NOTAS DE AUTOR

La semana que viene será una completa locura, así que hoy me daré prisa y terminaré de subir todos los capítulos que quedan para igualarme con mi otra página web. Esta noche subiré el 25 también, aun cuando aquí se marcará como 26, y para mañana pretendo subir el nuevo nuevísimo para ambas webs. Os adelanto que, a partir de entonces, me será más difícil actualizar a menudo, pero siempre intentaré que sea al menos una vez por semana, como he hecho siempre. Mi tiempo para escribirlos no da para más, y en todas estas semanas me ha resultado muy difícil ponerme al día. No quería adelantar demasiado para no verme en la tentación de actualizar de verdad en mi otra página y en esta aún no.

El capítulo que os dejo ahora empieza de una forma muy satisfactoria para las mentes más pervertidas, pero no sé qué os parecerá el final. No quiero revelar nada, pero a partir de ahora aparecerán más conflictos en la historia, obviamente importantes para comprenderla bien y que se desarrolle adecuadamente.

Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.

Sin más... ¡A DISFRUTAR!


24. SECRETO

No sé cómo es que he llegado hasta aquí. Sinceramente, no sé qué es en lo que está pensando mi descabellada cabeza. Ya es de noche. Demasiado de noche para pisar el instituto.

Cuando abro la puerta corredera, me siento inquieto. Mi pulso se está acelerando por culpa de esa luz que veo al fondo del gimnasio, por el hueco de la puerta entreabierta del almacén. Mis pies avanzan hacia ella, pero no tengo la sensación de que esta orden la esté dando yo. Más bien, es como si caminaran solos. Por instinto. Por impulso. Por convicción. Como si intuyeran qué es lo que me espera al otro lado.

Inspiro hondo y, cuando tengo la puerta delante, la abro de un tirón. Aquí dentro, entre torres de cajas, pesas enganchadas a palos de hierro salpicados por el suelo, colchonetas apiladas, tonfas, muñecos de madera..., está ella. De repente tengo la certeza de que todo esto, de algún modo, es lo que tiene que pasar.

Sakura me mira sobresaltada un instante, y suspira aliviada al reconocerme.

–Sasuke-kun, ¿qué haces aquí?

Lo ha dicho con esa voz suya: que no llega a sonar aguda; que no llega a sonar grave. La voz de una sensual inocencia.

Sonrío de medio lado. Al ver la forma en la que muerde su labio, sé que ya no lo puedo resistir más.

–Ni te lo puedes imaginar –susurro, respondiendo a su pregunta.

En un par de zancadas la agarro por la cintura y, automáticamente, mis labios se funden en los suyos. Consigo introducir mi lengua como por inercia, resbalando hacia la senda de placer que me procura su boca. Me enredo con ella, me expando, me acuno aquí dentro, al tiempo que mis manos no pueden evitar bailar en su cuerpo. Siento su cuerpo: candente y tentador, bajo mis palmas, a través de la fastidiosa ropa. Oprimo con fuerza sus glúteos: firmes y llenos como los he imaginado siempre, y ella exhala un suspiro entre mis labios.

Dios o Dioses o quién sea que esté ahí arriba, lo siento, pero ya no puedo parar.

Noto mi miembro duro, cuando el deseo ya ha apresado todos los rincones de mi boca, de mi garganta y de mi estómago. Voy a devorar a Sakura aquí y ahora, y nada ni nadie podrán impedírmelo.

Afirmo bien su culo y la levanto con ansias.

–Sasuke... –vuelve a suspirar en mis labios.

Enreda rápidamente las piernas en mi cintura y percibo sobre el bajo de mi vientre esa ligera sensación de humedad, manando directamente de su centro. Abro los ojos un segundo y observo su rostro. Tiene las mejillas encendidas, los labios hinchados y los ojos tan brillantes que no puedo pedirle más.

Nada más. Salvo que me deje hacerle el amor ahora mismo.

Sin soltarla, camino hasta las colchonetas apiladas y la tumbo sobre la primera. Oigo su jadeo; su respiración agitada golpea mi rostro. Y la vuelvo a besar. Una y otra vez. Hasta que esos labios hinchados graben los míos para la eternidad. Ella me los muerde, delicadamente, y gimo sin poder evitarlo. Siento como si mi entrepierna pesara horrores.

Le bajo la cremallera, y al abrir su sudadera descubro, por los pezones que se levantan en su camiseta de algodón, que no lleva sujetador.

–¿Me esperabas? –quiero saber, incitándola con voz sugerente.

–Siempre –jadea ella.

Mis dedos se pasean por su rostro, descienden hacia una de sus orejas, se enrollan en uno de sus mechones rosáceos. Me detengo y me inclino a oler su pelo unos segundos. Es el aroma más exquisito que he podido respirar nunca. Y es mío. Todo para mí.

Vuelvo a besarla, y mis manos se mueven curiosas hasta sus pechos. Los atrapo, los acaricio, los mezo, arrancando eso que llevo tanto tiempo queriendo escuchar. Sus suaves gemidos.

Mi lengua callejea de nuevo por su cavidad bucal, por sus labios y hasta por sus dientes. Deseo derretirme en ella, traspasarla, mezclarme con todo su cuerpo y su ser. Lo físico a veces me parece tan poco para tanto que querría hacerle.

Desciendo aún más, por debajo de sus pantalones. Que no sean vaqueros me es de gran ayuda, cuando empiezo a deambular por su pedacito de carne, palpitante bajo la ropa. Doy vueltas, redondeles invisibles, que suben y bajan desde ahí hasta la entrada a su máximo interior. Ella tiembla debajo de mi cuerpo, disparando exhalaciones de desenfreno contra mis labios. Aprisiono con mi boca su cuello y comienzo a succionar, mientras uno de mis dedos se desliza por debajo de sus braguitas y se abre paso hasta su centro. Y luego un segundo. Y un tercero. Estoy fascinado con la cantidad de rocío que Sakura es capaz de generar para mí.

Salgo y entro. La siento vibrar. Arquea la espalda. Se muerde los labios.

–Sasuke-kun... –y de nuevo esa música.

Sigo saliendo y entrando. Creo que está a punto de estallar. Y lo hace. Detona en mis dedos, y sonrío por lo ardiente que es. Nada de la chica frígida que he malinterpretado al principio.

Levanto mis dedos mojados hasta mi boca y, sin dejar de mirarla, los degusto. Si alguna vez he dicho antes haber probado algo increíble, es porque no conocía ese sabor. Ella me mira con unos ojos colmados de deseo; sus pezones erizados trazan un ángulo perfecto con su mentón suave. Muerdo su barbilla, a la vez que alzo su camiseta. Mis dedos dibujan, juguetean, retozan con los botones de sus senos: cálidos y desnudos. ¿Qué importa el tamaño o el color que tengan? Ya son mis favoritos. Tengo ganas de saborearlos y mi lengua los busca con impaciencia. Los chupo y los mordisqueo suavemente.

En este momento las caderas de Sakura han empezado a balancearse. Alzo la mirada por debajo de mis pestañas. Su rostro me dedica una expresión suplicante; toda su piel está hirviendo. Hierve por mí. Me quiere dentro. ¿Y para qué esperar más?

La giro un poco en la colchoneta, dejando la mitad de su cuerpo en el borde. Sus piernas se abren sin rechistar cuando me sitúo en medio, y me inclino una vez más para besarla. Ella se incorpora un poco. Antes de que pueda hacer nada, se deshace de su camiseta, de su sudadera y de sus pantalones. Con una agilidad asombrosa. Seguidamente, sus manos me quitan mi camiseta. Las yemas de sus dedos recorren todo mi torso, acariciando sin miedo las cicatrices, con un gesto atestado de cariño.

Creo que hoy me la comeré enterita.

No espero más, me despojo de mis pantalones y de mis calzoncillos, sin apartar la mirada de ella. Sus dientes vuelven a dejar un mordisco incitante en sus propios labios, y me imagino que es mi pene el que acaba de sufrir ese pequeño pellizco. Ella lo está mirando, devorándolo con sus ojos verdes. Su entrada está ante mí: abierta, demandante, latiendo por que me adentre.

Sí, ni los huesos le dejaré.

Ella se reclina y yo la sigo, sellando de nuevo mi boca en la suya, poseído por sus besos fervientes de erotismo. Casi me desespera saber que nunca podré arrancar del todo esa golosina. Lamo sus labios de nuevo, imprimo los míos encima, mil y una veces. Mi miembro roza sus puertas, y es en este instante cuando me lanzo directo hasta su interior.

Sakura se arquea entera. Sus piernas me envuelven una vez más. Tal y como he clamado antes al cielo, ya no puedo parar. La lleno de estocadas, embisto su femineidad con el anhelo de fusionarme con todos sus recovecos. Escucho la sacudida de nuestros cuerpos contra la colchoneta, el choque empapado de nuestros sexos, los jadeos, los suspiros, los gemidos. Cada tramo de mi piel se ha bañado de sudor, y puedo ver que la suya también. El hueco entre su cuello y su garganta brilla provocador, por encima del zarandeo de sus pechos enrojecidos. Su cara está contraída bajo el reflejo de todas las emociones que nos embargan. Estoy seguro de que la mía está igual.

Me inclino hacia ella, sin dejar de entrar y salir apasionadamente, y mi boca vuelve a impregnarse de la suya. Mis manos se embrollan entre las hebras de su cabello, acariciando con los pulgares la piel suave de sus sienes.

Sakura es tan suave que hasta la seda me parece rugosa a su lado.

Es mía. Mía entera. Su cuerpo, en este mísero soplo del infinito, es completamente mío. Me basta con que lo sea ahora. Y lo que late dentro de su pecho, tan eufórico como el mío, también. Me basta con saber que lo es a cada momento.

Ella lanza un gemido profundo y en mis labios se dibuja una ancha sonrisa de gozo. Sus oleadas de placer se han convertido en mi canción favorita. La siento derramarse, inundar mi miembro del jugo de sus entrañas, y ya no puedo contenerme un minuto más.

Sin dejar de besar su boca, el fuego desciende hasta mi miembro. La penetro con una velocidad y un afán codicioso, tan abarrotado, que no tengo fuerzas para reprimirme. Sakura vibra por completo cuando estallo: con un dolor fugaz y sordo, en su interior. Mi cabeza cae hacia atrás, en el último suspiro que permito consumir, tras el bálsamo de delicia que está refrescando todas mis venas.


Al abrir los ojos, lo primero que noté fue esa inflada y latente molestia en la entrepierna. En la oscuridad no podía verlo bien, pero percibí un bulto prominente. Introduje un par de dedos debajo del calzoncillo y toqué ese liquidillo que emerge antes de llegar al culmen.

Chasqueé la lengua. El frío me atizó cuando me aparté la colcha de encima y salí de la habitación. Creo que hubiera sido mejor haberme hecho una paja, pero lo cierto es que el agua helada bajó mi erección al segundo de entrar en la ducha. Luego, al regresar al dormitorio, comprobé la hora. Las siete. Bueno, Itachi nunca se preguntaría por qué me había duchado tan temprano.

¿Cuánto tiempo hacía desde que estaba a punto de correrme por un sueño erótico?

Ni siquiera el de Isshiki había sido tan intenso.

Es normal. Llevas un puto mes sin follar.

Habían pasado varios días desde Nochevieja. Ya era 8 de enero, y la última vez que había visto a Sakura había sido en Año Nuevo, después de que ella hubiera ido a rezar al templo junto a su madre y su hermana. Por mi parte, yo había ido con Naruto y su padre adoptivo Jiraiya –Itachi no solía acudir allí y, de todos modos, había ido a visitar a los padres de Izumi, a las afueras de la ciudad–. No creía mucho en esas cosas, pero aquella vez me había dado por comprar con el idiota rubio un omikuji, uno de esos papelitos que predicen tu futuro y tu fortuna para el año. Me había salido hankichi (media suerte) y, la verdad, no sabía cómo tomármelo.

En sí, me sentía algo extraño. Era como encontrarme pendiendo de una cuerda donde, en un extremo, estaba todo mi entusiasmo y, en otro, todo mi bochorno. Haberme confesado a Sakura, aún más del modo en que lo hice, era un tema que prefería no revivir demasiado.

Sin embargo, no podía negar que me sentía satisfecho. O tal vez más que eso. Después de tanto tiempo, tenía la sensación de que las cosas estaban un poco más en orden. Ya no oía esas condenadas vocecillas en mi cabeza. Ya no tenía la conciencia revuelta.

Aunque seguía revolucionándome, sobre todo, durante los momentos en que no estaba con Sakura.

Eran impulsos raros. Nunca había sentido la necesidad de ver a alguien tanto como la sentía con ella. Y comprendía que no había forma de luchar contra eso. Es más, prefería no tener que luchar otra vez. No le veía el sentido. Si tenerla cerca no solo removía emociones molestas, sino que también otras que me agradaban el doble, entonces me quedaría todo el tiempo que hiciera falta a su lado.

Para colmo, había descubierto que verla contenta me gustaba. Y ser yo la causa avivaba un orgullo en mí que, aunque pudiera resultar patético, me enloquecía.

Sí, de perdidos al río se ha dicho.

Por todo ello, esa mañana me sentía impaciente. Me dije que quizás ese fuera el motivo (aparte de mis carencias sexuales) por el que había soñado con ella. Aquel día era el primero de la última etapa del curso: el tercer trimestre. En solo unas horas las clases darían comienzo una vez más.

Volvería a tener a Sakura en el pupitre de al lado.

Me puse el uniforme. El día había amanecido con ciertas capas de nieve en los tejados y en los muros de las casas, las azoteas y las fachadas de los edificios. Hacía un par de días que no nevaba, pero los rastros de lo que había caído en los anteriores persistía en las bulliciosas calles de Tokio.

Cuando entré en el salón, vi a Itachi a través de la ventana de interior que se abría en la pared de la cocina. Él ya había hecho café y, aunque me resultaba desagradable desayunar con él, me sentía tan animado que ni siquiera me importó hacer eso.

Eran las siete y media cuando salí de casa, así que me tomé mi tiempo para llegar a la estación de metro. En realidad, estaba de los nervios. Mis manos temblequearon ligeramente en una de las barras metálicas del tren. Tuve que repetirme en mis adentros, una y otra vez, que era estúpido estar así. Por un segundo, me sentí tan desorientado que solo quise echar a correr y regresar a mi dormitorio. ¿Por qué coño me descontrolaba tanto?

Pero supongo que mis ganas de ver a Sakura resultaban mucho más poderosas.

Esta es la última vez que ceno sukiyaki. A la próxima, le diré al puñetero dobe que nada de comida afrodisíaca antes de dormir.

En cuanto llegué a las taquillas del instituto, empecé a relajarme. Llevaba el tiempo suficiente haciéndome a la idea de lo que me encontraría, y ya solo me corroían las ansias de que sucediera.

Me sobraron segundos para percibir su media melena rosácea entrando por la puerta. Cerré mi taquilla, ya con los zapatos de goma calzados, y me encaminé al otro lado del mueble. Me quedé mirándola fijamente, con ella dándome la espalda hacia su taquilla. Mis ojos recorrieron el largo de sus piernas. Madre mía, lo que me habría gustado hacer con ellas en ese momento... Creo que, desde esa misma mañana, podía colgarme el cartel de golfo cada vez que la observaba.

Sin duda, tenerla al fin delante me hizo sentir infinitamente más aliviado.

Sakura cerró la puerta de su taquilla y se encaminó hacia el interior del edificio.

–¿Vas a seguir ignorándome sin ni siquiera tener la decencia de saludar?

Como movida por un resorte, se giró al oír mi voz.

–Sasuke-kun –¡Uf! Cómo me pones cuando me llamas así–, perdona, no te había visto. ¡Buenos días!

Le dediqué una sonrisa torcida y me acerqué a ella.

–Buenos días –correspondí.

Me incliné dispuesto a besarla en la boca. En ese preciso instante, ella movió la cabeza y mis labios terminaron estampándose en su mejilla.

No entendí muy bien si lo había hecho aposta o sin querer.

Se sonrojó hasta las orejas.

–B-bueno, vámonos a clase, ¿no? –tartamudeó.

Fruncí un poco el ceño. Me había molestado que no me reclamase inmediatamente un beso mejor, pero no protesté.

Durante el camino hacia nuestra aula, pude percatarme a la perfección de lo nerviosa que estaba. Cada vez que hacía el mínimo amago de acercarme un poco más a ella o de tocarla, Sakura se alejaba disimuladamente. Sabía bien que a la mayoría de las mujeres, en especial las japonesas, no les gustaba demasiado el contacto físico en público. Lo comprendía, porque yo mismo me había rehusado siempre a promoverlo; no obstante, con ella sentía la urgencia de iniciarlo. Y más después de tantos días sin verla. Y más después de ese sueño.

Echa el freno, ella tiene razón. No te revoluciones.

Cuando entramos en la clase, algunas miradas curiosas se posaron sobre nosotros. Muchas de ellas fue por hábito; otras se quedaron observándonos largamente. Vi a Ino por el rabillo del ojo alzando la cabeza desde el pupitre de Shikamaru, donde también se había reunido Chôji. Pero no me miró a mí.

Sakura pasó junto a ella y la rubia la retuvo por el brazo. No tenía ni idea de lo que estarían cuchicheando, pero duró bastante poco. La peli-rosa me lanzó una mirada fugaz y, seguidamente, regresó a Ino para decirle algo. Por mi parte, me limité a avanzar tranquilamente hasta mi sitio.

Finalmente, Sakura se separó de la rubia de larga melena y se encaminó a su pupitre. Desde la distancia, Ino me hizo un gesto amenazante con los dedos, apuntando un instante a sus ojos con ellos y luego disparándolos hacia mí.

Arqueé una ceja. ¿Tan amigas se habían vuelto aquellas dos?

–No le eches cuenta –Sakura también la había visto–. Aunque se haga a menudo la dura conmigo, solo se preocupa.

–Hmph, no es como si aquí hubiera algo de lo que preocuparse.

La peli-rosa me miró en silencio, pero no comprendí del todo la expresión de su rostro. Parecía turbada.

Suspiré y pensé en algo que pudiera cambiarla.

–Oye, ¿qué harás para la hora del almuerzo?

Sus ojos centellearon de un modo que me complació.

–¿Quieres venir conmigo y los demás, Sasuke-kun?

Sinceramente, lo de «conmigo y los demás» no me entusiasmó lo más mínimo, pero terminé encogiéndome de hombros. Sabía que ella lo interpretaría como una afirmación. Aunque no era ni de lejos lo que prefería, decidí que resultaba justo. Además, hacía tiempo que no comía con Naruto tampoco. El único que me irritaría más ver era Sai, pero últimamente parecía bastante distraído con Ino.

Sintiéndome repentinamente observado, miré un segundo al frente. Había esperado encontrarme con la mirada acechante de la rubia, una vez más, sobre mí; sin embargo, fue otra la que llamó mi atención. Karin apartó la mirada en el instante en que mis ojos toparon con los suyos. Resignada.


Las clases finalizaron con una rapidez que me alivió. El tedio de todas esas asignaturas, tan predecibles como siempre, era algo que ni siquiera mi nueva situación podía aplacar. Aunque, al menos, ya no me sentía furioso todo el tiempo.

Sakura y yo fuimos los últimos en recoger. Hacía algunos minutos que llevaba puesta la bufanda y los guantes, pero quise esperar a que la peli-rosa terminara con su mochila.

–¿Nos vamos? –inquirí, cuando ella guardó el último libro.

Se estampó una mano en la frente.

–¡Ah, mierda! Se me había olvidado decírtelo –dijo apurada–. Hoy tengo que hacer horas extras en la cafetería. Los gastos de las Navidades han salido más caros de lo que esperábamos en casa.

Sentí una inminente desilusión, pero me esforcé por que no se notara mucho. No quería hacerla sentir peor con eso.

–¿Y el Club de Kárate? ¿Has hablado con Asuma?

–Sí, y me ha dado el día libre sin problemas. De todas formas, me he preocupado por dejarlo todo listo antes de que lleguéis.

La miré sorprendido.

–¿Cómo has hecho eso?

–En los descansos. Ha sido un poco complicado, pero lo he conseguido.

Con razón ha desaparecido cada vez que sonaba el timbre.

–Das un poco de miedo...

–Lo sé, pero me gusta dejar mi trabajo bien hecho –ella sonrió ampliamente.

Un conocido calor se removió en la zona baja de mi vientre.

Un par de estudiantes salieron por la puerta charlando animadamente, dejándonos solos por completo. Fue entonces cuando decidí que había llegado mi momento.

Me situé frente a ella y me incliné una vez más, en busca de sus labios. Pero, quizás incluso más descarada que antes, Sakura me esquivó. Mis ojos se abrieron de par en par, anonadado.

¿En serio me ha vuelto a rechazar?

–Bueno –soltó un suspiro que me reveló toda su agitación–, lo siento, me tengo que ir pitando.

Rápidamente se colgó la mochila a la espalda, recolocó su silla y se alejó.

–¡Nos vemos mañana, Sasuke-kun! –dijo, justo antes de desaparecer por la puerta agitando una mano.

Me quedé petrificado, sin comprender absolutamente nada de lo que acababa de pasar.


Al terminar el entrenamiento en el Club de Kárate, el cual me ocupé de que se alargara más de la cuenta, tuve claro lo que debía hacer. Shibuya no quedaba muy lejos del Instituto Konohagakure. Si me daba prisa, estaba seguro de que lograría pillar a Sakura justo saliendo del trabajo.

De ninguna manera, permitiría que pasara un día más sin haberme llevado un solo beso suyo.

Llegué incluso un poco antes de lo previsto. Calculé que faltaría una media hora para que saliera de su turno. Desde lo que había pasado meses atrás con aquella agencia escort encubierta, Sakura había exigido que no le pusieran más en el último turno hasta el cierre. Y si había entrado desde la hora en que le correspondía estar en el club, imaginaba que ya habría cumplido con el cupo de horas extras disponibles.

Enterré media cara en mi bufanda y me encogí en la parka. Tenía congeladas hasta las pelotas, y maldije internamente a la peli-rosa por hacerme pasar esa penuria. No había querido entrar porque, en el fondo, todo aquello debía ser una especie de sorpresa. Además, dudaba mucho de que pudiera cumplir con mi objetivo allí dentro.

Un rato después, al fin, Sakura salió de la cafetería.

–Sasuke-kun... –su rostro mostró una sorpresa exorbitante al verme allí, sentado en el borde de una jardinera de piedra–. ¿Qué haces aquí?

Aquella pregunta me recordó demasiado a mi sueño erótico de esa mañana. Contuve mi imaginación de no jugarme una mala pasada, y me levanté.

–Ya ha acabado el entrenamiento.

Los ojos de Sakura se abrieron aún más.

–¿Y no has preferido irte a casa? Estarás muy cansado.

–Estaba aburrido, y tampoco me urge ducharme de inmediato. No he sudado mucho, que digamos. Hoy ha sido algo tranquilo.

Parpadeó agitada. No refrené mi mirada penetrante, pese a que sé que le puso mucho más nerviosa.

Había algo que no me cuadraba.

–¿Por qué me rehúyes cuando intento besarte? –solté sin miramientos.

Ella se mordió el labio y, de nuevo, tuve que reprimir mis fantasías.

Es muy difícil controlarse si haces eso.

–Bueno, es que... no creo que esté bien.

Fruncí el ceño.

–¿Por qué crees eso?

Sakura desvió la mirada. Tardaba tanto en hablar que me impacienté.

–¿Es por Rock Lee? –exigí saber.

Sabía perfectamente que, desde que rechazara su proposición de matrimonio, su amigo el Cejotas no había vuelto a dirigirle la palabra.

Ella me miró contrariada.

–¡Claro que no!

–¿Entonces?

–Es por la gente...

–Cuando he querido besarte por segunda vez, no había absolutamente nadie.

–Ya, bueno..., pero es que...

–¿Es que qué? –me tocaba los huevos que no arrancara de una vez.

Esto no está bien.

Guardé silencio. En ese momento creí entender a lo que se refería. Me inquieté.

–¿Te estás arrepintiendo de lo que ha pasado entre nosotros?

Sakura abrió mucho los ojos, mirándome alarmada.

–Pero ¿qué dices? No podría arrepentirme jamás de algo así. Llevo toda mi vida esperándolo.

–En ese caso, no te entiendo. ¿Por qué actúas de esta manera?

–Porque... –vaciló, y sus ojos titilaron alterados–. Porque me gustas tanto que me frustra saber que, en realidad, no somos nada.

Arqueé las cejas, alucinando.

–¿Qué?

–Pues... ya sabes... Sí, está claro que los dos sentimos algo el uno por el otro; que nos gustamos, y nos atraemos. Encima, ya hemos compartido algunos besos. Pero, aparte de eso, no tengo ni idea de lo que somos.

Me quedé helado. Justo cuando creía conocer perfectamente el terreno sobre el que me movía con Sakura, venía ella y me descuadraba todos los esquemas. Por enésima vez.

–¿Que no tienes idea de lo que somos? –repetí perplejo.

Se ruborizó y frunció mucho el ceño, como mosqueada.

–¡Vamos, Sasuke! Estoy segura de que sabes a lo que me refiero. Tú mismo lo has dicho esta mañana, cuando Ino te ha mirado como una exagerada al ver que estábamos juntos: «No es como si aquí hubiera algo de lo que preocuparse».

Sacudí la cabeza. Me había malinterpretado por completo.

–Joder, en serio... –se me escapó una sonrisa incrédula.

Hice una pausa al observar, de reojo, que ella se estaba empezando a cabrear. Tenía tantos malos humos que prefería darme prisa para que no se sulfurara.

Somos –reiteré una vez más. Di unos pasos hasta quedar frente a ella, y noté su leve desconfianza cuando levanté una mano. Le coloqué un mechón de pelo detrás de la oreja–. ¿A ti te parece que esto no es ser?

Antes de que adivinara mi propósito, tomé su cara entre mis manos y la besé. Fue apenas una caricia, en comparación con tantas otras veces en que mis labios habían contactado con los suyos. Pero me costó la misma vida separarme de ellos para mirarla otra vez. Joder, al fin la besaba después de tantos días.

–Eres mi novia, Sakura. Y yo soy tu novio. Somos una pareja. ¿Te ha quedado claro así?

Asintió con debilidad. Se había quedado petrificada. Sus ojos se habían agrandado tanto que se me antojó la imagen de un ser fabuloso, como las ninfas que se describían en los cuentos extranjeros.

No pude aguantarme, y volví a besarla. Con más fervor. Aquella vez mi lengua atravesó la barrera de su vergüenza, entrelazándome con la suya tras un fugaz titubeo. A los pocos segundos, sentí sus hombros relajarse, y sus manos rodearon mi cintura. Las noté tan frías que abrí mi abrigo y la atraje aún más hacia mí. Aun cuando Sakura no fuera tan bajita, no me costó envolverla allí dentro conmigo.

Noté su sonrisa contra mis labios, y como por instinto las comisuras de los míos se levantaron, sonriendo también. Por alguna razón, cuando hacía eso, me contagiaba de una forma que no podía impedir, alterando el flujo de mis venas a una velocidad vertiginosa, azuzándome el corazón como si fuera un motor indestructible.

–Me ha hecho muy feliz que vengas a verme así, sin avisar, Sasuke-kun –adoré hasta la saciedad cómo sonaba mi nombre de ese modo, cuando lo decía ella.

–Entonces tendré que repetirlo más veces.

Sakura volvió a sonreírme, mordiéndose el labio al mismo tiempo. Aquella manía me hacía perder el juicio, y reclamé su boca una vez más. Al cabo de un rato, el cielo se oscureció, y ni mi abrigo, ni el mismo calor que generaban nuestros besos bastaron para protegernos del frío.

Sus dedos acariciaron el piercing oscuro de mi oreja, en un gesto tan tierno, tan delicado que me estremeció. Ninguna mujer me había tocado nunca con la naturalidad con la que lo hacía ella.

Como si lo mío fuera meramente suyo.

–Tenemos que separarnos, ¿no? –susurró, con la nariz pegada a la mía.

Torcí un poco el gesto.

–¿Por qué? Te acompañaré a tu casa.

Dio un ligero respingo y me miró apurada.

–No, Sasuke-kun. Tú vives por el otro lado, mucho más lejos.

Me encogí de hombros.

–Vamos andando, y así no tendrás que preocuparte por que coja el metro. Aunque no sé si recuerdas que soy rico y me da bastante igual.

–Pero hace frío.

–Pues quédate cerca y ya verás cómo nos calentamos los dos.

Sus mejillas se sonrojaron con intensidad. Se me escapó una risa floja.

Es pudorosa hasta con una simple palabra.

Lentamente me separé de ella, y la sensación de alejarme de su calor me resultó desagradable. Le extendí mi mano.

–¿Vamos? –le incité.

Ella se quedó mirándola. Me di cuenta de que le había impactado ese gesto tan sencillo. Aun así, no se negó, y agarró mi mano, con unas ganas que provocó que entrelazara mis dedos con los suyos. Sin más dilación, avanzamos en dirección a su casa.


Unos días después, continué dándole vueltas a la expresión que me había puesto, antes de dejarla en su casa aquella noche. Por cómo me había descrito su situación económica, no había esperado encontrar en absoluto un chalet minimalista, ni un bloque de pisos moderno, así que no me había sorprendido comprobar que, desde fuera, su casa resultaba vieja y ruinosa. A pesar de ello, intuía que era acogedora. Al menos, por las personas que la habitaban.

Sakura se había mostrado más animada. Reconozco que verla así me encantaba. Sin embargo, tras darle un último beso en los labios y despedirme, había notado que me miraba de nuevo apesadumbrada. Quise convencerme de que era porque no le gustaba que le dijera adiós, pero mi instinto me decía que se trataba de algo más que eso.

Me había llamado, dispuesta a decirme algo –creo que había mencionado su casa–, pero se había callado al percibir que estaba ya un poco impaciente por irme. Hacía un frío de cojones..., aunque me habría parado a escucharla si me lo hubiese pedido. No había dicho nada y entonces me había mirado de esa forma.

De una forma que me molestaba demasiado.

Las siguientes semanas transcurrieron en calma. Sakura había tenido que faltar un par de veces más a los entrenamientos por hacer aquellas horas extras en el trabajo, aunque aquellas veces ya no había podido ir a recogerla. A cambio, me había apresurado en terminar antes con los entrenamientos de los días sucesivos y había regresado a su cafetería como cliente. Me había aficionado a los capuchinos y a los onigiri que hacían allí, de manera que siempre tenía una excusa para visitarla.

Por mucho tiempo que pasara, incluso ahora que estábamos juntos, lo cierto es que no me cansaba de observar a Sakura. No creo que fuese un simple embeleso, porque esas cosas son siempre temporales y efímeras. Lo mío era algo más; algo que aún ahora no logro explicarme a mí mismo.

Era mucho más que el hecho de que me gustara cómo brillaba su cabello rosa pastel a la luz de los apliques del local, o cómo su sonrisa iluminaba su rostro cuando entregaba los pedidos, o cómo centelleaban sus ojos de satisfacción cuando un cliente le agradecía sus servicios, o incluso cómo destacaba su trasero con aquella falda de tubo –que, por cierto, no paraba de decirme a mí mismo que ya iba siendo hora de tantearlo–.

Sí, era mucho más que todo eso.

Pero creo que la vida es un poco celosa por naturaleza. No te permite estar todo el tiempo bien, sin tener que atravesar situaciones complicadas, y yo ya llevaba demasiado flotando sobre una nube.

Tal vez no lo he mencionado antes, pero durante ese mes tuve que volver al hospital para realizar otro test ocular. Normalmente me daban el diagnóstico en el mismo día, y aquella vez, como siempre, me habían dicho que todo estaba en orden.

Pero, a principios de febrero, encontré una carta del hospital en el buzón.

Itachi no estaba en casa y no había revisado el correo todavía, por lo que fui yo el que llevó todas las cartas al apartamento. No obstante, abrí la mía en cuanto crucé la puerta.

Estimado Sr. Sasuke Uchiha:

Le escribo para rogarle su regreso urgente al hospital. Repasando las pruebas del último examen ocular que le aplicamos hace unas semanas, hemos encontrado algo que requiere de su inmediata atención.

Disculpe por habernos percatado de este fallo tan tarde, pero solicitamos su revisión de manera inminente.

Por favor, vuelva lo más pronto posible.

Doctor Hôshô Koizumi

Al principio no supe muy bien cómo reaccionar ante esas palabras. Pensé en quemar la carta y en obligarme a actuar como si nunca en la vida hubiese entrado en mi casa. Luego, pensé en llamar al hospital y exigir que se me informara inmediatamente de cuál había sido el error que habían detectado en los últimos análisis.

No hice ninguna de esas cosas. Simplemente me quedé paralizado.

En mi cabeza empezaron a brotar miles de recuerdos, que creía haber enterrado en los pozos más oscuros de mi memoria. Como casi todo lo que tenía que ver con mi pasado, no se trataban de recuerdos agradables, ni mucho menos dulces.

Recordaba a mi madre el día en que llegó una carta parecida a casa. Yo estaba en el salón, entretenido con mis juguetes, cuando oí un estruendo en la cocina. A mi madre se le habían caído varios platos y unos cuantos tenedores, pero nada pareció más importante que el papel que sostenía entre las manos, el cual miraba con los ojos desorbitados, leyendo una y otra vez lo que ponía sin creérselo.

A partir de ahí, empezó a adelgazar.

Siempre he sabido que la razón por la que no me convencen las mujeres muy delgadas es esta. De hecho, al ver a Sakura algo más fina aquel invierno, le dejé rápidamente claro que odiaba la idea de que no comiera lo suficiente. Ya me parecía lo bastante flacucha como para que enmagreciera aún más.

No quería ni imaginar a una Sakura tan delgada como se quedó mi madre.

Tras diagnosticarle la retinosis pigmentaria, enloqueció. O al menos era eso lo que había pensado siempre por su comportamiento. Al haber recibido esa carta del hospital ahora, me aterraba la idea de convertirme en lo mismo en lo que acabó convirtiéndose ella. ¿Tan terrorífico era perder la vista? En realidad, temía incluso figurármelo.

Quizás lo único que había aliviado a mi madre había sido abandonarnos. Quizás nos había hecho un favor. No lo sabía. No tenía ni puta idea de qué era lo que la había llevado a actuar de esa forma.

Pero me negaba a seguir sintiéndome culpable por sus paranoias.

Ahora, poco a poco, empezaba a darme cuenta de que no todo el mundo era así. Me estaba permitiendo albergar algo de esperanzas en las mujeres. En las personas en general. Estaba convencido de que Sakura no era ni sería nunca de ese modo.

Y decidí dejar esa carta. Temporalmente. Aun cuando me exigían que actuase con urgencia, la guardé en mi dormitorio, lejos del conocimiento de Itachi. Me dije a mí mismo que no era el momento para algo así. Aunque no podía estar seguro de que aquel asunto se tratase de esa misma enfermedad, tampoco quería arriesgarme a saberlo. Fuera lo que fuese, aún no estaba preparado para afrontarlo.

Quería disfrutar un poco más de mi vida y de Sakura.


Al día siguiente, Naruto no vino al instituto. Me comentó que había pillado una gripe de esas que duraban veinticuatro horas. Fue el motivo por el que me adelanté al Club de Kárate.

En el vestuario estuve absolutamente solo. Normalmente se dejaba una hora de espacio entre el término de las clases ordinarias y el inicio de las extraescolares. La gente aprovechaba ese tiempo para merendar algo o para hacer deberes, y yo sabía que ese día solo dos personas habíamos pensado en venir al gimnasio durante ese descanso. Me adentré en él y, como si lo hubiera organizado por mi cuenta, detecté la puerta del almacén entreabierta.

Aquella situación me resultaba tremenda y placenteramente familiar.

Cuando abrí la puerta, Sakura ya estaba en sobre aviso. Imagino que escuchó mis pasos acercándose.

–¿Quieres que te eche una mano? –le pregunté, al verla levantar una de las colchonetas.

Intenté alejar de mi mente la fantasía de aquel sueño erótico sobre ellas.

–Normalmente te diría que no, pero... creo que no tienes nada mejor que hacer, ¿verdad? –me sonrió avergonzada, mientras bajaba la colchoneta para mirarme.

Me acerqué a aquella pila y agarré otra colchoneta, poniéndola sobre mi cabeza. Me asombró la facilidad con la que Sakura llevó la suya. Cualquier otra chica se habría detenido y habría bufado mil veces al cargarla.

Aunque ya conocía de sobra su fuerza física.

–Oye, ¿quién te enseñó a luchar? –quise saber, cuando dejamos las primeras colchonetas en el suelo.

–Mi abuelo.

Regresamos al almacén y atrapamos otras dos.

–¿Y cuándo fue eso?

–Hmmm –Sakura compuso una expresión pensativa–, creo que tenía nueve años cuando empecé.

–Veías películas de Jackie Chan y te entraron ganas de pegar guantazos, ¿o qué?

–En verdad..., me parece que fue porque estaba cansada de que los niños se metieran conmigo. No sé si te acordarás, pero yo estaba bastante rellenita.

–No te recuerdo así. Bueno, no tanto como para que fueras objeto de burla.

–Quizás es que tú tenías una mente más benévola –rio ella.

Entorné los ojos. ¿Una mente benévola? A lo mejor de pequeño sí, pero ahora mismo estaba conteniendo mis ansias de arrancarle la ropa y empotrarla contra la pared como un puto animal. Eso no podía ser muy de persona benévola. Creo. Aunque dependía de la perspectiva.

–¿Y por qué aikido? –continuar con aquel tema me servía para no llenarme la cabeza de sexo en su presencia.

–Es un arte marcial que mi familia ha practicado desde que apareció. Mi madre me contó que, gracias a él, mi abuelo pudo librarse de muchas situaciones peligrosas en la guerra.

–¿En la Segunda Guerra Mundial, dices? Pero si allí se basaba casi todo en armas de destrucción masiva.

–Lo sé, pero le ayudó a no enloquecer ante tantos horrores –especificó, con una pasión que se reflejaba nítidamente en sus pupilas–. Mi abuelo piensa en el enemigo como alguien que hay que esquivar, a quien no puedes permitirle que penetre la fortaleza de tu mente. Contempla las artes marciales, y la vida en sí, como una cuestión de paz. Nunca en buscar el daño físico del otro. Hay que perfeccionar el espíritu y vencer desde una posición mental, que nos lleve a todos a la armonía global, lejos del orgullo y del ego.

–Es una utopía.

–Es una forma más de pensar. Y a mí me gusta.

Zarandeé la cabeza. De niño me habían enseñado que los luchadores de aikido eran todos unos fantasiosos, poco pragmáticos, poco realistas. Pero no sabía qué pensar de Sakura. Siempre la había visto como una chica seria y sensata. Me sorprendía que, en el fondo, viera las cosas así.

Aunque ella siempre era como una caja de sorpresas.

Cuando terminamos con la colchoneta, la contemplé detenidamente, apoyándome en el marco de la puerta del almacén. Estaba de espaldas a mí, haciendo recuento de los materiales como ya la había pillado tantas otras veces; sin embargo, en aquella ocasión su imagen se me hizo irresistible.

No se había recogido el pelo, y desde que se lo había cortado a capas, su nuca se mostraba mucho más deliciosa, como un pedacito de algodón que me llamaba para tocarla. Tenía la sudadera atada a la cintura, donde se marcaba muy sugerentemente la curva de sus caderas, y sus hombros firmes se veían perfectos bajo la camiseta deportiva y remangada. ¿Cómo podía parecerme maravillosa la silueta de su espalda, cuando ni siquiera podía verle la piel?

Todavía me parece fascinante la capacidad que posee el deseo para atraerte hacia una persona. La persona que te gusta. Resulta más fuerte que con la comida. El deseo puede convertir a alguien en tu plato preferido, incluso aunque no hayas probado ni solo bocado.

Y el deseo que yo sentía hacia Sakura sobrepasaba los límites más insospechados.

Se me resecó la garganta. Mis pupilas se dilataron. El pulso se disparó en mis oídos. Apenas fui consciente del momento en que había llegado hasta ella, como si mi cerebro se hubiera trasladado a un lugar aparte y mis ojos vieran todo a través de una pantalla. Mis dedos trazaron un camino ascendente por los brazos de Sakura. Al sentir su aroma filtrándose por mis fosas nasales, fue como despertar de aquella ensoñación y, de pronto, la vi allí: exquisita para mí.

–¿Sasuke-kun? –su respiración sonó irregular.

Enterré mi rostro en su pelo rosado y aspiré su olor. Sentí sus hombros temblar ligeramente bajo mis manos. Su agitación me excitó aún más. Aparté su media melena a un lado y mordí suavemente su oreja. Ella se estremeció y, seguidamente, dejé un camino de besos hasta la curvatura de su cuello. Me detuve. Lamí su piel. Estaba muy caliente.

–Sasuke-kun, espera... –pero no la dejé hablar.

Mis manos aferraron con delicadeza el pelo de su coronilla y, cuidadosamente, giré su cabeza hacia mí. Mis labios acariciaron los suyos un instante, y casi en el mismo segundo fundí toda mi boca en la de ella. Pude sentirlo. Un sutil gemido vibrando desde sus cuerdas vocales, en el instante en que nuestras lenguas se entrelazaron.

Y ya no pude más.

La volteé por completo y la atraje hasta mí, besándola de nuevo, con un ansia casi demente. Estaba enfermo por ella entera, lo sabía, pero no podía remediarlo. Al fin, cumpliendo con la ambición que había estado reteniendo aquel último mes, mis manos rodearon, apretaron y subieron sus glúteos. Ella dio un respingo y se le escapó una risita contra mis labios. Pero no me apartó.

No me apartaba y yo lo único que quería era seguir. Y seguir, y seguir.

Nuestras bocas continuaron buscándose, juntándose, jugueteando, cargándonos de la saliva del otro. No nos importaba. Era la guarrada más placentera del mundo. La fusión menos asquerosa que se podía experimentar.

Caminamos sin despegarnos hasta una pared. La espalda de Sakura chocó con un golpe sordo, pero ella se echó a reír, y yo me reí con ella. Mis manos se movieron por todo su cuerpo. Y entonces bajaron a su entrepierna.

–Sasuke-kun... –oí su voz, y volví a acallarla con otro beso.

Sin pudor, introduje una mano por dentro de su pantalón. Primero, acaricié la piel de sus muslos, de sus piernas y de sus nalgas, que volví a pellizcar con ganas. Su culo era aún mejor que en mis fantasías.

–Sasuke-kun, en serio, nos van a... –y otro beso más.

Con una mano aferré sus dos muñecas, tal y como ya había hecho una vez, y las levanté por encima de su cabeza. La otra continuó coqueteando dentro de su pantalón. Oí que volvía a llamarme contra mis labios, pero, sinceramente, no podía detenerme. Estaba poseído por el deseo. Completamente.

Todo lo que hacía o decía me parecían solo elementos con los que buscaba encenderme mucho más.

Su espalda se contrajo y creí en ese momento que quería que la aupara. Sin embargo, proseguí con las caricias de sus muslos. Mis dedos resbalaron entonces hasta su entrepierna y, con el de en medio, tanteé. En cuanto localicé su clítoris, sin pensarlo, comencé a delinearlo. Muy despacio. El cuerpo de Sakura se sacudió entero. Tembló. Jadeó.

Me aparté de su boca y descendí con más besos de vuelta a su cuello.

–Sasuke-kun... –mi dedo presionó su pedacito de carne–. Sasuke-kun, por favor... –mi dedo se movió de arriba abajo, sin dejar de presionar–. Sasuke... –el índice se agregó al recorrido, pulsando junto al otro su centro un instante, por encima de la braguita, totalmente mojada–. Sasuke, para... –todos mis dedos se movieron hacia el borde de su ropa, directos a su desnudez–. ¡No me toques, Sasuke!

Y fue en ese preciso momento cuando, inesperadamente, me vi despedido hacia atrás.

Sakura jadeó. Pero ya no era de placer. Ni de gozo. Ni de deseo.

Sus almendrados ojos verdes estaban como platos, delatando un sentimiento muy diferente a todo lo que yo había creído hasta entonces.

Sus palabras resonaron en mis oídos como un eco tortuoso e interminable.

¡No me toques, Sasuke!

Sentí de pronto como si toda la sangre que corría por mis venas se congelase. Sakura me había empujado con todas sus fuerzas, logrando incluso zafarse de la mano con la que había amarrado las suyas. Asqueada de mi contacto.

Cuando asimilé lo que acababa de suceder, experimenté un profundo rechazo. Hacia mí mismo. Sacudí la cabeza y, al volver a mirar a Sakura, comprobé que ella seguía allí, con esa expresión.

La expresión del miedo.

¿Cómo había podido perder el control hasta ese punto?

Ya no era que me asaltaran emociones a las que no terminaba de acostumbrarme, sino que aquella vez me había dejado ir hasta un extremo que nunca debí haber permitido. Había cruzado la línea por completo.

Apreté la mandíbula, y de forma imprevisible me atacó otro sentimiento más. Furia. De nuevo hacia mí mismo. Y también hacia Sakura. No podía ser verdad que yo hubiera sido el único que había estado disfrutando de aquello. La había oído reírse; yo mismo me había reído con ella.

La gente no se reía cuando estaba sufriendo.

¿Verdad?

Solté un suspiro airado por la nariz. No comprendía mi falta de vista en aquel asunto. No comprendía las reacciones tan contradictorias de Sakura. Un segundo estábamos pasándolo en grande y, al momento siguiente, me empujaba como si mi cuerpo quemase.

Si me tenía tanto asco, podría haberse ahorrado los besos de vuelta.

Frustrado, rabioso, avergonzado, decidí que mi presencia allí sobraba. Rompí el contacto visual con Sakura y me encaminé hacia la puerta.

–Sasuke-kun, espera, yo...

–No te acerques –la corté súbitamente.

Si hubiera vuelto a sentir su tacto, a pesar del torbellino de negatividad que me había invadido, sé que no habría podido resistirme. Otra vez.

Me incliné por el factor del espacio.

Necesitaba espacio para reflexionar sobre lo que acababa de pasar. Y ella también. Aunque me jodiera lo más grande, tenía claro que mantenerme alejado era lo mejor. De momento.

Sentí su mirada atravesándome, pero me negué en redonda a girarme. No habría aguantado esa expresión de terror una vez más.