Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.
Quiero agradecer los comentarios de: xxMizukagexx, ..problema, Seiketo Nayset, Daniela MadNerdy, Naruko Ninja Z y kikyoyami8.
III
Definitivamente había terminado en el infierno. O algo parecido. Sabía que Romano era capaz de maquinar ideas algo oscuras, pero esto era el colmo. No había hecho nada en lo absoluto para merecer la tortura que ahora estaba sufriendo. España dejó escapar un suspiro, no podía dejar de mirar al italiano. Y tampoco estaba seguro de cómo evitar el maldito viento que entraba por aquella vestimenta tan ridícula.
El dueño de casa estaba recostado, tomando vino con una pajilla y semi desnudo, con bóxer que no dejaba mucho a la imaginación. A eso había que añadirle unos lentes de sol de los más caros. Ambos se hallaban en el patio trasero y mientras que Romano aprovechaba para broncearse un poco, España estaba viendo la forma de no pensar en nada pervertido. Aunque eso era bastante difícil.
La vida era demasiado injusta para el español. Al mismo tiempo que el muchacho estaba relajándose, a él le tocaba lo peor. No solamente porque tenía que limpiar todo la suciedad y el desastre que había ocasionado el día anterior el italiano, sino porque nunca le había tocado ponerse algo tan estúpido en todos sus largos siglos de vida.
España se detuvo y largó el rastrillo. Quizás si suplicaba, el italiano iba a reconsiderar su idea. Éste también estaba comiendo churros y justo se le había caído un poco de dulce en el pecho. El hispano luchó para que la baba no se le cayera.
—Romano, ¿no crees qué esto es demasiado? —preguntó con una voz lastimera.
—Dijiste que harías lo que se me diera la jodida gana —Ni se molestó en ver al español. Estaba demasiado ocupado chupándose los dedos.
—¿Qué tal si te hago eso qué tanto te gusta en la cama? —propuso con algo de esperanza.
Romano se quitó las gafas y pensó por unos breves minutos. España sonrió, estaba seguro de que el mayor de los hermanos Italia no iba a poder resistirse. Sin embargo…
—No. De todas maneras, ya te acostaste con Francia ayer —Romano volvió a quitar uno de los bollos de la canasta y se lo metió en la boca.
—¡Te dije qué eso no pasó!
—Todos los que engañan dicen lo mismo. De todas maneras, te ves mucho mejor que de costumbre. Deberías agradecer que tenga tan buen gusto, imbécil —explicó y luego hizo un gesto para que el español continuara con su trabajo.
Se sentía increíblemente humillado. Tenía una falda de mucama que mostraba sus piernas a todo dios que pasara por allí. Pero no era cualquier falda. No. Era de un rosado chillón que atraía la atención de todos. Volvió a tomar el rastrillo que había dejado caer y continuó con la tarea que le había sido encomendada.
De todas maneras, tenía un objetivo fijado en su mente y si ésta era la manera en que iba a conseguir el perdón de Romano, se tragaría el orgullo. Aunque siendo un país que había pasado por tantas cosas, lo último que podía haberle pasado era ser humillado por su antiguo subordinado. Se suponía que él era el jefe y el italiano quién debía acatar sus órdenes.
España estaba a punto de decir algo al respecto, cuando se dio cuenta que Romano se había volteado. Éste sentía que un par de ojos estaban encima de él y no dudó en echarle un vistazo a lo que sucedía a sus espaldas. El español estaba jadeando cual perro y eso lo enfureció. Por supuesto, primero se levantó el bóxer que aparentemente se le había caído un poco y después le metió un puñetazo en el estómago a su "pareja".
—¡No puedes aguantar un día! —Romano gritó.
El español trató de recuperarse del golpe que le había encajado el italiano. Tosió un poco mientras que se agarraba la zona donde había arremetido el muchacho.
—¡Romano! Si ya te dije que no hice nada con Francia… —contestó con un poco de dificultad.
—¡Seguro qué es una maldita mentira! ¡Si aún estuviésemos en la maldita Edad Media, te pondría un cinturón de castidad de castigo! —Se largó adentro ya que estaba demasiado enojado.
España se rascó la cabeza, a pesar del tiempo que habían pasado juntos, a veces Romano le resultaba indescifrable. Había subestimado el enojo del mayor de los hermanos Italia. De verdad estaba haciendo lo que se le antojaba y no podía hacer mucho por ello. Continuó limpiando las hojas que se habían caído mientras que intentaba buscar una posible solución.
Luego de terminar con la tarea, se limpió el sudor de la frente e ingresó a la casa del italiano.
—¿Por qué demonios te has tardado tanto? —El italiano indagó cuando vio que el muchacho de ojos verdes entró a la sala.
—Es que había mucho desastre —replicó.
—Lo que sea, tengo otra encomienda para ti —Le brillaron sus ojos —.Y no podrás objetar.
—¿Y ahora qué? —No tenía muchas esperanzas de que Romano fuera bondadoso a estas alturas. Sólo esperaba que no se tratara de algo demasiado vergonzoso.
Después que el muchacho le explicara lo que quería hacer, España se quedó paralizado. Suspiró, se recordaba a sí mismo por qué estaba haciendo eso. Necesitaba ser fuerte para soportar todas las ideas malvadas y estúpidas que se le venían a la cabeza del italiano. Éste abrió la puerta y le dio un cartel que el español debía portar por un par de horas. Romano se rió.
—¿Qué tal si lo hago exclusivamente para ti? —Quiso negociar aquella idea.
—¡No, imbécil! Entonces no tendría mucha gracia —Romano empujó al muchacho de ojos verdes y le indicó dónde debía pararse.
El hispano se paró en la esquina y alzó el cartel que el heredero de Roma había preparado. Como no era suficiente usar esa maldita falda rosada, tenía que aguantar las miradas del resto del mundo. El italiano estaba sentado frente a su casa riéndose mientras que el otro mostraba lo que había escrito y aquello era: Me merezco esto. Le puse los cuernos a mi bello novio.
Algunos tocaron la bocina y otros directamente se rieron por la pinta estrafalaria del hispano. Pero no tardó demasiado en escuchar algunas opiniones.
—¡¿Qué es esta perversión en la calle? —se quejó un indignado Suiza mientras que tapaba los ojos de su hermana.
—Ah, Suiza… Es un castigo —explicó el hombre totalmente sonrojado.
—¡Te metía un par de balazos si fueras así a mi casa! —El "banquero" se apresuró en salir de esa cuadra, refunfuñando algo incomprensible para el español.
Éste enseguida miró hacia al italiano y éste se reía sin ningún disimulo. Era evidente que Romano estaba disfrutando de todo el asunto. España quería que el asunto terminar lo más rápido posible, pero el tiempo transcurría cual caracol, muy lentamente.
No obstante, ése día la fortuna no estaba sonriendo para el país de la península Ibérica. Mientras que mostraba con poco entusiasmo el condenado cartel, Alemania y Veneciano también estaban caminando por allí. El rubio de ojos celestes se quedó paralizado al ver la pinta del español y quiso regresar, pero el menor de los hermanos Italia no veía cuál era el problema.
—Ah, pero sí son Alemania y Veneciano… —Lo dijo un tanto decepcionado, había esperado que Suiza fuera el único de la comunidad internacional que le viera con esa vestimenta.
—¿Por qué estás vestido de esa forma…? —El hermano de Prusia no sabía dónde posar sus ojos. Todo era tan… llamativo.
—¿De verdad le metiste los cuernos a mi hermano? —Veneciano no estaba seguro de qué estaba ocurriendo. Sin embargo, a diferencia del hombre que estaba a su lado, no le parecía extraña la ropa del español.
Romano se había descuidado un poco y había ido un momento a traer una copa de vino. Cuando regresó a las afueras, vio qué el muchacho de ojos verdes estaba conversando con su hermano y con el alemán. Aquello le molestó bastante, se suponía que debía estar avergonzado por lo que estaba haciendo y en cambio, estaba hablando de manera campante con esos dos. Por supuesto, no tardó demasiado en manifestar su enojo.
—¡¿Qué demonios está sucediendo? —Romano se acercó a pasos agigantados hacia el trío de hombres.
—Se viene otro regaño… —España ya estaba resignado a ello.
—¡Hermano, hermano! Vinimos a visitarte un rato —explicó Veneciano con una sonrisa.
Sin embargo, el mayor no prestó atención a lo que había dicho aquel que siempre estaba con los ojos cerrados. De hecho, hizo a un lado a los dos y se acercó al español.
—¡¿Ahora estás coqueteando con el tonto de mi hermano? ¡¿No te es suficiente meterme los cuernos con el idiota de Francia? —exclamó el italiano.
—Creo que llegamos en un momento inoportuno… —comentó el alemán y agarró del brazo a Italia del Norte, para salir de aquella escena digna de una telenovela.
—Sólo les estaba saludando. ¿Verdad, chicos? —España miró por todas partes. Se dio cuenta que ambos habían desaparecido velozmente —¿Chicos?
—¡Te jodes, imbécil! ¡Te di una maldita oportunidad y no tardas en lanzarte al idiota ése! —Romano se dirigió a su casa sin siquiera escuchar lo que el hombre tenía por decir.
A pesar de todo lo que le había dicho, el hispano persiguió al italiano. Se había esforzado en demostrarle el interés que tenía en él, no quería que todo eso se fuera a la basura por algo que Romano había malinterpretado. Aunque pensándolo bien, todo había pasado por culpa de lo que había creído ver el italiano. No iba a dejar que se le escapara tan rápido de las manos.
—¡Romano! —Se estiró para poder agarrarle del brazo, pero todo lo que consiguió fue estrellarse contra el piso de concreto.
Cuando volvió en sí, la puerta ya estaba cerrada. Aquello le frustró, los celos de Romano estaban empezando a descontrolarse "un poco". Sin embargo, volvió a golpear varias veces para ver si el muchacho quería darle una tercera oportunidad. ¡Hasta se había puesto una maldita falda! Si eso no demostraba su compromiso con el muchacho, entonces no había nada que pudiera hacerlo.
Después de una larga hora en la que el español se pasó gritando para que el dueño de casa accediera a abrir la puerta y golpeando hasta que los nudillos se le quedaron rojos, una esperanza apareció. España, que estaba completamente agotado, se dio cuenta que una luz salía de allí. Pero cuando se aproximó para ver qué realmente estaba sucediendo, se llevó una sorpresa. O mejor dicho, una canasta.
La misma salió volando y le dio justo en la cabeza al muchacho. Éste movió su cabeza de un lado a otro, y después de sentirse un poco mejor después de ese golpe, decidió ver qué estaba sucediendo. Otra vez, Romano se había encerrado. Y otra vez, se puso a golpear aquel muro de madera que lo separaba del italiano.
—¡¿Qué demonios quieres ahora, imbécil? —gritó del otro lado el muchacho.
—¿No piensas abrir la puerta? —preguntó el hispano quien intentó forzar sin éxito la cerradura.
—¿Para qué? Si te quieres levantar a todo lo que hay, idiota —respondió el italiano.
—¡Claro que no es cierto! ¡Sólo quiero estar contigo! —exclamó el español, exhausto pero que todavía intentaba hablar con el italiano.
—¡Por eso te acostaste con Francia!
España se levantó y decidió retirarse a su casa. Quizás lo intentaría el día siguiente, pues en este momento ya no tenía las energías para tratar de disuadir a Romano. Necesitaba estar al tope para poder lidiar con él, mas ahora sólo quería ver su cama y cambiarse esa ridícula vestimenta.
Eso no quitaba el hecho de que estuviera decepcionado. Realmente, Romano estaba portándose peor de lo que acostumbraba. Le hubiera gustado zanjar el tema de una vez por todas y no estar separados de esa manera, por culpa de algo que jamás sucedió. Sin embargo, algo ya se le iba a ocurrir. Aunque ese algo debía ser infalible.
Gracias por leer~
