Card Captor Sakura y sus personajes pertenecen a CLAMP.

Advertencia: a partir de este capítulo se empiezan a ver los motivos por el que la historia es Rated M xD.


Las consecuencias del alcohol

Sakura se despertó aquella mañana en la cama de aquel guapo extraño con un gran dolor de cabeza y desnuda. Ese encuentro se hubiese quedado en un lío de una noche sino fuera porque al día siguiente se presentó ante toda su clase como el nuevo profesor.


Capítulo 3. Si algo puede salir bien, saldrá mal y si algo puede salir mal, saldrá peor.

POV Shaoran

—Has tenido un resultado pésimo —dije con el examen de la chica entre mis manos, frunciendo el ceño.

—Lo sé.

—He visto las notas que has tenido durante el primer trimestre y fueron bastante buenas.

—Lo sé.

Carraspeé intentando que no notara la molestia que sentía ante el hecho de que Sakura Kinomoto no sólo le importara un pepino haber suspendido, sino que además no dejara de decirme a todo que lo sabía sin mostrar ni un ápice de interés. Me sentía un poco estúpido porque yo no era quién había suspendido, sino ella. Yo no era el que tenía que estar tan preocupado.

—Hum... Puedo preguntar el motivo. Es decir, tus notas no sólo en esta asignatura, sino en todas son muy respetables.

—¿De veras quiere saberlo? —Levanté la mirada para observarla por primera vez. Llevaba puesta una corta minifalda, una camiseta escotada con el estómago al aire, unas botas que le llegaban hasta las rodillas mientras masticaba, distraídamente, el tapón de un bolígrafo.

Tragué saliva.

Se veía condenadamente seductora.

—Sí —conseguí decir con voz estrangulada.

—Por usted.

—¿Cómo? —volví a carraspear, incapaz de centrarme en la conversación que debíamos mantener sobre su examen—. Mire, Kinomoto, yo sólo...

—Ts, ts, ts... —Mi alumna negó con el dedo índice y fabricó una sonrisa ladina; de esas que te desarman completamente. Pero debía evitar a toda costa ese tipo de cosas, al menos con ella.

Nuestra relación debería ser estrictamente profesor-alumna.

—No me llame así —se levantó dejando caer el tapón del bolígrafo y con una lentitud exasperante permitió que su mano fuera acariciando su torso pasando por su cuello, sus pechos, su estómago desnudo hasta detenerse en el borde de la falda (o de ese trapo de ropa que hacía como función tapar algo).

—Kinomoto...

—No, no —apoyó las manos en los posa brazos de mi silla y sonrió—. Sakura para usted, pro-fe-sor —dijo con voz seductora.

Tragué saliva, sabiendo que ésa era mi condena.

—Siéntese en su sitio, Kinomoto —pero yo era el adulto; debería cortar de raíz la extraña idea de relación que se había creado esa muchachita. Porque nosotros no teníamos ni íbamos a tener nada nunca.

—Oh... —abrió sus labios pintados de carmesí y después infló una mejilla fingiendo enfado—. Ya le he dicho que yo soy Sakura —sacó su lengua y se acarició los dientes—. ¿Acaso me está rechazando, profesor?

—Sí.

—No lo dice en serio —antes de poder actuar, se inclinó y me acarició los labios en un toquecito dulce. Me arrancó un gemido de placer al darme cuenta que no iba a seguir—. Lo sabía; las reacciones de su cuerpo no me mienten. No se desespere, profesor, soy toda suya.

¿Qué?

Bajó sus manos hasta mis rodillas y las fue subiendo, acariciando mis muslos hasta llegar al botón de mi pantalón (no hace falta decir que poca cordura me quedaba). Lo desabrochó con rapidez, como quien hace esa acción cada día, y me retiró lo justo y necesario el pantalón y la ropa interior para dejar al descubierto mi miembro erecto. Sus dedos hábiles lo acariciaron y yo tuve que apretar los dientes para callar esos gemidos que me producía aquella chica de ojos verdes.

Vi una sonrisa de placer extenderse por su rostro.

—Estoy excitada, pro-fe-sor —me susurró y su aliento cálido me acarició la piel de debajo de la oreja.

—Sakura...

Sonrió y entonces los dedos que me acariciaban el miembro fueron sustituidos por su boca. Veía como su cabeza subía y bajaba dándome un placer máximo que provocó que todo mi cuerpo se relajara y se tensionara en partes iguales. Sin poder evitarlo, la agarré por la nuca y la obligué a ir más rápido, a que me hiciera llegar al éxtasis y poder correrme.

Pip pip pip

—¿Qué es eso? —gruñí después de soltar un gemido.

Sakura se irguió, pasándose la lengua por los labios. Entonces me di cuenta de que estaba completamente desnuda y me deleité en contemplar lo perfecto que era su cuerpo lleno de curvas y medidas perfectas.

La cogí por la cintura, la obligué a ponerse a horcajadas sobre mí y entré en ella con fiereza, sintiendo la estrechez de sus paredes.

Pip pip pip

—Otra vez... —gruñí cuando me di cuenta de que no notaba el placer, que Sakura ya no se movía, sólo estaba sentada sobre mí como un muñeco al que si no le dan cuerda no se mueve por su cuenta.

Pip pip pip

Maldita sea.

Sabía lo que estaba pasando.

Pero quería terminar lo que había empezado con esa chica. Quería hacerla llegar al orgasmo y ser esclavo de sus caricias.

Pip pip pip

Mas eso no iba a ocurrir hoy. Ni hoy ni nunca. Jamás. Porque era algo inconcebible. Ella era mi alumna —por muy excitado que me pusiera al verla siempre— y tendría que mantener unas largas distancias con Kinomoto para no sucumbir a mis deseos más pervertidos y decirle si quería que lo de la otra noche se repitiera, aunque esta vez los dos bien despiertos. Eso no tenía que ocurrir bajo ningún conecpto.

Pip pip pip

Abrí los ojos con rabia y los centré en el techo blanco de mi habitación mientras el monstruoso pitido del despertador me atronaba la cabeza. Lo apagué de un manotazo y gruñí al sentir la erección que me tiraba de la piel y pedía ser calmado. Tentado estuve de estirar la mano, agarrar mi miembro y masturbarme hasta que pudiera decir «basta».

En lugar de eso, me levanté como pude, caminé hasta el baño, y mientras dejaba correr el agua fría por la ducha me quité la ropa y me metí debajo del chorro para que el agua me tranquilizara y la excitación que sentía en esos instantes dejara de ser tan fuerte. Alejé la imagen de la chica de ojos verdes seductora y provocativa haciéndome una ma... ¡Basta! Si no alejaba esa escena de mí no podría salir de la ducha en lo que restaba de día, o de vida.

Pero pude calmarme y mientras me secaba con la toalla escuché voces del piso vecino de al lado —el que estaba vacío, por cierto— y aventuré que habían llegado los vecinos nuevos. Días anteriores ya había advertido que había más movimiento que antes y que del balcón ya no estaba colgado el cartel de «se vende».

Recé para que hubiera una chica de mi edad con la que poder acostarme cuando tuviera este tipo de sueño que no eran nada buenos ni para mi salud mental ni para mi pene.

No sabía cuán equivocado estaba.

POV Sakura

—¡Monstruo, baja de una vez! —escuché la voz de mi hermano Toya ascender por las escaleras desde el piso inferior.

—¡Yo no soy ningún monstruo! —grité, frunciéndole el ceño a la puerta de mi habitación—. ¡Y enseguida bajo!

Pero no podía ir sino encontraba mi cartera primero. El DNI, el dinero, mi carnet de la universidad, el de la biblioteca, fotos..., todo lo tenía ahí guardado. Incluso había mi número de móvil metido por ahí por si se me perdía. Sin embargo, por mucho que buscara y rebuscara por toda mi habitación y por toda la casa, no había manera de encontrarla, como si se hubiese desvanecido por arte de magia.

Quizá la había perdido. Pero si lo había perdido, ¿por qué nadie me llamaba para devolvérmelo?

—Vaya mala para —murmuré con los ojos cerrados.

—Monstruo, ¿vas a ayudarme o no? —De nuevo, la voz de mi hermano me extrajo de mi mente.

Suspiré. Tendría que dejar la búsqueda de mi cartera para otro momento.

Bajé las escaleras trotando, intentando no tirar ninguna caja que había por allí amontonada mientras pasaba casi sin mirar. Salté para llegar al pasillo y corrí hacia la cocina, donde Toya se agarraba a la pared con los ojos muy abiertos.

—¿Qué te pasa?

—Ah, eras tú... Pensaba que la casa se venía a bajo en cuanto he escuchado enromes ruidos bajar por las escaleras.

Inflé una mejilla llena de rabia.

—Ahora, por listo, no te ayudo, hermano del demonio —me senté en una silla con gesto indignado—. Papá no está en casa, así que te aguantas y haces tú solito la mudanza.

—Vaya... ¿Quieres echar a perder el sábado en no hacer nada en lugar de ayudarme a mí y a Yuki con la mudanza?

—Exactamente —gruñí.

—Noto que últimamente estás de muy mal humor —observó, sentándose frente a mi—. ¿Te ha pasado algo en la universidad o en el trabajo?

«¿En el trabajo? No. Todo me va perfecto. Mis compañeros son agradables y la jefa es buena persona. En cuanto a la universidad, pues los niños malos no se meten conmigo... Ah, pero tengo un profesor, Shaoran Li, que es el tipo con el que me acosté cuando salí la semana pasada porque me pasé bebiendo y, bueno, amanecí en su cama desnuda. Y ahora es mi profesor. Al parecer tengo una vida emocionante, ¿verdad, hermanito?».

Si le decía eso, primero me mataría a mí, luego a Shaoran Li y quizá después a mis amigas por dejar que me descontrolara tanto.

Esa semana había transcurrido dolorosamente lenta. Me había sentido incapaz de concentrarme en las clases que impartía el profesor Li y no porque lo odiara o porque la asignatura me fuera mal. No. Su presencia, su manera de moverse, su forma de hablar... Todo de él me distraía. Incluso las enormes acciones que tenía para ignorarme, como el no dirigirme ninguna mirada, no hacerme participar en clase, no despedirse de mí cuando lo hacía con todos mis compañeros.

Increíble, pero cierto. No es que yo deseara que me prestara atención, lo que pasaba es que se notaba demasiado que había pasado algo entre ambos... Al menos desde mi punto de vista de protagonista se olía a leguas que entre el profesor y yo existía cierto distanciamiento y quizá rabia por tener que aguantar los caprichos del destino. Sin embargo, mi mejor amiga me afirmaba que eran tonterías mías. El profesor Li ignoraba a más de media clase y yo pues estaba en ese grupo por un motivo diferente al resto, pero nadie sospecharía lo que ocurrió en realidad.

Tomoyo me había dicho que era mejor actuar igual que él. Si Shaoran Li decidía que lo mejor era hacer como si nada hubiese ocurrido, yo debería adaptarme a su plan sin salirme ni un centímetro de él. Y sabía que era la mejor opción. Indiferencia total por la otra persona.

—En principio los líos de una noche se quedan en eso, Sakura, sólo que en tu caso ha sido un poco diferente —me había dicho mi mejor amiga en un intento de salvarme de mi desesperación.

El problema era que yo sí creía en los príncipes. En los príncipes azules montados en su corcel blanco, vestido con un traje, una espada y una capa roja mientras viene a buscarme. Yo amaba las películas Disney y por eso me gustaban las relaciones porque necesitaba que fueran para siempre como la relación de Aladdín y Jazmin o cualquier relación de esas películas.

Hacía un año y medio lo dejé con mi novio porque él me fue infiel con una chica de la otra clase de periodismo (habíamos sido novios durante la preparatoria y antes de entrar a la universidad lo dejamos, sin embargo fue mala suerte que ella quisiese hacer la misma carrera que yo). Una chica llamada Karen que era demasiado zorra como para respetar a los novios de las demás. Pero no toda la culpa era de ella; al fin y al cabo, estaba soltera, quien tenía el compromiso de no hacer nada que saltara las normas de una relación era mi ex novio.

Los pillé besándose desenfrenados mientras él le bajaba las bragas por debajo de la falda en la sala de informática. Bueno, los vi yo y media preparatoria. Sentí como el corazón se me rompía un poquito y puede que incluso me mareara y dejara de notar el suelo bajo mis pies. Recuerdo que Tomoyo me sujetó por el brazo, previniendo mi estado emocional y me acompañó a paso rápido hacia fuera de la preparatoria, hacia su coche.

—Nos quedan clases aún —susurré cegada de dolor.

—Clases que se van a pasar hablando de ese acontecimiento —abrió el coche en la lejanía.

Ya casi habíamos llegado.

—Pero estoy bien... —aunque las lágrimas me delataron y Tomoyo apretó con firmeza mi brazo.

Me abrió la puerta del copiloto justo cuando escuchamos:

—¡Sakura! ¡Sakura, espera!

Me paralicé y me tragué las lágrimas, queriendo no ser la cornuda oficial a la que le han roto el corazón delante de sus narices. No. Habían muchas noches enteras en las que llorar y empapar mi almohada. Podía aguantar hasta estar a solas y ponerme a soltar lágrimas y lágrimas de dolor mientras me hincho a chocolate, asegurándome que él es un cerdo asqueroso que no ha sabido apreciar mi querer.

—Aléjate de ella, Ryo —Tomoyo se interpuso entre nosotros con el ceño fruncido y las manos en las cintura.

—Vamos, déjame hablar con Saku a solas.

Saku. Le había dicho mil veces que odiaba ese diminutivo y él continuaba llamándome así porque se creía tener un derecho especial en mí. Se lo había dejado pasar porque éramos felices, porque estar en pareja requería hacer ciertos sacrificios, porque yo estaba enamorada de él. Ryo fue mi primer amor, el príncipe de cualquier chica... pero que al final resultó ser un sapo. Un sapo asqueroso que ahora pisaría y le daría una patada por ser un infiel y obligarme a tener que aguantar las habladurías sobre mí.

La cornuda oficial de la preparatoria.

—Tomoyo —la cogí del hombro y asentí—. Ves a por nuestras cosas de la taquilla antes de que nos vayamos —le entregué mi llave y aunque vi en sus ojos que no deseaba marcharse y dejarme allí sola e indefensa, lo hizo. Yo tenía que enfrentarme sola a mis problemas a pesar de que me gustaba mucho la confianza que me daba el tener una espalda con la que esconderme detrás.

—Saku, lo que has visto no es lo que parecía. —Tenía fama de inocente, pero no de tonta.

—¿No era lo que parecía? —dije con fingida sorpresa—. Vaya, o sea, ¿no la estabas besando frenético mientras le bajabas las bragas y ella tenía las manos en tu entrepierna? ¿Me lo habré imaginado todo? Quizá debería acudir a un psicólogo... ¡yo y media preparatoria que ha visto lo mismo!

—Saku, de verdad, ha sido un error —se acercó a mí para agarrarme de los brazos—. Yo te quiero a ti.

—¡Suéltame, cerdo! —me zafé de él y le empujé—. Eres el peor ser que ha existido jamás sobre la faz de la tierra.

Cogí el collar que tenía colgado en el cuello y me lo arranqué haciéndome daño. Se lo tiré a la cara con el rostro rojo de la ira. Recordé con dolor que me lo entregó el día de mi cumpleaños; un collar en forma de corazón con nuestros nombres inscritos. En su momento me pareció lo mejor que había visto en mi vida y ahora sólo quería que se fundiera en el fuego para desaparecer.

—Métete tus estúpidos regalos por donde te quepan. Yo ya no quiero nada tuyo.

—Pero Saku... —Estaba claro que nunca me había visto tan enfadada y dolida por cualquier acción errónea que él había cometido. Y, creedme, cometió muchas durante nuestro noviazgo.

—Y no —gruñí— me llames Saku. Nunca más.

En ese instante apareció Tomoyo, obligando a Ryo a marcharse y a mí meterme en el coche. Recuerdo haber estado llorando noches enteras porque dolía que él no me quisiese como yo le quería a él, pero dolía mucho más la traición y que después de nuestra última conversación, al día siguiente sin ir más lejos apareciese con Karen de la mano.

Me prometí a mí misma que esperaría a mi príncipe azul. No me importase cuánto fuera a tardar, pero no volvería a cometer ese error de nuevo. Blancanieves, Bella, Aurora... todas ellas habían sabido tener la calma de esperar al hombre amado pues no les interesaban los chicos que solo desean hacerte daño mientras te incitan a creer que te aman como si fueras la única mujer de la tierra. Ni tampoco habían tenido líos de una noche. Como yo.

Pero yo sabía la verdad. Yo no era ninguna princesa. Las princesas no se fían de los chicos malos que te son infieles ni se emborrachan para acabar en la cama de cualquiera. Las princesas siempre saben quiénes son dignos de su confianza y, ante todo, de su amor. Sin embargo, esos habían sido mis dos errores. Dos errores lo bastante graves para darme cuenta que las princesas Disney son películas y que los príncipes pueden que hayan sido aniquilados al luchar contra el dragón. Quién sabe. Quizá la Bella Durmiente esté muerta. Y quizá las princesas se encuentran encerradas en viejas cintas de vídeo y en tomos desgastados de la biblioteca que ya no nadie lee.

Tratando de ahuyentar ese pensamiento acosador fabriqué una sonrisa y miré a mi hermano. Todo eso no se lo podía explicar pues montaría en cólera y seguramente echaría espuma por la boca. De mi antigua relación sabía que Ryo se comportó como un capullo y nada más. Me mostré reacia a explicarle que me había sido infiel y encima les había pillado. Pero estaba segura que Toya ya lo sabía —él siempre se enteraba de todo—, pero quiso mantener mi deseo de no hacerme preguntas.

—Todo me va genial —me limité a decir, sin embargo.

Gracias a los cielos, el timbre de la puerta sonó y ambos nos levantamos de un salto.

—Debe ser Yukito —anunció Toya.

—Entonces eso significa que el camión de la mudanza ha llegado —lo dije en tono neutro, pero me dolía que mi hermano, ese espécimen que me llamaba monstruo cada dos por tres, se fuera de casa. Se independizaba a sus veintisiete años. Se había comprado un piso bastante cerca de mi universidad junto a Yukito «para compartir gastos», pero yo creía que era para vivir su amor aún no hecho público. Pero ese era otro tema.

Ahora en casa nos quedábamos papá y yo. Los dos solos. Mi madre, una mujer que siempre se hallaba sonriente en las fotografías que mi padre tenía por casa, se había muerto cuando yo era una niña pequeña. Siempre la eché en falta, pero tenía a papá y a mi hermano. Ellos estaban siempre ahí, para mí, para hacerme feliz, para que no notara la ausencia de la figura materna.

Pero ahora tenía miedo porque Toya era quien, cuando me entraban ataques de pánico al pensar en los fantasmas, me cedía su cama para poder dormir hasta que caía rendida y entonces me llevaba en brazos hasta mi habitación. Velaba por mí hasta que me abandonaba a los brazos de Morfeo. Y ahora él se iba. Y a mí me daba un vuelco el estómago al pensar que dentro de unos meses mi padre convertiría —con todo el pesar del mundo— su habitación en mi vestidor. Yo le había dicho que no hacía falta pero mi hermano admitió que era buena idea y mi voto y mi negación no sirvió de nada.

Aunque no se lo dijera, le iba a echar mucho de menos. Y él lo sabía.

Tratando de aguantarme las lágrimas, guardé las cajas en el camión mientras Yukito me iba contando cómo era el piso. Ni él ni Toya dejaron que ni papá ni yo fuéramos a verlo antes de llevar ya todas sus cosas allí. Según decían, querían tenerlo todo listo para que tuviéramos que ayudar en lo más mínimo. Yo me negué a no dar un palo al agua por ellos y por su piso, pero otra vez me ignoraron como si fuera una pared.

Últimamente todo el mundo me ignoraba.

Debo tener algo para que nadie me haga caso, pensé con acritud.

Tardamos unas dos horas en meterlo todo y mientras Yukito se subía en el camión de mudanzas con el conductor que no nos ayudó en nada —sólo se limitó a mirarnos—, Toya y yo nos subimos en su coche y lo seguimos a través de toda Tomoeda hasta llegar a un alto edificio blanco que al parecer hacía unos meses que habían acabado de construirlo.

—Estoy nerviosa —confesé mientras sujetaba con fuerza una caja de mi hermano que ponía con permanente «frágil» y más abajo «monstruo, no la rompas».

Yukito me sonrió.

—Tenemos una habitación libre —admitió—. Podrás venirte a dormir las veces que quieras.

—Já —exclamó Toya—. Me voy de casa para no tener que cargar con ella y ahora viene a dormir a la nuestra. No me libraré nunca de ti, monstruo.

Le pisé el pie con todas mis fuerzas y luego le dirigí una sonrisa a Yukito.

El ascensor se detuvo en la quinta planta y tuve un extraño escalofrío. El largo pasillo me sonaba de algo y las puertas blancas también, pero apenas pensé en ello puesto que me interné en el nuevo piso de ellos y me quedé muda y todo pensamiento acechador anterior desapareció como si jamás hubiese danzado libremente por mi mente. ¡Estaba todo amueblado!

—¡Es genial! —dije dejando la caja en el suelo y entrando para observarlo todo maravillada—. ¿Cómo puede ser tan guay?

—Oh no... —murmuró mi hermano—. La vamos a tener metida aquí todo el día.

Ignoré su pulla y me senté en el sofá.

—¡Qué cómodo! Yo con el sofá tengo más que suficiente —me estiré con una sonrisa de placer en el rostro, pero Toya me agarró del brazo y me obligó a ir hacia la puerta.

—Tú ves subiendo cajas —me ordenó—. Es tu trabajo.

—Vale, vale —suspiré, resignada, porque yo fui la que me ofrecí voluntariamente a ayudarles (pero Toya me hizo chantaje emocional diciéndome que era la peor hermana del mundo y que iba a ser uno de lo últimos momentos que íbamos a pasar juntos yendo de nuestra a casa a su nuevo piso. No me quedó más remedio que aceptar con rabia).

Cuando bajé de nuevo al camión, vi como el conductor hablaba por teléfono. Menuda ayuda. Me saludó inclinando la cabeza y yo le fruncí el ceño cual niña enrabiada. Encima quería mostrarse cortés. Estúpido. Agarré el carro que Yukito me había dado para meter más de una caja y poder ir más rápida. Regresé al ascensor mientras una sonrisa maligna me cruzaba el rostro.

Quizá Yukito y Toya me hubiesen tomado como una chica despistada —no me extrañaba—, pero me había fijado que la habitación grande tenía una cama de matrimonio y que el cuarto que Yukito me había ofrecido porque estaba «libre» tenía una cama individual y ese piso era sólo de dos habitaciones. Ante esas informaciones llegué a la conclusión de que iban a dormir los dos en la misma cama. Es decir, que eran pareja. A mí no podían engañarme.

Solté una risita a la vez que salía del ascensor de espaldas, arrastrando el carro. Lo cierto es que a veces me sorprendía de lo observadora que podía llegar a ser. Empujé la puerta entre abierta con la cintura, entrando de espaldas, y exclamé:

—Ese conductor es un vago. Yo le despedía y le daba una patada en el trasero. Seguro que luego encima querrá propina. No le deis nada—suspiré—. Y, oye, ¿por qué no me ayudáis para subir cajas? Entre todos iremos más rápidos. Claro, dejáis que la pobre hermana pequeña se encargue del trabajo más duro. Después me tendréis que hacer la comida, un masaje y permitir que duerma en vuestro sofá... —se me escapó una risilla que se vio interrumpida cuando mi pie tropezó con una caja puesta ingeniosamente en mi camino, perdí el equilibrio, empujé el carro hacia delante y esperé el golpe contra el suelo.

Pero unas manos me agarraron por el estómago desde atrás, aunque no penséis que detuvo mi caída. Qué va. Yo era un peso muerto y la persona que me había cogido pareció tropezarse también y ambos caímos de forma desastrosa al suelo. Mi espalda descansaba sobre su abdomen y mi cabeza sobre su pecho. Casi en la lejanía notaba unas fuertes manos sobre mi estómago, muy cerca de mis pechos. Tan cerca que incluso dos dedos traviesos los acariciaron como de pasada (sin querer o no, eso ya no lo sabía).

—Oh, Sakura, ¿por qué tienes que arrollar a todo el mundo con tu cuerpo de monstruo? —entonces Toya miró hacia el carro estampado contra la pared—. ¡Ahí tenía mi colección de muñecos de porcelana! Como se me hayan roto, me los pagarás.

Yo gruñí algo mientras me incorporaba un poco y me sentaba en el suelo, teniendo dos largas piernas a cada lado de mi cuerpo.

—En fin, perdona a mi hermana, siempre va como una loca y no mira nada más que sus pies.

—¿Eh? —¿Desde cuándo Toya hablaba con esa formalidad a Yukito? Aunque, también podría ser que no fuera Yukito...

Me di la vuelta con el corazón en la garganta para ver a un chico que conocía demasiado bien sentado detrás de mí con la misma cara de pánico que la mía seguramente. Sus ojos ámbar me recorrieron sorprendidos mi rostro y, al salir de su estupefacción del primer momento, se levantó de un salto alejándose dos metros de mí.

Yo también me puse en pie con las piernas temblorosas.

—Sakura, este es nuestro vecino de al lado, Shaoran Li. Ella es mi hermana pequeña. Nos está echando una mano, aunque parezca que más que ayudar, molesta. De verdad lamento lo ocurrido. Es un poco torpe —mi hermano me dio unos cuantos golpecitos en la cabeza con una sonrisa ladina.

Me quedé muda, con los ojos abiertos como platos y sin poder respirar. El profesor Li me dirigía una mirada en la que afirmaba que eso no podía estar sucediendo. No podía estar ocurriendo. Es decir, ¿encima Toya y él iban a ser vecinos? Lo único bueno que le veía a esa situación era que mi hermano estaría feliz porque yo sólo le visitaría cuando fuera estrictamente necesario.

Dios es cruel conmigo.

—Sakura, ¿ya has conocido a nuestro vecino? —Yukito apareció por el pasillo con una sonrisa. Y tanto que lo había conocido. De hecho, teníamos un largo historial los dos—. Se ha ofrecido en ayudar y aunque le hemos dicho que no hace falta, se ha empeñado y aquí está.

—¿Qué? —solté con voz chillona—. ¡N-No hace falta! Yo voy a la velocidad de la luz y en un periquete tendréis todas las cajas del camión por aquí. Yo sola me basto y me sobro.

—Pero monstruo si hace dos segundos te estabas quejando.

—¡Ya sabes que yo me quejo por todo! —se me escapó una risita nerviosa.

—En eso tienes razón.

—Además, no deberíais molestar a los vecinos con vuestra mudanza. Conmigo tenéis más que suficiente, ¿verdad? ¿A que sí, Toya, a que sí?

Si mi hermano notó algo raro en mi carácter y en mi forma de actuar, no lo demostró. Sin embargo noté la mirada de Yukito puesta sobre mí. Daba igual. Podría pensar lo que quisiera, jamás llegaría a imaginar lo que ocurrió de verdad pues era tan irreal que incluso yo no podía creérmelo del todo.

—Sí —dijo algo inseguro—. Shaoran no hace falta que nos ayudes, mi hermana es así de rara y ahora quiere dar toda su ayuda.

—De acuerdo. Mejor. Acabo de recordar que tengo que hacer algo importante —dijo de carrerilla mi profesor—. Nos veremos en otro momento, Toya —se estrecharon la mano y el profesor Li se marchó casi corriendo no sin antes lanzarme una mirada de lo más escalofriante.

—Vaya, tan empeñado que se había mostrado... —musitó Yukito.

—Eso ha sido culpa del monstruo —me pinchó mi hermano—. Le has asustado con tus gigantescos pasos, tus ganas de comer cualquier cosa y tu estrepitosa caída encima de él; seguro que le has roto algún hueso. Yo también hubiese huido despavorido.

Si mi cuerpo no temblara y mi corazón no latiera como si quisiese salirse del pecho, quizá le habría atizado a Toya un pisotón, pero en esos momentos sólo quería que el suelo se abriera bajo mis pies y la tierra me tragara. Desasparecer para siempre. Simplemente no podía creerme mi mala suerte. Así que no sólo tendría que verle la cara como profesor, sino también que mi hermano y él se llevaran bien llamándose por el nombre de pila y con esas confianzas que me resultaban como un mal augurio.

Estaba claro que las cosas siempre pueden empeorar.

Sólo me hacía falta una buena lluvia. Como en las pelis.


LasConsecuenciasDelAlcohol


—¡¿Cómo? —exclamó Tomoyo al otro lado de la línea del teléfono.

—Lo que oyes —me dejé caer pesadamente sobre la cama y cerré los ojos—. Es el vecino de al lado de mi hermano. ¡De al lado! Una puerta al lado de la otra, ¿te lo puedes creer?

—Lo que yo creo es que tu destino es encontrártelo en todas partes —dijo con una risa.

—No me hace gracia —refuté—. Lo he pasado mal y encima me he caído sobre él. —En el fondo de mi conciencia, aún notaba sus manos sobre mi estómago y sus dedos acariciar mis pechos al tratar de cogerme mejor para que no me hiciera daño.

Tomoyo volvió a reírse.

—¿Ya sabes qué harás cuando le veas en la universidad?

—Pues ignorarle como él ha hecho conmigo durante la semana. No me veo capaz de mantener una conversación con él mientras le digo que me parece bien que sea el vecino de mi hermano. Antes de eso tendríamos que hablar sobre nuestra noche borrada de nuestra memoria y no pienso decirle nada. Al final todo pasará. Esto es solo una mala racha, ¿verdad que sí, Tomoyo?

A mi pesar, tardó unos minutos en contestar.

—Claro, Sakura, todo pasa. Tanto lo bueno como lo malo.

Pero estaba claro cuando comprobé que lo malo puede durar muchísimo tiempo pues lo bueno no tiene prisa por llegar. Y más en mi caso que el karma estaba planeando para mí una vida dolorosa con una muerte aún peor. Estaba pagando por mis malos actos. Malos actos que ahora mismo no recordaba.

El lunes por la mañana, cuando ingresé a la universidad —mi padre me trajo en coche y no tuve que coger los patines—, vi a Karen mirándome como si yo fuera escoria. Su cabellera pelirroja, sus largas pestañas postizas enmarcando unos ojos marrones poco expresivos —lo único que ella expresaba abiertamente eran sus ganas de tirarse a cualquier ser viviente del género masculino y encerrarlo entre sus piernas— y su rostro completamente maquillado, enseguida supe que no iba a ir bien ese día.

Normalmente con mucha suerte no la veía en una semana. Pero que el primer día de la semana, el lunes, me la encontrara de cara, no significaba nada bueno.

Y estaba en lo cierto, a mi pesar.

Shaoran Li con sus andares rectos y su cara de estar enfadado con el mundo —cara que sólo había visto cuando estaba en la universidad puesto que fuera de ella cambiaba bastante— nada más entrar en clase y con una mirada silenciosa obligó a mis compañeros a guardar silencio y esperar que fuera él el que lo rompiera primero. Lo cierto es que el profesor Li se había ganado una fama bien merecida de profesor amargado y con poca vida sexual, sin embargo todas las chicas caían rendidas a sus pies cuando lo veían pasar.

Poca vida sexual... Si tan solo ellos supieran, no se inventarían la vida de las personas y menos la de los profesores. Sin duda alguna, los profesores que eran amargados, serios y muy fastidiosos con sus exámenes sorpresas lo iban a ser siempre, independientemente del mal o buen grado de vida sexual que tienen. Estaba segura que Shaoran Li podía llevarse a la cama a cualquier chica y no por ello iba a estar contento.

—Alumnos, he corregido vuestros exámenes —dijo, sentándose en la silla—. Iré diciendo los nombres para que vengáis a recogerlos. Hay pocos suspendidos; con ellos concretaré una reunión privada para hablar sobre sus pésimos resultados. En general, sin embargo, estoy bastante contento con el resultado.

Pues si para él ir serio como una tumba y no dejar traslucir ninguna emoción era estar contento, no quería imaginármelo cuando estaba triste o enfadado.

Lógicamente, cuando dijo el mío, el corazón me retumbó en las orejas y me encaminé hacia él, intentando no caerme y siendo consciente que la mayoría de mis compañeros no me prestaban la más mínima atención. Todos estaban muy ocupados mirando sus exámenes corregidos y compartiendo los resultados con la persona de al lado.

El profesor Li me entregó el examen con los ojos clavados en los míos. Tragué saliva mientras cogía la hoja, me daba la vuelta y volvía a mi sitio sintiendo la presión de su mirada en mi nuca.

No me hizo falta mirar el resultado para ver saber que había suspendido.

Tomoyo se encargó de susurrarme mi nota —veinte puntos solamente y ya me parecía mucho— y de darme un cariñoso apretón en el hombro.

Maldición. Ahora tendría que quedar con él para hablar algo que era sólo culpa suya. Había muchas universidades como para acabar trabajando en la que yo estudiaba.

—Tendrás una charla con el profe —murmuró mi mejor amiga con pena en los ojos.

—Perfecto —susurré dejando caer la cabeza contra mi puño.

POV Shaoran

Por muy rastrero que suene, nunca le hubiese suspendido el examen a Sakura Kinomoto de no haber sido por la enorme interrupción que tuve y por el lado cotilla que todos poseemos.

El viernes estaba corrigiendo exámenes en la sala de profesores, rezando para que el suyo se hubiese extraviado o perdido o aprobado. No me importaba qué le pasara, sólo que no estuviera suspendido. Pero estaba claro que esa chica era tonta; de acuerdo que fue un examen sorpresa y que nadie había estudiado, pero era fácil. Más que fácil. Tipo test. Incluso si hubiese puesto de su parte podría haberse copiado de la persona de al lado.

Sin embargo eso no es lo que ocurrió. La chica parecía tener honor o dignidad... o un grado sorprendentemente sospechoso de estupidez. Si yo hubiera estado en su lugar me habría copiado para evitar el mortífero momento del encuentro donde ni ella ni yo sabríamos de qué hablar.

Pero yo tampoco pude aprobarla y no porque mis principios de profesor no me lo permitieran (la verdad es que éstos me daban igual), sino porque apareció un profesor a interrumpirme mientras me encontraba con el examen de Sakura.

—Oh, Kinomoto Sakura —dijo una voz a mis espaldas. Sus ojos castaños amables me miraron y me sonrieron—. No sé si se acuerda de mí, pero soy el profesor que le presentó el director el día que vino a firmar el contrato, Kinomoto Fujitaka.

Recordaba su nombre, recordaba su cara y recordaba sus sonrisas, pero había sido lo suficientemente idiota como para no relacionar los apellidos y el comentario agradable que dio sobre los alumnos de una de mis clases.

—¿Kinomoto? —repetí, volviendo la vista hacia el examen. Sentía la sangre huir de mi rostro.

—Sí —se rió y se sentó a mi lado—. ¿Cómo le va a mi pequeña?

—Aún no he acabado de corregírselo.

—¿No? —cogió un examen corregido, el cual había sacado la nota más alta y comparó las respuestas con las de su hija.

¿Por qué tenía que meter las narices donde nadie le llamaba?

—Vaya... ¿qué le debe haber pasado a Sakura? —se preguntó para sí mismo—. Ha suspendido.

Mierda.

Estaba perdido.

Ahora me veía en la obligación de suspenderla por culpa de su metiche padre.

—Un mal día tal vez —Fujitaka me devolvió el examen con gesto de pena.

—¿Cuenta para nota?

—No, pero tendré que hablar con los suspendidos para enterarme del motivo de su suspenso y, bueno, y esas cosas.

Ahora que sabía quién era en realidad no me sentía cómodo en su presencia. Y en lo más hondo de mí continuaba preguntándome cómo era posible que no hubiera relacionado antes los datos básicos que tenía. ¿Acaso era tonto? Seguro que sí.

—Me parece buena idea —asintió con una sonrisa—. Sakura saca muy buenas notas, pero no sé qué le debe haber ocurrido en éste. Seguro que un mal día. Su hermano se muda de casa y está un poco triste; puede que sea por eso.

O porque descubrió que yo era un profesor.

Se barajan diferentes teorías por su suspenso.


LasConsecuenciasDelAlcohol


Sentado en mi mesa de profesor de la clase de Sakura Kinomoto empecé a llamar por orden de lista a los suspendidos. Hacía un cuarto de hora que entregué los exámenes, dejando por primera vez que hablaran en susurros para compartir los resultados y preguntarse en qué fallaron. La verdad es que me importaba bien poco lo que estuvieran pensando.

De lo único que fui consciente verdaderamente fue del sudor que empapaba mis manos porque iba a tener que llamarla..., aunque por suerte la iba a dejar para el final. Pero ya dicen que todo llega. Absolutamente todo. Incluso el nombre que quieres evitar.

—Kinomoto —dije con voz gruesa y segura. Quizá debería haberme dedicado a ser actor y no profesor.

Vi como la chica se levantaba de su asiento con andar robótico y caminaba hacia mí con las mejillas sonrojadas, la hoja del examen en su mano izquierda y los ojos cristalinos. Lo cierto es que comenzaba a preguntarme si siempre tenía ese extraño brillo en los ojos o sólo era cuando se topaba conmigo (algo me decía que era esto último).

Se detuvo delante de mi escritorio con la mirada clavada en sus zapatos y sin querer yo la escaneé de arriba a bajo constatando que la camisa de cuadros que llevaba tenía los dos primeros botones desabrochados y podía apreciar la tela negra de su sujetador. Desvié mi mirada hasta su rostro, intentando evitar las ganas de descender los ojos hacia la pequeña porción que se veía a través de su camisa.

Recordé el sueño húmedo que tuve por culpa de esa «charla» que tanto me asustaba y no por lo que pudiéramos decir, sino por invocar el estúpido sueño en la que ella y yo... Mierda.

Esto se me va de las manos.

—Mañana después de clase en esta clase —dije rápidamente con el deseo de que se fuera cuanto antes mejor. Y, dicho sea de paso, alejar mi sueño erótico.

—¿A-A las tres? —preguntó, mirándome con sus ojos infantiles.

—Sí, después de clase —respondí hosco.

—¿Estaremos hablando mucho rato? —advertí que el labio inferior le temblaba. La miré sin entender a qué se refería, aunque mi mente pervertida ya estaba imaginando cosas que no eran—. E-Es que trabajo... Entro a las cuatro.

¿Trabajaba? ¿Esa niña que parecía que se iba a poner a llorar en cualquier momento? ¿Ella? ¿Trabajando? Bueno, tampoco podía dejarme guiar por una apariencia. Quizá trabajaba de atención al cliente en carretera.

—Llegarás puntual a tu trabajo —contesté. A veces me preguntaba cómo era posible que pudiera mantener la frialdad de hablar y de actuar como si nunca hubiese pasado nada.

Ella asintió y luego se mordió el labio inferior mientras dejaba la hoja del examen en mi escritorio. Se dio la vuelta y desfiló con rapidez hasta su sitio. No obstante, mis ojos se quedaron prendados en su trasero.

Seguía diciendo que esto no iba a ser nada fácil.


LasConsecuenciasDelAlcohol


—¡Necesitas ropa, Shaoran Li! —exclamó Mei Ling por décima vez en lo que llevaba de hora. Y yo, como cada vez que decía esa maldita frase, la ignoré mirando con fingido interés la televisión—. ¡No me ignores, maldito arrogante!

Mi prima apagó la tele desenchufándola desde el cable. Me miró con una sonrisa retorcida.

Suspiré.

—¿Cuándo tienes pensado regresar a tu estúpida ciudad con tu estúpido novio?

—Mi hermoso novio está fuera de viaje y yo no he podido ir con él, así que como la mejor prima del mundo he decidido que te ayudaré.

—Me ayudarás, ¿en qué?

—En todo —Mei Ling sonrió de lado. Conocía esa sonrisa mejor que ninguna. La formaba cuando tenía en mente algo malo, algo problemático, algo que me mezclaba a mí en sus estúpidos planes malignos. De todas las ciudades que existen, tenía que haberse ido a vivir a la de al lado y, no sólo eso, sino que ahora se pasase más de medio día metida en mi apartamento.

—¿Por qué no me dejas en paz?

—Porque me necesitas.

—Necesito que me dejes en paz, en la soledad de mi piso.

—No, no y no —se sentó a mi lado en el sofá. Cambió su expresión de malvada a una más seria, casi responsable. Pero eso no era posible. Mi prima no era responsable. Nunca—. ¿Te ha llegado la carta del juzgado o... de ella?

—Métete en tus propios asuntos, Mei Ling.

—¡Pero...!

Me levanté de un salto y caminé hacia mi habitación para coger mi cartera de la mesita de noche. Allí también vi la cartera del osito bordado de Sakura Kinomoto. Se la tenía que devolver. Pero nunca la encontraba a solas para dársela sino que siempre iba rodeada de ese grupito de amigas que no la dejaban solas ni un segundo. Incluso al lavabo iban todas. ¿Por qué las mujeres son así de extrañas?

—Shaoran que estamos hablando —obviamente mi prima me siguió.

—No quiero hablar de este tema.

—Soy tu prima. En mí puedes confiar.

Tragué saliva mientras guardaba la cartera y las llaves en los bolsillos del pantalón.

—¿Nos vamos?

—¿A dónde? —preguntó desconcertada.

—¿No querías ir a comprar ropa? Mei Ling, céntrate, te veo muy perdida últimamente.

—Primero quiero hablar de tu...

—Mei Ling —la interrumpí con voz serena pero tajante—. He dicho que no.

Ella suspiró y cerró sus ojos rubí para abrirlos de nuevo con otro sentimiento. Me iba a dejar en paz por suerte. Al menos de momento. Sabía lo insistente que podía llegar a ser Mei Ling.

—Una última cosa, ¿has hablado con él? ¿Te lo ha permitido?

Solté lentamente la respiración y contesté:

—No, no he escuchado su voz desde hace un mes —y rápidamente añadí—: ¿nos vamos?

—Claro, Shaoran —entrelazó su brazo con el mío y nos encaminamos hacia la puerta—. Conozco una buena tienda de ropa del centro comercial. Es donde me compré aquel vestido blanco.

—Ajá.

—Me aconsejó una chica y le dije que te arrastraría conmigo. Ella se mostró encantada.

—Ajá.

—¿Me estás escuchando?

—¿Me estabas hablando a mí?

—¡Pues claro! ¿A quién sino?

—Vale, vale —rodé los ojos mientras subíamos al ascensor.

Lo último que vi antes de que las puertas del ascensor se cerraran fue la puerta de mi vecino abrirse y de éste salir Toya, el hermano de Sakura Kinomoto, con una bolsa de basura.

Todo iba de mal en peor, si podía ser posible eso claro.


¡Hasta aquí el tercer capítulo! Sí, lo sé, ¿y el encuentro de Sakura y Shaoran en el trabajo de ella? En el siguiente capítulo. Tenía pensado poner algo, pero me di cuenta de que me quedó demasiado largo y me dije "bueno, lo dejo para el siguiente". Bueno, centrándonos en el capítulo, se puede ver que las cosas se complican lentamente y que el destino es malo poniendo de vecino a Toya y Yukito jeje...

Aquí se ha abierto una nueva incógnita sobre Shaoran y algo relacionado con su vida y su pasado. No se tardará mucho en saber lo qué es; más que nada porque Mei Ling no se puede estar con la boca callada y es de lo más cotilla, igual que yo, así que mejor me voy a callar antes de decir algo que todavía no se puede decir.

Y, bueno, os dejo ya que tendréis cosas que hacer. Sólo espero que el capítulo os haya gustado y estéis esperando el siguiente.

Por último, agradecer a todas las personas que dejan sus comentarios, me alegran mucho :)

¡Hasta la próxima!

¡Cuídense! :DD!

LadyRubí.