Card Captor Sakura y sus personajes pertenecen a CLAMP.
Las consecuencias del alcohol
Sakura se despertó aquella mañana en la cama de aquel guapo extraño con un gran dolor de cabeza y desnuda. Ese encuentro se hubiese quedado en un lío de una noche sino fuera porque al día siguiente se presentó ante toda su clase como el nuevo profesor.
Capítulo 4. Días de lluvia con viento.
POV Sakura
—¡Kinomoto! —exclamó la voz de una de mis compañeras de trabajo a mis espaldas. Terminé de colocar las camisetas en los estantes antes de girarme y mirarla, curiosa—. La jefa ha dicho que vayas al almacén a por las dos cajas de ropa que faltan por colocar.
Lo peor de mi trabajo era ése. Traer las cajas llenas de ropa. Vale, sí, podía considerarse una tontería pero es que el almacén era un sitio oscuro y lúgubre; un sitio en el que bien podrían habitar fantasmas y yo pasando tan tranquila por esos pasillos negros. Lo odiaba. Sin embargo, no podía negarme pues aún podía dar gracias que a mi jefa le gustara tenerme de cara al cliente y no yendo de arriba para abajo con las cajas.
Tragué saliva.
—Gracias. Enseguida voy.
Me encaminé con pasos cortos hacia el almacén. Las dos cajas nuevas destacaban entre lo limpias que estaban y el cartón aún no consumido por la humedad. Casi corrí hacia ellas y, después de cerciorarme que eran ésas, las agarré. Lo más fácil hubiese sido dar dos viajes, uno para cada caja, pero era cobarde, así que decidí llevar las dos de golpe aun tentando a la suerte para poner en peligro mi integridad física.
Me di cuenta con un suspiro que la segunda caja me tapaba la visión, pero eso no fue impedimento para hacerme cambiar de opinión. Simplemente movería los brazos un poco a la derecha para ver el camino. Caminé con lentitud a la par que me acercaba a la puerta del almacén y la abría con el trasero escuchando de fondo un gruñido que provenía del almacén.
Un fantasma.
Salí precipitadamente de allí, corriendo a ciegas pues lo único que veía era el cartón de la estúpida caja. ¿Que por qué no di dos viajes? Pues porque allí se escuchaban cosas raras y yo odiaba ese lugar y si tenía que partirme el brazo con tal de que a mi corazón no le diera un ataque, pues me lo rompería. Era demasiado cobarde para ser verdad.
Dudaba que hubiese algo peor que ese almacén oscuro y plagado de espíritus vengativos.
Pero sí que lo había. Siempre puede haber algo peor. Siempre.
Choqué contra algo duro, me tropecé con mis propios pies y por un cruel momento creí que me caería, entonces recordé que llevaba ya una buena semana en la que cada dos por tres visitaba el suelo, así que haciendo acopio de mi buen equilibrio y la deportividad que siempre me había acompañado, conseguí estabilizarme, haciendo unos malabarismos imposibles con las cajas con tal de que no se resbalaran de mis brazos.
Solté un suspiro al comprobar que yo estaba de pie y las cajas bien sujetas. Se me escapó un grito de júbilo al mismo tiempo que me giraba y le golpeaba a alguien con las cajas. Ese alguien se chocó contra un maniquí que cayó sobre él, desmontándose al darse un duro golpe contra el suelo.
Yo, sin embargo y para sorpresa de todos, volví a tropezarme con mis pies, pero no me caí —ni yo ni las cajas— puesto que alguien me estabilizó, agarrando las cajas por el otro lado.
Sabiendo que era un peligro para los clientes —algunos que andaban cerca ya me miraban sorprendidos de que yo fuera la vendedora— dejé las cajas en el suelo. Me sequé el sudor de la frente con el dorso de la mano y miré a la persona que me había ayudado. Abrí la boca sorprendida al toparme con unos ojos rojos rubí y una sonrisa pícara.
Mei Ling se hallaba ante mí con los brazos puestos en jarra y con la alegría plasmada en el rostro. Yo le devolví la sonrisa porque era imposible no ponerse contenta cuando alguien tan hiperactivo y sonriente como esa chica andaba cerca.
—Mei Ling, ¡estoy encantada de que estés aquí otra vez! —exclamé—. ¿Te has probado ya el vestido blanco?
—No he tenido ocasión —se encorvó ligeramente de hombros—. Esto..., ¿te acuerdas de que te dije que vendría con mi primo a comprar porque tiene un armario espantoso?
Asentí.
—Pues, ¡aquí estamos! —alzó los brazos y yo busqué con la mirada a su primo, pero al no hallarlo, volví la vista a ella y me encogí de hombros, mordiéndome el labio inferior.
—Y, bueno, ¿dónde está?
—¿Cómo? —frunció el ceño—. Estaba aquí hace un minuto.
Escuchamos un gruñido en el pasillo de al lado y Mei Ling fue la primera en reaccionar, ir hasta allí y después soltar una carcajada que la hizo doblarse por la mitad. Atónita, la seguí en cuanto recordé a ese alguien que había arrollado mientras iba con las cajas y se cayó, tirando de paso un maniquí.
Efectivamente, allí se encontraba un chico tirado en el suelo boca abajo y con trozos del maniquí como brazos, piernas y manos encima de él. Me llevé las manos a la boca y fui en su ayuda pues dudaba mucho que Mei Ling dejara de reírse en algún momento de su vida. Se estaba carcajeando tanto que tuve que controlar las ganas de ponerme a reír yo también. Su risa era muy contagiosa. Sin embargo supe retener las carcajadas ya que había sido culpa mía al fin y al cabo. Era mi deber ayudar al pobre chico.
—¿Se encuentra bien? —quité el plástico del muñeco de encima de él y justo cuando yo me agachaba para inspeccionar si se había hecho daño, él levantaba la cabeza diciendo:
—Sí, sí, pero podría tener más cui... —se interrumpió a sí mismo al descubrir mi identidad.
Sus ojos ámbar me dejaron boquiabierta —más que nada porque eso no podía estar sucediendo— y él me observó como si fuera una asquerosa lagartija. Ignoraba cómo debía de estar mirándole yo en esos momentos.
—Profesor Li —murmuré alejándome dos pasos de su cuerpo medio incorporado.
¿Por qué, Dios? ¿Por qué? ¡Pido perdón si he hecho algo realmente malo en mi otra vida!
—Kinomoto —dijo Shaoran Li como respuesta mientras se incorporaba.
—Oh, vaya —Mei Ling se interpuso entre nosotros con una expresión sorprendida—. ¿Os conocéis?
Advertí que mi profesor la fulminaba con la mirada y como sus manos se transformaba en puños. Si Mei Ling fuera un chico estaba segura que Li ya le habría golpeado hasta dejarlo inconsciente por lo menos. ¿La razón? Ni idea. Yo ni siquiera sabía que estaban emparentados. Ella era una chica que rebosaba felicidad y ganas de vivir..., él, en cambio, te obligaba a suicidarte con una mirada, sin contar esa aura de enfado que le rodeaba casi siempre. Parecía estar de mal humor cada día de cada semana de cada año. Al menos de cara al público.
—Es una alumna mía.
La expresión de Mei Ling era un auténtico poema. Tenía los ojos tan abiertos que parecía que se fueran a salir de sus órbitas, había alzado la mano para señalarme a mí y luego a él con una expresión de tal desconcierto que casi me daba pena pues su primo la estaba matando con la mirada. Ella no tenía la culpa de habernos encontrado en nuestro puesto de trabajo. Seguramente ahora debería estar sintiéndose muy mal. Me daba pena. Seguro que el profesor luego le gritaría convirtiéndose en un ogro grande, verde y feo.
Me imaginé a Shaoran Li transformándose en un ogro y me dieron ganas de soltar una carcajada. Por suerte reprimí las incontenibles ganas de reír. En momentos de nervios y tensión me daban ganas de soltar risillas molestas.
Y esta vez no fue ninguna excepción. Me temblaba la boca y tuve que morderme el labio inferior para recuperar la compostura. Bajé la mirada y observé el maniquí destrozado en el suelo. Reteniendo un suspiro me agaché para montarlo. Si mi jefa lo viera seguramente querría una explicación y yo no quería contarle a nadie que la culpa había sido mía y mucho menos el motivo. Mi miedo era mío y punto.
El profesor Li también se agachó, entregándome los brazos y las piernas que se hallaban desperdigadas por el largo pasillo de la tienda.
—Gracias —musité, sonriéndole un poco para finalizar el puzle de pies y manos antes de que nadie más viera ese estropicio. Le coloqué un poco mejor la ropa y después lo devolví a su lugar, poniéndole una boina como adorno.
Los miré. Mei Ling aún no salía de su asombro y, bueno, el profesor parecía querer tirarse de los pelos. Yo también querría tirarme de los pelos. Pero en lugar de eso fabriqué la sonrisa de dependienta amable a la que no le duelen las mejillas y dije:
—Si necesitáis mi ayuda estaré colocando la ropa. También podéis pedir ayuda a mis dos compañeras —remarqué el también, rezando para que se dieran cuenta que a mí podrían dejarme estar con mis pensamientos y mi mala suerte y el odio que se estaba creando en mi interior en contra al mundo y a la vida, por hacerme este tipo de cosas.
Me alejé de ellos con las cajas en mis manos y observando a cada segundo el camino que pisaba; no quería volver a caerme. Con un suspiro desalentador me dispuse a colocar la ropa en su lugar correspondiente, ansiosa de que un cliente no deseado se marchara, dejándome en mi cruel desdicha. Escuchaba sin oír la música leve que salía de los altavoces distribuidos con lógica por la enorme tienda.
Mientras arreglaba toda la ropa ayudé a una mujer a encontrar una camiseta de su talla y después a un hombre a pensar qué le podría gustar a su esposa. No es que me desagradara ayudar a las personas que vinieran para encontrar mi opinión, pero es que a cada quien que me dirigía la palabra saltaba con el corazón en un puño. Estar en constante tensión no era nada bueno para la salud. Seguro que moriría joven. Mi órgano vital había llevado una vida de lo más placentera sin tener esas revoluciones a mil por hora, pero con la llegada de Shaoran Li a la universidad y por ende a mi vida lo había cambiado todo.
La idea de cambiar de identidad aún bailoteaba por mi cabeza. Siempre me había gustado el nombre de Lucinda. Sólo me faltaba encontrar un apellido. Y una vida nueva seguramente.
—Sakura —la voz de Mei Ling interrumpió el rumbo que habían tomado mis pensamientos sobre abandonar mi vida actual e ir a una nueva desconocida.
—¿Sí? ¿Necesitas ayuda?
¿Acaso no había notado que no quería tener nada que ver con mi profesor? Esperaba que en esos momentos ya hubiera sido informada sobre la extraña relación de profesor y alumna que teníamos.
—No hay nadie que pueda cobrarme el pantalón —dijo alzando un pantaloncito corto tejano.
Asentí y le indiqué que me siguiera.
Me puse detrás del mostrador contenta de que su primo no estuviera merodeando por la tienda. Pero esa falsa alegría se desvaneció al verlo en el pasillo del centro comercial con la mirada fija en mí. Tragué saliva y solté un leve suspiro cuando él desvió la mirada y la centró en sus pies. Bueno, al menos no estaba dentro del recinto.
Mei Ling me pagó y antes de marcharse, me dijo titubeante:
—La próxima vez vendré sin mi primo.
LasConsecuenciasDelAlcohol
Hogar dulce hogar.
Un hogar siempre es dulce cuando hay alguien dentro de él. Pero cuando lo primero que te recibe al abrir la puerta es una oscuridad espeluznante lo único que se te pasa por la cabeza es dar media vuelta y huir. Empezaba a darme cuenta que era un ser de lo más cobarde. ¿Huir de tu propia casa al ver todas las luces apagadas y una abrumadora negrura? Todo se soluciona con encender las luces.
El pasillo se alumbró con la bombilla cálida que colgaba del techo. Suspiré y me encaminé a la cocina, en la cual dirigí mi mirada hacia la pizarra donde ponía:
Fujitaka – se queda hasta tarde en la universidad.
Sakura – prepara la cena y se acuesta pronto.
Toya – ya no vive aquí.
Como no me apetecía mucho una cena abundante ni estar durante una hora cocinando, me decidí a calentar una pizza. Me senté en la silla y escuché con pesar ese silencio que invadía siempre la casa cuando no había nadie allí para armar ruido. Y lo odiaba. Me gustaba estar sola en casa puesto que tenía todo el espacio para mí y podía hacer lo que quisiera, pero odiaba ese silencio que te envuelve como si fueras su prisionera.
Corrí hacia el comedor y encendí la televisión. Enseguida las voces indiferentes que salían de la caja tonta llenaron el lugar vacío, pero seguía sin estar tranquila.
Lo mejor será que cene y me acueste. Ha sido un duro día y mañana lo será aún peor.
Terminé de cenar, recoger el comedor y lavar los platos en media hora. Desconecté la televisión con el mando y fui caminando hacia el piso de arriba encendiendo y apagando luces para no caerme y, dicho sea de paso, para no ser absorbida por la oscuridad.
En mi habitación me acosté soltando un sonoro resoplido, saqué el brazo de debajo de la colcha y apagué la pequeña lámpara que tenía al lado de la cama.
—Buenas noches —susurré a la nada. Era una manía estúpida pero siempre me daba por decir buenas noches antes de dormirme a pesar de que no hubiera nadie en casa.
Cuando al día siguiente el despertador me extrajo de una forma muy cruel del sueño, tuve la sensación de no haber dormido nada en absoluto. Como si me hubiese pasado toda la noche con los ojos abiertos. Incluso tenía más sueño que antes de acostarme.
Me restregué los ojos con el dorso de la mano y me vestí con unos pantalones largos y una camiseta blanca de manga corta. Mientras desayunaba con la soledad de la casa latente en mis sensaciones, recordé por qué ese día iba a ser peor que el anterior: tenía una charla pendiente con el profesor Li. Solté un gemido, fijando la mirada en mi desayuno que, de repente, se me había hecho pesado y mi cuerpo no me permitía ingerir nada más de comida.
Al abrir la puerta de casa comprobé que el día podía seguir empeorando y eso que acababa de comenzar. Llovía. Llovía a cántaros. Las gotas de agua creaban una aplastante cortina ante mis ojos. Sentí como mi ánimo descendía hasta el fondo y se quedaba allí, rodeado de una tristeza que enseguida me consumió. Me gustaba la lluvia, ayudaba a que mantuviera mi alegría, pero ese día me sentía en la imposibilidad de sonreír como si tuviera un buen estado anímico. Hubiese preferido que hiciera sol.
Terminé de ajustarme los patines, agarré mi mochila y un paraguas. Fui patinando lentamente resguardada de la lluvia mientras escuchaba el repiqueteo del agua contra la tela de mi paraguas. Tardé más de lo previsto en llegar a la universidad puesto que al detenerme para cruzar un paso de peatón, un coche negro con rayos amarillos por las partes laterales me empapó entera. Le grité un insulto al conductor, sin embargo no pareció escucharme o me ignoró de manera celestial. Por suerte, la clase aún no había empezado cuando llegué. Ni siquiera estaba el viejo anciano que teníamos por profesor en esa asignatura. Siempre llegaba tarde. Así que pude tomarme unos minutos para quitarme los patines y ponerme mis deportivas.
—Buenos días, Sakura —me saludó Tomoyo con su sonrisa caracterizada.
—Hola —dije en un suspiro dejándome caer en mi asiento—. Llueve —anuncié, enseñándole mi camiseta y pantalones mojados. Un estúpido coche me ha mojado porque iba a mucha velocidad. Si hubiese ido a la indicada por la vía esto no hubiera ocurrido.
—Parece que no estás de muy buen humor hoy —advirtió con voz dulce—. No has dormido mucho, ¿cierto?
Tomoyo me conocía demasiado.
—Me acosté pronto, pero al levantarme he tenido la sensación de no haber dormido nada. Estoy cansadísima y aún me espera un largo día por delante.
—¿Nerviosa por la conversación con el profesor?
—Sí. —La miré—. Ayer entró en la tienda donde trabajo.
Abrió mucho los ojos. Después intentó decir algo, pero al no encontrar su voz decidió que era mejor mantenerme la mirada con la sorpresa extenderse por cada partícula de su rostro. Claro, seguro que estaba pensando algo como «¿cómo Sakura puede tener tanta mala suerte? Será que no tiene suficiente con verlo cada día en la universidad y que su hermano sea su vecino, sino que encima también lo ve en su trabajo». Y si ella no pensaba eso, ya lo pensaba yo.
Suspiré y Tomoyo apoyó su mano en mi hombro para infundirme ánimos. Ánimos que no me llegaron por cierto.
LasConsecuenciasDelAlcohol
Es curioso el paso del tiempo.
Recuerdo días de mortal aburrimiento en la universidad, donde estaba deseosa de que se acabaran las clases interminables para salir de ese edificio, ir a mi trabajo y esperar a que dieran las ocho para llegar a casa y no hacer nada, más que tumbarme en el sofá. Pero hoy no era uno de esos días. De hecho, cuando me quise dar cuenta ya era la última hora y todos mis compañeros se iban marchando uno a uno, hablando de cosas triviales mientras me abandonaban en mi clase a merced de Shaoran Li, quien no tardaría en llegar.
—Ya me contarás, Sakura —mi mejor amiga me dio un pequeño abrazo—. Te esperaría, pero ya sabes que tengo clase de canto.
Tomoyo tenía una mueca de lástima, como si de verdad le sintiera mal el tener que irse y dejarme a mí con este peso sobre los hombros. Yo, a mi pesar, fabriqué una sonrisa muy cerca de ser verdadera.
—No te preocupes. No me va a comer. —Espero.
Me dirigió una sonrisa y se fue con una mirada de temor. Yo, por mi parte, agarré mi mochila, los patines y mi paraguas y acerqué una silla para ponerla al lado de la mesa del profesor. A esperar. Estuve embobada mirando las ventanas de clase empapadas mientras seguía con la vista el camino que hacían las gotitas de agua caer por los cristales para morir en el borde.
La lluvia no había dado tregua en todo lo que quedaba de día. Ni siquiera quería imaginarme el camino para ir al centro comercial —dentro de lo que cabía estaba relativamente cerca de la universidad—, pero era peor cuando tuviera que volver a casa porque estaba bastante lejos. Iba a empaparme muchísimo y con la suerte que me perseguía últimamente pescaría un resfriado de esos que te obligan a permanecer en cama durante una semana.
Lo último que quería era ponerme mala.
Cerré los ojos con un suspiro.
—Buenas tardes —su voz me sobresaltó tanto que incluso me giré de golpe para verlo cerrar la puerta. ¿Por qué cerraba la puerta? ¿Por qué no podíamos hablar con la puerta abierta? ¿Qué me iba a decir? Me entraron ganas de ponerme a gritar y correr dando vueltas en círculo por toda la clase hasta que se me gastaran las energías y me desmayara.
—Hola —dije, irguiéndome en la silla mientras observaba sus movimientos al dejar su maletín, sentarse en su silla y sacando la lista de los alumnos junto a mi hoja de examen. Todo con una profesionalidad inquietante.
Tragué saliva en cuanto fui observada por sus ojos ámbar.
Si me miraba de esa manera iba a ser incapaz de pensar algo coherente y, menos aún, decir algo.
—He observado tus otros resultados de esta asignatura antes de llegar yo y he visto que tenías buenas notas. También me he informado de las demás asignaturas y son respetables.
Asentí, sintiendo el sudor recorrerme todo el cuerpo.
—Puedo preguntarte por qué has suspendido, Kinomoto.
Está esperando una respuesta, ¿qué hago? ¿Qué le digo? Creo que me voy a desmayar.
—P-Pues no sé... N-No estaría inspirada, o sea, un mal día supongo o de-demasiado difícil. B-Bueno no, no era difícil, pe-pero seguro que era un mal día. —tartamudeé mientras la barbilla me temblaba ligeramente. Me obligué a mí misma a cerrar la boca porque si seguía hablando estaba segura de soltar alguna tontería de las mías que me dejaban en un muy mal lugar.
—Hum... ¿y si ahora repitiera el examen, cómo crees que te iría?
¿Repetir el examen? ¿Estaba loco? ¿Creía que con las manos sudorosas, mi pésimo estado de ánimo y con mi cerero en huelga iba a ser capaz de aprobar su estúpido examen?
—A-Ahora mismo no lo creo —dije con voz nerviosa.
Eché una mirada a mis dedos engarrotados que se hallaban apretando con fuerza a mis rodillas y me obligué a relajarlos. Los estiré sintiendo los huesos resentidos y retuve un suspiro o un sollozo. No sabía exactamente qué estaba reteniendo.
—Tienes suerte que no cuente para nota —aclaró con voz dura—. Espero que para el examen de materia que tendréis dentro de un mes, estudies y apruebes.
—Sí —me mordí el labio y musité—. Yo estudio mucho, pero un mal día lo puede tener cualquiera.
—En efecto, sin embargo uno también debe decidir cuándo tenerlo.
Sí, claro, pues que no hubiese venido a trabajar a mi colegio. Que yo hubiera suspendido su estúpido examen de prueba para saber nuestro nivel académico era por su culpa, por su aire desdeñoso, por su mirada acechadora y profunda, por su belleza... Bueno, quizá yo tenía una pequeña parte de culpa —muy, muy pequeña— por dejar que su simple presencia me turbara de manera sorprendente y me impidiera pensar. Aunque eso también podía ser su culpa.
Exacto. La culpa que yo tuviera la cabeza en las nubes era su culpa por hacer que mi cuerpo vibrara ante su visión. Incluso cuando me ignoraba de forma machacante mi propio cuerpo reaccionaba, sintiéndose atraído por él.
Me sentí un poco mareada al pensar tanto en la culpa y en el lío que me había montado yo solita dentro de mi mente. Decidí apartar de un empujón esos pensamientos y centrarme en la realidad, en el presente, en ese momento en el que el profesor me miraba con los ojos entrecerrados.
—Como si fuera tan fácil —crucé los brazos sobre el pecho para hundir las manos debajo de las axilas con el único fin de que Shaoran Li no viera el temblor en éstas.
—Si no salieras de fiesta quizá aprobarías.
Lo miré boquiabierta, sorprendida, pero enseguida el enfado y la rabia empezó a circular por mis venas.
—Me parece que tú no eres el más indicado para decirlo.
—Yo no tengo que estudiar.
—Y yo estoy en edad de salir de fiesta —gruñí con el ceño fruncido.
—¿Teniendo exámenes de por en medio?
—¡Ya los había acabado! —exclamé indignada—. Además, tú no eres nadie para decirme lo que tengo o no que hacer.
—Por supuesto que no —hervía en la rabia por culpa de su tono tan apacible—. Pero quererte un poco más no te haría daño.
—¿Estás insinuando algo? —pregunté sin poder creerme del todo el rumbo que había tomado nuestra conversación.
—Es cierto que estás en edad de salir de fiesta, pero no deberías acabar en la cama de cualquiera. No sé si te lo enseñó eso tu madre, así que coge este mensaje gratuito que te entrego y hazme caso.
Los ojos se me llenaron de lágrimas y sentí como todo mi cuerpo temblaba ante su valentía y estupidez de nombrar a mi madre. Tuve ganas de gritarle que mi madre no me había podido enseñar nada porque no estaba, porque falleció cuando yo era una cría y que todos los valores que tengo me los impuso mi padre de bien pequeña. Pero estaba claro que ese tipo de ojos ámbar se había creado una extraña imagen de mí. Una imagen errónea por supuesto.
—Mira, para tu información, que sepas que esa noche bebí demasiado y acabé muy borracha, pero que si hubiese estado en mis cabales en la vida hubiese acabado contigo. Muy loca hay que estar para acabar con alguien como tú que eres un ser de lo más amargado, así que ahórrate tus consejos y déjame en paz.
Me levanté con toda la dignidad posible, cogí mis cosas y me largué del aula con la cabeza bien alta..., notando su mirada clavada en mi espalda. Tuve que agradecer el no caerme ya que sentía las piernas como si fueran de mantequilla y en cualquier momento se desharían para dejarme desparramada en el suelo. Pero no fue así. Creo que no hacer una visita al suelo fue lo único bueno que me salió ese día.
Me apresuré a ponerme los patines y guardé las deportivas en la mochila. Salí de la universidad pero me quedé parada al descubrir que llovía más que antes. El enorme nubarrón que tapaba toda Tomoeda parecía sentirse muy a gusto descargando su agua contra la ciudad y sus habitantes. Y no sólo llovía, sino que hacía un enorme viento que te tiraba para atrás. Gracias a las oleadas de aire recordé que esa mañana no había cogido mi chaqueta negra, la cual debería estar reposando en la silla del escritorio.
Genial.
Observé el cielo con rabia y solté un resoplido mientras sacaba el móvil de la mochila.
Al tercer timbrazo contestó.
—¿Sakura? ¿Ocurre algo?
—Papá..., ¿aún estás en la universidad? —pregunté observando lo vacía que se hallaba en esos momentos.
—No. En la pizarra ponía que me iba de excursión.
Ah. Claro. De excursión. No, no había mirado la pizarra esa mañana porque estaba demasiado ensimismada en mis oscuros pensamientos.
—Vaya... —musité.
—¿Por qué lo querías saber?
—Tengo que ir a trabajar en patines y llueve como sino hubiera un mañana —expliqué tratando de sonar despreocupada—. Pero es igual, iré patinando lo más rápida que pueda debajo del paraguas.
—Lo siento mucho, hija.
Solté una risita.
—¡No pasa nada! Recuerda que me gusta la lluvia. —Sí, la lluvia me gustaba, pero no siempre, no en ese día que parecía que todo me saliera al revés.
Mi padre se despidió de mí con un breve «si te pasa algo me llamas enseguida, Sakura» y guardé el móvil de nuevo en la mochila. Me mordí el labio observando la lluvia que parecía que a cada paso se aumentaran las gotas que caían. Estuve tentada de llamar al trabajo y decir que hoy me ausentaría, pero no tenía ninguna excusa creíble y, además, ir hacia casa era lo mismo que ir a la tienda de ropa: mojarme. Y ya que me iba a mojar, al menos cobraría.
Abrí el paraguas con un suspiro y salí bajo la tempestad. No pasó ni medio minuto cuando ya estaba completamente mojada a pesar de llevar el paraguas a la dirección de donde provenía la lluvia, pero no sirvió de nada. Así que decidí mantenerlo inmóvil encima de mi cabeza ya que prefería mojarme antes que perder el equilibrio sobre los patines y acabar bajo las ruedas de un coche.
Pero si pensáis que no me pasó nada más, estáis equivocados. Recordad que cuando un día empieza mal, es muy difícil que cambie. Y yo no iba a ser la excepción. En un arrebato en el que el viento decidió que hacía minutos que no me ocurría nada malo, envió una ola de aire que me lanzó hacia atrás, puso mi paraguas del revés y, para acabar de rematarlo, lo solté en un intento desesperado por no caerme.
Me agarré al semáforo para recuperar el equilibrio y observé como mi paraguas se iba volando lejos de mí. Giré la cabeza para ver si había alguien por la calle que pudiera ayudarme, aunque no sé qué podrían hacer por mí. ¿Darme un paraguas? Claro, como todo el mundo siempre lleva uno en el bolso por si acaso.
Sin poder evitarlo me fui resbalando por la farola hasta terminar sentada sobre mis rodillas en el suelo, mojándome por completo. El labio inferior me tembló y enseguida supe qué vendría a continuación.
Llanto.
Empecé a llorar como una niña pequeña. Me tapé la cara con las manos y sollocé, maldiciendo esa mala racha que había tropezado conmigo. ¿Por qué no me dejaba en paz? ¿No había sufrido ya lo suficiente como para ahora quedarme sin paraguas en plena tempestad completamente empapada y llegando tarde al trabajo? Estaba claro que si había un Dios allí arriba me odiaba. Seguro que me había creado para verme desdichada en sus múltiples juegos de diversión perversa.
Hipé más fuerte; total ni peatones ni vehículos habían en esa calle. Eran inteligentes. Con esa lluvia debería estar prohibido salir ya fuera para ir a la universidad o para ir al trabajo porque luego acabas tirada en medio de la calle, llorando desesperada. Tuve ganas de estirarme en el suelo, cerrar los ojos y permitir que las gotas de lluvia me mojaran. Lo cierto es que me sentía fuera de lugar. ¿Que qué me pasaba hoy? Ojalá yo lo supiera.
Apoyé las manos en el suelo bien juntitas, incliné la cabeza hacia arriba y cerré los ojos, permitiendo que las gotas me mojaran el rostro y el labio inferior me temblara soltando algunos sollozos que me brotaban del pecho como un león feroz.
Sentí como un coche se detenía en el semáforo, pero no me molesté ni en mirar. Yo era feliz bajo esa lluvia. Sí, lo sé, era una felicidad falsa, pero, ¿y qué? Ya me preocuparía cuando llegara a casa y me diera cuenta que había pescado un resfriado de esos que incluyen alucinaciones, fiebre, mocos y tos. Todo junto.
De repente, alguien me puso la mano en el hombro y di un sobresalto. Seguro que era la policía que venía a decirme algo como «perdone, señorita, pero aquí no puede estar tirada en plena calle como una vagabunda. Váyase antes de que me obligue a ponerle una multa». Bueno, aunque si era un poli siempre podría pedirle que me llevara al trabajo. ¿No estaba para eso los policías? ¿Para ayudar al pueblo? Pues ya está. Yo era el pueblo.
Pero cuando me giré no vi ningún policía, sino el rostro perplejo de Shaoran Li.
—¿Qué? —pregunté con la voz quebrada.
—Sube al coche —lo miré sorprendida—. Te llevo a casa.
—Tengo que ir a trabajar. —Efectivamente no podía faltar al trabajo. Allí podría ponerme el uniforme mientras mi ropa se secaba.
—Entonces te llevo al trabajo. —Me di cuenta que sobre su cabeza llevaba un paraguas y su ropa se hallaba completamente seca, impoluta, perfecta. ¿Por qué a él sí y a mí no? Incluso el tiempo me iba en contra.
Asentí y dejé que él me ayudara a levantarme y me metiera con precaución en el coche. Quizá temía que le pegara con las ruedas del patín y echara a patinar mientras me acompaña a lo lejos una risa maligna. Pero no hice nada, simplemente me dejé hacer. Lo vi recoger la mochila que estaba tirada también en el suelo. No sé cómo llegó ahí. La puso a mis pies, dirigiéndome una mirada elocuente. Después cerró la puerta y se dirigió al asiento del conductor.
Entró dejando el paraguas en el suelo de los asientos traseros. Encendió el motor del coche, puso en marcha la calefacción y apretó suavemente el acelerador. Hasta que el calor no me invadió no me di cuenta que estaba tiritando y que el frío se colaba hasta el tuétano de mis huesos. Solté un suspiro de satisfacción mientras que con gestos lentos me puse el cinturón de seguridad y clavé mi mirada en el limpiaparabrisas, el cual cada pocos segundos se alzaba para limpiar el cristal delantero.
El profesor tuvo la decencia de poner la música de la radio para que el silencio incómodo que nos rodeaba se rompiera. Tragué saliva y hasta ese momento no me pregunté por qué me estaba ayudando si, en pocas palabras, le había dicho que me dejara en paz y, de paso, puede que le insinuara de forma directa que era un amargado de la vida. Si yo fuera él me habría dejado tirada en el suelo bajo la lluvia.
Shaoran carraspeó un poco al detenerse en otro semáforo.
—¿Estás bien? ¿Tienes frío?
Abrí la boca para contestar, pero luego la cerré y me limité a negar con la cabeza. Él asintió y estiró el brazo para abrir la guantera. La cercanía de su mano con mi pierna era tan escasa que si hubiese levantado un poco la rodilla nos hubiésemos tocado. Ante ese acto el corazón me latió desbocado y de repente tuve ganas de que me tocara, pero conseguí desechar ese pensamiento a tiempo y no volverme más loca de lo que ya estaba. Cogió algo rosa de la guantera, la cerró y tan pronto como se había acercado, se alejó.
—Toma —murmuró entregándome mi cartera rosa con el osito que bordó Tomoyo para mí—. Te la dejaste en mi casa aquel día.
La cogí sorprendida mientras él volvía a arrancar el coche.
—Pensaba que la había perdido —le di la vuelta entre mis manos sin salir de mi asombro—. Creí que tendría que hacerme el DNI otra vez.
—Por suerte no.
Me mordí el labio.
—Gracias por devolvérmela —me incliné para abrir la mochila y guardarla allí a buen recaudo.
—No tienes por qué darlas.
A lo lejos vi el centro comercial acercarse, pero al parecer los semáforos querían que llegase tarde puesto que todos los pillábamos en rojo.
—¿P-Por qué me has ayudado? —murmuré, mirándole de reojo.
—¿Y por qué no? —ladeó la cabeza para lanzarme un vistazo que me arrebató el aliento. Me encogí de hombros—. No te iba a dejar tirada en la calle. Parecía que en cualquier momento te ibas a desplomar y perder el conocimiento.
No sabía cuán cerca estaba de la verdad.
—Sí. Debía de ser una escena patética.
—¿No llevabas paraguas?
—Se ha ido volando —puse las palmas de las manos hacia arriba en un gesto de tristeza.
—Lo extraño es que no te hayas ido volando tú también —murmuró muy bajito que casi no le entendí.
—¿Volando yo también? —repetí frunciendo el ceño. ¿Acaso quería perderme de vista y deseaba que hubiera acompañado a mi paraguas en un tour por el cielo siendo empujada por el viento y el agua de la lluvia?
—Hace demasiado aire —se limitó a contestar—. Incluso el coche se me va un poco.
Tendría que empezar a dejar de ser tan susceptible.
—Me he agarrado a la farola del semáforo.
Asintió y a los pocos minutos detuvo el coche frente a la entrada del centro comercial.
—Ya hemos llegado —anunció.
Me quité el cinturón de seguridad, cogí mi mochila y le sonreí tímidamente antes de decir:
—Gracias por traerme, de verdad —miré el asiento del copiloto húmedo—, y lamento haber mojado el asiento —abrí la puerta y salí del coche con rapidez para que él no pudiera contestarme.
Patiné rápidamente hacia la entrada y entré en el centro comercial como una exhalación. Las personas que se hallaban allí me miraron extrañados mientras una sonrisa se expandía por su rostro, aunque eso no fue lo más raro puesto que al pasar por delante de un grupo de chicos me gritaron unos cuantos piropos, preguntándome también cómo estaba Maggie Simpson.
Ese día, sin duda, era una completa locura.
Fui a subir las escaleras cuando una voz a mis espaldas me detuvo.
—Kinomoto —me giré encontrándome de cara a mi profesor. Inevitablemente, el corazón me latió más rápido de lo que debería—. Toma.
Miré el paraguas que me entregaba. Su paraguas.
—P-Pero es tuyo —tartamudeé.
—Hoy lo vas a necesitar tú más que yo —me agarró de la muñeca y me obligó a cogerlo—. Tengo más en casa.
Asentí completamente sorprendida. ¿Se estaba comportando bien conmigo? ¿Por qué? ¿Tanta pena le había causado el verme desamparada en mitad de la acera? ¿O es que en realidad no era un amargado? Pues si no lo era eso significaba que tendría un buen futuro como actor.
—G-Gracias —dije medio sonrojada.
—Hasta mañana, Kinomoto —y se fue. Vi su espalda perderse entre las personas y después la pesada lluvia me privó de su maravilloso cuerpo.
Estuve unos cuantos minutos mirando por donde se había ido hasta que empecé a notar de nuevo la mirada de la gente y chicos de mi edad sonreírme seductoramente. Estaba claro que hoy no era mi día, pero tampoco el de aquellas personas piradas.
Entré en la tienda empapada, comprobando sorprendida de que había llegado con diez minutos de antelación. Bien. Aunque no debería apropiarme todo el mérito puesto que hubiese llegado tarde de no haber sido por la milagrosa aparición de Shaoran Li con su coche y una amabilidad que me desarmó por completo.
Fui a la pequeña habitación donde nos cambiábamos y, al mirarme al espejo, comprobé por qué todo el mundo me había mirado de esa forma. De una forma macabra.
Mi camiseta blanca, aparte de apegarse a mi cuerpo como una segunda piel, transparentaba absolutamente todo. Vi mi sujetador a través de la camiseta. En un pecho estaba Maggie Simpson abrazando un osito de peluche y en el otro ponía: The Simpson. Suspiré y me dejé caer en el banquillo, apuntando una nota mental: ponerme sujetador blanco cuando lleve camiseta blanca.
Entonces pensé en Shaoran Li y tuve ganas de que se abriera la tierra y me tragara.
Él habría visto mi transparencia y mi sostén.
¿Me podía pasar algo más malo?
Aunque, a mi pesar, admití que no todo había sido malo. Al fin y al cabo mi profesor me había ayudado a pesar de haberle pedido que me dejara en paz.
¿Shaoran Li sería, en realidad, una buena persona?
Pero la pregunta correcta era: ¿lo quería descubrir?
POV Shaoran
Y yo que no me quería mojar.
Paraguas y coche. Era imposible empaparse por culpa del agua de la lluvia, sin embargo todo puede cambiar cuando te encuentras con una niña de ojos verdes tirada en medio de la acera completamente mojada y piensas, ¿se habrá vuelto loca? Y, a pesar de desear ignorarla y seguir tu camino, detienes el coche y la ayudas.
Ése era yo. Había ayudado a Sakura Kinomoto y todavía ignoraba por qué. Al fin y al cabo me había llamado amargado y eso había provocado que recuerdos dolorosos del pasado regresaran a mi mente como un torbellino, pero al verla tan desprotegida ahí en medio y llorando (las lágrimas se mezclaban con la lluvia, pero había escuchado los sollozos en cuanto me bajé del coche) no fui capaz de ignorarla y continuar mi camino. Después de la extraña charla que habíamos tenido —no era mi intención sacar el tema de la noche apasionante que tuvimos, pero casi me veía en la obligación de decirle que la primera que tenía que respetarse era ella misma, aunque tal vez eso le sentó demasiado mal y me atacó de esa forma—, la cual no quería que se hubiese desarrollado de esa forma. Intenté alejar la conversación, manteniendo a ralla sus palabras dichas para atacarme, pensando que no me herirían, aunque lo hicieron como si me abrieran una vieja herida que llevaba cerrada algunos años. Podría no demostrar mis sentimientos, pero eso no significaba que no los tuviera.
Así que, deseando llegar a casa y meterme bajo la ducha con el fin de olvidar a esa estúpida muchacha, me subí en mi coche y conduje con precaución ya que la carretera mojada es un enemigo mortal. Y al girar la esquina la vi. Tuve la imperiosa necesidad de parar el coche, ir corriendo hacia ella y abrazarla, como si fuera una muñeca rota que lo único que necesita para sentirse viva es notar el agua de la lluvia sobre ella. Pero retuve ese impulso y actué con normalidad.
La invité a subir al coche y me ofrecí a llevarla a casa, pero al parecer Sakura quería ir a trabajar. En cuanto la levanté del suelo me fijé en su camiseta blanca que era transparente y afinaba cada parte de su tronco perfecto junto a su sujetador de Maggie Simpson que adornaba unos pechos ideales para cada una de mis manos. Aunque intentara mantener esos pensamientos pervertidos lejos de mí, no podía evitar pensar en ella, en mí y en una cama y no con el fin de dormir.
Fue una visión que me trastocó durante unos segundos porque suficiente me atraía esa muchachita como para perder el norte ante la hermosura que eran sus curvas empapadas. Me iba a volver loco. Tendría que hallar la solución para hacer que Kinomoto dejara de atraerme tanto y lo peor de todo eran sus ojos brillantes cada vez que hablaba conmigo y la sensación de malestar que se adueñaba de mi cuerpo al pensar que tenía ganas de llorar por mi culpa.
Y, sinceramente, cuando llegamos a su lugar de trabajo no sé por qué me quedé en el coche observándola patinar con una gran destreza hasta las puertas del centro comercial y resguardarse dentro. Quizá porque sabía que no llevaba paraguas y quizá porque era consciente de lo que iba a hacer antes de que mi mente lo pensara.
Cogí el paraguas que había dejado en el suelo de los asientos traseros y salí del coche, corriendo, siguiéndola, deseando encontrarla y no tener que entrar en su tienda. La vi moverse con la extrañeza en su cara mirando a las personas que la miraban a ella por su transparencia. Escuché a un grupo de chavales lanzándole piropos y comiéndosela con los ojos.
Fruncí el ceño, dirigiéndome a Sakura y, antes de gritar su nombre, los miré como si fueran la peor escoria del mundo y enseguida enmudecieron. Tampoco sé por qué lo hice. Tal vez porque estaba tratando a mi alumna como si de un trozo de carne se tratara, ignorando el hecho que yo también la traté así puesto que me acosté con ella la primera noche que la conocí y encima estando ambos borrachos.
Suspiré y cerré los ojos. Escuché unos pasos salir de la cocina y luego un peso doble sentarse a mi lado.
—Shaoran se te van a poner malos los yogures —dijo Mei Ling, zampándose uno.
—Mei Ling aún estoy enfadado contigo por arrastrarme, bajo tus planes malvados (te recuerdo que siempre te salen mal, como éste), a la tienda de Kinomoto.
—¿Aún estás pensando en eso? Oye, mira, lo siento, en realidad te llevé allí porque la recordaba como la chica con la que te acostaste. Se la ve una niña muy buena y muy dulce y me dije a mí misma: oye, Mei Ling, ¿por qué no hago que mi primo la conozca sin estar borracho? No pensé nunca que sería tu alumna. Demasiada la casualidad.
—Pero sabías que tenía diecinueve años.
—La edad es un número, así que no molestes.
—¿Un número? Mira, Mei Ling, cuando quiera que me des tu ayuda para encontrarme una novia te avisaré, pero de momento ya me las apaño yo y ya busco yo de paso. Soy lo bastante mayorcito para saber buscar y encontrar lo que yo quiera.
—¡Pero es que no buscas, tonto primo! —dejó el envase vacío del yogur y la cucharilla encima de la mesilla en la que cenaba cuando estaba solo viendo la televisión, aunque últimamente era imposible estar solo teniendo a una molesta mosca persiguiéndome a todos lados. Para más aclaraciones, esa mosca se llamaba Mei Ling, quien parecía haberse apoltronado en mi piso durante unos «días»—. Tengo que entrar yo en acción.
—La última vez que me buscaste una novia no te recuerdo lo que ocurrió.
—Admito que no me lucí mucho ahí —musitó con la voz rota.
Suspiré; mi prima era única en hacerme sentir culpable.
—Mira, Mei Ling, aprecio mucho, bueno, lo aprecio a secas lo que haces por mí, por preocuparte por mi soledad y esas cosas, pero estoy bien. No quiero novias, no quiero relaciones y no quiero enamorarme. Lo único que quiero está a kilómetros de distancia...
Mei Ling me miró con los ojos anegados en lágrimas y me abrazó, sollozando, mientras decía palabras que no entendía. ¿Por qué siempre tenía que fastidiar estos momentos de nostalgia poniendo su punto de enorme tristeza y su estúpido llanto? Pero la verdad es que me gustaba que me distrajera con esas tonterías porque así recuperaba mi enfado y podía volver a convertirme en huraño. Si quedaba al descubierto sin mi protección podrían ver cuánto sufría a cada segundo. Era mucho mejor que pensaran que era un amargado, como creía Sakura Kinomoto.
—¡Ag, Mei Ling, suéltame! —la cogí de los hombros para separarla de mí—. Abraza a un peluche y no a mí.
—Oh, chico, que poco sentimentalista eres —gruñó y luego añadió por lo bajo—: así te va...
¿Quién dijo que la compañía era algo bueno? Pues estaba seguro que ese alguien no conocía a Mei Ling y sus incansables tonterías.
Sé lo que estáis pensando. ¿Por qué eres tan cruel para hacérselo pasar mal a Sakura? He de admitir que sí, que soy un poco cruel y que debo ser sincera ya que podemos esta semana no lo he pasado muy bien (no han sido unos días agradables para mí) y me sorprende mucho que haya acabado el capítulo, pero lo acabé diciéndome a mí misma una y otra vez que habían personas —vosotros/as— que merecíais un capítulo por seguir la historia y dejar vuestros comentarios!
Ahora pasando al capítulo; puede que Sakura haya tenido un gran mal día, pero no todo es malo y, además, hemos podido ver una faceta de Shaoran como caballero, caballero algo amargado, pero caballero al fin y al cabo, ¿no? Peeeero no os confiéis, sólo digo eso, y bueno, quizá admito que hay una pequeña sorpresa en el siguiente capítulo, ¿cuál? ¡aaaaah! jajaja.
¡Espero que os haya gustado el capítulo!
En fin, muchísimas gracias por vuestros maravillosos comentarios que me animan muchísimo y me pone contenta saber que hay mucha gente que sigue esta historia.
¡Nos vemos en el próximo capítulo!
¡Cuídense!
LadyRubí.
