Card Captor Sakura y sus personajes pertenecen a CLAMP.
Las consecuencias del alcohol
Sakura se despertó aquella mañana en la cama de aquel guapo extraño con un gran dolor de cabeza y desnuda. Ese encuentro se hubiese quedado en un lío de una noche sino fuera porque al día siguiente se presentó ante toda su clase como el nuevo profesor.
Capítulo 2. El papel importante que desempeña la suerte.
POV Shaoran
No tenía pensado salir el sábado por la noche. No. Yo sabía que mi época de joven alocado que bebe para divertirse y se enrolla con cualquier chica habían acabado. Ahora deseaba trabajar en puesto fijo, tener mis encuentros con mujeres chica hab—lógicamente, el estado civil de soltería tenía que valer para algo como acostarse con quien quisiera y no tener que darle explicaciones a nadie—, vivir tranquilo en mi nuevo departamento y conseguir una vida sin complicaciones. Hasta que no llegué a Tomoeda no me di cuenta de que esa vida que deseaba simplemente no existía. Para nadie.
La vida no es justa y eso es lo que primero debes aprender.
El jueves por la tarde acudí a la universidad para firmar el contrato de profesor con el fin de dar clases a los alumnos de periodismo que, al parecer, ocupaban tres clases entera. Tuve mucha suerte y por eso pensé que ésta era buena. La buena suerte. El buen karma. Mentira. Te diré lo segundo que debes aprender: la buena suerte es un disfraz que utiliza la mala para que te confíes. Y yo me confié como un niño pequeño. A inicios de esa semana me habían llamado para ese puesto porque les encantaba mi curriculum y, casualmente, había una vacante. Lo dejé todo y me fui porque necesitaba esa vida fácil, una vida adulta, una vida nueva, una vida lejos de mi pasado. Encontré un buen departamento en el centro, cerca de la universidad, con unos vecinos de apariencia seria —como yo— y, para qué mentir, el sueldo que me pagaban era realmente bueno.
—¿Le parece bien empezar el lunes? Los alumnos se desmadran cuando se dan cuenta que el profesor va a faltar mucho y después tratan de tomarle el pelo al nuevo. Serán todo lo universitarios que quieran, pero algunos siguen siendo unos perezosos. Tenemos suerte que en la clase de periodismo sean bastante dóciles. En otras carreras vienen los que no valen para estudiar pero que tienen dinero saliéndole por las orejas. Eso son los peores, los que no dejan aprender a los demás y los que mandan.
Miré al director. Parecía un buen hombre; bajito, rechoncho, calvo por arriba con un poco de pelo detrás de las orejas y unas graciosas gafas redondas. Aunque sudaba mucho. Sobre todo cuando estaba nervioso o un acontecimiento importante se presentaba. Seguramente me caería bien pues saltando de universidad en universidad como el profesor suplente había visto de todo. Profesores que se peleaban entre ellos, directores que pasaban de su universidad, rectores que hacían muchas reformas para fastidiar a los alumnos, alumnos que preferían hacer una manifestación que no iba a servir para nada antes que ganarse un futuro honrado..., ¡incluso vi a muchos profesores enrollados con sus alumnas o alumnos! ¿Cómo era eso posible? Ese hecho me sorprendía bastante porque, bueno, después vienen las denuncias, los acosos... y que no lo veía lógico simplemente. Punto.
—Algo he visto en las otras universidades —me limité a responder.
—Sí, ¿qué te voy a explicar a ti? He visto que has estado en muchísimas universidades y en colegios de primaria distribuidos por todo el país. Vaya. Espero que no nos dejes tirados a mitad de curso porque te hayan ofrecido un puesto mejor.
—Estaría incumpliendo mi contrato de ser así.
Nunca me había marchado de un puesto de trabajo antes de acabar mi contrato a excepción de un par de veces puesto que unas alumnas empezaron a acosarme de verdad. Sonará estúpido, pero estaban realmente locas. Una afirmaba que yo le había mandado señales en mis clases y que en alguna ocasión le guiñé un ojo para ligar con ella. No me acordaba de su cara, ni siquiera sabía que estaba en mi clase. La otra chica, sin embargo, había detenido el ascensor justo cuando estábamos los dos solos y se me lanzó diciéndome que me amaba y que me haría feliz. Huí de esos dos sitios antes de poder pensármelo dos veces. Había personas que simplemente les faltaba un tornillo... o cien.
—Cierto, cierto —el director calvito rió—. Aquí tiene su contrato —me pasó una hoja por encima de su mesa—. Puede tomarse el tiempo que quiera en leérselo.
Me lo leí, pero lo que más me gustaba era la suma de dinero que cobraría. Cogí el bolígrafo que me había entregado anteriormente y firmé con pulcritud.
El director sonrió cuando le devolví el contrato.
—Bienvenido a bordo, señor Li —asentí cordialmente.
Señor Li me hacía sentir como un hombre mayor de cuarenta años. Vale que ya no fuera un adolescente a merced de las hormonas, pero seguía siendo joven. Solamente tenía veinticinco años... para veintiséis, pero aún quedaba bastante. Puede que muchos con mi edad ya hubiesen asentado la cabeza con un puesto de trabajo fijo y una prometida y un hogar para los niños..., pero yo nunca había sido de esos que se preocupan por el futuro lejano. Soy de los que se preocupan por lo que hará en las horas siguientes, como qué hacer de cena o qué película ver.
—Gracias —me limité a responder.
Justo en ese momento alguien llamó a la puerta y el director le dio paso.
Un hombre de unos cuarenta y poco años apareció debajo del umbral de la puerta con una sonrisa despreocupada y unas delicadas gafas descansando sobre el puente de la nariz. Irradiaba tranquilidad con su semblante amable, su pelo castaño peinado con cuidado, sus ojos marrones y su elegante forma de vestir. Seguramente era el típico profesor que se lleva bien con todo el mundo y nunca tiene un problema con nadie. Estaba seguro que me caería bien.
—Oh, os presento —dijo de pronto el director mientras se secaba la calva—. Él es Shaoran Li, el nuevo profesor del que te hablé y él es el profesor de arqueología, Fujitaka Kinomoto. No estaréis en el mismo edificio dando clases, pero os reuniréis en la sala de profesores.
—Un gusto —respondió el señor Kinomoto estrechando mi mano con la suya—. Espero que sea un buen profesor, le aseguro que hay alumnas en su clase completamente buenas.
No fruncí el ceño porque se vería extraño, así que dije:
—No espero otra cosa.
Fujitaka Kinomoto me sonrió —parecía que le gustara mucho sonreír— y yo simplemente estiré la parte derecha de los labios hacia arriba en un intento de sonrisa amigable. No sonreía a menudo porque no entendía a las personas que sí lo hacían. Todo el rato sonriendo y riendo, ocultando sus sentimientos y emociones detrás de una bonita sonrisa con dientes blancos. Quizá no era capaz de comprenderlo porque yo nunca había sido muy dado a mostrar lo que sentía. Al fin y al cabo nadie me lo había pedido y yo no daba nada sino veía a nadie realmente interesado.
LasConsecuenciasDelAlcohol
El viernes me pasé casi todo el día durmiendo. ¿Por qué? Porque cuando no tengo nada mejor que hacer me entra sueño y me duermo. A muchas personas les cuesta coger el sueño por la noche después de dormitar durante las horas de luz, pero a mí no. Toda persona que me conocía me tenía envidia por tener la facilidad de dormirme en cualquier sitio, a cualquier hora y durante mucho tiempo. La gente lo encontraba fascinante y yo una de las muchas rarezas que me rodeaban.
El sábado por la mañana, sin embargo, fui a hacer la compra. Nada más despertarme descubrí que la nevera estaba vacía a excepción con un zumo de melocotón que caducaba el lunes. Sonreí para mí mismo porque la suerte seguía sonriéndome; el zumo no se caducaría porque me lo bebería. Estaba completamente seguro que el sábado iba a ser un gran día..., no sabía cuánta razón llevaba ese pensamiento.
Me alquilé una película en dvd en el videoclub que había salido hace poco. Era de novedad. Infiltrados en clase. Era de humor y me habían asegurado que te conseguía sacar alguna carcajada en el transcurso de la película. La escogí para afirmarme a mí mismo que no importara cuánta gracia le causara a la gente esa peli, a mí no se me movería ni un músculo de la cara. No me reía con las películas de humor; era todo tan predecible que incluso llegaba a aburrirme, pero siempre guardaba la esperanza por si alguna conseguía arrebatarme una sincera carcajada.
Sábado noche no pude ver esa película.
Ni siquiera pude ver la televisión.
Ojalá me hubiese quedado en casa.
Pero no. Mi querida prima Mei Ling que había venido a media tarde para ver dónde me había ido a vivir y analizarlo todo con ojo acusador, me desbarató todos los planes que tenía para ese día (sí, ver una película en la que me iba a aburrir, pero, ¿y qué? Mejor eso a lo que ocurrió). Ella vivía en el pueblo de al lado, pero enseguida supe que la vería muchos días por mi casa. Al fin y al cabo, su novio viajaba mucho y mi prima en contadas ocasiones lograba irse con él por el tema del trabajo.
—¿Te vas a quedar a ver una película? ¿Infiltrados en clase? Es muy buena. La he visto y me he reído muchísimo. —Pero Mei Ling se reía con facilidad, así que ella no contaba. Bueno, ella no contaba casi nunca porque nuestras opiniones en todo eran muy diferentes.
Ella odiaba mi modo de vida y mi soledad. Y yo odiaba que pintara y me enseñara sus cuadros. Ella no entendía por qué no me buscaba una novia. Yo no entendía cómo duraba su relación con su novio de hace cuatro años. Ella me afirmaba que estar en pareja era bonito, maravilloso y se vivía un sueño. Yo pensaba que al principio podía incluso creérmelo; los primeros meses de no salir de la cama, estarse besando a todas horas, pensar en esa persona todo el santo día —noche incluida—, pero luego no valía la pena. Tanto tiempo al lado de una persona era agobiante. Como estar bajo la superficie del agua, aguantando la respiración, contando los segundos para ganar a tus amigos. El estar en pareja y aguantar la respiración era lo mismo: una tontería.
Por lo tanto, Mei Ling había lanzado la película por ahí en mi nuevo comedor —me sentía orgulloso de que ya no hubiesen cajas de mudanza ni ningún mueble por montar todavía—, me había escogido una ropa de fiesta y me había arrastrado fuera de mi bonito y acogedor piso, después de echarme la bronca por no tener ropa para salir de fiesta. Lo que hubiera dado por no abrirle la puerta esa misma tarde y, sobre todo, lo que hubiera dado por haber visto esa película.
Contaría lo que ocurrió, qué pasó después de que me bebiera litros y litros de alcohol —obligado por mi prima—, pero no me acuerdo. Una noche en blanco. No, mentira, recordaba una joven hermosa de ojos verdes con el pelo castaño que había visto antes de entrar a la discoteca. Estaba sentada en el suelo bebiendo con sus amigas, riendo de cualquier cosa. Aventuré que tendría unos veinte y pocos años, ¿veintidós tal vez? La observé durante largo rato mientras esperaba que mi prima volviera. Me dijo dónde iba, sólo que no la escuché.
Aquella chica se la veía tan dulce y salvaje a la vez. Con sus mejillas sonrojadas, el pelo un poco alborotado y su risa sincera que llegaba hasta mí. Probablemente lo que ocurrió después hubiese ocurrido tanto si hubiese bebido como si no. Entonces, mientras la miraba embobado como si a mi alrededor no se hallase nadie más, ella alzó los ojos, clavándolos en los míos y aunque quise apartar la mirada, consternado ante tal pillada, seguí manteniéndole la mirada.
En ese momento me sonrió.
Y lo supe.
Esa chica era la típica chica que regala sonrisas a todo el mundo.
El tipo de gente que yo no entendía.
LasConsecuenciasDelAlcohol
Y así fue.
El domingo por la mañana, nada más despertarme por culpa de la melodía del circo, enseguida supe que estaba desnudo. Después la vi allí de pie mientras se agachaba porque se le había volcado todo de su bolso. Su pelo parecía un nido de ratas, tenía el maquillaje corrido por debajo de los ojos, el pintalabios había desaparecido al completo y su ropa lucía perfectamente desacomodada. Como el que se viste deprisa para irse corriendo. Pobre chica. Lo más seguro es que ella hubiera estado tan borracha como yo ayer noche.
Hacía tiempo que no me emborrachaba tanto que incluso el dolor de cabeza me pilló desprevenido. Traté de invocar algún recuerdo de la pasada noche pero nada. Era una pared en blanco con la que me chocaba. Tenía pequeñas escenas sin sentido en mi mente que aparecían y desaparecían, riéndose de mí porque no lograba conectarlas. Pude recordar entre la neblina el rostro de aquella chica sonrojado; estábamos en la discoteca, besándonos con una enorme pasión desenfrenada (la verdad era que la chica me atraía mucho), yo le dije algo, no sé el qué, ella me sonrió y me propuso algo. Yo acepté. No sé de qué hablamos, pero podría haberme pedido que me lanzara de un puente y yo lo hubiese hecho.
Con los pensamientos entremezclados acaricié el colchón disimuladamente con la palma abierta, deseando invocar la noche anterior, porque estaba claro que no sólo habíamos dormido desnudos en mi cama y, además, tenía el pequeño recuerdo de coger un preservativo. Que lo hubiese usado o no, eso ya era otra cosa. Le obligué a mi mente repasar algún recuerdo más, pero lo único que me vino fue la imagen de yo encima de ella en mi cama, desnudos, mientras la embestía con pasión. Su cara sonrojada, su boca abierta dejando escapar gemidos de placer —gemidos que yo le producía— y sus ojos cristalinos. Era una imagen que me iba a perseguir durante toda mi vida. Aunque eso no lo supe hasta el día siguiente.
También recordaba que le había susurrado «mañana te haré un exquisito desayuno».
Salí del bucle de mis pensamientos al ver a esa chica bastante apurada, recogiendo sus cosas. Me levanté para ayudarla. Vi un enorme sonrojo extenderse por su cara mientras me gritaba algo. No la escuché. Me dolía mucho la cabeza como para encima aguantar sus gritos chillones. ¿Acaso a ella no le dolía?
—Te iba a ayudar. —Vaya. Podía ser que hiciera tiempo que no me emborrachara y amaneciera al día siguiente con una chica guapa sin recordar casi nada de la noche anterior, pero me alegré de no ponerme nervioso como la primera vez que me ocurrió eso. Uno acaba acostumbrado y, ya dicen, hay costumbres que nunca cambian.
Al contrario que yo, esa chica parecía la mar de nerviosa y confusa y mostraba todos los indicios de que en cualquier momento pudiera echarse a llorar. Deseé que no lo hiciera porque, aparte de que en esos instantes yo no estaba para consolar a nadie, no me gustaba tener que abrazar a la persona llorica y decirle que todo iba a ir bien. Que cada uno apechugue con lo suyo.
Cuando me quise dar cuenta reconocí entre sus tartamudeos que se marchaba. Vaya. Era la primera chica después de pasar una noche conmigo que se iba sin desayunar al menos y más habiéndoselo prometido. Yo no era de hacer promesas. Así que no podía permitir que se largara porque quizá sí se acordaba de la noche anterior y no le gustó nada nuestro... hummm... afer. A mi egocentrismo esa suposición no le gustó nada. Mi mente evocó sin mi permiso el único recuerdo que se había salvado de esa noche: yo embistiéndola desesperado, su rostro sonrojado, sus ojos brillantes y esos gemidos de placer que eran imposible ser fingidos.
Le dije una verdad a medias; no me acordaba de la noche anterior, pero sí de que iba a hacerle un desayuno y eso era precisamente lo que iba a hacer. No le dije de ese recuerdo que me ponía enfermo de excitación. Me lo iba a quedar para mí. Vi la cara de espanto de la chica y otra vez sus gritos chillones.
Empezó a hablar, me pidió que me tapara y después de cubrir mi desnudez, continuó hablando. No la escuché. Hablaba rápido, a gritos —como si estuviese sordo— y temía seriamente que se echara a llorar. Escuché algo de que no era así, de esas que se acuestan a la primera de cambio; no sé por qué me lo dijo, pero era una información. Información que no me creí. Si no era así, ¿cómo era posible que hubiese acabado en mi cama, bajo mi cuerpo mientras la llenaba de placer?
Mierda. Céntrate. No. ¿Está poniendo cara de que llanto asegurado?
—...D-Dime que utilizamos preservativo. —Habló en voz baja y fue ahí que descubrí que su voz no era chillona, sino dulce..., qué lástima que no dejara de gritar.
Encontré el condón al lado del armario junto a su envoltorio. Vale, no había sido tan inconsciente de hacerlo sin protección. Esa chica podría tener alguna enfermedad de transmisión sexual o algo así. La experiencia me había enseñado que no importaba que una chica fuera guapa y pareciese muy pulcra porque las apariencias engañan. Siempre.
La chica se largó corriendo sin que yo pudiera retenerla. Incluso le dije que ignoraba el sitio donde se hallaba, pero se fue de todos modos. En esos momentos pensé dos cosas:
Me he acostado con una tía buena que encima es una preciosidad.
No es una cabeza de chorlito. Es precavida al no aceptar mi desayuno, a pesar de que hemos tenido sexo.
Sonreí de lado sin enseñar los dientes. Entonces una cosa rosa tirada en el suelo de mi habitación blanca me llamó la atención.
Fruncí el ceño mientras me acercaba. Una cartera que tenía un oso de peluche bordado. Bastante infantil para una chica de veintidós o veintitrés años. Aunque..., ¿y si no tenía edad? Imposible. Nunca me había acostado con una chica que tuviera tres años menos que yo. Supongo que iba en contra de mis pensamientos o algo así.
La abrí con el corazón en la garganta.
Extraje el DNI y leí su nombre.
Sakura Kinomoto.
19 años.
Lo primero que pensé fue: soy un pederasta.
Lo segundo: Kinomoto.
Kinomoto... ¿De qué me suena ese apellido? Sakura Kinomoto...
¡Oh, ya sé!
¡Kinomoto era el apellido del autor del último libro que había leído!
Menuda coincidencia.
LasConsecuenciasDelAlcohol
—¿Preparado para enfrentar a tu nueva clase? ¡Seguro que sí! He recibido buenas referencias sobre ti. Tú espera aquí hasta que te invite a entrar. Primero diré que su profesor se ha marchado pero que ya tenemos un sustituto permanente —me sonrió y entró en la clase pidiendo silencio.
Me gustaba esa universidad. Se respiraba mucha calma y los alumnos no corrían por los pasillos. Al menos no todos. Sólo los nerviosos que no podían ir caminando porque el tiempo se les escapaba. Pero en esos momentos todos estaban en clase y el pasillo se encontraba en un silencio reconfortante, casi amable.
Suspiré. Esa mañana, por suerte, no tenía la cara de zombie del domingo. Cuando Mei Ling me visitó el día anterior por la tarde le eché la bronca más feroz que alguna vez escucharon sus orejas. ¿Si había bebido tanto porque me había dejado solo? ¿Porque no me obligó a ir para casa?
—Lo hice, pero estabas enganchado a esa chica de ojos verdes —me respondió con inocencia—. Necesitabas una alegría para el cuerpo y supe enseguida que esa chica también. No me des las gracias. Sé que soy la mejor prima del mundo.
No le pegué porque ya me sentía lo suficiente mal por acostarme con una niña de diecinueve años —en mi defensa diré que parecía más mayor.
—Os lleváis seis años solo.
—Siete —la corregí—. Cumplo los veintiséis.
No pude pensar en la muerte que le esperaría a mi prima porque la voz del director me interrumpió.
—Por favor, pasa —abrí la puerta y entré a la clase con todos los ojos pegados en mí. Como siempre. Estaba ya acostumbrado—. Os presento a Shaoran Li, vuestro nuevo profesor.
Clavé la mirada al frente sin centrarme en sus rostros expectantes. Ellos me observaban minuciosamente pero yo no. Yo ya tendría tiempo de observarles cuando les repartiera el examen que guardaba en mi maletín.
Sí, yo era un buen profesor, pero también uno muy cabrón.
Cuando el director deseó que nos lleváramos bien y se marchó, dirigiéndome una última sonrisa, supe que era mi momento. Dejé el maletín sobre la mesa del profesor y después me apoyé en ella con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Soy Shaoran Li, vuestro profesor, no vuestro amigo ni colega, así que no quiero ninguna queja en cuanto os diga algo que no os guste. Me gusta el silencio en una clase, por lo que odio si se habla cuando yo no he dado permiso. —Casi podía escuchar cómo tragaban. Saqué los exámenes de mi maletín—. Así que ahora mismo haréis un examen sorpresa. Quiero saber vuestro nivel antes de empezar con las lecciones.
Escuché un murmullo general de descontento y lancé una mirada de advertencia mientras decía:
—¿Os he dado permiso para hablar? —Todos enmudecieron—. Bien. Este examen no cuenta para nota siempre y cuando no se oiga ni una mosca, ¿entendido? Aunque los alumnos que suspendan tendrán una charla conmigo y después veré qué medidas tomar con cada uno.
No contestaron, tal y como esperaba.
Pasé por el camino central, dejando los exámenes correspondientes al primer alumno de la fila para que fuera pasándolo al compañero de al lado. Lo hicieron sin rechistar y tuve que ocultar una sonrisa de autosuficiencia. Siempre ocurría lo mismo. Eran tan predecibles los alumnos que incluso alguna vez me daban pena. Pero era rara la vez que sentía eso por ellos. Normalmente los estrujaba al máximo para que dieran lo máximo de cada uno.
—Tenéis cuarenta minutos exactamente para acabarlo —dije una vez regresé a mi mesa.
Me senté, disfrutando del silencio. Saqué del maletín la lista de esa clase y la miré, leyendo los nombres con aburrimiento. Muchos profesores no se aprendían los nombres, pero a mí me gustaba tener siempre uno en mente para lanzarle una pregunta sin necesidad de mirar la lista.
Daudoji Tomoyo..., Khota Yu..., Muy Ichigo..., Kinomoto Sakura...
La sangre me huyó del rostro y sentí como me mareaba. Sakura Kinomoto. Traté de mantener la compostura y alcé la mirada, buscándola. No me fue difícil encontrarla con sus ojos verdes cristalinos —parecía que tuviera ganas de volver a llorar como cuando la descubrí de pie en mi habitación. Estaba claro que ella ya me había reconocido—, su piel más pálida que el día anterior y el rostro lleno de sudor. Sujetaba con fuerza el bolígrafo con el que escribía en mi examen y tenía su otra mano cerrada en un puño.
Mientras la miraba consternado, sin creerme qué estaba ocurriendo exactamente, alzó su cabeza para clavar sus ojos en mí y nuestras miradas se encontraron. Observé su cara de pánico y probablemente ella se dio cuenta que la mía debería estar igual. Ambos sin saber qué hacer, qué decir, cómo ignorarnos. Sakura Kinomoto se tensó y volvió a centrar su mirada en el examen. Yo, por mi parte, miré la estúpida lista con rabia.
Sin querer me vino a la cabeza otra vez ese estúpido recuerdo que decidió ser el único viviente en mi mente de aquella noche. Su rostro sonrojado, sus ojos cristalinos, sus gemidos que parecían música para mis oídos y yo..., y yo embistiéndola con todo el placer recorriéndome el cuerpo.
Apreté los dientes y aparté esa escena de mí. Lo sabía. Sabía que eso me iba a traer problemas. Mataría a mi prima. Todo era culpa suya. Todo era mejor cuando le puedes echar la culpa a una tercera persona.
¿Por qué me tiene que pasar todo esto a mí? Menuda mierda.
Sólo esperaba que esa chica no suspendiera. No quería mantener una «charla» con ella a solas; no sabría que decirle. Yo, Shaoran Li, me quedaría sin palabras. Así que esperaba —y deseaba— que aprobase, aunque fuese por los pelos. No quería hablar con Sakura Kinomoto..., aunque pronto tendría hacerlo, ¿no? ¿Podría escaquearme y evitarla durante todo el curso? ¿Ignorarla como si fuera escoria?
Ahí fue cuando lo acepté.
La buena suerte no existe. Todos pensamos que existe y depositamos nuestras esperanzas en ella, pero es solo una trampa del destino o de la vida o qué sé yo. La suerte siempre es mala, por mucho que la gente diga que la buena sí existe.
Suspiré.
¿Dónde estaba mi vida sin complicaciones? Lejos de mí seguramente.
POV Sakura
Me voy a despertar. Estoy segura. Ahora cerraré con fuerza los ojos y cuando los abra el despertador no habrá sonado y yo llegaré tarde a clase y al abrir la puerta me encontraré al viejo profesor de siempre; no al nuevo profesor Shaoran Li, apodado Adonis...
Estaba claro lo que ocurría.
Yo tenía mala suerte. No esa mala suerte que vas por la calle y te pilla el aguacero y no llevas paraguas, entonces tienes que correr, pero antes de llegar a casa te caes sobre un charco y quedas más empapada que antes. No. Este tipo de suerte que estaba experimentando era el típico en el que consideras seriamente la idea de que en tu otra vida fuiste alguien muy malo, un enorme monstruo. Por eso pensé que yo fui Hitler o Mussolini o algún personaje maligno que hizo que el mundo temblara. O tal vez fui Jack el Destripador.
Tuve ganas de ponerme a llorar a moco tendido, salir corriendo de clase, hacer las maletas e irme a Estados Unidos a hacer una nueva vida. A olvidar. Olvidar que yo soy japonesa y que me he acostado con mi nuevo profesor y que mi vida ahora sólo irá hacia abajo. Nunca más volveré a subir a flote. ¡Me queda mucha universidad por delante!
Observé a mi profesor. Hablaba serio, metiéndole el miedo en el cuerpo a mis compañeros. A mí no hacía falta; yo ya estaba temblando de pánico, imaginándome la cara de mi padre cuando se enterara. Por no hablar de mi hermano. ¿Por qué mundo? ¿Por qué eres tan cruel conmigo?
El corazón me dio un vuelco al ver a Shaoran Li atravesar el camino del medio que separaban las dos columnas de fila llena de alumnos temerosos ante su presencia (yo me incluía). Por suerte yo me sentaba alrededor de mis compañeros y conseguí que no me viera. Aunque, claro, tarde o temprano me vería allí pálida, sudorosa y con todas las ganas de llorar. Era consciente de la mirada preocupada de Tomoyo y de su mano entrelazada con la mía, pero no conseguí calmarme.
Sentía latir el corazón en la sien.
Voy a morir.
Ante mi llegó una hoja de examen. Diablos. ¿Cómo narices me iba a concentrar teniendo semejante problema ante mis narices? Iba a suspender. Fijo. Por favor, ¡dominaba esa asignatura! Pero iba a catear. Me veía en la imposibilidad de crear una frase larga con un bonito vocabulario que tuviera sentido.
Agarré el bolígrafo con fuerza y apunté mi nombre. Mi letra salió algo temblorosa y no era de extrañar. Parecía una hojita expuesta al aire cruel en una rama vacía. Me empezaron a castañear los dientes y los apreté con fuerza para no hacer ruido. No tenía que llamar la atención sino...
Levanté la cabeza para asegurarme que el tipo no me había visto aún... Demasiadas esperanzas depositadas en un algo sin fundamento. Shaoran Li mantenía sus ojos fijos en mí, observándome con sorpresa, confusión, pánico... Miles de emociones vi brotarle por el rostro. Tragué saliva, no queriendo saber cómo estaría mi cara. ¿Qué se supone que se tiene que hacer en estos casos? ¿Hacer como si nada?
«Buenos días, profesor. Espero que tenga una buena estancia en la universidad. Haré como si nunca nos hubiésemos acostado, como si no deseara saber qué pasó esa noche, como si no me muriera de rabia al haberme acostado contigo y no poder acordarme, como si mi cuerpo no vibrara al mirarte...».
Bajé la mirada, consternada. Estuve unos minutos sin ver nada hasta que levanté un poco la mirada para verlo con la cabeza inclinada.
Dios mío. Esto no iba a ser fácil.
Leí la primera pregunta y, aunque estaba segurísima que eso lo habíamos dado, no fui capaz de contestar bien.
Bueno, había escuchado que no contaba para nota, ¿no?
LasConsecuenciasDelAlcohol
Advertí que tenía un feo chichón en la frente y que el codo y la cintura me dolían a horrores. Estaba claro que si esto se lo explicaba a alguien, no se lo creería.
—Tampoco se nota tanto... —trató de animarme Tomoyo. No la creí. Estaba segura que al día siguiente el chichón estaría mucho peor.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—¡Ha sido horrible! —exclamé, abrazándome a Tomoyo con las lágrimas en los ojos. Mi mejor amiga me acarició la cabeza, como siempre, como cuando éramos pequeñas y yo tenía miedo de los fantasmas—. Ha sido el peor momento de todos... y mira que tengo para elegir.
Sí, porque mirarnos fijamente con el reconocimiento en los ojos no había sido suficiente. Lo peor vino luego; cuando me tuve que levantar, entregarle el examen y salir de clase. Todo hubiese sido fácil si mis compañeros no se hubieran largado antes que yo. Allí sólo quedaban los mismos catetos de siempre que apuraban los minutos alargándolos al máximo por si la inspiración divina le daba por aparecer... y yo; yo también estaba ahí. Con el examen completo lleno de frases y contestaciones equivocadas. Ya no me preocupaba suspender, al fin y al cabo lo tenía más que asumido.
Tragué saliva. Tenía que actuar con normalidad. Era un hombre más. Vale, un hombre hermoso, con sus bonitos ojos ámbar, su pelo castaño oscuro rebelde que salpicaba su rostro haciéndolo parecer salvaje, su piel pálida, su torso musculoso oculto debajo de ese estúpido traje de profesor que utilizaba mi padre... No iba a ser fácil, no si lo adulaba de esa forma en mi mente.
Algún día me voy a tener que levantar...
Armándome de un valor que no tenía, me levanté, haciendo arrastrar las patas de las sillas hacia atrás y avisando, de paso, a todos que yo ya había acabado. Debería apuntarme que para la próxima tendría que ser más cuidadosa y menos ruidosa. El profesor me lanzó una rápida mirada pero luego volvió a centrar sus ojos en los papeles desperdigados por su mesa.
Esto iba a ser difícil.
Agarré con fuerza mi examen y de forma mecánica caminé hacia la mesa del profesor. Para mi desdicha el camino que tantas veces había hecho se me antojó dolorosamente largo. El corazón me latía descontrolado en el pecho y pedí clemencia o, por lo menos, que mi órgano vital no me delatara de esa forma. Al menos no me había sonrojado... de momento, claro.
Shaoran Li alzó su mirada ámbar y, contra mis súplicas, me puse roja. Claro, no demostrar debilidad era mucho pedir. Apreté los dientes para que no me castañearan y le entregué el examen, el cual temblaba por culpa de mi nerviosismo. Él se dio cuenta pero no dijo nada. Yo tampoco. Mi meta era salir corriendo y no volver nunca. Cogió la hoja que le daba y la dejó en un montoncito con las demás.
—Hasta mañana —se limitó a responder. Yo también deseaba tener esa actitud de frialdad, de distanciamiento, pero pude advertir un poco de temblor en su voz. De todos los alumnos que le entregaron el examen a todos les dijo lo mismo «hasta mañana» con una seguridad sorprendente. Pero a mí no. No me sorprendí porque yo quizá hubiese salido corriendo al haber estado en su lugar.
Asentí, incapaz de hablar. Giré sobre mis talones y caminé hacia la puerta; la puerta de la libertad. Yo siempre he sido considerada como una chica atlética, deportiva y ágil, pero esas cualidades me abandonaron en ese momento. Mi propio nerviosismo me traicionó cuando me pisé el cordón de mi bamba y en otra situación lejos de ese hombre hubiese reaccionado y quizá ni me hubiese caído, sin embargo no fui consciente de nada hasta que mi cabeza chocó contra la puerta y me resbalé hasta el suelo, golpeándome el codo y la cintura.
Solté un gemido lastimero y después escuché el sonido de una silla al arrastrarse. Me levanté de un salto ignorando el dolor y las lágrimas que asomaban en mis ojos. Shaoran Li estaba de pie, dispuesto a venir a ayudarme.
Huye, me dijo una sabia voz dentro de mi cabeza.
—¡Estoy bien! ¡No me he hecho nada de daño! ¡Tengo un cuerpo y una cabeza de acero! —dije mientras me daba un golpecito no muy fuerte en la frente. Se me escapó una risilla nerviosa al mismo tiempo que abría la puerta para huir y después la cerraba de un portazo para salir pitando hacia los lavabos.
Y allí es donde me encontraba, llorando desconsolada en los brazos de Tomoyo.
—No te preocupes, Sakura. —sollocé—. Lo vuestro pasó antes de que supierais que erais alumna y profesor. No tenéis la culpa. Es cosa del pasado, no deberías hacer que te afectara tanto. Se le ve muy tranquilo al profesor Li.
Pero yo le había notado el temblor en su voz. No creo que estuviera tan asustado como yo, pero algo de ofuscación tendría en su interior, en esos ojos impenetrables.
—Además, has hecho realidad el sueño de cualquier alumna de esta universidad: acostarse con el profesor que está más bueno. No te frustres tanto que ya verás como todo quedará en el olvido.
A falta de un consejo mejor, acepté el que Tomoyo me dio y traté de dirigirle una sonrisa.
—Encima estoy segura de que he suspendido ese estúpido examen —gruñí—. Por suerte no cuenta para nota.
—Eh... Sakura... —titubeó mi mejor amiga—. El profesor Li ha dicho que quienes suspendan hablarán con él... a solas...
Oh. Las cosas podían empeorar. Por supuesto. Las lágrimas volvieron a asomar en mis ojos y me abracé a Tomoyo otra vez.
—¡No me dejes sola! —Ella soltó una risita mientras me daba pequeñas palmaditas en la espalda con gesto maternal. ¿Por qué? ¡No quería hablar con ese tipo que ahora era mi profesor! ¿Qué nos diríamos? ¿Qué me diría? «Kinomoto, ha hecho un examen deplorable, pero no se lo tendré en cuenta porque estoy seguro que no se pudo concentrar al descubrir que ahora somos profesor y alumna y que hemos tenido un lío de una noche. Lo mantendremos en secreto». No. Definitivamente no quería mantener esa conversación con el profesor. Antes huiría del país, me cambiaría de identidad y, no sé, me confesaría ante un cura.
Justo en ese momento oímos la campana que daba la alerta que se acababa el pequeño descanso entre clase y clase. Tomoyo entrelazó su brazo con el mío y me arrastró fuera de los lavabos —donde yo me hubiese quedado a gusto todo el día.
—Reza para que Shaoran Li ya no esté en clase... —murmuré con voz débil.
Cuando llegamos a mi clase, él aún estaba allí —cómo no—, siendo acosado por alumnas que le preguntaban si estaba soltero. Me sorprendí al ver que las ignoraba por completo, como si la cosa no fuera con él. Recogió sus cosas con la mirada fija en sus manos trabajando. El pelo le cayó sobre la frente, acariciando esa suave piel que estaba segura que yo acaricié en mi momento de borrachera. Instintivamente y casi sin planteármelo, me mordí el labio. ¿Por qué? ¿Por qué me atraía tanto? ¿Sería, quizá, porque esa atracción que sentía por él no se había visto aplacada al haberme acostado con él sin recordar nada luego? Maldita sea. El mundo, la vida y Dios me odiaban. Sin darme cuenta vi que se dirigía hacia la puerta con ademán contrariado, donde me encontró a mí, plantada debajo del umbral.
Me frunció el ceño.
—¿Me dejas pasar? —Su voz me extrajo de mi burbuja personal impenetrable. Mierda. Hasta ese momento no me di cuenta que le estuve mirando embobada, como una de esas alumnas locas que necesitan un buen meneo para calmar sus hormonas.
Balbucí algunas incoherencias mientras me echaba a un lado, empujando a Tomoyo de paso. El señor Li me miró por última vez con un extraño brillo en sus ojos y se marchó, provocando que mis compañeras empezaran a hablar sobre lo guapo y bello que era. Yo, mientras tanto, lo observé irse con gesto antipático y el maletín bajo el brazo. No se giró ni una vez, pero advertí sus espaldas tensas y su caminar robótico.
¿De verdad iba a poder ignorar lo pasado? Debería ser fácil porque no recordaba nada..., pero me era imposible ignorar también el temblor de mi cuerpo cuando él andaba cerca.
LasConsecuenciasDelAlcohol
—Yo creo que este vestido para la boda de su hermana le sienta como un guante.
—¿De verdad lo cree? ¿No me hace gorda el trasero?
—¡Claro que no! Este tipo de vestidos tienen una ancha falda —le aseguré a la mujer que ante esa afirmación pareció convencida. Yo si hubiese estado en su lugar no me hubiera comprado ese vestido ya que si no me convencía a mí, ¿por qué debería seguir los consejos de una dependienta que quiere vender esa ropa?
—¡Decidido! Me lo compro —afirmó metiéndose en el probador de nuevo.
Yo suspiré y miré el reloj de pared. Una hora y sería libre para esconderme debajo de mis sábanas.
De lunes a viernes, por las tardes de cuatro a ocho, trabajaba en una tienda de ropa del centro comercial. Me había enterado hacía unos meses que querían a universitarios que trabajasen cuatro horas por las tardes y yo simplemente aproveché esa oferta pues así conseguiría ganarme mi propio dinero y no tener que depender ni de mi padre ni de mi hermano. Además, quería sacarme pronto el carnet de conducir y estaba caro.
Le dije el precio a esa señora que compró el vestido y salió de la tienda feliz. Sonreí a mi pesar. Al trabajar en una tienda de ropa, aparte de ser cansado, también te podías evadir de tus propios problemas porque siempre tenías algo que hacer como colocar ropa nueva o doblar camisetas o, simplemente, porque las personas me contaban sus problemas, como si yo fuera psicóloga.
—¡Wooooooow! —me sobresalté al escuchar ese grito proveniente de la otra punta de la tienda, donde una chica que parecía china con dos coletas a cada lado de la cabeza y unos hermosos ojos rojos agarraban un fino vestido blanco arrapado al cuerpo—. ¡Qué bonito!
Traté de ocultar una risa y me acerqué a ella.
—¿Puedo ayudarla en algo? —le pregunté con esa sonrisa de dependienta amable.
—Sí, ¿y los probad... —se interrumpió en mitad de la frase al fijarse en mí. La miré, curiosa—. ¡Pero si tú eres...! —exclamó, volviéndose a interrumpir ella misma.
—Disculpe, ¿nos conocemos de algo? —No me sonaba de nada su cara, así que era muy posible que esa chica se estuviera confundiendo.
Sacudió la cabeza.
—No es nada —rió—. ¿Y los probadores? ¿Puede esperarme fuera para asesorarme y decirme su opinión sobre cómo me queda? He venido sola y yo siempre me veo mal en este tipo de ropa. Pero me tienes que decir la verdad, no la obligada mentira que me dicen siempre las dependientas... —miró el pequeño cartel que colgaba en mi pecho derecho con mi nombre—, Sakura.
Sonreí.
—Por supuesto... hummm…
—Mei Ling —dijo ella con una extraña sonrisa.
—Mei Ling —repetí.
El vestido le quedaba de maravilla y se lo tuve que repetir varias veces, incluso me obligó a jurárselo. Se lo quedó porque, según dijo, se fiaba de mi palabra, pero estaba claro que le encantaba cómo le quedaba.
—¿Cuánto será? —Le dije el precio de la prenda de ropa y ella rebuscó en su cartera mientras hablaba—. ¿Aquí también vendéis ropa de hombre, verdad?
—Sí.
—Tengo un primo un poco raro que debería hacer una renovación de armario. El otro día le busqué algo para irnos de fiesta y encontré un buen pantalón y una camiseta presentable de milagro, pero soy buena escogiendo la ropa de los demás. Esa noche ligó —le sonreí. Mei Ling era de esas chicas que hablaban y hablaban sin parar porque nunca se les terminaba el tema de conversación. No me disgustaba su presencia—. Pero lo que quiero decir es que si aquí hay ese tipo de ropa que le queda bien a un chico.
—Supongo que sí. Aunque tendrá que venir para probársela y que elija —me encogí de hombros.
—Claro, claro que vendrá —soltó una risita—. Me gusta como asesoras. ¿Trabajas aquí todo el día?
—No, vengo por las tardes de cuatro a ocho.
—Entonces vendré con mi primo en ese horario. Seguro que le eliges una ropa perfecta.
Me reí.
—Aquí estaré, pues.
En ese momento no sabía todos los problemas y complicaciones que me caerían encima.
¡Hola! Hasta aquí el segundo capítulo. Es más largo que el primero y sé que tanto contacto como esperabais entre Sakura y Shaoran no hay, pero es porque hay una introducción con Shaoran para saber qué hace aquí y cómo acabó borracho y en la discoteca. En el siguiente capítulo os aseguro que habrá más encuentros entre los dos protagonistas y que muchas situaciones se verán provocadas por personajes externos (supongo que ya os estáis imaginando quién es jajaja).
Mi día de actualización para subir un nuevo capítulo será cada semana y el día jueves. Intentaré ser puntual cada semana con un nuevo capítulo para vosotros! :D
La historia en un principio estaba en Rated T, pero la he cambiado a Rated M por motivos que ya se verán conforme avance la historia jajaja.
Y por último, muchísimas gracias por los comentarios y por la buena acogida que tuvisteis con el primer capítulo; la verdad es que me alegró mucho. ¡Espero no haberos defraudado con el segundo!
¡Dejes sus opiniones!
Cuídense! :D
LadyRubí.
