NOTAS DE AUTOR
Antes de nada, quiero transmitir todos mis ánimos y mi fuerza para un país desde donde me leen muchas personas, que ahora mismo está atravesando una situación muy dolorosa: México. Mi más sentido pésame para aquellos que hayan podido perder a sus seres queridos en esta catástrofe. A veces la naturaleza es la más cruel de todas, y creo que cosas como esta solo nos advierte de que nunca podremos dominarla. En momentos así, lo más importante es permanecer unidos y, si ya lo debo estar a vosotros, mexicanos, como persona, aún más lo estoy por compartir la misma lengua. ¡Ánimo!
Ahora, enfocándome en este nuevo capítulo, tengo que haceros algunas advertencias. Si estáis tocados un poco del corazón en cuestiones de amor, quizás tengáis que poneros al lado del ordenador o del móvil algunos pañuelitos. Espero no haceros llorar demasiado, pero no será una conti muy animosa, en realidad. Y, por si acaso, siempre viene bien algo así. De todas formas, os pido que no os desesperéis. Vuestros comentarios me han hecho ver lo preocupados que estáis por la salud de Sasuke, pero tranquilos. Todo irá ocurriendo como tenga que ocurrir. No os puedo revelar más de momento.
Y, por supuesto, mil gracias una vez más por haberme comentado y por leerme con seguir leyéndome con esta pasión. Para quien esté interesado en saberlo, normalmente consigo actualizar los miércoles o los jueves, pero evidentemente depende mucho de cómo haya tenido la semana. Si alguna vez me retraso, tened por seguro que no es por placer o por fastidiaros con dejaros con las ganas. Siempre actualizaré lo más rápido que pueda.
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Sin más, aquí os dejo con este nuevo capítulo cargadito de emociones y novedades. Como digo siempre, ¡A DISFRUTAR!
P.D.: Os he dejado una breve nota al final sobre qué significa una palabra, cuya explicación no me pegaba mucho darla en el momento en que aparece en la lectura. Espero que se visualice ahora cuando le dé a "subir".
27. INCÓGNITA
–Debería haber hecho algo la primera vez que lo vi así –me había confesado Tenten, angustiada.
–No estaba en tu mano hacer nada. Eso depende solo de él y de la idiotez que ha hecho –le había respondido yo.
–No lo sé, Sakura-chan. Empiezo a pensar que las cosas no son tan sencillas como nos gustaría que fuesen. Creo que Neji nunca superó la muerte de su padre.
Y entonces no había sabido qué más decirle.
La pérdida conlleva un dolor indescriptible. Por muchas palabras que escriba entre estas líneas, creo que nunca daré con un modo exacto de expresar todo lo que se siente en ella. Es casi como si te borran las notas altas de una canción que te gusta. Puedes intentar volver a tocarla tanteando las notas que iban ahí; sin embargo, por mucho que se parezca, la melodía siempre será distinta y, cada vez que la escuches, se quedará una nostalgia continua, la sensación de que falta algo ahí que nunca más estará.
Siempre he creído que podría entender a todas las personas que compartiesen ese sentimiento. Y, en el fondo, supongo que también entendía a Neji, aun cuando una gran parte de mí insistiera en que no podía justificar sus actos. Había faltado a la confianza de su familia; había hecho daño a Hinata.
Y lo que era peor.
Había caído presa de un laberinto, del que, quizás, nunca encontrara la salida.
A partir de esa conversación con Tenten, empecé a analizar la situación. Mi amiga no se estaba rindiendo; probablemente, todo aquello motivara que le costase mucho más alejarse de Neji. Eso me asustaba. No quería pensar así, pero ya había conocido demasiados casos –sobre todo, en aquel mundillo de ricos– en los que quienes empezaban a juguetear con esas cosas desde tan temprano, con el tiempo terminaban arrastrando todo cuanto les rodeaba. Pensar en que la alegre Tenten pudiera acabar atrapada en alguien así, fuera sucumbiendo a la misma historia, fuese llenándola de apuros económicos por obtener su medicina, me ponía los pelos de punta.
No se podía negar lo evidente. Las pruebas habían hablado.
Neji consumía drogas.
En concreto, habían encontrado niveles de éxtasis en su sangre, aunque la Policía barajaba la hipótesis de que también hubiese hecho uso anteriormente de cannabis y, tal vez, cocaína. Mencionar esos nombres todavía me estremece cada vez que los relaciono con Neji.
Comprendía el dolor de la pérdida, sí, pero ni en broma podría ligarlo nunca a ese otro tema. Por ello, cavilé sobre la posibilidad de que el primo de Hinata guardase un odio secreto hacia sí mismo, razón por la que siempre era tan susceptible con los demás.
Cuando te odias a ti mismo, difícilmente aprecias al resto.
Por fortuna –si es que se podía decir así–, Neji debía de haber empezado a drogarse desde hacía relativamente poco. Y por lo que señalaron los resultados de aquellos análisis, de forma salteada. El problema es que el consumo de narcóticos permanece en la sangre durante semanas. Para colmo, aquella noche de lluvia precisamente el chico de ojos perlados se había tomado una pastilla de éxtasis.
Al parecer, la había consumido en un club de ocio. Lo había hecho por influencia de Gaara. Habían pretendido colarse ilegalmente en un pub adulto justo después. Sin embargo, Tenten y Rock Lee, que habían estado con ellos dos, habían sacado a Neji de allí al haber visto su estado. Por el contrario, no habían podido hacer lo mismo con Gaara. Tal vez él sí hubiera cumplido con su propósito. Luego, se habían topado con Naruto y con Hinata, y tras algunas provocaciones por parte del primo de mi amiga, las cosas habían terminado como yo me las había encontrado.
Empezaba a entender la tirria que le tenía Sasuke a nuestro kôhai pelirrojo.
Todo era culpa de Gaara.
Pero ¿cuál era su motivación? Ni siquiera concebía cómo dos personas aparentemente distintas se habían visto envueltas en la misma situación. ¿Qué había en sus vidas que les hubiese guiado hasta aquel mundo colmado de oscuridad?
Gaara era adoptado: el último hijo del señor Sabaku, un hombre que dirigía una empresa multinacional asociada a varias discografías. Los Sabaku estaban tan forrados de dinero que incluso les habían dejado un apartamento gigantesco a sus hijos, con criados y servicio de limpieza incluido, bajo la vigilancia de un guardaespaldas mientras no estaban.
Bueno, prácticamente no estaban nunca. Todo el mundo lo sabía.
Sin embargo, me planteé que quizás me estaba enfocando solo en lo que relucía en la superficie. Había escuchado que la señora Sabaku era ama de casa. Si era así, ¿por qué no vivía ella con sus hijos? El señor Sabaku todavía tenía la excusa del trabajo –aunque, para mí, tampoco eso lo justificaba–, pero... ¿y ella? ¿Sería el tipo de madre que se pasaba más tiempo perdida en spas de lujo que al cuidado de sus hijos? Sé que no tenía derecho a juzgarla, pero ¿qué clase de familia debía ser aquella, cuando el más pequeño se drogaba y los mellizos mayores parecían pasar de todo?
Daba igual que no compartieran la misma sangre. Temari y Kankurô podrían haber hecho mucho más por Gaara.
Incluso ahora me mantengo firme a esa opinión.
Aunque tal vez éramos, de nuevo, demasiado jóvenes. ¿Qué podían hacer unos adolescentes, cuando siempre se les ha dicho que se tapen los ojos y muestren el lado bonito de sus vidas? ¿Dónde quedaba el límite entre lo bueno y lo malo para ellos, si nadie se preocupaba por enseñárselo?
A lo mejor Temari no era una hermana tan negligente como parecía.
Los hermanos cargamos con responsabilidades que, a veces, hasta los padres olvidan haber puesto sobre nuestros hombros.
¿Quién era realmente el culpable? Creo que, desde luego, ellos no.
Fruncí el ceño. Me había quedado a solas bajo un árbol del jardín del instituto; Tenten se había ido hacía unos cuantos minutos con Rock Lee –quien, a pesar de todo, seguía sin hablarme–. Estábamos a viernes. No había dejado de pensar en todo lo que había acontecido el fin de semana anterior. Y no había sido hasta ese día que había podido hablar tranquilamente con mi amiga de los moños sobre ello. Ahora que lo había hecho, me sentía más confusa que antes.
Neji. Gaara. Temari. Hinata.
Demasiados nombres y muy pocas respuestas.
Volví a encender la pantalla de mi móvil. Ni un solo mensaje de mi amiga de los ojos perlados. Ni Neji ni Hinata vinieron en toda esa semana.
No me había atrevido a llamar a mi amiga todavía. Los profesores habían comentado que tanto él como su primo habían pillado la gripe. Aquel año se extendió por toda la ciudad de forma masiva.
Igualmente, estaba inquieta.
Por su parte, Ino me había escrito el lunes avisándome de que se había marchado a París con su madre y que no regresaría hasta la semana siguiente. Aun así, se mantenía alerta por si nuestra amiga de larga melena azabache daba señales de vida. También la rubia se había enterado de la historia.
Aunque pensaba que debía dejar espacio a Hinata, me moría por saber cómo estaba. Las veces en que había visto a Naruto esa semana, se había negado en redonda a aclararme nada.
No resistí un minuto más y opté por escribirle un mensaje.
Yo: Hinata-chan, por favor, dime que sigues viva o que no te has caído por el retrete... Intento sacarte una sonrisa, aunque ya sabes lo mal que se me da eso de hacer reír aposta. Quiero hablar contigo pronto, pero te dejaré tu tiempo. Solo te pido que me hagas saber cómo te encuentras.
Una vez lo envié, pensé que me había extendido mucho, pero había necesitado expresarle, así, todo lo que sentía. Se me daba como el culo eso de ocultar mis sentimientos. La experiencia me estaba dando conocimiento de oro en ese ámbito.
Suspiré, y di un bocado a la tortilla dulce que Hana me había preparado en el bentô de aquella mañana. La noche del sábado, a mi regreso a casa, mi hermana había notado enseguida que algo no andaba bien. Inevitablemente, había acabado contándole por encima la pelea de Neji y Naruto, aun cuando había omitido lo de que el primo de Hinata se había vuelto drogadicto y que se lo habían llevado a comisaría. Ella se lo había tomado todo como algo que formaba parte de una historia de amor prohibido. De alguna forma, me había animado que lo viera así. El efecto de las drogas había sacado todo el resentimiento que sentía Neji hacia el rubio y, en realidad, sí era verdad que la relación entre Hinata y Naruto estuviese ciertamente prohibida.
Mi amiga no había contado en casa que estaba saliendo con el Uzumaki. Casi era bonito imaginar que era eso lo que giraba en torno a toda aquella historia, aunque había demasiadas cosas que la oscurecían.
El asunto del profesor Itachi y las peleas callejeras me tenía igual o más inquieta.
Aquel policía había dejado caer tantas cosas a la vez esa noche, que apenas había podido seguir bien la conversación. Hubo demasiadas palabras incomprensibles para mí en aquel entonces. Pero lo que sí había entendido era que algo muy grave sucedía en la familia de Sasuke.
Aquella oración resonaba constantemente en mi cabeza.
Ese padre que tenéis es duro de cojones.
Solo había visto al señor Fugaku Uchiha en un par de ocasiones por la tele. Lo cierto era que siempre me había parecido el tipo de hombre con el que no se debía bromear: muy serio y soberbio. Daba miedo. Sasuke también era poco expresivo y de mirada sobria, pero su semblante albergaba algo más de luz al menos. De hecho, últimamente estaba más iluminado que nunca.
Recordé la conversación que había tenido aquella noche con Sasuke, antes de toda la historia de la pelea y el arresto de Neji. Intenté no revivir en mi mente lo que había osado hacer en el sofá de su casa con él –me resultaba tremendamente vergonzoso– y me centré en la imagen de sus cicatrices.
Una y otra vez, por más que las viera, me costaba acostumbrarme a ellas. No era porque me repugnasen o algo así. Era porque tenía la sensación de que, pese a que ya estaban todas cerradas, seguían sangrando desde dentro. Como si los momentos en que se habían marcado ahí aún palpitasen en el interior de su piel. Como si quisieran gritar.
Saber que había sido su propio abuelo quien se las había hecho era simplemente desgarrador. Antes nunca hubiese imaginado que Sasuke pudiera haber pasado por ese tormento. Mucho menos con la excusa de convertirlo en alguien importante.
¿Su padre también le habría hecho algo?
Un concejal del Ministerio de Defensa se supone que tiene que ser una persona que mira siempre por la paz; de ahí a que forme parte de la mayor institución de seguridad del Estado. Por severa que fuera su apariencia, me resultaba imposible imaginarme a un hombre así maltratando a sus hijos. Hasta el punto de que ambos, como forma de sublevación, habían frecuentado lugares protagonizados por peleas callejeras.
Algo no encajaba. Para mí ya era más que evidente que la relación entre Itachi y Sasuke no era buena, nada buena. Solo tenía que recordar cómo se habían mirado aquel sábado por la noche.
Pero ¿por qué?
Decidí que no podía seguir quedándome al margen. Tenía que hablar con Sasuke de una vez por todas sobre ello, fuera como fuese.
Y no tardaría en realizar mi objetivo.
Apenas era el comienzo de la hora del almuerzo, por lo que Sasuke apareció a los pocos minutos de haberme despedido de Tenten.
–¿Por qué no nos hemos reunido en la cancha de baloncesto? –me preguntó, mientras se sentaba a mi lado bajo el árbol y colocaba su almuerzo frente a él.
Rechiné un poco los dientes. Tenía muy mal recuerdo de ese sitio. La cara de Temari se reavivó en mi memoria, pero ya no por el tema sobre el que conjeturaba antes.
–Me gusta más aquí. Las zonas altas me dan respeto –intenté desviar el asunto.
–Me doy cuenta de que a ti te dan respeto muchas cosas, Sakura –me miró con socarronería, al tiempo que se metía un trozo de cerdo empanado en la boca.
Hice un mohín.
–¡Déjame! No a todos nos gustan los deportes de riesgo –rezongué.
Sasuke me sonrió de un modo extraño. Pícaro.
–Si subir a esa azotea lo consideras un deporte de riesgo, ¿también lo que hicimos en mi casa el otro día lo es? Porque me gustaría repetirlo pronto.
Fue inevitable, me sonrojé hasta la punta de la coronilla. Las orejas me ardieron de un modo atosigante, y desvié la mirada, incapaz de responder a su provocación. Lo que había hecho aquella vez había sido, en parte, mi elección, pero ni yo misma comprendía de dónde había salido tal atrevimiento.
Ante mi reacción, Sasuke se rio tanto que por poco no se atragantó con la comida. Eso me lo puso difícil. Aun cuando fuera por algo a mi costa, desde aquel sábado apenas se había mostrado alegre. Recuerdo que aquella semana solo le había visto sonreír un par de veces.
Olvidé al momento por qué me sentía tan avergonzada. Suspiré y volví a encararle, esperando a que dejara de reírse.
A pesar de todo, tenía que descubrir la verdad.
–Sasuke-kun, ¿puedo preguntarte algo? –empecé.
Él se comió una gamba rebozada de su fiambrera. Volvía a estar serio de repente.
–Deberías quitarte esa manía de preguntarme si puedes preguntar algo. Es redundante y hace que me sienta un poco distante cuando lo haces. Tampoco me gusta que te disculpes continuamente conmigo. A menos que me hayas pisado un pie o que me hayas metido uno de esos tortazos tuyos, no tiene sentido.
Sus palabras provocaron que se me acelerara el corazón. Comprendí enseguida que quería echar abajo los pequeños muros que persistían entre nosotros. Deshacerse de las distancias conmigo. Dejar el frío solo para el hielo del invierno.
Sí, eso me lo hizo aún más difícil.
Tragué saliva. Sasuke siguió picoteando en el surtido de alimentos que llevaba su bentô, el cual intuí que se había preparado él mismo.
–Bueno, es que quería saber... ¿qué es lo que ocurre entre el profesor Itachi y tú? ¿Por qué siempre parece como si os llevarais tan mal? ¿Pasó algo entre vosotros?
Su mano se detuvo dejando los palillos congelados, sujetando el puñado de arroz blanco que había pretendido comerse. Tardó en contestar.
–Eso no es algo. Son tres preguntas seguidas.
Entorné los ojos, confusa por su respuesta.
–Lo sé, pero... todas tienen que ver con lo mismo –apunté. Esperé a que él dijese algo más, pero se mantuvo callado. Me desesperé–. Llevo toda la semana dándole vueltas a eso. Lo que dijo aquel policía... ¿es todo cierto? ¿El profesor Itachi también se peleaba en la calle de joven? Si es así, no le juzgaré, te lo prometo. Pero vi lo serio que te pusiste... y al escuchar esa insinuación sobre lo duro que es vuestro padre, me inquieté. ¿Qué es lo que pasó, Sasuke? ¿Acaso...?
–Nada de esto te incumbe –me cortó de pronto.
Mis manos temblaron ligeramente sobre mi regazo. Sabía que se negaría. Estaba claro; era Sasuke. Sin embargo, me dije a mí misma que debía insistir.
–Por favor, explícamelo.
–Déjalo, Sakura –su tono sombrío de voz me erizó la nuca.
–¿Por qué quieres ocultarlo? Tal vez contándomelo te pueda ayudar.
–¿Ayudar en qué?
–En mejorar tu relación con tu hermano –¡Mierda! ¿Para qué le sueltas eso, mongola?
Sasuke me fulminó con la mirada. Toda brizna de júbilo que hubiera dominado sus facciones afiladas es esfumó como el humo. Me lo había esperado. Acababa de cagarla hasta el fondo. Esas cosas no se podían decir así, sin más. Mucho menos con alguien como él.
Pero me molestaba esa forma tan cambiante con la que actuaba. ¿Acaso no había insinuado que quería dejar de poner tantas barreras entre nosotros?
–Mi relación con Itachi no cambiará. Punto –sentenció tajantemente.
Guardó silencio unos segundos, mirándome con severidad. Sabía que me estaba diciendo: «ni se te ocurra meter las narices en asuntos ajenos». Y también sabía que tenía todo el derecho a sentirse así. En cierto modo, mi actitud era la de una persona cotilla; alguien que quería cruzar un terreno que no le correspondía.
Aun así, me era imposible seguir actuando como si nada.
Al cabo de un rato, Sasuke rompió el contacto visual conmigo. Se volvió de nuevo hacia su fiambrera y mantuvo la mirada fija en su comida a medio terminar.
–No tengo más hambre. Me vuelvo a clase –se limitó a decir, mientras cerraba el bentô y se levantaba.
Arrugué la frente.
No, otra vez no. ¿Vas a dejar de hablarme de nuevo?
–Lo siento –me apresuré en contestar. Con la boca chica.
Una parte de mí me estaba regañando por haber provocado esa situación, sobre todo, cuando él al fin parecía haber estado de buen humor.
La otra parte estaba aún más ansiosa por averiguar cuán grave era lo que escondía, si cada vez que le preguntaba, él se comportaba de esa forma tan arisca.
Sasuke solo se detuvo unos segundos. Y no dijo nada. Ni siquiera se despidió. Visiblemente cabreado, me dio la espalda y se largó de allí.
Ni Ino. Ni Hinata. Ni Tenten. Ni Sasuke.
Me sentí horriblemente sola.
Aquel día se suspendió el entrenamiento del Club de Kárate porque el entrenador Asuma había caído enfermo –de verdad que aquel año la epidemia de gripe fue implacable–. El profesor Itachi no pudo sustituirle; dijo que tenía muchos exámenes que corregir. Y Sasuke, tal y como había esperado, había seguido enfurruñado conmigo. Aunque me había dirigido la palabra, no como la última vez.
–Hoy me voy antes. No iré a tu cafetería, estaré entrenando –me había resumido.
Fue un alivio. Me habría gustado que lo hubiera dicho sin estar tan de malas, pero al menos había significado algo. Me había dado una explicación, y él nunca daba explicaciones a nadie. Ni siquiera a Naruto.
Todo ello propició el momento perfecto.
No me daría por vencida. Ya que Sasuke se negaba rotundamente a hablar, se me ocurrió investigar por mi cuenta. Algunos dicen: «si quieres que algo te salga bien, no se lo digas a nadie». Aquel día no pude estar más de acuerdo.
La primera opción que me vino a la mente fue la de interrogar a aquel hombre que nos había recogido el sábado, de quien me había comentado Sasuke era un sirviente muy apreciado en su familia: el señor Isao. Sin embargo, lo descarté enseguida. No tenía forma de contactar con él, y quizás tampoco hubiera conseguido verle, aun cuando hubiese habido algún modo de hacerlo.
La segunda opción fue visitar la Biblioteca Nacional de la Dieta, la biblioteca nacional por excelencia de todo Japón. Y me decanté por esa. Había deducido rápidamente que allí podría dar con algunas de mis respuestas; que encontraría algo que explicase las cosas que había mencionado aquel policía llamado Hidan.
Había pronunciado la palabra «linaje».
Siempre había oído hablar de la familia Uchiha como un antiguo clan de guerreros fuertes, valerosos, temidos, expertos en las artes de la lucha y enteramente leales al Gobierno. En su mayoría samuráis, que en ocasiones habían hecho servicios de espionaje y se habían convertido en ninjas.
Aquel sector –aun cuando yo había estado vinculada a las artes marciales por mis habilidades en aikido– no era algo a lo que antes hubiera concedido mucha importancia. Me consideraba a mí misma una persona bastante japonesa, a pesar de que mi aspecto físico se inclinaba más por el rollo occidental. Pero era cierto que las tradiciones no habían sido nunca el pan de mi casa, ignorando excepciones como Halloween o la visita a los templos en Año Nuevo.
Mi mundo se asemejaba más al de un cóctel polémico de sociedades contemporáneas, bastante opuesto al esquema monogenista, regio y ancestral que representaba el de la familia de Sasuke.
Imponía. Saber que tantas generaciones habían custodiado aquel apellido me resultaba hasta escalofriante.
No comprendía en absoluto la clase de territorio que estaba pisando, cuando entré en esa biblioteca aquella tarde y busqué «Uchiha» en la sección de Política. Tampoco me extrañó encontrarlo allí, aunque ahora creo que debería haberme percatado de muchas más cosas.
¿Por qué habían colocado Uchiha en esa sección y no en la de Historia?
Si se trataba solo de un apellido milenario, ¿por qué relacionarlo directamente con ese ámbito?
Entonces solo había dado por descontado que la respuesta era Fugaku, el padre de Sasuke e Itachi. Pero estuve años preguntándome qué fallaba en mis suposiciones. Porque, desde ese mismo momento en que las hice, supe que fallaba algo.
Todo lo que encontré allí fueron, principalmente, documentos y archivos que recogían las hazañas de miembros de la familia Uchiha durante la guerra. A lo largo de los siglos. Estuve un buen rato explorando por todos los libros de texto que hallé, algunos de autores que habían escrito novelas épicas con ese apellido.
Una de ellas hablaba sobre un poderoso General enamorado de la Luna. Me detuve a leerla especialmente por el nombre del protagonista: Sasuke. Sentí un escalofrío al dar con aquella coincidencia.
La historia contaba que, como la Luna se podía ver desde cualquier parte del mundo, cuando se marchaba a la salida del sol, el General sufría, sintiéndose continuamente traicionado por ella: henchido de celos por que otros pudieran mirarla, en los momentos en que para él era imposible. Al final, triste y frustrado al comprender que nunca podría tenerla consigo para siempre, se suicidó. Por haber abandonado a todos sus hombres, se le condenó en Yomi, el inframundo, a vagar sin ojos, ni voz, ni oídos. Pero tenía una única posibilidad de saldar su castigo: la Luna vendría a recogerle si, a través del único sentido que le quedaba: el tacto, demostraba que podía dar amor al menos a un alma errante que anidara en esa dimensión.
El final de esa historia nunca se había cerrado.
Cuando llegué a las últimas palabras del manuscrito, me di cuenta de que casi se había hecho de noche. Miré el reloj en mi móvil. Las seis y media. Aquel día entraba a trabajar a las siete y cuarto, y la Biblioteca Nacional quedaba a unos veinte minutos largos de Shibuya en tren.
Eché un vistazo a todos los documentos que había sacado sobre la familia Uchiha. Chasqueé la lengua. La historia del General y la Luna me había atrapado tanto que no había podido mirar ni la mitad de ellos.
¡Joder! Has malgastado toda la tarde en leer un cuento para niños.
Con la resignación de tener que aplazar mi investigación para otro día, me levanté de la silla. Apresuradamente, apilé todos los documentos que había desparramado por la mesa donde me había sentado a leerlos. Los agarré entre los brazos y, en el preciso instante en que me giré, choqué contra alguien. El estruendo de los pesados libros al caer dejó eco en la sala.
–Lo siento, lo siento, lo siento –dije atropelladamente, agachándome y lanzándome a reordenarlo todo.
–Vaya, menuda casualidad –aquella voz hizo que me detuviera en seco.
Alcé la mirada y descubrí ante mí, mirándome con su perfilada ceja arqueada, el rostro de la chica del pelo caoba. La que había sido amante de Sasuke, meses atrás.
–Oh, ahora que lo pienso, después de todas estas veces todavía no sé cómo te llamas. Yo soy Fûka –dijo con un timbre burlón.
La miré recelosa mientras me alzaba.
–Sakura –me limité a contestar.
Sus ojos examinaron los libros que sostenía entre mis brazos. Reparé por primera vez en sus lentillas azul oscuro, y en mis adentros recalqué la idea de que aquella chica parecía una completa gyaru[1]. Era casi como una cantante de pop. ¿Por qué siempre había afirmado que era universitaria?
–¿Estás espiando a Sasuke? –inquirió con mordacidad.
Fruncí el ceño; sin embargo, fui incapaz de rebatirle. No me había parado a mirarlo de ese modo, pero esa tal Fûka tenía razón.
Le estaba espiando.
–Te obsesionas un poco, ¿eh? Nada de esto servirá para que te haga caso, monina –señaló con retintín.
Rechiné los dientes.
–No necesito que me haga más caso, cuando ya estoy saliendo con él.
Su rostro en forma de diamante pareció contraerse un instante, con sus pupilas titilando.
–¿Cómo? –su voz reflejó un matiz de indignación.
Casi sonreí.
–Sasuke y yo llevamos un tiempo juntos, así que no tengo necesidad alguna en que me preste más atención de la que ya me da.
Fûka me miró muy seria durante los primeros segundos; luego, esbozó una sonrisa ladeada. Casi tan cínica como las que me había mostrado Sasuke antaño.
–Ya veo. De modo que ahora mi querido kôhai se está acaramelando contigo... Entonces ya te habrá hecho las mismas cosas que a mí en la cama, ¿no?
Aquello último me sentó como si me tirase un cubo de hielo por la espalda. Mi súbito silencio confirmó las sospechas de aquella astuta muchacha.
–Ah, vaya, perdona. No sé por qué me sorprende que aún seas virgen. Sasuke no está acostumbrado a lidiar con chicas como tú, ¿verdad? ¡Qué lastima! Debe de ser muy duro para él tocar a alguien con una deficiencia mental como la tuya.
Mis dedos se cerraron un poco más en torno a los libros que sostenía. Era evidente que yo no padecía ningún tipo de lesión cerebral. Para mí, que alguien jugara a insultar con aquel tema estaba fuera de lugar.
–Con el debido respeto, Fûka-senpai, si has venido aquí a estudiar para tu carrera de...
–Economía –concretó ella en tono agrio.
–¿Economía? –me sorprendió bastante que alguien así estudiase un campo tan logístico. Aun así, me aclaré la garganta y continué–: Bien, pues si has venido aquí a estudiar para tu carrera de Economía, creo que deberías centrarte solo en ese cometido. Estoy segura de que la universidad es muy complicada; no veo en qué puede beneficiarte discutir con una estudiante de Bachillerato como yo. Mucho menos por un chico más joven que tú.
Entornó los ojos. Acababa de darle justo donde más le dolía. No dijo nada durante un momento, pero recuperó casi enseguida sus aires de chulería.
–De acuerdo. Te dejaré tranquila, aunque te daré un consejo –se acercó tanto a mí que pude ver hasta los poros limpios de su piel; su sutil aroma a almizcle me inundó las fosas nasales–: yo que tú perdería la virginidad pronto, o Sasuke no tardará en buscarme de nuevo. Aunque, en realidad, ni siquiera te mereces que sea tan buena diciéndote esto. Me has hablado en un tono muy repelente, así que debería dejar que las cosas siguiesen su curso. Después de todo, Sasuke-kun –marcó el sufijo de forma significativa– y yo no podemos vivir sin el cuerpo del otro.
Apreté mucho la mandíbula. Lo más vergonzoso fue que me ruboricé. Aquellas palabras habían evocado en mi cabeza la escena en el sofá de la casa de Sasuke.
Me había atrevido, con todo el esfuerzo del que había sido capaz, dar un pasito más con él hacia ese mundo tan íntimo, tan indómito, tan desconocido para mí. Al principio, me había sentido insegura y asustada, pero poco a poco había sido como ir perdiendo el control... y que ya nada me importase. Aun cuando sabía que había sido la más torpe del mundo en hacerlo, había osado tocarle, en un intento por transmitirle todo lo que sus manos me habían hecho sentir a mí.
Rememorarlo, ahora que estaba en frío, me avergonzó.
Pensé que me había expuesto al más absoluto de los ridículos; que me había denigrado a mí misma. Y al mismo tiempo recordaba las palabras de Sasuke, diciéndome que nada de aquello era malo, y me sentía estúpida por razonar de aquella manera. ¿Por qué tenía que verlo humillante si solo había actuado así con él?
Pero tenía a Fûka delante, y acababa de estamparme una vez más de frente con la realidad.
Yo no era, ni mucho menos, la primera experiencia de Sasuke.
Aquello solo había sido nuevo para mí. Y, si lo analizaba con detenimiento, quizás lo que hice aquella vez había sido una tremenda chorrada, en comparación con todas las cosas que esa chica había hecho con él en el pasado.
Sasuke-kun y yo no podemos vivir sin el cuerpo del otro.
Acababa de decirlo y ya sabía que sería el nuevo eslogan de mis pesadillas.
Desvié la mirada.
–Disculpa, Fûka-senpai, pero tengo prisa –concluí finalmente.
Intenté sortearla, pero su mirada taladrándome me hizo estar alerta.
–Saluda a Sasuke de mi parte, monina. Tal vez le vea pronto –me amenazó.
Juro que fue la primera vez en mi vida que de verdad sentí ansias de reventar a puñetazos una cabeza.
Tal y como me había advertido Sasuke, ese día no le volví a ver. Al salir del trabajo seguía experimentando angustia con todo lo acontecido aquel día. Pero, al menos, recibí una buena noticia.
Hinata: No te preocupes, Sakura-chan. Estoy mejor ahora. El ambiente en casa ha estado muy tenso. Mi padre ha estado tan enfadado que no ha parado de decir que enviará a mi primo a un reformatorio, pero mi madre ha conseguido calmarle. Neji no ha abierto la boca ni una sola vez. Creo que se está arrepintiendo de lo que ha hecho..., o eso espero.
Casi se me ha pasado la gripe. Volveré a clase el lunes, seguramente.
Te estoy echando de menos.
Con el tiempo, la amistad que había forjado con la chica de ojos perlados se había hecho tan sólida, que con solo leer aquellas líneas mi cuerpo se llenó de pura adrenalina. En ese momento, prácticamente, me olvidé de la discusión con Sasuke, y las palabras de Fûka sonaron como un zumbido débil en mi memoria.
Me apresuré en responder a Hinata.
Yo: No sabes lo feliz que me hace que me cuentes esto. ¡Yo también te estoy echando de menos! Perdona mi efusividad, pero he tenido un día de perros y haber recibido tu mensaje es lo único que lo salva. Esfuérzate por ponerte buena para que, así, cumplas con tu palabra.
¡Te veré el lunes!
Después de aquello, casi de forma automática, eché un vistazo en mis conversaciones de Line. Sasuke llevaba sin escribirme desde ayer. No le debía conceder demasiada importancia; realmente era un negado para las redes sociales. Pero supongo que, si aquella vez hubiese recibido aunque fuera un mensaje de buenas noches, me habría ayudado a mantener el ánimo.
¿Le habrá escrito esa chica? ¿Le habrá respondido él?
Mis miedos provocaron que, por desgracia, toda la adrenalina que las palabras de Hinata me habían insuflado descendiera a una velocidad vertiginosa. Aquella noche, como había esperado, tuve muchas pesadillas.
Gracias a que me mantuve bastante ocupada en el trabajo, el sábado pasó deprisa. La primavera se acercaba y la temporada de turistas estaba desbordando Tokio. Ello me permitió hacer turnos extras que me alejaron de imaginar cosas que no debía.
Pero de vuelta a casa, al ojear al fin las notificaciones de mi móvil, volví a llevarme un chasco. Tenía un móvil viejo, totalmente pasado de moda, y apenas poseía espacio de almacenamiento para meter aplicaciones, por lo que yo tampoco era muy virtualmente sociable, que digamos. Aun así, me preocupaba casi siempre por contactar con mis seres queridos.
Sasuke no. Para nada. Seguía sin recibir un solo mensaje suyo.
¿Seguirá molesto por esa conversación? Tal vez debería llamarle.
Me mordí el labio inferior. Tras varios segundos de cavilación, finalmente me aventuré a hacerlo. Y esperé...
El número que ha marcado no se encuentra disponible en este momento. Por favor, inténtelo de nuevo más tarde.
Puse los ojos en blanco. Sasuke era un absoluto desastre en ese mundillo, aun cuando sabía que las nuevas tecnologías no escapaban a sus habilidades. Cuando presentamos el mito de Psiqué y Cupido al principio de curso, me había parecido bastante resuelto con el ordenador.
Inevitablemente, el recuerdo de aquel proyecto de clase me hizo sonreír.
Parecía como si hubiéramos cruzado una línea interdimensional desde aquel día. Antes de ello, durante años, Sasuke apenas me había mirado; casi ni se hubiera percatado de mi existencia, de no ser por lo borde que le había hablado entonces. Nunca tengo claro si había actuado de forma correcta en esa época; quizás me había pasado de borde más de una vez. Sin embargo, pese a su frialdad y su arrogancia, cuando le había necesitado, él había estado ahí. Incluso a regañadientes.
Había borrado en secreto las huellas más graves de mi bullying en el instituto.
Y me había salvado de aquellos traficantes de mujeres.
Y había anunciado frente a todo el mundo nuestra relación, en especial, para que las locas de sus admiradoras me dejaran en paz.
¿Cómo no iba a ser yo la que le ayudase ahora a él?
No me interesaba su vida por cotilleo, o saber sobre su familia para especular. Lo único que me interesaba era comprender qué era lo que había vivido. Quería encontrar el modo de aliviar por completo ese dolor que, en el fondo, siempre había intuido que sufría, pero que había pasado por alto durante demasiado tiempo.
No solo yo tenía problemas en mi vida. Sasuke también cargaba con muchas penas en silencio. Por ello, decidí que el domingo, después de hacer el voluntariado en el hospital, volvería a la Biblioteca Nacional y retomaría mis indagaciones.
Eran los conflictos de su vida los que tenían su mente tan ocupada.
Debía confiar en Sasuke.
Él nunca me haría lo que Fûka había insinuado.
Convencerme de todo ello me llevó a ignorar el móvil esa noche. Al día siguiente, directamente lo dejé en casa. Aposta. Ni siquiera lo abrí antes de salir hacia el hospital. No quería estar pendiente de ese aparato del demonio. Debía desintoxicarme de él porque solo me traía pensamientos negativos.
Sasuke es un chico serio que pasa completamente del mundillo banal de las redes sociales.
Y con esa idea en la cabeza, me motivé para cumplir con mi tarea de voluntaria en el hospital.
Aquella mañana, además, me reencontré con Tanishi. Había venido a hacerse una de sus diálisis rutinarias. Su piel estaba menos amarillenta, con un aspecto más saludable; estaba mejorando. Sin embargo, le noté ligeramente distinto. Su pelo ya no tenía ese reflejo berenjena con el que le había conocido. Más bien, era de un negro alquitrán, sutilmente azulado, como el de Sasuke.
–Lo siento, Sakura-senpai. En realidad, me lo teñía así porque me gustaba mucho –confesó avergonzado–. El morado es mi color favorito, pero todo el mundo se mete conmigo por mis gustos. Así que empecé a mentir y a decir que se me había puesto el pelo de ese tono porque, de pequeño, me había bañado muchas veces en el mar. Sé que es ridículo...
»Pero a ti te dejé que pensaras que era una anomalía como la tuya. Cuando vi tu color de pelo, me pareció tan guay que deseé que el mío fuera igual. Y no quería desilusionarte. Ahora me arrepiento mucho de lo que he hecho.
Aunque me molestó que me hubiese mentido, no pude evitar emocionarme al escuchar su opinión sobre mi pelo. Casi todo el mundo pensaba ya que era artificial, aun cuando todavía escuchaba comentarios desagradables por la calle. Pero prefería que esos comentarios reflejaran críticas sobre gustos personales hacia la imagen extravagante que tenía por culpa de este color rosáceo, y no un temor rotundo al saber que, en realidad, era algo natural.
La gente como yo nunca terminamos de encajar del todo en la sociedad.
Da igual que un país diga ser moderno y abierto, o conservador y cerrado. Casi nadie logra ponerse al cien por cien en la piel de lo que no entiende. Y, o bien te tratan como un espécimen extraño del que hay que alejarse, o bien como algo exótico de lo que todos quieren hacerse amigos: la moda de que presuman por el qué eres, y no por quién eres o lo que haces.
Y yo tenía doble problema en eso: era mestiza y, además, con el pelo rosa.
Terminé sintiéndome conmovida por Tanishi. Aunque todavía fuera un niño, era la primera persona que, sin tener ninguno de mis defectos, se sentía casi igual que yo. Pero me extrañaba que sus padres no hubieran detenido su afán por llevar ese pelo teñido.
–Es que no se habían enterado –me explicó–. Hasta ahora, había ocultado el tinte en casa cubriéndome el pelo con gorras, sombreros, boinas, etc. Como sabes, mis padres no venían mucho a visitarme cuando estaba ingresado en el hospital, así que aquí podía llevarlo más veces suelto.
»Pero el otro día se me cayó el gorro que llevaba puesto y mi madre me vio el pelo. Creo que se pensaban que me lo cubría a menudo porque tenía algún tipo de obsesión con que se me cayese por la diálisis, cosa que sé que no pasará; aun así, dejé que se imaginaran lo que quisiesen. Y me parece que esa fue la razón principal por la que les sentó tan mal. Me llevé un buen bofetón de mi madre, y al final tuve que volver a mi color natural.
Torcí la boca, mirándole con cara de resignación.
–No debiste hacer eso, Tanishi-chan. Pero, bueno, ya se ha terminado y espero que hayas sacado en claro de esto que la mentira tiene las patas muy cortas. Además, el pelo así de negro también te queda muy bien –le respondí.
Sus blancas mejillas se llenaron de un rubor intenso, y fue incapaz de sostenerme la mirada. Tanishi era un niño poco hablador, bastante serio, pero me aliviaba que al menos conmigo se abriera un poco más. Ignoraba el motivo, aunque por aquel entonces era incapaz de relacionarlo con el amor. Solo tenía once años.
El amor no surgía en edades tan tempranas, ¿no?
Después de aquella conversación, estuve horas yendo de un lado para otro por el hospital, con Tanishi pisándome los talones. En un par de ocasiones, los más pequeños nos pidieron jugar con ellos. Algunos ancianos nos propusieron lo mismo con el karuta, un juego de cartas tradicional que consiste en adivinar, antes que tu oponente, cuál es la carta indicada mientras una voz te va leyendo sus palabras. Reconozco que soy bastante mala en ese juego, y recuerdo que me equivoqué infinidad de veces seguidas.
Luego, perdí de vista al niño del lunar en el entrecejo. No sé cómo ni cuándo había desaparecido, pero me apenó la idea de que ya se hubiera marchado. Aunque deduje rápidamente que habría ido a hacerse la diálisis.
Por ello, acabé deteniéndome. Volvía a estar sola. La planta donde me encontraba tenía un área central muy amplia, conectada a las escaleras. Un poco cansada, me incliné sobre la barandilla. Me picaban las manos; sentía la irremediable tentación de tener entre ellas mi móvil. Es increíble el vicio que nos crean estos aparatos, como si el no llevarlos encima nos arrancase un pedacito de nosotros. Algo casi tan horrendo como las drogas que Neji consumía.
–Y en el último momento te encontré.
Aquella voz hizo que el corazón me diera un vuelco.
Me giré súbitamente, y le identifiqué al segundo. El intenso cabello rojo sobresalía ondulado y alborotado por debajo de su boina, a juego con el color del pañuelo que llevaba amarrado al cuello.
Entonces me acordé. Sasori me había dicho el fin de semana anterior que ese domingo vendría a ver a su abuela.
–¿Por qué me pones esa cara de susto? –esbozó una sonrisa divertida.
Sacudí la cabeza.
–Perdona. Pensaba ir a visitar a la señora Chiyo ahora –me excusé.
–No te molestes, está sobada. Esa vieja duerme más que un lirón.
Entorné los ojos. Casi había olvidado lo brusco que era Sasori hablando de su abuela.
–¿Me acompañas a la salida? Tengo que irme ya para seguir con un proyecto, pero querría charlar un poco contigo –me sugirió–. Como no te has dignado a aparecer por la habitación de mi abuela antes, no he podido verte todo lo que me hubiera gustado. Compénsame al menos con esto, por favor.
Me mordí el labio, indecisa. El rostro de Sasuke acudió inmediatamente a mi cabeza. No estaba ciega, me había fijado bien en la tensión que se formaba cada vez que él y Sasori cruzaban una mirada.
–Es que no sé... Quizás me llamen para ayudar a alguien...
–¡Vamos, Sakura-chan! Ya hay muchos médicos y voluntarios en esta planta que pueden encargarse de eso. Solo quiero hablar un ratito contigo. El otro día tu novio no me dejó.
Rememoré el momento al que se refería. Cierto era que habíamos tenido prisa esa noche, pero Sasuke se había comportado de un modo muy descortés delante de su hermano y de sus amigos. Especialmente, y reincidiendo en mi anterior pensamiento, con el pelirrojo.
Suspiré.
Sasori y yo nos quedamos delante de la puerta del hospital, sentados en una esquina de las escaleras. Desde aquel ángulo no estorbábamos la entrada a nadie. Él había dicho que tenía algo de prisa; sin embargo, me había asegurado que no le importaba perder unos minutos en mi compañía.
–¿Sobre qué es ese proyecto? –le pregunté.
No me miró directamente, pero en su boca se formó una sonrisa significativa.
–Sobre mi sueño.
Su respuesta me dejó bastante sorprendida. Sasori tenía la apariencia de un chico que vivía la vida por vivirla, como esos filósofos nómadas de la Antigua Grecia que apostaban por un mundo hedónico. Se veía que se preocupaba por su aspecto físico –debía de teñirse el pelo a menudo porque casi nunca se le notaban las raíces– y que le gustaba la moda –su estilo bohemio destacaba sobre el resto de los chavales que circulaban por la ciudad–. Pero no me habría planteado antes que él albergara algo tan comprometedor como un sueño.
–¿Puedo preguntar cuál es? –inquirí curiosa.
Entonces me miró, y sus ojos cafés brillaron de un modo especial. El brillo de alguien que, de verdad, tiene un sueño.
–Convertirme en director de cine.
Abrí los ojos de par en par, anonadada.
–¿En serio? Yo pensaba que querrías ser pintor o escultor.
Sasori negó con la cabeza sonriendo.
–Me encanta dibujar, pero lo de limitarme a hacer cuadros no es lo mío; y los teatrillos con marionetas, más para mi abuela. Me gustaban los títeres de pequeño porque era la forma más fácil que tenía de proyectar una historia. A esa edad, me resultaba complicado encontrar a gente que quisiese representar aquello que se me ocurría, así que me ayudaba de las marionetas para hacerlo.
»Mi abuela tenía un pequeño teatro en Kioto, donde hacía espectáculos con ellas. Supongo que ya te lo habrá contado. Por aquel entonces, yo también vivía en esa ciudad. Mis padres trabajaban mucho y me dejaban en ese teatro todas las tardes, después del colegio. La vieja me enseñó a hacer títeres y a utilizarlos muy deprisa; a veces le echaba una mano con sus obras.
»Las marionetas siempre se me han dado bien; sin embargo, nunca han sido mi meta. Y supongo que es eso lo que ha decepcionado a mi abuela. Ya casi nadie apuesta por ese mundo.
Soltó un suspiro, y acomodó los brazos alrededor de sus piernas. Sus manos se entrelazaron, con los pulgares formando círculos entre ellos.
–Entré en la Universidad Nacional de Bellas Artes y Música solo para calmarla un poco. Y empezaba a estar harto hasta que, por fin, el otro día los cielos parecieron escucharme –poco a poco su sonrisa tranquila comenzó a elevarse en las comisuras de su boca–. Un profesor anunció en clase que la Universidad de Waseda está ofreciendo la oportunidad de becar a nuevos estudiantes en su programa de Dirección de Cine, si les gusta el proyecto que le mandemos. No sé si habrás oído hablar de ella, pero es una de las más prestigiosas de todo Japón y también de las más difíciles de entrar.
»De manera que me he puesto las pilas. He puesto toda la carne en el asador con el cortometraje que estoy dirigiendo. Se trata de un thriller, algo bastante arriesgado para muchos. Si sale mal, la habré cagado de por vida. Pero no voy a detenerme. Estoy dispuesto a impresionarles.
Le miré fascinada. No, en absoluto había esperado que Sasori fuera una persona tan comprometida con algo. Era incluso más apasionado que yo con mi sueño.
Guardó silencio un rato, pero durante ese tiempo no supe muy bien qué decir. Me había dejado tan asombrada que ya no podía sentir otra cosa más que admiración por él. Podía incluso entender por qué era rudo al hablar de su abuela. Sentía mucho cariño hacia la señora Chiyo, pero era normal que Sasori estuviera cansado de corresponder unos deseos que no eran los suyos. Encima, había elegido entrar en Bellas Artes solo por ella.
–Mis padres no están de acuerdo con esto –de pronto, interrumpió el hilo de mis pensamientos. Le miré de nuevo. Su cara exhibía una expresión extraña, entre melancólica y molesta–. Ellos quieren que estudie Derecho y que en el futuro herede el bufete de abogados de mi padre. Admito que es un plan suculento. Al fin y al cabo, ¿quién no quiere hacerse rico?
»Pero eso no es para mí. Ya cuando dije que entraría en Bellas Artes, la reacción fue echarme de casa. Fue el motivo por el que me mudé a Tokio. La vieja fue la que se ofreció a pagar mensualmente mi mitad del apartamento que comparto con Deidara, a cambio de que siguiera estudiando arte.
»No sé cómo se lo tomará cuando le diga que voy a optar a la Universidad de Waseda. Bueno, no es como si tuviera la plaza asegurada, pero ya cuando le mencioné que lo que de verdad quería en mi vida era dirigir una película, le faltó tiempo para venir en mi busca. Y del sofocón sus pulmones fallaron y terminó así: como está ahora en este hospital.
Arrugué la frente.
–Pero la señora Chiyo ya está mucho mejor, Sasori-kun. No tienes que preocuparte por nada.
Sasori me miró de un modo que me puso nerviosa. Con ternura. Con cariño.
–¿Te gustaría ser actriz, Sakura?
Esa pregunta me descolocó un poco.
–No, yo..., en realidad, yo ya tengo un sueño –confesé, y fue demasiado tarde para arrepentirme.
Él me miró con sumo interés.
–Ahora te toca a ti contarme cuál es.
Me sonrojé.
–No hay mucho que contar. Es solo... convertirme en doctora.
Sus ojos se abrieron mucho, y un rayo de sol los iluminó arrancándole un destello miel.
–¡Eso es alucinante, Sakura-chan! En verdad, te pega y todo –hizo una pausa, y se agarró el mentón componiendo una cómica expresión pensativa–. Aunque me hubiera gustado que dijeras que sí a lo de actriz. Creo que tú eres mucho más guapa que la que va a interpretar a la protagonista de mi historia hoy, y pensaba darte el papel...
–¡¿Hoy?! ¡Sasori-kun, tienes que darte prisa! ¡Llevamos hablando más de diez minutos!
Él arqueó una ceja y su cara reflejó una absoluta perplejidad.
–¿En serio es eso lo único con lo que te has quedado de entre todo lo que te acabo de decir?
–¡Sí, es muy importante! ¡Tienes que cumplir tu sueño! –me levanté de la escalera y le cogí de los brazos–. ¡Vamos, Sasori-kun, tienes que irte ya! ¡Tus actores te deben de estar esperando!
Soltó una risotada, pero al menos se levantó.
–Está bien, tranquila, Sakura. Ellos suelen llegar incluso más tarde que yo.
–¡Da igual! Tú tienes que demostrar que te lo tomas muy en serio o no te respetarán como director.
Sin darme cuenta, ambos nos habíamos empezado a reír. Y sin darme cuenta, mis manos tuvieron agarrados sus brazos un poco más. Y sin darme cuenta, la escena parecía la de una joven pareja divirtiéndose, ajena al resto del mundo.
Y entonces me giré... y me quedé petrificada
Sin darme cuenta, Sasuke llevaba un rato observándonos.
Su rostro estaba muy serio, granítico. Noté su mandíbula tensa, marcada sobre la piel, y las aletas de su nariz recta más anchas de lo normal. Su mirada rezumaba un hondo sentimiento de rabia, incomodidad, decepción. Todo a la vez.
–Sasuke..., ¿qué haces aquí? –fue todo lo que pude articular en un susurro.
Sus ojos se entornaron, mirándome de un modo que me inquietó. Estaba... ¿dolido?
–Bueno, Sakura, yo me voy –Sasori habló con notoria cautela–. Como decías, me están esperando. Me alegra haberte visto.
Apenas me atreví a girar la cabeza para mirarle; mis ojos volaron a su rostro solo un segundo. Sentía que si perdía a Sasuke de vista, ya no le encontraría.
–Vale, que tengas suerte –solté aquello sin pensar.
Al notar la tensión transpirando en el ambiente, Sasori no esperó más. Como había anunciado, se alejó y desapareció. No se despidió de Sasuke.
El estómago se me encogió con angustia. El menor de los Uchiha me escudriñaba en silencio, con una intensidad lacerante. No había ni un atisbo de brillo en sus pupilas. Sus ojos estaban tan negros que me estremecí.
–¿Qué ocurre? –quise saber asustada.
Aunque sabía que, por alguna razón, no se llevaba bien con Sasori, no entendía qué era lo que había hecho para que me mirase de una manera tan furibunda.
–¿Por qué no has respondido ni a una sola de mis llamadas ni a ninguno de mis mensajes? –espetó finalmente.
Me quedé sin aliento un instante.
Así que es eso...
–Perdona, Sasuke-kun –volvió a entornar los ojos cuando pronuncié el sufijo–. Dejé el móvil en casa y no he visto nada.
–Llevo intentando contactar contigo desde anoche.
Entré en pánico. Que la noche anterior me hubiese negado a mirar el móvil y que aquella mañana no me lo hubiera llevado eran dos actos relacionados con el mismo hecho. Mis celos. Mis miedos. El temor a descubrir que Sasuke seguía sin reclamarme.
Había estado tremendamente equivocada.
¿Cómo podría explicárselo sin defraudarle por pensar así? Ya me lo había dicho una vez. Tenía demasiados problemas con que le gustara a otras chicas. Revelarle aquello sería parecido a decirle que no confiaba en él. Injustamente.
Pasaron los segundos. Quise abrir la boca para tranquilizarle, pero no se me ocurría nada que no fuera mentirle.
De repente, su móvil vibró. Dejó de mirarme para abrirlo. Automáticamente, mis ojos bajaron hasta la pantalla...
... y ya no fui capaz de mirar nada más. Fue esa única palabra. Esas letras apiladas en negro, llenas de trazos saltarines.
Fûka.
Me bastó solo eso. Ese nombre fue suficiente. No quise leer nada más. Los nervios me explotaron en el pecho, en las puntas de los dedos y en las de los pies. Justo lo único que, en el fondo, no quería saber y que sospechaba que sucedía. Lo tenía delante. Aquellas palabras relampaguearon en mi mente, como si las estuviera oyendo desde mis propios oídos.
Sasuke-kun y yo no podemos vivir sin el cuerpo del otro.
Sasuke seguía hablando con Fûka.
Quizás tuviera sentido. Él me había prometido que me esperaría, es decir, que no me forzaría a hacer nada que yo no quisiera hasta que se lo pidiese. Sin embargo, nunca había hablado de fidelidad. Que me hubiese prometido aquello no significaba que él tuviera que privarse de ese placer. Para muchas personas, ser leal no es lo mismo que ser fiel.
Alzó la mirada, y creo que entonces se dio cuenta de que yo ya había visto la pantalla de su móvil. Frunció mucho el ceño. Su nariz se arrugó un poco. Pero no dijo nada. Absolutamente nada.
Dio media vuelta y se marchó.
[1] Tribu urbana de mujeres entre quince y veinte años, obsesionadas con la moda occidental y las redes sociales. El término es una transliteración de la palabra anglosajona gal: «chica», en lenguaje coloquial.
