Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.
Quiero agradecer los comentarios de: Seiketo Nayset, Alice In Funnyland, Daniela MadNerdy, kikyoyami8, Sorita Uchiha, Yaya Romance [¡Gracias por el fav!] y lovitdesele.
VII
Romano estaba comenzando a aburrirse de la conversación, no le interesaba en lo más mínimo sobre lo que Veneciano estaba hablando. Es más, podía afirmarse que estaba completamente perdido, no sabía de qué estaba hablando su hermano menor. Todo lo que creía escuchar era ruido y más ruido salir de la boca del pelirrojo, pero nada más.
La razón por la cual había aceptado salir era simplemente para tratar de olvidar a cierto español. Sin embargo, cada momento que pasaba sólo podía concentrarse en la brillante sonrisa del hispano. Incluso pensaba que a pesar de estar enojado con él, se estaría divirtiendo. Por supuesto, haciéndole sufrir como de costumbre. Sí, ése era un mejor plan.
—¿Qué piensas, hermano? —interrogó el menor, quien trataba de comprender qué era lo que le estaba pasando a Romano. A cualquiera con dos dedos de frente podía notar que Italia del Sur estaba distraído.
—Tengo cosas más importante que hacer, tonto —Romano ya no quería estar allí. Tenía un asunto mucho más relevante en su cabeza.
—¡Espera, hermano! Yo… —Se había quedado sin ideas para retener al otro. Ya no hallaba ninguna excusa para no permitir la partida de Romano.
—Deja al macho patatas y tus jodidos problemas terminarán —Dicho lo que hace muchísimo venía pensando, se largó de allí.
Veneciano trató de perseguir a su hermano mayor, pero se tropezó con el cordón de su zapato y le dio un fuerte abrazo al piso de madera. Para cuando se recuperó del golpe que se había dado, el antiguo subordinado de España no estaba al alcance de la vista.
—Tenemos que trabajar más en tu coordinación —opinó el alemán, quien aún se sorprendía de la torpeza del muchacho.
Mientras tanto, Romano iba pensando en todo lo que fue sucediendo en los últimos días. Tal vez, había sido un poco duro con España. Pero gracias a eso, se había dado cuenta de lo mucho que le extrañaba y le necesitaba. Estuvo un buen tiempo sin querer admitirlo, mas con el tiempo que había transcurrido, era difícil disimular que no le importaba en lo absoluto.
Se había equivocado en no haberle escuchado. Quizás había alguna razón más para que el francés estuviera en su caso. Claro, eso no significaba que detestaba menos al galo. A ese hombre eternamente lo iba a odiar, por cualquier cosa que hiciera. Sobre todo, si estaba cerca de España. Siempre había tenido celos de su relación y tal vez por eso había pensado que lo estaba engañando.
Sabía que debía hacer algo al respecto, estaba cansado de estar tan solo. A eso debía añadir que no quería salir otra vez con Veneciano y verse obligado a soportar a Alemania. ¡No, eso debía ser cambiado con la mayor prontitud posible! No iba a aguantar otra jornada como ésa, una vez más.
Romano apresuró el paso, debía llamar en cuanto antes al español. No se lo diría tan fácilmente o de manera abierta. Con sólo dejar de regañarlo por cualquier tontería que hiciera, debiera ser suficiente para que el país ibérico se diera cuenta de que el italiano ya no estaba más enojado. La situación era casi de vida o muerte, no quería nadie se aprovechara de esa circunstancia y por ese nadie se entendía por Francia.
Lo que él ignoraba hasta ese momento es que España ya estaba en su casa. Éste había organizado una velada romántica, sin conversar de lo que había ocurrido una semana atrás. Estaba tan orgulloso de su arduo trabajo, que decidió que tal vez sería una buena idea tomar una pequeña siesta.
Revisó su reloj para asegurarse de que todavía tenía tiempo para ello. Al notar que aún faltaba una hora para que Romano llegara a su casa, se tumbó encima de la cama. Todo ese esfuerzo le había cansado, así que era el mejor momento para descansar un momento. Recordó lo cómoda que era la cama del italiano y lo mucho que la había extrañado.
Sin embargo, estaba completamente seguro de que si su plan funcionaba, no tendría que volver a pasar por aquel sentimiento. Era su última carta, así que más le valía a la fortuna sonreírle de una buena vez por todas.
Romano miraba a sus alrededores mientras que marchaba hacia su casa. Quizás podría hallar al hispano por allí. Le resultaba un tanto extraño que aquel todavía no se hubiera presentado en todo el día, así que necesitaba encontrar el motivo para aquello. Esperaba que no fuera demasiado tarde y que todavía no se hubiera dado por vencido.
Después de todo, era el único que le tenía la suficiente paciencia. Y si el español decidía no hacerle más caso, ¿qué iba a hacer? Romano sacudió su cabeza, eso no era posible. ¿O sí lo era? ¡No, debía averiguarlo cuanto antes! No quería perder al hispano, aunque constantemente lo estaba regañando.
Al ingresar a su hogar, inmediatamente fue a ver su contestadora. Tal vez, España lo había llamado o algo por el estilo. Pero cuando estuvo cerca del teléfono, pudo escuchar un extraño ruido. La casa se suponía qué debía estar sola, sin ninguna otra presencia más que la de él. Entonces, ¿por qué tenía la leve la impresión de que había alguien más?
Tenía miedo, así que lo primero que se le ocurrió fue sacar su revólver. El mismo estaba guardado en una de las mesas de la entrada. Temblando, caminó lentamente hacia su dormitorio. ¿Con qué se iba a encontrar? ¿Un ladrón? Bueno, de seguro iba a aprender a no volver a entrar a su casa, cuando viera su linda arma.
España todavía estaba con los ojos cerrados, cuando oyó que alguien estaba caminando directamente hacia donde se encontraba. Volvió a mirar el reloj, aún no debía llegar Romano. Su corazón latía como nunca, no estaba listo para enfrentar todavía al dueño de casa. La idea original era sorprenderlo, pero no de esta manera.
—¡¿Quién rayos está ahí? —preguntó el italiano, abriendo lentamente la puerta.
El hispano no sabía qué hacer. ¿Debería aguantar el regaño de Italia de Sur o esconderse? Respiró profundamente, no quedaba otra que arriesgarse. Se levantó de la cama, se arregló mal que mal la camisa y aguardó que el otro ingresara. Del apuro que supuso la sorpresiva llegada de Romano, se olvidó que dejó el anillo sobre la mesita de luz.
—¿Así qué eres un jodido cobarde, eh? —En realidad, le estaba temblando la mano. Inhaló y exhaló varias veces para coger un poco de valentía, para luego entrar a su dormitorio. Apuntó con el arma al supuesto ladrón y estuvo a punto de disparar.
—¡Romano, soy yo! ¡No dispares! —exclamó el español, algo desesperado.
—¿Eh? —Bajó el arma y efectivamente, era España quien estaba en su dormitorio. Aquello desconcertó al italiano —¿Qué rayos haces aquí? —No estaba seguro de lo que estaba viendo así que pellizcó al hispano para asegurarse de que se trataba de él.
—Ah, lo que sucede es… —No pudo continuar gracias a las "caricias" del italiano.
—Así que realmente eres tú, idiota —Se volvió a alejar y cruzó sus brazos —¿Y bien?
Estaba sudando un poco, había resultado ser él quien terminó siendo sorprendido. No obstante, trató de reponerse. Recordó que había pasta en el comedor, así que debía llevar a Romano hasta allí. Ya cuando estuvieran más cómodos, le aclararía todo. Ahora, debía hallar el valor para tomarle de mano, sin pensar demasiado en las mortíferas consecuencias de dicha acción.
—Te he preparado la cena. ¿Qué tal si nos disponemos a comer? —España agarró la mano del otro, y a diferencia de lo que había pensado originalmente, el italiano no puso mucha resistencia.
—¡Sólo porque has cocinado! —No confiaba en las intenciones del español. Además, aún no tenía en claro cómo se abriría ante él sin lucir patéticamente. Para ser sincero, no comprendía cómo su inesperada visita podía hacerlo sin importarle ese detalle.
Todo lucía bastante elaborado. España se había esforzado por conseguir el vino favorito de Romano en tan sólo un par de horas. Había cerrado las cortinas para impedir que cualquier pervertido pudiera echarle un vistazo a lo que sucedía en el interior de la casa. En el centro de la mesa, a pesar de que había dudado de colocarlas, estaban dos velas que iluminaban la habitación.
Italia del Sur estaba algo impresionado por toda la elaboración. De hecho, no podía creer que se hubiera tomado tantas molestias después del maltrato del que había sido víctima el hispano. Sin embargo, éste aparentaba que no había ocurrido nada y sonreía mientras que Romano contemplaba el ambiente.
—¿Y qué te parece? —irrumpió el silencio, pues deseaba saber ya la opinión del muchacho.
—Pues… —El anonadado italiano no estaba seguro de qué responder —. Gracias, supongo…
—Siéntate, siéntate —Sacó la silla para el muchacho. Estaba realmente motivado con el plan, pues hasta ahora que no había salido nada mal.
El español se sentó justo enfrente, para ver cuál era la reacción del dueño de casa. No podía borrar la sonrisa en su cara. Estaba tan entusiasmado que se le había olvidado que debía servir la comida. Romano no sabía que pasaba así que decidió averiguar qué estaba pasando por la cabeza de su pareja.
—¿Me cuelga un moco o qué demonios estás mirando? —indagó el hermano de Veneciano, esperando a que algo sucediera.
—¡Ah, lo siento! —España se retiró a la cocina y luego dos platos llenos de pasta —. Espero que realmente te guste.
Estaba tan nervioso que durante el recorrido de la puerta de la cocina hasta la mesa, le temblaban las piernas. No se estaba fijando tampoco en su camino, así que no se dio cuenta de la alfombra. Por accidente, levantó un poco con su pie y no falta decir el desastre que ello trajo. El hispano se resbaló y el contenido de uno de los platos fue a caer de lleno sobre Italia del Sur.
Una vez que se recuperó y pudo ponerse en pie, notó las consecuencias de sus actos. Romano estaba con pasta desde la cabeza hasta sus zapatos y no estaba muy contento acerca de lo que había pasado. España enrojeció en un santiamén, pues sabía que estaba en problemas.
—¿Cuál es tu jodido problema? ¿Esto era lo que pretendías hacer, imbécil? —preguntó muy ofendido y mientras que saboreaba lo que alcanzaba con la boca —. Aunque… —Cambió de opinión al probar lo que había preparado el español —. Te perdono si me das tu plato —negoció el muchacho.
—¡Por supuesto! —exclamó aliviado por la solución del italiano. A pesar de que estaba con hambre, prefería quedarse sin comer antes que volver a ver Romano enfurecido.
España observaba al nieto de Roma devorar la comida. Aunque tenía pasta por todas partes, pensó que se veía adorable. Éste último no despegó su mirada hasta terminar el plato y beber el vino. Recién después de eso, decidió que era el momento de hablar acerca de los últimos choques que hubo entre ambos.
—Entonces, ¿piensas decirme qué estaba haciendo el idiota de Francia en tu casa? Sabes que no me cae bien para nada —afirmó el muchacho a la vez que un pedazo de espagueti colgaba de su oreja.
—Me estaba ayudando con un proyecto… —pausó por un momento. Romano levantó una ceja, muy interesado en lo que España estaba hablando —. Quería sorprenderte así que le pedí su ayuda —respondió con simpleza.
Pasaron unos largos dos minutos de silencio. El hispano estaba pendiente de lo que hacía el otro, pero éste simplemente estaba tratando de absorber lo que le había dicho. Luego, se paró y se fue directamente hacia España, con su copa de vino en la mano. El país ibérico lo observaba con mucha atención, intentando anticipar el próximo movimiento del dueño de casa. Pero bien sabía él que eso era una tarea imposible.
—¿Eres imbécil o te haces? —Acto seguido, le dio una cachetada al escuchar la ridícula excusa.
—¿Por qué hiciste eso? —se quejó mientras que acariciaba su adolorida mejilla.
—Si eso es verdad, ¿por qué carajo te has tardado en dar esa explicación? —Tomó el resto de lo que quedaba en la copa y luego la golpeó contra la mesa.
—Es que… Quería entregarte algo, pero quería que fuera especial —respondió el hispano. Al darse cuenta de que el italiano estaba a punto de hacer un comentario sarcástico, no le quedaba otra que demostrarle lo que quería otorgarle —. Espera, voy a dejar que lo veas…
España comenzó a inspeccionar todos sus bolsillos, sin mucho éxito. Comenzó a desesperarse ya que no encontraba la joya en cuestión. Por su lado, Romano no parecía demasiado sorprendido por aquel hecho. Bostezó, en señal de que estaba comenzando a aburrirse. El hispano se quedó en ropa interior de la desesperación que le había agarrado, pero seguía sin hallar el bendito objetivo.
—¿Y? —preguntó el italiano mientras que veía como el otro se arrastraba por el suelo.
—¡Sé que está aquí! ¡Lo juro! —exclamó. No podía creer que se hubiera olvidado el lugar donde había puesto el anillo.
—Iré a bañarme mientras que tú continúas con tu… lo que sea —Romano fue directamente a su habitación, algo asqueado por su aspecto.
El hombre de ojos verdes estaba sudando la gota gorda. Estaba tan concentrado con la tarea que ni siquiera escuchó lo que había dicho Romano. El nerviosismo y la tensión sólo empeoraban la situación. ¿Cómo era posible qué volviera a meter la pata de esa manera? Creyó que tal vez había alguna fuerza misteriosa que le impedía proponerle matrimonio al italiano. Se rehusaba a creer que estaba equivocado con esa decisión.
Italia del Sur ingresó a su dormitorio otra vez. Volvió a guardar su arma en uno de los cajones de la mesa de luz y cuando estaba a punto de irse, halló una pequeña caja que nunca antes había visto. Romano estaba seguro de que no estaba antes y no estaba seguro de cómo había llegado hasta allí.
—¡Estúpido España! —gritó, pues no quería revisar el contenido, no fuera una trampa de Francia o algo por el estilo.
—¿Romano? —A pesar de estar agotado, corrió lo más pronto que le era humanamente posible.
—¿Qué se supone qué es eso? —señaló la diminuta caja, con cierto desprecio.
El hispano se abalanzó sobre la joya, aliviado de haberla encontrado. Luego, la abrió y se la mostró a Romano.
—No debía ser de esta forma, pero qué más da… —España se arrodilló, se puso bien los calzoncillos y decidió que era el momento —. ¿Quisieras casarte conmigo?
Primera semana de abril se estrena el primer capítulo de la segunda parte de Cafetería, sin más rodeos. Así que deberían estar atentos ;)
¡Gracias por leer!
