Gabon! :3

Pues aqui estoy otra vez, con un pecado capital al que adoro bastante mas de lo que me gustaria (por qué será -.-"). Espero que os guste! ^^

Poooor cierto, hay algo que me olvidé de decir al principio xd, no hay un orden especifico para leer este coso (son historias "sueltas" por asi decirlo xd) pero si os dareis cuenta de que algunas estan entrelazadas entre si. Bueno tras decir esto solo espero que disfruteis con una de las debilidades que más se notan en mi vida :D xd.


Gula

Qué bonito. Precioso. Y qué par de narices bien plantadas tiene el puñetero detective. Watson solo puede retorcerse en su silla, agonizante, palpándose de vez en cuando el bolsillo, metiendo la mano dentro, acariciando todo su dinero. Siente que en cualquier momento las lágrimas van a salirle a borbotones. Y luego saldrá él corriendo hacia el cuarto de baño, porque la sensación que ahora tiene en el estómago es inexplicable e incomparable a todos los humores que ha podido tener en los últimos años.

Ahí. Bien postrado y como un rey estaba Sherlock Holmes, devorando plato tras plato, botella tras botella de vino. Pero del caro. De ese que te cuesta un riñón. Mientras tanto Watson, que está sin comer porque se le ha atravesado lo poco que se ha metido al cuerpo, cuenta con los dedos los meses que va a pasar sin sus timbas, ni apuestas. Ni comida. Tiene la desgracia más grande con la que ha podido cargar en sus espaldas, porque esta no es una de esas veces donde pueda soltarle una de sus soberanas broncas a Holmes, viendo su típico rostro con esa expresión y sonrisa de "me importa un carajo lo que me está contando, Watson", pero que en el fondo y a través de sus ojos deja entrever que se está autocastigando por dentro por su egoísmo.

No.

No es una de esas veces en las que Watson tiene y tendrá la última palabra sí o sí.

Para nada.

Es una de esas veces en las que a Watson, que se ha gastado casi todos los ahorros del mes en sus tonterías, le toca agradecer a base de favores de casi todo tipo a Holmes haberle sacado de la ruina y haberle dejado a cargo de todos los gastos. Y mientras Holmes está disfrutando del momento como un niño, relamiéndose los labios, Watson ve su fin inminente enfrente de sus ojos. Ahí, comiéndose todo lo habido y por haber.

Ya no sabe si come porque de verdad todo eso le entra en su diminuto y enflaquecido cuerpo o directamente lo hace por joder la marrana.

Y Holmes es un tipo listo. Sí, vaya que sí lo es. Demasiado, sabe por dónde coger a Watson. Sabe dónde le duele y gracias a ello tiene conciencia de dónde puede sacar partido.

Qué mejor que en el Royal, donde todo es exuberantemente caro, lujo y se come de maravilla. Total, él no paga. El bolsillo no le va a doler mucho.

-Watson, se le ve un tanto intranquilo –el aludido no contesta-. ¿Qué le inquieta?

Y si las miradas matasen, Holmes ya estaría muerto. No le cuesta mucho deducir que le está quitando sueño a doctor. Que hace que tiemble, no se pueda estar quieto en su sitio y de vez en cuando haga un movimiento brusco. O que vaya del baño a la mesa y de la mesa al baño.

-Deje de mirarme así. Me hace sentir culpable de algo que yo no he hecho.

-¿Perdone? –Watson le observa, atónito- ¿Tiene idea de la cantidad de dinero que nos van a sajar por todo esto, Holmes? ¿Y todavía tiene la cara de preguntarme qué es lo que me inquieta?

-Le van a sajar, si me permite corregirle –el doctor suspira, por nosecuantésima vez-. Le, porque yo no pago –contesta, con muchísima tranquilidad, como si no tuviera ningún pesar en su conciencia-. No sé de qué se queja, de igual manera. No es nada comparado con la prenda que ha dejado soltar usted en sus vicios tan peligrosos.

Touché. Watson se muerde la lengua. Haga lo que haga, diga lo que diga, en este caso Holmes lleva toda la razón.

-Solo respóndame una cuestión.

-Suelte.

-¿Come por hambre o por gula?

Ver la sonrisa socarrona de Holmes durante cinco segundos le basta a Watson para sacar una conclusión razonable.

-Venga –Holmes le mira interrogante.

-No.

-Sabe lo que tiene que decir.

-He dicho que no.

-Entonces me seguirá debiendo una cena.

-¿Qué? –la carcajada que suelta Watson suena más a desesperación, a me estoy muriendo de miedo-, le dije que le debía una cena. Una maldita cena y lo que usted ha devorado han sido tres o cuatro. ¿No le da pena mi bolsillo?

-A usted tampoco le dio cuando me tocó pagar todo el alquiler. Además, usted no preguntó, yo deduje que lo dejaba a mi libre elección. Y ahora dígalo, venga. Lo está deseando.

Y Watson suspira, abatido. Holmes tres, Watson cero. ¿Desde cuándo alguien como él está cayendo tan bajo?

-Lo… ¿lo siento?

-No le oigo, Watson –reclama, expectante.

-Que lo siento. Siento haberle pedido ayuda con el pago de las facturas y demás intereses de nuestro piso –Holmes carraspea con la garganta, provocando que Watson soltase un bufido, dejando entrever que estaba más que cansado de toda esa situación-. Que sí. Que espero que pueda perdonarme.

-Perdonado queda, pues. Quede constancia de que todo esto lo hago única y exclusivamente por su bien.

-Ya, claro. Por mi bien –el doctor deja escapar unas cuantas carcajadas. De repente todo eso le parece gracioso y Holmes le mira con cara de perro confundido y expectante.

-¿Qué? ¿Qué ha sucedido?

-Nada, nada. Déjelo pasar.

-Hace un momento estaba tramando de forma inconsciente un plan para desollarme y ahora se ríe. Después volverá a repetirme como las otras tantas veces que sufro una inestabilidad psicológica severa.

-De veras, Holmes. No ha sido nada.

Nada. No ha sucedido nada. Solo volver a darse cuenta de que, cuando le da por analizar todo el sentido de las conversaciones absurdas y no tan absurdas que tiene con Holmes, llega siempre al mismo punto.

-Watson.

-Diga.

Se ha convertido en una necesidad. Dialogar, discutir, emperrarse, hacerse de rabiar, jugar a tener ocho años cuando están rozando los cuarenta. Para luego volver a tratarse como si nada. Tener ese tipo de relación con él se ha convertido en una necesidad. Tener una relación se ha convertido en una necesidad.

Holmes se ha convertido en su necesidad, y una muy básica. No sabe si preocuparse o dejarlo estar, porque es surrealista lo mires por donde lo mires. Que no haya mujer capaz de haberle sacado esos efectos es algo que cuanto menos, le intranquiliza. Pero de algún modo le resulta demasiado agradable para ser cierto. Tanto que a veces le duele el corazón. Le pesa y se le hace algo muy insufrible. Y después, vuelve a alegrarse.

Al final, Watson murmura involuntariamente que el amor es algo que se automoldea independientemente de la razón de cada uno. Y aunque le joda reconocerlo, nunca había estado tan en lo cierto. Nunca se había notado rozando la sabiduría de tal manera. No iba a dejar escapar una oportunidad en la que quedase casi a la altura del detective.

-Tengo hambre.

-Me está tomando el pelo –Watson le mira, entre extrañado y atónito-. ¿Quiere que le vuelva a enseñar la cuenta? ¿Tiene alguna solitaria ahí dentro o algo?

-No. No ese tipo de hambre.

-¿Entonces de qué tipo de hambre? –pregunta, confuso.

Holmes se encoge de hombros. La expresión tan sugestiva con la que le clava los ojos es algo que hace que al doctor se le estén erizando todos y cada uno de sus pelos, con una mezcla de pánico y ahogo y la de una irremediable necesidad por lo moralmente prohibido.

-Holmes.

-¿Uhm?

-¿Podría dejar de mirarme de esa forma?


Ya sabeis, revieeeew please? *-*