N/A: Nunca pensé que sería tan difícil escribir esta historia. Se que dije que serían dos caps. Tuve que hacer tres. Esta historia es muy angsty, advierto de antemano. Usé referencias de canciones, as usual. Estoy agotadísima, así que perdónenme los errores y el OOC.


Si él solo hubiese querido que ella escuchase la canción… ¿qué sentido tendría? La pregunta era hostigosa, sobre todo cuando se daba cuenta de los límites que comenzaba a rozar. Levi Ackerman era algo similar a un proyecto; lo mantenía bajo estudio para poder darle pie a la gran decisión de Petra, que pudiese acercarse a él y así estrechar lazos. No obstante, Mikasa había terminado cayendo, sumergiéndose tan hondo en su objetivo, que no notó el día en que Levi llevaba consigo el título de amigo.

A veces, sentía que las cosas que descubría en él, que los momentos que vivían o que cada aprendizaje que él le dejaba, no eran ni por ni para Petra; eran suyos. Pequeñas victorias que conseguía tras un largo trabajo de paciencia y perseverancia. Y se preocupaba. No quería tener pensamientos extraños al respecto. Después de todo, seguía considerando que Petra Ral podía ser una gran ayuda para Levi y sus reacciones curiosas que delataban los síntomas de una vida solitaria y agria.

Se quitó el auricular del oído cuando la melodía de la canción fue reemplazada por la alarma. Era hora de levantarse. Apenas había dormido paupérrimos intervalos, y sin embargo allí estaba: sin una pizca de sueño, y con una ansiedad abrumadora debido a sus deseos de llegar pronto a la universidad.

―¿Así que estabas pensando en una chica? ―cuando Mikasa llegó a su salón de clases, y se instaló de inmediato al lado de Levi, quien ya estaba dispuesto para comenzar un nuevo día, no dudó en insistir en el tema.

―¿De qué hablas? ―se desentendió, imperturbable.

―Lo que conversamos ayer ―dijo Mikasa con obviedad, y frunció el ceño irritada.

―Ya pasará ―él hizo un mohín de desinterés.

―¿Y la canción? ―Mikasa no quería perder. Pero, ¿por qué preguntaba tanto? ¿Qué esperaba oír?

―No es importante ―encogió de hombros―. Es una canción, es todo.

¿Qué era todo eso? Acostumbraba a ver a Levi serio o cansino, pero no así de petulante. No le hería, pero esta novedad, tan poco amena, le provocaba escozor.

―¿Y por eso querías que la oyese? Porque no significa nada ―ahorrarse los reproches evita pérdidas de tiempo, pero Mikasa lo olvidó en ese momento.

―La próxima semana tenemos que entregar un informe sobre procedimientos traductológicos ―comentó de pronto, aplicando sus característicos métodos de evasión―. Hay un libro excelente en biblioteca, lo dejé encargado ya. Supongo que trabajaremos juntos…

―Siempre trabajamos juntos ―gruñó Mikasa. De pronto comenzó a sentirse tan molesta…

Levi se puso de pie, y Mikasa ni siquiera sintió deseos de preguntarle a donde iba. Solía mantenerse al tanto de todo lo que él hacía, a veces por interés, a veces por querer fastidiarlo, pero en aquel entonces no se le antojaba por ninguna posible razón. Se removió en su posición para darle espacio a Levi y que pudiese desplazarse sin dificultades detrás de ella. Antes de alejarse, Levi le removió el cabello con cariño.

―Cambia esa cara ―le dijo burlesco.

―Tú deberías cambiar la tuya. Hace tiempo estás… diferente ―ella dijo la última palabra tras recuperar el aliento, puesto que la primeras premisas salieron con arrebato.

―Se me va a pasar ―dijo él, acercándose a ella.

Se reclinó sobre el mesón de Mikasa, apoyando las palmas sobre la superficie, y descendió hasta dejar su frente a centímetros de la de ella.

Mikasa suspiró con suavidad, calando directo en los ojos azules que la observaban atentos. La mirada de Mikasa era dura, exigente. Algo que la incomodaba era sentirse amiga de este sujeto frente a ella, y que él no tuviese la sencilla confianza de hacerla su apoyo, ¿para qué estaba entonces? En cambio, la mirada de Levi era suplicante, irritada, confundida, dolida… un manojo de emociones que en conjunto eran difíciles de tolerar. Y él no era muy avezado en el tratamiento de relaciones interpersonales, como para haber manejado el asunto con mejor tino.

―Algún día te explicaré muchas cosas, lo prometo ―musitó, mientras apoyaba su frente contra la de la joven, y ella le correspondía la caricia gatuna, aun con desconcierto en el brillo de sus ojos.

Era una promesa que Mikasa se clavaría en la mente con un pin y un post-it. Él no podría negárselo después. Esa inmensidad de secretos que aún no descubría era el límite entre el título de amigo y mejor amigo. A veces, Mikasa sentía que él sabía tanto sobre ella, pero ella…casi nada, o al menos lo más superficial, lo que él le decía con desinterés y en ocasiones, hasta con descuido, pero nada muy revelador. Y eso, en cierta medida, dolía. No quería ser invasiva, solo amiga. ¿Era tan difícil de cumplirlo?

.*.

Un día en que Levi se retiró de clases temprano, olvidó su Ipod en su mesón. Mikasa no supo qué sucedió, mas solo pudo reparar cómo el pequeño objeto quedó olvidado ante los ojos hambrientos de sus compañeros de clases. No dudó en tomarlo y llevarlo consigo para devolvérselo después. En ocasiones, no podía evitar sentir un enorme rechazo hacia el resto de individuos que compartían clase con ella. Pero de momento no era lo más crucial, ya que lo verdaderamente importante era saber qué asunto tan grave podría haber ocurrido como para que Levi Ackerman hubiese salido corriendo de forma tan despavorida. Ella ni siquiera tuvo tiempo de preguntar, y tras verlo ordenar sus cosas tan exasperadamente, pensó que haberlo intentado hubiese sido un estorbo para él, de todos modos. Incluso, la guía que se hallaba sobre la mesa fue metida a la fuerza en el bolso, consiguiendo así que se arrugara sin miramientos. Y cuando el sonido fugaz del cierre finalizó, Levi Ackerman ya había salido eyectado del lugar.

¿Quién era Levi Ackerman? Meses de clases no eran suficientes para saberlo. Y, ¿era ella digna de todos modos? Era su amiga o eso creía. Pero solía considerar que tal vez él no confiase tanto en ella. Después de todo, no se conocían de tanto tiempo… ¿O era esa la excusa para no sentirse tan vacía?

De camino a casa, Mikasa optó por ir a pie. Pese a ser un viaje extenso, razón por la que prefería tomar microbús, no se le hacía gran desafío recorrer todo el trayecto, mucho menos si el paseo servía para ayudarle a pensar. Hubiese querido oír música, pero hizo un mohín de insatisfacción al ver la pantalla de su teléfono: batería baja. Entonces, recordó inmediatamente que llevaba consigo el IPod de Levi… Ambos oían música similar, y a Levi no debía molestarle. Después de todo, si el dispositivo se descargaba, no le costaba nada cargarlo después. Además, no vería imágenes ni videos, solo quería escuchar música… Se puso los audífonos para descubrir la lista de reproducción de Levi y avanzó a medida que adelantaba canciones que ya conocía y que no se antojaba de escuchar en ese momento. Pasó por alto canciones que no le llamaron la atención y que desconocía, y se quedó clavada con otras que le hicieron sentir el impulso de reclamarle a Levi por qué no se las había enseñado.

Cuando encontraba una canción de su gusto, guardaba el objeto en el bolsillo de su abrigo y se concentraba en el paisaje frío. Una larga avenida rodeada de árboles componía el paisaje que armonizaba con su melancólica figura. Hojitas quebradizas y de tonos ocre y terracota danzaban hasta caer al suelo, y marmoladas estatuillas bordeaban el pasillo principal. ¿Cuántas veces había caminado por ahí? Pero no sola, sino en compañía de esa voz que querría oír ahora mismo, diciéndole: «Las palomas me intimidan. Me miran de medio lado y luego comienzan a caminar rápido, como si hubiese algo malo conmigo».

Sonrió con suavidad. Levi Ackerman y sus ocurrencias.

Sí, hubiese sido grato oírle decir algo en ese entonces. Lo que fuese, alguna estupidez, algunas de esas bromas ordinarias que solía hacer, alguna puteada absurda, algún elogio verde como cuando le decía que se veía linda tomando helado (y no porque quisiera destacar su belleza, fastidiarla era todo cuanto amaba hacer), o simplemente, oírle hablar sobre las asignaturas, como cuando se sumergía en su estado más sobrio y compartía con ella algunas consideraciones sobre traducción.

Su voz. Quería oír su voz, porque cuando no le oía, se sentía sola. Su voz era relajante, como la voz de la canción que resonaba ahora y que era tan familiar.

¿Familiar?, Mikasa se detuvo abruptamente, ensanchando la mirada y hurgando en su abrigo con desesperación.

Cuando alzó el aparatito frente a sí y contempló la pantalla, sus ojos se agradaron aún más si se podía.

La canción que resonaba se llamaba Sample 25, su autor era desconocido y provenía del álbum Creaciones.

¿Creaciones?, no conseguía salir de su estupor. Seguía de pie en medio de la calle, atónita a causa de su descubrimiento. Y también molesta. ¿Por qué él no le había dicho nada de eso? Refunfuñó inquieta, hubiese querido tenerlo al frente en ese momento para reclamarle por qué nunca le contaba nada. Pero su enojo mermó cuando la voz de Levi siguió acariciando su tímpano con descarada pericia.

La letra estaba en inglés. No era una novedad, era lógico. Sin embargo, no conseguía entender qué quería decir con todo eso que contaba en su melodía: «Do not grieve, my friend, for each beginning there must be an end»…

«No sufras amigo mío, para cada comienzo debe haber un final», tradujo Mikasa en su mente. ¿Por qué tan triste?, se preguntó luego.

No obstante, inevitablemente, aquella carpeta se volvió su nueva lista de reproducción favorita. Levi componía música, aparentemente. ¿Cómo? Era el mayor de los misterios en ese momento, sin embargo, Mikasa decidió que esta vez quería explicaciones, porque su música era una obra destacable y no podía estar así de escondida. Las melodías eran bellísimas, del estilo que Levi solía oír, pero tan dulces, que oírlas provocaban querer salir corriendo a darle un abrazo.

Comenzaba el fin de semana, no vería a su querido amigo. No podría entregarle su IPod. Tampoco quería enviarle un mensaje y decirle que lo tenía ella. Temía que pudiese molestarlo, después de todo, él tampoco le había hablado hasta entonces. Tenía una buena excusa de su lado para quedarse con el aparato y explicar por qué no lo entregó de inmediato.

De todos modos, no quería. La música era preciosa, y, para entonces, ya llevaba dos noches durmiéndose conectada a los audífonos: el viernes en la noche y la noche del sábado. Las canciones hablaban desde contingencia mundial hasta el amor, pero eran tan tristes. La melodía era dulce, tranquila, melancólica, guitarras, piano, bastante acústicas. Las piezas constituyeron los mejores sueños que Mikasa pudo haber tenido.

―Levi… ¿por qué no me dices qué pasa por tu cabeza? ―musitó para sí misma, en medio de las sombras de su habitación bañada por la noche.

Todo parecía cobrar un sentido nuevo para ella… Hasta que el dispositivo se descargó…

Y, entonces, todo se volvió lóbrego.

¿Y ahora qué?, pensó, mirando al pobre objeto con desprecio.

.*.

―¿Así que compones música? ―no había tenido más opción que devolver el IPod. No obstante, Levi había estado tan preocupado, que su felicidad tras la devolución relegó toda pregunta al olvido.

En aquel momento, caminaban por los pasillos de la universidad con destino a la biblioteca a buscar aquel libro que Levi le había indicado días atrás.

―Qué vergüenza, ¿las oíste? ― ¿Cuál vergüenza?, se preguntó Mikasa, cuando lo vio sin emoción alguna en el rostro.

―Claro, eran buenísimas ―admitió, fijando su vista en el suelo, pensando qué más añadir, después de todo, seguía siendo humana y susceptible al nerviosismo―. Cantas bien. Estás exagerando, endofóbico.

Y cantas bien no debía ser la proclama correcta cuando se pensaba que se había quedado dormida oyéndole, las noches anteriores. Ni qué decir de lo que su voz provocaba en ella. Qué pobre confidencia la suya.

Levi sonrió suavemente, evitando, de forma discreta, mirarla directo a los ojos. Lo consiguió tras concentrarse en el flujo de estudiantes que merodeaba los pasillos, alcanzando con la vista a un grupo de jóvenes que reían a volumen poco prudente.

―¿Te gustaría oír más? ―sugirió, sin embargo. Había sido difícil dar el paso, pero sintió la energía de Mikasa a su lado; ella quería algo más―. Nunca se las he mostrado a nadie ―le aclaró.

―¿Por favor? ―pidió Mikasa, deteniéndose a medio camino para contemplar a Levi con grandes ojos de esperanza.

―Si tienes algo en que puedas pasártelas, claro ―dijo él, encogiéndose de hombros, mientras retomaba su andar, ansioso.

Mikasa se mordió el labio inferior, aguantando la enorme sonrisa de complacencia que amenazaba con plasmarse en su boca. Y a pesar de que aún quedasen interrogantes por resolver, como los métodos de Levi para componer su música o si es que tenía dinero suficiente para permitirse comprar los instrumentos musicales que quisiera, Mikasa se conformó con saber que tendría la posibilidad de tener más de ese producto en su poder. Ya habría tiempo de preguntar, de inmiscuirse más, incluso, de algún día —por ahora lejano—, visitar la casa de Levi Ackerman y conocer su estudio.

No obstante, la felicidad no obnubilaba su juicio. Se reservó los comentarios que pudiese tener respecto al tema, pero no abandonó sus dudas sobre lo que él había prometido. En aquel poco tiempo que llevaban juntos, ella no había sido ingrata ni poco transparente, por el contrario. Además, estaba segura de no haberle fallado, ni de haberle dado motivos para que él no confiase en ella.

Aun ansiaba saber, y ya no era capaz de evitar preguntar:

―Levi, ¿por qué te fuiste ese día? ―inquirió, como si fuese obvio, y era evidente que no lo era. Levi volteó a verla con el ceño medio fruncido y la mirada lerda―. Te retiraste temprano e ibas tan ensimismado que olvidaste tu Ipod. Después de todo, ese fue el motivo por el que descubrí tus canciones. Es como si hubieses arrancado de algo…―comentó Mikasa, siempre sutil, sin ánimos de importunarlo, apegándose a su serenidad frecuente.

Esta vez, fue Levi quien paró en seco, y la observó como rogando piedad.

―Te lo cuento luego, ¿está bien?

―Eso dijiste… la otra vez ―murmuró Mikasa, con un gesto vacilante, tímido y triste.

Levi entreabrió los labios, intentando decir algo para disculparse. Al ver la expresión de la joven, se dio cuenta de que estaba cometiendo un error, ¿esconderse servía de algo? No podía evitar que ella se enterase, porque tarde o temprano todo iba a salirse de su control y ya no podría ni con el peso de su propia vida. Muchas veces pensó en decírselo, porque se obligó a creer que podría ayudarle, pero pronto desistió de la deplorable idea de ser una carga para ella. Jamás se permitiría hacer algo así.

Sin embargo, alejarse, evitarla y no contarle sobre sus desdichas eran las causantes de esa expresión dolida que traía Mikasa, y aquello era peor que todo lo demás. Porque entendió: ella creía que él no la consideraba una amiga. Y, por Dios, que se equivocaba. Pero era su culpa, su culpa por no enfrentarse a su realidad.

La compensaría, porque decirle la verdad, de todos modos, tampoco iba a ser bueno. Pero, al menos, en una mínima cuota, pagaría toda esa incertidumbre maligna que le había provocado a esta persona maravillosa que hacía de todo por acercarse a él.

―¿Te parece si salimos hoy? ―soltó de pronto, aturdiendo aún más a Mikasa.

―¿Nosotros dos? ¿Salir? ―la joven entrecerró los párpados― ¿Estás invitándome a salir?

―¿Sí o no? ―clamó él, con su voz dura―. Uno, dos, tre-

―A veces, eres tan desagradable ―gruñó, Mikasa. Y Levi no hizo nada por ocultar su sonrisa sardónica.

―Y la respuesta es… ―la apresuró―. Porque van a cerrar la biblioteca y tú estás aquí, saludando a las aves…

―Sí ―«Demonios», pensó―. Sí, sí. Ni idea a dónde quieres ir, pero supongo que tu itinerario incluye «decirme la verdad».

―A la noche, iremos al cine. Yo invito ―suspiró, mirando la hora en su teléfono―. Iremos a dar un par de vueltas, a comer si gustas y lo que surja… ―«¿Lo que surja?», Levi hacía estragos con su mente―. Pero muévete ahora y vamos a la biblioteca.

Ella asintió, alelada por la forma en que él había tomado tanta determinación de un momento a otro, y le siguió al penas notar que él comenzaba a avanzar, con ella o sin ella. Un trote suave fue el impulso que necesitó para ponerse a su lado y caminar en silencio.

Como siempre hacía cuando se trataba de Levi, recordó a Petra Ral. Se preguntó qué estaba haciendo, de nuevo. Últimamente, no hacía más que cuestionárselo. A decir verdad, solía cuestionarse todo: por qué ayudaba a Petra, por qué Petra no hacía nada por acercarse, por qué Levi era así con ella, por qué ella era así con Levi, por qué esto, por qué lo otro. Y lo que más la irritaba era darse cuenta de que esta amistad bonita no era más que un favor que estaba haciéndole a su amiga… ¿lo era? ¿Cuánto tiempo había pasado desde que dejó de contarle a Petra sobre Levi? Si ella preguntaba, le contaba cosas superfluas, no ahondaba en lo poco que conocía de la vida íntima de Levi —un poco por sentir que era lo único que le pertenecía de él—, y prefería describir su personalidad y gustos. No obstante, pese a toda la información que Petra tenía, seguía sin acercarse a Levi. ¿Qué necesitaba para hacerlo? Pero algo más complejo y puntilloso clavó en su corazón cuando surcó su mente: Ella, Mikasa, ¿quería realmente que Petra se acercase a Levi?

Alzó la mirada hacia su acompañante cuyo único interés en el mundo, en aquel momento, era la biblioteca de la universidad. Notó cuánto había crecido su flequillo, vio que su piel estaba más blanca que antes, sus ojeras más grandes, y su nariz enana tan bonita como siempre…

Soltó un largo suspiro, porque sabía que era imposible negarlo… Y lo peor fue que Petra confió en ella. Y allí estaba ahora, mirando a Levi con una ternura que no había sentido por nadie jamás. No comprendía de qué trataba esta fuerza surreal que la hacía aferrarse a él, pero estaba segura de que no quería perderla, ni siquiera por la que consideraba su mejor amiga.

Sabía que había caído, desde el primer día en que le vio con sus lentes color vino, en aquella trampa silenciosa. Y así de muda se quedaría hasta el final de los tiempos con tal de evitarse un daño mayor.

Una resolución insulsa. Porque esa noche, nevase o lloviese, iría al encuentro.

.*.

No recordaba haber visto una película tan aburrida en su vida. Y lo que hacía peor el momento, era que Levi Ackerman se lo había tomado con suma gracia, mientras ella sentía que la cabeza iba a caérsele del cuerpo a causa del fastidio. Alguien tenía que explicarles a los directores que el abuso de los efectos especiales no garantiza el éxito de una película.

Se habían reunido cerca de las 21 horas, el punto de encuentro había sido el centro comercial. Y Mikasa había llegado cerca de veinte minutos tarde, porque su padre se había pasado la tarde preguntándole a donde iba y con quién, le dijo que tener diecinueve años y estudiar en la universidad no la hacía independiente, y que si quería tener novio, que el muy cobarde se atreviese a visitarles en una cena primero. Pero Akane, su madre, su confidente, su todo, llegó para interrumpirlo y gritarle: «Cállate, Rade. Te recuerdo que tú te infiltrabas por la ventana de mi habitación».

Una vez libre, tomó un taxi para no demorar más. Cuando llegó al punto de encuentro, la plazoleta central del centro comercial, vio a Levi sentado en el borde de una pileta. Él la vio en la distancia y emuló una mímica de estarse quedando dormido. Mikasa le hizo señas con las manos pidiéndole perdón, mientras avanzaba entre la multitud.

La cartelera del cine no prometía nada, absolutamente nada. Los estrenos daban lástima y la función final quedó bajo la decisión de piedra, papel o tijeras. Después de todo, estar juntos era el único objetivo de la velada. Así que la despreciable película fue enviada al olvido tras salir de la sala de cine. Ni siquiera hicieron comentarios sobre esta, sobraban luego del trauma que había supuesto. Avanzaron, comentando las posibilidades de comer algo antes de ir a algún lugar a pasear.

―¿Qué te gustaría comer? ¿Y a dónde te gustaría ir? ―preguntó Levi, revisando en su teléfono el mapa de la ciudad, para encontrar lugares que visitar.

―Podemos comer cualquier cosa, no es que me preocupe ―admitió la joven―. Más bien sigo expectante por el verdadero motivo de estar aquí…

―Porque podríamos ir a comer comida italiana…

―Sigues evadiéndome ―se detuvo, y cuando Levi volteó para ver que ella se había quedado atrás, reparó en que su rostro ya no era triste ni tímido.

―No te estoy evadiendo ―dijo él, con tanta seguridad, mas no la suficiente para hacerla retractarse―. Tan solo… intento que la jornada no sea fúnebre.

―¿Por qué debería serlo? ―arrugó la expresión con desconcierto―. Levi, solo… ¿por qué te duele tanto la cabeza? ¿Por qué te vas de clases sin decir nada? ¿Por qué nunca te comunicas conmigo? ¿Qué es lo que no quieres decirme?

Levi sintió que comenzaba a secársele la boca. Bajó la mirada unos segundos, manteniendo el ceño fruncido por la frustración de estar ahí y no poder correr a sus brazos como el débil que sentía que era en ocasiones. Aunque algunos conocidos suyos creyesen lo contrario.

―El Parque de los Espejos queda cerca. Vamos. Estaremos más cómodos.

¿Qué podía ser la comodidad en ese entonces? Si a medida que Mikasa avanzaba sentía sus piernas estremecerse y su corazón bombear con frenesí. ¿Qué iba a decirle? ¿Qué era tan terrible? ¿Era su familia un grupo de traficantes de nivel internacional? ¿Era asesino a sueldo? ¿La odiaba y se juntaba con ella por lástima? Negó fuertemente con la cabeza, no podía permitirse pensar en estupideces. Levi iba a confiar en ella y eso era todo lo que importaba.

―¿Sabías que el Parque de los Espejos es conocido también como el Parque de los Infieles? ―comentó Levi, de pronto, sacándola de sus cavilaciones.

Ella enarcó una ceja con petulancia. Se sentía una traidora por haberse fijado en el interés amoroso de Petra Ral, y que él comenzase la charla con esa aseveración no la ayudaba en nada.

―¿A qué viene eso? ―se hizo la desinteresada.

―Es un comentario educativo, intento hacerte un tour patrimonial de la ciudad ―comentó. Él y su sarcasmo.

―¿Y por qué le dicen así? ―decidió seguir su juego, pero era demasiado tarde cuando se dio cuenta de lo absurda que era su pregunta.

Mas él no tenía interés en burlarse de ella de esa forma.

―Como te puedes dar cuenta ―dijo, cuando comenzaban a acercarse a la zona de ingreso al parque―, este lugar tiene árboles enormes y frondosos, zonas oscuras y reservadas, se encuentra aislado de la multitud y es muy quieto. Es perfecto para… ya sabes, por eso el nombre ―hizo un movimiento con su cabeza, como si fuese obvio.

―No me da buena espina que me hayas traído aquí entonces ―musitó, Mikasa, mirando a su alrededor con recelo.

Y sintió que los nervios se le crispaban, que su médula espinal era de un líquido frío y espeso cuando escuchó la risilla coqueta y macabra que él dejó escapar sin cortedad.

―Ya verás tú ―le dijo.

―No intentes pasarte de listo, Levi Ackerman, porque sabes que puedo tumbarte en el suelo en menos de lo que canta un gallo…

―¿Por qué me sobrepasaría contigo? ―él se había adelantado, y giró para verla por sobre su hombro―. Eres mi amiga.

Qué palabra tan bonita. Hizo latir el corazón de Mikasa con más fuerza aún, y ella creyó oportuno sentarse a esperar su merecido infarto. Tres palabras: eres mi amiga. La única cosa que ella podía desear, que él la considerase como tal. Sabía que sería difícil, a pesar de todo, que si el día de mañana conseguía unirlo a Petra Ral, dolería, sufriría. Pero sería feliz.

Pero a pesar de bonita, tortuosa.

―Gracias por hacérmelo saber ―asintió la joven, haciendo que Levi sintiese aquella extraña sensación que traía hacía días: el sentimiento de creer que le hacía daño a Mikasa.

Cuando la joven espabiló y salió de su sopor, descubrió que Levi la había llevado hasta unos columpios. Estaban en buen estado, eran grandes y cómodos, y estaban rodeados de un paisaje sereno y maravilloso. Desde allí podía verse el cielo estrellado, las arboledas, el sendero iluminado por la luna y las bancas bordeando el mismo.

―No soy muy expresivo. Creo que lo sabes ―dijo Levi, mordiéndose el labio inferior―. Toma asiento ―le dijo, indicándole uno de los columpios, mientras él se acomodaba en el otro.

―¿Vamos a columpiarnos? ―Mikasa parecía incrédula.

―¿Qué tiene de malo? ―Levi no comprendía su renuencia―. Eres insólita. Puedes comerte un helado diabético repleto de estupideces rimbombantes, mierdecillas de colores y adornitos, pero no subirte a un columpio.

Y con eso consiguió ganar. Ella no tenía nada con qué refutar, así que tomó asiento.

―Es medianoche. Se esperaría que estuviésemos en un pub o bebiendo en algún bar. Pero mira, estamos en un parque, columpiándonos. Dios, son las 00.30am, Levi ―rio, divertida con la situación.

―Te iré a dejar a casa. Traje el auto ―comentó con desinterés. Mikasa lo miró con grandes ojos de sorpresa―. Es de mi tío, pero a veces lo uso. Lo dejé en el estacionamiento del centro comercial, así que tendremos que volver ahí en un rato más. ¿Bien?

―Bien ―obedeció ella, como si Levi la estuviese regañando.

Luego de eso, reinó el silencio durante, al menos, diez minutos. Levi parecía atento al movimiento de la copa de los árboles, no estaba balanceándose, estaba quieto, descansando sus manos sobre su regazo, el viento le despeinaba el flequillo. Mikasa lo analizó un momento: la sudadera gris oscuro iba muy bien con la cazadora que llevaba encima, asimismo, sus pantalones negros y sus zapatillas de lona color vino. Mikasa concluyó que le gustaba ese color.

Tras espiarlo, decidió virar su rostro al frente y cerrar los ojos. Estaba nerviosa aún, aunque él quisiera apaciguar el cuadro con algún chiste o comentario al azar. Sentía que su estómago no cesaba de anudarse a medida que transcurría el tiempo, y estaba preocupada, porque si algo malo le sucedía a Levi… ella…

―Primero que todo, quiero que me disculpes. Si alguna vez te hice sentir mal, no fue mi intención. No es como que lo haya programado, ¿me entiendes? Esto que voy a decirte ahora es muy personal para mí, no es algo que me guste hablar compartiendo un helado o de camino a casa tras un día de clases. Lo cierto es que intento evitarlo por sanidad mental.

Mikasa abrió sus ojos nuevamente y centró toda su atención en Levi.

―Continúa ―dijo, tragando con dificultad.

Entonces, Mikasa se enteró de una de sus más duras verdades, de su verdadera historia, la propulsora de su personalidad tan particular y su constante inestabilidad: Levi Ackerman padecía de una severa depresión que había desarrollado hacía dos años ya. Debía suministrarse medicaciones, pero prefería no hacerlo porque le hacían sentir peor. Asumió que ni él mismo había mesurado lo que eso significaba: ¿qué era una depresión? No era sentir pena, como la mayoría de las personas creía. Ese simple hecho justificaba sus retrasos en las mañanas y por qué tenía sueño todo el tiempo. Y, sin embargo, era lo más pequeño dentro de todo.

―Hace años, me detectaron un tumor cerebral ―comentó, como asumiendo el rol de médico e intentando no reír tras ver la expresión de espanto de Mikasa―. Es benigno ―añadió con urgencia―. Aunque de benigno una mierda, porque ha sido un verdadero tormento: dolores de cabeza, mareos, vómitos y desmayos, incluso, resistencia a las luces fuertes.

Los lentes de descanso, recordó Mikasa.

―Pero, Levi ―espetó ella―, ¿te parece lógico estar así de tranquilo? Y con esa cara que, a todas luces, me dice que quieres reírte. ¿Te das cuenta de lo que estás diciéndome? Y… Supongo que estás medicándote.

―No ―dijo él sin dudarlo ni un solo segundo. Y cuando vio que Mikasa comenzaba a tomar aire para protestar, expresó―: Los medicamentos son demasiado fuertes. Si los dolores ocurren durante la noche, los tomo y duermo sin problemas. Pero si lo hago durante el día, quedo aletargado, es similar al sueño, a la torpeza, al desgaste, como si no me quedase una gota de energía en el cuerpo. No puedo ir a clases así, por eso intento evitarlos. Lo cierto es que si no caigo en el estrés, puedo sobrellevarlo muy bien; las crisis de dolor son casi inexistentes.

Con esa respuesta, Mikasa comprendió aquella templanza envidiable de Levi, por qué él nunca se escandalizaba por nada, y por qué su mayor expresividad constaba del alzamiento de una de sus cejas. Exponerse a situaciones engorrosas no haría más que empeorar su situación; su impasibilidad era su mecanismo de defensa, y de una manera tan literal.

Cuando Levi le contó de su depresión diagnosticada de forma médica, sintió el súbito impulso de proteger a su amigo, de quedarse a su lado siempre y hacerle feliz. Mas cuando le contó sobre los problemas con su cerebro, la primera confesión pasó al olvido, porque nada podía ser más importante que aquello. Mikasa sintió que su corazón se congeló y que de un golpe despiadado y violento se había trizado, cayendo al suelo a pedazos. ¿Cómo podía ser tan injusta la vida?

―Levi, debiste decírmelo desde un comienzo ―suspiró ella, intentando aferrarse a su presencia de ánimo―. Dime: hipotéticamente, si te pasa algo y yo no sé cómo actuar, ¿qué sucedería?

―Sé que debí decírtelo, pero estoy acostumbrado a hacer las cosas solo, a tomar el timón de mi vida sin miedo, sin importar lo que pueda suceder ―habló pausadamente―. Sobre todo porque de mi entereza surgen los pilares de mi familia. Ser fuerte ha sido un requisito obligatorio.

Mikasa alzó sus cejas en un gesto de confusión.

―¿A qué te refieres?

―A que esto no es todo. Te he contado las cosas en orden de gravedad. Lo mío es contenible, mientras sepa cómo tratarlo y pueda vivir con ello. Lo que realmente me preocupa ahora, y la razón por la que me has visto salir corriendo de clases, es mi madre ―suspiró y se tomó el rostro con ambas manos para refregárselo con hastío.

―¿Qué sucede con ella? ―Mikasa parecía asustada―. No tienes que decírmelo si no te sientes listo… ¿sabes?, creo que he sido irrespetuosamente invasiva contigo. Sé que me consideras tu amiga, pero tal vez yo te empujé a esto.

―Mi madre tiene cáncer ―arremetió con la oración sin ningún miramiento. Probablemente, porque tirarlo al aire con ira era mucho más fácil que explicarlo con sutileza―. Leucemia.

De un momento a otro, Mikasa se sintió agotada. Como si Levi le hubiese robado el alma y energía también. Se quedó mirando a su amigo largos segundos, y cuando volteó la vista al frente, la imagen llegó con retardo, como si sus ojos se hubiesen desenfocado. Se le dio vueltas el mundo entero, por lo que aferró sus manos a las cadenas del columpio y cerró los ojos. Sintió como si toda esa verdad fuese un bolo de comida demasiado grande, y ahí estaba ella, tomando aire, relajándose para tragarlo despacio y que cayese de una vez por todas. Pensó que hubiese sido bueno tener un vaso de agua a la mano para haberse ayudado.

La madre de Levi padecía de un terrible cáncer que, se pensaba a esas alturas, era terminal. No obstante, los esfuerzos de los médicos y sus tratamientos no cesaban, insistían en atiborrarla de medicinas inútiles que no hacían más que tenerla como un espectro todo el día. Aquella mujer, Kuchel, había trabajado durante muchos años como jefa de proyectos en una importante empresa, y, por tales motivos, tenía bastante dinero ahorrado para sostenerse. Aun así, recibía ayuda de su hermano, el tío de Levi, Kenny Ackerman, quien, de momento, corría con todos los gastos médicos de su hermana, para que ella solo se encargase de su propia casa. Levi tenía una beca de excelencia académica, solía realizar trabajos como free lance y eso ayudaba bastante. Y del padre de Levi ni hablar… el joven no quiso hablar de ello, y Mikasa no tenía intenciones de exigírselo. Si el padre no estaba presente, entonces daba lo mismo saber de él.

Levi vivía junto a su madre en su casa. Kenny los visitaba de vez en cuando, porque también tenía un trabajo importante que le exigía tiempo, por sobre todo. Con todo ese historial, entonces, Mikasa pudo comprender. Cuando su madre tenía controles médicos, Levi corría para irse a la clínica, postergando absolutamente todo, porque nada podía importarle más. Cuando su madre no mejoraba o más grave aún, empeoraba, las crisis de dolor de Levi se sumaban inherentemente. Era todo un caos interconectado.

―Y ahora que lo sabes todo ―Levi bajó de su columpio para ponerse de pie frente a ella y tomar las cadenas para mantenerla fija en su lugar―, ¿entiendes?

Levi estaba tan cerca, envolviéndola con su presencia en ese momento, y Mikasa juró que nunca estaría más consciente de lo mucho que él le gustaba. Se sentía tan inestable, que de no haber estado sentada hubiese caído al suelo sin dignidad.

―Entiendo ―musitó… y no sé quedó atrás. Colocó sus manos sobre las de Levi, tomándolas con cuidado para quedarse así, unidos por el enredo nervioso de dedos que intentaban desanudar hasta encontrar comodidad.

Al menos hasta que Mikasa, con poca dulzura, tiró su mano como si esta se le hubiese quedado pillada en la de Levi.

―¿Ahora qué? ―rezongó él.

―Es la última vez que te guardas algo así de trascendental ―le exigió―. Sé que son cosas personales, pero si de salud se trata, debes notificarme. Yo estoy dispuesta a ayudarte… con lo que pueda ―finalizó con timidez al darse cuenta que no era mucho lo que podía hacer.

Pero no sabía que Levi pensaba que ella ya hacía demasiado.

―¿Quieres que te cante una canción? ―le dijo, como si eso fuera algo tan sencillo. La música de Levi era su debilidad, pero eso no significaba que quería que le cantase al oído… o bueno, Levi no había dicho precisamente eso… «Estúpida», se regañó.

―¿Para? ¿Quieres que te perdone por no haber confiado en mí? Claro, sí, canta. Como si eso fuese a resolver todas las veces que casi me da algo por verte con una crisis. Pobre Mikasa, sin saber qué hacer ―espetó, molesta, negando con la cabeza para sí.

Levi sonrió, inclinando ligeramente la comisura.

―¿Preocupada? ―le zarandeó el columpio para inquietarla.

Ella le clavó la mirada, enseñándole su expresión indignada.

―Te digo que no sé qué hacer para ayudarte cuando te veo así, y osas a burlarte de mí ―seguía molesta, pero titubeó cuando se dio cuenta de que Levi estaba entre sus piernas, alineado a la perfección con su cuerpo―. Mejor dime, ¿qué puedo hacer para ayudarte?

Y él le sonrió con esa vaga energía con la que él siempre sonreía. La miró atentamente, recorriendo con la vista cada rincón de su rostro. Mikasa pudo sentirlo, como si sus ojos expeliesen algún tipo de corriente que se arrastraba por su piel. Le miró los labios y eso solo consiguió desconcertarla a punto de volverla loca. Sentía que si el corazón no conseguía salírsele por la garganta, explotaría en su caja torácica. No se suponía que le mirase la boca, porque no había nada allí que pudiese interesarle… ¿cierto?

Levi se inclinó hacia el costado derecho, apoyando su rostro en el hombro de Mikasa. En ese momento, ella pudo jurar que estaba temblando. Él, ella, los dos…

Con que me des un soplo de tu vida, sálvame la mía, no me dejes alejar ―susurró, cantándole suavecito, como si estuviese entonándole una nana para dormir. Mikasa conocía esa canción, pero nunca jamás en la vida se hubiese esperado que él la cantase para ella―. Me disuelvo en el suelo de rodillas, sálvame la vida. Cúbreme de espejos. Nunca dejes de brillar…

―Yo no podría… ―susurró, inquieta, incapaz de hacer algo para no arruinar el hermoso momento.

―Sí, siempre lo haces, pero no te das cuenta ―le respondió, y depositó sus labios en la mejilla de Mikasa, no para besarla, solo para quedarse ahí, respirándola, apoyándose contra su cuerpo que a él se le antojaba como la mejor superficie para descansar tras aguantar tanto peso sobre sus hombros.

En aquel espacio de su vida, Mikasa sintió que había perdido el sentido de la realidad. Soñó, soñó que Levi Ackerman había depositado una caricia tan dulce y suave en su mejilla, soñó que su cuerpo presionaba el suyo como si quisiera abrazarla y no podía, únicamente porque estaba sosteniéndose en las cadenas del columpio. Soñó que Levi la quería, porque cantarle al oído a alguien solo podía ser resultado del afecto… y ella anhelaba eso con tanto afán. Pero cuando lo consideraba se le hacía ridículo. ¡Dios, estaba despierta! Pero que él se fijara en ella era una tontería. Él miraba a Petra, ella misma lo había dicho. Seguramente, le gustaban las niñas bonitas y delicadas como Petra, no la ogro infame que podía llegar a ser ella…

Se sentía embriagada, como si realmente no estuviese ahí. Hubiese querido sentirse despierta y presente, para no perderse un segundo de todas las sensaciones maravillosas que debía estar sintiendo, pero estaba apagada, en stand-by. De seguro, por eso no mesuró lo que dijo a continuación:

―Estaré contigo en todo, Levi. Lo único que puedo decirte es que si sientes que caminas sobre cáscaras rotas de huevo, yo tomaré tu mano para hacerte avanzar. Porque eso ―la voz le tembló―, eso hacen los amigos.

Tragó saliva. ¿Por qué las palabras pesaban tanto?

―Mikasa…

―Y si necesitas un soplo de mi vida ―lo miró fijamente, cuando él se retractó para hacer lo mismo―, te lo daré.

Entonces, Mikasa se dejó abrazar. Aún cuando el cuerpo de Levi la empujó un poco y le hizo creer que caería. Pero era imposible caer cuando él sostenía su cintura con tanta fuerza. Mikasa deseó tener esa convicción, deseó tener esa fortaleza suya de ser siempre tan fuerte, porque sus propios brazos estaban lánguidos, se sentían hechos de lana y a duras penas se alzaron para rodear a Levi. Las manos de la joven se posaron en los fuertes omoplatos de la espalda de su amigo, mientras su boca presionaba contra su hombro y su mirada húmeda y decaída se perdía en el sendero que los había llevado a ese lugar.

El relato de los hechos fueron para Mikasa la conexión de todos los puntos y la respuesta a la mayoría de sus dudas. Y también, significó un fuerte dolor en el pecho. No entendía cómo cabía tanto sufrimiento en un relato tan breve. Ni comprendería jamás cómo Levi conseguía levantarse cada mañana, estudiar todo el día, trabajar los fines de semana, o repasar las materias durante las noches, cómo hacía para vivir con tanto dolor físico y emocional, cómo hacía para vivir con tanto miedo y frustración… ¿cómo lo hacía? Si a sus ojos antes era alguien interesante, ahora simplemente él era excepcional. Si incluso pareció divertido cuando ella luchaba contra el impacto de enterarse de tanta cosa junta.

Él siempre estaba en una sola pieza.

Levi le había dicho que iría a dejarla a su casa, y así lo hizo. Sin embargo, Mikasa se quedó dormida en el asiento del copiloto. La había llevado a comer comida italiana y habían pedido una fuente de tres pastas. Había sido un abuso por donde se mirase, pero, ¿qué importaba? Una suerte de carpe diem surcó la mente de la joven luego de oír sobre todos los problemas que aquejaban la vida de Levi. Preocuparse por las calorías de la cena era un sinsentido. Contenta, se sumó al arranque de gula de medianoche, y sobre todo para menguar los efectos que había provocado la situación en los columpios.

Mientras conducía, Levi no podía evitar mirar a Mikasa.

«Si ella tan solo supiera…»

Aquella madrugada, Mikasa llegó a su casa sintiéndose agotada. Pudo haber sido la hora, pero muchas veces había trasnochado y el resultado no había sido el mismo. Ahora sentía como si fuese a desfallecer en cualquier momento. Llegar a su cama era el objetivo principal y esperaba que nada se interpusiera en su camino. O al menos eso quiso, hasta que vio a su madre a los pies de la escalera, vestida con su piyama.

―Bajaba a prepararme un té, ¿quieres uno? ―le ofreció.

Y Mikasa supo con eso, que ella quería detalles de su salida.

Se sentó junto a ella en el sillón de la sala de estar. Akane terminó bebiendo su té ella sola, porque Mikasa le explicó que no creía poder albergar ni un mililitro más de nada en la barriga. Según lo que su madre pudo percibir, Mikasa lucía plena, pero al mismo abatida. Era extraño. De buena manera, con delicadeza materna, le pidió que le contase qué estaba pasándole. Últimamente, solía llegar escasa de energías, y si bien la universidad era un asunto, más parecía como si Mikasa se viese siempre deprimida.

Mikasa le contó todo, de principio a fin. Le contó quién era Levi y qué rayos pintaba en su vida, por qué había salido con él esa noche, qué demonios quería Petra y por qué ella estaba en medio de todo eso. No lo hizo con ninguna intención de traicionar a Levi, pero sentía que si no sacaba toda esa carga que oprimía su pecho, terminaría asfixiándola. Y después de todo, Akane era su madre. Ella no iba a decirle a nadie. Solo quería oírla, ayudarla si era necesario.

―¡Ay, Petra es tan tonta! ―gruñó su madre, de pronto, haciendo voltear a Mikasa con grandes ojos de sorpresa. Akane miró a Mikasa, pestañeando dos veces rápido―. Lo siento, no quise expresarme de esa manera. ¿Pero cómo te pide algo así? Que falta de confianza en sí misma.

―No me arrepiento ―comentó Mikasa, recordando todas las cosas que había vivido junto a Levi, aunque no hubiese pasado tanto tiempo.

―Entiendo ―sonrió su madre, rodeándola con un brazo, y frotándola como si quisiera abrigarla―. De todos modos, pobre joven, qué vida tan dura... ―Mikasa asintió con un ligero hm. Ambas guardaron silencio por un momento―. Deberías invitarlo a casa. No tengo ningún problema con que venga a menudo, y si quiere puede quedarse. Eso si no es problema con los cuidados de su madre.

―¿Hablas en serio? ―Mikasa estaba atónita. Su rostro desbordaba alegría.

―¡Pero claro! Es tu amigo, ¿no? ―Mikasa asintió con tanta suavidad, que fue casi imperceptible para su madre―. ¡¿O no?! ―exigió ella, forzando la voz.

―¡Mamá! ―rechistó Mikasa―. Es mi amigo, es todo. Recuerda a Petra.

Y la joven vio a su madre bosquejar un mohín desaprobatorio en su rostro.

―Con mil respetos, Mikasa, pero… no veo a Petra preocupándose tanto por él como tú, ni mucho menos haciendo nada para ayudarlo, ni un esfuerzo por hacerse presente. ¿Ella sabe de esto?

―No… solo sabe que él tiene dolores de cabeza. Ella misma sugirió que podía ser debido al estrés.

―¿Y está enamorada de él? ¿Perdidamente? ―fue sarcástica. Mikasa asintió, sin entender el punto―. ¿Y saber que el pobre muchacho puede necesitar ayuda no la motiva a acercarse a él? Sigue teniéndote a ti de mensajera. Es una cobarde.

―Mamá ―protestó Mikasa, sin poder creer lo habladora que estaba esa noche.

―No, esta vez no voy a disculparme. Es lo que pienso ―clamó, segura de sí―. Sé que Petra es tu amiga desde hace años, pero sabes que nunca he confiado mucho en ella. Su cara de piojo resucitado no me convence para nada.

―Pero, aún así, Petra nunca me ha fallado… ―musitó Mikasa, con tristeza.

―¿Segura? ―su madre marcó el tono de la voz, haciéndola recapacitar.

―Sí, siempre hace cosas, me involucra a mí y luego se lava las manos ―suspiró Mikasa, dándole en la razón.

―Como ahora ―indicó su madre, cruzándose de brazos.

Así era. Era su mejor amiga, eran tan distintas, pero se querían, y todo lo que Mikasa siempre recordaba… bla, bla, bla. Nunca se había negado a complacer los caprichos de su amiga, porque la quería bastante, y a pesar de todo, era la única amiga que tenía. Al menos, hasta ahora. Pero si lo analizaba en profundidad, las insinuaciones de su madre eran certeras. De algún modo, ella siempre le fallaba.

―Pero a ella le gusta Levi ―defendió Mikasa, usando este hecho en su misma contra―. Así que… yo le ayudo.

―Mikasa ―su madre cogió su rostro entre sus manos, obligándola a mirarla―, no te metas en problemas. No te arriesgues tú por personas ajenas, por muy amigos tuyos que sean. Si a Petra le gusta este joven, que se acerque ella. ¿Está bien? O me enojaré ―terminó bromeando, para no sonar tan severa. Hizo reír a su hija―. Házselo saber. No estás aquí para sus mandados.

―Bueno ―asintió Mikasa, dándose cuenta cuán lejos había llegado por un juego de Petra.

―Además, a ella no la invitan al cine, ni a comer, ni van a dejarla a casa en auto… ―Akane se mordió el labio, y rodó los ojos, haciendo como que desviaba la mirada―. ¡Quédatelo tú! ―rio, mientras le hacía cosquillas en la cintura a la joven.

Mikasa rio nerviosa y quisquillosa por las caricias juguetonas de su madre.

―Es… mi… amigo ―reía, intentando luchar contra las manos vigorosas de Akane.

―¡Amigo mi calcetín! ―insistió la mujer, sin dejar de atacar a Mikasa. A veces, se excedía, y la sentía su niña aún―. Si me miras sin reírte, te creeré…

Y con eso, hizo reír a Mikasa aún más fuerte, tanto, que consiguieron despertar a Rade, quien descendió rápidamente las escaleras. Habían olvidado que era madrugada y que él estaba durmiendo.

―¿Qué significa este alboroto? ¿Llegó ebria? ―exclamó, estaba de pie en lo más alto de la escalera.

Mikasa lo miró, dejando de reír pero sin dejar de mirarle con ternura. Aunque molesta, valoraba inmensamente aquella eterna preocupación de su padre.

Esa noche, la joven se fue a dormir pensando qué podía hacer para reducir las cargas emocionales de Levi. Y si algún día, todo ese caos estrepitoso iba a cesar. Pero pensó aun más en lo bonita que había sonado aquella canción en susurros…


Entonces, Levi comenzó a frecuentar la casa de Mikasa. Y decir que la madre de la joven estaba enamorada de Levi era poco. ¡Lo amaba! Todo lo que él hacía y decía. Le parecía una persona brillante y tan pura, un ángel. Y Mikasa protestaba cada vez que oía esa palabra.

―Este adefesio del mal no es un ángel, mamá. Deberías saber.

―La envidia te carcome ―la fastidiaba Levi, sabiendo que todo no era más que un juego.

Aquella puerta que su madre había abierto para Levi, había sido la oportunidad perfecta para terminar de estrechar sus lazos. Y Akane, consciente de ello, no podía hacer otra cosa más que sentirse satisfecha y orgullosa de sí misma. Veía a Levi y a Mikasa convivir en una suerte de hermandad, mas su olfato experimentado le decía que aquello no se debía al simple compañerismo, sobre todo cuando descubría a Levi mirando a Mikasa con afán, pero ella, inmersa en su mundo volátil, no solía darse cuenta.

Los recuerdos que comenzaron a atesorar crecieron en cantidad y calidad. Tardes completas jugando videojuegos, viendo películas, cocinando porquerías o encargándolas a domicilio, estudiando, paseando, jugando niñerías, rodando por la alfombra recién aspirada, porque era demasiado mullida, o simplemente conversando de todo y nada a la vez.

Solían hacer cosas como aquellas, tan comunes, y con otras sencillamente perdían la cabeza, como cuando Mikasa permitió que Levi la maquillara. Estaba segura que nunca antes se había parecido tanto a un mapache.

O el día que ella lo acompañó a comprarse ropa.

—Se puede saber… ¿en qué minuto, por qué, terminaste con otro IPad en tus manos, si venías a comprarte ropa? —gruñó Mikasa, mientras intentaba comprender a Levi, quien parecía más contento con su nuevo dispositivo entre las manos.

—Hoy hay cybermonday. Estaba a menos de la mitad del precio original, ¿qué querías que hiciera?

—Que te compraras ropa —indicó ella con obviedad.

Se turnaban; un día era ella, al otro él. Pero Mikasa estaba segura que sus días estaban por debajo de los de Levi. Él y sus ocurrencias. Había subido y bajado los pisos del centro comercial como unas cuatro o cinco veces, y todo le parecía feo, demasiado escandaloso, demasiado todo y muy poco de algo. Ojalá el retail hubiese tenido algo tan sencillo como una sudadera o un par de pantalones ¡cosidos! preferentemente, no con agujeros por cada un centímetro. Y no era que le molestase, pero hacía frío y él no andaba con ganas de ventilarse.

Era grato. Esta nueva vida a su lado era satisfactoria, porque a pesar de todas las dificultades, siempre estaban ahí el uno para el otro. Levi nunca rechazaba todo lo que Mikasa y su familia le entregaban, incluso, cuando Akane tejió para él una gorra y un par de guantes; los usaba constantemente, porque eran de color negro, y le gustaban, aunque uno de los guantes fuese un poco más grande que el otro. Y Mikasa también agradecía todo lo que Levi tuviese para darle, por mucho que el dijese que su aporte en la vida de la joven fuesen únicamente los problemas. Ella agradecía cada enseñanza de vida, cada consejo, incluso cada regaño. Incluyendo las veces que la retaba por no respetar las normas APA.

—¿Qué mierda hiciste con el formato? —se quejó Levi, intentando corregir el sacrilegio cometido por Mikasa.

—Bueno, para eso te tengo a ti, esclavo —rechistó Mikasa. Ella había trabajado en la redacción y él era el editor—. Tú eres el hombre formato, así que haz lo tuyo… en silencio, preferentemente.

—Esta cita tiene más de cuarenta y dos palabras, pero no la colocaste abajo —murmuró Levi, indignado, presionando el enter con demasiada fuerza.

—¿Quieres que imprima nuestro informe como está? —lo amenazó, divertida. Lo vio negar repetidas veces, apurando la revisión—. Me parece, porque es para mañana.

Y aunque a veces se mostrase dura y sarcástica, al instante siguiente, cuando él ya no le prestaba atención, se dedicaba a mirarlo. Y se preguntaba si Petra algún día haría algo, si era capaz de acercarse a él y conseguir tenerlo a su lado. Si ese día llegaba, ¿ella debería decir adiós? Si Petra y Levi discutían, ¿de qué lado estaría? Ambos eran sus amigos…

Eran preguntas tan lejanas, pero Mikasa las sentía encima todo el tiempo, aún cuando sabía que, probablemente, Petra no hiciera nada por estar con Levi. Nunca había tenido la madurez suficiente para tener una relación, y no la culpaba porque era joven. Pero al apenas terminar con un novio, Petra volvía a buscar otro. Mikasa dudaba férreamente de que Petra tuviera intenciones de esforzarse por llegar a Levi. Si no cuidaba lo que tenía, ¿cómo podría motivarse a tener algo nuevo? Y era la principal razón por la que seguía ahí, ayudando a Petra. Empero, cada día que pasaba, se preguntaba: ¿realmente estaba ayudándola?

Un día, descansaba junto a Levi en los jardines de la universidad. Se apoyó sobre su costado para verlo dormitar, luego del extenso examen que habían tenido ese día. Levi llevaba días durmiendo escasamente, y esas horas perdidas era causantes de las crisis de dolor también, por lo que Mikasa lo había arrastrado a dormir sobre el césped. Se resguardaron bajo la sombra de un enorme árbol; Mikasa acomodó las mochilas y los abrigos para que Levi pudiese recostarse sin sentirse incómodo.

Cuando podía disfrutar de aquellos momentos, se preguntaba si estaba dispuesta a perder tanto. Petra había venido con la idea, mas ella nunca esperó sentir demás por Levi. Pero se lo guardaba, siempre. Callaba porque era lo mejor que podía hacer, por su bien, por el bien de sus dos amigos, por el bien de todos. Además, el silencio era el aliado perfecto que le permitía estar a su lado sin sentirse inquieta, sin sentir pudor, sin preocuparse demasiado.

Mikasa se quedó contemplando los labios de Levi. Eran bonitos y divertidos porque su boca era pomposa y engreída, como si estuviese fastidiado todo el tiempo (bueno, él a veces lo estaba). Con la punta de sus dedos atrapó su pequeña trompa, tirándola con suavidad, haciendo que Levi abriese los ojos y la mirase extrañado.

Mikasa apoyó su cabeza sobre un puño, deslizando su mano por el pecho de Levi, jugando con sus dedos, haciéndolos parecer piernas que se daban vueltas sin rumbo sobre la tela de suéter.

—¿Estás aburrida? —preguntó él, de pronto interesado en la forma que ella lo tocaba.

—Sí, de ti —le dijo, manteniéndose seria—. Estaba pensando en meterte en una bolsa y arrojarte al mar.

—¿No prefieres meterme en una caja y dejarme en la carretera? Al menos así alguien puede encontrarme luego.

La joven frunció los labios, reprimiendo una risilla. Sus pómulos en tono rosado y la curvatura de sus labios la hacían ver bellísima, y Levi no pudo evitar querer darle un beso. La sostuvo del cuello y la arrastró hacia sí, para darle un beso en la mejilla, pero como él nunca media su tino y su fuerza, de un mal cálculo le besó una comisura… o tal vez, un poco más.

Mikasa inhaló tanto aire a causa de la indignación que por poco se ahoga.

—¡Levi Ackerman! —espetó.

—Mi giroscopio está malo, perdón —dijo con voz oscura, cuando en realidad intentaba no reír.

Mikasa se valió de su bufanda para cubrir el rostro de Levi y así asfixiarlo, ciertamente, a modo de juego. Y él luchó, porque le encantaba ganar cuando se trataba de ella. Terminó rodando con ella por encima de la hierba, hasta hacerla quedar de espaldas con él pendiendo encima. Le devolvió la prenda, cubriéndole la boca, dejando únicamente sus ojos visibles, y se apoyó contra su rostro. Solo los separaba la bufanda.

Los ojos de Mikasa brillaban. ¿Desde cuándo Levi era tan osado? Nunca habían jugado de esa manera. Mas no supo si de verdad estaban jugando, cuando él tiró de un halón la bufanda. Y, sin embargo, aunque ella desease besarlo más que cualquier otra cosa en el mundo, rodó una vez más para alejarse de él. Decidió reír, aun cuando no quería hacerlo, pero no quiso romper la atmosfera entretenida que los embargaba, no quería que su sentimentalismo arruinara el momento. Podría tragarse eso en silencio y llorar, si así lo quería, después.

Pero la interrogante quedó dando vueltas en su mente, soltando confetis y vítores por doquier: ¿qué pretendía Levi Ackerman con ese juego? Le asustaba, pero la hacía feliz.

No obstante, no todos los momentos eran felices. Mikasa se adaptó con su mejor disposición al ritmo de vida de Levi; y para ella se hizo costumbre sostenerlo entre sus brazos cuando una crisis de dolor lo atacaba, sobre todo tras recibir llamadas de su tío Kenny quien le avisaba que su madre estaba hospitalizada nuevamente.

La más fuerte de todas ellas ocurrió un día en que Levi estaba en casa de Mikasa. Estaban solos, Mikasa preparaba yogur con frutas picadas, mientras Levi corregía los ajustes gráficos del juego que disfrutarían esa tarde. Todo parecía marchar bien, al menos hasta que el teléfono de Levi vibró con un mensaje de Kenny: «Kuchel fue internada. Esperemos que pase la noche».

Desde la cocina, y gracias a un medio punto, se tenía una vista completa de la sala de estar. Mikasa se hallaba en la cocina, concentrada en su labor, y volteó solo cuando escuchó el golpe seco. Fue como si todo hubiese ocurrido en cámara lenta. El control de la consola cayó al suelo, azotándose sin contemplación, logrando que un botón saltara lejos. Los ojos de la joven se ensancharon y su boca se abrió para llamar a su nombre, pero no consiguió emitir ni un solo sonido. Dejó la fuente con la preparación ya lista en el mesón de la cocina, y se arrebató hacia la sala de estar, de un solo impulso para atrapar a Levi antes de que cayese al suelo. No dudó en ningún momento cuando se lanzó sobre la alfombra para sostener su cuerpo y mantenerlo a salvo consigo. Se aseguró de que la cabeza de Levi no se golpease y cuando lo sintió a salvo, lo aferró contra sí. «¡Me duele!», lo oía gemir contra la tela de la sudadera que traía puesta. El joven tenía el ceño fruncido, la cara de color rojo, y sus manos apretaban a Mikasa, como si quisiera descargar su agonía al ejercer presión contra algo. Como medida de seguridad, Mikasa traía consigo, siempre, una tira de las pastillas que Levi debía tomar. Y las cortó, dividiéndolas en distintas prendas y lugares: un bolso, un abrigo, su billetera, lo que fuese. Sacó del bolsillo de su sudadera una pastilla, y como si fuese un gato refunfuñón, le metió el medicamento en la boca, obligándolo a tragarlo, mientras le cubría la boca con la mano. «Ya va a pasar, ya va a pasar», le repetía, mientras aun lo sostenía en sus brazos. Ese día, fue el primero en que ella lo besó. Depositó sus labios en la frente de Levi, dejando allí breves besitos que tenían toda la intención de ayudar. Y por ilógico que fuese, lo hicieron. Los ojos azules de Levi se abrieron en toda su magnitud, y escrutaron a Mikasa con interés. Aún tenía el ceño fruncido y respiraba agitadamente.

―¿Te hago arrullos? ―bromeó Mikasa, intentando alivianar tan densa situación.

Pero Levi no tenía ánimos para jugar. Se dejó caer de espaldas sobre la alfombra y arrastró consigo a Mikasa, recostándola sobre su pecho y la abrazó, quedándose así por varios minutos.

―Gracias ―musitó, entrecortadamente―. Pero tengo que irme… ahora.

Con la mejilla apoyada directamente sobre el corazón de Levi, Mikasa suspiró. Esa era su vida, su triste vida. Y aunque ella siempre sugería acompañarlo en momentos tan difíciles como las visitas a la clínica, él no lo permitía. Mikasa creía que se debía a su orgullo, él no quería que le viese débil. Tal vez, consideraba que con las crisis ya era suficiente, y dejarla escudriñar más a fondo era socavar la poca dignidad que le quedaba. Aun cuando, con ella, tales conceptos no importaban, eran vanos.

El tiempo siguió pasando, y a pesar de toda la tragedia, Mikasa se sentía cada día más viva al lado de Levi, y él sentía que junto a ella, la turbulencia pasaba más rápido, o simplemente la sentía menos. La hospitalidad que ella le brindaba abrumaba su existencia, porque nunca imaginó ser merecedor de tanto, como si un día la buena suerte hubiese recordado que él existía. Y el milagro que vino de la mano con eso tenía unos bellos ojos grises y un afán por pintarle los tatuajes y querer arrancarle las pestañas.

La compenetración que se forjó entre ambos parecía soldada. Era inquebrantable. Porque Mikasa Ackerman había conocido sus más sórdidos momentos, y nadie más tenía el privilegio. Y aunque, como consecuencia de las dificultades que los rodeaban, habían terminado discutiendo un gran cantidad de veces, habían conseguido resolver sus diferencias sin necesidad de reservar rencores. La primera discusión fue la más fuerte, pero Mikasa siempre decía que cuando se supera una discusión grande, se pasa la prueba definitoria; la amistad se hace eterna. Cuando se logra resolver un problema de gran magnitud, todo lo que venga luego será mucho más llevadero, porque ya se ha vivido lo peor.

Y durante las últimas semanas, había sido de ese modo. La madre de Levi solo seguía empeorando, y por ende, Kenny la llevó consigo a la capital. Allí podrían encontrar un médico especialista que les ayudase finalmente, si es que había solución. O al menos, que les instara a intentarlo por última vez.

Una noche, cuando cenaban en casa de Mikasa, Levi parecía más ido de lo común, como si cuerpo estuviese en la mesa, pero no su consciencia; estaba en automático. Al terminar de comer, Mikasa lo invitó a subir a su habitación junto a ella. Se encerraron en el cuarto, y Mikasa abrió las cortinas de su ventanal para dar paso a la luz de la una, que se asentaba directo sobre su cama. No fue necesario encender las luces. Colocó música para el ambiente, a volumen prudente, y se recostó al lado de Levi, quien ya aguardaba por ella, para mirar las estrellas a través de la ventana que se hallaba en la cabecera de su cama.

Se mantuvieron así durante un buen par de horas. Conversaron infinitamente de todas las cosas, como siempre, pero como Mikasa estaba más preocupada de lo usual, preguntó:

―¿Cómo estás? ―no tenía que ser específica. Levi sabía a qué se refería.

―Mejor.

―¿Seguro? ―insistía. Él nunca podría mentirle.

―Pésimo, tú sabes… el tratamiento es un fraude, como siempre. Madre tiene nuevos exámenes.

―¿Va a viajar? ―Mikasa sabía la respuesta.

―Ya lo hizo. Junto a mi tío. Y no pude ir porque se acerca otra semana de exámenes ―musitó―. Estaré solo en casa… Es maravillosa esta mierda.

Mikasa calló unos segundos, acongojada por su situación. Quería ayudarle, tanto…

―Y, ¿por qué no te vienes a vivir con nosotros hasta que tu madre llegue?

Levi creyó que estaba tomándole el pelo.

―Claro, y gasto de tus recursos durante toda la semana.

―Estoy hablando en serio ―Mikasa giró para apoyarse sobre un brazo y quedarse de costado, clavando sus ojos en él con insistencia.

―No podría…

―Oh, sí, sí puedes. Aquí nunca vamos a negarte un espacio. Mi mamá te ama, creo que lo sabes ―Mikasa posó su mano en el brazo de Levi.

―Gracias ―musitó él, inclinando su cabeza hacia el hombro de Mikasa; un gesto que buscaba afecto a todas luces.

Ella lo acomodó, pasándole un brazo por debajo de la cabeza, y con el otro dándole empujones para que se volteara. Cuando él obedeció a sus exigencias, le dio la espalda, y Mikasa lo abrazó por detrás, rodeándole las costillas y apoyó su mentón en el hombro de Levi, sintiendo su zona lumbar contra su regazo. Ella cerró sus brazos para terminar de encerrarlo por completo, y se quedó así junto a él, disfrutando del siseo de la música que aún resonaba.

―Todo va a salir bien ―susurró cerca de su oído. Por un momento, se creyó una hermana mayor. Y eso se sentía muy bien.

―¿Y si no? ―la voz de Levi era ronca.

―Y si no, luego todo va a salir bien, de todos modos ―le besó el hombro tan suavemente, que casi pasó desapercibido―. La vida siempre encuentra la forma, Levi.

―La forma de cagarte la existencia ―masculló él, compungido―. No es que no esté preparado para enfrentarlo. Desde que el panorama comenzó a ser difícil de sobrellevar fue que me di cuenta que debía atenerme a lo que fuese que se viniese sobre nosotros. Yo sé que existe una alta probabilidad de que mi madre fallezca, lo tengo claro. Tan solo… es duro.

―No estás solo, Levi ―Mikasa lo estrujó más―. Por Dios, no sientas que estás solo.

―No, claro que no. Te siento bastante ―le dijo sarcástico, puesto que ella estaba estrangulándolo a esas alturas, y sus brazos estaban justamente al nivel de sus costillas.

Mikasa rio bajito.

―Estúpido ―apagó el murmullo en el cabello de su amigo.

―¿Nunca te has preguntado cómo será morir? ―dijo él, sin venir a cuento.

Aunque la pregunta la tomó por sorpresa, Mikasa respondió:

―Sí. Creo que no hay persona que no se lo haya preguntado alguna vez, ¿no crees?

―¿Y te asusta?

―Bueno. A todos les asusta lo desconocido. A mí, por el contrario, me entrega cierta tranquilidad. No sé qué va a pasar, así que no debería preocuparme de momento ―dijo ella con simpleza.

―Me gustaría saber qué pasaría si yo muero, o verme en tercera persona. Es extraño, una tonta curiosidad, pero me interesa. ¿Quiénes irían a verme? Sería un funeral bastante vacío ―Mikasa le pellizcó las costillas con fuerza, haciéndolo reír y retorcerse.

―No digas esa mierda de nuevo ―Mikasa le regañó―. Yo estaría ahí, llorando…

―Pero tienes que llorar mucho o pensaré que no me querías ―giró, para quedarse de espaldas, mirándola atento, y con seriedad cuando el silencio se volvió tenso.

O pensaré que no me querías… Todo siempre había sido tan natural, que Mikasa nunca había sentido la necesidad de preguntarse si lo quería. Pero debía ser así, porque lo consideraba su amigo, y a los amigos se les quiere. Era algo que tenía asumido. Entonces, ¿por qué el tema le generaba cuestionamientos? La información le llegó como un disparo en la cabeza, despertándola de su ensueño. ¿Lo quería o más que eso? Le gustaba… pero aquello era un secreto.

Y todo eso la llevó a ahondar en otro asunto.

Con el pasar del tiempo, lo había olvidado. Este era el plan de Petra. ¿Qué hacía ella compartiendo su cama con Levi mientras lo abrazaba? ¿No debería ser Petra quién estuviese ahí? No pudo evitar llegar al punto en que Levi entró a su vida de lleno, sin oportunidad de retroceder, y no es que quisiera tampoco. Pero fue consciente de que su amiga, aquella que tanto defendía cuando podía, había pasado a segundo plano. Mikasa la había apartado sin querer, ya no la llamaba para contarle sus travesías con Levi, porque usualmente, pasaba sus tardes con él, a veces, hasta el anochecer. Ni siquiera la llamaba para salir con ella, mas se dio cuenta que Petra tampoco llamaba de vuelta. ¿Acaso estaba perdiendo el interés en su amistad? La pregunta era dual, para ambas. Por un momento temió que Petra se hubiese dado cuenta de todo lo que estaba pasándole y se hubiese alejado porque la odiaba. Tal vez era oportuno conversar con ella luego.

Ante la falta de palabras, Levi se acercó a Mikasa exigiendo atención, y el arrumaco la hizo volver a tierra. Juntó su frente con la de Levi en un gesto cariñoso, y él aceptó la caricia, removiéndose para rozarle la mejilla con la nariz.


La semana que Levi necesitó compañía fue la mejor semana de sus vidas y de su completa amistad. Mikasa podría jurar que nunca en su vida había comido tanta porquería junta y visto tantas películas. Sí, tenían evaluaciones, pero su talento con el aprendizaje les excluía del resto de sus compañeros que podrían estar noches y días estudiando sin éxito.

Mikasa le entregó su cama a Levi, y usó un colchón extra para armarse ella misma una cama en el suelo.

―Mikasa, no tienes que hacer esto―le reprochó Levi.

―Tranquilo, me encanta dormir en el suelo. Siempre que hay visitas aprovecho la instancia ―dijo, mientras aventaba al piso un montón de frazadas.

―No necesitas mentirme para hacerme sentir mejor.

―A este mono le encanta dormir en el suelo, cariño. Déjala, no es hospitalidad ―rio la madre de Mikasa, mientras entraba a la habitación de su hija para dejar almohadones.

La madre de Mikasa se sentía feliz. A su padre, en cambio, le causaba curiosidad. No le molestaba la presencia de Levi en lo absoluto, nunca lo había hecho en realidad. Pero ansiaba saber con afán quién era aquel joven que mantenía a su hija despierta hasta tarde y riendo como loca, cuando ella rara vez esbozaba una sonrisa. Para colmo, su esposa consentía al muchacho en todo, y él se sentía olvidado, luego de haber sido el rey de su hogar.

Los ataque de risa provenían de estúpidos videos que veían en YouTube. Y duraban hasta que la madre de Mikasa aparecía en su puerta con las severas intenciones de asesinarlos a ambos.

—Mira, carajo —Akane retaba a Levi, mientras lo halaba de las piernas para recostarlo en la cama y hacerle cosquillas—. Tengo que trabajar mañana, así que o te dejas de reír o los cuelgo, a los dos. ¡No tienes respeto por tu tía Akane!

En aquellos momentos, Mikasa quería pedirle a Akane que no se detuviese, aunque a Levi le diese un infarto a causa de la risa. Porque ella nunca lo había visto reír así. Era como si el amor materno que Kuchel ya no podía entregarle, lo proyectara en Akane. Y ella cedía a entregarle ese amor, porque lo sentía como uno más de la familia.

—Me voy a dormir, lo juro —suplicaba Levi, cuando Akane le hacía cariños y arrumacos.

«Que no duerma, que ría siempre. Siempre, siempre», pensaba Mikasa, mientras disfrutaba del espectáculo.

Los días pasaron vigorosos y plenos. Levi hablaba por teléfono con su madre varias veces al día, y ella se alegraba tras saber que su hijo tenía una amiga al fin. Conversaban amenamente, hasta que Levi preguntaba cómo iban las cosas, y ella mentía diciendo que todo estaba bien. Pero Levi sabía que eso no era cierto, y aún así fingía creerle para no preocuparla demás.

No obstante, un día en esa semana, ocurrió un evento inesperado. El médico que trataría a Kuchel se había ido de viaje con extrema urgencia, y ya no tenían más disponibilidad de médicos para ella, al menos hasta la semana siguiente. Kenny Ackerman estaba hecho un torbellino furioso, sin saber a quién más recurrir para ayudar a Kuchel.

Entonces, Mikasa Ackerman hizo de las suyas. Porque sabía que había una sola persona en este mundo que podía ayudarles.

―¿Petra? Ayúdame, por favor. Necesito conversar con tu padre. ¿Qué opciones de medicina oncológica puedo encontrar en Trost?

Así fue como terminaron llamando a toda la lista de contactos que el señor Ral le había entregado a Mikasa. Levi le dijo que él era demasiado torpe para esas cosas, por lo que Mikasa decidió ayudar, y asimismo, su madre.

―Mi nombre es Mikasa Ackerman. Llamo para consultar por un oncólogo disponible para esta semana.

―Mi nombre es Akane Ackerman. Sí, oncología, por favor, ¿para esta semana? Muchas gracias.

Y así. Se encontraban sentados en la mullida alfombra de la sala de estar con un cuaderno, papeles y lápices regados por doquier. Akane y Mikasa, cada una con su teléfono en mano, y Levi enviando audios a su tío, por mensaje, para contarle de las novedades. Sobre todo, cuando finalmente, encontraron un médico disponible.

Levi, al fin, respiraba en paz.

«Espero poder conocer a Mikasa cuando regrese», dijo Kuchel a Levi. Y él se lo prometió.

―Tienes una cámara profesional ―dijo Levi.

Estaban repasando la materia para el día siguiente. Era la última evaluación.

―Sí, me la regaló mi padre la navidad pasada ―comentó Mikasa, absorta en sus apuntes que destacaba pausadamente.

Levi estaba sentado en el colchón del suelo, frente a ella. Tenía la mirada fija sobre la cámara, al parecer le gustaban. Mikasa lo notó al verlo callado, ensimismado en el mundo que había recreado para él y la cámara. Mikasa sonrió.

―Tómala con confianza ―le dijo―. Si quieres, puedo tomarte fotos, así las subes a tus redes sociales y te llenas de un millón de vacíos likes ―añadió con sarcasmo.

Entonces, el flash saltó, iluminando todo su rostro.

―Hoy, Levi Ackerman ―masculló―, ¡vas a morir!

Y se abalanzó sobre él, para quitarle el objeto y castigarlo por su atrevimiento. Terminaron jugando, haciéndose cosquillas, peleándose sin brusquedad, y tomándose fotos de vez en cuando. Si lo pensaban, nunca se habían tomado fotos hasta ahora. Y cien ejemplares debían ser suficientes. De los dos juntos, de los dos por separado, fotos serias, fotos risueñas, fotos estúpidas.

Mikasa hizo uso de su buen gusto por el arte para tomarle una buena cantidad de fotos preciosas a Levi; cuando Kuchel volviese de su viaje, y al fin la conociera, iba a regalárselas. Porque su hijo era encantador. Tenía un perfil bellísimo; su nariz pequeña, su mentón elegante y sus pestañas largas recreaban un cuadro digno de una galería. A contra luz, en blanco y negro, como fuese.

La foto que más encantó a Mikasa, fue aquella en la que ella aparecía colgándose del cuello de Levi, riendo, mientras él luchaba por sostener la cámara y a ella.

La foto que más odió fue aquella donde salía sola, con los ojos cerrados y la boca abierta.

―¡Bórrala! ―le reclamó, con esa falta de delicadeza que ella solía tener―. Maldito adefesio.

Y entre vuelta y vuelta, juego y juego, acabaron enredándose, y Mikasa cayó de espaldas sobre el colchón del suelo, con Levi pendiendo sobre ella. Cuando ella intentó incorporarse para sentarse, se dio cuenta que él estaba demasiado cerca, moverse un poco más desencadenaría una catástrofe… se suponía.

Se miraron durante largos minutos. Mikasa no sabía qué era lo que él buscaba conseguir. Si había algo más que ella no supiera, algo que él no le había dicho aún.

El flash la distrajo de sus pensamientos. Levi les tomó una foto, así de cerca como estaban, en esa posición tan íntima.

―No tiene gracia ―dijo ella, cuando lo oyó reír.

―Si quieres, la borras luego ―le respondió, restándole importancia.

Claro que no tenía gracia, porque para ella nada de eso era un juego. Pero aquel era el precio de guardarse los sentimientos.

Aunque ahí terminó todo, Mikasa no lograba contener los exorbitantes latidos de su corazón. Más tarde, cuando almacenó las fotos en su computadora, encontró aquella que les había tomado Levi, y aunque pensó en eliminarla, finalmente la guardó, aunque en una carpeta personal donde guardaba sus cosas.


Al día siguiente, la mañana transcurrió quieta. El tiempo era agradable; fresco y de cielo parcial, no hacía calor y la cantidad de frío era soportarle. Levi y Mikasa estaban sentados en el césped, como siempre, atentos a sus apuntes, solo para corroborar que lo sabían todo. Eran los mejores de la clase, contra los deseos de todos los demás.

Petra se cruzó por su camino, saludando a Mikasa. Luego le hizo una seña, indicándole que le enviaría un mensaje. Y gracias a eso, Mikasa comprendió que no había hostilidad entre ellas.

Entonces… ¿el plan seguía en pie?

Después de todo, fue Petra quien se fijó en Levi, en primer lugar.

―¿Nos vamos? Ya va siendo hora ―indicó Levi, poniéndose de pie para luego recoger sus cosas.

―Sí, vamos ―espabiló Mikasa.

―Voy a pasar al baño antes.

―Te acompaño y te espero fuera ―dijo Mikasa.

Cuando llegaron al baño, Mikasa se dirigió a la pared contraría del mismo, para aguardar allí. No obstante, se quedó viendo a Levi cuando este ingresó por la puerta para perderse dentro del lugar. Justo antes de entrar por completo, notó que el joven recibió una llamada, y la contestó en el acto, gesticulando una mueca de extrañeza.

Por algún motivo surreal, que nunca lograría explicar, una extraña sensación la recorrió de pies a cabeza, inquietándola, e incluso, un gusto amargo se había producido en su boca. Los minutos que avanzaban sin tregua, volviéndose demora, atizaron todas sus preocupaciones. ¿Quién se demora tanto en el baño?

Hizo un mohín, y se cruzó de brazos. ¿Debería llamarlo para apurarlo? Después de todo, tenían exámenes de finales de semestre, y por mucho que rogasen, si llegaban tarde, no les dejarían entrar.

Estaba tomándose su tiempo… Era tan extraño.

Otros muchachos no tardaron en aparecer, tras salir del baño. Cuchicheaban, eso pudo ver Mikasa. Susurraban entre ellos, y miraban hacia atrás recelosos.

Sí, sí, yo también creo que debió sucederle algo ―alcanzó a oír, antes de que las personas se alejasen del todo.

La alerta se desató en su cerebro. Mikasa entró en un estado de pánico inmensurable y el mal presentimiento escurrió por sus venas como una fría cosquilla.

No… pensó.

No lo dudó, ni un solo segundo. Entró al baño de hombres, dándole empujones a todo el mundo y luchando contra aquellos sujetos que intentaron detenerla por imprudente. Le gritaron, le reclamaron, la echaron, pero ella siguió avanzando, haciéndolos desaparecer a todos de su mente, porque su objetivo era uno solo: Levi.

Temía que le hubiese sucedido algo. Un mareo, un desmayo repentino. Todo el estrés que padecía era nocivo para aquel tumor maldito que tenía en su cabeza.

Una vez dentro, pudo ver que Levi no se hallaba a simple vista. Supuso que estaba dentro de uno de las casetas. Ni siquiera recordaba las zapatillas que el joven traía, como para haber hecho su búsqueda más expedita.

―¡Levi! ―lo llamó―. ¿Dónde estás?

―¿Mikasa? ―lo oyó responderle.

Su voz ya no era la misma. Se oía cortada, como si no tuviese cuerpo.

Mikasa volteó, presurosa. Vio la puerta del baño que estaba entreabierta y se dirigió hacia ella para encontrarse a Levi, sentado en el retrete, apoyando los codos en sus muslos. Cuando este alzó la vista, ella pudo ver que sus ojos estaban rojos, venosos, mojados, así como sus mejillas.

―¿Qué pasó? ―preguntó Mikasa, con la voz hecha un hilo. Se puso en cuclillas, para estar más cerca de él.

―Mi mamá… falleció ―dijo, haciendo una mueca de frustración, mientras más lágrimas caían por sus mejillas.

Mikasa pudo jurar que sus latidos se detuvieron en ese preciso momento. Se le congeló el alma, el cuerpo. No pudo decir nada, no por falta de empatía, sino porque no pudo salir de su impacto por lo menos durante los primeros minutos. El estómago se le encogió hasta doler.

―Mi tío viajó en avión esta mañana para llegar rápido. Viene a buscarme en unos minutos, en su auto. El cuerpo de mi madre será trasladado durante la tarde ―inhalaba entrecortadamente, interrumpiéndose a sí mismo en cada respiro―. No sé qué hacer, el examen… ¿Qué hago? ―miró a Mikasa, quien parecía más confundida que él, si se podía.

―¡Ándate! ―exclamó―. A la mierda el examen. No importa. Que nos reprueben, hacemos la asignatura de nuevo. Si nos ponen mala calificación, la subimos con otro examen. ¡Da lo mismo! Ándate, ahora ―espetó―. Yo estaré contigo en todo momento ―le dijo, mientras sostenía su rostro con ambas manos―. No te dejaré, te acompañaré en todo. Pero necesitas irte, ve a casa, dúchate, ponte cómodo y come algo. No puedes estar así. Hazme caso…

Levi asintió. Y abrazó a Mikasa, acomodándola entre sus piernas. Un abrazo, y era todo cuanto podía necesitar. Ni una palabra, porque nada podría solucionarlo, excepto su presencia allí.

―Gracias.

―No me des las gracias ―Mikasa lo haló de las manos para sacarlo del baño―. ¿Sólo traes tus apuntes? ―inquirió.

―Sí, mis cosas están en la sala de clases… mi mochila, mi cazadora, mi… todo ―dijo, aturdido, mientras avanzaba al lado de su amiga.

―No me sigas, pánfilo ―lo regañó, Mikasa―. Vete, de inmediato. Ve a esperar a tu tío. Yo iré por tus cosas, yo hablaré con el profesor, yo me encargaré de todo aquí, ¿está bien?

Y Levi asintió por inercia. Estaba totalmente ido.

Partió. Lo vio alejarse, caminando apresuradamente para salir del edificio. Sus hombros encorvados hablaban de la derrota que debía doler en lo más profundo de su alma. Habían tenido tantas esperanzas de que Kuchel se recuperase, de que volviese de su viaje, pero había sido imposible. Al parecer, la enfermedad estaba demasiado avanzada.

Mikasa corrió hacia su sala, ignorando a todos a sus alrededor. El profesor ya se encontraba allí, la clase había comenzado apenas cinco minutos atrás, y él comenzaba a dar las indicaciones del examen. Sus compañeros se exaltaron cuando la vieron entrar corriendo, para dirigirse sin dudar al mesón de Levi y comenzar a ordenar sus cosas.

Los murmullos no tardaron en llegar, hambrientos por querer saber qué había pasado, por qué Levi no estaba ahí, y por qué Mikasa estaba llevándose sus cosas.

―Mikasa ―la llamó el profesor, confundido y algo molesto por la irrupción.

Mikasa guardó todo en su lugar. Cogió sus pertenencias y las de Levi, y salió fugaz de la sala, provocando que el profesor, irritado a esas alturas, la siguiese, llamando su nombre. Sabía que irse sin más era una falta de respeto y que debía darle explicaciones al profesor, pero sabía que estaban rodeados de oídos morbosos y de bocas chismosas, que estaban a la espera de material. Hizo que su profesor la siguiera un par de pasos al salir del salón, suficientemente lejos para que nadie pudiese oírles.

―¿Qué le pasa? ―soltó el profesor, sin esconder su enfado―. Tiene examen en cinco minutos más, ¿a dónde va? Y con las cosas del señor Ackerman…

―La madre de Levi acaba de fallecer. Necesito retirarme, por favor. Tiene que entender… está solo… ―Mikasa no se había dado cuenta de que había comenzado a llorar.

El hombre frente a ella la contempló con horror en la mirada. Verla llorar no hizo el asunto menos grave. Era un profesor relativamente joven, y en sus años de docencia, nunca le había tocado vivir algo así. Conmocionado, solo pudo asentir, mientras luchaba por mantener la boca cerrada.

―Váyase… tiene mi permiso, váyase. Y dele mi más sentido pésame al señor Ackerman.

Mikasa asintió, y sin decir más, desapareció de su vista tan rápidamente como había llegado.

Antes de salir de la universidad, divisó a Petra. Y aunque esta intentó acercarse a ella, Mikasa siguió su camino, pidiéndole perdón con la vista. Petra quedó perpleja, sobre todo ante la visión de Mikasa cargando las cosas personales de Levi. No logró comprender por qué, pero supo que algo grave había sucedido cuando notó que Mikasa lloraba.

.*.

Petra envió un mensaje a Mikasa, preguntando qué había sucedido. Y a pesar de las buenas intenciones, cuando Mikasa le contó, ella recibió el mensaje, y lo vio, mas no dijo nada. Reacción suficiente para que Mikasa ignorase su teléfono durante toda la jornada fúnebre, o al menos cualquier mensaje que no fuese de Levi.

Los padres de Mikasa fueron comprensivos con ella y su abrupta desaparición. Un par de horas más tarde, y tras notar las casi treinta llamadas perdidas de sus dos progenitores, notificó que estaba viva, pero con una muy mala noticia que darles. Tras enterarse, los padres de Mikasa quedaron devastados. El joven era bien recibido en la familia. A decir verdad, a esas alturas, era uno más. Su pérdida calaba hondo en ellos, quienes sabían que ya no le verían volver a casa con el mismo aura.

Sin embargo, se organizaron como la familia que eran, cuando Mikasa por fin volvió, luego de haber pasado todo el día y la noche junto a Levi. Al día siguiente era el entierro, y su madre, Akane, a pesar de estar preocupada por Levi, le exigió a Mikasa volver a su hogar para comer algo y ducharse. Cuando su hija volvió a casa, Akane se encontró con un cadáver viviente.

―¿Cómo está él? ―preguntó su padre, sirviéndole un par de tostadas.

―Irreconocible ―musitó Mikasa, mientras se quitaba su parca, para disponerse a desayunar. Eran las 9:00am.

―¿A qué hora es el entierro, querida? ―quiso saber su madre, quien la acompañaba en la mesa.

―Hoy, a las 17:00 ―Mikasa se dejó caer con pesadez sobre la silla frente a la mesa.

―Tienes tiempo de dormir ―exigió su padre―. No importa si es una hora o dos, pero duerme algo. Sé que quieres empatizar con Levi, pero no es sano para ti estar así.

Mikasa asintió con suavidad.

Aunque se tendió sobre su cama, no consiguió dormir ni un minuto. Se quedó al pendiente de su teléfono, y de si Levi respondía o no sus mensajes. No obstante, sus respuestas eran concisas: sí, no, ok.

Petra se dignó a decir algo más, y a pesar de que tardó un día completo en responder, su respuesta no llenaba ninguna expectativa: «Oh… dile que lo siento». Si le gustaba tanto, ¡si lo amaba tanto!, ¿por qué no movía su jodido trasero para ir a verle al entierro? Ni siquiera había intentado aparecerse en el velatorio.

«Si la persona que yo amo está pasando por un momento así, lo primero que yo haría sería tomar cartas en el asunto», pensó Mikasa, furiosa. Y luego se dio cuenta del significado de sus propias palabras. Liberó un gruñido y aventó el teléfono lejos.

Decidió tomar una ducha antes de partir.

Las cosas fueron tan vertiginosas que no dimensionó el momento en que se hallaba de camino a la iglesia junto a sus padres, en el auto.

―Hay que pasar a comprar flores ―dijo su padre.

―Papá, vamos luego. No importa ―Mikasa estaba ansiosa.

No quería flores, no quería nada. Solo verle, estaba desesperada por verle, por estar con él.

―Hija, las flores son importantes. Representan nuestro afecto como familia, que Levi sienta que le tenemos en consideración ―dijo su madre.

―Con nuestra presencia es suficiente ―rezongó, agitando sus piernas, inquieta.

―Aquí venden flores ―dijo su padre, ignorándola. Y se estacionó.

El último tramo lo viajaron en silencio. Mikasa apoyó su mejilla en el vidrio de su ventana, mientras miraba el paisaje citadino y estéril sin mayor interés. La música en el vehículo sonaba a volumen prudente, relajando la ansiedad que Mikasa sentía bombear en su interior.


Mikasa no sabía de dónde sacaba Levi su entereza. La vida lo machaba sin piedad, lo aventaba al suelo y lo pateaba sin darle espacio a respirar, lo quemaba, lo golpeaba a su antojo, y aun así él tenía fuerzas para levantarse todos los días.

Ahora estaba solo, su tío vivía lejos, y tras el fallecimiento de Kuchel, ya no tenía motivos para quedarse cerca. El hombre le había prometido entregarle dinero para que pudiese vivir mientras finalizaba sus estudios. Después de todo, Levi era becado, no tenía problemas para cancelar el arancel, por lo que la ayuda de Kenny le serviría para mantener su hogar.

Mikasa le ayudó a vaciar la habitación de su madre, pintarla y redecorarla. Levi no quería recuerdos. Y a pesar de que alguna vez se imaginó a sí misma visitando el hogar de Levi, conociendo su habitación y el estudio donde solía grabar sus canciones, nunca pensó que el fallecimiento de Kuchel fuera a ser el motivo para ir por primera vez al lugar.

―Te dije que había asumido hacía tiempo que esto iba a ocurrir ―le decía, cuando ella le preguntaba por qué fingía que todo estaba bien.

Levi necesitaba llorar, enfadarse, sacar todo afuera. Pero él mantenía su constante impavidez.

Mikasa no entendía. Y solo sabía que se mantendría a su lado, ocurriese lo que ocurriese.

Porque, de todos modos, Levi volvería a necesitarla. El estrés que habían significado los últimos eventos había afectado directamente a su depresión y al tumor que llevaba en su cabeza testaruda. Los mareos y los vómitos se volvieron repetitivos, incluso los desmayos, ni hablar de los dolores de cabeza.

Y aunque soliese levantarse, llenándose de energía, los malestares se la arrebataban en menos de lo esperado, dejándolo sin motivación. A veces no dormía, otras no comía. Y por eso, Mikasa debía estar ahí, sacándolo a rastras de su hogar para hacerlo respirar aire fresco.

Lo llevaba al centro comercial, a dar vueltas, al cine, a comprar, al Parque de los Infieles, a los juegos del parque de diversiones, al acuario, al zoológico (aunque Levi desistía de pasar mucho tiempo en este último por el estado de conservación de los animales), a cualquier lugar que le hiciera olvidar aunque fuese por un sencillo momento.

En la universidad le brindaron todo el apoyo que necesitaba. Aceptaron que Mikasa cuidase él, conscientes de que el joven no tenía a nadie más a quién aferrarse, y debido a su complejo estado de salud, su caso era especial. Nadie preguntaba ni decía nada si le veían salir del salón sin motivo alguno, ni mucho menos se atrevían a especular cuando Mikasa lo seguía.

Las crisis siguieron ocurriendo, y cada vez más fuertes.

Como aquel día, en que Mikasa debió llevarlo de vuelta a su casa. Se desmayó al apenas entrar al salón de clases, y no pudo continuar con su jornada. Al llegar a su casa, Mikasa lo obligó a tomar una ducha, mientras ella le preparaba algo de comer y ordenaba su habitación. Lo acostó, experimentando nuevamente aquel sentimiento de la hermana mayor, solo que ahora era incluso más fuerte; el lazo que la unía a él se estrechaba fuertemente.

―Me veo patético ―masculló él, sentado en su cama, semi tapándose con la colcha―. Un día de estos, terminarás limpiándome el culo. Por favor, ahórrame ese día y pégame un tiro.

―Cállate, te va a dar un calambre en la boca ―espetó Mikasa, recostándose de estómago a su lado―. Come ―le indicó la bandeja que se hallaba en su buró.

Levi aceptó a regañadientes.

―Háblame de algo que me distraiga ―le dijo, mientras comía pausadamente.

Mikasa tenía la vista imantada a la pantalla de su teléfono cuando él lo mencionó. Y tras pensar en un tema que pudiese distraerlo, la idea llegó por iluminación divina cuando Petra le envió un mensaje: «¿Cómo ha estado el hombre más bello del mundo?», y adjuntó una carita triste. Entonces, recordó la verdadera razón porque la que se había acercado a Levi. Y aunque el plan parecía lejano a esas alturas, quiso intentarlo, para resolver el asunto de una buena vez por todas, y así hacer feliz a Petra o terminar con toda esa estupidez de raíz.

―Nunca me has hablado de tus gustos ―comenzó.

Levi enarcó una ceja.

―Sabes todo de mí ―mencionó, con obviedad.

―Pero nunca me has dicho tus gustos sobre chicas o chicos, o lo que sea ―bromeó, y él le dio un repaso asesino.

―¿Es algo que deba conversar contigo? ―inquirió, curioso.

―Soy tu amiga ―dijo ella sin más―. Piensa que algún día podría encontrar a la mujer de tus sueños…

El silencio fue el motor que la impulsó a levantar su mirada hacia Levi. Y él la observaba ya de antemano, con ojos penetrantes y una sonrisa engreída en el rostro, como si detrás de aquella expresión jactanciosa se escondiera un mensaje que, se suponía, ella debía entender.

―¿Qué? ―preguntó algo brusca.

―No, nada ―meneó su cabeza, para volver a comer―. Entonces, pregúntame.

―¿Y si hago un certamen? Hablaremos de todas las chicas que cursan nuestro mismo año en nuestra carrera, y tú me dirás qué te parecen. ¿Trato? ―sugirió Mikasa, sabiendo que la última muchacha en la lista sería Petra, porque era el plato fuerte.

―Vale ―accedió, bastante interesado en este juego.

Mikasa enumeró a todas las chicas que conocía de su carrera. Y a cada una de ellas, Levi respondía breves comentarios en cuanto a por qué sí o por qué no.

―Rico.

―Muy estirada.

―Nifa.

―No es mi tipo. Aunque tiene una personalidad agradable.

―Hange.

―Enferma mental.

―Annie.

―Me aburre su cara.

―¿Y la tuya? ―rio Mikasa, ante las ocurrencias de Levi―. Tienes valor, he de admitir.

―Continúa.

―Ymir.

―¿Quién es ella?

―Vale. ¿Historia?

Levi se quedó pensando demasiado tiempo, mesurando su respuesta.

―¡Te gusta ella! ―exclamó Mikasa, con grandes ojos saltones.

―No digo nada aún ―Levi intentaba reprimir una sonrisa.

―Lo estás pensando.

―Es bonita ―dijo al fin―. Puede ser ―dijo, dejando la bandeja de nuevo en el buró.

A Mikasa le escoció el comentario, y no logró descifrar por qué. O, bueno, sí sabía por qué, pero estaba segura de que ella no se entrometería en los sentimientos de Levi; por algo, había decidido acallar los suyos. Por ende, ignoró sus injustificados celos y continuó con su fisgoneo.

―¿Y Petra? ―soltó ya sin más rodeos.

―¿Petra?

―Está en la sección contraria a la nuestra, ella es mi amiga. Pero también cuenta. ¿La conoces?

―Ah, sí ―asintió, luego de hacer memoria―. Siempre estaba contigo en los recesos. Las veía muy seguido…

¡Bravo!, ahí estaban las sospechas de Petra, pensaba Mikasa. Levi sí la miraba.

―Así es, ¿la mirabas? ―quiso saber, Mikasa, ansiando la tan esperada respuesta afirmativa.

―No ―dijo entonces, casi susurrando―. Te miraba a ti.

El tiempo se detuvo allí, en esa confesión. Mikasa fijo sus ojos en los de Levi, enseñándole una expresión temerosa, confundida, aturdida, cándida. Sus labios entreabiertos y sus ojos brillosos la hicieron lucir más bella que nunca. Sintió que los latidos de su corazón se ralentizaron, y eso le provocó una sensación de aletargamiento. No podía creer que él hubiese dicho algo así.

―¿Por qué a mí? ―bajó el rostro, cuando ya no pudo sostener la lucha contra los intensos orbes azules de Levi.

―Me parecías alguien interesante.

―¿Y Petra? ―insistió, sintiéndose tremendamente mal, de pronto.

―¿Cómo?

―Hablábamos de ella recién. Hazme un review ―pidió, jugando con sus manos, nerviosa.

―Es… ―Levi dudó― atractiva ―y Mikasa retomó sus esperanzas―. Eso. Fin ―y se las arrebató de nuevo.

―Oye, es mi amiga ―lo regañó.

―Estoy siendo sincero ―confesó―. Es atractiva, pero no es mi tipo. Se ve demasiado… polite.

―¿Señorita? ―dijo Mikasa, enarcando una ceja.

―Exacto. Muy fina. Me sentiría un troll a su lado. No, no. Para nada ―negó luego―. Continúa.

―No sé quién más ―mintió, derrotada ante los comentarios de Levi.

Adiós sueños de Petra, adiós plan, adiós todo. Ya no le interesaba saber qué más pensaba Levi, tenía lo que quería, su mente ahora trabaja a mil por hora para arreglar ese desastre y ver qué respuesta podía entregarle a Petra sin romperle el corazón en mil pedazos. Porque sí, Levi tenía razón, ella era demasiado delicada.

―No me has preguntado por ti ―la sacó de sus cavilaciones.

Mikasa encontró su mirada nuevamente.

―¿Por qué habría de preguntar por mí?

Él encogió los hombros.

―Dijiste que preguntarías por todas; tú eres una del grupo ―señaló con obviedad.

―No preguntaré por mí ―Mikasa negó con la cabeza, emulando una expresión de hastío, como si él estuviese fastidiándola, cuando el fondo hablaba más que en serio.

―¿Temes a la respuesta?

Mikasa abrió su boca para protestar, pero no tardó en darse cuenta de que sí, le temía a la respuesta.

«¿Entonces va en serio?», pensó. Él iba a responderle, pero ella no estaba segura de querer saber. Mas sí sabía que era una buena oportunidad de conocer sus verdaderos pensamientos sobre ella. Si la respuesta era una negativa definitiva, podría ayudarla a olvidar cualquier absurda idea que los plantease a ambos en una relación. Sería martirizarse, pero por un bien.

―Mikasa ―dijo ella, casi en un susurro, rindiéndose ante el veredicto final. Levi inclinó su cabeza hacia un costado, desentendido―. Mikasa ―repitió ella, esperando la cruel verdad.

Levi la contempló con dulzura unos instantes, antes de decir:

―Tengo muchas ganas de ir a la playa. Creo que es el único lugar que podría distraerme y sacarme de este calvario. Si vienes conmigo, te aseguro que te doy la respuesta.

Mikasa no podía creer lo que estaba oyendo, sintiendo, viviendo. Pero la curiosidad era más fuerte. Aceptó, no podía quedarse así.

.*.

Las olas se meneaban violentas, golpeando la orilla con vigor. Espuma blanca, arena pálida, océano azul infinito y el aroma salado. La brisa fresca despeinaba el flequillo de ambos, mientras caminaban por la orilla de arena húmeda, marcando sus pisadas en un mundo efímero, dejando un rastro que se borraría cuando subiese la marea. No obstante, ya estaban ahí, y no había nada que pudiese evitarlo, aunque la evidencia dejase de existir.

El sol comenzaba a ponerse, acariciando el borde entre el cielo y mar, desplegando una paleta de colores intensos: azul, morado, naranjo, amarillo. Y las aves eran dibujos en tinta negra, atravesando el horizonte con su vuelo uniforme. De fondo, se oía el agudo canto de las gaviotas.

Levi reía cuando Mikasa chillaba para correr a arena firme cada vez que el agua subía más de lo que ella había alcanzado a calcular.

El paseo era lento, pero constante. Concentrado en la inmensidad del mar y del cielo, Levi pensó en su madre. La lucha había sido larga y ella lo había dado todo hasta el final, incluso Kenny, dejando su vida de lado para entregarse a ella. A Levi le dolió perderla, pero entendió que este era el descanso que ella tantas veces había añorado y que se negaba a expresar en voz alta para no hacerlo enfadar a él. Levi sabía que ella amaría verle feliz, ahora y siempre. No querría verle sufrir. Y según las palabras de Kenny, ella, en sus últimos lamentos antes de morir, quiso que le hiciera saber a Levi que debía vivir y ser feliz lo que más se pudiera, porque la vida era un suspiro que no puede atraparse en la mano. Con esa petición en mente, encontraba la fuerza para seguir viviendo cada día. La segunda razón, revoloteaba por la playa, escapando del agua marina.

―Levi, mira ―señaló―. Un muelle…

Se dirigieron hasta ahí entonces, a descansar un momento antes de seguir su caminata. Y probablemente, luego irían a comer algo al centro comercial. Lo mejor de todo, es que ambos tenían sus teléfonos en silencio. Sin molestias por un día entero. Así lo habían acordado.

Mikasa llegó hasta la pequeña construcción de palos de madera viejos y desarmados; era más bien la reliquia de lo que alguna vez fue un muelle. Sin embargo, se animó a darse impulso para sentarse en una de las barandas tras comprobar que era la única que se mantenía firme y en pie.

―Mira qué vista ―le dijo a Levi, atrayéndolo, ubicándolo de espaldas hacia ella, para que viese el atardecer.

Lo abrazó, rodeándolo por el torso, y apoyó su mentón en el hombro de él. Estaban a la altura perfecta para sentirse cómodos. Levi le acarició las manos que estaban unidas sobre su abdomen. Mikasa estaba acostumbrada a las caricias que se daban aleatoriamente, tanto, que no podría diferenciar entre las que eran amistosas y las que buscaban algo más.

―¿Quieres tu respuesta ahora? ―enunció él, sorpresivamente.

―¿Mí qué? ―Mikasa estaba tan nerviosa. Nunca se había sentido así al lado de nadie. Se sentía tonta y adolescente sonrojándose de esta manera tan absurda.

―Preguntaste por Mikasa ―dijo él, concentrado en el atardecer.

―Levi… solo era un juego para distraerte, no tienes que responderme ―tampoco era que quisiera importunarlo.

―¿Segura? ―giró su rostro, para encontrarse con el de Mikasa a la altura del suyo.

Mikasa soltó el abrazo, para apoyar ambas manos en los hombros de Levi y no caerse; estaba segura de que podría caer en cualquier momento. Estaban a centímetros del otro. Esta puesta en escena le recordaba a la parte crucial de una película: cable rojo o cable azul. Y ella ya no sabía cuál era la decisión correcta, si valía la pena o no saber lo que Levi tuviese que decir… Pero a esas alturas, cuando la centrifuga de emociones los había sacudido sin clemencia, no debía ser un asunto tan trascendental. ¿Qué podía decirle, de todos modos?

―Está bien ―suspiró, rendida, cerrando sus ojos, como si así pudiese esconderse―. ¿Y Mikasa?

―Mikasa ―hizo una pausa, porque quería que ella lo mirase, que no lo evitase. Ella abrió sus ojos lentamente, y, asimismo, sus labios para liberar el suspiro inquieto que anhelaba escapar. Y él, ante su mirada cándida y dulce, confesó―: Mikasa es perfecta.

Mikasa parecía una niña pequeña que acababa de terminar de llorar. Se mordió el labio inferior mientras su rostro reflejaba vergüenza y timidez. Sus ojos estaban húmedos por la emoción, y parecía que en cualquier momento iba a cubrirse el rostro con las manos.

―Te quiero tanto, niña estúpida ―susurró, y se acercó para besarla.

La posición no era cómoda, pero Mikasa recordó que Levi Ackerman tenía problemas con su giroscopio. Daba lo mismo, si este era el gaje a soportar para tener el privilegio de sentir la calidez de los labios que la besaban como si pidieran permiso. En general, él aliviaba cualquier malestar. Suavemente, Mikasa lo giró hasta dejarlo frente a ella, sin despegarse de su boca en ningún momento, y al tenerlo frente a sí, finalmente lo abrazó.

Pero tenerlo de frente había sido un error (supuestamente), porque al fin él tuvo la libertad de moverse hacia donde quisiera, con el ritmo que quisiera. Ella se dejó llevar, temerosa de ejercer algún movimiento que la hiciese despertar de este ensueño. Lo sabía, se había dado cuenta, pero lo había negado, temerosa de que Petra se enterase, temerosa de enfrentarse a sí misma y sus inseguridades: estaba enamorada de Levi. Y a esas alturas de la vida, cuando el año comenzaba a acabarse y Petra parecía tan lejana, no le importaba admitirlo.

Tomó a Levi del rostro para llenarle de besos breves sus labios preciosos, y luego inclinó su cabeza hacia un costado para permitirse mejor acceso. Estaba fascinada con la manera en que él la besaba, despertando sus censores sin mayor esfuerzo. Su lengua cálida y húmeda era un deleite escondido en su boca exquisita; Mikasa parecía no poder detenerse. Y el suave sonido de su respiración no ayudaba. Hacía tanto tiempo que no percibía esa tranquilidad provenir de él.

Y si besarlo conseguía este estímulo, feliz sería de hacerlo eternamente.

El besó cesó cuando Levi mordió a Mikasa con demasiada fuerza en su labio inferior.

―Oye, ¡monstruo! ―protestó ella.

―También tengo malo el medidor de fuerza ―dijo él, sonriéndole. Sus mejillas estaban rojas.

Fue como si hubiese recuperado vida y color.

―Te adoro ―musitó Mikasa, sin querer interrumpir la atmósfera―. Te adoro tanto. Te adoro, te adoro…

Y volvió a besarlo.

―Gracias ―susurró él entre besos―. Gracias por estar conmigo, gracias por quedarte, gracias por remar conmigo contra esta corriente de mierda que me arrastra…

―No me des las gracias. Para eso estoy ―le dijo, mientras lo abrazaba con fuerza y él le correspondía con la misma intensidad―. Y siempre estaré…

―No me faltes, te lo ruego ―murmuró él contra los labios de Mikasa.

―Ni tú a mí ―pidió ella de vuelta.

Tenerlo en sus brazos nunca había sido de bueno, porque antes sentía dolor y temor. Empero, ahora, sentía que la vida tomaba otro sentido. El desafío ya no era quererlo o no quererlo, el desafío era enfrentarse a Petra.

Pero si Levi le correspondía, y estaba junto a ella durante mucho tiempo más, la vida seguiría siendo tan sencilla como en ese momento en que él soltaba breves besos sobre sus labios, porque al hacerlo la desequilibraba y ella temía caerse del muelle.

Así de sencilla se suponía que debía de ser…