NOTAS DE AUTOR

Bueno, obviamente tengo que permitiros todas las veces que me habréis matado mental o virtualmente después de esta larguísima espera. De verdad, LO SIENTO DE CORAZÓN.

Este último mes me han ocurrido tantas cosas en mi vida que no tenía tiempo ni para escribir, así como tampoco me venía la inspiración, aun cuando sabía cómo quería continuar el capítulo.

Como recompensa (y espero de verdad que me perdonéis), os he dejado un capítulo largo, aunque algo soft porque no van a acontecer tantos "dramatismos" como estáis acostumbrados. Y creo que me agradeceréis para que os preparéis mentalmente para lo que toca después de esto.

Ojalá lo disfrutéis muchísimo y de nuevo pido perdón por haberme atrasado tanto. No prometo que pueda subir tan seguido como en verano, más que nada por lo liada que estoy en mi vida, pero intentaré ser siempre rápida. No os voy a olvidar, creedme.

Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.

Sin más, ¡A DISFRUTAR!


30. CUMBRE

SASUKE

Me he hecho la misma pregunta muchas veces. Quizás las cosas podrían haber salido diferentes si yo hubiese actuado de otra forma. Quizás habría sido un poco más fácil si lo peor que podía pasar hubiese sido lo más predecible, aun cuando entonces me hubiera parecido una pesadilla. Ahora lo pienso con detenimiento...

¿Habría terminado todo igual si las circunstancias hubieran sido distintas?

Hago esta reflexión porque recuerdo junio de aquel año como el punto de inflexión entre el inicio de mi felicidad y el preludio de mi desastre. Supongo que no es un pensamiento alentador. Bueno, pocas cosas lo eran para mí. Tal vez me equivoqué más veces de las que puedo contar con una mano. Sinceramente, no sé hasta qué punto hay un destino, un sino, una fatalidad, o como quiera llamarse, pero todavía tengo la sensación de que hay muchas cosas que de verdad podemos cambiar. Yo debí haber cambiado las mías a tiempo...

Aunque me toca empezar por el principio.

Aquel último fin de semana de junio el instituto organizó para todo el Bachillerato una excursión a Hakone, un pueblo casi en las faldas del Monte Fuji. Nos quedaríamos a dormir en el Santuario de Hakone-jinja la noche del viernes y el resto del fin de semana en un ryokan[1]. Era algo así como un viaje anticipado de fin de curso, donde se nos regalaba un poco de paz antes de la gran tortura que nos esperaba aquel último año. Todos estaban de los nervios por los exámenes de acceso a la universidad.

Incluida Sakura.

–¿Te escaparás con Sakura-chan esta noche? Si quieres, yo puedo cubriros, teme –recuerdo que me preguntó Naruto en el autobús de camino a Hakone.

–¿Escaparnos? ¿Para qué?

–Bueno, ya sabes, para tener un poco de intimidad... Te pediré que me cubras a mí el sábado. Darme un baño de aguas termales por la noche con Hinata-chan tiene que ser una gozada.

Su cara de pervertido gilipollas solo me había hecho más repugnante aquella sugerencia.

–Olvídalo –sentencié tajante–. Si quieres mojar el churro con tu novia, búscate a otro que te cubra, y deja de ser tan interesado jugando a la cadena de favores.

Chasqueó la lengua, ofendido.

–¡No estoy siendo interesado, teme! Lo digo también por ti. Sé que vas a querer pasar al menos una noche memorable con Sakura-chan en este viaje. ¿Por qué no aprovecharla?

No quise darle una respuesta, ansiando que se diese por vencido con aquel tema. Naruto no tenía por qué conocer cada detalle de mi relación con Sakura; de hecho, prefería que no se enterara de lo que había ocurrido a principios de mes.

No habíamos vuelto a acostarnos desde que lo hiciéramos por primera vez en mi casa. De primeras, llegué a plantearme si aquella noche había asustado a Sakura; sin embargo, descarté enseguida esa opción. La peli-rosa era lenta para decidirse sobre ciertas cosas, pero una vez se decantaba por algo ya no había quien la cambiara de opinión. La verdadera razón era que aquel mes había estado muy ocupada con el trabajo. Más de una vez había hecho turnos extra, incluidos cierres, aun cuando todavía le incomodaran desde lo que había pasado el anterior octubre. Además, estaba un poco atacada con los estudios.

Igualmente, respetaba que priorizara otras cosas. No podía pedirle más. Las japonesas nunca han sido demasiado entregadas en ese aspecto, al menos no a esas edades. Y aunque Sakura tuviera raíces occidentales, la realidad era que se había criado en la misma sociedad que yo.

Creo que mi dilema era otro, simplemente. Aparte de estar que arañaba las paredes por hacerlo con Sakura, había otro asunto que me inquietaba.

En mi visión habían emergido más manchas.

No entendía por qué estaba yendo tan deprisa. Si era lo que sospechaba, resultaba extraño. Quedarse ciego por retinosis pigmentaria conlleva un proceso lento, o al menos era eso lo que recordaba que le había sucedido a mi madre. Había albergado la esperanza de que incluso, al tener aún dieciséis años, la enfermedad se refrenara.

Aquella alarma eclipsaba casi por completo mi necesidad de sexo con Sakura. Sin embargo, cuando alcé la mirada y busqué su cabellera rosácea entre los asientos delanteros, me costó resistir el deseo de levantarme y arrebatarle un beso en medio de todo el autobús escolar. Me habría dado igual. En realidad, no lo hice porque sabía que se escandalizaría y que me llevaría una buena leche.

Decidí esperar a que llegáramos a Hakone para hablar con ella. Mientras nos adentrábamos en el pueblo, me deslicé entre el grupo buscando a Sakura. Una vez la localicé, aguardé hasta que finalizó su conversación con Hinata y entonces la agarré de la muñeca, ralentizando nuestros pasos para quedarnos más atrás.

–¿Te escapas conmigo esta noche?

No tuve muchos miramientos para soltárselo, por lo que ella me miró muy sorprendida.

–¿Escaparnos? –repitió como si se tratara de una pregunta trampa–. Esta noche dormimos en el santuario, ¿no?

–Sí, y desde allí podemos llegar fácilmente al bosque. Es perfecto para pasar una noche inolvidable –arqueé una ceja de forma insinuante.

Su rostro pecoso se tiñó de color granate.

–Sasuke... –se mordió el labio inferior y noté como si respirara forzosamente, tensa–, mejor no hagamos estupideces, ¿vale? Estaremos en un santuario; escaparnos sería irrespetuoso y grosero. Además, quiero aprovechar para estudiar. Por culpa del trabajo, estoy yendo un poco atrasada con las asignaturas.

Recalco que Sakura era una de esos estudiantes agobiados.

Puse los ojos en blanco.

–Cálmate, todavía faltan dos semanas para que empiecen los exámenes.

Me miró ceñuda.

–Claro, para ti es fácil: ya eres el primero de los mejores estudiantes.

–Tú eres la segunda, ¿y qué?

Entornó los ojos como si creyera que había querido atacarla con mi inocente comentario.

–Mira, Sasuke –no utilizó el –kun porque estaba realmente molesta–, yo tengo un objetivo muy claro y tengo que enfocarme en él. Estamos en el último curso, si cometo siquiera un error, ese objetivo se irá al traste. Por favor, no me obstaculices.

Le solté la muñeca de inmediato, como si su piel de pronto quemara. Me jodieron bastante –más de lo que quiero admitir– esas últimas palabras: «no me obstaculices».

Los ojos de Sakura se abrieron mucho, como si de pronto fuera consciente de lo que había dicho, pero yo me adelanté.

–Está bien. No te molestaré en todo el viaje. Hasta luego.

No la miré, aun cuando percibí que hacía ademán de detenerme, y regresé con el resto del grupo. Supongo que, en realidad, sabía que tenía razón. No podía negársela; Sakura podía permitirse el lujo de estudiar en el Konohagakure gracias a su media académica. Tenía un sueño...

... pero a veces yo veía demasiado lejos el mío.


El día transcurrió entretenido, como se esperaba que fuese. Visitamos el Parque Imperial, seguido de la Villa Imperial. Después de comer, subimos a un teleférico para llegar a Owakudani, una zona famosa por una erupción que tuvo lugar hace unos tres mil años y que goza de varios fenómenos volcánicos. Uno de ellos son los vapores sulfurosos que emanan del suelo.

Nos habían dejado solos durante una media hora para explorar la zona y probar los famosos huevos negros de Hakone, que se cocinan en las aguas termales de aquella parte de la montaña. Owakudani me pareció fría, y no solo porque tuvimos que subir hasta allí con el chaquetón. Su vegetación era mustia, seca, con árboles pequeños y parduscos, y retazos de nieve que persistían incluso al inicio de ese verano. Aun así, había una gran belleza en ella.

Ascendí por uno de sus senderos vallados, con el suelo de roca volcánica y las aguas termales rezumando vapor, calidez, tranquilidad a ambos lados. Miré hacia atrás y en ese momento me convertí en testigo de la imagen de una Japón inimaginable. Una Japón que en ocasiones olvidábamos que existía; el rastro de un imperio que siempre armonizó con la naturaleza. Por más máquinas o invenciones que pusiera el hombre en medio, esa naturaleza siempre se alzaría por encima de nosotros. No podía evitar sentir orgullo de mi cultura, al comprobar que nuestras huellas no intentaron pisotear nunca la tierra.

Aquella imagen, medio interrumpida por las manchas oscuras de mi visión, hizo que deseara tener a Sakura a mi lado. A pesar de lo entretenido que estaba siendo el día, lo cierto es que no lo disfruté como me habría gustado. Ella y yo no habíamos vuelto a cruzar palabra.

La busqué entre los grupos de estudiantes que había cerca de mí, pero hacía rato que la había perdido de vista. El humo que me rodeaba ocultaba parte del camino que había dejado atrás.

Sin embargo, entre aquellos jirones vaporosos, detecté unos ojos que me miraban con atención. Sus lentillas verdes no brillaron hasta que su rostro se despejó por completo, enmarcado en aquella melena castaña clara. Aquella tipa me hacía recordar siempre el uniforme embarrado de Sakura en febrero. Al ver cómo se acercaba a mí, le di inmediatamente la espalda.

–Sasuke-kun, espera –dijo, reteniéndome por el hombro–. Quería disculparme.

Giré la cabeza para mirar a Saya. Arqueé una ceja.

–Tus disculpas deberían ser para Sakura, no para mí.

–Lo sé, pero ella no quiere aceptarlas.

–Te jodes –intenté volverme otra vez, pero ella tironeó de mi brazo–. ¿Qué quieres? Conmigo no va el tema.

–Es que... –compuso una expresión de timidez– hoy hace un año que... Bueno, no sé si te acuerdas.

No me acordaba. Supuse que me la había tirado en algún momento, pero ni lagunas tenía de ese recuerdo. Igualmente, no me preocupaba mucho corroborarlo.

–¿Qué pasa con eso? –inquirí, sin entender a dónde quería ir.

–Bueno, sé que estás con tu novia y que no quieres saber nada de mí desde que lo que pasó en San Valentín, pero querría invitarte a una pequeña escapada que vamos a hacer esta noche. Kyoji se trajo el otro día una botella de ginebra de Inglaterra. Iremos al bosque. Vienen Gaara y Neji también, del Club de Kárate.

Entorné los ojos.

No era muy agradable escuchar esos dos nombres juntos en la misma situación, mucho menos desde lo que habíamos descubierto meses atrás.

Sakura me había contado que Hiashi Hyûga había querido llevar a su sobrino a un internado, aunque habían acabado dándole otra oportunidad y ayudándole con un psicólogo. No debía ser muy buen especialista, cuando Neji seguía juntándose con Gaara.

–¿A qué hora haréis eso?

Las ojos de Saya centellearon por debajo de las lentillas.

–Nos reuniremos en la linde del bosque sobre las doce –me explicó.

–Bueno, ya veré si voy.

Decidí no dar ni una sola explicación más, y me alejé finalmente. Debía evitar a toda costa que Sakura se enterara de aquella escapada, más aún sabiendo quiénes estarían allí. Hinata tampoco debía saberlo.


SAKURA

Me había pasado con él por enésima vez. Decirle a tu pareja que es un obstáculo para alcanzar tus metas debe ser motivo de destierro o incluso de abandono. Pero últimamente nada me salía bien, o eso era lo que sentía por aquella época.

Por más que hacía, la vida parecía estar poniéndose en mi contra.

La semana después de que Sasuke y yo hiciéramos el amor por primera vez, había experimentado un dolor agudo en la entrepierna. Me había inquietado mucho, aunque sabía que no se había tratado de una infección; más bien, habían sido como agujetas. Claramente, las ganas de sexo habían quedado relevadas por esa molestia a la semana siguiente.

Al poco, había echado un vistazo a mis ahorros y me había dado cuenta de que los últimos meses me había dormido un poco en los laureles. Para entrar en la Universidad médica de Tokio no solo necesitaba una carta de recomendación, sino que también dinero. De modo que había pedido hacer turnos extra en la cafetería para aumentar mis ingresos. Pero, al llegar a casa, aun cuando había intentado una y mil veces ponerme con mis deberes y el estudio, a menudo me había quedado dormida en el escritorio.

Así, prácticamente todos los días. En las últimas semanas Sasuke y yo nos habíamos visto a intervalos, y apenas habíamos intercambiado mensajes de texto.

Por ello, cuando nos anunciaron la excursión a Hakone sentí inmediatamente que era nuestro momento para estar juntos. Sin embargo, los exámenes, ya a la vuelta de la esquina, me desesperaban tanto que solo podía pensar en el verano; en lo libre que me quedaría durante ese tiempo para disfrutar con Sasuke.

Supongo que el agobio y ese ansia por algo que aún quedaba en el futuro provocaron que, al proponerme escaparnos, algo en mí estallara y soltara la primera tontería que se me había venido a la cabeza. Deseaba con todas mis fuerzas alcanzar mi sueño, y también deseaba conservar a Sasuke a mi lado.

En ocasiones parecían cosas incompatibles.

Pero cuando cayó aquella noche del viernes, me obligué a alejar ese pensamiento de mí.

Al llegar el Santuario de Hakone-jinja, estaba completamente reventada. Nos duchamos en baños compartidos y nos vestimos con unos kimonos de algodón que nos habían prestado. Luego, realizamos algunas plegarias junto a los monjes del templo en una ceremonia religiosa especial, aunque fue corta. Al día siguiente, muy temprano, teníamos que levantarnos para rezar una vez más antes de partir, por lo que no tardamos en irnos a dormir.

Nunca recuerdo en qué momento de la noche ni a qué hora caí rendida entre los brazos de Morfeo, pero tuve una pesadilla y me desperté de pronto. Tampoco recuerdo la pesadilla, pero sí la sensación sofocante de que algo malo estaba pasando a mi alrededor. Era una noche muy fría, casi no parecía verano.

Me incorporé y di un rodeo con la mirada. De entre todas las chicas que había en la habitación donde me asignaron solo reconocí a Karin. No era alguien que hubiera elegido como compañera de dormitorio, pero era mejor que tener a alguna de las tenistas mentirosas cerca.

Todo el mundo dormitaba en aquel cuarto, salvo ella. Permanecía sentada contra la pared de la ventana, envuelta en las sábanas de su futón. La luz de su portátil le iluminaba la cara, pronunciando sus rasgos afilados; se oía el repiqueteo de sus dedos tabaleando por el teclado.

A los pocos segundos, alzó la mirada hacia mí, interrumpiendo toda su concentración.

–¿Estás hiperventilando?

Su pregunta hizo que me percatara por primera vez de mi ritmo respiratorio. Inspiré hondo, y una gota de sudor recorrió el ángulo de mi cara.

–He tenido una pesadilla –respondí forzosamente.

Aunque yo ya había desviado la mirada, noté los ojos de Karin sobre mí.

–Pensaba que ibas a salir con Sasuke –dijo de repente.

El corazón me dio un vuelco. Encontré entonces el sentido a la mala noche que estaba pasando. Solo tenía pesadillas por dos motivos: cenar demasiado o tener algún asunto sin resolver.

Al volverme de nuevo hacia Karin, creo que mis ojos reflejaron toda mi incertidumbre.

–No me mires así –repuso incómoda–. Si te estás arrepintiendo de no haberte ido con él, vas tarde. Hace como una hora que debe haberse ido.

–¿Irse a dónde? –no tenía ni idea de a qué se refería.

–Ya sabes, con el grupo ese. Creo que van algunas chicas del Club de Tenis; por eso pensaba que tú también te unirías. No me imaginaba que fueras a dejarle tan a sus anchas con esas.

Abrí tanto los ojos que casi se me secaron. Fue inevitable recordar lo que había visto aquella mañana en Owakudani, desde la distancia. Abriéndose entre vapores sulfurosos, en lo alto de la cuesta, la imagen de Sasuke charlando con la líder del Club de Tenis rebotó en mi mente.

Sabía que tenía que confiar en él. Sabía que no debía suponer que se llevaba bien con una persona que me había hecho daño. Sabía que no debía pensar mal de ello, sobre todo, cuando él había terminado dándole la espalda a esa chica. Probablemente, había sido ella la que se le había acercado.

Y me había odiado a mí misma por haberme inquietado. Me había odiado a mí misma por replantearme la venenosa idea de que me estuviera engañando. Me había odiado a mí misma por verle como alguien desleal.

Sin embargo, ahora que escuchaba a la pelirroja, una intensa sensación de alarma me oprimió el estómago.

–Yo no sé nada de eso –solté.

Karin me miró anonadada. Se quedó muda unos segundos, como si se hubiese dado cuenta de que había contado algo que no debía. Me asusté.

–¿Dónde están? –exigí saber.

Ella vaciló.

–En realidad, no sé dónde..., pero no creo que hayan hecho gran cosa. Oí algo sobre una botella de ginebra y el bosque... Tal vez Sasuke no ha salido –noté que intentaba cubrirle.

Sin mediar más palabra, salí de mi futón y me encaminé a la puerta.

–¿A dónde vas, Sakura? ¡Los profesores están vigilando ahí fuera! Si te pillan, te mandarán de vuelta a casa y te abrirán el expediente.

Con aquellas últimas palabras, mis piernas se paralizaron. Tenía la mano agarrada a la hendidura de la puerta para abrirla: quieta y temerosa. Abrirme el expediente podía asemejarse a la sensación que me había dejado aquella pesadilla. Quizás era la razón por la que la había soñado.

Pero sabía que no podía dejar las cosas así. No podía anteponer siempre mis sueños o mi media académica a mi relación con Sasuke. Había estado enamorada de él desde pequeña, y ahora que al fin le tenía a mi lado, como una tonta, parecía como si me gustara provocar la posibilidad de que se alejara de mí.

Todavía era muy joven.

–Solo voy a echar un vistazo en su habitación. Si entra algún profesor y pregunta por mí, por favor... –odiaba tener que pedirle eso a Karin–, te recompensaré si no me descubres.

No dijo nada, y me pregunté si me habría escuchado. No sentí que hiciera ningún movimiento tampoco, pero no esperé más.

Abrí la puerta y silenciosamente me adentré en la oscuridad del pasillo. Durante todo el camino a la habitación de Sasuke, procuré ser lo menos ruidosa posible. De vez en cuando mis pasos activaban crujidos en la madera añeja del suelo, o escuchaba murmullos de voces que me parecían familiares.

Tuve que recorrerme varios pasillos y ocultarme entre las sombras para que ni los monjes que deambulaban aún despiertos ni los profesores me detectaran. No comprendía quién había tenido la descabellada idea de salir esa noche, cuando claramente la situación era complicada, por lo que me apoyé en la esperanza de que no hubieran tenido éxito.

Tenía que confiar en Sasuke. Tenía que pensar que él nunca me haría daño. Tenía que creer que él jamás se divertiría con otra estando conmigo. Tenía que recordar que él me había esperado todo ese tiempo; que el sexo no sería algo que le nublaría la mente hasta ese punto; que no elegiría a una mujer que me había dañado en el pasado; que él no era esa clase de persona.

Aquella noche alcancé la habitación de Sasuke sin ser descubierta. Y de haberlo querido, si hubiese abierto su puerta en aquel momento, habría comprobado que él no estaba allí dentro. Y si me hubiese dado media vuelta rápidamente, es probable que no hubiera descubierto nunca la verdad. Y si no me hubiese escondido en la esquina que cortaba el pasillo, no le habría visto llegar.

Y si no le hubiese visto llegar...


SASUKE

Lo había supuesto.

Aquella escapada tenía como finalidad una fiesta improvisada para emborracharse, hacer el capullo y meterse alguna que otra mierda en el cuerpo. ¿Por qué no? Éramos ricos, hijos de grandes magnates del panorama nacional. ¿Quién podía negarnos el derecho a hacer lo que nos diera la gana?

Creo que todo eso era lo que pensaba aquel cúmulo de gilipollas en ese momento. Obviamente, mi intención nunca fue quedarme.

En realidad, al principio no había tenido muy claro por qué había asistido. Neji me la debía sudar y bien sudada, pero creo que haber hablado con Naruto me había afectado.

–Hinata-chan está bastante mal por culpa de su primo. Si se sigue metiendo esas cosas, tarde o temprano ocurrirá algo irreparable. Odio verla así por las gilipolleces de ese tío –me había revelado el imbécil rubio, antes de que llegáramos al santuario.

Si hubiese escuchado aquella historia en otra época, no me habría importado una mierda. Para nada.

Pero desde que conocía a Sakura, como siempre, todo era diferente.

Hinata había sido la primera en descubrir mis sentimientos por la peli-rosa, incluso cuando ni yo mismo los había entendido. Y había guardado silencio y no la había alejado de mí, aun cuando quizás eso hubiera sido lo más lógico. De alguna manera, la Hyûga había confiado en mí; había puesto ciegamente la mano en el fuego por mi relación con Sakura. Sentía que se lo debía, incluso cuando eso significaba sacar de problemas al capullo de su primo.

De modo que, en el instante en que detecté a Neji fumando una especie de cigarrillo muy oscuro que Gaara le había ofrecido, comprendí que había hecho lo correcto viniendo.

–Sasuke-kun, en serio, ¿por qué no dejas a esa novia tuya? –Saya se me había echado encima, tal como había imaginado–. Es rara. No está a tu altura.

Aquella chica me repugnó a un nivel incalculable; debía haber sido hasta una mierda en la cama, si ni siquiera recordaba habérmela follado. Pero me repugnaba aún más la imagen que estaba contemplando a solo unos metros de mí.

Gaara de protagonista, en el centro de un coro de chavales que le miraban ávidos de fumar aquellos porros. Pasó uno a varios después de Neji, y empezó a liar otro, colocando unas hierbas oscuras en el centro. Al menos me alegraba de que esa chica tan callada que siempre los había acompañado, Matsuri, no estuviera allí.

Aunque fuera un hijo de puta, nunca habría imaginado que el gnomo pelirrojo se convertiría en una especie de camello para los niños de buena cuna.

–Oye, Sasuke-kun, escúchame –Saya protestó como una niña, desprendiendo un fuerte olor a alcohol sobre mí. Se había colgado de mi cuello.

Vi en ese preciso instante a Neji dando otra larga calada, meneando la cabeza de una forma extraña y cayéndose de culo al suelo, como aturdido. Decidí que había llegado el momento de intervenir. Solté las insistentes manos de Saya de mi nuca y me encaminé hacia aquel grupito de mongolos.

Neji se mantenía alelado, sentado contra un árbol. Me agaché frente a él y un fuerte tufo, similar al de un perro mojado, me atizó la nariz. Le alcé el mentón para comprobar cómo reaccionaría, pero su mirada estaba perdida en la lejanía de su cerebro. Mezclar ginebra con porros no es muy recomendable si quieres permanecer cuerdo.

Le pasé un brazo por encima de mis hombros.

–¡Eh, capullo! ¿Qué haces? –me había esperado que Gaara me hablara con esa indignación.

Aunque reconozco que sentí ansias de aplastarle la cabeza, no le respondí y me limité a avanzar con Neji en dirección al templo.

–¡Te estoy hablando, so mierda! ¿A dónde coño te llevas a Neji? –la voz del gnomo pelirrojo sonó desgarrada.

Le volví a ignorar, por lo que me cortó el paso y me dio un empujón. Por fortuna, me lo había visto venir, así que no me movió; igualmente, me infló las aletas de la nariz. Estaba empezando a tocarme la polla.

–¿Qué quieres: volver al templo? Vuélvete tu, pero a Neji lo dejas aquí –insistió.

Arqueé una ceja. Hice el gesto de que el Hyûga me susurraba algo al oído, y volví a mirar a Gaara con desafío.

–Al parecer, se quiere volver él también. Está hasta los cojones de aguantarte a ti y a tus droguitas –repliqué.

El rostro del enano tatuado se puso colorado de rabia, con los ojos inyectados en sangre. Si las drogas hacían que Neji se adormeciera, a Gaara le encendían aún más la ira que tenía por dentro.

Sus manos se lanzaron hacia el cuerpo del Hyûga, intentando alejarlo de mí.

–¡No! ¡A Neji no te lo llevas! ¡Neji es mío, joder! ¡Tú ya lo tienes todo! ¡Vuélvete con la puta de tu novia!

En aquellas frases comprendí súbitamente muchas cosas. Eran las palabras de un anhelo que nunca me habría esperado del gnomo pelirrojo. La confesión de algo que inmediatamente me hizo recordar al chico del hospital donde Sakura ejercía de voluntaria; aquel muchacho del lunar en la frente que me había hablado abiertamente de su homosexualidad, pese a la amenaza que me había hecho si le hacía daño a ella.

Neji es mío.

De pronto todas las piezas encajaban. Pero supongo que no me replanteé la importancia de esa frase hasta después.

¡Vuélvete con la puta de tu novia!

Sí, esa fue la que recalqué en mi cerebro, desbordando mi paciencia.

No me lo pensé dos veces. Solté a Neji y agarré automáticamente el brazo de Gaara, empujándole el codo hacia abajo. Ante el dolor de la luxación, se inclinó un poco y aproveché entonces para darle un rodillazo en el estómago. Fue un golpe que le atesté gustosamente, con todas mis fuerzas. Se quedó sin aliento y escupió un poco de sangre; luego, cayó de espaldas al suelo. Si le había roto algún vaso, lo cierto es que no me preocupaba en absoluto. Esperaba que algo así le abstuviera la próxima vez de utilizar «puta» en referencia a Sakura.

Por supuesto, todo el grupo se escandalizó. Mientras acudían a ayudar a Gaara, me puse a levantar a Neji del suelo. Estaba tan ido que ni siquiera había sido consciente de la pelea entre su amigo y yo. Me pregunté si era marihuana lo único que había consumido aquella noche.

Cuando quise reemprender el camino de vuelta al santuario, surgió otro pequeño impedimento.

–No me imaginaba que fueras una bestia, Sasuke –Saya sostuvo un nítido tono de decepción, a pesar de que estaba bastante borracha–. ¿Cómo puedes haber golpeado a tu kôhai?

–Eso mismo deberías haberte preguntado tú cuando no dejabas a Sakura en paz –contraataqué.

Saya chasqueó la lengua.

–No entiendo nada... ¡Tú y yo nos conocimos antes! Aunque sea tu novia, ¿por qué puñetas te tomas lo que se le haga a ella como si te lo hicieran a ti?

Me volví para mirarla con seriedad.

–Porque ella es mi hogar.

No me salió decir nada mejor, aun cuando supe que había sonado estúpido. Ya no me importaba. Años atrás, habría sido un inmenso problema para mi ego, pero en aquel momento me preocupaba poco la imagen que pudieran crearse de mí al soltar palabras así.

Por Sakura me daba igual.

Contraria a la reacción que había esperado, Saya no replicó. Se limitó a mirarme como si acabara de clavarle una aguja en el corazón.

–¿Hogar? –escuché de pronto la voz de Neji.

Lo miré por el rabillo del ojo. Parecía haber estado atento a la conversación que había mantenido con la tenista. También había esperado que, ante su repentino momento de lucidez, intentara deshacerse de mi contacto; sin embargo, permaneció colgado de mis hombros, con los ojos entreabiertos como si reflexionara profundamente sobre el significado de la palabra «hogar».

No te das cuenta de que tú le estás dando la espalda al tuyo.

Cansado de aquel día, decidí retomar de una vez por todas mi propósito de regresar al templo con Neji. Perdí de vista a aquel grupo de prófugos entre la sombra de los árboles, preguntándome si su intención era quedarse allí toda la noche. Cuanto más tiempo pasaran lejos de sus dormitorios, más riesgo habría de que fueran descubiertos.

Pero no era mi problema.

La ventaja de haberme llevado a Neji conmigo fue que ambos teníamos asignada la misma habitación. Con él colgando de mí, me fue un poco complicado eludir a los profesores que se paseaban de un lado para otro por los pasillos, pero al final lo logré. No fue hasta que abrí la puerta del dormitorio, cuando experimenté una extraña sensación, como si me estuvieran observando.

Al principio, creí que se trataba de un profesor, por lo que observé con ansias la penumbra que se cernía al doblar la esquina. Aquella noche había luna llena y su luz permitía vislumbrar todas y cada una de las sombras que imperaban en el pasillo. Reconocí una de ellas moviéndose y entonces detecté un color. Incluso en la oscuridad, aquellos cabellos centelleaban como las turmalinas rosas incrustadas en las minas.

Solté a Neji, que cayó de bruces al suelo, y salí corriendo hacia aquella esquina. Al doblarla no encontré a nadie. Busqué desesperadamente en la distancia, pero la negrura que embargaba el templo era tan profunda que no pude identificar nada.

Dándome por vencido, regresé a mi dormitorio y arrastré a Neji hasta su futón. Tenía la esperanza de que lo que acababa de ver formara parte de mi imaginación. Me inquietaba la idea de que Sakura hubiera salido esa noche de su habitación para buscarme. Me inquietaba que se hubiese enterado de mi escapada junto a la gente con la que la había hecho. Y más que nunca me inquietaba no habérmela encontrado ni siquiera esa vez.


A la mañana siguiente, me enteré de que habían expulsado de la excursión a todos los que se habían escapado por la noche. Salvo Karin –que me había pillado saliendo del dormitorio–, nadie sabía que yo había estado allí también durante las primeras horas; nuestros compañeros de cuarto tampoco se habían percatado de la ausencia de Neji. Por ello, aun cuando las tenistas y los otros nos acusaron a voces, nadie les creyó. Karin claramente no me delataría. Y Gaara ni siquiera lo intentó, seguramente por su rechazo a mencionar la paliza que le había dado.

Después de rezar con los monjes y desayunar en el templo, retomamos los planes de la excursión. Nuestros auténticos equipajes llevaban desde la noche anterior en el ryokan donde descansaríamos más tarde, por lo que apenas llevaba una muda de ropa, dinero y mi documentación en la mochila. No fueron caminos pesados..., a excepción de mi deseo de hablar con Sakura sobre la noche anterior.

Me pasé toda la mañana intentando acercarme a ella, pero parecía bastante entretenida con Ino, Hinata y Tenten, además de que había demasiada gente a nuestro alrededor como para sacar el tema. Montados en el barco pirata que navegaba por el lago Ashi, fue aún más difícil. Luego, cuando los profesores nos dejaron tiempo libre para ir a comer, Kiba, Naruto y los otros tiraron de mí, de forma que volví a perder otra oportunidad.

Sin embargo, por la tarde, de camino a la antigua ruta Tokaido la situación cambió. Iba acompañado del idiota rubio, detrás de casi todos los alumnos, cuando vimos corriendo hacia nosotros a Ino y a Hinata. La rubia se apoyó en sus rodillas, acelerada como si acabara de huir de un incendio.

–Por favor..., decidnos que habéis visto... a Sakura –dijo entrecortadamente.

Entrecerré los ojos.

–¿A qué te refieres?

Los ojos perlados de Hinata parecieron encogerse en una expresión de angustia.

–Dijo que tenía que ir al cuarto de baño, así que la esperamos fuera de un izakaya. No la vimos salir en ningún momento, y pensamos que se habría adelantado al grupo. Pero no la encontramos –explicó rápidamente la Hyûga.

Se me puso el corazón en la garganta. Automáticamente, eché a correr hacia donde se encontraba el resto del grupo. Tenía que comprobar que lo que decían era cierto, por lo que anduve un buen rato moviéndome entre todos los estudiantes y asomándome a algunas tiendas de la zona.

Tuve un repentino pálpito al reconocer la melena rojiza de Karin.

–¿Has visto a Sakura?

El ímpetu con el que se lo pregunté la sobresaltó.

–No la he visto desde el desayuno.

–¿Le has oído decir algo sobre marcharse? –insistí.

Karin reflexionó.

–Aunque no dijo nada, antes del desayuno la vi metiendo muchas cosas en su mochila. Me extrañó que no dejara todo eso en la maleta que ha mandado al ryokan.

–¿Qué clase de cosas eran?

–Bueno, llevaba una toalla, vendas, medicinas... ¿Suele llevarse todo eso por ahí?

Entré en pánico. Inmediatamente pensé en los cabellos rosáceos que había vislumbrado aquella noche, en la esquina que doblaba el pasillo donde había estado mi habitación. ¿Acaso pretendía abandonar?

Me acerqué tanto a Karin que percibí su piel erizándose. Casi pude sentir su nerviosismo al agarrarla por los brazos y detenerla.

–¿Le contaste algo? –procuré hablar en voz baja para que nadie nos escuchara–. Dime, ¿se enteró de que salí?

Los ojos caramelo de Karin titilaron a través de sus gafas. Guardó silencio, pero a mí no me hizo falta nada más para entenderlo. Resoplé pesadamente.

–Perdóname, debí ser más cuidadosa –tan pronto la solté, empezó a arrepentirse.

–Es igual, no es problema tuyo –me limité a contestarle.

Me alejé de ella, a pesar de su mirada abatida, y regresé sobre mis pasos. Naruto, Ino y Hinata me alcanzaron enseguida.

–¿Y bien? ¿La has encontrado? –quiso saber el idiota rubio.

Me abstuve de explicar que Karin sabía que yo había sido uno de los que se habían escapado la noche anterior. Confesar que lo había hecho derivaría en delatar también a Neji, y Hinata estaba presente. Era ella la que no debía enterarse de lo que había estado haciendo su primo aquella noche.

Naruto frunció el ceño ante mi silencio, y miró a las chicas.

–¿Habéis intentado llamar a Sakura-chan?

Y de pronto fue como si en mi cerebro se iluminara una bombilla. ¡Claro, llamarla! ¿Cómo coño no se me había ocurrido desde el principio?

Fue entonces cuando, al encender la pantalla del móvil, encontré un mensaje.

Sakura: Llega hasta el primer torii[2] del Daitengusan de Sukumogawa y adéntrate en el bosque siguiendo el camino de farolillos rojos, hasta que escuches el riachuelo. No se lo digas a los profesores y pídele a Naruto y a Hinata que nos cubran. Nos vemos allí.


SAKURA

El corazón me latía tan deprisa, que sentía que me pondría enferma del calor que me recorría cada tramo del cuerpo. Me carcomía por dentro la incertidumbre de no saber si habría visto aquel mensaje; si se habría percatado de mi ausencia; si tendría ganas siquiera de venir en mi busca, o si, por el contrario, no me haría caso y mandaría a un profesor.

Si todo salía bien, Sasuke y yo compensaríamos la frialdad de todas aquellas semanas.

Me sentía estúpida. Todo aquel tiempo había antepuesto mis estudios y mi trabajo a mi relación con él, sin pensar en que aquello ni siquiera me hacía feliz. Más bien, me amargaba sentirle tan lejos, marcar una distancia que no nos correspondía, centrarme aún en miedos que me había prometido disipar. ¿Qué razón tenía para no creer en él? Desde lo que había visto aquella noche, me había quedado claro.

Siempre habría una razón por la que Sasuke se comportaba de la manera en que se comportaba.

El único comportamiento que no tenía sentido era el mío. Nadie tiene la obligación de quedarse a tu lado ni de concederte tiempo de su vida, y Sasuke siempre lo hacía por mí. Estaba bien ser responsable con mi vida laboral y académica, pero también debía serlo con mi relación. No podía seguir luchando contra mis propios deseos. En este mundo a las mujeres siempre nos dicen que no debemos mostrar nuestros impulsos más salvajes; que es indecente que una chica piense en la carne como lo hace un chico.

Pero yo sentía que no era malo desear a Sasuke de esa forma, así como todas las demás posibles.

Anduve en aquella zona del bosque, junto al riachuelo, durante algunos minutos. En realidad, había deducido que no me encontraría por lo menos hasta dos horas después, pero con él nunca se me daba bien calcular el tiempo.

Sasuke apareció veinte minutos antes de lo previsto, con el inicio del ocaso asomando tenuemente entre algunas copas de los árboles.

Al verme, soltó un largo suspiro.

–Joder..., ¿estás loca? –jadeó.

Le examiné detenidamente de arriba abajo. Estaba hecho un desastre, con el pelo enmarañado cubierto de hojas y una capa de sudor en la frente y el cuello, producto del esfuerzo y de la propia humedad del bosque. Lo que me preocupó fueron las heridas que detecté en sus mejillas y sus manos. Abrí mi mochila para sacar medicinas.

–Sabes que nos puede caer una buena si nos descubren, ¿no? Estaría en peligro tu oportunidad de seguir en el instituto –recalcó.

Me mordí el labio inferior, consciente de que decía la verdad. Sin embargo, me recordé a mí misma que ese día no pensaría en mis estudios.

Ese día era para nosotros dos.

Extraje antiséptico y tiritas, y me acerqué a él. Noté que su cuerpo se tensaba ligeramente cuando le tomé la mano. Le dirigí hasta una roca que había junto al riachuelo, mojé un trozo de algodón en el agua y se lo pasé por las heridas de la cara.

–Ayer no te hablé nada bien –admití–. No tengo una excusa, en realidad. Solo puedo decirte que estoy un poco nerviosa por el instituto en general –vertí antiséptico en otro algodón y repasé las heridas. Sasuke arrugó un poco la nariz por el escozor, pero continuó en silencio escuchándome–. Estoy más cerca que nunca de conseguir entrar en la Universidad médica de Tokio, pero creo que me estoy comportando como una estúpida. Cuando ayer insinué que me obstaculizabas, no iba nada en serio, de veras. Solté una tontería..., supongo que porque me sentí saturada.

»Estas últimas semanas me he alejado por culpa de no gestionarme bien el tiempo. En casa... bueno...

Callé porque no sabía si mencionar mis apuros económicos encajaría en aquella situación. En el fondo, seguía sonando a una excusa barata.

Mientras le colocaba las tiritas, me devané los sesos por darle más explicaciones. Pero no encontré más que la de mis inseguridades espontáneas, y eso era volver a excusarme absurdamente.

–Está bien, puedo entenderlo todo –repuso Sasuke de repente.

Sus ojos negros como el ónice me contemplaron largamente. Era como si pudiera leer dentro de mí.

–Quiero que entres en esa universidad –continuó, y mi corazón se aceleró–. No me importa si no siempre podemos pasar tiempo juntos. Ya te esfuerzas mucho a diario. Tampoco es que ese comentario de «obstaculizarte» me ofendiera; en realidad, me divierte cuando me sueltas chorradas así. Voy a tener que enseñarte a insultar como se debe.

Fruncí el ceño, pero tuve que desviar la mirada porque me estaba poniendo colorada. Aunque no le vi, me imaginaba que había esbozado esa sonrisa burlona suya.

–Anoche –su tono de voz se volvió sombrío, de pronto– me viste, ¿verdad?

Sentí un ligero escalofrío, y volví a mirarle. Quise responderle con palabras, pero el bochorno provocó que solo pudiera asentir con la cabeza.

Él resopló.

–¿Estás enfadada?

Noté que su frente se arrugaba sutilmente, como si estuviera preocupado.

–En Owakudani te vi hablando con Saya. Aunque me molestó descubrir que le dirigías la palabra, decidí que no era coherente cabrearme contigo por eso y quise confiar en ti. Pero por la noche a Karin se le escapó que habías salido con un grupo donde estaban algunas tenistas, así que me alarmé y fui a buscarte a tu habitación –empujé una uña contra la otra por el nerviosismo–. Sé que eso estuvo mal, Sasuke-kun. Perdóname. Sé que debo confiar en ti ciegamente. Me odio a mí misma cuando no lo hago.

–¡Tonta! –eso me sorprendió; estaba muy serio–. Es lógico que te preocuparas y quisieras averiguar qué había pasado. En una situación así, incluso yo me habría sentido molesto.

–Pero te escapaste por Neji, ¿a que sí? Te vi llevándole de vuelta a la habitación; parecía estar muy mal.

Enmudeció de golpe, y comprendí que había dado justo en el clavo. Llevó la mirada al riachuelo que correteaba junto a nosotros, como si estuviera distraído, aunque yo sabía que lo hacía por orgullo.

–Sí –musitó.

No me hizo falta saber más. Había entendido que aquella era la única razón por la que se había escapado aquella noche.

Le observé detenidamente. Sus largas pestañas finas ocultaban casi por completo sus pupilas, y el ángulo de su rostro de alabastro relucía ligeramente por el reflejo del agua a nuestros pies. Me resultó una imagen de él tan hermosa que casi no parecía real.

Inesperadamente, alzó la vista para mirarme.

–Bueno, ¿y qué quieres hacer ahora? Dentro de poco será de noche y aquí no hay cobertura, así que no podemos saber si nos habrán descubierto ya o no.

Di un respingo, inquieta ante la posibilidad de que me hubiera pillado mirándole fijamente; aun así, intenté centrarme en su pregunta.

–Quiero llevarte a un sitio. Ven conmigo –dije, y automáticamente agarré su mano.

Al tocar de nuevo aquella piel ligeramente rugosa, experimenté una intensa sensación de anhelo. Una que sabía que había estado reprimiendo durante todas aquellas semanas. Una sensación que me apartaría del decoro y del pudor en cuanto sucumbiera a ella. Más fuerte que nunca. Más urgente que otras veces.

Por alguna razón, acudió a mi memoria una frase que mamá me había dicho a menudo en mi infancia: «Si alguien va a mandar sobre ti, que seas tú misma o, al menos, tu corazón».


SASUKE

Empezó a llover. No era algo que me hubiera esperado que pasara porque, sinceramente, durante todo el rato que estuve con Sakura, el cielo fue en lo que menos me fijé. Era la primera vez que me encontraba en una situación como esa con ella: perdidos entre los helechos, los pinos, los abetos y las colinas colmadas de musgo de un bosque. No obstante, ella parecía muy resulta sobre el terreno que pisábamos.

Fue la lluvia lo único que nos sorprendió a medio camino, mientras subíamos una empinada y escarbada cuesta que a ratos se me antojaba un abismo. Justo al lado, teníamos una cascada, cuyo crepitar se confundía con la tormenta. Hacía rato que había anochecido.

–Entremos aquí –me indicó Sakura, señalando lo que parecía una cueva en la cima de aquella pendiente.

En cuanto nos adentramos en aquella cavidad nos sobresaltó un trueno, seguido del estrépito de un rayo que cayó a una distancia más cercana de lo que me hubiera gustado ver. Partió un árbol pequeño que se desplomó instantáneamente, soltando un quejido espeluznante hasta que tocó algún punto del suelo. La lluvia era torrencial.

Dejé escapar un resoplido.

–Esto me trae recuerdos, ¿a ti no? –comenté con cierta ironía, intentando quitarle hierro al asunto. Por dentro me estaba preguntando para qué coño habíamos subido hasta allí.

Miré a Sakura; al contrario de lo que esperaba, la encontré decidida. Abrió su mochila y por primera vez observé todo lo que había guardado ahí dentro. Sacó una linterna e iluminó el fondo de la cueva; no era profundo, lo justo para que cupiéramos un par de personas. Luego, amontonó unas ramas en el centro, extrajo un par de piedras afiladas y golpeó la una contra la otra. Saltaron chispas que llegaron a las ramas y poco a poco comenzó a flamear una minúscula llama. Sakura la sopló delicadamente y el fuego se fue alzando hasta adoptar un tamaño apropiado para calentarnos sin quemarnos.

–¿Cómo leches sabes hacer eso? –inquirí asombrado.

–En los cursos de primeros auxilios también nos enseñaban estas cosas. Además, he ido muchas veces de acampada con mi abuelo. Tiene una floristería que su familia ha cuidado durante generaciones, y la hermana de mi abuela, es decir, mi tía-abuela es sacerdotisa en un pueblecito cerca de aquí. Desde niña me han enseñado a orientarme y a sobrevivir en estos bosques. A mi padre le encantaba la idea porque, al ser irlandés, también estaba acostumbrado a tratar con la naturaleza... –calló un segundo, y me miró apurada–. Perdona, creo que hoy no puedo parar de hablar.

Puse los ojos en blanco.

–Te he dicho como mil veces que no me pidas perdón por estas cosas. Si quisiera que te callaras, te lo diría –repliqué.

Sakura se sentó sobre sus talones, un poco tensa. No comprendía por qué estaba tan nerviosa, aunque tenía que reconocer que siempre me gustaba que se sonrojara sin motivo aparente. Y supongo que por esa misma razón no pude esperar más.

Casi tres semanas era demasiado tiempo, después de todo lo que había pasado.

Me acerqué a ella y, sin esperar a que previera mis intenciones, la besé. En el fondo, había temido que me rechazara como acto reflejo; que intentara empujarme o incluso que compusiera una expresión de contrariedad. Siempre me pasaba de brusco, pero tenía en cuenta que apartarme sería normal en una chica con tan poca experiencia como la que tenía Sakura en ese terreno, así que tampoco tenía derecho a enfadarme si lo hacía.

Pero me equivoqué por completo.

Ella correspondió a mis besos con un deseo tan urgente como el mío. Permitió que mi lengua se adentrara en su boca con facilidad, y sentí la suya buscando enredarse con la mía, como si no hacerlo fuera imposible. Sus manos oprimieron mi camiseta de algodón, bajo el reflejo de unas ganas que me extasiaron. Ya no solo era yo quien llevaba el control, sino que también ella. Ambos. Fundiéndonos con ahínco en los labios del otro, embriagándonos de nuestros alientos.

De repente, Sakura se detuvo. Me alejó un poco para que la mirara de frente, y la visión que me regaló hizo que cada célula de mi ser se alterara. Llevaba puesta una fina camisa vaquera, que se desabotonó lentamente ella sola, sin dejar de mirarme. Se la quitó y dejó expuesto su torso semidesnudo. Todavía recuerdo aquel sujetador azul marino con el cierre delantero, contrastando con la blancura de su piel. Mi colgante de placas militares resplandeció entre sus pechos firmes. Tenía las mejillas coloradas, armonizando con el tono rosa de sus cabellos, y los ojos le brillaban como si de verdad fueran dos esmeraldas extraídas de las profundidades de una montaña.

–¿Tienes ganas? La última vez dijiste que te había dolido mucho –le recordé, algo temeroso.

Mis palabras luchaban completamente contra mis impulsos de comérmela. Sakura esbozó una sonrisa tímida.

–Tengo muchas ganas.

Lo dijo avergonzada, dulce, casi pueril. Y nunca en mi vida me sentí tan rendido a la inocencia hasta ese momento.

Mis manos le abrieron el sujetador sin más miramientos, y mi boca se inundó de la adicción que me procuraban sus pezones. Hundió sus dedos en mis cabellos, acariciándome, mientras mis manos creaban dibujos por todo su cuerpo. Le quité el pantalón sin dificultad, casi al mismo tiempo que me desnudaba a mí mismo. Me deshice de mis bóxers y, agarrándola por los glúteos, la senté sobre mí. El roce de nuestros sexos me arrancó el mismo suspiro que a ella.

Rápidamente alargué la mano hasta mi mochila y extraje un preservativo. Pero cuando me lo coloqué, Sakura me paró.

–¿Qué ocurre? –inquirí, preguntándome si se estaba arrepintiendo.

Ella se quedó en silencio. Sin pronunciar siquiera un sonido, la vi inclinarse hacia mi pene. Una de sus manos lo rodeó, provocándome un suspiro de placer, pero cuando predije sus intenciones me inquieté.

–¿Estás se...? –nunca llegué a terminar la pregunta.

Aquella cálida humedad, sumergiéndome en un delirio incontrolable, fue más fuerte que cualquier intento de raciocinio. Observé las puntas de su media melena deslizándose hacia abajo, arrastradas por la exquisita oscilación de su cabeza. Un mimo que nunca habría esperado de su boca, como si mi intimidad fuera el único néctar del que podía beber. Acaricié su espalda desnuda. Al contacto con las yemas de mis dedos, se erizó y se replegó como un gato. Tantas veces había imaginado algo así, y parecía imposible que la realidad hubiera superado mis expectativas. Aun cuando me sorprendió, me sentí alborozado al comprender que ni siquiera a esa parte de mí le hacía ascos.

Dejé que me explorara del modo que deseara, y cuando añoré sus labios, le levanté la cabeza. Volví a besarla desenfrenadamente, al tiempo que la recolocaba sobre mis piernas.

–¿Lo he hecho... bien? –preguntó abochornada.

Le agarré de la barbilla con cuidado, volviéndole la cara para que me mirara.

–Todo lo que me hagas, para mí, estará más que bien.

Se mordió el labio inferior y una de sus comisuras tironeó hacia arriba. Ella ni siquiera tenía idea de lo que aquella sonrisa ocasionaría dentro de mí.

Me sentía incandescente, como si en el fondo de mi vientre palpitara algo más ardiente que aquel pequeño fuego que nos iluminaba. La lluvia de afuera se hubiera vuelto vapor de haber caído sobre nosotros en ese momento. Y cuando introduje mi miembro en los adentros de Sakura, estoy seguro de que habríamos quemado el bosque entero si no fuera porque permanecimos en aquella cueva.

Escuché su gemido y sentí sus uñas clavándose en mis hombros, pero ya no pude parar. Buceé en el interior de aquella flor que se empapaba entera con cada una de mis estocadas. Sus paredes se contraían y se dilataban aferrándose a mí, activando aquel chapoteo hechizante que competía con el sonido de la tormenta. La oí suspirar de nuevo y, de pronto, se arqueó hacia atrás dejando el esplendor de su cuello frente a mí. Lo llené de besos mientras seguía embistiendo, haciéndola vibrar con el temblor de mi propio cuerpo.

Inesperadamente, sus piernas se cerraron un poco más en torno a mi cintura y sus caderas comenzaron a moverse por sí solas. Se balanceó en mi miembro con una naturalidad que me dejó fascinado. No había creído que fuera capaz de hacer algo así, como tampoco había creído que fuera capaz de hacer lo que me hizo antes.

Experimenté el ansia de devorarla, y la tumbé. Para que la rugosidad del suelo no la molestara, saqué de su mochila una toalla que había detectado anteriormente y se la coloqué debajo. Acto seguido, sin resistirlo, bebí de su sexo. Mi lengua lamió aquellos labios blandos y se sació de sus recovecos enrojecidos, candentes, tiernos, como si mi boca no pudiera alimentarse de ningún otro alimento. Su sabor era agridulce y cautivador, y la suave capa de vellos me hacía cosquillas en la nariz. Sí, definitivamente eran rosáceos, un poco más oscuros que su pelo. Inevitablemente, me había vuelto adicto a ellos. Y a ese sabor. Y a esos recovecos. Y a esos labios. Y a esos gemidos y suspiros que se escapan de su boca.

–Sasuke-kun... –la oí pronunciar mi nombre, y por un segundo me creí en medio de un sueño.

Aquella vez no se tensaba, ni tampoco le costaba responder con tranquilidad a mis estímulos. Introduje algunos dedos en su intimidad, y todo cuanto hizo fue curvarse entera mientras los movía adentro y afuera. No podía apartar la mirada de ella. Era la perspectiva más bella que había podido contemplar jamás en una mujer. Casi me hizo olvidar las manchas oscuras que empañaban mi visión.

Ascendí por su vientre estampándole un reguero de besos. De forma instintiva, su cuerpo giró, poniéndose bocabajo, mientras yo mordisqueaba delicadamente su oreja. Respiré en su cuello cuando, desde atrás, volví a penetrar en ella. Nuestras manos se entrelazaron ante el nuevo encuentro de nuestros sexos. Desde adentro nuestros cuerpos se llamaban incesantemente; se conectaban sin que tuviéramos que pensar en nada, ligados a través de un afán de nosotros que ninguno podía apagar.

Cuando la sentí explotar, tan mojada que podía fundirme completamente en ella, no quise que el momento acabara nunca. Estar en su interior no solo me llenaba de un inmenso placer, sino que provocaba en mí un irrefrenable sentimiento de seguir viendo más; seguir experimentando más; seguir viviendo más.

Porque Sakura siempre fue la pieza con la que encontraba a mí mismo.

Sí, creo que hay muchas cosas en esta vida que podemos cambiar. Es más, quizás existan porque está en nuestra mano cambiarlas. Y sí, sigo pensando que pude cambiar las mías a tiempo.


SAKURA

No dolió. Aquella segunda vez en que hice el amor con Sasuke no dolió ni un solo segundo. Podría pensar en que quizás fue molesto el primer toque, pero no fue así. Al revés, me hizo sentir un placer tan grande que casi no cupo dentro de mí; después, todo fluyó por sí solo.

Comprendí entonces por qué había gente que hablaba con tanta pasión sobre el sexo. Tenía claro que aquello no podría entregárselo fácilmente a cualquier otro hombre; sin embargo, Sasuke era aquel con el que mandaba a tomar viento todo aquel pudor. Aunque no habíamos comido nada en toda la noche, el único apetito que sentí fue el de seguir haciéndolo con él. Apenas fuimos consciente de cuándo había empezado a amanecer.

Los primeros rayos del alba asomaron a través de algunas gotas del rocío que quedó tras la tormenta, en el preciso instante en que Sasuke se arqueaba derramándose, después de que yo lo hubiera hecho. Cuando cayó a mi lado, ebrio de todas las veces que nos habíamos bebido el uno al otro aquella noche, ambos jadeamos con los labios hinchados de nuestros besos y los ojos brillantes del cansancio.

–Buenos días –le dije, casi sin voz.

Él soltó una risa floja, sonriéndome.

–Buenos días –correspondió.

–Creo que es hora de dormir un poco, al menos antes de volver con el grupo, o sospecharán –comenté divertida.

Sasuke ya había cerrado los ojos.

–Dudo mucho que el dobe haya logrado cubrirnos hasta ahora. Me inventaré una excusa. No puedo decir que me secuestraste para satisfacer tu adicción sexual por mí.

Le di un puñetazo en el hombro, roja hasta las orejas.

–Tampoco tú puedes negar ser adicto. Dos no paran de hacerlo si uno no quiere –rezongué.

–Hmmm, has sido aguda planteando la frase así, aunque te lo reconozco: me he vuelto un adicto a ti.

Hablaba en susurros, con los ojos cerrados, y una tenue luz diurna remarcando sus rasgos de esfinge. Su olor a té verde estaba entremezclado con el mío, algo gastado por el sudor y la humedad que habían rezumado nuestros cuerpos. Aquel aroma y aquel rostro son inolvidables para mí.

Antes de que nos quedáramos dormidos, no sé por qué, mis ojos se enfocaron en la pared que teníamos a un lado. Y de pronto se me ocurrió algo. Aparté el brazo de Sasuke que me tenía rodeada y rebusqué en mi mochila hasta encontrar una pequeña navaja.

–¿Qué haces? –quiso saber él, mirándome desconcertado.

Sin pensármelo dos veces, empecé a tallar unas letras en la pared. Sasuke se incorporó para verlas de cerca.

SasuSaku I –leyó, y estalló en risas–. Suena como a una peli sobre la yakuza, ¿no?

Me volví con entusiasmo para mirarle.

–¡Será una promesa!

–¿Una promesa? –arqueó una ceja, sin entender.

–Vendremos aquí todos los años, en esta fecha, que es...

–Veintiséis de junio.

–¡Pues eso! Todos los veintiséis de junio subiremos hasta aquí y escribiremos nuestros nombres unidos junto a las veces que lo pisamos. Esta es la primera, así que he puesto «I», en número romano.

Sasuke alzó las cejas, mirándome con cara de incredulidad.

–¿En serio hay que subir hasta aquí todos los años?

Se me escapó una risita. En ese preciso momento noté que la luz del sol se ampliaba un poco. Miré hacia el horizonte... y entonces lo vi.

–Hay que subir hasta aquí por esto –le indiqué a Sasuke que mirara en la misma dirección que yo.

Parecía como si lo tuviéramos justo delante, a pesar de que estaba a muchos kilómetros de distancia. El monte Fuji se mostró al fin en toda su plenitud, con su cima nevada como si hubieran vertido sobre él un cubo de leche, cuya mancha nunca desaparecería. Algunos jirones de nubes violáceas lo circundaban, mientras un pálido sol emergía lentamente detrás de él.

–Era lo que había querido enseñarte anoche, pero con la tormenta no se veía –puntualicé.

Sentí el estupor de Sasuke como si estuviera en mi propio corazón.

–De acuerdo. El veintiséis de junio de todos los años.

Casi no me creía que lo hubiera dicho en serio, hasta que le miré y vi aquel destello en sus pupilas.

Nunca había visto sus ojos tan vivos como aquella mañana.

Después de nuestra promesa, dormimos un rato, y luego bajamos a una pequeña laguna para bañarnos. Los profesores pusieron el grito en el cielo cuando aparecimos, pero afortunadamente no nos abrieron el expediente a ninguno de los dos. Parecieron tragarse la mentirijilla de que nos habíamos perdido con la lluvia, aunque nos castigaron bajándonos la nota en Biología. Tuve que aumentarla redactando un trabajo voluntario.

Pero aquella escapada fue una de las mejores decisiones de mi vida.


[1] Alojamiento japonés que hospeda visitantes normalmente a corto plazo, cuyas habitaciones mantienen el tradicional estilo de suelos de tatami, baños termales colectivos, jardines y cocina de platos típicos.

[2] Arco que se encuentra en la entrada de los santuarios sintoístas.