NOTAS DE AUTOR
Lo primero de todo, pido disculpas por actualizar tan tarde. Ya es teóricamente "el día siguiente", pero es que ha sido una jornada inesperadamente ajetreada. Sé que suena a que estoy poniendo demasiadas excusas, lo siento, me ha costado mucho encontrar un momento para actualizar esta vez. Mañana será otro día duro de trabajo, pero espero tener un poco más de tiempo libre. Sobre todo, porque me queda poquísimo para igualar mis dos páginas webs con estos capítulos.
Os traigo uno que, estoy segura, no dejará indiferente a nadie. Como ya os comenté en el anterior, estas próximas actualizaciones están cargadas de una intensidad mucho mayor que toda la que habéis leído antes. Por esta razón, os recomiendo que tengáis preparado el cuerpo (y el corazón) para soportar las emociones que (espero) os suscitará esta conti.
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No os digo más... ¡A DISFRUTAR!
22. VOCES
Suigetsu: Jûgo ha avisado a la Organización de que el combate sea el sábado por la noche. A las 21:00. Y cita: «No vayas a cagarte por las patas bajas y faltes, Uchiha».
Estaba sentenciado. Aquel sería el día en que por fin le partiría todos los piños al Musculitos Zanahorio. Los piños y, si me apuraba, alguna que otra parte de su cráneo. ¿Por qué no?
A pesar de su amenaza de maricona, llevaba ya las suficientes victorias en la Jaula como para tenerlo acojonado. Sabía que, en realidad, no era rival para mí, pero me apetecía callarle esa boca apestosa de una puñetera vez.
Ni siquiera me acuerdo de cómo había sido el momento en que mis pies me habían devuelto a aquel pub de Shinjuku. Únicamente recuerdo que había llegado hasta allí, había cruzado el interior del local en silencio hasta la puerta y, entonces, ya no había habido marcha atrás.
Me sentía invencible. Todos aquellos días de noviembre en que me había subido a la Jaula, me habían devuelto todo el poder que había creído oxidado. Un poder adictivo.
El único capaz de acallar todas las voces que brotaban a cada instante en mi cabeza.
Era como si nunca se acabaran; cada día aparecían más y más. Luchar era la mejor forma de dejar de sentirlas.
Todas ellas habían empezado aquel puñetero miércoles, después del fin de semana del torneo. Ya las había percibido, cuando Temari se me había acercado sigilosa en la pista de baloncesto de la última planta. Me había besado y, al principio, la había correspondido. Sin embargo, como una mosca cojonera, el rostro de Sakura había aparecido en mi mente, por lo que había terminado rechazando a Temari. Qué capullo, había pensado de mí mismo después. Podría haberme dado un buen festín teniendo a la Sabaku así de cachonda. En lugar de eso, había estado deseando que llegara la tarde para ver a la pelo-chicle en su trabajo.
La mierda había sido que Itachi me había obligado a limpiar toda la casa. Últimamente estaba más maruja que nunca, y ni de coña me permitía salir a menos que hubiera terminado con lo que me ordenaba. Supongo que le hacía caso porque incluso yo detestaba que la casa estuviera hecha una pocilga.
Creyendo que todavía tendría tiempo de tomarme algo en la cafetería de Sakura, al terminar de limpiar había salido corriendo hasta Shibuya. Entonces me había encontrado con aquella sorpresa: la molesta peli-rosa charlando y riendo con el puto amigo pelirrojo de mi hermano. Sasori. Hasta su nombre me repugnaba. Les había visto coqueteando: él acercándose a ella y acariciándole la cabeza, y ella sonrojándose como una monjita. Y les había visto a ambos marchándose juntos, a lo que parecía ser una cena romántica... ¿Romántica? ¿Quién coño lo sabía?
El caso era que, desde aquel día, esas jodidas voces no me dejaban en paz.
Eran voces histéricas. Voces que removían emociones incomprensibles dentro de mí. Sentía rabia. Furia. Ira. Todo el tiempo. Y todas ellas me repetían constantemente lo gilipollas que era. Lo estúpido que resultaba. Lo débil que me mostraba. La mierda en la que me había convertido.
Pero no iba a permitir que ninguna de ellas me doblegase. Así como tampoco permitiría que Sakura fuera la que las controlara.
Estaba hasta los huevos.
Por supuesto, me había reunido con Fûka después de aquello. Y ella lo había aceptado con sumo gusto, sobre todo, desde que sabía que había vuelto a pelear. Al fin, después de dos putos meses sin poder mojar en condiciones, me la había tirado. De una forma salvaje y desbocada, sin descanso.
Pero seguía costándome si pensaba que era con ella con la que me acostaba. No me atrevía a reconocérmelo en voz alta, pero aquella era la única norma que me permitía saltar. Con la que, además, de vez en cuando aplacaba superficialmente todas esas voces.
Pensar en Sakura mientras me follaba como un loco a Fûka.
Mi número de mujeres se había reducido a la chica del pelo caoba. No me sentía con el interés suficiente como para probar cuarenta mil chochos distintos. De momento no. Ya no.
Lo único que me interesaba de verdad era la Jaula y, cada cuanto, saciar mis necesidades fisiológicas con Fûka.
Pero Naruto solo sabía darme por culo con ese asunto.
Me encontraba en mi dormitorio, recogiendo una toalla del armario para ir directo a la ducha. Ya era sábado. El combate contra Jûgo sería en unas horas. Y, por alguna razón, como si hubiera sido cuestión de un día, no paraba de evocar en mi cabeza la discusión que había tenido con el imbécil rubio, semanas atrás.
–He oído un rumor –había empezado a decir Naruto.
Llevaba rato notando que estaba más torpe que nunca jugando al billar. Tras soltar aquellas palabras, volvió a fallar el tiro.
–¿Qué rumor? –quise saber, al tiempo que me inclinaba sobre la mesa y apuntaba con el palo hacia una bola azul.
–«El Legendario Uchiha ha vuelto a las andadas». ¿Qué crees que significa? –me interpeló el rubio idiota.
–Dímelo tú.
Disparé y la bola entró en la esquina derecha.
–Teme, ¿qué coño haces volviendo a ese sitio?
–Entretenerme –me limité a decir.
–Ya, ¿y no te basta el Club de Kárate para eso?
Esbocé una media sonrisa sarcástica.
–Verás, pelearme un ratito por la noche me ayuda a conciliar mejor el sueño.
–Estás de coña, ¿no, teme?
–No.
Él se me quedó mirando con esa patética cara de incrédulo.
–Sasuke, allí están todos locos. ¿Acaso quieres volverte como ellos?
–En absoluto. Yo sé dónde está el límite entre la cordura y la demencia.
–¿En serio? Porque empiezo a pensar que estás más pillado de la cabeza de lo que presumes.
Me encogí de hombros y le miré directamente a la cara.
–Tu turno, dobe –le incité.
–No, no me llames dobe –rezongó, mientras se inclinaba para intentar meter otra bola. Solo consiguió desviar la negra hacia uno de los agujeros. Pero ya no le afectaban sus fallos–. Solo puedes llamarme dobe cuando te comportas como un tío de verdad.
Se me escapó una breve risa, cargada de cinismo.
–¿Qué pasa? ¿Te jode que yo me atreva a subir de nuevo allí y tú no, dobe? –sí, me importó una mierda su comentario.
Casi pude oír cómo rechinaba los dientes, después de que yo disparara la siguiente bola. Otra que conseguía meter.
–Más bien me jode que seas tan débil –esta vez, él también logró insertar una.
Me coloqué de espaldas encima del tablero y pasé el palo por delante de mis lumbares, con idea de hacer un movimiento que, en teoría, metería dos a la vez.
–Y sé que todo esto es por Sakura-chan, igual que tú también lo sabes, Sasuke.
No logré introducir ninguna bola en ningún agujero.
–¿Qué mierdas hablas, capullo? –escupí.
–Ah, vaya, veo que empezamos a subir el grado de los insultos –observó Naruto. No hizo ningún amago de proseguir con la partida–. Creo que he dado en el clavo, ¿eh? Vamos, admítelo.
–No tengo nada que admitir –le lancé una mirada gélida, con la misma frase que le había dicho en el pasado.
–Sí, sí tienes. No a mí, necesariamente, pero sí a ti mismo. Todo esto es consecuencia de no haberle confesado a Sakura-chan lo que sientes por ella.
Entorné los ojos.
–Yo no siento nada por ella.
–Eres un cobarde.
Tan pronto me arrojó aquel comentario, solté el palo y le agarré por el cuello de la camiseta. Simultáneamente, sus manos también se aferraron a la mía. Su espalda se estampó contra la pared, con un golpe seco.
–Bien, Sasuke, me alegra saber que tienes ganas de pelea conmigo, porque ya estaba fantaseando con partirte el hombro otra vez –me sonrió forzosamente, con un brillo de pasión en sus ojos azules.
Percibí algunos murmullos de la gente a nuestro alrededor, pero la furia se apoderó de mí, sin permitirme atender a nada más que al rubio idiota que tenía ante mí.
Le dediqué una sonrisa torcida.
–No pensaba que tu propósito para esta noche fuera recompensar la genial velada que habría tenido hoy en la Jaula, de no ser porque había quedado contigo –señalé irónicamente.
–¿Genial velada? ¡Vamos! ¿Ahora también te la chupan por cada combate que ganas? ¡Joder!, me estoy perdiendo una diversión de la hostia.
–Tiene gracia que lo digas tú, que ya has olvidado lo que es una buena mamada por culpa de la Ojitos Perla..., ¿o es que ya te la has cepillado?
Sentí que su mano se cerraba un poco más en el cuello de mi camiseta.
–Por lo menos yo tengo los cojones que hacen falta para confesar mis sentimientos a quien me da la gana. Pero ¿y tú? Eres un puto esclavo de tus inseguridades. Cualquiera puede vencerte en este estado.
Fue como si con cada palabra, cada sílaba y cada letra que me lanzó, hubiese abierto boquetes en mí, desde donde exhalaba toda la cólera que me abrasaba por dentro.
En ese preciso instante, unas manos me agarraron por debajo de los hombros, y el rubio idiota quedó lejos de mi alcance.
–¡Sasuke! ¡Naruto! ¿Qué coño estáis haciendo? –inquirió Kiba desde detrás de mí.
Casi me había olvidado por completo de que el indio mohicano, el Cejas Depiladas de Shikamaru y el Barril de Chôji habían venido con nosotros a ese club. Habían estado entretenidos con el futbolín.
Naruto se zafó del agarre de Shikamaru con un movimiento de hombros. Al contrario de lo que había esperado, no se abalanzó sobre mí. Se me quedó mirando fijamente, con una expresión de alarma colándose por su frente arrugada.
–No quiero pelear contra ti, teme. ¿Es que no te das cuenta? –el tono de su voz ya no contenía rabia, sino, más bien, tristeza–. ¿No ves lo que esa mierda te hace? Si te doy la morga con que lo dejes, es por ti. Por tu bien.
–Sasuke, ¿te drogas? –nos interrumpió en ese momento Chôji, mirándome con expresión anonadada.
Puse los ojos en blanco.
Menudas gilipolleces entiende siempre el gordo.
–Teme, por favor, no merece la pena –me volvió a suplicar Naruto.
Solté un resoplido lleno de exasperación; sin embargo, no le contesté. En el fondo, tuve ganas de decirle muchas cosas, pero en mi mente estaban todas desordenadas. No había forma de encontrar cohesión en aquel cúmulo de pensamientos que desbarató mis entrañas.
Y esas voces volvieron a la carga.
Igual que había hecho él, me deshice del contacto de Kiba, bruscamente. Fulminé al idiota rubio unos segundos con la mirada, ignorando a los demás, y finalmente decidí que era mejor largarme de allí.
Sentí la mirada de Naruto enquistada en mi espalda hasta el final.
El agua cayó por mis hombros como disipando las últimas huellas de ese recuerdo. Después de aquella discusión, Naruto y yo no habíamos vuelto a cruzar palabra. Honestamente, ignoraba cuánto tiempo continuaríamos así.
Ignoraba siquiera cuántas veces más continuaría subiéndome a la Jaula.
Mientras cerraba el grifo y me dirigía al taburete frente al espejo para enjabonarme, recordé otra cosa de la que ansiaba poder olvidarme algún día. Poco después de aquella disputa en el club de ocio, había llegado una carta al apartamento con un mensaje para mí.
Si esto es todo lo que puedes ofrecer ahora, mejor abandónalo.
Madara Uchiha
Tanto envoltorio para una sola oración. Pero no había hecho falta nada más. Para mí, había quedado más que claro a qué se refería. Y me jodía comprenderlo. Muy a mi pesar, a mí también me daba rabia ese hecho.
Me estaba humillando porque el Club de Kárate Konohagakure no había ganado el Campeonato Nacional.
Y yo formaba parte de ese club. De ese equipo. De esa derrota. Aun cuando hubiera vencido a Sai en la categoría de kumite.
Mi abuelo era experto en hacerme sentir de esa manera. Mientras me frotaba el cuerpo con la esponja, me hice una ligera idea de lo que me habría hecho si hubiese perdido en su presencia. Probablemente, me habría llenado de latigazos, igual que mi padre cada vez que regresaba a casa borracho tras cualquier tipo de evento.
Aunque me frustraba haber perdido, creo que prefería quedarme con ese equipo. Al menos no sufría más castigo que el de mi propia flagelación mental.
Terminé de llenarme de gel de baño y champú, y me metí de nuevo en la ducha. Volví a colmarme del rocío revitalizante que despedía ese grifo, conteniendo un dolor sordo cuando el agua resbaló por mi espalda. Hacía unos días, un cabrón contra el que me había enfrentado había añadido una señal a la larga lista de cicatrices que se desparramaba por todo mi cuerpo. A veces parecía como si el tatuaje de mi trapecio fuera un mero hematoma más.
Antes siempre me había preocupado, sobre todo, por cómo me verían las chicas que no estaban acostumbradas a los «chicos malos», o a lo que parecía que eran esos chicos por su aspecto físico. Después, había aprendido a seleccionar a las más intrépidas para acostarme con ellas y a las más prudentes para limitarlas a unos besos. Lo del tatuaje tampoco me costaba ocultarlo mucho, por suerte, aunque era una de las razones por las que no pisaba la playa muy a menudo. Me sorprendía que alguien como la hermana de Sakura, o la misma Sakura, no se hubiese asustado al verlo.
Sacudí la cabeza y rápidamente dejé que el agua me empapara la cara.
Otra vez pensando en esa friki pelo-chicle.
¿Qué diría Sakura si supiera que yo luchaba en un lugar como la Jaula?
Aquella pregunta rondó por mi mente, incluso cuando concluí mi ducha y salí del cuarto de baño.
Me obligué a dejar de pensar en ella. Tenía que hacerlo si no quería que esas voces empezaran a bombardearme. Estaba muy seguro de lo que haría esa noche, y no quería que nada ajeno me distrajera. Me vestí con una camiseta y una sudadera normales, unos pantalones deportivos y unos calentadores en los antebrazos, que cubrían las cintas oscuras que me había enrollado en las manos. Así, evitaba rasponazos. Luego, en la entrada, me calcé las zapatillas, sin olvidarme de coger mi chaquetón antes de salir.
Era la primera semana de diciembre, y hacía un frío que te cagas.
Desde cada esquina, el viento soplaba de una forma continua y profunda. Todavía no había nevado, pero era algo que seguramente ocurriría en las próximas semanas. En invierno, Tokio se convertía en un santuario de blancura, atestado de las luces rojas típicas de la ambientación navideña. Ni siquiera quería imaginarme otra vez esos abetos artificiales saturando las tiendas.
La Navidad me daba arcadas.
Cogí el metro hasta Shinjuku y me dirigí más allá del Jardín Nacional Gyoen. Al llegar a la Plazoleta, confirmé que Suigetsu y Karin se habían adelantado.
–¿Qué? ¿Listo para el combate, querido Sasuke-kun? –el saludo del tipejo de pelo plata fue tan agradable como siempre.
–Me sorprende que andes por aquí, esperándome, y no chupándole el culo al Zanahorio –repliqué secamente.
–¡Yo no le chupo el culo a nadie, y tampoco te estaba esperando! Estoy aquí porque me da la gana –protestó.
Le ignoré y me volví hacia Karin. Sus ojos caramelo delataban un profundo sentimiento de inquietud.
–¿Por qué has venido tú? –exigí saber.
Ella dio un respingo y me miró dubitativa.
–No quiero ver que te pasa nada –reconoció con timidez.
Rodé los ojos.
Iba a responderle que podía estar tranquila cuando, de pronto, alguien se tiró sobre mi espalda. Por los dos bultos blandos que noté detrás, me imaginé quién podía ser antes de que se me ocurriera soltar un puñetazo.
–Sasuke-kun –Fûka arrulló mi nombre con jugueteo–, ¿preparado para el combate de esta noche? Si sales ganador, habrá premio, ya lo sabes.
Arqueé una ceja y la miré por el rabillo del ojo.
–¿De verdad me subestimas? –inquirí.
Aquello pareció calentarla como a una coneja en celo. Sin moverse de mi espalda, giró un poco más mi cabeza y me dio un beso desenfrenado. Su lengua se movió dentro de mi boca como un cascabel, con tanto deseo que casi no pude seguirla. Sabía por qué lo hacía. Karin estaba allí y era obvio que yo le gustaba. Fûka era muy territorial.
–Está bien, maravillosos amantes del sexo en público sin que os importe una mierda quien esté delante –Suigetsu casi se quedó sin saliva–, ¿podemos irnos ya? El combate empieza en media hora y lo suyo es que estemos por allí antes..., por si acaso, ya sabéis. Con suerte la pasma no nos interrumpirá esta noche.
–Esperemos que no –respondió la chica del pelo caoba, siempre con su tono divertido y cantarín.
Nadie pronunció más palabra, decidimos finalmente hacer lo que Suigetsu había propuesto.
El pub donde se escondía la Jaula no quedaba muy lejos de la Plazoleta. Entrar era sencillo; cualquier persona podía hacerlo. Sin embargo, llegar hasta el recinto donde tenían lugar los combates exigía una contraseña al barman. Taurus, o lo que es lo mismo, toro en latín. En nuestro caso, nosotros éramos ya conocidos usuarios de aquellos lares, por lo que nos dejaban entrar sin necesidad de dar ninguna contraseña.
Cuando crucé la puerta del pub, noté que varios asistentes, incluido el camarero, tenían sus ojos puestos en mí. Todos ansiaban ver ese combate. Me abstuve de sonreír, aunque por dentro me sentía triunfador.
Tenía la certeza de que ese día destrozaría a mi adversario.
La Jaula se situaba en medio de un amplio espacio: sucio y escabroso, rodeado por el edificio donde se encontraba el local y un bloque de pisos abandonado. Lo cerraba una enorme alambrada, con altos muros de lado a lado que lo aislaban de la visión y de los oídos de los transeúntes. El techo estaba cubierto por un cristal grueso, manchado de motas antiguas de lluvia y el moho que se acumulaba entre los hierros (al menos se podía ver un poco el cielo). Lo que se conocía como la Jaula en sí era un cuadrilátero completamente enrejado. No tenía salida por arriba y se accedía a él por dos puertas, que se cerraban durante el combate. Entre la infinita red que cubría el ring, los focos de una aciaga luz amarillenta colocados en las esquinas del recinto y el cúmulo de gente enardecida que acudía a avivar el enfrentamiento, aquel sitio adquiría un efecto claustrofóbico que, de vez en cuando, traumatizaba a los luchadores.
De ahí a que, como decía Naruto, estuvieran todos como una puta cabra.
Jûgo ya estaba allí cuando llegamos. Se había colocado al otro lado y, a través de la visión de la verja, comprobé que se estaba enrollando unas cintas en las manos, similares a las mías. Su postura era altanera y confiada, como la de un gallo frente a sus gallinas.
Los espectadores empezaron a entrar poco a poco en el recinto.
–Bueno, chicos, quiero que sepáis que yo soy neutral en esto. Gane el que gane, me iré a comer una buena parrillada con él –comentó Suigetsu, llevándose las manos a la nuca con despreocupación.
¿Neutral? Chaquetero diría yo.
No le respondí en voz alta. Me la sudaba bastante lo que dijera ese capullo con cara de tiburón. Pese a sus palabras, él seguía en mi lado, no en el del Musculitos Zanahorio.
Me quité la sudadera y los zapatos, y Karin se apresuró en recoger sendas cosas. Fûka le dedicó una mirada envenenada. Seguidamente, echó las manos en torno a mi cuello y me besó con demanda de nuevo.
–Gana por mí, Sasuke-kun. Demuéstrame que sigues siendo ese chico que me pone a cien sobre el ring –susurró en mis labios.
Mis ojos la contemplaron unos segundos y, luego, buscaron a Karin. Ella desvió la mirada. Bajo la lúgubre luz que nos envolvía, detecté un ligero rubor en sus mejillas. Un rubor de frustración.
En realidad, si me detenía a pensarlo, cualquiera hubiera dicho que aquellas dos eran familia. Tenían un color de pelo parecido, quizás más oscuro en el caso de Fûka. Las mayores diferencias que encontraba entre ellas eran que una llevaba gafas, mientras que a la otra le encantaba andar con esas lentillas azul oscuro, y, por supuesto, las personalidades tan dispares de cada una. Aun así, parecían la hermana mayor dominatrix y la pequeña cohibida de la informática. Bueno, cohibida... delante de Fûka. Cuando estaba solo Suigetsu, nadie negaría que tenía carácter.
Minutos después, detrás de una plataforma protegida por un cristal que había cerca de la Jaula, aparecieron los miembros de lo que se conocía como la Organización. Es decir, los responsables de que aquel lugar existiera. Todos ellos ocultaban sus ojos detrás de unas gafas oscuras y gran parte de su cuerpo con ropa holgada.
–¡Muy buenas noches a todos los presentes! ¿Cómo estáis? Espero que muy bien, porque lo que vais a ver esta noche será un espectáculo sin precedentes –empezó a anunciar uno de ellos por un micrófono.
El público estalló en aplausos y gritos de exaltación. Un colaborador llegó hasta mí y me indicó con la mano que subiera por las escaleras del cuadrilátero. Cuando nos abrieron las puertas, me enfoqué imperecederamente en Jûgo.
–Bien, bien, veo que estáis animados. ¡Y no es para menos! Hoy están aquí, con más de veinte victorias obtenidas en el último año, el magnífico, portentoso, colosal... ¡Jûgo Tenpin! –los asistentes aumentaron sus vitoreas y el choque de sus palmas eufóricas–. Y tras su retiro de un año, llevando a sus espaldas cincuenta victorias consecutivas, a las que se suman seis más de las últimas semanas, ¡el Legendario Sasuke Uchiha!
Todo el mundo coreó mi nombre, de un modo que me infló el pecho de un inminente orgullo. Lo mejor de todo fue que las voces en mi cabeza comenzaron a sonar más débiles, como si todos aquellos gritos y clamores las ahogaran lentamente.
Los ojos de Jûgo ardieron con vehemencia.
–Al fin ha llegado este momento, Sasuke Uchiha. ¿Preparado para que te aplaste como a una hormiga? –su voz fue penetrante, ansiosa por suscitar un poco de miedo dentro de mí.
En contraposición, no se me movió ni un sola fibra.
–Me pregunto si no serás muy ladrador y poco mordedor –solté, dedicándole una sonrisa irónica.
Jûgo torció el gesto. Incapaz de esperar más, tensó los músculos y se preparó para el combate. Con más disimulo, yo hice lo mismo.
No había árbitros. Ni pitidos. Solo la Voz de la Organización.
–¡Y... comienza el combate!
Al contrario de lo que había creído, el musculitos de pelo anaranjado no intentó alcanzarme en el primer segundo. Su técnica tenía bastante de kickboxing, por lo que empleaba esencialmente los puños como en boxeo y, cada cierto tiempo, piernas. Analicé sigilosamente su expresión corporal: la posición de sus pies, la tensión de sus codos y la energía que ponía en cada ataque. Era fuerte, de eso nunca me había cabido duda. Aunque menos desesperado de lo que había pensado en un principio.
Durante los primeros minutos me tanteaba con las piernas, lo cual me sorprendía. A medida que avanzaba la pelea, me fui dando cuenta de que le había subestimado antes de tiempo. Sus movimientos eran como los de un profesional. En las peleas callejeras de la Jaula pocas veces se encontraban auténticos luchadores de artes marciales. La mayoría era gente a la que solo le apetecía perder el tiempo abriéndose los nudillos y alardeando de lo valientes –o estúpidos– que eran por haber conseguido un ojo morado. Por mi parte, siempre había procurado enfrentarme a los que tenían un mínimo de conocimiento en algo. Jûgo tenía más que eso.
Ambos trotábamos sobre el viejo tatami del cuadrilátero, descalzos. Me picaban las plantas como si el suelo quemara. El impacto de nuestros pies sobre aquella textura rugosa era peor que llevar puestos los zapatos; nada que ver con el suelo liso del pabellón en el Campeonato Nacional. Nos mantuvimos de esa manera: probándonos, evaluándonos, resistiendo los ataques del otro sin rematar, más minutos de los que eran normales resistir en un combate. Hasta que, poco a poco, empecé a flaquear, pestañeando mucho cuando el sudor me caía sobre los ojos, sacudiendo la cabeza para espabilarme. A pesar de que nunca me había afectado, supe enseguida que era por haber comido poco.
Últimamente estaba perdiendo el apetito.
–¿Qué te pasa? –empezó a reírse Jûgo, mientras daba brincos de un lado a otro por la Jaula. Me acechaba como un tigre, impaciente por hincarme los dientes–. Te noto cansado, Uchiha, ¿o solo me lo parece a mí?
Saqué a relucir una sonrisa torcida, pero mantuve un puño bajo y el otro cerca de mi pómulo. No quería que me pillase con la guardia baja.
–Habla por ti –le contesté.
De repente, me lanzó una patada, soltando un alarido con el que solo pretendía intimidarme. La bloqueé con un movimiento firme de mi mano y, seguidamente, él me arrojó una metralla de puñetazos. Los esquivé todos. Sonreí en mis adentros al comprobar que empezaba a desesperarse. Tal y como había estado esperando.
Rodó sobre sí mismo y proyectó otra patada hacia mi cara. Aproveché entonces para atraparle el pie. Eso le descolocó. Antes de que reaccionase, ensarté mi pie en su cadera y le pisoteé el riñón derecho con todas mis ganas, obligándole a caer.
No le dejé descansar. Lo primero que hice fue incorporarle, agarrarle la cabeza y repetir el mismo movimiento que hice con Sai en el torneo: una patada hacia adelante y otra hacia atrás. Cuando su coronilla tocó el suelo, me senté sobre él y comencé a repartir puñetazos por todo su cráneo. Me llené los puños con la sangre de las heridas que conseguí abrirle, deseando llevarle a su límite. Su rostro entero se enrojeció.
Aun así, no fue suficiente.
Sin previo aviso, sus gruesas manos le protegieron y, de pronto, uno de sus codos se lanzó hacia mi boca. Me levanté de un bote por la impresión y perdí el control de mis fuerzas. Seguidamente, él descargó un puñetazo en el centro de mi estómago. Me vi catapultado hacia atrás y mi espalda se estampó contra la red que cercaba la Jaula. Respiré con dificultad, demasiado débil en ese momento como para contraatacar enseguida.
Él no continuó. Me dejó descansar un poco, lo cual me jodió. Estaba pavoneándose frente al público, alargando mi agonía.
Mientras intentaba retomar el aliento, miré fijamente a ese cabrón. Me pasé el dorso de la mano por mi labio inferior. Antes de verla sobre mi piel, sentí la sangre resbalando por mi ceja derecha.
¿Cuándo coño me ha hecho esto?
–Vaya, vaya, el Legendario Uchiha está sangrando –la risa burlona de Jûgo explotó en medio de aquel momento de confusión–. Si la sangre de tu familia es tan valiosa, supongo que no puedo resistirme en probar un poco.
Se pasó un dedo por la sangre que le manchaba el codo. Mi sangre. De manera horripilante, su lengua recorrió la yema de ese dedo.
Puto lunático de mierda.
Fue un visto y no visto, dio un brinco y remontó contra mí. Descargó un puñetazo, que pude esquivar a tiempo. No obstante, fui incapaz de devolverle el ataque. Por más que me esforzaba en endurecerlos, tenía los músculos flojos. Aquel golpe en el estómago me había dolido de verdad.
–¡Solo eres un enano jugando a cosas de mayores! –me gritó–. Ni siquiera tu sangre es especial, ni tu familia, ni tu apellido, ni tu nombre.
Giró y volvió a lanzarme un puñetazo. Esta vez, al eludirlo, di un ligero traspiés.
¡Gilipollas! ¡No te caigas ahora!
–¡Vamos! –aulló, y me arrojó una patada circular.
Aunque la detuve, su espinilla se hincó en mi codo, insistiendo en ceder, como si fuese una lapa. Todas sus facciones estaban contraídas en una mueca de histeria.
Soltó una carcajada henchida de placer.
–En serio, si esto es todo lo que puedes ofrecer ahora, mejor abandónalo.
Y quise disparar inmediatamente un ataque. Directo a su boca. Y meter la mano dentro y arrancarle la lengua. Y hundir mi rodilla en su entrepierna. Y oír todos sus huesos y extremidades crujir.
Pero aquellas palabras me dejaron sin aire.
Fue como si, de repente, mi abuelo Madara se hubiera personificado ante mí, señalándome con un dedo, bajo aquel gesto descendente de sus labios. Mirándome como si fuese la escoria más horrenda que había pisado este mundo. Como si solo pudiera sentir vergüenza. Como si no fuera de su misma sangre.
No pude reaccionar. Se me ablandaron los brazos, y la pierna de Jûgo me lanzó de vuelta al enrejado. Caí al suelo del modo más humillante, degradante y bochornoso que había caído jamás.
–¿Qué te pasa, Uchiha? –la saliva del Musculitos Zanahorio me salpicó la mejilla. Se había arrodillado a mi lado–. ¡Vamos, muévete de una puta vez!
Su voz sonó furiosa, contraria a la sensación de gozo que me había transmitido segundos antes. Sabía que le estaba defraudando. Yo a mí mismo también.
–¿Qué coño te ocurre? ¡Tú das más que esto, joder! –siguió regañándome.
Qué gracioso, ¿no? El que era mi rival estaba allí, casi encima de mí, tratando de alentarme para que me alzara y continuara peleando.
–¡Me cago en la hostia, Uchiha!
No me sorprendió que Jûgo me agarrara del cuello de la camiseta para incorporarme. Más bien, lo que me sorprendió fue el guantazo que me propinó en la mejilla, volteándome la cara. Escupí unas cuantas gotas de sangre. Por suerte, no me había roto ningún diente.
–¡Venga! ¿Esta es la mierda que eres en realidad? ¡Lucha!
Me lo estaba diciendo él. Me lo estaba diciendo el coro de personas que clamaban a nuestro alrededor. Me lo estaba diciendo yo mismo.
Pero, de nuevo, esas voces.
Se habían exaltado más que nunca. Me estaban chillando desgarradoras que dejase aquel combate; que me marchase de allí. Se entremezclaban con el mensaje de aquella carta, y con las palabras acusadoras de mi abuelo, y con las protestas de mi padre. Era como si aquellas voces pudieran revivir los momentos de mi pasado que más odiaba, de una forma mucho más tangible a lo que había experimentado en el Campeonato Nacional.
Y comprendí súbitamente por qué.
Esta vez estaba solo.
Completamente solo.
Mis ojos dieron un rápido rodeo por todo el recinto. Ninguna de las personas que estaban allí eran importantes. Ninguna eran mis amigos. Ninguna era Naruto. Ninguna era...
–¡Tú lo has querido, cabronazo! –Jûgo preparó un nuevo puñetazo contra mí.
Miré hacia adelante...
... y fue como si el tiempo avanzara a cámara lenta.
–¡Eh! ¿Quién eres tú? –oí la Voz de la Organización.
Fugazmente, alcancé a ver una media melena de un tono rosa pastel. Acto seguido, una mano entrelazó el puño que Jûgo estaba dispuesto a descargar sobre mí. Un segundo después, él me soltó, con el brazo flexionado hacia atrás. Lo vi doblarse y salir volando, directo al suelo. Todo el tatami tembló por el impacto que provocó su pesado cuerpo al caer.
–¡Sasuke! ¡Madre mía, estás hecho un Cristo! –Sakura corrió hasta mí, dejando a Jûgo en el suelo, y todo su aroma a cerezas espantó la pestilencia a sudor con la que el otro me había invadido.
Abrí los ojos de par en par.
–Tú... Tú estás aquí –no pude articular nada más coherente.
Ella me fulminó con la mirada, bajo una expresión que me hizo gracia. ¿Cómo podía transmitirme alegría en medio de un ring atestado de sangre y vitoreas tóxicas?
–¡Yo te mato, Sasuke! ¿Te enteras? ¡Te ma-to! –me apuntó con un dedo amenazante.
Ni siquiera pude quejarme en mis adentros de lo pesada que era. Ahí estaba, una vez más, con aquella expresión increíble. La misma que me había mostrado aquella vez cuando, de pequeña, me confesó que me quería. La misma que removía emociones desconocidas dentro de mí. La misma que provocaba que no dejara de mirarla. Solamente a ella.
Su expresión guay. Como una heroína.
A continuación, todo se desarrolló más deprisa.
Percibí a Jûgo levantándose detrás de Sakura, con el rostro transfigurado en una máscara de cólera. Por acto reflejo, cuando fue a precipitarse sobre ella, la empujé con todas mis fuerzas a un lado. Me sentí revitalizado por un instante y rodé esquivando el ataque del Musculitos. Sabía que iba detrás de mí, e intenté levantarme del suelo; sin embargo, el dolor de mi estómago solo me permitió trastabillar hasta la otra esquina.
Entonces Jûgo me atrapó un pie y tironeó de mí hacia atrás. Me volví para encararle, pero antes de poder hacer nada, Sakura se interpuso entre los dos.
–¡Basta ya! –la oí exclamar.
Y, en un abrir y cerrar los ojos, su puño se hundió con brutalidad en la mejilla del Zanahorio. Él salió rodando hacia atrás.
Todo el recinto se sumió en un absoluto silencio. Conmocionado.
Me quedé alucinado. Tanto como el propio Jûgo, que apenas se atrevió a incorporarse un poco. Ambos miramos atónitos a la peli-rosa que jadeaba en medio de los dos, con el brazo flexionado, aún cerrando el puño.
Inspiró hondo, y se giró para mirarme.
–¡No se puede intervenir en el combate, chica! ¡Bájate de ahí! –continuó protestando la Voz de la Organización.
Sakura hizo caso omiso. Se agachó junto a mí y, pasando mis brazos por sus hombros, me ayudó a levantarme. Cuando su mano derecha sujetó mi cintura, noté que temblaba. Aun cuando tenía un gancho impresionante, para ella aquel puñetazo debió de haberle dejado un dolor de mil demonios.
–¡Jûgo, para! ¡Sakura no es tu contrincante! –Suigetsu apareció por la puerta abierta de la Jaula, con las manos en alto.
Oí el gruñido del aludido y, al girar la cabeza, descubrí que ya se había levantado.
–¡Esto no quedará así, Sasuke Uchiha! –rugió, enseñándome todos los dientes.
–Sí, sí quedará así –Sakura expuso una voz decidida y rotunda. Miró a Jûgo con tanto ardor en la mirada, que incluso a mí se me pusieron los pelos de punta–. Ya no habrá más peleas.
Él no dijo nada. Tampoco se movió. Se quedó paralizado en medio del cuadrilátero, con la cara bañada en sangre por todos los golpes que había recibido. Y, pese a todo, deslumbrado.
–¡Oye, oye! ¡Chica del pelo rosa! ¿A dónde vas con Sasuke Uchiha? ¡Todavía no ha acabado la pelea! ¡Vamos! ¡Te permitiremos luchar a ti también! Hacemos excepciones, pero no te lo lleves –la Voz de la Organización prosiguió en su afán de frenarnos, pero nadie más se atrevió a abrir la boca en todo el recinto.
Sakura se detuvo un momento cuando pasamos junto a Suigetsu.
–Muchas gracias por esto.
El chico de las melenas plateadas chasqueó la lengua.
–No me lo agradezcas a mí, sino a Karin. A mí me has aguado la fiesta –rezongó con desagrado.
¿Karin? ¿Acaso tenían esto planeado o algo?
Miré a la peli-rosa inquisitivamente, pero ella, aparte de sujetarme, no mostró signos de querer atenderme. Sorteamos la figura de Suigetsu y bajamos por las escaleras. De reojo, detecté la figura de Fûka, inmóvil entre las sombras. Sus ojos escrutaban a Sakura con una honda rabia. Ante su aparición, comprendió que nuestra noche tórrida se había cancelado. Yo no haría nada por evitarlo.
Aunque hubiera sido lo mejor para mi orgullo, no sentía fuerzas para enfrentarme a mis propias emociones. Las voces se habían callado.
Cruzamos el pub en silencio, con la mirada curiosa de todos los presentes. Intenté mantener la compostura lo mejor que pude, sin quejarme. Hubo murmullos, pero había poca gente y no parecía como si alguno desconociese lo que se escondía detrás de la puerta por donde veníamos.
Karin nos esperaba en la entrada.
–Lo siento, Sasuke-kun... No podía seguir viéndote así, y Sakura se presentó con tanta determinación que me fue imposible detenerla –confesó avergonzada.
Volví a mirar a la aludida; sin embargo, al intentar preguntar, sentí una punzada de dolor en el estómago.
–Gracias también a ti por todo, Karin –dijo la peli-rosa–, pero tengo que llevar a Sasuke al hospital.
Negué rápidamente con la cabeza.
–Ni se te ocurra llevarme a ningún hospital... –rechacé con dificultad.
Sakura rodó los ojos.
–Hay una farmacia a dos manzanas de aquí –comentó Karin–. Si quieres, puedo acompañaros hasta allí. Así será más fácil, ya que Sasuke...
–No te preocupes –le cortó inmediatamente la peli-rosa–. Podré cargar con él sin problemas. Solo necesito algunas cosas para curarle las heridas... y esperemos que no tenga ningún órgano del vientre dañado.
La pelirroja vaciló un poco.
–Está bien, pero si necesitas lo que sea llámame –contestó a regañadientes.
Sakura asintió.
Karin me ayudó a ponerme los zapatos y la sudadera; después, nos dejó paso para salir. Sin mediar más palabra, la pelo-chicle me sacó de aquel pub.
Eran las diez y media de la noche, y el ambiente calaba casi como si hubiese nevado. En realidad, estaba deseando que lo hiciera. Siempre he pensado que la nieve es interesante.
Sakura compró tiritas, vendas, algodones, antiséptico, pomada antiinflamatoria y una compresa de hielo en la farmacia. Después, cargó conmigo hasta el Gyoen, pese a que yo notaba que le seguía temblando de vez en cuando la mano derecha. Intenté caminar por mí mismo en un par de ocasiones, pero cada vez que lo hacía el dolor en el estómago me traicionaba. Aunque, por fortuna, cada vez era menos intenso.
Para evitar miradas pendientes de nosotros, nos detuvimos debajo de un enorme árbol. Había la suficiente oscuridad como para pasar desapercibidos.
Sakura se acercó a mí en cuanto me senté. Inesperadamente, me alzó la sudadera y la camiseta. Sentí un escalofrío cuando sus manos frías palparon mi abdomen.
–¿Ahora piensas violarme? –intenté sonar divertido, pero la situación me tenía hecho un lío por dentro.
Ella no se lo tomó a chiste.
–No soy como tú. Quería comprobar si te habías roto algo, pero solo es una contusión –replicó secamente, dejando caer de nuevo la ropa sobre mi barriga.
La miré con detenimiento. Su expresión era grave. No recordaba haberla visto tan seria desde aquella época que estuvimos meses sin hablarnos, antes del verano.
Se volvió hacia la bolsa que había adquirido en la farmacia y se puso a echar unas gotas de antiséptico sobre un algodón. Cuando quiso llevarlo a mi cara, de repente, compuso una mueca de dolor. Dejó el algodón sobre su regazo y volvió a la bolsa. Se bañó la mano en pomada; luego, desenrolló un tramo de las vendas, que cortó con los dientes. Solo ella podía ser tan bruta como para hacer algo así y tan torpe como para no haber pensado en comprar también unas tijeras.
Apreté la mandíbula.
Una parte de mí estaba tremendamente furiosa por su aparición en la Jaula. Jûgo tendría que estar machacado ahora mismo, y yo jactándome de mi victoria, ya fuera follando como una bestia con Fûka o zampándome la parrillada que me había prometido Suigetsu.
La otra parte de mí se debatía ansiosa, ante la conmoción de lo que había acontecido al final del combate. Que alguien tan inocente como Sakura se hubiera expuesto deliberadamente a tanto peligro al pisar ese lugar, me ponía de los nervios. ¿Acaso estaba loca?
–¿Por qué has intervenido? –decidí disparar al fin.
Ella soltó un suspiro, y no supe muy bien si fue con exasperación o con resignación.
–No eres tú quien debería empezar las preguntas, Sasuke –masculló, concentrada en su vendaje.
Cuando acabó con su mano, permaneció callada y regresó al algodón con antiséptico. Fruncía el ceño más que antes.
–¿Qué quieres preguntar? Al parecer, ya lo sabes todo –repuse, mientras ella se aproximaba con el algodón.
Chasqueé la lengua, sintiendo un fuerte escozor cuando el antiséptico tocó la herida de mi ceja.
–No, no lo sé todo, Sasuke. Y mucho menos sobre esto –su barbilla retembló un instante.
La miré directamente a la cara y descubrí que sus ojos verdes se estaban humedeciendo. Eso me reventó por dentro. Agarré súbitamente su mano, impidiendo que siguiera curando mi ceja partida.
–¿Cómo supiste que estaba allí?
Ella guardó silencio. Hizo el amago de retomar la curación de mi herida, y volví a detenerla.
–Habla de una vez –le exigí con frialdad.
No me miraba a los ojos, aunque en los suyos yo pude ver toda la oleada de emociones que la estaba invadiendo. Era como si fuese a explotar de un momento a otro.
–No importa cómo lo supe; lo que importa es que llegué a tiempo –me soltó como con rabia, como con irritación.
Todo lo que, se suponía, solo debía sentir yo.
–¿Cómo te dejaron entrar? –continué interpelándola.
Sus dedos presionaron mi herida con un poco de fuerza, y reprimí un gemido de dolor.
–Encontré a Karin en la entrada. Estaba bastante nerviosa y, cuando me vio, se quedó muda. Ambas estuvimos de acuerdo en que tenía que sacarte de allí. Le pedí que me llevase hasta ti y, gracias a su presencia, nadie tuvo objeción en dejarme pasar –me resumió.
Enarqué la ceja sana.
–Fuiste a la Plazoleta primero, ¿cierto?
Dudó un poco en contestar.
–Sí, unos chicos me dijeron la dirección de la Jaula.
–¿Unos chicos? ¿Quiénes?
–Unos que encontré por allí. No los conozco.
–¿Y quién te habló de la Plazoleta? ¿Suigetsu? ¿Karin? –entorné los ojos y, como si estuviera presenciando la escena, lo tuve claro–: Naruto.
Me percaté de que se estremecía. Eso me bastó para confirmarlo. Esbocé una sonrisa torcida, llena de cinismo y mordacidad.
–¿Quién os ha mandado a conspirar contra mí? –escupí.
Sakura se detuvo como si acabara de recibir una descarga eléctrica, y solo entonces se atrevió a mirarme. Sus ojos reflejaron tanto horror que casi no pude sostenerle la mirada.
–Eres... Eres... –nunca completó esa frase.
Sin verlo venir, su mano abierta se alzó. El impacto de aquella bofetada removió mucho más que la sangre de mi mejilla. Me quedé pasmado, incapaz de pensar con claridad. No había sido el golpe que más daño me había hecho en toda la noche; el puñetazo de Jûgo había sido más fuerte.
Pero creo que sí fue el que más me dolió desde hacía tiempo.
Mucho peor que cuando me lo había dado frente a todo el instituto, el día en que Gaara intentó enfrentarse a mí.
Giré la cabeza y la busqué. Ella se había levantado y me daba la espalda, de pie frente a mí. Se sostenía la mano vendada, la misma con la que me había soltado el guantazo. Lentamente, conteniendo el dolor que me pinchaba el estómago, me levanté. Suerte que tenía el tronco del árbol para ayudarme.
–Sakura –la llamé.
Pero no me permitió hablar. Se volvió con brusquedad, y en ese preciso momento unas lágrimas resbalaron por sus mejillas.
–¿Es esto lo que quieres, Sasuke? –su voz reveló una desgarradora mezcla entre furia y tristeza–. ¿Quieres que te odiemos? ¿Quieres quedarte solo para siempre?
Se me encogió el corazón. Tenía los ojos tan abiertos que me dolían.
–Conspirar contra ti... ¿Tienes idea de lo fuerte que es que me digas eso? –el volumen de su voz se elevó–. ¡Ese tío te estaba reventando, y ni siquiera quieres verlo! Solo quieres sentirte ganador... Dime, ¿qué puñetas estás ganando con esto?
Tragué saliva disimuladamente, intentando controlar mi ritmo respiratorio. No podía permitir que esa friki volviera a alterarme. Parpadeé con lentitud y mis ojos le lanzaron una mirada de indiferencia.
–No te concierne –espeté con dureza.
–¿El qué no me concierne?
–Lo que me mueve a entrar en esas peleas; la razón por la que deseo ganar. Tú no puedes entenderlo.
–¿Ah, no? –su tono irónico me molestó. Guardó silencio unos segundos, y sus ojos esmeralda se movieron por toda mi figura–. Prueba a ver.
–No es algo que tenga que probar. No es asunto tuyo, y punto –pronuncié la última palabra lo más tajante posible.
Ella soltó una risa floja, cargada de amargura.
–Eres un cobarde.
Igual que todas las veces anteriores en que había escuchado esa palabra, algo explotó dentro de mí. Automáticamente, mis manos volaron a sus hombros y la hice girar hasta que su espalda chocó contra el tronco del árbol.
Contrario a lo que esperaba, incluso bajo aquella oscuridad, el brillo de sus ojos centelleó con fuerza. No me miraba con miedo.
–¿Y ahora qué? ¿Vas a pegarme? ¿Soltarás todo tu odio y tu impotencia sobre mí? ¿Hasta este punto hemos llegado? –aunque sollozó, su mirada desafiante no se debilitó ni un poco.
Mis manos se cerraron aún más en sus hombros, temblando de rabia.
En el fondo, muy a mi pesar, la admiraba.
El tesón que estaba demostrando ante mí me dejaba estupefacto. Un tesón que reducía el mío a cenizas. Y sentí furia. Y experimenté la desesperación, notando que mis propias manos perdían la decisión al contacto con ella.
No podía permitir que me viera débil otra vez. No podía dejarme llevar por aquellas emociones irracionales.
No frente a Sakura.
Afirmé con aplomo sus hombros y me acerqué más a ella, intentando ignorar las dolorosas lágrimas que se le desbordaban de los ojos. Quise intimidarla, y mi nariz casi tocó la suya. Nuestras pupilas se entremezclaron con intensidad.
–Déjame en paz, Sakura –procuré que el tono de mi voz sonara firme, grave, contundente, ahí, a solo un par de centímetros de su boca.
Sus ojos verdes titilaron. Cuando estuve seguro de que toda su determinación se debilitaba, me separé lentamente de ella. Rompí el contacto con sus hombros y le di la espalda. Me esforcé por mantener la espalda recta, aun cuando seguía con un cierto dolor en la barriga. Daba igual. Lo mejor era largarme.
–No puedo...
La voz de Sakura sonó floja, susurrante..., pero me detuvo. La miré de reojo.
–Eres tan molesta –le lancé.
Ella abrió mucho los ojos, y vaciló. Pero, segundos después, volvió a arrojarme una mirada de osadía.
–No me importa lo que digas de mí, Sasuke. No puedo dejarte. No puedo permitir que sigas yendo a ese sitio horrible. No puedo permitir que sigas con las peleas callejeras.
Me giré del todo para encararla. Chasqueé la lengua.
–Pero ¿en qué coño te afecta lo que yo haga? ¿Qué te importa si quiero subir allí hasta matarme?
Sentí su escalofrío como si fuese mío.
–Me importa –replicó tenaz.
–No hay ningún motivo en ello.
–¡Sí lo hay!
–¿Ah, sí? ¿Y cuál es?
–Estoy enamorada de ti.
Y entonces fue como si el mundo entero, cada célula, cada molécula, cada soplo de aire, cada esquina, cada hierba del césped que pisábamos, hubiera dejado de existir. Como si mi corazón latiera tan deprisa que ni siquiera podía sentirlo. Como si mis oídos ya no tuvieran capacidad para escuchar.
Lo único que podía ver y oír era ella.
Sus ojos verdes jade me atravesaron pausadamente.
–Siempre he estado enamorada de ti –reafirmó–. Siempre, pero no quería admitírmelo. Te quería cuando te vi la primera vez, con mi bolsa de tomates, y tú te enfrentaste a esos niños que se estaban metiendo conmigo. Te quería cuando te veía sentado mirando por la ventana de clase, absorto en el paisaje. Te quería cuando caminabas junto a nosotros en la calle, perdido en tus propios pensamientos. Te quería cuando todo parecía darte igual, incluso yo. Te quería hasta cuando perdí al hombre que más amaba en este mundo, y tú ni siquiera te acordaste de mí en ese momento.
»Te quería... y te odiaba. Y te he odiado todo lo que he podido. Con todas mis fuerzas. Te he odiado hasta creer por error que, de verdad, me había olvidado de ti. Porque me has hecho daño. Porque he hecho daño a personas importantes para mí, por culpa de lo que siento por ti.
»Pero, por más cruel que seas, por más frío que te muestres siempre, por arrogante que sea tu comportamiento, por mucho que finjas valorar poco a tus amigos, por muchas mujeres que puedan ir por delante de mí en esto..., sigo enamorada de ti. Profunda y sinceramente. Te odiaba..., pero ¡joder, te quiero más!
No encontré palabras. No sabía bien qué decir. No sabía cómo responder. Había vivido aquella situación tantas veces, con tantas chicas distintas, ante tantos rostros diferentes...
Y, sin embargo, aquella fue la primera vez que me resultó imposible reaccionar.
Sakura estaba confesándome algo que había sospechado a principio de curso. Algo que, después, había creído que se había esfumado. Algo que, hasta ahora, no había esperado que sucediera.
Pero yo estaba allí, inmóvil, mirándola con una expresión que, estaba seguro, delataba el huracán de emociones que me recorría de la cabeza a los pies. Ella lo había conseguido. Estaba alterado. Y más que eso. Estaba emocionado. Y furioso. Y pletórico. Y exasperado. Y animado. Y afligido. Y embelesado. Y decepcionado. Y eufórico. Y receloso. Y feliz.
Pero ¿cómo encarar el vendaval, si ni siquiera sabía que eso se pudiera hacer?
Al ver que, pese a que transcurrieran los minutos, mi boca no se abría, Sakura relajó los hombros. Rápidamente, se enjugó las lágrimas con las mangas y volvió a mirarme. Por su boquita de piñón se extendió una sonrisa triste.
–Nada cambiará, ¿verdad? A pesar de los besos, a pesar de los abrazos, a pesar de todas esas veces que me salvaste..., nada va a cambiar entre tú y yo –su voz fue como una cuchilla rasgándome las paredes del corazón. Sus ojos volvieron a humedecerse y ella desvió la mirada, parpadeando repetidas veces para contenerse–. Tranquilo. La culpa de aceptar todas esas cosas solo ha sido mía. Lo sé muy bien, no hace falta que me lo repitas. Pero supongo que no podía hacer lo contrario... o, más bien, no quería.
Sorbió por la nariz y me miró de nuevo.
–Lo siento, Sasuke-kun. Nunca quise hacerte creer que conspiraba contra ti, o que quería llevarme la gloria de tu combate, o que quería estropearte la noche. Imagino que habrás pensado en todas esas cosas, además de lo molesta que soy... Tiene gracia, incluso ahora me da rabia que me digas eso.
»De verdad, no quería molestarte. Te prometo que no lo haré más. Solamente, aunque sé que ha debido ser incómodo para ti, necesitaba expulsar lo que tenía dentro. Y ya lo he hecho. Ahora sé que lo que temía era verdad. No te preocupes, lo asimilaré, solo necesito algo de tiempo. Voy a desenamorarme de ti, Sasuke-kun –me sonrió una vez más con esa amargura que me oprimía el pecho.
Aquel fue el toque que remató todas mis terminaciones nerviosas.
Naruto tenía razón. Ella tenía razón.
Yo era un cobarde.
Sakura infló los mofletes y unos mechones de su pelo rosa se zarandearon con el suspiro. Seguía luchando contra sus lágrimas.
–Discúlpame, pero no puedo seguir limpiando tus heridas. Te dejaré la bolsa aquí. Si necesitaras ayuda, por favor, vuelve a la farmacia; estoy convencida de que te atenderán. Aunque me frustre decirte esto, hoy no puedo ser yo quien te cure. A mí... me duele demasiado hacerlo, teniéndote delante.
Continué inmóvil. Como un gilipollas. Y ella cumplió con lo que acababa de decir.
Había traído una mochila pequeña y fue lo único que se detuvo a recoger un momento. Dio media vuelta y la vi echar a correr. Lejos de mí. Lejos de todo aquello que sentía y que quería abandonar allí, conmigo, para siempre.
Y las voces regresaron.
