NOTAS DE AUTOR
¡Muy buenas a todos!
Me vais a tener que perdonar, pero estoy un poco impaciente por llegar a actualizar correctamente en mis dos páginas webs y, por esta razón, he conseguido encontrar un huequito hoy para actualizar, pese a que ayer me adelanté por si las moscas... Me alegro muchísimo de que en esta web el capítulo "TORNEO" haya causado buenas sensaciones. Sinceramente, soy una fanática de las artes marciales (creo que ha quedado claro) y me costó mucho escribir de forma que os llegara a todos. Estoy bastante satisfecha con saber que os ha gustado tanto. Por cierto, Minina5 no vas desencaminada en absoluto, pero, como siempre, os tengo preparadas muchas más razones que esa (jus, jus, jus).
Os pongo en sobreaviso: los siguientes capítulos están cargados de tensión y momentos conflictivos, así que os recomiendo que os apretéis los cinturones.
Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.
Sin más, aquí os dejo con la conti. Y, de nuevo, devoradla, saboreadla, degustadla y (¡cómo no!) disfrutadla.
21. BARAHÚNDA
Caos.
Era todo cuanto podía sentir.
Un irrefrenable, paulatino y lacerante caos adhiriéndose cada día con más fuerza a las paredes de mi corazón.
Ni siquiera sabía cómo gestionar aquellas emociones.
Le deseaba, pero tenía la certeza de que no era para mí. Le quería, pero estaba segura de que era solo una ilusión. Le detestaba, pero me atraía demasiado. Le aborrecía, pero solo era una manera absurda de intentar protegerme.
Y luego me lanzaba aquellas puñaladas de escarcha por palabras, manteniendo una distancia que me atravesaba y que provocaba que deseara no volver a verle nunca más. Y un segundo después, me miraba con esa sonrisa torcida, marcando los hoyuelos que últimamente me dejaba contemplar; hablándome en esos susurros, que prometían sin pronunciarlo un sentimiento armonioso con los míos.
Y otra vez vuelta a empezar.
Eso era lo que me hacía sentir Sasuke.
La noche del Campeonato Nacional durante la cena se había mostrado muy áspero, cada vez que el nieto de la señora Chiyo me dirigía la palabra. Había sido obvio para mí que Sasori solo me trataba con amabilidad; sin embargo, Sasuke parecía haber imaginado otra cosa. Se había comportado casi de la misma forma que cuando me había acorralado en el almacén del gimnasio.
Confieso que aquella vez me había resistido un poco a negarlo todo con respecto a Sai; había querido comprobar si Sasuke se ponía celoso. Absurdamente. Había querido averiguar si podía llegar a sentir algo así por mí, puesto que, de por sí, sus preguntas me habían resultado muy extrañas. Y todas sus sospechas habían terminado justificadas, pero... ¿por qué ese beso?
En la fiesta de Halloween se había contenido, como si realmente hubiera sentido esa necesidad de besarme, tan urgente como la mía. Solo una semana más tarde, había cumplido con dicha urgencia. Y, después, en el vestuario me había dado ese otro beso en el cuello. Inocente. Ingenuo. Delicado. Casi anhelante.
¿Anhelante de qué?
Comprendía que lo había pasado fatal durante el último mes. Me había hecho a la idea de que solo se había comportado así por los nervios del torneo; que había tenido que ponerse muy rápido al día por culpa de haber estado tanto tiempo con el cabestrillo. Pero ¿cómo podía explicarme aquellas miradas de odio contra otro hombre que simplemente se acercaba a mí?
Creo que ni siquiera era consciente de todo el daño que me hacía cuando se mostraba de esa forma. Tan voluble. Tan contradictorio. Porque provocaba que mis propios sentimientos se volvieran así.
¿Por qué era siempre tan complicado?
Y, por si fuera poco, todo pareció complicarse aún más al día siguiente del Campeonato Nacional de Kárate.
Como había cambiado las horas que me habría correspondido hacer el sábado en el trabajo, el domingo regresé a casa sobre las siete de la tarde-noche. El invierno anunciaba lejanamente su llegada desde el tono ocre de las hojas marchitas y el oscurecimiento de los árboles desnudos, pero cada día parecía anochecer un poquito antes. Cuando abrí la puerta de casa, todas las luces estaban ya encendidas y un intenso aroma a estofado rezumaba en el ambiente. Dejé mis zapatos en el genkan y entré en la cocina.
–Hmmm, ¿qué estás haciendo, Hana? –sonreí, sintiendo mi estómago removiéndose hambriento.
–Nikujaga.
–Estás usando la carne que sobró del otro día, ¿verdad? Buena idea, Hana. Hoy hace bastante frío.
Aunque me expresé muy animada, mi hermana no se giró ni me mostró siquiera un amago de sonrisa. Todo lo contrario. Se mantuvo en silencio, bajo el sonido del cuchillo impactando contra la madera al cortar las verduras. Aquella escena me produjo un extraño déjà vu.
Últimamente todo era así con ella. Silencioso. Desapasionado. Incómodo.
Detestaba esa situación. Tenía que cambiarla, fuera como fuese.
Colgué mi mochila en el respaldo de una silla y me senté. Inspiré hondo.
–Hana, ¿qué pasa? Estás tan callada que ni siquiera te reconozco –empecé.
–No sé por qué dices eso, hermanita –replicó ella, en el mismo tono neutral de las últimas semanas.
El cuchillo repiqueteó contra la madera un poco más. Entorné los ojos.
–Hana, por favor, dime qué pasa.
El cuchillo se detuvo en seco. Escuché a mi hermana exhalando una bocanada de aire y, mientras la expulsaba como con pesadez, se giró para mirarme. Soltó el cuchillo en la tabla de madera, detrás de ella.
–¿Qué quieres saber exactamente? –su semblante fue frío, algo que nunca había visto en sus rasgos alegres.
–Solo quiero saber qué te preocupa, o qué te inquieta, o qué te duele, si es que hay algo que te esté doliendo. Soy tu hermana mayor y tus problemas son también los míos.
Sus ojos se entrecerraron, lanzándome una mirada de incredulidad.
–¿En serio? –casi escupió.
Dejó de mirarme y esbozó una sonrisa ladeada, cargada de una expresión tan cínica que me puso los pelos de punta. Se recreó unos segundos observando el techo y me pareció como si estuviera a punto de suplicar algo, o a punto de echarse a llorar, o a punto de estallar. Luego, volvió a encararme.
–¿Mis problemas son también los tuyos, hermanita? –repitió con ese tremendo matiz de ironía en su dulce voz–. ¿Eso es lo que piensas realmente? Porque yo creo que, en este caso, estás muy confundida. Mi problema es una solución para ti.
–¿Qué estás diciendo, Hana? –no podía imaginar ni un poco a lo que se refería.
Ella se llevó las manos a los ojos un momento, sacudiendo la cabeza mientras reía sin reír entre dientes.
–¿Cómo puedes hacerte la tonta con tanto descaro? –inquirió indignada. Me miró y en el intenso brillo de sus ojos celestes detecté una mezcla de angustia y furia–. ¡Eres tú! ¡Siempre has sido tú! Siempre eres la responsable, la maravillosa, la que puede hacer mil cosas a la vez sin que los demás tengamos que mover un solo dedo, ¿verdad? Tan genial que mereces que se te perdone todo porque tú nunca harías daño a nadie. Pero en esto ya te has delatado.
Tragué saliva.
–¿Por qué dices eso?
–¡Oh, venga ya! Deja de una vez ese rollo de chica madura que no quiere hacer daño a nadie. Tienes solo dieciséis años, hermanita, y pareces una señora de cuarenta disfrazada. Deja ya de preocuparte por mis problemas. Deja ya de intentar ser la hermana perfecta. Con esto no puedes seguir engañándome, y tampoco te puedes engañar a ti misma. Admítelo: la única razón por la que no querías que me acercara a Sasuke-senpai era porque tú lo querías para ti.
Sentí por un momento como si todas mis terminaciones nerviosas se hubiesen congelado. Seguidamente, me estremecí, con un súbito sentimiento de traición inflamándome las vértebras. Apestaba. Todo aquello apestaba. O quizás solo fuera yo, y mis pensamientos, y mis impulsos, y mis emociones, y mis sentimientos.
Yo entera.
–¿Qué...? –fue todo cuanto pude articular.
–Te sientas a su lado... El otro día quise ir a tu clase para darte el bentô que se te había olvidado en casa, y os vi. ¿Por qué no me lo dijiste? Si de verdad no sintieras nada por él, no habrías tenido ningún motivo por el que no decírmelo. ¡Y te vi en la tele! Gritaste en medio de todo el pabellón cuando su rival estaba a punto de atacarle. Querías salvarle, incluso cuando Naruto-senpai habría necesitado algo así mucho más que él. Y también en Isshiki... –hizo una pausa y negó con la cabeza en un gesto de exasperación; seguidamente, volvió a retomar su discurso–: Sabes cuánto me gusta... Sabes lo mucho que le admiro... Sabes cuánto me esfuerzo siempre por intentar que él me mire... ¿Por qué tienes siempre que aparecer tú y chafármelo todo?
Me lamí los labios, sintiendo la boca seca. Se había fijado en tantas cosas que la idea de que descubriera que, además de todo eso, Sasuke me había besado –y no una, sino varias veces–, me oprimió el pecho.
–Hana, yo... nunca he tenido esa intención, te lo prometo.
–¡¿Y qué intención tienes entonces?!
Abrí mucho los ojos. Era la primera vez que me gritaba.
–Yo... quería protegerte –susurré.
–¿Protegerme? –reiteró ella, un poco más suave–. ¿Protegerme de quién? ¿De él... o de ti?
Volví a quedarme muda, desesperándome en mi fuero interno por encontrar algo con lo que rebatirle. Pero no lo encontré. Ni siquiera yo lo tenía claro.
Hana me sonrió con amargura de nuevo.
–Vamos..., sé que le quieres para ti, hermanita –insistió.
–Hana, Sasuke... no es un trofeo –Gilipollas. ¿Por qué le sueltas eso?
Mi hermana enmudeció de golpe, y se me quedó mirando con un destello de horror en sus pupilas. Eso le había dolido.
Se mantuvo de ese modo durante algunos segundos, como si su mente estuviera intentando reordenar la vorágine de pensamientos que habían explotado dentro de ella como un huracán. El silencio fue como si me estuvieran abriendo una herida, con una lentitud tortuosa contra la que no podía luchar.
Finalmente, Hana rompió el contacto visual conmigo y agachó la cabeza.
–Déjalo ya, por favor –dijo en un hilo de voz.
Deja de intentar ser perfecta. Deja de ser una mentirosa.
Hana se giró hacia la tabla de madera donde descansaban las verduras a medio cortar, haciendo ademán de continuar con ellas. Dudó. Tras unos segundos de trance, abrió la boca otra vez.
–No puedo seguir cocinando.
Se volvió hacia la puerta de la cocina y echó a correr directa a las escaleras. Quise ir detrás de ella. Quise detenerla, impedir que se encerrara de nuevo en su habitación. Quise retroceder en el tiempo; hablar de lo que acababa de soltarme y asegurarle que nada de lo que pensaba era cierto.
Pero comprendí que, tal y como había dicho ella, no podía seguir mintiendo.
A pesar de haber visto las lágrimas aflorando en sus ojos, fui incapaz de moverme un solo milímetro. Me había quedado petrificada, invadida por un interminable sentimiento de desprecio hacia mí misma. Un desprecio que se extendió por todo mi cuerpo; que se enmarañó por sí solo en mi garganta, formando un gigantesco nudo, y que ascendió y se enquistó en mis ojos, salpicándolos.
Sentí que no tenía derecho a llorar. Sentí que no tenía derecho a quejarme. Sentí que no tenía derecho a nada.
Acababa de suceder justo lo que había temido desde siempre. Lo que había intentado evitar desde el momento en que supe que mis sentimientos por Sasuke seguían intactos.
Había hecho daño a Hana.
Al inicio de la semana, mi hermana continuó sin hablarme. En casa me ignoraba, aun cuando yo intentaba comportarme con ella como siempre. Sin embargo, poco a poco, me vi en la tesitura de tener que guardar silencio como ella, muy a mi pesar.
Nunca en la vida nos habíamos mostrado de una forma tan... gélida.
–Se le pasará, Sakura. Solo está en una mala edad –decía mi madre a menudo.
Qué ironía. Teóricamente yo estaba en una edad peor. Aunque, claro, ninguna de las dos le revelamos que el problema radicaba en nuestros sentimientos por el mismo chico. Creo que incluso mamá, por muy pacifista y comprensiva que fuera, nos habría aniquilado a ambas por algo así.
Pero en mi interior estaba empezando a entender que seguir escondiendo lo que sentía me acarreaba muchos más problemas que sentirlo. Resultaba algo muy inmaduro por mi parte y, lo que era peor, tormentoso.
De mi etapa de pubertad, siempre tuve claro que no habría servido de nada, pero ¿y ahora? ¿Confesarle a Sasuke lo que sentía por él podría cambiar en algo las cosas? ¿Me ayudaría a estar tranquila conmigo misma, al menos?
–Sakura-chan, ¿querrías venir conmigo al festival de Nochevieja? –me estaba preguntando Rock Lee el miércoles.
Naruto, Hinata y los demás conversaban distraídamente. Era la hora del almuerzo y nos encontrábamos en el patio. Neji no estaba. El moreno con el peinado de cacerola había dejado de necesitarle como excusa para acercarse a mí, aun cuando ellos dos seguían siendo amigos. El primo de Hinata continuaba un poco a la defensiva con Naruto; a pesar de ello, parecía que las cosas se habían suavizado.
Oír hablar a Lee de las vacaciones de invierno me hizo despertar bruscamente de mis cavilaciones.
–¿Qué has dicho? –inquirí, pese a que había escuchado perfectamente su pregunta.
–Que si quieres venir conmigo al festival...
–¿Contigo? –no sé muy bien qué estaría pensando al repetirle casi cada palabra de lo que decía.
Pero era como si una parte de mí me estuviera indicando que las cosas no encajaban. Que me faltaba una pieza para completar esa pregunta. O, más bien, que el protagonista fuera distinto. Que si respondía tan deprisa a aquella proposición estaría manchando lo que verdaderamente quería.
¿Cuánto tiempo más estaría dispuesta a quedarme con las ganas?
–Sí, Sakura-chan... ¿Estás bien? –Lee me miró confuso.
Sacudí la cabeza y, tras un segundo de vacilación, me levanté del banco.
–Necesito ir a un sitio... Ahora vuelvo –dije difusamente.
Noté que Ino alzaba la mirada hacia mí.
–Sakura, no tienes buena cara... –observó.
Intenté sonreírle, pero estoy segura de que apenas pudo ver una línea en mis labios. La atención de todos mis amigos se centró en mí y, antes de que pudieran bombardearme a preguntas, me alejé.
Me interné apresuradamente en el edificio principal, en busca de Sasuke. Sentía el corazón en los oídos. Aunque una parte de mí me gritaba que retrocediera, mis piernas no dejaron de avanzar por los pasillos. Más y más rápido. Con la prisa de que, si no lo hacía ahora, él desaparecería. O quizás con la prisa de que, si no lo hacía ahora, sería mi determinación la que desaparecería.
Tenía un mal presentimiento.
Pero, a medio camino, sufrí un contratiempo.
–Sakura –dijo Sai con su voz apática.
Tan pronto le vi, intenté dar media vuelta y huir de él, pero me retuvo por el brazo.
–Sai, haz el favor de dejarme en paz. Tengo prisa –protesté.
–Tengo que hablar contigo –insistió.
Me escabullí de su agarre con cierta brusquedad y le encaré.
–Si pretendes venir a justificarte por lo del torneo, a mí no me interesa.
Enmudeció unos segundos. Le había pillado.
Quise reanudar mi camino, pero él volvió a detenerme, esta vez, por la mano. Su contacto fue ligeramente más débil.
–¿Cómo está Ino?
Me quedé quieta al oír su pregunta y le miré largamente.
–¿Por qué no se lo preguntas tú?
Creo que fui bastante borde, pero tenía mis motivos. A pesar de que podía llegar a entender que Sai no era culpable de pertenecer a otro equipo, me molestaba ver a Ino dolida. El sentimiento de deslealtad también influía.
Sai bajó un poco la cabeza. Pese a que sus rasgos faciales no lo reflejaron, me pareció arrepentido.
–No sé cómo hacerlo –confesó.
–No sabes cómo hacer... ¿qué? ¿Disculparte?
Me miró a través de sus pestañas lisas, y asintió una sola vez, sin hablar. Arqueé una ceja.
–Pero ¿qué dices?
–Nadie me ha enseñado cómo hacerlo.
–No es algo que se enseña o se aprende..., se hace sin más.
Él levantó la cabeza y sus ojos oscuros me atravesaron.
–Te equivocas, Sakura.
Le contemplé en silencio, y comprendí inmediatamente que tenía razón. Pedir perdón es algo que se aprende. Es una expresión humana universal, pero también una de las más difíciles.
En el perdón hay mucho poder. Atreverse a reclamarlo conlleva reducirte a tus debilidades, exponerte completamente a la posibilidad de recibir un dardo que te recuerde por qué lo haces y, consecuentemente, luchar contra tu instinto animal de alzarte sobre el otro. Y para eso tienes que estar muy seguro de ti mismo. Reclamar perdón es elegir la paz –algo que muchos creen una utopía– por encima de la guerra. Una capacidad que requiere el sacrificio de nuestros impulsos primarios; impulsos cobardes.
Alguien como Sai, por lo que había podido observar durante el torneo de kárate, era lógico que nunca hubiera adquirido tal capacidad.
Le observé atentamente, callada durante un rato.
–¿Eso no te lo ha enseñado ese entrenador tuyo? ¿El que he oído que es también tu padre adoptivo? –su silencio me indicó que estaba en lo cierto–. Entonces, ¿por qué no dejas de entrenar con él? Dile que quieres unirte al Club de Kárate de tu instituto. Aunque no puedas deshacerte de él en casa, venir con nosotros te ayudará a sacar esas emociones.
–No puedo.
–¿No puedes o no quieres?
–No puedo... Ni siquiera sé lo que es querer algo. Las emociones te hacen débil.
–¿Qué? –eso último me trastocó.
Sai se me quedó mirando con aquel semblante indescifrable que le caracterizaba. Bajo toda esa capa de hielo, en sus ojos creí ver un brillo distinto, como si en el fondo dudara de sus propias afirmaciones.
Reflexioné detenidamente sus palabras.
–¿Tú crees que lo que sientes por Ino te hace débil?
Sus pupilas se dilataron un instante. Sonreí. Ahí estaba. Ni siquiera Sai era tan inhumano.
–Sentir duele mucho. Si no nos tomamos un tiempo para intentar comprender el porqué de nuestras emociones, nos pueden destruir por completo –afirmé. Hice una breve pausa para estudiar su expresión, y continué–: No tengo ni idea de por qué dices que no puedes dejar tu equipo, pero puedo entender que haya algo o alguien que te retiene, pese a que no percibí en vosotros un sentimiento de fraternidad. Más bien, parecíais un ejército de robots, no te ofendas.
»Lo que estás experimentando ahora mismo, la razón que te tiene aquí preguntándome por Ino, se llama «remordimientos». Son el fruto que producen tus sentimientos por ella. Y, sinceramente, no te he visto tan fuerte como hasta ahora, cuando te has atrevido a mostrarme que los tienes; que de verdad te preocupa cómo ha podido influir esta situación en tu relación con ella. Eso es querer algo.
Sai desvió la mirada, pensativo.
–Prueba a disculparte –insistí, antes de que abriera la boca–. No tiene mayor misterio que acercarte y decirle que lo sientes. Si no quieres seguir experimentando estos remordimientos, aunque te cueste, pídele disculpas. Quizás no te perdone enseguida; Ino es bastante terca. Pero sigue intentándolo. No pares hasta que ella acepte tu perdón, porque no habrás mostrado tanta fortaleza hasta el momento en que lo hagas y te quedes en paz contigo mismo. Especialmente, porque ella te importa, y no puedes hacer nada contra ese hecho...
Me quedé repentinamente muda ante mis propias palabras. Fue como si acabara de exponer mi misma realidad en aquel cúmulo de oraciones.
No podía hacer nada contra el hecho de que Sasuke me importaba.
–Tienes razón –la voz de Sai me arrancó súbitamente de mi ensimismamiento.
Su semblante no parecía haberse alterado, pero había un color diferente en su iris: menos oscuro, menos vacío.
–Hablaré con Ino –sentenció.
–Me parece correcto.
Pensé que toda nuestra conversación acababa ahí, pero, antes de separarnos, volví a oír a Sai.
–Si buscas a Uchiha, sube a la cancha de baloncesto de la última planta.
Creí percibir un matiz extraño filtrándose en su voz; no obstante, decidí no concederle importancia. Sin despedirme siquiera, salí disparada hacia el lugar que me había señalado.
Para mí, no hubo mayor arrepentimiento ese día que el de haber subido hasta allí. Había resultado como proclamar el dolor masoquista de una avispa hundiéndome su aguijón, de forma pausada y continua.
Como había deseado, había encontrado a Sasuke allí, con la espalda apostada en la cristalera que cercaba la cancha de baloncesto. Pero no había estado solo. La hermana mayor de Gaara, esa rubia que siempre se medio recogía el pelo en dos coletas altas, le había hecho compañía. A una distancia tan cercana que, al principio, casi los había confundido con el mismo cuerpo.
–Sasuke-kun, qué fuerte te mostraste en el Campeonato Nacional al pelear contra ese mindundi de tu clase. Admito que me excitaste un montón –había oído que le decía ella.
Con una curiosidad nociva, me había escondido detrás de la puerta, sin mirarles, queriendo escuchar su conversación.
–En serio, ese tono infantil no te va, Temari –la voz de Sasuke había sonado fría, flemática como siempre–. Si tu hermano Gaara nos viese ahora, ¿qué harías? Ya sabes que al pequeñajo no le agrada verte de esta manera conmigo.
–¿Y desde cuándo te importa lo que Gaara piense? Incluso Kankurô ha decidido dejar en paz este asunto –ella había expuesto una voz más dura, más madura.
–Quizás te lo tolere por ser tu mellizo.
–¡Vamos, Sasuke! No busques más excusas. Estoy segura de que me has estado evitando por entrenar más horas para el torneo, pero hoy ya te tengo atrapado. Hazme el favor y divirtámonos un rato.
Entonces me había girado y había visto a Temari juntado sus labios con los de Sasuke. Él no la había rechazado; de hecho, su boca había continuado moviéndose con la de ella. Y al distinguir un atisbo de su lengua introduciéndose en la cavidad bucal de la rubia, había sido suficiente. El momento para marcharme.
Mi corazón no había podido aguantar ni un solo aguijonazo más.
¿Qué esperabas? Quieres expresar tus sentimientos, pero nadie te ha asegurado que vaya a corresponderte. En serio, ¿qué esperabas?
Y era esa puñetera pregunta la que me martilleaba la cabeza a cada segundo. Ya llevaba tiempo sabiéndolo.
No había nada que esperar.
Desde aquella mañana, la debilidad había hecho presa de mí. Al volver a ver a Sasuke en clase, me había negado rotundamente a dirigirle la palabra. Una vez más. No había logrado esconder mi rabia, que se había manifestado abiertamente cuando me había pedido que le dejara un momento la goma y yo le había contestado de forma brusca: «¡Ni de coña!».
Lo peor había sido en la cafetería, donde me había vuelto a recordar lo estúpida que era. ¿Quién me entendía? Encontrarle siempre rodeado de otras mujeres, me dolía como si constantemente me clavara puñaladas en la espalda; aun así, deseaba con todo mi ser que él viniera a verme mientras trabajaba.
Pero aquella tarde no vino, y fue como si se me hubiera abierto una nueva grieta en el corazón.
Sí, ¿quién me entendía?
Al acabar mi turno, atardecía. Me dirigí a las taquillas para cambiarme, y solo entonces pude leer un mensaje que Ino me había mandado a través de Line, hacía una hora.
Ino: Sai me ha pedido perdón sin descanso, hasta que he terminado aceptándolo. También me ha pedido salir con él el sábado, en plan cita; dice que tiene que darte las gracias por todo. No sé qué le habrás dicho o hecho, pero parece un poco cambiado. Supongo que a mí también me toca darte las gracias, frentona, pero que conste que paso de invitarte a comer pasteles. Te vas a poner como una foca, ya estás echando demasiado culo.
Por cierto, no le he dicho nada a Hinata por temor a que se entere Naruto. Sai me ha dicho que tiene que hablar con él todavía. Por favor, guárdanos el secreto, de momento.
Aquel mensaje fue una de las pocas satisfacciones que pude obtener ese miércoles de finales de otoño. Al menos, de algo me había servido encontrarme con Sai por el pasillo. Es más, pensaba, quizás tendría que haber alargado el tiempo y conversar un poco más con él, hasta que se hubiese acabado el descanso.
Suspiré y opté por escribir una respuesta rápida.
Yo: Me alegro de que todo se haya resuelto, Ino. No te preocupes, no diré nada. Eso es algo que tenéis que revelar vosotros, no yo.
A los pocos minutos, tal y como había esperado, me llegó un mensaje de vuelta.
Ino: ¿Qué te pasa, frentona? Tú eres más efusiva que esa mierda de respuesta. No me hagas ponerme a mandarte ánimos, ¿quieres?
Puse los ojos en blanco. Era exasperante saber que para la rubia platino resultaba tan fácil adivinar mi estado de ánimo. Bastaban solo unas palabras escritas sin emoticonos de corazones rosas y estrellitas. Por las redes sociales, me daba cuenta de lo empalagosas que podíamos llegar a ser las japonesas.
Segundos después, me llegó otro mensaje más.
Ino: ¿Es por Sasuke?
Y a la vez otro más, con distinto remitente.
Mamá: Hana me ha dicho que hoy cenará en casa de una amiga. Yo saldré bastante tarde del trabajo; creo que también cenaré aquí. ¿Puedes prepararte algo? Hay huevos y arroz cocido en la nevera.
Era como si la vida se estuviera riendo de mí. Aquellos dos mensajes contenían exactamente las dos cuestiones de mi gran dilema.
Con un largo suspiro, le respondí primero a mi madre...
Yo: No te preocupes. Algo me haré.
... y después a Ino.
Yo: Ya hablaremos. Hasta mañana.
Y un último mensaje. De la rubia, ¡cómo no!
Ino: Uy, tú estás muuuy rara... Me lo vas a contar de pe a pa, frentona, así que prepárate. Hasta mañana.
Y volví a suspirar. No quería ni imaginarme la clase de pesadilla que me esperaría al día siguiente con el interrogatorio de Ino. Solo tenía ganas de llegar a casa, ducharme y dormir. Ni siquiera me apetecía cenar.
Dejé el móvil y, sin más demora, me vestí de nuevo con el uniforme del instituto. Estaba tan desganada que ni me preocupé por soltarme el pelo. ¿Para qué ponerme guapa si ese día todo me parecía una soberana mierda? Me despedí de mis compañeros y salí por la puerta trasera. El viento me atravesó las piernas desnudas, y me arrepentí por no haberme traído los calcetines largos. Solo la chaqueta ya no era suficiente para la clase de frío que empezaba a exhalar el ambiente. Arrastré los pies camino de la estación, mientras las farolas empezaban a encenderse entre la tenue luz rojiza que despedían los últimos rayos de sol.
Sin comerlo ni beberlo, mi mente se empezó a llenar de imágenes de Sasuke. Sasuke y sus ojos negros, profundos como un océano bajo el cielo nocturno. Sasuke y su porte de guerrero orgulloso. Sasuke y su media sonrisa acompañada de hoyuelos. Sasuke y sus manos fuertes de largos dedos. Sasuke y sus besos. Sasuke y todas esas chicas.
Me pregunté cuántas mujeres estarían en su vida. ¿Realmente formaban parte de ella, o solo las querría para el sexo? ¿Habría alguna en concreto que le importara de verdad? Quizás la universitaria del pelo caoba. Sí, esa chica parecía estar casi siempre con él. No sería extraño descubrir que tenían una relación un poco más seria. Ella era tan despampanante, tan guapa, tan segura de sí misma, tan... adulta.
Sacudí la cabeza.
¡Espabila, imbécil! Pareces una niñata acomplejada.
–¿Sakura-chan? –una voz familiar me sacó inesperadamente de mis pensamientos.
Miré al frente y me quedé boquiabierta. Bajo el sombrero que llevaba puesto, me costó un poco reconocer el alborotado cabello rojizo, pero su delicado rostro de alabastro era inconfundible.
–¿Sasori-kun? –inquirí sorprendida.
–Oh, vaya, qué coincidencia –aunque el tono de su voz sonó tan sosegado como de costumbre, supe inmediatamente que se alegraba de verme.
Se acercó un poco más a mí y me sentí agitada. Me pareció tan guapo que casi no podía mirarle directamente a la cara. Las veces anteriores en que lo había visto no me había fijado en lo bohemio que vestía: con un chaleco de algodón encima de una camisa suelta, remangada hasta los codos, y un pañuelo desenfadado rodeando su cuello. Tenía sentido. Era artista.
–¿Qué haces por aquí? ¿Vienes de algún sitio? –me preguntó.
–Trabajo en una cafetería a la vuelta de la esquina. En Saint Junior's.
–Nombre inglés. ¿Algo de comida extranjera?
Me reí por su observación.
–Lo parece por fuera, pero no. Dentro puedes comer lo mismo que en cualquier otra cafetería-restaurante japonesa.
–Hmmm, entiendo.
Le miré largamente. A la luz del débil crepúsculo que persistía por los recovecos de la ciudad, sus ojos cafés se volvían de un tono melado, casi dorado.
–Pareces deprimida –comentó.
Di un respingo. ¿También él podía notarlo?
–No es importante. Solo... –dudé un poco en decirlo, sin ser capaz de sostener su mirada–. Solo es algo que necesito resolver.
Noté que me escrutaba con atención.
–¿Sabes? No soy una persona muy susceptible, pero últimamente mi abuela me irrita. No ha parado de llamarme durante meses, hablándome de mil temas distintos que, con sinceridad, me interesan más bien poco. Pero debo reconocer que cada vez que te mencionaba a ti... Bueno, me sentía curioso. Y ahora que ya he cruzado algunas palabras contigo, esa curiosidad se ha hecho un poco más grande. Eres una chica interesante.
Aun cuando siempre me había molestado lo despectivo que sonaba al hablar de la señora Chiyo, aquella vez mis mejillas se ruborizaron. Por lo que poco que había podido conocer de él hasta entonces, Sasori no parecía alguien que se preocupara por contentar a los demás; de hecho, mostraba una actitud más bien pasota e independiente, del tipo que no malgastaba saliva en exponer sus pensamientos frente a quienes le daban igual. Sin embargo, aquellas palabras se habían salido completamente del cuadro.
Alcé la cabeza para mirarle.
–Lo entiendo. No todos los días se conoce a una chica con el pelo rosa –intenté bromear.
–Ya, eso también. ¿Qué marca de tinte usas? Casi parece natural.
Me eché a reír.
–¿Ves? Por eso soy rara. Es mi color natural.
–Ah, vaya –me sorprendió descubrir que se inmutara tan poco.
–¿Me crees de verdad?
Se encogió de hombros.
–Bueno, el mundo es muy grande. No es como si fuera acertado decir «esto» o «aquello» no existe, y no creo que seas de las que mienten.
Me mordí el labio inferior, sin saber bien cómo responderle. Por sus labios se extendió una sonrisa tranquila, en la que se revelaron unas encantadoras líneas de expresión por las comisuras. Sus grandes ojos de párpados prominentes contenían un brillo diferente. Como tierno.
–Oye, ¿te apetece venir a cenar conmigo, o tienes a alguien esperándote en casa? –me propuso de repente.
Sentí un tumbo contra las costillas.
–En realidad..., nadie me está esperando en casa –razoné de primeras. Tragué saliva y me apresuré en añadir–: Pero tampoco tengo mucha hambre.
Sasori compuso una expresión pensativa.
–Conozco un sitio donde hacen unas hamburguesas tan pequeñas que ni siquiera las sentirás llenarte la barriga. Cuestan un ojo de la cara, pero hoy puedo hacer una excepción.
Negué inmediatamente con las manos, azorada.
–Tampoco es que haga falta ir a un sitio así. Además, no quiero que me invites. Puedo pagar mi parte, Sasori-kun.
Se inclinó un poco para hablarme más de cerca. Su respiración rozó sutilmente mi nariz. Olía a una mezcla entre talco y caramelo.
–¿Entonces estás diciendo que aceptas cenar conmigo, Sakura? –enarcó una ceja de forma sugerente, al tiempo que deletreaba mi nombre como una melodía–. Permíteme que te quite de vez en cuando el –chan. Me cansa mucho ese sufijo, y no quiero ser uno más de tantos hombres que te llaman así.
Fue como si el corazón se me hubiera subido a la garganta.
–B-bueno..., si no hay nada mejor que hacer, entonces s-sí. Cenaré contigo, Sasori... ¿kun? –tartamudeé como una tonta.
Sasori soltó una carcajada: el sonido más agradable que había oído en todo el día. Cuando se calmó un poco, enterró las manos en los bolsillos de sus vaqueros desteñidos y me miró divertido.
–A mí no me importa si usas –kun conmigo. Suena bastante bien con tu voz –¿Por qué suena bien con mi voz?–. De acuerdo. Cena conseguida. Aunque, lo siento, no pienso dejarte pagar.
–De verdad que no es necesario –insistí.
Ladeó la cabeza y me sonrió de un modo distinto al anterior. Pícaro.
–Sakura-chan, mientras seas mi kôhai, pagaré yo. Ya me lo recompensarás cuando crezcas, así que solo date prisa y hazte mayor.
Me puse roja hasta las orejas, y él rompió a reír otra vez. No lo había dicho borde. Ni arisco. Ni ofensivo. Y en aquel momento podía hacerme una ligera idea de a qué se refería, pero supongo que su carcajada me hizo pensar que solo bromeaba.
No dijo nada más, y me frotó el pelo con una mano, de un modo tan cariñoso que me dejó desorientada algunos segundos. Acto seguido, echó a andar calle abajo, al tiempo que hacía un gesto con la cabeza para que le siguiera. Me quedé mirándole, sin poder evitar que una sonrisa se expandiera por todo mi rostro. Era un chico algo raro, que a veces conseguía picarme un poco y, otras veces, provocaba que se me acelerase el corazón. Quizás todos los universitarios eran así.
Independientemente de lo mucho que me incomodaba lo brusco que fuera con su abuela, aquella fue la segunda satisfacción que obtuve ese miércoles de finales de otoño.
Algo más animada, me disponía a seguirle cuando, de pronto, experimenté una sensación extraña. Me giré y escudriñé la calle durante unos segundos.
–¿Sucede algo? –la voz de Sasori sonó muy cerca de mi oído.
Me sobresalté y me volví rápidamente hacia él.
–No es nada. No te preocupes.
Volvió a dedicarme una sonrisa serena y reanudó su camino, aunque yo tardé un poco más.
Tenía la impresión de que alguien me estaba observando.
Las siguientes semanas de noviembre pasaron de un modo angustioso para mí. Hubo más exámenes, y en algunos de ellos sabía que había patinado. Para compensarlo, me había ofrecido a hacer trabajos extras e, incluso, a ayudar a profesores y a delegados. En el Instituto Konohagakure cualquier labor voluntaria podía hacerme ganar puntos para mi media académica; era lo único que me aliviaba.
Pero mi mente no descansaba tranquila con la presencia de Sasuke.
Definitivamente, había dejado de venir a la cafetería. Y también de hablarme. Le veía a diario aparecer por la puerta, sin ni siquiera levantar los ojos por encima del hombro para mirarme. De repente, parecía como si hubiéramos vuelto al principio, cuando ambos nos ignorábamos mutuamente, pese a estar a solo un par de metros de distancia.
Y era doloroso. Lo más doloroso.
Tampoco se juntaba con Naruto, o esa era mi impresión. El rubio de rasgos zorrunos se había acostumbrado a tener campo abierto con Hinata y, a menudo, se reunía con ella, con los demás y conmigo en los descansos, dejando a Neji y a Sasuke al margen.
Sai había hablado con Naruto. Poco a poco, parecía haber aceptado que el moreno de piel pálida no formaría nunca parte de nuestro equipo y que, en los combates de kárate, siempre serían rivales; no obstante, en la vida real habían empezado a desarrollar una sincera amistad. Tal vez Ino estuviera influyendo bastante en ese aspecto, si bien su relación con Sai no había ido más allá de la cita del sábado –a pesar de que se sentía a leguas que los dos se gustaban demasiado–.
Pero yo sabía que a Naruto le faltaba Sasuke, igual que Sasuke me faltaba a mí.
Con todo, en ningún momento me había atrevido a preguntar a nadie. Tenía la sensación de que nunca obtendría una respuesta. Me sentí más vulnerable que nunca, entre los remolinos de incertidumbre que se arrinconaban en mis entrañas y las punzadas de dolor que recibía en casa, cada vez que Hana me negaba una mirada. Pero pensé que la frialdad de Sasuke me convenía.
Era más saludable no acercarme a él. Evitaba seguir dañando a mi hermana.
Aun así, en mi fuero interno sabía que no podría contener mis sentimientos mucho más tiempo. Ya ni siquiera tenía fuerzas para luchar contra ellos. Era como si estuviese a punto de explotar de un momento a otro. Estaba muerta de miedo.
No quería ni pensarlo, pero me desesperaba la idea de perder a Sasuke y a Hana. A medida que transcurrían los días, veía que ambos se iban alejando un poco más. Y yo estaba ahí, paralizada, incapaz de decidir qué hacer, qué decir o, siquiera, qué pensar. ¿Cómo cambiar las tornas? ¿Cómo transmitir mis sentimientos, sin que nadie saliera perjudicado? ¿Cómo elegir lo correcto, cuando mi camino se bifurcaba en dos opciones tan nubladas, que era imposible averiguar cuál de ellas no me llevaría directa al precipicio?
Supongo que todo lo que sucede en esta vida nos termina dirigiendo tarde o temprano al único destino que nos aguarda. Por mucho que queramos ir a contracorriente de lo que sentimos.
La tarde del sábado del último fin de semana de noviembre alguien llamó a la puerta de mi casa. Había creído que sería mi madre, puesto que estaba anocheciendo. Hana, como era ya costumbre, había dejado la comida preparada antes de que yo llegara del trabajo.
Al asomarme por la mirilla para comprobar de quién se trataba, comprobé que estaba equivocada. Por un momento sentí un inminente pánico ante la posibilidad de que hubiese ocurrido algo malo, y me apresuré en abrir la puerta.
–Buenas noches, Sakura-chan –me saludó tímidamente Naruto.
Tenía un gorro de lana entre las manos, que retorcía por el nerviosismo.
–Buenas noches, Naruto –correspondí. Le miré en silencio, pero él no terminaba de arrancar–. ¿Querías algo?
Noté que daba un ligero respingo; seguidamente, sus ojos azules se alzaron, dando un rodeo por la fachada.
–Bueno..., necesito hablar contigo sobre un tema. Es importante.
Me inquieté, y pensé inmediatamente en Hinata. Y, luego, en Sasuke.
–Claro, adelante –me hice a un lado para dejarle pasar.
Naruto recorrió con la mirada la entrada de mi casa de arriba abajo, mudo durante los primeros segundos. Dejó sus deportivas cuidadosamente en el genkan.
–Así que es aquí dónde vives, Sakura-chan... Vaya, es mejor de lo que esperaba –comentó en tono fascinado.
Solté una breve risa sin ganas. Estaba admirando una casa que rezumaba humedades, con cimientos tan endebles que la madera crujía como en una película de terror, rodapiés que se caían solos, escalones cubiertos de tablones mal clavados por cada agujero que se abría al pisarlos y puertas de papel de arroz amarillentas y medio despegadas por todas las décadas que arrastraban encima. Naruto era verdaderamente benévolo cuando quería.
–Ven por aquí –le indiqué la cocina.
Entró detrás de mí. Me dirigí directamente a la nevera y saqué una cazuela tapada con un film transparente. Antes de ofrecer nada, miré el contenido, mientras Naruto se sentaba en la mesa.
–¿Has cenado? –le pregunté.
–La verdad es que no tenía mucha hambre antes de venir aquí –y en cuanto acabó esa oración, su estómago rugió estruendoso. Soltó una risita nerviosa y me miró con vergüenza–. ¡Ups!
Torcí la boca, mirándole con ironía. A continuación, abrí la alacena para sacar un par de cuencos.
–Parece que tienes un sexto sentido para aparecer cuando se comen fideos en mi casa –comenté, dándole la espalda.
–¿Es ramen? –imaginé sus ojos destellando estrellitas de ilusión.
–Udon con huevo duro y verduras. No podemos comprar carne ni pescado hasta dentro de algunas semanas, lo siento.
–Bueno...
Serví aquellos fideos gruesos sobre los dos cuencos. Hana había hecho más de la cuenta aquella vez; en realidad, Naruto nos haría un favor. Abrí el microondas e introduje uno de los platos, protegiendo la vajilla con una cubierta de plástico.
–¿Dónde está Hana-chan? –quiso saber el rubio de rasgos zorrunos, justo cuando pulsé el botón de «Power».
–Ya ha cenado, últimamente se adelanta un poco para eso... Imagino que estará en su habitación estudiando –respondí vagamente. Intentando apartar el malestar de mí, me giré para mirarle y cambiar de tema–. ¿Y bien? ¿De qué necesitas hablar conmigo?
Naruto se mordió el labio inferior, dubitativo.
–En verdad, no estoy seguro de que deba contártelo. Lo último que quiero es que pase algo malo por hacerlo –comenzó.
Fruncí el ceño.
–¿Por qué tendría que pasar algo malo?
–Es sobre Sasuke.
Me estremecí.
En ese preciso instante sonó el timbre del microondas, indicándome que ese plato ya estaba listo. Me volví de nuevo para sacarlo y metí el segundo cuenco en el aparato. Llevé el primero a la mesa para que Naruto comenzara a comer.
Él me miró atentamente, ignorando el plato humeante que tenía delante. Le ofrecí un par de palillos y regresé al microondas.
–Sé que os habéis dejado de hablar..., así, de repente –continuó.
Inspiré hondo.
–Tú tampoco pareces hablarte mucho con él ahora –repliqué, con los ojos clavados en el plato de udon que giraba dentro del aparato.
–Sí, pero hay una explicación –repuso el rubio.
Noté que guardaba silencio, dudoso, y escuché cómo sorbía algunos fideos. Por un momento creí que dejaría estar el tema; sin embargo, cuando menos me lo esperé, volvió a abrir la boca para hablar.
–¿Alguna vez has oído hablar de la Jaula, Sakura-chan?
El segundo plato terminó de calentarse. Lo saqué del microondas y, con cuidado de no volcarlo, caminé hasta la mesa con él. Me situé en la silla más cercana a donde Naruto se había sentado.
–No sé qué es eso –dije finalmente.
Él aspiró algunos fideos más.
–La Jaula es un área secreta de la ciudad, a la que se accede a través de lo que parece un típico pub de noche.
Entorné los ojos, mientras soplaba algunos fideos que atrapé con los palillos. No entendía qué relación podía haber entre eso y la mención a Sasuke que había hecho antes.
–¿Qué tiene de especial ese sitio? –inquirí.
–Es ilegal. De hecho, no todos los clientes que entran en ese pub saben lo que se esconde más adentro. Hay una puerta que te dirige a una especie de patio interior rodeado por una alambrada. En medio de todo, todas las noches, colocan una plataforma: un cuadrilátero, también vallado. Hasta arriba. ¿Puedes imaginar lo que se hace allí dentro, Sakura-chan?
Tragué con dificultad los fideos, y me aventuré a mirar a Naruto directamente a la cara. Sus ojos azules resplandecían de un modo turbador.
Un patio interior. Como un lugar oculto. Y, en medio, un ring encerrado dentro de una red. Una jaula. La Jaula.
–Peleas callejeras –comprendí de pronto.
Naruto asintió una sola vez con la cabeza y, entonces, todas las piezas comenzaron a encajar.
Se celebraba cada noche, escondido en las sombras, lejos del conocimiento de las autoridades, pero seguramente frecuentado por un sector bastante grande de la ciudad. Y Sasuke había dejado de hacer sus visitas diarias a mi cafetería.
Me acordé súbitamente de que llevaba semanas presentando un aspecto mucho más descuidado de lo normal. Había visto que, de vez en cuando, traía sutiles cortes en el labio, junto a los nudillos despellejados. Una vez incluso me había parecido notar que su mejilla estaba un poco amoratada.
Ser consciente de todo aquello fue una sensación parecida a lo que debe ser un baño de brasas cayéndote sobre la cabeza.
–Sasuke... ¿pelea allí? –susurré.
Naruto exhaló una larga bocanada de aire, dejándose caer pesadamente en el respaldo de la silla.
–Lo había dejado el año pasado –se mostró un poco avergonzado durante unos segundos y, arrastrando las palabras, confesó–: Yo también peleaba allí hace tiempo.
Me quedé muda, incapaz de articular palabra.
–El caso es que siempre supe que no era un buen lugar. Yo combatía mucho menos de lo que hacía el teme, eso sí.
Tragué saliva, sintiendo la garganta reseca.
–¿Cuándo empezó eso, Naruto?
–Poco después de que tú dejaras de juntarte con nosotros. Lo conocíamos de oídas, y empezamos a ir después de que encontráramos una plazoleta en Shinjuku, donde se reúne gente más mayor. La curiosidad nos llevó hasta la Jaula un día y..., bueno, al final quisimos probar –se detuvo un momento, perdiéndose en sus pensamientos; segundos después, reanudó su discurso–: Sasuke se convirtió en el luchador más joven de la Jaula con más combates ganados. Era una máquina, aun cuando yo no me quedaba atrás tampoco... Pero él era mucho más despiadado que yo.
»Peleaba con sus contrincantes hasta casi reventarlos. No temía partirles los huesos o desencajarles las extremidades, sirviéndose tanto de su propio cuerpo como de cualquier objeto que le dieran para hacerlo. Una vez mandó a la UCI a un tipo que le doblaba la edad; después de eso, creo que ambos entendimos que la Jaula tenía que acabarse para nosotros. O eso era lo que yo pensaba que ambos entendimos.
»Cada vez que peleaba, Sasuke se volvía más y más violento. Era más arisco, y también se recluía más en sí mismo. Ni siquiera salía a conocer a gente nueva y pasaba días encerrado, únicamente entrenando, para después vencer a todos sus rivales. Y yo sabía que todo aquello le estaba consumiendo. No podía ser que alguien de nuestra edad estuviera tan obsesionado con luchar, vencer..., aniquilar.
Por mi cabeza se sucedieron, una detrás de otra, las imágenes del parking donde había sido atacada por miembros de aquella banda de traficantes de mujeres, la Nuit Rouge. Como si acabara de ocurrir, recordaba el rostro de Sasuke: desfigurado en una máscara de odio y deseos de venganza. Recordaba el momento en que había apretado con la barra metálica la garganta de aquel hombre en el suelo; el instante en que había estado convencida de que, realmente, lo asfixiaría.
Sentí un horrendo escalofrío serpenteando por mi espina dorsal.
–Un día me dije que tenía que detenerlo –siguió contándome Naruto–. Le encaré en la puerta de su casa, que entonces vivía con su padre, y terminamos gritándonos, pegándonos, haciéndonos sangre y llenándonos de moratones. El teme es un tremendo necio cuando se lo propone.
»Sin embargo, acabó dándose cuenta de todo el mal que estaba trayendo ese lugar a su vida. Yo me marché de su casa y él estuvo unos cuantos días sin aparecer por el instituto. A la semana siguiente, me enteré de que su hermano Itachi había vuelto de . y que se lo llevaría a vivir con él. Y parece que eso fue lo que, finalmente, le cambió.
»Tras todo aquello, no volvimos a pisar ese sitio. También dejamos de ir tan a menudo a la Plazoleta, aunque sí nos quedamos en contacto con alguna gente de allí: los más jóvenes, universitarios en su mayoría.
Torcí el gesto al pensar en la chica del pelo caoba. Honestamente, no me la imaginaba en un lugar diferente.
El rubio de rasgos zorrunos volvió a resoplar.
–El problema es que ahora, por alguna razón, el teme ha vuelto a pasearse por allí. Y, por lo que sé, también se está subiendo a la Jaula. Por ello, el otro día discutí con él... ¡Ag! Es tan gilipollas que no hay forma de que me haga caso.
Cerré los ojos con fuerza, intentando digerir toda la información que Naruto había disparado en mis oídos.
Tuve miedo de realizar la siguiente pregunta.
–¿Por qué me cuentas todo esto a mí?
Él me miró, y percibí que en sus ojos titilaba la indecisión.
–Sakura-chan, necesito que hables con él.
Solté un largo suspiro.
–Naruto, eso no funcionará...
–Yo sé que sí –insistió él, tensando la mandíbula con determinación–. Tenemos que detenerlo, Sakura-chan. A mí no me escucha.
–¿Y qué te hace pensar que conmigo sí lo hará?
–Pues... –se quedó callado, como si no supiera qué responderme, o como si estuviera mordiéndose la lengua. Tras unos segundos de vacilación, soltó–: Tú eres la única, aparte de mí, que se ha atrevido a enfrentarse a él.
Esbocé una sonrisa amarga.
–Fue por cosas diferentes –contesté–. En serio, Naruto, esto es algo muy grave... y a mí se me queda grande. Lo mejor que se puede hacer es llamar a la Policía, o informar al profesor Itachi...
–¡Ni se te ocurra hacer nada de eso! –me cortó súbitamente, poniéndome los pelos de punta. Se dio cuenta de cuánto había elevado el volumen de su voz, y su expresión se suavizó un poco–. Sakura-chan, Sasuke nos necesita a nosotros. Si se lo dijeras a su hermano, sería el fin para él.
–No exageres...
–¡Te lo digo de verdad! No tienes ni idea de lo que el teme lleva soportando toda su vida. No tienes ni idea de los problemas que tiene con su familia...
Enmudeció de sopetón, como si se hubiese arrepentido de sus palabras. Le miré confusa.
–¿Qué clase de problemas? –quise saber. No podía ni imaginar que en la maravillosa vida del increíble Sasuke Uchiha pudiera existir algo mínimamente similar a un problema.
Naruto se aclaró la garganta.
–No me corresponde a mí hablarte de eso –dijo con gravedad.
–Entonces no será tan horrible como para inmiscuirme en sus peleítas de gallos –repuse, encogiéndome de hombros.
Me volví hacia mi cuenco de udon. Fui a sorber de nuevo unos fideos, cuando la mano del rubio se posó inesperadamente sobre la mía.
–Por favor, Sakura-chan, tienes que ayudarle –los chispeantes ojos de Naruto, azules como el zafiro a contraluz, me atravesaron con desesperación.
El rostro decepcionado de Hana, sus palabras de desprecio semanas atrás, la frialdad de Sasuke, el beso a Temari..., todo acudió a mi memoria como un cúmulo de recordatorios que evitaban que la compasión me dominase.
No pudiendo soportarlo más, aparté la mirada.
–Lo siento, Naruto... No puedo –dije en un hilo de voz.
Escuché que él volvía a dejar escapar un suspiro.
–Está bien –arrastró la silla y lo sentí de pie junto a mí. De repente, dejó caer un trozo de papel delante de mis ojos–. No pierdas eso. Si cambias de opinión, esa es la dirección de la Plazoleta. Seguro que podrías encontrar a Sasuke fácilmente por allí.
Examiné un momento aquel trozo de papel, al tiempo que oía los pasos de Naruto caminando hacia la puerta de la cocina.
–Gracias por la cena, Sakura-chan, pero últimamente se me cierra el apetito muy rápido. Nos vemos en clase.
Y, a continuación, se acercó a la entrada, se recolocó sus zapatos y se marchó, cerrando con un chasquido suave la puerta de mi casa.
Resoplé, sintiendo un conocido escozor extendiéndose por mis ojos. Estuve mucho tiempo contemplando en silencio el papel que Naruto me había dejado allí, frente a mis narices. No me atrevía a tocarlo siquiera; tenía la impresión de que, si lo hacía, saldría disparada hacia ese lugar.
¿Por qué Sasuke estaba haciendo todo eso? ¿Qué le había impulsado a volver a un sitio tan horrible? Si ya entendía poco su comportamiento, ahora mucho menos.
O quizás, en realidad, sí lo entendía.
Siempre me había dado cuenta de que entre él y el profesor Itachi había demasiadas diferencias; una relación bastante distante, aun cuando eran hermanos y vivían juntos. Naruto había dicho que tenía problemas con su familia. ¿Hasta qué punto podían ser problemas tan graves, como para que lo único que se convirtiera en su vía de escape fuera liarse a guantazos con desconocidos? ¿De qué servía la victoria en un sitio así? Hacer daño, no solo a personas que se ofrecen para ello, sino a ti mismo, nunca te convierte en ganador. Más bien, te ahoga por dentro.
¿Acaso Sasuke pretendía eso? ¿Ahogarse?
Me invadió un revoltijo de emociones discordantes, que se atascaban en tropel dentro de cada una de mis venas. Miré un momento mi plato de udon: ya frío y agrio; luego, a través de la puerta de la cocina, eché un vistazo hacia las escaleras. Las lágrimas empañaron mi visión.
Salvar a Sasuke.
Impedir que Hana siguiera sufriendo.
¿Cuál sería la opción correcta?
