Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.

Quiero agradecer los comentarios de: DanielaMadNerdy, ..problema, seasonsleep, Seiketo Nayset, kikyoyami8 y Amaikurai.


VIII

Eran los minutos más largos de su vida entera. Romano no decía nada y le estaba comenzando a doler la rodilla. Sin embargo, trataba de comprender al muchacho. Sabía que lo había tomado sorpresivamente, el italiano parecía luchar para contestar, pero luego se mordía los labios. España quería una respuesta en cuanto antes, pues le producía una gran angustia.

No estaba muy alejado de la verdad el español. El mayor de los hermanos Italia sin duda se había quedado sin palabras. Todo ese tiempo que había estado enojado con el hispano, éste se había dedicado a planear dicha proposición. Además, había sido extremadamente paciente con él y había hecho todo lo que estaba a su alcance para que le volviera a hablar, aun cuando había sido el italiano quien se había equivocado.

—Yo… —Romano se quedó mirando al español —¡¿Por qué rayos me pones en esta difícil situación? —se quejó.

—¿Eh? Sólo tienes que decir sí o no —afirmó el otro. Honestamente, en sus pensamientos se había imaginado al muchacho abrazándolo fuertemente y totalmente emocionado. Claramente, sus expectativas habían sido demasiado elevadas.

—No querrás la maldita herencia de mi abuelo, ¿verdad? —preguntó con mirada sospechosa, pues no entendía por qué España querría pasar toda su vida con él, con todo lo que ya habían pasado juntos.

—¡Para nada! Aunque la situación está mal… —se rascó el cabello, admitiendo un poco —. Pero no importa, no quiero eso. Lo único que quiero de verdad es que estés a mi lado siempre —Miró al muchacho con esos brillantes ojos verdes.

España había pasado perfectamente la prueba que le había puesto el italiano. Éste ciertamente se conformó con la respuesta que le había dado el hombre. Sin embargo, todavía tenía dudas al respecto. No era que no confiaba en el español, mas quería estar completamente seguro que aquel realmente deseaba estar siempre con él. Si de algo quería asegurarse era de que no quería ser abandonado.

—¿De verdad quieres que nos casemos? —Romano trataba de mantenerse frío, aunque le hacía bastante ilusión que el español le pertenezca solamente a él.

—Claro, ¿por qué no? Estoy en calzoncillos y arrodillado, sosteniendo un anillo. ¿Crees que si no lo quisiera, estaría así? —preguntó al muchacho de ojos color miel, mientras que soportaba el dolor de tener apoyada la rodilla izquierda sobre la alfombra que cubría la habitación del dueño de casa.

—¿No te vas a arrepentir luego?

—Romano… —España se levantó, dejó la caja sobre una mesa y luego tomó ambas manos del muchacho —. Hemos vivido mucho tiempo juntos, ha sido... —pausó por un momento —. Divertido, eso. No quiero dormir otra noche apartado de ti.

—Yo tampoco… —Simplemente se le escapó, gracias a la emoción del momento.

Claro que para el hispano eso fue más que suficiente para alegrarle el día. Tal era su felicidad que abrazó con fuerza al muchacho, lo zarandeó de un lado a otro y no podía dejar de sonreír. Pese a las desilusiones que se había llevado los días atrás, eso podía dejarse de lado ahora que sabía que Romano opinaba lo mismo.

—Entonces, ¿qué dices? —España necesitaba saber la respuesta para completar su felicidad. Quería escucharlo de una buena vez, se lo merecía después de andar detrás del italiano desde hacía una semana más o menos y tolerar su furia en todas las formas posibles.

Sin embargo, el italiano tenía una última broma para gastarle al español. No podía evitarlo, era parte de su forma de ser y quería echar una buena carcajada antes de finalmente anunciar cuál era su decisión.

—¿Qué sucedería si te dijera que "no"? —Se podía notar la malicia en sus palabras, lo hacía simplemente para divertirse sin pensar en las consecuencias de ello.

—Bueno… —España ni siquiera había previsto esa situación. ¿Por qué habría de hacerlo? —No sé qué haría, Romano. Sólo sé que insistiría hasta que me dé cuenta que es inútil, pero dudo que eso pase… —rió.

Romano abrió bien sus ojos, parecía que no hubiera nada que desalentara al español sobre su alocada e imprevista idea. Recordó que la primera vez que le había propuesto, se había desanimado con bastante facilidad. Sin embargo, ahora lucía completamente determinado a conseguir su objetivo a como diera lugar.

Dejó escapar un suspiro, mientras que el hombre que tenía enfrente lo observaba con detenimiento. Repentinamente, le dio una bofetada al español e inmediatamente lo abrazó.

—Eres un verdadero tonto, ¿lo sabes? —comentó el muchacho a la vez que se acomodaba en el pecho del otro.

—¿A qué te refieres? —indagó el desconcertado hispano, quien no estaba muy seguro de cómo tomar lo que acababa de suceder. ¿Lo había rechazado, aceptado o qué? A pesar de no saber exactamente qué sucedió, aprovechó para disfrutar la cercanía del italiano, la cual le fue negada por tantos días.

—Pues, porque crees que iba a decir que no, idiota —respondió el otro —. Ahora, muéstrame el jodido anillo y veremos si me conoces bien. Espero que hayas aprendido algo de mi buen gusto —se jactó.

Después de ponérselo en el dedo, Romano lo estuvo contemplando por un buen momento. España aguardaba por su opinión, no sabía si esconderse detrás de la cama para no ser lastimado en el momento que el italiano decidiera arrojar la joya a su cara o si había acertado con su elección. Pero el muchacho se mantenía frío y algo distante.

—Pues… —Romano pausó por un momento mientras que miraba el anillo de compromiso —. No está mal —opinó.

—¿De verdad? —No le desagradaba así que ya se daba por contento —. Entonces, creo que debemos organizar una boda —contestó con mucha alegría. Se estaba conteniendo porque ganas de saltar por todas partes y contárselo a todo el mundo no le faltaban. Pero primero debían celebrarlo entre ellos.

—Ya sabía qué te ibas a poner así, imbécil —Trató de ignorar la felicidad del español, pero éste lo agarró entre sus brazos y aunque luchaba un poco para resistirse, era inútil pues el otro era más fuerte. Podía sentir la respiración del hombre muy cerca.

—¿Qué tal si nos ponemos al día? —sugirió éste mientras que besaba suavemente el cuello del italiano.

—No me opongo… —contestó sonrojado.

Ése día, un poco más tarde, Romano y España fueron a la casa de Veneciano. La verdad es que el primero simplemente quería echarle en cara lo que había conseguido mientras que el segundo quería agradecerle por su ayuda. El español estaba radiante de la felicidad de la cual era prisionero y todos los transeúntes se habían dado cuenta de ello.

Por su lado, el italiano trataba de esconder su rostro, ya que le resultaba algo vergonzoso. Sin embargo, después de haber recorrido un par de cuadras, recordó a su acérrimo enemigo por lo que decidió caminar con orgullo. En realidad, lo único que pretendía con ese pavoneo era evitar que ese hombre se les acercara. Si no podía hacer nada respecto a la amistad que tenían el francés y el español, al menos dejaría en claro que no podría meterse de ninguna manera.

Al arribar a la casa de Veneciano, Romano se apresuró en entrar. Presionó varias veces el timbre hasta que la puerta se abrió. El dueño de casa salió, primero sorprendido por el aparente apuro que tenía su visita Luego, se alegró al ver que su hermano y España habían vuelto juntos. No dudó más y abrazó a Romano, quien se apartó de inmediato y dejó caer al muchacho.

—Así que ya han solucionado sus problemas, ¿verdad? —indagó el menor de los hermanos, mientras que intentaba levantarse. Su cara estaba roja ya que se había estampado contra el suelo de concreto.

—Tengo mejores noticias que darte —contestó Romano y prácticamente, puso el anillo a un centímetro del rostro del otro —¡Mira esto, bobo!

—¿¡Ya has perdonado a España-niichan! —Se levantó en un santiamén, pues estaba realmente emocionado por la pareja recientemente comprometida.

—No había nada que perdonar. Todo esto fue culpa del bastardo de Francia —comentó éste con bastante desdén al pronunciar al país galo —. Como si este idiota tuviese tan mal gusto… —sonrió de manera triunfal, como si hubiese ganador de alguna competencia.

El muchacho que había sido criado por Austria miró por un buen rato el anillo que tenía en su poder Romano. Estaba igual de contento que la pareja y no se contuvo en demostrarlo, porque enseguida abrazó a ambos. Su hermano quería zafarse pero Veneciano no escudriñó con el abrazo y a pesar de los intentos del mayor, el otro seguía tan a gusto que no se daba cuenta de los empujones.

—¡Serás mi cuñado! —exclamó repentinamente el menor, al darse cuenta de todo lo que eso significaba.

—¡Sí! ¿Puedes creerlo? —Por un momento, el español creyó que estaba en un sueño —. Pínchame para saber si esto es de verdad.

El mayor de los hermanos Italia no dudó en hacerlo y le pinchó con bastante fuerza. España se dio cuenta que no había sido una muy buena idea, pero al menos estaba pisando tierra. Le dejó una enorme marca en el brazo, que probablemente no iba a desaparecer en un buen tiempo. A pesar del dolor, el hombre sonrió gratamente.

—¿Quieres que lo vuelva a hacer? —indagó Romano, quien seguían animado para volver a lastimar al hispano, simplemente porque sí.

—No, no… —El hombre se alejó un poco e hizo una señal de negación —. Con una vez, ya es suficiente.

Enseguida se apareció Alemania, quien estaba sorprendido por la extraña tardanza del dueño de casa. Esperaba que no se hubiera caído en alguna trampa como ya había sucedido en demasiadas ocasiones. Cuando salió de la casa, se sorprendió. La verdad es que no había tenido muchas esperanzas de que el plan del español no funcionara, por lo que no estaba seguro de lo que estaba observando.

—¡Alemania, Alemania! ¡Se han comprometido! —gritó Veneciano, al notar la presencia de aquel país.

—¿De verdad? —preguntó el hombre, quien seguía con la duda.

—Sí, me acaba de aceptar —respondió el español con una gran sonrisa.

El europeo se acercó con cierto cuidado ya que Romano tenía la tendencia de golpearlo cada vez que lo veía. Apartó al hispano por unos minutos, ante la mirada fija del italiano. Éste lo observaba con suspicacia, para que no hiciera algo que no le gustara.

—¿Estás seguro de que quieres casarte con Romano? ¿No lo estás haciendo por… obligación? —Honestamente, todavía no le cabía la decisión del hombre sobre dicha relación.

—¡Claro que quiero! ¡Me ha hecho increíblemente feliz con su respuesta! —afirmó el español, quien no tenía ninguna duda sobre su proposición. No había ningún arrepentimiento de por medio y no lo iba a haber, estaba seguro de eso.

Un tiempo después, se celebró la boda. Italia del Sur decidió que sería él quien organizaría la boda, ya que no confiaba demasiado en el gusto del español y tampoco quería que cierto francés se entrometiera. Había sido unos meses angustiantes, tensos y más de una vez, el pobre España había sido víctima de los nervios del muchacho. Ante cualquier error o demora, el italiano hallaba la forma de echarle la culpa al hispano.

Sin embargo, ahora estaban ahí parados y listos para firmar los papeles. Veneciano estaba demasiado emocionado, mientras que Prusia había intentado hacer desistir al español. Le había hablado casi por una hora, solamente para comentarle que el matrimonio era inservible y que era mejor ser soltero. Nada había conseguido que España cambiara de opinión.

Antes de terminar la ceremonia, Romano observó a algunos de los invitados. Entre esos, estaba Francia. Con la amabilidad que caracterizaba al italiano, éste le sacó el dedo y luego la lengua. Estaba contento porque finalmente ese hombre no había logrado nada con el español y quería verlo desdichado. Sin embargo, el amante del vino simplemente se dignó a tomar su vino e ignorar el gesto de amor del italiano.

España tosió un poco para que el muchacho se concentrara. Al principio, no recordó por qué y luego se dio cuenta que toda la ceremonia era para ambos.

—Ahora estás jodido, bastardo —comentó el italiano a su pareja.

—¿Por qué lo dices? —No tenía ninguna razón para pensar de esa manera. De hecho, todo era para mejor.

—Porque eres mío, imbécil. Solamente mío —explicó con una sonrisa algo maléfica.


¡Gracias a todos los que lo han leído!