NOTAS DE AUTOR

Sé que me he atrasado bastante, pero esta vez tengo excusa: he estado de vacaciones. Muchos de los que seguís este fanfic vivís al otro lado del hemisferio, pero en España es verano, y al menos en el sur hace un calor que quita las ganas de hacer cualquier cosa.

Igualmente, he procurado no dejar de escribir, aunque, eso sí, tengo que admitir que ha sido un capítulo muy difícil. También es bastante largo, por lo que tened paciencia. Creo que está justificado.

Será un capítulo donde ocurran muchas novedades que, quizás, os trastoquen un poco. De momento. Así que preparaos para evitar caeros de espaldas (juas juas juas).

[Esta obra está registrada en: © Safe Creative by PinkPantherK22]

Sin más... ¡A DISFRUTAR!


35. ESTELA

SAKURA

Tiene las uñas de un liviano lila y los nudillos apretados de un blanco roto, como si, por alguna razón, se hubiesen desgastado. Su piel marmoleada rezuma ese frío intrínseco; a veces pienso que, si la toco, encontraré hielo en lugar de carne. Y luego esos ojos malvas, unas ojeras que cargan un agotamiento insondable, contemplándome sin ver nada; como si frente a él solo existiese una pared opaca.

Vacío.

—Se acabó.

Frunzo el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Sus pupilas no se inmutan.

—Lo siento, me he equivocado al dejar que te acostumbraras tanto tiempo.

Sigo sin entender.

—¿Acostumbrarme a qué? ¿De qué hablas?

Él parpadea un par de segundos y, entonces, su expresión se vuelve hastiada, como si llevara toda una vida lidiando con mis problemas de comprensión. Se mantiene a una prudente distancia de mí.

—No podemos seguir con esta tontería, Sakura. Estoy cansado de todo esto. Al principio estaba bien, me entretenía, pero poco a poco se ha vuelto muy pesado: siempre con tantos problemas, tantas discusiones, tantos imprevistos...

Las manos se me tensan.

—¿Qué estás diciendo? —creo que no le entiendo..., o creo que no quiero entenderle.

—Lo que escuchas, Sakura —me mira con un semblante inanimado, como una estatua de expresión esotérica—. Estoy cansado de ser el novio de alguien que no está hecha a mi medida.

Creo que acabo de sentir un mazo golpeándome el pecho. Quiero hablar, pero soy incapaz de decir nada.

—¿No lo has pensado? —su voz continúa con una neutralidad escalofriante—. Venimos de mundos distintos... ¿Te imaginas a mi padre entrando en tu casa ruinosa para visitar a tu familia?

Claro, ahí está. Por eso, nunca ha dado el paso de conocer a mi madre. Para él, mi casa es ruinosa, mi familia es ruinosa, mi vida es ruinosa.

—Yo nunca he sido como el resto de chicos que has podido conocer; no puedo tener una vida normal como tú. Sostengo un apellido al que, lo quiera o no, debo honrar, y ello me obliga a afrontar determinados problemas —de repente, sus ojos despiden un brillo inescrutable—. ¿Qué diría la prensa si se enterara de que el hijo del Viceministro de Defensa tiene una novia medio extranjera y pobre? Tal como indica la respuesta, tú eres uno de esos problemas.

—¿Qué...?

Era eso. A fin de cuentas siempre ha sido eso. Por mucho que a él no le haya importado o me haya creído que no le importaba en el pasado.

Yo soy pobre. Y nunca he sido completamente japonesa.

—Por supuesto, no puedo culparte —entierra las manos en los bolsillos del pantalón—. Reconozco que yo he sido el responsable de haber permitido esto. Tendría que haberlo frenado a tiempo, o simplemente no haberlo iniciado nunca.

—¿Estás diciendo que nuestra relación ha sido un capricho tuyo?

Sin poder contener más la voz, mi pregunta es directa, destripada; no permite ningún margen de dudas a su significado. Él se me queda mirando largamente, pero sigo sin entender el destello de sus pupilas.

—Sí —lo pronuncia conciso y decidido.

Me pican los ojos. Horriblemente.

—¿Por eso nunca me has dicho «te quiero»?

De pronto, sus ojos negros se abren mucho. Creo que no se esperaba esa pregunta; aunque pasan los segundos, no responde. Noto entonces las primeras lágrimas deslizándose por mis mejillas.

—Tiene sentido —sonrío con amargura.

No quiero preguntarlo. En el fondo, me aterra hacerlo. Pero necesito otra razón. Una razón que me haga pensar que mis sentimientos, mis emociones, mis recuerdos..., todo lo que he entregado y he vivido con él no ha estado siempre descompensado.

Una razón que me permita aceptar la realidad, porque ahora mismo no le termino de creer.

Una razón que anule rápidamente cualquier futuro impulso de luchar por él.

Inspiro hondo.

—¿Hay otra? —vagamente, lo pregunto.

Él entorna los ojos. Hace rato que he dado por perdida la capacidad de adivinar sus pensamientos.

—No la hay, pero quiero que la haya —noto que inesperadamente vacila, como si se estuviese replanteado lo que me va a soltar—. Posiblemente, Karin sea la más indicada.

Es inevitable que lo piense. Es justo la respuesta que he esperado. Y por primera vez, detesto esta cualidad mía de predecir las cosas. No me planteo siquiera el motivo por el que me ha parecido que ha recalcado ese quiero. Es una cuestión simple..., pero supongo que sigue descuadrándome.

De entre todas las candidatas, ¿por qué ella?

Ya la tuvo comiendo de su mano una vez. Probablemente, la ha tenido siempre. Pero estoy segura de que no llegó a pasar nada entre ellos, porque tengo la sensación de que él nunca la ha mirado con cariño.

Aunque ahora mismo empiezo a dudar de si él alguna vez me ha mirado así.

¿Quién sabe lo que piensa, siente o padece? Él se ha criado en el silencio.

—Entonces... ¿ya está? ¿Así se termina? De la noche a la mañana, ¿no?

Me da la impresión de que está apretando la mandíbula; quizás le estoy irritando. Siento que se me arruga la frente.

—¿Me odias? —lo he dicho sin pensar.

—Me voy, Sakura.

Empieza a girarse, y algo en mí me dice que si dejo que me dé la espalda, será la última vez que me mire.

—¡Espera! —le agarro por el brazo, tironeando para que se vuelva—. ¡Todavía no, por favor! No puedo... No estoy preparada...

—No soy algo tuyo, Sakura. Tu vida no depende de mí, no tienes que estar preparada para esto. Simplemente haz lo que querías hacer antes de empezar esta tontería y a mí déjame en paz. Me estorbas.

Su gélida voz, esas palabras salpicadas de escarcha y espinos, me dejan irremediablemente petrificada. Por alguna razón, mi mirada se ha quedado clavada en mis manos. Los dedos siguen creando arrugas en la manga de su uniforme, apretados como tornillos ensañados. Parecen las garras de un depredador reteniendo la carne de su presa.

Y entonces siento miedo de mí misma. ¿Desde cuándo soy tan... posesiva? Sasori me lo dijo. Puede ser que tenga razón. Tal vez no deba culpar a Karin de esta situación.

Es lógico que Sasuke me vea como un estorbo.

Supongo que es inevitable observar cómo esas garras mías recobran la forma de manos. Unas manos que ya no aprietan ni ciñen como clavos, sino que dejan de arrugar esa manga y se abren por completo. Veo su brazo alejarse y, cuando levanto la mirada, compruebo que su rostro no se ha girado.

Que sus ojos ya no volverán a buscarme.

—Tu vida no depende de él —una voz inesperada se ha escuchado detrás de mí.

Cuando me doy la vuelta, caigo en la cuenta de que estoy en mi habitación, sentada sobre mi cama, y de repente mis mejillas se sienten empapadas.

Tengo la sensación de que llevo horas llorando.

—Vamos, Sakura —vuelvo a escuchar esa voz, ahora mucho más cerca—. Tú estás hecha de otra pasta; una para ser fuerte y valiente. Así somos las mujeres de esta familia, lo sabes.

Reconozco enseguida el hilo que conduce esas palabras; he escuchado algo parecido antes. Al sentir unas manos caer sobre mis hombros, no me sorprendo. La tía Tsunade me mira con una ternura que pocas veces he visto en sus facciones duras.

—No dejes tu fuerza en manos de nadie, que no seas tú —con un dedo, aparta una lágrima que se me resbala por el pómulo—. Ahora, levántate.

Como si en mi cama algo me hubiese impulsado, me levanto de un tirón. Parpadeo, y las paredes, el escritorio, el armario, las estanterías..., todo lo que hay en mi habitación adopta otra forma, otras dimensiones, otros colores.

Sin confusión, observo que estoy en una zona conocida del instituto; de hecho, mis dedos están temblequeando, expectantes. Experimento un sudor frío por la nuca, y me doy cuenta de que tengo el cuerpo cansado, como apaleado.

Tengo la impresión de que llevo tiempo sin dormir bien.

—¡Sakura-chan! ¿Cómo has quedado?

Hinata aparece de pronto, dirigiéndose apresuradamente hacia mí. Naruto viene a su lado.

—¿Eh? —no la entiendo.

—Date la vuelta, date la vuelta —Naruto señala insistentemente con la mano a un punto detrás de mí.

Me giro, y lo que veo me da un vuelco al corazón. De repente, recuerdo por qué me siento agitada. En el gigantesco tablero de la pared, entre un centenar de nombres enumerados de mayor a menor por columnas, ahí estoy. Encabezando la lista. La primera.

Por fin, la primera.

—¡Sakura-chan, lo has conseguido! —la voz de Hinata contiene una inmensa emoción.

—¿Has visto? ¿Has visto? —le sigue Naruto, casi hiperactivo.

No puedo creérmelo. Una y otra vez, mis ojos corretean de mi nombre al segundo que destaca debajo de él. Sasuke es el segundo. He superado a Sasuke.

En los exámenes finales de Bachillerato, finalmente, he superado a Sasuke Uchiha.

No es posible. Por muy duro que haya estudiado para recuperar todo el retraso académico de este curso y mantener mi beca hasta el final, no puede ser que haya quedado un puesto por encima de uno de los estudiantes más inteligentes de Japón. No, claro que no puede ser.

Él me ha dejado ganar.

—Sakura-chan, ¿qué te pasa? —Hinata arruga la frente.

No le respondo y, sin pensarlo un segundo, echo a correr. Abro una puerta y una fuerte luz me ilumina. Sigo corriendo; cruzo la linde de un parque y voy directa a la parada del metro. Parece como si los minutos pasaran como segundos, cuando llego a mi destino y me pregunto si no estoy buscando algo en vano.

Si estoy en lo cierto, entonces Sasuke todavía piensa en mí. Si estoy en lo cierto, entonces Sasuke todavía me aprecia. Si estoy en lo cierto, entonces Sasuke todavía... ¿está enamorado de mí?

Subo por el ascensor, como siempre, sin ninguna objeción por parte del portero. En cuanto se abre, detecto la figura del profesor Itachi con ropa deportiva y un macuto al hombro. Está saliendo de su apartamento, y parece que se dirige al gimnasio.

—Sakura —no utiliza ningún sufijo conmigo; a pesar de la sorpresa, mantiene su tono suave.

Me apoyo en las rodillas intentando buscar aire.

—Tengo... que ver a Sasuke —jadeo—. ¿Está aquí o ha salido?

Él no me responde enseguida. Inspiro hondo, y me incorporo. Cuando le miro directamente a la cara, encuentro inmediatamente una expresión grave en sus rasgos finos. No puedo decidir exactamente qué sentimientos está experimentando: si preocupación o si irritación.

—Lo siento, no vas a poder verle. Anoche, Sasuke cogió un vuelo a Estados Unidos.

Entorno los ojos.

—¿Un vuelo? ¿Se refiere a que se ha ido de vacaciones?

El profesor Itachi pestañea solo una vez.

—No, Sakura. Me refiero a que se ha ido a vivir allí. No volverá a Japón.

El rostro del mayor de los Uchiha permanece con esa expresión fuerte, incluso cuando mis pies comienzan a retroceder. Escucho un eco expandirse a mi alrededor, mientras una recia opresión se apodera de mi pecho. Algo que me agarra. Se me clava. Desgarra.

¿Por qué?

—¿Te has enterado de que Karin se ha mudado? Dicen que se ha ido a vivir a Nueva York con su madre —Ino me mira con expresión cautelosa, mientras yo mantengo la mirada en mi bocadillo de fideos yakisoba—. Sakura, no dejes que esto afecte a tu futuro.

¿Por qué?

—Hermanita, he visto en la tele que Sasuke-senpai ha entrado sin problemas en la Universidad de Harvard —Hana tiene la misma cara que esa vez en que me encerré en mi dormitorio durante semanas, tras la muerte de papá—. Por favor, no abandones tu sueño de ser doctora.

¿Por qué?

—¡Sakura, abre! —mamá aporrea mi puerta con un entusiasmo inusitado—. ¡Ha llegado una carta de la Universidad médica de Tokio! ¡Veamos todos juntos lo que dice!

¿Por qué?

—Él nunca te quiso, o al menos no lo hizo como debió hacerlo. Quédate siempre con las personas que sí lo hagan —Sasori me abraza con fuerza, del modo en que sabes que su perfume se apoderará de tu ropa para el resto del día—. Voy a esperarte todo el tiempo que necesites, Sakura.

¿Por qué?

—No he vuelto a recibir noticias de Sasuke. Se fue con un pariente lejano que trabaja con algunas ONG, y supongo que estará ocupado con la universidad. Lo siento mucho, Sakura —el profesor Itachi, aunque ya no sea mi profesor, sigue mirándome con esa dulzura especial—. Aun así, nunca olvides que en esta casa siempre vas a tener un hogar. Para lo que quieras, yo estoy aquí.

¿Por qué?

Sakura.

Me doy la vuelta, y le encuentro a él. Sé que es él. Su alborotado pelo negro azabache, su imperiosa espalda, el blancor de su nuca, sus hombros anchos tan visibles en las líneas marcadas del uniforme de nuestro instituto.

No soy algo tuyo, Sakura.

Sigue sin girarse, pero corro hacia él. No puedo permitir que vuelva a alejarse.

Tu vida no depende de mí, no tienes que estar preparada para esto.

Sasuke. Es Sasuke. No puede irse otra vez.

Simplemente haz lo que querías hacer...

Sasuke...

No puedo tener una vida normal como tú.

... vuelve.


Cuando abrí los ojos, me detuve un buen rato a reordenar mi mente y recordar qué había pasado, qué hora era y dónde estaba. Sobre todo, dónde estaba. Lentamente, asimilé que todavía había oscuridad porque apenas empezaba a amanecer, y que me encontraba despatarrada en la cama de matrimonio del dormitorio. Luego, me pregunté qué clase de imagen, historia o situación habría visto el día anterior para haber soñado todo aquello.

Pensándolo con detenimiento, hacía mucho que no revivía aquellos momentos de mi vida. Casi había olvidado que habían sido así. Hacía mucho que no soñaba con esa recapitulación de acontecimientos imprevistos, con esas anécdotas que ya creía enterradas, con todas esas cosas que habían pasado.

Recuerdos de seis años atrás.

Al cabo de un rato, los tenues rayos de sol despuntaron a través de mi ventana. El techo se empezó a distinguir del resto de los elementos que componían la habitación, y entonces comprendí que ya no tenía sentido intentar dormir de nuevo.

Me desperecé tranquilamente, y luego salí del dormitorio. El cuarto de baño era de estilo occidental, por lo que dejé mi pijama y mi ropa interior tirados por el suelo y me metí directa en la ducha. Cuando terminé y me miré en el espejo, volvió a hacérseme raro ver el color de mi pelo.

A pesar de haber conseguido una de las mejores notas del NBME[1], mis rasgos mestizos tan pronunciados y el color natural de mi cabello me habían supuesto muchas trabas. El director del hospital en el que comenzaría las prácticas remuneradas, a partir de abril, me había exigido solucionar la visibilidad de mi anomalía capilar. Entendía que sería insólito para los pacientes tener a una doctora con el pelo rosa, y no me perdonaría insultar el gran esfuerzo que había hecho la tía Tsunade para que me aceptaran allí.

Me había resultado paradójico tener que teñirme el pelo, cuando ya de por sí parecía teñido; sin embargo, al hacerlo descubrí un fenómeno que desconocía. Pese a que me había aplicado un tono cobrizo, no tardó en volverse mucho más claro y pasteloso, y aunque se advertía la coloración anaranjada, seguía teniendo reflejos rosáceos en la raíz. Había probado con baños de color en tonos más fuertes, pero el resultado había sido el mismo.

Así que me había quedado con una especie de pelirrojo rosado, un poco más creíble que mi tono verdadero. Esperaba que el director lo diera por bueno, puesto que quería evitar la alternativa de cortármelo como un hombre. Me había costado mucho dejarlo crecer hasta la clavícula.

Mientras dejaba el café haciéndose, me puse a arreglar la cama. No había mirado la hora, pero sabía que era temprano. Me extrañó cuando advertí la vibración de mi móvil, que descansaba sobre la mesita de noche.

Sasori: Intentaré llegar lo antes posible. Hoy habrá mucho lío en el bufete.

Tardé un poco en recordar que aquel día tenía algo especial.

Mi graduación.

Sakura: No te preocupes. No me enfadaré si no puedes.

Era perfectamente consciente de que Sasori estaba ocupado. A sus veintinueve años, era uno de los miembros que encabezaban el bufete de abogados Akasuna. Por tanto, no era extraño que se quedara hasta la noche trabajando.

Aun así, a veces me sorprendía. Había creído que Sasori se frustraría, después de haber fracasado en su sueño de convertirse en director de cine. La Universidad de Waseda no había sido suficiente para que el público valorara su obra, de manera que se había visto obligado a elegir otro camino.

Sin embargo, había desarrollado un destacado recelo hacia el mundillo de las marionetas y todo lo que tuviera que ver con escenarios, y finalmente se había decantado por la opción más alejada de su vocación artística: el Derecho. Tal como habían querido sus padres.

Supongo que hay sueños donde se necesita algo más que una buena formación académica para ser cumplidos.

No recibí más mensajes de parte de Sasori, y deduje de inmediato que él había esperado que fuera más codiciosa. Siempre quería que fuera más codiciosa, pero yo me negaba en redonda. Si no podía venir, no era culpa de nadie. No había más vueltas que darle.

Por otro lado, me sentí aliviada por haberme despertado tan temprano. Mamá llegaría de un momento a otro con el hakama[2] de graduación, así que tenía tiempo para desayunar con calma. De mi preparación estética se encargaría ella, que había pedido que le redujeran las horas de ese día en el trabajo, ante la imposibilidad de Hana para venir por la mañana. «Me han puesto un puñetero examen parcial a primera hora», se había quejado mi hermana, un hábito desde que había entrado en Lengua y Literatura Inglesa.

Era un verdadero consuelo que, a esas alturas, mamá pudiera permitirse hacer aquel tipo de pellas. Desde que la habían ascendido a gerente del servicio del limpieza del hotel, gozaba de vacaciones pagadas y, si se tomaba un descanso voluntario como ese día, bastaba únicamente con recuperarlo cualquier domingo. Además, al haber saldado casi todas las deudas arrastradas durante años, de vez en cuando mamá se permitía sus caprichos y compraba buenos productos de cosmética y ropa.

Igualmente, el hakama había sido un regalo de los abuelos. Estaban acostumbrados a encontrar los mejores tejidos para esa prenda, que en aikido se utilizaba como un pantalón.

Cuando mamá llamó a la puerta, yo ya me había arreglado el pelo.

—¡Vaya, Sakura! Me encanta cómo te sienta ese color con los tirabuzones —observó mamá en cuanto me vio.

Me había hecho un semirecogido simple, pero adecuado para aquel evento. Tras un buen rato maquillándome y colocándome el traje, mamá añadió un adorno floral en mi moño lateral, como una cascada de pétalos rosados que combinaban con los reflejos de mi cabello.

—Estás preciosa, cariño —se me quedó mirando con un brillo tierno en sus ojos castaños—. Papá estará muy orgulloso de ti, esté donde esté.

Sonreí brevemente. Estaba feliz, pero cuando me giré y me miré en el espejo, una parte de mí se sintió ligeramente desconcertada. No acostumbraba a vestir trajes tan ceremoniosos, y fue inevitable pensar en qué diría mi yo de hacía algunos años.

Porque, de repente, fui consciente de lo mucho que había cambiado en aquellos años.


A mi graduación asistieron Hinata e Ino, las primeras junto a mi madre; luego, apareció Naruto con prisas, aunque acicalado y trajeado. Hana salió de la universidad y llegó un poco más tarde, pero antes de que entráramos en la gran sala de la ceremonia. No vino sola; Kiba le acompañaba. Y aun cuando ya había pasado un año desde que lo anunciaran, una vez más se me hizo raro saber que ese chico ya no era solo mi amigo, sino que también mi cuñado.

La tía Tsunade no pudo asistir por lo atareada que se encontraba, y se había juntado que la abuela tenía pánico al tren con que el viejo coche del abuelo estaba en el taller por problemas con el embrague. Así pues, mamá me infló a fotos desde todos los ángulos posibles de mi persona. Prácticamente, habría sido innecesario que el resto de la familia hubiese asistido.

Cuando la ceremonia comenzó oficialmente, sentí la ausencia de otras personas que había querido que estuvieran allí.

Eché en falta a Rock Lee, que desde que había abierto su propio restaurante apenas se dejaba ver.

Eché en falta a Tenten, que había decidido tomarse un año sabático por Europa, desde que Neji había ingresado en un centro de desintoxicación.

Eché en falta a Shikamaru, que había ido a una boda con Temari, al igual que Chôji, del cual me pregunté qué comería que no rompiera demasiado la dieta que había seguido, desde que se convirtiera en monitor de gimnasio.

Y eché en falta al profesor Itachi, pero el instituto seguía abierto hasta finales de ese mes.

También me acordé fugazmente de Gaara, supongo que por el discurso de uno de los profesores más intolerantes y homofóbicos de la universidad, que irónicamente había hablado sobre aceptarnos a nosotros mismos. Desde que se conocieran la orientación sexual del pequeño de los Sabaku y el rumor de sus trapicheos con drogas, nadie le había vuelto a ver. Nunca se supo con certeza por qué desapareció o a dónde se fue, pero aquello dejó de por vida una profunda huella en el corazón de su hermana.

En el caso de Sai, los motivos habían sido circunstanciales. Siempre había creído que terminaría con Ino, pero ninguno de los dos se había atrevido nunca a dar aquel paso. Después de que nos graduáramos en el instituto Konohagakure, me enteré de que se había independizado y separado completamente de su familia adoptiva, y que luego se había ido a vivir a Kioto. La última vez que le había visto había sido un verano, en la distancia; se había montado en un autobús que conducía al aeropuerto.

Cuando un compañero de la carrera subió a la tarima para dar su discurso, rememoré anécdotas de la universidad; no obstante, me di cuenta enseguida de que eran muy pocas, en comparación con las que había vivido en el instituto. Pensé que era normal. Ya no era una niña. Aquella etapa había sido para enfocarme únicamente en mi formación profesional, sin hacer amigos potencialmente sentimentales. Más bien, colegas de copas y apuntes.

Nadie podía sustituir lo que había construido en mis años de Bachillerato...

... y por eso, creo, recordé a Sasuke.

Como un mosquito hambriento en la flama estival, su rostro se balanceó intermitentemente por mi cabeza durante toda la ceremonia. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que había soñado con él, que desde aquella mañana tuve que soportar un continuo mal sabor de boca. ¿Qué habría sido de él todos aquellos años? ¿Aún viviría en Estados Unidos? ¿Qué habría pensado si me hubiese visto allí, vestida con un hakama en la graduación de la carrera que toda mi vida había soñado hacer?

Reprimí un escalofrío.

—¿Has visto a Sasori? —le pregunté a Hana, cuando la entrega de diplomas se aproximaba a su fin.

—Parece que todavía no ha llegado —mi hermana dio un rodeo con la mirada por los asistentes.

En realidad, no entendí a qué había venido lo de preguntar por Sasori. Tenía asumido que no vendría, y no le culpaba de nada. Había sido un impulso estúpido, como si al evocar mentalmente mi pasado le necesitara.

Pero a quien verdaderamente sentí que necesitaba fue mi padre.

Estaba más decidida que nunca a hacer honor a su memoria, y durante la mayor parte de la ceremonia creí verle allí, sonriéndome, con los ojos brillantes de un inmenso orgullo.

En el momento en que me llamaron a recoger mi diploma, experimenté esa conocida sensación de atoramiento en la garganta, como un nudo que se acrecentaba, provocando que me escocieran los ojos y me picara la nariz. Conteniéndome las lágrimas, agarré aquel pergamino enlazado, y me prometí a mí misma que no me rendiría. Por muchas veces que me equivocara en el proceso, que me cayera o me llenara de heridas, no abandonaría mi propósito.

Me convertiría en una gran doctora, costara lo que costase. Por él.


—¿De verdad estás bien con no salir a tomar algo con tus compañeros de la universidad? —aunque debía sonar preocupada, Hinata me pareció conmovida.

—¡Claro que sí! Hace mil que no quedo con vosotras —insistí.

—¿Y Sasori? ¿Te ha dicho algo? —quiso saber Ino.

—Sí, ya me había avisado de que tenía mucha tarea en el bufete. No contaba con que viniese.

Habían pasado varias horas desde que mi graduación hubiera concluido en el polideportivo, con una fiesta donde todos los asistentes habíamos tomado aperitivos y presenciado alguna que otra actuación. Después de aquello, la mayoría de mis compañeros habían regresado a sus casas para cambiarse con ropa menos protocolaria y habían continuado festejando en alguna sala preparada para eventos especiales.

Yo también había regresado a casa para cambiarme, pero había elegido cenar en un restaurante con suelo de tatami y la compañía de mis mejores amigas.

—Bueno, aunque te moleste, Hinata, me alegro de que Naruto haya tenido que marcharse a trabajar con el sobón de Jiraiya —saltó Ino, zampándose un par de trozos de sashimi—. Hacía mucho que no pasábamos tiempo juntas; estás todo el día pegada a tu maromo o en el invernadero.

Hinata hizo un mohín.

—Ino-chan, tú también estás muy ausente con eso de ayudar a tu madre en la tienda de Ginza —replicó.

Lo cierto era que, desde el instituto, Naruto y Hinata no se habían separado muy a menudo. No habían experimentado crisis, fases extrañas o cualquier problema que pudiera distanciar a cualquier pareja. Para mí, tenían el prototipo de relación ideal, en la que se entendían perfectamente y resolvían enseguida cualquier disputa privada, sin que sus personalidades tan distintas les afectase.

Y no parecía que las cosas fueran a cambiar. Hinata había conseguido un puesto de técnica de laboratorio en un invernadero a las afueras de la ciudad y Naruto un gran apego a la productora del viejo verde de Jiraiya; sin embargo, se habían adaptado de maravilla.

—Hinata, yo propongo continuamente planes para que salgamos todas, pero tú siempre te rajas, y desde que Sakura empezó a salir con su novio, lo mismo. Echo de menos a Tenten —Ino soltó un resoplido.

En su caso, ella seguía como siempre. La eterna Soltera de Oro, con su cuerpo escultural, la melena rubia platino más larga que nunca, y una ensalada de moda y hombres pendiendo de sus finos tacones.

Sin embargo, Hinata tenía razón cuando decía que Ino también estaba liada. Hacía solo unos meses desde que se había convertido en la encargada de la nueva tienda en Ginza de la firma de ropa de su madre. Además, estaba terminando la carrera de Gerencia en Moda y Diseño de la escuela de negocios de Tokio, aun cuando el curso no fuera obligatoriamente presencial.

—¿Sabéis algo de Tenten? —la voz de Hinata me arrancó súbitamente de mis pensamientos.

Me comí una pieza de sushi.

—Hace unos días envió algunas fotos por el grupo de Line, ¿no? Ahora está en Bélgica —comenté.

Ino entornó un poco los ojos, mirando a Hinata con cautela.

—¿Has hablado con... Neji?

Nuestra amiga de cabellos negros, que hacía poco se había cortado a la altura de los hombros, tardó un poco en responder.

—Yo no. De momento, mi padre es el único con el que le permiten estar en contacto, siempre y cuando vaya al centro a visitarle directamente. Le han prohibido el uso de móviles y ordenador —suspiró.

Ino abrió los ojos de par en par.

—¿En serio? ¿Sin móviles ni ordenador?

Le lancé una mirada reprobatoria, y ella entendió inmediatamente que aquella cuestión no tenía relevancia en nuestra conversación.

—¿Y cuándo os dejarán verle? —le pregunté a nuestra amiga de ojos perlados.

—No tengo ni idea, pero espero que no sea dentro de mucho. Tengo entendido que se suelen restringir las visitas, si el paciente no mejora en el proceso.

Las palabras de Hinata me pusieron los pelos de punta.

Todos habíamos imaginado que algo así sucedería tarde o temprano. Neji llevaba años jugando con drogas, y había alcanzado su límite cuando había conocido el crack. Una mañana, habían llamado desde el hospital a la casa de los Hyûga para anunciar que su sobrino había sido encontrado en el suelo de su apartamento, inconsciente por una sobredosis. Había estado consumiendo alcohol, marihuana y crack desde la noche anterior.

Cada vez que pensaba en ello, me sentía desgarrada. Neji me había parecido siempre una persona seria e inteligente (había estudiado Ingeniería Eléctrica hasta antes de la rehabilitación), por lo que me resultaba increíble ver que, incluso después del instituto, hubiese puesto en riesgo su vida de aquella forma. Igualmente, había desarrollado un fuerte rechazo hacia él. No solo por Hinata y los señores Hyûga.

Tenten no había vuelto a ser la misma por su culpa.

—Bueno, preferiría hablaros de noticias más alegres —Hinata se aclaró notoriamente la garganta, y yo volví de nuevo al presente.

Se recogió el pelo sobre un hombro y dejó la mano ahí, con los dedos enroscados en torno a sus cabellos. Seguidamente, nos dedicó a Ino y a mí miradas expectantes, como a la espera de que dijéramos algo. No entendía nada.

—No me jodas —susurró Ino.

Por un segundo, pensé que estaba bromeando; que en realidad no había comprendido lo que Hinata pretendía hacernos ver, al igual que yo.

Supongo que siempre he sido un poco lenta para esas cosas.

No fue hasta que la rubia agarró su mano y elevó el dedo anular, cuando sentí que el pulso se me paralizaba momentáneamente. El centelleante anillo de oro blanco hacía palidecer sus uñas de porcelana.

—Es de compromiso, ¿verdad, Hinata? ¿Es eso? —Ino estaba estupefacta.

Las níveas mejillas de la chica de ojos perlados se coloraron por completo. Asintió nerviosa con la cabeza.

—¡Ay, madre mía! ¡Te vas a casar! —la voz de Ino enronqueció por la emoción contenida—. ¡Esto es fantástico! Es, es... ¡maravilloso! ¿Has oído eso, Sakura? ¡Nuestra Hinata-chan se nos casa!

Una parte de mí quiso mostrar el mismo entusiasmo que Ino –aunque nunca habría esperado que una noticia así le alegrara tanto–. Quise expresar el mismo alborozo y la misma ilusión; sin embargo, cuando mi mejor amiga rubia dio un grito jubiloso y se abalanzó sobre mi otra mejor amiga morena, fui incapaz de unirme a aquel abrazo.

La realidad fue que no supe gestionar los múltiples sentimientos que me atravesaron de repente, de arriba abajo. Sabía que aquel día llegaría de un momento a otro. Era lo que todos habíamos imaginado que ocurriría; lo que cualquiera que les conociera habría pronosticado para ellos. Y aun así, me resultó extraño.

Hinata y Naruto se iban a casar.

¿Cuántos años habían pasado desde que empezaron a salir?

Fue justo después del verano en que fuimos a Isshiki...

Inmediatamente, acallé aquel recuerdo. No era necesario remover historias que no tenía sentido evocar. No era necesario volver a pronunciar su nombre en mi cabeza.

Y entonces entendí de dónde procedía aquella tenue sensación de malestar.

Sacudí la cabeza, recordándome a mí misma en qué año estaba y todo lo que había pasado desde que tuviera diecisiete años. No tenía sentido anclarme a una mala experiencia solo porque aquella puñetera anoche hubiera tenido una pesadilla.

Cuando capté que Hinata me miraba, sonreí. Indudablemente, me alegraba por ella. En aquel momento, lo más importante eran Naruto y ella. Además de mi graduación, aquel día ya teníamos otra cosa más que celebrar con aquel banquete tradicional de marisco y pescado.

—Felicidades, Hinata-chan.


Al regresar a casa, al principio, me llevé un pequeño susto. Sentí que la llave de la puerta no había girado dos veces como correspondía, por lo que me di cuenta enseguida de que la habían abierto. Sin embargo, en cuanto entré y descubrí aquel par de mocasines negros de piel en la entrada, respiré aliviada.

Oí unos pasos aproximándose mientras me quitaba mis botines acordonados de tacón.

—Lo siento muchísimo.

Levanté la vista, y me encontré una maraña de cabellos castaños caoba apuntándome, junto a unas manos que se agarraban firmemente al tejido grueso del pantalón.

—No hace falta que te inclines, tonto —aseguré, aunque me sentí un poco cruel cuando se me escapó levemente la risa.

Sasori se incorporó y me miró con una expresión de angustia.

—Te prometo que he intentado miles de veces salir del trabajo para ir a tu graduación.

—Ya lo sé, no estoy enfadada...

Antes de que terminara de hablar, se acercó a mí y me robó un beso demandante. Sus labios se sentían calientes, casi hirviendo. Pensé que se limitaría a eso, pero inesperadamente me estrechó entre sus brazos. Su perfume a lavanda y grosella me inundó por completo, mientras volvía a besarme con ganas. Un arrebato que envolvió mi lengua con frenesí.

Sin embargo, cuando me vi apretujada contra la puerta, sentí que la intensidad de sus besos disminuía.

—De verdad, Sasori, está todo bien —me reí contra su boca.

—¿Seguro? En serio que quería verte.

Alejé un poco la cabeza para mirarle directamente a la cara.

—Estoy algo cansada, ¿y tú?

Entonces Sasori soltó un largo suspiro, como si acabara de quitarse un gran peso de encima. Como había intuido, se separó de mí y dio media vuelta.

—En realidad, solo tengo ganas de tirarme en el sofá —dijo con un gran bostezo, caminando de vuelta al salón.

Fruncí ligeramente el ceño.

Para ser sincera, había dicho una mentirijilla. En realidad, no estaba cansada. Ni un poquito. Es más, habría aceptado encantada tener sexo aquella noche. Pero, al haber notado que el cuerpo de Sasori perdía el entusiasmo, automáticamente me vi obligada a parar. No habría sido la primera vez que discutiríamos porque yo siempre tenía ganas y él estaba agotado...

Decidí no concederle demasiada importancia y me dirigí al salón.

—La verdad es que no esperaba que llegaras tan pronto —Sasori vertió champán sobre un par de copas de cristal.

—Yo no esperaba que tú vinieras a darme esta sorpresa. Recuerda que este es mi apartamento —contraataqué de forma guasona.

Él se acercó a mí haciendo una mueca de fastidio, y me ofreció el champán. Chocamos las copas delicadamente.

—¿No has salido con tus compañeros? En mi graduación recuerdo que cerramos el local, prácticamente.

—Y me llamaste borracho como una cuba a las cuatro de la mañana, suplicándome que fuera tu novia. Quería matarte —rodé los ojos.

Sasori me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, y acarició distraídamente mi largo pendiente.

—Es curioso. Te me resististe durante tres años, pero no hubo manera de detenerme. Quería estar contigo, aunque tuviera que hacer cosas impensables en mí.

—¿Y mereció la pena?

Sus ojos castaños me contemplaron largamente. Desde que en el trabajo le hubieran obligado a llevar un tono más oscuro de pelo, su mirada a veces parecía más misteriosa.

—Por ti, cualquier cosa merece la pena —se inclinó y me besó de nuevo en los labios. Luego, se separó un poco para volver a mirarme directamente, sin apartar la mano de mi mandíbula—. Pero cuando empieces las prácticas, deberías acostumbrarte a hacer más amistades con tus compañeros.

Hice un mohín.

—¿Por qué cambias de tema?

—Porque Ino, Hinata y Tenten no son las únicas amigas que puedes tener en tu vida. Ellas ni siquiera están en tu ambiente. Tendrás que salir con más personas que trabajen en lo que tú vas a trabajar, como hice yo.

—Pues haré más amigos siempre y cuando encuentre a quienes sean afines a mí, que de momento no han aparecido. No creo que sea tan grave haberme centrado solamente en estudiar durante mi tiempo en la universidad.

—Bueno, tranquila. No lo decía mal.

Opté por morderme la lengua. Ya habíamos tenido antes aquella charla, y cada vez que se desencadenaba me sacaba más de quicio. Sabía que entre mis compañeros de la universidad me había ganado la fama de misántropa y solitaria; incluso intuía que aquellos que había tratado más a menudo lo pensaban. No obstante, nunca me había apetecido cambiar su percepción. Sencillamente, hacía tiempo que había dejado de importarme la opinión de los demás.

Pero en el fondo comprendía que Sasori me insistiera tanto en ello. Él mejor que nadie sabía lo que era adaptarse a nuevas situaciones. Desde que decidiera renunciar definitivamente a su gran sueño, había tenido que cambiar hábitos de vida, como su forma de vestir –atrás habían quedado los chalecos, las boinas y los pañuelos– o de comer –los restaurantes finos se habían adueñado de su cartera al menos dos veces por semana–. Habían sido sacrificios a cambio de que el mundo de la abogacía lo aceptara. Y al final, había destacado en su labor.

Igualmente, por mucho que fuera por preocupación, me irritaba que no me entendiese. Para ser doctora, no me hacía falta la amistad de todos los médicos del país.

No quise continuar con el tema, y desvié la mirada. En ese preciso instante detecté una caja de bombones abierta sobre la mesita de té.

—¿Y eso? —inquirí sonriendo, embelesada ante el chocolate.

—El champán no es suficiente para celebrar nada, ¿no?

Probé uno y me resultó tan delicioso que el hambre volvió a apoderarse de mi estómago. Decidí sentarme en el sofá, mientras me comía otro.

—Ten cuidado con pasarte, que esos dulces engordan y empachan mucho. Puedes comértelos en varios días —me advirtió Sasori, todavía sin sentarse.

—Pero si los has comprado como regalo de graduación, ¿no? Prefiero terminármelos hoy y, así, mañana los quemo en el gimnasio —me encogí de hombros, y acto seguido me metí otro bombón en la boca.

El silencio se hizo entre nosotros durante unos segundos.

—En realidad, tengo otro regalo de graduación —señaló él, de repente.

—¿Cuál?

Me acomodé mejor entre los cojines del sofá, y fue entonces cuando sentí algo duro en mis lumbares. Extrañada, me giré y localicé enseguida un bulto oscuro cerca de mi trasero. Sin plantearme siquiera qué podía ser, lo tomé entre las manos... y un escalofrío me recorrió la espalda.

Una cajita de terciopelo.

Antes de que pudiera pensar en si debía abrirla o no, Sasori ya se había arrodillado.

—Sé que esto no te lo esperabas para nada, pero hace tiempo que yo ya lo pensaba —confesó sin levantarse—. También sé que somos jóvenes, tú más que yo al menos, y que te gusta tu independencia: vivir en tu propio apartamento, hacer tu propia compra en el supermercado..., pero creo que ya conoces mis sentimientos. Lo tengo y lo he tenido siempre muy claro. Supongo que estaba esperando a que fuera el momento idóneo, y ahora que has acabado la universidad, considero que no tiene sentido seguir alargándolo.

Me quitó la cajita de las manos, ignorando mi estupor. Sentía que mi cuerpo entero había dejado de funcionar.

—Sakura —abrió de un tirón la cajita hacia mí—, por favor, cásate conmigo.


SASUKE

El aire se respiraba extraño cuando me desperté, como si ya anunciara que pronto estaría en una atmósfera diferente. Me retiré las sábanas de encima, pero el movimiento fue demasiado brusco, al parecer. Sentí súbitamente un dolor agudo en las costillas, y maldije en mis adentros a aquel novato del ejército que se había puesto en peligro innecesariamente. Fue tan tozudo, que haberle rescatado de aquel barranco –donde había quedado atrapado por hacerse el duro y bajar como un gilipollas sin las medidas reglamentarias– me había dejado el regalito de un cardenal enorme para, al menos, un mes.

Sin embargo, ahora podía estar tranquilo. Ya no tenía que adiestrar a principiantes, ni ayudar a los veteranos a entrenar. Recordaba perfectamente las palabras del General Yoshida, justo antes de subir a la avioneta que me llevaría al aeropuerto: «la base militar de las FAD[3] en Sudán del Sur se postra ante usted y agradece humildemente el servicio voluntario que nos ha brindado, Uchiha-sama».

Una semana. Había pasado una semana desde que volviera de África y eligiera de nuevo Hawái para descansar. En paz.

Había decidido que no regresaría a Massachusetts hasta dentro de un tiempo.

Sacudí la cabeza y volví al presente. No tenía ni idea de la hora, aunque intuía que era temprano. Hacía años que no me levantaba tarde, por más que hubiera trasnochado el día anterior.

Antes de que pudiera salir de la cama, mi móvil vibró sobre la mesita de noche.

Karin: No te olvides de que mañana tenemos el vuelo a las 10:00.

Era prácticamente imposible que me olvidara de eso. De hecho, era la causa que me había llevado a África; la consecuencia de lo que había sucedido el año anterior. Y era, a su vez, probablemente, el origen del mal sueño que acababa de tener, cargado de recuerdos que había creído desterrados para siempre de mi cabeza.

Recuerdos de mi vida antes de vivir en Estados Unidos.

Recuerdos de mi adolescencia.

Recuerdos de... ella.

Finalmente, me levanté. Tenía hambre, de modo que fui directo a la cocina. El día anterior me había asegurado de rellenar la nevera por cuatro, en lugar de tres; yo solía comer más que el resto de los que vivíamos allí. Mientras dejaba tostando una pieza de pan y me comía una manzana, rellené de pienso el tazón de Spike.

Como si lo hubiera olido de lejos, el labrador apareció al instante.

—No sabía que ya estuvieras despierto.

Alcé la mirada y la vi allí, con un vestido de flores y la pamela puesta. Sus cabellos negros como el ónice estaban repletos de ondas marcadas, y tenía la cara suavemente maquillada, con una líquida línea negra perfilando sus párpados.

—Buenos días. Hoy has ido muy temprano a la peluquería, ¿no?

—Quería aprovechar mi último día contigo —replicó ella.

Por un segundo, sentí una leve punzada en el pecho. Aquel fue uno de esos momentos en los que deseé fervientemente que el pasado hubiera sido distinto.

Tenía que agradecérselo a Itachi. Durante aquellos últimos años, no había dejado de pensar que debía agradecérselo. A menudo me acordaba de aquella nota encima de mi escritorio, el día en que tomaría el vuelo a Estados Unidos. No había sentido a mi hermano entrar en el dormitorio en ningún momento, pero siempre supe que había sido él. En ella, había dejado escrita una dirección, junto a una recopilación de alternativas para llegar hasta allí.

Puesto que señalaba una calle de Hawái, durante los primeros tres años de mi estancia en Estados Unidos me había limitado a guardar aquella nota, sin preocuparme por descubrir qué me esperaba allí. Pero, una una vez se hubieron cambiado las tornas en mi vida, supongo que ya no le había encontrado sentido a dejar aquella nota en el cajón, acumulando polvo.

Había volado a Hawái con los nervios picoteándome el cerebro y una sensación de familiaridad carcomiéndome las paredes del corazón. Cuando era pequeño, no me había molestado en memorizar nombres de avenidas, calles o zonas donde había estado durante mis vacaciones por aquellas tierras; sin embargo, los ojos tienen la capacidad de recordarnos lo que la mente a veces ha olvidado.

Aquella casa de tejas rojas seguía allí, con el mismo balcón de balaustres blancos rodeándola. El sendero que descendía hasta llegar a ella se había vuelto un poco escabroso, y la verdina se había apelotonado en las esquinas de las piedras. Y aun así, al caminar por él reviví un profundo sentimiento de amparo, que atravesó desde mis pies hasta el centro de mi pecho.

Como si, de pronto, hubiese encontrado un pedazo de mí que no sabía que había abandonado.

Ella me había sentido llegar. La mujer que una vez vi marchar con su falda de seda y el perfume a loto y lirios había emergido de la puerta de aquella casa, cuando yo apenas había tocado la primera escalera del porche.

En aquel momento, no había podido hacer nada; tan solo me había quedado allí, a unos pasos de la entrada, y el corazón encogido. Sin creérmelo. Sin comprenderlo. No había sabido si sentir odio hacia ella, o ira contra Itachi por haberme llevado hasta allí. No había sabido si sentir alivio o frustración. Si felicidad o tristeza. Si emoción o devastación.

Aquella mujer... mi madre.

Desde que la hubiera visto partir aquella mañana, había estado firmemente convencido de que no volvería a encontrarme con ella. Incluso había llegado a replantearme si, quizás, había muerto.

—Sasuke —había pronunciado de pronto.

Todas las fibras de mi ser se habían movido; cada célula de mi cuerpo se había revolucionado; la más mísera molécula de aire en mis pulmones se había agitado. Ella había pronunciado mi nombre. Ella se había acordado de mí. Ella no me había olvidado.

Y había sido en ese preciso instante cuando me había percatado de su bastón metálico, y de la fiel mascota que la acompañaba. A pesar de haberme nombrado, sus ojos oscuros no habían atinado a enfocarme ni una sola vez: difusos, perdidos; una mirada sin vida que trataba desesperadamente de encontrarme. No había tardado en imaginar qué era lo que había sucedido.

Los estragos de una enfermedad que una vez había creído tener yo también.

Al tercer ladrido que su perro me había lanzado, había aparecido detrás de ella un hombre con rizos rubios, típicamente caucásico, que me había contemplado a través de las gafas como si hubiera visto un fantasma. Nos habíamos mirado mutuamente unos segundos; luego, él había colocado las manos sobre los hombros de mi madre, y me había sonreído.

—¡Qué alegría poder conocerte al fin, Sasuke! Te hemos estado esperando.

Un ladrido de Spike me devolvió bruscamente al presente. Pestañeé.

—¿Vas a hacer tortitas? —mi madre tanteó con las manos hasta dar con uno de los taburetes de la mesa central.

No me miraba, pero intuía que se hacía una idea bastante aproximada de dónde estaba. Los oídos de los ciegos tienen una capacidad perceptiva impresionante, especialmente los de ella, que siempre parecía encontrarme por mucho que me alejara.

—No era lo que que estaba preparando —señalé—, pero puedo hacerte algunas, si quieres.

Mi madre sonrió de una forma que no admitía discusión.

—¿Con miel y arándanos? —suspiré.

—Por favor —respondió en tono amable.

Mientras batía huevos en un bol, me pregunté en mi fuero interno si Itachi también le habría hecho tortitas con miel y arándanos a mamá.

Cuando me hube recuperado del periodo de negación emocional que experimenté tras el primer reencuentro con ella, me había aventurado a preguntar por mi hermano. Mi madre nunca quiso especificarme por qué siempre había tenido una mirada triste cuando vivía en Japón con nosotros; contrariamente, Steve, su nuevo marido, me dio a entender algo que, en el fondo, había sospechado toda mi vida.

El recuerdo de aquellas manchas oscuras en su piel, que incluso en mis sueños habían aparecido, eran unos moretones.

Moretones que mi padre le había dejado.

Había sucedido a partir de que le hubieran detectado la retinosis pigmentaria. En aquella época mi padre había empezado a beber más de lo normal, y a menudo había dejado a mi madre sola, aun cuando hubiese estado al tanto de que había la pérdida progresiva de su visión le había limitado hacer tareas de forma autónoma, como cocinar o bajar las escaleras. Además, había tenido que reducir el número de horas de su jornada laboral, así que un compañero había venido asiduamente a casa para informarle sobre la situación de los proyectos que ella había estado dirigiendo. Al parecer, la causa de que mi padre hubiese emprendido la violencia contra mi madre había comenzado con aquel hombre.

No se me había revelado nada más, pero tenía la sensación de que entre aquel compañero y mi madre nunca hubo nada más allá de conversaciones sobre el trabajo. Aun así, no me habría molestado descubrir que hubiese sido su amante; siempre había creído que mi padre había tenido amantes, incluso en los años previos a la marcha de mi madre.

No sé cuántas veces me culpé por no haber sido capaz de verlo, a pesar de que sabía que entonces no habría podido hacer nada. Nueve años no te otorgan una fuerza divina para proteger a nadie, y tampoco para entender la realidad de lo que sucede. Y a pesar de ello, todo el rencor que había guardado; el desdén que había cargado; la hostilidad que había tolerado hacia mi madre me avergonzaban de un modo indescriptible.

Comprendía perfectamente la decisión que había tomado mi hermano, aun cuando había supuesto dejarme solo en aquella casa. En Japón no existe la custodia compartida, pero supongo que mi padre le había dejado ir sin más, a sabiendas de que él todavía era menor y que tenía la intención de vivir con nuestra madre.

Y aun cuando hubiese permitido eso, tras conocer la verdadera historia de aquellos sucesos pasados, para mí fue inevitable desarrollar un profundo desprecio hacia mi padre. Un desprecio mayor del que ya le había tenido por todas las palizas que me había dado. Aunque hubiera dejado marchar a Itachi, de la misma forma en que me había dejado marchar a mí. Al final, era eso lo único que había hecho.

Dejarnos marchar.

—No tienes que preocuparte. Miranda ha aceptado duplicar el número de horas a la semana, por lo que tendré poco tiempo para quedarme sola. Además, ya sabes que Steve no tarda mucho en volver a casa del trabajo —aunque no le había dicho nada, mi madre adivinó cuál era el pilar de mis preocupaciones.

Coloqué frente a ella las tortitas con la miel vertida por encima y los arándanos decorando la superficie. El sonido del plato sobre el mármol fue lo que la avisó de que podía empezar a comer.

—De todas formas, no tardaré en volver —repuse, sentándome delante de ella con un vaso de zumo y un plato de tostadas, huevos revueltos y beicon.

Reparé en su cara de contrariedad.

—Estoy segura de que te ofrecerán un gran puesto de trabajo allí, Sasuke.

—Lo sé, y no voy a aceptarlo —mastiqué un trozo de tostada con huevo.

—¿Por qué? Después de lo que has hecho, Japón estará orgulloso de tenerte al frente de algún cargo importante.

—Japón no; más bien, la prensa y los políticos.

—Bueno, son la voz de los japoneses.

—No estoy de acuerdo.

Bebí un trago del zumo de naranja, y a través del cristal vi que mi madre fruncía el ceño.

—No me parece bien que rechaces el reconocimiento que mereces —insistió.

—¿Es que ya te has cansado de tenerme aquí?

A pesar de que era evidente que lo había dicho en broma, ella arrugó la frente. Su rostro era tremendamente expresivo.

—¡Claro que no me he cansado! —saltó exaltada—. Pero no es esta la vida que quiero para ti, Sasuke. Aquí solamente haces la compra, limpias la casa, cocinas, sales a surfear cuando llega Steve y sacas a Spike a pasear. Has estudiado Ciencias del Comportamiento en Harvard y has desenmascarado a un sinvergüenza malnacido, no puedes conformarte con quedarte.

En ese preciso momento, detecté la presencia repentina de una mujer vestida con el uniforme típico de criada. Aliviado, me levanté de la mesa para llevar mi plato y mi vaso de zumo, completamente terminados, al fregadero.

—Ahora que lo mencionas —dije mientras lavaba sendos recipientes—, me voy a surfear. Miranda acaba de llegar.


A pesar de todo el tiempo que había pasado, mi madre seguía siendo mi madre. Nadando sobre mi tabla de surf hacia el interior del Pacífico, pensaba en lo que tenía que hacer al día siguiente y toda la espalda se me contraía. Al atisbar la primera ola, me levanté rápidamente sobre la tabla. No tuve problemas en cruzarla de lado a lado, aun cuando después no recordase que lo había hecho. La cabeza no dejaba de darme vueltas y más vueltas, entre la inquietud que chisporroteaba mi torso y el crepitar de mis temores, acallando cualquier apreciación de lo que me rodeaba o hacía.

Igual que no me sentía preparado para regresar a Massachusetts, tampoco me sentía preparado para regresar allí.

Había llovido mucho desde que dejara atrás aquella vida. Seis años desde que decidiera alejarme de todo lo que había conocido una vez. Un tiempo que me sonaba breve, en contraposición con todo lo que había vivido en él.

Mi carrera universitaria había sido el más rápido de los acontecimientos; de hecho, la había acabado antes de lo previsto, para sorpresa de muchos profesores y de todos mis compañeros. No había hecho migas allí, aunque no me habían sobrado oportunidades de relacionarme. En lugar de crear amistades, me había limitado al sexo, pero no de la misma forma promiscua que había acostumbrado en mi adolescencia.

Recuerdo que había conocido a una chica: la típica californiana de piel bronceada, melena caramelo y unos rasgos exóticos que le otorgaban un aire a Jessica Alba. De entre las chicas que pude conocer, aquella fue la que más tiempo pasó a mi lado. Era muy inteligente, pero se veía a leguas que había sido la Reina del Instituto, con una especie de fetiche por los asiáticos, y que necesitaba quedar por delante de cualquiera que quisiese lo mismo que ella. No era malvada, aunque esa competitividad suya fuera su mayor defecto –y, en cierto modo, su mayor virtud–. Su constante afán por conseguirme había podido con mis instintos, y ya ni me acordaba de cuántas veces me la había tirado.

Sin embargo, dos años después era incapaz de precisar su nombre –¿Carla o Emilie?–, o si venía de San Francisco o de San Diego. No había sido mi novia; habíamos mantenido una relación superficial, basada principalmente en el físico y en la buena imagen. Nunca me había encontrado cómodo entre ella o sus amistades.

Aparte de aquella relación follamigos que tuve con esa chica, no hubo mayores novedades durante mi vida en la universidad. Todo se mantuvo relativamente en calma hasta el último periodo antes de graduarme, cuando Karin y yo habíamos desmantelado por fin la corruptela que Orochimaru había mantenido durante décadas. Después, me había dedicado a viajar por países subdesarrollados de Asia, América Latina y África hasta terminar en el campamento de las FAD en Sudán del Sur.

Y pese a haber estado infinidad de veces cerca, no se me había ocurrido volver al lugar donde había nacido. Tras haber pisado todos aquellos países del Tercer Mundo, me había dado cuenta de que ya no era el mismo. Ya no era aquel ingenuo que podía ignorar tranquilamente el mundo que le rodeaba, a cambio de una buena vida, dinero, sexo y popularidad.

Un ingenuo que tampoco podía olvidar su nombre.

Fue inevitable. Apenas relampagueó en mi mente, el corazón se me desbocó y me devolvió bruscamente al presente. Del mismo modo que había hecho al despertarme, tras haberla visto en mis sueños.

Con desesperación, oteé el horizonte; no muy lejos localicé una ola que se estaba formando. Sin pensarlo un segundo, nadé veloz hacia allí. Me interné en el agua, y noté que mis manos se aferraban a la tabla con una tensión mayor que la que había sentido hasta ahora. Cuando emergí para surfear la ola, supe inmediatamente qué iba a pasar: apenas me alcé y curvé la tabla por ella, perdí el equilibrio. El agua me arrastró hacia adentro, pero afortunadamente el velcro del tobillo que me ataba a la tabla no se abrió ni un poco. El océano estaba en calma.

Aun así, durante varios segundos, me negué a salir.

En mi cabeza miles de imágenes se entremezclaron. Imágenes de todos los recuerdos que había cosechado durante años como un campo de algodón. Imágenes de todos los rostros que había visto. Imágenes de todas las miradas que había encontrado. Imágenes de todas las lágrimas. Imágenes de todas las sonrisas.

Y al final de ellas, aquellos cabellos rosáceos.

Aquellas pecas repartidas por la nariz.

Aquellas pupilas brillantes enmarcadas en un verde esmeralda.

Aquellas pestañas largas y espesas.

Aquellos labios colorados extendiéndose para reír.

Aun cuando hubiera pasado aquella eternidad, o las penurias, o el frío, o la piel abrasada, o los gritos desgarrados, o las bombas en la lejanía, o el terror, o la ansiedad, o el insomnio...

... al final del sueño, siempre era ella.


—Quiero pensar que te has puesto guapo, y no con esos anchos pantalones cortos que palpé el otro día en tu cuarto —pese a no poder mirarme directamente, la expresión de mi madre era severa.

—Tranquila. Steve podrá chivarte que llevo camisa y pantalones de pana.

Ella frunció el ceño, pero al principio no supe si era por desconfianza o por pesar. Luego, su barbilla temblequeó, y entonces comprendí que era lo segundo.

Inmediatamente, dejé las maletas en el suelo y me lancé a abrazarla. Noté que, detrás de ella, Steve nos contemplaba con una sonrisa afable.

—Te echaré de menos —me dijo mi madre al oído.

Cerré los ojos con fuerza.

—Volveré antes de lo que esperas —aseguré.

Mi madre chasqueó la lengua, y acto seguido se separó de mí. Tenía los ojos húmedos.

—Quédate allí hasta que lo resuelvas todo, o no te dejaré volver —me amenazó.

Su tono estricto sonó tan frágil que me hizo sonreír. Me pregunté si, en el fondo, lo había dicho en serio.

—Sabes que soy como tú: no puedes convencerme —repliqué.

—Yo no, pero sé que alguien lo conseguirá cuando estés allí.

Y ya no fui capaz de responderle nada. Aquellas palabras me habían impactado tanto que, por un segundo, me olvidé de respirar.

Pero decidí no concederles importancia.

Un rato después, me despedí definitivamente de ella y de Steve, y también de Miranda y de Edward, que se habían acercado en el último momento. Recogí las maletas del suelo y subí al taxi que me había estado esperando al final del sendero descendente. El viaje hasta el aeropuerto de Honolulu duró algo más de media hora, y durante todo el camino, tuve la sensación de que mi pecho se dividía, se fragmentaba y se esfumaba entre las gigantescas hojas de las palmeras, los nenúfares recién florecidos y las olas grisáceas bajo el cielo encapotado.

Deseé que nada ni nadie me retuviera demasiado tiempo lejos de allí.

Al llegar a la terminal, fui directo a facturar las maletas. Una vez terminé, vi los veinte mensajes de Karin, y apresuré en alcanzarla, ya en la cola para los controles de seguridad.

—Vaya, no es propio de ti llegar tan justo de tiempo —comentó en tono áspero.

—Te equivocas. No ha sido llegar justo de tiempo, sino en el momento justo.

Karin suspiró.

—¿Ves a esos tipos? —señaló con el dedo a un par de japoneses trajeados que acababan de atravesar las máquinas de control—. Son Yozo Nakamura y Tanishi Kato, embajador del Gobierno y teniente de las FAD.

—Lo sé, los conozco —contesté con calma, quitándome el reloj.

Karin me miró de arriba abajo.

—Hacía tiempo que no vestías camisa, ¿no? Aunque veo que no te has quitado el pendiente —observó—. A veces pienso que, entre eso y la cicatriz que te has hecho en la ceja, más que un embajador de la paz pareces un delincuente.

Sonreí de medio lado, mientras me desabrochaba las mangas de la camisa. Sabía que Karin estaba molesta porque no había atendido a sus mensajes.

—Bueno, ¿y qué diremos si nos preguntan por qué yo me vine a Estados Unidos? —me cambió rotundamente de tema—. Aunque hubieras acertado en tus conjeturas, la gente es desconfiada y verá esto como algo sospechoso. Quizás crean que estaba compinchada con Orochimaru.

—Pues decimos que eras mi novia —me encogí de hombros.

Karin me miró como si acabara de soltar una bomba. Antes de que girase la cara, percibí que sus mejillas se habían sonrojado. Puse los ojos en blanco.

A pesar de que habían pasado todos aquellos años, sabía que seguía tan enamorada de mí como en el instituto. No había duda, pero tampoco me cabía en la cabeza qué podía haber en su cerebro que mantuviera latente ese sentimiento. Yo no iba a cambiar de parecer, y ella lo sabía.

Aun así, no me atrevía a ser brusco. Reconocía que tenía mucho que agradecerle; sin ella, ni siquiera habría podido encontrar pistas para desenmascarar a Orochimaru y liberarme de la vida condenada que había aceptado con él. Y aunque no había podido corresponder sus sentimiento, pensaba que ya la había usado lo suficiente. Me negaba en redonda a hacer algo que pudiera ofenderla; al contrario, la protegería siempre.

Suspiré.

No tardé en asimilar lo que estaba a punto de hacer; qué clase de línea estaba a solo unos segundos de cruzar y a dónde me llevaría. Recuerdo que mientras pasaba por el arco detector de metales, por alguna razón, alcé la cabeza. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que estaba sucediendo de verdad. Estaba sucediendo lo que había querido evitar los últimos años.

Regresaba a Japón.


[1] Examen Nacional de Licencia Médica: se trata de una prueba final que los estudiantes de Medicina deben superar en Japón para conseguir el título universitario de Medicina.

[2] Traje tradicional de graduación, que consiste en una falda larga con pliegues y se combina con un kimono, que únicamente deja visible la parte superior.

[3] Fuerzas de Auto Defensa: comprenden los cuerpos militares de tierra, mar y aire de Japón.