Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya , sin ánimos de lucro.
Quiero agradecer los comentarios de: ..problema, Daniela MadNerdy, Yaya Romance [No te preocupes, no lo voy a borrar. Lo terminaré sin falta], seasonsleep, Seiketo Nayset y xxMizukagexx.
IV
La verdad es que no sabía que hacer al respecto. Se había humillado frente al resto del mundo y aun así, no había conseguido convencer al italiano. No entendía qué era lo que pasaba por la cabeza de aquel, parecía estar mucho más celoso de lo acostumbrado. Necesitaba un consejo urgente y decidió ir junto a cierto francés.
A pesar de que el problema original había ocurrido justamente por la ayuda prestada por el galo, estaba desesperado. Era una circunstancia un tanto especial y dado que Romano ni siquiera le hablaba, las cosas ya no podían empeorar. Francia era el único a quien podía recurrir.
Al llegar a la casa del hombre, pudo oír una risa más que peculiar, una que se podía reconocer a varios kilómetros de distancia. Aunque primero pensó en irse y volver en otro momento, tal vez aquel alemán podría darle alguna perspectiva distinta acerca de la disyuntiva que le estaba carcomiendo la cabeza.
—¡Ah, España! ¿Ya decidiste olvidarte de una vez del asunto? —preguntó el hombre de ojos azules.
—No… De hecho, creo que las cosas han empeorado —respondió deprimido al recordar lo que había ocurrido el día anterior.
—¿Acaso eso es posible? —indagó un poco sorprendido el dueño de casa.
Enseguida le dejó pasar. Prusia se hallaba sentado encima de uno de los sofá más lujosos de la casa mientras que bebía cerveza. Con el francés, habían estado rememorando viejos tiempos. Su ego estaba por los aires al volver a mencionar acerca de sus hazañas del pasado.
—¿Por qué tienes esa cara, España? Hace mucho que ese tipo del otro lado no te ha dado una paliza. ¿No me digas que ha vuelto a suceder? —dijo el hombre con muy poca sensibilidad.
—No… Es un problema con Romano —En algún otro momento, le hubiese retado. Pero no le importaba en lo absoluto. Lo que necesitaba en ese preciso instante era alguna posible solución.
—Yo sé lo que te podría animar —El hermano mayor de Alemania se sentó al lado del español y le pasó el brazo por el hombro. —¿Qué tal si te cuento acerca de la vez que le di una buena golpiza a Austria?
—¿Y eso cómo se supone qué me va a ayudar? —Se rascó la cabeza, un tanto desconcertado por lo que había dicho aquel hombre de ojos rojos.
El francés interrumpió tosiendo un poco. Honestamente, no le asombraba demasiado que el hispano viniese a pedirle consejo. Era simple cuestión de tiempo. Aunque, por otro lado, estaba sorprendido por el hecho de que el país ibérico insistiera tanto con ese muchacho de carácter difícil. Sinceramente, no sabía si él podría soportar tantos berrinches y regaños como lo hacía el español. Debía darle un poco de crédito por ese esfuerzo y empeño que demostraba.
—Si no te importa, Prusia… —Francia se quiso dar un aire de intelectual, como eximio experto en las artes del amor —.¿Y ahora qué sucedió?
España comenzó a contarle lo que ocurrió con todos los detalles, inclusive el asunto de la falda rosada. Por supuesto, el alemán no tardó en reírse en la cara del muchacho mientras que el francés escuchaba con mucha atención. Éste se tocaba la barbilla, de vez en cuando y asentía.
—¿Qué tal si por una vez te haces respetar como jefe? —Interrumpió Prusia, algo molesto por la facilidad con la que el italiano doblegaba al español.
—No sé si eso resulte… —Al hispano le vino varios recuerdos y en todos, había intentado imponerle órdenes al rebelde Romano, sin demasiado éxito.
—¡Eso es! —exclamó Francia, apoyando a lo que había mencionado el hermano mayor de Alemania —¿Por qué no le exiges que te haga caso? Eras su jefe, así que debe obedecerte —explicó el hombre.
A pesar de no estar muy seguro de los consejos que le dieron sus dos mejores amigos, tampoco tenía otra idea en mente. Tal vez tendría un poco de suerte, si les hacía caso. Aunque tampoco estaba muy seguro de hacer caso a uno que se había escapado de varios matrimonios y de otro que no podía estar mucho tiempo comprometido en una relación seria.
—A menos que seas una gallina —se burló el alemán.
—¡Claro qué no! —No tardó demasiado en negar la afirmación del hombre.
—¿Qué tienes qué perder? De todas formas, ya te odia —razonó el enemigo acérrimo de Inglaterra.
Era cierto, Romano ya lo detestaba lo suficiente como para intentar esa idea tan descabellada. Esta noche, el mayor de los hermanos Italia iba aprender quién era el que llevaba los pantalones en la relación. Sin duda, estaba determinado a conquistar de esa manera al muchacho.
Decidió que ya no iba a perder más tiempo allí, tenía que ir a su casa y prepararse para lo que iba a suceder esa noche. España se levantó y empujó al alemán, que continuaba riéndose al sólo imaginar al hispano con la dichosa vestimenta rosada. Se arregló un poco la camisa y se encaminó hacia la puerta, aunque no se olvidó de agradecer a sus dos amigos por sus "valiosos" consejos.
—Bueno, gracias por todo. Ya veremos lo que pasa —Quería mantenerse optimista pero los últimos inconvenientes le habían bajado un poco el espíritu.
—¡Hazle saber quién es el jefe! —exclamó Prusia y luego tomó de un sorbo lo que le quedaba de su cerveza.
—Sí, claro —respondió el hispano.
Sin embargo, cuando ya se disponía a retirarse, el francés le retuvo. Éste le miraba de una forma bastante sospechosa y no sabía que opinar ya que se le acercó bastante.
—¿Qué ocurre, Francia?
—Si las cosas no salen con Romano… —Le dio un aire misterioso a lo que estaba diciendo.
—Espero que te equivoques. De alguna forma, sé que encontraré la forma de que me perdone —España estaba percibiendo una mala vibra del amante del vino.
—En fin, en el caso de que tu situación no mejore… —Francia ignoró por completo lo que había mencionado el muchacho —¿Podría ir detrás de él? Te pido permiso, porque…
Pero no tuvo la oportunidad de terminar lo que estaba explicando. El muchacho de ojos verdes le dio un codazo en el estómago y se retiró inmediatamente. Tal vez debió haberlo previsto, lo conocía desde hacía demasiado tiempo. Sin embargo, en ningún momento se le ocurrió que su empresa fracasaría. Estaba confiado de que conseguiría que Romano cambiara de opinión. De algún modo u otro.
Por su lado, Romano todavía estaba en su cama. Se había quedado allí toda la mañana y nada parecía indicar que eso iba a cambiar. No estaba de ánimos para nada. Miraba el lado que solía contemplar el español y realmente se sentía mal. Claramente, lo extrañaba. Echaba de menos su sonrisa y su manera tan positiva de empezar el día. Ahora, estaba solo por culpa de un malentendido.
Tenía ganas de estar con él y tal vez, jugar un poco entre las sábanas. No obstante, estaba todavía molesto por el asunto de Francia. No entendía por qué todavía no le explicaba qué estaba haciendo aquel hombre, si es que no le estaba metiendo los cuernos. La única explicación para el hermetismo del hispano era ésa, que había sucedido algo entre los dos y no quería admitirlo.
Por lo tanto, hasta que el país ibérico decidiera darle las explicaciones pertinentes, no iba a ceder. Por más que quisiera, España debía esforzarse si quería recuperarlo. Aunque estaba impaciente por ello, estaba empezando a aburrise de estar completamente solo.
Al atardecer, el hispano estaba completamente listo para su "invasión" a la casa de Romano. Si de algo estaba seguro, es que esta vez no iba a tolerar el rechazo por parte de Romano. No, definitivamente no. Él era el jefe y como tal, debía ser obedecido sin ninguna réplica. Se miró al espejo e intentó fruncir el ceño. Lo practicó varias veces, ya que siempre le había costado bastante enojarse con el mayor de los hermanos Italia.
Sin embargo, sabía que debía conseguirlo de alguna manera. Ya estaba listo, ahora debía ponerse en marcha para poder encontrarse con Romano. Se sentía un poco ridículo, ya que ésta no era su manera de hacer las cosas. Para darse un poco más de seguridad, se había puesto aquella ropa que solía utilizar en la época de la conquista de América. De esa forma, el italiano sabría la seriedad de la situación.
Prefirió no llevar ningún arma, pese a que él más que nadie sabía de la conexión entre Romano y la mafia. Tal vez era arriesgado irse sin ninguna otra protección más que sus puños, mas dudaba que aquel fuera capaz de sacarle un revólver. O por lo menos, eso era lo que quería creer.
Luego de respirar profundamente varias veces para tomar un poco de valor, decidió que ya era el momento. No podía dejar de posponerlo por más tiempo. Esta vez, Romano no tendría más opción que oír lo que tenía que decirle. Le gustara o no, ahí se encaminaba el hispano.
Mientras tanto, el italiano estaba mirando con desagrado la escena entre su hermano y el alemán. Seguía sin entender qué rayos encontraba Veneciano que le agradara tanto la presencia del segundo. Era simplemente patético, absurdo, ridículo. Aunque, viéndolo de otra forma, el macho patatas nunca estaba con alguien más que no fuera él. Tendría todos los defectos del mundo y más, pero al menos le era fiel.
—Estúpido España —se quejó el italiano, mientras que disimulaba no estar pendiente de lo que hacía esa pareja.
Repentinamente, escuchó que alguien golpeaba la entrada de su casa. Estaba un poco sorprendido, no estaba esperando visitas. Romano frunció el ceño, no quería hablar con nadie, ¿quién podría interrumpir su tranquilidad? Pero esa persona iba a aprender a no aparecer de esa manera, para otra oportunidad.
—¿¡Qué demonios quieres? —preguntó extremadamente malhumorado.
—Hoy no pienso irme con las manos vacías, Romano —afirmó con una extraña seguridad el español.
—¿¡Tú otra vez? —Estaba a punto de cerrarle la puerta en la cara cuando el otro le detuvo.
—Me vas a escuchar porque era tu jefe y como soy mayor que tú, me debes respeto. Así que…
—¿Respeto? Tú te acostaste con Francia y ahora me exiges respeto. ¡Ja! —se burló el rebelde italiano, al que no le interesaba demasiado el intento del hispano por hacerse escuchar.
—¡Que no me acosté con Francia! —España exclamó, desesperado por la idea fija que se le había metido a su querido y antiguo subordinado.
—Entonces, adiós —Romano le dio la espalda al país ibérico.
Pero el hispano recordó a lo que venía hacer y antes de que el muchacho pudiera dar otro paso más, le rodeó entre sus brazos. Sin embargo, la situación no se iba a poner más sencilla. Al contrario, de manera inesperada, el mayor de los hermanos Italia optó por defenderse y ambos cayeron al suelo.
—¡Te tengo! —exclamó victorioso el español.
—¿De verdad lo crees, imbécil? —No tardó demasiado en darle un rodillazo en las partes vitales del hispano y éste, por culpa del dolor, se hizo a un lado.
El muchacho rió por la desgracia de su "oponente". Ya se lo había hecho saber y le volvió a recordar que nada sería tan secillo. Incluso podía verse una sonrisa de regocijo en el rostro del heredero de Roma. Estaba demasiado orgulloso de no ser una presa fácil como lo había creído el hombre que ahora estaba quejándose en el suelo.
—¡Eres un jodido inútil! —se mofó.
—Romano, espera… —Arrastrándose, agarró del tobillo al italiano quien se disponía a largarse de allí.
El dueño de casa se detuvo por un instante. Miró al hombre que se hallaba a sus pies, literalmente. Aunque sentía un poco de pena por aquel, seguía demasiado molesto como para poder hablar de manera razonable. Aún recordaba la escena que creyó haber visto en la casa del español y eso le producía un malestar inconcebible.
—¿Qué? ¿Ya no has tenido suficiente, bastardo? —indagó apenas mirando al hombre. Lo evitaba en cuanto podía.
—¿No crees que estás exagerando un poco?
—Tú sigues diciendo que no has hecho nada con el imbécil de Francia. ¿¡Entonces, por qué rayos estaba en tu maldita casa? —desató su furia.
España guardó silencio. Cada vez se estaba volviendo más difícil mantener el secreto del italiano. Sin embargo, todavía creía que era posible recuperarlo sin necesidad de comentarle sus verdaderos planes. Y haría hasta donde le fuera humanamente posible para que el italiano olvidara esa tonta forma de pensar.
—Romano, eso ya pasó. ¿Qué tal si me curas y nos vamos a tu…?
—¡Ya te dije qué no! ¡Pasaste mucho tiempo sin hablarme y luego te encuentro con Francia! No jodas —Romano sacudió su tobillo para separarse de la mano del español.
—¡Romano! —exclamó, pero el italiano se encerró en su habitación.
Suspiró y se dejó caer al suelo de mármol de la entrada del muchacho. Nunca pensó que el asunto sería tan complicado. Sin embargo, le acababa de venir otra idea que pondría en práctica en cuanto antes. Primero, debía lograr ponerse en pie…
Lamento que sea tan corto.
Para las personas que quieren saber, la segunda parte de Cafetería comenzará a mediados de marzo o principios de Abril a más tardar. En el próximo capítulo, les daré un pequeño adelanto.
Gracias por leer~
