NOTAS DE AUTOR
Y al fin puedo anunciarlo... ¡LLEGÓ EL MOMENTO!
Y os preguntaréis: ¿de qué momento está hablando la loca esta? Pues sí, de El Momento. No quiero adelantaros nada más porque quiero que os llevéis la sorpresa, aunque estoy segura de que, a medida que vayáis leyendo, sabréis de qué estoy hablando.
Hoy os escribo muy brevemente, ya que ardo en deseos de saber qué os parecerá este capítulo y no quiero aburridos demasiado con mis notas iniciales. Lo único: menciono a Minina5, Caro (porque también me has escrito muchas veces, aunque seas breve en la mayoría), AuroraAG y a Lacie (disculpa por haber olvidado citarte en su momento; me conmovió mucho ese comentario que me escribiste en el capítulo 22), especialmente, y a todos los demás que me comentan como anónimos. Una vez más, os agradezco el gesto de dedicarme vuestras opiniones y pensamientos.
Sé que el anterior capítulo os dejó bastante melancólicos, lo siento, pero ya os digo que no tengo pensado acabar la historia dentro de poco. Así que tendréis camino de sobra para divagar en vuestras mentes sobre el final.
Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.
Sin más, espero que os guste mucho porque ha sido, en serio, uno de los capis más difíciles de escribir. Como digo siempre, ¡A DISFRUTAR!
29. REGALO
De acuerdo. Tú intenta mantener esta expresión, que no se diga que ya no sabes poner esa sonrisa de modelo que ponías con once años. Sí, así. No levantes ni un milímetro más el labio.
–¡Muy bien, chicos! ¿Preparados?
Sí, Hinata. ¡Haz la puñetera foto de una vez!
–Pongo el temporizador –la morena de ojos perlados pulsó un botón de la cámara. Seguidamente, echó a correr hacia nosotros y se colocó al lado de Naruto–. ¡Uno, dos, tres...!
Hubo un fulgor: cegador incluso en la luz diurna que nos envolvía, luego un chasquido, y nuestra imagen quedó inmortalizada para siempre.
Es la misma que sostengo ahora entre mis manos.
No es perfecta, está ligeramente desenfocada; Hinata aún no se había acostumbrado a utilizar esa cámara. No salen Neji –a pesar de lo ocurrido, seguía juntándose con Gaara– ni Rock Lee –nunca me respondió al mensaje de Line que le escribí invitándole–. Y aunque todavía tiene esa mancha de sol en una esquina, me atrevo a decir que es una de las fotos más bonitas que me han hecho. Que nos han hecho.
Aquel cumpleaños Sasuke no se separó en ningún momento de mi lado.
Diecisiete años, en un picnic casero, sentada sobre un enorme paño a la sombra de los cerezos que acababan de florecer, rodeada de casi todas las personas que amaba. Hana también estaba allí; solo faltaban mamá, los abuelos y la tía Tsunade. No sé cuántas veces habré soñado con poder reunir a todos mis seres queridos y congelar el tiempo ahí, junto a ellos. Pero supongo que eso sería como romper algún tipo de equilibrio natural y que, por eso, la vida no me lo permitirá nunca.
En momentos como aquellos me daba cuenta de lo increíblemente afortunada que era.
Aquel año en casa las cosas habían empezado a ir mejor. El mes anterior, a mediados de marzo, sufrimos un pequeño susto. Uno que ya habíamos tenido dos años antes. Aunque afortunadamente habíamos podido solventarlo esta vez, por un momento nuestros gastos y las deudas, que parecían eternas, nos habían dejado en números rojos. Rojísimos.
La vez anterior no alcanzábamos a estabilizarnos, ni siquiera a quedarnos con un yen en la cuenta bancaria, así que tuvimos que vender muchas de nuestras cosas. Había sido una pesadilla. Recuerdo que Hana se puso a llorar una de esas noches, desconsolada. Entonces tenía trece años, y yo mis quince recién cumplidos. Ambas teníamos mucho miedo de lo que podría ocurrir si no lográbamos recuperarnos, y nos preocupaba la salud de mamá por culpa de todos aquellos sobresaltos. Pero me obligué a ser la que se mantuviera firme, cuando ninguna de ellas dos viera la esperanza, y me pasé toda aquella noche tranquilizando a mi hermana hasta que se quedó dormida. Más o menos a partir de ahí fue cuando decidí buscar mi primer trabajo.
No pude comentárselo a nadie, y el año de mi decimoséptimo cumpleaños tampoco, aun cuando ya lo habíamos resuelto. Comprendí hace tiempo que, por desgracia, quien tiene dinero, aunque sea solo un poco más que tú, nunca te entenderá si no lo tienes. Todo el mundo da por hecho que no se puede estar tan mal, ya que tampoco ellos son ricos y, pese a ello, comen. La gente está a la espera siempre de que te quedes sin ordenador, sin móvil, sin coche, sin una sola gota de comida en la nevera..., sin nada para asumir que, entonces, sí eres pobre. Y ni aun así, terminan de entenderte; siempre van a creer que pudiste hacer más, aun cuando desconozcan por completo tus circunstancias. No se quiere entender que hay veces en las que la vida no te deja reponerte más deprisa, a pesar de que te dejes las uñas en ello. Tampoco ayuda que muchos a tu alrededor se devanen los sesos por impedírtelo, con tal de que te saquen hasta las tripas para sus propios beneficios. Queridos bancos, ojalá pudiera ser bruja a veces para echaros un mal de ojo.
Nunca me he quejado por quejarme. Realmente es algo muy duro, que sé que poca gente quiere escuchar, y se suele zanjar con «todos tenemos problemas». Y por supuesto que sí; mi intención nunca fue cargar a nadie con los míos. Pero es doloroso comprender que esa situación sea ininteligible para aquel que nunca ha tenido que pasar hambre. Habría estado bien si solo los demás no la hubieran hecho continuamente más complicada con comentarios ignorantes del tipo: «¡Anda ya! Tan mal no estarás si todavía no vas en cueros».
Y es muy frustrante saber que una vez yo también fui una de esos ignorantes.
Por esa razón, agradecía tener a las personas que tenía a mi lado, a pesar de que yo nunca les hablaba directamente de lo que sucedía en mi casa.
Miraba en ese momento a Ino, a mi lado, sosteniendo la cámara de Hinata entre las manos y riéndose por lo mal que mi amiga morena sacaba fotos. Y me paraba a pensar. Ella no tenía ni idea de lo que mucho que había hecho por mí al darme toda aquella ropa. Hacía exactamente tres años, desde la muerte de papá, que no tenía nada nuevo en mi armario.
Hinata, que componía en ese mismo instante cara de decepción por su poca habilidad como fotógrafa, también había sido siempre otro de esos grandes regalos de mi vida. Sin ella, quizás nunca habría encontrado la fuerza para querer seguir mi sueño. Cuando todo en mi mundo se había asemejado a un callejón sin salida, ella me había animado tanto que nunca había perdido la esperanza ante nada.
Y cuando me volví hacia Sasuke...
Sabía que estaba mal, y por eso tendía a protestar por ello, pero en el fondo me emocionaba cuando me pagaba o me invitaba a algo. No era por el objeto o por lo que obtendría en sí, sino por tratarse del gesto dulce de alguien que siempre había parecido un ser frío y calculador.
Pese al dolor que él mismo, secretamente, había soportado en su vida.
Aquella vez en la noria, cuando me había hablado de su pasado, el comportamiento distante e indiferente con el que le había conocido, había cobrado sentido para mí. Antes no hubiera creído que, siendo tan rico y popular como era, pudiera haber experimentado desde tan pequeño y tan de cerca cosas como el abandono o la soledad. Si no había llorado ese día escuchándole, fue porque no me había sentido con ese derecho, dado a que él había sido el primero en no hacerlo.
Desde entonces comprendí que tener dinero no es ni nunca será la clave de la felicidad.
–¿Te pasa algo? –me preguntó Sasuke de pronto.
Desperté de mi ensimismamiento un momento para responderle.
–Nada, solo estoy pensando en mis cosas.
Arqueó una ceja. A pesar de su confusión, ese brillo especial no desapareció de sus ojos negros. Un brillo que llevaba emergiendo desde hacía un tiempo. Un brillo que le revelaba más humano que nunca.
–Oye, sobre tu regalo... –inesperadamente se mostró un poco vacilante–. Te lo daré esta noche, ¿vale? Quiero que sea cuando se vayan todos.
Le sonreí de forma divertida.
–¿Qué ocurre? ¿Te da vergüenza que los demás se burlen?
Desvió la mirada y frunció el ceño. Aunque su semblante no fue tan expresivo para asegurármelo, sabía que se había puesto un poco nervioso.
–No es eso. Solo creo que es mejor a solas –se limitó a contestar, un poco hosco.
No insistí, pero me eché a reír.
Sasuke estaba diferente. Y ese ligero cambio me gustaba más de lo esperado. Todo resultaba más tranquilo, más natural entre nosotros. Ya solo me daba vergüenza que me besara en espacios concurridos. Prefería dejar eso para la intimidad, pero cuando llegaba ese momento me contenía mucho menos que antes.
El cumpleaños se alargó hasta la noche. Hana se había ido la primera de todos (mi madre y ella habían planeado secretamente recibirme con una tarta de queso cuando llegara a casa). Más tarde, Hinata, Naruto, Ino, Sai, Kiba, Tenten, Shikamaru, Chôji y Shino se habían despedido de Sasuke y de mí.
Entonces él había aprovechado para darme su regalo, tal como me había prometido. Se había tratado de dos pases para ir el domingo al Museo Nacional de Ciencias e Innovación, con un plus para asistir a la conferencia de uno de los expertos en oncología que yo más admiraba en aquel entonces. Fue un regalo que me llenó de emoción; desde pequeña había querido ir a ese museo. Pero para él no había resultado satisfactorio.
–Es algo que te oí mencionar que querías, así que, en realidad, no es que me lo haya currado como hubiese querido –había dicho con cierta frustración.
Me había gustado tanto la razón de esa intranquilidad suya, que me había sentido malvada. Era inevitable. Resultaba tierno que Sasuke creyera que algo así no merecía mis halagos. Supuse que nunca había hecho un regalo antes, y luego me pregunté, con pesar, si acaso él tampoco había recibido uno nunca.
Tercero de Bachillerato llegó el lunes, de forma inminente. Fue justo el día después de la visita al museo, de la cual había salido maravillada, con muchas más ganas de convertirme en doctora. Sin embargo, el nerviosismo me atrapó, al ser consciente de que ese sería mi último año en el Instituto Konohagakure. Debía haberme sentido impaciente; estaba a apenas un paso de hacer realidad mi sueño. Pero el lunes dio comienzo con una mala noticia.
Sasuke y yo ya no seríamos compañeros de clase.
Mi media se mantuvo, por debajo de la suya, como era ya habitual, pero en ese curso ya no nos organizábamos por orden de nota académica. La directora había creído conveniente dejar de ordenarnos en base a eso, como método para que los alumnos menos estudiosos se dejaran llevar por el ritmo de trabajo de los que sí lo eran. Un gran reto, sin duda.
En lugar de Sasuke, ahora tenía como compañero de pupitre a Naruto.
–Osewa ni narimasu[1] –el rubio me dedicó una inclinación de cachondeo.
Le di un golpe en la cabeza.
–¡Imbécil, ya nos conocemos tú y yo! ¡No te burles más de esto! –gruñí.
Naruto rompió a reír mientras se acariciaba la coronilla.
–Perdona, Sakura-chan, pero es que no he podido resistirlo –replicó divertido–. Ahora tengo que sustituir el sitio del teme.
–¿Cómo? –inquirió de pronto Sasuke.
Apareció detrás de él en ese preciso instante. Naruto, Hinata y yo habíamos sido de los primeros en llegar al tablón del listado de notas y de aulas de Bachillerato.
–¿Por qué ibas a sustituir a Sasuke-kun? –preguntó mi amiga de ojos perlados.
Naruto hinchó el pecho con una exagera postura de solemnidad.
–Porque ahora soy yo quien tiene que protegerla, a cambio de que el teme te proteja a ti en mi ausencia, mi princesa Hinata.
Mi amiga se puso colorada, pero Sasuke le atestó una colleja al rubio.
–Eso no será necesario, capullo. Aunque no estemos en la misma clase, nuestras aulas están al lado. Si a Sakura le pasara algo, me enteraría, y probablemente antes que tú –miró a Hinata–. De hecho, creo que sí que tendré que protegerte a ti también. El dobe tiene mucho cerumen en los oídos.
Naruto le fulminó con la mirada.
–¡Y una mierda! Tú protege a Sakura-chan, que Hinata-chan está solo bajo mi cuidado.
Sasuke le dedicó una sonrisa ladeada, cargada de burla; luego, volvió a dirigirse a Hinata.
–En serio, ¿cómo le aguantas?
Ella soltó una risa dulce, y miró a Naruto con infinito cariño.
–No tienes que esforzarte siempre por protegerme, Naruto-kun. Para mí ya es más que suficiente con que estés a mi lado. No te preocupes. Estaremos en clases diferentes, pero seguiremos juntos todos los días –la dulzura con la que habló me conmovió incluso a mí.
Naruto estuvo a punto de echarse a llorar de la emoción. Sasuke le miró con algo de grima.
–Vale, vale, os dejo solitos por aquí –dijo separándose de su amigo.
Se acercó a mí y me pasó un brazo por encima de los hombros, alejándome de ellos dos. Me ruboricé. Él casi nunca se mostraba tan abiertamente cercano en público, por lo que nos ganamos algunos cuchicheos envidiosos.
–Así que no te tendré conmigo este año... ¡Bien! Al fin habrá alguna chica que me deje el sitio de la ventana –me sonrió con socarronería.
Fruncí el ceño.
–Eso es. Pídeselo a otra porque yo nunca te lo daré –me crucé de brazos, evitando hacer contacto visual con él.
Escuché su risa tranquila. Había un cariz de ternura en ella.
–También estoy viendo aquí que he vuelto a quedar el primero –de forma inesperada, me atrapó el mentón y me hizo girar la cabeza para mirarle. Me sacó la lengua–. Sigues siendo una segundona.
Inflé mucho los mofletes y solté un resoplido exasperado, dejando escapar mi rabia poco a poco. Notaba algo diferente en la mirada de Sasuke. Ciertamente, se estaba mofando de mí por no haberle superado, una vez más; sin embargo, ya no percibía la misma malicia que cuando lo había hecho durante el curso anterior.
Ahora, en sus pupilas solo había... cariño.
No me di cuenta de que me había quedado embobada mirándole, hasta que se acercó muchísimo. Sus ojos, del color del ónice, me atravesaron. Me estremecí, invadida por su olor a té verde.
–¿Estás preocupada? –quiso saber.
Me hablaba en voz bajita, por lo que supe que quería reservar esa conversación para nosotros dos. Arrugué un poco la frente, y él me entendió.
–No tienes que estarlo. No va a cambiar nada entre nosotros por esto.
–Lo sé, pero me gustaba tenerte en el pupitre de al lado...
Sonrió y echó una rápida ojeada hacia atrás. A Naruto y a Hinata se les habían unido Kiba y Shikamaru, que habían llegado sin que me percatase.
–Sé que el dobe es un puto coñazo, pero piensa que es mejor que tener a alguien aburrido –repuso Sasuke, volviendo a mirarme.
Me reí un poco.
–Pensaba que no le soportabas –señalé.
–Y no le soporto, pero son ya muchos años acostumbrado a él. Te aseguro que será un buen compañero de pupitre.
–Sí, y te creo, pero eso no quita que eche de menos que lo seas tú también.
No sé por qué no lo vi venir. De repente, colocó una mano frente a nuestras bocas... y me besó. Un instante, apenas un segundo. Seguramente para evitar levantar más comentarios de los que estábamos levantando, al mostrarnos así de íntimos. Aun así, el corazón me latió tan deprisa que lo sentí de verdad a punto de salírseme del pecho.
Cuando me soltó, antes de alejarse despreocupadamente, detecté una sonrisa de satisfacción en sus labios. Le encantaba dejarme así: alucinada, y puede que a mí, pese a la vergüenza que me embargaba cuando lo hacía, también me gustara. Más de lo que me atrevía a reconocerme a mí misma. Igualmente, esa vez no protesté.
Aquella había sido su forma de decirme que siempre estaría conmigo.
Abril pasó, y mayo también. A medida que avanzaba el tiempo, notaba que mi cercanía con Sasuke se iba haciendo cada vez más estrecha. Fueron meses llenos de trabajo y de exámenes, pero siempre encontrábamos momentos para estar juntos. Incluso empezó a responder a mis mensajes de texto con asiduidad.
A pesar de ello, aquella cercanía no terminaba de parecerme completa. En el Club de Kárate nos limitábamos a ejecutar nuestras funciones: yo como encargada, él como karateka. Sasuke no había vuelto a asaltarme en el almacén desde febrero... y, sin comprender por qué, empezaba a arrepentirme sobre cómo había acabado ese asunto.
Cada día sus besos me enloquecían más y más. No entendía mis propias reacciones: de repente, era mi lengua la que se lanzaba a su boca, o mis manos las que buscaban acariciar todo su cuerpo. No habíamos vuelto a tener nada como aquel sábado lluvioso de marzo, en el sofá de su casa, y algo dentro de mí muchas veces anhelaba repetirlo.
Me sentía avergonzada de mis propios pensamientos. Para mí era indecente desear todas esas cosas. Y después me preguntaba si, quizás, estaba siendo irracional también conmigo misma. Siempre había creído que con tener a Sasuke a mi lado bastaba, pero poco a poco me daba cuenta de que una parte de mí, que a diario se agrandaba, reclamaba más. Mucho más.
Me asustaba esa codicia, llegué a plantearme si acaso era egoísta. Temía dar ese paso y que, en el momento de la verdad, sintiera la necesidad de echarme para atrás. Temía herir a Sasuke como aquella vez en el almacén.
Pero entonces ocurrió algo que me abrió los ojos.
Fûka hacía tiempo que había dejado de rondar mi cabeza. En el instituto, desde que mis amigos y yo descubriéramos algunos de los oscuros secretos de Gaara, Temari me había parecido más aislada de los demás; por tanto, hacía mucho que no se acercaba a Sasuke. Sin embargo, que aquellas dos no lo hicieran, no eliminaba nunca la posibilidad de que otras lo intentaran.
Recuerdo una vez, durante el cambio de hora de una clase a otra, que salí de mi aula para ir al servicio. Al subir las escaleras antes de llegar a la planta donde se encontraban los lavabos, tuve que detenerme en seco. En el rellano, detecté a Sasuke contra la ventana. Había una chica muy pegada a él, rodeándole el cuello.
–Sasuke-kun, por favor, esta noche –le estaba diciendo ella, con una voz aniñada que fingía inocencia–. Yo también tengo novio, pero echo mucho de menos hacerlo contigo. Ya sabes que nunca me ha importado hacer esto si es con Sasuke-kun.
Al principio, me quedé atónita. Me resultó sobrecogedor descubrir que Sasuke se había acostado con una chica emparejada. Aunque no tardara en razonar que, de los dos, la verdadera culpable era ella –ya que tenía novio–, no pude evitar turbarme.
Cuando vi que Sasuke le agarraba de los brazos y la alejaba, me calmé un poco.
–Lo siento, Megumi –respondió con frialdad–. Lo que le hagas a tu novio, o lo que él consienta que le hagas, puesto que dudo mucho que no se huela ya algo, no me interesa. Follamos un par de veces, sí, pero acostúmbrate a que eso se ha acabado.
–Pero ¿por qué, Sasuke-kun?
Se separó de ella y avanzó hacia las escaleras que dirigían a la misma planta a la que yo quería ir. No se giró para mirar a esa chica.
–Simplemente no actúo como tú.
Y aunque se largó –y yo me vi obligada a bajar para evitar que ella me descubriera–; aunque su conducta era justo lo que había esperado, experimenté una extraña sensación. La sensación de que no estaba siendo justa frente a su lealtad; de que nos estábamos quedando a niveles diferentes.
La sensación de que ya no quedaba nada que justificase mi miedo a dar un paso más.
Lo recuerdo como si fuera ayer. El sábado seis de junio al anochecer, después de trabajar, fui directa a la casa de los hermanos Uchiha. En la cafetería apenas me había podido concentrar en lo que debía. No había sido una decisión fácil de tomar, pero comprendí que no podía alargarlo más tiempo.
Cuando alcancé la puerta, me temblaron las manos. Agitada, me miré un momento de arriba abajo. Llevaba una falda vaquera: corta, con algunos rotos y un cinturón; entremetida por delante, una blusa vaporosa de hombros descubiertos. A pesar de no enseñar más que las piernas, resultaba un estilo ligeramente insinuante. Esperaba que sirviera de algo.
Suspiré. Antes de llegar allí, había estado segura de que ese era el momento; por el contrario, ahora mi cerebro estaba colmado de dudas.
Déjate de rollos. No te quedan más excusas.
Inspirando hondo, toqué el timbre. Hubo unos segundos de silencio, y entonces me abrieron la puerta. Me quedé paralizada. No sé por qué, estaba convencida de que me abriría Sasuke. Había olvidado por completo al profesor Itachi.
–¿Sakura-chan?
–B-buenas noches, profesor Itachi.
Oh, joder, joder, joder... ¡Retrocede! ¡No puedes hacerlo con él estando en casa!
Vacilé, pero reparé en su aspecto. Estaba muy arreglado.
–¿Buscas a Sasuke?
Sus ojos me escanearon de arriba abajo. Me sonrojé.
–S-sí... ¿Está en casa? –no podía estar más nerviosa.
El profesor Itachi tardó un poco en contestar.
–No, pensaba que te había avisado. Me comentó algo de jugar al baloncesto con Naruto –hizo una pausa al ver mi expresión decepcionada–. ¿Quieres entrar? Puedes esperar a Sasuke dentro. Yo estoy a punto de salir.
No tenía ninguna certeza de que Sasuke fuera a regresar pronto, pero saber que estaríamos solos fue lo que terminó de convencerme. Asentí con la cabeza. El profesor Itachi se hizo a un lado para dejarme pasar, mientras entraba con una vergüenza asfixiante. Dejé mi mochilita de cuero en la percha y los Converses oscuros en el genkan.
En el momento en que el profesor Itachi se movió, percibí que se había puesto perfume. Olía a algo fuerte, como ámbar, pero tenía un ligero toque a miel.
–¿Quieres algo, Sakura-chan? –me preguntó dirigiéndose a la cocina.
–Agua, por favor –respondí con timidez.
A través del hueco abierto de la pared, observé al profesor Itachi abriendo la nevera. Tenía que admitir que estaba muy guapo. Mucho más que en el instituto, donde siempre vestía el chándal reglamentario. Llevaba una camisa oscura, remangada hasta los codos, y unos pantalones color tierra. El oscuro cabello largo le colgaba en su habitual coleta baja, cayéndole sobre un hombro, aunque estaba más cuidado y peinado que otras veces. En una de sus muñecas lucía un Rolex.
Me sentí rara en su presencia. ¿Los profesores se ponían siempre tan guapos para salir? Sin embargo, olvidaba por enésima vez que el profesor Itachi no llegaba a los veinticinco años. Aún era válido que se vistiera de un modo tan coqueto.
Miré un momento a mi alrededor, y fue como si por primera vez me diese cuenta de dónde estaba. Aquella era la casa de dos chicos jóvenes. Dos hermanos demasiado atractivos como para que muchas chicas se les resistiesen.
Nunca me había parado a pensarlo.
De repente, sonó un móvil.
–Perdona, ¿ya estás allí? –la voz con la que el profesor Itachi habló fue tan suave, que me quedé embobada escuchándole–. Sí, no te preocupes, todavía no he salido. Tarda todo lo que necesites. Te esperaré en la fuente.
¿Está hablando con una mujer?
Emitió un par de murmullos en tono afirmativo; después, se despidió y colgó. A continuación, salió de la cocina y me entregó mi vaso de agua.
–¿Has probado a llamar a Sasuke? –quiso saber.
–En realidad, quiero darle una sorpresa –repuse.
Él se rio un poco.
–¿Le has traído algo especial?
Sí, mi virginidad.
Bueno, no podía decirle eso.
–Más o menos –contesté de forma ambigua, dejando el vaso de agua sobre la mesa más cercana. Rezaba por que no me pidiese entrar en detalles.
–¿Sasuke te trata bien?
Su pregunta me sorprendió.
–Sí, me trata muy bien. Sasuke-kun ahora es algo más cariñoso que antes.
Noté que su ceño se fruncía un poco al describirlo de esa forma.
Enmudecí, y recordé de pronto todas las cosas que Sasuke me había contado sobre su familia. Había dicho la verdad al afirmar que no podía guardarle rencor al profesor Itachi, principalmente porque lo que hubiera hecho en el pasado no me concernía. Pese a ello, me resultaba inevitable sentir cierta desilusión, ahora que conocía esa parte de él. Aunque no le culpaba del todo, yo no podría haber abandonado nunca a Hana de la forma en que él hizo con Sasuke.
¿Qué motivos tenía para actuar tan áspero con su hermano pequeño?
–Sasuke-kun es una buena persona. A veces puede comportarse un poco rudo y frío, pero sabe enmendar sus errores. Eso es lo que importa –destaqué de forma significativa.
Quise buscar con ello un modo de que suavizara aquel incómodo semblante de gravedad, pero no lo hizo.
–Me alegro de que así sea –su voz fue firme y seca.
Me planteé si, tal vez, el problema era yo.
Quizás el profesor Itachi me veía indigna de pertenecer a la familia Uchiha.
Por un instante, me sentí ahogada ante esa posibilidad. ¿Qué podía hacer para demostrar lo contrario? Yo no era hija de samuráis; de hecho, dudaba mucho de que mis antepasados japoneses hubiesen hecho algo distinto a labrar la tierra o dedicarse a la floristería. Y dudaba mucho más de que mis antepasados irlandeses hubiesen sido valerosos guerreros. Como máximo, vikingos o leprechauns (con esto podría haber sido hasta útil, por si en algún momento aparecía un caldero lleno de oro en mi casa).
¿Cómo de importantes eran los lazos de sangre para los Uchiha?
No me atreví a continuarle la conversación al profesor Itachi. Cuando la tensión se me estaba haciendo tan insoportable que casi arañaba, irrumpió el chasquido de una puerta al abrirse. Ambos nos volvimos hacia la entrada.
Sasuke se nos quedó mirando. Cerró la puerta tras de sí y se mantuvo inmóvil durante unos largos segundos, sin quitarse siquiera los zapatos. El profesor Itachi le dedicó la misma mirada de seriedad.
–Hola, Sasuke-kun –decidí romper aquel mutismo incómodo.
–Hola –su voz era recelosa, pero me di cuenta de que no hacia mí.
Sonó un tintineo y el profesor Itachi echó un vistazo a su móvil. Seguidamente, cogió sus llaves y su billetera de un mueble, y se encaminó a la entrada mientras se lo guardaba todo en los bolsillos. Empezó a colocarse los zapatos.
–Si vuelvo, será tarde. Échale la llave a la puerta por si acaso –su tono de voz fue extraño, aunque no sabría decir si más que su actitud.
No añadió más, ni siquiera se volvió para mirarnos. Abrió la puerta y se largó.
–Siento haber venido tan inesperadamente –dije un poco avergonzada.
Atribuí la brusca marcha del profesor Itachi a mi fortuita visita. Casi nunca se iba sin despedirse.
Sasuke percibió mi incertidumbre.
–No te ralles por Itachi. Tendría prisa.
Titubeé.
–¿Es porque tenía una...?
–¿Una cita? –enterró las manos en los bolsillos del pantalón, de forma despreocupada. Parecía que toda la tensión se hubiese esfumado con su hermano–. ¿No te imaginabas al gran profesor Itachi teniendo una cita?
Un poco arrepentida por haber preguntado, desvié la mirada.
–Pues sí, las tiene, y a veces también en casa. No te creas que soy el único que ha traído chicas por aquí –Sasuke insistió con ese tema–. Aunque me da a mí que esta tía con la que ha quedado no es que le entusiasme demasiado. No iba tan arreglado como otras veces. Quizás se vaya a casa de sus amigos cuando termine con ella.
No supe muy bien cómo digerir lo que acababa de decirme. De pronto, todo parecía indicar la misma palabra, el mismo camino, el mismo objetivo. Sabía que el mundo no giraba en torno a eso, pero inesperadamente ese apartamento, rebosante de la presencia de aquellos dos hermanos: tan masculinos, tan impecables, tan fascinantes, lo hizo ineludible. Especialmente, teniendo a Sasuke delante.
Y sabiendo con qué fin había venido en su busca.
–Bien, ¿a qué debo tu visita? –quiso saber, quitándose por fin las deportivas.
¿Se lo digo ya? ¿Del tirón?
Me mordí el labio inferior.
–Sakura, ¿me estás oyendo?
Sin darme cuenta, llevaba un rato callada. Quise hablar, pero fue como si mi lengua hubiese sufrido una especie de parálisis repentina.
–Está bien –Sasuke esbozó una sonrisa sosegada; estaba de un humor sorprendente–. Me alegro mucho de que hayas venido. Pensaba llamarte ahora para quedar, así que me has ahorrado un poco de tiempo. ¿Te apetece que salgamos a cenar algo?
¿Cenar fuera? ¡No, dile que no!
–No... –susurré patéticamente.
–¿No... qué? –Sasuke entró en la sala de estar y se acercó a mí.
–No... quiero cenar fuera. Mejor aquí –logré articular.
Arqueó una ceja, confuso.
–Vale, pues pediremos algo y veremos una peli, si te apetece. Voy a ducharme.
¡Que no se duche todavía, o tendrás tiempo suficiente para arrepentirte!
–¡No, espera! –hablé un poco más alto de lo que pretendía.
Sasuke se volvió, mirándome otra vez sin entender.
–Necesito ir al baño –me apresuré en decir.
–De acuerdo, entra. Me ducharé cuando salgas.
Intenté dedicarle una sonrisa rápida, pero creo que más bien me salió una mueca tétrica. Me encaminé apresuradamente al baño y cerré la puerta, dejándome caer en el suelo contra ella. Sentía como una cadena de chispazos por todas mis venas.
Me levanté y busqué el espejo para mirarme. Recordaba esa escena. Era muy parecida a la de aquella noche de tormenta, en la que toda Ginza se había quedado sin luz. Entonces la lámpara no encendía y, en su lugar, había tenido que usar una vela; sin embargo, las sensaciones que me inundaban ahora eran muy parecidas a las de aquella vez. O puede que peor.
Estaba a punto de hacer algo que, ni en broma, habría hecho aquella noche.
Abrí el grifo y me empapé la nuca de agua. Mi cuerpo ardía de un modo incomprensible, como si acabara de salir del horno. Cerré los ojos. Se suponía que en ese momento me sentía... ¿excitada? ¿O es que acaso debía sentirme así? ¿Cómo se hacía eso? Entré de repente en pánico. ¡Ni siquiera me había documentado! No me había preocupado por leer antes algún manual o ver alguna película relacionada con ese tema –aunque esto último creo que no hubiese sido lo más acertado, ya que el porno podría haberme traumatizado en aquel entonces–.
Resoplé.
Estás con Sasuke. Sabes que quieres hacerlo con él más que nada en el mundo.
Era cierto. Quería hacerlo con él. Deseaba hacerlo. Y al verle entrar por la puerta, lo había tenido más claro que nunca. Solo estaba hecha un manojo de nervios.
Me miré una última vez más en el espejo, y fue como despedirme de una parte de mí que debía haber dejado atrás hacía tiempo. Inspiré hondo, y abrí la puerta.
Sasuke estaba a punto de entrar en su habitación.
–¿Ya has terminado? –su voz, su expresión, su mirada... todo en él me resultó más agradable de lo habitual.
Me acerqué cautelosa, intentando ahuyentar la inquietud de mi fuero interno. ¿Cómo debía empezar con eso? Sin pensarlo mucho –y seguramente por eso fallé–, me lancé a besarle. Mi nariz chocó con la suya.
–¡Lo siento muchísimo! Ha sido sin querer –dije rápidamente, azorada.
Pero Sasuke rompió a reír.
–Si querías besarme, inclina primero la cabeza –dijo divertido.
Me mordí el labio inferior. Él se percató de mi nerviosismo.
–¿Te pasa algo, Sakura? Hoy te noto un poco rara.
Dudé. No podía actuar de una manera que no fuera la mía, y eso requería hablar.
–Pon atención, ¿vale? Necesito que me escuches sin que me interrumpas, por favor –le pedí.
Sasuke compuso una expresión seria. Atenta.
–Nunca en mi vida me imaginé diciéndote esto de verdad, porque ni siquiera es un tema que me haya dado por pensar mucho. Aunque admito que alguna vez he tenido ciertos sueños... –recordar lo de Isshiki fue involuntario.
Sasuke entornó los ojos. Detecté un ligero brillo de excitación en sus pupilas.
–¿A dónde quieres ir a parar?
Su pregunta y el tono de voz tan inesperadamente sugerente con el que la formuló, me pusieron los vellos de punta. Sentí que detrás de ella, detrás de esa seguridad, detrás de esa sensualidad discreta, me esperaba algo para lo que ni siquiera me alcanzaba la imaginación.
–Quiero hacer el amor contigo, Sasuke.
Sus ojos negros se abrieron más que nunca. Mi corazón dio un salto contra el pecho, y experimenté un calor que me subió hasta las orejas.
Ya lo has dicho, así que ahora apechuga.
–Estoy preparada..., aunque también cagada de miedo –solté–. No sé cómo será, ni siquiera sé si sabré hacerlo, o qué tendré que hacer, o qué no debería hacer... No tengo ni idea de nada, pero nunca en mi vida me he sentido tan temerosamente decidida sobre algo. Y pienso que tenerle miedo es precisamente la causa de que ahora mismo sepa que quiero hacerlo. Quiero entregarte esto. Estoy segura de que jamás me arrepentiré de haberte dado a ti mi primera vez.
Al terminar mis últimas palabras, Sasuke me miró con una intensidad paralizadora. Pareció vacilar un poco hasta que, finalmente, se decidió. No le hicieron falta más explicaciones.
En silencio, con una lentitud hechizante, sus manos se deslizaron bajo mis orejas. Vi su cara tan cerca que ni siquiera tuve que adivinar lo que haría. Nuestros labios se rozaron un segundo; noté la cautela en los suyos, su respiración entrecortándose sutilmente. Pero no tardaron en unirse a los míos, y capté entonces todo el deseo que había estado reteniendo hasta ahora. Su lengua entró en mi boca de un modo más pausado que otras veces; la sentí algo más dura, y mil veces más húmeda. Se emblandeció al contacto con la mía, y la sensación fue tan reconfortante que, desde lo más hondo de mi garganta, brotó un sonido. Fue como si hubiesen destapado algo dentro de mí que no sabía que había tenido cerrado. Como un gorjeo.
–Has gemido –susurró Sasuke contra mis labios.
Sentí que sonreía. Su satisfacción provocó un cosquilleo en el vientre. Notaba esa emoción familiar dentro de mí; esa que solo había sentido aquella vez en su sofá. Un fuego que amenazaba con devorar todo mi pudor y mi decoro.
Las manos de Sasuke fueron avariciosas. Una se movió hacia mi nuca, y luego ascendió hasta la coronilla, cerrándose un poco en mi pelo; la otra descendió por mi espalda, despacio, hasta detenerse en mi cintura y atraerme aún más a él. Sin dejar de besarme, sentí esa misma mano sobre uno de mis glúteos, marcándolo con sosiego en una espiral hasta oprimirlo fuertemente. Aquel movimiento me arrancó un suspiro, vibrante entre sus labios. A través de la fina abertura de mis ojos entrecerrados, detecté que él volvía a sonreír.
Siguió besándome, al tiempo que se inclinaba ligeramente hacia un lado. Su mano se deslizó entre mis glúteos, levantándome la falda. Se me puso la carne de gallina cuando tocó mi entrepierna. Di un respingo al sentir uno de sus dedos ahí abajo. Hasta yo era consciente de mi humedad.
Jadeé cuando él presionó un poco hacia adentro, abriendo los ojos por la impresión. Al mirarle, me encontré con una expresión distinta a todas las que le había visto. Como un callado enardecimiento. Podía ver un ligero rubor en sus pómulos altos, y su rostro me resultó adorablemente... erótico.
De repente dejó de tocarme. Me tomó de una mano y me guio al interior de su dormitorio. Había una única luz, un poco hipnotizante: la de una lámpara de lava.
Vale, este es el momento.
Me deshice de su contacto y me encaminé a la puerta de nuevo.
–¿Dónde vas? –inquirió Sasuke desconcertado.
–Es que en la mochila tengo... –me detuve, incapaz de pronunciar la palabra por la vergüenza que me producía.
Sasuke adivinó mis pensamientos, una vez más.
Inesperadamente, vi sus manos volando hasta mis muñecas y, un segundo después, estaba tendida sobre su cama. Se quedó quieto encima de mí y su collar de placas militares emergió del interior de su camiseta, deteniéndose a medio camino entre él y yo.
–No necesitas coger condones de tu mochila –dijo, y noté mis mejillas ardiendo al oírle pronunciar esa palabra–. Aquí tenemos todos los que necesitamos.
Estiró el brazo y abrió el segundo cajón de su mesita de noche. Al girar la cabeza, me quedé boquiabierta. Allí dentro había una infinidad, una multitud, un sinfín de preservativos amontonados uno encima de otro.
–¿V-vamos a usar todos esos?
Él soltó una breve risa.
–A ver, podemos intentarlo. Pero en una sola noche puede ser un poco abusivo, ¿no crees? Depende de lo que aguantes.
Eso último me turbó un poco. Sin embargo, cuando me miró de nuevo, la serenidad de sus pupilas me contagió.
–Lo siento, Sakura –repuso muy serio–. He intentado mentalizarme durante estos cinco meses que llevamos saliendo y casi me había acostumbrado a soportar esta sed. Pero ahora que me has dicho con tanta convicción que quieres hacerlo, no aguanto ni un segundo más. Ni siquiera me queda voluntad para dejarte ir hasta tu mochila. Necesito hacerte el amor aquí y ahora.
Sus palabras contenían una sinceridad que, lejos de escandalizarme, me conmovió. Después de todo, había cumplido su promesa.
Me había esperado.
–Gracias, Sasuke-kun –le sonreí con todo el cariño que fui capaz de arrojarle.
Él no sonrió, pero entendió perfectamente mi agradecimiento. Su rostro reflejó una expresión de complicidad: el ceño suave; los ojos pacíficos. Solo un instante después, me volvió a besar.
Ya no había vuelta atrás.
Sus manos empezaron levantando mis brazos por encima de mi cabeza, y descendieron por ellos en una caricia revolucionaria, que elevó cosquilleos, chisporroteos, hormigueos fluctuantes por cada centímetro de mi piel. Sus labios no dejaron de moverse sobre los míos, llenándome de su aliento, derritiendo nuestras bocas: la una con la otra. Continuó bajando hasta alcanzar el borde de mi blusa. Tranquilamente, la alzó. Con cierta vacilación, me incorporé para ayudarle a sacarla.
Me quedé sentada, con todo el cuerpo erizado al no sentir la ropa sobre él. Por acto reflejo, me tapé los pechos, arropados aún en mi sujetador. Sasuke intentó apartar mis manos de ahí. Me resistí.
–Sakura... –su voz fue suave, a pesar de que mi actitud resultaba irritante.
Arrugué la frente.
–Es que son... no son grandes... –creía que dándole la vuelta a la frase sonaría mejor, pero no fue así.
Callado, Sasuke se aproximó aún más y sus brazos me rodearon. Sus labios carnosos besaron delicadamente la curvatura de mi cuello, y me estremecí. Sin dejarme tiempo de reacción, sentí el enganche de mi sujetador abrirse.
–Sasu... –me silenció con un beso.
Sus manos me bajaron las tirantas del sujetador con lentitud. Cuando me estiró un poco el brazo para sacar la primera, comprendí que era absurdo seguir negándome. Dejé que me quitara el sujetador, con un abrumador sentimiento de indefensión. Mis pechos quedaron expuestos por completo. Aunque sentí el impulso de esconderlos otra vez, me contuve al ver cómo brillaban los ojos de Sasuke contemplándolos.
Volvió a tumbarme y su boca fue directa a mi aureola derecha. Di un respingo al sentir un leve pinchazo; había atrapado el pezón entre sus dientes. Le observé. La imagen que descubrí allí me resultó extraña y, al mismo tiempo, fascinante. Desató una lucha en mi fuero interno, en la que no sabía si posicionarme sobre mi vergüenza o sobre mi embeleso. La lengua de Sasuke recorrió mi pecho: lamiendo la punta de mi botón, contorneando mi aureola, succionando el resto de mi mama. Su mano izquierda acunaba mi otro pecho, redondeándolo, comprimiéndolo, meciéndolo como si se tratase de un pedacito de nube.
–Me encantan tus pechos, Sakura –le oí susurrar.
Eso fue lo que provocó que todo mi cuerpo se relajara. Suspiré otra vez. Mis ojos se cerraron deliberadamente, y le sentí iniciando por mi vientre una cadena de besos, entremezclados con suaves mordiscos. Pero, cuando noté sus dedos desabrochando mi falda, le detuve.
–Espera, esto no vale. Soy yo la única que se está desnudando –no reconocí mi voz; estaba tirante por la amalgama de emociones que me invadía.
Sasuke paró y, seguidamente, se quitó la camiseta. Su torso quedó completamente desnudo, junto a sus cicatrices. Pero aquella vez fue como si no pudiera verlas. Mis ojos solo enfocaban el abdomen marcado, el pecho recio, los hombros fuertes, los brazos fibrosos. Su collar relució a la suave luz de la lámpara.
Sin yo indicarle nada, se bajó de la cama y se deshizo también de su pantalón. Sentí la garganta seca al detectar aquel gran bulto pronunciándose en sus bóxers. Regresó a la cama, colocándose nuevamente encima de mí. Sus labios se imprimieron sobre los míos y, casi por instinto, mis manos emprendieron un camino ascendente hasta sus hombros. Enredé mis dedos en su cabello azabache. Sasuke se apretó aún más a mí.
Al separar las piernas para dejarle en medio, mi falda se replegó hacia atrás. Noté inmediatamente ese bulto en contacto con mis partes, únicamente protegidas por mis braguitas. Volví a gemir. Me sorprendí a mí misma buscando ese roce otra vez. Al encontrarme con él de nuevo, mi pelvis se movió por sí sola. Algo ahí abajo vibró, como una bomba que contaba los últimos segundos antes de explotar. Sasuke me mordió la oreja. Nuestras miradas se cruzaron. Verle de esa forma: con los ojos entrecerrados, el ceño medio fruncido y ese rubor en las mejillas, me hipnotizó.
Sin previo aviso, me desabrochó la falda y volvió a bajar. Las descargas eléctricas se propagaron por mi piel mientras me quitaba el último trozo de ropa. Resistí el impulso de volver a taparme. Me avergonzaba separar las piernas. Con suma delicadeza, Sasuke agarró mis rodillas y empezó a abrirlas.
Entonces se inclinó hacia allí, hacia mi centro, y aquella escena ficticia en Isshiki, bajo la caseta de ablaciones, acudió a mi mente como un relámpago. Me inquieté, a la vez que me dominaba una tremenda curiosidad. No dejó de mirarme con cautela hasta que tuvo mi femineidad frente a él. Sus ojos bajaron.
Con lentitud, bordeó con su lengua ese pedacito blando y frágil de mí; luego, lo lamió, presionándolo. Experimenté una sacudida que me abanicó de la cabeza a los pies. Mis manos se aferraron a las sábanas de la cama. Me besó ahí, y me mordí los labios, incapaz de rehuir a esa ráfaga de sensaciones nuevas que me dominaba. Intenté reprimir el loco impulso de gritar que me raspaba la garganta.
–Joder, sabes tan bien –dijo en un tono extasiado.
Sus dedos entraron súbitamente, como aquella vez en el sofá. Marcaron círculos dentro de mí, y luego cabalgaron, y bucearon, y entraron y salieron. Miles de veces. Su lengua continuó lamiendo, y sus labios succionando y besando, y lamiendo de nuevo. Una de mis manos se agarró a sus cabellos, desesperada por descargar la electricidad que me traspasaba. Pero él lo hizo más difícil, hizo que fuera insoportable y que mi cuerpo se volviese aún más ambicioso.
De pronto paró. Sus profundos ojos negros no se apartaron de mí, al tiempo que se retiraba el bóxer. Automáticamente, mis pupilas observaron lo que había debajo.
¡Oh, madre mía!
No pude alejar la vista de aquel miembro alargado y grande, que apuntaba hacia mí de una manera apremiante; ni siquiera mientras Sasuke se inclinaba de nuevo hacia su mesita de noche y cogía un preservativo. Abrió el plástico e hizo ademán de ponérselo, pero yo sentí un repentino impulso.
–¿P-puedo hacerlo yo? –no sé de dónde puñetas saqué tal valor.
Él me miró perplejo unos segundos; luego, esbozó una media sonrisa y me lo ofreció. Me incorporé para cogerlo. Fue una sensación extraña cuando me puse frente a él, totalmente desnuda, bajo su mirada voraz. Fue una sensación extraña cuando me recliné hacia su pene. Fue una sensación extraña cuando le coloqué el preservativo y comencé a extendérselo. Fue una sensación extraña cuando noté el calor que emanaba de esa parte dura y suave de su cuerpo.
Sasuke respiró entrecortadamente, y esa vez fue imposible no oírlo. Me quedé mirando fijamente su miembro, incluso cuando ya habían pasado segundos desde que le había colocado el preservativo. Por alguna razón, sentía algo muy confuso hacia él: una combinación contradictoria, que me movía a retirar la mirada y, a la vez, a abrir mi boca para hacerle justo lo que él me había hecho en la entrepierna. Me asusté. ¿Acaso estaba bien sentir eso?
De repente, Sasuke me levantó la barbilla para mirarle. Una vez más me tumbó, y mi cuerpo se estremeció de arriba abajo cuando se colocó encima, muy cerca. El contacto de su piel con la mía me aceleró aún más el corazón. Podía sentir todo lo que él sentía cada vez que me encontraba con su calor. Nos besamos y noté sus labios tibios, tan tiernos que de verdad los creí fundirse con los míos. Su collar cayó sobre mi esternón; estaba frío.
El pulso me atizó detrás de los oídos cuando se acomodó entre mis piernas. Al principio, fue solo un roce de su punta, pero bastó para que cada fibra de mi ser tomara conciencia de lo que estaba a punto de suceder. Cerré con fuerza los ojos. Sentí como una voz de alarma dentro de mi cabeza.
¡Dios mío! No es justo. Yo soy la única virgen aquí. La única para quien todo esto es completamente nuevo.
–Sakura, estás segura, ¿verdad? –aquel titubeo de Sasuke me devolvió a la realidad.
Abrí los ojos, y descubrí su ceño entrecerrado y una pronunciada arruga en su frente. Zarandeó la cabeza.
–Joder, ¿qué coño...? Es que hacía tanto tiempo... y, encima, es tan diferente de otras veces que... no sé qué me pasa.
Y fue entonces cuando comprendí muchas cosas.
No era injusto. No era cierto que yo fuera la única para quien aquello resultaba completamente nuevo. Para Sasuke también era dar un paso ciego hacia lo desconocido.
Al comprender lo asustado que estaba él también, le abracé.
–Estoy contigo. Estamos juntos. Y ahora más que nunca, Sasuke.
Y finalmente solté el último fragmento de todos mis miedos.
Sasuke no esperó más, sentí algo compacto en la entrada de mi centro. Había llegado el momento.
No mentiré, fue muy doloroso. Con la primera estocada, me aferré a su espalda y estrujé los ojos, invadida por un dolor que me abarrotó de escalofríos. Era como si me hundieran constantemente un cuchillo en una herida que no paraba de sangrar. Fue tan intenso que sentí ganas de pedirle que parara; sin embargo, me obligué a mí misma a aguantar. Mordí su hombro, reprimiendo la angustia, mientras él entraba y salía sin cesar. Después, poco a poco fue un poco distinto. El dolor no remitió, pero experimenté una sensación parecida a la de entrar lentamente en el agua fría del mar, cuando el sol abrasa. Una sensación que se tornó cada vez más agradable y que provocó que mi humedad se incrementara.
Tener a Sasuke dentro de mí, colmándome de sus suspiros, de sus expresiones placenteras, de sus mejillas coloradas, de sus besos, de su calidez...
Tenerle así fue lo que verdaderamente me hizo ver lo mucho que lo amaba.
Cuando logré sentir el dolor como una leve molestia, mi cuerpo se movió con el vaivén del suyo. Mi corazón se acompasó al ritmo desenfrenado del que latía dentro de su pecho. Mi intimidad palpitó del mismo modo que palpitó su miembro. Y se oyeron chapoteos. Y el adictivo descontrol de nuestras respiraciones. Y nuestros ojos se reflejaron en los del otro. Y nuestro sudor se entremezcló, rezumando aromas dulces y agrios entre nosotros.
Mío. Suya. Nuestros.
Y entonces no pude más. Me derramé sobre él, como la lluvia cuando resbala entre las copas de los árboles, y él se derramó después, embistiéndome con un ansia desorbitada. Escuché su gruñido desde mi cuello, perdiéndose en el eco de mis gemidos.
Ya no me importó el dolor, ni la molestia, ni la incomodidad. Acababa de entregarle a Sasuke lo más íntimo de mí. Algo que ya nunca podría entregarle a ninguna a otra persona.
Algo que sé que no habría podido darle a otro jamás.
Un rato después, me tendí sobre su pecho. Uno de sus brazos me rodeó, uniéndome a su cuerpo.
–Lo siento. He sido un poco brusco. No he podido controlarme lo suficiente, tenía muchas ganas... –dijo, mientras sus dedos hacían dibujos invisibles sobre mi hombro.
Alcé la cabeza para mirarle. La luz oscilante de la lámpara de lava señaló sus finas facciones de alabastro.
–Está bien. El dolor que he sentido significa que esto solo podía regalártelo a ti –le sonreí.
Sasuke me miró con una calidez inusual, y pareció que todo el frío hubiera abandonado hasta el último pedazo de su ser.
Por un instante fue como si en su mirada ya no se proyectaran sus tormentos pasados.
De repente, me acordé de algo.
–¿Crees que el profesor Itachi volverá pronto? –inquirí nerviosa.
–Dudo mucho que pise esta casa hasta, por lo menos, mañana por la tarde –contestó él tranquilamente–. ¿Qué hay de ti? ¿Tengo que llevarte ya a la tuya?
–En realidad, avisé de que quizás hoy me quedaba a dormir fuera...
Sasuke esbozó una amplia sonrisa, y sus pequeños hoyuelos se marcaron mucho. Se incorporó un poco y me besó apasionadamente. Sus dedos juguetearon con mi pezón; luego, su lengua fue directa a mi pecho, mientras lo masajeaba con su mano. Se me escapó un suspiro y sentí un fuerte calor en mi vientre. Pero cuando noté su miembro erguirse de nuevo, acercándose a mi intimidad, le detuve.
–Por favor, esta vez un poco más lento... Es que me duele mucho ahí –le rogué.
Sasuke me miró largamente.
–Es mejor que lo dejemos por hoy.
Abrí mucho los ojos, asustada. ¿Se había enfadado?
–Solo tengo que acostumbrarme..., hagámoslo si es lo que deseas –me apresuré en decir.
Él me dedicó una sonrisa sosegada, acariciándome el pómulo con su pulgar.
–Tenemos mucho tiempo, tranquila. Por hoy ha sido perfecto.
Suspiré. Mis ojos recorrieron su cuello, donde destacaba su nuez. Acaricié distraídamente el hueco entre la garganta y la clavícula. Su colgante de placas militares centelleó bajo mis manos.
–¿Cuándo te compraste este collar? –le pregunté curiosa.
–No me lo compré. Me lo regalaron.
–¿Y quién fue?
Sasuke pareció perderse en sus pensamientos durante unos segundos.
–Un militar que conocí en Hawái.
Le miré sorprendida.
–¿Has estado en Hawái?
–Iba todos los veranos cuando era pequeño. Mis padres se conocieron allí.
Parpadeé, cada vez más asombrada.
–¿Tú también eres mestizo?
Sasuke se rio.
–No, mis padres son japoneses los dos, pero mi madre vivía allí. No me sé exactamente la historia, pero me contaron que mi padre fue una vez a esa isla por trabajo y ella, al parecer, era su intérprete. No recuerdo unas vacaciones estivales que no incluyeran Hawái, al menos un par de semanas. Teníamos una casa a punta de playa. Fue donde aprendí a hacer surf, junto a Itachi –hizo una pausa, y sus rasgos descendieron en una expresión más seria–. Cuando cumplí ocho años dejamos de ir... y ya no volvimos nunca. No sé qué fue de la casa.
Me quedé en silencio, observando su rostro. Me sentí impotente al ver que el frío poco a poco volvía a engancharse a su frente, a las comisuras de sus ojos, al ángulo dibujado de su mandíbula.
Ojalá hubiera tenido un poder para borrar toda la tristeza de su vida.
Pestañeó, y dirigió sus ojos hasta su colgante de placas militares. Para mi satisfacción, detecté un tenue brillo de dulzura en sus pupilas.
–Hubo un verano en que un escuadrón militar de Estados Unidos se instaló cerca de nuestra casa –empezó a relatar–. Les veía a menudo entrenando por la playa, haciendo ejercicios que pocas veces había visto. Me fascinaban. Todos ellos me parecían increíbles, como superhéroes.
»Así que memoricé las horas en las que salían a entrenar y empecé a seguirles. Desde la distancia imitaba todos y cada uno de sus movimientos..., con torpeza, obviamente –me reí, y él se rio conmigo. Imaginar a un mini Sasuke repitiendo el entrenamiento de un grupo de militares estadounidenses no me resultó difícil–. Uno de ellos me pilló un día. Me preguntó por qué no me acercaba a entrenar con ellos. Por esa época, mi abuelo Madara ya había comenzado a entrenarme, aunque no de la forma tan ruda en que fue desvariando con los años. Igualmente, yo tenía mucho sentido del decoro, por lo que le dije a ese militar que mantendría «mi posición». Se suponía que un guerrero no debía interrumpir nunca el entrenamiento de sus superiores, y yo estaba convencido de que me convertiría en un guerrero de verdad.
Inesperadamente, me vino a la mente la conversación que habíamos tenido Sasuke y yo la noche de la fiesta de Halloween.
–¿Ese es tu sueño? ¿Ser un guerrero? –quise saber, interrumpiéndole.
Él me miró, y de nuevo percibí esa liviana luz de ternura en su mirada. Me frotó el pelo, haciéndome sentir dulcemente avergonzada. Casi como una niña.
–Esa era la fantasía de un niño de seis años. Mi sueño... –guardó silencio, y un amago de sonrisa tironeó de un lado de su boca–. Algún día lo descubrirás.
Hice un mohín, un poco contrariada a su silencio. Pero entendía que le estaba pidiendo más de lo que él acostumbraba.
–Bueno, ¿y cómo reaccionó aquel militar, cuando le dijiste que querías ser un guerrero? –le insté a que reanudara la historia.
–Se echó a reír, pero mi respuesta le encantó –me agradó que Sasuke contestara enseguida–. Dijo: «Estoy seguro de que te convertirás en un guerrero auténtico, de los que ya no quedan. Cambiarás el mundo». Y, para recalcarlo, me dio este colgante –balanceó una de las placas entre sus dedos–. Con él, sentí inmediatamente que me estaba entregando una parte de su fuerza y que, algún día, haría honor a su nombre.
Me conmoví.
–¿Qué fue de ese militar? ¿Sabes algo?
Continuó contoneando la placa, abstraído.
–Murió en Afganistán.
Un estremecimiento cruzó toda mi espina dorsal. Sasuke lo notó y me miró con detenimiento. Acto seguido, retiró el brazo de debajo de mi cuello y se sentó sobre la cama. Se quitó el colgante.
–Pruébatelo –lo dejó pendiendo de su mano frente a mí.
–¿Cómo? –no entendía por qué me pedía eso.
–Quiero vértelo puesto.
Un poco dudosa, me incorporé y alargué el cuello para que me lo pusiera. Las dos placas plateadas chocaron al caer entre mis pechos.
–Ahora es tuyo.
Alcé la mirada hacia Sasuke, anonadada.
–Pero cuídamelo bien, ¿eh? –pese al tono guasón, habló en serio–. Creo que ahora sí he superado el regalo que te hice por tu cumpleaños.
–¿Qué? Pero... esto es un buen recuerdo para ti, ¿no?
–Precisamente por eso quiero que te lo quedes –Sasuke mantuvo una mirada serena, seguro de lo que hacía–. Si ese buen recuerdo está sobre ti, me quedaré más tranquilo. Significa que estará siempre a salvo.
No supe cómo responderle, ni siquiera tuve claro cómo correspondería a aquel gesto. Solo sabía que estaba a punto de morirme de la felicidad. Casi como si me estuviese declarando la única a la que podía confiarle algo. Aquello de lo que mi padre me había hablado de pequeña. Aquello que solo puedes encontrar en algunas personas.
Su hogar.
[1] Expresión japonesa que literalmente quiere decir: «Estoy a tu cargo». Se suele emplear al presentarse, cuando alguien va a formar parte de algo nuevo, como una empresa o un club escolar, o cuando va a hospedarse en una casa ajena. Es una muestra de agradecimiento al prójimo, que refleja un vínculo que se espera se establezca entre ambos durante un tiempo determinado.
