NOTAS DE AUTOR
Tengo que decir que me he sentido ansiosa por que llegara este momento. Tanto que ahora mismo me tiemblan los dedos ante el miedo de que mi viejo portátil haga alguna cosa rara y me frene —lleva meses con la tecla «A» bailando peligrosamente—. Sé que debería de empezar con una disculpa más grande que una casa, pero supongo que las cosas han sucedido de esta manera y, en realidad, no he podido evitarlo.
Durante todos estos meses, he experimentado algunas de las peores circunstancias de mi vida, hasta ahora. No diré que han sido retos personales..., han sido mucho más que eso. Tal es la gravedad de lo que he atravesado, que a menudo había llegado a perder las fuerzas para seguir viviendo. Y aunque parezca una tontería enorme, supongo que el continuo apoyo de mis verdaderas amistades, el cariño de las personas que realmente me quieren y un grupo de K-POP/ROCK (género por el que nunca antes me he sentido atraída) que ha debutado hace poco (tengo que mencionarles, aunque ellos no me lean y, por supuesto, signifique hacerles indirectamente promoción: Stray Kids) me han salvado.
No esperaba que en mi vida se resquebrajasen tantas cosas juntas y que todo se volviese tan inmensamente oscuro... Bueno, creo que nadie se espera eso, cuando finalmente sucede. A menudo creemos que es imposible que nos vaya a pasar algo, que desajuste por completo el mundo tal como lo conocíamos, o que nunca vamos a caer en la debilidad de una depresión. Y sin embargo, sucede.
Pero he aprendido algo muy importante, que creía que ya sabía, y, sin embargo, me equivocaba en creerlo: al final, todo vuelve a su cauce. Al menos, si pones todo tu empeño en que suceda, es cierto. Tarde o temprano, vuelve a su cauce.
Con ello, he hecho cambios pequeños en mi vida, como cortarme mucho el pelo. Puede sonar a chorrada, pero ese gesto estúpido me ha servido para recuperarme un poco más. Ahora analizo todo lo que ha sucedido en este tiempo, y de repente lo veo como una broma; como un susto de la vida para apreciar mejor lo que tengo. Supongo que continuamente se nos presentan todas estas situaciones inesperadas para recordarnos que todo sigue, aunque te tires días sin moverte de la cama. La realidad es que no te queda otra que seguir también, y no imagináis cuánto me alegro de que esa realidad exista.
Eso sí, por fin he encontrado la paz que necesitaba para inspirarme.
El hilo de esta historia continúa tal como lo dejé y lo tenía planteado, por esa parte podéis estar tranquilos. Igualmente, hay una cosa más que debo deciros, antes de entrar en esos detalles: sabed que, a lo largo de estos meses, os he leído a todos. Absolutamente a todos, incluidos aquellos que se han tomado la molestia de escribirme en privado.
Y de verdad, no sé cómo agradecéroslo, porque verdaderamente habéis mantenido en mí un sentimiento de valor, en tiempos en los que me he sentido abandonada con frecuencia. Por esa razón, no podía dejar esta historia a medias y tampoco dar un giro tan radical donde reflejara solo cosas de mi vida personal. No, esta historia sigue y seguirá como debe ser. Vosotros os lo merecéis por vuestra paciencia y vuestro apoyo, un infinito honor para mí.
Dicho esto, os traigo un capítulo tan cargado de acontecimientos y emociones como, creo, os he tenido acostumbrados hasta mi esporádico bloqueo de escritora aficionada. A pesar de que sea triste (como ya os esperabais la mayoría), espero no defraudaros. Y como he dicho siempre, de corazón, sin reprimiros ni un segundo... ¡A DISFRUTARLO!
[Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22]
33. TEMBLOR
Sasuke tampoco había venido hoy. Y cuando salí del trabajo, tal como llevaba sucediendo desde hacía tiempo, él no estaba allí esperándome. En realidad, no recordaba bien desde cuándo llevaba sucediendo eso, pero me parecía que la noche de septiembre en que le había propuesto entrar en mi casa lo había desencadenado todo.
Por supuesto, no había vuelto a proponerle nada semejante.
Aquella noche de principios de invierno, al comprobar que de nuevo no iba a llevarme una grata sorpresa de su parte, se me ocurrió abrir el móvil y averiguar cuándo fue la última vez que nos escribimos en Line. El 23 de noviembre. Es decir, hacía cinco días.
Cierto era que en el instituto nos veíamos, pero cada día era como si intercambiásemos menos palabras, menos momentos juntos, menos recuerdos. Ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que nos habíamos besado, y si ya mencionamos la última vez que me había tocado...
Recuerdo que esa noche, tras leer el simple «vale» del 23 de noviembre, me invadió una profunda incertidumbre. ¿Sasuke estaba bien? ¿Acaso había sucedido algo como para que se estuviera comportando así?
¿O empezaba a cansarse de mí?
Sentía tal terror a descubrir cuál de aquellas era la pregunta más acertada, que no quería formulársela a nadie. A mi regreso a casa me encerré rápidamente en la habitación, y renuncié a cenar. Al poco rato, Hana abrió la puerta.
—¿Hermanita, ha pasado algo?
No me apetecía hablar, así que me limité a enterrar la cabeza en la almohada. Hana respetó mi silencio; sin embargo, me dije a mí misma que no podía estar eternamente así. Tenía que hablar seriamente con Sasuke.
Al día siguiente, procuré adelantarme para pillarle cuanto antes en el instituto. Tuve suerte al encontrarle justo cuando se estaba cambiando los zapatos en las taquillas. No había muchos estudiantes a nuestro alrededor.
—Buenos días, Sasuke-kun.
Me quedé petrificada cuando levantó la mirada. Dos profundas sombras de color malva surcaban debajo de sus ojos, como si llevara noches sin dormir.
—Buenos días —me contestó con sequedad.
—No tienes buen aspecto... ¿Has dormido mal esta noche? —inquirí.
Guardó silencio, y me sentí un poco molesta. Seguidamente, me dio la espalda en ademán de marcharse, pero me apresuré.
—Por favor, necesito que hablemos —se volvió y me miró enarcando una ceja—. Tengo la sensación de que últimamente estás frío conmigo.
Su rostro de alabastro permaneció inmutable.
—No sé de qué hablas, Sakura —replicó con voz neutral.
Se me tensó un poco la mandíbula. Sabía que me estaba exigiendo ejemplos, pero decirle cosas como que no me tocaba, no me besaba o no me hablaba por Line sonaba demasiado infantil y estúpido. Se suponía que Sasuke nunca había sido cariñoso.
Sin embargo, recordé la vez en que me dijo que pidiera aquello que quisiera; que fuera más egoísta y caprichosa. Había sido él quien había tenido aquella idea.
Sentí que la cara se me llenaba de calor.
—Quiero que me beses —me di cuenta enseguida de que apenas me había salido voz.
—¿Qué? —Sasuke se inclinó para escucharme.
El corazón se me aceleró al ver la proximidad de su cara. Realmente, hacía tiempo que no estábamos tan cerca.
—Quiero... que me beses —titubeé, pero pude hablar un poco más alto.
Por un momento, Sasuke vaciló. Sus ojos recorrieron la estancia, calculando las miradas que nos hostigaban. De forma automática, le imité y localicé no muy lejos algunas de las chicas que me habían acosado durante el curso anterior. Al ver nuestra cercanía, sus caras mostraron una expresión rabiosa.
De repente, Sasuke me besó la mejilla, pero fue tan rápido que apenas pude sentir sus labios en mi piel.
—Suficiente —murmuró, y acto seguido se alejó de mí.
Me quedé helada. No era ese el beso que había reclamado.
Y estaba segura de que Sasuke lo sabía.
En la hora antes del almuerzo, durante el cambio de clases, el corazón se me había rebotado al recibir un mensaje de Sasuke. Pero solo duró hasta que abrí el chat.
Sasuke: Lo siento, hoy no puedo comer contigo. Nos vemos luego.
Entrecerré los ojos. Ni siquiera me había dado una explicación.
Cuando llegó el descanso, lancé mi silla al pupitre de Naruto.
—¿Quieres comer conmigo y con Hinata-chan hoy? —quiso saber, mientras observaba cómo sacaba mi bentô de la mochila—. ¿Y el teme?
—Ni puñetera idea —tanto mi tono hosco de voz, como el golpe que se escuchó cuando solté la comida sobre la mesa, provocaron que Naruto diera un respingo.
Hinata apareció en ese preciso momento.
—Sakura-chan, ¿por qué no estás con Sasuke-kun?
Noté que Naruto hacía gestos con las manos como pidiéndole que no sacara el tema.
—Sasuke dice que no puede comer conmigo —me metí un puñado bastante grande de arroz en la boca.
Al menos la comida todavía me quiere.
—¿Ha pasado algo entre vosotros? —saltó Naruto.
—Hmmm —al oír el murmullo de Hinata, alcé la cabeza para mirarla—. A decir verdad, hoy me parecía un poco distraído... ¿Quieres que vayamos a buscarle, Sakura-chan?
Vacilé. Sabía que no debía ser pesada, pero ansiaba comprender qué era tan importante como para que Sasuke no almorzara conmigo.
—Hinata-chan, quizás el teme está...
—¡Vamos! —interrumpí inmediatamente a Naruto.
Mi amiga y el rubio de rasgos zorrunos cruzaron una mirada significativa; sin embargo, me acompañaron sin rechistar. En el fondo, estaba segura de que en cuanto me viera Sasuke se cabrearía, pero la intranquilidad me resultaba peor.
Cuando llegamos a la clase de Hinata y Sasuke, comprobamos que él no estaba allí. Y lo que más me jodió fue descubrir que Karin tampoco. Eso último me puso especialmente nerviosa.
¿Sasuke se había ido a comer con ella, en lugar de conmigo? ¿Por qué?
—Creo que sé dónde pueden estar —saltó Hinata.
No dudé ni un segundo en seguirla, a pesar de advertir el nerviosismo de Naruto. No era como si estuviera nervioso, en realidad, sino como si a él tampoco le estuviera pareciendo bien aquel asunto. No se atrevió a detenernos en ningún momento; al contrario, parecía tan dispuesto a encontrar a Sasuke como nosotras.
Hinata nos llevó directos al laboratorio de ciencias. Ella fue la primera en adelantarse y mirar por el cristal de la puerta, de modo que cuando se alejó de él y no hizo ningún gesto negativo, supe que había dado en el clavo.
Apresuré el paso y alargué el cuello para mirar por ese cristal. Allí dentro, en el laboratorio, reconocí inmediatamente la ancha espalda de Sasuke, su cabello negro azabache y un tazón de plástico con restos de yakisoba a su derecha. Karin estaba a su lado, y aunque ambos parecían absortos en la pantalla de un portátil, algo dentro de mí prendió fuego a mi inestable tranquilidad.
Estaba a punto de abrir la puerta, pero de pronto me invadió una emoción diferente, una que anuló de inmediato mi impulso de abrir esa puerta y provocó un instante de indefensión dentro de mí, como si me hubiesen despojado de todo mi valor.
—¡Ah! —exclamó de repente Hinata—. Ya sé por qué Sasuke-kun no podía comer contigo, Sakura-chan. Tiene que hacer el trabajo de Física con Karin-san; les toca exponer mañana, por eso están en el laboratorio ahora.
Las palabras de mi amiga deberían de haberme calmado, pero supongo que, en el fondo, no resolvían la principal duda por la que acababa de sentir que me quedaba sin fuerzas.
Que Sasuke tuviera que hacer un trabajo de clase con Karin seguía sin explicar por qué, cada día, lo sentía más lejos de mí.
En la tarde del día siguiente sucedió un pequeño cambio inesperado. Cuando entré en el gimnasio, me sorprendió encontrarme con Neji, ya vestido con el keikogi para empezar el entrenamiento de kárate. Apenas alzó su mirada violácea, detecté las profundas ojeras que ensombrecían su rostro, más delgado de lo que le había visto nunca. Me asaltó un escalofrío.
—¿Por qué has venido tan temprano? Todavía falta media hora para que empiece la clase —le pregunté.
Neji no me respondió, pero continuó mirándome fijamente, en silencio. Me sentí inquieta; por un momento pensé en todos aquellos rumores que circulaban sobre él y su coqueteo con las drogas. Inmediatamente, acudió a mi memoria las conversaciones con Hinata sobre el estado en que últimamente se encontraba su primo; la noche en que le habíamos descubierto peleándose con Naruto; la madrugada en que pillé a Sasuke cargando con él a su habitación.
Como si con ello le hubiese invocado, a mis espaldas sentí una presencia y, al girarme, hallé el rostro de esfinge de Sasuke mirándome casi con el mismo escrutinio de Neji. Seguidamente, sus ojos apuntaron hacia el Hyûga, y me pareció que su mirada se volvía pétrea.
Alterné entre uno y otro, de hito en hito. Yo había dejado de ser el centro de atención, y de pronto me sentí como en medio de dos titanes que se miraban desafiantes, a punto de saltar el uno encima del otro.
—¿Vas a dejarla? —saltó de repente Neji.
Aquella pregunta me dejó congelada unos instantes. Primero, no comprendí a qué se refería; después, sopesé al objeto de esa cuestión, y fue entonces cuando asimilé el mensaje que conllevaba. Una inminente sensación de angustia se apoderó de mí, como una garra que se agarraba ansiosa a mi pecho.
—No hay nada que te incumba en esto, Hyûga —casi escupió Sasuke.
Lo miré horrorizada, pero él se mantuvo impasible, ignorándome. No podía digerir lo que hablaban; quería pensar que no se referían a mí. ¿Sería Karin? Esa idea no alejó mi zozobra. Sasuke había sonado protector, y si se trataba de Karin, me molestaba de una manera indescriptible.
Neji entrecerró los ojos.
—¿Por qué no le dices nada? Merece saberlo antes de que la mandes a freír monas.
Casi pude oír los dientes de Sasuke rechinando.
—Te lo diré de otro modo: no te metas o, de lo contrario, te partiré en dos.
—¡Sasuke! —protesté inmediatamente ante su amenaza.
Él me miró y me pareció como si hubiera olvidado mi presencia hasta ese momento. Entorné los ojos.
—¿Qué estás haciendo? —solté anonadada.
Sus profundos ojos negros me contemplaron de una forma que no pude descifrar; no supe precisar si mostraban enfado, dudas o melancolía. ¿Qué le pasaba? Los segundos avanzaban sin pausa, y aunque rebusqué en mi mente centenares de posibles respuestas, fui incapaz de encontrar una explicación convincente a su mirada silenciosa.
Quise preguntar algo más, pero unos repentinos pasos me interrumpieron. Los rebeldes cabellos rubios de Naruto relucieron bajo la luz que se proyectaba en la entrada.
—¡Aquí estáis! Al ver a Sakura-chan recogiendo tan pronto, estuve seguro de que no sabía que hoy la clase del club se ha cancelado... —su voz alegre se apagó en cuanto reconoció a Neji, al otro lado del gimnasio.
Apreté la mandíbula.
Genial. Más conflictos.
—¿A qué te refieres con que la clase se ha cancelado? ¿Y el profesor Itachi, hoy no puede sustituir al entrenador Asuma? —inquirí, intentando calmar el ambiente.
—Estaba muy ocupado por unos exámenes. Ayer Asuma envió un mensaje colectivo por el correo del instituto explicándolo todo —el tono sombrío del rubio Uzumaki me dejó claro que no había conseguido mi propósito.
Se me tensó la espalda. Deseé que la caldeada atmósfera se enfriara cuanto antes, y temí más que nunca que fuera a estallar. Parecía ser que ya no era Naruto el único que se enfrentaría al primo de Hinata, sino que también, por alguna razón, Sasuke se mostraba predispuesto a ello.
Para mi alivio, Neji decidió frenar aquella situación caótica. Sin decir palabra, se encaminó a la salida, y pese a lanzar una sutil mirada de advertencia a Sasuke, ignoró a Naruto. A mí se me quedó mirando momentáneamente, y me pareció captar un matiz de decepción en sus ojos violáceos. Sin embargo, permaneció en silencio y se marchó.
Naruto chasqueó la lengua.
—En fin, me piro a echar unas canastas. De repente tengo ganas de matar a alguien —refunfuñó.
Cuando dio la vuelta para largarse, sentí el impulso repentino de pedirle que se quedara. No entendía el motivo, pero algo dentro de mí se removió ante la inquietud de que Sasuke y yo nos quedásemos solos.
Quedarme a solas con él me haría reclamarle una explicación, pero, en el fondo, me aterrorizaba escucharla.
Al final traicioné ese impulso y dejé que Naruto se fuera. Y, como bien sabía de mí misma, no tardé ni un minuto en volverme hacia Sasuke, llena de preguntas. Aun así, vacilé.
Lo observé detenidamente de arriba abajo, aún vestido con el uniforme del instituto y el maletín echado sobre el hombro. Me percaté de que tenía un aspecto ligeramente desaliñado: su camisa estaba un poco arrugada y sus cabellos negros más revueltos que otras veces.
Volvía a sentirle lejano. Como si en realidad no estuviera allí conmigo.
Crispé los puños.
—¿Qué ha querido decir Neji con eso de que vas a dejar... a alguien? —en realidad, temía acertar con el objeto de esa cuestión.
Sasuke me miró largamente, como si de nuevo acabara de recordar que yo seguía allí. Tardó en responder.
—Olvídalo —dejó de mirarme.
Fruncí el ceño.
—Sasuke, dímelo —le exigí.
Él mantuvo la mirada perdida en la nada. Un sinfín de interrogantes se abrieron en mi cabeza, remolinos de dudas que se apilaban uno detrás de otro, entre chispas de miedo y centelleos de pánico. Creí entenderlo.
—Vas a dejarme —había sido una afirmación, en apenas un hilo de voz.
Como si le hubiese picado una medusa, Sasuke volvió a mirarme. Sus ojos oscuros rezumaron un sentimiento que no comprendí bien; uno que me recordaba a un padre enfurecido porque su hijo se ha puesto en peligro.
—¡Te he dicho que olvides de una puta vez el comentario de ese gilipollas! —gritó.
Su exaltación me sorprendió; sin embargo, no me achanté.
—¡No voy a olvidarme de nada si no me respondes como es debido! ¿A qué se refería Neji?
—¡Joder, que no lo sé!
—¡Mentiroso!
Fue todo un visto y no visto. De pronto, detecté la mano de Sasuke volando hacia mi muñeca, sentí un mísero instante la textura recia de su piel, y ya no fui consciente de las ojeras púrpuras bajo sus ojos, ni de las puntas arrugadas del cuello de su camisa, ni del momento en que su maletín cayó al suelo. Se me habían cerrado los ojos un instante por la sorpresa, pero cuando los abrí solo pude ver los poros cerrados de su piel, y fue entonces cuando sentí la suavidad de sus labios sobre los míos. Su lengua se abrió paso en mi boca con una sed ávida, que acarició, envolvió y bebió de la mía. Me quedé atontada. Casi no recordaba lo bien que se sentía cuando hacía eso.
—Olvídalo, olvida lo que ha pasado, no vuelvas a pensarlo, no pienses en nada de esto, por favor —dijo Sasuke contra mis labios.
Suplicaba. Sasuke nunca me había suplicado nada.
Su voz albergaba una desesperación desconocida en él; un temor que no podía entender. Si quería que me olvidara de aquella conversación, si Neji se había equivocado, ¿por qué Sasuke estaba tan nervioso?
No fui capaz de –o, más bien, no quise– seguir pensando en lo que había pasado. Los besos de Sasuke me brindaron sensaciones que llevaba anhelando desde hacía mucho, y en ese momento el deseo de recuperarlas venció a todos los interrogantes que me habían surgido en los últimos minutos.
Me vi arropada por su aroma, abrigada por su calor ante la frialdad de la atmósfera de noviembre, y mi corazón latió enardecido cuando nos dirigimos al almacén. Sasuke cerró la puerta tras de sí y me tumbó sin miramientos sobre las colchonetas apiladas. Podía parecer extraño, pero cuando sus manos desnudaron mi entrepierna y vi su rostro inclinándose allí abajo, me sentí en calma. Había reconocido en sus pupilas aquel brillo fulgurante, reflejo de los sentimientos que albergaba por mí, y mis miedos se habían convertido en un eco sordo de mi cabeza.
Inevitablemente, exhalé un gran suspiro. Sasuke besó mis muslos y, acto seguido, su boca se fundió en mi intimidad. Percibí sus labios succionándola, entre la humedad de sus lamidos y los círculos sobre mi trocito de carne. Inundó mi cuerpo de embriagadoras descargas eléctricas y tuve que agarrarme a su pelo para resistir los espasmos, los dedos de mis pies replegándose dentro de los zapatos, mi piel erizándose, mis piernas abriéndose por completo.
Gemí, y fue como desatar una parte de mí que llevaba dormida mucho tiempo. De repente, ya no era Sasuke quien tenía el control, sino que fui yo la que se hizo con él. Me dominó tal deseo que me incorporé y, buscando sus labios, mis manos desabotonaron sus pantalones. Me apresuré en hacerle girar para sentarle sobre las colchonetas y le despojé rápidamente de su ropa interior. No me lo pensé dos veces, agarré su miembro con la mano y me alimenté de él. Casi no sentí el rasgueo de mis rodillas contra el suelo cuando todo su ser estuvo en mi boca, llenándome de aquella magnitud que se acrecentaba y dejaba un ligero sabor agridulce en mis papilas. Nunca imaginé que pudiera sentir algo así, pero me resultaba adictivo: aquella textura compacta, pero suave y esponjosa a la vez. Me atacaba el ansia prohibida de devorarlo, cada vez más irresistible a medida que observaba fascinada lo que provocaba en él. Suspiros, mejillas acaloradas, la boca entreabierta, el ceño frunciéndose.
Aquella visión resultaba tan erótica a mis ojos que no esperé más y extraje del bolsillo de su pantalón uno de los preservativos que solía llevar encima. Estaba tan empapado de mi boca que aproveché la oportunidad. Me subí encima de él y, sin vacilación, le introduje en mí. No quería soltarle ni un segundo, cabalgué sobre Sasuke una y otra vez. Sus manos se aferraron a mis glúteos, mientras nuestras bocas se devoraban, entre jadeos, suspiros y gemidos. Las colchonetas bajo nosotros se sacudieron violentamente, al tiempo que nuestros cuerpos vibraban el uno con el otro.
Sasuke desabotonó mi camisa, extrajo mis pechos del sujetador y bebió de ellos con codicia. Los suaves mordisqueos en mis pezones me arrancaron gimoteos, y mi hambre por él se incrementó. Sentí mi sexo acalorado, inflado de lujuria, cuando mis caderas aceleraron el ritmo, bajando y subiendo cada vez más deprisa. Cada vez más sedienta, más extasiada. Su miembro palpitaba dentro de mí: duro, cargado de un fuego que me enloquecía; que me desesperaba por no poder llevarlo a mis entrañas. Vislumbré los ojos de Sasuke entrecerrándose, en una expresión profundamente placentera. Irremediablemente, se me escapó una sonrisa de satisfacción.
—¡Sasuke-kun! —gemí, y comprendí que me habría dado completamente igual que nos encontraran en ese momento; yo no habría parado.
Sasuke me agarró por la espalda, me volteó y se colocó de nuevo encima de mí. Su pene no salió ni un mísero instante; al contrario, se sumergió hasta el fondo. Una, dos, tres, cuatro veces. Me mordí la mano para contener otro gemido, pero Sasuke me la apartó y sujetó mis muñecas contra la colchoneta.
—No pares, Sasuke..., por favor, no pares —suspiré.
Él obedeció, y me penetró: férreo y desenfrenado. Oí los chapoteos aumentando conforme se le escapaban gruñidos tenues. Su respiración me golpeaba la cara; era más intensa y desacompasada que otras veces. Entreabrí los ojos y observé que él había cerrado los suyos con fuerza; sin embargo, detecté algo en su expresión que me inquietó.
Por un momento me pareció que iba a echarse a llorar.
¿Qué le pasaba a Sasuke? ¿Por qué habían pasado prácticamente dos meses sin que me tocara, me besara y me hiciera el amor? ¿De verdad el comentario de Neji no tenía importancia?
De repente experimenté una vez más aquella sensación de incertidumbre, de angustia, y me agarré a sus espaldas con fuerza. Deseaba fervientemente comprender qué había dentro de él. Sasuke acarreaba tantos fantasmas del pasado que, a veces, era imposible precisar cuál de ellos le estaba atacando.
Cerré los ojos e intenté alejar toda aquella retahíla de preguntas que me habían asaltado de nuevo. Me concentré en sentirle aquellos últimos instantes; sentir aquellas emociones que sabía que quería transmitirme haciéndome el amor. Al cabo de unos segundos, mientras besaba su cuello, percibí un cosquilleo familiar en el bajo de mi vientre...
... y de pronto todas las preguntas en mi cabeza se entremezclaron con centenares de formas difusas que alteraron mis sentidos. Los dedos de mis manos se contrajeron sobre su columna, mis uñas se clavaron en su camisa, mi vientre se encogió, se me nubló la vista, el pulso me martilleó desde todos los rincones del cuerpo. Y cuando noté que me derramaba, escuché el gemido sordo de Sasuke en mi oído, sentí el hormigueo de su respiración en mi oreja ardiente y un leve aroma a sudor acaramelado por el olor de su champú.
Cuando todo en mí se destensó, me temblaron los labios y una sensación de indefensión me embargó. Miles de voces estallaron en mi mente, pero Sasuke las acalló con un beso: cremoso y frágil. Automáticamente todas ellas se fueron apagando poco a poco.
Dejé que transcurrieran algunos minutos hasta que el ambiente perdió cierta fogosidad y empezaron a instalarse los ritmos acompasados del corazón, el mutismo de la estancia y la calma de nuestros músculos. Sasuke no salía todavía de mí, a pesar de que podía notar su sexo ablandándose y sus grandes hombros derrotados. Lo miré y descubrí que había cerrado los ojos.
—¿Estás dormido? —por alguna razón, no me atrevía a hablar en voz alta.
Sasuke negó con la cabeza, pero no abrió los ojos.
—¿Estás cansado?
Ahora asintió.
—Parece como si no hubieras dormido desde hace días.
—El trabajo de Física me ha quemado.
Recordé de inmediato las palabras de Hinata el día anterior, cuando le habíamos pillado junto a Karin en el laboratorio durante la hora del almuerzo. Sin embargo, acordarme de ella me hizo sentir una punzada de desagrado.
—Cierto, Hinata me comentó algo —carraspeé para disimular el ligero mal sabor de boca—. Era hoy la exposición, ¿verdad? ¿Cómo ha salido?
Sasuke alzó una mano y dibujó un círculo con los dedos, en señal de un resultado óptimo. Contemplé su rostro en silencio, y detecté que le había crecido bastante el flequillo; le aparté algunos mechones que le caían sobre los ojos. Luego, mi mirada descendió hasta sus labios carnosos. No pude resistir el impulso de volver a besarlos.
—Sakura...
Sasuke había hablado de nuevo contra mis labios, de modo que me separé un poco para mirarle otra vez. Sus ojos negros como el ónice estaban abiertos y me observaban con un brillo que, de nuevo, no supe interpretar.
—¿Qué quieres decirme?
Y creo que esa pregunta desencadenó algo dentro de él. Por un momento, sus manos se deslizaron bajo mis orejas y se acercó como en ademán de besarme en la boca; sin embargo, se detuvo. Noté que vacilaba, y entonces me besó en la frente. Acto seguido, salió de mí, se deshizo del preservativo y se abotonó los pantalones. Cuando abrió la puerta del almacén, no se volvió para mirarme.
—Vamos, te acompaño a casa —dijo con voz neutral.
No quise rechistar; una distancia invisible había vuelto a interponerse entre nosotros.
Inevitablemente, todos los interrogantes volvieron a dispararse en mi fuero interno. Mientras recuperaba mis braguitas y me abotonaba la camisa, recordé lo que había sucedido antes de que Sasuke y yo hubiéramos terminado en aquel almacén. Esa vez reparé en algo que no me había llamado la atención hasta ese momento.
Más allá de haber cometido la misma equivocación que yo por no leer el correo del instituto, no entendía la aparición de Neji aquella tarde. Llevaba tiempo sin asistir a los entrenamientos del Club de Kárate, por lo que me había extrañado que hubiera venido. Además, tenía la sensación de que él sabía algo que yo ignoraba; algo relacionado con el comportamiento de Sasuke. Pero lo que de verdad no me cabía en la cabeza era otra cuestión.
¿Por qué a Neji parecía importarle?
Las vacaciones de invierno llegaron cargadas de recuerdos que se combinaban con mi profunda desazón. Resultaba casi milagroso pensar que hacía un año desde que Sasuke y yo habíamos empezado a salir juntos. Y al mismo tiempo, me inquietaba observar que nuestra relación no era tan íntima como me había parecido los primeros meses.
Después de aquella apasionada tarde en el almacén del gimnasio, nuestros encuentros íntimos no volvieron a repetirse muy a menudo. Quizás Sasuke me besaba más veces que en los meses anteriores a aquel día, pero todavía eran pocos si los comparaba con todos los que hubo en primavera, verano y antes de octubre.
A menudo me preguntaba si debía seguir preocupándome o si, por el contrario, aquello era lo normal. Después de todo, las parejas no se besaban siempre y tampoco mantenían relaciones sexuales todos los días. Como todos los jóvenes japoneses, pensaba que eso solamente ocurría en las películas o en algunos países occidentales. Pero aquello era la vida real, y Sasuke el prototipo de chico japonés: silencioso y desentendido, nada pegajoso.
Aun así, añoraba cómo había sido nuestra relación al principio. Añoraba no tener ni un atisbo de duda sobre si me veía atractiva o no. Añoraba contemplar el contorno desnudo de sus músculos, la espalda marcada, la piel fina de su torso, las venas de sus manos grandes. Añoraba los besos desprevenidos que me recordaban lo mucho que su felicidad se parecía a la mía.
Ahora todo era como un muro grueso que se alzaba para impedirme adivinar qué pensaba o qué sentía. Ya no sabía cuándo se estaba divirtiendo o cuándo se aburría; si había algo que le ofendiese o si todo le era indiferente. Y supongo que eso era, incluso por delante del sexo o los besos, lo que de verdad añoraba entre nosotros.
Por ello, a veces tenía pesadillas.
La noche antes de Nochebuena solamente había conseguido lidiar el sueño durante algunas horas, y me obligué a tomar café –el cual no me entusiasmaba demasiado– un par de veces a lo largo del día.
—¿Hoy por fin conoceré a tu novio? —me preguntó mamá inesperadamente.
Me sonrojé hasta la punta de las orejas.
—Hemos quedado en una pastelería lejos de aquí, así que no sé si le apetecerá —carraspeé incómoda.
Mamá había decidido que aquella Navidad no cenaríamos nada de KFC1 y, en lugar de ello, se había animado a cocinar kare age 2. Creía que no iba a tener el placer de comerlo –mi madre hacía el mejor kare age de Japón, estoy segura–, pero Sasuke me había dicho que aquella noche cenaría en casa de unos parientes (creo que eran los padres de su prima Izumi). En realidad, aquella noticia me había entristecido, y por un momento temí que tampoco quisiera que quedáramos en Nochebuena. Sin embargo, me sorprendió cuando me propuso salir a tomar tarta de Navidad. Sasuke odiaba el dulce.
—Pues me gustaría conocerle pronto. ¿Es muy tímido? —mamá se mostraba tan interesada que me sentía avergonzada.
—No..., bueno, un poco. ¿Por qué te importa tanto?
—Porque lleváis saliendo un año y tú has estado enamorada de él toda la vida.
Mi rubor ascendió tanto que, por un segundo, me mareé.
—¡Eso no es verdad! Solo lo estaba en el colegio —protesté.
Mamá tapó la sartén donde se estaba friendo el pollo, y se giró para mirarme.
—Sakura, soy tu madre. Te conozco desde que estabas en mi barriga, y sé perfectamente lo que has sentido siempre por ese chico. No soy tu hermana ni ninguna de tus amigas, a mí no puedes engañarme.
Hice un mohín, pero finalmente me di por vencida.
—Ya lo conocerás —dije, y de repente sentí cierta incertidumbre.
¿De verdad ocurriría eso algún día?
Aquella noche no quise darle vueltas al asunto. Cené con mi madre y mi hermana, me vestí y salí a buscar la pastelería donde Sasuke y yo habíamos quedado. Verle allí, esperando en la puerta, me hizo sentir aliviada. El resto de la noche transcurrió tranquila, como en una cita normal entre nosotros. No recibí ningún regalo, pero no me importó. En el fondo, lo único que había esperado era que Sasuke quisiera entrar en mi casa y conocer a mi familia.
Pero aquella noche tampoco sucedió.
En Nochevieja quedamos con nuestros amigos en Shibuya. Hana también se unió; al parecer, ninguna de sus amigas se había quedado en Tokio. No pasé por alto que Kiba estaba más pendiente de ella de lo que lo había estado nunca con nadie, pero no le concedí demasiada importancia. Lo cierto era que, durante toda aquella noche, experimenté una especie de tensión, como si una voz dentro de mí estuviera advirtiéndome de que algo no andaba bien.
Aun cuando técnicamente debió ser una noche divertida, por alguna razón, eché de menos todo el tiempo la Nochevieja del año anterior. Cuando a medianoche los fuegos artificiales estallaron en el cielo, miré a Sasuke y, con disimulo, busqué su mano.
Solamente la sostuvo unos segundos, y luego la soltó.
Al finalizar los fuegos, dijo que estaba cansado y regresó a casa sin dar más explicaciones. Aquella seca despedida me hizo recordar a Rock Lee un instante, pero enseguida me sentí una persona horrible por pensar en él como un motivo para que Sasuke se pusiera celoso y volviera. Probablemente, ni siquiera con Lee habría bastado entonces.
¿Qué pasaba? ¿Qué estaba fallando? ¿Eran los fuegos artificiales? ¿Era el ambiente? ¿Era yo?
Fuera lo que fuese, necesitaba saberlo.
—¿De verdad que no le notas raro?
Al volver de las vacaciones de invierno, acorralé a Naruto en una esquina del pasillo, antes de que se marchara pitando a ver a Hinata en la hora del almuerzo. Una vez más, Sasuke me había dicho por mensaje que no podía comer conmigo.
—Bueno, estará liado, Sakura-chan. Pronto serán los exámenes de Selectividad.
—Sabes mejor que nadie que Sasuke nunca estudia. Tiene una memoria fotográfica extraordinaria y uno de los mayores coeficientes intelectuales de Japón —repuse.
—Pues estará liado con otra cosa, no tengo ni idea.
Naruto se encogió de hombros y dio media vuelta. Pero en cuanto lo vi a punto de marcharse, de forma instintiva mis dedos tiraron de su camisa. Fue un gesto delicado, nada brusco. A pesar de que imaginaba que no me mentía, era tan grande mi deseo de obtener respuestas que actuaba por impulso. Estaba desesperada por hallar una voz que me escuchara y me explicase qué estaba sucediendo.
El rubio de rasgos zorrunos se giró y me miró confuso; sin embargo, no tardé en notar que su mirada se suavizaba. Se le formó una arruga en la frente.
—Sakura-chan...
No fue hasta que pasó un dedo por mi mejilla cuando noté que se me habían caído algunas lágrimas.
No, no llores ahora. Estás en el instituto.
Naruto miró a nuestro alrededor. Al detectar algunas miradas cotillas, me rodeó con el brazo y me llevó pasillo abajo. Nunca se había mostrado tan atento conmigo, pero aquel lado suyo: tan protector y cálido, hizo que me sintiera ligeramente calmada.
Salimos al patio y nos sentamos en una zona poco transitada. Naruto me ofreció una de las servilletas que utilizaba para su almuerzo, y aunque negué con la cabeza, él insistió.
—¡Ay, qué imbécil soy! —empecé a secarme las lágrimas, aun cuando las sentía desbordadas—. Es que... no entiendo nada. Lleva meses así, y... no sé qué pasa... no sé a quién más acudir... Neji no está viniendo al instituto y...
—Ese capullo no sabe nada, solo ha oído rumores.
Miré a Naruto desconcertada.
—¿Qué rumores? —quise saber.
El rubio de ojos celestes vaciló. Frunció el ceño y apretó los labios, como debatiéndose entre si debía o no abrir la boca. Esperé pacientemente; no quería presionarle. Al cabo de un rato, suspiró.
—Sakura-chan, no te miento cuando te digo que no sé exactamente lo que está pasando, ¿vale? El teme no ha querido contarme nada más, aparte de que hace un tiempo recibió una visita inesperada en casa.
—¿Una visita inesperada? ¿De su padre o algo así?
Naruto me miró con detenimiento, guardando silencio durante unos segundos. Pude entender que se le había sorprendido el que yo estuviera enterada de la tormentosa relación de Sasuke con su padre. Luego, entrecerró los ojos.
—Fue de un tipo que lleva una cadena de televisión..., pero el caso es que... bueno, eso no tiene nada que ver con esto —de repente, me pareció que había cambiado de opinión.
—No, dímelo. Si me lo has contado es por algo —me apresuré en insistirle.
—Sakura-chan —Naruto me miró con una desconocida seriedad—, no puedo contarte más sobre eso, porque tampoco lo sé. Son cosas del teme y el único que debería decírtelo es él, no yo. Lo siento. Igualmente, no creo que sea tan importante ni que explique cómo está llevando su relación contigo...
—¿Y los rumores? ¿Qué hay sobre eso? —le interrumpí desesperada.
—Eso tiene menos importancia todavía. Son solo rumores.
—¿Qué dicen esos rumores? —no iba a ceder.
Naruto soltó un resoplido y me miró afectado.
—Es una chorrada. A Sasuke le ha tocado hacer trabajos grupales con Karin todo el trimestre pasado...
—¿Y qué? ¿Qué se dice sobre eso?
Apretó la mandíbula y desvió la mirada.
—Dicen que planea dejarte —el rubio Uzumaki se angustió al verme agachar la cabeza—. ¡Oh, vamos, Sakura-chan! Sabes que eso no va a pasar. El teme es gilipollas, pero es imposible que le guste la tonta de mi prima, y mucho menos que te deje por ella. ¡Te quiere una barbaridad! Son esas imbéciles de sus fans-acosadoras-locas-del-coño las que van inventando esas bobadas.
—No lo sé —quería haber hablado más alto, pero apenas me salió la voz.
Sentí la mirada de Naruto sobre mí durante todo el tiempo que sollocé en silencio. A veces pasaba su mano por mis hombros y, aunque sabía que no era capaz de encontrar palabras con las que animarme, agradecí que se mantuviera a mi lado. Un rato después, abrió su móvil y lo vi teclear algo. Por el rabillo del ojo alcancé a leer el nombre de Hinata en la pantalla, y entonces comprendí que me estaba aprovechando demasiado.
Sorbí por la nariz, y me levanté.
—Será mejor que vaya a repasar para los exámenes. Al contrario que Sasuke, yo necesito estudiar —me sequé las lágrimas e intenté sonar enérgica—. Tú deberías irte ya a comer. Hinata te debe de estar esperando.
Naruto tardó un poco en levantarse. Cuando lo hizo, me miró una última vez más con preocupación; sin embargo, suspiró resignado.
—Ánimo, Sakura-chan. No creo que pueda ayudarte mucho con el estudio, puesto que eso se te da mejor a ti..., pero estoy aquí —me sonrió con dulzura.
Sus palabras provocaron que el corazón me diera un vuelco repentino. Mi propósito de hablar con Naruto aquel día había sido únicamente hablar sobre Sasuke y encontrar respuestas. Y en lugar de eso, había comprendido que tenía un amigo que me protegía mucho más de lo que había pensado. Uno que, aunque quería respetar las decisiones de su mejor amigo, haría lo que fuera con tal de que yo estuviera bien.
Un amigo de verdad.
El domingo de aquella semana me enteré de que habían dado el alta a la señora Chiyo, y aunque me alegré al saber que estaba bien, también me entristecí ligeramente. Las mañanas de voluntariado en el hospital se me habían hecho mucho más amenas desde que la había conocido y, en realidad, me habría gustado hablarle sobre mis miedos, en busca nuevamente de una respuesta.
Luego, me sentí mal conmigo misma. Tenía la sensación de que me estaba volviendo una egoísta por pensar en mis seres queridos para mi beneficio personal. Era cruel preocuparles deliberadamente con mis tonterías.
Sin embargo, cuando salí del hospital me encontré con alguien que no había esperado, precisamente porque la señora Chiyo ya no estaba ingresada.
—Vaya, venía buscando un poco de suerte y, mira por dónde, ha aparecido.
Sasori me sonrió de oreja a oreja, acariciándose distraídamente la boina que llevaba en la cabeza. Sus cabellos rojizos sobresalían por debajo: saltarines, como lenguas de fuego.
—¿Qué haces aquí? —fue lo único que me salió decir, aunque me percaté enseguida de que quizás había sido muy directa.
Sasori se detuvo delante de mí, y se inclinó un poco para mirarme a la cara. Casi no recordaba lo alto que era.
—Hace un par de días recibí una carta de aceptación de la Universidad de Waseda.
Aquella noticia me alegró más de lo esperado.
—¡Sasori-kun, eso es fantástico! —exclamé, realmente contenta.
—Quería contártelo, y como no tengo tu número ni sé dónde vives, pensé que tal vez te encontraría hoy por aquí.
Aquello me sorprendió, pero supuse que él también se sentía identificado conmigo: ambos teníamos un sueño en la vida. No obstante, recordé inmediatamente un detalle.
—¿Cómo se lo ha tomado la señora Chiyo?
Sasori se acarició la nuca y soltó una risita nerviosa.
—Bueno, gracias a Dios tengo la beca para la matrícula. Ella me ha cortado el grifo. Me lo veía venir, así que en Navidades me puse a buscar trabajo. Al menos he encontrado uno que me permite pagar el alquiler y comprar algo de comida. Supongo que, algún día, la vieja terminará aceptándolo... o no.
Arrugué la frente, preocupada. Para mí, era admirable que Sasori siguiera luchando a toda costa por su sueño de convertirse en director de cine, a pesar de no recibir ningún tipo de apoyo por parte de su familia. En mi caso, había sido siempre muy distinto. No solo la tía Tsunade se había sentido orgullosa al saber que quería ser doctora, sino que mis abuelos me decían a menudo que querían contribuir a pagarme la carrera.
Pero, claro, el mundo del cine no estaba tan bien considerado como el de la medicina.
Sasori soltó un largo suspiro.
—¿Cómo estás tú? Pronto te gradúas, ¿cierto?
Desvié la mirada. Cómo estaba yo no era una pregunta que me gustara responder últimamente.
—Sí, en abril —musité, y mi incomodidad fue demasiado evidente.
Por favor, deja de comportarte como una víctima. Todo está bien, vas a preocupar innecesariamente a todo el mundo.
Inesperadamente, sentí el rostro de Sasori tan cerca que me sobresalté.
—Sakura, ¿eres feliz?
Le miré fijamente, y ya no me importó su excesiva cercanía. Sus ojos cafés me escrutaron con intensidad, al tiempo que aquellas palabras se expandían hacia cada esquina de mi mente. Nunca me habían hecho esa pregunta; supongo que era algo que se daba por sentado.
Sin embargo, por primera vez, reflexioné sobre ello.
En realidad, no era como si de pronto sintiera que no era feliz o como si me hubiese dado cuenta de que mi felicidad había sido una mentira hasta ese momento. No, no era nada de eso. Aquella pregunta, más bien, me había hecho pensar sobre algo en lo que no había caído antes.
De repente, le encontré sentido a la sensación de malestar que había experimentado en Nochevieja o todas las veces en que aquellos últimos meses, se suponía, debía haberme sentido bien y no lo había estado. Por supuesto.
Aquella pregunta no debía de habérmela hecho Sasori, sino que tendría que haber sido yo la que se la hubiera hecho a Sasuke.
Tal vez no era una paranoica por pensar que pasaba algo. Sabía que algo malo estaba pasando. Y quizás mi error había sido centrarme más en mis inseguridades, en lugar de averiguar el auténtico problema. Un problema que Sasuke estaba sufriendo solo.
Y no podía dejar que continuara así.
—Sasori-kun, me alegro de que hayas conseguido dar este gran paso hacia tu sueño, pero no puedo quedarme más tiempo a hablar. Debo dejarte ahora, lo siento —hice una inclinación a modo de despedida.
Pero antes de que pudiera alejarme, Sasori me retuvo por el brazo.
—No has respondido a mi pregunta —señaló.
¡Cierto! Casi se me olvida.
Fui a abrir la boca para decir que sí, pero él se me adelantó.
—Siempre que te veo, Sakura, noto tu melancolía. No intentes hacerte la fuerte.
Enarqué una ceja, sin entender a qué se refería.
—Él no te hace feliz, ¿cierto?
—No es eso. Sasuke-kun siempre me ha hecho feliz, es solo que...
—¿Y por qué dudas?
Fruncí el ceño. Sasori no me soltaba el brazo.
—No dudo, es que... no es buen momento.
—¿Y cuándo lo es?
Sus ojos brillaron con suma expectación, pero ignoró por completo mis sutiles intentos de zafarme. ¿Por qué seguía agarrándome?
—Sasori-kun, por favor...
Y en lugar de soltarme ante mi leve súplica, me vi lanzada hacia su pecho. Me quedé tan estupefacta, que ni siquiera supe qué hacer cuando sus manos acariciaron mi espalda. No comprendía nada. No encontraba la lógica a su comportamiento; Sasori no estaba actuando como era habitual. Y aun así, por alguna razón, yo no era capaz de reaccionar.
—Estoy enamorado de ti, Sakura —susurró en mi oído—. Lo he estado desde el momento en que te vi, y créeme que nunca pensé que fuera a sucederme algo así.
El corazón me latió con tanta fuerza que me sentí avergonzada. Hacía tiempo que no escuchaba palabras tan tiernas. Palabras de amor. Debería de haberle empujado al instante, pero sentía un gran respeto hacia Sasori. No quería hacerle daño si estaba sincerándose.
Aun cuando no le correspondía, era un sentimiento muy dulce, que se entremezclaba con una profunda animadversión hacia mí misma. En el fondo, sabía que no debía permitir que me abrazara de esa forma. No estaba bien permitirle que se tomara semejante confianza, a pesar de que despertaba una sensación agradable en mí.
¿Desde cuándo eres tan asquerosamente débil y egoísta?
—No quería decirte nada porque sé que tu corazón pertenece a otro, pero supongo que ya no podía callármelo más tiempo —me sentí aún más horrible al escuchar aquellas palabras—. Ojalá todo fuera diferente. Ojalá te hubiera conocido antes que él, o hubiese sido más rápido..., pero imagino que todavía soy solo un senpai para ti.
Sí, es exactamente eso. Algo más que amistad entre nosotros no es posible porque siempre he amado a Sasuke, y tenemos edades muy distintas.
—Aun así —continuó Sasori, interrumpiendo el hilo de mis pensamientos—, voy a esperarte. Y cuando te des cuenta de que él no te merece, estaré ahí; no volveré a cometer el error de dejarte escapar.
Sentí que el corazón se me encogía. No me gustó que insinuara que, en algún momento, Sasuke y yo romperíamos. Me puso nerviosa, especialmente en aquel momento que había recapacitado sobre mis descuidos. Sabía que había sido estúpida, pero eso no significaba que hubiera dejado de querer a Sasuke.
Fue entonces cuando el agrado que había experimentado ante su confesión desapareció.
—Sasori-kun —lentamente, mis manos fueron empujándole hasta que rompí el contacto físico entre nosotros—, lo siento, pero debo pedirte que no me esperes. Acepto tus sentimientos; sin embargo, los míos son diferentes.
Alcé la cabeza para mirarle a la cara. Su expresión era sosegada y respetuosa. Esperé una respuesta inmediata, pero se mantuvo en silencio durante un rato. Después, los rayos del sol le arrancaron otorgaron a sus ojos un tono acaramelado, y entonces detecté su contrariedad.
—No eres tú la única que debe luchar por esa relación, Sakura.
Entorné los ojos.
—Eso no es asunto tuyo. Haré lo que sea por mi relación con Sasuke.
—¿Porque le quieres?
—Exacto.
—Eso no es amor, Sakura; es posesión.
Aquel comentario fue como si acabara de pegarme un tiro en el corazón. Le miré anonadada; no me podía creer que me hubiera dicho eso. Sentí el impulso repentino de golpearle, pero apreté los puños contra mis vaqueros. No encajaba una explicación para lo entrometido que estaba siendo. Por mucho que le gustara, yo no sentía lo mismo. ¿Por qué no lo aceptaba sin más?
Inspiré hondo.
—Creo que no tengo razones para seguir hablando contigo ahora mismo, Sasori-kun. Lamento si he dañado tus expectativas, pero no puedo cambiar mis sentimientos. Discúlpame.
Cuando me incliné a modo de despedida, tuve la impresión de que mi rechazo no serviría de nada. Había sido muy permisiva. Si de verdad estaba enamorado de mí, aquello no era como para rendirse. Al menos, yo no lo habría hecho.
Sin embargo, no quise ser más fría con él. Sasori ya tenía demasiado repudio encima, y no me costaba imaginar lo difícil que debía ser su vida aquellos días, como para que una adolescente como yo se la complicara más. En el fondo, no me atrevía a llevarle la contraria.
Tal vez era cierto que me había acostumbrado a ver a Sasuke como algo mío.
Decidí que no me presentaría en casa de Sasuke hasta después de comer, pero tenía claro que de ese no día no pasaría. En realidad, no estaba segura de si le encontraría allí o si, en cambio, habría ido a otro lugar. Igualmente, prefería confiar en que, si no me había comentado nada diferente, era porque no había salido.
Por ello, cuando los rayos del sol comenzaron a teñir el cielo de un tono anaranjado, llamé a su puerta. No había tenido problemas en llegar hasta allí, puesto que el portero de su lujoso bloque de pisos ya me reconocía. Pero en el momento en que Sasuke me abrió, una parte de mí se preguntó si habría sido mejor que hubieran intentado detenerme.
No querría haber visto lo que vi aquella noche. No esperaba en absoluto encontrar a la persona que encontré allí dentro. Y aunque sabía que debía haber una razón..., que siempre debía haber una razón..., no pude evitar sentir que el mundo se derrumbaba.
—¿Sakura? ¿Qué haces aquí? —la voz de Sasuke contenía una mezcla de incredulidad e irritación.
Le ignoré los primeros segundos. Mis ojos no dejaron de observar a los visitantes de aquella casa. Además del profesor Itachi, identifiqué a un hombre de larga melena oscura, con una palidez acusada y un rostro mordaz, de facciones siniestras.
Y al lado de aquel desconocido, estaba Karin.
Supe inmediatamente que Sasuke había notado lo mucho que se habían abierto mis ojos, y quizás incluso los tumbos que mi corazón me estaba atizando contra las costillas. Antes de que pudiera decir nada, se interpuso entre la imagen que aguardaba en el interior de su casa y yo. Solo entonces le miré a él.
Su ceño estaba fuertemente fruncido y sus ojos transpiraban un profundo sentimiento de desaprobación. Pareció a punto de echarme la bronca; sin embargo, tan solo unos segundos después, su semblante se endureció de un modo que me estremeció más que antes.
De pronto, en sus pupilas solo hallé frío.
—Estoy ocupado, ahora no puedo atender a tus caprichos. Lárgate.
Aquellas fueron, quizás, las palabras más duras que Sasuke me había dedicado hasta entonces; las que más me dolieron; las que más me impactaron de entre todas las veces que me había hablado mal.
En mis pesadillas, a veces todavía puedo oírlas.
Resultaron tan hirientes que, al principio, no me creí que fueran en serio. Ni siquiera cuando peor nos habíamos llevado en el pasado, Sasuke me había ordenado que me marchara. Pero estudié su expresión pétrea, y todo cuanto encontré fue un lacerante invierno, más álgido que aquel que asomaba en el exterior. De repente, era como si se hubiese convertido en otra persona; como si realmente su rechazo hacia mí hubiera alcanzado un punto en el que le había hecho transformarse.
Caprichos.
Claro.
Todo lo que le había demostrado aquellos meses habían sido caprichos.
Cuando le pedía aquellos besos, cuando me abalanzaba sobre su cuerpo, cuando esperaba que me mandara más mensajes de móvil, cuando deseaba que apareciese en la cafetería de mi trabajo, cuando me presentaba en su casa sin avisar como en aquel momento... ¿Y él? ¿Qué había querido él? Nunca me había preocupado en preguntárselo.
¿Cómo podía siquiera cabrearme por la forma en que me había hablado?
Una vez más en mi vida, había vuelto a comportarme como una niña mimada.
—Entiendo —murmuré, agachando la cabeza.
Sasuke no alteró ni un instante aquella mirada gélida. No dijo nada más, sencillamente se mantuvo a la espera de que me marchase. Y yo tampoco me atreví a rechistar nada.
Karin estaba allí dentro. Había sido elección de Sasuke que ella entrara en su casa. Que ella entrara en su casa y yo no. Y aunque había detectado la mirada inocente de la prima de Naruto, no había podido evitar arder de celos. Y me sentí peor persona por ello.
Probablemente, no había sucedido nada, pero yo seguía tratando a Sasuke con desconfianza cuando se trataba de otra mujer. Seguía actuando como si me perteneciese. Como si debiera esperar que todo lo que hacía me contentase.
Eso no es amor, Sakura; es posesión.
Sí, estaba segura de que Sasori no se había equivocado conmigo.
Ciertamente, no tenía nada que protestarle a Sasuke. Al final resultaba que el problema, verdaderamente, lo tenía yo.
—Nos vemos mañana —di media vuelta sin esperar que me detuviese.
Y en efecto, nadie me detuvo.
Me dirigí al ascensor, pero Sasuke continuó sin cerrar la puerta. Nuestras miradas se cruzaron un instante. Y ni siquiera cuando las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos y las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse, le vi venir en mi busca.
[1] Actualmente en Japón se ha instalado la tendencia por Navidad de encargar comida o cenar en los restaurantes del KFC, la famosa cadena estadounidense de pollo frito.
[2] Pollo frito al estilo tradicional japonés.
Notas finales: Procuraré responder a vuestras reviews lo antes posible.
