Día 3: Vida de casados.

Disclaimer: Los personajes pertenecen a Hideaki Sorachi


Fuera de planes.

Veía como corrías de allá para acá, un tanto nerviosa por todo lo que estaba ocurriendo y notaba todas las veces en las que abrías la nevera para sacar cada vez más de ese pudín de chocolate que, según tú, calmaba tus ansias.

Te decía que te tranquilizaras, pero te ponías peor. En serio, China, ¿por qué no podías estar un poco más calmada? Me tomabas del brazo, a veces me golpeabas el hombro y yo por costumbre te insultaba. Parecías una gorila salvaje y es que tu alto peinado que tan bonito recién se veía, ahora estaba todo desarreglado haciendo que algunos mechones de tu cabello bermellón se depositaran sobre tu frente y tus mejillas.

— ¡Estos hijos de puta de la tienda! ¡¿Por qué tuve que comprar el maldito vestido ahí?! ¡Voy a demandarlos, definitivamente voy a demandarlos! – me decías completamente alterada. En cierto punto ya me había acostumbrado a tus gritos, después de todo, ese día cumplíamos un año de casados.

— China, cálmate, ¿sí? Si no te calmas te pondré una correa e iré a la función yo solo.

— ¡¿Una correa?! ¡Por qué no te pones mejor esa correa en lo profundo del culo, Sádico bastardo! – como siempre, eras sumamente delicada con todas las cosas que decías. – ¡A ver si te gustaría que te arrastrara desde tus redonditas nalgas, eh!

— ¿Redonditas? ¿Piensas que son redonditas? Dime, China, ¿también piensas que son lindas? – y como siempre, yo trataba de sacarte de quicio, más de lo que ya estabas. Y es que de alguna forma te veías tan linda enojada y a punto de golpearme. Siempre me divertía con eso.

— ¡Nunca dije eso, malnacido! – vi cómo te sonrojabas y tratabas de poner una cara de desentendida, pero no te salía ni aunque quisieras. Seguías alterada. — ¡Maldición, maldición, maldición, mierdaaaaa! ¡Maldito vestido!

— ¿Y por qué no te pones uno que ya tienes? – te pregunté mientras arreglaba mi corbata frente al espejo. Al parecer había dicho algo malo porque vi cómo te ponías roja de furia e indignada como ninguna.

— ¿Qué acabas de decir? ¡¿Cómo se te ocurre que voy a usar uno de mis tan usados vestidos en una ocasión tan especial, bastardo?! – me terminaste por decir acercándote demasiado a mí haciendo que nuestras narices se rozaran.

— ¿Ocasión especial? Nunca pensé que verías de esa forma nuestro aniversario. – te sonreí con altanería, pero en realidad estaba feliz de que consideraras esto como algo tan especial.

— Y-Yo… eh… ¡Cállate, bastardo! – y me empujaste para luego marchar nuevamente a la cocina. Luego te vi llegar con otro poco de pudín de chocolate en un plato.

— China, deja de comer. Vas a engordar y luego no tendrás hambre para ir a cenar después de la función… si es que llegamos a la función. – miré mi reloj un instante y vi que eran las 20:00 horas. Seguramente si te lo decía ibas a estallar en rabia. Preferí callar un instante, la obra comenzaba a las 20:15 horas.

— ¡Es lo único que me calma, bastardo! ¡Ya déjame tranquila!

Vi que te sentabas resignada en el sillón de la sala y escuché que sollozabas un poco. Me acerqué a ti y traté de calmarte plantando un beso en tus hombros y en tu cuello.

— Quizás pueda ayudar a que te calmes de otra manera… – te dije susurrándote al oído. Si no podíamos ver la función, por lo menos podríamos usar el tiempo en otra cosa, supuse.

— No estoy de humor, Sádico.

— ¿Ni siquiera por nuestro aniversario? – giraste un poco tu rostro haciendo que mis labios pudieran besarte y adentré mi mano en la bata de levantar que llevabas puesta para así tocar tu blanca piel. – Cambiemos de planes…

Me correspondiste enseguida. Ya sabía yo que no podías resistirte a mis besos, China.

Sin embargo, en esos instantes escuché sonar el timbre de la puerta y vi cómo te levantabas rápidamente para acomodar tu bata y ver tu cara iluminada de alegría.

— ¡El vestido! – dijiste a la vez que corrías hacia la puerta para abrirla y recibir el paquete que tanto ansiabas.

Llegaste a mí, feliz y saltando como una pequeña niña en un parque de diversiones y yo solo atiné a sonreír. Lo que más me gustaba, más que molestarte siempre, era verte con esa sonrisa tan radiante que me enamoraba.

Fuiste a la habitación y yo te esperé en la sala para verte con el vestido puesto, sin embargo…

— ¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO! – Te escuché gritar desde la habitación y acudí rápidamente a tu llamado.

— ¿Qué te pasó, China?

— E-El… vestido… – me dijiste sollozando y pude notar inmediatamente tu problema… La cremallera no subía por tu espalda.

— Te dije que no comieras mucho, porque si no ibas a engordar.

— ¡No estoy gorda, bastardo! ¡¿Acaso no ves que me crecieron los senos?! – me decías mientras te tomabas firmemente tus pechos y los movías de arriba hacia abajo. Hubiera deseado no haberte visto hacer eso en esos instantes porque tuve que aguantarme las ganas de tirarte a la cama. Después de todo el vestido había llegado y eso significaba que los antiguos planes seguían en pie.

Me acerqué resignado para ayudarte con tu problema y me posicioné detrás de ti para subirte el cierre.

—… – guardé silencio un rato, lo que hizo que levantaras sospechas.

— ¿Qué ocurre, Sádico?

— No me mates, China. – le dije al darme cuenta de que producto de la fuerza que había ejercido, el cierre se había descocido y se había desprendido de una parte del vestido.

Cuando notaste lo que había ocurrido, tu iluminado rostro se había desvanecido y te encontrabas cegada por la furia.

— ¡No sabes hacer nada bien, bastardo! ¡Vete de aquí! – me gritaste y me echaste a patadas de la habitación para cerrar la puerta inmediatamente en cuanto estuve fuera.

— ¡Ábreme la puerta, China!

— ¡No!

— ¡Entonces ábreme las piernas! – te dije para ver si podía cambiar un poco tu humor, pero al parecer había empeorado.

— ¡NO JODAS AHORA, BASTARDO! ¡DÉJAME TRANQUILA! – me dijiste, para luego seguir hablando por lo bajo. – Salgo en un momento… – te escuché en tono preocupado y como si estuvieras tramando algo.

Al cabo de media hora, yo ya me había desabrochado un poco la corbata y estaba sentado en el sillón con los brazos estirados y mirando al techo completamente aburrido. Fue entonces que sentí como abrías la puerta y salías de la habitación con el vestido puesto. Lo habías arreglado.

Te veías preciosa, como toda una elegante dama. Con tu cabello recogido en un sutil pero bello moño con detalles dorados. Tu cuello era adornado por una hermosa gargantilla de gemas azules como tus ojos y tu vestido era de un rosa pálido con tirantes reposando sobre tus hombros y falda hasta un poco más arriba de las rodillas. Tus zapatos eran blancos con un tacón sutil que hacía que tus piernas se vieran completamente hermosas.

Mi corazón se había acelerado como el día de nuestro matrimonio.

— Creo que por ser nuestro aniversario seré sincero contigo. – te dije y me quedaste mirando emocionada esperando mi respuesta. – Te ves horrible.

— Tú te ves aún más horrible, bastardo. – me dijiste para luego sonreír dulcemente. Ya teníamos nuestra forma de entendernos a la perfección.

Me tomaste del brazo indicando que nos fuéramos y salimos de casa para poder festejar nuestro aniversario.

Al llegar a la función nos dimos cuenta de que esta ya había terminado. Pude ver tu decepción en tus ojos y entonces te pregunté algo que quizás te levantaría los ánimos.

— ¿Quieres ir a cenar? – te dije y te mantuviste callada unos segundos para luego mirarme a la cara.

— ¿Era necesario hacer algo tan elegante para nuestro aniversario? – me dijiste dudosa y yo solo atiné a mirarte un poco extrañado. – Digo, nunca hemos sido así. Nunca hemos sido elegantes ni nada parecido. Míranos, tú con smoking y yo con un vestido fino.

— ¿Entonces no quieres ir a cenar? – te dije sorprendido, era raro que rechazaras la comida.

— ¿Caminemos por las calles de Edo y luego pasamos a comer ramen donde Ikumatsu-chan? – estabas sonriendo divertida. Al parecer era la idea que más se adecuaba a nosotros.

Te tomé de la mano y caminamos por las nocturnas calles de la ciudad mientras conversábamos de temas triviales y sonreíamos bajo la luz de la luna y el manto gigante de estrellas en el cielo.

Te veías feliz y eso era lo único que me importaba.

Pasaron las horas, estábamos satisfechos y habíamos vuelto a casa.

Te quitaste tu vestido y yo me quité mi traje.

Nos acostamos en la gran cama matrimonial y te acercaste a mí con dulzura para recostarte en mi pecho y aferrar tus brazos a mi cuerpo.

— Feliz aniversario, Sougo – me dijiste finalmente a la vez que me sonreías con ternura y me mirabas directamente a los ojos.

— Feliz aniversario, Kagura – te dije correspondiendo tu sonrisa y perdiéndome en el hermoso azul que tenías por ojos para luego plantar un tierno beso en tus labios y taparnos completamente con las sabanas a la vez que acercaba aún más tu cuerpo al mío.

Al fin nos íbamos a dar el tan ansiado regalo de aniversario que tanto esperábamos.