NOTAS DE AUTOR
¡Gracias a todos por todas vuestras reviews! Creo que puedo decir que he hecho bien en poner al día las dos páginas. Ahora mismo estoy actualizando sendas webs con este nuevo capítulo y ojalá todo vaya sobre ruedas, de forma que todos mis lectores podáis leerlo.
Como ya he anunciado, empiezan a aparecer nuevos conflictos en la historia. De momento, ya hay cosas medianamente resueltas, con lo cual estoy orgullosa de haber llegado por fin hasta aquí. Pero hay novedades, muuuchas novedades. Espero que estéis preparados para pillarlas con fuerza y ganas. Os adelanto que este capítulo tiene algunas partes bastante picantes. Por otro lado, es un capítulo largo y ocurren bastantes cosas. Estad atentos.
Os responderé poco a poco a todos los que me habéis escrito hasta ahora.
Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.
Dejo de poneros los dientes largos, y finalmente... ¡A DISFRUTAR!
26. LLAMA(DA)
Salía de la ducha, cuando mi móvil comenzó a sonar desde mi habitación.
–¿Sí?
–¡Hola, Sasuke-kun! ¿Te pillo ocupado? –la voz de Sakura me reveló un poco de nerviosismo.
–Acabo de ducharme.
–¿Y pensabas hacer algo ahora?
Enarqué una ceja.
–¿Por qué?
–Bueno, he terminado de trabajar... y tengo ganas de verte...
Se me dibujó una sonrisa socarrona en los labios y dejé de secarme con la toalla. Me encaminé al salón completamente desnudo, sin ni siquiera haberme preocupado por vestirme.
–No sabía que pensaras tanto en mí, Sakura.
Pude sentir su agitación a través de la línea. Me resultaba fascinante lo mucho que se alteraba cuando pronunciaba despacio su nombre. Resopló, y la imaginé poniendo los ojos en blanco.
Strike para mí.
–Anda, dime, ¿tienes planes? –insistió.
Entré en la cocina y saqué un tetrabrik.
–No, ¿y tú? –vertí zumo en un vaso, y volví sobre mis pasos.
–Tampoco, por eso te preguntaba. ¿Tú quieres verme, Sasuke-kun?
Me detuve frente al gran ventanal del salón y eché una ojeada hacia abajo. Mi pene había vuelto a reaccionar ante la forma en que había dicho mi nombre.
Strike para ella.
–Hmmm –afirmé pausadamente con la garganta, mientras le daba un trago al zumo.
–¿Y qué se te ocurre?
Entorné los ojos y estiré un poco el cuello hacia adelante. Desde la cristalera detecté un cielo encapotado de nubes. La noche se avecinaba lluviosa.
–¿Estás todavía en Shibuya, Sakura?
–Sí.
–Bien, pues coge el metro hasta Ginza.
–¿Quieres que vaya a tu casa? –pareció inquieta.
–¿Te supone un problema?
La sentí dudar.
–No, claro que no –respondió finalmente–. Ya estoy cerca del metro. Estaré allí en una media hora.
–Vale –antes de que colgara, volví a detenerla–: Por cierto, Sakura, ¿traes paraguas?
–No, ¿por qué?
–En un rato te veo.
Colgué sin dar más explicaciones. Sakura era eficiente en el trabajo y en los estudios, pero en el asunto de ser precavida dejaba mucho que desear.
Mientras la esperaba en la boca del metro, a la intemperie, bostecé de cansancio. Estaba molido. Aquella tarde había echado una partida de fútbol con Naruto, Kiba y los otros. Ese deporte no era mi entretenimiento favorito, aunque se me había dado siempre bien. Afortunadamente, no nos habíamos extendido mucho. Naruto me había comentado algo sobre una cita con Hinata, y los demás habían mostrado su rotundo rechazo a salir con el mal temporal.
Si no me hubiese llamado Sakura, quizás hubiera acabado presentándome en su casa. Conocer a su familia no debía ser tan horrible frente al aburrimiento de quedarme en mi apartamento, sin ni siquiera haberla visto ese día.
Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer, justo en el momento en que vi asomar su cabello rosa por las escaleras. Abrí el paraguas y ella se detuvo en seco, mirándome muy sorprendida. Se cubría la cabeza entre el gorro de lana gruesa y su mochila de cuero marrón chocolate. Al menos llevaba puesta la bufanda.
–Deberías revisar el Tiempo más a menudo –le dije, acercándome a ella con el paraguas.
Sakura me observó anonadada unos segundos más.
–Perdona, salí corriendo de casa y ni siquiera me acordé de que hoy llovía –se excusó tímidamente.
Le recoloqué la bufanda. Automáticamente, sus manos se aferraron a ella, como si el que yo la hubiera tocado fuese algo especial. Me apresuré en girar la cabeza.
Mierda. Es tan molestamente mona.
La lluvia empezó a apretar y nos dirigimos a mi casa. Ninguno de los dos se atrevió a interrumpir el silencio; comprendí que estábamos inquietos por igual. La última vez que Sakura había pisado mi apartamento había sido aquella noche de octubre, cuando yo aún llevaba el cabestrillo.
Parecía que hubiera pasado una eternidad desde entonces.
Entramos en el piso con un mutismo que me arañaba las entrañas.
–¿El profesor Itachi no está aquí? –preguntó repentinamente Sakura.
Mis nudillos se tensaron al cerrar la puerta de entrada.
¿Por qué coño tiene que preguntar siempre por Itachi?
–Está en una reunión de antiguos alumnos –resumí tajante.
Para mi alivio, Sakura no hizo más preguntas.
Se desanudó su gran abrigo de paño y me lo dio para que lo colgara en la percha, junto a su bufanda y su gorro. Dejé que ella pasara primero y cerré la puerta corredera del salón para evitar que se escapara el calor de la estancia. Avanzó hacia el interior del salón y se quedó mirando la chimenea digital, que había dejado encendida desde antes.
Las llamas se reflejaron en sus ojos verdes jade.
–Nunca la había visto puesta –comentó.
–Solo la usamos en invierno –me limité a responder, secamente.
Mis pupilas examinaron cautelosamente su figura. Ahora que no llevaba nada encima, pude ver el jersey de pelos sintéticos que se había puesto: holgado, de un tono azul grisáceo, con las mangas tapándole parte de las manos y un cuello de barco amplio, muy abierto. Inevitablemente me detuve en la desnudez de su hombro derecho: liso, impoluto, suave frente a la rugosidad de su ropa.
Tuve que obligarme a dejar de mirarla para que mi cuerpo no me traicionase.
Intentando despejarme, me encaminé a la cocina y eché un vistazo en la nevera. Ya eran las siete de la noche: la hora de la cena.
–¿Qué te gusta de comida? –alcé la voz para que Sakura me oyera desde allí.
Sentí sus pasos acercarse.
–Cualquier cosa... ¿Vas a cocinar tú, Sasuke-kun? –inquirió curiosa, asomándose por la puerta.
–Por supuesto. Después de aquella trufa de chocolate, creo que es mejor que de nosotros dos sea yo el que cocine –repuse burlón.
De reojo, pillé a Sakura sacándome la lengua. Esbocé una sonrisa ladeada.
Decidí que cenaríamos okonomiyaki, una especie de tortilla a la que podía ponerle todo lo que quisiera. Empecé a colocar los ingredientes sobre la mesa. Aquel plato no necesitaba demasiada elaboración, sino, más bien, que tuviera preparadas con antelación todas las cosas que le agregaría. En aquella ocasión, lo hice con ternera y gambas.
Tras haber troceado y salteado los ingredientes principales, Sakura regresó al salón. A través de la ventana que se abría en la pared de la cocina, la observé con disimulo. Estuvo un rato mirando el sofá como si dudara de qué hacer con él. Rodé los ojos.
–No muerde. Puedes sentarte y ver la tele ahí –me mofé, mientras batía en un bol harina con huevo y agua para hacer la masa del okonomiyaki.
Ella dio un ligero respingo, pero no me miró. Como si hubiese pulsado un botón para activarla, hizo exactamente lo que le dije. Zapeó en los canales hasta dar con un programa de entretenimiento que, al parecer, le gustaba mucho.
Cuando empecé a verter la masa y los ingredientes en la sartén, ambos continuábamos sin intercambiar palabras. Los dedos me chispeaban más que el aceite que había puesto en la sartén. Giré un poco la cabeza y volví a espiar a Sakura. No se había movido, pero sabía que su agitación era tan pesada como la mía. Estábamos en uno de esos momentos a solas que, se suponía, debía encantarnos.
Pero que a mí me hacía flaquear.
Al terminar con la cena y llevar los platos al salón, la peli-rosa se levantó de un salto, consciente de que ni siquiera había colocado los manteles. Lo hizo todo deprisa, bajo mis indicaciones. Después, al cortar el primer trozo de su okonomiyaki con el cuchillo, noté que le temblaban un poco las manos. Dudaba de que fuera la primera vez que usaba uno.
También ella estaba flaqueando.
Vimos la televisión mientras cenábamos sentados en el suelo, sobre la mesita de té. A pesar de que teníamos puesto un programa de comedia, no nos reímos en ningún momento. Me obligué continuamente a no mirar a Sakura, aunque en algunos instantes fallé. ¿Por qué siempre venía tan jodidamente guapa a mi casa?
No era todo eso lo que había esperado experimentar al invitar a Sakura a mi casa, pero cada día me costaba más contenerme en su presencia. Había empezado a marcar ciertas distancias. Besarla todo el tiempo era como un tira y afloja constante entre mi afán por respetarla y mis ansias de hacerle el amor hasta el próximo invierno. Estar sin sexo, y más aún: estar sin sexo con Sakura cerca, resultaba la peor tortura que estaba atravesando en años. De vez en cuando, conseguía que no me afectase, y en esos momentos me sentía el puto amo. Pero, luego, aparecía ella de esa forma ante mí: enseñándome su cuello blanco y largo, con sus hombros fuertes y redondeados, y solo tenía ganas de tirarme a la lluvia fría que estaba impactando contra la cristalera.
Cuando ambos terminamos de comer, ya no hubo forma de soportar esa situación.
Tomé mi plato y el de ella entre las manos, los llevé hasta el hueco de la pared de la cocina y los dejé en el trozo de encimera que había debajo. Y en ese preciso momento, Sakura me abrazó por la espalda.
–Esto no me gusta así –sentí la preocupación en su voz–. Sé que es muy egoísta y caprichoso que te lo diga, sobre todo, porque noto el esfuerzo que estás haciendo conmigo. Pero creo que es peor si me sigo callando lo que siento. Odio que estemos así: tan distantes. Sasuke-kun, aún no puedo hacer eso..., pero necesito más que esto.
Reprimí un escalofrío.
Entendía perfectamente lo que quería decir. Estuve de acuerdo en que era mejor que me expresase sus sentimientos. No era un hombre pegajoso; las manifestaciones afectivas eran un tema que solo me llamaba de vez en cuando. Sin embargo, con Sakura me molestaba estar en la misma habitación y que ninguno de los dos pudiéramos mirarnos ni hablarnos tranquilamente.
Todo por culpa de esa tensión.
Al mismo tiempo, temía descontrolarme. Aunque una parte de mí se sentía molesta por lo que me estaba pidiendo, la otra parte sabía que se trataba de una reacción natural. Yo también deseaba lo mismo.
Sin darle más vueltas, me giré para mirarla.
–Pídemelo –me miró un poco asombrada; sabía a lo que me refería. Volví a repetírselo–: Es caprichoso y egoísta, y yo quiero que seas ambas cosas en esto. Pídemelo.
Se mordió el labio inferior. Joder, si no me lo pedía ya, no podría aguantar más.
–Bésame, Sasuke –y esa fue la gran sentencia.
La atraje por la cintura y la besé. El corazón me latió a una velocidad incalculable. Cada célula de mi cuerpo se alborotó al volver a sentir su calidez. La humedad de su boca. Sus labios moviéndose al compás con los míos.
Instintivamente mis manos descendieron por su espalda hasta la linde de sus lumbares. Pero cuando rozaron el primer tramo de sus glúteos, me detuve. Abrí los ojos rápidamente. Temeroso, separé nuestras bocas para estudiar su rostro. Estaba muy colorada y su entrecejo le había formado una leve arruga en la frente.
Sin embargo, actuó de una forma muy distinta a la que conocía de ella.
No fui capaz de decirle nada cuando, con sus propias manos, llevó las mías hasta su trasero. Me sentí eufórico. No pude resistirme. Al comprobar que estaba segura de lo que hacía, mis manos se cerraron en torno a sus glúteos, oprimiéndolos con deseo. Mis labios volvieron a estrellarse contra los suyos, sin dejar de agarrarla. Me alegré aún más cuando sus brazos envolvieron mi cuello. Correspondiéndome.
Por pleno impulso, deslicé las manos debajo de sus muslos y de un salto la aupé. Paré, dejándola colgada allí; sus piernas rodearon mi cintura con vacilación. Nuestros ojos se buscaban un instante, y otro instante enfocaban nuestras bocas. Nuestras respiraciones alteradas se abrazaron anhelantes entre el minúsculo espacio que nos separaba.
No dudé más y me fundí en sus labios de nuevo.
Con cautela, cargué con ella hasta el sofá, sin dejar de besarla. La tumbé despacio entre los almohadones. En ese momento, sus ojos titilaron de una forma diferente. Brillaban mucho por la excitación, pero no me costó entender que seguía habiendo desasosiego. Volví a besarla, y sentí de repente sus labios tensos. Nos embargaba una atmósfera de frenesí tan absorbente, que no podía combatir contra la necesidad de entregarle algo más que mis besos. Aun así, me negaba en redonda a forzarla.
Intenté alejar su miedo acariciando con mucho cuidado sus labios con los míos: lento y suave. Cuando sentí que se relajaba un poco, la miré con atención.
–¿Quieres que pare? –inquirí.
Noté la duda en sus ojos; sin embargo, negó con la cabeza. Suspiré largamente, indeciso con lo que debía hacer. Deseaba con todas mis ganas seguir adelante, pero temía que Sakura volviese a mirarme como aquella vez en el almacén. Aterrada.
De pronto tuve una idea.
Me separé un poco de ella y me quité el jersey.
–Sasuke-kun, ¿q-qué haces? Vas a coger frío –reaccionó azorada.
Ignoré su comentario. Despacio, volví a inclinarme sobre ella y acaricié el ángulo de su pómulo con el dorso de mi mano; sus mejillas estaban ardiendo. A la luz de las llamas de la chimenea, sus redondos pendientes nacarados centellearon de un modo incitante. Me acerqué a su oído.
–Nada de lo que estamos haciendo ahora es malo, Sakura. Te aseguro que mantendré mi promesa de esperar todo lo que necesites.
Bajo mi piel, sentí los vellos de su hombro desnudo erizándose. Ella permaneció en silencio. Durante los primeros segundos tras mis palabras, se quedó inmóvil. Después, noté que movía la cabeza.
Al mirarla, descubrí sus ojos recorriendo lentamente mi torso. Se detuvieron en partes que nunca me agradaba que mirasen demasiado. Sus pupilas enfocaron las cicatrices de mi abdomen, y fueron subiendo hasta las pequeñas cruzadas de mi pectoral. Tenía muchas más en el lado izquierdo, y Sakura examinó mi brazo. Casi instintivamente, sus dedos comenzaron a ascender por él, acariciando con las yemas el relieve de aquellas heridas antiguas. Muy suavemente. Con timidez. Experimenté un estremecimiento inevitable cuando alcanzó los primeros trazos de mi tatuaje.
Me sentí entre desprotegido... y embelesado.
–¿Cómo pudiste hacerte este tatuaje? Aún eres menor de edad –me preguntó.
–Conocí a un tipo en la Plazoleta, que estaba preparándose para ser tatuador profesional. Me gustaban mucho sus diseños, así que decidí probar un día.
–Pero es ilegal, ¿no? ¿O tus padres te dieron permiso?
Tardé un poco en responder. Consideré que no era el momento de entrar en detalles sobre mis padres.
–Lo hice a escondidas. Por eso, procuro no ir a la playa muy a menudo, aunque me encante surfear. Paso de que un paparazzi o algo así me fotografíe. Aun cuando no sea el hijo de ninguna celebridad, sé que hay gente que se divierte tocando las pelotas.
–¿Por qué te lo hiciste entonces?
–No me gustan las cicatrices que tengo en esa zona: están muy amontonadas y son más profundas que las demás. Necesitaba algo para cubrirlas –me encogí de hombros.
Me di cuenta de que Sakura tensaba la mandíbula. Parpadeó, un poco impactada.
–¿Y cómo te has hecho todas estas cicatrices, Sasuke?
No había empleado el –kun, por lo que supe que se estaba tomando aquel asunto muy en serio. Dudé. Pensé que quizás no fuera buena idea contarle cosas de mi pasado que pudiesen perturbarla; a pesar de ello, algo dentro de mí se removía por dejarlas salir. Ya había obviado lo del asunto de mis padres, y detestaba las mentiras. ¿Acaso era justo ocultarle tanto a Sakura?
–La mayoría son de los entrenamientos con mi abuelo –confesé finalmente.
Sus ojos subieron súbitamente hasta mi rostro. Los abrió tanto que casi se le formaron ojeras.
–¿Qué...? –esa cara tan alterada era, tal vez, lo que había querido evitar.
Un poco incómodo, desvié la mirada hasta las puntas de su pelo rosáceo. Distraídamente, mis dedos juguetearon con un mechón.
–Está obsesionado con meterme en la Agencia Nacional de Inteligencia y Seguridad de Japón, y seguramente quiera que reemplace a mi padre el día de mañana en el Ministerio de Defensa. Es con lo que justifica haberme entrenado siempre con tanta dureza. Pero no le des importancia. Me quité a ese carca de encima a principios de curso –respondí, intentando quitarle hierro al asunto.
–¿Por eso entraste este año en el Club de Kárate?
Volví a mirarla. El brillo de sus pupilas me reveló entonces más interés que alarma. Aliviado, asentí con la cabeza.
–Y mi vida ha dado un giro de ciento ochenta grados desde entonces.
Por alguna razón, mi comentario pareció afectarle. Antes de que pudiese adivinar su intención, incorporó la cabeza y me besó.
Fue como si me hubiera arrancado toda la respiración de un soplo.
Sakura no solía ser la primera en besarme; era demasiado vergonzosa para hacer esas cosas. Sin embargo, cada vez que lo hacía, me trastocaba tanto que instantáneamente dejaba de ser consciente de todo lo demás. Y, luego, sentía ese ardor en el pecho, que se expandía por mis venas como un flujo fuera de mi control.
Dejó de besarme un momento. De repente, se quitó el jersey. De un modo irrefrenable, mis ojos contemplaron con estupor su torso semidesnudo. Recuerdo bien que llevaba un sujetador sin tiras, con algunos motivos de encaje adornándolo. Sus pechos me resultaron más bonitos de lo que me habían parecido con el bikini en la playa, y su piel destacó: blanca y delicada como el algodón, ante el centelleo de la lumbre.
Sakura se sonrojó aún más de lo que ya estaba, pero sus brazos se apresuraron en rodearme, privándome de la visión de su cuerpo. Enterró su cara en mi hombro.
–Esto no es malo, ¿verdad? Es lo que has dicho tú, Sasuke-kun... ¡Por favor, no me mires así, me da mucha vergüenza!
No pude controlarme la risa.
–Tonta. Me encanta que estés así. Creo que es como más bella te he visto nunca.
Jadeó, sorprendida por mis palabras. Vaciló un poco, pero acabó reafirmando su abrazo. Cerré los ojos, dejándome llevar por el calor de su cuerpo. El contacto de nuestras pieles me llenaba de una calma enardecida.
Al cabo de un rato, cuando reparé en que estaba algo más tranquila, los dedos de Sakura acariciaron muy sutilmente el inicio de la enorme cicatriz de mi espalda. Imaginé que estaba pensando en la crueldad de mi abuelo, pero preferí no explicarle que esa en concreto me la había hecho mi padre. Como tantas otras que tenía en el cuerpo: las más imperfectas y desgarradoras.
No dijimos nada durante algunos minutos. Sakura se quedó abrazándome con fuerza, como si yo fuera algo que se evaporaría de un momento a otro.
Como si temiera dejarme marchar.
Y deseé que entendiera que, en ese momento, no tenía la más mínima intención de irme a ninguna parte. Me había atrevido a desvelarle lo de los entrenamientos de mi abuelo. Algo que nunca en mi vida le había contado a ninguna mujer. Ni a ninguna persona. Solo Naruto sabía algo de ello.
Había sido casi como sellar un pacto de sangre con Sakura.
Me separé un poco para mirarla directamente. Descubrí de nuevo aquella arruga en su frente, y no quise que siguiera preocupándose. Mi boca volvió a estamparse una vez más en la suya. Para mi satisfacción, sus labios ya no estaban tensos. Percibí su excitación, casi al mismo nivel que la mía. La estreché entre mis brazos, al igual que ella me sostenía a mí, y continuamos besándonos con ahínco.
Sentía el deseo chispeándome desde la zona más baja del vientre. Pasé delicadamente la lengua por sus labios hinchados. Quise mordérselos. Morderla a ella entera. Cada centímetro de su cuerpo, de sus ángulos y hasta sus pestañas. No podía seguir soportando la necesidad de ir un poco más allá.
La miré, y creo que ella entendió en mis ojos toda la súplica que dilataba mis vasos sanguíneos.
–Llegaré solo hasta donde tú quieras –mi voz fue apenas un susurro, penetrante en el tranquilo silencio que nos envolvía, únicamente interrumpido por el suave crepitar de las llamas en la chimenea y el murmullo del televisor.
Sakura frunció los labios, pero asintió con determinación.
Sus ojos verdes parecieron hacerse aún más grandes, mientras mi mano derecha recorría con lentitud su garganta, el final de su cuello, su clavícula. Rocé con suma cautela la curva de sus pechos, y la sentí estremecerse. A pesar de la gruesa tela del sujetador, percibí sus pezones erguidos.
Apreté la mandíbula, luchando por no devorarla en ese mismo instante. La miré fijamente a los ojos, mientras mi mano desabrochaba el botón de sus vaqueros. No me detuvo, pese a la respiración entrecortada que exhaló a través de sus fosas nasales. Mi mano resbaló hacia el interior de sus pantalones, encontrándose de lleno con sus braguitas.
Paré un segundo. Ella asintió de nuevo.
Bajé la mirada, y mis dedos avanzaron suavemente. Observé mi mano subiendo y bajando en su entrepierna, con un balanceo sosegado. La boca de Sakura se abrió un poco, despidiendo suspiros sordos en mi oído. La sentí tremendamente húmeda bajo la tela, y la sangre se amontonó en mi propia entrepierna. Cerré los ojos con fuerza, intentando regular el ferviente deseo que me atacaba. Me concentré en los sonidos.
Una inspiración. Una exhalación. Una inspiración. Una exhalación. Un leve jadeo. Aumenté un poco el ritmo. De pronto como un chapoteo.
Sakura se arqueó levemente, pero sin llegar a gemir.
Esa fue la señal que esperaba.
Mi mano se introdujo bajo sus braguitas. Mis dedos se extendieron hasta detectar su pedacito de carne. No me sorprendió ni me desagradó que lo rodease una ligera capa de vellos finos. Empecé a contornearlo. Miré a Sakura y la descubrí mordiéndose el labio. Sonreí. Estaba disfrutando de verdad.
Mi boca se adentró una vez más en la suya, mientras mis dedos dibujaban círculos. Presioné. Círculos. Presioné. Círculos. Y descendí un poco más. Mi lengua y su lengua se enredaron, al tiempo que hundía uno de mis dedos en su centro. Estaba tan húmeda, que con solo entrar y salir un par de veces bastó para que pudiese meter otro dedo más.
Inicié un vaivén que ella, sin ser consciente, siguió con el suave movimiento de sus caderas. Sonreí contra sus labios y la miré entre las pestañas. Madre mía, su rostro colmado de placer era la imagen más erótica que había presenciado jamás.
Seguí con el vaivén, a veces trazando redondeles cuando entraba. En un momento dado, froté la zona alta de sus paredes y ella dio un respingo, separándose de mi boca.
–Sasuke, ¿qué has...? –jadeó extasiada.
Le robé otro beso; acto seguido, lamí su cuello. Me eché un poco más sobre ella, acelerando el ritmo de mi mano derecha. El creciente rocío de su femineidad me avisó: le bajé los pantalones y las braguitas hasta las rodillas, y me apresuré en introducirle un tercer dedo. Entré y salí cada vez más deprisa. Sabía que de un momento a otro no podría más. La miré por debajo de las cejas, ansiando oír su gemido; ansiando verla explotar.
Pero inesperadamente posó una mano sobre la mía, deteniéndome.
–Sasuke-kun –abrió los ojos con dificultad y tragó saliva–, yo también quiero... quiero hacerte lo mismo.
Me quedé de piedra.
–¿Cómo...? –jadeé.
Sus ojos verdes se dilataron un poco más, relucientes de pasión.
–Quiero que tú también... disfrutes.
Parpadeé atónito. Nunca la hubiera creído capaz de tomar una decisión así. No todavía.
Como siempre, Sakura me descuadraba todos los esquemas.
–¿Puedo, Sasuke-kun?
No fui capaz de articular palabra cuando asentí, a pesar de que se me había quedado la boca abierta. Ni siquiera esperó a que sacara mis dedos de ella, sus manos se movieron hacia los botones de mis vaqueros. Temblaron un poco mientras me los desabrochaba. La miré en silencio y comprobé que en su rostro no había ni un ápice de arrepentimiento. Solo timidez.
–¿Estás segura? –logré decir en ese momento.
Sakura me miró y un atisbo de sonrisa elevó sus labios un instante. Estaba nerviosa, pero tuve claro que quería hacerlo. Tampoco le hizo falta mi ayuda. A pesar de su inquietud, no dudó en bajar mis pantalones. Frunció un poco el ceño, mentalizándose, y bajó también los calzoncillos.
Una vez mi pene emergió duro e hinchado al exterior, arqueó las cejas sorprendida.
–¿Es la primera vez que ves uno? –pregunté, aun cuando sabía la respuesta.
–Sí... Vaya. ¿Eso es así de grande? –arrugó la nariz–. ¿Me dolerá mucho?
Casi me reí, pero me contuve. No quería ofenderla.
–¿Te duele esto? –moví un poco mis dedos en sus adentros. Ella dio un leve respingo, mordiéndose los labios para acallar un suspiro. Sonreí otra vez–. Entonces todo fluirá solo.
Los ojos de Sakura volvieron a mirar mi miembro. Con cierto temor, una de sus manos lo agarró despacio. Cerré los ojos un segundo, embriagado, pero me apresuré en mirarla de nuevo. Deseé con todas mis ganas poder leer sus pensamientos. Quería saber si realmente no temía explorarme de esa forma.
–¿Así? –inquirió dudosa.
Mientras asentía, se me formó una nueva sonrisa en los labios.
Que quisiera regalarme algo así, pese a lo inexperta que era, me llenó de un cariño indescriptible hacia ella.
Sakura vaciló otro segundo más, y entonces emprendió un balanceo parecido al que yo le había estado haciendo. Subió y bajó, teniendo mucho cuidado. Sus movimientos eran inocentes y trémulos, un poco torpes, pero me gustaron igual. No sé cuántas veces cerré y abrí los ojos, dejándome llevar por un profundo placer; invadido por corrientes eléctricas que se propagaban desde mi miembro hasta cada rincón de mi cuerpo. ¿De verdad Sakura me estaba tocando?
Apreté la mandíbula, y ella se detuvo un momento, mirándome preocupada.
–Los dos a la vez –la incité jadeante.
Sakura asintió, y mis dedos retomaron su propósito en cuanto su mano volvió a mecerme.
Sentí el pulso en los oídos mientras su respiración inundaba mi rostro, zarandeando los mechones de pelo que caían sobre mis ojos. En el fragor de nuestro deleite, la miraba y sus ojos chocaban de vez en cuando con los míos: fulgurantes, hechizados por la pasión y el deseo que nos subyugaban. Tenía el corazón tan encendido, las mejillas flameándome, que sentía que podría derretirme sobre ella. Sus manos disparaban cosquilleos continuos con aquella fricción sin pudor, haciéndome palpitar a un nivel desmedido. Volví a besarla; volví a fusionarme con sus labios; volví a los recovecos de su boca, a la caricia de su lengua, colmándome de su saliva como si fuese un elixir. Mis dedos plasmaron todo lo que mi miembro habría querido hacer con sus adentros, sintiendo conjuntamente en sus manos lo que ella sería capaz de ofrecerme en un futuro. Me resultó increíble que, con algo tan simple como eso, mi cuerpo reaccionara como lo estaba haciendo ante ella.
Nunca antes me había pasado.
Y la oí gemir contra mis labios. Y yo gemí con ella. Y gruñó. Y gruñí a la vez. Estábamos a punto. Estábamos en la clave que daría con la tecla a todo nuestro delirio. Un minúsculo paso hasta pisar la cima...
... y de pronto se oyeron unas llaves abriendo una cerradura.
Como si acabaran de tirarnos un enjambre de abejas, Sakura y yo nos separamos de un salto. A toda velocidad, nos abrochamos los vaqueros, nos pusimos los jerséis y nos peinamos, mientras se oían unas carcajadas estruendosas en la entrada. Al notar mi insistente erección, me senté en el sofá, abriendo mucho las piernas. Me estaba limpiando los dedos en el jersey, en el preciso instante en que la puerta corredera del salón se abrió.
–¿Sakura-chan? –odié la voz de Itachi desde cada esquina de mi ser.
Sus ojos oscuros pasaron de ella hasta mí, y luego alternaron entre la mesita de té –donde aún estaban los manteles y nuestros vasos de agua– y el televisor encendido, con el volumen al mínimo.
Por supuesto, la erección se me bajó al segundo.
Detrás de él, detecté un par de figuras.
–Buenas noches, profesor Itachi... –la voz de Sakura se ahogó, al advertir quiénes habían venido con él.
Como si todo aquello se tratara del típico sketch americano con risas programadas, ese insoportable rubio estrafalario de Deidara apareció junto a su inseparable amigo pelirrojo.
–¿Sasori-kun? –inquirió Sakura, conmocionada. Me desagradó que pronunciase el –kun junto a su nombre.
Si ella nunca llama de esa forma a ningún chico que no sea yo, ¿por qué lo hace con él?
–Vaya, no esperaba encontrarte aquí –respondió el pelirrojo con su voz de aburrido. Me miró un momento, y luego regresó a Sakura–. ¿Sois muy amigos?
–Somos pareja –me apresuré en aclararle.
Los ojos cafés de aquel imbécil se encontraron con los míos. No dudé ni un instante en taladrarle con la mirada.
Odiaba cómo se le iluminaban las pupilas cada vez que miraba a Sakura.
Oí un carraspeo.
–¡Hala, no tenía ni idea de que tuvieras novio, Sakura-chan! –saltó Deidara, intentando cortar la tensión. Miró a Itachi de reojo, y le pasó un brazo por encima de los hombros–. Ya veo que tu hermanito pequeño también se lleva a las mejores, Itachi-senpai.
Mi hermano frunció mucho el ceño. Con un movimiento algo brusco, se sacudió de encima el brazo de Deidara.
–Voy a por eso y nos vamos –dijo secamente, dirigiéndose a su dormitorio.
Sasori rompió el contacto visual conmigo para mirar en su dirección. Solté el aire lentamente por la nariz, sin apartar la mirada de él.
De repente, el móvil de Sakura vibró sobre la mesita de té.
–¿Sí? –sus cejas se cerraron con fuerza–. Cálmate, Hinata, no entiendo lo que dices... –se detuvo unos segundos, y sus ojos empezaron a abrirse desmesuradamente–. ¿Dónde estáis?
Se escucharon unos cuchicheos más desde su móvil, y entonces colgó. Seguidamente, Sakura me miró con una acusada expresión de alarma.
–Tenemos que irnos –me apremió.
Enarqué una ceja.
–¿A dónde?
–A Minato.
Eché un vistazo por el ventanal. No había dejado de llover.
–¿Para qué?
–Naruto y Hinata nos necesitan –su voz me indicó una urgencia que no quería desvelar en voz alta.
Resoplé, imaginando que el idiota rubio ya había hecho una de las suyas. Sin pedir más explicaciones, cogí las llaves de casa que descansaban sobre la mesita de té y me levanté. Sakura vino detrás de mí.
–¡Itachi, tu hermano se va! –le avisó Deidara desde allí. Nos miró y nos preguntó–: ¿Queréis que os lleve en mi coche? Nosotros vamos a Odaiba.
Itachi apareció justo en ese momento.
–No hace falta –respondimos él y yo al unísono.
Cruzamos una mirada tensa. Un segundo después, sus pupilas se centraron en Sakura. ¿Por qué coño la miraba siempre con esa expresión de gravedad en mi presencia? Era como si continuamente le dijese que había cometido un error al salir conmigo.
Apreté la mandíbula. Miré a Sakura y le hice un gesto con la cabeza para que me siguiera. Avanzamos hasta la entrada y cogimos nuestras cosas de la percha. Pillé dos paraguas. Cuando fui a abrir la puerta, alguien retuvo a la peli-rosa por el brazo.
–Sakura –me repugnó sobremanera que ese jodido Sasori la llamara sin ningún tipo de honorífico–, ¿te veré la semana que viene?
Crispé los puños en torno al pomo.
–Mañana tampoco podré ir al hospital, pero mi abuela me ha insistido en que al menos haga un esfuerzo la semana que viene –explicó el pelirrojo.
Sakura tardó en responder.
–Sí, claro, imagino que la semana que viene también estaré por allí –afirmó.
–Bien, entonces nos veremos... ¿el domingo?
Entorné los ojos.
–Es probable –repuso Sakura. Hizo una pausa y miró a los tres–. Buenas noches a todos.
–Buenas noches, Sakura-chan –Deidara fue el único en contestar.
Los ojos cafés de Sasori se posaron sobre mí. Desafiantes. Me quedó muy claro que a ninguno de los dos nos gustaba la presencia del otro. Decidí ignorar deliberadamente a Itachi. Sin aguantar un segundo más a aquellos capullos, agarré a Sakura por la mano, abrí la puerta y me la llevé de allí.
La mejor opción para llegar a Minato deprisa bajo aquel temporal era coger un taxi. Naruto la había vuelto a liar parda. Aunque no estaba muy seguro de que hubiera sido solo culpa suya. Tal y como me había comentado aquella tarde, había salido con Hinata a cenar. Y, al parecer, se habían encontrado con Neji. Me había extrañado mucho que la impulsividad del rubio idiota no hubiera saltado en todo ese tiempo, así como la propia soberbia del primito de la Hyûga.
Sin embargo, desde el Campeonato Nacional les había creído con el hacha de guerra enterrada.
Le pedí al taxista que nos dejara a la altura del centro comercial. Sakura y yo salimos corriendo del vehículo, abriendo los paraguas, en el preciso momento en que la lluvia apretó un poco más. A las puertas del edificio, se habían detenido algunas personas, al tiempo que otras corrían despavoridas. Nos acercamos apresuradamente a la zona.
Y entonces lo vimos.
Bajo la intensa lluvia, como dos gallos rabiosos empapados hasta los huesos, Naruto y Neji se disparaban patadas y puñetazos sin ton ni son. Ni siquiera se preocupaban por afirmar bien sus movimientos; la histeria les hacía abalanzarse el uno sobre el otro como animales, llenándose de sangre y moretones, replegados sobre sus muecas cargadas de ira. Sinceramente, nunca los había visto luchar de una forma tan patética, mucho menos al rubio.
Mucho menos todavía a Neji.
Sakura corrió hacia Hinata, que se mantenía de pie cerca de ellos. Se tapaba la boca con las manos, con los ojos anegados en lágrimas. Horrorizada. Detecté solo entonces un par de figuras más: Tenten y Rock Lee llevaban un buen rato gritando e intentando interponerse entre aquellos dos mongolos neuróticos. No me había esperado que ellos también estuviesen aquí.
Joder, el puto espectáculo que estáis montando, pedazo de imbéciles.
No lo pensé un segundo más, avancé veloz hacia la escena.
–Atrápalo, Sakura –lancé mi paraguas a la peli-rosa.
Sentí tanto su mirada como la de Hinata encima de mí, cuando eché a correr hacia aquellos dos camorristas. Visualicé el puño de Naruto en alto, y me empeñé en ser lo más rápido posible. Atrapando su brazo, tiré de él bruscamente. Neji ya había descargado una patada. Mientras el rubio rodaba detrás de mí, bloqueé la pierna del Hyûga y disparé la mía directa a su pecho. Él también cayó rodando hacia atrás.
Cuando Tenten corrió a auxiliar al chico de los ojos perlados, con Lee pisándole los talones, me volví y regresé con Naruto, la Hyûga y Sakura. Hinata se había abrazado con fuerza a las espaldas del idiota rubio, pero el muy imbécil se debatía, ciego de furia. Ni siquiera parecía consciente de que ella se estuviese mojando con tal de retenerle.
–¡Voy a reventarte la cabeza de una puta vez, hijo de perra! –gritaba el rubio contra Neji, con los ojos inyectados en sangre.
Pocas veces le había visto tan colérico.
–¡Para, Naruto-kun, por favor! –gimoteó Hinata.
Fui a hacer algo, pero Sakura se me adelantó.
Avanzó hasta acuclillarse frente a Naruto, y vi su mano firmemente abierta. La bofetada resonó incluso por encima de la lluvia, arrancando algunas exclamaciones entre los pocos espectadores que nos rodeaban.
El idiota rubio se detuvo al instante y miró a Sakura con los ojos desorbitados, aplastado por la conmoción. Le había dolido tanto el guantazo que no podía apartar la mano de su mejilla.
Se oyó una carcajada maliciosa a nuestras espaldas.
–¡Eres una nenaza! –vociferó Neji con voz histérica. Algo desconocido en él–. ¡Solo sabes hablar, gilipollas! ¿Dónde está tu dignidad? ¡Ah, claro, no tienes! ¡Eres un puto gaijin!
Parecía una persona completamente distinta.
Reparé demasiado tarde en que Sakura se encaminaba hacia el primo de Hinata. No pude verle la cara, pero adiviné enseguida su propósito. Hice ademán de frenarla, pero ya se había situado delante de Neji.
Él había pronunciado la palabra mágica.
–Lo siento, Tenten –soltó la peli-rosa.
No añadió nada más, su puño se hincó en la mejilla del Hyûga. El cuerpo del chico se desplomó como una pluma hacia atrás. Todos nos quedamos en un silencio sobrecogido. Incluido el Cejotas, que no dejó de mirar a la peli-rosa con cara de alucinado. Parecía imposible, pero sus ojos saltones estaban desorbitados.
–¡¿Qué está pasando aquí?! –saltó de repente una voz grave.
Un par de policías aparecieron observando perplejos la escena. Uno de ellos, con un pelo de apariencia canosa extendiéndose bajo la gorra, miró a Sakura y a Neji de hito en hito. Luego, sus ojos dispararon a Naruto.
–¿Cómo coño se os ocurre causar este alboroto en medio del distrito? –nos gritó con un tono que penetró el temporal.
Intuí que era quien estaba al mando, aun cuando su voz reflejase a un hombre joven. Se volvió un momento hacia los transeúntes.
–Vuelvan tranquilamente a sus asuntos. No hay nada más que ver aquí –les ordenó.
La gente obedeció enseguida, amedrentada. Percibí nítidamente el desasosiego en todos mis compañeros; sin embargo, a mí no me intimidó lo más mínimo. De hecho, lo que verdaderamente me inquietó fue otra cosa.
Al advertir los paraguas de los agentes, mis ojos regresaron automáticamente a Sakura. La lluvia la había calado entera. Continuaba de espaldas a mí, inmóvil frente a Neji, que se agarraba dolorido la mandíbula en el suelo, mientras Tenten le protegía con un paraguas. Rock Lee no apartó la mirada de ella, y creo que sus ojos no se achicaron ni un ápice en todo ese tiempo. Ni siquiera se le ocurrió acercarle su paraguas para cubrirla.
Menudo pretendiente estás hecho, gilipollas.
Resoplé, y me volví para recoger el mío.
Sentí la mirada del policía canoso clavada sobre mí.
–¿Qué haces, chico? –me espetó con gravedad.
Todos me miraron alarmados.
–Se está empapando –señalé a Sakura con la cabeza.
Hice caso omiso de todos los presentes y cumplí con mi cometido. Sakura había sido la única que no me había mirado. Cuando me acerqué a ella, noté que jadeaba. La mano con la que había atestado ese puñetazo debía de dolerle horrores. Le cubrí con mi paraguas, pegándome detrás de ella para protegernos a los dos.
Miré de nuevo al policía.
–Nosotros solo estábamos de paso –mentí, resistiendo las ganas de delatar la imprudencia de Naruto. Estaba muy seguro de que todo había empezado por responder a las provocaciones de Neji.
–No hace falta que cubras a nadie. Ya sabemos lo que ha pasado –adivinó el policía. Soltó un suspiro y se giró hacia su compañero–. Llévate a ese de ahí, como te he dicho.
Su compañero asintió y se apresuró en llegar hasta Neji. El Hyûga no se movió, mientras el policía colocaba uno de sus brazos sobre sus hombros, agarrándole. De repente, parecía completamente derrotado. ¿Tan fuerte había sido el puñetazo de Sakura?
–¿Solo van a arrestarle a él? –inquirió de pronto Naruto.
Serás capullo. ¡Cierra la boca!
–Date un canto en los dientes, chico. Por hoy te vas a librar, pero como vuelva a verte en una situación parecida, te enteras –le advirtió el agente del pelo cano.
Guardó silencio un momento, y observó a su compañero arrastrando a Neji, que apenas levantaba la cabeza, hacia su coche de patrulla. Tenten les siguió de cerca, y se dio prisa en cubrirle la cabeza con la capucha. Hasta debajo de aquella insistente lluvia podría estar merodeando un periodista curioso. Que un miembro de la familia Hyûga se peleara abiertamente en la calle resultaría una gran exclusiva.
–Este chico ya montó un escándalo parecido el otro día en un local de Akihabara –explicó el policía superior–. Iba con otro chaval: pelirrojo, con un tatuaje sobre la ceja. Por sus pintas identificamos al segundo, al que ya hemos pillado antes colándose en clubs de alterne y discotecas. Normalmente va colocado, y no nos extrañaría que este de aquí también. La última vez no pudimos atraparlo, pero ahora le haremos las pruebas adecuadas en comisaría.
La exclamación ahogada de Hinata resonó casi tanto como si hubiese lanzado el mismo grito.
¿Colocado? ¿Gaara ahora juega con drogas? ¿Y Neji también?
Fruncí el ceño. Observé detenidamente al Hyûga. Antes de que se perdiera dentro del coche de policía, vislumbré sus ojos perlados, del mismo color que los de su prima. Estaban idos, carcasas vacías de un cerebro que se había desactivado.
–No puede ser... –Naruto habló con estupefacción. Sus ojos alternaron entre Rock Lee y Tenten, que se había reunido con el moreno–. ¿Sabíais esto?
Me percaté en ese momento de que Sakura había alzado la cabeza, atenta a la respuesta del Cejotas. Entorné los ojos. Tenten cambió la posición de las manos que agarraban su paraguas, inquieta, mientras Rock Lee mantenía una mirada sombría.
–Nosotros no sabemos nada –supe inmediatamente que el Cejotas estaba mintiendo.
Naruto había superado el nivel de idiota si de verdad creía que Rock Lee le revelaría algo. Sobre todo, delante de la policía. Quizás no conociera exactamente lo que hacían, pero era evidente que ambos estaban enterados de las juergas alocadas del gnomo pelirrojo y el Hyûga.
–Tú, señorita –la voz del agente canoso me llamó súbitamente la atención; se estaba dirigiendo a Sakura–, tienes un buen gancho, pero espero no verte soltándolo a diestro y siniestro por ahí, ¿me oyes?
La peli-rosa asintió con la cabeza. Fruncía el ceño, y su cara reflejaba una confusa mezcla entre conmoción y rabia. Con disimulo, me incliné un poco hacia su oído.
–Tranquila, no van a arrestarte –le susurré.
–No me preocupa eso –respondió casi enseguida.
Sus ojos verdes se dirigieron hacia la imagen de Naruto y Hinata. El idiota rubio se había levantado, y había tenido por fin la consideración de cubrir a su novia con el paraguas. Hinata era la que se mostraba visiblemente más afectada. Sus ojos estaban clavados en el coche de policía y sus manos oprimían fuertemente su abrigo por la zona del pecho, como si se estuviese sosteniendo el corazón.
La lluvia pareció aminorarse un poco.
–Disculpe, oficial, ¿necesita hacer algo más? –la voz del otro policía se oyó desde el coche.
Curioso, me volví hacia el superior del pelo cano. Fue entonces cuando descubrí que llevaba un rato enfocado en mí.
–Sé quién eres –empezó despacio. Hizo una pausa, y cuando estuvo seguro, soltó–: Sasuke Uchiha.
Normalmente pasaba desapercibido, pero que un hombre como él me reconociera no me resultó demasiado extraño. Mi cara había salido en los periódicos alguna que otra vez.
Creí ver un atisbo de sonrisa en la boca de aquel policía.
–Conozco a tu hermano Itachi.
Eso fue lo que, en realidad, me extrañó.
Evalué detenidamente a ese hombre. Aun cuando su pelo engañara: prematuramente cano, largo hasta la nuca y engominado hacia atrás como los altos cargos de los cuerpos de seguridad, me di cuenta de que no debía rebasar los veinticinco años. Igual que Itachi. Tenía unos rasgos muy finos y definidos, lo suficientemente atractivos como para convertirlo en un donjuán. Sin embargo, su semblante era recio, autoritario, marcado bajo la piel atezada.
No le había visto en mi vida.
–Lo siento, no sé quién es usted, señor agente –me encogí de hombros.
Él soltó una risa baja
–Claro, lo imaginaba –se volvió un momento hacia su compañero–. Ahora voy, Tadao-kun. El chico está medio inconsciente, puede esperar un rato. Dudo que le dé un ataque de sobredosis o algo por el estilo.
Tensé la mandíbula al percatarme de que Sakura enderezaba la espalda. Aquel policía era demasiado áspero para una situación como aquella; no tenía siquiera en consideración que estaba frente a unos adolescentes.
Cuando se giró de nuevo hacia mí, detecté que sonreía. Se llevó la mano libre al bolsillo del pantalón y sacó un paquete de cigarrillos. Me sorprendió. No estaba pisando una zona de fumadores.
–Es una lástima, pero nunca nos han presentado –dijo, mientras se colocaba un cigarrillo en la boca y se lo encendía con el mechero–. Me llamo Hidan. Tu hermano y yo fuimos compañeros en el instituto.
–Creo que nunca le mencionó –repuse.
Aquel policía llamado Hidan se echó a reír. El humo del tabaco se le escapó de entre los labios. Di un rápido rodeo con la mirada. Hinata era la excepción, pero Naruto, Rock Lee y Tenten estaban atentos a nosotros. Aun así, yo sabía que, desde esa posición, solo Sakura y yo podíamos escuchar al policía. Me parece que ni siquiera podían ver el humo del cigarrillo, tras el refugio de su enorme paraguas negro.
Probablemente la peli-rosa y yo fuimos los únicos testigos de esa infracción.
–Normal que nunca me mencionase, el muy cabrón –Hidan reanudó la conversación–. Cuando nos juntábamos, tu hermano y yo éramos dos buenos prendas..., aunque tal vez no debería sorprenderme de encontrarte a ti aquí. Itachi también tenía un don para toparse con estas situaciones, incluso sin querer.
Arqueé una ceja.
–¿A qué se refiere? –inquirí.
–No sé si te lo habrá contado alguna vez, pero supongo que ya es absurdo seguir guardándole el secreto después de todos estos años –aspiró otra calada y el humo emergió a través de sus fosas nasales–. Antes de que se marchara a Estados Unidos, a tu hermano le gustaba frecuentar las peleas callejeras.
Se me paralizó la sangre un instante.
–¿Cómo dice? –no creía haberle oído bien.
Sus ojos castaños brillaron de un modo inquietante.
–A tu edad, Itachi solía repartir leña cuando se enfadaba. Lo llamaban algo así como «el Legendario Uchiha» –dijo con un tono burlón de solemnidad–. Estuvo metido en peleas tantas veces que la prensa terminó dedicándole algunos titulares. Eso le llevó a varias discusiones fuertes con tu padre. El viejo Fugaku no fue capaz de ocultar nada esas veces; ocurría tan a menudo, y en tantos sitios distintos, que no había forma de frenarlo. Luego, con diecisiete años, se piró...
–Dieciséis –le corregí automáticamente.
Me resultó imposible ignorar la mirada penetrante de Sakura. No la miré, pero deseé en vano que la lluvia amortiguara la mayoría de la conversación. Ella no debía estar escuchando nada de eso.
No estaba preparada para conocer ese lado de mi familia.
–¿Volvió de Estados Unidos? –Hidan entrecerró un poco el ceño y alzó el mentón, en una actitud chulesca.
Entre su pasotismo a saltarse las normas fumando donde no debía y su agrio vocabulario, imaginé que sabía tanto sobre el tema porque él mismo había estado metido en esas peleas. No me costaba visualizarle en un lugar como la Jaula.
Pero a Itachi sí.
Mis nudillos se tensaron.
El «Legendario Uchiha».
No había obtenido ni siquiera tres victorias cuando ya habían empezado a llamarme así a mis catorce años. Había sido inminente. Sin embargo, nadie había querido explicarme el motivo las veces en que había preguntado. Había oído rumores de que algunos no me reconocían como el auténtico Legendario Uchiha. Entonces me había resultado extraño. ¿Cómo no iban a reconocerme como tal, si yo había sido el primer Uchiha en pisar aquel sitio? O eso había creído siempre.
Ahora todo tenía sentido.
Habría querido mandar a la mierda a Hidan y largarme inmediatamente de allí. Notaba la mirada inquisitiva de Sakura sobre mí, y solo quería cerrarle los ojos y cargar con ella muy lejos. Unir a Sakura en el mismo recuerdo donde se estaban desvelando partes de mi vida pasada me ponía enfermo. Ella no debía saber nada. No debía escuchar nada.
Quizás volviera a aterrorizarse.
Pero tuve que mantenerme allí: quieto y receptivo con el joven policía canoso. Estaba obligado a mostrar absoluto respeto a la autoridad. Y más, siendo hijo de un concejal del Ministerio de Defensa.
–Sí, Itachi volvió de Estados Unidos hace casi dos años –respondí tras una larga pausa.
Hidan esbozó una sonrisa extraña. Las cenizas de su cigarrillo resplandecieron como una fugaz llamarada.
–En ese caso, espero que no se le ocurra huir más de vuestro linaje. Siempre he pensado que debe ser una pesada carga, pero es lo que os ha tocado. Hay cosas peores.
Apreté la mandíbula con fuerza. Por la comisura del ojo, observé que Sakura miraba ahora fijamente al policía. Sus ojos verdes titilaron con impacto, bajo un brillo de confusión.
Hidan expulsó otra bocanada de humo. Dio una última calada al cigarrillo y, finalmente, lo tiró al suelo. La colilla quedó enterrada entre la suela de sus botas y el sirimiri molesto en el que se había transformado la lluvia.
–Bien, es hora de volver al trabajo –me miró con una mordaz simpatía–. Ha sido un placer conocerte al fin, Sasuke-kun. Aunque, por tu cara, imagino que no es un sentimiento mutuo.
»Por cierto, no hace falta que le digas nada de mí a tu hermano; es más, te agradecería que no lo hicieras. Ninguno de los dos estuvimos interesados en mantener la amistad cuando decidió pirarse. Aunque espero que le esté yendo bien. Bueno, y que se esté ocupando mínimamente de ti. Ese padre que tenéis es duro de cojones.
Crispé los puños.
Joder. ¿Por qué coño has tenido que mencionar eso?
Hidan no esperó a que le respondiera. Dio media vuelta y regresó tranquilamente al coche de policía, con sus pasos altaneros.
Sakura me atravesó con la mirada.
–Sasuke...
–Vámonos ya –la corté súbitamente.
Dentro de mí, se había alzado una llama de ira que estaba calcinando todo mi temple. Era mejor marcharse, o terminaría explotándosela a alguien en la cara.
Y la que menos quería que la sufriese era Sakura.
Todo había terminado de golpe, después de que los policías se hubieran alejado en el coche con Neji. Hinata y Naruto –el rubio seguramente impulsado por la Ojitos Perla– habían dicho que irían inmediatamente a comisaría, junto a Tenten y Rock Lee. Aquellos dos se habían negado a soltar prenda sobre el tema de Gaara, Neji y las drogas, pero tampoco habían querido quedarse con los brazos cruzados.
Sakura también había querido acompañarles; sin embargo, yo se lo había impedido. Odiaba impedirle cosas, en realidad. Aun cuando me gustaba mantener el control sobre mi vida, nunca había visto la necesidad de hacer lo mismo con la de los demás. Pero ella me importaba demasiado, y quería evitar la situación de que se reencontrase con aquel cabrón de Hidan.
La conocía demasiado bien.
Ni de coña permitiría que aquel policía medio corrupto le contara nada más sobre mi pasado o sobre mi familia.
Aun así, comprendía que el problema ya había salido a flote. Si Sakura quería averiguar algo más, no pararía hasta conseguirlo. Esa persistencia suya, a pesar de que muchas veces me fascinaba, en aquella ocasión se me hizo una molestia enorme.
Todavía no era el momento. Ni siquiera yo estaba preparado.
Había llamado a Isao, el criado más noble que había servido durante generaciones a mi familia. Hacía mucho tiempo desde la última vez en que lo había visto. Aunque trabajara esencialmente para mi padre, siempre había sabido que podía contar con él para lo que fuese. En aquella ocasión, la razón aparente había sido llevar a casa a Sakura, sin necesidad de pagar otro taxi; no obstante, había una razón de peso mayor por la que lo había hecho.
Al dejar a la peli-rosa en su casa, por el camino le había interrogado a Isao sobre todo lo que había observado antes de que Itachi se marchara a Estados Unidos. Necesitaba desesperadamente saber si lo que me había contado Hidan era cierto.
–Es extraño que usted me pregunte por esto, Sasuke-sama –me había dicho Isao–. Me temo que no puedo proporcionarle una respuesta segura, pero alguna vez oí algo sobre que Itachi-sama iba a menudo a una plazoleta de Shinjuku donde se reunían tipos poco... honrados. No le concedí mayor importancia porque todos tenemos épocas rebeldes en la adolescencia.
Qué bueno eres suavizando la gravedad de las cosas, Isao.
No me había hecho falta nada más. Al volver a casa había querido encontrarme con Itachi. Había muchas preguntas que se habían disparado en mi mente. Muchos interrogantes que siempre había preferido evitar. Dudas que me hinchaban las sienes de pura cólera.
Pero Itachi no estuvo allí. No se presentó en toda la noche. Aquel día dormí solo en casa.
Una parte de mí anheló continuamente que Sakura se hubiese quedado conmigo.
Después, recordaba por qué me había separado de ella tan bruscamente aquella noche, y me decía a mí mismo que había hecho lo correcto. Su cabeza estaría tan llena de preguntas como la mía. O puede que la suya incluso más.
Sí, había hecho lo correcto...
... pero algo en mi fuero interno ardía de furia por todo lo que había desatado aquella conversación con Hidan.
Sakura no se daría por vencida. Mañana vendría a la carga. Y mi paciencia ya no podría seguir soportando todas esas llamas.
¿Cómo había terminado Itachi en la Plazoleta? ¿Cómo había terminado luchando en la Jaula? Mi hermano había sido el hijo modelo de mi familia toda su vida. Había sacado las mejores notas, había ingresado en los ANBU, había obedecido en todo a mi padre, había contentado imperecederamente a mi abuelo..., incluso había terminado el número uno en su carrera de Magisterio, aun cuando ese hubiese sido el único movimiento de «rebelión» hacia mi linaje que le había visto hacer. Elegir el mundo de la educación frente al de la seguridad.
No podía imaginarle peleándose en la calle.
Itachi siempre había sido más digno, más inteligente, más astuto que todo eso. No podía ser el Legendario Uchiha... y, a pesar de ello, no cuadraba ninguna otra respuesta más. La Jaula llevaba existiendo desde hacía unos diez años, como máximo. Ningún otro miembro de mi familia podía haberse subido allí antes.
Tenía que ser él.
Pero ¿cómo podía haber sido él?
Entré en mi habitación en silencio, bajo la oscuridad. Cavilando. Cuanto más lo pensaba, mejor encajaban las piezas.
¿A eso se había referido Jûgo? ¿Por esa razón se había comportado como si me conociera? El Zanahorio Musculitos debía de rondar la edad de mi hermano. Quizás hubiesen luchado juntos. Aunque dudaba de que me hubiera confundido con él.
No. Lo que había esperado Jûgo de mí era que yo le proporcionase la revancha que Itachi nunca le había dado.
Fue inevitable. Tan pronto lo razoné, mi puño voló instantáneamente hacia mi armario. Mi mano se abrió paso en la madera, astillando mi carne, rasgando mi piel. La saqué del agujero que había formado y observé la sangre salpicando mis nudillos.
Itachi era un mentiroso.
Lo había sido siempre y lo seguía siendo.
Pero ¿qué importaba ya? Todo aquello solo debía afectarle a él.
A mí hacía mucho tiempo que me había echado de su vida.
Parpadeé, y fue en ese preciso instante cuando ocurrió algo que me desconcertó. Enfoqué con atención la vista en mi mano otra vez, pero detecté algo extraño en una esquina. Una pequeña mancha. Intenté borrarla con el dedo. No desaparecía. Insistí. En vano. No tardé en comprender entonces lo que pasaba.
La mancha no estaba en mi mano, sino en mi ojo.
Genial. Lo que me faltaba. ¿Ahora me voy a quedar ciego también?
Resoplé largamente. Y ya, no pudiendo más, me dejé caer en el suelo. La mano me palpitaba de dolor por las astillas que se me habían clavado. Me dio igual; luego me las quitaría. En ese momento solo podía pensar en una cosa.
La que rebajó el fuego que me quemaba por dentro a una ínfima llama.
La única cosa que alejó de mí esa sensación de que el mundo entero se me estaba viniendo encima.
Sakura.
