Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.

Quiero agradecer los comentarios de: seasonsleep, Daniela MadNerdy y Seiketo Nayset.


VI

Veneciano fue hasta la casa de su hermano mayor, quien estaba sentado a las afueras, terriblemente aburrido. Aún estaba pensando en España y si vendría a verle ese día. Sin embargo, al levantar la mirada, se halló con otra sorpresa.

—¿Qué demonios quieres, tonto? —preguntó de mala gana Romano.

—¿Qué tal si salimos un rato, hermano? —dijo mientras que trataba de levantar al otro italiano, con bastante esfuerzo.

—No —Estaba ensimismado con la idea de que cierto español iba a aparecerse en cualquier momento.

—¡Hermano, hermano! ¡Vamos a divertirnos! —se repitió. No le importaba la negativa del dueño de casa, sabía que debía sacarlo de allí de alguna manera.

No estaba de humor para lidiar con su fastidioso hermano. Sin embargo, por alguna razón que desconocía, Veneciano lucía como si no iba a darse por vencido. La única solución para ello era acceder a su petición, aunque no tuviera los ánimos para hacerlo. Dejó escapar un suspiro, realmente no quería hacerlo.

—¿Va a venir el macho patatas con nosotros? —interrogó el malhumorado muchacho, a quien le desagradaba la idea de que Alemania fuera con ellos.

—No, tiene cosas que hacer —respondió éste, quién mantenía el entusiasmo pese a la respuesta que le estaba dando su hermano mayor.

A pesar de que estaba dudando bastante, pues no quería que durante su ausencia apareciera España, parecía que no le quedaba otra alternativa. Quizás no iban a tardar demasiado y después de todo, no le importaba demasiado que el hispano esperara por su vuelta. De esa manera, éste no se iba a dar cuenta de que lo estaba esperando o pensando en él. Tal vez era una buena oportunidad para alejarse de todos esos problemas.

—Entonces vamos, idiota. ¡Pero más te vale que no estés mintiendo! —amenazó antes de ponerse en marcha.

—Claro que no —Veneciano estaba realmente animado para dicha salida. Además de hacerle el favor a cierto español, podía aprovechar el tiempo para estar junto a su hermano mayor.

Después de asegurarse de que ambos italianos se hubieran alejado lo suficiente, España salió de su escondite. Se sacudió un poco, aparte de toser, ya que tenía hojas por todas partes. La próxima vez que tuviera una idea tan alocada como esa, buscaría un mejor escondite. Además, estaba seguro de que un par de hormigas habían entrado en su pantalón y debió aguantarse para no ser descubierto.

Sin embargo, no le dio mucha importancia a esas cosas. De hecho, pensaba que realmente todas esas alocadas cosas que le sucedían, valían la pena completamente. Al final, debía recordar la razón por la cual estaba haciendo todo ese ridículo, sin escuchar lo que otros países pudieran pensar de él: Romano. Definitivamente, el premio era mucho más valioso, sólo debía esforzarse un poco más de lo que ya había hecho.

Antes de ir a la casa del mencionado italiano, el hispano fue a su casa primero. Si quería que todo ese movimiento resultara, debía lucir bien. No solamente eso, sino que debía llevar algunas cosas que había dejado en su hogar, ya que al inicio no estaba muy seguro del éxito de Veneciano. Por ello, las había guardado, en caso de que debiera idear algo más.

Pero su suerte había cambiado, por lo menos, de manera temporal. Se apresuró, pues no quería que Italia del Sur llegara a ingresar a su casa y encontrarlo a mitad de camino. Tan sólo imaginar en el desastre en que aquello podría convertirse, revolvió el estómago del ibérico. Esta vez, no podía permitirse fallar.

Luego de ver que todo estaba en su lugar y que lucía lo más guapo que podía, era el momento de partir. Su nerviosismo era palpable, ya que no sabía que iba a hacer si aquello no funcionaba. Si bien había conseguido una forma de evitar que Romano volviese a huir de sus manos, no había pensando en un plan de respaldo. Tantas cosas podían salir mal, desde que el muchacho volviese a mandarle al demonio hasta descubrir algo que ignoraba.

De repente, se detuvo. Se miró en la fuente de un parque y se dio cuenta de que estaba siendo demasiado negativo. No podía seguir haciéndolo, ya que de otra manera, sólo iba a conseguir que todo saliera exactamente de esa forma. En lugar de una cara seria, España sonrió.

Era el momento de pensar en lo que podría suceder, si llegara a tener éxito. Tener a Romano entre sus brazos, no escuchar esos malditos gritos que lo acusaban de traidor, dormir con una compañía de lujo… ¡Ah, España sí que estaba motivado! Incluso, antes de siquiera llegar a la casa de Romano, ya andaba dando saltos de completa dicha y alegría.

Al estar enfrente al territorio del enemigo, también llamado por el mayor de los hermanos Italia como hogar, el hispano se infló el pecho. Era una de las misiones más difíciles que le había tocado hacer en su larga vida, pero la recompensa debía llegar esa misma tarde. Caminó lenta pero seguramente hasta la entrada, luego quitó la llave que se encontraba debajo de la alfombra "No son bienvenidos" y entró.

Sentía que hacía años que no entraba a ese lugar y sólo habían pasado un par de días, como máximo. Respiró profundamente, quería recordar todos los buenos momentos de los cuales había sido testigo. Todavía podía ver con mucha claridad la oportunidad en que Romano le había solicitado que se quedara a dormir con él, alegando que tenía miedo.

Sí, esa casa le traía gratos recuerdos. Pero no era el momento de ponerse a pensar en ello. Con él, traía una mochila y una bolsa, para aventurarse a la habitación del joven.

Mientras tanto, los dos hermanos estaban disfrutando de un buen café. Veneciano estaba buscando algún tema de conversación para mantener ocupado al otro, ya que España le había indicado que necesitaba un poco de tiempo para preparar el escenario en la casa de su pretendiente. Romano miraba todo con bastante fastidio y lucía aburrido, por lo que el menor se apresuró en decir algo.

—¿Qué has estado haciendo, hermano? —fue la única pregunta que se le vino a la mente para ganar tiempo.

—Nada, tratando de deshacerme de cierto imbécil —respondió con notable resentimiento. No estaba pensando en otra cosa, repasaba todo lo que había sucedido en los últimos días.

—¿Eh? ¿A quién te refieres? —Aquella era una pregunta con mucho fundamento, ya que Romano solía llamar imbécil a la mayoría de los países.

—¿Tú eres un grandísimo tonto o te haces? —indagó con un tono de ofendido —¡Habló del idiota de España! —exclamó Romano, golpeando la mesa.

—¡Ay, no te enojes, hermano! —respondió Veneciano algo asustado por la reacción del otro —.¿Qué te ha hecho España-nii-chan? —Quería saber cuál era la versión del otro.

Romano se quedó callado, la verdad es que su enojo estaba comenzando a apaciguarse. Sin embargo, recordar la escena que había creído ver en la casa del país ibérico, le ponía algo triste. Aquel seguía sin explicarle por qué no se había aparecido antes y qué estaba haciendo Francia allí.

—Porque me metió los cuernos con el idiota de Francia… —Esta vez no respondió con enojo, sino más bien podía notarse un esbozo de tristeza en su tono de voz.

—¡España-nii-chan nunca lo haría! ¡Estoy seguro! —afirmó con convicción Veneciano, quien no podía tolerar ver que ambos estuvieran mal por una situación como ésa.

—¿Y tú, cómo rayos sabes eso? —Alzó una de sus cejas, pues el otro lo había dicho con mucha seguridad. Incluso, demasiada.

—¡Sé que no lo haría! ¡España-nii-chan realmente te quiere! —Tomó la mano del otro y lo miró directamente a sus ojos —¡Es cierto!

Realmente quería creer en las palabras de su hermano. Siempre lo había tomado como un idiota que no podía pensar por sí mismo, que dependía demasiado del macho patatas y otros adjetivos más. Pero ésta vez, tenía muchísimas ganas de pensar que estaba en lo cierto, que no le estaba mintiendo.

Sin embargo, siempre era la duda que venía para arruinarle cualquier intento de ser positivo.

—Entonces, ¿qué demonios hacía con el imbécil de Francia de su casa? ¿Y por qué no me llamó por una semana? ¡Ja, si que me quiere! —exclamó sarcásticamente.

—Pues… —Veneciano sabía y recontra sabía que no podía decir nada acerca de lo que le había comentado el español. Pero el problema era que no toleraba ver a su hermano así. Si realmente supiera la verdad, estaba muy seguro de que no se sentiría así.

—¿Pues qué? —Le resultaba un poco sospechoso el silencio de su hermano menor, aunque tampoco estaba con ánimos de pensar en qué le sucedía.

La tentación era demasiada, por lo que el menor tuvo que morderse los labios. Estuvo a punto de decirlo, pero una mirada de Alemania del otro lado de la habitación, le había hecho desistir. Menos mal que a España se le había ocurrido pedirle ese favor al hermano de Prusia, dado que no podía dejar escapar ningún detalle sobre su plan.

—Creo que voy a volver a mi casa… —Se levantó, pero Veneciano se lo impidió.

—¿Por qué no te quedas más tiempo, hermano? ¿Acaso tienes algo qué hacer? —Tenía que ganar más tiempo, de alguna forma u otra.

—¿Por qué demonios haría eso, bobo?

—Porque… Porque… —Una vez más, tuvo que buscar lo primero que se le venía a la mente. De repente, intercambió miradas con el alemán que se hallaba oculto en la esquina y consiguió alguna absurda excusa para retener a Romano —.¿Por qué no me ayudas un poco? Ando teniendo un problema con Alemania y me daba vergüenza decirlo… —explicó nerviosamente.

—Qué raro que tengas problemas con el macho patatas. Era obvio que sólo te iba a molestar y nada más. ¿Qué carajo ha hecho esta vez? —Volvió a tomar asiento, disfrutaba hablar mal de Alemania y no iba a desperdiciar esta oportunidad.

Mientras que Italia de Norte inventaba una excusa para continuar reteniendo a Romano, España estaba arreglando el dormitorio del hermano del primero. No recordaba que estuviera en tan mal estado, como si un huracán hubiese arrasado con todas las pertenencias del muchacho. Después, se dio cuenta que la furia del dueño de casa era casi idéntica en intensidad a dicho fenómeno.

De vez en cuando, miraba hacia el reloj. Ya había puesto las cortinas, para que nadie pudiera ver lo que estaba ocurriendo allí. También había dejado en la cocina, pasta que estaba preparando para la cena. Ahora estaba colocando algunas fotografías que se habían sacado juntos, para ver si de esa manera, Romano lograba rememorar los buenos tiempos que habían pasado juntos.

Luego del largo trabajo, España se recostó en la cama. Había olvidado lo cómoda que era. Si hubiera sabido que todo eso iba a pasar, le hubiera pedido matrimonio en la casa de Romano. O algún lugar, como una bahía o una pradera, donde pudieran estar sólo los dos.

Sin embargo, si no hubiera ocurrido todo ese desastre, jamás se hubiera dado cuenta de lo que en verdad significaba el italiano para él. Ni siquiera podía estar un día a solas, a ese extremo llegaba su cariño y preocupación por él. Incluso, llegó a pensar que no le interesaría tanto o que intentaría olvidarlo. Pero apenas le mandó al demonio, en lo único que pudo pensar era cómo recuperarle.

De su bolsillo, sacó la caja que contenía el anillo. Sacó dicha joya y se quedó observándola por un rato. Le parecía hasta asombroso el hecho de que no tuviese una sola duda al respecto. Simplemente sabía que era lo que debía hacer, pues ya no soportaba la idea de tener a Romano tan lejos. Sobre todo, por los últimos acontecimientos. Ahora más que nunca confiaba que sus instintos le estaban mostrando el camino correcto.

Eso sí, si esa noche le rechazaba, probablemente no volvería a preguntárselo. Era un día en el que se jugaba el todo por el todo y no podía ni debía fallar. Estaba ansioso por saber cuál sería la reacción de su querido italiano después de hacerle la pregunta. O que le diría, cómo se lo tomaría. ¿Lo aceptaría o preferiría pensarlo? ¡Tantas cosas y el tiempo pasaba tan lentamente!

Volvió a revisar el reloj, debía retomar la enorme tarea. En un par de horas, ya conocería la respuesta a sus interrogantes…


Adelanto de Cafetería: La historia va a comenzar desde la boda de cierta pareja del fic. Si lo leyeron bien, sabrán muy bien de quiénes se trata. Tal vez Lovino lleve un acompañante misterioso que todavía no ha aparecido ;3

¡Gracias por leer!