Yuki no Hana
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Después de una larga espera, aquí estoy. Siento haber tardado mucho en actualizar pero estuve ocupadísima y con la semana llena de exámenes, además que mi inspiración no le apetecía aparecer por ningún lado y las ganas de escribir eran escasas. ¡Pero por fin aquí vuelvo! ¡Dispuesta a traeros un nuevo capitulo que seguro os gustará! Por fin podréis ver el pasado de Rangiku, quizá algo resumido, pero se verá. Además, nuestra loca shinigami, recibirá una visita de alguien inesperado que hará que su cabeza se vuelva un completo caos, resolviendo y atando cabos del pasado… ¡Bueno ya no os molesto más! Os dejo leer:
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Capitulo 12
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Se fue.
Quieta, observando cómo la noche hacia desaparecer a aquella pareja de enamorados que por fin habían conseguido encontrar su felicidad. Aquella felicidad que ella nunca pudo sentir, que nunca pudo tener ya que se la arrebataron de forma cruel y despiadada. Sin ninguna explicación, sin ninguna despedida. Es injusto pero, a sus 35 años ¿Qué iba a hacer? Ya se había resignado y con un poco de suerte, en unos años ya no la necesitarían en la casa de las Shinigamis.
Una suave brisa fresca la despertó de sus pensamientos, seguida de un suspiro desganado. Viró sobre sus talones dispuesta a entrar en aquel lugar.
Sola.
Tenía a sus muchachas, Hinamori y Orihime, pero ninguna tenía comparación con Rukia. La vida hizo que esa joven de pelo azabache se cruzara en su camino. Se sintió tan identificada con ella, que vio un reflejo de su juventud marchita e intento luchar por ella. Quería ver cómo habría sido su vida en el caso de no haber tomado la decisión de odiar el amor. Porque ella, Rangiku Matsumoto, lo odiaba con toda su alma.
El amor que la cegó y no pudo defenderse ante ese hombre que solo la utilizo, el amor que la volvió crédula haciendo que siguiera los pasos de su prometido ocasionando que cayera estrepitosamente a la oscuridad. Y odiaba tanto ese sentimiento por culpa de él… de Ichimaru Gin.
Todo fue tan rápido que no consiguió hacerse a la idea de lo que había pasado. Todo iba tan bien, eran tan felices, no había problema alguno hasta que llegaron a Karakura. Su esposo cambió con el tiempo, pero no poco a poco, sino de repente. De forma súbita. De la noche a la mañana ocurrió todo. Se entregó una vez más a él, derrochando pasión y amor, mutuamente y por la mañana todo cambió…
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Flashback
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Un último suspiro de pasión resonó en el cuarto de aquella habitación. Dos cuerpos sudorosos y desnudos se pegaban piel con piel descansando agotados de la reciente actividad. La voluptuosa mujer reposaba abajo, agitada e intentando recobrar el aliento, mientras que el hombre de ojos rasgados permanecía quieto, escondiéndose en la desnudez de su esposa.
Aquella noche había sido especial, habían experimentado nuevos sentimientos, se habían demostrado su supuesto amor en cada beso, roce o caricia.
Paso su femenina mano por el cabello plateado de aquel hombre y lo acaricio con ternura. No se había movido, permanecía con su rostro escondido en el cuello de la mujer, recostado sobre ella pero sin llegar a aplastarla. Era algo extraño que se mantuviese tan callado, ya que normalmente, después de hacer el amor, Gin se recostaba a un lado y comenzaba a hablar con su mujer, alagándola y molestándola, la mayoría de las veces.
Pero esta vez no…
Esa noche se mantuvo en silencio, sin despegarse de ella.
–Gin… – le llamo con voz cansada. – ¿Gin…?
–Si… – contesto casi en un susurro, todavía sin dejar de esconderse.
– ¿Va todo bien? Te noto extraño.
Se hizo un silencio que parecía eterno. El hombre se incorporo sobre sus antebrazos, chocando frente con frente junto a su esposa. Abrió sus ojos y la miró con gesto triste y doloroso, pero para Rangiku paso desapercibido.
La mujer sonrió dulcemente y beso fugazmente sus labios para después decirle…
– Te amo, Gin.
Espero a ser contestada, más aquel hombre no correspondió. Se quedo callado, todavía observándola con sus ojos brillando de dolor. Volvió a esconderse en el cuello de la mujer, suspirando sonoramente mientras la estrechaba entre sus brazos de forma posesiva.
– Perdóname…
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Fin Flashback
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Perdóname.
Jamás entendió a que se quiso referir aquella noche con esa disculpa. ¿Qué le perdonase que? Fue cruel cuando a la mañana siguiente se presentaron unos extraños hombres que la arrastraron a donde ahora mismo se encontraba. No movió un dedo, se quedo ahí, quieto, observando cómo se la llevaban contra su voluntad, con esa mirada vacía y carente de piedad. O eso parecía.
– Que más da…
Susurro cansada. Entro al recibidor y empezó a sacarse los zapatos. Era inútil decir que no le importaba… ¡por supuesto que le importaba! El amor de su vida la vendió sin darla ninguna explicación y desde entonces no le volvió a ver… era obvio que le importaba, aunque fuese solo saber la respuesta a su "¿Por qué?".
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Flashback
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La mujer abrió pesadamente sus ojos, ronroneando y gimiendo cansada para finalmente bostezar. Estiro su brazo con una sonrisa en su rostro esperando abrazar el cuerpo desnudo de su amante, pero tan solo pudo acariciar la sábana revuelta en la que debía estar. Abrió sus grisáceos ojos extrañada de no encontrarle allí.
– ¿Gin?
Le llamo y abrió sus ojos, después de frotárselos. Inspecciono la habitación, buscando a su esposo, incorporándose sobre su brazo y cubriendo su desnudez con la manta. Era extraño no encontrarle ahí como todas las mañanas, era demasiado perezoso y dormía hasta tarde… ¿qué hora sería?
Se mantuvo unos segundos en silencio, intentando adivinar dónde podía estar el peliplata, hasta que escucho unas voces que venían de fuera de la habitación.
¿Quién era a estas horas?
Cogió su kimono blanco del suelo, vistiéndose rápidamente para salir a recibir a quien quiera que fuese los que estaban en su casa. Abrió cautelosa la puerta de su habitación, caminando despacio y tranquila, sosteniéndose el nudo de su kimono para que no se abriese. Llego a las escaleras y escucho la voz de Ichimaru junto a otras que no reconocía de ninguna manera.
Bajó silenciosamente los últimos escalones y las voces se hicieron más claras, algo preocupada se acerco a la puerta del salón, donde escucho perfectamente la conversación:
– Vamos, ¿dónde está?
– …
– Ichimaru, tenemos un trato. – la voz de un hombre se escucho algo enfadada y perdiendo la paciencia.
– Lo sé…
– Bien, pues ahora, debes cumplirlo. – ordeno tajante.
– Enseguida, pero…
La rubia, al ver el tono de aquel hombre, paso de golpe en el salón, haciendo que todos dirigieran sus miradas a ella. Era gente que nunca había visto, la mayoría varones excepto una mujer unos 15 años mayor que ella, o eso parecía. También estaba Aizen, ese amigo de Gin al que Rangiku no aprobaba ya que solo le traía problemas.
Se acerco a su marido, que no hacía nada más que observarla serio y callado.
– Gin…¿Qué ocurre?
Fue a abrazar el brazo del peliplata pero este la paro y la mantuvo quieta mientras la miraba de una forma extraña. Esa mirada que le dedico fue triste, desoladora y lo primero que sintió fue miedo. Un escalofrío le recorrió la espalda y su ceño se frunció buscando una explicación.
Una explicación que nunca llego…
– ¿Esta es la chica? – pregunto bruscamente la mujer.
– Si… – afirmo desviando la mirada.
– Bien. Lleváosla. – ordeno a los dos hombres que cubrían sus espaldas.
– ¿Qué? –susurro preocupada la rubia, mirando con ojos asustados a aquellos hombres y a su esposo. – ¿Qué dice esa mujer, Gin? – volvió a agarrarse al brazo de su marido con más ímpetu.
–…. – no contesto, continuaba callado con la mirada en otro lado.
– ¡GIN! – grito al ver que aquellos hombres estaban a dos pasos de ella dispuestos a llevársela.
– Vamos. – ordeno uno de los hombres, agarrándola bruscamente del brazo.
– ¡No! – intento zafarse, pero era inútil, aquel hombre era demasiado fuerte. – ¡GIN! ¡QUE OCURRE! – exigió mientras aquellos hombres tiraban de ella.
–…
Otra vez guardaba silencio. No la miraba, sus ojos estaban cerrados al igual que sus labios. Rangiku se estaba desesperando, sus ojos empezaron a aguarse y un nudo en su pecho la hizo gritar por última vez antes que la sacaran de aquella sala.
– ¡GIN!
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Fin Flashback
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Suspiro una vez más.
Subió el pequeño peldaño de la entrada y , ya descalza, se dispuso a ir a su habitación pero su jefa salía furiosa y desorientada del salón. Lo más probable por la pérdida de su mejor Oiran : Rukia Kuchiki.
– Rangiku. – la llamo quedando frente ella.
– ¿Si, señora? – su voz estaba algo afligida por culpa de los recuerdos.
– Quiero que atiendas a esos hombres inmediatamente. – ordeno enfadada.
– Enseguida señora. – hizo una reverencia y la mujer se fue de la misma forma en la que vino.
Esa mujer.
Era la mujer que estaba aquel día en el salón de su casa, ordenando que la llevasen contra su voluntad a la casa de las Shinigamis. Vendida a un burdel… por su propio esposo. Ahora que Rukia no estaba, volvía a sentirse sola como cuando vino por primera vez a este lugar y por consecuente, los amargos recuerdos volvían a inundarla.
Pero ya era una mujer y no podía dejarse vencer así como así. Alzo su mirada de nuevo encontrándose con Orihime, la cual venia cargada por el pasillo con dos bandejas de té, intentando que no se le callera ninguna.
– Ara, Inoue, deja que te ayude... – se ofreció amablemente. – se te van a caer.
– Arigato, Rangiku-san. – agradeció quitándose un peso de encima. – Hoy hay mucho trabajo…
– Ya veo. – fingió una sonrisa, pero se notaba a leguas su tristeza. – ¿Quiénes son?
– Son unos conocidos de Senna, pero por lo visto la jefa también resulto conocerlos. – explico.
– Oh, vaya… – miro hacia la puerta corrediza que permanecía cerrada, de la que se escuchaban risas y voces de hombres. – Pues vamos, debemos atenderlos.
– ¡Hai!
Seguida de la siempre sonriente Orihime, caminaron hasta la puerta del salón donde las voces de los varones se escuchaban de forma más estrepitosa. La pelinaranja se adelanto y abrió con su mano libre la puerta, dejando a Rangiku atrás.
La puerta finalmente se abrió y las féminas pasaron. Todas las miradas se posaron en ambas, pero la mirada de cierto hombre se cruzo con la de Rangiku.
El corazón se le paró en seco.
Era él…
Él…
Las manos temblaron y la bandeja con el té impacto contra el suelo, rompiéndose en mil pedazos.
Todo a su alrededor perdió el sonido, solo pudo escuchar como los finos pedazos de porcelana rompían contra el suelo y tan solo podía ver sus ojos. Los ojos rasgados y azules de ese hombre que la miraban serio, y quizá algo sorprendido.
Estaba ahí, parecía irreal. No lo podía creer… no quería creerlo.
Ahora pudo experimentar como se debió sentir Rukia aquel día cuando se encontró con su hermano. Como todo a tu alrededor parecía detenerse y solo quedaba un incomodo, además de triste encuentro con la persona que nunca quisiste volver a ver.
Pero ahí estaba.
Vio como se levantaba del suelo y su corazón pareció volver a reaccionar, pero poniéndose en marcha a mas de mil por hora. ¿Su reacción?
Huir.
Corrió fuera de allí mientras todos los presentes la observaban sin entender nada, excepto uno. Aquel que sabía toda la historia, Aizen. Ese hombre miro a Ichimaru, quien comenzó a ir tras la rubia. Pero ella continuó corriendo, corrió fuera del establecimiento, perdiéndose por un camino de tierra que había al lado.
Las lágrimas surcaron inmediatamente sus mejillas, fundiéndose con el frio de la noche, más eso no la hizo detenerse. Corría sin parar a través de la espesa arboleda que rodeaba aquel oscuro camino, y aunque no lo supiese, Gin seguía sus pasos de igual forma.
Llego a un descampado lleno de pasto que ahora solo era alumbrado por una luna que se reflejaba en el estanque que había allí. Paro de golpe en la orilla y hundió sus rodillas en el mojado suelo, con sus ojos abiertos y su corazón queriendo salir del pecho.
Llevo una de sus manos a su rostro, tapando sus llorosos ojos y derramando incesables lágrimas. Ese hombre le había desarmado por completo, la debilito con una simple mirada y jamás creyó que fuese tan frágil. Pensó que podría soportarlo, pero no fue así…
Y ahí volvía a estar él…
Llego a aquel descampado y observo a su esposa, de rodillas en la orilla de aquel estanque, llorando y todo por su culpa. Una brisa meció el pelo de ambos y Rangiku noto su presencia.
– Que haces aquí… – hablo fría y distante, intentando ocultar su voz quebrada por el llanto.
– Rangiku. – la llamo tranquilo, acercándose a ella lentamente. – Tenemos que hablar.
– ¿Hablar…? – pregunto irónica sorbiendo su nariz y levantándose a duras penas del suelo. – No hay nada de qué hablar, Gin.
– Sabes que sí. – hablo confiado. – Vas a escucharme.
– ¿Cómo? – se giro ofendida y enfadada. – ¿Acaso me estas exigiendo algo…?
– No estoy exigiendo, estoy afirmando. – hablo tajante y serio, acercándose finalmente a ella y sin dejar de mirarla. – Vas a escucharme quieras o no, Rangiku.
Eso fue la gota que colmo el vaso para Rangiku. Su paciencia se había acabado y le dio una bofetada a su esposo. Frunció el ceño y lagrimas de ira empezaron a acumularse en sus ojos.
– E-eres… ¡Eres un insolente!
– Lo sé… – admitió tranquilo.
– ¡Despreciable! – una lágrima rodo por su mejilla y sus puños empezaron a impactar rabiosos en el pecho del peliplata.
– Lo sé...
– ¡Eres un monstruo!
– Lo sé… – continuó afirmando, dejando que se desahogase.
– ¡Me das asco! ¡Eres… eres un cabrón! ¡MALDITA SEA, GIN! – grito dejando sus puños en el pecho apoyados y rompiendo a llorar.
– Lo sé, Rangiku… – la abrazo, acercándola a su pecho y apoyando su mentón en la cabeza de ella, quien no hacía más que llorar desconsoladamente.
– Te odio… te odio, Gin… – susurro con un hilo de voz.
– No… – contradijo con voz suave, acariciando la espalda de ella. – No me odias…
–Me destrozaste la vida... – le reprocho con su rostro todavía escondido en su pecho. – Y tienes razón… pero me odio a mi misma por no poder odiarte…
Se hizo un silencio, pero ninguno de los dos se separaba del otro. Volvía a sentir la calidez de aquel hombre, su cariño, todo lo que sintió la primera vez que le conoció, pero el pasado no la dejaba perdonar…
– Lo siento mucho, Rangiku.
Se disculpo y los ojos de la rubia se abrieron de golpe. Apoyo sus manos en el pecho de su esposo y se aparto lentamente de él, dispuesta a mirarle directamente a sus ojos. Observo minuciosamente cada facción de su rostro y entrecerró sus ojos, haciendo que unas lágrimas rodaran por sus mejillas.
Tenía que hacerlo…Necesitaba una respuesta a su porque.
– ¿Por qué, Gin…? – pregunto con su voz quebradiza.
– Rangiku, tuve que hacerlo…
– No lo entiendo… no entiendo porque tuviste que destrozarme la vida así… – reprocho todavía con sus manos en su pecho.
– Lo siento mucho Rangiku… todo esto fue por mi culpa. No debí meterme en lo que me metí…
– Aizen… – adivino al instante.
– Sí.
– Sigo sin entender nada…
– Me metí en unos graves problemas y tan solo me dieron dos opciones para salir…
– Claro… ¡Y una era venderme a un burdel! – espeto enfadada.
– Si, pero era mejor que la otra. – contraataco.
– ¿Mejor que la otra? – pregunto sarcástica. – No me hagas reír Gin. Vendiste mi cuerpo… ¡Qué demonios es peor!
– ¡QUE NOS MATASEN! – Rangiku abrió los ojos de golpe y callo de golpe. El peliplata suspiro y volvió a recobrar la compostura. – Y créeme Rangiku, que prefería esto antes de que te matasen…
– ¿Y qué hay conmigo, eh? – espeto volviendo a llorar. – ¿Qué pasa conmigo…? – el hombre desvió apenado la mirada, pero Rangiku sostuvo con cuidado su rostro obligándole a mirarla. – Gin… me mataste en vida…
–….
– No te haces a la idea de lo mal que lo pase… de lo mal que lo estoy pasando…– confesó con las lagrimas surcando su rostro con ímpetu. – Preferiría estar muerta antes que esto…
– Lo siento mucho Rangiku… – volvió a abrazarla fuerte. – Pero yo no podría soportar que murieses por mi culpa…
– Eres un egoísta, Gin… – ataco tranquila. – Solo lo hiciste para tener la conciencia limpia…
– No. – negó separándola de nuevo y mirándola fijamente a sus ojos. – Lo hice porque te amo demasiado como para verte muerta…
Los labios del peliplata comenzaron a acercarse a los de Rangiku, quien tan solo espero a que el contacto se hiciera presente. Le deseaba tanto, le amaba tantísimo que no lo podía negar ni en un millón de años. Era tan extraño.
Y se odiaba a asimisma por ello…
– No puedo perdonarte… – aviso cuando sus labios rozaban los suyos.
– No quiero que lo hagas… no lo merezco.
Finalmente sus labios se unieron en un desesperado beso, quien sabe cuándo volvería a verle y quién sabe si querría volver a verle algún día. No sabía si a la mañana siguiente despertase odiándole, aunque fuese imposible, pero ahora aprovecharía que tenía al hombre que amaba junto a ella.
Porque le amaba, un amor visceral que resultaba ser masoquista, ya que aunque a ambos les doliese el pasado, se amaban…
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– ¿Estaba rica la cena, Rukia-chan?
La rubia preguntaba ansiosa esperando una aprobación de parte de su nueva cuñada. Todos habían terminado de cenar en familia entre charlas divertidas y graciosas entre padre e hijo. ¿Hacia cuanto que no cenaba en familia? Ya casi 3 años… quizá algo más. Esa familia era tan cálida, apenas la conocían de unas horas y ya se sentía una más del grupo.
Y es que pronto sería una Kurosaki en toda regla. La señora de Ichigo Kurosaki… como le gustaba su nombre, sin tener que arrastrar el apellido Kuchiki a sus espaldas, no. En poco tiempo sería Kurosaki Rukia.
– Si Yuzu-chan, estaba riquísima. – alentó a la muchacha con una dulce sonrisa en el rostro. – Arigato.
– ¡Kawai! – la rubia se alegro al instante y esbozo una amplia sonrisa. – ¡Me alegro mucho!
La morena sonrió divertida ante la reacción de su pequeña cuñada y miro a Ichigo dulcemente. Este le devolvió la mirada junto a una sonrisa tranquila, acariciando su mano hasta que de repente se dieron cuenta que las pequeñas quitaban la mesa, incitando a Rukia a ayudar.
– Dejad que os ayude. – Rukia se incorporo cogiendo alguno de los tazones que quedaban a su alcance.
– ¡Ni hablar, Rukia-chan! – la rubia le quito los platos al instante, alarmada por la acción de la morena.
– Nostras recogeremos, Rukia-chan… – explico tranquila la hermana morena, recogiendo los platos restantes. – Tu no te molestes.
– Pero…– iba a replicar pero de nuevo la rubia no se lo permitió.
– Eres nuestra invitada, asique ve a descansar si quieres. – propuso amablemente mientras se iba a la cocina junto a Yuzu dejándolos solos.
– Pero…
– Déjalo Rukia, mis hermanas son muy tercas. – aviso Ichigo levantándose de su asiento.
– Vaya…
– Ha sido un día duro, ¿quieres ir a descansar? – la abrazo por la espalda, posando sus manos en su vientre todavía plano.
– La verdad si… – susurro dulcemente y algo agotada. – Estoy un poco cansada… – reposo su cabeza en el torso de Ichigo, acariciando sus varoniles manos.
– Bien, vamos entonces. – la dio un último fuerte abrazo y la llevo de la mano fuera del pasillo hasta su habitación.
Una increíble sensación de paz y tranquilidad le inundaba cuando estaba cerca de Ichigo, se sentía totalmente protegida entre sus brazos, se sentía especial, única. Se sentía una mujer con todas las letras… ese chico la había enamorado como una loca y es que le encantaba perderse en sus ojos, regocijarse en su calidez, saborear sus labios y cada centímetro de él, era tan satisfactorio….
¿Estaba muerta? Porque parecía estar en el cielo… era tan irreal, en un momento estaba bajo las órdenes de una señora que explotaba su cuerpo sin ninguna compasión y ahora su cuerpo era solo para un solo hombre y siempre lo sería así.
Ya habían subido las escaleras y la morena miro de reojo a su prometido, sonriendo dulcemente. Este se cercioro que era observado y paro para abrir la puerta de su cuarto y mirar a Rukia.
– ¿Qué ocurre?
– Nada… – negó sin dejar de mirarle con una sonrisa de satisfacción.
– Bien… pasa. – se hizo a un lado dejándola entrar. – Enseguida te extiendo un futón.
– Puedo hacerlo yo, solo dime donde está.
– No. – negó al instante de forma tajante mientras sacaba un grueso futón del armario empotrado.
– Ah, no estoy invalida, no hace falta que hagas todo por mi… – contraataco cruzándose de brazos.
– Urusai… – la mando callar divertido tirando el futón al suelo junto con las mantas. – Déjame cuidarte mientras estemos aquí, ¿sí? – propuso acercándose a ella y tomando su mentón.
– Hmp… Tu familia va a pensar que soy una vaga. – inflo los mofletes como si fuera una niña pequeña.
– Mi familia te cuidara igual que yo y no te dejaran levantarte para hacer nada. – espeto con una sonrisa en sus labios, dispuesto a besar los de Rukia.
– Cabezota…
Finalmente sus labios se unieron por millonésima vez o quizá más, un beso fugaz pero tierno y profundo. Se separaron ambos con una sonrisa.
– Voy abajo un momento, debo hablar con mi padre. – explico acariciando su mejilla.
– Está bien. – se separo de él dispuesta a ir al futón, sentándose en el de rodillas.
– Ahora vuelvo. – camino hasta la puerta mientras observaba a su futura esposa.
– No tardes, ¿sí? – pidió de forma tierna, haciendo que Ichigo sonriese ante esa dulce actuación.
– No tardaré…
Finalmente salió de la habitación, cerrando con cuidado la puerta. Se sentía tan feliz, por fin tenía a Rukia en sus brazos, por fin podría ser su esposa, solo para él y de nadie más. Y para más inri, quizá esperase descendencia suya. ¿Qué más podría pedir?
Solo con ella lo tenía todo, no necesitaba nada más, no necesitaba a nadie más…
Bajo finalmente a la sala, donde se encontraba solo su padre fumándose un cigarro tranquilamente. El pelinaranjo se acerco por la espalda a su padre, quien ya sabía de sobra que estaba allí, y se sentó a su lado.
El patriarca exhalo el humo de su cigarro y miró a su hijo con una media sonrisa, mirada serena y tranquila, además de compasiva. Ichigo se mantuvo serio.
– ¿Y bien?
– Solo quiero que sepas que… que quiero estar con Rukia de verdad.
– Lo sé. – mantuvo su sonrisa.
– Bien, solo debes firmar el papel de que apruebas que nos casemos y eso…
– Lo haré, Ichigo. – afirmo y después volvió a tomar el humo de su cigarro. – ¿Pero no crees que primero deben firmar los familiares de Rukia?
–Si… tienes razón… – se quedo pensativo. La única familia que Rukia tenía era Kuchiki Byakuya y no sería plato de buen gusto verle de nuevo.
– ¿Crees que el capitán Byakuya accederá? – pregunto haciendo que Ichigo se tensase al instante.
– ¿C-Como… como lo sabes…?
– ¿Creías que no sabía quién era Rukia? – aplasto el cigarrillo en el cenicero de madera que reposaba sobre la mesa. – Ichigo, sé muy bien quién es Rukia, sé de donde viene, sé lo que ha hecho… – le miro fijamente posando su mano en el hombro de su hijo.
– ¿Y bien…? – pregunto serio buscando la aprobación de su padre.
– ¿La quieres? – asintió convencido. – ¿Te quiere? – asintió de igual manera. – Pues ya está…
–… – observo como su padre se levantaba dispuesto a irse.
– El pasado, pasado es. Si sois felices juntos y os queréis, no soy nadie para interponerme.
– Arigato….
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Un nuevo día se hizo presente, cierta morena se removió entre las sábanas y se pego más contra el cuerpo que reposaba a su lado. Desprendía un agradable calor y su aroma varonil la embriagaban totalmente. Los fuertes brazos del chico la rodeaban, posando sus manos en el vientre, protegiendo aquello que todavía era incierto.
Sonrió y se estiro como pudo, intentando no despertar a Ichigo. Se deshizo a duras penas de su abrazo y salió finalmente del agarre. No quería despertarle ya que quería ir al cuartel para pedir el permiso de su único familiar. Ichigo se había empeñado en ir él solo, pero ella quería hacerle frente a sus fantasmas sola.
Obviamente, como terco Kurosaki que es, se negó.
Pero Rukia Kuchiki no se quedaba atrás y ella también era muy testaruda por lo que se vistió con cuidado de no hacer ruido y salió de la habitación cautelosamente, llevándose consigo el certificado que debía firmar su "hermano". Bajo las escaleras y no se encontró con nadie, probablemente estarían durmiendo, era muy temprano, pero sabía que aquel hombre estaría allí.
Salió de la casa dispuesta a enfrentarse cara a cara con él. No sabía cómo reaccionaría al verle, quizá reaccionase como la última vez que le vio en el Rukongai, quizá se quedase paralizada, quizá lloraría del miedo y del pavor que sentía por ese hombre. Pero no quería que todos esos "quizás" se hiciesen realidad.
No podía permitírselo.
Ahora tenía que ser fuerte, por Ichigo y por su futuro bebé. Tenía que plantarle cara, sin miedo, valiente hasta el final. Ni una lágrima, fría e inmutable. Por última vez haría gala de su apellido Kuchiki, ya que sería la última vez que lo portaría.
Tras una larga caminata llego al cuartel. Tomo aire y entro lo más tranquila que pudo en aquel lugar. Había soldados de un lado para otro, pero ningún capitán. Se acerco a una especie de mostrador de madera donde se encontraba una mujer a la que ya conocía: Ise Nanao.
– Disculpe… – la llamo.
– Si, digam-
Sus ojos se abrieron de golpe al ver quien se encontraba allí. Nanao reconoció al instante a Rukia, y su ceño se frunció de golpe, dedicándola una mirada del más profundo odio. Rukia tan solo agacho avergonzada su mirada.
– ¿Qué quieres? – pregunto de forma hostil.
–Me gustaría hablar con el capitán Kuchiki.
– No creo que pueda atenderla. – se levanto de golpe, sosteniendo una pila de papeles para irse.
– Por favor. – la paro agarrándola del brazo y haciendo que mirase sus ojos cargados de desesperación. – Necesito hablar con él…
–Hm… – se soltó del agarre y se acomodo sus gafas – No sé si querrá atenderla.
– Dígale que soy su hermana, es importante… – rogo haciendo una reverencia.
– Está bien, sígame.
Siguió a aquella mujer, a la que le había robado a su marido por una noche, por los pasillos de aquel lugar. Soporto su hostilidad, y es que no era para menos. Tenía todo el derecho a odiarla, por su culpa su marido la había sido infiel por una noche. Por eso no se defendió, dejo que la mujer de gafas la atacara y se desahogara todo lo que quisiese.
Pero ahora no debía pensar en eso, debía pensar en cómo le enfrentaría. Cogió aire y se lleno de valor para poder encarar a sus miedos, a su pasado. Sus manos temblaban levemente, pero pudo hacerse con el control.
La mujer toco la puerta dos veces y la voz de su hermano sonó al otro lado del despacho.
– Señor, tiene una visita. – aviso entreabriendo la puerta, todavía sin dejar ver a Rukia.
– Dije que no quería ser molestado. – su voz sonaba seria y fría como siempre.
– Señor… se trata… – hasta la propia mujer tomo aire. – se trata de su hermana, Rukia.
Entonces Byakuya abrió los ojos sorprendido, levantándose de su asiento al instante. Rukia cerró los ojos con fuerza y dio la última bocanada de aire para parecer fría y distante, además de tranquila y serena.
– Hazla pasar y vete. – ordeno algo nervioso.
– Si, capitán. – abrió un poco más la puerta y miro a Rukia. – Puedes pasar…
Camino despacio, adentrándose en la habitación y dejando la puerta cerrada tras de si. Quedaron a unos metros de distancia, observándose fijamente con el mismo gesto incomodo. Él desde su escritorio y ella desde la puerta. El rostro de Byakuya denotaba nerviosismo, sus ojos estaban más abiertos de lo normal y era la primera vez que le veía así, tan lejos de ser un Kuchiki.
Dio unos pasos lentos hasta acercarse a una de las sillas de madera que se encontraban paralelas al escritorio, quedando detrás de ella y sin dejar de mirarle. Una mirada cargada de dolor, tristeza, rabia y…odio. Aunque pareciese tranquila, su corazón bombeaba incontroladamente.
El Kuchiki decidió romper el silencio, aclarándose la voz para que no le temblase.
– Siéntate, por favor… – ofreció señalando la silla con la mano.
– Arigato… – rompió el contacto visual y se sentó en la silla, mirando sus manos.
Se volvió a formar otro silencio incomodo, hasta que de nuevo, Byakuya decidió romperlo.
– Y bien… ¿Qué…que ocurre…? – pregunto interesado y nervioso.
– Vengo a decirte que voy a dejar de ser una Kuchiki. – anunció encarándole. – Me voy a casar.
– Ah, vaya… – se sentó de nuevo en su silla y la miro de nuevo. – ¿Y para que me necesitas…?
– Necesito que firmes este certificado que dice que apruebas este matrimonio…– saco el papel y se lo entrego, dejándolo sobre su mesa.
El moreno lo leyó detenidamente y se fijo en los nombres que figuraban. Ichigo Kurosaki. Cerró los ojos aliviado de que fuese él, en el fondo sabía que él podría cuidarla de verdad. Podría cumplir la promesa que el mancilló.
– Ichigo Kurosaki… – pronunció el nombre del pelinaranjo, mirándola de nuevo a sus ojos violáceos.
– Si… espero que no te niegues a firmar. – adopto una actitud defensiva. – Creo que no sería justo si lo hicieses después de todo…– ataco desviando la mirada y suavizando el tono.
– No me negaré… – agacho la mirada, sacando el sello de los Kuchiki y firmando el documento ante la atenta mirada de Rukia. – Toma…
– Arigato.
Recogió el papel y lo observo detenidamente, en un sepulcral silencio donde solo se escuchaban las ligeras respiraciones de ambos. Sentía la mirada del Kuchiki analizándola, sin ocultar sus sentimientos como normalmente hacia. Lo leyó diez veces, solo para volver a reunir fuerzas y encararle.
Alzo su mirada, guardando de nuevo aquel papel. Byakuya sin embargo tenía una duda que le reconcomía, el siempre había estado pendiente de todo lo que ocurriese alrededor de Rukia, y esta lo sabía, pero nunca se había entrometido directamente. Sin embargo, una noticia sobre su hermana avivo su curiosidad y preocupación.
Debía preguntárselo y así lo hizo. Mantuvo su mirada seria y aclaro su garganta para preguntar. Temiendo la reacción…
– Rukia… – la llamo e intento controlarse, al igual que ella que a pesar de su fachada fría e inmutable, irradiaba nerviosismo por todos sus poros. – tu…. ¿esperas un hijo de Kurosaki…?
La morena se tensó, y en cierta parte se ofendió. El no tenía derecho a preguntarle nada sobre su vida personal, no a estas alturas.
– Buenos días, Byakuya. – se levanto con el ceño fruncido y sus ojos cerrados, dispuesta a irse y evitar una conversación.
El hombre se levanto al instante de la silla al ver que había espantado a la morena, intentando rectificar. Dejo a un lado su orgullo, quizá por primera y última vez en su vida, y suplico desesperado como nunca antes lo había hecho.
– ¡Rukia! – la llamo angustiado, haciendo que la morena se parase dándole la espalda a escasos pasos de la puerta.
–….
– Yo… – reunió valor y fuerzas para hacer lo que iba a hacer, era un reto demasiado duro. – Rukia… lo siento tanto… – se disculpo haciendo que la morena abriese los ojos de golpe por la sorpresa.
– Han pasado más de 3 años…. – susurro aguantándose las ganas de llorar. No, no lo haría delante de él. – ¿no crees que ya es demasiado tarde?
– Lo sé, Rukia… – hablo serio. – Pero no sabes cuantísimo me arrepiento cada día.
– Tú… – se giro encarándole tranquila y distante. – Tu eres el que no sabe cuantísimo he sufrido yo CADA DÍA. – recalco aquel periodo de tiempo.
– …. – se mantuvo en silencio, siendo apuñalado por esa mirada de dolor y rabia que le dedicaba su antigua hermana. – Lo siento mucho Rukia…. tienes que creerme… estoy muy arrepentido de lo que hice… Perdóname, por favor.
– ¿Sabes…? – relajo la mirada, volviéndose dura y seria, a la vez que serena. – Te creo, sé que estas arrepentido… – al Kuchiki se le ilumino la mirada. – Pero tú debes entender que nunca voy a poder perdonarte…
El Kuchiki recobro la compostura, seria y tranquila de siempre. Cerró los ojos y soltó un leve suspiro, resignado. Al menos las cosas se habían hablado
– Lo entiendo. – agacho levemente la cabeza, dándola a entender que ella tenía todo el derecho a hacerlo.
– Adiós, Byakuya… – hizo una cortés reverencia, que su antiguo hermano imitó, para después irse de aquel lugar.
– Adiós, Rukia….
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Bieeeeeeen después de todo aquí volví, con más temaaa! ¿Qué os ha parecido el pasado de Rangiku? Gin hizo todo por ella, para que no muriese, pero… aún así ella no puede perdonarle. Algo así pasa con Rukia, pero ella a diferencia de Matsumoto, le odia. Y supongo que es normal, pero Byakuya está arrepentido. Perdonar no es fácil. Ahora, bueno, Rukia por fin hizo frente a sus demonios y por fin tiene la aprobación para casarse con Ichigo.
¡Genial!
Pues nada, ya me diréis que os parece todo por un review ¿vale?
Gracias por leer y comentar
Besos
SMorphine
