Todos los personajes pertenecen a Himaruya Hidekazu, sin ánimos de lucro.
Quiero agradecer los comentarios de:Daniela MadNerdy, xxMizukagexx, kikyoyami8, Alice in Funnyland y Seiketo Nayset.
V
Cuando se aseguró que el español ya se había marchado, Romano suspiró. Estaba empezando a cansarse de esos estúpidos juegos. Por un momento, había pensado en disculparle de una vez por todas y continuar con la relación. Ya le estaba haciendo falta la compañía del hombre, se sentía bastante solo en esa cama tan grande. De hecho, podía decirse que disfrutaba de la atención que le estaba dando en ese momento.
Sin embargo, cuando prendió la televisión, para tratar de despejar un poco su mente. Por pura coincidencia, se halló con una película francesa y aquello enervó al muchacho.
—¡Maldito Francia! —gritó con tal enojo y furia que fue posible escucharlo desde varias cuadras.
Por otro lado, cierto español caminaba con cierto desgano. No había obtenido nada siendo o tratando de ser prepotente con el muchacho. Es más, sólo había conseguido un golpe en los bajos y eso no estaba en los planes. Suspiró, necesitaba una nueva estrategia para que el italiano se diera cuenta de sus verdaderas intenciones.
Las cosas no estaban saliendo exactamente como las esperaba. De hecho, de alguna manera había empeorado todo, como si fuera posible. España estaba comenzando a sentirse frustrado, Romano realmente le estaba haciendo la vida imposible y las ideas estaban agotándose. Sin embargo, todavía no estaba listo para darse por rendido, por lo menos sin haber intentado todo lo que se le cruzara por la mente.
Decidió que lo mejor que podía hacer en aquel momento, era acostarse. El día había sido bastante estresante y sólo podía recordar que el muchacho continuaba obstinado con esa loca idea de que le había puesto los cuernos. Estaba con dolor de cabeza, así que prefirió descansar y ver en la mañana qué iba a hacer a continuación.
Al día siguiente, España se levantó con bastante energía. Hoy debía ser el día en que recuperaría a Romano así que debía estar al tope para poder lidiar otra vez con él. Estaba determinado a volver con el muchacho y hacerle ver lo equivocado que estaba. Sí, eso era lo que iba a realizar.
Ya se le había venido otra loca idea para recuperar a su tan querido italiano. Estaba seguro de que ése era el camino definitivo para conquistar al muchacho y a la vez, mantener su secreto. Estaba contento con su plan, era casi infalible. Claro, había un pequeño detalle en el que debía pensar: Cómo sacar a Romano de su casa por un par de horas.
El mayor de los hermanos Italia nunca había sido particularmente popular con las demás naciones. Es más, parecía como si buscara la forma de pelearse con todos, por la simple razón de hacerlo. Al español nunca le había importado, no tenía que preocuparse por el hecho de que el muchacho se enamorara de otro, ya que ése otro con la paciencia que a él le sobraba no existía.
Detestaba a Francia, en parte porque le tenía miedo, en parte porque sí. Con Alemania, era odio y celos, que no reconocía. E Inglaterra no era un invitado a la casa de los italianos. Tampoco tenía apego a Rusia, de quien prefería huir antes de verle la cara. Con el resto del mundo, buscaba alguna excusa para no hablarles o para insultarles.
Nunca se había puesto a pensar en ello hasta este instante. ¿Qué iba a hacer con Romano? Tenía que dejar su casa libre por unas cuantas horas, sino su plan se veía en serios problemas. Miró hacia la ventana, algo debía hacer que su cabeza trabajara. Pero con tantas preocupaciones encima, le resultaba casi imposible concentrarse.
Tomó una bocanada de aire. Luego se recostó sobre un escritorio. Detestaba toda esta absurda situación que se había creado entre ambos. No entendía qué pudo haber hecho para que Romano se convirtiera en alguien tan celoso como lo era. Si siempre le había repetido que sólo quería estar con él… Por más que intentaba recordar, eran demasiados siglos de historia como para poder rememorar cada cosa que había hecho.
Repentinamente, se dio cuenta de que había ignorado a alguien muy importante en la vida del italiano. Sonrió, estaba seguro de que él le iba a ayudar en el plan que se le había ocurrido. Y lo mejor era que no se iba a negar, era alguien con quien podía contar siempre.
No obstante, debido al incidente de la otra vez, España decidió que lo mejor que podía hacer era disfrazarse. No iba a pasar por otro ataque de celos. Ya fueron suficientes las dos veces anteriores, como para soportar una tercera. No era que le preocupaba demasiado lo que le hiciera a él, pues ya estaba acostumbrado, sino por el bienestar de las personas que le rodeaban.
Después de asegurarse de que estaba irreconocible, emprendió la marcha hacia la casa de aquella persona. Era increíblemente absurdo al punto que tuvo que llegar, pero supuso que era normal hacer esa clase de sacrificios por el amor.
Todos los de su alrededor lo observaban con atención. Su pinta llamaba la atención a todos lo que estaban caminando por allí, incluso podía oír lo que aquellas personas murmuraban. España decidió entonces que lo mejor sería apresurar el paso, antes que a alguien se le ocurriera la estúpida idea de llamar a la policía. Su intención inicial era pasar lo más desapercibido posible.
Además, evitar a los conocidos era otra cuestión complicada. Francia y Prusia estaban tomando en un bar cercano y éstos se dieron cuenta de que España estaba caminando a toda velocidad. Ambos intercambiaron una mirada de sospecha. Esa clase de conducta no era la esperada en el hispano, quizás era aceptable con cierto británico.
—¡Oye, España! ¡Ven un momento! —exclamó el galo a la vez que agitaba su mano.
Aunque tenía ganas de explicar lo que estaba pensando, sabía que no podía detenerse. Mucho menos, revelar su identidad de esa manera, así que continuó con su camino. Ya en otro momento, les comentaría lo que estaba pasando por su cabeza.
—¿Cuál es su problema? —indagó el francés al darse cuenta de que el hombre había decidido ignorarles.
—¿De verdad no lo sabes? ¡Ja! Si yo estuviera con Romano, jamás dejaría que me tratara de esa manera. Yo sería el amo y señor —respondió el alemán con orgullo.
—Claro… —contestó sarcásticamente Francia.
Al ingresar en la cuadra donde aquella persona vivía, España se aseguró de que no hubiera rastro del mayor de los hermanos Italia. Miró su reloj, era evidente que era muy temprano así que Romano debía continuar acostado. Con bastante sigilo, se acercó a la casa de quien debía ayudarle en su intento de sacarle al muchacho de malas pulgas de su casa.
Esperaba tener un poco de suerte, así que golpeó la puerta de la casa. Era tan elegante como la del otro italiano, lo cual no debía ser una sorpresa. Ambos compartían el buen gusto por todo lo que fuera elegante. Sin embargo, no había ido muchas veces a dicho lugar, pues Romano acostumbraba a molestarse por eso. Ya le había preguntado varias veces por qué se ponía de esa manera y nunca le daba una respuesta clara.
En el interior, Alemania estaba leyendo el periódico. Estaba bastante concentrado cuando oyó un par de golpes que provenían del exterior, Desde luego, fue a averiguar qué estaba pasando.
—Buenos… —El alemán miró de pies a cabeza al "supuesto" extraño —.No queremos comprar nada. Gracias —Intentó cerrar la puerta pero el otro fue lo suficientemente rápido como para detenerlo.
—¡Necesito su ayuda! —exclamó el recién llegado a quien se le había caído, dejando entrever su verdadera identidad.
—¿España? —indagó un desconcertado Alemania, ya que no entendía qué estaba pasando.
—¡No grites! No quiero que Romano se entere que estoy aquí —explicó el hispano con cierto recelo.
—Ustedes tienen una relación bastante extraña, ¿no es así? —opinó y luego dejó entrar al hispano.
Después de acomodarse, preguntó por Veneciano. Éste, quien estaba jugando con un gato, fue traído a rastras por el rubio, ya que no quería otro problema con Grecia. Además, España había pedido ver al menor de los hermanos Vargas y estaba esperándolo en la sala.
—¡Alemania, Alemania! Ya no lo haré más, suéltame —le pidió el pelirrojo, sin mucho éxito.
—Alguien quiere verte —contestó el rubio mientras que continuaba jalando al muchacho.
Ciertamente, el español estaba algo nervioso. Veneciano era algo tonto por lo que no sabía si estaba bien pedirle el favor, aclarándole que no podía decirle nada de aquello a su hermano mayor. Sin embargo, era su única esperanza si quería acceder a la habitación de Romano, sin ser visto o sin que aquel pusiera alguna resistencia.
Repentinamente, el dueño de casa se apareció.
—¿Ve? —preguntó, tenía miedo de que se tratara de alguien desagradable. Apenas mostró su rostro, pues no quería que el invitado notara su presencia. No obstante, al darse cuenta de que era alguien quien él apreciaba, sonrió —¡España-niichan! —exclamó y se abalanzó sobre él.
—Ah, Veneciano. Vengo a pedirte un pequeño favor —aseguró el visitante con una sonrisa.
—¿Ya no estás más peleado con mi hermano? —indagó, sin prestar mucha atención a lo que el español había dicho anteriormente.
—Bueno, de eso quería hablarte —España se levantó y cerró las cortinas, sólo por precaución.
Veneciano continuaba sin entender muy bien qué había pasado entre él y su hermano mayor. Pero, de todas maneras, tenía ganas de ayudar en lo que pudiera. Quien estaba escéptico acerca de toda esa cuestión era Alemania, quien creía que todo era una pésima idea. Sin embargo, ninguno de los dos le prestó atención a lo que decía.
—¿Podrías distraerlo por un par de horas? Invítalo a salir o algo por estilo —afirmó el español, quien ya tenía en su cabeza lo que iba a hacer en la habitación de Romano.
—¡Sí! Hace tiempo que quiero hablar con él —asintió el pelirrojo.
—¿De verdad, lo harías? —preguntó para asegurarse de que había escuchado bien.
—Sí, pero ¿para qué quieres qué salga con él?
España se limitó a decir lo más importante. No quería decirle todo de una, ya que su preocupación era que accidentalmente le comentara a Romano sobre sus planes. Quería que todo fuera una sorpresa para aquel, así que debía cuidar todos los detalles pertinentes.
Mientras tanto, en una casa aledaña, el mayor de los hermanos Italia estaba aburrido mientras que miraba a la gente pasar. Todo le parecía fastidioso pero tampoco tenía planeado mover un dedo. Aunque parecía no hacer mucho caso a quiénes pasaban por la acera de su hogar, en realidad estaba prestando bastante atención. Sólo que estaba intentando mostrarse desinteresado.
Sentía curiosidad por el día que recién comenzaba. ¿Acaso España volvería a aparecerse? A pesar de sentirse traicionado, quería que el muchacho de ojos verdes fuera hasta su casa. Tal vez era un idiota y que había cometido un craso error por no hablarle por un par de semanas, pero cada vez más le resultaba difícil sacarle la mano de encima.
Estaba ansioso, a pesar de que intentaba negarlo. Ahora, estaba esperando con anticipación lo que pudiera hacer el español. ¡Lo detestaba! Había hallado una forma de mantenerlo alerta y pendiente de sus acciones. Se suponía que estaba molesto, enojado, sin querer saber nada del hispano. Entonces, ¿cómo podía explicar el hecho de que sintiera tan expectante?
Romano observaba a cada hombre que pasaba por allí. Alguno de ellos debía ser España, ¡estaba seguro! Lo conocía lo suficientemente bien como para predecir que aquel no se iba a dar por vencido. Por lo menos, hasta que terminara agotado. E inclusive bajo esas circunstancias, era difícil que le diera la espalda. Cómo detestaba sentirse de esa manera.
Lo que ignoraba por completo, es que muy cerca de él, España estaba planeando darle una grata sorpresa. O esa era la opinión del hispano. Había terminado de detallar las cuestiones más relevantes y ahora, iba a esconderse en los arbustos. No podía darse el lujo de que Romano le descubriera y que todo lo que había preparado hasta ese momento, se fuera al demonio.
—Mándame un mensaje cuando esté listo —explicó el español antes de que Veneciano se marchara.
—¡Ve! —asintió el muchacho y se encaminó a la casa de su hermano mayor.
España no estaba seguro del resultado de la operación que había puesto en marcha. Estuvo a punto de cancelarlo, pero era la única manera de estar con Romano frente a frente, sin que aquel tuviera una opción para escaparse. Suspiró y rogó para que todo saliera acorde a lo que había planeado…
Ya verán lo que España se trae entre manos. Tengan paciencia, que empiezo las clases en la facu.
Gracias por leer~
