Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.
Vaya, qué cantidad de comentarios. Gracias por eso a: Tomatoland, ..problema, Lovi-Love04, Seiketo Nayset, seasonsleep, xMizukagex y kikyoyami8.
II
España continuó recostado por un buen rato sobre su sofá. Quizás había sido su culpa, debió haber previsto que Romano se iba a comportar de esa manera, debió haber supuesto que el muchacho iba a sospechar de su comportamiento. Dejó escapar un suspiro, todo lo había hecho mal. Ahora debía hallar la manera de recuperar la confianza de ese testarudo italiano, que rara vez cambiaba de opinión.
Si el hecho de hacerle ver que en ningún momento había pretendido robarle la herencia que le había dejado su abuelo, tal vez tendría una oportunidad en cambiarle su parecer. Por supuesto, tenía que romperse la cabeza, pues tampoco quería decirle de manera tan abrupta que todo lo había hecho para proponerle matrimonio. No quería arriesgarse a otro rechazo como el de aquella vez.
Sin embargo, sonrió un poco. Tal vez había algo positivo de toda la situación que había sucedido apenas unos minutos atrás. Romano no solía mostrarse públicamente interesado en él, es más, solía alejarse un poco y de vez en cuando, le saltaba por cualquier cosa. Pero esta vez, había mostrado los celos que el mayor de los hermanos Italia solía refutar. Aunque tampoco podía decir que Francia era de su agrado.
Se levantó bastante entusiasmado, estaba completamente seguro que Romano lo tenía en su corazón. Y era imposible que se olvidara de él tan rápidamente. Recuperó ese brillo en sus ojos verdes. No había ninguna razón en particular por la cual estar devastado, sólo le dejaría un tiempo al muchacho para que reflexione acerca de lo que había visto. Pero, para ser sincero, no tenía mucha esperanza en que su antiguo protegido reconociera lo que había hecho mal.
Por su lado, el hermano de Veneciano ya había llegado a su casa. Estaba terriblemente enojado, tanto que le salían los humos por las orejas, como si se tratara de un volcán a punto de erupcionar. Efectivamente, Romano estaba muy cerca de explotar. Se rehusaba a creer que lo que había visto en la casa del español, era cierto. Tal vez era sólo una maldita pesadilla, no podía explicar otro motivo para que el francés anduviera por allí.
—¡¿Cómo demonios se atreve a hacer eso…? —Pateó una mesa con una costosa jarra encima y la misma se tambaleó de tal forma que casi se cayó sobre él —¡Con ese jodido francés!
Los empleados no comprendían qué era lo que estaba pasando, aunque ya estaban acostumbrados a los ataques de mal humor e histeria de Romano. Hasta se podía decir que había un armario donde estaban las vasijas de repuesto, para reemplazar la que el muchacho rompía por semana. Lo cierto era que todos se aseguraron de desaparecer de su vista lo más rápido que les era humanamente posible.
Repentinamente, el nieto de Roma se detuvo. Se quedó contemplando una pintura de unos siglos atrás, donde había sido retratado junto a España. No dudó demasiado en ir por ella, sin percatarse que la misma estaba protegida por un cristal. Cuando se dio al ataque de arrancar la susodicha imagen, su rostro se estampó contra el vidrio, lo que enfureció todavía más al muchacho.
—¡¿A quién carajo se le ocurre conservar esto? —se quejó y decidió que lo mejor que podía hacer en ese momento era sacar una botella de vino y dirigirse a su habitación.
Sin embargo, al ingresar al dormitorio principal, el enojo empeoró más. En una de las patas de la cama, estaba colgado uno de los calzoncillos que se había olvidado España. Lo arrojó inmediatamente por la ventana, junto a otras cosas como: La almohada contigua, cierto libro de contenido explícito que había traído el hispano, un par de esposas, lo que quedaba del lubricante y algunas cosillas más.
Lo único que sobrevivió al ataque del italiano fueron las cartas que le había mandado España, en épocas en que le había sido imposible visitarle, ya sea por guerras, por una crisis o por alguna circunstancia especial. Se quedó mirando la enorme caja, algunas de ellas databan de un par de siglos atrás. Tosió un poco por culpa del polvo y luego, volvió a guardar el baúl por debajo de la cama.
—¡Imbécil! —se acostó boca abajo mientras que golpeaba las sábanas —¿Quién lo necesita de todas maneras? Ya me molestó por mucho tiempo, al fin estoy solo. Completamente solo —se convenció a sí mismo de que era mucho feliz de esa forma, aunque la realidad era otra.
A la mañana siguiente, a eso de las siete de la mañana, escuchó que alguien estaba golpeando la puerta. Como si no hubiera sido suficiente una mala tarde, también alguien había decidido fastidiarle la mañana. Miró el reloj, no comprendía quién podía tener tanta energía, apenas salido el sol. Se desperezó con dificultad y arrastrando los pies. Antes de abrir la puerta, se rascó un poco y luego continuó con aquella proeza.
—¿Qué? —indagó con pocas ganas mientras que tapaba sus ojos del sol —¡¿Eres tú, imbécil?
Hubo un momento de silencio. Por un instante, Romano había tenido la esperanza de que quien se hallara detrás de la puerta, no fuera otro más que España. No obstante, al darse cuenta que el cabello del visitante brillaba con la luz del sol y que además, era mucho más alto que su ex, dejó escapar un suspiro. Era la última persona a la que quería ver cuando comenzaba el día, más le valía tener una buena razón para estar molestándolo a esa hora de la mañana.
—¿Esto es tuyo? —Fue directo al grano y Alemania sacó un par de calzoncillos de la bolsa que traía consigo.
—No, idiota —Quiso cerrarle la puerta por la cara pero el rubio le detuvo en el instante. Aquello le molestó bastante, se olvidó que el hombre era mucho más musculoso y fuerte que él.
—Cayó de tu ventana, precisamente sobre mi cara —contestó el hombre, fastidiado.
—¡Ese no es mi maldito problema! Cuéntaselo a alguien que le importe, como el bobo de mi hermano—Romano empujó al alemán y cerró la puerta. Además, para asegurarse, le echó llave y se fue.
Alemania se quedó por unos breves minutos allí. Realmente no podía creer que aquel muchacho gruñón fuera el hermano de alguien tan despistado como Veneciano. Bueno, por lo menos no tenía que lidiar con él constantemente, así que dejó la ropa interior en el buzón y se dirigió a su casa nuevamente.
Romano quería regresar a su cama y continuar durmiendo, pero estaba tan molesto que no conseguía calmarse. Se dio varias vueltas, tratando inútilmente de conciliar el sueño. No obstante, terminó por rendirse y mirar el techo. Por un segundo, volteó hacia su derecha y tocó el lugar donde el español solía ocupar. Enseguida se dio cuenta de lo que estaba haciendo y le dio la espalda. ¡No quería pensar más en él!
—Estúpido España… —refunfuñó mientras colocaba una almohada sobre su cara. Tal vez si sólo veía oscuridad, se iba a olvidar de aquel hombre.
Mientras tanto, el país ibérico estaba preparando unos bollos y churros para llevar a la casa de Romano. Tarareaba una canción al mismo tiempo que arreglaba la canasta. Se había despertado con muchas energías, y no era para menos, estaba decidido a conseguir el perdón del italiano. Por supuesto, al principio se había sentido devastado, mas había desechado esa actitud. Si quería lograr algo, debía ser lo más positivo posible.
La verdad que la noche había sido difícil para el español. En lugar de estar distanciados, se suponía que iban a estar disfrutando de una noche feliz, celebrando una feliz noticia. Para esas alturas, el italiano ya debía haber aceptado su proposición de matrimonio y debían estar conversando de los planes. O por lo menos, disfrutando del compromiso de ambos, sin otra preocupación más que la felicidad del otro.
España respiró profundamente. Estaba demasiado entusiasmado con los planes de ese día, ¿qué tan enojado podría estar su antiguo protegido? Para que todo resultara bien, el hombre estaba contando con el hecho de que el italiano ya se había olvidado por completo del problema desatado el día anterior. Definitivamente, Romano no estaría tan furioso y podría conversar civilizadamente con él.
Se arregló lo mejor que pudo, tal vez no era tan elegante como Francia o los hermanos Italia, pero ya le bastaba. Se acomodó la corbata, puso la caja donde se hallaba el anillo que había mandado hacer con mucho esfuerzo para el italiano y los churros que comerían esa mañana. Le echó una última mirada hacia su casa y luego se dispuso a caminar hacia la de Romano. Nada podía salir mal.
Caminó unas cuadras cuando se halló con el motivo por el cual el italiano se había vuelto loco: Francia. Éste estaba tomando un café mientras que observaba a los que pasaban por allí, desde la privacidad de sus lentes de sol. Aunque estaba buscando alguna presa a quien conquistar, vio que el hispano estaba dirigiéndose directamente hacia él. Movió de un lado a otro su mano para que el muchacho de los brillantes ojos verdes se aproximara.
—¡Oye, España! —gritó mientras que el ex jefe de Romano estaba esperando para cruzar a la otra esquina. Ahora, éste no tenía forma de escapar.
—¡Francia! —sonrió, aunque no quería tardar demasiado para llegar a la casa del italiano.
—¿Cómo te ha ido con Romano? ¿Ya es tu prometido? —indagó curioso, a pesar de que había sido testigo de la tormenta.
—En realidad, no… —Dijo algo triste.
—¿Te ha rechazado otra vez? Bueno, era de esperar… —No estaba sorprendido en lo absoluto.
—No. Rompió conmigo, cree que me he acostado contigo —explicó el español, quien había querido olvidar el asunto.
—Oh, no te culpo. De todas maneras, deberías olvidarlo —fue la recomendación del francés.
—No voy a hacer eso —rechazó enseguida el consejo del otro y decidió que era hora de ponerse de vuelta en camino a la casa de Romano —.Nos vemos luego.
—¡Oye, España! —Quiso volver a llamarle, pero ésta vez no tuvo tanta suerte. El hispano movió su mano indicando que se despedía, dejando a Francia con la palabra en la boca.
Ya se había metido en varios líos por culpa de su amigo, no iba a volver a escucharle. Ahora necesitaba y debía enfocarse únicamente en el italiano. Ése era su único objetivo y no había otra cosa que pudiera hacerle cambiar de opinión.
Sin embargo, a medida de que iba acercándose a la casa del mencionado italiano, España iba poniéndose cada vez más nervioso. Trataba de ensayar lo que iba a decirle al italiano, debía asegurarse de que lo tendría en su bolsillo enseguida. Su mayor temor parecía que se le aparecido: La duda. Aunque estaba bastante optimista con respecto a lo que pudiera suceder, ¿qué haría si Romano aún pensaba en ese incidente? ¿Y si no volvía a confiar en él?
Se detuvo en la esquina y se sacudió la cabeza. Quiso deshacerse de esa actitud lo más rápido que podía, si llegara a ocurrir realmente, ya se preocuparía. Lo que debía hacer era concentrarse en hacerle saber al italiano que era el único y que no había otro, aparte de él. Esperaba que ese testarudo chico quisiera escucharlo.
Golpeó la puerta con un poco de nerviosismo, rogaba que Romano se hubiera despertado con el pie derecho. Sin embargo, para la mala suerte que continuaba persiguiendo al español, el dueño de casa estaba demasiado malhumorado. El hecho de que Alemania se hubiera presentado tan temprano para traerle algo que ni siquiera era de él, le había fastidiado bastante. Y después, recordar el por qué se había enojado con España, había sido la guinda del pastel.
—¡¿Qué? —gruñó el muchacho, extrañamente desaliñado. Sólo se había levantado para comer y tomar vino.
—¡Ah, Romano! Te ves… —Buscó algún adjetivo que pudiera describir a su amado sin ser desagradable —.Te ves diferente.
—¿Qué carajo quieres, imbécil? —Le comenzaban a salir los humos por la nariz, como si en cualquier momento pudiera embestir al español.
—Quería hablar acerca de lo que sucedió ayer —respondió, tratando de mantener la calma —.Además, traje dulces para comer.
—No me importa —Romano procuró cerrar la puerta en la cara al muchacho de ojos verdes pero éste trató de detenerlo.
—¡Romano, sólo quiero hablarte! —exclamó mientras que luchaba contra el otro.
—¡No quiero escucharte, imbécil! ¡Te odio! —gritó y aquello fue suficiente para que el hispano se detuviera.
Después de conseguir con mucho esfuerzo cerrar la puerta, Romano cayó al suelo. No solamente por causa del cansancio y del sudor que le iba entrando en los ojos, sino porque había dicho algo que hasta para él era demasiado. Pero no podía evitarlo, aún pensaba que el visitante le había engañado con el francés. ¿Cómo no iba a detestarlo después de semejante "traición"?
Por su lado, España se quedó paralizado frente a la entrada. Se había equivocado y vaya que lo había hecho. En un principio, había creído que sólo se trataba de un absurdo o ridículo pensamiento del italiano que normalmente solía olvidar al día siguiente. Pero no. Era mucho más complicado y difícil que eso. Había perdido la confianza que tanto trabajo le había costado ganar, todo ese cariño que el muchacho escondía y que de vez en cuando, salía a la luz.
Quizás cualquier otra persona se sentiría completamente devastada e iría de regreso a su casa. Éste no era el caso de España. A pesar de que le había dolido bastante la declaración de Romano, no iba a ser un impedimento. Ahora más que nunca sabía que debía insistir e insistir. Aunque tardara diez siglos en lograr su cometido, no iba a dejar que el muchacho se le escapara tan fácilmente.
—¡Romano! ¡Abre la puerta! —exigió el hispano, mientras que golpeaba la puerta de madera.
—¡Vete, imbécil! ¡Deja de molestarme de una jodida vez! —respondió el otro.
—Romano, te necesito. ¿Qué quieres qué te diga? —A España se le prendió la lámpara en ese mismo instante —.Voy a hacer lo qué se te dé la gana, con tal de recuperarte.
Después de unos minutos de silencio, se abrió la puerta. Romano apareció con una enorme y maléfica sonrisa.
—Lo que se me dé la jodida gana, ¿eh? —preguntó para asegurarse.
Aviso que van a ser varias técnicas de conquistas. Ésta es la primera.
Gracias por leer~
