Aunque suene tedioso esto no puede faltar, los personajes no son míos, son de la increíble Stephanie Meyer, y la historia fue escrita por hikingurl, yo solo traduzco.
Y como siempre, no puede faltar mi agradecimiento a mi beta y amiga durante todo este tiempo en el fandom. Gracias Erica, con tu ayuda he crecido como traductora y ha mejorado un poco mi gramática :P
Capítulo treinta y cinco
EPOV
Aunque sin planearlo y sin duda de forma imprevista, introducir a los ciudadanos de Korinth con los residentes de nuestro valle antes de nuestro programado éxodo resultó ser la experiencia reveladora y que cambia vidas que se necesitaba para unir a los dos grupos diversos de personas.
A las mujeres adultas de nuestro valle ya se les había explicado la verdad sobre el Thaay y del asentamiento, incluyendo el cómo y por qué de nuestra partida; pero enterarte de algo en teoría es una situación completamente diferente que verlo como algo realmente seguro. La gente de Korinth era la evidencia indiscutible de la verdad de nuestras circunstancias; pero aun así fue difícil para algunas de nuestras mujeres entender completamente qué representaban en realidad estos visitantes, que al fin estaban frente a ellas, frente a sus ojos.
Lo que resultó ser un desafío para aquellas mujeres que habían sido advertidas en secreto, fue aún más difícil para la mayoría de los hombres, los Protectores activos, y los cadetes. Años de entrenamiento—de obedecer todas las órdenes para defender vigilantemente, de creer en las elaboradas historias de la vaga pero omnipresente amenaza maligna, conocida solo como el Thaay—los había dejado firmemente renuentes; casi instintiva y mentalmente incapaces de considerar algo como una realidad alternativa.
Sin embargo, de pronto se les pide aceptar a cientos de extraños en su valle natal. Extraños, que—hasta solo hace unos días antes—habrían sido vistos como el enemigo, como una razón para dar un grito de ataque. En vez de eso, nuestros hombres tuvieron que reconsiderar y reescribir su propia historia, su inherente código de honor—así como su lugar y propósito en el orden de las cosas.
No fue una tarea fácil.
Hubo discusiones acaloradas, acusaciones de deslealtad, amenazas de traición. Algunos argumentos duraron por horas, y algunos incluso llegaron a iracunda violencia; pero al final, prevaleció la calma—sospecho que motivados por el don de Jasper—y los refugiados, aunque a regañadientes por algunos que se resistían, fueron recibidos y se les proveyó comida, refugio y ropa.
Al encontrarnos en esta crucial encrucijada decidiendo que clase de sociedad deseamos ser, no puede evitar sentirme orgulloso de nuestra gente. Recordando la confianza de mi madre en todos nosotros, me gusta pensar que después de reflexionar en silencio… y en algún momento, después de luchar contra su propia consciencia… la mayoría sí entendió que habría sido cruel e inhumano negarles ayuda. Habían salido del transbordador asustados, aterrados y tambaleándose por los efectos de la dura experiencia que acababan de experimentar. Cubiertos de polvo—llevando puesta la única ropa que poseían y totalmente desprovistos de todas sus pertenecías personales—los refugiados de Korinth eran el ejemplo viviente de lo que podría habernos pasado a cada uno de nosotros, si hubiera sido nuestro hogar el que fuera destruido.
Era cierto que no se veían precisamente como nosotros: su tono de piel era diferente; su cabello y sus ojos de una gama de colores que nunca habíamos visto; y su forma de hablar era un poco diferente. Sin embargo, no se podía negar que eran—haciendo a un lado las diferencias—igual que nosotros. Eran personas buscando un futuro seguro; personas que habían dejado su valle y todo lo que habían conocido en su vida, para establecerse en una ciudad subterránea con la promesa de un lugar nuevo y seguro para vivir. Querían lo que todos nosotros queríamos: un hogar, una familia, un sentido de pertenencia… y, al menos, la esperanza de ser felices.
Si la crisis de los refugiados había comenzado la unión de nuestros dos pueblos, fue la muerte de mi madre lo que final e irrevocablemente nos convirtió en uno.
La gente de Korinth de forma activa, abierta y sincera lamentaron su pérdida. Ellos la habían conocido de una forma completamente diferente a la mayoría de nosotros. Para ellos, ella era la hija de Emily—el admirado y casi legendario escudo, que había acompañado a sus compatriotas korinthianos a la seguridad de un nuevo mundo. También fue la jefa del consejo gobernante y, para muchos de ellos, la única líder que habían conocido. Mi madre se hizo cargo de su bienestar y seguridad, asegurándose que tuvieran comida y suministros a medida que las condiciones empezaron a deteriorase en su valle; y cuando ya no pudieron vivir ahí con seguridad, fue ella la que los ayudó a mudarse al asentamiento.
Y, por último, la habían conocido como la persona que les prometió un futuro feliz en un nuevo mundo; una promesa que se volvería realidad por mí, el hijo que había engendrado y en el que creía.
Por lo que, cuando toda nuestra gente se reunió en sombrío silencio para presenciar el tallado del nombre de mi madre en el conmemorativo muro de piedra de nuestra ciudad, observamos con atónita incredulidad cómo las personas de Korinth de forma abierta y sin restricciones, lloraron su muerte. Varios de sus ciudadanos pasaron al frente para compartir historias de su ayuda y generosidad. Se cantó una canción tradicional de despedida korinthiana en su honor, y ramos de flores silvestres se amontonaron contra el muro donde se había tallado su nombre. Todo eso mientras nuestros ciudadanos observaban y se maravillaban de su demostración emotiva y sentían en lo más profundo su derroche público de una aflicción personal.
Conducidos por Alice como la única hija, mi padre, mis hermanos y yo levantamos la camilla fúnebre donde yacía su cuerpo amortajado. Cuando comenzamos la travesía por las laderas de Olympus hacia su lugar de descanso final, descubrimos que nuestros nuevos conciudadanos, hermanos y hermanas por igual, se habían alineado por el camino afuera de la ciudad—arrojando flores a nuestros pies y llorando mientras pasábamos. Fue en ese momento de luto y honor compartido, que su amor y respeto por ella terminaron con todas las ideas de suyo o nuestro, ellos o nosotros. En ese día, nos convertimos en un solo pueblo: unidos por su sacrificio, y reunidos para enfrentar el desafío que nos esperaba.
Por necesidad, la planeación de nuestra partida se reanudó en seguida—y a un ritmo inevitablemente frenético, incluso a solo un día de su funeral.
Las matronas y oficiales trabajaron juntos para organizar los grupos de personas que eran responsables de la lista cada vez mayor de tareas que tenían que completarse antes de que pudiéramos dejar el planeta. Las provisiones de comida seca y conserva para alimentarnos a Bella y a mí en nuestro largo viaje seguían siendo inadecuadas, por lo que se buscó en las despensas y se les despojó de las provisiones restantes, antes de ser transportadas a la nave.
Los instrumentos y herramientas para trabajar la tierra, semillas para plantar y todo lo demás que se necesitaba para empezar a cultivar comida en nuestro nuevo hogar fueron reunidos, organizados y almacenados.
Todo un taller de herrería—con todo y sus herramientas de metalurgia, yunques, fuelles, y trozos de metal sin refinar—fue desmantelado, clasificado, y luego cuidadosamente empacado.
Las armas de todo tipo en todas las condiciones fueron limpiadas y reparadas; los fabricantes de flechas y talladores de pedernales particularmente trabajaron largas horas para reparar, hacer, y acumular miles de flechas para usar en nuestro nuevo hogar.
Telas, ropa e incluso un telar desmantelado fueron transportados a las áreas de almacenamiento de la nave. Nada que pudiera ayudarnos a asegurar nuestra sobrevivencia en el nuevo planeta fue pasado por alto u olvidado. Cada posible artículo que pudiera ser de utilidad fue meticulosamente etiquetado y almacenado.
Jasper y Hunter tomaron el transbordador grande, cargado a toda su capacidad con suministros, e hicieron el primer viaje a la nave que nos esperaba. Regresaron con el transbordador más pequeño que habíamos dejado ahí; y después de eso, los dos vehículos se usaron—casi a diario—para transportar las provisiones y el equipo acumulado. Otros pilotos entrenados los ayudaron; incluso a Emmett le tocó su turno como copiloto. Pero nunca me lo pidieron a mí. Creo que sabían y comprendían que era muy pronto para que me sintiera cómodo entrando a un transbordador, y que me habría negado a su petición de todos modos, incluso si me lo hubieran pedido.
Durante los días y semanas que siguieron, Emmett demostró su verdadera y latente habilidad como líder. Cuando los temperamentos se enardecían y se intercambiaban palabras fuertes, su relajaba sensibilidad era lo que calmaba la tensión. Cuando surgían problemas y dificultades, era Emmett, el nuevo mediador y conciliador inesperado entre nosotros, el que encontraba soluciones a los obstáculos. Y era Emmett el que podía, de forma casi infalible, motivar e inspirar confianza—cuando los más fuertes o los más agotados de nuestra gente—se sentían dudosos o desanimados.
Mi hermano mellizo—del que alguna vez había asegurado con ironía que tenía facilidad de palabra—confirmó que, de hecho, tiene facilidad de palabra; y utilizó eficazmente ese don para reunir a nuestra gente y convertirlos en un equipo unificado, con el propósito de terminar con éxito la tarea que nos esperaba a todos.
Escuché y me enteré de esas actividades indirectamente; por lo general a través de Rose, o Jasper o incluso Mary Alice, que visitaba a menudo el hogar de nuestra familia para mantenernos informados de los acontecimientos en nuestro valle. Emmett venía cuando podía, pero normalmente estaba muy ocupado para pasar mucho tiempo alejado de sus deberes.
Después de nuestra discusión en el hospital, Bella y yo visitamos mi antigua habitación en las barracas de los Rangers. Entrar por la puerta trajo un aluvión de recuerdos y emociones casi paralizantes. Sentado al borde de la cama—con Bella tomando mi mano para reconfortarme—no pude evitar nada más que revivir todo lo que me había pasado en tan poco tiempo.
¿De verdad habían pasado solo trece días desde que dejé el valle en mi primera misión? El muchacho ingenuo que Hunter había enviado al páramo, con la promesa de encontrar la verdad impulsando su avance, había emergido del otro lado como un hombre—totalmente consciente del secreto del Thaay; conocedor del funcionamiento interno de su sociedad; y al tanto del futuro desolador que nos espera a todos si no dejamos este planeta. Conocí y acepté mi rol en esa partida, en los planes que se habían puesto en marcha mucho antes de mi nacimiento; planes que habían dado forma y dictaminado toda la vida de mi madre.
¡Pero todo ese conocimiento vino con un precio muy alto! Una pequeña parte de mí anhelaba esa inocencia perdida; pero no podía darme el lujo de perder tiempo en arrepentimientos, y sabía que no había forma de volver—a ese lugar, o ese tiempo, de ignorancia.
Suspirando con resignación, di una última larga mirada alrededor de la habitación antes de reunir el resto de mis cosas personales que había dejado. Entonces, después de retirar las pertenencias de Bella de su alojamiento en la ciudad, nos mudamos a la casa de mi familia, situada en una de las villas a los alrededores. Necesitaba estar cerca de mi padre y Alice, y creo que ellos estaban agradecidos de tenernos con ellos.
En apariencia, mi padre parecía estar lidiando muy bien con la muerte de mi madre; pero lo escuchaba llorar en su habitación tarde por la noche, cuando él creía o esperaba que todos estuviéramos durmiendo. Comprendía que en privado lloraba la muerte de la joven que había cortejado hace tantos años, quien se convirtió en su compañera de vida y madre de sus hijos, de la única forma que conocía: con la actitud callada y estoica que nos habían enseñado desde que nacimos. Y también comprendí que su dolor no era menos real, sin importar cómo eligiera expresarlo.
Los cuatro nos apoyamos totalmente entre nosotros al tratar, cada día, de adaptarnos a los dolorosos cambios en nuestra vida.
Alice era la que me preocupaba más. La feliz jovencita bulliciosa y parlanchina que todos adorábamos se había convertido en una silenciosa sombra de sí misma. Se movía inquieta de una habitación a otra, pasando sus manos sobre los muebles y pertenecías familiares… en un intento, supuse, de asegurarse que eran seguros, sólidos, reales… y sin riesgo de que le fueran arrebatados. También reunió minuciosamente la mayoría de los artículos para acicalarse de madre—un espejo de mano de madera tallada; cepillos y peines de conchas; lindas horquillas, broches, listones e incluso unas cuantas prendas de ropa—y los movió a su habitación, donde creó un ritual consolador al usarlos diariamente. Al saber que mi hermanita estaba acumulando esos valiosos tesoros cotidianos que aún nos quedaban para ver y tocar, solo podía esperar que estuviera recordando momentos más felices, cuando las dos reían y charlaban de sus actividades diarias y madre peinaba y cepillaba el cabello de Alice antes de dormir.
Todas las verdades que tuve que aprender, comprender y aceptar—como un muchacho de diecinueve años, recién nombrado Protector—habían sido impuestas en mi hermana de trece años con casi ninguna preparación y muy poco apoyo. Para ella la 'magia' de ver a Bella forzar a las plantas a crecer con su don; la originalidad de vivir bajo tierra, en un asentamiento lleno de maravillas tecnológicas; e incluso la alegre aceptación y admiración que había sentido de parte de la gente de Korinth… súbitamente habían sido remplazados con el miedo abrumador por la tormenta, la total devastación del asentamiento, y el casi inconcebible sacrificio de nuestra madre. Alice se había visto forzada a enfrentar la fría y dura realidad—a mucha más temprana edad que la mayoría de nosotros—que el peligro y la muerte eran muy reales en nuestro mundo; y que ninguno de nosotros, sin importar si somos queridos o no, estamos exentos de los efectos de esa difícil verdad.
Y juntos, como una familia, todos habíamos descubierto que incluso mi escudo heredado—con su promesa de protección y seguridad—podría exigir un precio imposiblemente alto.
Mis dos hermanos lidiaron con la muerte de nuestra madre a su manera.
Jasper y Mary Alice se habían establecido en nuestra antigua habitación Ranger. Vivían abiertamente juntos, como una pareja comprometida. Jasper confesó que le era difícil soportar nuestra tristeza y emociones abrumadoras, por lo que deliberadamente mantenía sus visitas breves, pero frecuentes. Él encontró consuelo para sus sentimientos al volcarse en la actividad física para preparar nuestra partida, pasando horas transportando suministros entre el valle y la estación espacial.
Emmett había sorprendido a todos al dejar el cuartel de los oficiales casi en seguida, mudándose al departamento de Rose en la ciudad. Sabía que su pena compartida había profundizado sus sentimientos por el otro. También pasaban más tiempo con los padres de Rose, que aceptaron a Emmett como la pareja y futuro esposo de Rose, y le dieron la bienvenida a su familia. Su nuevo rol como el mediador del valle durante este periodo estresante lo ayudó a mantenerse mental y físicamente ocupado.
Puede que Emmett haya sido el primero en dejar las barracas; pero no tomó mucho tiempo que todos se dieran cuenta que nuestra antigua forma de vida había llegado a su fin, y no había ninguna razón real o inferida para que las familias o amantes vivieran en alojamientos separados. Pronto, incluso el más joven de los cadetes dejó los dormitorios, regresando a la casa de sus padres. Los Protectores que estaban en relaciones de compromiso buscaron apartamentos o habitaciones para compartir con la mujer que amaban.
Riley se presentó en nuestra casa poco después, explicando que echaba de menos a su hermana; y sin tener donde más quedarse, quería estar cerca de ella por el tiempo que nos quedaba en el valle. Bella lo recibió con los brazos abiertos. Por algunas miradas tímidas que noté de vez en cuando, creo que Alice estaba más que contenta de que estuviera con nosotros. Su presencia parecía alegrarla; y la niña triste y apagada que había recorrido nuestra casa por días, poco a poco dio paso a la versión más conocida que extrañábamos tanto.
En cuanto a mí. Me mantuve alejado de la ciudad y sus actividades durante ese tiempo, aún sumido en mi odio a mí mismo como para interactuar con la gente.
Bella fue tolerante y compresiva con mi renuencia a dejar nuestra casa; abrazándome con fuerza por las noches, y calmándome con dulzura cuando despertaba gritando por las pesadillas. Me aferré a ella—apenas permitiendo que se alejara de mi vista durante el día, e incapaz de evitar envolverla con mi cuerpo durante la noche. Su paciencia conmigo parecía ser interminable; pero sabía que ella, y el resto de la familia, creía que era tiempo de que enfrentara las responsabilidades que me esperaban en la ciudad.
Una tarde, padre me pidió que le ayudara con un proyecto en nuestro patio trasero. Estaba considerando tratar de llevarse una colmena con nosotros en el viaje, y se preguntaba si mi escudo suspendería en el tiempo la colonia de abejas, como lo hacía para la mayoría de las personas. Nos detuvimos junto a una de las colmenas, y nos quedamos ahí por un momento. Abrí con cuidado mi escudo, cubriéndonos a los dos y a las abejas dentro de su caja. Cuando revisamos dentro, encontramos a las abejas congeladas en movimiento—prueba de que mi escudo, de hecho, sí las afectaba y que probablemente sobrevivirían el vuelo a nuestro nuevo hogar.
Después de nuestro pequeño experimento, empezamos a caminar sin rumbo por el área. Mientras paseábamos, padre comenzó una discusión muy paciente pero deliberada sobre mi renuencia a dejar nuestro hogar. Sus palabras eran tranquilizadoras, como lo habían sido las de Bella; diciéndome que madre no habría querido que me culpara por lo que ocurrió; que estaba orgullosa de mí y mis habilidades, y que debía honrarla al tener una vida larga y feliz. Esas fueron palabras, razones y un consuelo que había recibido antes.
Pero fue su siguiente declaración lo que me hizo detenerme—y me forzó a reconocer lo que en verdad me estaba molestando.
"Edward," me dijo, parándose frente a mí de manera que tuviera que mirarlo. "Hay miles de personas, trabajando día tras día, preparando todo lo que se necesitará para dejar este planeta. Han escuchado a los científicos, al consejo asesor y las matronas decirles que esto es algo que deben hacer para sobrevivir. Han escuchado y aceptado todas las razones, todos los argumentos; pero es difícil para ellos trabajar hacia un objetivo cuando la persona que los ayudará a lograr ese objetivo está ausente, ocultándose… perdido en su dolor."
"Se les ha pedido arriesgar sus vidas y encomendar su futuro a tu escudo—un escudo que nunca han visto o experimentado. El pueblo necesita al menos verte a ti, hijo."
"Necesitan verte fuerte y seguro de tu capacidad para guiarlos en este viaje. Necesitan ver tu escudo, y cómo funciona, y cómo los protegerá. Necesitan algo real y sólido en lo que creer."
Mi padre estudia mi rostro, esperando mi respuesta; pero desvío la mirada de su inspección.
"Seguramente no estás dudando de ti mismo, después de todo lo que ha ocurrido. Tu escudo es poderoso, y más que adecuado para esta misión. Así que… debe ser algo más lo que te está deteniendo, lo que está impidiendo que tomes una parte más activa en las preparaciones…"
De repente, estirando su mano agarra mi hombro, forzándome a enfrentarlo de nuevo, suplicándome entender. "¿Qué pasa, Edward? ¿Qué te está deteniendo?"
Al mirar a mi padre, me doy cuenta que es algo más que mi culpa lo que me ha mantenido alejado de la ciudad y de la gente. Pero es difícil expresar mis pensamientos; y tartamudeo y me detengo varias veces antes de poder ordenar mis pensamientos y mis palabras. Mi padre espera pacientemente, dándome el tiempo que necesito para conformar mis razones.
"Creo…creo que es porque ahora me ven de forma diferente. Toda mi vida, solo he sido Edward: su tercer hijo, el hermano menor de Jasper, el mellizo de Emmett y el hermano mayor de Alice. Me sentía seguro y feliz así, con mi vida y su rutina. Sabía que era un buen cadete; tal vez un poco extraño a veces, un poco diferente; pero leal, serio… normal."
Encogiendo mis hombros, dejo de hablar; tratando, una vez más, de ordenar mis pensamientos.
"Ahora… ahora, de pronto ya no lo soy. Ahora, soy… 'otro'… y los Protectores y mi cohorte me miran como si ya no me conocieran."
"En el funeral de madre, noté a Ben mirándome como si fuera algo que quisiera estudiar en su laboratorio; y cuando hice contacto visual con Mike, me miró con desdén, luego desvió la mirada como si yo fuera un traidor amante de los Thaay al que no podía soportar ver, ni siquiera por un momento. Son personas que he conocido toda mi vida; pero ahora…"
Sacudo mi cabeza, cuando me faltan palabras para tratar de explicar cómo me afectan sus acciones.
"Y la gente de Korinth en realidad no me conocen en absoluto. Solo me ven como Edward, el hijo de Esme con el extraño escudo, que fue a sacarlos durante la tormenta," suspiro, sacudiendo mi cabeza. "En realidad, tampoco soy una persona para ellos."
Mi padre asiente despacio, mientras termino. Puedo darme cuenta que está considerando cuidadosamente su respuesta mientras mira a la distancia, enfocándose vagamente en algo sobre mi hombro derecho. Empieza a hablar vacilante y de forma paciente, al tratar de convencerme que mis sentimientos, aunque lógicos y normales, están fuera de lugar.
"Lo entiendo, Edward. De verdad que sí. Pero creo que estás subestimando el respeto y admiración que la gente de Korinth siente por ti—sobre todo ahora, después que los salvaste de la tormenta. Eres su héroe, en todo sentido de la palabra; y la única forma en que se relacionen contigo a un nivel más personal es si pasas tiempo con ellos. Empieza comiendo con Jasper, Mary Alice y Jared. Conoce al resto de la familia de ella y sus amigos. Ayúdalos a terminar los proyectos en los que están trabajando. Ellos quieren conocerte, hijo. Quieren que te unas a ellos."
"En cuanto a la gente de nuestro valle, bueno… es difícil para algunos de ellos superar años de prejuicios y entrenamiento; pero la gente que realmente te conoce, los que son realmente tus amigos, sabrán que no has cambiado tanto. Todavía sienten cariño por ti."
He estado, inconscientemente, sacudiendo mi cabeza en negación mientras mi padre trata de razonar conmigo. Él deja de hablar con un bufido resignado, pasando la mano por su cabello en frustración, antes de volverse una vez más para mirarme. Aunque sigue siendo mi padre, y aunque sus palabras aún son cuidadosas y pacientes, puedo escuchar al oficial retirado en la autoridad de su siguiente declaración—y el cadete en mí reconoce que es más una orden que una sugerencia.
"Lo siento, Edward, de verdad lo siento; pero ya no se trata de lo que queremos o sentimos. Esta tarea, esta misión… es más grande y más importante que tú y yo. Ya no puedes ocultarte aquí, hijo. Debes permitir que la gente te vea, y a tu escudo. Ellos quieren algo en lo que creer. Y en este momento, necesitan creer en ti."
Mi padre tiene razón, sé que la tiene; y acepto que ya no puedo seguir ocultándome en nuestra casa.
Es el momento de que cumpla con mi deber.
No me sorprende cuando Hunter toca a nuestra puerta después del desayuno la mañana siguiente. Lo recibo amablemente—recién salido de la ducha, afeitado y vestido con el uniforme diario de Protector. Él asiente en aprobación cuando me ve.
Él lleva puesto todo el equipo Ranger: los pantalones de cuero, mocasines, y una capa hasta el tobillo. La camisa tipo túnica para almacenar, con sus bolsillos y espacio para la vejiga de agua, ha sido remplazada con una camisa formal de lino ajustada de color crema. Sobre ella, lleva un chaleco de cuero con su medalla de juramento prendida junto a las medallas de sus misiones—una por cada asignación terminada—a lado izquierdo de su pecho. Un cuchillo de Ranger está sujeto a su muslo derecho, y su látigo largo está enredado en su hombro izquierdo.
Es una figura imponente y autoritaria mientras me conduce a la calzada.
Durante nuestra caminata a la ciudad, me interroga a profundidad sobre mi viaje en el páramo; pidiéndome los detalles de lo que vi, el haboob, Korinth y finalmente, las circunstancias que me llevaron a ser mordido por el Fanger. Alcanzo a ver que sacude ligeramente su cabeza—sin mencionar la sonrisa engreída que apenas trata de ocultar—cuando confieso mi descuido de antes.
Pero entonces, en el momento de mi embarazosa admisión de novato, mi exinstructor hace algo que no espero: se disculpa conmigo, explicando que tuvo que retener información hasta que estuvieran seguros que mis dones eran estables, y que pudiera aprender a controlar y manipularlos. Me dice que se estaban haciendo arreglos para revelarme los secretos de nuestra sociedad, y para enviarme al asentamiento a través del antiguo pozo minero—donde Jasper me habría estado esperando en el rover. Una vez ahí, se me habría informado de los planes para evacuar el planeta; y de ahí en adelante, las cosas habrían continuado de forma más normal y planeada.
Nos miramos por un momento… antes de compartir un fuerte resoplido de arrepentimiento, sin poder evitarlo, al reconocer que nada de mi partida del valle había sido 'normal' o 'planeada'.
Y con esa idea, una vez más, recuerdo mi conversación nocturna con Bella en el asentamiento; cuando confesó desobedecer órdenes y regresar al valle, solo para verme. Su deseo había conducido a su captura, arresto y juicio; y luego, finalmente, a mis aventuras fuera de la seguridad de los muros del valle.
Recuerdo su arrepentimiento y su abrumadora culpa al pensar que había causado mi herida. Mis palabras de entonces para tranquilizarla son las mismas que ella ha usado para ayudarme a lidiar con mi propia culpa.
Cuando llegamos a la ciudad, Hunter me lleva a través de un laberinto de bocacalles hasta que emergemos frente a un pequeño edificio, situado hacia los bordes posteriores de la ciudad. En seguida lo reconozco como la casa de Eleazar y su esposa, la pareja de mayor edad que hizo mi equipo e indumentaria Ranger.
Nos reciben con sonrisas y una cálida bienvenida cuando entramos a la habitación delantera que sirve como su tienda. Carmen desaparece en un taller en la parte trasera, volviendo a aparecer con una pila de ropa—que luego coloca con cuidado en mis manos, con un suave "gracias por tu servicio."
Me quedo sin palabras al ver su generosidad mientras miro un uniforme y atavío Ranger completo. La ropa térmica tejida es tan suave y caliente como la recuerdo; los pantalones de cuero y mocasines, que protegieron mi tobillo del Fanger, igual de firmes y flexibles. Han incluido una capa con capucha de lana de cuerpo entero con una máscara de malla para respirar, así como la camisa de lino con sus bolsillos y presillas para almacenar.
Mientras paso mis dedos por el familiar equipo, comparto con la pareja mayor cómo la ropa térmica me mantuvo caliente durante las noches frías de mi viaje; cómo la capa y la máscara para respirar me protegieron del polvo que volaba por el haboob. Alardeo de lo práctico de la camisa, con sus bolsillos y tubo para beber, y elogio la durabilidad de los pantalones y los mocasines para correr. Les agradezco, una y otra vez, por su generosidad.
Entonces Eleazar me entrega el mismo tipo de camisa y chaleco que Hunter está usando. La insignia Ranger está bordada con diminutas y coloridas costuras en la parte superior de la manga izquierda de la camisa, y mi medalla de jurado está prendida junto a mi medalla de misión terminada del lado izquierdo del chaleco. Sacudo mi cabeza en negación cuando la veo. Hunter me detiene cuando intento quitarla, explicando que había terminado mi misión y cumplido con el deber que se me había asignado.
"Te la mereces, Edward," me dice, antes de indicarme que use la habitación trasera para ponerme el uniforme Ranger.
Ponerme la ropa de cuero se siente como recibir a un viejo amigo que ha estado ausente por mucho tiempo. Había olvidado lo cómodos que son los pantalones y los zapatos. La nueva camisa de lino se siente suave y agradable sobre mi piel, y el chaleco con sus medallas me hace sentir consumado y oficial. Sujeto la capa alrededor de mis hombros, lanzando hacia atrás el frente y los costados para que cuelgue de mi espalda. Hunter me da un cuchillo bellamente tallado dentro de una funda de cuero, que sujeto a mi muslo derecho cuando salgo completamente vestido de la habitación trasera.
Me estudia cuidadosamente, asintiendo en aprobación mientras estoy frente a él. Cuando me muevo nervioso, él frunce el ceño y me dice que me enderece y deje de moverme.
"Hay cientos y cientos de hombres en este valle; pero solo tres de nosotros estamos autorizados a usar el uniforme que traes puesto en este momento. Eres un Ranger—un guerrero altamente cualificado que fue al páramo y enfrentó, de primera mano, los peligros que hay ahí. Porta el uniforme con orgullo, Edward; te has ganado el respeto de tus compañeros Protectores, y la admiración de las personas a las que sirves."
Por la esquina de mi ojo, puedo ver a Carmen y Eleazar asintiendo de acuerdo con las palabras de Hunter. La sonrisa en sus rostros es remplazada por una risita ahogada al escuchar sus siguientes palabras.
"Ahora, vamos a salir marchado por esa puerta y hacia la zona de trabajo—donde podemos mostrarle a todos lo especial que eres, y lo bien que ambos nos vemos con estos pantalones de cuero."
Entonces, con un guiño y la sonrisa engreída que he extrañado tanto, sale dando zancadas a la calle. Lo sigo, imitando su pavoneo.
Encontramos a mis hermanos junto con un grupo grande de hombres, empacando y embalando con cuidado las pesadas piezas del taller de herrería. Jasper está vestido de forma similar a Hunter y a mí, y me pregunto si es una estrategia acordada entre ellos dos. Si lo es, parece estar funcionando, porque al llegar nos encontramos con miradas de admiración y susurros de parte de un grupo de mujeres trabajando cerca… y con gestos respetuosos de cabeza de los hombres a los que nos unimos.
Por el resto de la mañana, empacamos, etiquetamos, y cargamos las cajas en el transbordador; deteniéndonos solo para la comida del mediodía, entregada por un grupo de jóvenes cadetes. Las mujeres, que estaban trabajando en el transbordador más pequeño, nos acompañan en un picnic al sentarnos en el césped a disfrutar de nuestro descanso.
Apenas estoy al tanto de los cadetes, aburridos ahora que su tarea está completa, jugando a las traes, corriendo entre y alrededor de las cajas apiladas. Su gritos y risa despreocupada son un fondo placentero para la conversación de adultos a nuestro alrededor. Mi mente divaga… cuando me permito relajarme completamente, por primera vez en días.
Pero mi ensoñación pronto es interrumpida por un grito agudo—y levanto la vista de golpe para ver a Jessica corriendo frenéticamente hacia el transbordador grande. Un cadete, que ahora reconozco como su hermano menor, mira con ojos como platos, paralizado por el miedo, a la torre de cajas que se balancea amenazadoramente sobre él. Su grito nos pone a todos de pie al mismo tiempo que los hombres se precipitan, desesperados por estabilizar la pila antes de que pueda caer. Sé, instintivamente, que llegarán demasiado tarde; y en menos tiempo de lo que requiere el pensarlo, arrojo mi escudo, envolviendo al muchacho en un domo duro que asegura su protección… incluso cuando el contenedor superior comienza su pesada e inevitable caída.
Se escuchan más gritos cuando todos se dan cuenta que llegarán demasiado tarde para salvarlo; pero cuando la caja se hace pedazos contra la parte superior de mi escudo, que está ahora reluciendo bajo el sol de la tarde, se produce un silencio atónito. Me doy cuenta que para todos, excepto Hunter y Jasper, esta es la primera vez que en realidad han visto el escudo del que tanto han escuchado.
No pasa mucho tiempo para que Hunter y mis hermanos alejen del área las cajas que quedan. Todos los demás confundidos, observan con curiosidad al muchacho congelado en seguridad dentro del domo. Cuando los restos son retirados, repliego mi escudo y lo libero de sus efectos.
Jessica se acerca corriendo y lo agarra de inmediato, revisándolo con cuidado por heridas inexistentes, antes de volverse hacia mí. Sus labios tiemblan y sus ojos están llenos de aterradas lágrimas.
"Gracias, Edward. Gracias," consigue murmurar, antes de llevarse al muchacho que sigue temblando.
"Ranger Edward."
Una voz cerca llama mi atención, y me vuelvo para encontrar a Mike de pie junto a mí. La conmoción por lo que acaba de pasar aún es clara en su rostro; pero me mira fijamente, antes de saludarme con respeto. "Me disculpo por mis pensamientos, acciones y malinterpretaciones previas; y le agradezco por salvar la vida del cadete. Yo…"
Aquí, la disculpa formal de Mike termina con un tartamudeo, mientras mueve su cuerpo con nerviosismo.
"Lo siento, Edward," por fin dice. "Nos conocemos de toda la vida; eres mi compañero de cohorte, y mi amigo. Nunca debí haber dudado de ti. Gracias," añade, esta vez con evidente sinceridad, al alejarse para seguir velozmente a Jessica.
Después de la disculpa de Mike y su partida, los grupos reanudan sus tareas; pero la tensión ya ha desaparecido y el resto de la tarde está llena de risa y alegre conversación. Varios de los hombres y mujeres me abordan, y—después de agradecerme por salvar la vida del muchacho—hacen preguntas sobre mi escudo, y cómo va a ser usado para proteger la nave.
Respondo libremente todas sus preguntas—incluso demostrando sus efectos de tiempo suspendido en algunas jovencitas, que se derriten en tontas risitas cuando ven a sus amigas ser congeladas a medio paso. Convierten en un juego el ver quién es atrapado en la pose más ridícula mientras está dentro del escudo. Pero cuando atrapo a una de ellas a mitad de un salto—dejándola suspendida en el aire, flotando sobre el suelo dentro de la brillante burbuja—las risas se convierten en jadeos de asombro y gestos afirmativos de cabeza en comprensión.
Padre tenía razón: necesitaban ver mi escudo, en acción; y lo que puede hacer, en tiempo real pero suspendido, para protegerlos. Ahora tal vez comprendan lo poderoso que es en realidad, y cómo nos protegerá en nuestro viaje.
Alcanzo a ver más de un alentador gesto de cabeza de Hunter.
Esa tarde, padre, Alice, Bella y yo caminamos juntos hacia la ciudad para la cena.
Unos días después de nuestro viaje de regreso, las personas empezaron a reunirse en el comedor y salones sociales para compartir la última comida del día. En las semanas que les siguieron, casi todos habían abandonado las cocinas de sus hogares para unirse a las comidas comunitarias. Se convirtió en un agradable desahogo de la rutina de las tareas diarias, y un momento más relajado para conversar y socializar. Cuando terminaba la comida y la limpieza, varios músicos traían sus instrumentos; y la fiesta casual continuaba, hasta que niños soñolientos y padres agotados finalmente daban el día por terminado.
Esta noche, entramos al comedor para encontrarnos con casi toda la población reunida ahí, y en los salones contiguos. Algunos incluso han salido a los patios, disfrutando de una comida bajo la tenue luz del sol del atardecer. Nos reciben saludos amables y sonrisas amigables. La historia de mí salvando al hermano de Jessica, y las demostraciones que le siguieron, se han esparcido por la comunidad. Más de una persona me agradece por mis acciones. Hay un espíritu festivo en el aire; una jovial alegría que parece contagiar a todos los presentes.
La insistencia de mi padre sobre la gente necesitando verme, necesitando creer en mí, ahora es casi dolorosamente evidente. A medida que la tarde continúa, siento su aceptación y afecto. Su cálido aprecio me envuelve en una manta de grata aprobación, justo cuando juro en silencio y confío en que un día mi escudo los envuelva en un manto de seguridad.
Sucede que ese día llega más pronto de lo que estamos mentalmente preparados.
En el transcurso de las siguientes semanas, la gente de nuestro valle redobla sus esfuerzos para prepararse físicamente para nuestra partida. Gradualmente, la lista de tareas se hace cada vez más corta. Se pasa cada día en actividad compartida; cada tarde en fraternización compartida.
Físicamente, estamos listos; mentalmente, no lo estamos—porque de pronto, en un día no oficial ni señalado—paramos.
Toda la planeación, toda la preparación, toda la anticipación… todo ha terminado.
Las listas están completas; las tareas concluidas.
Todo está hecho. Todo está terminado.
Es tiempo de irnos.
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Pues nos acercamos a la partida, aunque algunos del valle de Olympus se resistieron un poco a aceptar la verdad y su situación actual, tal parece que de alguna forma el sacrificio de Esme ayudó a que les fuera un poco más fácil aceptar la presencia de la gente de Korinth y prepararse junto con ellos para su partida. Los unió, y como dijo Edward, Esme estaría orgullosa de su gente. Aunque fue difícil su muerte y cada uno de los miembros de su familia han enfrentado su duelo de diferentes formas, tal parece que todos van aceptando su pérdida y tratando de honrarla al cumplir con su deseo de salvar a su gente y a la gente de Korinth. Espero que hayan disfrutado el capítulo y como siempre, estaré esperando ansiosa sus reviews para saber qué les pareció y que esperan ver en los últimos capítulos. Recuerden que son sus reviews los que nos animan a seguir compartiendo estás historias con ustedes ;)
Gracias a quienes dejaron su review en el capítulo anterior: Alexandra Nash, Vany, PRISOL, Cullenland, DrakiSwan, Diablillo07, liduvina, aliceforever85, Adriana Molina, solecitopucheta, Ivonne Evange, Summer Suny, Ali-Lu Kuran Hale, torrespera172, Tata XOXO, freedom2604, MariePrewettMellark, dushakis, injoa, andyG, Solcito, Tecupi, Nancy, ELIZABETH, Lizdayanna, EriCastelo, glow0718, erizo ikki, FreyjaSeidr, myaenriquez02, tulgarita, rjnavajas, Lady Grigori, Gabriela Cullen, sueosliterarios, patymdn, Melany, cony, Maryluna, Adriu, Vrigny, JessMel, alejandra1987, Mafer, Pam Malfoy Black, AuroraShade, carolaap, Alma Figueroa, Liz Vidal, CMii, NTde LUPIN, Kriss21, Pili, lagie, Sully YM, Techu, y algunos anónimos. Saludos y nos leemos en el siguiente.
