Capítulo 9
Edward comenzó a acariciarle la planta de los pies con mucha suavidad provocando en Isabella sensaciones con las que jamas había soñado. Luego , siempre con toques muy suaves, pasó los dedos por su pierna y, al mismo tiempo le besó el cuello y los hombros levemente, casi con cuidado, como si estuviese besando los pétalos de una flor.
En seguida, y sin dejar de besarle la piel delicada del hombro, le acarició los senos por sobre el tejido de la camisola fina, causándole escalofríos en la espina dorsal. Con la respiración agitada, Isabella arqueó el cuerpo hacia atrás, queriendo ser abrazada con la misma fuerza que ya había experimentado en los brazos de su marido.
Pero él continuó con las caricias, dejándola mas excitada todavía. Sus manos la tocaban en lugares donde nadie la había tocado y con tanta dulzura, que la hacía sentirse como una delicada pieza de fino cristal.
— Ámame, mi Lord — pidió en un susurro. — Por favor…
Edward dejó de acariciarla, lo que la hizo abrir los ojos de inmediato, temiendo que se hubiese enojado con su pedido.
— Qué pasa? — se apresuró a preguntar. — Hice algo mal ?
— Vos ? — La voz de él era tan baja que Isabella apenas podía oírlo. Y sus ojos brillaban intensamente. — Vos no hiciste nada…
Pero … debería haberlo hecho? Hay algo que quiere que yo haga? —
Ella parecía mas ansiosa y mas tímida y a su vez mas segura de que debería haber algo mas que ella podría hacer para agradarlo. Quería participar mas, saber qué hacer en momentos tan íntimos como los que estaban viviendo.
Y, determinada a mostrar que podía aprender levantó las manos y lo tocó, con la misma ligereza, la misma delicadeza que Edward había profesado a su cuerpo. -
Él sólo cerró los ojos y contuvo la respiración. Isabella le sujetó los hombros y levantó el cuerpo, para poder dirigirse a sus labios en un beso suave y sensual al mismo tiempo, sus dedos se metían por entre los cabellos de él, erizado por el delirio de la pasión.
Edward no logró esperar. La Poseyó con un deseo intenso y frenético que jamas había sentido por ninguna mujer , ni siquiera por Tania. Y semejante pasión lo puso rígido, demandante , casi agresivo en el acto amatorio . Isabella, sin embargo , no protestó.
Él era su marido y tenía derecho de amarla como quisiese.
Instantes después, cuando él, ya exhausto dejaba caer el peso de su cuerpo sobre el de Isabella, notó que ella estaba demasiado quieta , lo que no era típico de ella . Se levantó apoyándose en sus codos ,y mirándola, le preguntó.
Qué pasa? — preguntó, casi sin aliento .
— Fue… un tanto doloroso, mi señor.
Edward se apartó mas, acostándose de su lado.
— Por qué no me dijiste? — indagó seriamente preocupado.
— Porque el señor es mi marido.
— Pero no quiero lastimarte.
— Pero si queremos tener un hijo…
— Yo podría haber esperado un día mas hasta que se pasasen los dolores . Tal vez hasta, mas.
— Mi Lord Tal vez , pero yo no. Quiero darle un hijo, señor.
—Entonces… esto es nada mas que un deber para ser cumplido?
A Isabella le gustaría de conocerlo mejor para poder decirle las palabras adecuadas.
— Quiere una respuesta honesta, mi señor, o la que una dama daría?
Él, la miró profundamente por algunos segundos antes de responder:
— Quiero que seas franca.
—Entonces, confieso que, con satisfacción, soportaría el sufrimiento que acabo de tener, aunque no fuese para tener un hijo…
Una lenta sonrisa apareció en los labios de él y tal expresión de alegría la dejó contenta también.
— Ven — dijo Edward, extendiendo el brazo para que Isabella se anidase contra su pecho. Ahora, ya no daba una orden, sino un pedido. Y un pedido que ella estaba satisfecha de poder atender.
Edward sintió sus dedos ser lamidos.
— Cadmus! — reprendió, con una voz adormecida, volviéndose hacia arriba y metiendo las manos bajo las mantas.
— No… Soy yo, mi señor… — Edward abrió los ojos para, ver Isabella a al lado da cama, ya usando el vestido de lana oscura con el que había llegado al castillo.
Sus bellos cabellos estaban cubiertos por un pañuelo que estaba atado en el mentón.
Aún así, pensó él, ella era linda.
— Vos me lamiste ? — se extrañó, aún creyendo que su esposa sería capaz de hacer algo tan … diferente y ... excitante .
— No. Yo besé su mano. — Había una sonrisa pura y un temblor en los labios de ella.
Edward pasó la mano por su nuca y la atrajo para darle un beso ardiente.
— Vuelve a la cama — dijo en seguida.
Ella, sin embargo , se apartó.
— Pero ya está por amanecer , mi señor!
Él miró la ventana, percibiendo, contrariado, que ella había tenía razón.
— Desperté hace poco — Isabella explicó.
Él levantó las cejas, sin entender la explicación:
— En verdad, desperté antes del a madrugada terminar y … bien , como el señor me observó mientras yo dormía anoche, creí que hoy podría observarlo to … Sabe que parece ser muy mas joven cuando está adormecido?
Mas joven y mas vulnerable, Edward pensó con amargura. Pero Isabella era diferente de Tania y , como él mismo había dicho la noche anterior, ella nada había hecho para despertar sus sospechas: Pero, Tania tampoco le había dado indicios . No hasta que sintió esa fina tira de cuero apretándole la garganta mas y mas…
— Dije algo malo? — ella se preocupó, notando su expresión seria y pensativa. — Yo no quise decir que hay algo de malo en el modo como en que el señor duerme y muy mucho menos recordarle que no tiene tan buena apariencia…
Tales palabras lo hicieron sonreír.
— Está dolorida todavía? — quiso saber.
— No mucho.
De repente, una oleada de deseo le pasó por el cuerpo, poderosa y primitiva. Pero, como había prometido la noche anterior, sería paciente. Quería mucho que el cuerpo de Isabella se acostumbrase al suyo.
Se Levantó, iniciando su higiene matinal, mientras, ella lo seguía con la mirada.
— Sue me dijo que el señor no tiene un valet — ella comentó, viéndolo vestirse.
Edward asintió. Isabella se sentó en la cama, las manos puestas en su falda , los ojos siguiendo cada movimiento que él hacía.
— Creo que su vida debe ser muy activa, con tantas cosas que hacer en el castillo y en la villa, teniendo que cuidar de todo solo… — siguió hablando , ya que, de ninguna manera conseguía permanecer callada. — Imagino que alguien tan poderoso como el señor debería tener auxiliares para cuidar de sus propiedades. No los tiene para ayudarlo con sus otras tierras?
— No tengo otras tierras ni otras propiedades.
— No?
— No.
— Pero mi tío dijo que… — Isabella se interrumpió, pensativa. En verdad, su tío no había dicho nada específicamente, apenas le había hecho creer en la riqueza inmensa de su futuro marido…
Edward terminaba de ponerse la túnica. Esperaba que Isabella no le preguntase sobre su dinero.
— Bien, una propiedad grande es mucho mejor que varias pequeñas. — la oyó observar, como si fuese una perita en el tema , y sonrió levemente. Ella proseguía: — Sería terrible si tuviéramos que estar viajando todo el tiempo , de una propiedad a la otra. Cuál es la extensión de su propiedad, mi señor?
— Lo suficientemente grande . — Mayor que la de Newton, por lo menos, pensó él satisfecho.
— Sabe, no quiero ser intrometida.
Edward no dijo nada, ajustando el cinto de la espada.
— Va a salir a caballo hoy, mi señor?
Él volvió a asentir.
— Acostumbra a patrullar la propiedad porque teme problemas mayores? Está a la espera de algún ataque? Porque debo decir que dudo que alguien intente atacarlo.
Él volvió a sonreír y esa vez respondió:
— Pero podrían intentarlo , si hallasen que tienen alguna posibilidad.
Isabella se levantó y , caminando lentamente, fue en su dirección. Edward continuó hablando , súbitamente receloso de que si no lo hiciese, la belleza que ella irradiaba pudiese dejarlo a su merced.
— También buscamos ladrones de caza y ladrones comunes. Verificamos el estado de los caminos y de los bosques, así como el de los puentes. Son muchas cosas que deben estar en orden.
— Si algún hombre intentase atacarlo, o a su castillo, sería un gran tonto — Isabella murmuró, tocándole el pecho con manos suaves.
Buscando mantener el control, él las tomó y las apartó advirtiendo:
— Pare, o no respondo de…
Con una sonrisa mezcla de ternura y timidez, Isabella bajó la cabeza y pasó los brazos por la cintura de su marido, apoyando la cabeza en su pecho.
— Es una pena… — susurró. — Quiero tanto tener un hijo suyo, mi señor!
— Quieres un hijo, o un hijo mío?
Ella levantó los ojos para verlo. Sonreía sinceramente.
— Suyo, mi Lord Cullen. Suyo!
Edward bajó la cabeza la besó, incapaz de controlarse por mas tiempo. La Abrazaba con fuerza, queriendo olvidar los recuerdos amargas de su pasado y la sospecha terrible que siempre lo acechaba después de la muerte de su primer esposa. Quería poder enterrar lo que había pasado, renacer, ser capaz de amar de nuevo y , en especial, de confiar. Tal vez un día…
Cadmus lloriqueaba junto a la puerta y Edward tuvo de interrumpir el beso renuentemente.
— Creo que él quiere salir — ella concluyó. — Creo que yo también. Tengo hambre. Y preciso mantener mis fuerzas… — agregó, con una sonrisa maliciosa.
Lord Cullen fue hasta la puerta y dejó al perro salir, después esperó que Isabella tomase su brazo para, juntos, ir hasta la capilla a la misa matinal.
— Puedo ir con señor en su ronda de hoy? -— ella preguntó, cuando ya estaban en el corredor.
Edward se detuvo y la miró, sin entender aquel pedido. Pero los ojos de ella brillaban, inocentes y dulces, desarmándolo, mientras decía:
— Cadmus no es el único que ha estado dentro de casa por mucho tiempo, mi señor. El viaje hasta aquí fue la primer oportunidad que tuve, en trece años dentro de los muros del convento de salir y ver el mundo. Y anoche fue la primer posibilidad de libertad que pude disfrutar. Me Gustaría tanto conocer su propiedad, si fuera posible… El día promete ser muy bueno y creo que no estoy tan dolorida como para no poder cabalgar…
Él pensaba. Por qué no? Por qué no dejar que Isabella lo acompañase. Pero, si permitiese tal cosa, que tipo de precedentes estaría estableciendo?
— Me acuerdo que prometiste no pedir nada… — intentó negociar.
— Oh… — Isabella bajó los ojos humildemente — lo olvidé una vez mas… Lo Siento mucho, mi señor.
Continuaron caminando. Lo que ella había pedido era casi nada y no costaba tan poco ! Edward consideraba. No era necesario dejarla así de triste. Pero allá de eso, los moradores de su propiedad, sus vasallos mas distantes deberían conocerla, como los habitantes de la villa ya habían hecho. Ellos tenían que conocer a su valiosa, atrevida y bella esposa.
Sintió orgullo nuevamente, como cuando había visto la expresión de sorpresa de Newton ante Isabella.
— Puedes venir conmigo — concordó finalmente viendo que ella volvía a levantar la cabeza.
Pero, su expresión no era de contenta.
— Tal vez fuese mejor para mí permanecer aquí.
— Pero yo dijo que puedes venir conmigo.
— Y eso es una orden, mi señor?
Confuso, Edward meneó la cabeza.
— No… Yo… a mi me gustaría que me acompañases.
Isabella volvió a bajar la cabeza, se pasó la mano por el rostro… Estaría disimulando la presencia de lágrimas?
Edward volvió a interrumpir sus pasos, tomándola por los hombros y mirándola. Pero ella mantenía el rostro bajo.
— Si yo lo avergüenzo señor, estaré feliz de permanecer en el castillo — insistió.
Avergonzarlo… Y cómo podría pasar eso ?, Edward se preguntó. Siendo la mas bella y apasionada esposa que se podría esperar encontrar?
— No, no me avergüenzas, Isabella.
Pero, ella continuaba mirando el suelo. O tal vez fuesen sus ropas. Debía ser eso! Ella tenía vergüenza de las ropa que usaba! Iría a comprarle ropa nuevas con un poco de dinero de la dote.
— Isabella, no me avergüenzo de vos— repitió, queriendo verla mas animada.
Ella levantó los ojos, los espléndidos ojos que brillaban de in modo increíble y que lo conquistaban mas y mas a cada momento. Había esperanza y vida en ellos.
— No se avergüenza de mí? — indagó ella en voz extremamente suave.
— Pero claro que no!
—Entonces… estaré muy feliz de acompañarlo en la ronda por la propiedad. Espero que disponga de una yegua mansa, y no pretenda cabalgar con mucha prisa. Debe acordarse , mi señor, que aunque no mucho, todavía estoy un poco dolorida…
— Estoy contenta por ver que tiene un bosque tan grande, mi Lord ! — Isabella comentó, cabalgando al lado de su marido en una yegua excepcionalmente mansa.
La temperatura estaba un tanto baja, pero, encima de ellos, el cielo estaba magnífico, de un azul profundamente intenso. No había nieve cubriendo el terreno y, al sol, hasta podrían imaginarse que estaban en primavera.
— Sabe, cuando mi tío y yo nos aproximábamos al castillo, viniendo por el lado oeste, debo confesar que mi impresión fue de que estábamos en un terreno muy árido.
Por el contrario, como podía ver ahora, hacia el sur y el leste había vegetación de tipos y tamaños. Y, como había dicho, el día estaba maravilloso para cabalgar. Isabella estaba feliz como nunca, andando al lado de su marido, los soldados venían un poco mas atrás con los cazadores y los sirvientes. No había nadie observándolos.
En Donallow, era siempre el blanco de las atenciones. No era que no estuviese acostumbrada a eso, eso era bastante común en el convento pero el motivo por el cual llamaba la atención allá era a causa de sus errores. Las muchachas y las mujeres que estaban allá siempre la veían como un foco de problemas o la miraban sólo porque sentían pena por ella al ver como era castigada.
Ya en Donallow, continuaba llamando la atención de todos, Isabella notaba, que, al sorprender mirándola , las personas bajaban la cabeza y se ruborizaban, y muchas veces desviaban la mirada , como si fuesen ellos los pecadores. Todos, menos Sue. Ella siempre miraba a Isabella con franqueza, lo que le agradaba. Y eso iba contra los principios básicos de una dama, que Lady Esme le había enseñado.
Pensando en de Lady Esme, Isabella se dio cuenta que jamas había notado en aquella mujer el menor rasgo de felicidad. Pero, una de las últimas muchachas en entrar al convento, le había contado que ella estaba casada. Eso no había parecido ser posible, ya que era una mujer tan austera, y Isabella se preguntaba qué tipo de hombre podría haber conseguido conquistar el corazón de su antigua madre adoptiva. Un hombre tan severo como Lord Cullen, tal vez…
Ella levantó los ojos para verlo, altivo y elegante a su lado t se sintió , de repente, muy parecida a Lady Esme, deseando que esa mujer fuese feliz en su casamiento.
Un conejo apareció corriendo, delante de ellos , después se detuvo, en medio del camino, mirando, asustado y curioso, como si no pudiese creer que alguien se atrevía a perturbar su paz en aquel lugar. En seguida, él se metió dentro de un matorral. Isabella se rió y Cadmus salió corriendo en su persecución.
— Espero que no lo alcance — deseó ella. — Sería una pena ver un bichito tan gracioso terminar sus días en los dientes de un perro…
— Está en la naturaleza canina perseguir conejos — respondió Edward, seriamente .
— Ah, pero yo quería que este escapase a tal destino! Cadmus será tan veloz como para atraparlo?
— Él es un buen cazador…
— Y mi Lord también, no? Pero no trajo sus halcones…
— Hoy no es día de caza.
— Para nosotros, no. Pero, para Cadmus…
— Para Cadmus, si.
Continuaron en silencio y , conforme seguían, Isabella notó cuan libre y feliz se sentía. Cuánto le gustaría que la reverenda madre la visee. Era como si su alegría actual pudiese compensar todos los años de sufrimiento por los que había pasado.
Pero, la conversación que acababa de tener con su marido la había hecho pensar en comida y eso la llevaba a pensar en las muchachas que habían quedado en el convento. Con suerte, una de ellas podría ser lo suficientemente osada como para continuar robando comida para las menores…
Fue entonces que Isabella tuvo una idea. Y , cuanto mas pensaba en ella, mas animada se sentía. Si su marido se mostrase abierto a su propuesta, escribiría al obispo que cuidaba del convento, contándole en detalle, sobre las privaciones que las muchachas sufrían a pesar del dinero enviado por sus familias para su sustento y bienestar, con certeza, el obispo tendría que prestar atención a lo que la esposa de un noble decía.
Debía haber pensado en eso antes, concluyó Isabella, y no colocar sus intereses egoístas por encima de los demás.
— Te Estás sintiendo bien? — Edward indagó y ella se volvió a él, sonriendo.
— Si… No… Bien mi señor, en verdad, yo estaba pensando…
-Y pensando profundamente.
— Es verdad. Podríamos parar por algunos momentos? Creo que un poco de tiempo lejos de la silla de montar me haría bien . Y, si hubiera algún riacho aquí cerca, un trago de agua sería bienvenido también.
Edward asintió y levantó la mano derecha. La tropa que los seguía atrás se detuvo . Él desmontó y vino a ayudar a Isabella, tomándola por la cintura y facilitándole el acto de desmontar.
Un calor repentino pasó por el cuerpo de ella, al sentirse tan próxima a su marido. Y , levantando los ojos para encontrar los de él, notó, para su alivio, que no era la única víctima de tal sensación.
En aquel momento, Cadmus apareció, venía desde adentro del bosque, con la boca abierta, la lengua colgando , pero sin ninguna señal de haber atrapado el conejo.
— Él se escapó — Isabella murmuró satisfecha. — Qué inteligente!
— El conejo?
— Si, mi señor. El conejo.
Edward meneó la cabeza y después se volvió a los hombres, que aguardaban sus ordenes.
— Quédense aquí — dijo , sujetando la mano enguantada de Isabella, se volvió hacía el perro, dándole la misma orden: — Quédate!
Sintiéndose ruborizar, Isabella miró sobre su hombro, hacia los soldados que relajaban la postura junto a sus caballos.
— Mi Dios, qué pensarán ellos que vamos a hacer? — murmuró ella.
— Ellos te han oído pedir agua.
— Espero que si . Bien, mas tal vez yo debería estar encantada si ellos se imaginasen que mi Lord no consigue estar lejos de mí ni siquiera por medio día.
Edward volvió a sonreír, apretándole mas la mano mientras seguían por el bosque.
Tal vez él estuviese pensando en hacer algo mas allá de beber agua, y la visión de una cabaña abandonada a algunos metros de distancia hizo que eso pareciese una posibilidad para Isabella. Hasta que él se detuvo junto a una pequeña corriente, diciendo :
— Bebe.
Ella se arrodilló al margen y , con las manos ahuecadas , bebió el agua límpida y fresca. Se volvió, entonces, notando que Lord Cullen la miraba con intensidad . Sintió deseo en aquella mirada.
— No… tiene sed , mi Lord ? — indagó, sumisamente.
Él negó con la cabeza.
— Ni hambre?
Una sonrisa lenta apareció en sus labios.
— Yo también— Isabella susurró levantándose. -
Un brillo intenso surgió en los ojos de Edward. Podría ser que nunca mas tuviese un momento tan oportuno como este , pensó.
— Sabe, mi Lord , las muchachas que quedaron en el convento… deben estar hambrientas — Isabella comentó, dejándolo sorprendido con el cambio de tema . — Cree, señor, que yo podría escribir al obispo y contarle todo el sufrimiento que ellas pasan allá? Estoy segura de que la reverenda madre recibe un buen dinero para cuidar de las muchachas, pero se queda con la mayor parte del dinero.
Respiró profundamente y continuó:
— Desgraciadamente, hay muy pocos visitantes y las muchachas tienen prohibido escribir a sus familias, aunque hay muy pocas de ellas que sepan hacerlo. Y ahora que yo estoy libre, gracias al señor, creo que sería muy egoísmo de mi parte si no hiciese nada por ayudar a mis antiguas colegas de infortunio. Creo que debo ayudarlas. Pueden no tienen la misma suerte que yo tuve, la suerte de casarme con un hombre como mi Lord , y … — Al ver la expresión en el rostro de su marido, Isabella se interrumpió.
— Este es otro pedido? — preguntó él, levantando las cejas.
— No estoy pidiendo nada para mí, señor, sino para las muchachas. Me avergonzaría si las olvidase.
— Entonces, escribe al obispo.
— Oh, gracias, mi señor! — Isabella se aproximó, exultante, y lo abrazó. — Es tan generoso!
— Tal vez no ganes nada…
Ella levantó los ojos, y una sonrisa asomó en los labios.
— Pero voy a intentarlo igual . Por lo menos la reverenda madre sabrá que no pretendo guardar silencio sobre lo que pasa allá adentro.
Edward levantó las cejas.
— Guardar silencio? Vos? — comentó.
— Hablo demasiado para su gusto, no es verdad , mi señor? Pero me puedo callar, si eso le agrada.
— No, eso no me va a agradar. Háblame sobre la reverenda madre.
Una expresión de repulsa apareció en el rostro de Isabella.
— Yo prefiero no hacerlo, señor — dijo, humildemente.
— Entonces, Háblame sobre as muchachas.
— No hay mucho que decir. No teníamos muchas oportunidades para conversar, por lo tanto, cuando digo que puedo permanecer callada, créame, mi señor. Pasábamos semanas sin hablar. Y no podíamos conversar cuando estábamos en nuestras celdas, tampoco podíamos hablar cuando estábamos trabajando, ni cuando había misa, y mucho menos en la mesa, durante las comidas. — Isabella volvió a caminar y Edward la imitó, siguiendola de cerca.
— Fue muy difícil para mí. Y esa es una de l as razones por la cual fui castigada. Sabe, yo intentaba susurrar, pero siempre me oían… Creo que fui mucho mejor robando comida…
— Y cómo eras castigada?
Ella tragó en seco antes de responder:
— Me azotaban , ya habrá podido notar las cicatrices en mi espalda . También me obligaban a hacer vigilias frecuentes y a fregar el suelo, porque sabían que yo detestaba hacerlo. Ya Sabe usar agua fría arrodillarme en el piso de piedra … Había días en que yo creía que mis rodillas jamas pararían de dolerme.
— Continua.
— No hay nada mas que decir. No sobre ese lugar terrible. Pero gustaría hablar sobre otras cosas.
— Muy bien. Como quieras.
— No tenemos que volver? Los soldados están esperando…
— Déjalos esperar.
