NOTAS DE AUTOR

Mañana empiezo a trabajar muy temprano, así que actualizo ya este capítulo por si las moscas. Aun así, no os preocupéis porque continuaré subiéndolos esta semana hasta llegar al que será realmente nuevo entre esta web y la otra donde también publico.

Mil gracias de nuevo por vuestro entusiasmo y vuestras palabras. Os traigo una conti muy movidita, y ojalá os guste porque sé que en la otra página no fue una de las que causó más sensación... Igualmente es necesaria para el desarrollo de la historia.

Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.

Sin más, ¡a hartarse de leer y DISFRUTAR!


20. TORNEO

–Joder, teme, relájate de una puñetera vez.

Naruto me miró con su jeta de idiota inquieto: sus cejas rubias se cerraban sobre sus ojos azules de una forma que no mostraba enfado, sino confusión.

–Podrías haberle hablado a esa mujer con un poco de respeto, ¿no? –continuó sermoneándome.

Rodé los ojos y corté el contacto visual, sorbiendo un poco de la soda que me había comprado. Sabía que le molestaba que le retirara la palabra, pero a mí me tocaba mucho las pelotas que se las diera siempre de tío correcto conmigo. Joder, solo le había dicho a la camarera de la puta cafetería del instituto que me calentara el jodido ramen. Los fideos parecían témpanos.

Nos mantuvimos en un tenso silencio, que agradecía muchísimo, hasta que pusieron ante mí la bandeja con el ramen recién calentado. Cuando toqué el bol para comprobar la temperatura, el imbécil de Naruto volvió a mirarme con cara de incredulidad.

–Tío, en serio, ¿qué coño te pasa? –inquirió.

Solté un resoplido y me dirigí a la primera mesa que pillé. Con comida caliente no me gustaba salir del comedor.

–No me pasa nada, solo me toca la polla que las cosas no estén como las quiero –repliqué.

Naruto se sentó delante de mí. Aunque me miró con aquella expresión de desconcierto, no añadió más nada. Uf, menos mal. Qué coñazo.

Porque sí, así estaban las cosas. Nada estaba como yo quería.

Desde aquella vez cuando cayó la tormenta, me había dado cuenta.

Ya no le gustaba a Sakura. No de la misma forma que antes.

Y me irritaba la simple idea de querer gustarle. ¿Para qué? ¿Qué era lo que quería, en realidad? Esa peli-rosa me tenía hasta los mismísimos. Diera el paso que diese, intentara relajarme con lo que fuese, saliendo y entrando cuantas veces quisiera a mil lados distintos, daba igual. Lo único que me apetecía era verla... ¿Y hacer qué?

Cuanto más intenso se volvía ese pensamiento, más me obligaba a alejarme de ella. En vano.

Me acordaba de la fiesta de Halloween, hacía una semana, y solo quería darme cabezazos contra la pared. La había tenido ahí, ante mis narices, a solo un segundo de besarla como estaba seguro que nunca en la vida la habrían besado, y se me había ocurrido retractarme en el último instante. Sabía que se habría dejado besar, como todas las veces que lo había hecho ya. Habría tenido esos labios agridulces, como el sabor de una manzana bañada en caramelo, para mí y solo para mí.

Pero recordaba la noche de la tormenta y su rostro alterado, sus múltiples protestas y su indignación, y comprendía que de nada servía seguir besándola contra su voluntad. Me frustraba que se cabreara, en lugar de dármelos voluntariamente. Y me cabreaba que me frustrase.

Había creído que le latía el corazón así de deprisa porque sentía algo..., pero enseguida había entendido que el único sentimiento que lo motivaba era el de sus rebotes. Se había puesto nerviosa, sí, pero no por la razón que a mí me hubiera gustado. Se había puesto nerviosa, igual que una anciana a la que le acaban de robar los avíos para el almuerzo del día.

¿Y qué coño me importaba?

Lo que ya me hacía estallar por dentro era ese puto Sai Shimura. Durante el Bunkasai, no había parado de acercarse a Sakura. Incluso a mí me había irritado que lo hiciera tantas veces seguidas. Pero el paliducho, además de medio muerto, estaba empanadísimo. O puede que eso fuera lo que quería aparentar.

De cualquier forma, Sakura le respondía a todo lo que él le pedía. Y estaba seguro de que era por algo. Tenía que haber algo entre aquellos dos, que explicase por qué Sai se acercaba tanto a ella, cuando parecía ignorar al resto de la gente, y por qué ella no estaba conmigo...

Y no te hace falta que lo esté. No te hace falta ninguna mujer.

Pero tenía que averiguar la razón. No me quedaría tranquilo hasta que la supiera. Si las especulaciones de Izumi estaban en lo cierto, Sai no era trigo limpio y, por tanto, Sakura corría el riesgo de salir perjudicada. El mundo con el que podría estar relacionado aquel chico era muy peligroso.


Esa misma tarde, en el Club de Kárate, dejé de andarme por las ramas.

Me adelanté cuando sabía que podría pillarla sin nadie más presente. El Campeonato Nacional sería en unas semanas, y tenía que darme prisa si quería resolver aquel asunto y entrenar lo suficiente. Había perdido demasiado tiempo de entrenamiento por lo del hombro. A pesar de que había mantenido el rendimiento, sabía bien que para la victoria se necesitaba más que eso.

Cuando entré en el gimnasio, comprobé satisfecho que estaba vacío. Itachi no vendría a entrenarnos hoy, sino Asuma, y ese hombre se tomaba su tiempo para llegar. Aunque otras veces soltaba pestes sobre eso, pensé que aquel día era algo que me beneficiaría.

Imaginé que Sakura estaría en el almacén, por lo que crucé toda la pista y avancé hasta la puerta. Como pensaba, estaba abierta. Ella estaba dentro, haciendo un último recuento de todos los materiales que necesitaríamos para el entrenamiento de esa tarde. Honestamente, me sorprendía lo rápida que era. Aun cuando apenas había salido de clase unos minutos detrás de ella, ya tenía casi todo listo.

Al oírme deslizar la puerta, se giró sobresaltada.

–Ah, eres tú –suspiró con alivio.

Mis ojos examinaron su figura un instante. Verla allí, con su cabello rosa pastel capeado, recogido en esa coletilla que descubría todo su cuello blanco, y aquella camiseta de mangas cortas que dejaba entrever su sujetador oscuro –y que antes siempre permanecía escondido bajo la sudadera–, me resecó la garganta.

–¿Tienes algo con Sai Shimura? –disparé sin miramientos.

Sus almendrados ojos verdes se abrieron de par en par.

–¿Qué dices, Sasuke...? –estaba perpleja.

Entorné los ojos.

–¿Tienes algo con él: sí o no?

Sus pupilas titilaron un segundo.

–Sasuke, en serio, no sé qué mosca te ha picado ahora, pero no tiene sentido que me preguntes esto. Tendrías que estar concentrado en el torneo, y en nada más.

Auch. Eso me jodió un huevo.

–Estás desviando mi pregunta –contraataqué.

–¡Por favor, Sasuke! –ella levantó las manos a los lados, estupefacta–. ¿Para qué quieres saber eso? Es más, ¿por qué lo piensas?

–No tengo que explicarte por qué, solo respóndeme.

–Muy bien –cruzó los brazos ante el pecho–, pues no te responderé hasta que tú no me respondas a mí.

Está bien. Tú lo has querido.

Antes de que pudiera reaccionar, la atrapé por las muñecas. Debido a la sorpresa, trastabilló y, por inercia, me vi precipitándome junto a ella. Causando un fuerte estruendo, caímos entre un cúmulo de cajas, que amortiguaron el impacto. Por fortuna, Sakura no se golpeó contra nada. Se quedó debajo de mí, con una sacudida enérgica de sus pechos que me desconcentró los primeros segundos. Joder, qué buena estaba en verdad.

–Pero ¿se puede saber qué quieres de mí, Sasuke?

Follarte hasta que ya no puedas más.

De acuerdo, eso solo fue un pensamiento esporádico.

No alteré ni un ápice de mi rostro.

–Ya te lo he dicho: ¿tienes algo con Sai Shimura? Respóndeme –fue una repetición tajante y seca.

Sakura me miró con el ceño tan fruncido que casi ni se le veían los ojos.

–¡Ya me tienes harta!

Pillándome por sorpresa, sus piernas rodearon con fuerza mi cintura. Llevaba tanto tiempo sin sexo que el mínimo contacto con su cuerpo me revolucionaba. Pero, cuando me empujó hacia un lado para apartarme, fui más rápido: rodé sobre mí mismo sin soltarla, tensé las piernas, le bajé los brazos y me incorporé. Sakura quedó sentada sobre mi regazo, con las manos atrás.

–¡Ag, déjame ya en paz! –siguió protestando, frustrada al ver que la había vencido.

–Es muy sencillo, Sakura. Te lo preguntaré una última vez: ¿tienes algo con Sai Shimura? Responde sí o no.

Se debatió, desesperada por que la soltase, pero mis manos apretaron un poco más sus muñecas.

–¡Joder, Sasuke, me haces daño!

–Entonces responde.

–¡No!

Enarqué una ceja.

–No... ¿qué?

–¡Que no! ¡Que no tengo nada con Sai!

Me quedé mirándola largamente, mientras ella continuaba haciendo intentos por que sus manos se zafaran de mi agarre. Sin embargo, fui lo bastante cuidadoso como para no herirla de verdad. Por alguna razón, toda la fuerza que tenía se le estaba yendo por la boca.

–¿Y sientes algo por él?

Esa última pregunta provocó que se detuviera en seco. Me miró con detenimiento, escudriñándome, y sus ojos verdes brillaron de una forma que me turbó. Tenía una cara demasiado bonita.

–¿Por qué quieres saber eso? –me exigió.

–No es de fiar.

Ella me miró como si acabara de decir la mayor tontería del mundo.

–¡Oh, venga ya! ¿De dónde sacas esas cosas, Sasuke?

Puse los ojos en blanco.

–Te pregunto para que me des una respuesta, no otra pregunta. ¿Sientes algo por Sai Shimura? –apostillé.

Se mordió el labio inferior.

Como vuelvas a hacer eso, no respondo.

Se puso arrogante y giró la cabeza, negándome el contacto visual.

–No contestaré a eso.

Sentí de pronto como si algo hirviera dentro de mí.

Sin previo aviso, pasé sus muñecas a solo una de mis manos –eran tan finas en comparación con mis palmas, que no me costaba sujetarlas así– y aferré uno de sus muslos. Aproveché su momento de sorpresa para tirar de ella y tumbarla de nuevo en el suelo. Amarré sus piernas con las mías, como si fueran cuerdas reduciéndolas. Me quedé así, encima de ella otra vez, apoyándome sobre el codo que tenía libre.

Sakura volvió a debatirse, y sus pechos se agitaron de nuevo, a menos centímetros de los que había calculado. Estaba demasiado cerca. Noté un calor descendiendo por mi vientre y supliqué en mis adentros por no empinarme en ese momento. Últimamente no podía controlar ni siquiera eso.

–¿A qué estás jugando, Sasuke?

–No juego a nada.

–¡Sí lo haces! ¿Qué te mueve a hacerme este interrogatorio tan... abusivo? ¿De repente te importa lo que pueda o no sentir por alguien?

Entrecerré los ojos. Observé en silencio los ángulos finos de sus facciones exóticas: entremezcladas entre dos culturas tan distintas como el agua y el aceite. Me miraba con esa cara de muñeca enfadada, y me derretía por dentro. Su piel lechosa se veía tan limpia y suave como un pedacito de luna, y sus labios llenos tan cálidos, tan sensuales que no fui capaz de resistirlo más.

–¡Vamos, suéltalo de una vez! ¿Por qué te importa...? –pero su boca nunca llegó a formular esa pregunta.

En lugar de eso, se enredó con la mía, y mi lengua se adentró en ella con una facilidad que me volvió loco. Sentí el interior de su boca más húmedo que nunca, cargado de un placer que me abrigó y me avivó la sangre. Sabía tan bien que solo quería perderme en aquellos besos desquiciados. Lamí cada rincón, con la prisa de saber que de un momento a otro tendría que acabarse. Esperaba un empujón de su parte, o un puñetazo, pero nada de eso se produjo y me sentí momentáneamente confuso.

No importaba. Aquel instante la quería entera para mí.

Sin poder evitarlo, con la mano que no la tenía agarrada, descendí de nuevo hasta su muslo. Afiancé su carne y me moví por su glúteo, sintiendo el brote que afloraba en mi entrepierna sin que ya me molestara. Ella dio un respingo al contacto de mi miembro con su centro, por encima de la ropa, y se le escapó un gemido que disparó todas mis fantasías.

Quise empotrarla, contra la pared o contra el mismo suelo. Quise hacerle el amor como si mañana no existiera; como si solo tuviéramos ese presente, en el que desconocía cuándo habría una próxima vez. Solo quería poseerla entera, fundirme en su piel, llenarme de ella, devorarla como si llevara toda una vida sin comer.

Me inundé de su aroma, que transpiraba desde cada esquina de su cuerpo, y deseé que nuestros besos no tuvieran un final. Qué bien se sentía estar dentro de esa boca, joder...

... pero mi placer, aun cuando ya lo había sabido desde el primer momento, tenía un límite de tiempo.

–Sasuke..., basta –me susurró Sakura de pronto, empujando débilmente mi cuerpo con sus manos. Hacía rato que había liberado sus muñecas.

Jadeó y me quedé mirándola. Tenía las mejillas encendidas y los labios hinchados por todos mis besos. No me miraba; sus ojos brillantes se esforzaban por enfocar un punto lejos de mi rostro. Le temblaban ligeramente los hombros.

Había sido demasiado impulsivo. Más que eso. Aquella vez se me había ido la olla de verdad, mucho más que cuando la besé en el callejón. Miré un segundo mi mano y me percaté de lo cerca que estaba de su entrepierna. Estaba convencido de que Sakura era virgen y que no tenía mucha experiencia con los chicos. Mis actos debieron aterrarla.

Sí, había sido un completo bruto.

Ibas tan bien conteniéndote todas esas veces..., y ahora vas y la cagas. En vez de conseguir que vuelvas a gustarle, lo que lograrás es que te odie con todas sus ganas.

Agaché la cabeza, dejando de mirarla, y carraspeé incómodo.

–Bien –ni siquiera sé por qué dije eso.

Me separé por completo de ella y me levanté. Sakura me siguió detrás. No tardó en lanzarme una mirada fulminante.

–¿Bien? ¿Me haces esto, después de un interrogatorio sobre si me gusta Sai, y te parece bien? –casi escupió.

No respondí enseguida. Madre mía, la había cagado pero de verdad.

–No era lo que había planeado –me limité a decir.

Tan pronto lo solté, supe que acababa de exponer un pedazo de mí que nunca me permitía revelar. Pero ya daba igual; estaba dicho.

Ella se quedó en silencio, petrificada; sin embargo, su mirada no dejó de seguirme. Di media vuelta y, sin molestarme en decir nada más, me marché.


El día del Campeonato Nacional, 20 de noviembre, llegó en un abrir y cerrar de ojos.

Me había pasado las semanas, los días, las horas y los minutos entrenando sin apenas descanso. Había tenido que interrumpir algo de tiempo para hojearme los temas de los nuevos exámenes que cayeron ese mes, pero, aparte de eso, no hacía nada más. Ni siquiera había vuelto a llamar a Fûka y, aunque Temari me buscó mil veces por los pasillos, me abstuve de encontrarla.

En el fondo, mi propia actitud me exasperaba. Era como si, de pronto, me hubiesen arrancado las ganas de follar. Y me ponía malo saber que la última vez que me había excitado había sido con la pelo-chicle.

¿Qué coño me pasaba?

Lo peor era que me estaba acostumbrando. No echaba de menos el sexo como antes, pero añoraba añorar esa necesidad. Era extraño. Desde que perdiera la virginidad a los catorce con una criada de la casa de mi padre, no había experimentado nunca la inapetencia sexual. No obstante, presentía que no se trataba de una inapetencia.

Más bien, lo único que me apetecía era Sakura Haruno.

Evitaba rememorar la escena en el almacén del gimnasio. Todos los días. Porque todos los días, a todas horas, mi mente jugaba con aquel recuerdo. Y resistía hasta que terminaban las clases y me enfocaba solamente en mi entrenamiento; luego, se hacía de noche, regresaba a casa y, pese a que las temperaturas habían descendido considerablemente, me duchaba con agua fría. A veces ni siquiera cenaba. Entrenar era lo único que apartaba a aquella chica molesta de mi cabeza.

Por ello, con el paso de los días, ni siquiera me había acordado de lo que me había tenido preocupado desde el principio del cuatrimestre. Y cuando el Club de Kárate del Instituto Konohagakure y yo entramos en el pabellón donde tendría lugar el torneo, la realidad me golpeó de frente.

Al otro lado del imperioso tatami, reconocí la figura pálida y lánguida de Sai, acompañado de otro grupo, algo más pequeño que el nuestro. Y, cerca de él, un hombre de unos cincuenta y muchos años, con la mitad de la cara cubierta por un pañuelo y una cicatriz en forma de «X» en el mentón, visible incluso desde aquella distancia.

Todos vestían con keikogi.

–Pero ¿qué coño...? –Naruto estaba tan perplejo como el resto.

–¿Ese no es Sai? –inquirió Kiba.

–¡Eh, entrenador! ¿Qué sabe sobre esto? –exigió saber Shikamaru.

Asuma nos miró a todos con sorpresa.

–¿No sabíais que ese chico es uno de los hijos adoptivos de Danzô Shimura? Pertenece a Raíz desde el principio –respondió, como si fuera algo obvio–. Se están haciendo muy famosos últimamente por sus victorias. Os aconsejo que estéis atentos; no respetan muy bien a sus rivales.

Todo el grupo le devolvió una mirada de incredulidad. De pronto, sentí que alguien se inclinaba hacia mi oído.

–Vaya, pero si el artista nos ha salido rana. Qué pena tener que patearle el culo, ¿no te parece, Sasuke-kun? –la voz venenosa de Suigetsu pronunció el sufijo con retintín.

Sai nos miraba fijamente, con aquel rostro inexpresivo tan característico suyo. Entorné los ojos. No, no nos miraba. Con un pálpito hinchándome los nudillos, seguí la dirección que sus pupilas señalaban.

Sakura estaba detrás de mí, algo más alejada de todos nosotros. Tenía los ojos tan abiertos que parecía como si se le hubieran agrandado varios centímetros. Se le había formado una pronunciada arruga en la frente, y la conmoción rezumaba desde cada poro de su piel.

Te lo dije, pero tú no quisiste hacerme caso.

Parpadeó, y giró la cabeza para mirar hacia las gradas. Entre las caras que pude identificar en aquella zona, Ino destacó con un semblante tan alarmado como el de la peli-rosa. Se había soltado su larga melena rubia platino, que le caía hasta la cintura, con la raya al lado, y se había arreglado con una blusa de color morado, una falda abombada de cuadros y unos botines de tacón. ¿Por qué se había puesto tan mona para un torneo de artes marciales? ¿Y por qué cruzaba aquella mirada de desilusión con Sakura?

Por alguna razón, no me sorprendió ver que se levantaba y subía las escaleras hacia la salida. Fui consciente de la presencia de Hinata solo en ese momento, cuando también se levantó y siguió automáticamente el camino de la rubia.

Volví a mirar a Sakura y la descubrí acercándose con premura a Asuma.

–Discúlpeme, entrenador. Necesito ir al baño un momento –mintió, pero con tal convicción que casi me pareció verdad.

–Claro, descuida. Empezamos en veinte minutos, aprovecha –le respondió el tutor de la barba incipiente y las pintas de canalla.

Sakura le dejó su bloc y salió disparada hacia las gradas, en pos de Ino y de Hinata. Cuando regresé a la figura de Sai, descubrí, extrañado, que su mirada se había quedado colgada allá donde las tres chicas habían desaparecido.

¿Qué coño está pasando aquí?

–No me puedo creer que esto esté sucediendo de verdad –susurró entonces Naruto, a mi lado.

Le miré largamente.

–Era de esperarse. Tarde o temprano, todos los secretos se revelan –alegué.

El idiota rubio me dedicó una mirada de asombro.

Teme, ¿tú lo sabías? –me interpeló.

–Algo había oído.

–¿Y por qué leches no me dijiste nada?

–Porque no estaba seguro al cien por cien. Tampoco se me permitía decir nada.

Naruto enmudeció, pero en sus avispados ojos azules pude detectar un fuerte sentimiento de impotencia. No hacia mí, sino hacia el hecho de haber tenido el problema frente a sus narices y ni siquiera haberse dado cuenta. Era el tipo de persona que no soportaba sentirse traicionada.

Sin embargo, yo sonreí para mí mismo.

Bien, ahora todo el mundo sabría lo que era esa alimaña de Sai Shimura.

Como si me hubiera llamado, me volví una vez más hacia las gradas. En la zona central, con los ojos apuntando la figura del paliducho desde la distancia, contemplé a Itachi. No venía con el chándal; hoy solo sería espectador, junto a algunos profesores más que se habían animado a acompañarle –entre ellos, Kakashi y Kurenai–. A su lado, casi como escondida, me percaté de que nuestra prima postiza Izumi también estaba allí.

Aquel torneo se celebraba a las afueras de Tokio, y duraría dos jornadas: mañana y tarde. Quien hubiera entrado una vez, tenía la obligación de permanecer allí todo el día, tal y como indicaban los pases, salvo situación de accidente. Imaginé que la presencia de Izumi era una orden de la oficina de inteligencia antiterrorista.

Volví a la imagen del grupo que componía Raíz, y miré con atención al hombre que los encabezaba. Mi abuelo Madara no participaría ese año en el torneo; desde que yo abandonara su dôjo, se había negado en redonda a llevar a sus alumnos al Campeonato Nacional. Había oído que quería presentarse directamente al internacional. ¿Acaso quería seguir el juego de Danzô? No era propio de mi abuelo responder a aquellas provocaciones.

El tipo de la cicatriz en el mentón se giró y se detuvo unos segundos en nuestro grupo. Sabía queme estaba mirando a mí, especialmente. Y cuando una sonrisa aviesa cruzó por su boca de oreja a oreja, comprendí cuáles había sido sus intenciones. El recinto estaba repleto de cámaras que televisarían cada parte del torneo en el canal de deportes. Mi abuelo Madara adoraba ese canal.

Y yo, al igual que Raíz, estaba allí.

Danzô se acercó a Sai. Tapándose la boca, sin dejar de mirarme, le susurró algo al oído. Casper se quedó inmóvil. Pese a sus facciones inescrutables, fui capaz de ver la determinación en su mirada.

Nuestros ojos se encontraron y supe que, aquel día, nos habíamos convertido definitivamente en rivales.


Las cosas avanzaron peor de lo que se había previsto.

En primer lugar, habían sido las katas individuales para los que éramos rangos superiores de Cinturón Negro. Sin armas. Asuma nos había elegido a Naruto, a Tenten, a Neji, a Rock Lee y a mí. Después, para las de pareja, habían intervenido Chôji, Shikamaru y Kiba. Hasta ahí bien.

Pero las cosas se habían empezado a complicar en la segunda modalidad. En esta ocasión, participaban luchadores de rangos inferiores. Suigetsu y Gaara también eran Cinturón Negro, pero estaban en un grado por debajo del mío: Séptimo Dan, por lo que Asuma los había puesto a realizar katas de kobudô, o lo que es lo mismo, katas con armas. El problema, en realidad, no habían sido ellos dos, sino las parejas con las que debían llevar a cabo las katas. En total, éramos veinte en el equipo y, como cabía esperar, los junior (principiantes) habían sido los que se habían puesto más nerviosos.

Pero el gnomo pelirrojo tenía menos paciencia que un chihuahua en sidecar, y en cuanto su compañero se había equivocado en una parte con la tonfa, a él no se le había ocurrido otra cosa que ponerse a gritarle delante de los jueces. Le habían dado aviso de descalificarle si su actitud se volvía a repetir (menos mal que Asuma era miembro del comité coordinador). Matsuri, la chica callada que nos había acompañado en Isshiki, me había parecido muy afectada con aquello. Le había tocado con Suigetsu, pero no había mucha química entre ellos, y ella había terminado completamente descoordinada a la hora de ejecutar las últimas katas de nunchaku.

Más tarde, había ocurrido otro error más. Esta vez, le había tocado a Naruto, aunque no lo había provocado él. Me había sorprendido lo bien que se había estado desenvolviendo con la espada de madera; los entrenamientos que había tenido a principios de curso con Sakura le habían servido de verdad. Su compañero había sido Rock Lee, y era a él a quien había que atribuirle el fallo. No obstante, no fue algo deliberado. Cuando había blandido la espada, me había fijado en que estaba un poco torcida. Al realizar un movimiento que requería de más potencia, se había desequilibrado y se había caído, llevándose a Naruto por delante.

Me extrañó enormemente que nadie se hubiese dado cuenta antes de la situación, pero los jueces habían sido contundentes: si la espada estaba en dichas condiciones era solo responsabilidad nuestra. Habíamos perdido muchos puntos por culpa de aquel desliz.

Sakura se había disculpado hasta la saciedad por eso.

–De verdad, lo lamento tanto, Lee. Estaba segura de haber revisado todo el material correctamente antes de que lo usarais –había repetido como mil veces.

Lejos de enfadarse, el cejotas moreno le había acariciado la cabeza.

–No te preocupes, Sakura-chan. Un fallo puede tenerlo cualquiera. También yo debería estar preparado para situaciones de este tipo; puede que no siempre vaya a blandir una espada alineada –le había respondido con amabilidad.

Pero a mí nunca me pareció que Sakura hubiera pasado por alto aquella espada torcida. Desde que la había visto, tuve la sensación de que alguien la había doblado en el último momento, a propósito. Y me hacía una ligera idea de quién o quiénes podían haberlo hecho.

Miraba a Danzô Shimura y comprendía por qué la oficina de inteligencia antiterrorista de Tokio desconfiaba de él. Raíz era tan irrespetuoso y sádico como Asuma nos había descrito, y todo gracias a él. Sus métodos, sus técnicas, sus movimientos eran muy agresivos, casi escalofriantes, sobre todo, cuando los ejecutaba un tipo que se parecía un poco a Suigetsu, pero sin dientes afilados ni esa mirada de tiburón. Me enteré de que se llamaba Shin, y era el que mejor parecía llevarse con Sai.

Nos llevaban ventaja.

A pesar de nuestros fallos, el Club de Kárate Konohagakure iba en cabeza frente al resto de los equipos; sin embargo, Sai y los suyos nos adelantaban con más puntos de diferencia de los que querría haber visto en el marcador.

Me ponía enfermo. Sentí un deseo irrefrenable por salir allí, y ejecutar todas y cada una de las katas como sabía que los jueces querrían. Ya lo había hecho muchas veces. Mi abuelo Madara se lo había pasado de lo lindo llevándome a cuarenta mil campeonatos distintos. Aunque cada uno se ordenara de una manera diferente, al final siempre era lo mismo.

Pero Asuma me tenía reservado para lo más gordo. Quería que reuniera toda la fuerza y resistencia posibles para la jornada de la tarde. Jornada en la que tendrían lugar los kumite. Los combates.

Para aquella modalidad, habíamos quedado tres equipos: el Konohagakure, un grupo de un dôjo al norte de la ciudad, cuyo nombre no recuerdo... y Raíz.

Después del almuerzo, donde me había topado con el mutismo continuo de mis compañeros, comenzaron los combates por equipos. Gaara volvió a participar, y en aquella ocasión de mejor forma. Derrotó a su contrincante, que pertenecía al grupo del dôjo norteño. Seguidamente, Matsuri y otro más de menor rango hicieron lo mismo. Me alegró que nuestras puntuaciones estuvieran hundiendo las del grupo del nombre olvidado, pero la tranquilidad no me poseyó ni un segundo.

Como había estado temiendo durante lo que llevábamos de campeonato, Raíz terminó de usurpar el lugar del otro equipo. Solo quedábamos ellos y nosotros.

Y, tal y como había presentido, me había tocado luchar contra Sai.


Horas más tarde, cuando ya había empezado a atardecer, Naruto y yo nos reunimos en el vestuario. Nos estábamos dando un respiro antes de los dos últimos combates que quedaban. Raíz continuaba ganándonos por unos puntos.

–¿Por qué nos lo ha ocultado? No entiendo nada –estaba diciendo el idiota rubio, sentado frente a mí en una de las bancas.

Lo miré en silencio, y me sentí molesto. No comprendía por qué no asimilaba de una vez que Sai era un gilipollas.

–Tiene que haber algo que le haya obligado hacerlo –continuó murmurando, apesadumbrado, con la mirada perdida en sus manos entrelazadas.

–O puede que nunca le interesara vuestras vidas como para no hacerlo –rebatí de forma un poco agria.

Él levantó la cabeza y me miró fijamente.

–No, no ha podido ser eso. Porque Ino... –y guardó silencio.

Arqueé una ceja.

–Ino... ¿qué?

Tragó saliva y dudó un poco.

–Hinata-chan me va a matar –susurró. Carraspeó y, finalmente, se aventuró a contármelo–: A Ino le gusta Sai, o eso parece al menos. Y es posible que a Sai también le guste Ino, pero creo que no sabe cómo expresar sus sentimientos.

Asimilé la información que acababa de soltarme. Bueno, al menos podía estar tranquilo con que Ino hubiera dejado de mirarme de forma errónea.

–Si no sabe cómo expresar sus sentimientos, quizás sea porque no alberga ninguno hacia ella –objeté.

Naruto rodó los ojos.

–Que no, teme. Sai sí siente algo por Ino, estoy seguro –me contradijo–. Hinata-chan me ha contado que Sakura-chan averiguó que se pasa el tiempo dibujándola. En el fondo, es un romántico..., pero ¿tú has visto ese grupo al que pertenece? Están todos como una puta cabra. Son unos bestias, y ese entrenador que tienen me parece un soberano cabrón; alguien sin corazón alguno.

Entorné los ojos. En eso último llevaba razón.

–Pues ándate con ojo, dobe. Me da la sensación de que no están muy por la labor de respetar reglas, si necesitan conseguir lo que quieren.

–Lo sé.

Naruto calló unos segundos, y se pasó una mano por el pelo, pensativo. Me miró de reojo y noté que quería decirme algo.

–¿Qué pasa? –exigí saber.

–Oye, tú... –vaciló de nuevo; sus ojos alternaron entre mi figura y sus manos–. ¿Tú cómo estás con Sakura-chan?

Fruncí el ceño, desconcertado.

–¿A qué te refieres?

–Ya sabes, os vi en la fiesta de Halloween... en la terraza... parecías muy a gusto con ella –hizo una breve pausa y me examinó con atención. De repente, sus pupilas se iluminaron de un modo que me inquietó–. Teme, ¿a ti te gusta Sakura-chan?

Aquella pregunta fue como si me hubiera dado un martillazo en el pecho. No era la primera vez que me la formulaban; la hermana de la aludida ya se había atrevido a soltármela en su momento. Sin embargo, con Naruto era distinto. Nos conocíamos desde hacía tantos años que, a pesar de que no solía revelarle mi forma de pensar, él tenía una habilidad asombrosa para ver a través de mí.

Pero ¿por qué me preguntaba eso?

–No sé de qué coño me hablas, dobe –refuté.

Acto seguido, me levanté y me dirigí al lavamanos. Necesitaba refrescarme.

–¡Te gusta! –afirmó el idiota rubio, y su tono de voz exaltado me puso de los nervios.

Abrí el grifo y me llevé agua a la nuca. Sentí que Naruto se acercaba a mí.

–¿Cómo no me he dado cuenta antes? Te gusta Sakura-chan de verdad, ¿a que sí?

Chasqueé la lengua.

–Me estás tocando los cojones con este tema, dobe.

–¡Vamos, teme! Admítelo.

–No hay nada que admitir; sencillamente, no sé a qué viene esto.

Naruto levantó las manos, como si se estuviera rindiendo.

–Está bien, no insistiré hasta que te lo reconozcas a ti mismo. Pero a ti te gusta Sakura-chan, lo tengo clarísimo. Es más, me atrevería a decir que es mucho más que atracción lo que sientes por ella.

Rechiné los dientes, agarrándome fuertemente al mármol del lavamanos.

¿Sentir algo más que atracción por Sakura? ¿Sentir algo más que atracción por alguien, siquiera? Solo de pensarlo me daba arcadas. Aquel imbécil de Uzumaki no tenía ni puta idea de lo que estaba lanzando por esa puñetera bocaza suya.

–Naruto, ¿no se supone que tendrías que estar ya en el tatami calentando? Tu combate es en un cuarto de hora –le urgí.

Él soltó una risotada.

–Vale, vale, ya me voy –dijo, y se encaminó hacia la puerta; no obstante, se detuvo y volvió a mirarme–. Teme, patéale el culo a ese gallina de Sai.

Me guiñó un ojo con una sonrisa y el pulgar levantado. Seguidamente, salió del vestuario.

Inspiré hondo.

Sentía como si la sangre me chispeara en las puntas de los dedos. Era una sensación extraña; tenía el corazón acelerado. Me dije a mí mismo que era por la adrenalina. Saber que estaba a punto de enfrentarme a un tío como Sai me llenaba de una satisfacción incontrolable.

Aunque no era satisfacción lo que sentía, en realidad.

No sentía nada hacia él, ahora mismo. No tardé en comprender que habían sido las palabras de Naruto lo que me había alterado realmente. Ese rubio mamón siempre me inflaba los huevos, sacando conclusiones precipitadas sin sentido alguno, cuando se suponía que debía dejarme tranquilo para concentrarme en el combate.

Exhalé una nueva bocanada de aire.

–Sasuke-kun... –aquella voz casi me atragantó.

Me giré y, sin aliento, descubrí a Sakura mirándome con expresión tímida. Debí abrir tanto los ojos que ni siquiera pudo sostener mi mirada, vacilante. Se mordió el labio inferior, y un cosquilleo insoportable me recorrió la zona baja del abdomen.

–P-perdón por entrar así –balbució. Esperó un poco a que le respondiera algo, pero, al ver que no lo hacía, decidió continuar–: ¿Tienes un momento? No quiero interrumpirte, pero necesito... hablar contigo.

Relajé los hombros y me separé del lavamanos. Tras estudiarla con la mirada, regresé a una banca.

–Dispara –le solté, apoyando los codos en las piernas.

Ella vaciló otra vez, y percibí que se acercaba un poco más a mí. Finalmente, reunió valor para sentarse a mi lado, y una vez más experimenté esa sensación de escozor en los dedos.

¿Vienes a incordiarme tú también? Entre todos vais a conseguir que me retire.

–Quiero pedirte disculpas –empezó, y mis ojos se achicaron–. Aquella vez en el almacén... lo que querías era advertirme esto, ¿verdad?

Me obligué a no mirarla. Si lo hacía, recordaría de inmediato aquella escena y no tenía muy claro si lograría controlarme. Putos instintos sexuales, ¿por qué aparecíais ahora?

Permanecí en silencio.

–¿La verdad? –prosiguió–. Pensé que solo querías aprovecharte de mí por enésima vez..., bueno, de algún modo, fue así.

Su afirmación me sentó como una patada en el estómago.

–Si piensas eso, ¿para qué me pides disculpas? –inquirí, con toda la frialdad que fui capaz de arrojar.

Sentí su mirada taladrándome.

–Debo disculparme porque, otra vez, aunque sé que no lo admitirás, te has preocupado por mí. Creo que tú sabías lo de Sai y solo intentabas decírmelo... –hizo una breve pausa y recapacitó–. No le odio, sin embargo. También creo que todo esto no es culpa suya. Él venía de otro instituto, según nos dijo, y quizás estaba obligado a callarse. Ese entrenador suyo... no me fío ni un pelo. Parece un lunático.

Me jodía reconocerlo, pero Sakura tenía razón. Aun cuando estaba seguro que de que Sai no había venido de otro instituto, sino que Danzô se habría ocupado personalmente de su educación y de la del resto de Raíz, el Zombi no tenía la culpa. Por lo que habían averiguado los de la oficina antiterrorista, Shimura se había llevado a un grupo de los ANBU para su adoctrinamiento personal. Probablemente toda esa cuadrilla, que él había adoptado como a sus hijos, eran meros títeres de sus planes.

Sai no era una excepción.

Sakura guardó silencio un momento y supe enseguida que quería decirme algo más.

–No estoy enfadada por lo del beso.

Sorprendido, la miré con atención, pero procuré no exhibir ninguna emoción en mi rostro. Mi pecho se había agitado.

–No lo estoy –reafirmó–. Simplemente lo tomaré como que estabas tenso por el torneo. Entiendo perfectamente la presión que has soportado estos últimos meses. No me malinterpretes..., sigo pensando que eres un guarro de cuidado, aunque te las des de indiferente y de guay delante de todo el mundo. Pero nunca podré agradecerte lo suficiente que me hayas salvado la vida.

Entonces esbozó aquella sonrisa suya: tan resplandeciente como una luz en medio de las tinieblas. Y creí que estallaría por dentro.

Me lo agradecía. Me agradecía que la hubiera ayudado cuando estaba en peligro; se lamentaba de que hubiera recibido un balazo en el hombro por deshacerme definitivamente de sus acosadores.

Pero era solo eso: agradecimiento.

Pensé que sus ojos ya no me mostraban aquel sentimiento que había distinguido a principios de curso. Había admiración, sí, pero era una mezcla extraña entre contrariedad y aceptación. No creía que fuera algo más; quizás solo una ligera atracción física.

Me molestó. Me irritó. Y me dolió.

Sin pensarlo, queriendo volver a besarla, me aproximé a ella; sin embargo, antes de que mi boca se abalanzara una vez más sobre la suya, busqué su cuello. El contacto de mis labios contra su piel fue pausado y suave, intentando soltar en ese pequeño gesto todas las emociones que me estaban invadiendo; todo el deseo que me subyugaba por ella y que, sabía, no debía sentir.

No tenía derecho a robarle más besos; el de hacía unas semanas debía haber sido el último.

Pero quería sentir de nuevo su calor.

Quería sentir que de verdad estaba allí, conmigo, diciéndome todas aquellas palabras cargadas de empatía.

Me había dicho que me entendía; que dejaría pasar aquel desliz de semanas atrás, solo porque comprendía toda la tensión que suponía un campeonato. Un poco más torpe que Naruto, había osado mirar a través de mí, poniéndose en mi lugar, intentado calzar mis zapatos, demasiado grandes todavía para ella.

Aun así, me sentí un poco... feliz.

Cuando noté bajo mis labios que se le ponían los vellos de punta, pese a lo mucho que odiaba ya hacerlo, supe que era el momento de dejarla en paz. Ella se llevó automáticamente una mano al cuello, cubriéndose la zona donde simplemente le había dado un beso, y compuso una expresión de perplejidad. Me hizo gracia.

Me da igual. Tenía que hacer eso, por lo menos.

Le dediqué una leve sonrisa. Como si hubiera recibido una descarga eléctrica, ella se levantó de un respingo.

–B-bueno, será mejor que te deje prepararte tranquilo. P-perdón otra vez por la intromisión.

De forma acelerada, se encaminó hacia la salida. Pero, cuando pensé que se marcharía, se detuvo, igual que había hecho Naruto minutos antes.

–Sasuke-kun –me recorrió un estremecimiento al oír que me llamaba con esa ternura–, gana el combate.

Y sin retractarse en suavizar ni un poco aquellas palabras, que casi parecieron una orden, me sonrió una vez más. Un instante después, su cabello rosáceo se agitó en el aire, con ella desapareciendo tras la puerta.


Y todo sucedió tan deprisa que apenas pude asimilarlo.

Cuando regresé al tatami, Naruto estaba en los últimos segundos de su combate contra Shin, el chico de melenita grisácea y semblante severo, clon de Suigetsu. Por lo que comprendí, iban empatados, pero el idiota rubio se veía exhausto. Fue entonces cuando aquel miembro de Raíz se precipitó sobre su pierna y empezó a golpearla con toda la fuerza que fue capaz, poseído por el ansia de herirlo.

Y lo consiguió.

Naruto cayó sobre el tatami agarrándose la pierna con dolor, y el árbitro intervino para separarles. Descalificó inmediatamente a Shin, pero la puntuación que el rubio había ganado durante el combate no se reflejó en la pantalla. Fue como si esa pelea no hubiese tenido lugar nunca, y el Konohagakure permaneció con aquellos puntos de menos frente a Raíz.

–¡Es injusto! ¡Ese cabrón se ha lanzado a lesionar intencionadamente a nuestro compañero! –señaló Kiba, indignado.

Tomé a Naruto por los hombros, y Hinata bajó a toda prisa de las gradas directa a nosotros, con Ino y Sakura pisándole los talones.

–¡Dios mío! ¡Naruto-kun! –exclamó asustada.

Kakashi también vino hasta nosotros. Entre él y Asuma, cargamos con Naruto hasta la enfermería, donde lo tumbamos sobre una camilla. El médico a cargo examinó su pierna; tenía un enorme hematoma en el muslo.

–El fémur no ha llegado a fracturarse, pero los músculos presentan muchas contusiones. No podrá seguir peleando en el torneo –diagnosticó.

–Me cago en la leche... –susurró Naruto furioso, dejando caer la cabeza hacia atrás con brusquedad.

Todo el grupo experimentó una honda conmoción ante su situación, incluido Neji Hyûga. Hinata miró a Naruto preocupada, y Sakura entornó los ojos.

A mí me consumió una profunda cólera.

Una vez más, volví a pisar el tatami, sintiendo un fuego que se extendió desde mi pecho hasta mis puños. Observé desde la distancia al grupo de Raíz. Shin le murmuró algo a Sai y, por su sutil expresión, pude entender que se arrepentía de lo que había hecho. Sin embargo, Danzô sonreía. Y solo tuve ganas de reventarle la cabeza.

Cuando el árbitro citó nuestros nombres mientras Sai y yo avanzábamos hacia el centro del tatami, mis ojos le dedicaron una honda mirada de odio.

No era amigo mío, ni jamás había estado interesado en que lo fuera, pero sabía que tanto Naruto como los demás le habían mostrado siempre comprensión. Le habían permitido entrar en su grupo, sin medir sus orígenes o su posible posición social. Le habían aceptado como a uno más y, pese a que normalmente esas cuestiones me importaban más bien poco, en aquella ocasión no pude dejarlo pasar.

El árbitro anunció con un pitido el comienzo del combate, que se desarrolló en dos tiempos.

En el primero, Sai estuvo más cauteloso. De vez en cuando, se atrevía a lanzarme un puñetazo o intentaba alcanzarme con una patada. Me esquivaba rápido si yo hacía lo mismo, pero no me respondía de vuelta, sino que tardaba un poco.

Luego, en el segundo tiempo, empezó a exasperarse y su rostro reflejó una inusual impaciencia al atacarme. Era bastante bueno, debía reconocer, pero me di cuenta de que estaba flaqueando. Al contrario de lo que llevaba haciendo durante todo el campeonato.

Supe inmediatamente que tenía remordimientos.

Los que estaban allí, haciendo de sus rivales, eran amigos suyos, aun cuando suponía que a él no se le tenían permitidas esas cosas. Sentía repulsión hacia Sai. Me enfurecía el hecho de que no tuviera valor suficiente como para enfrentar la situación.

En un momento dado, soltándome un alarido, me arrojó una patada, pero fui más rápido y atrapé su pie. Sus facciones se contrajeron en una exaltada mueca de rabia. Nunca se había mostrado tan expresivo.

–Eres un cobarde –le espeté, sin poder contenerme.

–¡Cállate! –replicó, y de un giro se zafó de mi agarre.

En ese preciso instante, liberó una cadena de golpes y puñetazos enloquecidos. Los bloqueé todos, y en cada contacto percibí la frustración, la impotencia y la aversión que estaba experimentando tanto hacia mí como hacia sí mismo.

–No te atreves a luchar contra tu verdadero enemigo, y permites que te manipule. No tienes cojones –continué escupiéndole, mientras detenía todos sus ataques.

Esbocé una media sonrisa cuando intentó atacarme por la izquierda; aquella era una zona que mi padre se había encargado personalmente de reforzar. Detuve su patada y así su tobillo. Pegó un bote e intentó darme en la cara con el otro pie, pero también bloqueé ese ataque. Dada la potencia con la que había disparado aquella patada, se volteó y tropezó, cayendo de bruces al suelo. Bocabajo como se encontraba, doblé su pierna hasta sus glúteos; sin embargo, él se resistió a rendirse.

–Te mereces que te rompa la pierna: a ti y a tu entrenador de mierda. Sé muy bien lo que sois, pero debería caérsete la cara de vergüenza por haber hecho tan buenas migas con tus rivales. Sobre todo, cuando has ilusionado en vano a una chica importante.

Hablaba de Ino. Aun cuando las cosas hubieran terminado como lo habían hecho entre nosotros, ella seguía perteneciendo a aquella parte de mi vida que quería atesorar.

Pero Sai entendió que me refería a otra cosa.

–No me hagas reír –rezongó con mordacidad–. Sakura ni siquiera te importa. Solo es un alimento más para tu ego. El único que la ha ilusionado en vano aquí eres tú, Uchiha. Eres tan despreciable como toda tu familia; lo llevas en la sangre.

Rechiné los dientes y, de pronto, las fuerzas me fallaron. Sin darme cuenta, había aflojado su tobillo, y él aprovechó para zafarse, girar sobre sí mismo y estamparme una patada en el pecho. El golpe me pilló desprevenido e, irremediablemente, caí hacia atrás.

Pero me recuperé a tiempo.

De un salto, me levanté y comprobé que Sai se había alzado al mismo tiempo que yo. Nos miramos en silencio un par de segundos. Sus ojos oscuros me desvelaron un brillo de resentimiento; sabía que todo lo que le había dicho era cierto, pese a que él hubiera interpretado mal la última parte. Daba igual. Solo había querido debilitarme.

Entorné los ojos.

Me dije en mi fuero interno que Sakura no podía seguir en mi mente. Al menos no en aquel combate. Me hacía vulnerable. Y Sai sabía cómo aprovecharse de ello.

Me odié a mí mismo por ser tan débil. Era peor que ese paliducho insoportable. Nunca en mi vida me había dejado llevar por mis emociones de aquella manera. Ni siquiera se me habría ocurrido salir en defensa de nadie, por muy amigo mío que fuera. Si habían vencido a Naruto, no debía tomarlo como algo personal; el problema era suyo, no mío. A mí solo me acarrearía problemas.

Pero miraba a aquel tipo de piel blanca como la nieve, oscuro cabello lacio y mirada vacía, y solo ardía en deseos de venganza. En aquel momento, me invadieron cientos de recuerdos a la vez.

Recuerdos de cuando era niño e Itachi me desafiaba a luchar contra él. Recuerdos de mi madre sonriéndome por la noche, y a la mañana siguiente ver cómo salía por la puerta de casa, para no regresar nunca más. Recuerdos de mi abuelo Madara obligándome a pisar un camino de brasas, mientras ejecutaba katas. Recuerdos de mi padre, atándome a un poste del jardín y llenándome la espalda de latigazos con su cinturón.

Y, de repente, en medio de todos ellos, emergió una sonrisa suave. Una sonrisa enmarcada por cabellos rosados y unos expresivos ojos verdes jade.

–¡SASUKE, MUEVE EL CULO Y GANA DE UNA VEZ!

Y su voz resonó en medio de todo el pabellón. Mis ojos la buscaron instintivamente. La vi allí, agarrada a la barandilla que separaba las gradas, intentando recuperar el aliento después de haber emitido aquel chillido. Nuestras pupilas se encontraron y fue en ese preciso momento cuando experimenté un ardor intenso en el pecho. Uno mucho más intenso que antes.

Como una eclosión que reavivó todo el coraje que estaba perdiendo.

–¡Sasuke, cuidado! –la voz de Naruto (que, a pesar de su estado, había insistido en volver al recinto) fue lo último que escuché.

Me volví al frente. Sai se precipitaba sobre mí con una patada. Veloz como el rayo, se la desvié con un puntapié y lo agarré por un brazo. Sin miramientos, descargué dos patadas firmes: la primera, le dobló la espalda hacia adelante; la segunda, con toda la potencia que pude reunir, le atizó la cabeza, tirándolo brutalmente hacia atrás.

Sai se desplomó en el tatami. Completamente derrotado.

Solo un segundo más tarde, el pabellón entero estalló en aplausos y vitoreas. Respiré con un alivio y un placer que llenó mi cuerpo como un cálido manantial. Había sido contra todo pronóstico. El que seguramente habría vaticinado mi abuelo Madara desde su casa, viendo la televisión.

Yo había ganado.

–Joder, eso ha dolido de verdad –dijo Sai forzosamente.

Pues sí que tenía poca sensibilidad el paliducho. Lo miré y le vi incorporándose. Me acerqué a él. Sintiendo que la furia empezaba a abandonar mis extremidades, le ofrecí mi mano. Él la agarró y se levantó.

Nos miramos mutuamente en silencio.

–Tienes razón, Uchiha. Soy un cobarde –su semblante fue de una inexpresividad fingida.

Esbocé una sonrisa torcida.

–Bueno, eso puede cambiarse –repuse.

El árbitro llegó hasta nosotros en ese momento. Se colocó en medio y entonces me levantó un brazo, anunciándome como el ganador. Las ovaciones aumentaron.

–Sin embargo –objetó, a través del micrófono que llevaba en la mano–, Uchiha-san solo ha ganado el combate. En realidad, según el marcador, el ganador definitivo del Campeonato Nacional de este año es: Raíz.

En el pabellón se entremezclaron abucheos y aclamaciones.

–¡Me cago en la mar, por solo dos puntos de ventaja! –oí la voz chillona de Rock Lee protestando.

En mi caso, permanecí en silencio. Había hecho todo lo que había estado en mi mano por la victoria.

Danzô Shimura se acercó con una sonrisa triunfante en los labios, a la vez que unos auxiliares traían el trofeo al centro del tatami. Todo el grupo de Raíz lo siguió detrás; no obstante, me pareció ver que ninguno estaba tan contento como su entrenador. No era porque fueran todos tan inexpresivos como Sai, sino que verdaderamente no se sentían orgullosos de las barbaridades que habían hecho.

Cuando Danzô tomó el premio entre sus manos calludas, en lugar de continuar su alabanza, el grupo entero formó una fila. Nos miraron a todos los que componíamos el Club de Kárate Konohagakure y, acto seguido, nos hicieron una reverencia. Shimura los miró estupefacto, pero supongo que no quiso quedar como un desconsiderado frente a las cámaras. Entendí que la base principal de sus actos consistía en la fama, por lo que él se inclinó también hacia nosotros, de una manera horriblemente hipócrita.

Al día siguiente, en los periódicos todo el mundo habló bien de Raíz por ese gesto, a pesar de que los únicos que lo habían hecho con sinceridad habían sido los hijos adoptivos de Danzô.


Un rato después, me reuní de vuelta con mis compañeros. Naruto tenía el muslo derecho vendado y se sostenía sobre unas muletas. Le habían dicho que tardaría un par de semanas en recuperarse, pero cuando me vio actuó con la misma energía de siempre. O incluso más.

–¡Sabía que podrías contra Sai, teme! –expresó alborozado, dándome un manotazo en la espalda que me dejó sin aliento.

Dobe, se supone que no deberías moverte así –me quejé adolorido. Juro que se me había desplazado un pulmón con ese golpe.

–La mierda es que no hemos ganado, a pesar de todo lo que nos hemos esforzado –intervino Shikamaru, cruzándose de brazos con un gesto de irritación.

–Eso no importa, hemos quedado en el segundo lugar al menos. Lo habéis hecho genial, chicos –saltó Sakura.

Me volví y la miré largamente, con el sentimiento de que tenía que darle las gracias. Ni siquiera me molestaba saber que no habíamos ganado el primer puesto.

–¿Y tú? –le soltó Kiba–. Pedazo de grito has pegado antes, chavala. Un poco más y me partes los tímpanos.

La peli-rosa mostró una sonrisa incómoda.

–Pero sin el apoyo de nuestra magnífica encargada, está claro que nadie habría podido ganar ni una sola de las categorías de este campeonato –rebatió Lee, en tono empalagoso.

–Es verdad. Me pregunto de dónde sacas tanta energía para apoyarnos, Sakura-chan –Naruto me miró de reojo con una estúpida expresión de picardía.

–Sakura-chan es increíble. Si también se permitiera utilizar técnicas de aikido en este torneo y hubieras podido luchar con nosotros, habríamos tenido la victoria asegurada –comentó Tenten.

–Bueno, sois mi equipo y estoy muy orgullosa de cuánto habéis luchado hoy –replicó Sakura con una sonrisa exultante–. Puede que no hayamos ganado esta vez, pero estoy segura de que el país entero reconocerá nuestra valía.

–¡SÍ! –corearon todos al unísono, como niños revolucionados.

En ese preciso momento detecté un movimiento. Cuando miré detrás de Sakura, identifiqué la figura de Itachi. Venía acompañado de Izumi, y también de aquellos tipos de su Club de Kendo de la universidad en la que había estado: el rubio flipado y el pelirrojo de la cara afeminada. ¿Qué hacían aquí esos dos?

–Enhorabuena, grupo. Habéis luchado con valor frente a vuestros adversarios –nos felicitó mi hermano.

Todos se giraron para mirarle. Y en el instante en que Sakura lo hizo, noté que su espalda se enderezaba.

–¿Sasori-kun? –inquirió en un hilo de voz.

–¡Sakura-san, qué sorpresa! –respondió el pelirrojo con voz suave.

Fruncí mucho el ceño.

¿Qué coño...?

–Vaya, ¿os conocéis? –quiso saber Itachi, tan confuso como yo.

–Sakura-san cuida de mi abuela en el hospital –el pelirrojo hizo una pausa, volviendo a mirarla a ella, y añadió con parsimonia–: Los domingos por la mañana.

Mis ojos se lanzaron hacia Sakura. Observé que se mordía el labio, de una forma que me molestó. Sus mejillas se habían sonrojado.

–¡Qué casualidad! –comentó Itachi–. Entonces, no os importará quedaros a cenar con el grupo, ¿no? Al menos tú ya conoces a alguien, Sasori.

–¡Por supuesto que no nos importa! –intervino ese rubio demente, el tal Deidara. Se apoyó sobre el hombro de su amigo pelirrojo y recorrió a Sakura de arriba abajo con la mirada–. Nos encantará quedarnos a cenar teniendo a bellezas tan exóticas en la mesa.

Baboso.

Sasori le dio un golpecito en la nariz, que provocó que diera un respingo y le soltara.

–Con Sakura-san me sentaré yo –repuso, y luego la miró a ella–: ¿Te importa que te llame Sakura-chan?

–No, para nada –contestó ella.

Entorné los ojos, y sentí que me hormigueaban los nudillos. Sakura se había puesto tan tímida, tan dulce, tan dócil frente a aquel tío andrógino que me dio ganas de molerlo a puñetazos. ¿Por qué coño le miraba así? ¿Y por qué él hacía lo mismo? ¡Joder, era demasiado mayor! Aquel tipo tendría unos veintidós, ¿qué querría hacer con una chica de dieciséis años?

Y Sakura... ¿acaso le gustaba?

–Bueno, ¿y a qué estamos esperando? ¡La cena nos espera, tropa! –exclamó Asuma de pronto.

Y cuando Sasori pasó por delante de mí, no me contuve. Solo pude mirarle, pero esperaba que verdaderamente recibiera la oleada de desprecio que le tocaría soportar por mi parte, a partir de ahora.