Hola! Es un lindo día en las calles limeñas, así que estoy feliz XD. Gracias por sus comentarios del capítulo anterior. Espero que éste les guste.

*Victorious no me pertenece.

Capítulo 8

Eran las siete de la mañana, cuando Tori despertó. Se sentía cansada, pero sabía que sus padres, quienes la habían cuidado cariñosamente desde que empezó su enfermedad falsa, subirían a su habitación en cualquier momento y descubrirían su ausencia. Trató de moverse, pero el brazo de Jade rodeaba su cintura. No quería despertarla, después de todo, la noche ya había acabado y conociendo a Jade, era posible que al despertar, la botara a patadas de su casa.

Tomó con mucho cuidado la muñeca de la chica gótica y la levantó suavemente, mientras trataba de deslizarse hacia un costado. Entonces, Jade volvió a aferrar su brazo a la cintura de la castaña. –Aún no, Vega. –dijo, sin abrir los ojos y acomodándose contra el cuerpo de Tori.

Esto tomó por sorpresa a la castaña, quien sonrió con ternura, cambiando el gesto, cuando recordó que no podía quedarse -Debo irme. Si mis padres descubren que salí, me matarán.

-Te matarán cuando te encuentren, y eso será hasta dentro de un rato.

-¡Jade! –la reprendió, Tori, medio indignada, medio divertida.

-Te llevaré en mi auto, más tarde. –Ofreció la chica gótica, mientras deslizaba su mano por el abdomen de Tori, subiendo hasta llegar sus pechos.

Tori empezaba a odiarse a sí misma por tener que irse, pero no tenía opción. –Vamos, Jade, suéltame. –casi suplicó, cuando sintió la respiración de la chica gótica sobre su cuello. No podía irse, no podía. Maldición, debía hacerlo.

Respiró hondo, buscando valor y tras un esfuerzo, logró hacer que Jade la soltara.

-¡Quédate Tori! - pidió Jade, clavando en la latina una mirada desesperada, como si a través de ella, gritara implorante. Entonces Tori comprendió, que cuando saliera de la casa, todo terminaría. Se quedó mirándola, tratando de decidir qué hacer, hasta que fue interrumpida por el sonido de su teléfono.

Saltó de la cama, buscando por todos lados, el aparato que no dejaba de sonar, hasta que lo encontró dentro del bolsillo de su pantalón, que a su vez estaba en el suelo. Cuando por fin pudo ver quien la llamaba, su corazón se paralizó. –Trina. –dijo, al contestar con voz nerviosa.

-¿En dónde diablos te metiste?- preguntó su hermana.

-¿Mis papás lo saben?- preguntó Tori, temiendo lo peor.

-Aún no. Me mandaron a traerte el desayuno. Así que ahora estoy en tu habitación, sin la menor idea de qué hacer.

-Lo que sea, Trina, haz lo que sea, pero cúbreme. Estoy yendo para allá.

-Me debes una explicación, hermanita. –dijo Trina, pareciendo enojada y cortó la llamada.

Cuando Tori dejó el teléfono, empezó a vestirse lo más rápido que pudo, hasta que notó la mirada de la chica gótica, que aún estaba sobre ella, quieta e impotente.

-En serio, debo irme. –dijo, queriendo que su vida acabara en ese momento. –Lo siento. –agregó girando su rostro, para que Jade no pudiera ver, que sus ojos empezaban a llenarse de lágrimas.

Terminado de vestirse, buscó la mirada de la chica gótica, pero ésta se mantenía fija en el techo.

-Jade…-dijo Tori, sin fuerzas.

-Cierra la puerta al salir. –ordenó la chica frente a ella, con indiferencia.

Tori se fue en silencio.

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Tras trepar por su ventana una vez más, Tori se encontró al instante, con la mirada de reproche de su hermana mayor.

-Será mejor que empieces a hablar. –dijo Trina.

-Sé que esto se ve muy mal. –se apuró en decir Tori, mientras buscaba alguna excusa razonable. –Pero… es que tenía un problema que resolver. Trina, créeme. No lo habría hecho su no hubiera sido realmente urgente.

-¿Ese "problema", tiene que ver con que hayas estado fingiendo una enfermedad, durante todo este tiempo? –preguntó su hermana.

-¿Cómo lo…- empezó a decir Tori, muy confundida.

-Soy tu hermana – le recordó Trina con una sonrisa de autosuficiencia. -Y sé que si quisieras ir a clases, lo harías, hasta en una camilla de hospital.

Ante esto, Tori sonrió, asintiendo con la cabeza. Adoraba cuando su hermana se comportaba así con ella. En medio de todo lo que estaba viviendo, tener a Trina ahí, la hizo sentir mejor.

-¿Y entonces? –preguntó la mayor de las Vega. -¿Resolviste el problema?

-Creo que lo empeoré. –respondió Tori tras un suspiro.

-¿Y seguirás escondiéndote en tu cama?

-No, Trina. Ya no tiene caso esconderse. –admitió con tristeza.

Su hermana se acercó a abrazarla y Tori quiso soltar el llanto, pero decidió ser fuerte para evitar dar explicaciones.

-Ahora, ¿Qué te parece si bajamos e informamos a nuestros padres de tu milagrosa recuperación? –dijo Trina con entusiasmo y Tori sonrió.

-Bajaré en un segundo. Debo ducharme y vestirme antes ¿No crees? –mencionó Tori.

- Es cierto. ¿A dónde diablos fuiste en pijama? – preguntó su hermana, dirigiéndose a la puerta.

-Larga historia. -dijo Tori, antes de ver a Trina marcharse.

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Con ayuda de su hermana, le fue fácil enfrentar a sus padres y convencerlos de que podía volver a clases ese mismo día. Por lo que, con los nervios estrujando su estomago, se subió al auto de Trina, permaneciendo en silencio durante todo el viaje. Trina, por momentos había volteado a mirarla, pero al parecer no se había atrevido a decir nada tampoco.

Tori hubiese deseado no tener que encontrarse con Jade tan pronto; ni siquiera sabía cómo, la chica gótica, esperaba que ella actuara, después de todo lo que había pasado ¿Acaso sólo debía ignorarla y ya? Y de ser así ¿Cómo iba a lograrlo?

En el fondo y aunque le costara, ella entendía a Jade. Era irracional, tratar de darle un futuro a la locura que las había atrapado la noche anterior. Más, tratándose de ellas dos, tan diferentes una de la otra, tan rivales a veces, tan capaces de hacerse daño, incluso involuntariamente. Se sentía inútil para seguir pensado, porque, llegado el momento, sus reacciones iban a escoger entre su instinto y su cordura; y no tenía suficiente autocontrol para dominar dicha situación.

Al llegar a la escuela bajó del auto, con el corazón golpeando fuerte contra su pecho, mientras caminaba a pasos lentos hacía la puerta. Los pasillos estaban llenos de gente y es esforzó por llegar a su casillero sin mirar a nadie.

-Hola, Tori. –saludó Cat con entusiasmo. –Por fin te recuperaste. Creí que te pasaría lo que a mi tortuguita Penny.

-¿Qué le pasó? –preguntó la latina, distraídamente.

-Mis padres la enterraron en el jardín y luego me dijeron que se había mudado a la selva amazónica.

- Ah. –expresó sin saber bien lo que decía. De pronto, la realidad se estrelló contra ella, al escuchar la voz de Jade.

-Cat, ven aquí. –ordenó la chica gótica con apatía.

-Pero estoy contándole a Tori sobre…

-Tengo un dulce.

-¡Yey! ¡Amo los dulces! –exclamó la pelirroja, quien pareció olvidar a Tori y corrió detrás de Jade, en dirección a la cafetería.

Tori suspiró con resignación. Todo era como antes y supuso que era lo mejor que podía esperar.

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Una vez en clase de Sikowitz, se sintió mejor, al ver qué todos sus amigos estaban realmente felices con su regreso. Incluso Beck, la había saludado con un abrazo amistoso, pareciendo haber olvidado su confusión por la bofetada que Tori dio a Jade frente a él. Sin darse cuenta, ella volvía a sonreír, olvidando por un instante sus problemas. Entonces sintió timbrar el teléfono que tenía en el bolsillo y al tomarlo, notó que no era suyo sino de su hermana.

Aprovechado que Sikowitz aún no llegaba, decidió buscar a Trina, levantándose de su asiento rápidamente, chocando con Jade al girar hacia la puerta. –Lo siento Jade, no te vi. –dijo avergonzada.

-No me estorbes, Vega. –respondió la chica gótica, con mirada de desprecio.

La castaña, no pudo evitar sentirse dolida ante la reacción de Jade. Hacía sólo unas horas, ambas habían despertado abrazadas, y Tori había sentido una profunda tristeza y desesperación, al no poder evitar la despedida, pero de si algo había estado segura al cruzar la puerta, era de que había sido correspondida; y ahora, esa misma chica que, estuvo a punto de rogarle que no se fuera, se comportaba con ella como si sintiera repulsión ante su presencia.

La ira que invadió a Tori en ese instante, sobrepasó sus niveles de prudencia y sin pensarlo giró hacia la chica gótica, quien ya se había sentado, y caminó hacia ella, siendo interrumpida por Sikowitz. –Hola chicos, ya empieza la clase. Siéntense por favor. –demando él y Tori se forzó en tomar asiento.

-Tori, Jade, al escenario. –ordenó el maestro y ellas obedecieron, sin siquiera mirarse. –Tori, tú serás una anciana que vende flores y Jade, tú serás una muchacha muy indecisa que busca la flor perfecta. Añadió el maestro. – ¿Preguntas? ¡Perfecto! ¡Acción!

Las dos cruzaron sus miradas, fingiendo indiferencia y sin más opciones, empezaron a actuar:

-Señorita ¿Por qué no compra este ramo de flores? –ofreció Tori, dando a Jade el ramo de utilería.

La chica gótica se tomó su tiempo oliendo dicho ramo, antes de devolvérselo a la chica frente a ella. –No, odio estas flores ¿Qué más me puede mostrar?

-Dice que las odia, pero se quedó un buen rato sintiendo su aroma. –dijo Tori, con despecho en el tono de su voz, a lo que Jade contestó con una mirada confusa, pareciendo insegura de lo que creía entender, pero pronto cambió el gesto a una sonrisa sarcástica.

-Que sus flores tengan un rico aroma, no significa que sean lo que quiero.

-A lo mejor son justo lo que quiere, aunque no se atreva a aceptarlo. –contraatacó Tori, con mirada desafiante.

-No diga tonterías. -dijo Jade, con una risita. –Puedo encontrar ese aroma en cualquier flor, así que buscaré un ramo, que realmente me parezca especial.

-Pues, siéntase libre de buscar las flores que quiera. –expresó Tori, con fingida amabilidad. – Sé que no tardará en aparecer alguien que quiera este ramo y usted no podrá remediar su perdida.

-Sí, sí, venda rápido sus flores y deje de suplicar, que empieza a inspirarme lástima.

-¡Eres tú quien me da lástima!- se encontró gritando Tori, completamente fuera del personaje.

-Es suficiente. –dijo Sikowitz, pareciendo sorprendido.

El resto de la clase observó a las dos chicas, con miradas atónitas, mientras éstas regresaban a sus asientos, aún enojadas.

-¿Qué diablos fue eso?- susurró André a la castaña, desde el asiento contiguo.

-No importa André. No discutiremos más sobre el tema.