NOTAS DE AUTOR
Imagino que muchos no habréis visto mi regreso todavía, después de los ocho meses (es increíble que haya sido tanto tiempo) de mi bloqueo de escritora, pero intento ponerme al día como entonces y traeros los capítulos en el plazo de tiempo más breve que puedo. Por ello, os agradezco enormemente el apoyo que me habéis enviado en vuestras reviews. Como siempre os digo, espero sinceramente ser capaz de seguir trayéndoos capítulos que os emocionen, y lamento que estos que me está tocando escribir sean tan dolorosos. Aun así, no dejéis de leerlos. Como ya sabéis de mí, me gusta daros sorpresitas (*jus jus jus*).
Por cierto, no si en esta web está sucediendo también, pero en la otra donde también subo los capítulos Fanfic ES creo que han fallado algunos de los comentarios que me habéis escrito. He recibido las notificaciones en mi e-mail, pero lamentablemente no he podido visualizarlos. Igualmente, os agradezco que al menos hayáis hecho el intento de comentarme; es algo que siempre me hace feliz.
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Sin más, recuperando con mucho gusto mi antigua frase... ¡A DISFRUTAR!
34. UTOPÍA
¿Quién era esa? Me ha parecido que te conoce muy bien.
Me desperté con el corazón desbocado, y aquellas palabras resonando desde algún rincón perdido de mi memoria. La voz siseante de Orochimaru sonaba nítida incluso cuando solo era un recuerdo. Y aun cuando hubiera pasado una semana desde que la había escuchado, el pánico me atacaba como si hubiese sido hacía solo unos segundos.
Sin comerlo ni beberlo, de repente me había visto atrapado en aquella historia. Y quizá, en parte, fuera mi culpa. No había tenido huevos de pedirle en serio a Itachi que me explicara el chantaje de Orochimaru. Tampoco había encontrado aún nada de ese capullo andrógino –un pasado oscuro o algún asunto de fraude económico– con que poder chantajearle a mi vez, por mucho que Karin y yo nos pasáramos las horas frente al ordenador. Y lo peor de todo: había hecho daño a Sakura.
Estaba sufriendo, podía verlo. Aquellos meses había procurado alejar cualquier atisbo de preocupación de ella, pero sabía que fracasaba una y otra vez. Catastróficamente. Mi cabeza estaba tan repleta de la inquietud por lo que podía suceder, que ni siquiera sentía el impulso de besarla o de tocarla. En el fondo, sentía que no me lo merecía, porque una de las decisiones que podía verme obligado a tomar era...
Tendrás que olvidarte de Sakura.
Itachi lo había dicho claro. Y yo no quería ni imaginarlo. Todavía no quería creérmelo. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué Orochimaru nos chantajeaba? Si ya tenía la exclusiva de mi padre alcohólico, ¿qué esperaba que le diéramos nosotros? ¿Era tan horrible como para que afectara a Sakura? ¿Como para que estar conmigo la pusiera en peligro?
Era sábado, y no me había dado cuenta de que llevaba un par de horas en la cama, sin moverme ni un milímetro. Mirando al techo blanco de mi habitación, de pronto evoqué en mi mente el encuentro que había tenido con Neji antes de Navidad.
—¿En qué coño estás metido, Uchiha?
El primito tocapelotas de la Ojitos Perla me había pillado discutiendo con mi hermano, un día que nos habíamos topado cerca de su casa. No había tardado en dar la cara ante mí, tras haber zanjado mi conversación con Itachi.
—Mis asuntos no te importan una mierda —le había replicado de mala hostia.
—Me importan si incumben a Haruno.
Seguramente había escuchado el nombre de Sakura en nuestra conversación. Y me había tocado la polla de sobremanera descubrir que, en realidad, había atendido a lo que decíamos solo por esa razón. No había habido ninguna otra para que lo hubiese hecho.
—¿Qué cojones quieres decir con eso? —le había exigido saber.
Neji se había tomado su tiempo para contestar.
—Nada del otro mundo, pero ella es una de las personas que más respeto. Le debo la protección que le ha brindado a mi prima, las veces en que yo no he estado capacitado para ello.
—¡No me jodas, anda! —me había echado a reír irónicamente—. No tienes que deberle nada, mucho menos un intercambio de protección. Me tiene a mí, tú solamente la llevarías a la misma mierda de mundo en el que te has metido.
Por un momento, los asquerosos ojos claros del Hyûga me habían parecido más grandes, bajo un ceño tan fruncido que casi había dolido mirarlo. Instintivamente, me había preparado para verle abalanzándose sobre mí; sin embargo, aquello nunca había llegado a suceder.
En lugar de haberme contestado con brusquedad, en actitud chulesca aquel Melenas se había limitado a enterrar las manos en los bolsillos y a sortearme. Solamente había osado retarme días después en el gimnasio, justo antes de que Sakura y yo hubiéramos hecho el amor en el almacén.
Parecía mentira que hubieran pasado casi tres meses desde aquella última vez...
No negaba que me atacara el ansia de volver a hacerlo. Todos los días. Al ver a Sakura, con frecuencia era como ser un drogadicto en proceso de desintoxicación, al que le ponen por delante una raya de cocaína. Entraba en conflicto conmigo mismo, y entonces me obligaba a apartar la mirada, la mano o cualquier minúscula cercanía entre nosotros. La presencia de Orochimaru se había implantado en mi vida de la misma forma que una sanguijuela se aferra a la carne, trayéndome cada día el temor de desconocer qué pasaría si Sakura se viera involucrada en todo aquello.
Me inquietaba. Me desesperaba. Me enfurecía.
No saber. No comprender. No prever.
Recordaba el momento en que había llevado a Karin a casa el domingo anterior. Sorpresivamente, esa puñetera serpiente humana había venido de visita, y no había dudado en preguntar si ella era mi novia. Ninguno de los dos habíamos respondido nada –aun cuando Karin se hubiera sonrojado–, pero no había pasado por alto la mirada ladina de Orochimaru ante nuestro silencio.
En aquel momento había experimentado un ligero alivio al creer que consideraría a Karin como debía considerar a Sakura, pero entonces la peli-rosa en cuestión había llamado inoportunamente a mi puerta.
Había sido brusco y cruel, lo sabía. Aun así, por nada del mundo quería que esa víbora andrógina conociera nuestra relación; me repugnaba la sola idea de que hubiera pensado en ella para... para lo que fuera.
Y creía que podría ocultar la verdad a la perfección. Creía que haber hablado con frivolidad arruinaría cualquier retorcido plan que Orochimaru tuviera en mente.
—Es solo una compañera muy pesada —había respondido, ante su pregunta de quién era ella.
Y aunque lo hubiera dicho para desviar su atención, me había sentido un mierda.
Sabía que nunca había hablado a Sakura de la forma en que le hablé aquella noche. Y sabía que ella sabía que yo nunca llevaba a chicas a mi casa, salvo que quisiera sexo. O al menos había sido así hasta que me había enamorado de ella.
La presencia de Karin allí. La imprevisible amenaza de Orochimaru. Las fotos de mi padre borracho y agresivo. Mis continuas meteduras de pata. Mi frialdad.
Comprendía perfectamente que Sakura estuviera sufriendo, si a mí se me estaba yendo todo de las manos. No quería que pensara que Karin había entrado en mi casa con una intención errónea; sin embargo, no podía contarle la razón por la que estaba pegado a ella todo el día. Las habilidades de hacker de Karin eran tan valiosas como ilegales, y si algo pasaba, Sakura tenía que estar fuera del asunto.
Igualmente, no había contado con que ella se percatara de nuestra cercanía.
Por ello, me sentía furioso cuando notaba que quería indagar más. La conocía demasiado bien como para saber que no se daría por vencida, solo porque el domingo anterior le hubiese hablado de la forma más cruel que había hecho nunca. Y aunque lleváramos una semana sin habernos dirigido apenas la palabra, en algún momento aquella situación explotaría.
Volví al presente y me incorporé. Inmediatamente sentí la urgencia de actuar. Estaba cansado de vivir en una incertidumbre que me obligaba a decir mentiras continuamente. Mentiras como cuando Naruto me había preguntado qué sabía Neji de mí que él desconociera y yo le había dicho que solo había oído rumores. Mentiras. Mentiras. Mentiras. Nunca antes las había dicho; siempre las había visto innecesarias, mucho más con Naruto. Y, además, te dejaban ese mal sabor de boca tan irritable, que luego costaba horrores olvidar.
Un mal sabor de boca que llevaba meses experimentando.
No me lo pensé demasiado, me vestí con lo primero que encontré, me tomé rápidamente un zumo y salí de casa. Creo que Itachi había estado todo ese tiempo en su habitación corrigiendo exámenes; sin embargo, no llegué a recibir siquiera un mensaje preguntándome a dónde iba. Y lo agradecí.
La sede de Ryûchidô se encontraba en Minato, a menos de un cuarto de hora de mi casa, por lo que no me molesté en subir a ningún medio de transporte. Era el típico rascacielos de estética vanguardista y apariencia portentosa de las empresas televisivas del país, pero inmediatamente me sentí inquieto. No fueron las gigantescas ventanas que lo componían, o la atmósfera simuladora de película francesa que percibí cuando entré en la recepción. Más bien, fue cuando pedí ver a Orochimaru, y comprendí que estaba próximo a algo que, sabía, no iba a permitir que las cosas fueran como antes.
—¡Vaya, qué grata sorpresa que vengas a visitarme, Sasuke-kun! —odiaba infinitamente cuando Orochimaru utilizaba ese sufijo conmigo.
Se levantó de su gran silla negra de cuero y se colocó con solemnidad el botón central de su chaqueta de líneas suaves. Mientras avanzaba parsimoniosamente hacia mí, tuve la impresión de que me había estado esperando.
—¿Te apetece un té o eres del tipo de adolescente que ya bebe café? —chasqueó los dedos para que dos chicas entraran.
Caminaron apresuradamente, y colocaron ante mí dos bandejas de plata, cubiertas por un paño blanco: en una había una tetera con una taza; en la otra, una cafetera con otra taza.
Definitivamente Orochimaru lo había planeado todo.
Me dije a mí mismo que no debía seguir inquieto. Ya estaba allí dentro; no podía retroceder. Tras un suspiro, miré a una de las chicas, la que llevaba el café. A pesar de que debía de tener unos veintitantos años, noté que sus mejillas se sonrojaban. Antes de manifestar mi decisión, percibí los ojos de Orochimaru mirándome fijamente detrás de ella. Su brillo era taimado, rezumando un hipnotismo envolvente; una sensación turbadora e ineludible. Instintivamente, volví a enfocarme en la chica, cuyos ojos castaños me observaban de un modo penetrante. Con curiosidad. Con interés. Con deseo.
—Oh, el café es una gran elección, especialmente cuando aquí tenemos una de las marcas más sofisticadas y preciadas de Italia: Lavazza —Orochimaru se adelantó y vertió el café sobre la taza vacía que había delante.
La chica no dijo nada, pero su mirada continuó curioseándome a través del vapor del café que se derramaba. Un instante detecté que se mordía el labio y, al instante siguiente, la sutil humedad sobre él. Automáticamente, mis ojos buscaron a la otra chica; encontré exactamente lo mismo. Seguidamente, les eché una rápida ojeada de arriba abajo a ambas, y fui consciente hasta ese preciso momento de que eran bastante atractivas, como las modelos de los coches de carrera o de los mundiales de MotoGP.
Entonces lo entendí. De alguna manera, fui capaz de sentirlo. Aquello que tantos sentían cuando hablaban de Ryûchidô. Un ambiente frugal, plácido, fascinante. Una atmósfera tan agradable que los músculos se aflojaban, los pensamientos se disparaban sin ningún pudor y todo parecía inofensivo, a la vez que seductor. Un aura de calma y placer donde era imposible ver toda la oscuridad que la sustentaba.
El poder.
Orochimaru le indicó con la mirada a la chica que me entregara la taza de café. Comprendí enseguida cuál era su propósito, pero yo tomé aquella taza sin ningún interés en la mujer que me la ofrecía. Lejos de sentirme atraído, la situación empezaba a asquearme.
—Toma asiento, Sasuke-kun.
La serpiente andrógina pareció decepcionada cuando avancé hasta la silla, sin girar la cabeza en ningún momento hacia sus chicas. Con estudiada tranquilidad, bebí de mi taza de café.
—Bien, puesto que te noto tan callado como siempre, te lo preguntaré directamente: ¿a qué se debe tu visita?
Orochimaru se sentó de nuevo detrás de su enorme escritorio, apoyó la mejilla en sus nudillos y me miró con su habitual intensidad. Era como si estuviera calculando cuándo se lanzaría a clavarme los colmillos.
Bebí tranquilamente otro sorbo del café.
—¿Qué pides a cambio? —no dudé en devolverle una mirada directa.
Por un segundo, sus ojos afilados se abrieron mucho, mirándome con un asombro desorbitado; sin embargo, su boca permaneció cerrada. Luego, sus agudas facciones se suavizaron y de nuevo apareció aquella mirada perspicaz. Me irritó ser incapaz de descifrar el hilo de sus pensamientos.
Inesperadamente, abrió una carpeta situada justo delante de él. Uno por uno, comenzó a sacar diferentes archivos que contenían nombres de organizaciones e instituciones públicas. Cuando terminó de colocarlos frente a mí, se aclaró la garganta y relajó la postura, cruzando las piernas con despreocupación.
—¿Sabes qué es esto, Sasuke-kun?
No esperó demasiado a que mi silencio se convirtiera en respuesta.
—Ryûchidô ha trabajado durante más de dos décadas con todas estas asociaciones benéficas del país —me explicó—. En caso de que tu curiosidad te haya llevado a indagar, sabrás que contamos con el apoyo de dichas asociaciones para que, de forma caritativa, participemos en la difusión y financiación de entidades solidarias que se mueven por todo el mundo. Son lo que popularmente se conocen como organizaciones no gubernamentales, u ONG.
»Así pues, comprenderás que existen una serie de requisitos, normas, principios..., como te parezca llamarlos, que deben cumplirse. Ryûchidô es una empresa privada, que, sin embargo, ha conseguido el reconocimiento de algunos ministerios del Gobierno, entre ellos el de Defensa. Aquí nos dedicamos exclusivamente a la información: nacional e internacional, y al periodismo puro, nada de prensa rosa, telenovelas o cotilleos de realities show. Nuestro prestigio es de vital importancia para el mantenimiento de nuestras relaciones con las entidades con las que trabajamos, especialmente las altruistas. Además, el siguiente paso que queremos dar es la creación de una ONG propia que explore diversos campos humanitarios: desde la subvención de enfermedades hasta la defensa de jóvenes maltratados.
Entrecerré los ojos, sin tener muy claro de qué le servía soltarme toda esa verborrea.
—Lo que quiero que consideres es que estas imágenes —sacó un fichero de su cajón y extendió las fotografías de mi padre borracho sin miramientos—, a nivel internacional, son perjudiciales para el país. No obstante, si mi cadena decidiera mostrarlas al mundo, supondría obtener una gran reputación. Con ello, cumpliríamos con los ideales del auténtico periodismo, nos ganaríamos el respeto tanto de las entidades benéficas como de organismos oficiales tales como la ONU, y el futuro de nuestra ONG estaría asegurado.
En ese momento, creí entenderlo. Dejé la taza de café sobre el escritorio. Vacía.
—Así que se trata únicamente de obtener prestigio.
Orochimaru me miró como si acabara de decir la mayor blasfemia del universo. Y aun así, una parte de mí no terminó de creérselo.
—No, querido Sasuke-kun, nada de prestigio —su voz silbante me sonó sutilmente falsa—. En esta cadena nos movemos por la ética y la moral; perseguimos todo aquello que contamine los valores de nuestra cultura.
—Entonces, ¿a qué esperas para publicar esas fotos? ¿A qué esperas para humillar y traicionar a mi padre?
Y en aquella última pregunta sentencié todo mi futuro.
Los ojos de Orochimaru se entornaron, como si de pronto acabara de encontrar la solución a un gran problema.
—Tú no deseas eso, Sasuke Uchiha.
La forma en que pronunció mi apellido provocó repentinamente un leve escalofrío en mi espalda. Me sorprendió. Mi cuerpo solamente había reaccionado así en mi niñez, ante mi abuelo... o mi padre.
Apreté la mandíbula. Orochimaru esbozó una sonrisa ladeada.
—He oído que pasaste una infancia turbulenta, ¿no es así?
Intenté mantenerme impasible, pero sabía que la tensión de mis músculos me delataba.
—Tu apellido es muy importante en esta sociedad, Sasuke-kun —prosiguió la serpiente andrógina—. Hablar sobre la rigurosidad de los entrenamientos o los modales en la familia Uchiha, probablemente, no sea algo sorprendente para los japoneses. Contrariamente, exponer el maltrato físico y mental al que han sometido a uno de los principales herederos desde pequeño, resultaría una exclusiva quizás más codiciosa que la de un ministro alcohólico.
Me sentí a punto de estallar. Aunque no lo hubiera hecho nunca, sopesé la perspectiva de estrangularlo antes de que pudiera pedir ayuda. Aquella violencia no solía dominarme; ni siquiera en mi época de luchador callejero había querido llegar a ese límite. Pero, por un momento, realmente quise llegar a él. Porque la cuestión era que, fuera como fuese, no tenía escapatoria.
Estaba tan atónito que ni siquiera me pregunté de dónde había sacado toda esa información. Orochimaru tenía la habilidad de remover cosas de mi vida: recuerdos, secretos, todo aquello que ansiaba olvidar, que unido a aquellos meses de ansiedad, me llevaba a una desesperación desconocida en mí. No obstante, el escaso juicio que me quedaba logró contenerme.
Inhalé profundo y solté aire, como el humo de un fuego que me quemaba las entrañas.
—Lo repetiré una sola vez más: ¿qué pides a cambio? —mi voz fue tan sombría que ni yo mismo la reconocí.
Orochimaru volvió a sonreír, con amabilidad, pero a mí me pareció la sonrisa más maquiavélica que había visto nunca. Y a pesar de ello, lo supe.
No importaba lo que dijera en su contra; todos creían fielmente en la buena labor que hacía con respecto al país y al mundo entero. Él mismo me lo había mostrado: El Congo, Ghana, Argelia, Camboya, Yemen, Singapur..., todos aquellos países contaban con ONG que recibían grandes sumas de dinero directas de Ryûchidô y las asociaciones que trabajaban con él. No tenía forma de probar lo contrario. Ni siquiera podía creer que fuera mentira.
—Lamento enormemente que te encuentres en esta situación, Sasuke-kun, pero te aseguro que mi intención no es hacerte daño; al contrario, me encantaría tener el honor de explotar tu potencial. Por lo tanto, me alegro de que hayas tomado esta decisión —dijo, y en ese preciso instante lo confirmé.
Nunca había tenido ninguna posibilidad de volver atrás.
En persona, habían pasado dos años desde la última vez que había visto a mi padre. La imagen no había sido la mejor: en los tribunales de Chiyoda, el día en que autorizó a Itachi mi tutoría legal, antes de marcharse sin una mísera despedida. Si bien no podía renunciar a la patria potestad, saber que me había entregado sin ninguna duda a otra persona, incluso si se trataba de mi hermano, me había resultado un poco decepcionante. No era como si hubiese estado en desacuerdo, pero siempre había esperado de él que mostrara un ínfimo signo de... reclamo.
Pero, claro, ¿qué podía esperar de Fugaku Uchiha?
Era esa pregunta la que rondó por mi mente, cuando me detuve unos segundos frente al gran portón de la que una vez había sido mi casa. Había esperado sentirme nervioso o irritado al pensar en que, tal vez, no sería bienvenido; sin embargo, me dije a mí mismo que no tenía motivos para alterarme.
Era obvio que no sería bienvenido.
No me anduve con rodeos, me acerqué y toqué el timbre.
—¡Oh, señorito Sasuke, es usted! Pase, pase, le abriré la puerta —por el telefonillo reconocí la voz de Jun, la criada más antigua de la mansión. No esperaba que aún estuviera trabajando.
El portón se abrió de forma automática, y me mostró el amplio jardín tradicional que custodiaba la zona delantera de la residencia. En cuanto empecé a caminar por el sendero de piedra caliza, millares de recuerdos afloraron sin orden ni concierto en mi cabeza. Por unos segundos, evoqué la última vez que había atravesado aquel jardín, acompañado de una única maleta donde solamente había metido mi PlayStation.
En el fondo, nunca había creído que de verdad abandonaría aquella casa.
Apenas pisé el suelo de madera que cercaba la entrada de la casa, Jun me abrió la puerta. Estaba incluso más pequeñita de lo que recordaba, su rostro redondo parecía haber adquirido más arrugas y su cabello, recogido en un moño ajustado a la perfección, era completamente gris.
—¡Qué alegría volver a verlo, señorito Sasuke! —Jun me dedicó una reverencia cargada de sincera emoción.
Quizás me he equivocado con lo de no ser bienvenido.
—Pero lamento informarle de que el señor Uchiha ha salido por un asunto de Estado, y no regresará hasta dentro de unos días.
No, claro que no.
—En ese caso, será mejor que vuelva otro día —dije, soltando un suspiro.
—¿No quiere quedarse un rato? Estoy preparando algunos onigiri con virutas de atún ahumado y salsa de soja. Creo recordar que son sus preferidos.
Miré a Jun largamente, debatiéndome en mi fuero interno entre si continuar con la marcha o hacerle caso. Pero había pocas cosas en el mundo que me gustaran más que aquellos onigiri, especialmente cuando los hacía ella, y en realidad tampoco me apetecía demasiado regresar a casa.
Cuando entré finalmente en la residencia de mi padre, experimenté de inmediato una sensación de nostalgia. Aquella casa seguía siendo muy fría, pese a que la calefacción estuviera encendida y las paredes hechas de una madera que dejaba un liviano olor a acre en el ambiente.
—Tardaré solo unos minutos, pero si quiere puede acomodarse en el salón. El señor Uchiha ha comprado unos peces de colores preciosos.
No eché mucha cuenta a las palabras de Jun, y cuando advertí el silencio, supe que se había percatado de mi mirada fija en las escaleras que conducían a la segunda planta.
—Nadie, salvo yo para limpiarla, ha vuelto a entrar en su habitación. Está justo como la dejó —señaló, adivinando mis pensamientos.
Le devolví la mirada a ella y esbocé una leve sonrisa. Al ver que sus pequeños ojos se suavizaban, estuve tranquilo de que hubiera entendido mi agradecimiento.
Esa vez, sí vacilé. Hacer una visita inesperada a mi padre resultaba poco abrumador, en comparación con volver a ver cosas que había dejado atrás. En realidad, pensaba, no había pasado tanto tiempo. Dos años no eran suficientes para que viera todo aquello tan lejano.
Y aun así, todos los capítulos de aquella parte de mi vida se me antojaban una eternidad.
Tras un breve momento de indecisión, me aventuré a subir aquellas escaleras. El pasillo estaba tan oscuro como había sido siempre en aquella zona de la casa; igualmente, me sorprendió descubrir que mis pies todavía se orientaban por allí sin riesgo de tropezar con los objetos que lo decoraban. Alcancé la puerta de mi habitación, y sentí repentinamente un ligero martilleo tras mis oídos. Cuando la abrí, me vi a mí mismo penetrando en un umbral que había dado por perdido.
Sí, era como ella había dicho.
El armario negro y blanco seguía empotrado en una esquina del dormitorio, con los pósteres de Ong Bak y Nirvana. A su lado, el escritorio continuaba claro e impoluto, con una pila de discos de rap, hip-hop y rock junto al lugar donde solía poner el portátil. Los trofeos de todos los campeonatos a los que había asistido y que había ganado, entre naves espaciales de juguete, una bola del mundo y una figura de Goku, descansaban en la estantería que ocupaba prácticamente toda la pared frontal. Debajo de ella, la cama seguía con esa puñetera colcha de color verdoso; la que odiaba desde que había visto el vómito de Stan sobre Wendy en South Park. Y cerca de ella un telescopio, que apuntaba al cielo que se observaba desde el gran ventanal de la derecha. Fue inevitable recordar mis infantiles fantasías de ser astronauta.
Al avanzar un poco por el suelo de tatami, camuflado por la moqueta grisácea, detecté enseguida mis viejos cascos de música: estaban tirados de cualquier forma sobre un puf. Los recogí y los llevé directos al escritorio. Pero, al abrir el cajón, me detuve un instante.
No recordaba cómo lo había conseguido o quién me lo había dado, pero sí me acordaba de haberlo llevado puesto durante mucho tiempo. Al sacarlo del cajón, aquel anillo plateado resplandeció ante la luz que se colaba por el ventanal. Por alguna razón, suscitaba en mí una sensación de calma. Era frustrante ser incapaz de ubicar el recuerdo que lo envolvía, pero fuera lo que fuese me resultaba familiar.
Familiar y pacífico.
Sentí el impulso de colocármelo en el dedo, y recordé que cuando era niño me lo ponía en el pulgar por su gran tamaño. Por el contrario, ahora era tan pequeño que el único que me permitió llevarlo fue el meñique. Lo miré desde una perspectiva más amplia y reparé en que hacía juego con la pluma incrustada en la pulsera de cuero que me había regalado Sakura.
Como si alguien hubiera escuchado mis pensamientos, mi móvil vibró.
Sakura: Sasuke-kun, ¿cómo estás?
El corazón se me aceleró unos segundos. No esperaba que me escribiera, puesto que se había pasado la semana esquivándome y sin hablarme. No me dio tiempo a contestar nada, cuando inmediatamente recibí otro de sus mensajes.
Sakura: Sé que esta semana ha sido... fea. Pero no quiero seguir de malas contigo. Me gustaría que habláramos... ¡Esta noche Naruto, Hinata y los demás quieren que salgamos de karaoke! ¡Por favor, ven con nosotros!
Puse los ojos en blanco.
Idiota. No podremos hablar si estamos rodeados de cuarenta cotillas.
Fui a responderle precisamente esas palabras. Fui a responderle con la misma intención conciliadora que ella. Fui a responderle con el fin de recuperar los buenos momentos que habíamos perdido con aquella semana de distancia...
... y entonces recordé dónde estaba, por qué y qué me había llevado hasta allí. No había pasado ni una hora desde que hubiera zanjado mi conversación con Orochimaru. No había pasado ni una hora desde que se hubiera decidido que mi vida experimentaría en breve un giro de ciento ochenta grados.
Con un nudo en la garganta, tecleé rápidamente. No me permití un segundo de duda al pulsar el botón «Enviar».
Yo: No saldré este fin de semana, pero te espero el lunes en la azotea del instituto, donde las canchas de baloncesto.
No negaré que estuve a punto más de una vez de volver a abrir aquella conversación y disculparme; decir que saldría con ella y los demás al karaoke, y asegurarle que no había nada de lo que preocuparse. Que era un capullo, pero que siempre me quedaría a su lado. Que quería comérmela a besos y hacerle el amor hasta el mes siguiente.
Pero la realidad empezaba a bloquear todas aquellas promesas.
Todavía tenía dudas. Quería aferrarme a la esperanza de que existían más alternativas que las que Orochimaru me había dado aquella mañana en su despacho. Aún ansiaba creer que podía hacer algo más, antes de dar cualquier paso definitivo.
Miré a mi alrededor, y de pronto fui consciente de que otra vez estaba allí: atrapado en las mismas paredes que solo sabían proyectar angustia en mi vida. Cada vez que pisaba aquella habitación, ocurría algo que desgarraba un poco más la frágil capa de seguridad que lograba coserme. Y cada vez que pisaba aquella habitación, sentía que mis manos se estaban quedando sin fuerzas para volver a hacerlo.
No aguanté un segundo más allí dentro, salí y bajé a toda prisa las escaleras.
—Señorito Sasuke, ¿se va? Los onigiri ya están listos —Jun apareció desde la cocina con cara de preocupación.
—Lo siento, no puedo quedarme —fue todo cuanto respondí.
Abrí la puerta y me marché de la mansión de mi padre. Y entonces, aun cuando acabara de enviarle aquel mensaje; aun cuando sabía la intempestiva situación en la que me encontraba, lo único en lo que pensé fue en que no quería dejar ir a Sakura.
Al día siguiente, Itachi abrió mi puerta con tal violencia que sonó casi como un trueno.
—¿Qué puñetas es eso de que vas a aceptar el trato de Orochimaru?
Eran las ocho de la mañana, y el muy cabrón acababa de cortarme las flexiones por el susto. Apenas había pegado ojo, pero desde que me había desvelado a las seis, solo había sentido ganas de entrenar.
Solté un resoplido.
—No empieces a tocarme los cojones, Itachi.
Fui a sortearle para ir directo al baño, pero inesperadamente me agarró y me bloqueó con un brazo contra la pared.
Me quedé flipado. Nunca lo había visto ponerse tan agresivo.
—Escúchame, Sasuke, esto no es ningún juego —los ojos de Itachi mostraban una vehemencia totalmente irreconocible para mí—. No tengo ni puta idea de lo que ese tío te habrá contado, pero haz el favor de razonar. Eres inteligente, el chico más inteligente de este puñetero país...
—Exacto, y he ahí la solución, ¿no? ¿Qué más te da? Ni siquiera puedes pagarme algo así.
Mi hermano frunció tanto el ceño que, por un segundo, pareció que le ardía la frente. Me agarró por el cuello de la camiseta y, en un nuevo ataque de furia, me estampó contra la otra pared, sin soltarme.
—¡Sasuke, no me jodas! ¿Esto es por dinero? ¡Papá te manda millones de yenes a tu puta cuenta bancaria!
Rechiné los dientes, irritado por el fuerte agarre de sus manos.
—¡No es suficiente! —grité.
Automáticamente, me vi arrojado al suelo; sin embargo, tuve los reflejos necesarios para rodar sin hacerme daño. Cuando me estabilicé, me levanté de un salto y busqué rápidamente a mi hermano. Yo ya estaba en el salón, pero él todavía permanecía en el pasillo. Jadeaba de un modo inconcebible, como si fuera un toro a punto de lanzarse a por mí.
—¿Qué coño quieres, Itachi? Vas de superhéroe que puede resolverlo todo, pero la única verdad es que no has resuelto nada.
En el momento en que vi venir su puño hacia mi cara, estaba tan enfurecido que, instintivamente, lo esquivé y se lo devolví. No le alcancé, como había esperado, pero detecté su patada a tiempo y la bloqueé.
En contraposición para lo que me había preparado, Itachi no intentó un tercer ataque, sino que tomó distancia para calmarse. Respiró dificultosamente, y en su mirada, más allá de la furia, percibí un atisbo de arrepentimiento. Él nunca antes había intentado golpearme en serio.
—¡Eres un puñetero crío, Sasuke! —vociferó—. ¡No tienes ni idea de lo que estás haciendo! ¡Aceptar ese trato significará tu esclavitud!
Estuve a punto de aprovechar su ofuscación para atacar, pero algo dentro de mí fue lo suficientemente fuerte como para detener aquel impulso vanidoso. En el fondo, no podía achacarle nada. En aquella ocasión, aunque me jodiera en demasía, sabía que no podía ir en su contra.
Itachi tenía demasiada razón.
Inspiré hondo y cerré los ojos unos segundos, tratando de relajar mis músculos.
—Es lo que hay —solté.
Casi pude percibir la incredulidad de mi hermano, como si fuese algo tangible.
—¡No, no es lo que hay! —se opuso—. Para conseguirlo, tendrá que quitarme tu tutela legal, y para ello deberá conseguir la aprobación de nuestro padre y la mía.
Sentí una punzada tan dolorosa en el pecho que, de pronto, lo vi todo de un tono gris. Sonreí con amargura.
—¿Crees que nuestro padre no se la dará?
Supe inmediatamente que aquella pregunta había dejado a Itachi frío. Tardó un poco en responder.
—Las cosas no son tan pesimistas como crees, Sasuke. Orochimaru no me obligará a que dé mi consentimiento —pero no había contestado a lo de mi padre.
Miré a Itachi, y en ese preciso momento el tiempo pareció detenerse.
—No va a obligarte a nada..., te lo pido yo —resolví.
Sus ojos oscuros se abrieron desmesuradamente, y me parecieron el reflejo de lo que yo mismo estaba sintiendo por dentro. Asombro. Desconcierto. Pánico. Contrariedad. Desesperación.
—¿Qué leches estás diciendo, Sasuke?
—Lo hago por voluntad propia, Itachi. Por una puñetera vez, haz el favor de respetar mis deseos.
—Pero ¿qué te mueve a esto? ¿Qué pasa con tu vida actual? ¿De verdad estás dispuesto a hacer esta locura? —zarandeó la cabeza sin comprender hasta que, inesperadamente, me miró como si acabara de recordar algo importante—. ¿Y qué pasa con Sakura?
Me quedé paralizado. Por supuesto, tenía la respuesta a esa pregunta. Sabía lo que tenía que hacer con ella. Y odiaba siquiera pensarlo. Porque no quería. No lo haría.
Por nada del mundo quería hacerlo.
—Si vas a tomar esta decisión en serio, ni se te ocurra implicarla en esto, Sasuke —insistió Itachi, en un tono más severo—. ¿Le has contado algo?
Entorné los ojos. Las aletas de la nariz de Itachi se agitaron.
—¡Sasuke, no la metas en esto!
—¿Y a ti qué coño te importa? ¡Es mi novia! ¡Mía! ¿Me oyes?
En aquella voz profunda y afilada, no me reconocí. Ninguna de aquellas palabras sonaron como algo que yo diría. Ninguno de aquellos posesivos eran algo con lo que me identificaba. Y, sin embargo, los había usado.
Pero no podía soportarlo. No era capaz de aguantar la idea de perderla. Y de repente ver a mi hermano tan protector con ella, me hizo querer retenerla conmigo; llevármela a donde fuera, donde ni él ni nadie pudiera tocarla.
Aquel sentimiento me asustó.
Itachi me lanzó una mirada cargada de desaprobación.
—No te la mereces en absoluto —dijo, y me pareció aún más furioso que cuando había intentado pegarme.
No quise rebatirle; en realidad, me sentía avergonzado por mi reacción. Sencillamente, permanecimos en silencio. Un silencio que se iba llenando de pensamientos, conjeturas, posibilidades de un sabor agrio, como un cuentagotas que vaticina la llegada de una avalancha.
Cuando aquel espontáneo paréntesis finalizó, Itachi soltó un resoplido.
—Te daré mi aprobación, si la alejas a ella de todo esto.
Aquella fue la respuesta más dolorosa que Itachi me había dado jamás.
De repente se mezcló dentro de mí un cúmulo de emociones dispares, que me hicieron dudar de si mi hermano estaba aceptando mi decisión; si, en el fondo, no era tan importante para él frente a alguien como Sakura; si Sakura le importaba hasta el punto de dejar que yo me estrellara; si decía aquello únicamente para que cambiara de parecer porque, de verdad, le importaba lo que me pasara.
Todas aquellas dudas, por diferentes que fueran, me resultaban ciertas. Cuando creía encontrar una que parecía más acertada, automáticamente pensaba en las demás y me daba cuenta de que todas ellas podían encajar. Y al final, no tenía ni puñetera idea de qué era lo que estaba pensando Itachi. Ni su motivación, ni su propósito.
Pero lo que más me llamaba la atención era el modo en que su mirada había cambiado, en cuanto Sakura había entrado en la conversación. ¿Qué cojones le importaba lo que hiciera con ella? Una vez más, no podía precisar si Itachi estaba adoptando una postura de profesor, o si se trataba de otra cosa... inconcebible para mí. Aquella ambigüedad empezaba a tocarme las pelotas.
Cuadré los hombros.
—Voy a desayunar —me limité a replicar.
No quise contestar «sí», y tampoco «no». Por aquella mañana había sido suficiente. Sabía que lo que Orochimaru me había dicho se trataba de algo irreversible, pero todavía necesitaba tomar una decisión al respecto. De hecho, legalmente nadie podía impedir que me opusiera a todo; las cosas de mi padre solo le concernían a él y, quizás, incluso yo saldría ganando como víctima en aquella historia.
Pero me conocía a mí mismo demasiado bien.
Itachi tampoco quiso continuar la conversación. Y al tiempo que yo me giraba para ir a la cocina, él lo hacía para regresar a su habitación.
El resto del día, Itachi no se quedó en casa. Imaginaba que se habría ido con Izumi o con los imbéciles de sus amigos. Lo preferí así; de ese modo, no me comería el coco. Ya tenía bastante con el cacao mental que llevaba jodiéndome desde el día anterior.
Igualmente, la vida se encargaría solita de ponerme las cosas más difíciles.
Al caer la tarde, llamaron a la puerta. Supe enseguida que no podía tratarse de Itachi, puesto que él solía abrir con sus llaves, independientemente de si yo estaba en casa o no. Descarté también a Karin, puesto que le había pedido que ese fin de semana dejara estar el tema de buscar información sobre Orochimaru. Pero, a medida que me acercaba al recibidor, el rostro de Sakura relampagueó en mi cabeza como si se tratara de una alerta inmediata.
No puede ser. Los domingos por la tarde se los pasa estudiando.
Curioso, eché un vistazo por la mirilla. Al principio me costó reconocerlo, pero supongo que aquel estrambótico pelo rojo y los grandes ojos descolgados por el hastío de la vida eran inconfundibles.
Abrí la puerta con cierto fastidio.
—Ah, tú... ¿por qué tú? —Sasori arqueó una ceja.
Este tío es gilipollas, en serio.
—Vivo aquí —espeté secamente.
—Ah, ya.
Guardó silencio y miró distraídamente en derredor, rascándose la nuca. Irritado, crucé los brazos ante el pecho, y entonces él me devolvió la mirada.
—¿Vas a dejarme pasar o...? —sus ojos mostraron confusión.
—Me quedo con la segunda opción.
Me dedicó una mirada consternada.
—Ya veo que no está tu hermano.
—¿No estaba con vosotros?
—Llevo todo el día intentando localizarle, pero no da señales de vida.
Entorné los ojos. Deduje que habría quedado con Izumi; aun así, me sorprendía. Itachi nunca había acudido a ella, sino que, más bien, había sido siempre Izumi la que se había pegado a sus talones. A menos que hubiera cambiado de opinión y se la estuviera tirando, no comprendía por qué de repente se había unido tanto a ella.
—He venido a buscar unas películas que le presté hace un tiempo —la voz de Sasori me arrancó súbitamente de mis cavilaciones.
Vacilé durante unos segundos, mirando al estúpido amigo pelirrojo de mi hermano con contrariedad. Realmente no me apetecía nada seguir viéndole el careto.
—Es urgente —insistió.
Solté un resoplido de irritación.
—¿Sabes dónde las tiene guardadas? —quise saber.
—No acostumbro a poner cámaras de espía en casas ajenas, ¿sabes tú? —contestó con ironía.
Puse los ojos en blanco. Al ver que no había más remedio, le dejé entrar. Sasori caminó detrás de mí hasta el salón.
—Busca donde te dé la gana, me da igual —dije sin interés.
Le di la espalda y regresé a la mesa junto al ventanal, donde había dejado mi café a medio terminar y un libro. Al cabo de un rato, bebiendo de la taza volví a sentir la presencia de Sasori cerca de mí.
—¿Derecho Internacional? Tu hermano me dijo que querías dedicarte a la Astronomía —su voz me exasperó en demasía.
Aparté la vista de mi libro y le fulminé con la mirada.
—¿Te importa que eche un vistazo en esos cajones de debajo de la televisión? Las películas no estaban en la habitación de Itachi —me miró con fingida inocencia.
—Ya te lo he dicho: me la suda dónde busques tus jodidas películas.
Y mientras se volvía hacia los muebles que circundaban el televisor, detecté fugazmente un atisbo de sonrisa. Me estaba inflando los huevos a propósito.
Por el rabillo del ojo, observé cómo se acuclillaba y rebuscaba entre los objetos desperdigados de los cajones. Al parecer, no se había equivocado; tres películas que no había visto en mi vida aparecieron de pronto en el tercer cajón.
—En menudo lugar las dejas, Itachi —oí que murmuraba Sasori para sí mismo.
Por las portadas que vislumbré en la distancia, supuse que eran películas de ciencia ficción y algún que otro thriller.
Puto friki.
Continué observando a Sasori con disimulo. El silencio embargó la estancia, durante unos instantes en que su rostro se había quedado con una expresión extraña. Sus ojos se movían por el suelo al azar, sin verlo; parecía como si estuviera reflexionando sobre algo.
¿Se le habrán fundido todas las neuronas, de repente?
—Por cierto —no me permitió devolver la atención en mi libro—, la semana pasada me encontré con Sakura...
Dejó las palabras tendidas en el aire un momento, y acto seguido me miró directamente. Sus ojos emitieron un brillo intenso; por una vez, su jeta no me pareció ridícula. Y, por supuesto, yo también le miré de la misma forma.
—No me gustó lo que vi —soltó sin miramientos—. Es tu novia, ¿verdad?
Mi taza de café produjo un sonido compacto, cuando la solté en la mesa.
—¿Qué pasa? ¿Te mola? —fui directo al grano.
Ahora sí que me había inflado los huevos.
Sasori se levantó del suelo, sin alterar el semblante.
—No me mola. Estoy enamorado de ella.
Noté cómo se me agitaban las aletas de la nariz.
—Y ella lo sabe, se lo confesé ese mismo día —recalcó.
Se me escapó una breve risa sarcástica.
—¿Y qué? Te ha dado calabazas y te has llevado una decepción, ¿no?
Sasori frunció el ceño.
—Lo que me decepcionó fue ver su cara de tristeza. Sabía que me daría calabazas, pero no deberías actuar como si siempre fueras a tenerla asegurada, mucho menos cuando no haces nada por quitarle esa expresión de desconsuelo —contraatacó—. Para ser sincero, creo que ella se merece a alguien mejor que tú, por mucho que tengas el apellido que tienes.
Otro resoplido cargado de sarcasmo.
—¿Pretendes ponerte a mi altura? —le reté.
—Tengo muy claro que conmigo no se sentiría tan alicaída como la he visto últimamente —enterró las manos en los bolsillos y esbozó una sonrisa de autosuficiencia—. Como a todos los niños ricos de tu edad, para ti lo único que cuenta es el sexo y el dinero.
No sé en qué momento fue que abandoné la mesa del comedor, pero de pronto me vi agarrando a aquel cabrón por el cuello de la camisa y aprisionándole contra la pared, del mismo modo que había hecho Itachi conmigo por la mañana. Pero a mí me dominó una furia mayor, y el hormigueo de mis nudillos me provocó unas espantosas ansias de hundirle la cabeza de un golpe.
Antes de que pudiera descargar mi puño sobre él, Sasori me mostró una sonrisa desafiante.
—¿Ves? Esto es todo lo que sabes hacer: liarte a hostias si alguien dice algo que no te gusta, en lugar de desvivirte por que Sakura sepa que la amas. No eres un hombre..., ella nunca podrá ser feliz a tu lado.
Era inevitable. Aquel pelirrojo de bote con pintas de marginado social había dado en el puñeterísimo clavo.
No había sido el único que había manifestado sus sentimientos por Sakura. El cejotas de Rock Lee, Naruto durante la infancia, e incluso Neji –a su manera– ya me los habían hecho saber antes que él. Sin embargo, aquella vez no sentí esa situación como una competencia...
... sino como una derrota.
Tal como había dicho, Sakura no había correspondido a Sasori. Y a pesar de ello, él tenía los cojones de enfrentarse a mí. Aun cuando parecía tener todas las de perder, él no se había dado por vencido.
Y allí estaba yo, como un paleto que solo sabe repartir galletas; abalanzándome sobre él por haber pronunciado aquello que llevaba tiempo esquivando. Sakura no era feliz. Estar conmigo solo le había traído problemas: desde acosadoras particulares que le habían hecho la vida imposible en el instituto, hasta tías celosas con las que me había enrollado por cargar con un vacío en el pecho, que solo Sakura había logrado llenar. Y ahora sucedía lo que, tal vez, debería haber previsto que iba a suceder.
A veces me pregunto qué valor tiene un apellido, si con él arrastras una maraña de desastres que solo perjudican a tus seres queridos. ¿Qué valor tenía el dinero, si no podía darle a Sakura lo que necesitaba?
Lo había comprendido tarde.
No se trataba de si mi situación podría ponerla en peligro o no, sino de que el destino de Sakura nunca había estado ligado al mío.
Siempre habíamos sido de mundos diferentes. Incluso cuando ella había tenido una vida de lujos, habíamos sido opuestos. Su mundo nunca había tenido nada que ver con el mío, y probablemente por eso, al final, no era capaz de hacerla lo suficientemente feliz.
Y Sakura no se merecía lo suficiente.
Egoísta, solamente eres un egoísta.
Apreté la mandíbula y, tragándome con gran esfuerzo el orgullo, solté a Sasori.
—Lárgate de aquí —mis ojos lo taladraron con severidad.
Por un momento, creí percibir que su frente se arrugaba, como si hubiese sentido fugazmente lástima. No obstante, sus facciones se endurecieron y cualquier atisbo de empatía que hubiese existido, se esfumó.
Pasado un rato, Sasori decidió romper el contacto visual. Recogió las películas del suelo –las cuales se habían caído ante mi fortuito ataque–, y seguidamente, se encaminó a la entrada para ponerse los zapatos. No hubo más palabras entre nosotros, antes de que abriera la puerta y se marchara finalmente.
Aquel lunes era uno de febrero, y las últimas hojas mustias y acartonadas del invierno caían de las melancólicas ramas de los árboles. Hacía frío. Tanto que parecía que fuera a nevar.
Estaba observando el vaho helado que emanaba de mi boca, cuando detecté aquellos cabellos rosáceos aproximarse.
—Pensaba que habíamos quedado en la azotea. Ahora mismo iba para allá —dijo Sakura, con la misma ingenuidad de una niña valiente.
Una parte de mí me suplicó no mirarla, pero el deseo de hacerlo venció a todas mis prohibiciones calladas. No sé muy bien qué vio en mi rostro; a pesar de que procuré mantenerme inescrutable, sus cejas finas descendieron como si hubiesen perdido tesón. Y aunque no abrió la boca, percibí al instante su inquietud.
No me permití un segundo más de titubeo, me levanté del banco donde me había sentado a esperarla.
—Vayamos juntos —le respondí.
Aquel día, al subir por aquellas escaleras hacia la azotea experimenté una sensación parecida a lo que debe sentir un preso al caminar por el corredor de la muerte. Sabía que habría un final, pero era como en un sueño; como si mis pasos nunca fueran a acabar; como si fuera a quedarme allí para siempre: subiendo y subiendo. Era dirigirme a un destino que extinguiría, por completo, todo aquello por lo que la vida que conocía había cobrado un sentido.
Desde entonces, no he vuelto a pisar aquel lugar.
