NOTAS DE AUTOR

Lo prometido es deuda. Aquí está el último capítulo subido hasta ahora en ambas webs. Espero que os guste mucho.

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Sin más... ¡A SEGUIR DISFRUTANDO!


25. CHOCOLATE

Cagada. De la grande. En todos los sentidos.

Mi reacción esa tarde había sido una cagada. Y la causa había sido estar cagada. Y seguía cagada, al volver a enviarle un mensaje a Sasuke en casa, tras regresar del trabajo.

Yo: Por favor, Sasuke-kun, respóndeme. Quiero hablar contigo.

Más cagada aún. Él no daba señales de vida.

Sé que estas palabras no son nada agradables, pero creo que no existe mejor descripción de lo que sentía en ese momento.

Haber empujado a Sasuke de esa manera: tan brusca, tan violenta, era algo que no se merecía. Me había dolido incluso a mí ver su rostro consternado, con sus ojos negros muy abiertos en señal de pánico.

Cierto era que se había propasado aquella vez. Me había aterrado la idea todo el tiempo de que alguien hubiese podido pillarnos. No sabía qué mosca le había picado para volverse tan ardiente de pronto. Ya iban dos veces que me hacía eso en el almacén. Y lo que no había podido soportar había sido esa mano suya, moviéndose por mi entrepierna y tocando mi... Me moría de la vergüenza solo de pensarlo.

Lo peor era que me había gustado. Muchísimo. Y al mismo tiempo me había asustado. Demasiado.

Tuve miedo de arrepentirme.

Aun cuando él había sido mi amor platónico desde niña, sentía que había cosas que tenían que llegar antes que eso. Necesitaba conocerle un poco más y comprender si, verdaderamente, entregarle algo como mi virginidad sería una decisión que recordaría como buena y bonita, no como mala y desesperada.

Mi primera vez no podía ser en el almacén de un gimnasio de instituto.

Sin embargo, al mismo tiempo, me sentía gilipollas. Estaba segura de que otras habrían aprovechado la oportunidad. Que Sasuke Uchiha te tocara era parecido a un regalo del cielo para muchas mujeres. Y para mí también. Pero tenía que ser objetiva.

Además, aunque él dijese que éramos una pareja... ¿quién narices sabía que estábamos saliendo? Incluso parecía haberme rehuido el día en que me había acompañado hasta casa, cuando había estado a punto de preguntarle si quería pasar. Se lo había pasado por alto porque entendía que conocer ahora a mi familia resultaría un poco precipitado, pero las chicas se le seguirían tirando al cuello tan tranquilas, al creer que continuaba soltero. ¿Y yo qué? ¿Me tocaba quedarme de brazos cruzados, conformándome con besarnos por las esquinas, en secreto?

No me gustaba llamar la atención y consideraba inapropiado exponer continuamente un contacto físico muy explícito en público, pero eso no quitaba que de vez en cuando estuviese bien saltarnos esas normas. Quizás fuera yo y mi sangre occidental la que me empujaba a ello, pero entendía que no era la única si él se me había abalanzado de esa forma en el almacén.

Si podía hacer esas cosas, digo yo que dejar claro a la gente que estábamos juntos también, ¿no?

Tenía que hablar con él.

Y al ver que esa noche había optado por el silencio, al día siguiente me apresuré en llegar pronto al instituto para atraparle en las taquillas.

–Sasuke-kun, ¿podemos hablar ya?

Él me daba la espalda, al tiempo que sacaba sus zapatos de goma y se quitaba los mocasines oscuros. Resopló.

–¿Qué quieres ahora? –odié el tono tan frío con el que se dirigió a mí, como si volviéramos una vez más al principio.

Cerró la taquilla. Vacilé.

–Mira, este tema me molesta mucho –empecé.

Por fin, él se giró para mirarme. Enarcó una ceja.

–No te sigo con lo del tema. ¿Cuál tema?

Enmudecí unos segundos. Mierda. Las palabras florecían sin orden ni concierto por mi cabeza.

–Que no es oficial –Vale, esto no iba primero.

Sasuke frunció el ceño, todavía más confuso.

–¿El qué no es oficial?

Joder, debería empezar disculpándome por el empujón, no con esto.

–Lo nuestro.

Arrugó un poco la nariz.

–No logro entender por dónde quieres ir.

Sí, primero debería haber ido la disculpa.

–¡Nadie tiene ni idea de que tú y yo estamos saliendo! –alcé los brazos a los lados, con exaltación.

Me miró largamente.

–¿En serio ayer me hiciste eso porque no he pregonado a los cuatro vientos lo nuestro?

Rechiné los dientes.

–No, no es por eso... ¡Pero tiene que ver, y mucho!

Puso los ojos en blanco.

–¡Venga ya, Sakura! ¿Estás de coña? ¿Cómo puede molestarte algo así?

–¡Claro que me molesta! Mientras no lo digamos, cualquier mujer se te tirará encima.

–Tienes un serio problema con eso de que las mujeres coqueteen conmigo...

–¡Si no hubieras ido de gigoló toda tu vida, no tendría este problema!

Me mordí la lengua. Los ojos de Sasuke me taladraron, y comprendí inmediatamente lo que estaba pensando. Me maldije a mí misma por ser tan estúpida. Tan celosa.

Tras varios segundos de silencio absoluto, él volvió a abrir la boca.

–Para tu información, nunca he visto necesidad alguna en exponer mi vida privada. Ya es suficiente con que Naruto se haya enterado de este tema, o que los demás se lo imaginen siquiera. Es una soberana gilipollez que te preocupe que el resto de la gente no sepa que estamos saliendo juntos. Y si lo que buscas es proclamar que ahora tu novio es Sasuke Uchiha, tal y como buscan las demás chicas, no te voy a seguir el juego.

Sus palabras me atravesaron una por una. No pude responderle. Aunque continué mirándole ceñuda, en el fondo, me avergonzaba de mis sentimientos. Sasuke tenía razón. La gente me debía dar igual.

Sin embargo, mi rabia me impidió mostrarle esos pensamientos. Y cuando se marchó, fue como si todos mis errores me oprimiesen el estómago.


–Sigo sin entender dónde está el problema –Ino dio un gran bocado a su sándwich vegetal.

Me mordí el labio inferior y bajé los palillos, abatida.

Estábamos almorzando bajo un árbol de la floresta que rodeaba el Instituto Konohagakure. Las horas anteriores, Sasuke y yo habíamos pasado por silencios tan incómodos que había necesitado desahogarme con mis dos amigas. El menor de los Uchiha ni siquiera había querido que comiéramos juntos hoy.

–Yo sí entiendo lo que Sakura-chan siente. Es la primera relación que tiene con un chico y no sabe muy bien cómo llevarla –intervino Hinata en tono conciliador.

–Sí, ya, todo es nuevo y diferente a lo que ha podido vivir anteriormente y bla, bla, bla. Ya me he enterado de esa parte –repuso la rubia en tono irritado. Hizo una pausa, en la que volvió a engullir otro pedazo del sándwich, y remontó–: Lo que no comprendo es por qué tienes tantos reparos. Sasuke siempre ha sido discreto en sus relaciones con las chicas; ni siquiera yo puedo imaginarme cuántas habrá tenido sin que me percatase.

–Lo sé, pero es que... quiero que esto sea distinto –convine–. Precisamente porque sé eso, deseo que, en mi caso, sea de otra manera. No quiero sentirme como que yo soy una más en su lista de amantes.

Ino zarandeó la cabeza, ceñuda.

–Es muy injusto.

Arqueé una ceja.

–¿Por qué es injusto?

Ella me lanzó una mirada impetuosa.

–Porque yo me he pasado años a la espera de que Sasuke intentara hacerme al menos la mitad de lo que te hizo a ti en ese almacén. Y vas tú, que tienes la oportunidad, y lo desaprovechas, Sakura.

Rodé los ojos. Como ya he dicho, ese asunto me lo criticaría cualquier mujer que se sintiese o se hubiese sentido atraída por Sasuke.

–Lo siento, pero no me sale actuar de otra forma. Yo soy... –Me sonrojé ligeramente, pero alcé la barbilla con orgullo–. Bueno, ya te lo puedes imaginar.

–¿Y qué? ¡Piérdela de una vez! ¿Acaso quieres esperar al matrimonio también?

Fruncí el ceño y solté los palillos bruscamente sobre mi bentô.

–¡No quiero esperar al matrimonio, pero tampoco quiero refregarme con lo primero que encuentre!

Ino dejó escapar una risa incrédula.

–¿Sasuke es para ti lo primero que encuentras? Porque si intentabas atacarme con ese comentario, te ha salido el tiro por la culata.

Crispé los puños. No supe cómo rebatirle, pero no podía darle la razón en ese asunto. Acababa de soltar una chorrada; Sasuke era realmente importante para mí. Sin embargo, me frenaba todavía la idea de entregarme por completo.

–Sakura-chan, tranquila –Hinata posó una mano en mi regazo, atrayendo mi atención–. Yo entiendo lo que Ino-chan intenta decirte, y también entiendo tu postura. No quieres arrepentirte de hacer algo para lo que aún no sientes que sea el momento. Necesitas disfrutar primero de otras cosas, conocer a Sasuke-kun de otra manera y, por supuesto, quieres que la primera vez sea especial.

»Lo que Ino-chan quiere que veas es que, por culpa de esto, no debes comportarte ahora con Sasuke-kun como si fuese tu enemigo. No merece la pena que te enfades tanto con él porque sea un poco más reservado. Eso también es parte del proceso de amaros: os debéis aceptar tal y como sois, con las cosas buenas y con las cosas malas. ¿A que sí, Ino-chan?

La rubia platino rezongó cruzándose de brazos, en actitud altiva.

–Bueno, no son esas palabras las que he elegido..., pero supongo que también se puede decir así –admitió.

Relajé los hombros. Ino siempre me sacaba de quicio, pero comprendía que no me deseaba lo peor, precisamente. Solté un suspiro de resignación.

–No sé qué hacer. Creo que esto de ser novia se me da como el culo –reconocí.

Hinata se echó a reír dulcemente.

–Sakura-chan, no tienes de qué preocuparte con eso. Todos somos novatos cuando empezamos una relación. Aunque ya haya tenido alguna experiencia antes, yo también me siento muy nerviosa y torpe cuando Naruto-kun está conmigo.

–Me pasa igual con Sai –murmuró la rubia entre dientes.

–Un momento –las detuve y alterné entre ellas–, sabía que tú, Ino, habías tenido relaciones y líos antes de Sai, pero tú, Hinata... ¿Con quién has estado antes que con Naruto?

Mi amiga de ojos perlados se encogió un poco, avergonzada. Dudó antes de abrir la boca.

–Bueno, no fue nada importante –se aclaró la garganta, agitada–. Hace un par de veranos conocí a un chico en la casa de las montañas de mi abuela. Era el hijo de uno de sus sirvientes y estaba trabajando durante las vacaciones para ir a estudiar a Kioto. Por aquella época, ya estaba enamorada de Naruto-kun, como sabes, pero supongo que Daiki-kun (que así se llamaba) me recordaba a él. Supo cómo hacerme sentir especial en aquel periodo de mi vida tan... estresante.

»Estaba muy agobiada con las exigencias de mi abuela: tenía que bailar, cantar y tocar el shamisen tantas veces al día que, en ocasiones, ni siquiera podía moverme. Pero Daiki-kun siempre me mostraba amabilidad y me apartaba de toda la frustración que experimentaba cada vez que algo me salía mal –se detuvo un segundo y evaluó nuestros rostros. Al ver que no decíamos nada, continuó–: Una noche le descubrí tocando el koto, ese instrumento de cuerda alargado que me es tan difícil de tocar. Estaba escondido tras un árbol del jardín, pero la música me llevó directa a él. Cuando nos miramos, me sentí como si acabara de cruzar una barrera hacia otro mundo.

»Daiki-kun fue tan dulce y tierno conmigo que, sin darme cuenta, terminamos yaciendo en aquella zona del jardín. Fue breve y, en realidad, me dolió mucho. Ahora me arrepiento de que mi primera vez haya sido así, puesto que no sentía nada verdaderamente por él: había sido un arrebato. A pesar de ello, no puedo decir que no me tratara bien. Me apenó mucho cuando partió a Kioto a la mañana siguiente. Después de aquel verano, no nos hemos vuelto a ver.

Me quedé perpleja. Imaginarme a Hinata en aquella situación me parecía un chiste, algo totalmente inverosímil en la chica que yo conocía. Pero no tenía derecho a juzgarla. A veces es muy difícil ignorar los impulsos del corazón, aunque ello nos lleve a cometer errores.

En mi fuero interno medité la idea de que, tal vez, era necesario cometerlos.

–¿Naruto lo sabe? –le preguntó Ino, curiosa.

Hinata desvió la mirada, ruborizándose.

–Sí, lo hablamos hace poco.

–¿Y bien?

–Me dijo que eso no cambia nada de lo que siente por mí –se mostró bastante aliviada–. Ni siquiera me termino de creer que, de verdad, me confesara en noviembre que estaba enamorado de mí. Salir con él es como un sueño, aunque... no hemos conseguido hacerlo todavía. No tan avanzados. De hecho, me da mucha vergüenza. Después de Daiki-kun, no he vuelto a hacerlo con nadie –me miró fijamente, y dijo–: Por eso te entiendo cuando dices que no fuiste capaz de hacerlo en el almacén con Sasuke-kun.

–Yo entiendo más a Sasuke en esto –saltó Ino–. Bueno, a ver, no necesariamente en lo del sexo, sino en lo de fallar a la hora de mostrar sus sentimientos.

Me volví hacia ella, mirándola sin entender muy bien a lo que se refería.

–Sasuke ha tardado mucho en confesar todo lo que siente por ti porque nunca se ha enamorado antes. Y lo mismo me pasa a mí –confesó–. Sinceramente, ahora que he conocido a Sai, me he dado cuenta de que mis sentimientos por Sasuke eran solo una obsesión. En realidad, creo que me movía más el afán de ganarlo para mí antes que tú que el hecho de amarle. Eso está mal. Tratar a las personas como si fuesen un trofeo está mal. Luego llega alguien que realmente te fascina y, como dice Hinata, te conviertes en la persona más torpe del planeta. Sientes que todo lo que has hecho antes no ha servido de nada, como si todas las experiencias que hayas tenido en el pasado nunca hubiesen ocurrido.

»No os adelantéis, no estoy diciendo que me arrepienta de mis líos o de los magníficos polvos de una noche que he podido disfrutar hasta ahora. Simplemente digo que, ahora que he encontrado a alguien que me gusta en serio, todas las armas que utilizaba antes han dejado de darme confianza. Es como empezar desde cero. Y créeme que estoy peor que tú, Sakura. Sai y yo ni siquiera nos hemos besado todavía. Yo tampoco soy buena en lo de canalizar mis sentimientos, y me parece que es eso lo que le pasa a Sasuke.

La sinceridad con la que me había expuesto aquellas palabras, las cuales sabía que habían sido sumamente difíciles de expresar para ella, me conmovió. Si antes sentí ganas de estrangularla, después de eso lo único que me salió fue dedicarle una sonrisa.

–Gracias, chicas. Me alegra de verdad que me contéis estas cosas. Al menos no me siento sola en esto –manifesté. Me detuve un momento a reflexionar, y acabé suspirando de nuevo–. Ag, pero sigo sin saber qué hacer para solucionar esta situación. No me gusta estar tanto tiempo de malas con Sasuke, y creo que si solo le digo «lo siento» no bastará.

Ambas me miraron pensativas. Al cabo de los segundos, pareció como si en sus ojos se hubiese encendido la misma lamparita. Ino cruzó una mirada de astucia con Hinata.

–¿Estás pensando lo mismo que yo? –inquirió la rubia.

–Me parece que sí –contestó la morena.

Ino fue la primera en dirigirse a mí.

–Si no crees que ese «lo siento» funcione con palabras, ¿por qué no pruebas a metérselo por la boca?

Su pregunta me trastocó. Inesperadamente, mi mente evocó el sueño de Isshiki, como un relámpago en el que aparecía Sasuke, arrodillado ante mí, haciendo cosas indecorosas en mi entrepierna. Con su boca.

Me sonrojé hasta las orejas.

–¡Serás guarra!

Ino y Hinata cruzaron una nueva mirada y rompieron a reír.

–No sé qué habrás imaginado, Sakura, pero no iba por ahí –replicó la rubia platino, sosteniéndose la barriga por las risas.

–No, te has equivocado, Sakura-chan –la de los ojos violáceos me habló más calmada–. Lo que queremos decir es que el jueves es San Valentín y, como marca la tradición, las chicas tienen la oportunidad de demostrar lo que sienten regalándole chocolate al chico que quieren. ¿Por qué no le haces uno a Sasuke-kun?

Recordé instantáneamente las palabras que él me había soltado tantas veces: «No me gustan los dulces».

–No creo que sea buena idea. Se me da fatal cocinar –repuse.

–Pues con más razón –Ino dejó caer una mano sobre mi hombro–. Este es el momento de demostrar que tu amor por él vale hasta los esfuerzos más tormentosos para ti. Te toca meterte entre fogones, chata.

–¡Vamos, Sakura-chan! Estoy segura de que conseguirás que ese chocolate te salga fantástico. Te mandaré después un link por Line, donde viene una receta muy sencilla. Además, teniendo a Hana-chan contigo, no habrá problemas.

Suspiré y los mechones de pelo que se cruzaban en diagonal por mi frente se menearon.

Esto va a salir de puñeterísima pena.


Definitivamente la cocina no era lo mío.

Tal y como Hinata había dicho, en cuanto había vuelto del trabajo, a Hana le habían sobrado segundos para echarme una mano en mi propósito de cocinar trufas de chocolate para Sasuke. Para evitar que fuera demasiado dulce, le habíamos añadido café. La mezcla quedó un poco amarga, pero con el toque de dulce perfecto: conciso, suave, nada empalagoso.

Igual que Sasuke.

Me había pasado el resto de la noche sacando chocolate de la olla con una cuchara, cortándolo en pequeñas porciones y formando bolitas con mis manos. Por desgracia, no me habían quedado muy bien: estaban llenas de bultos y de imperfecciones, algunas ni siquiera terminaron redondas. Y cuando al fin había acabado con las trufas y me había ido a mi habitación dispuesta a dormir, me habían embargado un millón de dudas.

¿Conseguirían aquellas insignificantes y anómalas trufas de chocolate demostrarle a Sasuke lo mucho que lo sentía? Aparte de que se tratasen de un dulce, el rollo San Valentín no parecía algo que fuera mucho con su personalidad.

Temía que las rechazara.

Por otro lado, Rock Lee seguía sin hablarme. Las cosas no habían acabado nada bien la pasada Nochevieja. Se había enfadado muchísimo cuando le había dicho que no podía aceptar su proposición. Podía entenderlo. Incluso se había gastado mucho dinero en el anillo que había pretendido darme.

Sin embargo, no concebía cómo había llegado hasta ese punto, tan seguro de que yo le diría que sí. En el fondo, me ofendía que hubiese dado por sentado que mi amor por Sasuke era algo tan débil como para desecharlo ante la primera propuesta de matrimonio de otro hombre. Pero imagino que ni siquiera él había querido perder las esperanzas.

Me inquietaba descubrir su reacción si supiese que, al final, había empezado a salir con Sasuke.

Empecé a pensar que quizás no fuera tan malo lo de no ir pregonando por todas partes mi relación con él. Ser discretos podía tener sus ventajas, ¿no? Evitaríamos el cachondeo de nuestros compañeros en el Club de Kárate, por ejemplo. O el odio continuo de Lee hacia nosotros.

Pero, a la mañana siguiente, mi entusiasmo flaqueó al ver que Sasuke insistía en mostrarse frío conmigo. Detestaba al máximo que me tratase como si yo no existiera. Toda la admiración que sentía hacia él terminaba rápidamente sustituida por una profunda rabia, que activaba dentro de mí el impulso de tirar las trufas a la basura. Y me dolió horrores el momento en que lo encontré rodeado de algunas chicas, quienes le dieron sus propios chocolates por San Valentín. ¿Habrían invertido todas ellas el mismo tiempo que yo preparando el mío?

Me alivió ver que Sasuke los tiraba a la papelera nada más entrar en clase.

Pensé en esperar a la hora del almuerzo para entregarle mis trufas. Durante la clase de la profesora Kurenai, me removí nerviosa. Espié a Sasuke infinidad de veces por el rabillo del ojo, quedándome embobada continuamente. En una ocasión casi me pilló, y tuve que aguantarme un buen rato hasta que apartó la mirada de mí; entonces, volví a escudriñarle. No podía evitarlo. Me preguntaba en mis adentros si él estaría a la espera de algún regalo por San Valentín; si le agradaría la posibilidad de que le diese uno, aun cuando odiara los dulces; o si, en cambio, no sospechaba absolutamente nada. Llevábamos tantos días enfadados y tensos el uno con el otro que me angustiaba la idea de que las cosas no saliesen como había planeado.

Y, como una broma del destino, en la hora antes del descanso fue cuando mi propósito empezó a torcerse.

Regresé del cuarto de baño al aula. Todo el mundo parloteaba y estiraba las piernas aquí y allá, aguardando a la siguiente clase. Algunos habían salido. Cuando me senté en mi pupitre, tuve una extraña corazonada. Me dio por mirar en mi mochila, en ademán de revisar la cajita roja donde había metido las trufas...

... pero no estaba.

Se me aceleró el pulso. Saqué todas mis cosas, incluido el móvil, que siempre procuraba tener apagado y bien escondido. Nada. Miré en el hueco debajo de la mesa. Nada. Con el corazón en la garganta, salí corriendo del aula, ignorando las miradas curiosas que me siguieron. Volví a mi taquilla, aun cuando estaba casi segura de que no había dejado las trufas allí. La abrí... y nada.

Me sudaron las manos. ¿Dónde narices las había dejado?

Desesperada, eché a correr escaleras arriba. Pero no regresé a mi aula.

–¡Hinata! –elevé descuidadamente la voz al verla en su pupitre.

La chica de larga melena azabache me miró muy sorprendida. En el fondo, no sabía qué hacía allí. Solo estaba histérica por encontrar mis trufas. Ni Naruto ni Lee andaban cerca por lo menos; estarían en el servicio.

–¿Sakura-chan? ¿Pasa algo? –preguntó mi amiga, inquieta.

–Las trufas... no están –no fui capaz de expresar nada más preciso.

Abrió sus ojos perlados de par en par.

–¿Las has perdido?

Negué rápidamente con la cabeza.

–Quizás se las haya llevado alguien por error. ¿Las has dejado en alguna parte donde se pudieran confundir con las de otra persona?

–No, no..., estaban dentro de mi mochila. No las he sacado en ningún momento. Es imposible que alguien se haya equivocado –me desesperé.

–Tranquila, Sakura-chan. Cuando acabe esta clase, iremos a buscarlas, y así podrás entregárselas a Sasuke-kun –me aseguró Hinata.

Solté un suspiro. Llevaba con una mala sensación en el cuerpo desde la segunda clase y, como siempre que experimentaba ese tipo de cosas, finalmente había ocurrido lo peor.

Consciente de que no podría resolver nada hasta la hora del almuerzo, decidí regresar a mi clase. El profesor Kakashi todavía no había llegado, por lo que mis compañeros seguían desperdigados fuera de sus pupitres. Sasuke tampoco había vuelto de a-saber-dónde. Con la esperanza de haberme equivocado antes, volví a buscar las trufas en mi mochila. Sentía como mazazos en el pecho, al tiempo que mis manos se movían por todas y cada una de mis pertenencias, sin éxito.

Y tuve que detenerme al sentir que alguien se había acercado a mi pupitre.

–Sakura –me costó un poco reconocer su voz femenina.

Levanté la cabeza de mi mochila y descubrí a Karin Uzumaki frente a mí.

–En realidad, no tengo ni idea de por qué te cuento esto... No me incumbe ni quiero que me incumba, pero... supongo que me das lástima –empezó. Suspiró y, tras un momento de indecisión, continuó–: Te he observado antes y he visto que te ibas muy nerviosa. Puede que me equivoque con esto, pero después de que salieras de clase he ido al cuarto de baño y he oído algo que quizás te interese. Algunas chicas del Club de Tenis se estaban riendo y comentando entre ellas que le habían quitado su regalo de San Valentín a una chica.

Apreté la mandíbula. Claro, debía habérmelo imaginado antes.

–No quiero que me metas en tus rollos de chica acosada, ¿vale? Pero paso de sentirme culpable por no contarte esto... Y, además –bajó un poco la voz–, aunque me moleste un poco admitirlo, gracias a ti Sasuke-kun no terminó en el hospital la noche de su pelea contra Jûgo. Así nos quedamos en paz.

¿Quedarnos en paz? Ni que eso lo hubiera hecho por ti... Sasuke no es algo tuyo.

Pero reprimí el impulso de rebatirle ese comentario. No era el momento de comportarme como una novia celosa y posesiva; es más, me negaba a volverme así. A fin de cuentas, Karin me estaba ayudando, independientemente de la razón o las razones que la movieran a ello.

–Muchas gracias por contármelo. Y puedes estar tranquila: no te meteré en estos rollos –concluí, algo ofendida por que hubiese usado esa palabra para referirse a mi situación.

Por supuesto. Karin también era mestiza, pero, al contrario que yo, ella tenía dinero. Era mucho más de lo que podía pedirle a la sociedad que alguien tan acaudalada como ella, pese a que compartía una condición étnica parecida a la mía, me echara un cable con el bullying que sufría en el instituto.

Cuando dio media vuelta para regresar a su pupitre, Sasuke reapareció. Se quedó mirando a la pelirroja un segundo y, acto seguido, sus ojos negros se posaron sobre mí. Sin embargo, tal y como llevaba haciendo hasta entonces, no dijo nada.


Generalmente soy una mujer bastante paciente. Puedo estar horas trabajando y soportando que me duelan los pies como si caminase sobre pinchos, o aguantando una cola soporífera e interminable para entrar donde sea. En cambio, cuando algo desborda esa paciencia mía, no solo no puedo resistir un segundo más, sino que todo mi temple y mi pacifismo pasan a un segundo plano. O a un tercero. O a un cuarto.

Más o menos, eso fue lo que ocurrió apenas sonó el timbre de la hora del almuerzo.

Sabía perfectamente dónde podría encontrar al grupito del que me había hablado Karin. Las chicas del Club de Tenis eran muy populares por su agraciada apariencia física y la distinción que suscitaban por pertenecer a ese deporte tan elegante. Y todo el mundo sabía que almorzaban siempre en el mismo sitio: la fuente del gran patio del instituto.

Una de ellas, con el pelo largo y castaño que adoraba llevar lentillas verdes, me vio venir desde lejos. Recordaba que se llamaba Saya, y parecía una especie de líder entre el resto de las tenistas. Eran cinco.

–¿Qué quieres, flamenco? –saltó despectivamente.

Lo del flamenco era nuevo, aunque mis piernas no eran tan flacas como para parecerme a uno. Supongo que me llamaban así por el pelo.

–Devolvedme mis trufas de chocolate –solté sin miramientos.

Saya cruzó una mirada con sus compañeras, y se echaron a reír entre todas.

–¿De qué vas? Nosotras no tenemos tus trufas –intervino otra, una rubia con lunares en las mejillas.

–Exacto. Baja esos humos, flamenquito –continuó la primera.

Rechiné los dientes.

–¡Sé que tenéis mis trufas! ¡Devolvédmelas ya!

No era consciente todavía, pero a nuestro alrededor se habían empezado a detener algunos estudiantes curiosos.

La castaña volvió a reírse.

–Anda, por favor –dio unos pasos hacia mí–, ten la fiesta en paz y ocúpate de tu patética vida, gaijin.

El término gaijin tiene una doble cara. Por un lado, hace referencia a las personas extranjeras, los turistas que vienen de fuera del país. Por otro lado, y este es el que siempre me ha afectado más a mí, alude a todo aquel que no posea sangre única y exclusivamente nipona. Y eso es un gran problema para la sociedad japonesa. Para los más extremistas, incluso un japonés que ha vivido una temporada fuera se convierte automáticamente en un gaijin. Ello te exime del derecho a considerarte un auténtico ciudadano de Japón, aun cuando en tu documento de identidad se señale que tu única nacionalidad es japonesa. A veces, ni siquiera se te permite votar.

A lo largo de mi vida, este término es algo que muchas personas han utilizado para atacarme. Es como una forma de imponerse sobre mi persona, sobre mis orígenes, sobre mi propia existencia. Y aunque siempre me digo que lo tengo superado, en ocasiones me resulta imposible no hacer nada contra ese golpe bajo.

Aquella fue una de esas ocasiones.

Tan pronto vi cómo esa chica intentaba posar una mano sobre mi hombro, me invadió un hondo rechazo a su contacto físico: burlón y presuntuoso. Y para evitarlo, mi brazo voló y se enredó con el suyo. Acto seguido, la hice girar con un movimiento súbito. Saya perdió el equilibrio y cayó de culo en el suelo. La solté casi al momento, asegurándome de que no le había hecho ningún daño. Aunque estuviese colérica, debía ser peor el susto que el dolor.

–Pero ¿qué haces? ¿Cómo te atreves a atacar a Saya-chan? –vociferó otra de ellas, una morena.

–¡Estás loca! ¿No te enteras de que nosotras no tenemos tu chocolate? –la siguió la rubia de los lunares.

–¡Sí, ni siquiera sabemos cómo es la caja donde están!

Y ese último comentario me lo reveló absolutamente todo.

–¡Ag, ya está bien! –oí de pronto la voz de Saya.

No tuve tiempo de reaccionar. Se levantó de un salto, me dio un empujón con todas sus fuerzas y, de pronto, me vi cayendo hacia atrás. Creo no tendría que haberme sorprendido de que lo siguiente me ocurriese. A mí. Precisamente en ese momento. Como si lo hubieran puesto ahí a propósito, impacté de lleno en un charco. No era profundo, pero la suciedad que contenía me salpicó parte de los brazos y de las piernas, manchándome ropa y piel como si acabara de caer sobre una laguna de fango. Lo peor fue el culo...

No, en realidad eso no fue lo peor.

Lo peor fue la tremenda vergüenza que experimenté.

Fue entonces cuando di un rodeo con la mirada, y toda la furia que me había envalentonado se esfumó. En esa zona del patio, se habían reunido muchas personas a nuestro alrededor. Personas que contemplaban la escena como meros espectadores, cuchicheando sobre ella y riéndose disimuladamente al verme allí en el suelo: mojada, pringada y, sobre todo, humillada.

¿Cómo se podía haber descontrolado tanto la situación? Simplemente había querido darle a Sasuke su regalo de San Valentín, igual que habían hecho todas esas chicas: las tenistas y las que se limitaban a chismorrear en torno a mí. También yo tenía ese derecho, ¿no? Yo tenía más derecho que todas ellas a darle mi regalo. Él era mi novio.

–¡Sakura-chan! –aquella voz fue como encontrar un oasis en medio del desierto.

Alcé la mirada con timidez y descubrí a Hinata corriendo en mi dirección. Ino la seguía justo detrás, y también Naruto, Sai, Kiba, Shikamaru, Chôji, Shino... y Sasuke. Me quedé sin aliento un instante.

Mi amiga de los ojos perlados llegó hasta mí y me agarró de los brazos para levantarme. No era que hubiese necesitado ayuda para hacerlo, pero sí había necesitado sentir ese apoyo. Mis ojos buscaron instintivamente a Sasuke. Estaba muy serio. Temí que estuviera decepcionado conmigo.

–¿De qué coño vais? –le gritó Ino a las tenistas repentinamente.

–A mí no me mires, díselo a ella. Me ha atacado primero –se defendió Saya.

–¡Sakura-chan no ataca a la gente sin motivos! ¿Qué le habéis hecho? –saltó Naruto cabreado.

–¿Nosotras? Nada –mintió la misma–. Ha venido aquí con el cuento de que le hemos robado no-sé-qué.

Ino me miró con los ojos entornados un segundo.

–Habéis sido vosotras las que le habéis robado sus trufas de chocolate –adivinó, y agradecí internamente a Hinata por haberle informado del tema.

–¿Trufas de chocolate? –la voz de Sasuke me llevó de vuelta a mirarle.

Nuestras pupilas se cruzaron, pero todo cuanto pude leer en las suyas fue confusión.

–Sí, Sasuke-kun –le afirmó Hinata, antes de que yo pudiera decir nada–. Sakura-chan ha estado preparando toda la noche esas trufas para ti. Ella también quería hacerte un regalo por San Valentín. Pero, por lo visto, antes desaparecieron de su mochila.

–¿Y nos acusa a nosotras de ello? –la líder de las tenistas se hizo la ofendida.

Crispé los puños. No podía permitir que todos mis amigos siguiesen defendiéndome sin que yo misma me manifestara. Me zafé del contacto de Hinata.

–¡Sois unas jodidas mentirosas! –avancé unos pasos hacia las tenistas–. Habéis dicho: «ni siquiera sabemos cómo es la caja donde están». Si no sois vosotras, ¿cómo leches sabéis que esas trufas están en una caja?

El labio de la aludida retembló un segundo; todas las demás permanecieron en un silencio nervioso. Se escucharon algunos murmullos entre el público que nos rodeaba.

–Yuji-chan lo ha dicho por decir..., además es algo lógico, ¿no? ¿Dónde ibas a meter las trufas, sino?

–En cualquier parte –intervino secamente Sai.

–Sí, la comida puede ir donde te dé la gana; lo importante es comértela –reafirmó Chôji.

Saya chasqueó la lengua. Lanzó una mirada envenenada contra mis dos amigos, y luego regresó a mí. Fue a abrir la boca...

... y nadie se esperó lo que sucedió en ese preciso instante. Inesperadamente, Sasuke se interpuso entre Saya y yo. Sus ojos negros taladraron a la líder de las tenistas. Si las miradas mataran, estaba segura de que ella habría muerto in situ.

–No quiero oírte ni una palabra más –masculló él con gravedad, e incluso a mí se me puso la carne de gallina.

A continuación, dio media vuelta y recorrió rápidamente con la mirada a todos los presentes. Tuve la impresión de que hacía eso porque estaba vacilando. Cuando vi que se subía encima de un banco, creí entender el torrente de pensamientos contradictorios que se habían arremolinado en su cabeza.

Sasuke Uchiha nunca en la vida hacía esas cosas.

–Puesto que todos sois tan buenos espectadores, quiero comunicaros algo. Escuchadme con atención porque solo lo diré una vez –su voz se elevó a unos decibelios que era imposible no atenderle. Hizo una ligera pausa y le creí dudar de nuevo; tenía la sensación de que estaba luchando contra el impulso de mirarme a mí–. Estoy saliendo con Sakura Haruno desde hace un mes. Ella es mi novia, de manera que no quiero ver nunca más que intentáis molestarla. Quien lo haga, se las verá conmigo –sus ojos fulminaron a Saya y al resto de las tenistas, y añadió con un tono escalofriante–: Se las verá conmigo seriamente.

Cuando terminó de hablar, me di cuenta de que mis manos me tapaban la boca. Había sido algo tan asombroso descubrir a Sasuke haciendo eso, que mi cuerpo había expresado lo que mi voz fue incapaz. Los ojos del menor de los Uchiha regresaron al público de estudiantes, tan impactado como yo ante sus palabras; ni siquiera las chicas del Club de Tenis habían podido decir nada.

–Hay que joderse... –oí que murmuraba Shikamaru, estupefacto.

–Joder... –susurró Kiba alucinado, llevándose las manos a la cabeza mientras sonreía.

–Lo que me imaginaba –Shino se ajustó las gafas a la nariz.

Teme..., ¿en serio acabas de hacer...? –Naruto alternó la mirada entre él y yo, y acabó esbozando una sonrisa de emoción contenida.

Volví a mirar a Sasuke, pero él seguía sin mirarme a mí. Me percaté de que sus pupilas se mantenían fijas en un punto más allá, detrás de todos nosotros. Curiosa, seguí aquella dirección... y viví uno de esos momentos en los que dos realidades catastróficas convergen a la vez en un mismo sitio.

Estoy segura de que era el profesor Itachi, que permanecía algo más lejos del círculo principal de curiosos, con quien Sasuke estaba cruzando una mirada tan intensa. No comprendía lo que ambos hermanos se estarían diciendo en ella, pero no me dio la sensación de que fuesen emociones muy alegres. Un par de segundos después, el mayor de los Uchiha fue consciente de que lo observaba, y sus ojos oscuros se movieron hasta mí. Sentí una sacudida en el pecho. No supe bien si aquella mirada pretendía transmitirme decepción o resignación. Como un destello premeditado, evoqué en mi memoria aquel día en que me había encontrado llorando por Sasuke; sus palabras de apoyo; el abrazo.

Rompí el contacto visual, incapaz de seguir mirándole. Pero hacer eso me llevó a algo peor.

He ahí el punto de convergencia de las dos realidades catastróficas.

Rock Lee me miró con un profundo resentimiento; sus ojos redondos se achicaron tanto cuando le devolví la mirada, que pareció instantáneamente otra persona. Se encontraba con Neji, Tenten, Gaara y Matsuri, que observaban la escena tan atónitos como el resto. Cabreado, mi amigo de las cejas anchas no pudo sostenerme la mirada y se apresuró en marcharse de allí. La chica de los moños chinos fue automáticamente detrás de él, supongo que para calmarle.

Sentí el impulso de seguirle yo también. Quería explicarle todo lo que había pasado, después de que me hubiera pedido el matrimonio. Sabía que él no se merecía ese silencio de mi parte.

Pero apenas di un paso al frente, alguien me agarró la mano.

–Vámonos –Sasuke parecía enfadado.

Me hizo cierto daño, aunque sabía que no era intencionado. Su mano se cerraba muy fuerte en torno a mi muñeca, y no me miró mientras avanzaba conmigo por el patio, alejándonos de todos los circundantes. Podía sentir su exaltación rezumando ferviente desde aquel contacto. No tenía ni idea de a dónde quería llevarme. Tampoco me atreví a preguntar.

Lo que había hecho por mí aquel día era más que suficiente para confiar en él.

–Sakura-san –saltó una voz inesperadamente.

Una de las tenistas corrió hasta nosotros, con algo entre las manos. La reconocí enseguida: era la misma que había delatado por error a todo el grupo con lo de la caja. «Yuji» creo que había oído que se llamaba. No me había dado cuenta hasta ese momento, pero recordé que también estaba en nuestra clase.

Sasuke y yo nos detuvimos en seco.

–Toma –me dijo ella, e inclinándose con sumo respeto, extendió sus manos hacia mí.

Entre ellas había una trufa de chocolate. Una de mis trufas.

–Lo siento. Nunca pensé que Saya-senpai querría que llegásemos tan lejos. Me dijo que te quitara tu regalo de San Valentín, si acaso se te había ocurrido hacerle uno a Sasuke-kun. Y en cuanto encontré tu cajita, entre todas decidimos tirar tus trufas..., pero yo me sentía tan culpable que reservé una –me miró a través de las pestañas avergonzada, y repitió–: Lo siento mucho, Sakura-san.

Arrugué la frente. Estaba enfadada con ella, pero al mismo tiempo sentía que podía entenderla. La miraba y me veía a mí misma, unos años atrás, cuando me desvivía por un Sasuke que ni siquiera se percataba de que existía. Me resultaba casi una ironía que ahora, por fin, hubiera sucedido lo que deseaba. Y más que eso.

¿La antigua Sakura habría hecho lo mismo que esas chicas? ¿O incluso algo peor?

Por el rabillo del ojo, observé a Sasuke. Él no mostró ni un ápice de compasión hacia esa chica; más bien, fue un hondo desdén. Para no alargar más la agonía, cogí la trufa de chocolate que Yuji me estaba devolviendo.

–Gracias –musité.

Y en cuanto lo dije, Sasuke volvió a tirar de mí y me alejó de ella en silencio.


Perdimos de vista a todos los estudiantes y profesores, en cuanto cruzamos el invernadero que conectaba con el patio trasero del instituto. Nos paramos en el momento en que tuvimos los grifos delante, y comprendí de inmediato por qué Sasuke me había llevado hasta allí.

Él me soltó al fin, y se dejó caer en el suelo junto a uno de los grifos, apoyándose en la pared con abatimiento. Enterró el rostro entre sus manos. Me asusté. Por un segundo, pensé que rompería a llorar o algo por el estilo. Sin embargo, exhaló un suspiro y deduje que le había invadido la vergüenza. Hice el amago de abrir la boca para hablar, pero no me atreví a interrumpir su momento de desahogo.

Nos envolvió un silencio cargado de tensión. Me dirigí a uno de los grifos para limpiarme los restos de mugre. El agua helada me erizó la piel bajo la atmósfera invernal. Mientras me lavaba, miré a Sasuke de reojo. Ya no se ocultaba el rostro con las manos; su mirada estaba perdida en algún lugar lejano a mí.

Suspiré. Casi por instinto, alcé la vista hacia la zona de la pared donde, meses atrás, habían hecho un garabato amorfo de mí.

–¿Cuánto tiempo te llevó limpiar esa caricatura? –le pregunté de repente.

Tardó un poco en responder, y me pregunté si me habría oído.

–Hasta la noche –contestó secamente.

Me mordí el labio inferior.

Me enfadaba la forma tan voluble con la que se había comportado: el hecho de que, hasta que no me había peleado con otras chicas por él, no había reaccionado. Si hubiésemos anunciado antes nuestra relación, todo aquello no habría sucedido, me decía en mis adentros. Y tampoco tendría que haberme tragado cómo otras chicas le entregaban sus chocolates.

Quizás eso había sido lo que más me había molestado de todo.

No obstante, me sentía mal conmigo misma. A Sasuke no le gustaba malgastar saliva por nadie, y que lo hubiese hecho por mí me demostraba mucho sobre el aprecio que me tenía. Me resultaba vergonzoso de mi parte haberle empujado a que pasara ese mal trago. Había sido estúpido e infantil decirle que era importante que todo el mundo supiera lo nuestro. Como me había dicho, le había tratado como si lo único que me importara fuese presumir de que estaba con él.

Lo único que importa es que le quiero.

Noté un repentino pinchazo en la garganta. Oh, no. Ya empezaba ese nudo horrible. Parpadeé al notar el escozor en mis ojos.

–Soy imbécil –se me estranguló la voz.

Fue en ese preciso momento cuando sentí a Sasuke cerca, muy cerca. Reabrió el grifo y con delicadeza tomó una de mis manos. Tal y como llevaba intentado hacer yo un rato, él empezó a sacar el barro de mis uñas. Se me encogió el corazón al comprobar la tranquilidad con la que realizaba ese gesto, soportando el agua fría que caía sobre nuestra piel.

Como si mi mano fuera una parte más de él que tenía que cuidar.

Me quedé callada, incapaz de moverme, y Sasuke tomó mi otra mano. La acarició al tiempo que la limpiaba con ternura. Me estremecí de arriba abajo, pero no por la frialdad del agua. Le miré embobada, observando las largas pestañas lisas que asomaban sobre sus ojos negros.

Cuando ya no quedó un solo rastro de suciedad en mis manos, Sasuke las acercó a su jersey del uniforme. Retrocedí un poco al adivinar sus intenciones, pero él hizo caso omiso y me secó con su ropa. Luego, sin previo aviso, alargó su mano hacia uno de los bolsillos de mi falda y extrajo la trufa de chocolate que le había hecho por San Valentín.

–No hace falta que te la comas –me apresuré en decirle. Me sonrojé–. Además, sé que no te gustan los dulces..., aunque le he añadido café...

Sasuke se me quedó mirando unos segundos, y se llevó la trufa a la boca. Le miré expectante... y puso cara de decepción.

–Está malísima.

Fue como si acabara de lanzarme un rayo sobre la cabeza. Súbitamente todo mi embeleso desapareció. Fruncí el ceño, zafándome de su contacto.

–Lo siento, no se me da bien cocinar. Encima eran unas cuantas más, pero esas chicas te han ahorrado la tortura.

–No me las hubiera comido –replicó con sinceridad.

Chasqueé la lengua, pero me resigné. En un intento por desfogar mi furia, me puse a limpiar las manchas que tenía en la ropa. Sasuke no se movió de mi lado, observándome. Su mirada me ametrallaba con una intensidad abrumadora.

Recordé repentinamente lo que había sucedido en el almacén del gimnasio, días atrás. En aquel momento le había tratado como si hubiese sido una alimaña conmigo; como si me hubiera dado asco que sus manos me tocasen. Pero no era cierto. Nunca lo había sido. Sabía que él nunca había querido hacerme daño; yo era la que lo había malinterpretado todo.

Sasuke estaba en su pleno derecho a odiar mi chocolate. O a odiarme a mí entera.

De nuevo experimenté aquella quemazón conocida en la garganta. Me detuve.

–Gracias –sentí su mirada de desconcierto. Las puñeteras de mis lágrimas salieron sin avisar, pero no tuve fuerzas ni para detenerlas ni para mirarle a él. Inspiré hondo, y continué–: Gracias por haber anunciado lo nuestro a toda esa gente. Creo que no me merezco que hayas hecho eso por mí. Te traté tan mal en el almacén... Lo siento, Sasuke-kun... Lo siento muchísimo por haberte empujado y haberte gritado algo tan cruel. ¡Soy la peor novia del mundo!

No pude contenerme, se me escapó un llanto desgarrador. Sasuke siseó para que me calmara, y sus manos retiraron las lágrimas de mis mejillas. Me odié a mí misma por ser tan llorica. No era él quien tendría que hacer eso ahora mismo.

Sorbiendo por la nariz, me separé un poco de Sasuke y le lancé una mirada de decisión. Dudé una milésima de segundo, preguntándome en mis adentros si sería correcto decirlo.

–A mí me encanta que me toques –observé un centelleo en sus ojos–. Me encanta que me toques, y que me beses, y que me acaricies... Soy muy feliz cuando haces todo eso, Sasuke. No quiero que pienses ni por un segundo que tu contacto me repugna. Sé que ese día no intentaste humillarme ni aprovecharte de mí. Sé que eso no es verdad, pero... no sé cómo manejar todo esto. Me gusta tanto lo que me haces sentir cuando me tocas que me da miedo.

Él arqueó una ceja, un poco perdido. Volví a morderme el labio y me enjugué las lágrimas, mientas me concentraba en lo que quería expresar.

–Creo que ya te lo habrás imaginado, pero yo soy... virgen –me costó una barbaridad pronunciar esa palabra–. Nunca he tenido ningún tipo de experiencia con nadie, ni en ese terreno... ni en ningún otro. Tú estás siendo mi primera vez en todo. Nunca antes había tenido una relación...

–Yo tampoco había tenido una relación antes.

Abrí mucho los ojos y le miré sorprendida.

–Con ninguna de las mujeres que he estado antes he querido ir más allá de lo físico. Tú también eres la primera para mí, Sakura.

Se me aceleró el corazón.

–Yo pensaba... pensaba que te avergonzabas de mí –confesé.

Sasuke entrecerró los ojos.

–¿Por qué iba a avergonzarme de ti?

–Bueno, ya sabes... Yo no soy del todo japonesa; esas chicas me lo han recordado una vez más llamándome gaijin –me reí con melancolía–. Mi padre solo era un hombre irlandés que vino a Japón por un programa de intercambios de su carrera como economista, y mi madre una japonesa, hija de un jardinero, que se enamoró perdidamente de él. No tengo nada. Ni dinero ni una posición social beneficiosa..., ni siquiera un apellido. Todas las riquezas que pude tener alguna vez fueron gracias a los esfuerzos de mis padres, pero ninguno de ellos es hijo o familiar de alguien importante.

»Cuando me acompañaste el mes pasado a mi casa esa noche, después del trabajo, quise pedirte que entraras. Pero parecías tan apurado que pensé inmediatamente que nunca querrías cruzar la puerta de una casa de pobres –vi que Sasuke tensaba la mandíbula, ofendido, y me di prisa en aclararle–: Ahora entiendo que tú no eres de los que piensa así. Al menos, no conmigo. Tal vez solo te hubiese detenido el hecho de que acabamos de empezar con todo esto. No quiero ni imaginar lo mal que lo pasarías si, a las pocas semanas de empezar conmigo, te presento a mi familia...

–¿Quieres que conozca a tu familia? –me interrumpió.

Me percaté de la seriedad de su tono de voz. Por la pasión que me mostraron sus ojos negros, tuve la impresión de que, si le hubiera dicho que sí, Sasuke se habría presentado ese mismo día en la puerta de mi casa.

Negué con la cabeza.

–No, aún no es el momento –resolví.

Recapacité con detenimiento todo lo que había sucedido aquella mañana. Sasuke había hecho una clara excepción con lo de no hablar sobre su vida privada, pese a que sabía que no le había agradado. ¿Acaso no era el momento de que yo le devolviera el gesto?

El pulso me atizó detrás de los oídos.

–Si quieres que lo hagamos hoy, Sasuke-kun, bueno, yo... yo... creo que...

Se me trabó la lengua. Me insistí a mí misma que tenía que decirlo, pero algo me estaba reteniendo. Desesperadamente. Entré en pánico al imaginarme en aquella situación. Me dolió la cabeza. Me mordí los labios.

En ese preciso instante, un dedo de Sasuke acarició mi mejilla. Le miré y, de pronto, le vi muy cerca. Antes de que pudiera reaccionar, sus labios ya estaban sobre los míos. Fue un beso breve, quieto, silencioso, que, sin embargo, significó muchas cosas. Mi piel vibró como si por mis venas se hubiera desatado una cadena de chisporroteos, y me preparé para todo lo que pudiese venir a continuación.

Sin embargo, Sasuke se despegó de mi boca.

–Llevabas tanto rato mordiéndote los labios que ya no podía más –su fresco aliento se materializó en el aire frío.

Suspiró, y yo suspiré detrás de él.

–Sakura, no tiene sentido si te sientes forzada –me miró con seriedad–. Eso es algo que tienes que entregarme solo cuando así lo desees. Yo esperaré todo el tiempo que necesites que espere.

Mis ojos se abrieron mucho, impactada por sus palabras.

–¿De verdad? ¿No te molesta?

Dejó escapar una risa, y aquellos pequeños hoyuelos se hundieron en sus mejillas.

–Bueno..., visualiza la imagen en tu cabeza de ese momento en que tienes la barriga tan hinchada, que solo quieres pinchártela y que se te desinfle. Así es cómo tengo ahora mismo mis pelotas..., pero estaré bien.

Hice un mohín.

–Eres demasiado gráfico –me quejé.

–Y tú hablas demasiado –se quejó él.

Le miré con indignación un mísero segundo; un instante después, rompí a reír. Sasuke zarandeó la cabeza, pero su pecho se agitó y sus labios no apartaron la sonrisa.

De repente, se acarició el mentón y me miró con socarronería.

–¿Podrías darte la vuelta un momento, Sakura? Creo que antes te manchaste también el culete...

Me sonrojé, y me reí, y negué con la cabeza. Y cuando le vi abalanzarse sobre mí, corrí. Y él corrió detrás de mí. Y abrí un grifo y le salpiqué. Y él abrió otro grifo y me hizo lo mismo. Y uno se averió y el agua salió disparada por todas partes. Y nos mojamos de la cabeza a los pies. Y Sasuke tiró de mi brazo hasta él. Y me pellizcó el trasero. Y le di un manotazo en el pecho, riéndome sin parar. Y él me mostró esa media sonrisa... y ya no importó nada más.

Sus manos se deslizaron bajo mis orejas, levantando un fuego en mí que me hizo olvidar todo. Nuestros labios se acariciaron, nuestras lenguas se enredaron, nuestras bocas se impregnaron la una de la otra. Cada vez más y más rápido. Más y más codiciosos. Más y más felices. Bajo el deseo de un momento que no queríamos que nadie nos arrebatara.

Éramos tan jóvenes que resultaba inevitable tropezar con el miedo a perdernos el uno al otro. No teníamos ni idea de lo que nos depararía el futuro. No sabíamos cuánto tiempo nos dejaría la vida estar juntos. Pero nos daba igual.

Al día siguiente, Sasuke y yo llegamos resfriados al instituto. Y ninguno de los dos nos arrepentimos de nada de lo que hicimos en aquel San Valentín.