NOTAS DE AUTOR
En serio, regresar de un día tan largo y duro de trabajo, donde he acabado con los pies llenos de ampollas y los músculos hechos polvo, y encontrarme con reviews tan increíbles como las vuestras..., me mata de la emoción. El capítulo anterior fue uno de los que más me costó escribir, junto a este que os traigo hoy. Todo es tan intenso en ambos (y, además, coincidió con aquellos trágicos días de Barcelona, lo cual me afectó mucho emocionalmente) que casi me terminó doliendo horrores la cabeza. Pero, eso sí, los escribí con un amor inmenso hacia este hobby tan importante para mí y hacia las personas que me leéis. De veras, jamás imaginé que pudiera tener tanta cantidad de personas leyéndome, ni mucho menos con esta pasión. Y me apena enormemente, repito, no poder responderos a todos los que me escribís de forma anónima. Por favor, no olvidéis que os estoy agradecida a un nivel incalculable.
Como autora, tengo que decirlo... ¡os quiero tela marinera! (palabras de mi primito pequeño).
Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.
No quiero haceros esperar más, pero preparaos bien... ¡Y A DISFRUTAR!
23. PUENTES
SAKURA
Aún no había empezado a nevar. A pesar de que ya estábamos a 23 de diciembre, todavía no había caído ni un solo copo de nieve. Era un poco frustrante. No parecía como si el cielo quisiera darme una excusa para salir de la cama. Hoy tampoco.
¿Cuántos motivos tenía para abandonar mi habitación?
Ah, sí, el trabajo.
Pero no tenía que ir hasta la tarde-noche. Qué pocas ganas.
¿Aparte de eso?
Bueno, tenía muchas llamadas perdidas de Ino y de Hinata. Debía responderles en algún momento.
Y hacer de voluntaria en el hospital... no era recomendable en ese estado.
Creo que las últimas semanas, especialmente tras la ceremonia de clausura del segundo cuatrimestre, había adquirido algún tipo de actitud ermitaña con respecto al mundo y, por eso, me negaba a moverme de allí.
Pensé que tal vez me estaba volviendo antisocial. Una misántropa. Como Nicolas Claux. Uf, esperaba no llegar hasta ese extremo. Pero podía estar tranquila. No eran instintos asesinos lo que estaba despertando dentro de mí.
Más bien, era hastío. Apatía. Desgana.
La palabra correcta para definirme era «koala». Un koala pegado a su cama.
Como queriendo destruir el proceso de mi metamorfosis, inesperadamente mi móvil vibró sobre la mesita de noche, haciendo retumbar la madera. Me maldije en mis adentros por haber olvidado quitarle también la vibración, tapándome con fuerza los oídos.
Para de llamar, para de llamar, para de llamar...
Pero aquel instrumento del demonio no dejó de moverse. De haber sido un mensaje, me hubiera sentido más calmada. Lo peor eran las llamadas. Escuchar voces era más torturador que leer palabras al tuntún.
Chasqueé la lengua. Tras varios segundos de vacilación, alargué el brazo. Ni siquiera me hizo falta pararme a mirar el nombre que me señalaba la pantalla.
–¡Sakura, me cago en la leche! ¿Por qué mierda no has contestado a ninguno de mis mensajes? ¿Sabes lo caro que me está saliendo llamarte tantas veces? –la voz de Ino sonó tan airada como había imaginado.
Puse los ojos en blanco.
–Eso último tiene solución: deja de llamarme –repuse con aspereza.
–¿De verdad piensas pasarte el resto de tu vida ahí: apalancada en tu cama cual pobre anciana senil?
–Qué poética eres cuando quieres...
–¡Hablo en serio!
Resoplé y, con cierto esfuerzo, me incorporé.
–¿Por qué me buscas tanto, Ino?
–¡Yo no te busco! Pero Hinata me ha llamado mil veces pidiéndome que te insista. Está preocupada por ti –Ya, claro. Si fuera solo por Hinata, no te habrías pasado la factura del teléfono por el forro de los...–. ¡Reacciona de una vez y deja de hacerte la princesa deprimida, frentona!
Fruncí el ceño.
–No estoy deprimida –mascullé.
Ino dejó escapar un suspiro que hizo hormiguear mi oído a través del móvil.
–Mira, entiendo perfectamente lo que estás experimentando ahora –suavizó su tono de voz–, pero no puedes pasarte la vida así. Hiciste lo que debías; si él no supo valorarlo, no es culpa tuya. Me da rabia tener que ser yo la que te diga esto, pero tal vez no estaba preparado todavía para todo lo que le soltaste. En el fondo, pienso que Sasuke –se me erizó la nuca al oír su nombre– te valora más de lo que crees.
Negué con la cabeza, aun cuando sabía que ella no podía verme.
–No dijo nada, Ino. Se quedó ahí, parado..., y tendrías que haber visto su cara. Nunca había puesto una expresión tan... aterrada. Las dos sabemos cómo es. Cuando quiere algo, lo dice sin más. Y esa vez no dijo absolutamente nada...
–Pero eso no prueba que no sienta nada por ti.
–De verdad, no hay de dónde rascar en esto. No hay forma de atravesar ese muro de hielo que se pone siempre, ante todo el mundo. Y si ni siquiera yo lo he conseguido, es porque nunca será para mí.
Ino bufó.
–Chica, en serio, deberías meterte a actriz de dorama –volvió a su actitud tocapelotas–. Relájate un poco, ¿vale? Sal de esa cama y estira las piernas. Come algo, que hasta a mí me da grima que te vayas a quedar en los huesos.
–¿No decías que me estaba creciendo mucho el culo?
–¡Eso era antes! A ver, tampoco te atiborres de tarta de Navidad, de dulces o de esa cosa europea tan tomatosa, inflada de bechamel y carbohidratos que a tu madre le gusta cocinar...
–¿Lasaña?
–¡Eso! No te hartes de lasaña, haz el favor. Pero come y, sobre todo..., ¡responde a los putos mensajes! –y colgó.
Arrugué la nariz. Joder, sí que le salía voz de basilisco cuando quería. ¿Sai conocería ya esa parte de ella?
Automáticamente, dejé el móvil sobre la mesita de noche y volví a tirarme en plancha sobre la cama. Enterré el rostro en la almohada.
Tenía dos opciones.
Quedarme eternamente así, en estado de koala semi vegetal sobre el colchón, demasiado inapetente incluso como para ir al baño a hacer sus necesidades básicas.
O levantarme, lavarme la cara y empezar a golpear de una vez por todas la lacra de negatividad que se me había engomado en todas y cada una de mis extremidades.
Suspiré largamente.
¡Qué leñe! Solo había una opción: la segunda. Mis amigas ni siquiera me dejarían escoger la primera en paz. A pesar de que estaba íntegramente dominada por la vergüenza y el patetismo, tras el silencio de Sasuke ante mi confesión y el perenne rechazo de Hana a hablarme algún día..., bueno, siempre podía ser peor, ¿no? Al fin y al cabo, Ino siempre podía aparecer en mi casa y devorarme una pierna. Con la mala leche que tenía, sinceramente, la veía muy capaz.
Vamos, levanta, muchachita. Hoy todavía no se nos han derretido las manos bajo el sol.
Finalmente, volviendo a tomar el móvil entre las manos, me aventuré a abrir mis mensajes.
Rock Lee: ¡Hola, Sakura-chan! Estoy organizando una salida con todo el grupo para ir a la Tokyo Dome City mañana. ¿Te apuntas?
Me debatí en mi fuero interno entre si debía rechazar su mensaje o ignorarlo...
Y una vocecilla dijo «no».
No más rechazos. No más mensajes ignorados. No más llamadas perdidas. No más reclusión. No más depresión. No más negatividad. No más cama. No más koala. No más no.
No más pensar en Sasuke.
Antes de que me arrepintiera, me puse a escribir.
Yo: ¡Claro! Dime a qué hora y allí estaré.
Y así fue cómo, en la víspera de Navidad, opté por salir definitivamente de la cueva en la que se había convertido mi habitación las últimas semanas.
Ino había dicho desde el primer momento que no vendría –y Sai le siguió–, pero se empeñó en darme consejos sobre cómo vestirme. La vez en que me había obligado a cambiar de aspecto, había obtenido gran cantidad de la ropa que ella había dejado de usar. Su madre era una famosa diseñadora tokiota de moda, que se inspiraba casi siempre en el estilo urbano de la juventud francesa. Razón de más por la que la rubia tenía prendas, zapatos y accesorios para dar y regalar. Estaba segura de que mucha de esa ropa no se la había puesto ni una sola vez.
La Tokyo Dome City era un enorme parque de atracciones en pleno centro de la ciudad. Quedaba a una hora en tren desde mi casa, pero la entrada era completamente gratuita. Podría gastar un poco de la paga extra que llevaba conseguida aquel mes; es más, mamá me lo había exigido.
–Como no despilfarres ni un mísero yen en esas atracciones, juro que te pondré de patitas en la calle –me había amenazado.
Normalmente las madres se alarman de que sus hijos derrochen el dinero; la mía sencillamente me imponía derrocharlo. Como siempre, mi familia estaba a menos dos en la escala de la lógica universal.
Pero le agradecía ese empujón.
Decidí que, de vez en cuando, estaba bien permitirme caprichos así. Al menos, si eso me ayudaba a salir de una vez por todas de mi etapa de absurdo abatimiento.
Cuando llegué allí, Rock Lee ya estaba esperando en la zona de la noria.
–¡Hola, Sakura-chan! –me saludó enérgicamente.
–Hola, Lee –le correspondí. Me detuve frente a él, y di un rodeo con la mirada–. ¿Dónde están los demás?
El moreno de cejas anchas cambió el peso de una pierna a otra.
–Verás, Kiba, Shikamaru y Chôji habían olvidado que tenían un partido de fútbol, por lo que no podrán venir. Y conseguí que Neji y Tenten se apuntaran también, pero parece ser que han pillado el mismo catarro que Shino –se rascó la nuca con apuro.
En ese preciso instante, noté una vibración en mi espalda. Me descolgué la mochila y saqué el móvil.
Hinata: No puedo ir, Sakura-chan. Mi abuela me acaba de adelantar a ahora mis clases de shamisen porque mañana tiene que viajar a Osaka. Siento mucho avisaros tan tarde. Pasáoslo muy bien.
Y, seguidamente, el moreno recibió una llamada.
–¿Sí? –hizo una pausa, en la que su entrecejo empezó a cerrarse–. Claro, Naruto, lo entiendo. No te preocupes. Otra vez será.
Colgó y sus mejillas se inflaron soltando un suspiro.
–Ag, vaya mierda... –gruñó.
–¿Qué te ha dicho?
–No puede venir porque Jiraiya le ha dado la sorpresa de visitar un onsen en las montañas. Tenía todo pagado ya, así que no ha podido negarse.
–Hinata también me ha avisado de que no puede venir porque tiene clases de shamisen con su abuela. Dice que lo siente mucho –puntué.
Él dejó escapar un suspiro de resignación.
–Hay que ver, todo en el último momento. Como siempre.
Se rascó de nuevo la nuca y dejó su mirada de consternación clavada en algún punto del parque. Su expresión mostraba tanta desilusión que me conmovió.
–Bueno, no pasa nada, Lee. Podemos disfrutar de esto nosotros. Después de todo, ya estamos aquí, ¿no?
Giró súbitamente la cabeza para mirarme perplejo.
–¿En serio? ¿Quieres pasar el día con... conmigo? –la última palabra me dio un poco de repelús.
Pero me encogí de hombros. Qué remedio.
–Mi madre no me dejará volver a casa, a menos que haya gastado dinero mínimamente en dos atracciones –confesé.
Sus ojos redondos resplandecieron, como si de ellos hubiesen brotado estrellas.
–¡Sí! ¡Voy a pasar toda la tarde a solas con Sakura-chan! –flexionó un brazo con emoción.
Zarandeé la cabeza de lado a lado, sonriendo.
No importaba que yo estuviese delante, Rock Lee nunca tendría reparos en mostrar lo mucho que quería estar conmigo.
Tenía que reconocer que, al principio, quedarme a solas con Lee me había hecho sentir incómoda. Sabía lo mucho que le gustaba, y eso me ponía nerviosa. Sin embargo, había descubierto una faceta desconocida de él. Aunque de vez en cuando se excedía de empalagoso, su amabilidad me había ayudado a animarme. Además, era muy gracioso. Me había reído. Y mucho. Por primera vez en semanas.
Me buscó en algunas ocasiones más. Honestamente, no quise negarme a aceptarlo. Aquellas veces ya no había sido a solas: Hinata y Naruto nos habían acompañado, e incluso un día también vino Tenten.
Por otro lado, pese a que para la Tokyo Dome City parecía haber aceptado, Neji rechazó venirse con nosotros al resto de salidas, firme a su animadversión hacia el rubio de rasgos zorrunos. Empezaba a plantearme si Neji y Sasuke no guardaban algún tipo de correspondencia sanguínea.
Tenten y yo parecíamos movernos por la misma cuerda inestable.
Me desesperaba. Pasaba el tiempo y, por más que hacía para alejar todo el dolor de mí, las últimas de sus garras siempre se quedaban clavadas en mi pecho. Sentía decepción. Hacia Sasuke. Hacia mí misma. Especialmente hacia mí misma. Una vez había confirmado que mis sentimientos no eran correspondidos, tendría que ser más fácil desenamorarme. Tendría que serlo, ¿no?
Tal vez solo sea una cuestión de tiempo.
El 31 de diciembre por la mañana Rock Lee me envió un nuevo mensaje.
Rock Lee: Hinata-chan me ha dicho que todavía te estás pensando lo de venir al festival. A mí me encantaría que lo hicieras, ya lo sabes. Sin embargo, querría pasar un momento a solas contigo esta tarde. ¿Te importaría? Solo quiero darte una cosa. En Navidad no me dejaste.
No tenía nada de ganas de ir al festival de Nochevieja, pero no me atrevía a dar un «no» rotundo. Simplemente por el bien de mi positividad.
Pero ¿por qué rechazar lo de Rock Lee?
Lo acepté sin muchos miramientos y quedamos a las cinco. Él pasaría a recogerme a casa.
Recuerdo bien lo que me puse esa tarde. De toda la ropa de invierno que Ino me había regalado, elegí un holgado jersey gris de punto grueso. Me lo coloqué encima de una camiseta blanca más fina y estrecha, con bordes en crochet, y lo combiné con unos vaqueros negros resquebrajados, tipo pitillo. Estaba empezando a pillarle el truco a eso de vestir mejor, por lo que preparé una bufanda moteada de color azul, un gorro del mismo tono y textura, y unas botas estilo australianas para cuando saliese de casa.
Estoy segura de que Ino habría enloquecido de haberme visto de esa guisa, incrédula al ver que yo también sabía cómo conjuntar la ropa sin su ayuda.
Estaba colocándome unos pendientes largos de plata con forma de luna, sentada sobre la cama, cuando alguien llamó a mi habitación.
–Pasa –le permití.
Me quedé boquiabierta cuando vi el rostro angelical de mi hermana al abrirse la puerta.
–Hana... –susurré.
Era la primera vez en mucho tiempo que entraba en mi dormitorio.
–¿Estás muy ocupada, hermanita?
–No, para nada, estoy a punto de terminar. Entra, por favor.
No cabía en mí de la sorpresa, al ver que se mostraba tímida y vacilante conmigo. En Navidad, cuando nos comimos la tarta de nata y fresas que se hacía por tradición, apenas habíamos cruzado palabra en la mesa. Pensé que seguía odiándome.
Hana se acercó a mí cautelosa.
–¿Puedo... puedo cepillarte el pelo? –me preguntó.
Creo que fue la vez en que más tiempo de mi vida estuve con la boca abierta. Apenas pude articular palabra por la impresión, y me limité a asentir con la cabeza.
El cepillo descansaba a mi lado, y Hana se sentó detrás de mí, tomándolo entre sus manos. Las púas traspasaron de arriba abajo mi media melena rosácea, en un vaivén tranquilo y suave. Nos envolvió el silencio durante algunos minutos. Un silencio muy distinto a todos los que se habían interpuesto entre nosotras anteriormente.
Un silencio pacífico.
Cerré los ojos un momento, y por mi mente se desplegó una retahíla de recuerdos lejanos de mi vida. Recuerdos de mi niñez, cuando peinaba con mis dedos las suaves pelusas pelirrojas que brotaban de la cabeza de Hana, recién nacida; cuando mamá me trenzaba el pelo antes de ir a la escuela; cuando papá me acariciaba la cabellera y me besaba la frente antes de dormir.
Un débil sollozo me arrancó súbitamente de mi ensimismamiento. Me volví rápidamente, y descubrí a mi hermana con el rostro enrojecido. Tenía los ojos encharcados en lágrimas.
–Perdóname, hermanita –empezó con voz estrangulada–. Perdóname de verdad por todo este tiempo... Perdóname por todo lo que te dije aquella vez.
Siseé suavemente, acercándome más a ella y secándole las lágrimas con las manos.
–Hana, cariño, no pasa nada...
–Sí pasa, hermanita. Me he portado fatal contigo, y ni siquiera puedo decir que te lo merecieras –sorbió por la nariz. Al sentir mis manos en sus hombros, se aventuró a mirarme, y prosiguió–: Es solo que... te tenía envidia. Estaba frustrada y celosa... Nunca pensé que llegaría a sentir esas cosas alguna vez, mucho menos hacia ti. Pero te veía ahí, al pie del cañón con todo, haciendo mil cosas distintas a la perfección, con amigos increíbles y guais, trabajando y estudiando a la vez sin que parecieras cansada, y... y... ¡Quiero ser como tú!
Soltó un llanto desgarrador. Sin poder aguantarlo más, la estreché entre mis brazos, acariciándole y besándole la cabeza. Ella correspondió a mi abrazo con fuerza, llorando en mi pecho. Ni me importó que lo manchara.
–Hana, no digas eso –le dije con suavidad–. Cada uno somos lo que somos, y tú eres increíble. Tan buena, tan dulce, tan simpática..., atraes a la gente como un imán. Siempre estás enseñándoles a todos una sonrisa.
Volvió a sorber, y se separó para mirarme a la cara, limpiándose un poco las lágrimas.
–Ya, hermanita, pero tú eres muy fuerte. Siempre nos proteges a mí y a mamá; siempre estás protegiendo a las personas que te importan. Incluso en aquella época, cuando dices que te comportabas como una niña caprichosa.
Se me escapó una risa floja.
–Sí, bueno, en esa época créeme que era mucho peor que tú.
–Me he comportado fatal –repitió ella con pesar–. Y todo porque siempre veía a Sasuke-senpai cerca de ti.
Su confesión causó en mí un efecto parecido al de un abanico, avivando todas las emociones negativas que me atormentaban desde semanas.
Hana desvió la mirada, y sus mejillas se sonrojaron.
–Sasuke-senpai me rechazó –disparó de pronto, en un murmullo.
La miré largamente, reprimiendo un escalofrío.
–Sasuke-senpai me encontró en Ginza un día, en octubre –continuó ella, antes de que pudiera decirle nada–. Había ido hasta allí porque... porque os había quitado un poco de dinero a mamá y a ti. Quería comprarme un vestido para la fiesta de Halloween, que fuera mejor que el que estaba cosiendo. Quería impresionar a Sasuke-senpai.
Abrí los ojos de par en par, sin saber muy bien qué sentir en ese momento. Hana no me dejó decir nada todavía.
–Él me detuvo, recordándome lo mucho que lucháis mamá y tú a diario por traer dinero a casa para que podamos comer. Después, me invitó a merendar a una cafetería muy bonita. Y entonces, aproveché para preguntarle si sentía algo por ti.
Entorné los ojos.
–¿Por qué hiciste eso? –inquirí.
–¿No es obvio? Sasuke-senpai está enamorado de ti.
Sentí un tumbo contra las costillas.
–No, Hana, te equivocas...
–¡Claro que no! Por eso necesitaba tenerle delante para saberlo. Por eso, cuando le confesé mis sentimientos, él rápidamente me rechazó: porque está enamorado de ti.
–¿Te lo dijo él así, o lo supones tú?
–¡Lo sé! –los ojos celestes de Hana resplandecieron con pasión a través de la capa acuosa que los cubría–. Es la razón por la que he sentido tanta rabia todo este tiempo.
–Esa rabia ha sido estúpida –apostillé.
–Sí, lo sé, sé que ha sido estúpida, propia de una cría caprichosa, egoísta y rencorosa..., pero esa razón es real –insistió ella. Me evaluó en silencio con la mirada, a la espera de mi respuesta, pero me limité a zarandear la cabeza en señal de desacuerdo–. Escucha, hermanita, por más que me esforzara en gustarle, en hacer que me mirara, al igual que hace el resto de las chicas, la única para la que Sasuke-senpai tiene ojos eres tú.
No conoce a esa universitaria del pelo caoba, si no, cambiaría de parecer.
–No...
–¡Que sí! Y tú solo tienes ojos para él, lo sé perfectamente. Por eso cuando Naruto-senpai te dijo lo de las peleas callejeras, apenas dudaste en ir a salvarle pocos días después.
La miré de forma reprobatoria.
–¿Escuchaste nuestra conversación?
Bajó un poco la cabeza, avergonzada.
–Sí, de casualidad... –pero su mirada volvió a ser ardiente–. Por todo ello, he comprendido que ni yo ni nadie puede interponerse en lo que sentís el uno por el otro. Y estoy segura de que si hablaras con él y te atrevieras a confesarle lo que sientes...
–Hana, yo ya me he confesado –escupí al fin.
Ella enmudeció, pasmada. Inspiré hondo.
Ya no hay marcha atrás.
–Temía decírtelo. Siempre temí que supieras de mis sentimientos por Sasuke Uchiha, sobre todo, cuando me enteré de que tú también sentías algo por él. He pasado mucho tiempo luchando contra ellos... Sasuke nunca me ha prestado mucha atención, así que había decidido dejar de quererle. Y te prometo que me obligué desesperadamente a desprenderme de todos mis sentimientos por él, sabiendo, además, lo mucho que a ti te afectaban. Pero lo lamento, Hana. He fallado catastróficamente en eso.
La miré y comprobé que en su mirada ya no había ni un atisbo de recelo, ni de rabia, ni de dolor. Nada de lo que había imaginado que podría sentir al escuchar lo que le había contado.
Me coloqué un mechón de pelo detrás de la oreja, en un gesto nervioso.
–Técnicamente, ya van dos veces que me confieso..., aunque, bueno, la primera no cuenta porque estaba en Primaria –continué–. Pero la segunda ha sido hace poco, a principios de este mes. Y, Hana, no... no sucedió nada. Sasuke no respondió absolutamente nada.
»He llegado a pensar que me tiene algo de aprecio..., o quizás lástima, ¿qué sé yo? Pero el caso es que si no dijo nada fue simple y llanamente porque lo que tú dices es solo una imaginación tuya. Una imaginación a la que yo también me he aferrado con todas mis ganas. En vano.
»Pero no. Sasuke Uchiha no está enamorado de mí.
Fue verdaderamente difícil soltar esas palabras, a pesar de que en mi mente se repetían de forma continua. Era como quitarse una espina, de esas que te han atravesado la piel muy profundo; aun cuando la había arrancado, el reflejo del dolor persistía.
Hana se quedó en silencio. Sus ojos celestes me contemplaron un instante, con un sentimiento que no pude identificar; luego, descendieron con abatimiento hasta perderse en algún punto de la colcha. Supuse que estaba confusa o, tal vez, tan cansada como yo de toda esa historia.
Buscando el modo de cortar la atmósfera de tensión que nos rodeaba, me puse frente a sus narices, obligándole a que me mirara, y le sonreí ampliamente.
–No sabes cuánto me alegro de que hayamos hecho las paces, petarda. Ahora tendrás que volver a aguantar mis quejas sobre el trabajo, mientras haces la cena.
Hana puso los ojos en blanco y sonrió, al mismo tiempo. Al menos ya no lloraba.
En ese preciso momento, sonó el timbre de casa desde abajo.
–¡Sakura, aquí hay un amigo tuyo que dice que viene a recogerte! –gritó mamá desde la entrada.
Me levanté de un salto de la cama y corrí hacia el armario para sacar el estuche de maquillajes.
–¡Vale, dile que espere cinco minutos! ¡Estoy a punto de acabar! –le grité de vuelta a mi madre.
Rápidamente me eché el antiojeras, y empecé a cubrirme las pestañas con rímel.
–¿Quién ha venido a por ti? –preguntó Hana.
–Lee.
–¿Rock Lee-senpai?
–Sí, vamos a ir a dar una vuelta antes del festival. No tengo todavía muy claro si voy a ir...
–¿Y por qué quedas con él? –el tono de voz de mi hermana parecía molesto.
Me pinté los labios con el gloss color melocotón.
–¿Por qué no? Es mi amigo.
–Ya, pero...
Aun cuando se quedó callada, preferí no preguntarle por nada de lo que se le estuviera pasando por la cabeza. En el fondo, la mía también pensaba lo mismo.
Pero era mejor así. Había que dar una oportunidad de vez en cuando.
Antes de salir de la habitación, Hana me retuvo por el brazo. Sus ojos titilaban de una manera intensa. De repente pareció como si hubiese madurado muchos años.
–Hermanita, no pierdas las esperanzas con Sasuke-senpai. Por favor. Nunca las pierdas, y mucho menos por mí.
Era como si, con cada palabra, la espinita hubiera ganado impulso para reencontrarse con mi herida.
Suspiré e intenté mostrar cariño en mi rostro.
–Te quiero, Hana.
–Y yo a ti, hermanita.
Y, sin nada más que decir, rompimos el contacto visual y bajé las escaleras.
SASUKE
Odiaba la Navidad. Creo que ya lo he dicho antes. Sobre todo, cuando no caía ni una sola brizna de nieve.
Odiaba esos villancicos que no se habían originado, ni mucho menos, en mi país y que versionaban las letras de algo que sonaba totalmente horrendo.
Odiaba ver tantos árboles gigantes invadiendo la decoración de cada local, como un patrón inspirado en un utópico mundo empalagosamente dulce y repetitivo.
Odiaba el absurdo de hacerse una foto bajo el gran abeto de luces, para colgarla en Internet con el mismo leitmotiv que medio mundo seguía, y la mentira de que un hombre occidental, con barba blanca y gran barriga, traería regalos a los niños japoneses (y eso que nosotros teníamos a Hotei-osho antes).
Pero el 25 de diciembre ya había pasado y, aunque el ambiente navideño persistía, sabía que de nada servía enfadarse con el mundo.
En unas horas sería Nochevieja y, con ello, el fin de otro puñetero año más.
Empezaba a ser consciente de que mis emociones hacía tiempo que eran completamente irracionales. O, bueno, sabía que tenían una razón oculta, pero, como todo últimamente en mi vida, me costaba demasiado indagar en ella.
Sin embargo, me dije que en algún momento tendría que afrontarla. Tanto esa como el resto de razones que buceaban en mis más recónditos adentros. Razones entremezcladas con mis amiguitas: las jodidas voces de mi conciencia.
Ni yo mismo podía soportar estar de malas tanto tiempo, y supongo que esa fue la motivación que condujo mis pies hasta Roppongi. Creo que por aquel entonces ya había desarrollado una especie de sexto sentido, o de radar interno que me permitía encontrar a Naruto sin tener que meditar mucho hacia dónde dirigirme. Tal y como había imaginado, el rubio idiota estaba en la cancha de baloncesto de aquel parque medio abandonado.
Aquella tarde estaba mucho más desierto que en un día normal. El cielo encapotado y el penetrante frío que flotaba en la atmósfera no acompañaban demasiado. Al menos me había acordado de traer el paraguas, por si acaso.
Me senté en unas gradas que rodeaban la pista por afuera. Naruto metió un balón en la canasta y, casi automáticamente, se giró para mirarme.
–¿Ya has superado esta etapa o te ignoro deliberadamente mientras juego?
Rodé los ojos. Cuando se ponía serio, resultaba mucho más tocapelotas que siendo chistoso.
–Haz lo que te dé la gana –repuse.
Me miró con detenimiento. Tras varios segundos de vacilación, suspiró, dejando escapar un cúmulo de vaho helado. Se acercó a mí justo después de encestar el balón por segunda vez.
–Pensaba que esperarías a Año Nuevo para decírmelo, así que se lo sonsaqué a Suigetsu –reconoció, mientras se sentaba a mi lado. Puso el balón entre sus manos, haciéndolo rodar de vez en cuando–. Menos mal que has abandonado por fin la Jaula, pero... ¿la verdad?, te mereces que no vuelva a hablarte nunca más.
Su seriedad se había transformado en un berrinche tan infantil, que empezaba a arrepentirme de haber ido hasta allí. Resoplé, materializando también mi respiración en ese vaho invernal.
–Eso debería de decirlo yo, por haber provocado que la Jigglypuff apareciera sin avisar.
Naruto frunció el ceño y me miró confuso.
–¿A qué re refieres?
–Ah, ¿no lo sabías? Se metió en el ring cuando yo estaba con ese flipado de Jûgo..., no sé si has oído hablar alguna vez de él.
El rubio idiota parpadeó repetidas veces.
–Espera, espera... ¿Estás diciendo que Sakura-chan se atrevió a subir a la Jaula? –asentí con la cabeza–. ¡Joder, no lo sabía! De hecho, pensaba que me había ignorado cuando le hablé de todo esto...
Fulminé súbitamente a Naruto con la mirada. Se encogió un poco, amedrentado.
–Perdona... Sé que no debería haberlo hecho, teme..., pero ¡es que tú no me escuchabas!
–¿Y por eso la implicas a ella? ¿De verdad esperabas que, hablándole de ese sitio, no se le pasaría por esa cabecita suya venir a buscarme? La subestimas.
Chasqueé la lengua y devolví la vista hacia la cancha de baloncesto. Sentí la mirada de Naruto encima de mí, con una molesta intensidad, y solo entonces caí en la cuenta de las palabras que acababa de soltar.
Sí, seguid revolucionándome, emociones hijas de puta. De todas formas, no creo que tarde mucho en explotar.
–Suigetsu no me mencionó nada, y no fue lo que oí de Hinata-chan. Quizás ella tampoco sabe lo de que Sakura-chan fue a rescatarte. O a lo mejor es que prefirió centrarse en lo que pasó después...
Reprimí un escalofrío, y entorné los ojos. Naruto notó mis ansias de permanecer en silencio. Al cabo de un rato, inesperadamente, el imbécil rubio se levantó. Bajó un escalón y me miró de frente, con el balón en alto.
–Ya te habrás fijado en que he mejorado, así que... ¿qué tal un uno contra uno?
Lo miré y esbocé una sonrisa torcida.
SAKURA
Rock Lee me llevó a dar un paseo hasta un parque cercano. Me compró mochi en un puesto ambulante y continuamos caminando por allí un buen rato. Sin apenas darnos cuenta, sumidos en conversaciones absurdas sobre las artes marciales y programas de televisión que las satirizaban, salimos a varias calles que desconocía. Al cabo de una hora, alcanzamos Shibuya. Lee me hizo cruzar parte del Parque Yoyogi hasta que desembocamos en un barrio de la zona, henchido de izakaya, es decir, bares típicamente japoneses.
El moreno de cejas anchas me indicó que entráramos en uno de los más pequeños, con una gran barra de madera en el centro y apenas unos taburetes alrededor. Rondaban las siete y media de la noche, y hacía rato que las lámparas de papel de arroz de afuera estaban encendidas.
–¡Uf, qué frío! –me froté los brazos cuando tomé asiento, cerca de la pequeña estufa que habían colocado en una esquina.
Ni los guantes ni el abrigo de paño y solapas grandes que me puse sobre el jersey gris, me habían servido lo suficiente ahí fuera. Lee asomó la cabeza por debajo de las cortinas cortas que colgaban en la entrada.
–En el telediario dicen que no nevará hasta mañana. Esperemos que el tiempo no quiera adelantarse a esta noche –comentó, sentándose a mi lado.
Mis ojos recorrieron el interior del local de arriba abajo. Era pequeño, pero bastante acogedor: todo de madera de pino lacada, con una decoración rústica al estilo nipón, muy distinta de las calles navideñas con pinceladas inglesas que aguardaban a solo unos metros. Había bastantes personas charlando sobre sus asuntos y una música suave de shamisen. Olía muy bien.
–¿A qué hora empieza el festival?
Rock Lee no me quitó los ojos de encima.
–A las nueve. ¿Al final vendrás, Sakura-chan?
Sentí que empezaba a entrar en calor, y decidí quitarme el abrigo para dejarlo en mi regazo. Metí los guantes en mi mochilita de cuero.
–Todavía no lo sé –suspiré–. La verdad es que hoy querría pasar la Nochevieja con mi familia, así que depende de lo que mi hermana y mi madre hagan.
–Entiendo.
El chico del peinado de cacerola pidió para los dos unos platos de soba, fideos finos que se sirven fríos y se mojan en un caldo caliente justo antes de comerlos. Y creo que fueron los más ricos que había probado en años. O quizás tenía mucha hambre de verdad.
Últimamente comía poco.
–Hoy estás muy guapa, Sakura-chan –Lee me miró con embeleso, de repente.
Recuerdo que fue justo después de que habláramos sobre lo absurdo que nos parecía que la gente disfrazara a sus mascotas. Ya era nuestra segunda ronda de soba, y llevábamos bastante rato charlando sobre tonterías. Tal vez una hora.
Miré al moreno de cejas anchas con sorpresa. No entendía ese giro en nuestra conversación.
–Gracias, Lee.
–Pero creo que estarías mejor sin el gorro... No quiero decir que no me guste, pero es que te esconde un poco la cara y aquí dentro no hace tanta falta –señaló.
Sonreí y removí distraídamente con los palillos algunos fideos.
–¿Crees que es mejor que enseñe mi enorme frente?
Me miró como si no comprendiera de qué estaba hablando. Me eché a reír.
–¡Vamos! Soy la frentona del instituto, ¿lo recuerdas? Hasta Ino me lo dice –reí divertida.
–Yo no pienso que eso sea verdad. Tienes una frente muy bonita, Sakura-chan.
Me detuve en seco. Mis ojos se abrieron mucho, mirando a Rock Lee con estupefacción. Pocas veces me han dicho eso sobre mi frente. Al cabo de unos segundos, solté un suspiro, y me quité el gorro.
En ese preciso instante, mi memoria revivió un recuerdo inesperado.
–Cuando era pequeña, solía llevar el flequillo tan largo que me tapaba hasta los ojos. Los niños se reían a menudo de mi frente, de mi pelo y de mis ojos. Decían que era como un alienígena y que, además, venía a comérmelos a todos, porque estaba un poco rellenita –noté que Lee arrugaba la nariz–. Me dejaba influenciar por todos aquellos comentarios hasta que, un día, al salir corriendo por escuchar a unos adultos hablar mal de mí, apareció alguien –en mi boca se dibujó una leve sonrisa–. No tengo ni idea de quién era. Ni siquiera recuerdo su cara, o si era hombre o mujer. En mi desesperación, le hablé de todo lo que la gente decía sobre mi aspecto físico. Y entonces, levantándome con mucho cuidado el flequillo, me soltó: «¡Pero si tu frente es preciosa! ¿No te das cuenta? Estás escondiendo toda tu belleza con ese flequillo. Deberías de enseñarla al mundo. Cada vez que haya algo que no te guste de ti, enséñalo, porque ese algo no lo tiene nadie más que tú. Y solo por eso, es lo más bonito del mundo».
Hice una pausa y miré a Rock Lee con determinación.
–Desde entonces, no he vuelto a cortarme el flequillo. No quiero ocultar mi frente, por grande que sea. Así como tampoco quiero ocultar lo que soy. No me avergüenzo de mis raíces. Me siento afortunada de ser mitad japonesa, mitad irlandesa –reconocí.
El moreno de cejas anchas me sonrió de oreja a oreja.
–Eres increíble, Sakura-chan –respondió con voz tierna. Guardó silencio un momento y desvió la mirada, como si se perdiera en sus pensamientos–. ¿Sabes? La prensa rosa siempre me ha retratado como uno de los hijos menos agraciados de los famosos. Por aquí no gusta mucho mi piel bronceada ni mis encantadores rasgos marcados.
Contuve una risa ante la desvergonzada descripción de sus rasgos como «encantadores». Me sentía mal por pensarlo, pero era cierto que Rock Lee no me parecía un chico muy atractivo. Los últimos días había podido apreciar cierta gracia en el contorno de su cuello largo o en la firmeza de sus brazos fibrosos; sin embargo, no era suficiente para gustarme físicamente.
Dubitativo, volvió a mirarme a la cara.
–¿Puedo confiarte un secreto, si me prometes que no se lo contarás a nadie? La prensa no debe enterarse.
Me inquieté.
–Tranquilo, Lee. Puedes confiar en mí.
Tamborileó un rato con los dedos, antes de abrir la boca.
–No fue en un orfanato de Sapporo donde me crie, como todo el mundo piensa. En realidad, nací en Camboya.
Abrí mucho los ojos.
–¿En serio?
Asintió una sola vez con la cabeza.
–Mis padres murieron en una inundación, de la que yo, por fortuna, salí airoso. Tenía siete años, así que..., bueno, de algo me acuerdo –me estremecí. Nunca habría imaginado que él hubiese vivido algo así–. Might Guy viajó hasta allí porque quería hacer una contribución benéfica. Ya sabes cómo es. Siempre le ha gustado meterse en los mayores fregados del mundo... A mí me encontró al entrar en el hospital, cuando quiso ayudar a algunos enfermos.
Me quedé en silencio algunos segundos, asimilando lo que acababa de escuchar.
–¿Neji lo sabe?
–¡Para nada! Si se enterase, estoy seguro de que me dejaría de hablar al instante.
Torcí el gesto.
–No entiendo por qué Neji se comporta así con la gente que es de otro país. Yo también tengo raíces de aquí.
–Quizás por eso te tolera –observó Lee, con una sonrisa cómplice.
Fruncí el ceño.
–Pobre Tenten... –y tan pronto lo dije, me arrepentí.
Miré a mi amigo sobresaltada, pero él hizo un gesto con la mano para que me tranquilizase.
–Llevo mucho tiempo conociendo los sentimientos de Tenten por Neji, aunque ella nunca me haya hablado de ello directamente –me explicó.
–Sí, son un poco evidentes... –comenté.
Lee exhaló un suspiro.
–También pienso que Neji siente lo mismo, lo que pasa es que su orgullo y su mente cerrada le impiden verlo. No es mala persona, en serio, pero tiene un problema muy gordo con los extranjeros –se detuvo a recapacitar un segundo–. Bueno, quizás más de la mitad del mundo lo tiene, por desgracia.
Le miré anonadada. Me quedé callada, meditando sus palabras, al tiempo que introducía algunos fideos finos en la cálida salsa oscura que reposaba en un cuenco y me los tragaba. Él hizo lo mismo. A los pocos minutos, hubo una pregunta que tintineó en mi cabeza.
–Lee –me aclaré la garganta–, ¿tú crees que hay muchas personas por ahí ocultando lo que sienten por otras, por... no sé... miedo a que las cosas salgan mal?
Nuestras miradas se cruzaron y, por alguna razón, adiviné lo que mi amigo estaba pensando. Igual que no le había costado ver los sentimientos de Tenten, los míos por Sasuke nunca habían pasado desapercibidos para él.
Sorbió algunos fideos.
–No lo creo –creo que mintió en esa frase. Se detuvo y lo vi vacilar, antes de que volviera a establecer contacto visual conmigo–. Yo, desde luego, no soy así. Y jamás lo seré, Sakura-chan.
Con efusividad, soltó los palillos y se giró en el taburete para mirarme de frente. Sus manos se aferraron fuertemente a las rodillas.
–Siempre he sabido que tu corazón no me pertenece en absoluto; que decidiste hace mucho dárselo a ese sinvergüenza de Sasuke Uchiha..., pero tienes que saber que nunca me importará eso. Creo firmemente que, algún día, te darás cuenta de que en mis manos estará realmente a salvo.
Se me erizaron los vellos de los brazos. Dejé de comer y le miré fijamente, invadida por muchos sentimientos a la vez. Asombro. Compasión. Angustia. Ternura.
Inspiró hondo y, de pronto, tomó mis manos. Al contacto con las suyas, ahora que me había quitado los guantes, di un ligero respingo. Estaban un poco frías, pero podía percibir a la perfección el torbellino ardiente de emociones que recorría sus entrañas.
–Sakura-chan, sé que ya te lo he dicho otras veces, pero quiero que me escuches con mucha atención ahora –se lamió los labios resecos y me miró con una intensidad apabullante–. No puedo aguantarlo más, estoy profundamente enamorado de ti. Me gusta todo de ti: tu frente, tu pelo, tus ojos, tus pecas, tu nariz, tu sonrisa... Pienso que eres la mujer más hermosa que he visto jamás. Y estoy dispuesto a darte absolutamente todo en esta vida, si me aceptas a tu lado.
Él dejó mis manos, y sacó algo oscuro y aterciopelado de su riñonera. Cuando identifiqué lo que era, perdí el aliento.
–Trabajaré muy duro por los dos –prosiguió–. Me esforzaré cada segundo de mi vida por sacarte una sonrisa de verdad, aunque eso me cueste sudor y lágrimas. Ayudaré en todo lo que necesites, incluso si es mantener a tu familia. De verdad, te aseguro que nada de lo que te estoy prometiendo se quedará en simple palabrería.
»Tampoco espero que me ames de la misma manera. Sé que para ti nunca seré tan guapo como ese Uchiha, ni que te gustará mi voz como la suya, ni que provocaré las mismas emociones que él te provoca. Pero afrontaré lo que haga falta, con tal de que estés conmigo. Creo que puedes entender que mi amor por ti es mucho más fuerte que todo eso; que te amaré siempre sin reservas, sin excusas, sin miedo. Por favor, Sakura-chan, acepta mis sentimientos... –abrió aquella cajita y, de su interior, resplandeció con fuerza un pequeño objeto dorado–. Por favor, cásate conmigo. Aunque no pueda ser hasta que cumplamos dieciocho años, por favor, acepta ser mi esposa.
No fui capaz de sentir ni un solo músculo de mi rostro. Ni siquiera podía sentir mi propia respiración. Ni mi corazón. Ni mi cerebro.
Rock Lee me había dejado totalmente paralizada.
SASUKE
Cuando ya no quedó ni un solo retazo del crepúsculo detrás de los árboles, Naruto se dejó caer en el suelo con pesadez. Sus jadeos se vaporizaron en el aire gélido.
–Teme, no puedes negarlo... Esto ha sido un empate –dijo sofocado.
Boté el balón contra el suelo de hormigón blanco. Aunque no respondí nada, se me escapó una sonrisa burlona. Llevábamos jugando horas, casi sin descanso. El idiota rubio se había picado como un crío cuando le dije que, por mucho que hubiera mejorado, a mí no podría ganarme. Sinceramente, era muy fácil ponerle las pilas a base de desafiarle.
En realidad, cuando había decidido venir aquí, no había tenido muy claro que fuera a echar unas canastas con él. Por esa razón, me había limitado a unos vaqueros y una chaqueta un poco más deportiva, debajo del abrigo tipo parka. Aun así, estuve tan ágil como Naruto con su chándal. Y puede que incluso más.
–Oye –el idiota rubio se incorporó y apoyó un brazo en su rodilla–, vamos a tener que dejarlo aquí. El festival ya habrá empezado, y tengo que volver a casa a arreglarme un poco.
Seguí botando el balón, alternándolo de una mano a otra.
–¿Dónde es el festival?
–En Shibuya. Los fuegos artificiales serán a medianoche, como siempre.
–¿Te espera alguien?
Naruto ladeó la cabeza, mirándome con una sonrisa socarrona.
–¿Tú qué crees?
Sabía que mi pregunta, tal y como me demostró su respuesta, había sido bastante estúpida. No era eso lo que había querido preguntar realmente.
Tras un largo suspiro, Naruto se levantó del suelo. Se acercó a la red metálica que rodeaba la cancha y se inclinó para agarrar su mochila. Sacó el móvil.
–Hinata-chan me comentó que todos irían a partir de las once. Son las diez menos cuarto, ¿crees que me dará tiempo a llegar a casa, ducharme y estar allí a esa hora?
Me encogí de hombros.
–Nunca me ha dado por averiguar si eres de los que se pasa mucho tiempo bajo la ducha –repuse.
–¡Buah! Canto hasta canciones.
–Me niego a escucharte –corté rápidamente.
Él se carcajeó. Hizo una pausa y miró su móvil, mientras yo seguía botando el balón.
–Oh, mierda... –su susurro me detuvo.
Arqueé una ceja. El idiota rubio tenía el ceño muy fruncido y sus dedos se balanceaban por la pantalla del teléfono, como si estuviera leyendo el mismo mensaje una y otra vez, sin creérselo.
Tuve un presentimiento.
–¿Vas a decirlo ya, o tengo que preguntarte como los niños pequeños? –inquirí.
Él apartó la mirada del aparato, lentamente. Sus ojos azules me mostraron un sentimiento que no supe muy bien interpretar. Parecía ansiedad. O preocupación. O lástima.
–Es un mensaje de Hinata-chan...
Entorné los ojos.
–¿Se han cancelado los planes de ir al festival? –en realidad, no creía que fuera eso.
Noté que Naruto tragaba saliva. Sus dedos estaban blancos, fuertemente ceñidos en torno al móvil. Tardó un poco en continuar.
–Hace unos días, antes de Navidad, me enteré de que Rock Lee estuvo a solas en la Tokyo Dome City con Sakura-chan. Se suponía que yo también iba a ir, pero el Sabio Pervertido –se refería a su padre adoptivo, Jiraiya– me dio la sorpresa de visitar un onsen y, por lo visto, el resto de los que íbamos tampoco pudo asistir. Poco después, volvimos a vernos, en otras salidas que organizamos. En una, concretamente, tuve una charla con el Cejotas. Siempre he sabido que andaba detrás de Sakura-chan; no es algo que se esfuerce mucho en ocultar, como te habrás dado cuenta tú también.
Apreté un poco la mandíbula, pero no comenté nada. Sus palabras estaban acelerándome el pulso.
–El caso es que ese día me dijo algo que no he podido olvidar –resopló y algunos mechones de su flequillo rubio se removieron–. Creo que ya te conté lo de que a mí también me gustó Sakura-chan un tiempo, ¿verdad? Lo de que llegué a confesarme –asentí en silencio–. Bien, pues Lee ha planeado todo este tiempo dar un paso más. Cuando me lo comentó, no terminaba de creérmelo... De hecho, hasta ahora pensaba que en el último momento se echaría para atrás. Pero al final lo ha hecho.
Se detuvo, y me picaron los nudillos. No por el frío. Sentí chispas en la garganta. Al ver que no seguía hablando, me desesperé.
–¿Qué es lo que ha hecho?
Naruto se mordió el labio, angustiado.
–Sakura-chan ha salido hoy a solas con Lee. Por lo que sé, ahora mismo están cerca del festival, y ella le ha enviado rápidamente un mensaje a Hinata-chan, contándoselo –el azul de sus iris brilló de una manera extraña–. Sasuke, Rock Lee le ha pedido a Sakura-chan que se case con él.
No me hicieron falta más explicaciones. Ni siquiera me preocupé por mirar la hora, o por ser consciente de dónde me encontraba. El balón cayó de entre mis manos, dejando tras de sí unos golpes siniestros, y ya solo recuerdo que mis piernas empezaron a correr.
SAKURA
Hacía frío. Mucho frío. Del tipo que te cala muy adentro; que por más ropa o mantas que te eches encima, no desaparece. Pero no era solo un frío ambiental. No era solo la sensación de que mis dedos: desnudos en los guantes medio abiertos que llevaba, se estuvieran convirtiendo en témpanos de hielo poco a poco. Por mucha lana con la que los hubieran tejido, ¿a quién se le había ocurrido hacer unos guantes así: sin que cubriesen los dedos? ¿O cómo se me había ocurrido a mí ponérmelos? No servían para nada...
Aunque tenía la certeza de que el problema no eran los guantes. Ni el frío exterior. Ni el frío en sí.
El problema era yo.
No sabía si había tomado la decisión correcta.
Avancé por las calles en un silencio que me estremecía, segundo sí, segundo también. A mi alrededor, la gente sonreía reluciente, ataviada en kimonos de todos los colores y formas, como en un arrecife colmado de peces policromáticos. Cuando empecé a ver los primeros paraguas en la lejanía, sentí algo fresco derritiéndose en mis mejillas.
Alcé la cabeza hacia el cielo. Nevaba. Al fin nevaba.
Entorné los ojos, y algunos copos se deshicieron en mis pestañas. Sin darme cuenta, mis pies me habían traído de vuelta al Parque Yoyogi.
En ese preciso instante sentí mi móvil vibrando en mis espaldas.
–Hola, cielo, ¿sigues con tu amigo? –la voz de mamá sonaba cariñosa a través de la línea.
–Ya no estoy con él.
–Bien, Hana y yo hemos decidido ir al festival. ¿Vienes con nosotras?
–Mamá, no sé si quiero ir... ¿No preferís que nos quedemos mejor en casa? –sentía como si mi lucha por mantener el ánimo se debilitara por segundos.
–Cariño, es Nochevieja. Deberíamos salir y divertirnos. ¿Tú dónde estás?
Di un rodeo con la mirada. No muy lejos, identifiqué un conocido puente de madera.
–Cerca del lago del Parque Yoyogi.
–Bueno, ¿y entonces qué harás?
Vacilé.
–No lo sé todavía.
Ella soltó un resoplido, que hizo temblar mi oído a través del teléfono.
–Está bien. Si vienes, ya sabes que no nos moveremos de enfrente de esa tienda de dulces que te gustaba de pequeña. Por favor, no tardes en decidirte. No me gusta que andes sola por la calle a estas horas y, además, queda poco para los fuegos artificiales.
Aparté el móvil de mi oreja un segundo y miré la pantalla. Las once y media.
–Vale, no te preocupes. Te mandaré un mensaje con lo que sea.
Nos despedimos y, finalmente, colgó. Dejé el móvil, avancé unos pasos al frente...
... y me quedé paralizada. Era luna creciente y la noche estaba muy despejada; ni un mísero jirón de nubes opacaba las pocas estrellas que los efectos de la ciudad permitían apreciar. Había luz suficiente y, en medio del puente de madera que atravesaba el gran lago, reconocí una figura.
El corazón me dio un vuelco.
Sasuke se me quedó mirando detenidamente, en silencio. El paraguas que sostenía en las manos, me recordó que seguía nevando. Mi rostro ardió debajo de las gotas frías en las que se convirtieron los copos de nieve. Por un segundo, me alivié de llevar puesto el gorro.
Avancé cautelosa hacia el puente, y sentí un escalofrío cuando la madera crujió ligeramente bajo mis botas. Me detuve a un par de metros de distancia con respecto a él. No quise dar ni un paso más.
–¿Por qué estás aquí? –solté.
Sasuke tardó en responder. No supe interpretar el brillo de sus ojos.
–Te buscaba.
Sentí un hormigueo en mi vientre. ¿Cómo podía decir algo así con tanta naturalidad?
–¿Por qué? –farfullé, crispando los puños.
–Veo que te ha hecho falta poco tiempo para cumplir con lo que me dijiste. Honestamente, pensaba que no te sería tan fácil –aunque su semblante continuó impasible, el timbre de su voz mostró fastidio.
No necesité que me especificara más. Comprendí inmediatamente la razón por la que había aparecido, y maldije en mis adentros a Hinata.
Una oleada de rabia me inflamó las venas.
–No tienes el más mínimo derecho a decirme esto –contraataqué entre dientes.
Su expresión se endureció.
–En el momento en que me soltaste todo lo que sentías, ese derecho me pertenece.
–¡No te pertenece nada de mí! –elevé la voz.
Sasuke enarcó una ceja.
–¿Tan segura estás?
Me ardieron los nudillos.
Quise decirle que le odiaba con toda mi alma. Quise llenarme de ese odio y aplastarle con mis palabras. Quise gritarle el ciclón de furia, impotencia y frustración que llevaba soportando desde que le había conocido. Quise hacerle desaparecer. Quise hacerme desaparecer a mí.
Pero no pude.
De repente, toda la rabia que me había invadido se transformó en abatimiento. Parpadeé, sintiendo un ligero escozor en los ojos.
–¿Es que no te cansas? –se me enronqueció la voz–. ¿Por qué apareces ahora? ¿Por qué quieres llevarte también la pequeña felicidad que he labrado para mí misma? ¿Acaso no es suficiente todo lo que tienes ya?
Sasuke frunció el ceño, pero se quedó en silencio. Por enésima vez.
–¡Habla! –le exigí desesperada.
–¿Qué motivos tienes para aceptar casarte con Rock Lee?
Una parte de mí había creído que no osaría mencionar ese asunto.
–¿Se trata de eso? ¿Yo no puedo elegir a otro ahora?
Tan pronto lo dije, dio dos zancadas y se situó tan cerca de mí, que su respiración envolvió mi rostro. Sus ojos estaban más negros de lo habitual.
–Respóndeme, Sakura –su aliento fresco me invadió, dejando un ligero aroma a menta en mis fosas nasales.
Ya había sufrido ese interrogatorio antes. Tragué saliva.
–Puede hacerme muy feliz.
–¿Por qué?
–Es amable, bueno, agradable...
–¿Y solo por eso lo tienes tan claro?
–Lo que importa es que me quiere.
–¿Y tú le quieres a él?
Mi barbilla tembló. Y mis dedos. Y mis rodillas. Y mis pupilas. Abrí la boca una vez... y callé. Abrí la boca una segunda vez... y volví a callar.
No sabes mentir.
Pensé desesperadamente en algo que pudiera servirme.
–Me basta con que sepa demostrármelo.
Sasuke apretó tanto la mandíbula que me dolió hasta a mí. Sus ojos titilaron de un modo furibundo.
–¿Qué es lo que quieres, Sakura?
Aquella pregunta me dejó sin palabras.
–¿Qué es lo que quieres? –repitió, alzando la voz–. ¿Quieres que me arrodille? ¿Quieres que me incline completamente ante ti? ¿Quieres que te bese los pies? ¡Vamos, dímelo! ¡¿Qué coño quieres?!
Me estremecí.
–No quiero nada... –musité.
–¡Mentira!
Soltó el paraguas y sus manos asieron con fuerza mis brazos. Los copos de nieve se adhirieron a nuestras ropas como trozos de algodón.
–¡Dime qué quieres y lo haré!
–¡Déjame, Sasuke!
Se me escapó un sollozo, y entonces fui consciente de que estaba llorando. Los ojos de Sasuke recuperaron su brillo. Un brillo de tristeza.
–¿Es eso? ¿Quieres que te deje? –su voz descendió hasta casi el susurro.
El terror me oprimió el estómago.
–No...
–¿Entonces qué? –exigió él.
–¡Vete con esas chicas! –le grité desgarrándome la garganta.
–¿Esas chicas?
–¡Sí, esas chicas! No te hagas el loco. ¿Por qué no vas a acostarte con la hermana de Gaara, o con alguna de tus fans histéricas, o con esa universitaria despampanante?
–No puedo...
–¿Por qué? ¡Hazlo! ¡Rápido!
–No lo entiendes...
–¡Claro que lo entiendo! ¡Vete ahora mismo con ellas!
–¡Ninguna de ellas eres tú!
Me quedé petrificada. No sentí las piernas. Ni los pies. Ni las manos. Ni las yemas de los dedos. Cada parte de mí se detuvo, en la milésima de un instante que se desmembraba sobre el sonido sordo, acelerado, vehemente de mi pulso.
Estaba soñando. Definitivamente eso no podía ser real.
–¿Qué...? –un par de lágrimas rodaron por mis mejillas.
No pude preverlo, Sasuke me envolvió en sus brazos.
–Eres un puto coñazo, Sakura –su voz ronca retumbó en mis oídos–. Eres la mujer más testaruda que he conocido en mi vida; capaz de forzar su propia mano por la rendijilla de una taquilla para coger sus zapatos, en lugar de pedir ayuda.
Abrí los ojos de par en par, mirando sin mirar su pecho agitado frente a mi rostro. ¿Cómo sabía eso?
–Eres tonta hasta lo inimaginable, por no contarle a nadie lo del garabato de los grifos en el patio trasero. Eres tan problemática, por haber provocado que me despellejara las manos limpiándolo –No puede ser. ¿Lo hizo él?–. Eres una puñeterísima cotorra, y tan torpe que hasta un pingüino atinaría mejor a hacer todo lo que haces. Eres una bruta por cortar vendas con tus propios dientes, y una neurótica por intentar superarme siempre en los exámenes. Y eres tan... –le costó un poco describirlo– empalagosa por sonreír de esa manera; por causar que mi corazón lata a un ritmo que no le corresponde; por provocar que los pulmones se me descontrolen; por joderme siempre con todos estos putos sentimientos que no puedo entender ni dominar. Eres lo más molesto de este universo. Porque contigo siempre pierdo el control.
»Y, por todo eso, haz el favor... no vuelvas a separarte de mí.
Me sentí a punto de desfallecer. El reflejo del corazón me golpeó las sienes.
–Por favor –continuó él–, no me digas que has elegido a otro hombre. No me digas que has elegido a Rock Lee.
Y ya no pude más.
–No le he elegido –noté que la espalda de Sasuke se enderezaba–. No voy a casarme con él. No acepté su proposición. Puedo imaginarme cómo te habrás enterado de esto... Naruto quizás no te haya dicho que le rechacé, a pesar de que fue esa una de las cosas que le escribí a Hinata.
Casi escuché sus dientes rechinar, y adiviné que estaba maldiciendo al rubio en sus adentros. Igual que yo había hecho antes con Hinata.
Pero, en el fondo, se lo debíamos a los dos.
Lentamente, me separé un poco para mirar a Sasuke. Su rostro níveo estaba empapado de gotas de agua; los mechones de pelo azabache que caían sobre sus ojos estaban cubiertos de copos de nieve. Cuando me devolvió la mirada, todo su enfado se esfumó. Así como cualquiera de sus pensamientos. Así como los míos.
Ahí estaba. Aquello que solo había formado parte de mi imaginación desde la primera vez que le vi. El fragmento más grande de todas mis utopías. El deseo de una vulgar niña mestiza que había creído eternamente imposible.
Si era un sueño, rogaba al mundo que no pudiera despertarme nunca más.
Las puntas de nuestras narices se rozaron, pero Sasuke dudó. Y comprendí por qué. Tenía tanto miedo como yo a repetir los mismos errores del pasado.
De pronto, estallaron en el cielo los fuegos artificiales. La noche se llenó de luces infinitas; rayos de sueños que se abrían por todas partes, inundando el firmamento, expandiéndose por delante de las estrellas, desvaneciéndose en el confín del universo.
No pude soportarlo más, y en el instante en que sentí el picor de mis labios, mi boca se grabó en la suya. Percibí su sorpresa un segundo y, rápidamente, me correspondió con el mismo ímpetu. Aquel beso fue mi permiso, y mi rendición, y mi decisión. La ruptura de todos mis reparos.
Y también la suya.
Sasuke perdió sus manos entre las hebras de mi pelo, tras la piel erizada de mi cuello. Todo mi cuerpo se agitó, y el suyo al mismo tiempo, ante aquel ínfimo contacto de nuestras bocas. No hacían falta palabras. Ni siquiera nos importó el frío de la atmósfera o el calor abrumador de nuestras mejillas tras cada beso. Sonreímos en los labios del otro, sin querer despegarnos, sin querer dividirnos, sin querer alejarnos nunca más. Allí, rodeados de nieve y de luces, sobre un puente que cruzaba el lago del Parque Yoyogi.
Por primera vez desde que conocía a Sasuke Uchiha lo supe.
Nuestros sentimientos estaban conectados.
