NOTAS DE AUTOR
¡Muy buenas a todos, mis queridos lectores!
Vamos por orden.
Esta vez he conseguido atrasarme un pelín menos que la última, aunque me hubiera gustado ser más rápida. He estado trabajando como una loca estas semanas, así que me ha sido imposible acelerarme, y encima los capítulos que esperan a continuación se tornan algo más oscuros. Ya con esto último os he adelantado bastante.
Os recomiendo que a partir de ahora os sujetéis un poco el corazón, si podéis (obviamente, en sentido figurado). Las cosas que van a suceder quizás no os gustarán mucho; igualmente, esta conti que os traigo hoy es todavía agridulce y contiene una escena bastante fogosa. Ojalá la disfrutéis porque creo que es ligeramente más fuerte que las que he escrito hasta ahora.
Y aunque no sea en esta página web, lo segundo que quería comentaros es una recomendación. Hace poco una autora conocida mía ha abierto en Fanfic ES su historia original "Un sueño real". Se llama Blue Petal y os pido que le deis una oportunidad, porque es realmente una escritora increíble y su historia merece mucho la pena.
Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22.
Dicho todo lo que quería, os dejo al fin con el siguiente capítulo de este humilde SasuSaku (y, please, no olvidéis echarle un vistazo a "Un sueño real").
¡A DISFRUTAR!
31. CONTRALUZ
Se trata de un inicio de desprendimiento de retina, como sospechábamos. Hay que operar de inmediato.
Nunca me había planteado todo lo que unas palabras así significarían para mí. ¿Cómo lo piensas siquiera? ¿Acaso es fácil imaginar que alguna vez podrías perder la vista? Supongo que tiene sentido que aquel día, cuando mi oftalmólogo me dio aquella noticia, no supiera cómo sentirme, cómo comportarme o cómo sentarme correctamente en la silla, sin que la espalda siguiera como tirándome hacia atrás.
Me sometería a una operación, pero por una causa distinta a la que había dado por sentado durante todos aquellos meses.
No tenía retinosis pigmentaria.
No me quedaría ciego.
Bueno, eso explicaba por qué todo me había parecido ir demasiado deprisa. Las manchas oscuras de mi visión se debían a unas miodesopsias (vulgarmente conocidas como «moscas volantes»), consecuencia de un desgarro en la retina que un líquido llamado humor vítreo había agravado. Aun cuando tuviera que operarme, al menos había una solución. Para la retinosis pigmentaria no.
Al final, se lo había tenido que contar a Itachi.
–¿Por qué coño no me hablaste de esa carta? ¡Soy tu tutor legal, tenías la obligación de avisarme! –obviamente, había montado en cólera.
–Bueno, lo has sabido justo cuando debías saberlo. Tampoco es que haga falta que vengas a la operación. Basta que firmes el consentimiento –le había respondido secamente.
Pero Itachi no solo vino a la operación, sino que incluso canceló su viaje con amigos a las islas de Okinawa. No supe muy bien qué pensar sobre ello. Al verle entrar en la habitación el día en que me ingresaron en el hospital –pese a no haberle especificado que me intervendrían a las seis–, experimenté una cadena de sentimientos contradictorios: una especie de consuelo entremezclado con irritación. Igualmente, todo cuanto pude llamarle fue «plasta».
Al menos me alivió el hecho de que Sakura no se enteraría de nada.
Sakura: ¡Hoy he visto una tribu de ainu[1]! ¡Son increíbles! Mi abuelo dice que quizás mañana nos acercaremos a una de sus aldeas. Por lo visto, uno de sus mejores amigos de la guerra vive cerca.
Era ya la primera semana de agosto, y desde el veintinueve de julio Sakura no había parado enviarme mensajes de ese estilo. Por esa razón, tenía la certeza de que se mantendría ajena a toda aquella historia.
Su tía Tsunade había alquilado una casita de campo en Hokkaidô para toda la familia. Teniendo en cuenta que el año anterior ya había veraneado a la casa de Kiba en Isshiki, aquella vez le había sido imposible librarse de aquel viaje familiar. Y aun cuando me había jodido al principio, al final había resultado una ventaja que no pasáramos aquellas vacaciones juntos. O eso quise pensar.
Suspiré.
Me encontraba en la cama del hospital, a solo una media hora para entrar en la sala de operaciones. Itachi había salido a tomar un café, por lo que me sentía tranquilo de escribir lo que me diera la gana en el móvil.
Sakura acababa de enviarme una foto de un grupo de ainu recogiendo leña.
Yo: Envíame una foto de ti ahora.
Sakura: ¡No! ¡Me da vergüenza! No soy nada fotogénica. Además, tú no me estás mandando ni una sola tuya. Hazte una.
Siempre me pedía lo mismo, pero evidentemente no lo hacía. Mucho menos lo haría en ese momento, o en los próximos días del postoperatorio.
Sakura: ¿Estás usando las gafas que te regalé? Quisiera verte con ellas puestas.
Aquel mensaje también era continuo.
Odiaba celebrarlo, pero Sakura me había montado una inesperada fiesta sorpresa por mi cumpleaños, dos días antes de su viaje a Hokkaidô. Tenía que admitir que me había divertido, aunque Naruto, Kiba, Chôji y Sai (sorprendentemente, él también había participado) me hubieran regalado un millar de tonterías relacionadas con cosas que, más bien, les gustaban a ellos.
Por otro lado, Sakura se había decantado por unas gafas para la vista. En realidad, eso no había sido estúpido. Aparte del desprendimiento de retina en mi ojo izquierdo, me habían detectado un poco de vista cansada. Era lo único que le había revelado cuando finalmente supe qué era lo que estaba sucediendo en mi visión. Sin embargo, no había atinado en el número de dioptrías que debían llevar los cristales. Me recordaba una y mil veces que debía pedir que me las bajaran.
En general, veía bastante bien, salvo por aquel puñetero contratiempo del desprendimiento.
Yo: Ya me las verás puestas cuando vuelvas, aunque no creo que me las lleve a clase. Solo me han dicho que las use cuando tenga que estar mucho rato leyendo.
Sakura: Bueno, está bien... Pero ¿y la pulsera? ¿La llevas puesta?
Levanté mi brazo izquierdo frente a mí. En mi muñeca relucía ahora una pluma plateada, incrustada entre unas tiras trenzadas de cuero. Sakura tenía una igual, solo que su pluma estaba al revés.
Aquel había sido el segundo regalo que me había hecho.
–¿Por qué te la pones en la izquierda? –recordé que le había preguntado en mi cumpleaños.
Ella nunca se quitaba la pulsera de cuentas y el pañuelito rojo de su muñeca derecha.
–Porque en la parte izquierda del cuerpo es donde va el corazón.
Inevitablemente, me había echado a reír.
–¿Qué dices, tonta? Está en el centro.
–A ver, técnicamente sí, pero hay una parte que sobresale hacia el lado izquierdo. Cuando era pequeña siempre decía que ahí estaba el hueco para el amor de mi vida.
–¡Vaya! ¿Tan pronto me llamas «amor de tu vida»?
Sakura me había mirado de esa forma apurada: con las mejillas coloradas y los almendrados ojos agrandándose.
–B-bueno..., me has preguntado y yo solo... cuando era pequeña... es que...
Y había sido en ese preciso momento, acallando súbitamente sus tartamudeos con un beso, cuando me había dado cuenta de que mi sueño y Sakura se habían convertido en lo mismo.
–¿Por qué...? –ella ni siquiera había podido articular bien las palabras, al ver que yo también me ponía la pulsera en la muñeca izquierda.
–Se me ha antojado tomate, espero que los demás no se hayan zampado ya todo –y no le había explicado nada, antes de regresar a la habitación del karaoke en el que habíamos celebrado mi cumpleaños.
Yo: La llevo puesta, pero no voy a fotografiarme la muñeca para que te lo creas.
Sakura: Está bien, te creo.
No recibí ningún mensaje más durante casi un minuto.
Sakura: ¿Me echas de menos?
Rodé los ojos.
Mis dedos se movieron dispuestos a responder un «no» irónico junto a algún comentario burlón; sin embargo, se detuvieron antes de pulsar Enviar. La realidad era que, ante todo en aquellos minutos antes de entrar en quirófano, me moría por tenerla a mi lado.
En términos generales, no temía que algo malo fuera a sucederme durante la operación. Todo se limitaría a un láser que me aplicarían durante una hora; aquellos médicos estaban acostumbrados a realizar esa cirugía a diario. Pero, irremediablemente, me invadía un profundo desamparo, como si me urgiera recuperar algo muy importante.
Me había acostumbrado a la presencia de Sakura, no como algo que simplemente estaba ahí –como había sentido con Ino, por ejemplo–, sino como algo que necesitaba ahí. Siempre.
No fui capaz de responder a ese mensaje.
Sakura: Yo sí te estoy echando de menos, Sasuke-kun. Siento otra vez que este verano no podamos pasarlo juntos...
Yo: No pienso repetirte otra vez lo de las disculpas conmigo.
Sakura: ¡Déjame disculparme por una vez, joe! De los dos, soy yo la que parece más japonesa.
Yo: Está claro. Si yo pareciera japonesa, deberías replantearte tu sexualidad.
Sakura: ¿Sabes qué? Voy a dejar de hablarte. ¡Estoy harta de que te metas con mi forma de expresarme! ¡Imbécil!
Yo: Vaya, imagino que ahora no me echarás tanto de menos.
Y una última vez más el silencio.
Sakura: Por desgracia, ni aun así puedo echarte poco de menos...
Lo pensé. Dos palabras que se repitieron incesantemente en mi cabeza.
Yo tampoco.
Y, sin embargo, nunca fui capaz de escribirlas.
Sakura: Oye, tengo que dejarte ahora. La tía Tsunade acaba de llegar con un salmón gigante. Se le da bien la pesca... y ya sabes que tenemos casi la misma fuerza física. ¡Hablamos luego!
Al despedirme, me invadió una sensación extraña, como si un pedazo de mí se escapara entre las líneas de aquellos mensajes. Estaba a punto de operarme para evitar quedarme ciego, no había posibilidad de que Sakura se preocupara por ello –incluso le había hecho jurar a Itachi que no dijese nada– y, a la vuelta de las vacaciones, todo volvería a la normalidad: sin manchas en la vista y sin sofocones. Todo estaba yendo perfectamente.
Y, aun así, siempre sentí como si no habérselo contado a Sakura significara hacer trampa.
Tardé todo el mes de agosto en recuperarme. No había esperado que mi estado de convalecencia fuera tan largo y soporífero; prácticamente no había experimentado ningún dolor, salvo el tormento de permanecer una gran parte del tiempo entre cuatro paredes. Fue peor que la vez en que me inmovilizaron el brazo con el cabestrillo.
La primera semana fue la más angustiosa de todas. Tenía que quedarme todo el día tumbado en la cama sin moverme, mirando hacia el techo o, en su defecto, a la pantalla de mi móvil. Por descontado, Sakura no disminuyó la cuantía de sus tropecientos mensajes ni un solo día.
Ni a más de mil kilómetros de distancia es capaz de dejarme tranquilo.
Pero mis quejas no reflejaban realmente lo que sentía. No sé bien cómo explicarlo. Me inspiraba una molestia agradable, que me hacía replantearme si acaso estaba desarrollando algún tipo de faceta masoquista. Podía justificarme a mí mismo el día de la operación, o cuando sentía un tremendo dolor de huevos cada vez que me venía a la memoria la última vez que lo habíamos hecho, pero nunca habría imaginado experimentar algo así.
Hacía mucho tiempo que había forjado amistad con la soledad, pero de pronto me parecía algo pesado y abrumador. Pese a los esporádicos momentos de irritación –producto, en realidad, del tedio que resultaba estar siempre sin hacer nada–, agradecía que Sakura se comunicara conmigo. Era la principal razón por la que procuraba responderle pronto casi siempre, a menos que estuviera dormido. Así, la sensación de añoranza era más llevadera, y supongo que también resultaba lo más estimulante que tenía, aparte de los cinco minutos que se me había permitido levantarme de la cama cada hora.
La frecuencia de las visitas del oftalmólogo a mi habitación habían ido acortándose cada vez más; sin embargo, Itachi había venido al hospital todos los días. A veces se había quedado hasta muy tarde, y en alguna ocasión hasta el día siguiente. Había sido un poco extraño. Su compañía no había motivado más conversaciones entre nosotros que antes, a pesar de que no recordaba haber pasado tanto tiempo con él desde que éramos críos. Vivir juntos había sido siempre como independizarme, a excepción de ocasiones puntuales.
Para mí, nunca hubo una razón inteligible por la que Itachi no quisiera dejarme solo en aquel hospital.
Al darme el alta, el verano no fue más entretenido. Pude ver la televisión o pasear de vez en cuando, pero me impidieron hacer deporte durante un tiempo. Eso último no lo llevé tan bien. Como no tenía a Sakura cerca, sentía un ardiente deseo de descargar toda la adrenalina acumulada, y eso solo sabía compensarlo entrenando. Entre el colirio, los antiinflamatorios y los antibióticos me sentía un puto viejo, y me empecé a agobiar. Tenía que volver todas las semanas al hospital para que el oftalmólogo me revisara la vista. Aquellos exámenes eran más latosos que todos los que había hecho antes de que se me desgarrara la retina.
Cuando Naruto se enteró de mi operación, tuve que tragarme otro sermón. Había sido inevitable contárselo; gran parte de ese mes me había visto con un parche en el ojo izquierdo. Y habría sido mucho peor si se hubiese puesto a investigar.
–¿Sakura-chan lo sabe? –inquirió ceñudo.
Di un gran bocado a mi hamburguesa. Llevaba pensando en Sakura desde antes de que entráramos en aquella hamburguesería de Roppongi Hills.
–No, y no lo sabrá –puntualicé con sequedad.
Naruto puso los ojos en blanco.
–Teme, debes decírselo.
–¿Para qué alarmarla? Ya está resuelto.
–¡Pero tiene que saberlo! Es justo que ella se entere de estas cosas. Es tu vida, tu salud... ¡Joder! La estás engañando.
Le lancé una mirada envenenada.
–No me toques más los huevos, Naruto. No se lo diré y punto, y como me entere de que se lo dices tú, ya puedes empezar a correr.
–Pero ¿por qué cojones no quieres que sepa que has estado a punto de quedarte ciego?
No quise responderle. Di otro mordisco a mi hamburguesa, y Naruto me imitó con la suya; sin embargo, a los pocos minutos volvió a la carga.
–Imagínate que Sakura-chan te ocultara algo así, ¿cómo te sentirías?
Resoplé exasperado. Cavilé entre levantarme y marcharme sin decir nada o callarle la boca de un puñetazo. Pero ambas opciones me provocaban pereza.
Te estás volviendo un puto blando.
–Naruto, por mucho que insistas, sabes ya que no voy a cambiar de parecer. Si no te gusta, puedes despotricar contra mí con quien te plazca, pero respeta mi decisión de no contárselo a Sakura.
Por un segundo, su pecho se infló como si quisiera seguir protestando, pero terminó soltando un largo suspiro.
–Bah, como quieras, estúpido. Pero que sepas que la mentira tiene las patas muy cortas –me soltó.
Y no repliqué. En el fondo, sabía que así era. No podía enfadarme realmente con él porque nada de lo que decía resultaba incoherente.
En realidad, aquello era muy parecido a una mentira.
Después de aquel día, intenté no darle muchas vueltas a ese asunto. A la semana siguiente, empezarían las clases otra vez. Y al fin volvería a ver a Sakura.
Tiene gracia. Entonces no era consciente de lo rastrero que puede llegar a ser el tiempo. El verano anterior en Isshiki había estado con ella, pero me había dedicado a ignorarla, en lugar de aprovechar el verano a su lado. Y al año siguiente, aunque nunca lo hubiera admitido en aquella época, me había consumido anhelando estar con ella.
Supongo que los humanos somos simplemente capullos cuando nos comportamos así. Supongo que fui muy capullo. Nunca hay dos días exactamente iguales. La oportunidad que tuve aquel verano no se repetiría más..., aunque, claro, aquel agosto todavía no podía saberlo.
La mañana en que las vacaciones terminaron me levanté con un ansia loca de llegar al instituto. Nunca me había sentido así. La retina de mi ojo izquierdo estaba cicatrizada, aunque todavía debía evitar ciertos excesos y seguir reposando de vez en cuando. Igualmente, sabía que mi presión arterial se alzaría en cuanto viera a Sakura.
Pero no tenía ni idea de las sorpresas que me esperarían ese día.
Cuando quise ir directo a la cocina, tuve que detenerme a medio camino. Identifiqué al segundo la figura que asomaba por el hueco de la pared. No había esperado encontrar a Itachi aún en casa; normalmente se adelantaba para poner en orden todas sus historias en el instituto.
Me di cuenta casi inmediatamente de que no estaba solo.
–Vaya, así que es como se rumoreaba: los dos hijos del señor Uchiha viven juntos, lejos de la residencia de su padre.
Era la primera vez que escuchaba aquella voz: una voz como susurrante y rasposa al mismo tiempo, que al principio costaba distinguir si era de hombre o de mujer. Tenía un aspecto andrógino: delgado y frágil, con la melena negra como un tizón, tan larga como la de Itachi. Su piel contrastaba completamente: blanca y translúcida, con las venas marcadas casi en cada centímetro del cuerpo.
Desde mi posición descubrí que me miraba..., o, más bien, me escudriñaba de un modo que no me gustó. Sus ojos eran como los de una víbora acechando desde las sombras. En general, cada ángulo de su rostro alargado me recordaba a una serpiente.
Como si estuviera a punto de hincarme sus colmillos.
Itachi se giró y nuestras miradas se cruzaron unos segundos. Luego, salió de la cocina hacia la sala de estar, con aquel ambiguo individuo pisándole los talones. Entorné los ojos. Me mantuve a la espera de que mi hermano nos presentara, pero la culebra hermafrodita se adelantó.
–Buenos días, Sasuke-kun. Es un placer conocerte al fin. Soy Orochimaru, productor ejecutivo de Ryûchidô. Imagino que habrás visto alguno de nuestros programas, ¿cierto?
Asentí una sola vez con la cabeza, y no despegué los labios.
Ryûchidô era una de las cadenas privadas de televisión más famosas y poderosas del país. Contaba con su propia emisora de radio y con una revista semanal. En mi opinión, su estilo tenía bastante de sensacionalista, aunque era tanto adorada como criticada por toda la población. Tenía entendido que su noticiario era el más popular de todos los canales. Era de conocimiento público que la productora promovía la lucha contra las injusticias humanas. Por lo que sabía, destinaba a causas benéficas los bienes obtenidos por su audiencia.
No imaginaba que aquella productora tuviera a semejante líder.
El tal Orochimaru no solo era extraño por su aspecto físico. A pesar de entender que habría sido un gesto muy americano, en lugar de extenderme la mano como cualquier hombre de negocios, realizó una inclinación sumamente estudiada; tan cortés que me hizo sentir incómodo.
Demasiado tradicional.
Me quedé mirándole largamente mientras se incorporaba.
¿Qué coño hacía en mi casa?
–Mi hermano y yo debemos irnos, señor Orochimaru –tuve la sensación de que Itachi estaba inquieto.
–Ah, por supuesto, no se preocupe, Itachi-san. Solo le pido que piense en lo que le he enseñado. Esperaré pacientemente su respuesta –el tono que empleó el aludido me resultó algo siniestro.
–Con el debido respeto, creo haber sido claro en mi negativa.
Ambos caminaron hacia la puerta de entrada. Al abrirla, percibí la tensión resaltando en los nudillos de Itachi mientras agarraba el pomo. Se hizo a un lado, en un ademán ligeramente descarado de invitar al tipo andrógino a que se largara.
–Replantéeselo, le concederé unos meses. Es un tema peliagudo, por lo que seré comprensivo permitiéndole más tiempo –insistió Orochimaru.
–Me temo que seguiré negándome. Le ruego me disculpe –repuso mi hermano.
Se limitaron a una leve inclinación de cabeza y, sin mediar más palabra, Orochimaru se fue.
–Teme, ¿te pasa algo? Estás muy callado.
Solté un resoplido, pero guardé silencio.
–Me refiero a que estás más callado de la cuenta –insistió Naruto. Hizo una pausa, y de repente sonrió con picardía–. ¿Acaso estás nervioso porque te vas a reencontrar con Sakura-chan? Ha pasado ya un mes desde la última vez, ¿no?
Fruncí el ceño.
–¿De qué hablas, capullo? –inquirí.
–Ya sabes: sexo.
–¿Y qué te importa eso?
–¡Así que lo admites! ¡Has tenido sexo con Sakura-chan!
Automáticamente, le agarré con fuerza del cuello de la camisa. Estuve a punto de descargarle un puñetazo, pero preferí curarme de escándalos.
–¡Pedazo de gilipollas, haz el favor de bajar la voz! El instituto no tiene por qué enterarse de lo que haga o deje de hacer con mi novia –gruñí–. Estoy así por una cosa que ha pasado esta mañana en mi casa.
Naruto ladeó la cabeza, confuso.
–No, no tiene nada que ver con Sakura –le solté antes de que preguntara y retomé la marcha hacia el instituto. Sabía que el imbécil rubio no se quedaría conforme con tan poca información, por lo que decidí explicárselo–: Hoy hemos recibido una visita del productor ejecutivo de Ryûchidô.
–¿Orochimaru ha estado en tu casa?
–¿Lo conoces?
–El Sabio Pervertido y él trabajaron juntos una vez, aunque no se llevan muy bien.
–Eso es extraño en Jiraiya. Tu viejo congenia hasta con las abejas.
–Lo sé –Naruto entornó los ojos–. ¿Para qué ha ido a veros Orochimaru?
–Ni idea. Me lo encontré hablando con Itachi en la cocina. El tío me reconoció enseguida y se presentó, pero Itachi no parecía muy cómodo con su presencia. Prácticamente lo echó de casa. Orochimaru dijo que le concedería tiempo para pensar sobre algo, pero no sé a qué se refería.
Naruto guardó silencio algunos segundos, pensativo.
–Teme, andaos con ojo. Sé que casi todo el mundo tiene a ese tío y a su canal como una ONG, pero no me fío. Quizás deberías hablar con el Sabio Pervertido.
–Quizás.
Lo había pensado, en realidad. Probablemente fuera la razón por la que no me opuse demasiado a comentarle ese asunto a Naruto. A pesar de su fama de viejo verde, Jiraiya era inteligente y un hombre de principios. Cuando se trataba de gente poderosa, procuraba mantener lazos únicamente con aquellos que jugaban limpio.
Unos minutos más tarde, en las taquillas me reencontré con Sakura. Vino hasta mí de un salto, tirándoseme encima con una energía elevada. Recordaba vagamente que alguna vez había hecho eso cuando éramos más pequeños, aunque ahora solía reprimirse esos impulsos. Sin embargo, en aquella ocasión estaba tan eufórica que pasó por alto la agitación que generó en nuestro público chismoso.
Igualmente, su abrazo duró menos de lo que me hubiera gustado.
–Me alegro mucho de verte, Sasuke-kun –dijo con timidez.
Se le había subido el rubor a las mejillas y sus manos se retorcían con nerviosismo en sus espaldas. Me resultaba fascinante que, a pesar de todo el tiempo que llevábamos juntos, al vernos después de un mes separados se comportara con la emoción contenida de una niña.
Había que reconocer que las vacaciones en Hokkaidô le habían sentado de maravilla. Su piel había adquirido ese tono melocotón por el sol, camuflando un poco las pecas de su nariz, y el cabello le lucía más brillante que en julio. Separarme de ella para ir a mi clase fue más difícil que otras veces, aunque procuré no evidenciarlo demasiado. Creo que me despedí un poco hosco, y me incomodó la arruga que se le formó en la frente al dejarla en la puerta de su aula.
El resto de la mañana transcurrió tan mierda como siempre, sin novedades más que la exaltación de mis compañeros por todos los deberes que nos empezaron a mandar, ya desde de la vuelta a clase.
En mi mente, sin embargo, revoloteó varias veces el rostro de Orochimaru.
Las palabras de Naruto me habían agitado más de lo que había querido. Debía hablar con Itachi sobre aquella visita, aunque algo me decía que no estaría muy por la labor de revelarme nada. Su comportamiento aquella mañana había sido bastante extraño.
Como si se hubiese dado prisa en evitar mi curiosidad por ese tipo.
Cuando terminaron las clases, fui directo al aula de Sakura. No estaba seguro de si se habría adelantado al gimnasio para preparar las cosas, como solía hacer, pero igualmente me pasé por allí. Para mi satisfacción, la encontré aún sentada en su pupitre.
–¿Los ainu te han contagiado su tranquilo estilo de vida? Te veo un poco lenta hoy –dije con burla.
Ella torció el gesto. Se levantó y colocó la mochila encima de la mesa, mientras terminaba de recoger. Noté que vacilaba un par de veces antes de coger el estuche. Su mirada alternaba de la mochila a la puerta una y otra vez.
–¿Por qué estás tan inquieta? –quise saber.
Se mordió el labio inferior y me miró con la cabeza un poco gacha.
–Es que... bueno... –sus ojos verdes me escanearon de arriba abajo.
Enarqué una ceja.
–¿Buscas algo? –inquirí.
Sakura resopló, como si estuviera impaciente, y terminó de meter el último libro en su mochila. Me mantuve unos segundos a la espera de que me explicara qué le sucedía, pero continuó sin mencionar nada. Me encogí de hombros y di media vuelta para adelantarme a la salida.
A solo unos pasos de alcanzar la puerta, sus brazos me envolvieron desde atrás.
–Sé que no debería darlo por hecho, pero... –la sentí inspirar hondo–. Una vez me dijiste que fuera codiciosa y que te pidiera lo que necesitara cuando quisiese. Y yo necesito saber que me has echado de menos.
No tengo ni idea de si fueron los susurros de su voz difuminándose en el expectante silencio, o el tacto de sus frágiles manos aferrándose a mi pecho, o el aroma a cerezo y champú que rezumaba toda ella, o el hecho de que hacía algo más de un mes que no la tenía delante...
No tengo ni idea de qué fue, pero no pude controlarme un segundo más.
Al final Naruto tuvo razón.
En cuanto me volví, de forma automática, mis manos se deslizaron bajo sus orejas, mientras mis labios se estampaban en los suyos. Era como si hubiera encontrado un oasis en sus besos, tras una eternidad atrapado en el desierto.
No me lo pensé demasiado. Me separé de ella un momento y me apresuré en cerrar las dos puertas del aula. Les eché el pestillo.
Observé a Sakura en la distancia. Su pecho subía y bajaba pesadamente, marcando las curvas de su cuello, las líneas de su garganta, el hueco entre sus clavículas. El segundo botón de su camisa estaba suelto; la cadena de mi colgante plateado destellaba contra su piel melocotón, por debajo del lazo verde. Tenía las mejillas encendidas.
Avancé hacia ella, sintiendo la garganta seca una vez más. Mis labios volvieron a presionar los suyos. A través de mis ojos entrecerrados contemplé su rostro. Había echado en falta aquella imagen desde hacía mucho tiempo.
Sin una sola mancha empañándola.
Cerré los ojos y me dejé llevar por la sensación de su lengua recorriendo la mía. La tibieza de sus labios generó un fuerte calor dentro de mí, que chispeó desde mi vientre hasta todas y cada una de las extremidades de mi cuerpo.
–¿Nos pillarán? –jadeó, separándose inesperadamente de mi boca.
Siseé y la acallé con otro beso. Sonreí gozoso cuando sus dedos se extendieron por mi cabeza, enredándose entre mis cabellos ante lo inevitable. Era evidente lo que íbamos a hacer, y comprendía que ella estuviera intranquila. Pero me daba exactamente igual quién pudiera vernos.
No permitiría que nadie nos arrebatase aquel momento.
Me deslicé por su cuello, alimentándome de él. Mis besos ensordecieron la quietud del aula. Cuando le desabotoné la camisa, noté un ligero temblor en sus hombros. Su piel se erizó al contacto con mis manos. Desnudé sus suaves pechos y me metí uno de sus rosados pezones en la boca, una delicia que mi lengua degustó con avidez. Experimenté un profundo placer cuando lo noté endurecerse entre mis dientes.
Difundí un camino de besos por sus costillas, su abdomen, los alrededores de su ombligo, la curvita baja de su vientre... y me arrodillé. Mis manos se adentraron bajo su falda.
–Sasuke-kun, no sé si podré... aguantar mucho –recuerdo que dijo azorada.
Sonreí con satisfacción. Sakura no tenía ni idea de todo lo que esas palabras desataban en mí.
No respondí, y le bajé las bragas hasta los tobillos. Se escuchó el chirrido del pupitre moviéndose, en el momento en que mi boca reclamó su intimidad. Sakura soltó un suspiro profundo y su espalda se arqueó, al tiempo que sus piernas se abrían dejándome paso por completo. Percibí todo el éxtasis que la inundaba al comer de aquellos labios tiernos y finos, al lamer su pedacito de carne y su centro palpitante, al hundir mis dedos en ella, al sentir sus paredes contrayéndose entre mi lengua.
Era tan adictiva que me agarré a sus muslos y la devoré sin descanso. Las patas del pupitre chirriaron aún más contra el suelo. Entreví que sus manos se aferraban a las esquinas, y que se mordía los labios ante el asalto de aquellas oleadas de placer. No me detuve hasta que vi sus brazos aflojarse, mientras que sus fluidos resbalaban bajo mi boca.
Se le escapó un fuerte gemido, y se tapó rápidamente la boca. La lamí una última vez más; acto seguido, me levanté, aparté sus manos y besé impetuosamente sus labios.
–No te contengas –susurré.
Ella sonrió avergonzada.
La volteé y la incliné sobre el pupitre. Le levanté la falda y acaricié sus glúteos; seguidamente, saqué un preservativo de mi cartera. Me desabroché el pantalón y me coloqué el condón. Volví a separarle las piernas.
Aquella visión de ella, completamente entregada a mí, provocó que mi pene se inflara mucho más. Introduje un par de dedos en su centro; su humedad y el leve quejido que exhaló me colmó de un placer indescriptible. Volví a acariciarla, me agaché de nuevo, lamí otra vez, la abrí más y más.
–Sasuke-kun... –suspiró.
Sonreí, y mis dedos cabalgaron dentro de ella. Su humedad se acrecentó. Luego, como por instinto, le di un pequeño azote en el trasero. Gimió.
–¿Te ha dolido? –le pregunté.
Tardó en contestar, como si se lo estuviera pensando. Aún inclinada, giró la cabeza y me miró por el rabillo del ojo. Se mordió la uña del pulgar.
–¿Puedes... puedes hacerlo otra vez?
Su voz sonó tímida.
Tímida hasta lo irresistible.
Como me pidió, volví a darle un cachete. Su espalda se ondeó de arriba abajo, dejando escapar un suspiro cargado de excitación. Repitió ese movimiento cuando rocé mi miembro con su entrada, y resultó tan hipnótico para mí que decidí juguetear un poco.
Froté suavemente mi pene con su carnosa vulva, y luego me alejé. Su cuerpo se movió como un imán, buscándome. Sonreí, fascinado por su reacción. Volví a hacerle lo mismo varias veces seguidas. Estaba tan mojada que ni yo mismo podía aguantarlo.
–Por favor, Sasuke-kun... –sus gimoteos me hacían enloquecer.
–Pídemelo, Sakura. Da igual cómo suene, pídemelo.
Una de sus manos serpenteó por la mesa, intentando soportar las corrientes eléctricas que la salpicaban de la cabeza a los pies, mientras mi miembro besaba con una lentitud tortuosa su clítoris hinchado. Se agarró a un extremo del pupitre.
–Sasuke-kun..., fóllame.
Me hizo reír, pero fue todo cuanto había necesitado.
Como si acabara de desactivar una clave secreta, mi miembro se internó de un tirón en su centro. Lo sumergí hasta lo más profundo y ya no hubo forma de pararme. Cuando entraba lento, sus caderas se ondulaban, y cuando apremiaba el ritmo, sus dedos se cerraban con fuerza en torno al pupitre. Aún con la camisa puesta, tan solo podía ver un tramo de su espalda enrojeciéndose con cada choque de nuestros cuerpos. El sonido de aquel chapoteo era tan jugoso, que por impulso mis manos oprimieron sus glúteos con afán. Rebotando con mis estocadas, volví a azotarlos.
Me incliné sobre ella y respiré en su cuello.
–¿Te gusta esto, Sakura?
–Sí –jadeó ella.
–¿Quieres más? –mordí el lóbulo de su oreja, sin dejar de penetrarla.
–Sí... –suspiró ella, mientras le masajeaba un pecho.
–Pídemelo bien –apreté su pezón con los dedos.
–Más, Sasuke..., más rápido..., más fuerte.
Eufórico ante sus súplicas, obedecí y aumenté el ritmo. El pupitre se sacudió estruendosamente, mientras mis manos se aferraban cerca de donde se cerraban las suyas. Vibramos a la vez, a través de nuestros gemidos susurrantes, a través de nuestros jadeos anhelantes; del ansia de fundirnos el uno en el otro; del deseo de suplir la añoranza cada vez que nuestras pieles se alejaban.
Sakura buscó mis labios. Mientras nos besábamos, se giró entera. La agarré por debajo de los muslos. Sin despegar nuestras bocas, cargué con ella hasta que su espalda tocó algo sólido: la ventana. Mi mano se entrelazó con la suya y la envolví entera, con ahínco, como si quisiera impedir que el mundo me privara de tocarla.
La sentí crisparse, replegarse, expandirse, dilatarse.
–Córrete para mí, Sakura. Déjame disfrutarte entera.
Sus piernas se estrecharon aún más en mi cintura. La vi echar la cabeza hacia atrás y, solo un instante después, su rocío se escurrió entre mis testículos. Gruñí contra su hombro embistiéndola, al notar aquel intenso calor aflorar en el bajo de mi vientre. Más deprisa. Más y más deprisa. Una descarga que se propagó por todo el largo de mi miembro, dominado por el abrigo de su intimidad tierna y húmeda.
El mundo entero se nubló cuando exploté desde dentro de ella.
Después, mi cuerpo temblequeó. Rendido, sin soltarla, bajé hasta el suelo y la senté sobre mí.
–Te quiero –susurró Sakura en mi oído.
Y algo dentro de mí repitió las mismas palabras. El eco de una voz que se consumía en mi voluntad, todavía débil para materializarse en mi boca. Era como si aquella voz desafiara la calma de las espinas que tenía clavadas; como si pronunciar ese par de palabras me dejara indefenso ante ellas. Tenía la impresión de que soltarlas sería exponerme a todos los peligros que había eludido durante años.
Al final, como siempre, guardé silencio.
Sakura no me reclamó nada. Delicadamente, sus labios besaron un instante mis ojos... y sentí un escalofrío.
Juro que estuve a punto de contarle todo acerca de la operación.
¿Habría sido lo correcto? Me pregunto cómo habría reaccionado si le hubiese hablado del alivio que había sentido, al descubrir que solo había sufrido un inicio de desprendimiento de retina; del miedo que había vivido todos aquellos meses creyendo que me estaba quedando ciego; del pánico a perder de vista mi camino, igual que lo había perdido mi madre.
Sin embargo, me contuve.
Me invadió una sensación de angustia ante aquel silencio, pero me recordé en mi fuero interno que era lo mejor.
Hay cosas que solo te conciernen a ti mismo.
Instintivamente, envolví a Sakura entre mis brazos.
–Sasuke-kun, ¿qué pasa? –rio con suavidad.
Enterré el rostro en su hombro, pero no contesté. Quería olvidarme de la soledad enemiga que me había acompañado todo aquel verano.
Ahora tenía a Sakura conmigo.
Nos mantuvimos callados, abrazados el uno al otro durante un rato. Mientras sus dedos jugueteaban con mis cabellos, en mi mente evoqué todas las palabras que nos habíamos dicho en los últimos minutos. Recordé una que me había gustado especialmente, y alcé la cabeza para mirarla a la cara.
–Así que querías que te follara –enfaticé mucho aquella palabra–. No esperaba que te fuera el rollo duro.
Sakura se sonrojó hasta las orejas.
–¡D-dijiste que te lo pidiera sin importar cómo sonara! Me salió así, sin más. No es que me guste el «rollo duro» –rezongó abochornada.
Me eché a reír y la acerqué aún más a mí. Aspiré el aroma de su pelo rosáceo.
–¿Ah, no? –ronroneé–. Pues para mí ha sonado a rollo duro lo de pedirme que te follase.
Me dio un manotazo en el pecho.
–¡No digas más esa palabra!
La agarré de las muñecas y le inmovilicé las manos en la espalda para evitar que siguiera pegándome. Conocía demasiado bien sus reacciones.
–¿Por qué te avergüenzas ahora, si la has dicho tú primero? –inquirí.
–Es que no debería haber dicho eso nunca...
Arqueé una ceja.
–¿Qué hay de malo en que hayas dicho eso?
Sakura desvió la mirada. No me costó demasiado comprender cuál era el problema. Puse los ojos en blanco. Decidí soltarla de las muñecas, y la tomé del mentón obligándola a que me mirara a la cara.
–No creas que voy a pensar mal de ti por haberme soltado eso –le aseguré.
–Pero... es poco femenino, ¿no?
–¿Por qué iba a serlo? ¿Acaso no tenías tantas ganas como yo? Cualquier cosa que hagamos entre nosotros se puede ver como vergonzosa desde fuera, pero esa opinión no tiene ninguna relevancia aquí. ¿Te sientes mal por lo que acabamos de hacer?
Sakura negó enérgicamente con la cabeza.
–Entonces no te sientas nunca mal por pedirme que te haga el amor, que te haga mía o simplemente que te folle. Eso ya no es cuestión de masculino o femenino, y ten por seguro que a mí me gusta cuando reúnes el valor de decirme esas cosas.
Tienes más valor que yo, Sakura.
Sí, fue eso lo que me faltó añadir. Ella era más valiente que yo. Siempre lo había sido. Igual que la primera vez que se atrevió a enfrentarse a mí; igual que la primera vez que se atrevió a confesarme sus sentimientos.
Sakura iba siempre dos pasos por delante de mí.
No necesité que respondiera a mis palabras, sellé sus labios con los míos. Pocas veces la besé con tanto apego como el que le demostré aquella tarde. Tal vez fue una forma de devolverle mi «te quiero».
Aunque fueron tantos los besos que nos dimos en aquella aula y tantos otros los que llegaron más tarde, en realidad, nunca habría sabido decir cuál expresaba mejor lo que sentía por ella. A veces tenía la impresión de que ninguno se acercaba lo suficiente.
En el Club de Kárate, antes de que alguien entrara, volvimos a hacer el amor en el almacén, entre estallidos de risas y siseos por la agitación de ser descubiertos; luego, fingimos indiferencia frente a nuestros compañeros. Y aun así, ya no me vi capaz de apartar la mirada de Sakura durante el resto del día.
En el fondo, creo que yo siempre fui el más débil de los dos.
El sábado Itachi no estaba en casa. Aquella semana se había mantenido más ausente que de costumbre, y había vuelto a altas horas de la noche. Además, por alguna razón que ignoraba, mi hermano había contratado a una asistenta para que nos limpiara el apartamento.
Todo ello había propiciado que olvidara casi por completo la visita del lunes, especialmente porque me había llevado a Sakura a casa muchas veces para estudiar..., aun cuando lo que menos habíamos hecho era eso.
Tuve que resistir en más de una ocasión la tentación de dejarla dormir conmigo; sin embargo, sabía que por mucho que Itachi se retrasara, al final siempre volvería.
–¿Tu madre sabe que pasas todas estas tardes libres en mi casa? –le había preguntado una mañana, mientras almorzábamos a la sombra de un árbol en el jardín del instituto.
–Creo que se lo intuye.
–¿Se enfadaría si se lo dijeras?
Sakura se había pensado un poco la respuesta.
–En realidad, me gustaría decirte que sí porque sería lo normal, sobre todo, ante el hecho de que no estoy aprovechando mis tardes libres de trabajo como debería. Pero mi madre no tiene reacciones que se consideren normales.
–¿Me culpas de que ya no trabajes a diario?
–Sasuke-kun, a pesar de que mi jefe me ha liberado de muchos días de trabajo cobrando lo mismo, sigo teniendo poco tiempo para estudiar por tu culpa.
–Entonces tendré que pedirle disculpas a tu madre.
–Exacto, pídele disculpas por pervertirme –Sakura había puesto una cómica expresión de enfado, antes de zamparse un puñado de arroz.
Aquel sábado habíamos quedado para ir al planetario cuando saliera de trabajar y, después, echaríamos una partida de bolos con los demás. Tenía pensado acompañarla a su casa al terminar y, entonces, conocer a su madre en persona.
Llevaba tiempo queriendo hacer eso.
Me arreglé tan pronto que terminé antes de lo esperado. No tenía ganas de ver la televisión, de modo que me dediqué a matar el tiempo dando vueltas por el apartamento, a la espera de encontrar alguna esquina sucia que la asistenta hubiera olvidado repasar. Pero la cabrona era una de las mejores limpiadoras que había conocido en años.
Al cabo de un rato, encontré las gafas de leer de Itachi tiradas de cualquier forma sobre la mesita de té. Me extrañaba mucho que últimamente pareciera tan distraído; mi hermano siempre había sido un maniático del orden. Por hacer algo, decidí llevarlas de vuelta a su habitación.
No era como si aquella zona de la casa estuviese vetada para mí, pero siempre me había rehusado a entrar. Por ello, me sentí algo raro al franquear aquel límite mental que me había impuesto y adentrarme en su dormitorio.
Y tal vez nunca debí hacerlo.
Cuando me acerqué a su mesita de noche para dejarle las gafas, advertí una carpeta. Aparentemente no tenía nada de especial, pero de nuevo me sorprendió encontrar un objeto fuera de su sitio en nuestro apartamento. Aquella debía haber estado dentro del archivador.
Inevitablemente, las letras de la pegatina que tenía en el centro llamaron mi atención.
Para los hermanos Uchiha
Entorné los ojos. La carpeta era de papel, algo más grande que un folio, y la cuerda que la cerraba estaba floja. Itachi ya la había abierto. Sin replanteármelo dos veces, desenrollé la cuerda y extraje lo que contenía.
Por unos segundos me olvidé de respirar.
Los recuerdos se arremolinaron en mi mente, al tiempo que iba a desplegando una por una fotografías denigrantes de mi padre frente a mí. Fotografías en las que aparecía borracho, furioso, completamente ido en situaciones similares a todas las que había vivido con él en casa. Fotografías de él entre bastidores; en la parte trasera de edificios donde habían tenido lugar eventos políticos; en los lavabos de galas honoríficas de compañeros; en fiestas de personas que apenas conocía, pero a las que su posición social le exigía asistir. Un cúmulo de hombres uniformados de negro aparecían en todas ellas sujetándole, llevándole hasta su coche blindado o intentando ocultarle de la mirada del resto del mundo.
Pero no habían podido huir de la cámara que había hecho aquellas fotografías.
Estuve un rato sin comprender bien qué era lo que estaba viendo exactamente. Sabía que se trataba de imágenes de mi padre en las peores condiciones en las que se le podía encontrar; sin embargo, no era capaz de asimilar que existieran realmente, ni mucho menos que las tuviera con tanta facilidad entre mis manos.
Aquellas fotografías debían de haber saltado ya a los informativos de todas las cadenas; debían de haber provocado un escándalo inaudito en todo el país; debían de haber impulsado la dimisión (e incluso la deportación) de mi padre. Pero estaban ahí: en la habitación de Itachi, con una pegatina que rezaba: «para los hermanos Uchiha».
El rostro de aquel tipo andrógino, Orochimaru, me atizó de pronto la memoria.
Abrí rápidamente la lista de contactos de mi móvil y busqué el nombre de mi hermano. En el preciso momento en que fui a pulsar su número, Sakura emergió en la pantalla llamándome.
–Dime –descolgué de forma seca.
Noté que ella vacilaba un poco.
–Ya he terminado de trabajar, Sasuke-kun. Ahora me cambiaré e iré al planetario. ¿Te espero allí?
Fruncí el ceño, repentinamente indeciso. La urgencia de pedirle explicaciones a Itachi me asaltaba desde cada rincón de mi cuerpo; no obstante, sabía que no me respondería enseguida. Tampoco podía cancelar los planes con Sakura, así, sin más.
–Llegaré un poco tarde, pero sí, espérame allí –repliqué.
–Está bien –Sakura dudó–. ¿Pasa algo?
Ojalá pudiera decirte que no sin que fuera mentira.
–Nos vemos en media hora –repuse, y me apresuré en colgar.
No me detuve a analizar mis respuestas a Sakura. Quise escribir de inmediato a Itachi para que no se le ocurriera escaquearse en casa de nadie aquella noche.
Yo: No volveré tarde. Espero que estés en casa para entonces. Tengo que hablar contigo.
Ni siquiera cuando gané jugando a los bolos me divertí. Sencillamente, no había tenido el cuerpo para diversión alguna. La gravedad de la situación que acababa de presentarse ante mis narices me arañaba cada esquina de la conciencia.
Una de las cosas que más había temido el día que dejé la casa de mi padre, había sido encontrar su rostro macilento y ebrio en las noticias. No me podía creer que algo así pudiera suceder realmente; que el control que Fugaku Uchiha había ejercido siempre sobre todo y todos fuera a derrumbarse, de un momento a otro.
Y al contrario de lo que había esperado sentir, por alguna razón me alarmaba aquella perspectiva.
Dejé a Sakura en su casa como cualquier otro día. Aquella noche mis planes habían cambiado drásticamente. Me urgía mucho más hablar con Itachi que conocer a su madre.
–¿Todo está bien, Sasuke-kun? –quiso saber ella, volviéndose justo cuando creía que iba a entrar en casa.
El ceño se me cerró un poco, aunque procuré permanecer impasible.
–Tú no tienes de qué preocuparte –intenté seleccionar las palabras de forma que se correspondieran con la realidad–. Espero que te hayas divertido.
–Sí, pero... creo que no me equivoco si digo que tú no. ¿Hay algo que quieras contarme?
Chasqueé la lengua. Su cabezonería era tanto su fuerte como su peor defecto.
–No hay nada que quiera contarte, Sakura –repuse con frialdad.
Ella achicó los ojos. Pareció más dolida que molesta. Guardó silencio unos segundos; luego, alternó la mirada de la puerta de su casa a mí.
–¿Quieres pasar? –me propuso.
Una parte de mí gritó desesperadamente que sí; que quería entrar y conocer al fin a su madre; que deseaba ver cómo era su familia; que anhelaba averiguar si la calidez de Sakura sería la misma que encontraría en su hogar.
Esa parte de mí gritaba por conocer al fin lo que era un hogar.
Pero la otra parte me frenó inmediatamente. Comprendí que no era el momento; que había algo que debía resolver antes, si es que existía alguna forma de resolverlo; que lo que aguardara detrás de aquella puerta, quizás nunca sería para mí.
Probablemente esa fue la verdadera decisión que cambió el rumbo de mi vida.
–Tengo que irme, Sakura –sentencié finalmente.
No añadí nada más, pero ella tampoco me pidió explicaciones. Igualmente, sus ojos parecieron desplomarse.
–De acuerdo. ¿Te veré mañana? –me preguntó esperanzada.
–No creo que pueda mañana. Mejor el lunes.
Asintió, aunque sé que no le había gustado mi respuesta.
–Entonces estudiaré. Nos vemos el lunes, Sasuke-kun –me sonrió con resolución.
–Hasta el lunes –pero yo no fui capaz de sonreírle de vuelta.
Al despedirnos, en mi pecho se removió un sentimiento que no comprendí. Fue como un pálpito. Como si algo me rogara que diese la vuelta y retrocediera, o ya no habría forma de recuperar aquel momento jamás. Qué ironía, pensaba.
¿Quién puede recuperar el tiempo que ya ha pasado?
Finalmente, regresé a casa, y las venas se me inflamaron al descubrir que Itachi no estaba allí todavía. Se presentó una hora más tarde, pero ni siquiera habiéndome duchado me sentí más tranquilo.
–¿Esas fotos las ha hecho ese tal Orochimaru? –espeté sin miramientos.
Mi hermano cerró los ojos un instante, con la mandíbula tensa. Terminó de quitarse los zapatos en el genkan y entró en el apartamento.
Se detuvo frente a mí, hundiendo las manos en los bolsillos del pantalón.
–Pensaba que tú no entrabas nunca en mi habitación –señaló.
–¿Ha sido él: sí o no? –no quería que me cambiara de tema.
Soltó un suspiro, vacilando.
–¿Qué quieres saber en realidad, Sasuke? Esas imágenes no muestran nada nuevo para ti, ¿o sí?
Entrecerré los ojos.
–¿Qué quiere Orochimaru? Si las tiene, ¿por qué no mostrarlas al mundo?
Los ojos de Itachi me observaron fijamente. De pronto me pareció como si hubiera muchas cosas que me quisiera contar.
–Eso no es asunto tuyo –dijo, sin embargo.
Fruncí el ceño.
–Lo es –reafirmé.
–¿Por qué? ¿Porque dañarán tu reputación en el instituto, o por nuestro apellido?
–He sido yo quien ha vivido esa faceta de nuestro padre, recuerda que tú te largaste –casi escupí.
Itachi me miró como si acabara de soltarle un puñetazo. Las aletas de su nariz se agitaron repetidamente; aun así, no hizo nada de lo que pudiera arrepentirse.
–Sasuke, déjalo estar. Al menos por esta vez. Olvida esas fotos, seré yo quien se ocupe de todo esto.
De repente, lo entendí todo.
–¿Te ha chantajeado? –Itachi abrió mucho los ojos apenas un segundo, pero me bastó para confirmarlo–. ¿Qué busca Orochimaru?
Sacudió la cabeza y me dio la espalda. Su cuerpo pareció encogerse levemente. Por un momento su imagen se me asemejó a la de un hombre atormentado.
–¡Itachi! ¿Qué coño busca Orochimaru? –exigí saber.
–¡Olvídalo! ¡Ya te he dicho que no es asunto tuyo! Déjalo estar, es lo mejor...
–¡Me importa una mierda lo que sea mejor! ¡Dímelo!
Me miró por el rabillo del ojo. Nunca había visto sus pupilas tan oscuras como aquella noche.
–Si quieres saberlo, tendrás que olvidarte de Sakura.
Todas las células de mi ser se congelaron por un instante.
Respuesta.
Todo habría dependido de una mísera respuesta.
Y la felicidad que había construido durante todos aquellos meses caería en el vacío. Para siempre.
Olvidar...
¿Cómo podría olvidarme de Sakura?
–¿De qué puñetas hablas...? –tan pronto solté aquellas palabras, comprendí que nada de lo que sucediera a partir de entonces cambiaría aquella realidad.
Itachi tardó en contestar. Dejó de mirarme.
–Tienes tiempo para elegir, Sasuke. Orochimaru nos ha dado unos cuantos meses. Replantéate hasta qué punto te interesa esta historia y los riesgos que estarías aceptando al conocerla. Nadie más debe verse involucrado en ella, mucho menos Sakura. Lo sabes.
Apreté la mandíbula.
No tenía ni idea de qué era lo que sucedía, pero, fuera lo que fuese, Itachi tenía razón. Lo sabía.
Sakura debía quedarse fuera de aquella situación.
Por otro lado, yo no planeaba mantenerme al margen. Si mi hermano no me lo contaba, haría mis propias investigaciones. Debía de haber algo que hubiera promovido en un productor ejecutivo tan poderoso la necesidad de chantajearnos. Algo que, quizás, estuviera oculto. Algo que solo una persona con una cualidad especial podía descubrir.
De repente, tuve la extraña sensación de que me estaban observando.
–Me voy a mi habitación –puntualicé.
No esperé una respuesta de Itachi, di media vuelta y me dirigí a mi dormitorio. Intenté actuar con la mayor calma que fui capaz, pero resistí el impulso de utilizar la opción de llamada en el móvil. Abrí el buzón de mensajes.
Yo: Karin, mañana te veo en el centro comercial a las 12:00. Te invito a comer.
[1] Tribu indígena que habita en Hokkaidô y en el norte de Honshû.
