas, días y semanas haciendo ese traje. Hasta entonces había creído que había sido porque quería empeñarse en hacerlo bien, e incluso había llegado a pensar que le gustaba confeccionar ropa.

Pero saber que la razón había sido Sasuke me puso los pelos de punta.

Chasqueé la lengua.

¿Por qué él? ¿Por qué siempre él?

–Sakura, hija, ¿qué pasa? –la voz de mi madre al otro lado de la línea me sobresaltó. Llevaba un rato llamándome.

–Mamá, tienes que venir a recoger a Hana. Se ha puesto enferma –no aparté los ojos de mi hermana, que continuaba llorando entre sus amigas.

–Está bien, llegaré en unos minutos. Llévala a la entrada del instituto –me indicó.

Colgó, y se me formó súbitamente un nudo en la boca del estómago. Las amigas de Hana la acercaron a mí y, con cuidado, la agarré por el brazo.

–Vámonos de aquí, cielo –intenté sonar lo más dulce posible para mi hermana.

Pero entonces sucedió lo peor.

Al encaminarnos hacia la salida, de pronto, una jauría de gritos eufóricos se elevó por encima de la música que inundaba la sala. Hana y yo giramos la cabeza al unísono y, en ese momento, dentro de un grupo de chicas histéricas, reconocimos la figura de Sasuke.

Se me puso el corazón en la boca.

Había sustituido el frac de mayordomo por una larga capa negra, dejándose puesto el chaleco oscuro. Desde la distancia, percibí que se había puesto colmillos postizos.

–Al final, ha elegido al conde –susurró Hana a mi lado. Hizo una pausa, y sus ojos me escanearon de la cabeza a los pies–. Vaya, tú también eres un vampiro.

No sabía muy bien si era por lo débil que se encontraba, pero me pareció escuchar su voz demasiado desapasionada, casi amarga. Aquellas palabras me provocaron un ligero estremecimiento; sin embargo, no respondí nada. Tal y como me había dicho mamá, retomé el camino hacia la salida con Hana. Y un silencio que levantó un muro invisible entre nosotras.


De vuelta al Salón de Actos, los pulmones apenas me dejaron respirar. Pensé que era por el corsé, pero comprendí muy pronto que no se trataba de algo físico. Por cada paso que daba, las palabras de mi hermana me golpeaban desde todos los rincones de la cabeza.

Quería que Sasuke-senpai apreciara todo el esfuerzo que he hecho para que me viera guapa.

Mientras subía las escaleras del edificio principal, tuve la sensación de estar jugando sucio. Hana había enfermado, con la consecuencia de tener que regresar a casa; por el contrario, yo seguía en la fiesta. Una fiesta que había rechazado desde el momento en que supe que se celebraría.

Y en la que me quedaba solo porque Sasuke estaba allí.

No pude evitar sentirme como la hermana más horrible que habitaba sobre la faz de la Tierra.

Cuando entré en el Salón de Actos, me agobié. Entre el penetrante volumen de la música, las luces parpadeantes, la atmósfera bulliciosa y el ciclón de remordimientos que me envolvieron al mismo tiempo, experimenté un mareo horrendo. Decidí salir afuera, donde aguardaba una terraza muy amplia. De soslayo, detecté a Rock Lee, disfrazado de Elvis Presley –no sé qué había de terrorífico en eso–. Al verme, dio un salto en mi dirección, pero me apresuré en indicarle con una mano que no se acercara. A pesar de su visible mueca de desilusión, respetó mi petición.

La noche me acogió fresca y serena cuando alcancé la terraza. Inspiré hondo, cerrando los ojos. Quería calmarme. Llevaba todo el día asaltada por emociones demasiado intensas para lo que podía soportar. Necesitaba que aquella fiesta terminara de una puñetera vez y llegase mañana para regresar al hospital.

Pero, al abrir los ojos y mirar al frente, solo deseé hacerme invisible.

Sasuke estaba apoyado en el antepecho de hormigón que cerraba el límite de la terraza, de espaldas a mí. Su silueta era elegante, portentosa, bajo la capa negra y larga, como alas que acentuaban su disfraz de vampiro.

Creí que se había abstraído contemplando el paisaje nocturno, pero cuando di media vuelta para marcharme, su voz profunda me detuvo.

–¿Por qué te vas?

Di un respingo y me volví para mirarle. Me escudriñaba por encima del hombro, sin girarse, con su ojo izquierdo resplandeciendo de un modo inquietante.

–No iba a irme... –fui ridícula.

–Mentirosa –y él me hizo sentir más ridícula todavía.

Sasuke devolvió la mirada al horizonte, ignorándome, y yo solté un suspiro de resignación.

Vacilante, avancé hasta llegar a su lado. Procuré mantenerme a una prudente distancia de él, pero el pulso me latía igual de fuerte que si me hubiera acercado un poco más. El silencio nos aisló durante los primeros minutos.

Queriendo distraerme, contemplé la panorámica que se presentaba ante mí. Mis ojos deambularon entre los rascacielos iluminados, las luces multicolor de los locales, los vehículos convertidos en hormigas, el rastro tenue de las estrellas en el firmamento. Siempre había subido allí de día, pero no podía compararlo con todo lo que vi aquella noche.

–Qué bello –se me escapó en un susurro.

Sentí de inmediato la mirada de Sasuke sobre mí. Se la devolví con cierto reparo, y me topé con la expresión impenetrable de sus facciones afiladas. Sus ojos negros me transmitieron una emoción que no logré interpretar y, aun cuando dejé de mirarle, sus pupilas continuaron atravesándome. No pronunció palabra, pero, un rato después, me imitó y se volvió hacia el paisaje.

Fruncí el ceño.

¿Qué es eso? Si quieres decirme algo, hazlo.

Aquel mutismo empezó a irritarme.

–Esta mañana, ¿por qué...? –pero lo pensé mejor e imaginé que no obtendría nada sacando el tema de su actitud distante.

Mis manos se cerraron fuertemente en torno al borde del murete de hormigón. Sentía unas ganas horribles por saber cómo estaba, o qué había estado haciendo todas las veces en que no había venido a la cafetería. Y, aunque comprendí que algo así jamás me lo revelaría, no pude controlar mis ganas de hablar con él.

Me aclaré la garganta y, tras echarle una rápida ojeada a su aspecto, opté por probar con algo distinto a lo de antes.

–Veo que te has dejado el cabestrillo en casa.

–Me lo quitaron anoche.

Bien. Estaba receptivo, no frío.

–¿Y cómo te sientes? ¿Notas algún dolor?

–De vez en cuando al levantar el hombro, pero es muy leve.

–Entiendo.

Me mordí el labio inferior. A través del rabillo del ojo, volví a recorrer por enésima vez su figura. Incluso con unos colmillos postizos, juraba que era el chico más guapo que había conocido nunca.

–Oye –se me aceleró el corazón cuando se dirigió a mí.

Pero se detuvo. Estaba... ¿dudando?

–Dime –le alenté para que continuara.

–¿Por qué haces voluntariado en el hospital?

Abrí mucho los ojos. ¿De verdad le interesaba saber eso?

–Pues... –Se va a reír de ti. Ni se te ocurra decir nada, imbécil– tengo un sueño –No, tú no eres imbécil. Eres mongola.

–¿Qué clase de sueño?

Esta no. Con esta no vayas a seguirle el juego. Se va a mear encima.

–Quiero... –tragué fuertemente saliva y, tras unos segundos de indecisión, me aventuré a mirarle–. Quiero ser doctora.

Venga, ahora prepárate para verle tirándose al suelo y pataleando de la risa...

... Pero Sasuke jamás se rio de eso.

Al contrario de lo que había pensado, se me quedó mirando. Con una seriedad y una atención que me dejaron helada.

–Cuéntame por qué –continuó reclamándome.

Me apoyé otra vez en el antepecho para concederme un momento. Los nervios me chispeaban las puntas de los dedos.

–Ya hay una doctora en la familia, una muy exitosa, por cierto: mi tía Tsunade. Trabaja en uno de los mejores hospitales de Tokio, aunque no es que me haya planteado la idea de seguir sus pasos. De niña no había muchas cosas que me apasionaran –enmudecí, recordando que, por aquella época, lo único que podía considerarse mi «pasión» era el chico que estaba justo a mi lado–. Cuando me enteré de que mi padre estaba enfermo de cáncer, no supe cómo sentirme. Empecé a leer artículos y libros de medicina, desesperada por entender lo que estaba pasando. Supongo que quería dar con una forma de frenar su enfermedad; sin embargo, en la fase en la que se encontraba, ya no había nada que hacer.

Guardé silencio un instante. Pronunciar aquellas palabras había sido menos doloroso de lo que había esperado. Fue una sensación extraña. El recuerdo de mi padre quemaba cada vez menos.

–Después de que falleciera, le pedí a mi tía Tsunade que me dejara acompañarla para ver las cosas que hacía en el hospital. Como tenía trece años, el director solo me permitió entrar en el área de Pediatría. Pensé que no me gustaría, pero estar allí me ayudó a comprender muchas cosas.

»Algunos bebés habían nacido sanos: gorditos y fuertes; otros eran más delgados y debiluchos; y a unos pocos, por desgracia, apenas le quedaban unas horas de vida. Creo que eso fue lo más duro de ver. La vida es tan frágil, tan imprevista, tan voluble, que nadie debería olvidarse de lo que tiene durante el tiempo tan fugaz que se nos concede.

»Pero creo que todos estamos aquí por algo.

Eché un vistazo a Sasuke, y vi que sus pupilas se habían perdido en algún punto del suelo que aguardaba más allá, en las agitadas calles de Tokio. Sabía que, aun así, me estaba escuchando.

Ya está. Suéltalo. Total, de perdidos al río.

–Para mí, ser doctora es mucho más que tener en mis manos el poder de salvar a alguien. Quiero encontrar la cura contra el cáncer, o contribuir a conseguirla. Quiero que alguien a quien se le diagnostique que lo está padeciendo pueda respirar tranquilo, porque sabe que al menos tiene una oportunidad. Él y su familia.

Sasuke se mostró pensativo.

–Eso será difícil –dijo pausadamente–, pero imagino que, en algún momento, tendrá que suceder.

Por unos segundos, sentí como si el corazón ya no me cupiera en el pecho.

¿Me está diciendo que cree en mí?

Me froté los brazos. Hacía frío, aunque eso no fue lo que en realidad me erizó la piel. Acababa de revelarle a Sasuke una de las cosas que más me importaban en la vida. Era como si una parte de mí hubiera quedado expuesta: íntegramente desprotegida y desnuda.

Una parte que él no había despreciado.

–Gírate –me ordenó de pronto, separándose un poco del murete.

Le miré con confusión.

–Gírate –volvió a repetirme, antes de que pudiera abrir la boca.

Desconcertada, le obedecí. Él se desanudó la capa del cuello y, a continuación, la colocó sobre mis hombros.

–¿Qué ha...? –pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta.

La prenda cayó hasta rozarme los talones. Me quedaba un poco grande.

–Ten cuidado, o le sacarás un ojo a alguien –me dijo Sasuke, mientras hacía un lazo en mi cuello.

Capté que me miraba los pechos con una rápida ojeada. Entendí perfectamente a lo que se refería, y me invadió un torbellino de furia y vergüenza.

–¡No es culpa mía que se haya quedado así! Tenía mangas, pero alguien las ha estropeado –me quejé.

–Ese escote no se arregla poniéndole mangas –me sonrió de lado, con socarronería.

Rechiné los dientes, conteniendo las ansias de atestarle un puñetazo; sin embargo, no tuve la suficiente fuerza de voluntad para cumplir con mis pensamientos. Sasuke volvió a apoyarse en el antepecho, y yo me encogí un poco dentro de aquella capa. Olía a él.

Le miré con detenimiento: ahora solo llevaba el chaleco, la camisa blanca debajo y aquellos pantalones oscuros con los zapatos acordonados.

–Sasuke, no me des esto. Te vas a helar –le dije preocupada.

Sin dejar de otear el horizonte, sus ojos manifestaron un brillo de excitación.

–Yo no tengo frío.

No le insistí más. Aunque supe que lo correcto era devolvérsela, no quería hacerlo. Sasuke nunca había tenido un gesto así conmigo, y se sentía demasiado bien.

Suspiré.

–Bueno, dime, ¿tú no tienes ningún sueño? –le pregunté con curiosidad.

–Lo tengo.

Volvió la cabeza para mirarme. Su boca trazó una leve sonrisa: dulce, casi cariñosa, y pareció como si sus ojos sonrieran con ella. Fue tan impactante que estuve a punto de olvidar lo que estábamos hablando.

–¿Y cuál es...? –sentía la garganta seca.

–Eso no te interesa –me dio un golpecito en la frente con los dedos.

–¡Oye! –protesté, arrugando la nariz.

Él me miró con diversión. Se separó nuevamente del murete y, sin venir a cuento, se inclinó ante mí hacia adelante. Con gesto solemne, casi principesco –aunque bastante guasón–, se puso una mano en el pecho.

–¿Bailas conmigo, Sakura? –me preguntó, dedicándome una mirada traviesa a través de sus largas pestañas y exhibiendo de forma sugerente sus colmillos postizos.

Desde el interior del Salón de Actos, se escuchó la lenta melodía de una canción romanticona. Me ardieron las mejillas. ¿Por qué ahora Sasuke parecía estar de buen humor?

–Y-Yo no sé bailar –tartamudeé.

Él se enderezó, y empezó a aproximarse a mí.

–Sakura, Sakura, qué mal se te da mentir –deliberadamente, cogió mis brazos y los guio alrededor de su cuello; acto seguido, sus manos recorrieron mi espalda con lentitud, hasta abrirse y detenerse en mis caderas–. Tu hermana me dijo que hiciste ballet de pequeña.

Sus palabras me sentaron como un jarro de agua fría. Hana. De habernos visto en ese momento juntos: de la forma tan insinuante en que estábamos, se habría sentido completamente traicionada.

Yo estaba jugando con ventaja.

Chasqueé la lengua, y solo tuve ganas de morirme.

–Baila conmigo, Sakura –su voz fue tan suave.

–Qué va, te pisaré –y la mía tan amarga.

Mis ojos volvieron a encontrarse con los suyos, y fue como si ya nada tuviera sentido. Solo quería que siguiera mirándome. A mí, y a nadie más.

¿Por qué la vida me pone la zancadilla, haciendo que a mi hermana le guste el mismo hombre del que yo estoy enamorada?

De repente, él bajó la mirada...

... y fue entonces cuando estalló en carcajadas.

Sin soltarme, su cuerpo se sacudió entero, y yo le contemplé embobada. Su risa fue como la melodía olvidada de un sueño. Salvo cuando se le escapó un amago aquel día en que me pilló de maid gato, aquella fue la primera vez que se rio con todas sus ganas frente a mí. Sin burlas. Ni cinismo. Ni amargura.

Casi como un niño en la mañana de Navidad.

Antes, ni siquiera me había fijado en los diminutos hoyuelos que le salían en las mejillas. Estando tan serio no se le notaban.

–¿Bromeas? –me soltó entre risas, despertándome de mi embeleso–. ¡Sakura, llevas Converses! ¿Dónde te has dejado los tacones?

Enrojecí mirándole ceñuda. ¿Qué había de malo en ponerme cómoda para un disfraz? ¡Vamos, esa fiesta no era una gala!

Al cabo de unos segundos, Sasuke dejó de reírse. Me miró con la sonrisa más amplia que le había visto nunca, permitiéndome apreciar un ángulo perfecto entre la curva de su nuez y aquellos minúsculos hoyuelos adornándola. En sus pupilas había una luz especial.

No le reconocía. Y me pareció aún más hermoso que antes. ¿Los hombres fríos siempre sonríen así?

Ahí estaba de nuevo: mostrándome emociones, con sus manos agarrándome firmemente de la cintura, como si quisiera impedirme escapar. Y, de nuevo, comprendí que era yo la única que me impedía hacerlo de verdad.

–Quítate los zapatos –me dijo.

–Pero ¿qué hablas?

–Dices que me pisarás. Quítatelos, y ponte sobre mis pies.

Su ocurrencia me hizo reír.

–¿Qué eres: mi padre?

–Por desgracia, no es así.

Me miró con una seriedad repentina, y me quedé muda. ¿Cuánto tiempo había esperado para que Sasuke tuviera tal consideración conmigo?

Fue como si me estuviera diciendo por primera vez que lo sentía. Que sentía que yo hubiera perdido a mi padre.

Simplemente me emocioné. Y, haciendo acopio de fuerzas para no llorar frente a él, decidí hacerle caso. Me quité los zapatos, empujándolos con la punta de los pies, y él me acercó un poco más. Con suavidad, me alzó sobre sus mocasines de charol, y me sentí la mujer más afortunada del universo.

–Te voy a aplastar los dedos –dije avergonzada.

Me siseó para que me callara.

Muy despacio, en un vaivén sosegado, sus pies siguieron el balanceo de la música. Sentí como si aquellas notas me transportaron a un lugar donde no existía nada. Solo Sasuke y yo.

Sentí su respiración haciéndome cosquillas en las mejillas, que palpitaban de manera atosigante bajo mi piel. Nuestras caras se acercaron lentamente, hasta que nuestras narices se tocaron. Como si mis párpados pesaran un quintal, cerré los ojos, preparada para todo lo que tuviera que suceder.

Deseé que me besara. Deseé que volviera a sobrepasarse; que se saltara todas las normas; que no le importara que la gente nos mirase desde la sala. Deseé que lo hiciera, sin tapujos, y que me entregara esa parte de él que echaba de menos.

Sabía que estaba mal sentir todo aquello, pero no sentirle a él me abrumaba mucho más.

Y fue apenas un roce: ligero y suave, en el que la piel de sus labios tocó los míos. Se me escapó un jadeo y, como si hubiera recibido un calambre, su boca se alejó.

Él también jadeó.

–Tranquila, no voy a besarte. Pero quédate así, por favor. No te alejes... no te vayas..., al menos, hasta que termine la canción –su voz sonó ronca, bajita, apenas unos susurros.

No me atreví a decir nada. Experimenté frustración, desilusión, rabia al saber que aquel beso que había anhelado, esa noche, no llegaría.

Pero era lo mejor.

Me quedé tal y como él me pidió: balanceándome suavemente, bailando sobre sus pies, tan cerca que pude sentir su calor como si fuese mío. Aun cuando estaba convencida de que sus sentimientos eran muy distintos.

No me importó. En aquella ocasión, prefería estar allí.

Allí, donde ahora el mundo parecía un poquito menos cruel.


Cuando terminó la canción, tal y como nos habíamos prometido, nos separamos. Me sentí un poco inquieta al regresar al Salón de Actos, ante la perspectiva de que alguien pudiera haber visto lo que había ocurrido fuera.

Pero se me escapó una risita tonta.

En realidad, ¿qué más daba si alguien nos había visto? Yo lo había disfrutado como una enana.

Me acerqué por segunda vez a la mesa donde descansaban los aperitivos, buscando algo que poder picotear. Aunque no tenía mucha hambre. Sentía el estómago como invadido por un millar de mariposas enloquecidas.

–Sakura-chan.

Había esperado que la voz que me llamaba fuera la de Kiba, o la de Naruto, o incluso la de Rock Lee, a quien recordaba haber dejado colgado antes. Pero cuando levanté la vista y encontré los profundos ojos del profesor Itachi mirándome, me quedé paralizada.

–Profesor Itachi..., buenas noches –balbuceé.

¿Hacía cuánto que no cruzábamos palabra? Llevaba tanto tiempo temiendo descubrir si nos había visto a Sasuke y a mí durmiendo juntos aquella vez en el hospital, que, sin darme cuenta, le había estado evitando. ¿Sospecharía que aquella noche de tormenta también me había quedado en su casa? ¿Me habría visto con Sasuke ahora? ¿Querría decirme algo sobre eso?

Sus pupilas examinaron mi disfraz, y se detuvieron un momento en la capa que caía sobre mis hombros.

–Te sienta bien ese disfraz.

Me sonrojé. No era la reacción que había esperado.

–Gracias, profesor Itachi. Últimamente estoy intentando mejorar mi imagen –¿Por qué le dices eso?

–Espero que haya un buen motivo y, sobre todo, que estés siendo feliz con ello –el tono de su voz sonó un poco extraño.

Me mordí el labio inferior.

–He visto que Sasuke ya no lleva el cabestrillo –no sabía por qué, pero con él siempre terminaba hablando sobre su hermano.

El profesor Itachi me miró largamente, en silencio.

–Sí, ayer era el último día de su rehabilitación.

–¿Cómo le ve?

No respondió enseguida.

–Lo ha pasado un poco mal, sobre todo, porque no podía entrenar. Habéis estado hablando antes, ¿no?

Perdí la respiración unos segundos. Mierda. Nos había visto.

Tardé en responder.

–Sí, nos hemos encontrado en la terraza. Parece... parece estar mejor –intenté insistir con el tema de su estado de salud.

El profesor Itachi me contempló en silencio. Luego, dirigió una mirada hacia un punto en la sala, y yo seguí aquella dirección. Entre la multitud, vislumbré la figura de Sasuke, ahora sin la capa. Mi corazón volvió a reaccionar ante su imagen, pero no tardé en experimentar una profunda desilusión. A su alrededor, como si verdaderamente fuera el vampiro que las iba a transformar a todas, había un círculo de chicas que le idolatraban.

La realidad fue como un puñado de agujas clavándose en mi nuca.

–Sí, ahora está mejor –reafirmé en un susurro.

De nuevo, sentí la mirada del profesor Itachi sobre mí. No se la devolví. Me giré hacia la mesa e intenté buscar desesperadamente algún alimento con el que entretenerme; había perdido el poco apetito que me quedaba. En realidad, no tenía ni idea de cómo actuar después de haber presenciado aquella escena.

Boba, ¿de verdad piensas que las cosas cambiarán? Al menos te ha hecho el favor de no besarte esta vez; te ha ahorrado más ilusiones de las que ya tienes.

Fue en ese preciso instante cuando la mano del mayor de los Uchiha cayó sobre mi cabeza.

–Eres alguien muy especial, Sakura. No lo olvides.

No usó el –chan, ni tampoco un tono acaramelado. Y, sin embargo, aquellas fueron palabras dulces. Unas que había necesitado escuchar desde hacía tiempo.

Le miré y el profesor Itachi me sonrió, de una forma melancólica. Sus ojos me miraron con una intensidad que no comprendí. Fue como si quisiera haberme dicho algo más.

Pero no lo dijo.

Apartó la mano de mi pelo y, sin permitirme tiempo para responderle, se alejó de mí.