¡Hey! ¿Qué tal? Sé que me atrasé, pero estaré subiendo los demás días que faltan sí o sí, aunque a un ritmo un poco lento ya que ya entré a la Universidad.
Bueno, aquí les traigo el día 4 de la OkiKagu Week: Yoshiwara.
Advertencia: Contiene gore y lemon explícito. Posiblemente tenga OoC.
Disclaimer: Los personajes le pertenecen a Hideaki Sorachi. (Falta un cap para que termine Gintama ;-;)
Sin más que decir, los dejo con la lectura.
¡Espero que les guste! ^^
¡Nos leemos!
Secreto.
La noche había caído sobre la ciudad de la antigua eterna oscuridad.
Desde que Yoshiwara quedó libre de los muros que la rodeaban y podían volver a ver la luz del sol, los transeúntes y lugareños añoraban todos los días y con tranquilidad la tan esperada puesta de sol que tan hermosa se veía para algunos.
Sin embargo, la ciudad seguía siendo cuna de actos ilícitos y prostíbulos, por lo que era común encontrar tráfico de niños, de armas, o demás cosas que serían injustificables a los ojos de la ley. Y era en esos momentos en donde los actos más vandálicos se llevaban a cabo, que la Yorozuya aparecía.
Tsukuyo le había encargado a Sakata Gintoki y compañía que vigilaran a un grupo de vándalos que se encontraban asechando por las calles de Yoshiwara en busca de niños vagabundos a los cuales traficar como esclavos o, inclusive, para hacerlos trabajar en los mismos prostíbulos del lugar.
El permanentado aceptó gustoso, después de todo, había una buena paga de por medio y tendría la oportunidad de ver a las hermosas y exóticas cortesanas que el barrio rojo le ofrecía.
— Kagura, necesito que te mezcles entre las Hyakka, Shinpachi y yo haremos de cortesanas. – había dicho el peliplateado mientras le entregaba el kimono que había usado la chica de cabellos bermellón hace un tiempo atrás la primera vez que habían visitado Yoshiwara, y llamaba a Tsukuyo para que viniera a buscarla.
— Gin-chan, ¿por qué no puedo ser cortesana-aru? ¡Soy una belleza exótica!
— Ni lo sueñes, mocosa. ¿Crees que tu calvo padre estaría muy feliz si te dejo exponerte ante tantos hombres? No pienso hacerlo.
— ¡Papi no se va a enterar-aru! – la chica estaba sollozando y haciendo pucheros como toda una niña pequeña a la vez que la rubia de ojos amatista se acercaba a ella.
— Kagura, ser Hyakka es divertido. Puedes golpear a los bastardos que hacen estragos en la calle y nadie te dirá nada – le dijo a la vez que sonreía dulcemente y cerraba sus ojos.
— ¡Tsukky! – en cuanto la vio, la ojiazul se abrazó a ella. – Está bien, estaré con las Hyakka, a ver si le parto el trasero a más de algún malnacido-aru – había dicho decidida y orgullosa de sí.
El rato había pasado y ya todos estaban preparados para comenzar la misión.
Kagura llevaba su kimono rojo y corto, además estaba usando un moño tomate que se encontraba atravesado de una hermosa horquilla para cabello terminada en una bolita roja con adornos dorados.
Sobre Gintoki y Shinpachi… No había mucho que decir.
— ¡Soy Paako! – decía el peliplateado en un tono cantarín mientras llevaba puesto un kimono elegante de cortesana y su peinado se encontraba en dos coletas. Sin embargo, el relleno que estaba usando en su pecho era tal que hacía que el kimono no se mantuviera siempre en su lugar. Tenía unos pechos más exuberantes que Tsukuyo.
— ¡Y yo Pachi! – Shinpachi también portaba un elegante kimono y sujetaba su cabello en dos trenzas.
Además, las dos "cortesanas" habían abusado mucho de su maquillaje, lo que las hacía ver más extrañas todavía.
— ¿Qué creen que están haciendo? Si se visten así nadie querrá sus servicios y la investigación será un fiasco. – les decía la rubia mientras los miraba cruzada de brazos y con una cara de pocos amigos.
— ¿De qué hablas, Tsukky-chan? Somos hermosas – Gintoki había adoptado una posición "sensual" que trataba de hacer notar aún más sus exuberantes "senos" haciéndolos rebotar con cualquier movimiento y su voz se había agudizado para parecer la de una mujer.
— ¡Por lo menos podrían mejorar su maquillaje!
— Tsukuyo-san, confía en nosotros. – le había dicho Shinpachi a la vez que sonreía cálidamente esperado a que la rubia no siguiera insistiendo con la belleza "natural" de esas dos hermosas cortesanas.
La Hyakka tomó aire y aceptó todo lo que tenían planeado ese par de travestis para luego retirarse de allí y decirle a Kagura lo que debía hacer con respecto al plan.
La chica de cabellos bermellón atendió bien las órdenes y se dirigió a uno de los sectores que debían ser vigilados, ya que por esos lares anteriormente habían detectado actividad sospechosa.
Escuchó unos ruidos y se escondió tras una de las murallas que había cerca para poder espiar al causante del pequeño bullicio que había oído.
— ¡Haz silencio, maldita sea! – decía un hombre alto y gordo, de aspecto asqueroso mientras tomaba a una niña de unos quince años quien estaba llorando y la obligaba a caminar a la vez que tenía su boca tapada con una mordaza y sus manos atadas con una cuerda. – ¿Quieres que te mate aquí mismo acaso?
Kagura seguía observando para poder identificar a alguien más que estuviera con él y así poder seguirlo a cualquier lugar dónde se dirigiera. Quizás así hallaría alguna pista.
— No sabía que los gorilas también podían trabajar en Yoshiwara. – escuchó decir cerca suyo haciéndola sobresaltar un poco e inmediatamente maldiciéndose a sí misma por dejar que alguien la descubriera. Aunque odiaba más que ese "alguien" haya sido quien la haya visto.
— ¿Qué mierda estás haciendo aquí-aru? – le decía completamente enojada y aguantándose las ganas de golpearlo para no crear un espectáculo en medio de la calle.
— Eso mismo debería preguntarte. ¿Qué mierda estás haciendo aquí, China? ¿Y vestida de esa forma? No creo que te lleguen clientes con esa ropa.
— Pues llegaste tú, bastardo-aru – le había dicho la chica de cabellos bermellón a la vez que sonreía con burla y veía como una venita se posaba en la frente del castaño de ojos carmín.
— ¿Entonces no me vas a decir que haces acá? – Sougo se estaba cabreando. ¿Por qué tenía que encontrársela justo cuando estaba investigando un extraño caso de secuestro? De todos modos, estaba encubierto, por lo que portaba su típica vestimenta de cuando andaba de civil.
—No te importa, déjame sola. – le decía ella a la vez que volvía la vista de nuevo al callejón en donde había visto a ese extraño hombre, sin embargo, ya no se encontraba. – Mierda-aru… – dijo por lo bajo para que el castaño no escuchara.
— Oye, ¿sabes que es muy peligroso andar por acá? Más aún cuando es de noche. Mejor devuélvete a la Yorozuya a comer sukonbu y a jugar con tu perro gigante.
— ¡Ya cállate, Sádico bastardo-aru! ¡Sabes que puedo defenderme sola, déjame tranquila y anda a jugar tus juegos BDSM con alguna prostituta! Por eso estás acá, ¿no? – Kagura seguía observando el callejón, por si podría encontrar a alguien más que saliera de alguna de las puertas que se encontraban allí, como algo parecido a un cómplice del tipo que ya se había ido.
— ¿Y qué si vine para eso? ¿Te molesta aca…?
— ¡Ssshhh! – lo calló. Sinceramente la chica le estaba tomando menos atención de la que el castaño le estaba reclamando en esos momentos, estaba concentrada en ver quién abría la puerta del oscuro callejón. De seguro al fin podría conseguir alguna pista del bastardo que se había llevado a esa niña. – Te tengo… – dijo por lo bajo sin que el castaño la escuchara al notar como el hombre de cabellos negros y gordo, igual que el otro infeliz, tomaba su teléfono para llamar a su "Aniki".
En cuanto vio que el hombre salía por el otro lado del callejón para tomar un auto, ella se apresuró y comenzó a correr y a saltar por los techos de las viviendas de Yoshiwara dejando a Okita solo y confundido en ese lugar.
— Déjala aquí, apresúrate – escuchó decir la bermellón mientras espiaba por el entretecho de la casa donde había llegado por seguir al cómplice del secuestrador de esa niña. – ¿Crees que nos den buen dinero cuando la vendamos al prostíbulo? – decía "Aniki" a la vez que se saboreaba asquerosamente los labios en cuanto dejó a la niña en el piso, aún atada y amordazada.
— Aniki, ¿no la ves? Ese cabello tan negro y largo es precioso y esas pestañas son tan delicadas que nos darían un dineral por ella… Me pregunto… ¿La aceptaran siendo aún virgen, Aniki?
Kagura había agudizado sus sentidos. Observaba cómo los ojos asquerosos de esos bastardos gordos veían a la pobre chica con clara perversión y cómo ninguno de los presentes se quedaba atrás.
No solo eran dos los que se encontraban ahí, sino el grupo completo de traficantes de niños. Todos de mediana edad e igual de repugnantes que su jefe, con anillos de oro y collares del mismo material.
Y en un instante, el jefe tomó a la pobre chica por el cuello y comenzó a lamer de manera depravada su rostro. Kagura estaba sintiendo como su pecho ardía y como su impotencia la estaba consumiendo.
¿Qué creían que le estaban haciendo a la pelinegra? Era sumamente asqueroso, sin embargo, le habían pedido que no interfiriera y que por cualquier cosa, contactara con la Yorozuya.
Tomó el microtransmisor que tenía pegado en su sombrilla morada y trató de comunicarse con Gintoki y Shinpachi, sin embargo, no había caso. En el lugar no había señal.
— ¡MMMMHHHH! – Escuchaba cómo la pobre chica trataba de gritar pero la mordaza no la dejaba.
Entonces vio que uno de los hombres comenzó a tocar las piernas de la pelinegra y se acercaba rápidamente a su intimidad para plantar sus asquerosos, gordos y grasientos dedos en ella.
La bermellón sentía que su vista se iba cegando y su consciencia se dispersaba. Lo que estaba viendo la estaba volviendo loca y apretaba sus puños de tal manera que sus uñas se habían enterrado en sus palmas, dejando una leve marca de sangre en ellas.
Uno de los hombres plantó sus asquerosos labios en el cuello de la quinceañera y lo mordía con grosería haciendo que un montón de saliva recorriera la piel de la joven.
Había sido la gota que rebalsó el vaso.
No la conocía, nunca había hablado con ella. Pero el solo ver que estaban siendo abusada la había descontrolado.
Esa sangre que tanto deseaba ocultar, se había apoderado de Kagura.
¿Qué sentía? Ya no veía nada. No, la Kagura consciente no existía. Todo estaba oscuro, todo se sentía frío y no sabía en donde se encontraba. Esta vez, había perdido su batalla interna y lo único que había salido de ella era su parte Yato.
La joven de cabellos bermellón había salido rápidamente de su escondite, rompiendo algunas cosas a su paso y haciendo que una gran polvareda se avecinara entre los captores, obstaculizando su vista sin poder ver qué estaba pasando. Ni siquiera se habían dado cuenta de que alguien más los acompañaba.
El sonido de un hueso romperse fue lo primero que sonó, las vértebras cervicales del cuello, para ser exactos.
Fue entonces, que lo primero que pudo distinguir el jefe de la banda al ver que el polvo se dispersaba fueron unos ojos azulados, carentes de brillo y deseosos de sangre. El hombre había experimentado por primera vez lo que era el verdadero miedo.
Ella volvió a desaparecer entre la polvareda, confundiendo al hombre que se encontraba en medio de ésta mientras escuchaba a sus compañeros quejarse y un montón de huesos rompiéndose a la vez que el suelo comenzaba a teñirse de sangre.
Por fin, el polvo había desaparecido por completo.
Podía ver esas paredes manchadas de un rojo escarlata, mientras que en el suelo yacían algunos de sus hombres con los ojos y la boca abierta expulsando sangre por sus cuerpos, a la vez que otros se encontraban enterrados en las murallas del lugar con sus katanas en el pecho, como si formaran una bella decoración mural.
Sin embargo, uno de sus subordinados aún seguía en pie.
— ¡Aniki! ¡Estás vivo! – era el segundo bastardo que Kagura vio después del jefe. – ¿Q-Qué está pasando…? ¡Están todos muer…! – fue interrumpido abruptamente por culpa de una katana que había atravesado desde su nuca hasta su boca, saliendo la espada por entre sus dientes y cayendo inmediatamente al suelo sangriento dejando ver a la responsable de tan sádico acto.
Frente a él, una tenebrosa sonrisa adornaba el rostro de la chica de cabellos bermellón a la vez que sus ojos seguían encontrándose sedientos de sangre.
Daba pasos lentos hacia el asqueroso hombre frente a ella. La sangre se confundía con la tela de su kimono rojo y sus manos habían perdido su blancura llenándose del líquido escarlata de sus víctimas.
Su rostro también estaba manchado y podía sentir como ese horrendo sabor metálico recorría su boca.
— ¡¿Q-Qué quieres de mí?! ¡No te acerques, monstruo! – el hombre estaba horrorizado y había caído de espaldas sobre uno de los cuerpos de sus subordinados.
Ella solo sonreía maquiavélicamente mientras se acercaba más, cada vez más. Sus pasos se volvían pesados y sonoros. Su cabeza se ladeaba de un lado a otro al ritmo de su caminar. Su espalda se encontraba un poco gacha y su peinado estaba desarreglado.
Lamió sus labios en cuanto sintió que una gota de sangre había tocado su cara. Sangre que había caído desde arriba en donde un hombre se encontraba con la cabeza enterrada en el techo, haciendo que solo sea su cuerpo el que se viera ensangrentado y colgando desde lo más alto.
Kagura había dejado una masacre inexplicable en esa habitación.
— ¡Por favor no me mates! ¡Te devolveré a la niña! – le decía el hombre sin haberse dado cuenta de que la chica de cabellos negros ya había escapado de tal genocidio.
Ella solo había musitado una risa poco sonora y se dirigió a paso veloz al hombre gordo para golpear su cara.
Una, y otra y otra vez. Su rostro era golpeado, su nariz se hundía y sus labios se rompían. Sus dientes desaparecían. Su boca comenzaba a botar cantidades exuberantes de sangre. Su cuerpo ya no se movía y había quedado completamente irreconocible.
Ella, sin embargo, ignoró el hecho de que ya lo había asesinado y siguió golpeándolo hasta que sus nudillos sangraron y se confundían con el rojo líquido de su víctima.
La sonrisa macabra nunca se borró de su rostro.
Su respiración estaba agitada. Corría a más no poder por las calles de Yoshiwara mientras su rostro tenía unos leves rastros de sangre. Estaba asustada.
Fue entonces que sin quererlo, chocó con un joven de cabellera castaña y ojos carmín. Ella se detuvo y lo observó con terror. Él entendía que algo pasaba.
— Oye, niña. ¿Por qué corrías? ¿Necesitas ayuda? – le dijo preocupado, después de todo, era policía y estaba investigando un caso de secuestro.
— A-Allá… – la chica de cabellos negros tenía la voz entrecortada e indicaba con su dedo una casona vieja y casi abandonada de Yoshiwara a la vez que temblaba de miedo. – Una chica… Cabello rojo… Ella... Asesinato… – cerraba los ojos y se acariciaba los brazos buscando un poco de protección.
Sougo comenzó a preocuparse. Solo podía conocer a una chica de cabellos rojizos y solo podía ser ella.
"China" pensó y empezó a correr rápidamente en la dirección que la joven le había indicado, no sin antes decirle que se dirigiera inmediatamente donde las Hyakka para que le brindaran un poco de ayuda.
Corría a toda velocidad, esperando, deseando que a ella no le haya pasado nada. No sabía por qué ella estaba en Yoshiwara, pero comenzó a deducir de que era por la misma razón que él: Encontrar a los secuestradores.
¿Y si le habían hecho algo? ¿Y si la chica se hallaba en peligro? Conociéndola, de seguro se había ofrecido como rehén para poder salvar a la joven de cabellos negros.
Llegó al lugar y abrió la puerta. Podía olfatear el olor a sangre y a muerte, pero ¿por qué ese olor era tan fuerte?
Y pudo divisar una figura que se alzaba en medio de una completa masacre, prácticamente bañada en sangre y con el cabello todo desarreglado. Los cuerpos inertes en el suelo y algunos otros en las paredes y en el techo. Lo que más destacaba en esa habitación era el rojo vivo de tal líquido arterial y venoso.
— ¿China…? – ¿En realidad era ella? El castaño estaba presenciando un escenario que simplemente no concordaba con ella.
Kagura comenzaba a darse la media vuelta para quedar frente a él, mientras que a Sougo se le venía el sonriente y radiante rostro de la bermellón a la mente para entrar a la realidad y ver un rostro completamente macabro, del cual solo se veía su sonrisa porque sus ojos estaban siendo tapados por su flequillo.
Ella no dijo nada. Solo se acercó a él lentamente. Se notaba cansada, ya no tenía sed de sangre, sin embargo, su sonrisa no desaparecía.
— ¿Juguemos? – dijo al fin. Era la primera palabra que decía desde hacía rato a la vez que mostraba unos ojos llenos de deseo y una sonrisa sádica. La chica había perdido total cordura. Nadie la había detenido en el momento preciso.
— ¿Qué pasó contigo? – le preguntó sorprendido a la vez que sentía como el cuerpo de Kagura se aprisionaba al de él haciendo que su ropa se llenara de sangre. – ¿Qué pretendes? – sonreía completamente nervioso a causa de su confusión.
Kagura comenzó a perderse en los ojos carmín del castaño y desde su manga, sacó un pequeño trozo de una katana que había roto cuando estaba batallando con uno de los bastardos a los que había asesinado y le hizo un corte suave a Sougo en su cuello para ver como una pequeña cantidad de sangre corría por su piel.
— ¡¿Qué carajos?! ¡En serio, China, ¿qué estás haciendo?! – le dijo mientras se tapaba la herida que la bermellón le había hecho, haciendo que sus dedos se llenaran de sangre.
La chica tomó la mano manchada del castaño y la acercó a su boca para comenzar a dibujar con los dedos ajenos sus labios y llenarlos del espeso líquido carmesí para luego lamerlos a la vez que cerraba sus ojos y dejaba anonadado a Okita.
— Tu sangre… sabe diferente… – le dijo mientras se relamía los labios y comenzaba a acercarse al cuello del ojicarmín para lamer la herida que le había hecho.
— ¿Qué estás…? N-Nghh… – se quejó a la vez que cerró fuertemente sus ojos al sentir como la húmeda lengua de la bermellón dibujaba la línea de su corte en el cuello, dejándole un leve ardor en aquel sector seguido de un calor agradable producto de su saliva.
La chica comenzó a succionar un poco más de la sangre de esa herida a la vez que con sus manos trataba de abrir el kimono del chico y manchaba su pecho con el escarlata que tenía en sus dedos.
— ¡V-Vas a dejarme sin sangre, bastarda! – le decía tomándola de los hombros y alejándola un poco.
Entonces pudo ver su rostro.
Aquella sonrisa que demostraba sadismo ya se había desvanecido y en su lugar sus labios se encontraban entreabiertos con manchas de sangre en sus comisuras a la vez que sus ojos se mostraban llenos de un deseo sexual que nunca en su vida había visto ni había pensado que Kagura podría poseer.
La joven de azulados ojos tomó las mejillas del ojicarmin para acercar sus labios a los de él y comenzar a besarlo fogosamente, como si no hubiera un mañana, alrededor de ese escenario sangriento, cruento y desagradable que se mostraba antes sus ojos.
Okita solo había atinado a abrir sus cuencas como platos a la vez que sentía cómo la Yato manchaba su cara y su lengua jugueteaba con lascivia dentro de su boca.
El calor que emanaba de su saliva lo estaba comenzando a excitar y la suavidad de ese mojado músculo lo llevaba a las nubes. Hacía mucho que quería probar los labios y la lengua de la chica de cabellos bermellón, sin embargo, nunca se hubiera esperado que todo sucediera así.
Ella comenzó a llevarlo a la pared más cercana mientras lo hacía caminar entre cadáveres y lo aprisionó contra la muralla a la vez que seguía besándolo fogosamente y sus manos ansiaban encontrar algo dentro de su kimono, bajándolo hasta el hakama dejando el torso descubierto del joven de cabellos castaños.
Seguía besándolo mientras se hallaba desesperada juntando su femenino cuerpo con el de Sougo, hallando más calor del que sentía y bajando su boca nuevamente hasta su cuello, siguiendo por su clavícula donde lo mordió fuertemente hasta el punto de sacarle un poco de sangre.
— ¡A-Agh…! – se había quejado el ojicarmín mientras apretaba con fuerza los brazos de la bermellón para aguantar el leve dolor que había sentido.
Ella lamió un poco de la sangre que le había sacado y volvió a besar el cuello masculino a la vez que lo abrazaba moviendo su cuerpo contra él, haciendo que el chico sintiera esos pequeños senos que la bermellón tenía por debajo de su kimono.
— Sougo… – le dijo gimiendo al oído para comenzar a lamer el lóbulo de su oreja.
Su cuerpo se hallaba desesperado y entrelazaba sus piernas por entre medio de las del castaño arrugando un poco su hakama.
Okita tenía la respiración entrecortada y fuerte. Nunca había sentido tanta excitación en su vida. Los acercamientos de la bermellón eran certeros y en más de una ocasión había rozado su miembro con sus piernas.
Comenzó a desatar el obi* de la Yato para comenzar a adentrar sus manos en ese manchado kimono rojo a la vez que la sentía tan cerca de su cuello y de su oreja.
El no demoró en corresponderle y comenzó a besar su cuello desnudo que no se encontraba tapado con ese cuello mao que siempre llevaba puesto por ser parte de sus tantos trajes chinos.
La ojiazul se acercó a sus labios nuevamente para morderlos y estirarlos un poco. Saborearlos y rozarlos mientras su respiración entrecortada se confundía con la del ojicarmín.
Alzó su pierna derecha para abrazar con más entusiasmo a Sougo haciendo que pudiera sentir su gran erección debajo del hakama.
El castaño comenzó a plantar fogosos besos por el cuello de la chica para así llegar a sus senos y lamerlos, sintiendo esa suave y tersa piel en su lengua.
Tomó con fuerza la pierna de Kagura clavando con ahínco sus dedos en su muslo para acercarlo mucho más a él, haciendo que la joven soltara leves suspiros de tanta lujuria que sentía en esos momentos.
Ella dirigió una de sus manos al hakama del chico y sin previo aviso comenzó a adentrarla hasta su miembro.
— A-Ah… – había gemido Sougo al sentir la blanca mano de Kagura en su pene
Comenzó a relamer sus labios mientras masajeaba de arriba hacia abajo el falo de su rival y su respiración se hallaba pesada. Mordió el hombro masculino y lo lamió con fogosidad haciendo que él soltara leves gemidos y quejidos. Trataba de aguantarse, pero no podía.
Sus piernas comenzaron a tiritar mientras se mantenía en pie afirmándose de Kagura. Lo estaba haciendo estremecer de un manera que nunca hubiera imaginado.
Ella comenzó a chupar su cuello con lascivia, saboreando su exquisita piel, sintiendo su suavidad y su aroma. Cuando se había soltado, le había dejado un pequeño moretón que adornaba hermosamente su garganta.
— C-China… A-Ah… – decía al sentir como la mano de la chica seguía masturbándolo, cada vez más rápido y más intenso.
Comenzó a caer mientras se apoyaba en la pared, haciendo que la bermellón bajara junto a él y quedara sentada en sus piernas.
La besaba fogosamente mientras sus manos rozaban la ahora descubierta espalda femenina para bajar hasta sus posaderas y acariciarlas fervientemente, haciendo que su kimono terminara por desordenarse por completo y quedara totalmente abierto, dejando para ver solo sus bragas ya que sostén no llevaba puesto.
Bajó sus labios hasta los senos de la ojiazul para lamer sus pezones en movimientos circulares con su lengua y succionarlos un poco. Ella seguía masturbándolo con una mano y con la otra acariciaba la castaña cabellera, acercando aún más la cabeza de Sougo a sus senos.
— N-Nnh… A-ah… – suspiraba ella con la boca entreabierta haciendo que sus labios se secaran y tuviera que relamerlos constantemente.
Sougo acercó sus manos a la intimidad de la chica y con sus dedos comenzó a tocarla con suavidad, haciendo que sensaciones electrizantes recorrieran la blanca espalda de la fémina.
Pasaba sus yemas por sus pliegues y se detenía para acariciar con fervor su clítoris. Kagura se movía al sentir tales sensaciones tan exquisitas y comenzaba a gemir un poco más fuerte de lo que estaba gimiendo mientras seguía acariciando el falo de Okita y jugueteaba con su glande haciéndolo estremecer.
La chica se separó un poco del castaño y comenzó a besar su cuerpo bajando lentamente y humedeciendo su torso hasta llegar al inicio de su hakama. Lo desabrochó con sus manos y comenzó a bajarlo con sus dientes junto a los calzoncillos haciendo que la gran erección del muchacho golpeara levemente el rostro de Kagura.
Acercó su boca al falo y lo lamió en su glande creando sensaciones exquisitas en ese lugar a la vez que sus manos comenzaban a atender delicadamente sus testículos sintiendo como la su saliva mojaba por completo su miembro.
Se lo echó a la boca y comenzó a chuparlo de abajo hacia arriba haciendo que el castaño arqueara su espalda y mirara hacia el cielo aguantando aquellos gemidos haciendo que sonidos roncos salieran de su garganta.
— N-Nnhh… – gemía a la vez que acariciaba el bermellón cabello de la chica y cerraba sus ojos – S-Sigue… K-Kah… Kagura… – sentía que los dedos de sus pies se contraían de tanto placer y su pecho subía y bajaba al vaivén de su respiración.
La Yato sacó por un momento el miembro de su boca y se dedicó a morder los muslos interiores de Sougo, dejando una leve sensación de ardor en él al sacarle un poco de sangre y lamerla inmediatamente para sentir su cautivante sabor.
— A-Agh… bastarda… – le decía con dificultad aguantándose el dolor y la inexplicable excitación que estaba sintiendo.
Kagura se alzó nuevamente y se desprendió completamente de su ropa interior a la vez que un pequeño hilito de lubricante salía desde su vagina para luego sentarse arriba de Sougo y comenzar a acariciar su miembro con su vulva.
El calor que Okita sentía era exquisito y experimentar como su falo se mojaba del viscoso líquido vaginal de ella lo hacía sentirse en las nubes.
Movía sus caderas de adelante hacia atrás logrando arrancar suspiros desde los labios del ojicarmín.
¿Por qué hacía aquello? Él aún no podía explicarse como la chica alegre e inocente que conocía podía lograr tales cosas. Nunca hubiera imaginado que su mente fuera gobernada por el morbo y los deseos carnales. ¿Que si estaba enamorado de ella? Por supuesto que lo estaba, sin embargo, con solo besar sus labios y confesarse a ella se hubiera contentando. No obstante, lo que Kagura le estaba dando era mucho más de lo que esperaba.
"Vine buscando cobre y encontré oro" pensaba mientras se sonreía a la vez que tomaba fervientemente las nalgas de la ojiazul para ayudarla con su movimiento de caderas y acercar sus labios a los de ella para saborearlos, morderlos y lamerlos, logrando que a ratos sus lenguas se juntaran por fuera de sus bocas en movimientos morbosos y exquisitos.
Su erección había comenzado a doler. Quería someterla, quería penetrarla con todas sus fuerzas. Quería hacerla pagar por esos cortes y el dolor que le había infringido, no obstante, ella seguía moviéndose para estimular su pene, dando indicios de que no se detendría hasta que él eyaculara.
— C-China… d-detente… – le decía entre besos y jadeos. Estaba desesperado, algo en ella hacía que no pudiera reaccionar correctamente y no se pudiera mover como él quisiera. En el fondo, era como si le gustara ser sometido por Kagura.
La chica dejó de besarlo para ahora acercarse a su oído y lamer suavemente su lóbulo si dejar de mover sus caderas.
— Detenme… – le susurró sensualmente sin dejar de saborear su oreja haciendo que la piel del castaño se erizara completamente y comprendiera que le estaba dando una especie de "permiso" para hacer lo que él quisiera.
La tomó de las manos y rápidamente cambió de posición con ella, embistiéndola contra la pared y presionando su cuerpo con pasión. Ella solo atinó a sonreír lujuriosa a la vez que lo miraba a los ojos.
Se posicionó entre sus piernas y la chica lo abrazo por la cadera con las mismas, haciendo que sus genitales se tocaran mutuamente mientras aún seguían sentados en aquel suelo sangriento. Él en cuclillas y ella con las piernas abiertas mirando hacia adelante.
La espalda de la bermellón estaba apoyada en la muralla y con el soporte de ésta, el castaño apoyó una de sus manos y tomó con la otra el muslo de la ojiazul.
Fue entonces que posicionó su falo en la dirección correcta y comenzó a penetrar a Kagura sintiendo como esa mojada y cálida cavidad apretaba su pene.
— A-Ah… – gimió la chica al sentir un leve ardor con la primera embestida y el cómo su líquido vaginal se tornaba levemente rojizo por la pequeña cantidad de sangre que había salido de su vulva al romperse el himen.
Él la seguía penetrando suavemente moviendo sus caderas de manera sensual haciendo que la bermellón diera pequeños galopes sobre sus piernas y su espalda se rozara de arriba hacia abajo contra la pared.
Cansado un poco de la posición, la llevó a recostarse de lado, entrelazando sus piernas y abrazándola, haciendo que sus cuerpos quedaran sumamente juntos a la vez que acariciaba su cabello y respiraba en su blanquecino cuello mientras la seguía penetrando.
Ella apretaba sus muslos para sentir aún más placer del que ya estaba sintiendo, sintiendo el roce que aquella posición le podía otorgar a su clítoris y a sus labios vaginales.
— K-Kagura… – le decía el castaño en su oído para lamer su oreja fogosamente.
Sus cuerpos habían comenzado a sudar y aún tenían un poco de sus ropas en su piel, aunque estaban completamente desordenadas.
El peinado de la bermellón se había soltado dejando libre su cabello. Sougo podía olfatear el exquisito aroma que venía de su pelo, embriagándolo completamente.
Ella buscó sus labios para volver a besarlo intensamente, sintiendo sus acaloradas respiraciones mientras botaban vaho por sus bocas y el sudor recorría sus frentes.
La Yato quiso tomar el control de la situación y se posicionó arriba de él, sentándose de rodillas y moviendo su cadera de manera circular sintiendo como aquel falo se movía dentro de ella.
Okita no desaprovechó la oportunidad y comenzó a estimular su clítoris con sus dedos, dándole aún más placer a la chica.
— S-Sougo… – gemía mientras se seguía moviendo haciendo que sus senos brincaran un poco logrando dejar una agradable vista al ojicarmín.
Él sujetó uno de sus senos con una mano mientras que con la otra seguía ocupado con la intimidad de ella. Pellizcó suavemente su pezón de manera circular. La chica no dejaba de arquear su espalda y cabalgar sobre el pene de Sougo mientras su mano se apoyaba en el pecho del castaño y la otra en la pierna masculina.
— N-No te detengas… – le decía con dificultad mientras seguía estimulándola.
El castaño se levantó levemente quedando él ahora de rodillas y recostó a Kagura sobre el suelo para levantar su pelvis y así formar un puente. La seguía penetrando y la sostenía desde la parte baja de su espalda para que no se cayera.
Podía sentir como el miembro de su rival entraba y salía de su vagina. Era la sensación más exquisita que había sentido en su vida.
Comenzó a sonreír con lujuria mientras el castaño seguía penetrándola. Su rostro ya estaba más que rojo al igual que el de él y sus cabellos se pegaban a su frente.
Ella comenzó a sentirlo, esa sensación de que algo iba a venir.
— ¡A-Aah…! – gimió en cuanto sintió el orgasmo y fue entonces que algo había ocurrido con ella.
Se detuvo y cerró sus ojos completamente cansada en el cruento escenario.
— ¿China? – preguntó el ojicarmín extrañado acercándose a su rostro para luego ver como la chica volvía a abrir lentamente sus ojos.
— ¿Eh…? – fue lo primero que dijo en cuanto vio la cara roja y sudada de Sougo cerca suyo. – ¿Qué…? – fue entonces que miró hacia abajo y se dio cuenta de que su intimidad estaba pegada a la de su rival. – ¡¿EEEEEHHHHH?! ¡¿QUÉ HACES, BASTARDO?! ¡¿ME ESTABAS VIOLANDO?! ¡SUÉLTAME! ¡SUÉLTAME AHORA-ARU! – Le decía completamente horrorizada mientras trataba de alejarse de él. Kagura había recobrado completamente la consciencia.
— ¿Violarte? ¡China, tú empezaste! Ni creas que te voy a soltar ahora. – le terminó por decir con una sonrisa sádica y ladina mientras acercaba nuevamente su rostro al de ella. La volvió a penetrar. No sabía que estaba pasando, pero no quería quedarse con las ganas.
— ¡A-Ah…! ¡S-Sádico h-hijo de puta…! – gemía a la vez que cerraba sus ojos y se tapaba el rostro con los brazos. Quería negarlo, pero no podía. Se sentía exquisito.
— T-Tienes que terminar lo que empezaste… – le dijo para luego besar fogosamente su cuello mientras seguía penetrándola.
Ella no aguantó más y abrazó a Sougo con todas sus fuerzas mientras dejaba pequeños rasguños en su espalda y se aferraba fervientemente a él.
— ¡A-Ah! ¡M-Maldito bastardo…! – Sougo la calló con un beso al sentir que se venía.
— ¡M-Mmmh…! – gimió dentro de su boca en cuanto eyaculó.
Se había venido dentro de ella.
— ¡¿Qué crees que haces, bastardo?! ¡¿Qué pasa si quedo embarazada-aru?! – le decía en cuanto se dio cuenta de lo que Sougo había hecho y se separó completamente de él y se tapaba con el kimono rojo que llevaba "puesto". – ¡Tendrás que hacerte responsable si eso pasa!
Okita se sentó al lado de ella con un rostro serio y suspiraba un poco. No se había quedado con las ganas, no obstante, no entendía nada de lo que estaba sucediendo.
— ¿Qué ocurrió aquí? – le dijo mirándola a los ojos haciendo que Kagura se sorprendiera.
— ¡¿Y te dignas a preguntar?! ¡Me acabas de violar, bastardo-aru!
— Ah, no. No te violé. Fue al revés de hecho. ¿Ves este corte y estas mordidas? – le mostró los lugares en los que ella le había hecho daño. – los hiciste tú, ¿no recuerdas? Joder, China. Sabía que eras una sádica, pero no a estos extremos. – tomó una pausa y volvió a mirarla seriamente. – ¿Qué pasó realmente?
Kagura comenzó a mirar a su alrededor y pudo distinguir esa cantidad de cuerpos inertes en toda la habitación, recordando así el por qué estaba allí.
— Yo… estaba siguiendo a un secuestrador de niños… Él y su grupo querían violar a una chica y… lo demás… todo está tan borroso… Mi… Mi sangre Yato… – decía preocupada mientras miraba el suelo con ojos completamente abiertos. Había recordado todo. – No pude controlarla… Soy débil-aru…
Sougo pudo entender entonces lo que había ocurrido. Ella no estaba consciente, actuaba según su naturaleza. Nada de lo que había hecho lo había hecho bajo sus cinco sentidos activos.
— China, no eres débil. – Okita se encontraba mirando fijamente hacia adelante y Kagura lo observó sorprendida. – Siempre te ves alegre y llena de vida. Muy pocas veces te he visto triste y aunque hayas perdido a gente importante o no estés del todo bien con tu familia, sigues con esa sonrisa radiante que tanto me gusta… – dijo sonriendo levemente. Ella se sonrojó como un tomate ante lo dicho por Sougo y se cubrió las mejillas para que él no la descubriera. – No te preocupes. – giró su cabeza para mirarla directamente a los ojos. – Para nada eres débil.
— Sádico… – ella lo miraba con un brillo inexplicable en sus ojos.
— Pero eres fea. Muy fea. – terminó por decirle burlón mientras le sacaba la lengua. Todo lo lindo que le había dicho se había ido al garete y ella lo miró enojada mientras una vena se hinchaba en su frente.
— ¡¿A quién le dices fea, bastardo cara de niña?! – ella iba a golpearlo pero se detuvo en cuanto vio como Sougo reía divertido ante la situación. Era de las pocas veces en la que veía su sonrisa y siempre que la veía quedaba cautivada.
— Oye – le dijo llamando su atención – no dejaré que cargues con las consecuencias de todo esto… – había indicado a la masacre que se encontraba a su alrededor – Soy policía, es mi deber exterminar a la basura del país. Diré que yo fui el culpable de lo que ocurrió aquí. Después de todo, estábamos buscando al mismo bastardo que secuestraba niños.
— No creas que necesito tu ayuda-aru. Ni siquiera sabría cómo pagarte, hijo de puta. – Kagura miraba hacia adelante para evitar cualquier contacto visual con el castaño. Estaba muy avergonzada por lo que había hecho.
— ¿Cómo qué no? Ya me pagaste. – le dijo en una sonrisa ladina y acercándose nuevamente a su rostro tratando de encontrar su mirada.
— ¡Cállate, bastardo! ¡No fui yo, fue mi sangre Yato-aru! ¡¿Acaso crees que hubiera querido perder mi virginidad contigo, Sádico?! – estaba completamente sonrojada y tenía sendas ganas de golpearlo en la cara para quitarle esa molesta sonrisa del rostro.
— ¿Por qué no? A mí me gustó perderla contigo. – sonreía tiernamente. Se encontraba demasiado feliz, y como no estarlo. Acababa de tener relaciones sexuales con la chica que le gustaba.
—… ¿Eras virgen?
— Los samurái de pueblo no somos muy populares con las mujeres.
— Sé que dijiste eso una vez-aru ¡Pero pensé que era porque en el Shinsengumi todos se daban por detrás entre ustedes-aru!
— ¡¿Qué dijiste?! – una venita se había hinchado en la frente del castaño y la miraba completamente molesto.
— Pensé que eras gay. – y en cuanto la chica dijo aquello. El castaño se abalanzó contra ella y la acorraló contra el suelo mientras sujetaba sus manos. – ¡Suéltame-aru!
— ¿Quieres que te demuestre que no lo soy?
— ¡Ya sé que no lo eres, suéltame-aru! – forcejeaba contra él, sin embargo no lograba soltarse.
— China. – comenzó a mirarla serio haciendo que la chica se sonrojara y se sintiera incómoda.
— ¿Qué mierda quieres ahora?
— ¿Te gusto?
La bermellón quedó un rato en silencio mientras lo observaba con sus ojos completamente abiertos. ¿Le gustaba? Cada vez que estaba cerca de él sentía que algo en su estómago molestaba, sin embargo, ella siempre pensó que solo eran sus ganas de batallar con él. Le gustaba perderse en sus ojos carmín y observar esa hermosa sonrisa que pocas veces le entregaba. Le gustaba su cabello castaño y el cómo a veces, aunque se viera serio, se comportaba como un completo niño mimado. Le gustaba que a ratos la entendiera y le gustaba que pudieran comunicarse con solo miradas y sin muchas palabras.
Sí, a Kagura le gustaba Sougo.
— ¿No te quedó claro cuando te quise violar, bastardo-aru? Ahora suéltame. – le dijo molesta mientras trataba de zafarse de él.
— No. Prácticamente no estabas consciente de lo que hacías.
— ¡No me hagas responderte-aru! – Sougo acercó su rostro y posicionó sus labios cerca de los de la bermellón haciendo que ella sintiera su cálida respiración.
— Contéstame, ¿te gusto?
— Aléjate, bastardo. La boca te huele.
— Kagura. – la llamó por su nombre, sorprendiéndola de sobremanera, entendió inmediatamente que quería su respuesta. La chica ladeó un poco su cabeza perdiendo contacto visual con el castaño.
—… S-Sí… – El ojicarmín sonrió al escuchar esa respuesta y se separó de Kagura para dejar que se volviera a sentar de la manera en la que estaba antes.
— Bien, entonces no te preocupes. Si quedas embarazada también me haré cargo. Jo… si hubiera sabido que me encontraría con una bestia sexual, hubiera traído condones. – le decía sonriendo mientras se encontraba cruzado de brazos y de piernas en el suelo.
— ¡No voy a quedar embarazada de ti, bastardo-aru! ¡Eres repugnante y asqueroso! ¡El peor prospecto de padre que he conoci…! – fue interrumpida por los labios del castaños, sintiendo una calidez que le había encantado.
— También me gustas. – le dijo al terminar de besarla mientras se encontraba levemente sonrojado. Su rostro lucía maravilloso.
Fue entonces que aquellas dos miradas sinceras hallaban observándose mutuamente en aquel escenario cruento y morboso.
Habían salido los dos de aquel lugar infestado de sangre y muertos para adentrarse nuevamente en las calles de Yoshiwara. En esos momentos el microtransmisor de Kagura por fin comenzó a funcionar. La señal había vuelto gracias a aquella salida y lograba escuchar la voz de Gintoki con un poco de interferencia para luego recobrarse completamente.
— ¡Kagura! ¡¿Dónde demonios estás?! ¡Hace dos horas que estoy tratando de contactarte, maldita mocosa!
— ¡Ah! Gin-chan, yo…
— Danna – Sougo había tomado el microtransmisor de la chica haciendo que ella se molestara y quisiera golpearlo, pero era detenida por la mano del castaño que se encontraba reteniéndola por la frente. – Su mocosa andaba vagando por ahí y casi la matan.
— ¿Esa es la voz de Okita-san? – Se alcanzaba a escuchar Shinpachi desde el otro lado.
— Debería cuidarla más y no dejar que se vaya a investigar delincuentes ella sola. Puede pasarle algo grave… o podría perder algo importante. – sonreía juguetonamente mientras observaba como la chica que antes quería golpearlo ahora estaba completamente sonrojada. – Y ya no se preocupe. Me hice cargo de los bastardos. Después de todo, el Shinsengumi también estaba investigando el caso.
— Está bien. – le decía Gintoki por el transmisor. – Solo procura traer a esa mocosa intacta. Estamos en lo de Hinowa.
— ¡No necesito protección, Gin-chan! ¡¿Por qué este bastardo debería cuidarme-aru?!
— Bye bye – y escuchó como la comunicación se cortaba.
— ¡Oye! Tsk… – Kagura miró furiosa a Okita mientras volvía a pegar el microtransmisor en su sombrilla. – ¿Por qué le hablaste-aru? No tenía porqué saber que estaba contigo.
— ¿Por qué no? Así es más rápido que comiencen a sospechar que hay algo entre nosotros y en unos años más no sería raro pedir tu mano al Danna. – le decía totalmente confiado mientras miraba cálidamente a la chica.
— ¡Te odio-aru! – ¿Qué había dicho? ¿Acaso el bastardo quería casarse con ella? Se había sonrojado de sobremanera y actuaba como una completa tsundere.
— Yo también. – le dijo el castaño para así plantar un tierno beso en la frente de la chica. – Siempre te protegeré.
Era una promesa que guardaba un secreto entre los dos.
Esos malnacidos nunca fueron exterminados por Kagura, o eso es lo que querían que creyeran.
