Yuki no Hana

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Bien, en este capitulo pasan muchas cosas. Han pasado 3 años y medio asique situaros las edades y tal. Emmm, hay un lemmon muy muy suave pero es importante para la historia y bueno, muchas cosas aparecen aquí, asique este capitulo es importante. No os destripo más y os dejo leer.

Disfrutad :)

Aviso: Lemmon muy suave.

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Capitulo 16

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Pasitos lentos, sigilosos cual cazador acechando a su presa, controlando su respiración para no hacer ni una pizca de ruido en el silencio sepulcral que reinaba en aquella casa. Las puntillas de sus pies eran lo único que tocaba la madera del suelo, avanzando hasta la habitación principal… la habitación donde dormía el matrimonio de aquel lugar.

En poco tiempo llegó a la puerta, abriéndola con cuidado y precisión para no despertar a la pareja, la cual dormía plácidamente sobre el futón. Cada vez estaba más cerca de su objetivo, unos pasos más y ya estaría al lado del hombre de cabellos naranjas, el cual permanecía ajeno a quien había entrado en su habitación.

No pudo evitar sonreír complacida al no ser descubierta, inspiro todo el aire que pudo, alzando sus manos en el aire para coger fuerza y dio el último paso, abalanzándose sobre el completamente dormido varón.

– ¡DESPIERTAAAAAAA PAPAAAAAA!

La aguda e infantil voz resonó por toda la habitación, tirándose sobre su padre, el cual estaba boca abajo, y moviéndose para despertarle de una vez. Rukia abrió los ojos asustada, pero no más que Ichigo, quien al sentir peso sobre él se espantó muchísimo más que su esposa. Poco más y muere de un infarto…

– ¡Despierta, despierta, despierta papá! – la niña se monto en la espalda de su padre, cabalgándole como si fuese su caballo personal y riendo de forma feliz.

– Hikari… – mascullo contra la almohada, intentando volverse a dormir. – Deja dormir a papá cinco minutos más, ¿sí?

– ¡NO! – negó inflando los cachetes. – ¡Vamos papa! ¡Despiértate, despiértate, despiértate!

El pelinaranjo sollozó cansado al ver que las insistencias de su hija de tres años y medio no cesaban, al igual que sus saltitos sobre su espalda. Esa forma de despertarle los fines de semana seguro se la había enseñado su maldito abuelo. No se libraría de aquel calvario nunca…

Rukia tan solo se incorporó en la cama, bostezando y mirando la escena de forma divertida.

– Onegai… papá está cansado, Hikari-chan… – suplicaba al borde de las lagrimas, mirando de reojo a su esposa, quien parecía estar divirtiéndose con su desdicha.

– ¡Papá! – le llamo de nuevo, parando de dar botes y cruzando sus brazos sobre su pecho, haciendo un puchero. – ¡Me prometiste que me llevarías a jugar fuera! – la pequeña niña de pelo naranja corto y alborotado miro a su madre, pidiéndole con sus ojos violetas ayuda.

– Tu hija tiene razón, Ichigo. – se unió a su pequeña. – Se lo prometiste. – sonrió divertida, mientras el pelinaranjo hundía su cabeza en la almohada.

– Tsk… está bien…– cedió intentando levantarse.

– ¡BIEEEN! ¡Papá me va a llevar a jugar! – continuó saltando sobre su espalda, volviendo a tumbarle contra el futón.

Ichigo sonrió rendido, no podía negarse a su pequeña niñita consentida. Se giro a duras penas, sosteniendo a su hija para que dejase de saltar sobre él y la elevo hacia arriba, haciendo que empezase a sonreír de oreja a oreja al subir tan alto. Rukia continuaba observando la escena complacida…

Habían pasado ya 3 años desde que nació Hikari. Tres felices años en los que todo parecía ir sobre ruedas. Nunca se había sentido tan feliz, tan completa como hasta ahora. Tenía una familia que la quería, un marido que la amaba y una estupenda hija, ¿qué más podía pedir?

– Debes dejar de despertarme así… – espetó divertido, bajando a su hija de nuevo al suelo. – un día matarás a tu padre de un susto…

– El abuelo me dijo que solo así te podías despertar… – explico de forma inocente, abrazando a su madre.

– Como lo sabía… maldito viejo… – gruñó por lo bajo.

– Hikari-chan, ¿y la tía Rangiku? – pregunto mientras pasaba sus dedos por el anaranjado pelo de su hija.

– Tía Rangiku está en el salón… – contesto sin dejar de mirar a su padre, vigilando para que no se durmiese.

– Ve a invitarla a salir con nosotros hoy, ¿quieres?

– ¡Hai! – se levanto emocionada por la idea y salió corriendo con sus pequeñas piernecitas de la habitación.

Rukia observo cómo se marchaba corriendo, dando saltitos y sonriendo de oreja a oreja. Esa niña era definitivamente la alegría de la casa. Con su sonrisa iluminaba a todos. No podían haber elegido un nombre más adecuado. Bostezo una vez más y miro al lado, donde Ichigo reposaba boca arriba, tapándose los ojos con sus antebrazos e intentando volverse a dormir.

– Hey, ¿no vas a despertarte?

– Solo… solo cinco minutos más. ¿Sí? – suplico a su esposa, confiando en que ella tendría más consideración que su hija.

– ¡Despieeeeeeerta Kurosaki-kuuun! – comenzó a hacerle cosquillas, canturreando con esa voz fingida que tanto odiaba su esposo.

– ¡Rukia! ¡Para! ¡N-No! – intentaba deshacerse de las manos de la morena, que vagaban veloces por su tripa, despertándole por fin. – ¡Esta bien, está bien! Ya me levanto… – agarro las muñecas de Rukia, haciéndola parar. – Ni un "buenos días" en condiciones me das…

– Buenos días, gruñón. – sonrió dulcemente, recobrando una compostura más tranquila.

– Condenadas mujeres, no me dejan dormir tranquilo… – reprocho divertido, acercándose cada vez más a los labios de su mujer, para finalmente depositar un cálido beso en ellos.

– Bajemos a desayunar, o sino Hikari volverá a torturarte.

– Hai, hai… – estiró sus extremidades junto a un bostezo y se levanto tras su mujer.

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– ¿Otra vez te despertó Hikari, Ichigo?

La voluptuosa rubia comía su arroz, mirando divertida al pelinaranjo, quien portaba un cansado rostro. Tan solo asintió, mirando de reojo a su hija, la cual observaba las galletas, embelesada.

– Gomene, en cuanto me despiste un momento, se me escapó. – se disculpó.

– No pasa nada… – le restó importancia, comiéndose su desayuno.

– Rangiku, ¿tienes planes para hoy? – hablo Rukia, observando de reojo a Hikari la cual quería robar una de esas deliciosas galletas. – Hikari, comete primero el arroz.

La niña inflo los cachetes y observo su bol de arroz despectivamente.

– Oh, sí. Si tengo planes. – explicó. – Hoy iré a visitar a las muchachas, Orihime tiene algo importante que decirme.

– ¿Es algo malo? – preguntó preocupada.

La mano de Hikari volvió a acercarse poco a poco al recipiente con las galletas.

– No sé, no me dijo nada más. – intentó restarle importancia. – ¿Vosotros vais a algún lado?

– Si, Hikari quiere salir a pasar el día fuera. – miro a su hija quien ya acababa de alcanzar una galleta. – Deja esa galleta en su sitio y comete el arroz primero. Vamos. – ordeno sería, haciendo que la muchachita retrocediera su mano vacía hasta su bol de arroz, el cual empezó a comer rápidamente.

– Bueno, pues espero que se diviertan. – Matsumoto termino su desayuno y se levanto de la mesa. – Yo voy a prepararme y me voy.

– Si ocurre algo importante, cuéntamelo ¿sí? – pidió la morena.

– Claro, Rukia. – esbozo una animada sonrisa y salió del salón.

Los ojos de la morena volvieron a la mesa, para continuar desayunando, pero la graciosa imagen de su hija la hizo cambiar de rumbo a su mirada. Hikari, con la boca llena de arroz, miraba a su madre con ojos de cachorrito, suplicándole con la mirada una de las galletas.

– Anda, toma… – dijo entre risas, ofreciéndole una de esas suculentas galletas que tanto ansiaba la niña.

Obviamente no tardo nada en tomarla y engullirla con ímpetu.

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La niña corrió por el amplio descampado, lleno de flores, arboles y un enorme pasto. Sus ojos brillaban de la felicidad y corría detrás de las mariposas que salían volando al pasar por al lado de alguna de las flores en las que estaban posadas. Por detrás, caminaban juntos y de la mano sus progenitores, admirando a su pequeña corretear por el campo.

– ¡Oka-san! ¡Otoo-san! ¡Mira cuantas flores! – la niña no cabía en sí de gozo al verse rodeada de tantos colores.

– ¿Qué tal si coges unas pocas para la tía Rangiku? – propuso mientras se sentaba junto a Ichigo bajo la sombra de un árbol.

– ¡Hai!

Y así la niña empezó a arrancar flores de todos los colores, entreteniéndose sola por el momento. Más tarde seguramente reclamaría la atención de su papa, como siempre. Mientras tanto el pelinaranjo se acomodo junto a su esposa, en esa postura que tanta paz le daba. Tumbándose en el suelo y apoyando su cabeza en las piernas de Rukia.

– Ha crecido mucho, ¿verdad? – hablo Rukia tranquila.

– Sí… es una niña muy enérgica. – alzo la mirada hacia su hija, viendo cómo iba cogiendo una flor tras otra, llenándose rápidamente la mano. Pero se vaciaba por otro lado cuando sus manitas no abarcaban más y se caían algunas flores sin darse cuenta.

– De pequeña yo era igual. – rió. – pero se parece mucho a ti.

– No podemos negarlo. Se la ve a kilómetros de distancia con ese pelo.

Ambos rieron ante el comentario, observando con cariño a su retoño.

– Como cambian las cosas con el tiempo, ¿huh? – sonrió melancólica, recordando lo oscuro que fue su pasado.

– Mientras cambien a mejor, no hay de qué preocuparse. – estiro su mano acariciando la mejilla de Rukia y atrayéndola hacia sus labios.

Se perdieron durante un tiempo en los labios del otro, olvidándose de Hikari durante unos instantes, hasta que escucharon un ruidito y se tuvieron que separar. Encontrándose con una sonrojada pelinaranja delante de ellos, con su ramo de flores.

– Y-Ya hice el ramo. – se lo entregó a su madre, para después dirigir su mirada al otro pelinaranja del lugar. – Papa, ¡vamos a jugar! ¡Vamos, vamos, vamos! – la pequeña empezó a tirar de su brazo, obligándole a levantarse.

– ¡Ya voy, ya voy, ya voy…! Niña impaciente… – empezó a reírse y se levanto del pasto, dispuesto a jugar con tu hija.

– ¡Bien! ¡Súbeme arriba! ¡Arriba, arriba!

La subió a sus hombros, yendo por donde ella le indicaba como si fuese un pájaro. Una escena tierna y familiar, y era solo para ella… no pedía nada más, con esto tenía suficiente. Mientras no le arrebatasen a aquellas dos personitas tan importantes, todo iría bien.

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– Malditos bastardos…

Sin embargo, la situación en la tienda de Urahara no era favorable. Rangiku, reunida con sus dos muchachas, Orihime y Hinamori, se ponían al día de las noticias de la casa de las Shinigamis… pero las noticias eran malas.

Las jovencitas estaban magulladas y con morados en los brazos. Las trataban mal, de eso no cabía duda, pero Orihime… ella parecía estar peor psicológicamente que físicamente. Estaba callada, sin su peculiar sonrisa que siempre adornaba su rostro, y su mirada permanecía fija en el suelo.

– Son unos animales… – continuó explicando Hinamori. –… no sé cuanto más podremos aguantar aquí, Rangiku.

– ¿El capitán Hitsugaya sabe de esto?

– Si… hable con él hace unas semanas, cuando esto empezó a ponerse serio…

– ¿Y bien?

– Él… está planeando sacarme de allí… ya sabes, como con Rukia.

– ¿Estás embarazada? – chilló alarmada Rangiku, haciendo que las dos chicas la mirasen.

– ¡No, no, no! Estamos pensando en casarnos, para así poder salir de allí…

– Menos mal muchachas, no podéis permitiros hacer eso. – Orihime empezó a prestar atención, seriamente. – Ya no es lo mismo que con la jefa, ahora regentan el local gente peligrosa chicas… andaros con cuidado.

– ¡Ya lo sabemos Rangiku! – hablo más animada la morena. – No cometeríamos ese error, sería una horrible idea. Entonces sí que acabaríamos muertas.

Y de una vez por todas, Inoue rompió a llorar…

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El atardecer daba unos colores rojizos y anaranjados a aquel descampado, donde la niña descansaba agotada abrazada a su madre. Después de corretear de un lado para otro, buscar bichos y pájaros, flores, comida y todo lo que el campo podía brindar, decidieron tomarse un descanso mientras veían como el cielo cambiaba lentamente de color.

– Papa… ¿me volverás a traer aquí? – pregunto tranquila, acurrucándose más en la morena.

– Claro que sí. – afirmó.

– ¿Me lo prometes…? – susurro adormilada.

– Te lo prometo.

Y momentos después la pequeña cerró sus ojos, agotada de tanto juego. Rukia pasó su mano por el flequillo anaranjado de Hikari, apartándolo de su frente, para después mirar a Ichigo y sonreír dulcemente.

Pero a lo lejos pudieron divisar a alguien que se acercaba. Ichigo se puso de pié e intento visualizarlo mejor, poniéndose a la defensiva. Sin embargo, rápidamente se relajo al ver la mata de pelo roja de su amigo Renji. Aunque era raro que viniese allí y más de una forma tan alterada.

– ¿Renji? ¿Qué haces aquí? – pregunto cuando le tuvo a escasos pasos.

– Vine a buscarte. – hablo recuperando la respiración. – Rukia. – la saludo alzando la mano, y ella correspondió de igual manera, observando preocupada a ambos hombres.

– ¿Cómo sabías que estábamos aquí?

– Fui a tu casa y Rangiku me lo dijo. – se rascó la nuca mientras explicaba. – Pero… ¡ese no es el caso!

– ¿Qué ocurre?

– Tenemos que ir al cuartel inmediatamente. – miro a Rukia, quien escuchaba atenta la conversación sin entender nada, y bajo el tono de voz. – Hay… "problemas"… ya sabes.

– ¿D-De verdad…? – tragó duro, y miro de reojo a Rukia para después observar a Renji, el cual asintió con pena. – Está… está bien.

– ¿Ocurre algo, Ichigo? – pregunto al sentirse excluida de la conversación.

– ¿E-Eh? No… tengo que ir al cuartel, nos han llamado. Es importante. – la morena se levanto, cargando a la dormida Hikari en brazos. – ¿Podréis volver a casa?

– Sí, claro…

– Tened cuidado. – beso fugazmente a su mujer para después depositar otro beso en la cabellera de su hija. –Volveré a casa en cuanto pueda.

– De acuerdo… te esperaré allí.

– Adiós…

Y así, los dos hombres se alejaron corriendo. La morena suspiró y emprendió la marcha de nuevo a su casa, con su pequeña naranja de ojos violetas en brazos.

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– Tadaima…

Entro en su residencia, anunciándose en voz baja para no despertar a la pequeña. Cerró la puerta y caminó hasta la habitación de Hikari, depositándola en su futón para que durmiese. Ya habían dado las nueve y media, prácticamente pasaron todo el día allí, suerte que llevaron comida.

La dejó durmiendo plácidamente junto con su peluche del conejo y cerró la puerta cuidadosamente para después ir al salón, donde encontró a una decaída Rangiku. ¿Era su imaginación o ahora las cosas estaban empezando a ir mal?

– ¿Rangiku? – se sentó a su lado, inclinándose para verla mejor y apoyando su mano en el hombro de esta. – ¿Va todo bien?

– Ya hablé con las chicas… – susurro mirando a la morena.

– ¿Y bien…?

– Las cosas están fatal para todas, pero…no te lo vas a creer. Es Orihime.

– ¿Qué ocurre con Orihime? – pregunto asustada.

– Ella…quedó embarazada de uno de esos hombres…

– Eso es horrible… corre peligro. ¿Lo saben?

– No, y por eso sigue viva… – suspiró tristemente. – Tenemos que buscar una solución antes de que se enteren.

– ¿Pero qué?

– Hinamori va a escapar con el capitán Hitsugaya, lo más probable. – explicó. – Así que debemos intentar hacer lo mismo con Inoue.

– ¿Pero cómo? Si se queda con nosotras la encontrarán.

– Lo sé… y por eso estoy así… no sé qué hacer. Debo… debo pensar, y rápido.

– Maldita sea… – se froto la sienes, intentando relajarse y poder pensar algo, pero tenía la cabeza demasiado ocupada en Ichigo. Le resultó raro que se fuese así.

– Oye, ¿Y Ichigo?

– Tuvo que ir al cuartel…

– ¿En su día libre? – cuestionó extrañada.

– Sí, por lo visto algo urgente paso… – apoyo su mentón en la palma de la mano y suspiro…

– Seguro que no es nada… – se levanto, frotándole la espalda a la morena para reconfortarla. – ¿Y Hikari?

– Está durmiendo…

– Voy con ella a dormir también, estoy cansada. – Beso la coronilla de Rukia y se despidió. – Buenas noches, cielo.

– Buenas noches, Rangiku.

Y quedo esperándole.

Empezó a cavilar sobre la situación de las muchachas. Si ella no hubiese conocido a Ichigo, o si simplemente se hubiesen esperado más tiempo, ella no tendría la oportunidad de tener una familia y probablemente estaría en la misma situación que ella, o incluso peor. Y pensar que si no hubiesen traído a Senna ahora las chicas estarían bien y no corriendo peligro…

El destino salvó a Rukia de aquella situación venidera, y las cosas parecieron ir mejorando poco a poco. Llevaba casi cuatro maravillosos años de dicha y felicidad, le habían brindado el placer de tener una familia y todos sus seres queridos a su alrededor, la posibilidad de seguir adelante como una persona normal y digna de vivir su vida a su manera, no de forma obligada. Solo le pertenecía a un hombre, un hombre que la amaba y se lo demostraba cada día, con cada palabra, cada caricia, cada beso…

Pero sintió miedo… miedo a que se lo arrebatasen todo y no saber qué hacer. Sintió un mal presentimiento al ver a Renji en aquel lugar, la mirada de Ichigo parecía asustada pero intentaba ocultarle algo. Intentaba protegerla de la verdad, quizá durante un tiempo… Y eso la mataba por dentro, la incertidumbre de no saber que ocurre a su alrededor…

Escuchó la puerta de entrada abrirse y miro hacia la puerta por la que debería entrar su marido, esperando su aparición ansiosa. El ruido de la puerta cerrarse y unos pasos hasta el salón, y se dejó ver. La morena suspiro aliviada al ver que estaba bien, pero la mirada de Ichigo era tensa y entristecida.

– ¿Y Hikari…?

– Está durmiendo con Rangiku. – hablo tranquila, observando cómo se sentaba enfrente de ella al otro lado de la mesa. – ¿A ocurrido algo en el cuartel?

Ichigo la miro fijamente, quedando en silencio durante unos minutos. Las sospechas de Rukia cada vez se hacían más ciertas, y cada vez temía más escuchar sus palabras. Sin embargo, tenía que hacerlo.

– Tengo que hablar contigo…

– Empieza… – le alentó, intentando ocultar su preocupación.

– Hay problemas en el norte…– empezó a explicar. – los enemigos han empezado a atacar…

– Ajá… – asintió incitándole a continuar, temiéndose lo peor ya.

– Y hay que ir a defender…– el ceño de Rukia empezó a arrugarse, rezando por no escuchar lo que creía. –… me han destinado allí, mañana debemos partir inmediatamente…

– ¿Q-Qué…? – abrió sus ojos incrédula, notando como su corazón se paraba en seco durante unos segundos. – N-No… no puedes ir, Ichigo… – pidió con la voz temblorosa.

– Tengo que ir, es mi obligación, Rukia.

– ¿T-Tu obligación? – empezó a alzar poco a poco la voz, espetándole la decisión con rabia y tristeza. – ¡Tu obligación esta aquí Ichigo, con tu familia…!

– Rukia, entiéndeme por favor… – intentaba calmarla, pero para la morena no parecía ser algo fácil.

– ¡Entiéndeme tu a mi Ichigo! ¡N-No puedes ir…! – su voz se fue alzando más. – ¿Y Hikari? ¿Qué pasa con tu hija…? ¿Qué pasa conmigo…?

– ¡Lo hago por vosotras! ¿No lo entiendes? – la voz de Ichigo se alzo también.

– ¡Maldita sea Ichigo! – gruño enfadada, al borde de las lagrimas y golpeando la mesa de impotencia. Apretó los dientes y quedó en silencio unos segundos, tratando de recobrar la compostura, pero no lo consiguió. – ¡No te puedes ir!

– ¡Yo tampoco quiero irme y dejaros solas, pero es mi deber! ¡Deja de hablarme como si tuviese la culpa, maldita sea! – ambos hablaban a gritos, que no tardarían en despertar a los de la casa.

– ¡Me prometiste…! –una lágrima rodo por su mejilla, seguida de otras que decidieron imitarla. –¡Me prometiste que no me dejarías sola! – a Ichigo se le encogió el corazón, pero él no podía hacer nada.

– ¡También te prometí que te protegería siempre, Rukia! ¡Mi obligación es protegeros!

–¡N-No, maldita sea, n-no puedes-!

Los gritos cesaron al escuchar como la puerta del salón se abría, dando paso a la somnolienta niña de pelo anaranjado y violáceas orbes. Con su conejo de peluche arrastrando en una mano y la otra libre frotándose un ojo. Seguramente los gritos de sus padres la despertaron, y lo más probable es que para Rangiku no habrían pasado desapercibidos.

– Hikari…– susurro Ichigo apenado.

La morena desvió la mirada, secándose rápidamente las lágrimas para que su hija no se diese cuenta de que había estado llorando.

– ¿Te hemos despertado…? – pregunto Rukia, de forma fingidamente animada y yendo hacia la niña, cargándola en brazos. Esta tan solo asintió bostezando. – Lo siento cariño…

– ¿Por qué lloras, mami…? – pregunto preocupada, al ver como su madre se secaba insistentemente las dichosas lagrimas.

– Mama no llora, cariño… – esbozó una fingida sonrisa que pareció tranquilizar a la chiquilla. – Vamos a dormir…

– Buenas noches, papa… – se despidió de su padre con su manita, mientras Rukia salía de aquella habitación para evitar a Ichigo.

Su corazón se rompía en mil pedazos… ¡pues claro que él no quería separarse de ellas! ¡Eso nunca! ¿Pero qué podía hacer? Era la única forma en la que podía protegerlas… a ellas y a todas las personas importantes en su vida. Tenía que entenderlo…

Suspiro y se froto los ojos, apenado y cansado por la reciente discusión con su esposa. Odiaba esto, pero no tenía alternativa…

–Ichigo…

Escucho la voz de Rangiku en el marco de la puerta, más no se inmutó y continuó sobándose los ojos con resignación. Unos pasos y sintió la presencia de la voluptuosa mujer al lado suya, posando una mano en su hombro para animarle.

– Entiéndela… – susurró. –… ella también lo va a pasar mal.

– Lo sé Rangiku, pero no puedo hacer nada… – alzó la mirada, apagada y triste.

– ¿Cuándo te vas…?

– Mañana… – contesto amargamente.

– ¿Lo sabe tu familia?

– Sí… vendrán mañana por la mañana a despedirse…

– Rukia lo entenderá cuando haya asimilado un poco la situación, Ichigo.

– Eso espero…

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Terminó de volver a meterla en su futón, arropándola y dándola un beso de buenas noches en la frente, pero la niña no podía evitar observar los ojos cristalinos de su madre. Era una pequeña muy avispada, y aunque intentasen engañarla, sabía que su mamá había llorado sin ninguna duda.

– No llores mamá… – acaricio con una de sus pequeñas manitas la mejilla de Rukia, la cual abrió los ojos de golpe al sentir el tacto de su hija. – ¿Vale?

– Mama no va a llorar más, Hikari. – besó la palma de su manita.

– ¿Me lo prometes?

– Te lo prometo. – sonrió levemente, terminando de acomodarle las mantas.

– ¿Porque gritabais papa y tu…? ¿Estáis enfadados? – preguntaba mientras sus parpados empezaban a pesarle.

– No cariño… – acarició su pelo. – Ahora duerme…

– Buenas noches… – se revolvió en la cama, buscando su postura para dormir y cerró los ojos.

– Buenas noches, hija.

Susurró cerrando la puerta tras de sí. Se quedo frente a ella, con la mirada clavada en el suelo y sin expresión alguna más que de tristeza. Había sido demasiado desconsiderada con Ichigo, debería disculparse.

– Rukia.

– ¿Rangiku? – se giró rápida al escuchar la voz de la rubia que se acercaba a ella. – Oh, siento mucho haberte despertado…

– No importa. – le resto importancia y abrazó a la morena.

Esta acción la pilló de improvisto, pero necesitaba mucho que alguien hiciera eso, por lo que se aferro a su gran amiga y lloró en silencio. No gimió, no se escuchó su llanto, pero las lágrimas salían sin cesar. No necesitaban las palabras, no en este momento…

– Rukia, sube con tu marido…. – se separo de ella y sonrió levemente.

–Hai…

Volvió a secarse las lágrimas y cruzo el pasillo para subir las escaleras. Llegado ya el piso de arriba, cogió aire y abrió lentamente la puerta. La habitación estaba solitaria, oscura pero tenuemente iluminada por la luz que entraba desde fuera procedente de la luna. Puso un paso dentro de la habitación, con la mirada fija en el suelo.

Suspiró resignada, cuando unos brazos la rodearon por detrás con fuerza. Era él, no cabía duda… era su aroma, su calidez… No había tiempo para juegos absurdos, no había tiempo para enfadarse… él, el amor de su vida, se iba en menos de un día lejos de ella, y quién sabe si volvería…

No dijeron nada, permanecieron así durante unos instantes hasta que la morena empezó a darse la vuelta para mirarle directamente a sus ojos ambarinos. Quedaron observándose lo suficiente para pedirse disculpas sin decir nada, y fundieron sus labios en un necesitado beso. Llevo sus manos a las marcadas mejillas del pelinaranja y le atrajo más hacia ella, profundizando el beso de forma desesperada.

Ichigo, apretó más el cuerpo de su pequeña y delgada esposa contra el suyo, moldeando sus curvas para memorizarlas. Acariciando cada rincón para no olvidar su textura. Intensificó el beso y la dirigió lentamente al futón, en el que poco a poco se fueron sentando para finalmente acabar uno encima del otro, sin cesar en sus besos.

El pelinaranjo, que estaba arriba, se separo para coger aire aprovechando a su vez para admirar el rostro de Rukia. Sus ojos violetas entrecerrados, brillantes por las lágrimas y ansiosos de él. Podía ver más allá de su mirada, reconociendo sus sentimientos de tristeza, miedo y preocupación…. Se sintió miserable aunque no tuviese la culpa…

– Te quiero…. – susurro besando su mandíbula. – … te quiero tanto… – continuó besando su cuello y abrazándola fuerte.

La morena no dijo nada, tan solo acarició su pelo como hacía con su pequeña mientras este continuaba besando su cuello. Dejo su cabellera para bajar por su espalda y llegar al nudo que ataba la vestimenta del pelinaranjo, el cual imito sus acciones. Mientras desabrochaban mutuamente sus atuendos, volvieron a fundir sus labios en un fuerte beso.

El kimono de Rukia cedió primero y las manos de Ichigo se aventuraron a acariciar su piel expuesta. Cuando después su atuendo corrió la misma suerte comenzó a besar su clavícula, bajando por el mismo camino de besos de todas las noches, hasta llegar a su vientre. Rodeó con sus manos su estrecha cintura y continuó plantando besos de mariposas por toda su tripa.

Volvió a ascender en su travesía y llegó hasta sus senos, los cuales beso, lamio y masajeo una y otra vez, ganándose leves gemidos de la morena. Cuando fue suficiente, Rukia sostuvo el rostro de Ichigo, guiándole de nuevo a sus labios e iniciando un beso en el que el poder ahora residía en la morena.

Retiro con ansia su kimono, deslizándolo por sus torneados brazos hasta que quedaron desnudos. Paso de sus labios a su cuello, besándolo con desespero y dejando salir de sus labios unos susurros entrecortados…

– Lo siento… – se disculpo en un susurro. – Lo siento mucho Ichigo… – su voz se resquebrajó y una lagrima brotó de sus ojos, pero no ceso de besar al muchacho, bajando sus labios a sus hombros y pecho. – Perdóname Ichigo…

– Tonta… – abrazo su cabeza, plantando un beso en su coronilla. La morena continuaba besando la piel que quedaba al alcance. – Deja de pedir disculpas…

Alzo su violácea mirada para fundirla con los ojos de Ichigo, y volver a besarle. Las saladas lágrimas se colaban entre ellos, era una despedida, sin ninguna duda… Por ese motivo no quiso esperar más para hacerla suya de una vez. Necesitaba sentirse unido a ella por fin.

Se acomodó en sus piernas y se introdujo en ella con cuidado para después iniciar un lento vaivén que fue adquiriendo poco a poco intensidad. Rukia comenzó a gemir su nombre, alentándole a más, sus manos se abrazaban a la ancha espalda de su marido y la arañaba ligeramente. Escondió su rostro en el cuello de la morena y profundizo sus embestidas, queriendo sentirse más dentro de ella.

– Promete… prome…– no podía articular ninguna palabra, sus gemidos ahogaban cualquier frase coherente y él no disminuía la intensidad, al contrario, la aumentaba todavía más. Sin embargo, aunque entrecortadamente, consiguió decirle lo que quería. – Prométeme que volverás… Ichigo…

– R-Rukia… – gruño de placer, y al igual que ella, intentando contestarla.

– Promételo… ¡Ichigo! – se arqueo ante un espasmo que dio que dio paso a su primer orgasmo de la noche, apretando más aún la virilidad de Ichigo, quien no parecía que fuese a resistir más.

– Lo… lo… ug…– abrió los ojos que mantuvo apretados y se encontró con los extasiados ojos de Rukia, observándole fijamente y esperando una respuestas, con lágrimas rodando por sus mejillas. – Lo prometo…

Y así imito a Rukia, derramándose en su interior y desplomándose con cuidado en ella. Esta suspiro aliviada al escuchar su promesa y se abrazo a él. No quería que amaneciese nunca, quería quedarse para siempre en este mismo momento, pero obviamente era imposible… Para evitar aplastarla más, el pelinaranjo se apoyo en sus antebrazos y junto sus frentes, quedando sus miradas enfrentadas una con la otra.

– Es una promesa… –susurro Rukia contra los labios de su esposo.

– Lo sé… – beso su frente, para después bajar hasta su nariz y de ahí, a la comisura de sus labios. – Y te prometo también… – continuó besando su mejilla y mandíbula. –… que cuando vuelva te haré el amor a todas horas… – susurro contra su oído, sacándole una leve sonrisa a la morena.

– Te quiero Ichigo…

Y volvió a besarle con fuerza y pasión, siendo ella esta vez la que opto por tomar el mando. Giro sobre él quedando encima y manejando la situación. Lo único que deseaba en este momento, era que la noche fuese larga, muy larga…

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Despertó con un nudo en el pecho, sus ojos escocían por las antiguas lágrimas y su cuerpo estaba agotado de toda la noche. Miro a su lado y ahí dormía su marido, el cual se iría en menos de una hora. Sus ojos entristecieron de nuevo y suspiro cansada…

Debía ser pronto, ya que Hikari todavía no había subido a despertarlos como habitualmente hacía. Estiro una de sus manos y aparto el anaranjado flequillo del chico, acariciando en el proceso su frente, para después bajar hasta su mejilla. Ante este contacto, Ichigo se removió y bostezo ampliamente sin abrir los ojos.

– Buenos días… – susurro la morena.

– Hmm… – abrió lentamente los ojos para ver el rostro cansado y triste de su esposa. Otra punzada en el pecho… – Buenos días. – acerco sus labios a los de ella y los besó.

Se separaron y quedaron mirándose el uno al otro, sin decir nada. Esta sería la última mañana que se despertarían al lado del otro, había sido la última vez que hicieron el amor toda la noche… solo esperaban que no fuese la definitiva. La morena suspiro otra vez y se incorporó en la cama, tapando su desnudez con la manta.

– Deberías prepararte… tu familia vendrá pronto a despedirse… – mencionó sin mirarle y alcanzando su kimono blanco.

– Lo sé…

– Voy a despertar a Hikari… – susurro mientras se vestía.

– Quiero verla…

– La verás… tranquilo. – se termino de vestir y se levanto con cuidado. – Pero primero debo explicarle de forma que lo entienda… – caminó hacia la puerta ante la mirada de Ichigo.

– Está bien…

No hablaron más, la morena salió de la habitación y le dejó solo. Se dejó caer de nuevo en el futón, tapándose los ojos con las palmas de sus manos y suspirando. Tenía que mentalizarse que las cosas estaban mal y que lo hacía para protegerlas. Lo hacía por ellas, y si para que sus dos mujercitas estuviesen bien, el moriría por ellas si hiciese falta…

Eso lo tenía claro…

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– Espero que las cosas se suavicen, hijo.

La familia de Ichigo estaba allí, en el recibidor de la casa esperando a que su hijo se marchase. Isshin, por primera vez, estaba serio y no bromeaba, sabía que su hijo lo estaba pasando mal al dejar a su familia sola, por lo que se las ahorró.

– Eso espero…

– Onii-chan, ¿dónde está mi sobrina y Rukia-chan? – pregunto la tres años más mayor Yuzu.

– Creo que están en la habitación todavía… – explico Rangiku.

– ¿Qué tal se ha tomado la noticia, Ichi-nii? – cuestiono preocupada la hermana morena.

– Sobra decir que mal…

Todos agacharon la mirada, pero el alocado hombre palmeo la espalda de su hijo, dándole ánimos. Por primera vez, Ichigo le sonrió gratificantemente a su padre. Finalmente, se escuchó como la puerta del final del pasillo (la habitación de Hikari) se abría, dando paso primero a la pequeña, seguida de su madre.

La pelinaranja tenía un puchero en la cara, el ceño fruncido como su padre y sorbía de la nariz para no llorar. Rukia le había explicado de forma que ella entendiese que su amado padre estaría fuera durante un tiempo y ella, como era de esperar, no se lo tomo bien. Pero Rukia no presentaba mejor aspecto. Continuaba con su kimono blanco, su pelo azabache estaba desordenado y sus ojos rojos estaban adornados con unas ligeras ojeras.

Este hecho sorprendió a todos y sintieron un enorme vacío al verla así.

Cuando las dos chicas estaban a punto de llegar, la demás familia las hizo paso. Hikari se negaba a acercarse más a su padre, estaba enfadada con él por irse, pero en el fondo estaba deseando saltar a sus brazos. Ichigo se puso en cuclillas, para quedar a la altura de la pequeña, con una melancólica sonrisa.

– Vamos Hikari…– puso una mano en su espalda, y la empujo levemente para hacerla andar. – Vas a hacer que papa se ponga triste… – susurro.

– ¿Por qué se tiene que ir…? – volvió a sorber su nariz para no llorar. Era una niña terca y fuerte como su padre, a la que no verías llorar así como así. – Papá es tonto…

– Ven aquí anda… – cogió a su hija de un brazo y la atrajo hacia él, abrazándola fuerte.

– Papa tonto… tonto…. – escondió su pequeña cabecita en el pecho de su padre y su voz empezó a temblar. –… tonto… – y finalmente lloró.

– Hey, no llores. – la separo, sonriendo levemente y limpiándola con sus pulgares las lagrimas. – ¿Tu no eras una niña fuerte?

– Si… – ella misma empezó a limpiarse las lagrimas rápidamente. – soy una niña fuerte.

– Pues ya está, no se llora más. – alborotó su pelo y la beso en la frente.

Todos observaban con una triste sonrisa la escena. Cuando Ichigo se levanto de nuevo, la niña corrió hacia Rangiku, pidiendo ser cargada y ahora solo quedaban por despedirse Ichigo y Rukia. Se quedaron mirando uno enfrente del otro sin decir nada. Ahora Rukia no podía llorar, se lo había prometido la noche anterior a Hikari…

Sin decir nada, ambos se abrazaron fuerte, escondiendo sus rostros en el cuerpo del otro. La hermana más emotiva y Rangiku no pudieron evitar llorar de la emoción. Pero ellos seguían en su mundo, ahora solo estaban él y ella. Dio un apretón fuerte a la morena y después la beso delante de todos.

Ahora no importaban las apariencias, no importaba la vergüenza, quería darle el último beso antes de partir y nadie se lo iba a impedir. Finalmente se separaron poco a poco, para volver a abrazarse una vez más. No, no iba a llorar, ninguno iba a llorar, pero se les estaba haciendo difícil contener las lágrimas, en especial a Rukia.

Se separó de él, no sin antes susurrarle

Es una promesa, Ichigo…

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¡Ooooooowwww! Este fic no le queda mucho y sí, voy a ir dando saltos grandotes para ir avanzando. Como visteis, han pasado 3 años desde el nacimiento de Hikari y ya podéis ver lo tierna y dulce que es, ¡me encanta! Es una monada pero bueno… al tema. Quería mostrar como las cosas pasan de ser perfectas y felices a amargas y tristes. Primero esta lo de Orihime y las muchachas, que por si no os habéis enterado Inoue esta embaraza de uno de los hombres que ahora llevan "la casa de las Shinigamis", es Ulquiorra aunque no es relevante para nada, asique bueno, más adelante veréis lo que pasa con este tema. Hinamori, pues ellos da igual que se casen, ahora las normas de aquel lugar han cambiado tras la muerte de la jefa, por lo que deberán escapar. También lo veréis mas adelante por encima.

Y vamos a lo importante. ¡Ichigo se va! Sí, hay una emergencia en el norte, se ha desatado una guerra importante que acecha a Karakura e Ichigo debe ir sí o sí. Obviamente lo hace por ellas, para protegerlas (Él y su instinto protector de siempre xD) pero bueno, más adelante también tendremos noticias sobre ellos. Y pues no sé cuánto me llevará este fic, quizá dos o tres capítulos más y ya estará concluido, quien sabe.

Sin más, muchas gracias a todos los que leen y me comentan dándome ánimos. Espero que os haya gustado el capitulo de hoy y me dejéis reviews :3

Besos

SMorphine